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Mujeres migrantes y estrategias comunitarias de reproducción de la vida en contextos de relegación urbana[1]

María José Magliano

Introducción

Las estrategias de subsistencia desplegadas por los y las migrantes regionales en distintos lugares de Argentina, especialmente vinculadas a las formas de inserción laboral y a las modalidades de organización del cuidado familiar, han ocupado un lugar relevante dentro del campo de estudios sobre migraciones en nuestro país (Magliano, 2017a; Mallimaci, 2012; Rosas, 2010). Un tema menos explorado ha sido el análisis de las prácticas y modalidades de cuidado comunitario que las mujeres migrantes, sobre todo quienes viven en barrios de relegación urbana (Wacquant, 2007), desarrollan en pos de asegurar la reproducción de la vida cotidiana. Precisamente, en este artículo nos proponemos indagar en las especificidades que adquiere el trabajo de cuidado comunitario en un barrio de la ciudad de Córdoba habitado mayoritariamente por migrantes de origen peruano. Lo que nos interesa es rescatar la centralidad de lo comunitario para explicar las trayectorias migratorias y las estrategias más actuales que los y las migrantes regionales despliegan en áreas urbanas relegadas de Argentina.

Los migrantes, varones y mujeres, que han arribado en las últimas décadas se han dirigido principalmente a las áreas periféricas de las grandes ciudades en un contexto de nuevas formas de pobreza y marginalidad urbana centradas en ciertas trayectorias laborales (Sassen, 2007). Así, bajo un escenario de creciente informalización de la vida cotidiana de las personas migrantes, lo comunitario —comprendido como la disposición para poner en ejercicio “la capacidad práctica que tienen las poblaciones para cooperar entre ellas” (Gutiérrez Aguilar, 2008: 35)— adquiere potencia y centralidad en tanto ofrece formas alternativas de subsistencia familiar y barrial[2]. Es en este marco que los espacios de relegación urbana y las familias, en nuestro caso migrantes, se interconectan a través de formas de organización social del cuidado con una fuerte impronta territorial (comedores y guarderías comunitarias, por ejemplo) como un modo de poder asegurar la reproducción de la vida. Hablamos de reproducción en el sentido de la posibilidad de vivir a la que hace referencia Federici (2016), en el marco de procesos y trabajos necesarios para mantener la vida que desbordan aquellos que tienen lugar en los mercados, “en tanto instituciones socioeconómicas en las que se articulan relaciones de poder que privilegian a sujetos concretos” (Pérez Orozco, 2014: 24-26), y en los hogares.

Al preguntarnos por la reproducción de la vida, en nuestro caso en contextos migratorios, los cuidados se tornan relevantes. Esta cuestión ha tenido una importante recepción dentro del campo de los estudios migratorios, especialmente aquellos que investigan a las mujeres migrantes (Herrera, 2016; Magliano y Mallimaci, 2017). En estas páginas, definimos al “cuidado” como el conjunto de actividades que giran en torno al sostén cotidiano de la vida humana en el marco de dos dimensiones centrales: las disposiciones y motivaciones ético-afectivas y las tareas concretas de la vida diaria (Vega y Gutiérrez-Rodríguez, 2014), que pueden ser remuneradas o no. En esta ocasión, atenderemos a un fenómeno relevante en América Latina como es la participación de las mujeres migrantes en diversas actividades —en muchos casos promovidas por el propio Estado— vinculadas con el cuidado en el ámbito comunitario en contextos de pobreza (Zibecchi, 2013). En esos espacios, donde las energías del Estado (ya sea municipal, provincial o nacional) son “economizadas” y “adelgazadas” (De Marinis, 2011)[3], las personas ponen en juego una serie de estrategias de subsistencia familiar y barrial. Para ello, se valen de los vínculos que se establecen entre las propias vecinas y entre ellas y las organizaciones sociales que tienen una presencia activa en los lugares donde viven; y también de políticas públicas orientadas a dar respuesta a algunos de los problemas que enfrentan los sectores populares en Argentina.

De alguna manera, los cuidados y lo comunitario comparten un mismo horizonte, esto es, sostener el “mundo común” (Wlosko y Ros, 2015) a partir de la reproducción de la vida cotidiana. Retomando las palabras de Gutiérrez Aguilar y Salazar Lohman (2015: 37), “la posibilidad misma del trabajo comunitario deviene de un proceso dinámico que gestiona y organiza la reproducción de la vida comunitaria”. Bajo este marco, nuestro argumento parte de considerar que el cuidado comunitario puede conformar “un terreno de lucha para las mujeres” (Federici, 2016: 24), entendiendo que aquello que se juega y dirime en torno a un trabajo que ha sido históricamente devaluado —el de los cuidados— va más allá de la cuestión de la subsistencia familiar para transformarse en una práctica política que apunta al sostenimiento mismo de los espacios urbanos relegados.

