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2 Postales de encuentros dialógicos

Rosana Paula Rodriguez, Sofía da Costa, Victoria Pasero, Julieta Vignale, Alejandra Silnik, Daniela Campos, Sara Gutierrez, Cecilia Deamici, Paula Santoni Palma, Lautaro Rodriguez Ñancu, Carolina Diaz, Pablo Morón, Victoria Castro, Debora Leslie Vitaliti, Emilia Muñiz, Evelyn Morales, Noelia López y Catalina Zaneff

A partir de una perspectiva feminista, intercultural y sociocomunitaria, nos proponemos recuperar los saberes que las mujeres sanadoras despliegan y utilizan a diario, en función de sus propias experiencias, cultura, cosmovisiones, condiciones de vida, necesidades y recursos disponibles. En los dos capítulos siguientes recuperaremos los relatos, voces y experiencias de las mujeres sanadoras populares y las mujeres terapeutas que se dedican a la medicina alternativa.

Buscamos interrelacionar experiencias, prácticas y conocimientos de estas mujeres y los provenientes de otros ámbitos (científicos, políticas públicas, teorías feministas, etc.). Por otro lado, rescatamos los lenguajes y las expresiones creativas, la política, el conocimiento, los rituales, los procedimientos, sus saberes y las experiencias de participación activa de estas mujeres en relación a la salud y buen vivir/estar de las personas que forman partes de sus comunidades.

Incluimos las terapias alternativas y/o también denominadas terapias no convencionales, como la medicina tradicional china, la medicina ayurveda hindú, la medicina unani árabe, las medicinas indígenas, que cuestionan las prácticas del modelo médico alopático. Si bien estas medicinas no se encuentran totalmente fuera del sistema médico occidental, al igual que las medicinas populares, resultan complementarias y contienen las demandas de salud, no en el sentido de aliviar los síntomas, sino en el sentido de promover la autocuración y autosanación que incluye perspectivas en torno de la propia recuperación del bienestar. En ocasiones, los universos de ambas medicinas (populares y alternativas) se presentan como contrapuestos, por las diferencias en las procedencias de clases, en la formación académica, las trayectorias vitales, el acceso a otras culturas, y la posibilidad de viajar, conocer otras lenguas, entre algunos elementos que distinguen a las mujeres terapeutas respecto de las sanadoras populares. Sin embargo, tienen en común una matriz que concibe de manera integral los cuerpos, en relación con la naturaleza, con aspectos socioculturales, con el trabajo, como así también con otras dimensiones que el modelo alopático suele omitir. De alguna manera, a modo de síntesis, podemos decir que: las mujeres terapeutas alternativas son aquellas cuyos saberes fueron adquiridos por medios formales o académicos que interpelan la hegemonía del modelo médico convencional, mientras que las sanadoras populares son aquellas que adquieren sus conocimientos producto de la experiencia, la transmisión familiar y oral, o por la atribución de algún don.

Queremos hacer una mención aclaratoria que nos resulta indispensable: cuando hablamos de mujeres, no lo hacemos sin contemplar el uso problemático de la categoría. Desde los feminismos negros, indígenas y descoloniales, se ha problematizado lo homogeneizante que resultan algunas categorías utilizadas para poder dar cuenta de la diversidad de experiencias, vivencias, violencias, que atraviesan en su singularidad a cada “mujer” (bell hooks, Monique Wittig, Audre Lorde, Patricia Hill Collins, Angela Davis, Yuderkys Espinosa, Breny Mendoza, entre otras). Por otro lado, y sobre todo en los debates feministas recientes con el llamado “feminismo radical trans excluyente” (TERFS), es importante mencionar que no adscribimos y repudiamos estas corrientes por esencialistas y transfóbicas. Recuperamos en este sentido los aportes de Sara Ahmed (2017:31): 

Creo que lo que hay en el trabajo feminista antitrans es un deseo de excluir y vigilar las fronteras de las mujeres sean cuales sean los motivos. La vigilancia de la categoría mujeres es cómo un grupo específico de mujeres han asegurado su derecho a determinar quién pertenece al feminismo (la blanquitud ha sido otro mecanismo fundamental para vigilar el feminismo).

De alguna manera, intentamos resolver estas limitaciones categoriales y políticas, a través del lenguaje, con el uso de las “x” y las “e”, para no reproducir binarismos y violencias simbólicas.

En total dialogamos con 11 mujeres que ejercen la sanación, prácticas diversas de curación y de cuidados a la salud, en encuentros que se realizaron durante el 2017 y 2018. Con cada una de ellas se pautó un consentimiento informado para otorgar el derecho a la autoría, como así también resguardar la identidad en el caso de aquellas que así lo requirieron, tanto para el relato como el registro fotográfico.

Desde el equipo de investigación se creó la Colectiva Desenfocadas que registró visualmente las actividades desarrolladas, en la producción de un diálogo de saberes.

Presentación de las sanadoras

Iracema, tiene 54 años, reside en una zona rural, es sanadora indígena y maestra especialista en cultura andina y amazónica. Junto a su compañero impartieron un curso de cosmovisión andina; en el mismo participaron dos integrantes del equipo que se nutrieron de los saberes y prácticas ancestrales de la cultura originaria y compartieron rituales de sanación colectiva. Iracema tiene una larga ascendencia de curanderas y curanderos en su familia. Aprendió de su padre, “maestro” curandero indígena. Dicta cursos de cultura andina-amazónica en varias universidades del Perú. Integra el Subcomité de Medicina Tradicional del Colegio Médico del Perú. Desde la perspectiva de la sanación andina, se ocupa de malestares físicos y emocionales. Se inicia en la sanación a partir de un diagnóstico de enfermedad en los ovarios. Su padre, en una lectura de coca le sugiere buscar el origen de esa enfermedad. A través de visiones en ceremonias de ayahuasca, encuentra el camino hacia la sanación y comienza su camino como maestra. Realiza desbloqueos, pasada de huevo, limpiezas y consejos, entre otras prácticas. Trabaja a través de visiones, sueños con plantas sagradas, ofrendas de coca, magia, ceremonias de gratitud, baños, sanación a través de danzas ancestrales y música. Se referencia en la Pachamama y sus ancestras/os.

Patricia Giner, tiene 63 años, socióloga y médica clínica, luego formada en medicina antroposófica. Su incursión en las medicinas naturales y la homeopatía fue motivada por su madre desde muy pequeña. Según ella misma relata, en su vida nunca ha consumido antibióticos farmacológicos. Trabaja en la medicina natural con un enfoque en la autosanación y denomina a su línea de trabajo como “medicina integrativa liberadora y educativa” y se define como “partera de la vida y de la muerte”.

Concibe al sujeto de manera integral: su biografía, su cuerpo físico, mental y espiritual, y sus antepasados/as. La dinámica de sanación se establece a partir de un cambio en la alimentación, el pensamiento, la respiración y el ejercicio físico.

Patricia en su consultorio en diálogo con Sara

Colectiva Desenfocadas, junio 2017.

Laura Hart tiene 60 años, reside en una zona urbana y es artista plástica, especialista en arte rupestre y cultura andina. Se define a sí misma como “curandera a través del arte” desde la cosmovisión andina y amazónica, ha publicado un libro sobre arte rupestre, que ha venido a llenar un gran vacío sobre ¨aquellos artistas de entonces¨, como ella les llama a quienes ilustraron la prehistoria. Ha recuperado a través de muchos viajes al interior de Cuyo a numerosos/as artistas anónimos/as, innumerables manos que hacen del arte rupestre algo único, porque muestra los rastros, las marcas de nuestras/os antecesoras/es en el suelo y en el arte.

Su especialidad es “sanar estancamientos, odios, envidias, enfermedades del alma y del cuerpo”. Rescata la intuición como estrategia en sus talleres, orientando la tarea hacia el “desarrollo de la imagen interna, sacarla a través de la pintura para sanar”.

Integra diversas visualidades: la fotografía, el arte rupestre y el trabajo plástico, en su búsqueda de significados asociados a chamanes y curanderos. Para ello decide viajar a Perú, Bolivia y Colombia, donde se conecta con personas que le transmiten distintos saberes. Así, Agustín es un curandero amazónico que la orienta en la sanación a través del arte y el aprendizaje a través de las abuelitas (ayahuasca). Amaru Mayu es con quien realiza un ritual en el mar como ofrenda a la señora Kao, para conectar con las ancestras. Toma contacto también con el maestro Mosquera con quien conoce las mesadas.

Laura en su taller en Vistalba, Mendoza

Colectiva Desenfocadas, mayo 2017.

Ana Pérez, es productora de frutas y verduras orgánicas, tiene 66 años, vive en una zona rural del Valle de Uco. En su casa, junto a su pareja, reciben a personas que quieren aprender a alimentarse y trabajar la tierra.

Practica la medicina a partir de los alimentos. Se define como “peregrina para encontrar el camino a la felicidad en la salud”. Hace 20 años que se inició en este camino de la agroecología. No quiere precisar sobre los tratamientos que sugiere, ya que los considera secretos. Realiza una integración “entre lo ancestral, lo cósmico y la teoría cuántica”.

Ana compartiendo sus saberes en su casa en Tunuyán

Colectiva Desenfocadas, abril 2017.

Carmela, vidente y sanadora popular, tiene 66 años, y vive en un pueblo de San Carlos, departamento ubicado a 100 km de la ciudad de Mendoza.

Su sabiduría consiste en ver más allá, ella dice que se trata de un “don” natural, de origen sagrado: “ve”, se anticipa, sana malestares físicos, emocionales y sociales. Recibe consultas desde distintos pueblos, provincias, e incluso de países limítrofes.

Su don lo adquirió a los 14 años, se le “aparece como una imagen”. En esa ocasión un curandero le dijo que ella podía “curar a un enfermo y matar a un santo”. Sus visiones son imágenes de gente enferma o que va a morir, “debo haber sido médica en otra vida, suelo tocar a las personas para curar”. Sus consultantes le hacen una pregunta y ella hace rulitos en un papel donde puede ver a la persona y en esos recovecos al otro/a. La primera persona que curó fue a su hija a los 19 años. Lo hace “en nombre de Dios, por las manos de Dios. Y la virgen de la rosa mística que se aparece a través de perfume a rosas”.

Carmela y el poder de su espiral

Colectiva Desenfocadas, agosto 2017.

Susana tiene 65 años, vive en una zona urbana en la ciudad de Mendoza. Es sanadora popular: cura la ojeadura a integrantes de su familia y otras personas cercanas. Su saber le llega a través de una mujer, “rezando por primera vez a las 00:00 horas de Noche Buena”. Cura de palabra, dice una oración en italiano que se reza tres veces. “Antes y después hay que persignarse en nombre del Padre, del hijo y del espíritu santo”.

La cura sagrada de Susana

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Sabrina tiene 69 años, es sanadora popular que se desempeña en un contexto urbano de San Carlos. Su práctica es demandada a nivel local, nacional e internacional. Considera su saber un “don” y no le gusta que la definan como “curandera”. Su saber consiste en sanar y curar dolencias a través de la impostación de manos; también posee el don de la videncia.

La sanación la realiza mediante las manos, manda energías positivas y entonces la enfermedad, “el foco queda saturado, desaparece. Puede ser a la distancia. Mi mano se calienta”. Las personas que atiende padecen dolencias y malestares diversos. Al principio atendía 120 personas por día, ahora solo ancianos/as y bebés.

Se inicia a los 33 años: “con desmayos, empecé a presentir, siento donde le duele, qué les duele y si va a tener arreglo. Siento el mismo dolor, como los estigmas de Jesús. Empecé a ver cosas feas, accidentes y enfermedades en nombre de dios. Yo empezaba a eructar, sentía el dolor del otro/a, al principio me desmayaba estaba dos o tres días en cama. Hurgué, investigué por qué presiento, tuve conexiones con otros/as que les pasa lo mismo”.

Sabrina y su don en las manos

Colectiva Desenfocadas, junio 2018.

Mariana Copello, 47 años, es psicóloga, durante 18 años se dedicó a su profesión como psicoanalista pero luego comenzó un cambio profundo. A partir de su experiencia con el yoga y otros modos de alimentación, como el vegetarianismo, decidió vender el diván y comprar un cuenco tibetano, para recrear procesos terapéuticos a partir del sonido.

“En un taller de sonido fui conectando y armonizando con el sonido”. Conectó con la madre tierra, la importancia del agua en su carta astral y se empezó a preguntar por qué estaba siempre vinculada con tanta agua; incluso en un momento de su vida competía en natación. Con los registros akáshicos entendió que el agua venía a sanar la tierra, a limpiar, a transmutar. Así se transformó en “terapeuta del sonido y el agua”.

Orienta su tarea a “problemas psíquicos de angustia, circunstancias desagradables, tristezas y pérdidas emocionales”. Trabaja con la palabra, hace encuentros grupales, espacios de diálogos, en círculos, donde “se hacen preguntas para activar la conciencia, modificar la vibración”. Ayuda a las personas a reconectar espíritu y alma para transformarse. Conecta con la intuición, ayuda a liberar y desestancar emociones a través del uso del agua, que las representa. Con la vibración del sonido del cuenco tibetano, realiza rituales de sanación. Su guía es la energía de María Magdalena: “para volver a despertar la energía femenina en el planeta”.

Mariana y la terapia de los cuencos

Colectiva Desenfocadas, julio 2018.

Silvana Robledo, es terapeuta de reiki desde 1990, tiene conocimientos en masajes bioenergéticos, angeología, registros akáshicos, constelaciones familiares y biodecodificación. Trabaja en un contexto urbano, tiene 49 años y utiliza como recursos terapéuticos la relajación, meditaciones guiadas y técnicas de respiración.

Atiende principalmente a mujeres, en consultas por desórdenes emocionales, dificultades sociales para poner límites, falta de autoestima, problemas con los hijos/as, adicciones, estudio, duelos, problemas para dormir. Sus conocimientos fueron legados por vía femenina.

Silvana con su péndulo de cuarzo cristal

Colectiva Desenfocadas, julio 2018.

Carolina Lafuentes[1], actualmente vive en Chile, tiene 37 años, hace psicoterapia feminista y se define como lesbiana política. Trabaja principalmente con distintas situaciones y manifestaciones de violencias contra las mujeres.

Con formación en psicología clínica y en astrología, se considera una aprendiz en chamanismo. Hace talleres y formaciones sobre diversas temáticas, entre ellas erotismo y sexualidad, en la propuesta más amplia de recuperar una “matríztica” frente al orden simbólico patriarcal dominante.

