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12-2770t

2 Travestis y vecinos/as
en espacios dis.putados[1]

Argumentos conflictuados en torno a la reforma del C贸digo de Convivencia

Mart铆n Boy

Introducci贸n

La Ciudad de Buenos Aires se autonomiz贸 en 1996 y gan贸 facultades que hasta ese momento no ten铆a: su poblaci贸n (alrededor de tres millones de personas) comenz贸 a elegir a su Jefe de gobierno y a sus representantes del Poder Legislativo (diputados y senadores a nivel nacional y legisladores locales). Se cre贸 la Constituci贸n de la Ciudad y la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. En el marco de esta transformaci贸n institucional y del marco legal, se dieron de baja los denominados 鈥淓dictos policiales鈥 y comenz贸 a debatirse un C贸digo de Faltas. Este proceso implic贸 la apertura de un debate p煤blico sobre diferentes aspectos que preocupaban a los/as habitantes de la ciudad y que se prolong贸 entre 1996 y 2004.

Estas normativas (edictos policiales) se caracterizaban por regular los comportamientos cotidianos de la poblaci贸n que no alcanzaban a ser delitos pero s铆 contravenciones: salivar en la calle, vestirse con 鈥渞opas del sexo opuesto鈥, cubrirse las caras con m谩scaras, mendigar sin razones suficientes, las 鈥減r谩cticas viciosas de los homosexuales鈥, la oferta de sexo en la v铆a p煤blica, entre otras posibles. Siguiendo a Tiscornia (2004: 14),

Los edictos contravencionales de la polic铆a 鈥揷uerpo heterog茅neo de bandos policiales referidos, seg煤n la definici贸n institucional, a la alteraci贸n del orden p煤blico o a atentados a la moralidad y las buenas costumbres鈥 han constituido una forma de procedimiento disciplinario, moralizante y represivo sobre las llamadas 鈥渃lases peligrosas鈥 y de las clases populares en general.

Estos edictos le daban a la polic铆a la facultad de arrestar, multar y sancionar a quienes violaran las normas sin la necesidad de pasar por el sistema judicial. Quienes decid铆an sobre los/as arrestados/as eran las propias fuerzas policiales. Con la autonom铆a ganada por la Ciudad de Buenos Aires en 1996, los reclamos por la democratizaci贸n del acceso a la justicia pusieron de manifiesto la necesidad de derogar a los edictos policiales. Seg煤n Sicot, D鈥檃mico y Gramuglia (2011),

Esta nueva normativa,[2] reemplazo de los edictos policiales, intentaba limitar la expansi贸n del poder de la polic铆a cuando 茅ste afectaba los derechos de las personas de forma tal de garantizar precisamente las libertades y derechos individuales de los ciudadanos. Dichos l铆mites aparecen, entonces, como el contrapunto de la ambig眉edad que reg铆a los edictos. Las prohibiciones o mandatos de los mismos eran sumamente indefinidos en su redacci贸n y generalmente carec铆an de descripciones de las acciones; m谩s bien apuntaban a condiciones de vida y normas de civilidad tales como: vagancia, mendicidad, gritar u orinar en la v铆a p煤blica, etc. configurando as铆 el universo de los 鈥減eligrosos鈥.

La derogaci贸n de los edictos abri贸 un debate legislativo y social que tuvo como resultado la promulgaci贸n en 1998 del flamante C贸digo de Convivencia o C贸digo Contravencional. Ante un intento de reforma de este nuevo C贸digo en 2004, se realizaron audiencias p煤blicas que involucraron a legisladores/as, travestis (independientes u organizadas), vecinos/as, organizaciones barriales, vendedores ambulantes, empresarios/as, activistas, entre otros grupos. En los debates p煤blicos de 2004 la oferta de sexo callejera se constituy贸 como uno de los pilares centrales de la discusi贸n. El objetivo de este trabajo consistir谩 en analizar las formas en las que los diferentes actores involucrados en estos debates p煤blicos promovieron proyectos de ciudad dis铆miles transparentando qui茅nes deb铆an vivir en ella y qui茅nes no, apelando a determinadas narrativas de raza, clase y g茅nero construidas hist贸rica y socioculturalmente.

Este trabajo se estructurar谩 de la siguiente forma: en un primer momento se recuperar谩n ciertas caracter铆sticas hist贸ricas del caso argentino en general y de la Ciudad de Buenos Aires en particular para entender c贸mo es que una cultura que se jacta de la ausencia de negros en su historia necesita construir una otredad racializada separada del fenotipo de los cuerpos para demarcar jerarqu铆as sociales. En un segundo momento, se contextualizar谩 cu谩l fue el marco en el que los/as oradores expusieron sus posicionamientos frente a la ciudad y al endurecimiento del C贸digo de Convivencia. Y en un tercer momento, se analizar谩 el debate que se produjo en la Audiencia P煤blica siguiendo tres dimensiones: la construcci贸n de la otredad urbana; la oferta de sexo como un conflicto urbano; y la elaboraci贸n de la l贸gica de la sospecha sobre los cuerpos concebidos como peligrosos que deb铆an ser controlados por las fuerzas policiales. Finalmente, se culminar谩 el trabajo con las conclusiones.

Resulta pertinente aclarar que todas las din谩micas planteadas en la estructura de este escrito se hacen presentes en el espacio p煤blico y, por ende, es necesario dar cuenta de algunas explicitaciones te贸ricas al respecto. La mirada que guiar谩 este trabajo parte de la necesidad de pensar al espacio y al proceso de urbanizaci贸n desde una perspectiva del conflicto. Autores del Cono Sur como Oszlak (1991) y Merklen (2000) entienden que los diferentes actores pugnan por ocupar los espacios mejor equipados, con mayor infraestructura, y no conciben que la estructuraci贸n espacial sea el resultado de la imposici贸n de los sectores dominantes por sobre los subalternos. Sus perspectivas anal铆ticas dan lugar a la lucha social que los diferentes actores (incluyendo a unos y otros) entablan para lograr imponer sus intereses apelando a alianzas, estrategias discursivas y narrativas morales (Noel, 2011). De acuerdo con lo que sostiene Cede帽o P茅rez (2005), la disposici贸n del espacio no es neutral, desprovista de conflicto, sino que se 鈥渄esarrollan en 茅l una serie de acontecimientos, entre ellos la confrontaci贸n de fuerzas, la lucha por el control y el uso desigual鈥 (citado en Rodr铆guez, 2010: 195). Este espacio est谩 constituido por 鈥減r谩cticas, representaciones simb贸licas y discursos que realizan ciertos sectores para apropiarse material y simb贸licamente de 茅l (Cede帽o P茅rez citado en Rodr铆guez, 2010: 195). De esta manera, los diversos actores sociales se identifican 鈥渃on un 谩rea que interpretan como propia, y que se entiende que ha de ser defendida de intrusiones, violaciones y contaminaciones鈥 (Delgado Ruiz, 1999: 30; 2002: 2, citado en Rodr铆guez, 2010: 195).

Los conflictos que se manifiestan en el espacio p煤blico de la Ciudad de Buenos Aires a partir del contacto entre los grupos que ocupan diferentes posiciones de clase, de identidad de g茅nero y de trayectorias habitacionales, son producto de un espacio que contin煤a siendo el lugar donde las diferencias se encuentran, se solidarizan, se dirimen y se molestan (Boy y Perelman, 2008). Delgado Ruiz (2002), sostiene que el

espacio p煤blico es aquel en el que el sujeto que se objetiva, que se hace cuerpo, que reclama y obtiene el derecho de presencia [鈥, se convierte en una nada ambulante e inestable. Esa masa corp贸rea lleva consigo todas sus propiedades, tanto las que proclama como las que oculta, tanto las reales como las simuladas.

