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Imágenes de la vida monstruosa[1]

Inmigración y género a través de la fotografía
de Susan Meiselas

Andrea Torrano

Introducción

A partir de las investigaciones de Michel Foucault, se desarrolla una corriente de pensamiento que describe el ejercicio del poder en Occidente como biopolítico. La biopolítica refiere al “conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política, una estrategia política, una estrategia general de poder” (Foucault, 2006: 15), y comienza a desarrollarse entre mediados del siglo XVIII y principios del XIX, consolidándose durante la década de 1970 con el neoliberalismo (Foucault, 2007).

La biopolítica busca optimizar un estado de vida, maximizar las fuerzas y expandirlas. Se trata de un poder que “hace vivir” —de allí que la vida se convierta en un objeto y objetivo primordial— y, al mismo tiempo, “deja morir”[2]. Esto significa que sobre el continuum de lo viviente humano se establecen cortes que suponen una diferenciación y jerarquización de las vidas en términos de género-clase-raza, que permiten diferenciar qué vidas son “vivibles” y cuáles no (Butler, 2006: 17).

Si bien Foucault no se ha ocupado de la cuestión de la migración, desde hace poco más de una década ésta ha sido abordada desde una perspectiva biopolítica o de la gubernamentalidad[3]. La importancia de la migración radica en que “constituyen el fenómeno biopolítico mayor de nuestro tiempo” (Bonilla, 2012: 113). En los procesos migratorios, es posible advertir que esta gestión diferencial sobre la vida funciona al establecer umbrales entre la migración deseada y la migración no deseada, de modo tal que se tiende a potenciar la primera y a desalentar o, directamente, rechazar la segunda. Aunque se suele hacer la distinción entre migración deseada y no deseada, es importante complejizar ambas categorías y observar que, más que una tajante separación, habría una continuidad entre ellas que permite convertir, por ejemplo, a la migración no deseada desde el discurso oficial en migración deseada para trabajos precarizados.

Nuestro punto de partida es que una mirada que ponga el acento en el género debe abordar esta gestión diferencial de la migración en relación, al menos, a tres fenómenos que se encuentran estrechamente vinculados: la feminización de la migración, la feminización del empleo y la feminización de la precarización.

Por feminización de la migración se hace referencia a una diferencia sustancial: “el aumento sostenido en la proporción de mujeres que migran de forma independiente en búsqueda de empleo, en vez de hacerlo como ‘dependientes familiares’ que viajan con sus esposos o se reunifican con ellos en el exterior” (Pérez Orozco, Paiewonskyy García Domínguez, 2008: 36). Si bien en algunos flujos migratorios, por ejemplo desde Latinoamérica hacia Europa, ha aumentado la cantidad de mujeres que migran en comparación con los varones, se alude más que a un aspecto cuantitativo a uno cualitativo.

Por feminización del trabajo se comprende la tendencia a la producción de bienes inmateriales, propios del posfordismo, en contraposición a la producción de bienes materiales que caracterizó al fordismo industrial. Para esta producción, se hacen indispensables la comunicación, el conocimiento, el afecto y la creatividad, que inauguran nuevas figuras del trabajo, especialmente se destaca el trabajo afectivo (Virno, 2003; Malo de Molina, 2001). Además, comienzan a visibilizarse ciertos trabajos que históricamente han sido realizados por mujeres.

Por último, por feminización de la precarización se hace alusión a la precarización producida por las políticas neoliberales que agudizan la precariedad previa que ya sufrían de forma diferencial ciertos grupos y que impactan especialmente sobre las mujeres (Lorey, 2016). Principalmente porque a las mujeres les resulta más difícil acceder a empleos no precarizados y, también, porque cuentan con peores condiciones laborales y salariales que los varones.

Estos tres fenómenos se cristalizan especialmente en el trabajo doméstico, de cuidados y sexual realizados por mujeres migrantes. En este artículo nos centraremos en los dos primeros: el trabajo doméstico y de cuidados. Para ello haremos una selección de las fotografías que Susan Meiselas —miembro de la Agencia Magnum Photos— presentó como parte del proyecto “Seis visiones fotográficas sobre la inmigración en España”, exhibidas en la muestra “Madrid Inmigrante” en 2006[4]. En esa oportunidad se exhibieron unas 20 fotografías que daban cuenta de las distintas tareas realizadas por las mujeres migrantes ecuatorianas integrantes del equipo de fútbol del Club Deportivo Cultural Master, de las cuales seleccionamos cinco, que tematizan específicamente el trabajo doméstico y de cuidados, y su victoria deportiva. Es decir, sus labores (re)productivas pero también de (re)creación.

Es importante dimensionar el impacto que tuvo la inmigración en España en los años previos a la exhibición “Madrid Inmigrante”. España históricamente fue un país de emigración, pero desde fines del siglo XX se produce un aumento de la inmigración, especialmente la proveniente de Latinoamérica. Desde 2000 a 2005, la inmigración latinoamericana creció un 663 por ciento, en la cual la migración ecuatoriana casi se cuadruplicó. Si a eso se le agrega el número de personas que obtuvieron durante este período la nacionalidad española, se puede concluir que el número de latinoamericanos viviendo en España se sextuplicó (Gil Araujo y Pedone, 2014: 344). La migración ecuatoriana fue la comunidad latinoamericana más numerosa en el cambio de milenio, esto se debe a la reorientación de los flujos hacia España y no ya hacia los Estados Unidos, como fue característico en décadas anteriores. Asimismo, se observan algunos cambios en patrones migratorios, concretamente tiene lugar una incorporación significativa de mujeres y jóvenes que migran de manera independiente y no necesariamente asociativa y una diversificación de sus orígenes socioeconómicos (Cerrutti, Maguid y Díaz Gil, 2011: 29).

Para analizar estas fotografías quisiéramos proponer la noción de monstruosidad, entendiéndola como una categoría analítica que sintetiza la articulación entre género, raza y clase —considerados como elementos entrelazados bajo la denominación de interseccionalidad (Davis, 2004)[5]. La asociación entre feminización, racialización y precarización con la monstruosidad da cuenta de un sistema jerarquizador que está implícito en la lógica binaria de oposiciones (varón/mujer, blanco/no blanco, capitalista/proletario). En este sentido, como advierte Rosi Braidotti (2011: 80), “dentro de este sistema dualista, los monstruos son, como los sujetos corporales femeninos, una figura devaluada de la diferencia” (traducción propia).