De charla con Carolina en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México

Colectiva Desenfocadas, octubre 2018.

Rosa Guardia Guaquinchay tiene 73 años, es enfermera rural jubilada. Su entrevista se realizó junto a su nuera Deolinda Pérez, de 34 años. Vive en Asunción, Lavalle, zona rural, ubicada a 90 km de la Ciudad de Mendoza. Es descendiente del cacique Guaquinchay y nieta de Paula Guaquinchay, mujer con un fuerte protagonismo en la comunidad huarpe.

Enfermera empírica: “se aprende más haciendo las cosas que con teoría”. Se forma cuando se instala la primera posta sanitaria en la zona. Comienza en 1973 y permanece trabajando para la comunidad durante más de 30 años, hasta el 2009. Si bien en la actualidad está jubilada, sigue formando y colaborando con efectores/as de salud y gente de la comunidad. Es una referente en salud de la zona; recibe consultas por gripes, resfríos, asma y problemas respiratorios, también dolores musculares, problemas de piel, y todo tipo de malestar digestivo.

Sus remedios combinan saberes y experiencias de la medicina tradicional y la alopática; entre mates y risas Deolinda y Rosa nos comparten un largo vademecum popular:

Para la presión alta, los paños de mostaza en los pies. Para la fiebre en los/as niños/as, infusiones con manzanilla, con tilo, y colocadas en un trapo con azúcar, café, yerba, bien caliente se coloca en el pecho, en el pie, y en la cintura, para quitar el frío. También ajo frito con aceite, colocado en la parte de la cintura para abajo, en los pies. Para la bronquitis, el asma y otro tipo de afecciones respiratorias, la miel, ‘un babero de miel con azufre’. Tamisque, para el dolor de muela, para curar el gusano de los animales, para el dolor de hígado (…) grasa de iguana alcanforada para los dolores reumáticos. Bañitos de jarillas, para los dolores reumáticos, antiinflamatorio. Friegas: untos que se hacían con distintas semillas, se molía todo eso y se hacían los medicamentos, la grasa de gallina para todo, con manzanilla, con tabaco.

En la comunidad huarpe Paula Guaquinchay con Rosa

Colectiva Desenfocadas, agosto 2018.

El grupo de mujeres de teatro Clown Mendoza, está conformado por mujeres de diversas edades, entre los 25 y 50 años. Orientan su tarea a “sanar las violencias patriarcales a partir de la palabra, el humor y el teatro”.

Trabajan con las emociones y vivencias para transformarlas; y construir “simbolismos, maneras de querer decir, desde el humor y desde el juego, la mirada poética de cada quien respecto a la vida y a la realidad”.

El teatro clown permite construir herramientas frente a los dolores y obstáculos que aparecen en la autonomía y libertad de las mujeres. El trabajo del colectivo es en un primer momento introspectivo y reflexivo, para luego poder construir y transmitir por medio del teatro.

Participaron del encuentro: Carolina Acuzza (30 años), profesora de Lengua y Literatura, practica clown desde el 2016; Gabriela Simón (44), profesora de Teatro y Licenciada en Arte Dramático, hace 10 años da clases de Clown en Mendoza y trabaja con mujeres en otros espacios vinculados a lo terapéutico, también practica yoga; Romina Santinón (33), es contadora y hace 7 años practica Clown, antes cantaba en una murga de mujeres; Florencia Martínez (25) es malabarista, clown, y murguera; Belén Sanz (36) hace música, teatro y participa en una batucada de mujeres; y Cecilia Soler (37), docente de Teatro.

Círculo de clowns

Colectiva Desenfocadas, abril 2018.

En acción con la obra “En todos lados”, grupo “Masa madre-clown”

Fotografía de Franco Perosa, 2018.

Autocorpobiografías

En este apartado, nos presentaremos como equipo de investigación, a través de un ejercicio individual[2] y colectivo que realizamos. La propuesta consistió en narrar en términos autocorpobiográficos nuestras propias experiencias en torno a la sanación. Identificar ancestras/os, saberes, prácticas, dolencias, nuestras memorias corporizadas, nuestros deseos de sanación. Para escribirnos tuvimos que hablar con nuestras hermanas/os, madres, padres, tías/os, amigos/as. Sostener también un fuerte diálogo interno, introspectivo. Revisar la historia, escarbar en los recuerdos, encontrar las palabras.

No hay proceso de escritura exento del trabajo con las emociones, de remover en el cuerpo, de adentrarnos en nuestras profundidades y exterioridades. Al relatarnos, nos moldeamos, nos “amasamos” como a la arcilla, nuestros cuerpos se transforman, así en esas variaciones, vamos siendo, con lo que podemos hoy, lo que pudimos ayer, lo que podremos en el encuentro sanador. Remover la propia historia conduce a revisar hechos olvidados, a veces intencionalmente, otras de manera inconsciente, por el paso del tiempo y sumergirse en ello no es una tarea cómoda, cada retazo de recuerdo requiere ser reparado, reencontrado, integrado al relato y nuestra existencia interrogada.

Escriturarse cobra otra dimensión cuando aparece una mirada ajena. Nuestra voz se transforma al ser leída por la voz de otra/e/o. Así sucedió cuando nos propusimos intercambiar las autocorpobiografias entre integrantes del equipo y nos leímos de manera entrecruzada. Sin saber los nombres, jugamos unos instantes a adivinar de quien provendrían esas descripciones, experiencias, las sutilezas de identidad marcadas en el lenguaje. Algunas, “confesaron” haber leído los relatos de las otras, antes de animarse a la propia escritura. Mientras algunas pudieron escribirse de un tirón, otras describieron las dificultades para realizar la tarea. Los rodeos y obstáculos encontrados; los días y semanas que implicó; las interrupciones en la escritura por eventos y situaciones personales, familiares; el impacto producido a partir de esas conversaciones. Todas coincidimos en que no hay proceso de escribirse que no implique lágrimas, sudor y alegrías.

A continuación, entonces, nos presentamos a ustedes, lectoras/es.

Sofía

Sofía da Costa Marques (37 años). Socióloga, astróloga, docente

Mi papá nos tiraba el cuerito cuando mi hermano y yo nos empachábamos. Mi abuela materna, cuando nos visitaba, me despertaba con un vaso de agua para que diera “tres traguitos en nombre de dios”. Tenía estrategias caseras para cosas insólitas: enderezar los dientes torcidos, curar el acné o aumentar el tamaño de las tetas (ninguna de ellas funcionó, los dientes se enderezaron con una ortodoncia de adulta, el acné siguió adornando mi cara hasta bien entrados los 20 y las tetas no crecieron). Mi abuelo paterno acumula yuyos y sabe qué tomar para cada malestar. Tiene una caja en la que conviven, en desorden absoluto, hierbas y yuyos variados, imposibles de distinguir en la mezcla de bolsitas y olores. Mi abuela paterna es una incansable consumidora de tratamientos alopáticos. Se jacta, con un extrañísimo orgullo, de tomar Sidenar para dormir desde hace más de 40 años. Con ella comparto la letanía de problemas gástricos.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Las estrategias familiares para tratar distintos males se combinaron en mi vida con muchísimas visitas a distintas/os especialistas médicas/os. Recuerdo a nuestro pediatra en San Rafael. Era un hombre viejo, alto, muy serio, de contestaciones parcas y orejas que me parecían enormes. Atendió a mi papá y a mi tío cuando eran niños. Tenía maneras de médico de otra época, era una autoridad indiscutida no tanto, o no sólo, por formación académica, como por experiencia: era el pediatra más consultado de San Rafael y alrededores por tres generaciones. Siempre recuerdo con placer su respuesta cuando mi mamá le preguntó, aturdida por el arbitrario criterio escolar para distribuir leche y por los comentarios de su propia madre, si mi hermano y yo éramos demasiado flacxs. “Señora ¿para qué quiere hijos gordos?” dijo tono seco y con un respeto indiscutible para con su interlocutora.

La adolescencia me alejó del pediatra (alrededor de los 15) y ahí comenzó una peregrinación por ginecólogos/as y dermatólogos/as, principalmente. Las consultas dermatológicas comenzaron incluso antes de que se terminaran las pediátricas porque el acné entró a mi vida junto a la menstruación, a los 11. A poco de comenzar a menstruar, mi mamá consideró que debía visitar a la ginecóloga. Me trajo a Mendoza, a quien la acompañó durante el parto. Una señora pequeña de estatura y sonriente, quien me explicó que podía haber irregularidades en la menstruación durante el primer año. No las hubo, soy un reloj.

Recorrimos varios dermatólogos en San Rafael y una dermatóloga. De aquellos años me queda el recuerdo de innumerables cremas y antibióticos orales, la exclusión de la mayonesa, la manteca y la Coca Cola de mi dieta y una cicatriz en el antebrazo izquierdo del primer lunar que me sacaron. El acné no se iba; los lunares, sí. Desde los 16 me recomendaron tomar pastillas anticonceptivas para controlar el acné porque se debía a un problema hormonal. Ahora que lo pienso, era obvio, la adolescencia es un maremoto hormonal; pero qué me iba a importar a mí, que desesperaba de verme llena de granos. Mi madre tuvo el tino de convencerme que era joven para las hormonas sintéticas, que se postergaron hasta los 18 cuando decidí sacarme dos preocupaciones de encima: un posible embarazo no deseado y los granos. Por ese entonces iba a un ginecólogo simpático que elegí porque me gustó encontrarlo en un recital de David Lebón. Él acompañó con bastante fluidez la repetición abrumadora de candidiasis, otra señal luminosa de mi cuerpo, imposible de decodificar en aquella época, que me acompañó periódicamente hasta los 30.

Cerca de los 17 años apareció un dolor insoportable en el hombro izquierdo que no me dejaba dormir y dolor de rodillas. Imágenes diagnósticas de por medio, un traumatólogo me dijo que el problema eran mis rodillas, porque la rótula no encastraba bien con la cabeza del fémur. Dijeron que correr por superficies duras como exigía el handball no ayudaba. Lo seguí haciendo porque me gustaba así que me armé de paciencia con mis rodillas “defectuosas”. Mientras tanto iba al gimnasio. Siempre hice actividad física. Probé varias disciplinas en las que siempre fui del montón, en handball también lo era; pero lo que me faltaba en talento me sobraba en actitud. A la única actividad a la que me resistí fue a natación, principalmente por fobia a las escuelas de verano y sus campamentos. La carpa y un grupo grande de niñxs más o menos desconocidxs haciendo actividades a la par me parecía una idea tortuosa. Respecto del dolor del hombro un par de traumatólogos se declararon incompetentes, lo atribuyeron a mi mala postura.

A los 18 años me mudé a Mendoza para estudiar. Seguí yendo al gimnasio con mucha asiduidad por la cantidad de tiempo que me sobraba al vivir en casa de mis abuelos con mi papá, cursar sólo dos veces por semana y no tener muchxs amigxs aún. El dolor de hombro siguió conmigo, incluso luego de que comencé danza contemporánea a los 21. Sólo cedió un par de años después cuando llegué a la reflexóloga que me atiende hasta el día de hoy. Ella logró sacarlo con ventosas, masajes y una interpretación iluminadora de mi situación emocional de aquel momento, conflictiva y conflictuada, con mi madre. Ella me trata los infinitos problemas gástricos, que me llevaron a consultar un gastroenterólogo que me medicó, pero me dejó claro que lo que tenía era un síntoma de la ansiedad: “hacé terapia”. Ya hacía, desde antes de cumplir 20.

Superé los 30 sin dolor de hombros, con la candidiasis bajo control, sin dolor de rodillas, con muchísimos problemas gástricos, ortodoncia y la nueva vedette: el dolor de cabeza. Mis recorridos médicos siguieron, pero disminuyeron a favor de otras terapias: reflexología, Flores de Bach, medicina ayurveda, acupuntura y osteopatía. Dejé incluso el psicoanálisis y me mudé a un tipo de abordaje que me hizo sentir más a gusto. En el camino me sacaron más lunares, me hicieron un Pap y una colposcopía al año, algunas cuantas ecografías, análisis clínicos, resonancia de cerebro, anteojos para la miopía y algunas otras cosas.

A los 34 siento que todo sirvió para entender por qué los tres traguitos de agua en ayunas en nombre de dios, qué yuyos tomar cuando me siento mal y qué drogas alopáticas puedo autoadministrarme cuando todo lo demás no alcanza. Ahora entiendo con más claridad las señales de mi cuerpo, identifico el malestar de hígado, el dolor de cabeza que trae ese malestar, me doy cuenta cuando la jaqueca es por contractura. Puedo adelantarme a las candidiasis para evitar que se descontrolen, sé en qué momentos corro el riesgo de que suceda. Entendí que no hay partes defectuosas, que hay equilibrios y desequilibrios, que no existe el cuerpo perfecto inventado para los libros de anatomía y que lo que la biomedicina tiene para decir de mí no me identifica. Sin embargo, a ella recurro seguido. Me meto en los consultorios con desconfianza, pero para tranquilizar los miedos que aparecen frente a síntomas desconocidos hasta ahora. Pongo a disposición mi cuerpo (o alguna de sus partes) como siguiendo un viejo ritual, pero sintiendo que la solución profunda está en otro lugar, seguramente uno más cercano a la camilla de mi reflexóloga que al instrumental médico. Hoy tengo la seguridad de que sé más de mi cuerpo que lxs médicxs y que, por sobre todas las cosas, estoy dispuesta a seguir conociéndolo con cariño y respeto, acompañada por personas que sepan, sobre todo, de cariño y respeto. A los 34 me siento mucho más cómoda de ser este cuerpo y estoy segura de que se lo debo a las incomodidades de otra época.

Compartiendo el color de las luchas: las manos de Sofía y su abuela

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Emilia

Emilia Muñiz (29). Estudiante de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNCuyo)

Voy a empezar recordando a dos mujeres. Mis abuelas. Ellas hace ya mucho están fuera de la vida. Las recuerdo solo por imágenes y alguna que otra coincidencia. De la abuela Sara me queda el recuerdo de haber compartido galletas y muchas cosas dulces. Con la abuela María compartimos el amor a las flores, el nombre y según dice mi mamá, también la sensibilidad. Ambas fueron mujeres de clase trabajadora que cargaron con mucha pesadez las miserias de la vida. Pero a pesar de eso, la fortaleza de mujeres luchadoras nunca las abandonó y lograron ganarle al mundo.