Este autor se帽ala que en el espacio p煤blico es donde se producen las relaciones de tr谩nsito, los v铆nculos ocasionales que muchas veces se encuentran en la frontera de no ser relaci贸n en absoluto. En el cruce de las personas se produce una cort茅s desatenci贸n, 鈥渃onsiste en mostrarle al otro que se le ha visto y que se est谩 atento a su presencia y, un instante m谩s tarde, distraer la atenci贸n para hacerle comprender que no es objeto de una curiosidad o de una intenci贸n particular鈥 (Delgado Ruiz, 2002). Poco se sabe del 鈥渙tro鈥 en este tipo de relaciones en la vida urbana, se pueden presumir o sospechar cosas a partir de indicios (ropas, actitudes, modismos, etc茅tera), pero no tendremos casi ninguna certeza del pr贸jimo. Esta imposibilidad de saber sobre el 鈥渙tro鈥 nos otorga la posibilidad de ser an贸nimos en la ciudad, y esta condici贸n, al decir de Delgado Ruiz, act煤a como una capa protectora frente a las miradas estigmatizadoras. Los sujetos que se saben posibles candidatos a ser discriminados, especialmente, aunque no exclusivamente, utilizan el anonimato como una estrategia para invisibilizar los atributos que la sociedad condena. Sin embargo, y en contrapunto a lo explicitado por Delgado Ruiz, ciertos grupos no pueden gozar del anonimato ya que portan uniformes de pobreza, de clase, de disidencia de g茅nero. Cuando estos cuerpos no pueden invisibilizar atributos socialmente condenados, como por ejemplo los que encarnan las travestis, se accionan diversas estrategias de estigmatizaci贸n y distancias socioculturales que tratan de alejar lo que geogr谩ficamente aparece como pr贸ximo. Por estos motivos, la perspectiva que tomar谩 este trabajo para problematizar las din谩micas que se dan en el espacio p煤blico tendr谩 que ver con la perspectiva del conflicto dando cuenta de c贸mo en los discursos y en las estrategias de los actores involucrados se activan mecanismos de diferenciaci贸n y de exclusi贸n espacial.

Antes de entrar en el estudio del caso, es necesario indicar algunas particularidades hist贸ricas de Argentina que pueden echar luz al an谩lisis de las narrativas racializadas encontradas en los debates que se trabajar谩n.

Breves aclaraciones contextuales: del pasado fundante al presente

La conformaci贸n del Estado Naci贸n en Argentina, seg煤n diferentes autores, podr铆a ubicarse hacia 1880 con el anexo de las tierras patag贸nicas luego del exterminio de los pueblos ind铆genas[3] y de terminada una disputa local de corte econ贸mico y pol铆tico entre los centralistas de Buenos Aires y los caudillos federales del norte y de la provincia de Buenos Aires. Hacia 1880, con cierta tranquilidad interna, comenz贸 a discutirse un sistema educativo que reforzara la identidad nacional creando s铆mbolos patrios y pautas culturales comunes (Garc铆a Delgado, 2003) ante la llegada de una gran cantidad de inmigrantes europeos. El proyecto educativo triunfante se caracteriz贸 por construir una identidad argentina amparada en la blanquitud, el castellano como 煤nica lengua y la negaci贸n de lo ind铆gena y la negritud, rasgos que en mayor o menor medida se perpet煤an hasta el presente. Al respecto, Frigerio se帽ala que 鈥渓a invisibilizaci贸n de los negros se produce no solo en la narrativa dominante de la historia argentina [鈥 sino tambi茅n en las interacciones sociales de nuestra vida cotidiana鈥 (Frigerio, 2006: 6).

A finales del siglo XIX, ante el arribo masivo de inmigrantes europeos, desde el Estado se impulsaron medidas de control y disciplina que borraron particularidades culturales 鈥渕olestas鈥 persiguiendo a los 鈥渞evoltosos鈥 mediante la Ley de Residencia N.掳 4144 (o 鈥淟ey Can茅鈥) aprobada en 1902. Esta ley permiti贸 la restricci贸n del ingreso y la deportaci贸n de los/as inmigrantes, sin juicio previo, que encarnaran ideales pol铆ticos (principalmente anarquistas y socialistas) vistos como amenazantes del orden econ贸mico, pol铆tico y social.

La negaci贸n de lo ind铆gena y, sobre todo, de la negritud en Argentina se perpet煤a en la idea de que quienes tenemos entre 30 y 50 a帽os somos todos/as 鈥渘ietos/as de los barcos鈥, es decir, herederos/as de un linaje europeo. Esto no s贸lo molde贸 nuestra identidad nacional sino que tambi茅n se vio reflejado en la arquitectura de las 谩reas centrales de la Ciudad de Buenos Aires: monumentales, de corte espa帽ol y franc茅s que aun reflejan un proyecto de ciudad que aquella clase dirigente supo plasmar entre 1880 y 1930. Buenos Aires supo ser una ciudad de elites en contraste con la ciudad de masas que devendr铆a con el inicio del peronismo a mediados de la d茅cada de 1940 (Torres, 1993).

A pesar de todo lo dicho, la diversidad racial invisibilizada desde el Estado permea hoy en d铆a en los dichos de las personas que se piensan como blancas s贸lo para dar cuenta de los sectores sociales populares, empobrecidos, y/o de las pr谩cticas que culturalmente son adjudicadas a estos grupos. Cuando se intenta desvalorizar a otro/s se utilizan t茅rminos como 鈥渘egros鈥, 鈥渃abecitas negras鈥,[4] 鈥渘egros de alma鈥, 鈥渘egros villeros鈥, entre otras categor铆as. Esto quiere decir que la lectura racial sobre los cuerpos y sus pr谩cticas es permanente y funciona como una polic铆a de la moral que condena a los/as pobres y todo lo que se asocia a ellos/as: si se quiere esquivar el estigma deben evitarse comportamientos y apariencias. En principio parecer铆a parad贸jico que una poblaci贸n que se piensa como blanca utilice t茅rminos raciales para marcar fronteras de clase no ancladas, necesariamente, en rasgos fenot铆picos. Es decir, en Buenos Aires sigue siendo com煤n escuchar que unos denominen a otros como 鈥渘egros鈥 sin estar demarcando necesariamente un color de piel determinado, pero s铆 una clase social o pr谩cticas estigmatizadas (qu茅 no hay que ser o hacer). Seg煤n Bl谩zquez (2008: 8),

Los negros y negras de alma, de acuerdo con el punto de vista de aquellos que no se describen a s铆 mismos como tales, se caracterizar铆an en el plano est茅tico por su 鈥渕al gusto鈥 (mersas); y en el plano 茅tico por su falta de dedicaci贸n al trabajo (vagos) y su car谩cter peligroso (choros). En el plano er贸tico, estos sujetos se distinguir铆an por ser simult谩neamente objetos sexuales desvalorizados dado que los hombres carecen de belleza (fieros) y las mujeres de virtud (putas) y objetos reconocidos y temidos por su potencia sexual (calientes).

Parafraseando a Bl谩zquez, la categor铆a de negro en Argentina refiere m谩s a caracter铆sticas de los sujetos o grupos, y est谩 separada de la determinaci贸n gen茅tica. En esta l铆nea, Rufer (2012: 11) sostiene que

Los negros en Argentina son, grosso modo, el resto. El resto que excede el marco de la representaci贸n en la historia: son 鈥渓os cabecitas negras鈥 en esa iconoclasia laica que volvi贸 posible el peronismo en la 鈥渆scena鈥 urbana a mediados del siglo XX (James, 1985); son 鈥渓os sectores populares鈥 para una historiograf铆a post nueva izquierda鈥 (Romero y Guti茅rrez, 1995: 26), y son 鈥渓os negros鈥 para el lenguaje coloquial de esa Argentina 鈥渢ierra adentro鈥 que niega su racismo 鈥撯渘o es una cuesti贸n de piel, no tiene nada que ver con la piel, es algo cultural, el negro es negro de alma鈥濃, cl谩sicas aserciones.