La caja de herramientas teórica y metodológica para el análisis del cuidado comunitario

Para el desarrollo de esta investigación, nos apoyamos en el potencial teórico y político de la economía feminista. A pesar de la diversidad de enfoques en torno a esta perspectiva, hay al menos tres elementos comunes que la distinguen: la ampliación de la noción de economía para incluir todos los procesos de aprovisionamiento social, pasen o no por los mercados; la introducción de las relaciones de género como un elemento constitutivo del sistema socioeconómico y, por lo tanto, del género en tanto que categoría analítica central; y la convicción de que el conocimiento es siempre un proceso social que sirve a objetivos políticos, de donde se deriva la explicitación de un compromiso feminista (Pérez Orozco, 2014).

En las últimas décadas, la economía feminista ha insistido en que el trabajo reproductivo es una parte fundamental del funcionamiento de la economía y, por tanto, un problema de la esfera pública y no de los hogares (Quiroga Díaz, 2011). Así, esta perspectiva ha sacado a la luz el trabajo no remunerado, haciendo emerger toda una esfera de actividad económica que antes no se veía y donde las mujeres han estado históricamente presentes (Pérez Orozco, 2014). La invisibilidad que ha caracterizado a ese trabajo se explica en que las cuestiones vinculadas a la reproducción de la vida no se constituyeron como una preocupación política relevante, en parte debido al hecho de que los trabajos involucrados en esa tarea han sido configurados como competencia exclusiva de las mujeres y, además, no remunerados (o mal remunerados). En particular, la organización comunitaria de los cuidados —en tanto forma de aprovisionamiento social— resulta una esfera de interés para la economía feminista ya que ofrece herramientas para analizar críticamente el mundo del trabajo y los puentes entre lo productivo y lo reproductivo, lo público y lo doméstico[4], lo remunerado y lo no remunerado. Asimismo, el foco puesto en el universo de los cuidados permite indagar en las formas en que éstos se distribuyen en la sociedad, ya sea en función del rol del Estado, la familia, el mercado y la comunidad. Recuperando los planteos de Arango Gaviria (2011: 92), “el cuidado constituye una de las categorías que la crítica feminista ha producido en su esfuerzo por construir herramientas conceptuales adecuadas para entender las particularidades de una buena proporción del trabajo que realizan las mujeres”. Ese trabajo, “tradicionalmente invisible y ligado a la naturaleza femenina, contribuyó al desconocimiento y a la escasa valoración de las competencias, saberes y habilidades incorporados por quienes realizan estas actividades” (Arango Gaviria, 2011: 96-97).

Dentro del campo de los estudios sobre género y migraciones, específicamente, los trabajos de cuidado remunerados han recibido una importante atención en las últimas décadas, basada en la premisa de que la condición de migrante se constituyó en un “rasgo permanente de la población ocupada en el sector” (Allemandi, 2017: 88)[5]. Lo mismo ha sucedido con aquellas temáticas vinculadas a los cuidados no remunerados y las estrategias de organización familiar en contextos migratorios (Gonzálvez Torralbo, 2013; Gregorio Gil, 2013; López Montaño y Zapata Martínez, 2016; Pombo, 2011). La forma comunitaria del cuidado que despliegan las mujeres migrantes no ha sido abordada en profundidad, aun cuando resulta un aspecto clave no sólo de la reproducción familiar sino también barrial a lo largo de América Latina, en tanto involucra aspectos vinculados a la producción, la reproducción y la territorialidad. Las investigaciones en Argentina, en especial en el conurbano bonaerense, de Rosas (2017 y en prensa) representan una excepción. En ellas, la autora analiza las formas que adquiere el trabajo comunitario en un barrio del municipio de Florencio Varela en la provincia de Buenos Aires. A partir de considerar las tareas comunitarias en tres escalas (las impulsadas por el Estado, por organizaciones de la sociedad civil y las autogestionadas por los propios vecinos y vecinas), sus estudios indagan en la relación entre los procesos migratorios intra-latinoamericanos y los trabajos de cuidado comunitarios.