Doña Sara, como así la llamé y la llamo, nació en el año 1899. Si hoy viviera tendría 118 años. De chica cuando me sentía enferma, ella me daba un beso y alguna cosita dulce a escondidas de mi mamá. Decía que con eso se me iba a pasar y efectivamente, pasaba. Me hubiese gustado conocerla más, pero por cuestiones de la vida y su edad no se pudo. El cariño fue su método de sanación en mi hermana y en mí. Siempre tuvo abrazos para curar.

María era un poquito más joven que Doña Sara. Tana de carácter fuerte e imponente, pero a la vez lleno de ternura. Ella trabajó toda su vida en las viñas cosechando. Su porte era pequeño, pero su fuerza inmensa. Conocía mucho de plantas, yuyos y tecitos. La recuerdo regando su jardín y cortando uvas del parral. Su método de sanación tenía que ver con lo natural. Las sopas, el té de hierbas digestivas que ella misma cortaba; las ollas y la naturaleza eran su instrumento para aliviar a toda la familia. Siempre se rumoreo de una media hermana de María que era bruja. Pero no se habló nunca mucho de eso. Le tenían un cierto respeto o un cierto temor tal vez.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

La magia propia y las coincidencias

Los recuerdos de sanación que tengo son pocos. Lo cierto es que los tengo muy presentes y cuando me siento lastimada o fuera de mí, tiendo a recurrir a ellos.

El primero comienza con el empacho, tirando el cuerito. Toda mi vida tuve pasión por la comida. De hecho, las enfermedades más “graves” que he tenido han sido por eso. La señora que se encargaba del ritual era una vecina, muy religiosa, por cierto. Eso le daba el toque de credibilidad que necesitaba mi mamá para encomendar mi salud a su saber. El prestigio que había adquirido también venía de que cuando ella me visitaba, milagrosamente me mejoraba, a pesar de que horas antes me encontraba llorando del dolor tan fuerte de panza. Resultaba ser, para mi mamá, la curadora perfecta.

Lo que me pasaba a mí era algo distinto a lo que ellas pensaban, o a decir verdad, y ahora que lo puedo charlar con mi madre, era algo muy evidente a su percepción de mamá.

Desde el momento que escuchaba a mi mamá llamarla, ya empezaban a pasar cosas en mí. La señora siempre tenía las manos muy frías y mi cuerpo siempre estaba calentito. Ella decía que lxs gorditxs siempre son más calidxs. La primera vez que fue a mi casa me hizo subir la remera y con sus manos delgadas y congeladas me pellizcó la espalda y rezó en voz baja. Así fue que me visitó solo un par de veces. Pronto pensé que no quería que me volviera a visitar. No me gustaba que me mirara la panza. Tampoco sentir sus manos de hielo. Entonces, lo que hacía era pensar muy fuerte en lo que quería. Y así como si nada, venía la cura. Luego lo empecé a aplicar en otras situaciones y tenía muy buenos resultados. Un día, me olvidé de como lo hacía, no recordé nunca más el modo en que activaba mi cabeza para que la realidad se ajustara a mi deseo. Cuando pasaron los años y le cuento a mi mamá lo que lograba hacer, no le fue de gran sorpresa. Porque ella podía hacer lo mismo. También a una edad parecida a la mía. La primera sanadora de mi vida fui yo misma.

Al pasar los años y ya sin recordar absolutamente nada de cómo es que lograba ciertas cosas con sólo pensarlas, empecé a conocer gente que me hizo recordar que la magia o lo sobrenatural, si se quiere, es posible.

El hecho más significativo que recuerdo ocurrió hace dos años, unos días después de la muerte de mi papá. Yendo al encuentro de una amiga, en la parada del micro me llamó la atención una mujer. Nunca antes la había visto y no entendí bien porqué, pero no pude quitarle los ojos de encima.

Mi amiga me habló toda esa tarde de una mujer que tiraba las cartas, las runas y hacia terapias de regresión. Ella había sufrido también la pérdida de un ser querido y me dijo que esa señora le había hecho muy bien. Acepté su invitación a visitar a la sanadora. Cuando la vi me encontré con que era la misma mujer que vi en la parada del colectivo y que no pude dejar de mirar. Al principio charlamos mucho, como dos amigas de toda la vida. Me esparció por las manos un aceite que al día de hoy recuerdo su olor. Luego me tiró las runas y me hizo una regresión. Las cosas que me dijo y que sentí con su encuentro me ayudaron a entender mucho, a curar el dolor del cuerpo y el alma. Podría decir que esa fue la segunda vez que me sané.

Rosana

Rosana Paula Rodriguez (48 años). Socióloga, docente e investigadora

Cómo decir o mejor escribir lo vivido, cómo nombrar lo indecible, innombrable, cómo recurrir al discurso o al lenguaje cuando este apenas alcanza a cubrirlo, o mejor dicho a “encubrirlo”.

Pero dejando de lado esta preocupación, que mientras escribo voy deduciendo su origen, y como un empecinado pensamiento me arrastra por otros lugares, y a pesar de ello continúo el camino, qué significa sanar, cómo adviene ésta, qué he sanado en mi vida, quiénes fueron mis médicas/os, mis sanadoras/es, cuidadoras/es, qué procedimientos usaron, cuáles fueron los remedios más eficaces, de qué males me curaron.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Desde niña recuerdo profundos dolores, el dolor de muelas, el dolor de cabeza, el dolor de panza, y el dolor del miedo.

Cuando fui creciendo mis dolores incluyeron las rodillas, que al igual que a mi abuela, éstas punzan con el cambio de tiempo; desde muy temprano recuerdo ese malestar. El miedo siguió como un dolor intermitente, pero a éste se le sumó la vergüenza.

Las migrañas aumentaron junto con el largo de mis brazos, y con las aflicciones adolescentes surgió el dolor de ovarios. Las migrañas se agudizaron con el estrés laboral y las violencias institucionales. Cuando las crisis se sucedían, previo de probar con todos los medicamentos del mercado, al final casi agotada de lidiar con el sufrimiento, recurría a mi madre para pedirle por teléfono que me curara la ojeadura, y así como si fuera un acto mágico, las migrañas comenzaban a disminuir y mi visión se regularizaba y al fin mi cuerpo se rendía al descanso profundo.

Cuando era niña tenía una relación especial con mi abuelo, yo era su primera nieta y la preferida, él me enseñó a leer muy temprano, antes de entrar a la escuela, para que pudiera leerle el diario ya que las cataratas le impedían realizar este ritual con asiduidad. No es casual que ante el dolor, daño o simple malestar, sumergirme en la lectura significara la salvación.

Mi hermana, en cambio recibió otro legado de Don Catalino. Tenía un poder especial, además de luchar y resistir el dominio del capital, sabía curar las muelas y este saber se lo transmitió a ella.

Pienso ahora en la distribución de saberes que recibimos. Yo aprendí temprano de mi abuelo a subirme a una bici rodado 28, a defenderme de los chicos que me agredían, a leer antes de tiempo, a cocinar con pocos ingredientes, a pelar una gallina, a elegir los colores del mango de su cuchillo, mientras que mi hermana pronto recibió los saberes de curar, de sanar, de proteger, de cuidar, ella aprendió la sabiduría heredada de doña Paula.

En semana santa, el sábado de gloria, vino un señor de noche a la casa de nuestros abuelos a curarse las muelas, porque no daba más de dolor, y el abuelo Catalino llamó a mi hermana Mariela que se encontraba durmiendo para que presenciara el ritual de curación.

Mi abuelo se sentó en la cabecera de la mesa y el paciente, un hombre mayor, se ubicó a su derecha en la mesa del comedor, mi hermana se quedó paradita a la izquierda de mi abuelo observando los hechos. Se cuenta que don Catalino le pregunta al señor de qué lado era la muela que le dolía y le pidió que le extendiera el brazo contrario a la muela afectada. Arremangó su manga de camisa hasta el codo y luego con las dos manos inició un suave masaje en el brazo desde la muñeca hasta el codo, volvía a iniciar el mismo procedimiento de modo inverso hasta tres veces. Con el masaje se procura encontrar un bulto, un pequeño nudito, algo que dé cuenta de la presencia de la muela o diente dañado. Una vez detectado, se intenta desarmar, aflojar el nudo y cuando se termina de disolver el punto, se finaliza el tratamiento. Durante ese ritual se invoca a San Ramón pidiéndole que intervenga para que la o el paciente deje de sufrir. Es una oración que debe repetirse varias veces, y para cerrar el ritual el curandero/a se persigna y da una pequeña palmadita al paciente en la mano.

Mi hermana, sostiene que seguramente esa palmadita constituye una forma de decretar al universo que se vaya el dolor y cuenta que en todos los casos que mi abuelo intervenía curando las muelas, a lo largo de una semana los pacientes perdían la pieza dental sin necesidad de asistir al médico.

Sus pacientes eran personas por lo general adultas mayores, ancianos/as, trabajadores pobres y mujeres agobiadas del trabajo de la crianza, con una prole numerosa y sobrecarga de actividades; en otras ocasiones los pacientes eran niños y niñas.

Al poco tiempo el abuelo fallece y mi hermana empieza a ser demandada por los pacientes y otras personas, así se corre la voz y mi hermana suple a don Catalino, en la función de curar.

La experiencia de sanación de Mariela

Una noche llegó un señor a la casa, por recomendación de una tía para que le curaran la muela. Llegó en bicicleta acompañado de un pariente, el señor sin sorprenderse de que la sanadora tenía tan sólo 8 años, esperó a que mi mamá la despertara mientras se acomodaba en la silla para ser atendido por la pequeña niña. Luego, a los dos días el señor volvió muy agradecido porque había perdido la muela y el dolor había desaparecido.

Y ya mi hermana se hizo famosa en este campo y aumentó considerablemente los pacientes, ésta se transformó en una práctica habitual, hoy recuerdo esa época y ninguna de las personas a las que mi hermana curó se imaginó pensar que ésta fuera una actividad sobrenatural o imaginar que la niña poseía poderes especiales.

Este ritual fue practicado durante la niñez, pero cuando llegó la adolescencia, por vergüenza, por falta de confianza en sí misma y en la técnica, Mariela dejó de curar.

Esta práctica fue retomada a pedido de una señora que tenía otro saber, la cura del empacho, por medio de un trueque de sanación, el intercambio de curaciones se realizó y éste alcanzó un óptimo resultado por parte de ambas mujeres. Este acto de reciprocidad e intercambio fue la reiniciación de la práctica de curación, a ella se le sumarán otras experiencias como la cura del empacho y las quemaduras.

La primera fue transmitida por una mujer de 82 años que no era de la familia. Fue enseñada en italiano y en español; al poco tiempo la anciana falleció. El día domingo de pascua, en el 2009, mientras jugaban a las cartas, ella decidió que le enseñaría a curar el empacho y las quemaduras.

La transferencia del saber fue emular que era una paciente y ella le mostraba cómo curaba; así repitió el procedimiento con una corbata de su hijo mientras repetía una oración en italiano, que mi hermana recuerda ahora y que luego la tradujo al español.

El procedimiento consiste en tomar la corbata y repetir la oración mientras se usa el tamaño de antebrazo para realizar las consecutivas mediciones en la corbata, (tres veces). Cuando la persona está empachada la tercera vez que se extiende el brazo en la corbata, la mano de la curandera llega al pecho o por encima del cuerpo del paciente. A medida que se avanza en el proceso curativo el antebrazo entra perfectamente tres veces en el largo de la corbata, como por arte de magia.

Respecto del aprendizaje de las quemaduras, mi hermana sólo fue aprendiz pero no se experimentó curarlas. El procedimiento consiste en pronunciar una oración religiosa mientras se recorre la zona afectada (quemada) con la señal de la cruz.

Volviendo a mi relación con la salud-enfermedad, en el último tiempo esta atención se ha presentado de manera ineludible, marcada fuertemente por los imaginarios sociales del cáncer. Y más allá de la presencia médica en sus versiones más variadas, llámese especialidades, fueron algunas palabras de amigas, de mi hermana y de otras mujeres importantes que apoyaron mi decisión y me contuvieron, esas búsquedas, para el sistema médico, inoportunas, las que tuvieron implicancias enormes en la disolución del imaginario siniestro abriendo nuevas posibilidades.

No sé cómo explicarlo, pero hay un algo en el cuerpo que obliga a leerse en otros términos, que exige ser atendido, más allá de las certezas, de las pruebas, más allá de la necesidad de cambiar el orden de las cosas, de no aceptar lo que se presenta como lo dado, surge lo inaudito como alternativa, como liberación.

Julia

Julia (36). Licenciada en Comunicación Social

En retrospectiva, en mis experiencias personales desde la infancia y hasta ahora, encuentro marcas en el camino que construyen un sentido de aquello que podría considerarse como sanación, entendida como un proceso vivencial, individual o colectivo, donde la presencia de lo espiritual adquiere una importancia fundamental, donde lo físico, como motivo original hacia la sanación, se transforma hacia otra conexión con lo sensorial.

Creencias divinas, fe propia

Me remonto a mi niñez, en un episodio que generó mis propias contradicciones religiosas mientras dedicaba mis días sábados a la catequesis para hacer la comunión. Tenía entre nueve y once años y concurría a la Iglesia La Virgen Niña, ubicada en la cuarta sección de ciudad de Mendoza. Recuerdo que en una de las últimas fechas a las que asistí allí, me dijeron que debía confesarme para limpiar mis pecados, por lo cual le pregunté al cura por qué debía confesarme con él y más aún si creía no haber hecho ninguna acción “reprobable”. En otra oportunidad, otro cura me saludó en los pasillos de la iglesia (creo que se llamaba Domingo) y la miró a mi mamá y le dijo, mientras me tomaba las manos, que yo tenía una conexión espiritual muy importante, que me incentivara a “sanar” porque mis manos tenían ese don. No sé por qué ni de dónde sacó esta afirmación tan concreta sobre mí, pero sí me demostró un salto conceptual sobre ‘sanarse’ y ‘sanar’, respecto del primer cura que pretendía mi confesión sobre supuestos errores o ‘malas acciones’. Y es que esta segunda experiencia me indicó que tenía que creer y responder a mis propios modos y posibilidades de vincularme conmigo y con el otro. Sólo yo y mis energías dispuestas para sanar y sanarme. El episodio llega a su fin cuando los médicos le dicen a mi mamá que tiene que operarse el pie, a la altura de la tibia y el peroné, por una úlcera que se le había formado a partir de sus problemas de trombosis, padecidas por ella durante mi infancia. La operación podía salir bien, pero implicaba un riesgo importante. Unos días antes de la intervención, mi mamá me pidió que con toda mi energía le rozara mis manos sobre la herida, acordándose de lo dicho por el padre carismático, pero sobre todo conectándose desde nuestro vínculo. Conectamos. Y el día en que fue al médico, éste le dijo que ‘todo parecía un milagro’, en unos días la úlcera disminuyó considerablemente y por lo tanto no hizo falta operar. Mi mamá siempre me lo recuerda, porque ella creyó en esto como proceso de sanación.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Ritos y saberes populares

Otras situaciones en la infancia me remontan a imágenes más vagas pero memorables al fin, sobre la cura de verrugas de mi papá, la cura del asma de mi hermano mayor y la cura de parásitos de mis dos hermanos. Sobre las verrugas, mi papá (acompañado por mi mamá) contaba cuántas verrugas tenía y por cada una de ellas colocaba un grano de arroz en un paño blanco, luego lo envolvía y lo tiraba hacia atrás en un lugar natural, de tierra, sin mirar. Por otro lado, el tema del asma de mi hermano, que fue mejorada pero no eliminada, fue motivo de buscar otros rituales populares, como la tenencia de una tortuga en casa, tomar leche de cabra y enterrar un frasco de orina camino a los Altos Limpios. También, recuerdo acompañar a mi mamá a una casona que estaba situada en el predio de lo que hoy sería la Casa del Fundador, y que en su momento fue considerada como un paseo histórico de Don José de San Martín. Allí vivía una señora que curaba los parásitos y varias veces acompañé a mi mamá porque los llevaba allí a mis dos hermanos varones.