Otros autores discuten sobre el origen del t茅rmino 鈥渃abecita negra鈥 y su (no) relaci贸n con la negritud argentina. Algunos de ellos marcan una l铆nea de continuidad anclada en el fenotipo entre el negro y el cabecita negra, figura encarnada por el migrante interno mestizo localizado en Buenos Aires; y otros autores los separan. Frigerio sostiene que ante el avance de la ceguera crom谩tica de los porte帽os y la consumaci贸n de la invisibilizaci贸n de los negros de Buenos Aires, comienzan a visibilizarse otros 鈥渘egros鈥 emparentados unos y otros sem谩ntica y hasta gen茅ticamente: 鈥渋ndividuos de tez oscura鈥 que migraron de las provincias hacia la Ciudad de Buenos Aires en las d茅cadas de 1940 y 1950 (Frigerio, 2006: 11). Este autor sostiene que el 鈥渃riollo mestizo provinciano鈥 posee ancestros africanos y que por ese motivo el uso del t茅rmino 鈥渃abecita negra鈥 tiene una connotaci贸n racial construida para legitimar la blanquedad de la sociedad porte帽a.[5] A su vez, entre los negros y los cabecitas negras, para este autor, existi贸 una continuidad de caracter铆sticas negativas que les fueron endilgadas: ambos fueron caracterizados como 鈥渂rutales, poco confiables, taimados, propensos a la diversi贸n y a enga帽ar a sus empleadores, poco trabajadores, sucios y olorosos鈥 (Frigerio, 2006: 14). Rosana Guber, retomando anal铆ticamente los aportes de Hugo Ratier a la antropolog铆a social argentina al escribir 鈥淓l Cabecita Negra鈥 y 鈥淰illeros y Villas Miseria鈥 en la d茅cada de 1970, sostiene que el t茅rmino 鈥渃abecita negra鈥, encarnado en la poblaci贸n criolla nativa (mestizos e ind铆genas), habla de un racismo particular producto de la forma en la que se pobl贸 el territorio argentino. Una de las diferencias con la perspectiva de Frigerio es que ser cabecita negra no refiere solo al mestizaje sino tambi茅n a provenir del 鈥淚nterior鈥 (campesinos, changarines), un lugar ajeno al puerto de Buenos Aires por donde ingresaron las grandes oleadas de inmigrantes europeos. La gran migraci贸n interna de las d茅cadas de 1930 y de 1940 provocaba temor en las clases medias porte帽as ya que esta legi贸n amenazaba con cambiarle la cara a la ciudad. Esta frontera entre unos y otros se consolid贸 cuando esta masa aliada con el peronismo se conform贸 como un sujeto pol铆tico: 鈥渟er 鈥榥egro鈥 era ser peronista, y viceversa. Y los 鈥榥egros鈥 pisaban fuerte鈥 (Ratier citado en Guber, 1999: 113). Tanto la izquierda tradicional como los liberales conservadores rescataban el primitivismo cultural de los reci茅n llegados. Lo interesante es que, a diferencia de Frigerio, para Ratier lo racial pasa a ser un condimento de un fen贸meno social ya que bajo el mote peyorativo de 鈥渃abecita negra鈥 eran incluidos 鈥渕uchos rubios, mucho hijo de gringo, mucho porte帽o [鈥, pues sirve para dividir a la falange proletaria鈥 (Ratier citado en Guber, 1999: 114). La particularidad del racismo argentino frente a otros racismos americanos, seg煤n Guber, es que 茅ste no se vierte sobre el negro africano ni sobre el ind铆gena sino sobre el 鈥渃abecita negra鈥. De esta forma, puede sostenerse la imagen de apertura y cosmopolitismo de Argentina invisibilizando la discriminaci贸n clasista de sus elites y sectores medios. Seg煤n Ratier, el 鈥溾榗abecita negra鈥 designa un fen贸meno social argentino nacido de la contradictoria organizaci贸n centralista de la Argentina, y de la resistencia del interior a las pretensiones europeizantes de las elites鈥 (Guber, 1999: 116). A diferencia de Frigerio, el componente racial es un condimento del clasismo que refiere a la intencionalidad de asociar una proveniencia geogr谩fica con una ideolog铆a pol铆tica naciente y discriminada. La peculiaridad del racismo argentino es que inventa un nuevo tipo de negro.

Dicho todo esto, ser谩 importante identificar c贸mo en una Audiencia P煤blica de 2004 en la cual se estaba debatiendo una reforma del C贸digo de Convivencia reaparecieron narrativas de racializaci贸n, clase y g茅nero en forma asociada cuando se discut铆a qu茅 hacer con la oferta de sexo en la v铆a p煤blica, con los peligrosos y con los manifestantes pobres. Cuando travestis contrastaron la ciudad europea ostentosa con la ciudad latinoamericana empobrecida; cuando vendedores ambulantes denunciaron las detenciones por portaci贸n de cara o por asociaciones r谩pidas entre pobreza y delincuencia; y cuando vecinos/as de clase media pidieron mayor control para liberar las calles de 鈥渟u鈥 barrio de la promiscuidad, del delito y la marginalidad, todas estas narrativas se encontraron en un di谩logo tensionado. Detr谩s de estos testimonios, pudo identificarse qu茅 proyecto de ciudad deb铆a promoverse y qui茅nes merec铆an vivir en ella con todas las oportunidades econ贸micas, sociales y pol铆ticas que la urbe otorgaba (Oszlak, 1991).

Debates p煤blicos en torno al C贸digo Contravencional o la racializaci贸n de las relaciones de clases

El 22 y 23 de marzo de 2004 se realiz贸 una Audiencia P煤blica donde se invit贸 a representantes de diferentes grupos de la sociedad a desplegar su opini贸n acerca de una reforma al C贸digo Contravencional, aprobado en 1998, que ten铆a como propuesta el endurecimiento de las multas y los arrestos a quienes desplegaran ciertos comportamientos entendidos como problem谩ticos y que generaban disensos entre los diferentes actores de la ciudad: la prohibici贸n de la oferta de sexo en la v铆a p煤blica, la baja de edad de imputabilidad de dieciocho a diecis茅is o catorce a帽os, el reforzamiento de la persecuci贸n a los/as vendedores/as ambulantes, a los/as cartoneros/as,[6] a los/as manifestantes, entre otras figuras. En s铆ntesis, la reforma del C贸digo repercut铆a sobre la vida cotidiana de sectores populares o grupos marginados que a煤n experimentaban las consecuencias de las pol铆ticas econ贸micas impulsadas fuertemente en la d茅cada de 1990, las cuales hab铆an originado altas tasas de desempleo, subempleo, precariedad laboral, pobreza e indigencia. Esta situaci贸n tuvo c贸mo m谩xima expresi贸n la crisis econ贸mica, pol铆tica y social que Argentina experiment贸 en el per铆odo 2001-2002.[7] Es importante retomar aquel contexto social ya que perme贸 gran parte del debate que se produjo en la Audiencia P煤blica.

En esta Audiencia de car谩cter no vinculante[8] se expresaron vecinos/as independientes, organizaciones barriales, organismos de derechos humanos, empresarios de turismo, legisladores/as, trabajadoras sexuales y travestis. Cada orador/a tuvo cinco minutos para expresarse y el debate se vio interrumpido en diferentes momentos por las manifestaciones de los distintos grupos presentes que vivaban o contradec铆an al orador/a de turno. De hecho, la sesi贸n fue suspendida por los disturbios cuando a煤n deb铆an participar diez personas. Todo este clima de tensi贸n excedi贸 el recinto y se plasm贸 en las noticias de los peri贸dicos.

En este trabajo se analizar谩n cualitativamente los discursos enunciados a partir del registro taquigr谩fico desde una perspectiva de an谩lisis cr铆tico de contenido. Lo que interesar谩 es retomar algunas dimensiones que emergieron en el debate vinculadas con la 鈥渞acializaci贸n de las relaciones de clase鈥 (Margulis, 1999) en una sociedad que asocia la legitimidad solamente con la blanquitud no ligada necesariamente con un fenotipo. La Audiencia P煤blica por el proceso de reforma del C贸digo Contravencional junt贸 la diversidad y, en ese encuentro, la ciudad fue representada como un espejo estallado.

Debate en la Audiencia P煤blica: dimensiones

Los Otros en la ciudad

Aqu铆 me dicen que mi tiempo se acaba; en realidad, se acab贸 hace rato. Pero yo vengo a decir la verdad (aplausos). Y la verdad es que siguen creando formas de detenci贸n, buscando las consecuencias.

DANIEL CEZARE, vendedor ambulante
(Audiencia P煤blica, 2004: 24)

Tal como se sostuvo anteriormente, los discursos esgrimidos por los actores involucrados en la Audiencia P煤blica construyeron la coexistencia de dos ciudades, dos sociedades: la considerada (a)normal, (i)leg铆tima, (des)racializada, (des)clasada, (des)sexualizada, entre otros binomios posibles. La mayor铆a de estos discursos fueron sostenidos por quienes se opon铆an al endurecimiento del C贸digo (188 oradores) y solo cinco se manifestaron a favor de este. A pesar de esta diferencia cuantitativa, en ambos grupos quedaba evidenciada la existencia de dos proyectos de ciudad que legitimaban a ciertos actores y no a todos. A su vez, esta disparidad cuantitativa, conllev贸 a que los discursos de los grupos perif茅ricos portadores de marginaci贸n y estigma ocupen, quiz谩s inesperadamente y en forma in茅dita, una posici贸n central. En esta direcci贸n, una de las oradoras (Marlene Wayar, activista travesti) dej贸 claramente dividida a la ciudad en dos, al pronunciarse contra la reforma del C贸digo Contravencional:

Pretenden una ciudad limpia, linda, ordenada, para s铆 y para quienes quieren atraer; empresas transnacionales y turistas primer mundistas, entre ellos, el turismo gay. Y mostrarles una reina fetiche, tanguera en fuga al futuro, europea, m铆tica, industrial, comunicada, recoleta, beata, catequista y universitaria.