El cuidado comunitario hunde sus raíces en el territorio, pero no en cualquier territorio, sino en aquellos marcados por la informalidad. Si bien tradicionalmente los procesos de reproducción de la vida fueron resueltos desde los hogares, las condiciones de precariedad que han afectado no sólo a las familias sino también a espacios más amplios, como barrios y áreas urbanas concretas, activaron distintas estrategias de subsistencia que exceden —aunque no reemplazan, sino que conviven con— el ámbito familiar. Lo comunitario es una muestra de ello. La mera existencia de estos espacios expresa las dificultades que encuentran muchas familias pertenecientes a los sectores populares para asegurar su subsistencia.

En términos metodológicos, esta propuesta se apoya en un trabajo de campo cualitativo sostenido en el tiempo (2012-2016) realizado en Sabattini, un barrio de relegación urbana ubicado en la periferia este de la ciudad de Córdoba y habitado mayoritariamente por migrantes peruanos (el 60 por ciento de las personas que allí viven son peruanas, seguido por argentinas y bolivianas)[6]. El barrio comienza a expandirse y poblarse en 2009, a través de un proceso de “toma” de tierras que pertenecían al Estado nacional. En el marco de ese trabajo de campo, nos valimos de entrevistas en profundidad a mujeres peruanas que allí residen, muchas de las cuales llevan adelante tareas de cuidado comunitario, y de la técnica de observación participante a partir del registro de cada una de nuestras visitas al barrio. El artículo se organiza en torno a dos apartados. El primero indaga el rol del trabajo comunitario en la consolidación de los barrios de relegación urbana donde vive un amplio conjunto de los y las migrantes que arribaron a las ciudades argentinas en las últimas décadas. El segundo se focaliza en las mujeres migrantes que se dedican al cuidado comunitario, sus trayectorias y prácticas, para así analizar los recursos materiales y las personas que sostienen a la forma comunitaria del cuidado en los espacios urbanos habitados mayoritariamente por población migrante.

El cuidado comunitario en los barrios de relegación urbana

Desde las últimas décadas, asistimos a la concentración de muchas familias peruanas —y no sólo ellas— en espacios relegados de la ciudad en consonancia con las trayectorias laborales de estas familias en los lugares de destino, marcadas por la informalidad, la precariedad y la inestabilidad y con las restricciones que presenta el mercado inmobiliario formal en las ciudades argentinas. Los costos de las propiedades y los requisitos para poder alquilar, en especial la cuestión de las garantías, se traducen en escasas opciones de acceso a la vivienda para la población migrante. A esa situación se le agrega “la progresiva elitización de la periferia de las ciudades mediante urbanizaciones cerradas de distinto tipo, que suscitan la segregación social y territorial” (Rebord, Mulatero Bruno y Ferrero, 2014: 64). En este marco, ciertos espacios urbanos emergen como una alternativa posible y concreta para los y las migrantes. Como indagamos en trabajos previos (Magliano, Perissinotti y Zenklusen, 2014), son espacios en los cuales sus residentes no cuentan con ninguna documentación oficial que avale la posesión de los terrenos, en tanto se construyen a partir de un proceso de “ocupación” de tierras dentro de las zonas urbanas, en general pertenecientes al Estado nacional, que hasta el momento de su llegada se encontraban deshabitadas[7]. Además, son espacios que tienen conexiones irregulares de luz y agua potable y no poseen servicios públicos como gas natural, alumbrado público, cloacas y desagües.

De algún modo, las poblaciones migrantes que viven en estos barrios enfrentan una precarización e informalidad que abarca “la totalidad de la existencia, los cuerpos, los modos de subjetivación”, lo que supone además “vivir con lo imprevisible, con la contingencia” (Lorey, 2016: 17). Es bajo este escenario —contingente, imprevisto, precario— que el entramado comunitario del cuidado adquiere sentido y relevancia en la reproducción y sostenibilidad de la vida de las poblaciones que allí residen.