La categoría de vida monstruosa nos permitirá articular la perspectiva biopolítica con la migración y el género. La vida monstruosa se presenta desde una valoración del poder como forma devaluada[6] en términos de género, raza y clase, frente a una forma de vida considerada como valiosa. Así, la vida monstruosa permite observar la gestión diferencial del poder y denunciar las formas de jerarquización de la vida. Pero también esta categoría posibilita dar cuenta de la hibridez de las formas de vida; es decir, de la tensión entre domesticación y resistencia, entre una forma de vida útil y (re)productiva y una potencia de vida que crea redes de afecto y vida en común.

La etimología del término monstruo —del latín monstrum—remite al que muestra algo: una revelación divina, las infinitas posibilidades de la naturaleza o lo que el ser humano puede llegar a ser. El monstruo es una figura que, a la vez, espanta y maravilla. La fotografía, por su parte, también nos muestra algo: “encarna un modo de ver”, que se revela tanto en el fotógrafo como en quien percibe una fotografía (Berger, 2000: 16). La monstruosidad sugiere una retórica y una gramática visual, esto es, un modo de decir y de ver, dos marcos que articulan el campo de la monstruosidad (Cortés Rocca, 2016). En este sentido, consideramos que la fotografía de Meiselas sugiere un modo de ver y decir sobre la monstruosidad, muestra lo femenino y la inmigración, dos figuras que han sido históricamente constituidas como monstruosas.

(In)visibilidad de las mujeres migrantes precarizadas

Como señala Robert Castel, a fines del siglo XIX nace la forma de Estado social, cuya versión más acabada fue el Estado keynesiano, que a través del derecho al trabajo y la protección social buscaba reducir la inseguridad social y mantener en un nivel bajo el riesgo de desempleo, enfermedad, accidentes y exclusión social. “El Estado desempeñaba el papel de garante del mantenimiento de la organización del trabajo y de la regulación de la movilidad de los trabajadores” (Castel, 1995: 17). Surgen así una serie de instituciones que se encargarán de garantizar la salud, la seguridad social, el empleo, la educación, para contrarrestar la pobreza, la vulnerabilidad y la precariedad. El trabajo asalariado era la base sobre la cual se debía sostener esta forma de protección social. “La función esencial del Estado en la sociedad salarial […] fue sin dudas haber conseguido neutralizar la inseguridad social, es decir, actuar eficazmente como reductor de riesgos sociales” (Castel, 2008: 47-48).

A fines del siglo XX, con el auge del neoliberalismo, el Estado social desaparece y en su lugar emerge, como lo denomina Isabell Lorey, un “Estado de inseguridad”. La característica de este Estado es que ya no brinda protección —la protección se convierte en un bien privado—, sino que gobierna a través de la inseguridad y la precarización. La precarización deja de ser una excepción y se convierte en una condición a la que el conjunto de la población se encuentra sujeta. Para Lorey (2016: 73), “las condiciones de vida y de trabajo precarias están normalizándose en un plano estructural y se han convertido por ende en un instrumento fundamental de gobierno”.

En tal sentido, puede advertirse un pasaje desde un Estado social basado en la condición salarial (Castel, 1995 y 2008) a un Estado de inseguridad basado en la condición de precarización (Lorey, 2016; Precarias a la Deriva, 2004a). Dicha precarización debe ser reconocida tanto en términos de empleo precario como en las condiciones de vida. Por empleo precario entendemos las formas de explotación insegura, no-garantizada, flexible: desde el empleo ilegalizado, estacional y temporal hasta las tareas domésticas, trabajos flexibles y temporales, a subcontratistas o autónomos (Frassanito-Network, 2005). Mientras que por condiciones de vida hacemos referencia a la “condición políticamente inducida en la que ciertas poblaciones adolecen de falta de redes de apoyo sociales y económicas y están diferencialmente más expuestas a los daños, la violencia y la muerte” (Butler, 2010: 46)[7].

La precarización a la cual es conducida la totalidad de la vida en el neoliberalismo presenta un fuerte impacto especialmente en la mujer trabajadora migrante. El colectivo Precarias a la Deriva radicalizó el conflicto de la precarización y su conexión con el trabajo doméstico, de los cuidados y sexual, y, al mismo tiempo, puso de relieve la cuestión de la migración femenina —principalmente, argentina y ecuatoriana— en Madrid. Una de sus acciones colectivas más significativas fue cartografiar la precarización del trabajo de las mujeres, en su mayoría migrantes, poniendo de relieve diferentes localizaciones y condiciones precarias de vida y trabajo, como una forma de producir saberes comunes[8].

En una dirección similar proponemos analizar las fotografías de Meiselas, cuyo objetivo es también hacer visible las experiencias en las tareas cotidianas de un grupo de mujeres ecuatorianas en Madrid, revelar los espacios de trabajo y las tareas que realiza cada una de las migrantes. Las imágenes exhiben el trabajo doméstico y de cuidados remunerado, como también labores domésticas en el propio hogar y actividades recreativas. En este sentido podemos decir que se trata de modos de visibilizar aquellas tareas que fueron ocultadas en la experiencia del empleo regular, a tiempo completo y de largo término, que caracterizó al fordismo, y hacer emerger la precarización del trabajo como una condición cada vez más extendida en el posfordismo, particularmente, en el trabajo realizado por las mujeres.

De acuerdo con Silvia Federici, la invisibilización a la que fue sometido el trabajo femenino se remonta al proceso de acumulación originaria que tuvo un fuerte impacto en la posición social de las mujeres:

la acumulación originaria no fue, entonces, simplemente una acumulación y concentración de trabajadores explotables y capital. Fue también una acumulación de las diferencias y divisiones dentro de la clase trabajadora, en la cual las jerarquías construidas a partir del género, así como las de “raza” y edad, se hicieron constitutivas de la dominación de clase. (Federici, 2016: 105.)

Esto tuvo como consecuencia una “división sexual del trabajo” en la cual el trabajo masculino fue definido como creador de valor, mientras que el trabajo al que fueron condicionadas las mujeres (doméstico, de cuidados) comenzó a juzgarse sin valor e, incluso, dejó de considerarse como trabajo o calificarse como meramente reproductivo.

El desarrollo del capitalismo debe comprenderse como un proceso de proletarización masculina que se plasma en el Estado social basado en el trabajo asalariado del varón. Esto aseguró un régimen heteronormativo y burgués que garantizaba un lazo entre el trabajo, la familia y la nación (Mitropoulos, 2005 y 2009). En la actualidad, asistimos más bien a un proceso de precarización del trabajo sobre el cual se erige el Estado de inseguridad, una expansión de la precarización y la emergencia de nuevas formas de trabajo que no redujo la desigualdad entre el empleo masculino y femenino; por el contrario, el trabajo que realizan las mujeres continúa siendo devaluado o no pagado.