(Aplausos)

Lamentablemente, este panorama hollywoodense no se sustenta si no es con la desaparici贸n, virtual o real, de los feos y de las feas, de las putas, de las y los sin techo, de los y las pobladoras ancestrales, de las j贸venes insatisfechas y cr铆ticas, las mujeres y hombres pobres, indigentes, desempleados y quebrados, robados y estafados, la ni帽ez hambreada que pide, la ni帽ez hospiciana, la ni帽ez abusada, prostituida, violada, explotada, la ni帽ez usada como excusa clerical para cobrar subsidios y pedir limosna. [鈥 es solo un nuevo manotazo de ahogado de los separatistas, fraccionadores, que pretenden una ciudad para s铆, a costa de todo. Unirnos los y las fraccionadas, los y las desempleadas, los y las prostituidas, los y las mendigos de sue帽os y los cartoneros de esos mismos sue帽os rotos y ajados por los a帽os, que se unan los artistas que nos miran y traducen con arte, color y sonido y nos exponen en calles y veredas, quienes se acercan en subtes a vendernos linternitas y aquellas que proponen insinuantes peligros a los deseos de los ratones nocturnos, aquellas que lo 鈥渓aburan鈥 y aquellas que se paran en la esquina obligadas por ser negadas o por el hambre de su prole [鈥 Gobernarnos, sin educaci贸n, sin trabajo, sin salud, gobernarnos con esta labor poco seria, [鈥 Y nos meten a algunos y a algunas presas y a otros y otras bajo la alfombra de la General Paz y esperan, que lentamente desaparezcamos. Desaparici贸n, muerte, observan c贸mo morimos hoy y ayer obnubilados por un micr贸fono en el Teatro San Mart铆n y se van sin escucharnos, esperando a que muramos televisados y taquigrafiados, como morimos en asambleas 鈥榩ajeras鈥 de pretendido progresismo, aburridas de ser t铆teres de p茅simos titiriteros, que no aceptan que somos de madera y trapo, latinos, diversos y pobres (Marlene Wayar, Audiencia P煤blica: 130-132).

Este texto nos muestra una puja de dos ciudades, una for export que siga catapultando a Buenos Aires como la Par铆s de Sudam茅rica o la Reina del Plata con aires europeos y la otra: latinoamericana, heterog茅nea y pobre. Se apela constantemente en el discurso a las marcas urbanas vinculadas con la alta cultura (Teatro San Mart铆n) y aquellas que erigen fronteras simb贸licas (la autopista General Paz) que demarcan el l铆mite entre los/as porte帽os/as (aquellos vecinos/as de la Ciudad de Buenos Aires) y los otros, los del conurbano, los bonaerenses.

Otro grupo de discursos se centraron en la represi贸n selectiva de las fuerzas de seguridad que tienen como objetivo preferencial a los/as pobres (si son j贸venes y varones, mucho m谩s), las/los manifestantes (piqueteros/as),[9] las travestis, entre otros grupos. En esta l铆nea, ante el posible endurecimiento del C贸digo, Zulema Lucero (vecina de Palermo e integrante de la Asamblea Vecinal del Bot谩nico) sostuvo que este intento de reforma

es, ni m谩s ni menos, darle mayor poder a la polic铆a. Poder para que golpee sobre los sectores m谩s vulnerables y castigados. Poder en nombre de la seguridad que muchos y muchas creen que viene de la mano dura. Las contravenciones y edictos se usaron y siguen us谩ndose, tanto en la Ciudad como en el resto del pa铆s, para reprimir manifestaciones y reuniones p煤blicas, pero tambi茅n para perseguir por edad, color de piel, identidad de g茅nero, orientaci贸n sexual, clase o simple portaci贸n de rostro, en una abierta criminalizaci贸n de la pobreza, la indigencia y la protesta. A estas personas son a las que pretenden golpear con la mano dura.

(Aplausos)

[鈥 Solo piensan que con c谩rcel, persecuci贸n y multas conseguir谩n que los y las habitantes de la Ciudad de Buenos Aires nos sintamos seguros. Pero aqu铆 el problema es la exclusi贸n, la marginaci贸n y la desigualdad social. Adem谩s de esto, 驴a qu茅 polic铆a pretenden darle ese poder? A la polic铆a sospechada de manejar el negocio de la prostituci贸n, el tr谩fico de drogas, y sospechada tambi茅n de ser part铆cipe de secuestros y robos (Zulema Lucero, Audiencia P煤blica: 21).

En el testimonio de Lucero aparece la persecuci贸n y vigilancia policial sobre ciertos cuerpos que portan s铆mbolos asociados a lo peligroso encarnado por ciertas clases sociales. Siguiendo a Margulis, se puede identificar esta represi贸n policial selectiva con una pr谩ctica racial ya que 鈥渆l racismo no est谩 anclado en la idea de raza: se refiere a grupos humanos a los que por diferentes razones se ha descalificado, inferiorizado, maltratado o excluido鈥 (Margulis, 1999: 42), es decir, responde a una construcci贸n que justifica la superioridad de unos sobre otros a partir de la racializaci贸n de las relaciones de clase. Estos tratos no siempre est谩n anclados en soportes o rasgos corporales debido a que 鈥渓os procesos discriminatorios han tomado como eje, adem谩s y principalmente, la cultura, la nacionalidad y la posici贸n en los procesos productivos鈥 (Margulis, 1999: 43). En este sentido, otra de las oradoras de la Audiencia se refiri贸 a apariencias y comportamientos que las fuerzas de seguridad identificaban con la peligrosidad siempre encarnada en los cuerpos pobres.

Las y los habitantes de esta ciudad queremos vivir en paz, sin violencia y con garant铆as de respeto por los derechos humanos de todas y todos, y no que se contin煤e reprimiendo a quienes eran conocidas y conocidos como 鈥渓a clientela de los edictos policiales鈥. No queremos que se siga instaurando y ampliando la categor铆a de 鈥榗lientela鈥 ahora de las contravenciones, de la que pasar谩n a formar parte las y los 鈥減ortadores de cara鈥, de ropa, y todas y todos a quienes el sistema excluye. Queremos que se eliminen esas normas (Marta Fontela, feminista, Audiencia P煤blica: 30).

Hist贸ricamente, parte de la clientela de los edictos policiales hab铆an sido las travestis y mujeres que ofertaban sexo en las calles de la ciudad y los/as vendedores/as ambulantes. A cambio de no ser arrestadas/os, la polic铆a cobraba un dinero, m谩s conocido en Argentina como 鈥渃oima鈥. Con respecto a esto, una de las oradoras manifest贸 que

El control de Estado que aqu铆 se defiende es la garant铆a de las cajas chicas policiales sobre la sangre y la explotaci贸n de mujeres y travestis en estado de prostituci贸n y de los vendedores ambulantes. [鈥 En nombre de este control de Estado se pretende no s贸lo avasallar las garant铆as individuales, la Constituci贸n de la Ciudad, la Constituci贸n Nacional, sino tambi茅n acabar con la impertinencia de los que luchan, de los que tienen hambre, de los que no tienen vivienda, de los que se enfrentan con la polic铆a corrupta y asesina y, sobre todo, de esos travestis que, adem谩s de mostrarse, ahora se juntan, se organizan y se movilizan (Claudia Ferrero, integrante de Asociaci贸n de Profesionales de Lucha del Polo Obrero, Audiencia P煤blica: 68).

Los testimonios tienen algo en com煤n: muestran la otra ciudad, la que no es tur铆stica, a sus Otros y c贸mo mediante pol铆ticas p煤blicas se plasmaba una pol铆tica de disciplina y control selectivo aplicado solo en los grupos atravesados por la exclusi贸n, la (in)migraci贸n, la sexualidad disidente y por las huellas de clase, enti茅ndase por esto 煤ltimo a acciones, apariencias o rasgos fenot铆picos asociados a la pobreza. A su vez, todas estas diferencias estigmatizadas tuvieron un fuerte anclaje espacial y los testimonios recuperaron c贸mo 茅ste se encontraba atravesado por el conflicto: polic铆as que se beneficiaban, grupos de vecinos/as que exig铆an mano dura pero que no representaba a la totalidad y los grupos subalternos que encarnaban figuras que merec铆an ser excluidas para el statu quo. Por este motivo, es importante tener presente la perspectiva te贸rica asumida anteriormente, la del conflicto. 脡sta permite no pensar a ciertos grupos como ganadores y a otros como perdedores sino como actores que se encuentran y que disputan una lucha social por la apropiaci贸n del espacio apelando a diferentes estrategias organizacionales o, simplemente, argumentaciones discursivas ancladas en narrativas morales construidas socio hist贸ricamente. En t茅rminos de Oszlak (1991), los bienes y servicios se encuentran desigualmente distribuidos y los diferentes grupos tensionan en pos de lograr ocupar los espacios que permitan mayores goces sociales, econ贸micos, pol铆ticos y simb贸licos. Por este motivo, la apropiaci贸n del espacio nunca es acabada sino que es resultado de c贸mo se dirimen los intereses en los conflictos urbanos.