En Sabattini, el cuidado comunitario es un trabajo fundamentalmente femenino que se articula en torno a las necesidades de subsistencia de las familias que lo habitan y a las condiciones de relegación urbana del barrio. Principalmente, se nutre de la autogestión de las personas que allí viven, de la “ayuda” de agrupaciones sociales con presencia en el barrio y de políticas públicas focalizadas en los sectores populares. Teniendo en cuenta que durante el lapso que duró nuestro trabajo de campo en Sabattini no había jardines de infantes, guarderías ni tampoco postas sanitarias[8], las principales tareas de cuidado comunitario estuvieron orientadas a resolver las necesidades alimentarias de la población infantil del barrio. A fines de 2016, dos merenderos —“Copa de leche Sabattini” y “Comedor-merendero Sabattini”— reunían a cerca de 30 mujeres peruanas[9]. En líneas generales, en esos merenderos las mujeres no sólo se desempeñaban como cocineras, sino que también se ocupaban de recolectar el dinero entre las distintas familias, hacer las compras de los productos que se iban a utilizar para la comida, prepararla y gestionar las ayudas de las agrupaciones sociales.

Estos merenderos presentan historias diferentes: mientras que el “Copa de leche Sabattini” tiene una mayor antigüedad y se organizó acompañando el surgimiento y construcción del barrio, el “Comedor-merendero Sabattini” se constituyó a comienzos de 2016 con la ayuda de la agrupación social Movimiento Evita[10], a partir de una serie de disputas que surgieron entre las mujeres peruanas encargadas de manejar el merendero más antiguo del barrio. La existencia de conflictos dentro de este grupo de mujeres muestra que los entramados comunitarios no implican ausencia de tensiones, sino que expresan “relaciones sociales de compartencia que operan coordinada y/o cooperativamente de forma más o menos estable en el tiempo con objetivos múltiples, buscando la satisfacción de necesidades básicas de la existencia social y por tanto individual” (Gutiérrez Aguilar y Salazar Lohman, 2015: 23)[11]. Es importante resaltar que ambos merenderos no funcionaban todos los días de la semana, sino que se turnaban —siempre en el horario de la tarde– para poder así cubrir las necesidades diarias de la población infantil (unos 100 niños y niñas y, también, algunos adultos). El merendero “Copa de leche Sabattini” lo hacía en la casa de la mujer encargada de su manejo, mientras que el “Comedor-merendero Sabattini” en un espacio común creado por los propios vecinos y vecinas del barrio, una construcción de madera que se utiliza como salón multiuso para distintas actividades que se desarrollan en Sabattini. El hecho de que los merenderos funcionen en una vivienda particular, como sucede con el “Copa de leche Sabattini”, no implica que sea un espacio “íntimo” y “privado”; por el contrario, la “casa” se transforma en un lugar público, visible y, durante ese momento, colectivo. La cocina, en particular, deja de ser un espacio donde se trabaja de manera solitaria, para convertirse, al menos en el marco del cuidado comunitario, en un ámbito de reunión, escucha y también disputa entre las propias mujeres.

Cada merendero se organizaba en torno a un grupo más o menos estable (unas 15 mujeres aproximadamente en cada uno), en ambos casos de origen peruano, y se sostenía en base a un aporte mensual mínimo de las familias que enviaban allí a sus hijos/as y también de la ayuda de agrupaciones sociales. Para poder comprar mercadería a un precio más accesible que aquella que se consigue en el mercado, una de las opciones más valoradas es la Fundación Banco de Alimentos Córdoba, organización no gubernamental cuya tarea consiste “ensolicitar la donación de productos alimenticios, recibirlos, almacenarlos y luego distribuirlosa centros asistenciales debidamente acreditados”[12]. Un requisito indispensable para poder acceder al Banco de Alimentos es estar “debidamente acreditado”, esto es, contar con personería jurídica. Es por ello que la “Copa de leche Sabattini” se constituyó en una organización, conformada por mujeres, para obtener tal personería. Una vez obtenida, comenzaron a proveerse con los productos que ofrece ese Banco. Durante nuestro trabajo de campo, ambos merenderos funcionaban sin una colaboración regular por parte del Estado, ya sea municipal, provincial o nacional. En particular, el “Comedor-merendero Sabattini”, además de sostenerse con el aporte de las familias, lo hacía también con las donaciones en productos alimenticios que realizaba el Movimiento Evita.