Asimismo, las crisis económicas y el desempleo que se producen en el capitalismo globalizado afectan más intensamente a las mujeres; especialmente a aquellas que habitan en países empobrecidos. Este fue el caso de Ecuador, donde la agudización de la crisis sociopolítica y económica a fines de la década de 1990 condujo a que un gran número de mujeres emigrase hacia Europa, mayoritariamente a España, fenómeno que se denominó “estampida de la población ecuatoriana” (Ramírez Gallegos, 2005). En un primer momento —durante 1998 y 1999—, la llegada de población ecuatoriana al mercado de trabajo agrícola mostraba un equilibrio entre sexos; posteriormente —a principios de 2000—, se difundió la posibilidad de que la mujer se insertase en el trabajo doméstico, convirtiéndose en el primer eslabón de la cadena migratoria. Esto supuso romper con una representación social muy afianzada en relación a la organización y ejecución de los proyectos migratorios internacionales como una decisión eminentemente masculina (Pedone, 2005). La migración de las mujeres y su inserción en el mercado laboral europeo produjo profundas transformaciones a nivel familiar y en las relaciones de género, tanto en los lugares de origen como de destino (Pedone, 2006)[9].

En este sentido, las fotografías de Meiselas revelan dos fenómenos de nuestra época: la feminización del trabajo y la feminización de la migración, las cuales se conjugan en la feminización de la precarización, ya que la mayoría de las mujeres migrantes realizan trabajos informales, temporales y mal pagos. Las experiencias de la migración laboral femenina se manifiestan especialmente en el trabajo doméstico y de cuidado[10]. Si el Estado social se caracterizó por el estrecho vínculo entre migración y trabajo industrial, por el contrario, para estas migrantes el lugar de trabajo no será la fábrica sino el espacio de lo doméstico.

Las fotografías tornan visibles las tareas (re)productivas en el ámbito de lo doméstico, exhiben los cuerpos femeninos racializados que parecen no poder escapar a dichas tareas; en este caso: la niña que juega a ser mamá con su muñeca reproduce lo que será su rol como madre, pero, al mismo tiempo, lo que será su trabajo.

en casa con hija y muñeco

Aquí podemos observar cómo la feminización del trabajo refuerza las jerarquías sociales del orden patriarcal —la mujer como reproductora—, como también de un orden racista de legado colonial —la mujer racializada como cuidadora de una bebé blanca. Además, la imagen pone en segundo plano a la mujer adulta que parece retornar a su hogar después de una jornada laboral, donde el cuidado del hogar queda relegado por la necesidad de un trabajo remunerado fuera de la casa. Esto nos conduce a observar la necesidad de una perspectiva interseccional sobre el trabajo, ya que una mirada sólo de género no nos permitiría ver la subalternidad que se da entre las mujeres en relación a la clase y la raza.

En efecto, podríamos decir que las fotografías visibilizan la relación entre las labores y los cuerpos o, para ser más precisos, la asignación de tareas a los cuerpos racializados de las mujeres. La denominada “crisis de los cuidados” puso de relieve la tensión entre la lógica del mercado —la inclusión de las mujeres al mercado de trabajo— y la lógica del cuidado —la tarea que de forma obligatoria, aunque naturalizada, se hicieron cargo las mujeres como forma de responsabilidad social para el sostenimiento de la vida (del Río, 2004). Esto produjo una transferencia de trabajo doméstico y de cuidado en el capitalismo global, que genera una especialización de género —entre unas mujeres y otras— del trabajo reproductivo más amable (no asalariado) y el más duro (precario) (AA. VV., 2004: 19).

Dicha transferencia de cuidados se produce en el caso de España hacia mujeres migrantes, quienes encuentran nuevas oportunidades de empleo a través de la emigración. Son ellas las que en el capitalismo actual desarrollan las tareas domésticas y de cuidado reemplazando a las mujeres del Norte que se integran al mercado laboral calificado. De esta manera, se revelan las cadenas de movilidad-inmovilidad entre mujeres:

En el entretejido de la cadena de cuidados, habita una tensión entre extremos, dejando al descubierto cómo unas son más móviles gracias a la inmovilidad de otras: la migrante viaja gracias a que una se queda en su lugar (usualmente un familiar no remunerado: la abuela o hermana mayor) y la contratante del Norte puede ir a trabajar gracias a la permanencia de la cuidadora remunerada en su hogar. (Gago, 2004.)

Esta fotografía nos muestra la transferencia de cuidados que se produce entre las mujeres: cuando, retomando la distinción/clasificación que realiza Yuderkys Espinosa Miñoso, las mujeres blancas burguesas se independizan y comienzan a integrarse al mercado laboral, son las mujeres empobrecidas y racializadas (aquí nos referimos a las latinoamericanas, pero esta caracterización también remite a las mujeres indígenas y afros) quienes deben realizar estas tareas. De allí que desde una perspectiva interseccional (y decolonial) nos podamos preguntar: “¿a costa de quién era que se suponía que las mujeres se iban a liberar? ¿Quiénes están llamadas a pagar el precio de la liberación de unas cuantas?” (Barroso Tristán, 2014: 26). Esto nos advierte no sólo sobre la reproducción de jerarquías en torno a la raza y la clase intragénero, sino que también visibiliza la reproducción de la división sexual del trabajo: son en definitiva las mujeres las que siempre deben garantizar el cuidado.

Aquí se hace necesario mencionar la distinción entre trabajo productivo (de producción de bienes materiales e inmateriales) y reproductivo (doméstico y de cuidados), que ha estructurado el mundo del trabajo en el capitalismo. Históricamente se ha desvalorizado el trabajo reproductivo por sobre el productivo y se lo ha invisibilizado en tanto se mantiene en el ámbito de lo privado. El feminismo ha cuestionado esta división señalando que “el trabajo doméstico no sólo reproduce la ‘vida’, sino también la ‘fuerza de trabajo’, comenzamos por separar dos esferas distintas de nuestra vida y trabajo que aparentemente están indisolublemente conectadas” (Federici, 2010: 7).

Las fotografías de Meiselas dan cuenta de la reproducción del trabajo de los cuerpos femeninos y, al mismo tiempo, de la reproducción en serie que posibilita la cámara de fotos. Así, los cuerpos retratados y la técnica fotográfica permiten poner de relieve la tarea de reproducción, que puede ser comprendida como una actividad pasible de una repetición continua[11].