Cuerpo y dolencia. De lo individual a lo colectivo

Hace unos años atrás, en enero de 2013 fui de vacaciones con mi papá, mi mamá a Calamuchita en Córdoba. Salida familiar, fuimos con mi hermano menor, cada uno con nuestras parejas e hijas. Fueron las últimas vacaciones compartidas con mi viejo, disfrutadas pero a la vez con cierta preocupación porque a la vuelta tenía que hacerse unos estudios pendientes. Escribo y rememoro entre dulces y amargos instantes. Recuerdo que estábamos preparando un asado en el patio de la cabaña y en un momento entré al comedor y mi viejo estaba viendo un programa acerca del ACV; él había tenido uno en el 2010. Simplemente, me surgió abrazarlo por detrás muy fuerte, y juro en estas líneas que redacto, que sentí un pesar terrible en él, a tal punto que tuve la necesidad de llorar de bronca, pero me contuve.

En marzo de ese año, nos enteramos que mi papá, Tito, el ‘señor de los anillos’ como le decían algunos, tenía un nódulo en el pulmón. La noticia nos precipitó en un sentir atragantado y de estallidos de lágrimas. Me acuerdo que con mis dos hermanos y mi hermana fuimos a verlo y en cada abrazo de fuerza, con la dureza que implicaba asumir algo así, le transmitimos compañía, cariño, actitud hacia adelante. Sin embargo, todo costó el doble porque la enfermedad se presentó para ser transitada sin saber si había posibilidades de sanación definitiva. El recorrido y las peripecias en los consultorios de los médicos nos hizo irritar e incomodar durante el proceso de afrontamiento de la problemática de salud, y ésta pasó a ser no sólo física sino psíquica y espiritual, tanto para quien padecía la dolencia como para quienes la recepcionamos. En los primeros tiempos, compartimos la búsqueda por encontrar la exactitud del caso, por lo cual mi papá cedía su cuerpo para las intervenciones necesarias, una laringoscopía para llegar a la zona del pulmón y tomar una biopsia, una punción pulmonar que no derivó en ninguna respuesta clínica, un estudio con contraste en yodo que le causó una alergia complicada, transfusiones de sangre, etc. Todo para nada, porque no podía ser intervenido quirúrgicamente por su edema pulmonar. A la deriva, sin remedios para quimioterapia por la falta de exactitud de las células, empezamos a buscar alternativas al asunto.

Sabíamos que la respuesta médica tradicional no nos llevaría a ningún sitio nuevo ni concreto, y que además el cuerpo llevaba consigo otras historias que influenciaban en la enfermedad que se le presentó en ese momento. Que quizás la cura, más allá de lo físico, podría vincularse con el sentir y el pensar. Allí empezamos a buscar alternativas de todo tipo y encontramos una institución dedicada a cuidados paliativos, Crescenti, que trabajaba con el sistema inmunológico. Recuerdo que tarde por medio iba a casa a llevarle medialunas a mi viejo para tomarnos un café y esperar que viniera el enfermero del instituto a colocarle vía intravenosa la medicación. Sinceramente, no sé si eso le mejoraba algo en tanto defensas o lo que fuere; tuvimos dudas, aciertos y desaciertos, pero era un momento de acompañamiento y él estaba dispuesto a hacerlo.

También busqué otra vía de respuesta en un investigador de CONICET al que habían entrevistado por una investigación sobre las propiedades de plantas autóctonas. Quería indagar si estas plantas como la jarilla, el retortuño y demás podían injerirse como infusiones de té y obtener alguna reacción positiva en mi papá. El investigador me contestó un mail diciéndome que entendía perfectamente mi situación y en su lugar él haría lo mismo, pero que lamentablemente sus modelos experimentales eran de laboratorio y no sabían qué efecto podrían tener estas infusiones en seres humanos.

Y un episodio que me marcó hacia el encuentro de un momento de paz y de vínculo, fue el envío de una carta a los monjes orantes de Brasil. Se reúnen para revisar las aflicciones físicas y emocionales de las personas y mediante un procedimiento ritual, y por supuesto invocando a la presencia energética de estos monjes y de quienes los convocan, se establece una conexión con la persona y su situación; son como médiums hacia la sanación. Para ello, envié una carta al templo describiendo la situación de salud de mi papá y su repercusión emotiva. Me contestaron por correo postal con una copia del ritual y el nombre del médium que estaba indicado para ‘operar’ a mi papá a la distancia. Allí se indicaba el modo y los días y horarios en que mi papá debía realizarlo. Consistía en vestir su pieza de blanco, toda la ropa de cama, e inclusive manteles en las mesas de luz (también dejamos un cobertor violeta que representaba un color sanador). Cada día indicado, mi papá debía bañarse con flores y vestirse también de blanco, para posteriormente meditar en su pieza y esperar que la energía de los médium llegara al lugar. Él lo hizo varias veces, me acuerdo que el primer día dijo que algo sintió en el lugar, pero con el correr de los días su desencanto y pena lo fue poniendo más escéptico. Finalizamos el proceso las mujeres de la familia: mi mamá, mi hermana y yo. Y éste es el episodio que remarco, porque esta alternativa que se orientaba a una respuesta para mi papá a lo físico, le significó a él un acompañamiento muy lindo, donde el primer plano fue el apoyo y el cariño por verlo mejor. Y esa particularidad se tornó colectiva. Todos queríamos estar mejor, nos atravesaba nuestra rutina y nuestro vínculo con él y con la aceptación de lo que sucedía. Los rituales de los monjes no los hizo únicamente mi papá, sino que las mujeres de la familia lo replicamos en nuestros espacios. Es así que para el baño de flores utilicé parte de los pétalos de rosa del ramo que me regaló para mis quince años. Fue muy simbólico, como un acto de apego y a la vez de desapego; un baño que me vinculó con todo aquello que viví con él. El ritual del baño finalizaba en la meditación de las sábanas blancas y vestidas de blanco. Una meditación pensando en lo vivido, poniendo energía en los días que quedaban, focalizándonos en la calidad de vida, en disfrutar, en expresarnos, en no dejar cosas por decir, en el abrazo. En cada ritual, nos mandamos mensajes para saber si cada una había estado en la misma atmósfera para compartir lo experimentado. En el último ritual, sentada sobre el medio de la cama, con los ojos cerrados, en silencio y pensando en mi papá, comencé a sentir una vibración en mis espaldas, a la altura de los pulmones. Finalizó el tiempo de la concentración e inmediatamente nos llamamos con mi hermana por teléfono. Ambas habíamos sentido lo mismo, la misma vibración y en el mismo lugar. Nos habíamos conectado inclusive con el cuerpo de mi viejo, fue ésa la sensación, una conexión colectiva, una fusión de energías. Fue muy emocionante.

Creo que la creencia no pasaba por la fe divina y milagrosa, sino por nuestros propios cuerpos y sentires. Hacer de todo para que mejorara iba más allá de creer fehacientemente en una posible curación de cáncer, fue más bien un proceso de transición, de acompañamiento, de no sentirse impotente, de querer hacer y poder hacer. Y creo que eso le llegó a mi papá. Nos transmitió tranquilidad y energía positiva, si bien la respuesta de la medicina tradicional no era la mejor ni la más certera. Ya no está conmigo, pero está presente en mis espacios, presente en mis momentos oníricos, presente en mi memoria, presente en esa posibilidad que él planteó de que su partida no era definitiva porque de algún otro modo, en otro tiempo y lugar reencarnaría.

Victoria

Victoria Pasero Brozovich (30). Socióloga

Nacida de bruja(s)
Los vuelos que hoy soy, las penas que aprendí a trenzar, las rebeldías que siembro, los deseos que me animo a tejer, nacen de una raíz profunda, valiente y porfiada.
Una raíz sobreviviente y guerrera, que a la tierra oscura se aprieta, a pesar de tanta saña arremetida para arrancarla, quebrarla, convertirla en ceniza.
Reconocimiento: Antes que yo/ que vos/ que nosotras. Muchas brujas prepararon la tierra, amasaron el pan, unieron los retazos dispersos de nuestra historia de mujeres
Reconocimiento: Me miro en el espejo. Me re-conozco como un fuego que se encendió hace mucho y no pudieron apagar (ni podrán). Me miro en el espejo y desentierro un reflejo en el que puedo descubrirme. Me miro el ombligo. Y llego al comienzo de mis entrañas.
Manifiesto y fes-tejo Haber nacido de bruja (s)

Para autocorpobiografiar mis experiencias de sanación, comienzo con una poesía que escribí hace dos años para un día de la madre. Una de esas fechas que, si bien están marcadas por el calendario hegemónico, repercuten de alguna manera en nuestra cotidianidad. A menudo nos llevan a compartir un tiempo con nuestras madres, así sea la excusa de la ocasión oficial, nos recuerdan la importancia de mimarlas, saludarlas, darles un cariño.

Esas palabras eran una forma de reconocer a todas esas brujas de las que vengo: madres, tías, hermanas, compañeras de la vida, de la militancia, del trabajo, estudio, todas las aventuras emprendidas en la vida. De allí el título, parafraseando a Adrienne Rich, nacida de bruja (s).

Al abordar mis experiencias de sanación, comienzo por la palabra y por las mujeres. Desde pequeña, escribir ha sido mi vehículo para no estallar, para encontrar cobijo a los dolores y penas. Las mujeres (tías, hermanas, mamá, amigas, mejores amigas) el lugar de contención y reparo.

Las relaciones entre mujeres, sin embargo, no están exentas de contradicciones. Empezando por la primera mujer de nuestras vidas: sanar (me) es sanar a la madre. Descubro en mis dolencias, dolencias de ella: en las cuerdas vocales y en el cuello del útero. Descubro en los sitios más hoscos de mí, trazos de ella: obsesión, manía, dificultad de decir lo que me enoja. Mi mayor miedo durante mucho tiempo se vinculó (si de tiempos verbales se trata, tendría que ser en presente, pues de modo recurrente regresa) a esa matrofobia de la que habla Adrienne Rich: el temor y el fastidio de parecerse a la propia madre.

Me costó y me sigue costando comprenderla. Empiezo por ella, entonces, en este relato, y por las madres de mi madre. Decido preguntarle acerca de sus recuerdos de sanación. Dice que tiene el don de su abuelita materna, Maria Chesak. No me dice cuál es ese don. Se va apurada. Como siempre con ella, las conversaciones son fugaces, las posibilidades de conectar, intermitentes.

Éste es uno de los aprendizajes más costosos: aceptar los momentos en que el encuentro con ella es posible. Disfrutarla, sin exigencias ni culpas, no más que las que toda la historia patriarcal se ha encargado de depositar sobre las mujeres-madres.

Antes de irse del cuarto donde tejemos fragmentos de conversación, sin responder a mi pregunta acerca de ese don, me trae una cajita con dos cartas escritas por ella: una dedicada a su madrina, Alicia, otra a su abu María. Luego, viene con dos fotos en sus manos: una de cada una. María viejita sentada en una silla. Su madrina, joven y sonriente, en el reverso, una foto de mi mamá bebé vestida de bautismo.

La comunicación, comentaba, es difícil con mi madre. Pero gracias a las tecnologías, logro estos pedazos de historia que me faltan; por el watshapp rescato los relatos maternos. El don sigue pendiente, pero me cuenta a su antojo mi mamá acerca de las mujeres de su genealogía: “La abuela María antes de casarse era enfermera y siempre tuvo un almacén para ayudarse”. Conoció a Martín Blasichevich, que era viudo y tenía una hija: Milka. Luego, con María, tuvo tres niñas más: Ángela, Olga y Alicia.

“Sufrida” y “sumisa” con su marido, Martín, son las palabras que elige mi mamá para recordar a su abuela. A mí, se me viene mi abuela, Ángela, con un marido alcohólico, a cargo de seis hijos/as, y dispuesta a hacerse cargo de una hija ajena, aunque finalmente no sucedió. Historias de violencias y desengaños abundan entre las mujeres de mi familia; un linaje de mujeres heridas, pero sin duda fuertes y resistentes. Vuelvo a ellas, Alicia, era la menor de las cuatro hermanas Blasichevich, “…no caminó hasta los 18 años, y la abuela María con ella a los médicos. De pequeña tuvo una infección que la debilitó y una pierna más corta que la otra. Fue profesora de corte y confección y murió a los 38 años”. En la carta, mi mamá le agradece a su madrina haber suplido con todas las carencias de sus padres, en un hogar numeroso de familia obrera y ella siendo una de las hijas mayores, eran más las responsabilidades a cargo.

La tía Olga, que para mí ha sido la única figura de abuela que tuve (apenas conocí a mi abuela Ángela, falleció a mis tres años, y nací muchos años después de la muerte de la mamá de mi papá), fue, sobre todo de más viejita, una mamá para mi mamá. Con sus dos hijos lejos, mi mamá la acompañaba y cuidaba mucho. “La tía Olga que colocaba inyecciones conocía muy bien su cuerpo. Años salía con el perro caminando a domicilio a la hora necesaria. También tomaba la presión”, me cuenta entre mensajitos, mi mamá. Todo esto le dejaba su entrada de dinero, a una mujer que supo también de ese dolor de la traición y el abandono de los padres-maridos. “Lo mismo hacía cuando trabajó, durante muchos años, en Cacheuta, en el hotel y en el pueblo. Usaba llantén calentando las hojas, papas en rodajas para el calor del estómago”.