La obtención de la personería jurídica, en un contexto de profunda informalidad, no resultó una tarea sencilla para estas mujeres. Instituciones como el Banco de Alimentos, orientadas a gestionar la informalidad de los sectores populares, mantienen entre sus exigencias requerimientos destinados a “formalizar” esa informalidad. El trámite de la personería para conformarse como asociación civil sin fines de lucro supone una serie de exigencias tales como un acta constitutiva donde figuren distintos datos de las personas constituyentes (CUIL[13], domicilio, fecha de nacimiento, entre otros), declaración jurada de los/as integrantes de la comisión directiva, estatuto social con los requisitos del Código Civil y Comercial de la Nación, firmado por Presidente, Secretario y Tesorero de la organización y un monto mínimo de dinero, entre muchas otras[14]. Todos estos documentos se entregan presencialmente a partir de un turno que se consigue a través de internet. La cantidad y tipo de documentación a presentar es una de las cuestiones más complejas de cumplimentar para poder acceder a los beneficios que otorga la formalización de una asociación a través de la obtención de la personería jurídica. En general, estos trámites sólo se completan con la ayuda de colaboradores externos al espacio del barrio, como son las organizaciones sociales.

Una preocupación que recorre los relatos de quienes se involucran en los trabajos de cuidado comunitario es la cuestión de la inestabilidad, esto es, no contar con la certeza de que se pueda sostener la actividad en el tiempo. Y esto se vincula con que la vida en los márgenes de la ciudad “suele estar atravesada por los avatares, sobre todo económicos, tanto de orden estructural como coyuntural” (Fournier, 2017: 91). El desempleo, la informalidad y la precarización laboral actúan sobre la cotidianidad de las familias que habitan los barrios periféricos y eso condiciona el aporte mensual, aunque mínimo, que deben realizar para autogestionar el cuidado comunitario. La inestabilidad, asimismo, se alimenta de las intermitencias tanto de las políticas públicas como de las presencias de las organizaciones sociales, que funcionan en ocasiones como intermediarios entre las políticas y el territorio, truncando muchas veces el desarrollo y sostenimiento de los proyectos que van surgiendo[15].

Lo que nos interesa resaltar es que el Estado, ya sea municipal, provincial o nacional, gestiona la precariedad a través del cuidado comunitario, considerando no sólo lo que éste resuelve en relación con la subsistencia sino también la implementación de un conjunto de políticas y programas sociales destinados a las mujeres de los sectores populares y orientados al desarrollo de actividades principalmente vinculadas con lo reproductivo en el espacio del barrio. Como sostiene Lorey (2016: 73), “las condiciones de vida y de trabajo precarias están normalizándose en un plano estructural y se han convertido por ende en un instrumento fundamental de gobierno”. A modo de ejemplo[16], en el transcurso del trabajo de campo observamos cómo un grupo de mujeres peruanas se reunía semanalmente en la sede del barrio para asistir a los encuentros que se organizaban en el marco del Programa Nacional de Desarrollo Infantil Primeros Años, en funcionamiento desde 2005 por decisión del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. El Programa se focalizó en brindar asesoramiento a las mujeres con hijos/as respecto a cuestiones vinculadas con la nutrición y la crianza durante los primeros años de vida. Quienes participaban regularmente en los talleres que se organizaban en el marco del Programa recibían, a su vez, una beca.

Asimismo, desde el ámbito provincial se pusieron en marcha en los últimos años distintos programas, como el Plan Vida Digna del Ministerio de Desarrollo Social y el Programa Por mí de la Secretaría de Equidad y Promoción del Empleo (ambos en 2016). El Plan Vida Digna “contempla la asistencia económica a familias en situación de ‘carencia’ de la provincia de Córdoba para que puedan realizar mejoras edilicias en sus hogares”[17], mientras que el Programa Por mí busca

que mujeres cordobesas, jefas de hogar desempleadas que tengan 25 años cumplidos y hasta llegar a la edad de jubilación o percepción de la Pensión Universal para Adultos Mayores; o bien mujeres de 18 a 25 años con hijos/as a cargo, puedan acceder a prácticas laborales que les permitan capacitarse y lograr experiencia para enfrentar al mercado laboral formal en el futuro. [Fuente: http://empleo.cba.gov.ar/pormi/. Consultado el 25 de agosto de 2017.]

Alicia, la encargada del “Comedor-merendero Sabattini”, utilizó el dinero del Plan Vida Digna para ampliar una parte de su casa con el propósito de que el merendero pueda funcionar eventualmente allí y no en la sede del barrio, como lo hizo durante el año 2016[18]. El Programa Por mí, por su parte, ofrece la posibilidad de que las mujeres del cuidado comunitario cobren un salario por dicha actividad (que ascendía en 2017 a 3.000 pesos por 20 horas semanales). De hecho, muchas de las mujeres que participaban del cuidado comunitario comenzaron, a fines de2016, y con la ayuda de la organización social Movimiento Evita —cercano, a partir de entonces, al gobierno provincial de Juan Schiaretti (2015-2019)— a buscar la posibilidad de que ese trabajo se transformase en una “práctica laboral” formalizada y remunerada. Así, programas y políticas en torno a la salud, la vivienda, el trabajo, enfocados en las familias de los sectores populares, apuntan a gestionar la precariedad, ubicando a las mujeres en determinados roles y actividades a partir de su condición de género y su pertenencia de clase.