En la imagen siguiente se puede observar cómo dos mujeres —blanca y no blanca— realizan tareas de limpieza, la cual es reproducida en el espejo. Dicha duplicación de la imagen de las tareas domésticas realizadas por las mujeres podría interpretarse como la continua reproducción del trabajo reproductivo de las mujeres. El trabajo reproductivo, remunerado y no remunerado, se presenta como una actividad a la que la mujer en la esfera doméstica parece no poder escapar.

cuidadora

Las fotografías exhiben a los cuerpos según un modo de ver que involucra tanto a la fotógrafa como a las y los espectadores. Pero no debemos desconocer que se trata de un régimen de visibilidad producido por una mujer en el que se refleja la jerarquía de clase y racial. Meiselas revela el trabajo de las mujeres migrantes, no obstante, dicha exhibición no escapa a la lógica diferencial que atraviesa la vida, incluso la vida entre las mujeres: una exitosa fotógrafa blanca, norteamericana, que retrata a mujeres racializadas en trabajos precarizados en España[12]. El objetivo de la cámara vuelve a los cuerpos de estas mujeres en objetos de apropiación de un medio artístico europeo. Los cuerpos son capturados por el lente de la cámara y, simultáneamente, son capturados por los modos de ver que reproducen las jerarquizaciones de clase, género y raza en el capitalismo.

Aquí puede observarse claramente una distinción biopolítica sobre la vida, es decir, el corte en el continuum de la vida entre aquellas vidas “vivibles” y las vidas “que no merecen ser vividas” (Butler, 2006 y 2010). Pero la cuestión adquiere una mayor complejización porque en estas existencias precarizadas se pone de relieve su utilidad económica y política. La precarización supone un beneficio económico, ya que somete a ciertas vidas a un empleo que incrementa la explotación, y un beneficio político, debido a que atenta contra la posibilidad de organización de las y los trabajadores. Si comprendemos esta precarización no sólo como un estado excepcional o pasajero sino como una forma de amenaza permanente a la vida de la población, “llamaríamos entonces precariedad al conjunto de condiciones, materiales y simbólicas, que determinan una incertidumbre acerca del acceso sostenido a los recursos esenciales para el pleno desarrollo de la vida de un sujeto” (Precarias a la Deriva, 2004a: 28).

La noción de monstruosidad emerge en este contexto para dar cuenta de esa forma de vida devaluada. La distinción y jerarquización que se establece entre las vidas pone en evidencia cómo ciertas vidas son valoradas mientras que otras son desvalorizadas. Dicha separación debe ser comprendida a partir de la interseccionalidad, la cual permite articular las clasificaciones en términos de género, raza y clase. La vida monstruosa sería entonces esa vida desvalorizada: mujeres migrantes precarizadas. Una clasificación que engloba, al igual que la monstruosidad, la diferencia devaluada; de allí que consideremos que la monstruosidad es una categoría apropiada para analizar la migración femenina y la precarización a la que se encuentra sujeta.

Inscribir la categoría de monstruosidad en el análisis de las fotografías de Meiselas nos permite dar cuenta de la retórica y el ordenamiento de los cuerpos de las mujeres migrantes precarizadas. Las fotografías, al igual que el monstruo, tienen como objetivo hacer visible esa fuerza de trabajo que ha sido invisibilizada, y, en ese desocultamiento, exhibe la apropiación y explotación de los cuerpos. Las imágenes muestran el poder del capitalismo para capturar todo lo viviente: el trabajo doméstico y de cuidados se convierten en indispensables para la extracción de plusvalía.

Pero, como veremos en la sección siguiente, esta recuperación de la noción de monstruosidad no tiene la intención de reproducir los modos de ver y de decir propios del capitalismo, que tienden a valorar la diferencia como negatividad. Por el contrario, se trata de una apropiación de la monstruosidad como categoría política (Del Lucchese y Bove, 2008) que permite pensar en la potencia de esas vidas que han sido históricamente consideradas como devaluadas. Con la noción de vida monstruosa nos proponemos denunciar la gestión diferencial del poder sobre la vida, que opera bajo la lógica binaria de género, raza y clase; como también reconocer la hibridez de las formas de vida, esto es, la tensión inherente a la existencia precaria: que es utilizable por el capital, pero que, al mismo tiempo, genera redes de afecto y vida en común, como prácticas de resistencia.

Precarias monstruosas

Si en el Estado social la precarización era apenas visibilizada, en el Estado neoliberal (o de inseguridad) la precarización se encuentra en un proceso de normalización (Lorey, 2016): lo que antiguamente era considerado una excepción (Neilson y Rossiter, 2008) —el hecho de tener un empleo precario—, en la actualidad es una condición que se ha diseminado en nuestras sociedades. La precarización es una forma de subjetividad producida por el capitalismo actual. Pero esto no significa considerar a las personas precarizadas como subjetividades que han perdido toda posibilidad de resistencia. Por el contrario, se trata de pensar la capacidad de agencia de estas subjetividades, lo cual ha conducido a abandonar la expresión “precarizadas/os” —que remite a una forma pasiva— por la expresión “precarias/os”.

Ser precaria/o significa estar en una situación de empleo irregular, informal y de mayor explotación, pero también es una condición que engloba la totalidad de nuestra vida. Este fenómeno está en correspondencia con la colonización de la vida por parte del trabajo posfordista. Como advierten Hardt y Negri, el trabajo se convierte en biopolítico:

El biopoder llega a ser un agente de producción cuando todo el contexto de reproducción queda incluido bajo el dominio capitalista, es decir, cuando la reproducción y las relaciones vitales que la constituyen se vuelven directamente productivas[…] Los poderes de la ciencia, el conocimiento, los afectos y la comunicación son las fuerzas principales […] Cuando la inteligencia y el afecto (o, en realidad, el cerebro en conjunción con el cuerpo) se transforman en los poderes productivos primarios, hacen que la producción y la vida coincidan en el terreno en que ellos operan. (Hardt y Negri, 2006: 318.)

La producción inunda la vida disolviendo las barreras entre tiempo de trabajo y de no trabajo. Esto porque, en el posfordismo, el tiempo social de trabajo se extiende a la totalidad de la vida: “si el trabajo social recubre todo el tiempo de la vida e inviste todos los sectores de la sociedad ¿cómo se puede medir el tiempo de la totalidad en la cual está implicado?” (Guattari y Negri, 1999: 122). Nos enfrentamos, entonces, a la imposibilidad de medir el tiempo de trabajo debido a que éste no se encuentra reducido a la mera actividad que realiza el/la trabajador/a ni a la cantidad de bienes que produce, la expansión de la productividad a la totalidad de la vida elimina la posibilidad de medición del valor y, por tanto, las condiciones de explotación se intensifican.