La segunda dimensi贸n identificada en la Audiencia est谩 vinculada con esta primera pero tuvo tanta importancia en el debate que merece un an谩lisis espec铆fico: 驴qu茅 hacer con la oferta de sexo en la v铆a p煤blica?

La ciudad y la oferta de sexo

La prostituci贸n para nosotras no fue una elecci贸n. No es que yo me sent茅 en el mullido sill贸n de mi casa y dije: 鈥溌縌u茅 puedo ser? 驴Una vecina facha,[10] una prostituta o un travesti? No tuve alternativa; el Estado me ha impuesto y me ha condenado a la prostituci贸n (aplausos).

LOHANA BERKINS, activista travesti
(Audiencia P煤blica, 2004: 88)

El primer C贸digo Contravencional aprobado en 1998 despenaliz贸 la oferta de sexo en la v铆a p煤blica. Sin embargo, pocos meses despu茅s fue el primer art铆culo en ser corregido como resultado de la presi贸n de organizaciones vecinales que reprobaban que en las puertas de sus casas se ofertaran servicios sexuales (Boy, 2015). En 1999, comienza a condenarse la oferta de sexo bajo la figura de 鈥渆sc谩ndalo p煤blico鈥 (art. 71) y en la Audiencia de 2004 continuamente se debati贸 la propuesta presentada por el diputado Enr铆quez que impulsaba la prohibici贸n expl铆cita de toda oferta de sexo en la v铆a p煤blica sometiendo a multas y arrestos a quien lo hiciera. Con respecto a la oferta callejera de sexo, una vecina de Palermo manifest贸:

Hoy estamos siendo discriminados los vecinos contribuyentes, los ni帽os, los adolescentes y la familia, ya que no podemos abrir la puerta de las casas porque nos topamos con personas desnudas o casi sin ropas, practicando sexo con 鈥渟e帽ores鈥; otros, est谩n masturb谩ndose frente a los producidos. Vecinos por a帽os, noche tras noche sin dormir, muchas veces amenazados y hasta lastimados por quienes all铆 est谩n y hasta en algunos casos sin respuesta o con mala respuesta de quienes nos deben dar soluci贸n [鈥 No negociamos el espacio p煤blico con nada ni con nadie. [鈥 No se comprende que por un retr贸grado sesgo ideol贸gico se pueda seguir permitiendo la p茅rdida de lo m谩s importante: la vida, el honor, el descanso, la familia, los valores, la 茅tica, la moral, transformando tal actitud en lo m谩s 鈥渇acho鈥[11] de las acciones e ideas (Luc铆a del Carmen Carew, Audiencia P煤blica, 2004: 149-154).

Esta vecina fue una de las pocas voces que se escucharon a favor de la reforma del C贸digo Contravencional amparada en sus derechos leg铆timos a usar y disponer del espacio p煤blico inmediato a la puerta de su casa. Seg煤n Mayol (1994: 10), el barrio

puede considerarse como la privatizaci贸n progresiva del espacio p煤blico. Es un dispositivo pr谩ctico cuya funci贸n es asegurar una soluci贸n de continuidad entre lo m谩s 铆ntimo (el espacio privado de la vivienda) y el m谩s desconocido (el conjunto de la ciudad o hasta, por extensi贸n, el mundo) [鈥. El barrio es el t茅rmino medio de una dial茅ctica existencial (en el nivel personal) y social (en el nivel de grupos de usuarios) entre el dentro y el fuera. Y es en la tensi贸n de estos dos t茅rminos, un dentro y un fuera que poco a poco se vuelven la prolongaci贸n de un dentro, donde se efect煤a la apropiaci贸n del espacio. El barrio puede se帽alarse como una prolongaci贸n del habit谩culo [鈥 El barrio es la posibilidad ofrecida a cada uno de inscribir en la ciudad una multitud de trayectorias cuyo n煤cleo permanece en la esfera de lo privado.

La apropiaci贸n que realizaron los/as vecinos del espacio p煤blico aleda帽o a la vivienda que ocupaban permite explicar c贸mo se organizaron para que la oferta de sexo en la v铆a p煤blica en 鈥渟us鈥 calles deje de estar presente en la vida cotidiana. Esta percepci贸n del espacio p煤blico inmediato a la vivienda no deja de legitimar que hay ciertos actores que tienen m谩s derechos a utilizar y disponer de 茅ste, que hay intereses superiores a otros. La Audiencia P煤blica permiti贸 escuchar voces que los medios de comunicaci贸n no comunicaban (la redundancia es adrede). Los medios gr谩ficos durante a帽os reprodujeron los testimonios de los/as vecinos que se sent铆an afectados/as pero pocas veces daban a conocer los relatos de quienes ofertaban sexo. Lohana Berkins, activista travesti, sostuvo lo siguiente:

Otra cosa fascista que se intenta hacer es calificar a los travestis y a las mujeres de v铆ctimas s贸lo por ejercer la prostituci贸n. Nuestra vida cotidiana est谩 controlada por el Estado; 茅l nos dice c贸mo amar, a qui茅n amar y nuestro cuerpo es de su propiedad. Otra falacia y otro fundamentalismo que cometen los vecinos es escudarse detr谩s de los ni帽os cuando, en realidad, no se hacen cargo de su propia sexualidad. 驴Creen que en nuestras vidas no hay ni帽os? 驴Que las prostitutas no son madres? 驴Que a nosotras nos han cagado? Nos han parido; tenemos ni帽os, hermanos y tambi茅n hemos sido ni帽as violadas y prostituidas.

(Aplausos)

Los vecinos se ocupan de sus ni帽os de clase media y no se ocupan de nuestras ni帽as, que cada d铆a son violadas y explotadas. Adem谩s, en muchos casos, son sus propios maridos quienes sostienen la prostituci贸n.

(Aplausos).

Es l贸gico que nos apasionemos porque se trata de nuestras vidas. Hay una diferencia sustancial que no debemos olvidar: nosotras defendemos el espacio p煤blico porque no tenemos acceso al espacio privado. El 煤nico espacio que tenemos son las calles y las plazas (Lohana Berkins en Audiencia P煤blica, 2004: 88-89).

Los dichos de Berkins pueden leerse como una reacci贸n a la estrategia de los discursos de los/as vecinos que apelaban a su condici贸n de padres protectores de la inocencia de algunos/as de los/as ni帽os/as para manifestarse en contra de la oferta de sexo en la puerta de sus viviendas. Pero tambi茅n aparece una novedosa forma de problematizar la relaci贸n entre el espacio p煤blico y privado. La vecina antes citada propon铆a un avance sobre el control del espacio p煤blico debido a que ya contaba con el dominio sobre el 谩mbito privado. La activista travesti propone controlar el espacio p煤blico al no tener el acceso a viviendas (espacio privado) como la mayor铆a del resto de los/as habitantes y como forma de conservar la fuente de ingresos. A su vez, los dos testimonios encarnan una diferencia de clase que los ubica en una experiencia urbana totalmente divergente debido a contar con un acceso diferencial a los recursos que 茅sta ofrece. Para la vecina, el espacio p煤blico es la continuidad de su propiedad privada y para la travesti es la posibilidad de sobrevivir. En el relato de Berkins, el punto de encuentro entre estos dos mundos es a partir de los maridos de las vecinas que consumen los servicios sexuales ofrecidos por las travestis: estamos ante un (des)encuentro que convive y se reactualiza. Seg煤n DiPietro, la presencia de las desviadas indecentes encarnadas en las travestis 鈥渕odelan intenciones colectivas en los m谩rgenes de la concientizaci贸n pol铆tica tradicional [鈥 denuncian las regulaciones eugenistas del espacio urbano鈥 (DiPietro, 2015: 17) oponi茅ndose a la privatizaci贸n de las calles. Las travestis, para este autor 鈥渢ransgreden la ficci贸n p煤blico/privado, poniendo en juego una competencia espacial en contra de la integraci贸n neoliberal鈥 (DiPietro, 2015: 17).

Otra vecina contraria al endurecimiento del C贸digo Contravencional sostuvo que

La se帽ora que saca la basura fuera del horario y viene la polic铆a y le levanta un acta de contravenci贸n 鈥揷osa que ser铆a una especie de milagro en esta ciudad鈥 no va a volver a sacar la basura si tiene que pagar una multa. Ahora las mujeres y las travestis en estado de prostituci贸n, los vendedores ambulantes, los piqueteros, los que viven en la calle, todos ellos tienen que reincidir porque sobreviven haciendo eso.