Vuelvo a las fotos que me acercó mi mamá; una busca en las imágenes aquello que necesita encontrar adentro. El otro/la otra en la foto del álbum familiar, como señala Armando Silva, tiene varios sentidos: es el/la elegida para ser preservada en la memoria y que me relaciona (mi bisabuela), y

en su sentido más analítico, el otro como aquello que me hace mostrar lo que ya está en mí. En otras palabras, si muestro algo, al mismo tiempo dejo de mostrar otra cosa y entonces el Otro de mi inconsciente se constituye en aquello que hace ser al álbum el deseo de familia: un imaginario colectivo de un grupo, la familia, que así se representa, pero también se borra (1998: 36-37).

Encuentro en esa mujer de pómulos anchos como los míos, de mirada penetrante y cuerpo robusto, una raíz a la que aferrarme. El hecho de no ser lo suficientemente rubia y de ojos claros como mis hermanas/os, de no haber tenido prácticamente la experiencia de ser nieta, y ser la más chica de la familia, tanto entre mis hermanes como entre todos mis primos/as, siempre hizo que en mí estuviera presente la sed de raíces. Siempre pedía que me contaran historias, escuchaba atenta y mi juego preferido por mucho tiempo, era revolver esa caja grande de cuadrados blancos y azules que guardaba un tesoro inmenso: el álbum de fotos de la familia. Esa mezcla de fotos, recortes de diarios, postales, estampitas, recuerdos de bautismo, entre tantos disímiles objetos. El álbum, señala Silva, no solo se observa, sino que se escucha y con voces femeninas: “alguien narra las historias, la familia, su narrador colectivo; pero otro las cuenta, por lo general la madre, la abuela, la hija mayor, la hermana o la tía y esto lo hace un cuento de mujeres” (1998: 13).

Mi tía Marcela, la hermana más chica de mi mamá, me contaba entre fotos, cómo mi abuela hacía conservas de lo que podía, en un hábito corporizado de economía de guerra. “Si te pasabas cerca de ella, quizás que te hacía conserva”. Había que andarse con cuidado entonces en la temporada del tomate, del membrillo o de la berenjena. Mi mamá, por su parte, recuerda cómo en los tiempos de la Revolución Cubana la puerta de su casa se poblaba de guardias policiales. Al parecer, los talleres de costura que organizaba la abuelita Ángela entre las vecinas, eran un poco más que eso.

Finalmente, el recuerdo de mi tía Emilia: la abuela estaba loca. A veces se encerraba durante horas en un cuarto y no había manera de sacarla. Cuando se empecinaba con algo, no existía más opción que obedecerla y callar. Estaba loca y tenía un nombre: el baile de San Vito.

¿Cuánto de cierto en las memorias que me llegan de la abuela Ángela? ¿Importa lo cierto y lo preciso, cuando la fugacidad de la vida se diluye cada vez más con cada publicación en el Facebook? ¿Cómo rescatar a las ancestras que me habitan, que soy, que fui, que seremos?

Es tanto lo que se recuerda de ellas como curanderas, como de las enfermedades que adolecieron. De santas a locas, en un instante, se suceden las memorias en torno a las mujeres. Cuesta reconstruir nuestra historia de mujeres, pesan los prejuicios, los silencios y los ocultamientos. Pensar en mis propias experiencias de sanación, intentar reconstruir esa historia, lleva a invocar otros sentidos, a poner en juego sentires desde muy adentro. Si sentipienso en estas experiencias de sanación, privilegio de inmediato el olfato: huelo a alcanfor, eucalipto, enebro y tomillo.

Los preparados de alcohol y alcanfor que mi mamá aprendió a hacer de su amiga Beti, con el que perfumaba toda la casa para desinfectar, hizo que nunca conociera en la casa materna el olor a Lysoform o similares. El eucalipto medicinal hirviendo durante horas en una cacerola en la cocina, su función, similar al alcanfor, era limpiar el ambiente, pero asimismo lo usábamos para hacer vapores o tomar como infusión para el resfrío. Por último, los olores de las cremas, aceites y otros productos de Just. Esa marca suiza y sus fuertes aromas me acompañaron desde chica: la crema de tomillo para los pies cuando estaba enferma, la de enebro en el pecho; tea tree y malva para los granitos.

Esos fueron los olores que me supo convidar mi mamá, olores a los que regreso a menudo, un poco para curarme, otro tanto para sentirme al abrigo de ella. Vuelvo a leer las cartas escritas por mi mamá y descubro el deseo de sanar como mujeres. Perdonar (nos). Hay mucha ternura en esas palabras hacia mujeres tan importantes para ella: su madrina y su abuela. El enigma del don vuelve: en la carta, se pregunta, junto a su abuela: “¿El dolor lo podemos disipar?”. Rebota con dolor esa pregunta. Ese mismo día, en la casa de mis padres, termino rastreando cosas. Encuentro las cartas de tarot de mi mama, esas que gustábamos con mi hermana Inés de sacarle para copiar los dibujos. Me pregunto si, como me hizo notar una amiga chilena, ese poder convocante de las imágenes del tarot, guarda relación con que la mayoría de las ilustradoras son mujeres. Agarro desordenadamente el mazo. Justo doy con una de mis cartas preferidas, la que más me gustaba dibujar de niña. Leo el significado:

Estas tres mujeres que danzan bajo la lluvia y el viento nos recuerdan que la celebración nunca necesita depender de las circunstancias externas. La verdadera celebración surge del gozo que se experimenta profundamente en el interior, primero, y después brota hacia afuera en forma de canciones, danza y risas desbordantes, y sí, incluso lágrimas de gratitud.

Vuelvo a la imagen, y encuentro una posible respuesta, a la pregunta de mi madre a su abuela. Quizás se trate de celebrarnos, para disipar todo ese dolor.

Con mi papá, las conversaciones se tejen con mayor facilidad. Siempre entre mates amargos, él está dispuesto a contar algo, no sin sus arrebatos e interrupciones a lo tano. Pues de mi papá siempre fue sabido que él sabe curar quemaduras. A mí, por suerte, nunca me tocó que me cure, pero si a mi hermana Inés, quien se quemó una vez con agua hirviendo en su pierna.

El tío Chito le enseñó una Navidad a sanar las quemaduras. No recuerda el año, pero sí la preparación previa, y también, que al poco tiempo su tío falleció. En esos momentos, como en muchos otros, a través de distintas formas, mi padre se encontraba dedicado a una mezcla de lecturas esotéricas, física cuántica, magia blanca, meditación, entre otras cosas.

Sabía, todos sabían, del conocimiento que atesoraba su tío Chito, pues en Santa Fe mucha gente solía pedirle su ayuda. Fue así que mi padre le pidió que le comunicara ese conocimiento. Acordaron la próxima Navidad hacerlo, “es muy simple la transmisión”, me cuenta mi padre, pero muy precisa, tiene que realizarse en los primeros minutos en que da comienzo a la Navidad. Me dice “mientras todos se encuentran brindando, hay que irse a un lugar tranquilo y listo”.

Son apenas unas palabras en italiano y aprender unas gestualidades con un anillo de oro. La única prescripción, es que no puede realizarse esta transmisión a alguien mayor: el/la maestro/ siempre debe ser más grande de edad que el aprendiz/a. Lo demás, dice mi padre, es pura fe…

Que él sepa, solo a él le pasó el conocimiento. Luego a mi papá le pidió una prima, Graciela, que insistió varias veces, pero nunca coordinaron un encuentro en Navidad. Hasta ahora, solo mi hermana Inés es la que lo sabe. El año pasado, yo le había pedido a mi papá que me enseñara,pero llegó la hora de la Navidad, bridamos, nos olvidamos…y se pasó mi momento de aprender. Este año, esta próxima Navidad, no me olvido.

La Constancia

De mi abuela paterna, su nombre me resuena como un aprendizaje vital y difícil: ser constante en lo que emprendo, en lo que deseo alcanzar, en lo que sueño construir. Constancia Teresa Marasca Yuschak, la mayor entre seis: cuatro varones y dos mujeres.

Familia de pescadores por su lado materno, los/as Yuschak venían de Polonia, escapando de la guerra llegaron a orillas del Paraná, en Santo Tomé, Santa Fe. Como el río su temperamento, “eran agua de tanque” describe mi tía Lina, la única hermana de mi papá.

La parte Marasca llegó desde Italia y en Santo Tomé fueron cuadrilleros del ferrocarril. Así, creció Constancia con su mamá, Elena, haciendo la comida para toda la cuadrilla, esa labor invisible que mantiene el funcionamiento entero de toda jornada de trabajo posible. Curiosamente, el sabor que más atesora mi tía Lina, es el del arroz cuadrillero.

Pero no solo de roles “femeninos” sabía Constancia: ella fue la primera en aprender a manejar el auto que trajo su papá, Rafael, y la única en conducirlo por mucho tiempo. Además, trabajaba en el almacén de su tío José, en el centro de Santo Tomé y crió prácticamente a sus hermanos, hasta los 30 años que se casó con mi abuelo, Pedro. Luego, casada, ella era la que hacía los asados.

Mi abuela siempre había pedido tener una nieta/o de su mismo signo solar: cáncer. No nos pudimos conocer, pero su pedido se cumplió. Me encuentro ahora viviendo en la misma casa donde ella vivió, enciendo cada tanto alguna vela, pidiendo, agradeciendo…y se me viene su presencia como un fueguito. Ella era de prender verlas, me dice mi papá, al igual que mi tía Lina.

Cuando estaba por rendir algún examen importante sabía que en la hornalla de la cocina de mi tía, una llamita me estaría acompañando. De la misma manera, mi hermana mayor, Laura, sale a caminar todos los días con su rosario. El tiempo que dura su caminata, los denarios que alcanza a rezar.

En un almuerzo, le pido a mi tía que me cuente de su mamá, qué hacía la abuela, además de prender velas, lo único que mi papá puede contarme. Ella sabía cortar la tormenta, desatar los nudos (tensiones), entre otras cosas. Mi tía, sólo de ojo intenta cortar la tormenta, y dice que le ha funcionado. “Mirar entre las nubes hasta encontrar el ojo de la tormenta, allí clavar el cuchillo: primero en el aire, luego replicar en la tierra”, intenta explicarme con gestualidades histriónicas.

Para curar las tensiones, solo recuerda que era con agua y arroz, por cada granito que flotaba, un nudo que se desataba. La que atesora éste y otros conocimientos de la abuela Constancia es una amiga de mi tía: la “bruja”, la Carmela.

Hace años, muchos años, que no la veo a la Carmela, pero mi tía siempre habla de ella, siempre le hace sus “encargos”. Hace poco soñé con ella. Me estaría llamando, quizás, para contarme todas las recetas de la abuela.

Sanar el cuerpo colectivo

En estos tiempos de agresión patriarcal, donde no nos dejan de doler las muertas y una verdadera caza de brujas se sucede en nuestros cuerpos-territorios, más que nunca precisamos sanar-nos.

En mi andar político como feminista, acompañando a distintas mujeres en situaciones de violencias (desde amigas íntimas, compañeras de la militancia, hasta mujeres desconocidas en distintos contextos y problemáticas), he descubierto la importancia de brindarme-nos espacios de cuidado, afectos y conocimiento.

Desde la incursión en la ginecología natural, pasando por la cosmetología ayurvédica, el yoga y técnicas de respiración ovárica, hasta la simpleza de una sesión de vinos entre amigas o una confortante escucha compañera, entiendo y experimento “la sanación como camino cósmico político”, al decir de Lorena Cabnal. Sanarnos también como una de nuestras apuestas feministas primordiales, ya que “cuerpos sanados son cuerpos que se emancipan”, menciona la feminista comunitaria de Guatemala y miembro de la Red de Sanadora Populares.

“Cuidarse es una opción política”, cierra el artículo que comenta la experiencia de un grupo de mujeres en México en el que las pacientes son mujeres que trabajan por otras mujeres (casos de desapariciones, femicidios, distintas violencias que atraviesan cuerpos feminizados). Apostar a los cuidados desde una ética feminista, amorosa y comenzar por la búsqueda y rescate de nuestras ancestras, resulta una tarea impostergable. “Conocer nuestra historia es una manera de retomar la lucha”, señalan contundentes Bárbara Ehrenreich y Deirdre English (1981:12). Necesitamos alimentarnos nutritivamente, de nuestra propia historia, para hacer frente a siglos de una cultura de silencio, terror y omisiones.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Las tramas de sanación, en mi propia historia, íntima y familiar, que intento retomar, en lo académico, en lo formal e informal, en lo placentero y lo laboral. Las tramas para sanarnos deben estar habilitadas por todas las vías posibles, para retomarlas en todo momento. Están ahí, pues “estamos tejidas con memorias ancestrales sanadoras de abuelas, bisabuelas, de tatarabuelas, de mujeres que sus memorias sanadoras caminan con nosotras para darnos la fuerza, la energía y la vitalidad para continuar en este tiempo” (Cabnal, 2016). A esos tejidos volvemos, para encender creativamente la fuerza que necesitamos para seguir hasta que todas sanemos las heridas patriarcales.

Victoria C.