Asimismo, el afecto se convierte en trabajo, en una fuerza de la cual es posible extraer valor. El trabajo afectivo es uno de los aspectos cruciales de las nuevas formas de trabajo (Guattari y Negri, 1999: 140-151), cuyas manifestaciones más patentes son el trabajo doméstico y de cuidado. Como señala Encarnación Gutiérrez Rodríguez (2010: s-p), “la devaluación social del trabajo doméstico está íntimamente ligada al carácter feminizado y racializado de la fuerza de trabajo que lo realiza”. El trabajo doméstico y el de cuidado son una expresión de las desigualdades globales encarnadas en los cuerpos de las mujeres. Se trata de un trabajo que, paradójicamente, pone en valor los afectos, que históricamente habían sido relegados del trabajo productivo, pero devaluándolo en tanto trabajo, al punto que vuelve a inscribirlo en la matriz colonial y de feminización del trabajo.

Las particularidades que presenta el trabajo en el posfordismo han conducido a establecer una distinción entre el precariado y el proletariado. Con el precariado nos encontramos frente a empleos que presentan algún grado de informalidad y son temporales, a diferencia del trabajo en las fábricas que se asocia a un empleo formal y duradero. Además, el precariado pone en evidencia otro fenómeno de nuestra época como es la crisis de la representación política: no hay una única forma de precarización, sino múltiples y de lo más variadas, de allí que sea difícil concebir una unidad o representación de la precaridad (Raunig, 2007). Bajo la denominación de precariado se reúnen productores/as culturales, trabajadores/as del conocimiento, trabajadores/as de los calls centers, trabajadoras domésticas y de cuidado, trabajadoras sexuales y también organizaciones de migrantes, iniciativas de personas en paro, etc.

Un rasgo singular de la precarización es su feminización (Federici, 2010; Sales Gelabert, 2016). Esto significa que la precarización presenta mayor incidencia sobre las mujeres, y, especialmente, sobre las mujeres migrantes. En el caso de las migrantes ecuatorianas en España, se observa que, por un lado, las políticas migratorias europeas niegan a la mayoría de las mujeres migrantes los derechos de ciudadanía, dejándolas en una situación de mayor vulnerabilidad para afrontar abusos en el ámbito laboral o social. La legislación en materia de extranjería establece que para conseguir un permiso de trabajo y no ser expulsada es necesario tener un contrato de trabajo o, como mínimo, una oferta firme de empleo. Por otro lado, la mayoría de las mujeres migrantes realizan trabajo doméstico, un sector que presenta serias dificultades a la regularización y que no contempla el acceso a la prestación por desempleo (Villaverde, 2012)[13].

Dicha feminización de la precarización de las migrantes queda retratada en las fotografías de Meiselas. Si bien allí no se explicita la condición migratoria ni la situación laboral de cada una de estas mujeres, a través de la visibilización de las diferentes tareas, particularmente de cuidado y domésticas, se pone de relieve las múltiples formas de precarización que encarnan la vida de las mujeres migrantes. Se trata de una fuerza de trabajo —afectiva— que está devaluada en tanto se la representa como un trabajo feminizado, racializado y precarizado.

Las fotografías señalan esa relación entre un cuerpo femenino racializado y el espacio, donde se potencia la captación de la vida, del tiempo, de los gestos, por parte del biopoder. La imagen de la mujer migrante limpiando los barrotes de la puerta de ingreso de un edificio revela la confinación de estas mujeres, podríamos decir que simula la captura de los cuerpos en el encierro de la prisión. Las mujeres son presas del/en el espacio de lo doméstico[14]. Así, lo doméstico aquí podría verse como signo de la vida domesticada, de un tiempo y una fuerza apropiada por el capitalismo. La vida de las mujeres es emplazada en el ámbito de lo privado, del cual parece no poder escapar, espacio al que el pensamiento occidental ha juzgado como ajeno a la política.

limpiadora de casa

A diferencia de la fábrica, donde el trabajo productivo es realizado de manera conjunta y donde los/las trabajadores/as pueden generar redes de cooperación, en el espacio de lo doméstico las mujeres realizan un trabajo de manera aislada. Las fotografías exhiben a este grupo de mujeres migrantes efectuando sus labores generalmente de manera solitaria. En el trabajo doméstico y de cuidado, la vida de estas mujeres es privada de un quehacer colectivo.

Frente a esta consideración del trabajo afectivo como una tarea despolitizada por su misma condición de realización, quisiéramos recuperar la categoría de precariado, o más específicamente, de las precarias—para poder destacar el género femenino— pero entendiéndola en su capacidad de agencia política. Contrariamente a una concepción de las precarias como víctimas, tal como se las consideró desde las ciencias sociales, o como responsables de su propia autoexclusión, de acuerdo con el discurso neoliberal (Lorey, 2006), concebir a las precarias como sujetos políticos significa reconocer que las subjetividades producidas por el capitalismo están atravesadas por una tensión entre formas de sujeción y de subordinación, y prácticas de subjetivación y de resistencia (Balibar, 2014; Mezzadra, 2014).

La noción de vida monstruosa permite dar cuenta de la hibridez de las formas de vida, de mixtura entre la apropiación de ciertas vidas y sus resistencias: entre domesticación de la vida y la potencia para crear redes de afecto y vida en común. El monstruo encarna una forma de vida devaluada, la vida que es diferenciada y jerarquizada en términos de género, raza y clase. De allí que las mujeres migrantes precarizadas puedan ser interpretadas bajo esta categoría analítica que nos permite conjugar bajo la noción de monstruosidad estos tres elementos entrelazados. Siguiendo a Braidotti,

a menudo la diferencia se interpreta según el lenguaje de la monstruosidad. La función estructural o constitutiva que cumple este concepto de la diferencia como término peyorativo determina también que ocupe una función estratégica. Consecuentemente, puede servir para arrojar una luz sobre las relaciones de poder complejas y disimétricas que operan dentro de la posición de sujeto dominante. (Braidotti, 2002: 214.)

El término monstruosidad, que ha sido históricamente utilizado en un sentido peyorativo, permite denunciar las posiciones de dominación y subordinación a las cuales ciertas vidas son empujadas, pero también posibilita apropiarnos de esta noción en un sentido afirmativo, esto es, reconociendo en la monstruosidad una potencia de vida que exhibe su capacidad de creación y transformación (Negri, 2007; Torrano, en prensa). La monstruosidad puede ser comprendida como una forma de vida insurgente, es la posibilidad de crear modos alternativos de vida que escapen a la apropiación del capital, la apertura a las diferencias y de construir poderosas conexiones con otras y otros. El monstruo es, entonces, no sólo la encarnación de la diferencia devaluada sino también una figura de la resistencia que viene a romper las jerarquías de género, de clase y de raza.