(Aplausos)

Por m谩s que una prostituta vaya en 鈥渃ana鈥,[12] la 鈥渇ajen鈥[13] y la 鈥渞evienten鈥, y la polic铆a le saque la 鈥済uita鈥,[14] al d铆a siguiente va a tener que estar en la misma esquina, porque si no, no tiene plata para llevar a la casa (Mar铆a Salom贸n, vecina. Audiencia P煤blica, 2004: 17-18).

Una vez m谩s el testimonio de la vecina da cuenta de la atenci贸n selectiva sobre ciertos grupos por parte de las fuerzas de seguridad. No todas las faltas molestan de la misma forma y no todos los grupos pueden evitar el quebrantamiento de la norma: poder hacerlo es un privilegio de quienes tienen la sobrevivencia asegurada. Los/as sobrevivientes urbanos conviven con necesidades b谩sicas insatisfechas y, al menos en la pr谩ctica, pareciera ser que donde hay una necesidad, hay un negocio (y no un derecho vulnerado, como suele decirse). En l铆nea con esto, en el pr贸ximo 铆tem se problematizar谩 ciertas figuras que estuvieron en debate y que fueron percibidas por los/as oradores como una cristalizaci贸n de la criminalizaci贸n de la pobreza, como el agravamiento de la persecuci贸n policial sobre grupos determinados.

La ciudad y el acecho de los cuerpos peligrosos

Ale es joven, menor de edad, pobre, desocupado, piquetero, vendedor ambulante, no estudia. Podr铆a ser travesti, prostituta, cartonero o artista callejero. Puede ser cualquier joven desocupado de cualquier barrio perif茅rico y pobre de la ciudad, que con la excusa de la averiguaci贸n de antecedentes sufre el sistem谩tico abuso policial (aplausos). Ale se llama tambi茅n Walter Bulacio, Lucas Rold谩n, asesinado por polic铆as de la Comisar铆a 52 en Lugano, o Marcelo B谩ez, acribillado por polic铆as de Mataderos.
GIMENA SAKIM
(Audiencia p煤blica, 2004: 150)

Otra de las figuras incorporadas y debatidas durante toda la Audiencia P煤blica de 2004 fue la de 鈥減ermanencia injustificada鈥 o 鈥渧igilancia injustificada鈥 propuesta en el proyecto del diputado Enr铆quez. Durante el debate, estas figuras fueron referidas como criminalizaci贸n de la pobreza o figura del 鈥渁cecho鈥 o del 鈥渕erodeo鈥. Diferentes actores, incluidos varios/as abogados/as, manifestaron que esto violaba un principio constitucional ya que condenaba un comportamiento en forma pre-delictual en pos de la prevenci贸n de hechos delictivos. Esto quiere decir que la sospecha ya era motivo suficiente para las fuerzas de seguridad para decidir una multa o arresto sobre otro/s. En consonancia con lo que se viene argumentando, no todos los grupos se convertir铆an en sospechosos ya que el C贸digo Contravencional recaer铆a, tal como dijo una de las oradoras,

de manera prioritaria sobre los sectores socialmente menos favorecidos, en momentos en que varios de estos grupos 鈥揺ncarnados de manera patente en los movimientos piqueteros, las travestis, las mujeres en estado de prostituci贸n, los recuperadores de basura, los y las inmigrantes y los y las j贸venes de sectores populares, entre muchos otros鈥 salen, habitan o transitan la calle cotidianamente, sin que esto ponga en riesgo alguno la seguridad colectiva o individual de nadie. [鈥 En una ciudad donde casi el 20 por ciento de sus 640 mil j贸venes, mujeres y varones, son pobres, donde un porcentaje similar sufre la exclusi贸n y la desafiliaci贸n que genera el desempleo, y donde muchos y muchas son v铆ctimas diarias de apremios ilegales, detenciones injustificadas y represi贸n policial, la pretendida disminuci贸n de edad de culpabilidad de los j贸venes, no puede sino merecer [鈥 el m谩s en茅rgico repudio de quienes seguimos apostando al ejercicio democr谩tico de la ciudadan铆a y a la lucha insistente por un espacio p煤blico, real y abierto para todos y todas. (Aplausos). (Silvia Elizalde, investigadora acad茅mica. Audiencia P煤blica, 2004: 52)

El testimonio citado dej贸 en claro que las pol铆ticas de control de las fuerzas de seguridad ya ten铆an targets de poblaci贸n definidos. Como en toda construcci贸n del Otro, 茅sta se reduc铆a a ciertos rasgos que le eran atribuidos a cada uno de los grupos dejando de lado la totalidad compleja. Se los 鈥渆mpobrece mediante las operaciones ideol贸gicas impl铆citas en el racismo, y a partir de all铆 es posible incluirlo en una categor铆a despreciada. Esto facilita el rechazo鈥 (Margulis, 1999: 57) del resto de los grupos. Con respecto a esto 煤ltimo, Grimson tambi茅n nos permite pensar las fronteras simb贸licas que se tejen en las ciudades. Este autor sostiene que es necesario estudiar los l铆mites de las identidades y, sobre todo, los 鈥渄ispositivos a trav茅s de los cuales se construyen esas diferencias, articul谩ndolas en la mayor parte de los casos con formas de desigualdad鈥 (Grimson, 2001: 127). En estas desigualdades se siguen (re)produciendo las nociones de un Otro y un Nosotros que, en este caso, est谩n representadas por actores que ocupan tanto posiciones perif茅ricas como centrales. Como la perspectiva del conflicto permite pensar, ciertos testimonios construyen la diferencia no desde el estigma sino desde la necesidad de entablar alianzas estrat茅gicas para que esos otros perif茅ricos no vean dificultada a煤n m谩s su vida cotidiana. En este sentido, las diferencias tambi茅n pudieron generar solidaridades.

Vecinos/as que usualmente ocupaban lugares centrales por su clase social, origen 茅tnico y racial, en la Audiencia P煤blica fueron claramente residuales cuantitativamente. Pese a esto, se encontraron dos testimonios que fueron claros en cuanto a la utilidad de reforzar las figuras del acecho y de la peligrosidad de aquel Otro. En esta l铆nea, Luc铆a Carew, vecina del barrio de Palermo, sostuvo que

Faltan figuras sumamente necesarias. Llamemos a las cosas por su nombre: el 鈥榓cecho鈥. Un gato que vigila su presa est谩 al acecho. Igual pasa con el delito. Con el acecho, el merodeo, 驴cu谩ntas violaciones y secuestros se hubiesen evitado? Si un menor es capaz de procrear a los 14 a帽os, o antes, 驴por qu茅 no puede ser punible? Se equivocan y no se los beneficia a los menores sin sancionarlos. Muy por el contrario, porque se permite as铆 que los mayores usen y abusen de ellos y los manden a delinquir, a mendigar y hasta son abusados y castigados por sus mayores (Luc铆a del Carmen Carew, vecina de Palermo. Audiencia P煤blica, 2004: 149-153).

Asimismo, encontramos la predisposici贸n del legislador para incorporar conductas punibles, como por ejemplo la del acecho, que nosotros entendemos fundamentales para prevenir numerosos delitos. Vemos a diario c贸mo matan y lastiman a conciudadanos porque las fuerzas de seguridad no cuentan con herramientas de prevenci贸n adecuadas. Estamos cansados de esta inseguridad, estamos cansados de no ser escuchados por las autoridades. [鈥 (Aplausos) (Federico Fern谩ndez Funes. Vecino. Audiencia P煤blica, 2004: 163).

Ambos testimonios seleccionados confiaban en la sapiencia de las fuerzas de seguridad para aplicar criterios de sospecha sobre sujetos potencialmente peligrosos en el espacio p煤blico. Esto quiere decir que se invertir铆a la prueba: aquellos/as sospechosos/as tendr铆an que demostrar su inocencia porque en principio ya eran culpables por los atributos estigmatizados que portaban. Cabe aclarar que estos dos testimonios se emitieron hacia el final de la Audiencia P煤blica, es decir que ya hab铆an escuchado diferentes argumentos sobre la peligrosidad de endurecer las penas y c贸mo estas afectar铆an en forma desigual e injusta a los diferentes grupos sociales, actores econ贸micos y pol铆ticos.

El problema radica en c贸mo se construir铆a la sospecha, cu谩les ser铆an los rasgos portados por los cuerpos y cu谩les las pr谩cticas considerados peligrosos y a partir de qu茅 criterios. Estos dos testimonios conceb铆an a las fuerzas de seguridad como herramientas para poder apropiarse del espacio p煤blico circundante a sus viviendas, del barrio.