Victoria Castro (31). Estudiante de la Licenciatura y Profesorado en Historia del Arte, fotógrafa

Al empezar a escribir esta autocorpobiografía, se me viene a la cabeza una imagen que vi hace mucho. La imagen es en blanco y negro, puede ser de cualquier libro de anatomía, aparecen con indicaciones de flechas y descripciones los músculos de un fragmento de cuerpo humano, desde el hombro hasta la cabeza. El cuerpo está de perfil, con la mirada levemente inclinada hacia arriba. El autor o autora de la imagen (desconozco su autoría), realizó bordados en hilos rojos en partes de esos músculos, como reconstruyendo el fluido sanguíneo. Pienso que de alguna forma se relaciona con mis experiencias de sanación y cómo las entiendo. Como un acto de búsqueda y creación personal que reformulan constantemente mis concepciones sobre el cuerpo, la salud y la enfermedad. Quien hizo esta obra partió de una imagen teóricamente objetiva y científica para apropiarse de ella a través de la realización de una labor creativa, personal y subjetiva; con esta labor la imagen se transforma. Ya no es la misma no sólo por la técnica y los materiales aplicados sino por el proceso de reconfiguración de lo dado que implica el trabajo creativo, cuyo resultado no es una suma de partes (imagen de base + técnica artística) sino el diálogo que se establece entre las mismas. Este diálogo es el que lleva a la aparición de nuevos sentidos y significados en los espacios intermedios que las vinculan.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Teniendo esto en cuenta me parece importante empezar hablando de cual es mi “imagen base”. En mi familia los procesos de sanación y de cuidado de la salud siempre estuvieron relacionados con la medicina académica y occidental; mi mamá Florencia es médica y su mamá Blanca era farmacéutica. Mi abuela Blanca siempre tuvo un espíritu muy científico que la impulsó a continuar estudiando más allá del tercer grado que se impartía en la escuela de su pueblo. Su formación universitaria fue bastante positivista y desde ese lugar interpretó y entendió al mundo, los vínculos, los cuerpos, la salud y la enfermedad. Para ella cualquier conocimiento que se corriera del saber científico era una superstición, cosa de gente ignorante. Nunca tuvimos muy buena relación, siempre me pareció una mujer muy seca, aunque reconozco en ella una predisposición para el cuidado de salud de la familia, siempre estaba atenta a las dolencias y malestares de cada unx ofreciendo conocimientos y cuidados. Otra cosa que recuerdo de mi abuela es haber escuchado de niñx que decían que tenía “mano verde”, cosa que en mi mente infantil producía las imágenes más fantásticas, luego entendí que se refería a que tenía muy buena mano con las plantas y que podía tomar a la plantita más débil y enferma y hacerla reverdecer casi sin esfuerzo. Mi madre heredó de ella el gusto por el conocimiento, la preocupación por el cuidado de lxs otrxs y la mano verde. Por suerte, para ella y para sus hijxs, mi madre tuvo una formación académica más amplia, a la vez que una trayectoria de vida que la puso en relación con personas muy distintas, trabajando hace más de veinte años en una comunidad rural donde la visita al médico se intercala con la visita al curanderx o al vecinx que cura el empacho. Esto la llevó a conocer y a tener un mayor respeto hacia prácticas tradicionales de distintas culturas. Desde niñes, a mis hermanas y a mí nos habló de nuestros cuerpos, de sus partes, sus procesos, de cómo funcionan, de cuál es el nombre de cada una de sus partes y por qué tenemos que decirles por su correcto nombre. Nos habló del respeto en el cuidado de nuestros cuerpos y nuestra salud y en el cuidado del cuerpo y la salud de lxs otrxs, de que nunca se debe humillar ni atentar contra la dignidad de nadie, que los médicos tienen que explicarnos siempre que es lo que nos pasa y presentarnos opciones y es el paciente quien debe elegir lo mejor para si mismx. También siempre nos ha dicho que la mente juega un papel crucial tanto para aliviarnos como para enfermarnos y nuestros cuerpos muchas veces dicen cosas que no estamos pudiendo manifestar de otras formas. Si bien su práctica médica se encuadra dentro de lo que es la medicina alopatica, mi madre no es partidaria de la medicación excesiva, recomienda dejar que el cuerpo haga sus procesos y sólo usar medicación cuando sea inevitablemente necesario.

En ese ambiente crecí, cada parte del cuerpo tenía su nombre y no había vergüenza en ello, mi mamá nos hablaba mucho de eso y siempre había un libro a mano con fotos sobre lo que sintiésemos curiosidad de ver. Era y es un tema recurrente en mi familia el hablar de nuestra salud, escuchar al cuerpo y ver qué duele y cómo “¿es un dolor en el estómago o en el intestino? ¿punza o arde? ¿es sostenido o por momentos relaja?”. Pienso que todo esto me enseñó a tener cierta conciencia sobre mi salud, a prestarle atención a mis malestares y a conocerlos y definirlos como primer paso para sanar. Esta conciencia es la que me sirvió para mantener una pequeña autonomía a la hora de enfrentar procesos médicos y poder decidir qué era lo que pensaba mejor para mí, teniendo mis propios puntos de vista sobre los tratamientos ofrecidos. Esta es mi imagen base, así transité mis primeros procesos de sanación, escuchando mi cuerpo, dejando que haga sus procesos naturales, eligiendo dentro de las posibilidades, pero siempre en el marco del sistema de salud hegemónico y siempre bajo la tutela médica.

Siendo más grande esta imagen entra en conflicto, en primera instancia porque la ciencia médica deja de darme respuestas que satisfagan por completo mi curiosidad, y en segundo lugar porque el feminismo llega a mi vida a politizarla toda, incluso mis incomodidades hacia el sistema médico y mi necesidad de generar una mayor autonomía con respecto a lxs profesionales de la salud. Esta búsqueda de autonomía me lleva a explorar otros saberes, encontrando en el camino nuevas formas (imágenes) de abordar los procesos de sanación. Por momentos he contado con la compañía de amigues-guías quienes en el des-encuentro me ayudaron a cuestionar mis supuestos, a ir más allá de mis prejuicios y a conocer lo que había fuera de mis esquemas intelectuales. Otras veces el camino ha sido solitario, autodidacta, bastante a tientas, interno y autorreflexivo. Hoy, después de haber transitado por algunas terapias alternativas para sanar las energías y el cuerpo y de buscar en ceremonias sagradas la sanación del espíritu, siento una inclinación por las plantas, por esas que puedo cultivar y cuidar en mi jardín para su uso mágico o sanador. Siento que esto me vincula de alguna forma a una herencia familiar secreta de lxs “mano verde”, disfruto de leer tanto de botánica oculta como de fitoterapia, de cuidar de mis plantas, de intencionarlas y preparar mis propios remedios. Mi concepción de la salud ha cambiado, no pienso en ella como algo que se puede conseguir de forma externa a unx, sino que es una búsqueda personal, activa, participativa que genera conocimientos en la soledad autorreflexiva y también en el encuentro de complicidades con otrxs. Creo en la experimentación en unx mismx como forma de conocerse y creo que conocerse, conocer el propio cuerpo, tan distinto de otros, es una forma de sanarse. Atravesando este camino me he reencontrado y reconciliado con aprendizajes-imágenes familiares con los que tanto discutí; me encuentro muchas veces ayudando a otrxs en sus malestares, preocupándome por su salud y por momentos me veo en el lugar de mi abuela o mi madre; rescato y agradezco sus enseñanzas acerca del cuidado de otres, del respeto por sus cuerpos y su integridad. Cuidar, hablar, conocer, respetar, escuchar, sanar, son las acciones que siento me han guiado en mis procesos de curación, de búsqueda de conocimiento y de conquista de una mayor autonomía. Las imágenes nuevas se suman a las dadas y las heredadas, se superponen en capas más densas o livianas, se yuxtaponen y mezclan generando diálogos que reconfiguran sus relaciones. Esta dinámica me hace sentir dentro de un proceso creativo inacabado que muta y se resignifica.

Sara

Sara Gutiérrez (57). Psicoanalista, fonoaudióloga, fotógrafa, docente

Hablar de la auto-corpo-biografía en mi vida es un asunto serio.

Me llamo Sara y quiero contar que las mujeres sanadoras en mi vida fueron moneda corriente; tal es así, que hasta me convertí en una de ellas, a mi manera, con lo que pude: escuchar el síntoma desde la palabra dolorida, la palabra que busca sin cesar, lo que se escapa a cada instante.

Ellas y él

Desde pequeña vi a mi abuela materna, la Chayito Mamá, curar a mujeres, varones, niñas y niños. Ella vivía en mi casa, por lo cual, veía a diario, gente que venía a verla.

Esto hizo que se naturalizara en mi vida la abuela y sus prácticas, lamentablemente nunca la interrogué, jamás le pregunté cómo se inició; cómo lo pudo asumir, desde dónde, qué fe la movilizaba a creer en sus praxis; con cuáles pensamientos asumía ese poder hacer; que implicaba que otro u otra la alojaran en sus capacidades de curandera; que la visitaran, le depositaran su síntoma, muchas veces encapsulados en psoriasis, parálisis faciales, la famosa culebrilla, los racimos de verrugas en cuerpos deseosos de desprenderlas, mujeres en sillas de rueda, hombres ciegos.

Un ejemplo fue mi papá, fiel ejemplo de que la Chayo logró sacarle miles de verrugas que se vanagloriaban en su cuerpo, con una persistencia añosa; que solo la voluntad férrea de mi padre ante los conocimientos mágicos de su suegra pudo vencer a esas desagradables y feas verrugas.

El pago de sus servicios, que sí había, eran golosinas, frutas, postres, galletas entre otros alimentos que mi abuela amaba.

Dicen en la casa que quien empezó a curar en la familia fue mi abuelo materno, un sirio hermoso, refugiado en Argentina, por la guerra en su país.

Llegó a los trece años a estos pagos; dicen que durante algunos años se trasladó a vivir a Lavalle, con su mujer y la prole; dicen que allí hacían colas las personas para ser atendidos por don Chadi Zahzú.

Él curaba todo tipo de afecciones, las del espíritu y las del cuerpo. Pasados los años, él dejó la curandería por enfermedad y posterior fallecimiento.

Es ahí, donde inicia las prácticas de sanación mi abuela. Parece que él le dio los poderes mágicos, junto con sus elementos: una alpargata de las de antes, con suela de yute y un palito de naranjo.

Así la Chayo comienza a curar, con palabras, gestos concentrados y la alpargata y el palito de naranjo.

Después de mi abuela, comenzó mi madre a ser curandera; ella era un ser inigualable, se inició sutilmente, como quien no quiere la cosa; no explicitó nunca su curanderismo, pero venían a casa personas que ella llevaba hacia el comedor y cerraba la puerta. A veces tímidamente decía: vino para que la curara.

Unos años antes de dejar la vida, mi madre, la María, la flaca, mi heroína, también mi Diosa, me legó los elementos con los cuales curaban mi abuelo Chadi y mi abuela Rosario, – alias La Chayo- la curandera.

Me sorprendió que me los diera. Creo que ella pensó que estarían en buenas manos. Hoy están en un lugar, mi consultorio, donde los síntomas son traídos; encarnados desde las voces de las otras y otros; donde solo soy una intermediaria, como don Chadi, como la Chayo, como mi madre, con sus diferencias y particularidades; para que quien se interrogue sobre su sufrimiento, encuentre su propia escritura en su texto.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Un capítulo aparte. La abuela Guevara

En mi barrio, en la misma cuadra, a tres casas de la nuestra, vivía la abuela Guevara, ser extraordinario. Ella también era una curandera; tuvieras lo que tuvieras, la abuela te lo curaba. Cuando me sentía mal, mi mamá decía preguntémosle a la abuela Guevara. Hoy me da gusto escribirla, traer su historia, su nombre.

Recuerdo que una vez dije “¡¡¡la abuela es una bruja!!!”. Tenía a una de mis hijas mal de la panza. Mi primo, médico, me dijo: “hacele curar el empacho”.

Ahí, de inmediato, sin más, salí a la casa de la abuela Guevara; mi abuela ya había dejado la vida.

La cuestión es que ella tomó su centímetro, comenzó a hablar susurrando y su bracito flaco iba expresando su poder sobre el centímetro, el cual nunca llegaba a la panza de la criatura; ¡¡¡hasta que llegó!!! La abuela Guevara me dijo: “andá a tu casa, seguro que en un rato hace caca”. Dicho y hecho ¡¡¡la beba hizo una caca que parecía alquitrán!!! Ahí me quedé impactada. La abuela Guevara sabía. Era curandera y de las mejores.

¡Cómo olvidarla!

Daniela

Daniela Campos (31). Estudiante de la Licenciatura en Comunicación Social (UNCuyo), fotógrafa

Mis primeras sanaciones de mujeres, fueron en mi familia: la tía que curaba el empacho, la abuela que curaba verrugas. Recuerdo que tuve una en el labio, parecía más un grano, y a mi abuela (que ya tenía “validaciones” pues a su prima se le llenaron las piernas de verrugas y ella la sanó, después fueron dos vecinos que se acercaron por lo mismo), se le ocurrió poner por cada verruga un grano de sal, hizo una cruz y dijo unas palabras “en el nombre de Dios”. Me puso el granito de sal, lo envolví en una telita y tenía que caminar, tirarlo sin mirar para atrás. La verruga disminuyó su tamaño, y luego se me fue.

En mi devenir adulta, me fui enfermando seguido. Cuando noté que la medicina alopática me tenía con tratamientos que me cansaban más que sanarme, empecé a buscar otras opciones. Comencé con acupuntura, ahí salió información que tenía que ver con lo familiar, lo laboral, lo exterior que aquejaba al interior. Luego hice biodecodificación, y ahora reiki donde también pude vivenciar una constelación.

“Con el terror acompañándome, me sumerjo en mi vida y empiezo el trabajo sobre mí. ¿Dónde empezó el dolor, las imágenes que me espantan?” (Anzaldúa, Gloria, 1998: 130).

Paralelamente estuve realizando un taller que a través de la fotografía intenta reconstruir la historia familiar desde el lugar que una ocupa, “Álbum fotográfico Familiar” se llama… Fue por las mujeres de mi familia que me empecé a cuestionar todo. Comencé escarbando en lo generacional y terminé (¿o empecé?) en mí. Reconocer mi linaje, desprenderme de la orden del clan. Rebelarme contra la familia.

En enero de 2018 estuve en Chiapas, allí advertí de las mujeres indígenas que el cuerpo como la tierra, son lugares de resistencias, generadores de vida, por lo tanto, territorios donde se dan las primeras vulneraciones. A partir de leer a Mercedes Olivera, Sylvia Marcos y Lorena Cabnal, me resulta interesante conocer la relación entre territorio-cuerpo-tierra, reconocer la corporalidad con memoria histórica ancestral.

La escritura, la fotografía, la poesía han sido siempre herramientas y medio de expresión para desahogarme. Y en cada una de ellas, me han guiado y acompañado, mujeres.

En este recorrido encuentro, que todo ha ido relacionándose, y coincidiendo con mis búsquedas. Y que también he podido hacer sentir mejor a las féminas que me rodean, compartiéndoles lecturas o mostrándoles imágenes. Por todo ello, concluyo citando a la rapera Rebeca Lane: “la sanación no es solo para estar bien yo, sino la comunidad y las mujeres a mi alrededor”.