Esta consideración de la monstruosidad puede articularse con la noción de precariado (o precarias) de la que hablábamos anteriormente. Para comprender al precariado como sujeto político es crucial establecer un desplazamiento desde la precarización como una condición exclusivamente laboral a una forma de vida, que incluye no sólo el trabajo sino la totalidad de la vida. Como señala Raunig (2007), “el precariado es monstruoso”: indica difusión, fragilidad y la multiplicidad por la discontinuidad con que se produce y se distribuye a sí mismo en el espacio pero, al mismo tiempo, alberga el potencial de engendrar concatenaciones de singularidades. En definitiva, el precariado “es un monstruo que no duerme”, es decir, la potencia del monstruo de resistir a la captura de la vida por el capital.

Si solapamos esta concepción del precariado con la migración, ambos caracterizados por la feminización, podemos comprender de manera más compleja el tema que nos ocupa. Así como el precariado debe ser abordado a la luz de la agencia política, del mismo modo el enfoque de la autonomía de las migraciones pretende tener una mirada diferente sobre las migraciones; esto significa “observar los movimientos y conflictos migratorios desde una perspectiva que priorice las prácticas subjetivas, los deseos, las expectativas y comportamientos de los propios migrantes” (Mezzadra, 2012: 160). Este enfoque, lejos de reducir “las subjetividades de movilidad a una subjetividad productivista del capitalismo”, resalta las tensiones y conflictos que tienen las/los migrantes y ubica esta perspectiva en un contexto más amplio que analiza la producción de subjetividad en el capitalismo (Mezzadra, 2012: 62).

Nos interesa reconocer que tanto el terreno de la precarización como el de la migración son un campo de disputa y confrontación entre los nuevos dispositivos de dominación y explotación y las prácticas de resistencia. Asimismo, queremos señalar que hablar de resistencia no significa que ésta siempre sea visible y se proponga en franca contraposición al biopoder (como las protestas realizadas en el Euro May Day durante los primeros años del siglo XXI, las acciones deloscolectivos Precarias a la Deriva, Migrantas o Territorio Doméstico), sino que muchas prácticas de resistencia se presentan de modo casi imperceptible, como formas de insubordinación a la lógica de dominación.

En este sentido, como señala James Scott (2004: 233), se debe “distinguir entre las formas abiertas, declaradas, de resistencia, que atraen más la atención, y la resistencia disfrazada, discreta, implícita, que comprende el ámbito de la infrapolítica”. Si bien esta última ha sido ignorada como práctica política, ha sido (y es) indispensable para comprender cómo los grupos subordinados encuentran prácticas y discursos que permiten enfrentar las formas de poder que los sujetan. En términos foucaultianos, podríamos decir que son prácticas de resistencia a escala microfísica que permiten crear nuevas formas de vida que rompen con la explotación e individualización, como también con la lógica binaria. Esto no significa derrotar definitivamente las relaciones de desigualdad, de subordinación y de precarización, sino encontrar nuevas formas de cooperación y vida en común en el capitalismo actual[15].

En esta dirección consideramos que puede leerse la fotografía de Meiselas que retrata al equipo de fútbol de las precarias migrantes. El ser parte de un equipo de fútbol genera un encuentro que permite redes de cooperación y afecto entre las precarias, donde la vida parece escapar al aislamiento y al espacio cerrado de lo doméstico. El campo de juego parece ser ese espacio de reunión y tarea en común, transformándose en espacio de la política. Es el espacio abierto, la cancha de fútbol, donde los cuerpos de las mujeres migrantes se encuentran y producen formas de cooperación que el trabajo (re)productivo parecería no habilitar. Al mismo tiempo, se refuerza a través del juego el lazo de afinidady las redes afectivas como miembros de un mismo equipo y con un objetivo común.

master team

Así, las imágenes no sólo representan lo que los cuerpos de estas mujeres reproducen en el trabajo, también exhiben lo que estos cuerpos pueden hacer, sus prácticas de resistencia en el fútbol. Se trata de un tiempo de recreación que se sustrae al tiempo de trabajo, y de una actividad colectiva que se opone a la actividad individual. En este sentido, el juego se manifiesta como una actividad de resistencia frente a la captación de la vida por el capital. Es en el juego como práctica de resistencia donde se establecen lazos de cooperación y vida en común.

El fútbol tradicionalmente ha sido un deporte de dominio masculino, donde el acceso y la participación de las mujeres estaba relegado. La apropiación del fútbol por parte de estas mujeres supone un desafío al patriarcado que las ha excluido de esta actividad por no responder a los roles y estereotipos de género (Ghiberto, 2017; Lopézde D’Amico, Benn y Pfister, 2016)[16]. En consecuencia, este grupo de mujeres migrantes no sólo resiste a la sustracción de la vida en el trabajo doméstico y de cuidado sino también expresa su resistencia al orden patriarcal que impregna el sistema capitalista. La monstruosidad se presenta aquí como modo de resistencia a los estereotipos, las jerarquizaciones y marginaciones, las segregaciones que impone un sistema patriarcal, capitalista y racial.

Esta fotografía retrata al equipo femenino de ecuatorianas como mujeres victoriosas: con sus medallas y trofeos deportivos y con sus condecoraciones de certámenes de belleza. Elementos que suelen estar enfrentados pero que aquí dan cuenta de la hibridez de las formas de vida (y por tanto monstruosa) de estas mujeres y su desafío a las asignaciones de género. Meiselas exhibe la conquista del fútbol por parte de estas mujeres y, a su vez, su apropiación (como fotógrafa) del régimen de la visión, el cual también ha pertenecido históricamente al orden patriarcal.

Conclusión

En este artículo, nos propusimos examinar desde una perspectiva biopolítica la articulación entre migración y género. Para ello partimos de una gestión diferencial sobre la vida, que nos permitió abordar tres fenómenos que se encuentran entrelazados: la feminización de la migración, la feminización del trabajo y la feminización de la precarización. La primera refiere a que las mujeres se convirtieron en el primer eslabón de la cadena migratoria, lo cual supuso romper con esa representación donde el varón es el precursor de un proyecto migratorio. La feminización del trabajo permite comprender al trabajo afectivo como productor de valor, trabajo que generalmente es realizado por las mujeres. Por último, la feminización de la precarización pone en escena que la precarización no sólo se refiere a una condición salarial, sino que es también una condición de la existencia que afecta generalmente a las mujeres y, especialmente, a las mujeres migrantes.