En este trabajo es relevante incorporar la definici贸n de raza de Rita Segato quien la concibe como signo que, como tal, depende de contextos definidos y delimitados para obtener significaci贸n. Esto implica que el Estado y los grupos que con 茅l se identifican 鈥減roducen y reproducen sus procesos de instalaci贸n en detrimento de, y a expensas de, los otros, que este mismo proceso de emergencia justamente segrega y secreta simult谩neamente鈥 (Segato, 2007: 142). Esto conlleva la existencia de interlocutores autorizados ubicados en el centro y otros residuales, agonizantes, 鈥減or no tener derecho a ser escuchados ni acceso a la inscripci贸n de sus idiosincrasias y peculiaridades en el estrecho derrotero multicultural鈥 (Segato, 2007: 142). Seg煤n la autora, todo Estado arrincona identidades consideradas residuales o perif茅ricas y, desde esta 贸ptica, puede interpretarse que el endurecimiento del C贸digo es visto por los grupos involucrados como un reforzamiento del control sobre los cuerpos asociados al peligro y de la (re)producci贸n y reactualizaci贸n de los estereotipos que estigmatizan a esos Otros.

La tensi贸n entre el Nosotros y los Otros fue una constante durante el debate en la Audiencia P煤blica: para qui茅n es la ciudad, qui茅nes son los (i)leg铆timos, qui茅nes se imponen y qui茅nes se resisten. Tanto Marcos Wolman (vecino y miembro del Partido Comunista e Izquierda Unida) como Maidana (travesti) se mantuvieron en este 煤ltimo grupo.

Pero hay m谩s, y es m谩s grave todav铆a: figuras que nos retrotraen a lo peor de los edictos: 鈥渁cecho y merodeo鈥. Todos los que hemos nacido y todos los que vivimos en la Ciudad de Buenos Aires sabemos que a esto se lo denomina de otra forma: 鈥減ortaci贸n de cara鈥…

(Aplausos)

[鈥 y que va dirigido contra los pobres y contra nuestros hermanos latinoamericanos (Marcos Wolman. Audiencia P煤blica, 2004: 153).

Sr. Maidana[15].- 驴Nos van a llevar[16] por portaci贸n de cara y cuerpo? 驴Nos van a llevar por elegir la identidad de g茅nero, que afecta a la moral y a las buenas costumbres? La moral y las buenas costumbres de quienes tienen doble moral y dobles buenas costumbres. [鈥 La Ciudad de Buenos Aires se re煤ne para encontrar la manera de privar a los travestis de la elecci贸n que desde muy peque帽as hemos tenido. Desde muy peque帽as hemos peleado en el interior de nuestras familias, en las escuelas, en los hospitales, por ser lo que queremos ser. Ni m谩s ni menos que como lo hace cualquier ciudadano o ciudadana, pero con la diferencia de que a estos y a estas la sociedad los acompa帽a para desarrollarse, y a nosotras nos persiguen, nos torturan y nos encarcelan. Esto es lo que pretenden hacer con esta nueva reforma del C贸digo Contravencional. Se帽ores y se帽oras, legisladores y legisladoras, se帽or jefe de Gobierno: la democracia debe ser para todos y a todos nos deben garantizar la libertad. Nosotros decimos que no queremos la reforma del C贸digo Contravencional y decimos que, como lo hizo ya hace un tiempo un compa帽ero que pele贸 por nuestra causa, el principio de nuestra lucha es el deseo de todas las libertades. 隆Acomp谩帽ennos para que lo consigamos con dignidad! (Maidana, travesti. Audiencia P煤blica, 2004: 81).

(Aplausos)

El testimonio de Wolman y el de Maidana recrean la represi贸n selectiva de las fuerzas de seguridad y apelan a las huellas corporales como fundamento de sospecha, como un elemento asociado al peligro. El primero de los testimonios al hablar de 鈥渓os hermanos latinoamericanos鈥 reproduce la blanquitud con la que se piensan los/as argentinos/as, invisibiliza el car谩cter mestizo que tambi茅n se encuentra en la sociedad argentina. El testimonio de Maidana recupera la experiencia de portar un cuerpo, una identidad y una sexualidad condenados moral y pol铆ticamente a lo largo de la historia, encarna la experiencia de los Otros que deben organizarse para arrancarle derechos a un sistema legal, econ贸mico y pol铆tico que se resiste a entregarlos. Es decir, los derechos se arrancan a trav茅s de la resistencia y la organizaci贸n, no se gozan autom谩ticamente tal como sostiene la ret贸rica republicana. Como sostiene Margulis (1999:45),

El racismo y la discriminaci贸n no residen en el se帽alamiento o en la clasificaci贸n de las diferencias sino en la negaci贸n del derecho a ser diferente y, adem谩s, en colocar la diversidad, que se observa en los grupos humanos, dentro de escalas sociales jerarquizadas que se estructuran sobre lo leg铆timo/ileg铆timo, bueno/malo, igualdad/desigualdad.

As铆 es como la descalificaci贸n racial de ciertos grupos no se reduce a rasgos f铆sicos asociados al fenotipo sino que tambi茅n, y parafraseando a Margulis, se visibilizan negativamente cuerpos, identidades y pr谩cticas asociados con cuestiones econ贸micas, corporales, religiosas, 茅tnicas, de g茅nero o de ciertos comportamientos sexuales.

Palabras m谩s, palabras menos

La Audiencia P煤blica realizada en 2004 cumpli贸 con su cometido: que los diferentes actores involucrados se encontraran aunque nuevamente en forma inequitativa. De los 188 oradores, solo cinco se manifestaron a favor del endurecimiento del C贸digo Contravencional. La predominancia del primer grupo trajo consigo una situaci贸n in茅dita que tuvo a los que suelen ser residuales en una posici贸n central en un escenario pol铆tico estatal. Esta instancia dio cuenta de la otra Ciudad de Buenos Aires: empobrecida, latinoamericana, desordenada, sobreviviente, morocha y popular. Los cuerpos e identidades usualmente vigilados por las fuerzas de seguridad por su car谩cter peligroso pasaron de una posici贸n perif茅rica a un papel protag贸nico. El grupo minoritario y la platea que se animaba a aplaudir dieron cuenta de la ciudad hegem贸nica: excluyente, contributiva, normal y que conceb铆a a las fuerzas de seguridad como aliadas para promover un proyecto de ciudad determinado.

Este trabajo intenta ser un aporte en la recuperaci贸n de la dimensi贸n de la racializaci贸n para pensar las din谩micas pol铆ticas de corte urbano. Aunque los/as argentinos/as aprendamos que 茅sta representa una forma anticuada para pensar la realidad social, la raza y racializaci贸n est谩n omnipresentes. Tal como se enunci贸 durante este trabajo, la racializaci贸n de las relaciones de clase debe vincularse con la lectura social de los cuerpos, las identidades y las pr谩cticas construidas hist贸ricamente como perif茅ricas en contextos precisos. Esto implica que no se reducen al car谩cter fenot铆pico de los cuerpos sino que act煤an como una reactualizaci贸n estigmatizadora de un signo construido en una cultura determinada. En este sentido, aunque una persona no sea negra ni mestiza ni ind铆gena, puede ser considerada en Argentina como negra. Porque para los/as argentinos/as la negritud no se lleva necesariamente en el cuerpo visible sino en el alma. Se puede ser un m茅dico mestizo y no ser negro y se puede ser un joven blanco, pobre y perif茅rico y s铆 serlo. Y se pueden llevar adelante pr谩cticas asociadas a lo marginal y tambi茅n serlo. Todas estas negritudes comparten la mirada reprobatoria que las circunda.

La Audiencia P煤blica puso de manifiesto la existencia de dos ciudades o, m谩s bien, de una ciudad fragmentada. Podr铆a pensarse en una divisi贸n tajante entre un sector y el otro. Sin embargo, este debate comienza por los conflictos originados a partir del encuentro de los grupos que ocupan diferentes posiciones de clase, sexuales o pol铆ticas en el espacio p煤blico. Por lo tanto, son actores que si bien parecen divididos por fronteras simb贸licas, pol铆ticas e hist贸ricas, no paran de encontrarse y chocarse, de solidarizarse y molestarse en el espacio p煤blico. Tal como se propuso en el cuerpo del texto, este espacio se encuentra atravesado por el conflicto y los actores despliegan estrategias para apropi谩rselo siguiendo sus intereses. Las narrativas morales fueron edificadas por los grupos involucrados en la Audiencia alrededor de la racializaci贸n de los grupos subalternos y de su aparente peligrosidad incluyendo a la diferencia sexual y a las identidades de g茅nero disidentes; a la defensa de los valores asociados a la familia nuclear moderna y la consecuente protecci贸n de los ni帽os/as inocentes de toda pr谩ctica incivilizada llevada a cabo por aquellos otros/as adultos/as en el espacio p煤blico pr贸ximo. Lo curioso es que estos elementos se hicieron presentes tanto en quienes resist铆an el endureciendo del C贸digo como en quienes lo promov铆an. Es decir, las narrativas siempre apelaron a las diferencias existentes, algunas veces solidariz谩ndose y otras remarcando distancias simb贸licas y geogr谩ficas.