Paula

Paula Santoni (39). Licenciada en Niñez, Adolescencia y Familia. Docente

Es vasta la cantidad de personas que han pasado por mi vida brindando sus saberes saludables. Desde pequeña mi madre incursionó en varias terapias “alternativas”, lo que permitió que por nuestras vidas transiten personas con saberes de distinta índole y origen, sobre la salud.

Sin lugar a dudas o frenos, la vecina siempre me “tiro el cuerito” para curar el “empacho”. Recuerdo que cuando nos mudamos y ella también, fuimos a buscarla a un barrio para que curara a mi hermano menor porque no mejoraba de sus malestares intestinales.

Con el tiempo, y con la vertiginosidad de la información, llegaron a nuestras vidas diferentes saberes, en su mayoría orientales que nos brindaron a mi madre y a mí, perspectivas sobre sanar desde lo emocional y lo espiritual, para poder luego liberar las dolencias o enfermedades del cuerpo. Entre ellos Jhorei, Reiki, reflexología, etc. Muchas señoras amigas, como Irma, Adriana, Betty, me curaron malestares con terapias de imposición de manos de media duración. Al poder tener esta mirada de la salud mayormente integral, hoy hago uso de mis “beneficios” con la obra social de la medicina alopática, pero siempre busco terapias y medicinas “alternativas”. Como por ejemplo acupuntura, medicina antroposófica, biodecodificación, flores de Bach (que actualmente estoy tomando al igual que toda mi familia), rituales sanadores en viajes a Capilla del Monte (Córdoba) etc. Nunca he sentido que los médicos hayan podido responder a mi ser y estar de manera integral.

Tengo amigas y sus madres que curan la “ojeadura” y las llamo para curar a mis hijos, a mí o a mi compañero. Marianela, hermana de la vida, al nacer su hijo aprendió un 25 de diciembre a curar el “empacho”. Gloria la madre de mi gran amiga Caro, es la encargada de curarnos a todos cuando nos duele la cabeza; llamamos y le damos el nombre del o la afectada.

Es costumbre que cuando alguna/o integrante de la familia está con síntomas recomendemos té de hierbas sanadoras, alguna tisana o complemento que se pueda conseguir en dietéticas o herboristerías.

Por recomendación de mi cuñada, estamos todos en tratamiento con gotitas elaborados con Flores de Bach que hace Roberto, el terapeuta floral de la vuelta de casa de mamá.

Y por supuesto no puede faltar el saber de las abuelas. Por un lado, la Marta, que fue bioquímica en su época allá por los 40. De ella tenemos la receta de hormigas rojas con miel para la tos. El aceite con harina para las quemaduras, cataplasmas, entre otras. Por otro lado, la nona Elsa, por su experiencia en el campo y sus dolores en los huesos usa los cítricos de diversas formas para sanar.

Cecilia

Cecilia Deamici (46). Licenciada en Comunicación Social. Docente e investigadora

Mi papá falleció cuando era muy chica. Fue en un abrir y cerrar de ojos que una noche, a los 34 años, se descompuso y murió de un infarto. Mi mamá quedó sola con dos hijos: mi hermano tenía tres años y yo siete. La vida, a partir de ese momento, dio un giro de 360 grados. Fue así que nuestra ‘familia ampliada’ ayudó a mi mamá en nuestra crianza. Y esa familia estaba compuesta solo por mujeres. No había hombres, solo un tío político y dos primos varones con los que tuvimos sólo un vínculo familiar ‘obligado’.

Del lado materno, tengo tres tías (hermanas de mi mamá). Dos solteras, sin hijos y la mayor con tres hijas mujeres, considerablemente más grandes que nosotros dos. Es decir, salvo mi hermano, por parte de mi mamá, crecí rodeadas de mujeres. Mujeres que siempre acudieron a la medicina tradicional para encontrar las respuestas. Todo se resolvía en el consultorio pediátrico y en el del psicólogo. Tanto fue así, que entre ellas solventaron los gastos para que, tanto mi hermano como yo, asistiéramos a un tratamiento por lo ocurrido con mi papá. El mayor temor que tenían era que mi hermano saliera homosexual por no tener, en el entorno familiar, ninguna figura masculina que lo guiara.

Del lado paterno la cosa fue distinta en este aspecto. De la familia de mi padre solo conocí a mi tía Chichi y a mi abuela Lela y en ella residieron las diferencias en cuanto a creencias y métodos para las sanaciones, (“tanto del cuerpo como del espíritu”, me habría dicho).

Esta abuela, “la Lela” (así la llamamos sus nietos), enterró a sus dos hijos varones y a su marido en un lapso de no más de cuatro años. Era muy religiosa (muy cristiana, no sé si apostólica romana). Una mujer que encontró en la iglesia su refugio y las respuestas a todo. Incluso, creo entender, encontraba allí la explicación a tanto dolor. Era tan creyente y practicante que luego de la muerte de mi papá –su segundo hijo fallecido- vistió de negro durante los ocho años que ‘sobrevivió’ hasta su muerte. Según mi mamá. solo se puso una camisa blanca con pollera negra cuando hice la comunión. Recuerdo que de niña rezaba mucho, ella me había ensañado. Cuando tenía miedo me aliviaban sus rezos. Por eso, y no porque mi mamá lo considerase necesario, fui a catecismo.

Ella nos visitaba metódicamente todos los domingos, después de ir a misa y se quedaba a almorzar. Era el único día que bendecíamos los alimentos. Luego, dos o tres veces a la semana, mi mamá nos llevaba a su casa. Después de la escuela nos dejaba a su cuidado mientras ella daba clases en otro colegio, era maestra. Por esta razón, todas las tardes quedábamos a cargo de alguna tía o de la Lela (en ese tiempo mi madre trabajaba doble turno como maestra, era la época de hiperinflación en la presidencia de Alfonsín).

“La Lela” era una mujer muy seria. Tal vez fue la insoslayable tristeza de sus últimos largos años que la suspendía completamente, porque no tengo recuerdo de escucharla reír. Sin embargo, no sé de qué modo, lograba transmitir contención y cariño. Con ella me sentía segura y tranquila. Sé que mi hermano también. No nos demostraba su ‘amor de abuela’ con besos ni abrazos, solo con sus comidas, sus mates con leche, sus galletas de naranja y manzana caseras y sus rezos constantes. Siempre nos recibió con el mismo saludo: “Mijita, recibe la bendición de nuestro señor Jesús”, mientras me marcaba la señal de la cruz en la frente y repetía en voz muy baja: “recibe mis palabras como palabras de Cristo Jesús”. Lo mismo hacía con mi hermano.

Entre sus rituales, tenía un gran repertorio de creencias para aliviar y curar malestares. Todos los años, cuando comenzaba el invierno, le preguntaba a mi mamá si podía desparasitarnos. Mi madre nunca se negó, creo que era porque si bien ella no se declaraba creyente ni practicante de nada, todo lo que consideraba un “bien para sus hijos”, lo aceptaba con gusto y, tal vez, con cierta superstición. Se dejaba llevar y no lo discutía ni lo negaba. Creo que entre ellas dos hubo cierta complicidad por el dolor compartido.

Entonces, la Lela, destinaba un día y procedía a hacernos el tratamiento. Todo comenzaba con la señal de la cruz en la frente y en la espalda. Luego colocaba una mano en el chakra umbilical de frente y otra en el dorso del chakra. Contaba hasta setenta (recuerdo perfectamente contar con ella en voz alta) y luego rezaba siete padrenuestros. Esto lo repetía durante varios días, no sé bien cuántos. El primero en nuestra presencia, los posteriores, los hacía de noche frente a una foto nuestra que tenía en su cómoda y justo al lado de una pequeña figura de Cristo que en la espalda “cargaba” una ramita de olivo. Era un muñeco de plástico y a modo de una lamparita de noche tenía el pecho descubierto y permanecía enchufado siempre para emitir una luz roja, que justamente “emergía de su corazón”. La casa de mi abuela y esa imagen, son en mi memoria, una sola cosa.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Además de esos rituales, cultivaba en su patio, entre macetas y canteros, diferentes ’yuyos’ para curar el empacho, el dolor de cabeza y demás molestias. Así era que cuando teníamos dolor de panza y vómitos nos preparaba el conocido té de matico con carqueja (una infusión amarguísima que mi hermano siempre rechazaba hasta que, por medio de sobornos con dulce de leche de premio, accedía a beber).

Sobre el matico, me atrevo a adjuntar debajo algo que hace unos años, leyendo Los Andes, mi mamá me llamó por teléfono para decirme, un tanto conmovida:

-Mirá lo que publica el diario, parece que tu Lela tenía razón! ¡Tanto té que nos hacía tomar y que me mandaba para que les diera a ustedes!

Graciela

(29 años). Estudiante de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNCuyo)

A continuación, relataré mis experiencias de sanación a lo largo de mi niñez. Soy de Agrelo, Luján de Cuyo. Lugar donde se instalaron la brasileña Estela César y el italiano Augusto Minati y formaron su hogar. Soy descendiente por parte de su hijo mayor, Martín Minati y a su vez de la hija mayor de éste, Roxana Minati, mi mamá. Vivimos en un distrito que se encuentra al sur del Río Mendoza y que conserva muchas de sus tradiciones, entre esas, las curaciones populares, debido a que nos encontramos bastante lejos de algún centro de salud u hospital.

Ya no se encuentran curanderas, no hay existencia de esos saberes de sanación más allá de la transmisión familiar y la intimidad que la misma conlleva. El proceso de sanación a través de la medicina natural y popular ya casi no encuentra asidero en alguna persona, mujer, sobre todo, que encare este rol tan profesional y tan social. Queda más en la práctica y en la dinámica intrafamiliar, para sostener tradiciones y recuerdos de quienes sí los realizaban en la familia y con los vecinos que necesitaran, pero sobre todo sosteniendo la convicción de que sí causan un impacto en la salud, que sí hacen efecto.

Cura de empacho

Recuerdo una vez, tenía alrededor de 6 años y era Navidad. Me encontraba escondida debajo de la mesa, en la cocina de mi abuela materna, a la que con tanto cariño llamo Nona, llorando por un terrible dolor de estómago que me aquejaba. En ese momento, mi Nona me encuentra, toma mi brazo, me pone de pie frente a ella y al ver que me agarraba el vientre, tomó una corbata de mi Nono y me ordenó tener una de sus puntas justo donde tanto me dolía. Se hizo una breve señal de la cruz y puso la otra punta de la corbata bajo su codo, extendiendo su brazo hasta tomar otra parte, mientras recitaba mi nombre, seguido de oraciones que no recuerdo. Repetía ese ejercicio sucesivamente hasta llegar a tocar con la punta de sus dedos alguna zona entre mi estómago y mi boca que le indicara el nivel de empacho que me aquejaba. Fue así como sus dedos se posicionaron justo en la zona debajo de mi barbilla, lo que conocemos comúnmente como papada. Hizo una señal de la cruz a lo largo de ese trayecto que había marcado con sus dedos y, en cuestión de minutos, fue increíble la mejoría que sentí. La energía que su cuerpo puso para sanarme, se hizo sumamente efectiva y es hasta el día de hoy, que recurro a ella ante cualquier dolencia para que intervenga con su habilidad, paciencia y amor.

Cataplasma de barro

Tenía alrededor de 9 años, y me encontraba sumamente enferma de erupciones en la boca y en el tracto digestivo. La fiebre que emanaba de mi panza no disminuía con ningún medicamento y generalmente, esos cuadros me agarraban con mayor fuerza en horas de la madrugada. Una de esas noches, mamá no daba más del cansancio y la desesperación de mi cuadro, y decidió recurrir a un remedio casero que mi Nona aplicaba con ella.

Tomó un trapo hecho con un pedazo de sábana vieja, lo humedeció, lo puso sobre mi vientre y encima del mismo agregó un puñado de barro. Si el barro se secaba en los minutos siguientes, significaba una mejoría, debido a que estaba sacando el calor de mi vientre y que eso respondía a un cuadro de calor estomacal y no a algo más grave. Fue así como en cuestión de minutos, mamá abrió el trapo y se encontró con lo esperado, el barro se había secado y la temperatura de mi vientre bajaba considerablemente. Lo repitió varias veces en el transcurso de la noche y llegada la mañana, me encontró con una pequeña febrícula y el apetito recuperado poco a poco, al igual que el color de mi piel y las comisuras de mi boca en mucho mejor estado que las noches anteriores.

Cura de la insolación y aplicación de aloe vera

Ciertamente es una curación que hacemos en casa de forma rutinaria, sobre todo en época de verano. Suele pasar que muchas veces, por realizar alguna actividad fuera de casa, pasar un rato en la pileta o simplemente cortar el pasto, la exposición al sol sea mayor que lo habitual, causando un gran dolor y enrojecimiento de las partes expuestas al mismo y, sobre todo, en la cabeza.

Hace no mucho tiempo, el verano pasado precisamente, me encontraba cortando el pasto de casa y no había tomado dimensión de que no tenía algo que cubriera mi cabeza del sol. Decidí continuar con mi tarea y al finalizar la misma, me encontraba con un aquejante dolor y enrojecimiento en mi cabeza y en mi cara que era realmente molesto. Después de su clásico sermón sobre los cuidados y el riesgo de la exposición solar, mamá decidió hacerse cargo del asunto. Tomó un plato hondo y le cargó agua hasta la mitad. A continuación, dobló 9 trozos de papel de diario y tomó un vaso vacío. Posicionó mi cabeza hacia atrás, apoyando el plato que sostenía mi hermana en mi frente y prendió el primer papel. Lo dejó adquirir una llama suficientemente grande, lo arrojó sobre el plato con agua y lo tapó con el vaso vacío. Las expresiones de asombro no mermaron a medida que mi madre repetía la secuencia ocho veces más. Esto debido a que cada vez el vaso de llenaba más que la anterior, el plato se calentaba y el calor de mi rostro empezaba a irse. Finalizada la secuencia, mojó sus dedos en el agua del plato y los pasó por mi frente, mi nuca y el centro de mi cabeza, formando una especie de barrera protectora y curativa. Al cabo de unos minutos, el dolor de mi cabeza había pasado y el color rojo de mi rostro disminuyó casi por completo dejando sólo un par de huellas en mis mejillas.

Si hay algo que se complementa con esta curación es la aplicación del ungüento de aloe vera en las partes expuestas al sol. Vox populi son las propiedades curativas y regenerativas de esta planta, que no muchos tienen pero que es por demás provechosa. Es común en mi familia recurrir a esta planta cuando alguno o algunos de los miembros se expusieron al sol más tiempo del recomendado.