Las experiencias de la migración laboral femenina se manifiestan generalmente en el trabajo doméstico y de cuidado; por lo general, se trata de un trabajo irregular, informal, temporal y mal pago. Las mujeres migrantes latinoamericanas encuentran oportunidades de empleo en los trabajos doméstico y de cuidados, reemplazando a las mujeres del Norte que se integran al mercado laboral calificado. Dicha transferencia de cuidados reproduce la división sexual del trabajo y, al mismo tiempo, las desigualdades intragénero. De allí que se hace central una mirada interseccional, que tenga en cuenta no sólo la desigualdad de género sino también de clase y de raza. De otro modo, esta situación laboral a la que se ven conducidas las mujeres migrantes pasaría desapercibida si atendiéramos sólo a la categoría de género. Otra de las características que se destacaron en relación al trabajo doméstico y de cuidados es que se trata de una actividad que otorga un valor económico a los afectos —lo cual fue históricamente excluido del trabajo— y lo inscribe en la matriz colonial y de feminización del trabajo.

La selección de las fotografías de Meiselas nos permitió dimensionar el emplazamiento de las mujeres migrantes al espacio de lo doméstico. La mujer parece no poder escapar de este espacio, el cual está signado por un trabajo solitario: la actividad está privada de un quehacer colectivo y, por tanto, las posibilidades de cooperación entre trabajadoras son prácticamente nulas. Asimismo, el espacio de lo privado ha sido considerado como excluido del espacio de la política. Esto tiene como consecuencia las limitaciones para una politización en el trabajo y un reconocimiento de la precarización a nivel colectivo[17].

Las fotografías también nos muestran a este grupo de mujeres como miembros de un equipo de fútbol. A través de la recreación, se sustraenal tiempo de trabajo, realizan una tarea colectiva y producen un espacio de reunión, como espacio de la política. De esta manera, las imágenes no sólo representan los cuerpos de estas mujeres en el trabajo, sino también la resistencia a la apropiación por parte del capital de estas vidas a través del fútbol. Es en el juego como práctica de resistencia donde se establecen lazos de cooperación y vida en común. Las imágenes revelan la fortaleza de estas mujeres, su capacidad para sobrevivir como también para crear una forma de vida en común a través del fútbol. La fotografía, en este sentido, traza un lazo vital entre la (re)producción y la (re)creación, entre captación de la vida y resistencia.

La categoría de vida monstruosa nos permitió articular la perspectiva biopolítica con la migración y el género: la distinción y jerarquización que se establece entre las vidas pone en evidencia cómo ciertas vidas son valoradas mientras que otras son devaluadas en términos de género, raza y clase. La vida monstruosa sería entonces esa vida devaluada: mujeres migrantes precarizadas. Esto nos permitió advertir que la noción de monstruosidad está en relación con la perspectiva interseccional, donde se reúne el lado devaluado de las distinciones binarias. Además, esta categoría posibilitó dar cuenta de la hibridez de las formas de vidas, es decir, de la tensión entre domesticación y resistencia, entre una forma de vida útil económica y políticamente y una potencia de vida que crea redes de afecto y vida en común. La noción precarias monstruosas nos permitió reconocer en las mujeres migrantes precarizadas agencia política.

La monstruosidad, al igual que la fotografía, nos posibilitaron mostrar cómo la vida que históricamente ha sido devaluada por el régimen patriarcal, colonial y capitalista, presenta la potencia de crear modos alternativos de vida en común que escapan a las lógicas de apropiación y dominación. La vida monstruosa no manifiesta sólo la diferencia devaluada sino también la insubordinación y la resistencia a las jerarquías de género, de clase y de raza.