En las conversaciones con las mujeres que participan en los merenderos, la cuestión de las necesidades presentes en el barrio, en especial aquellas que afectan a los niños y niñas, emerge como primera y principal respuesta para explicar la mera existencia de esos espacios y su involucramiento en ellos. Es en ese marco que el cuidado comunitario adquiere distintas dimensiones que van desde la alimentación hasta la organización de festejos y eventos que son concebidos como significativos para los y las vecinos de Sabattini. Nos referimos al “día del niño”, a la Independencia de Perú, a la Navidad, al comienzo de clases, entre otras. En cada una de esas fechas, un grupo de mujeres se reúne para organizar y extender una serie de pedidos a distintos actores del ámbito público (organizaciones sociales, agencias estatales) y privados (empresas reconocidas de la ciudad). Cada mes de noviembre, por ejemplo, las mujeres peruanas del barrio se juntan para armar un listado de lugares a los que van a acercarse para pedir donaciones para la Navidad (desde juguetes hasta comida y bebida). Luego de armar esa lista, redactan de puño y letra las notas que serán presentadas en las mesas de entradas de algunas de esos lugares seleccionados. El primero de ellos es el Consulado de Perú en Córdoba. Esa es la primera nota que redactan solicitándole al cónsul tenga a bien colaborar con algo para los niños y niñas que viven en Sabattini, muchos de los cuales, señalan las mujeres, “son peruanos o sus padres son peruanos”. La idea, nos expresaba Melania (migrante peruana, 29 de noviembre de 2016), es “que cada niño del barrio tenga su juguete y algo para comer”. Además de empresas reconocidas, este conjunto de mujeres (que también forma parte de uno de los merenderos del barrio) solicita donaciones a comerciantes peruanos “prósperos” de Córdoba, que tienen sus negocios en el “centro” y cada año les envían algo.

En cada una de estas prácticas (desde la preparación de una comida hasta la organización de un festejo puntual), las mujeres peruanas ponen en juego las habilidades y los saberes con que cuentan vinculados a la producción y manejo de la unidad doméstica (Gutiérrez Aguilar, 2015). Aun cuando se reproduzcan en esas prácticas mandatos dominantes de género que las configuran como los sujetos privilegiados para los trabajos de cuidado, tanto remunerados como no remunerados, las mujeres despliegan formas creativas de resolver las presencias economizadas, retomando nuevamente a De Marinis (2011), del Estado en esos espacios: desde aprender a lidiar con la “escasez” hasta la trama de relaciones que se van tejiendo (Perissinotti, 2017) con distintos actores sociales y políticos. En el próximo apartado, nos detendremos en analizar las trayectorias migratorias y familiares de las mujeres que participan en los trabajos del cuidado comunitario, para así poder reflexionar sobre los recursos materiales y las personas que sostienen esa actividad en los barrios de relegación urbana.

El cuidado comunitario y la respetabilidad

Las estrategias comunitarias del cuidado funcionan como canalizador de las carencias que existen en determinadas zonas y áreas urbanas y se articulan con trayectorias laborales y familiares concretas que involucran a las familias migrantes que llegaron en las últimas décadas a la Argentina. Justamente, lo que nos interesa indagar en este apartado es el modo en que las dinámicas familiares y laborales de las mujeres peruanas actúan sobre las formas y modalidades de participación en el cuidado comunitario. El modo en que se desarrolla esta actividad rompe con la distinción entre lo público y lo doméstico, al establecer una continuidad entre el espacio de la familia y el espacio del barrio. Es por ello que entendemos que la participación en el cuidado comunitario desborda y va más allá de la subsistencia familiar para abarcar también la barrial. En este sentido, lo comunitario responde tanto a las necesidades de reproducción de la vida en contextos de marginalidad urbana como a la consolidación de esos contextos.