La Audiencia P煤blica de 2004 posibilit贸 a los/as cabezas negras ennegrecer, al menos por los dos d铆as que dur贸 el debate, a las estructuras de poder hegem贸nicas. Tiempo despu茅s se aprobar铆a el nuevo C贸digo Contravencional con las reformas propuestas. Esta medida es una muestra de c贸mo ciertos grupos organizados a partir de su capital simb贸lico, social, econ贸mico y pol铆tico diferencial imponen sus intereses aun siendo una clara minor铆a en espacios de debate p煤blico formales. Un a帽o despu茅s de la realizaci贸n de esta Audiencia, la Ciudad de Buenos Aires se convirti贸 en el primer territorio argentino que regulaba en qu茅 espacios pod铆a ofertarse sexo en la v铆a p煤blica: a m谩s de doscientos metros de viviendas, centros educativos y/o religiosos. Por supuesto, en el 煤nico barrio que dej贸 de ofertarse servicios sexuales fue donde viv铆an las clases medias porte帽as: Palermo. En el resto de los barrios con vecinos/as de clase media baja y sectores populares (Flores, Once y Constituci贸n, principalmente) la situaci贸n no se modific贸 y la polic铆a sigui贸 recolectando dinero noche a noche a cambio de dejar en libertad a aquellos cuerpos e identidades amenazantes.

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Fuente analizada

Audiencia P煤blica (2004), realizada el 22 y 23 de marzo de 2004. Sumario. Versi贸n taquigr谩fica firmada por Graciela M. Walter.


  1. Una versi贸n preliminar de este trabajo se public贸 en la revista Espacialidades de la Universidad Aut贸noma Metropolitana (UAM), M茅xico, Unidad Cuajimalpa en el primer semestre de 2017.
  2. Las autoras refieren al nuevo C贸digo de Convivencia.
  3. Esta pol铆tica de corte militar se denomin贸 鈥淐ampa帽a del Desierto鈥 y fue llevada a cabo en 1879.
  4. En 1930 comienza a consolidarse un nuevo modelo econ贸mico en Argentina. La econom铆a del pa铆s deja de ser netamente agroexportadora para iniciar un proceso de industrializaci贸n que se extiende hasta mediados de la d茅cada de 1970. El modelo de industrializaci贸n por sustituci贸n de importaciones, m谩s conocido como ISI, foment贸 la migraci贸n interna del campo a la ciudad. A estos migrantes, muchas veces de rasgos ind铆genas o mestizos, se los denomin贸 despectivamente 鈥渃abecitas negras鈥. Luego, con el peronismo, este concepto fue resignificado positivamente desde la ret贸rica pol铆tica al conformarse una alianza entre la dirigencia pol铆tica y la clase trabajadora.
  5. En este libro, el cap铆tulo de Magdalena Felice 鈥淟os herederos de la ciudad: horizontes residenciales en j贸venes de sectores medios鈥, explora, a partir de investigaciones que describen en clave hist贸rica la ocupaci贸n del territorio de Buenos Aires, el proceso de modernizaci贸n de la ciudad, iniciado en 1870, y los relatos sobre la fundaci贸n de la ciudad capital en torno al ideal de la 鈥渃iudad blanca europea鈥.
  6. Los/as cartoneros/as son quienes recolectan en la v铆a p煤blica materiales reciclables de la basura arrojada por los/as vecinos/as para luego revenderla o para uso dom茅stico. Su presencia se hizo extensa en el centro de la ciudad en el marco de la crisis de 2001-2002 y, en general, proven铆an de Partidos del Gran Buenos Aires para realizar su actividad en 谩reas centrales de la ciudad.
  7. En la d茅cada de 1990 se alcanz贸 鈥渢asas de desempleo de dos cifras. En este sentido, seg煤n el INDEC (Instituto Nacional de Estad铆stica y Censos), en mayo de 1993 la desocupaci贸n trep贸 al 10,6% en el Gran Buenos Aires, agrav谩ndose en los a帽os siguientes con las sucesivas crisis socioecon贸micas y pol铆ticas que afectaron al pa铆s. La crisis burs谩til originada en M茅xico, denominada 鈥楨fecto Tequila鈥, impuls贸 el desempleo al 20,2% en mayo de 1995 y la crisis institucional, pol铆tica, econ贸mica y social de 2001-2002 arrastr贸 al mercado de trabajo a una cifra r茅cord: 22% de desocupaci贸n en mayo de 2002. Esto implica que en el per铆odo comprendido entre mayo de 1993 y el tercer trimestre de 2006 inclusive, la tasa de desocupaci贸n en el GBA, ininterrumpidamente, se mantuvo superior al 10%鈥 (Boy, 2010: 44). En cuanto a la pobreza, 鈥渁 partir de 1990 penetra en la vida de una cantidad creciente de personas, alcanzando algunas veces a la mayor铆a de la poblaci贸n. Seg煤n el INDEC, luego de la recuperaci贸n del proceso hiperinflacionario vivido entre 1989 y 1990, y en especial a partir de 1994, comienza a incrementarse el porcentaje de personas viviendo en situaci贸n de pobreza, particularmente en los partidos del Gran Buenos Aires. En esta 谩rea esta tendencia se sostiene hasta el a帽o 2003 inclusive, con peque帽as oscilaciones en el medio. En 2003, alcanza el nivel m谩ximo de tasa de pobreza para el conurbano bonaerense. En porcentajes, en mayo de 1994, el 19,5% de la poblaci贸n del conurbano se encontraba viviendo en la pobreza, trepando al 61,3% en 2003. La poblaci贸n de la Ciudad de Buenos Aires viv铆a en situaci贸n de pobreza alcanzando el punto m谩s cr铆tico en 2003, cuando el 21,7% de la poblaci贸n viv铆a en esa condici贸n鈥 (Boy, 2010: 53).
  8. El car谩cter no vinculante de la Audiencia implic贸 que el resultado de las discusiones no deb铆an ser tenidos en cuenta necesariamente por los/as legisladores de la Ciudad de Buenos Aires. Cada persona que se presentaba en la Audiencia pod铆a registrarse en una lista de oradores para luego emitir su opini贸n en una cantidad determinada de tiempo. Cabe mencionar que varios testimonios que se pronunciaron en contra del endurecimiento del C贸digo adjetivaron a esta Audiencia P煤blica como un circo ya que no era vinculante y estaban seguros/as de que se iba a aprobar.
  9. A partir de 1997, emerge un nuevo actor pol铆tico en Argentina en las ciudades de Cutral Co (Neuqu茅n) y Tartagal (Salta): los piqueteros. Los piqueteros son quienes cortaban las rutas reclamando fuentes de trabajo perdidas en un contexto de achicamiento del Estado y desocupaci贸n elevada y pol铆ticas sociales que mitiguen las consecuencias m谩s graves de aquel contexto social atravesado por la pobreza e indigencia.
  10. 鈥淔acha鈥 proviene de fascista. Denota una persona que adhiere a perspectivas pol铆ticas de derecha.
  11. 鈥淔acho鈥 proviene de fascista. Denota una persona que adhiere a perspectivas pol铆ticas de derecha.
  12. 鈥淐ana鈥 refiere a polic铆a. 鈥淚r en cana鈥 refiere a ser detenido.
  13. 鈥淔ajar鈥 es pegar, golpear.
  14. 鈥淕uita鈥 significa dinero.
  15. Decidimos mantener el formato masculino en esta ocasi贸n a pesar de la identidad de g茅nero feminizada de quien testimonia. Tomamos esta decisi贸n para mostrar c贸mo en un pa铆s que a煤n no hab铆a debatido y aprobado la ley de identidad de g茅nero, los/as funcionarios p煤blicos se refer铆an con total naturalidad e impunidad en masculino en referencia a ellas. Lo dejamos como una huella de violencia institucional adicional a las que las travestis debieron enfrentar los dos d铆as de la Audiencia P煤blica.
  16. El t茅rmino 鈥渓levar鈥 refiere a ser detenidas por la polic铆a, ser llevadas a las comisarias.


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