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  1. Quisiera agradecer especialmente a Susan Meiseles y Magnum fotos por permitirme utilizar las imágenes para este trabajo. Una primera versión de este artículo fue presentada en el Congreso LASA —Latin American Studies Association—, en 2016. Agradezco los enriquecedores comentarios de Gabriel Giorgi en esa oportunidad. Para esta última versión, quisiera, finalmente, agradecer los valiosos comentarios, sugerencias y aportes de Fernanda Stang, Sol Rodríguez, Denise Zenklusen, María Victoria Perissinotti y María José Magliano, que permitieron mejorarlo.
  2. Foucault advierte que el viejo poder soberano que “hacía morir o dejaba vivir” es reemplazado por un poder que “hace vivir y deja morir”; es decir, el poder ya no se manifiesta de manera absoluta en el derecho de matar, sino en el acto de hacer vivir de determinada manera y bajo ciertas regulaciones (Foucault, 2002: 163-194).
  3. Algunos/as referentes de esta perspectiva son Didier Bigo, Nicholas De Genova, Sandra Gil Araujo, Sandro Mezzadra, Brett Neilson, Martina Tizzioli y William Walters.
  4. La muestra “Madrid Inmigrante” tuvo lugar en Sala de Exposiciones del Canal de Isabel II, del 25 de abril al 27 de mayo de 2006. Estuvo formada por cerca de 200 obras de seis reconocidos fotógrafos internacionales: Carl de Keyzer, Donovan Wylie, Matías Costa, Cristina García Rodero, Carlos Sanva y Susan Meiselas, que utilizaron diversidad de formatos y soportes. Meiselas se dedicó durante varias semanas a seguir a las integrantes del equipo de fútbol Club Deportivo Cultural Master en sus entrenamientos y su vida cotidiana. El resultado fueron 21 fotos acompañadas por voces: en la sala se distribuyeron auriculares a través de los cuales los testimonios adquirieron texturas sonoras, acentos, cadencias. (Disponible en: https://goo.gl/db6aXb.) “Empezamos como un árbol: desde la raíz a las ramas y todas conociéndonos”, contaba una jugadora (Moscoso, 2009). La muestra fue publicada en forma de libro (AA. VV., 2015).
  5. Para una historización de la emergencia del paradigma interseccional, véase Viveros Vigoya (2016). Para una exploración de la potencialidad de la perspectiva interseccional para pensar los procesos y las experiencias sociales, específicamente la migración, véase Ezquerra Samper (2008) y Magliano (2015).
  6. Utilizamos el adjetivo “devaluado” para referirnos a la vida monstruosa ya que en el capitalismo el valor de la “vida” es constantemente evaluado de acuerdo con una amplia gama de medidas y mediciones controvertidas y agresivas (Toscano, 2009).
  7. Aquí debemos aclarar la distinción que realiza Butler entre precariedad (precariousness) y el neologismo precaridad (precarity). Por precariedad se debe comprender una condición existencial que compartimos todos los seres humanos; es decir, señala la condición ontológica del cuerpo que es vulnerable y dependiente. Por precaridad se expresan las necesidades políticas, económicas y sociales que deben ser resueltas. Es en la precaridad donde se advierte una asignación diferencial a la vida (Butler, 2010). Siguiendo esta distinción, Lorey introduce una tercera, la precarización gubernamental, que hace referencia al modo de gobierno neoliberal donde la precarización se encuentra en un proceso de normalización y se gobierna a través de la inseguridad: “el arte de gobernar consiste en la actualidad en tender a un máximo de precarización (que probablemente no puede ser calculado con exactitud) correlativo a un mínimo de aseguramiento, y en hacer que ese mínimo no caiga por debajo de ese umbral” (Lorey, 2016: 75). Para un debate en torno a estas nociones, véase Puar (2012) y Mattio (2015).
  8. Precarias a la Deriva surge en Madrid en 2002 con motivo de la realización del Euro May Day, cuando los principales sindicatos españoles llamaron a una huelga general y varias mujeres se dieron cuenta de que no estaban en condiciones de participar debido a que eran trabajadoras temporales, autónomas, por contrato por hora, domésticas y de cuidados. Precarias, como se las suela denominar, tenía como espacio de reunión una casa ocupada por mujeres, La Eskalera Karakola, situado en el barrio madrileño de Lavapies, donde realizaban diversos talleres referidos a las temáticas de “cuidado-sexo-atención” (Gago, 2004). El colectivo retoma la noción de “deriva” del situacionismo y superponen práctica política con práctica de investigación. Pero a diferencia de la deriva aleatoria del flâneur, propia del varón burgués, crearon una deriva situada en los espacios cotidianos (calles, casas, medios de transportes, empresas, comercios, bares y sedes sindicales). La investigación militante que proponen articula el movimiento obrero italiano de los ‘70 y la segunda ola del movimiento feminista (Precarias a la Deriva, 2004b y 2004c). Sus actividades se registran hasta finales de 2005.
  9. La inserción laboral de las mujeres migrantes no comunitarias en el trabajo doméstico y de cuidados en España, especialmente en sus primeros años de inmigración, responde más que a las trayectorias laborales o nivel formativo a la articulación de diversas variables en el contexto de recepción (políticas migratorias, políticas laborales, relaciones de género, características del mercado de trabajo, concepciones sobre el trabajo doméstico, etc.) y a las formas de organización del trabajo productivo y reproductivo de las familias migrantes (Gil Araujo y González, 2012).
  10. La inserción de la mujer migrante en el trabajo doméstico y de cuidados se registra desde el siglo XVIII y principios del siglo XIX. Las mujeres, además de la producción doméstica y del trabajo en el campo, también trabajaban como costureras o en fábricas de sedas con viviendas anexas a ellas (Sassen, 2013: 51).
  11. Walter Benjamin (2003) advierte la reproductibilidad de la técnica y los efectos que tiene tanto en la obra de arte (la pérdida de autenticidad) como en la experiencia.
  12. Por racialización debemos comprender el proceso mediante el cual los grupos raciales son socialmente producidos; en este sentido, las “razas” serían el resultado de procesos complejos de identificación, distinción y diferenciación de los seres humanos de acuerdo a criterios fenotípicos, culturales, lingüísticos, regionales, etc. (Campos García, 2012). Como advierte De Genova (1998: 103), “esta producción de diferencia requiere del espacio para esta diferencia, un espacio definido en y a través de la diferencia”. Entonces, la racialización no sólo supone una producción de diferenciación sino, también, que esta producción es realizada desde determinado lugar.
  13. Hasta enero de 2012, el trabajo doméstico en España se regía por el Régimen Especial de Empleados de Hogar, el cual no obligaba a hacer un contrato por escrito si el trabajo no sobrepasaba las 80 horas mensuales, no garantizaba un tiempo de descanso como el que se establece en otros trabajos ni obligaba al pago de las horas extra; además, prácticamente permitía el despido libre y sin indemnización. Con la inclusión de las empleadas del hogar en el Régimen general de trabajadores, se produjeron algunas mejoras en las condiciones laborales de las empleadas en el trabajo doméstico; por ejemplo, seguridad social, independientemente del tiempo trabajado, y se amplió el acceso a las prestaciones por incapacidad temporal. Pero, por otro lado, se incorporó la entrada de empresas como intermediarias en la contratación, lo cual favorece las contrataciones a través de las empresas de trabajo temporal (Villaverde, 2012).
  14. Queremos señalar que los estudios feministas decoloniales han advertido, siguiendo a Angela Davis, que para las mujeres racializadas y subalternizadas el espacio del hogar ha sido el único espacio de realización porque afuera, en el espacio de la plantación, de la maquila, del trabajo doméstico y de cuidados, se encuentran todas las formas de explotación. En contraste con las mujeres blancas burguesas, que encuentran en el espacio de lo doméstico un lugar de opresión, las mujeres racializadas y subalternizadas sienten que su vida sólo vale algo en el espacio que se ha denominado privado (Barroso Tristán, 2014: 26-27).
  15. Precarias a la Deriva propone una huelga de cuidados, donde huelga no significa una suspensión de las actividades sino el cuestionamiento a las disposiciones políticas y económicas que evalúan el cuidado como algo privado, femenino e improductivo, conduciendo a su despolitización. Estas huelgas se proponen como prácticas de resistencia que producen nuevas formas de afecto, liberadoras y cooperativas. De allí que proponen como alternativa una comunidad de cuidados, o, en otros términos una cuidadanía —la conjunción entre ciudadanía y cuidado—, como una nueva forma de vivir con otras y otros económica, política, social y legalmente, más allá del régimen estatal, donde las relaciones con las y los demás sean reconocidas como constitutivas (Precarias a la Deriva, 2005).
  16. En Ecuador, sólo un 12 por ciento de las mujeres realizan deporte según datos recopilados por el INEC-UNIFEM-CONAMU. La práctica del fútbol por parte de mujeres en Ecuador no es nueva, pero adolece de discriminaciones y estereotipos de género (Chávez Salgado, 2016).
  17. No obstante, hay numerosas experiencias de organización sindical de trabajadoras domésticas y de cuidados. Quisiéramos destacar una investigación que destaca la sindicalización de mujeres migrantes con empleos precarizados en Argentina (Magliano, Perissinotti y Zenklusen, 2016) y un estudio comparativo del trabajo doméstico (su legislación) de mujeres migrantes en Argentina, España y Estados Unidos (Rosas, Jaramillo Fonnegra y Blas Vergara, 2015).


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