No todas las mujeres peruanas que viven en Sabattini tienen una participación activa en los merenderos; al contrario, quienes manejan, intervienen y lideran esos espacios poseen determinadas trayectorias familiares y laborales. Lo comunitario resulta, tanto para las encargadas de los merenderos —dos mujeres peruanas adultas que arribaron en el transcurso de la primera década de este siglo a Córdoba provenientes de Lima— como para quienes colaboraban en las tareas de los merenderos, una actividad más que se suma a las responsabilidades dentro del ámbito familiar, que recae principalmente en las mujeres de la familia (madres e hijas). Los varones, por su parte, son desligados y se desligan de las tareas de cuidado, situación que no necesariamente genera conflicto dentro de las familias.

Las tareas de cuidado comunitario eran al momento de nuestro análisis no remuneradas, aumentando la cantidad de horas que las mujeres le dedicaban al trabajo reproductivo (Fournier, Ramognini y Papucchio de Vidal, 2013). Esto no significa que no esté presente la expectativa de una posible retribución por el trabajo realizado, aun cuando no exista la certeza de que ello pueda cumplirse. Si bien en los casos analizados durante el trabajo de campo las mujeres no recibían una asignación mensual por parte del Estado, esta situación no es generalizable. En determinados contextos, las mismas organizaciones sociales presentes en el territorio gestionan ingresos mensuales para las mujeres que se dedican a las tareas de cuidado comunitario (esto sucedió en el barrio, según pudimos reconstruir, a partir de 2017). Eso dependerá de la vinculación del grupo de mujeres con las organizaciones y de los fondos disponibles, de las políticas públicas activas en ese momento[19] y, también, de la “estabilidad” de las agrupaciones barriales. Lo que nuestro estudio muestra es que el involucramiento inicial de estas mujeres en el cuidado comunitario no se relacionó directamente con el cobro de un salario, sino que fueron las propias trayectorias familiares las que habilitaron las formas de participación en ese trabajo. Algunas de estas mujeres combinan diferentes trabajos de cuidados (familia y comunitario) con trabajos remunerados “flexibles”, tales como los talleres textiles en sus propios domicilios o el empleo doméstico por horas[20].

La trayectoria de Alicia (migrante peruana, 5 de marzo de 2014), encargada del “Comedor-merendero Sabattini”, muestra que la consolidación del proyecto migratorio y familiar vino de la mano de su “salida” del ámbito del trabajo remunerado, como empleada doméstica y cuidadora, para dedicarse casi con exclusividad al cuidado no remunerado, primero familiar y más tarde comunitario. Alicia llega a Córdoba desde Lima en 2003 dejando a su hija de cinco años y a su marido en Lima. Estuvo un año trabajando “cama adentro”, pero las dificultades que supuso la distancia con su familia en Perú la llevaron a retornar a Lima un año después para volver a Córdoba en 2006, esta vez con su marido y su hija. Desde su retorno, Alicia no volvió a trabajar de manera regular en el ámbito remunerado, en el marco de un —“nuevo”— proyecto migratorio familiar en donde la inserción laboral del varón, en especial en el ámbito de la construcción, es central.

En el caso de Alicia como en el de Teresa, encargada del “Copa de leche Sabattini”, sus maridos trabajan en la construcción, siendo la principal actividad a través de la cual las familias reciben un ingreso monetario más o menos estable. Las hijas mujeres colaboran con el funcionamiento de los merenderos, en el marco de una actividad configurada como eminentemente femenina, lo que no implica que esa participación en el cuidado comunitario no sea apoyada y estimulada por los varones. Ese apoyo y estímulo se explica en que el cuidado comunitario contribuye con la subsistencia de sus propias familias a la vez que garantiza la presencia en el barrio (y también en la casa), en contraposición a las largas ausencias diarias que supone el trabajo en la construcción. Aquellas mujeres que trabajan en los merenderos del barrio se ocupan, sin excepción, de las actividades domésticas y del cuidado dentro de sus propias familias.

Además de las encargadas principales de los merenderos, existe un conjunto de mujeres también migrantes que acompaña el funcionamiento de estos espacios: seleccionan y deciden los productos a comprar en el Banco de Alimentos (esto funciona para el “Copa de leche Sabattini”), arman el menú que mejor responda a los criterios que manejan respecto a una “buena alimentación” y a las posibilidades de compra en relación con los recursos con que cuentan, preparan y sirven la comida los días en que el merendero está abierto. En ambos casos, alimentar bien —o lo mejor posible— a los niños y niñas del barrio es su objetivo principal. Leche, harina, arroz, azúcar, aceite se encuentran entre los productos más requeridos aun cuando en la práctica muchos de ellos sean de difícil obtención. El hecho de que los merenderos funcionen por la tarde no necesariamente implica que el tipo de comida que allí se ofrezca se vincule con una merienda “tradicional” (leche, pan, galletas). Por el contrario, lo más común es que se elaboren comidas que podrían funcionar como un almuerzo o una cena (fideos y guisos especialmente)[21]. En este sentido, el menú diario combina entonces aquello “que se puede dar”, en un contexto de recursos escasos, con los saberes que poseen y viajan con las mujeres sobre alimentación y nutrición.