Este remedio casero proviene de mi bisabuela materna, la brasileña Estela César. Cuenta mi mamá que cuando eran muy chiquitos, y “se quemaban” jugando al sol, su Nona cortaba unas pencas de aloe vera y sus espinas, las ponía un rato en algún lugar frío y al cabo de unos minutos, las retiraba, cortaba por la mitad y aplicaba esa sustancia babosa del interior de la penca en la zona quemada. Aplicaba abundantemente, dejaba secar y era notable como al cabo de unas horas la piel había mejorado su temperatura y su color. Esto lo repetía dos veces al día hasta que la piel terminara con el proceso de despejarse. Ninguna crema recetada por el médico tenía, y me atrevo a decir tiene, tanto efecto como la aplicación directa de aloe vera. Lo practicamos hasta el día de hoy, por tradición y convicción de que resulta efectiva, y también para mantener vivo el recuerdo de las artimañas de la Nona en materia medicinal y popular, que sin duda era una matriarca autorizada en la familia.

Evelyn

Evelyn Morales (29). Estudiante de la Licenciatura en Trabajo Social (UNCuyo)

Como agua, seres que fluyen

Cuando me planto a escribir estas palabras, una corpobiografía, no puedo evitar remitirme a los ecos de la memoria en mi cuerpo. El sentido del tacto, presente, aflora recuerdos de calidez, de generación de bienestar, de sanar a través del cariño.

La fluidez en mi cuerpo de sentimientos, y remitirme a mi signo de agua, hace que inevitablemente recuerde esos dolorosos llantos de niña, vivir exageradamente pero también sin restricciones cada alegría, como cada dolor. Las primeras manos que me sanaron desde pequeñita y hasta los 17 años fueron las de mi padre. Un dolor de panza, dolor de cabeza, espalda, bastaba con la imposición de manos de él para hacerlo cesar. No sé si era algo que él tuviera muy consciente, y sé que era algo transmitido de seguro desde mi abuela, pero había una complicidad en saber que de esa forma se podría sanar, que calmaría un malestar.

Internalicé dicha práctica, y desde pequeña si veía a mi gata mal, la tocaba, como si una energía fluyera por mis palmas, como si la energía que hace correr la sangre por mis venas y arterias, saliera de mí, vibrara, y esa vibración fuese la que estabilizaba el cuerpo de otros seres.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

Así me ha sucedido luego con otro gato, que al traerlo pequeño estuvo enfermo, y lo tocaba para sanarlo. Ahora es él quien, durante mis dolores menstruales, o dolores gástricos, se acuesta en mi vientre y me calma dolores.

Y dicha práctica del tacto, del calor corporal, la tengo internalizada y la practico casi inconscientemente con las personas más cercanas. Frente a alguna dolencia, tocar con las manos, los labios, abrazar… Si la luna repercute sobre mares; nuestro cuerpo, nuestra sangre que fluye, nuestro cuerpo que vibra ¡Cómo no va a tener influencia sobre las personas!

La relación con mi padre es quizás el vínculo más fuerte que recuerdo, cuando pienso en sanación. Los dos éramos de cáncer, con una diferencia de una semana en nuestros cumpleaños, un llanto o una emoción fácil, una nostalgia presente en sus anécdotas de chico, y consejos constantes en la sobremesa. Creo que no hay nada más sano que sentir libremente amor, y esa es una de las mejores enseñanzas que me dejó, luego del constante “hijita, usted tiene que estudiar”. La dificultad de la sobrevivencia del día a día en el aspecto económico, un rechazo al acercamiento a la medicina tradicional propia de los varones, culminaron en un estrés que culminó en un accidente cerebrovascular.

Algo más que recuerdo de mi padre era que fue asmático de niño. Digo fue, porque él nos contaba que desde chico muchas veces lo llevaron morado, sin aire, envuelto en una manta a la guardia del hospital. Luego de varios ataques de asma, nos contaba que finalmente se había curado, porque una vez lo habían encerrado en una habitación a respirar hierbas (no sé si quemadas, o con vapor). Otra forma de sanación que me recordaba mi hermana, fue que también lo llevaban a los corrales a respirar el “guano” (estiércol) de cabras, y que eso abriría las vías respiratorias.

Esa complicidad, de curar, de percibir lo que otras personas pasan de largo, la comparto con mi tía. Ella da unos besos en la frente o unos abrazos que hacen que nos entendamos… y compartimos esa creencia en las energías que mueven al mundo, que se tornan contradictorias con sus creencias católicas, pero que al fin y al cabo están. Ella siente, y presiente, y hay cosas que no hace falta hablar, porque sabemos que suceden, y que la tildan y nos tildan de locas… Pero al fin y al cabo todo el mundo vive aprendiendo a disimular como si no las creyera.

En cuanto a la relación con otras personas que intervinieron sobre mí, fuera de mi familia, recuerdo dos situaciones a los 4 o 5 años. Una de ellas, a partir de unas paperas, en la que mi padre me llevó a la casa de un vecino o vecina, que me hicieron poner los pies sobre arena, mientras rezaban… La otra situación, en un viaje de visita a familiares en Tucumán, en donde veían que tenía una pierna más corta que otra y una mujer me tocaba las piernas como masajeándolas de arriba para abajo.

Más allá de la conciencia sobre malestares provocados por bacterias, infecciones, y demás, entiendo que hay una gran influencia sobre los estados anímicos de las personas, que impactan sobre su salud. Quizás lo que diga no es nada nuevo, pero el autoconocimiento corporal, conocer las propias emociones, hacerlas conscientes en este mundo que nos violenta constantemente, es un desafío diario. Suele sucederme que dolores de garganta, son productos de cosas que no me animo a decir, dolores de panza de situaciones reprimidas, dolores de cabeza, problemas sin resolver…

Cuánto más nos queda por aprender… y cuánto más nos queda por compartir.

Carolina

Carolina Díaz (29 años). Licenciada en Diseño Gráfico

Cuando hablo de sanación, pienso en lo natural que ha sido en mi vida, al punto tal de sorprenderme de escuchar que a amigas y amigos nunca les habían curado, por ejemplo, el empacho.

Quizás porque desde siempre ha sido algo habitual en la familia. De hecho, es casi un mandato que todas las mujeres que sean ya madres aprendan las prácticas básicas de sanación para ejercerlas con sus hijos e hijas. Así fue que mi madre y su hermana aprendieron de mi abuela a curar el empacho y la ojeadura, en sus diversas maneras.

Mucho no conozco estas prácticas, no sé en qué radica su poder de sanación realmente, ni en qué va bien la dolencia. Si me refiero, por ejemplo, a la ojeadura, que no es más que un dolor de cabeza. Siempre, la sanación, fue natural para mí.

Tuve alguna vez la oportunidad de preguntarle a mi abuela, que lleva a cabo estas prácticas y las ha transmitido, quién se las enseñó y por qué. No me sorprendió en absoluto que haya sido su madre (o quien en ese entonces cumplía el rol de madre con ella) la persona que le transmitiera tales conocimientos. Tampoco que fuese enseñado como “algo más que debe saber una mujer casada con hijos, además de cocinar”, y es que en el contexto de lejanía donde ella creció, los médicos escaseaban y las prácticas alternativas le significaron una forma rápida y eficaz de resolución.

Así es que, en la familia la enseñanza llega en el momento culmine en que sentimos, creemos, confiamos y necesitamos sanar a un/a otro/a; con la convicción de que sólo con nuestras manos y energía, podemos combatir todo mal en su cuerpo. Y siempre y cuando una sea mayor de edad y la práctica se transmita en Pascuas o Navidad, días e instancias de la vida que siempre me parecieron curiosas para poder aprender, pero que, en la lógica de la sanación, significan momentos de espiritualidad y comunión.

Noelia

Noelia López (34). Estudiante de la Licenciatura en Sociología (Uncuyo)

Como experiencias en sanación voy a nombrar a mis referentes familiares: mi tía abuela materna y mi madre.

Mi abuela, de chicos, siempre tenía alguna hierba curativa en su jardín para cualquier tipo de dolencia: si nos dolía la panza nos daba un té de manzanilla, si nos dolía el hígado un té de matico o con menta también. Para saborizar el té común le agregaba hojitas de cedrón o de burro, o para el mate con mi mamá; si nos quemábamos, aloe vera para calmar el dolor y que cicatrice bien. Ella siempre sigue conservando esas hierbas medicinales, y se​ ​lo​ ​transmitió́​ ​a​ ​mi​ ​madre​ ​que​ ​también​ ​​ ​tiene​ ​​ ​en​ ​su​ ​jardin​ ​diversas​ ​hierbas​ ​curativas.

De la misma manera, en las comidas de mi abuela (¡¡¡que hasta el día de hoy adoramos!!!), como las de mi mamá, les agregan hierbas aromáticas del jardín: orégano, perejil, romero, laurel, tomillo, albahaca entre otras, que también considero que son terapéuticas​ ​​ ​y​ ​​ ​la​ ​fusión​ ​de​ ​sus​ ​aromas​ ​son​ ​realmente​ ​sanadores.

De chicos y ante alguna dolencia nuestra, mi mamá optaba en primer lugar por alguna hierba natural o métodos alternativos, por ejemplo, si teníamos empacho nos llevaba a Angélica, una mujer muy reconocida en el pueblo, ella era enfermera, pero también hacia terapias alternativas, ella nos tiraba el cuerito, y santo remedio, nos dejaba​ ​como​ ​nuevos.

De grande ante cualquier dolor de mi cuerpo sigo eligiendo un té de hierbas o cataplasmas con hierbas medicinales en la zona del dolor; realmente es bueno tener la posibilidad de incorporar bienestar, salud y equilibrio a nuestro ser a través de terapias alternativas, evitando todo tipo de impurezas a través de medicamentos impuestos y dominantes que dicen sanar nuestro cuerpo.

Corpobiografías de amigas

Tenía 12 años, recuerdo que me dolía una pierna, pasé por varios estudios en el hospital y no me encontraron nada. Mi papá me llevó a un curandero que se encontraba en Guaymallén, muy conocido… se llamaba Mateo Vaca (oriundo de Lavalle). El tema fue que no tuve contacto con él (que en ese momento se encontraba en silla de ruedas) sino que a través de su sobrina tuve la sanación. Consistió en pasar el filo de un cuchillo por toda la pierna y caminé idas y vueltas, hasta que empezó a pasar el dolor. Era un hombre muy conocido por sus curaciones y transmitió́ a su sobrina esos saberes.

Cuando tenía 9 años aproximadamente tuve una infección urinaria, me encontraba en el campo (Lavalle) con mi familia. Primero me llevaron al médico, pasé por varios análisis, me dio medicamentos y no se me pasó de esa manera. Después me llevaron a un curandero que me dio “palo azul” acompañado de otros yuyos​ ​medicinales, ​ ​solo​ ​así​ ​pude​ ​calmar​ ​mi​ ​dolor.

A los 20 años tuve culebrilla, la primera instancia fue ir al médico, me medicó y recetó un antibiótico para el herpes y un calmante. Me dijo “el dolor te va a durar 6 meses”. Al comentar mi situación, me recomendaron una señora que solo cercanos conocían, que hacía la curación con tinta china para frenar la culebrilla, el bicho. A esta mujer la apodo Nini, ya que me pidió no divulgar su nombre. Fue impresionante lo que sentí. Ella me dijo que rodeaba la mitad de la cintura, no había llegado tan lejos, y con el algodón y tinta china me fue marcando el camino del herpes y en eso que me va marcando, ella empieza a tener arcadas, a sentir náuseas. Me dijo que no lo hacía al trabajo porque afectaba a sus hijos, que sólo porque me conocía me lo hacía. Fui como tres veces para sacar el dolor, me daban puntadas, pero ya no me dolía. Ahí comprobé que a través de esta curación no iba a sufrir tantos meses como me había dicho el médico. El dolor me duró 2 días, igual no dejé de tomar lo que me habían dado; por las dudas alterné los medicamentos con la curación.

Experiencia acción creativa

Luego del trabajo de escritura, nos dimos otra instancia de trabajo manual con esas emociones, sentires y memorias despertadas. La experiencia tuvo como objetivo la integración de elementos tales como la materia, acción e imagen en la producción de auto-conocimiento sobre las experiencias de sanación por parte de las/es/os integrantes del equipo. Este ejercicio de introspección permitió vincular la experiencia sanadora a partir de la práctica creativa mediante la producción individual de imágenes plásticas-visuales. Para ello se establecieron previamente premisas respecto de las cualidades expresivas de la materia.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

El proceso implicó una vinculación con el acto creador, en un diálogo intuitivo y sensitivo con los materiales que fueron dando forma a la auto-expresión y auto-representación individual y luego colectiva. Esta actividad fue registrada mediante recursos fotográficos y audiovisuales.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

En un primer momento se trabajó el modelaje con la arcilla. Entendiendo la tierra como extensión del cuerpo para representar las experiencias vividas respecto de la sanación-curación-cuidados en la producción de una forma plástica / visual. En un proceso de introspección, reflexión y representación matérica de experiencias sensoriales almacenadas en la memoria y en el imaginario. La actividad se orientó con la propuesta de representar diferentes estados respecto de la sanación: en el pasado, su situación en el presente y finalmente su proyección a futuro.

En un segundo momento se elaboró una reflexión individual en torno de la experiencia vivida y sentida durante la realización de las piezas. Luego, se inició una ronda de comentarios sobre lo producido y sus significados. Al finalizar cada relato, se procedía a limpiar las manos con retazos de tela a la siguiente compañera/o que tomaba la palabra a continuación, produciendo una comunicación gestual de cuidado y contención.

Imagen de la experiencia creativa con arcilla

Colectiva Desenfocadas, septiembre 2017.

El tercer momento consistió en la elaboración colectiva en torno de la experiencia creativa y los sentidos asociados, recuperando los relatos autocorpobiográficos de cada compañera. Nos interesa destacar la experiencia de les integrantes del equipo de investigación envueltos en el proceso de indagación en tanto sujetxs a conocer.


  1. Esta entrevista se realizó en Chiapas, México, durante una estancia de intercambio de Daniela, integrante del equipo de investigación. Consideramos interesante incluir esta entrevista a pesar de no haber sido realizada en Mendoza, ya que la entrevistada aporta una trayectoria con elementos novedosos en relación a las demás terapeutas alternativas, en particular, su definición feminista.
  2. En la instancia de autoescritura algunas/os integrantes decidieron abstenerse, en particular los varones del equipo.


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