Los merenderos requieren de formas de organización concretas en el intento de preservar la actividad en el tiempo. En torno a ello, las mujeres se van turnando para cocinar, servir la comida y controlar la asistencia. Ese control es doble: tanto a las mujeres que participan en el cuidado comunitario como a los niños y niñas que reciben la comida para evitar repetir las raciones y que “alcance para todos/as”.

Pero, insistimos, no todas las mujeres que viven en Sabattini participan del cuidado comunitario. En nuestro estudio, el dato sobre la composición familiar y las trayectorias laborales de las cuidadoras comunitarias se torna relevante. En el trabajo de campo observamos cómo estas mujeres cuentan con una disponibilidad de recursos, materiales y simbólicos, que les permiten involucrarse en las actividades comunitarias, las cuales no son necesariamente remuneradas. Las familias encabezadas por mujeres y con hijos/as a cargo, por el contrario, enfrentan mayores dificultades para participar en esos espacios —aunque envían allí a sus hijos/as a comer—, en tanto no cuentan con aquellos recursos que, aunque escasos, son fundamentales.

Ahora bien, aunque no todas las mujeres intervienen activamente en los trabajos de cuidado comunitario, hay visiones comunes en el espacio del barrio respecto a las “ventajas” que supone esa intervención. Pese a que existe, tal como lo plantean Arango Gaviria (2011) y Rosas (2017), una jerarquización entre las tareas de cuidado comunitario, siendo las “menos nobles” o “sucias” aquellas relacionadas con el mantenimiento de las condiciones materiales de vida —como la alimentación, el aseo y la limpieza—, ese componente valorativo jerárquico no impide que se configuren formas de reconocimiento social a partir del involucramiento en esas tareas[22].

En un escenario cotidiano marcado por la precarización y la informalidad, la participación en el cuidado comunitario configura un marco de respetabilidad (Skeggs, 1997) que permite trasladar al ámbito barrial la organización de los hogares y el “control” que ejercen las mujeres al interior de las familias. Esta idea de respetabilidad se acerca también a aquella propuesta por Bourgois en su análisis de los portorriqueños que venden crack en el Harlem. Según el autor, y al igual que las mujeres y varones migrantes que habitan barrios como Sabattini, “la búsqueda de sentido de dignidad y realización personal es igual de importante que el sustento físico” (Bourgois, 2010: 339)[23]. En esa dirección, la respetabilidad expresa las identificaciones que experimentan los individuos en su definición de clase, a la vez que implica autoridad moral y un conjunto de valores a los que aspirar (Skeggs, 1997), resultando una categoría útil para indagar las formas de dignificación de la subjetividad (Llona, 2014). Una subjetividad respetada y respetable que resiste —y también convive con— aquella que promueve y “engendra”, retomando nuevamente a Lorey (2016), la gestión de la precariedad.

Esa respetabilidad, que se sostiene en mandatos históricos de género —las mujeres como las encargadas privilegiadas para los cuidados—, se articula también con una creciente politización de algunas de las mujeres, en especial quienes lideran los espacios, que se encuentran involucradas en las tareas de cuidado comunitario. Son mujeres que tienen una participación política activa a partir de las situaciones que se presentan en el barrio, vinculándose con distintas organizaciones sociales y con actores estatales con quienes buscan negociar algunas demandas colectivas en pos de mejorar la calidad de vida de las personas que allí residen. Así, desde lo comunitario se pueden abrir instancias de lucha, resistencia y reconocimiento.

Esas instancias permean los vínculos que se crean entre las mujeres del cuidado comunitario dentro del barrio. A partir del trabajo de campo, pudimos constatar que lo comunitario conforma un campo de disputa entre las propias vecinas —y vecinos— en tanto se juega el reconocimiento, el respeto y el prestigio no sólo al interior del espacio barrial sino también en su vínculo con las organizaciones sociales. Ese reconocimiento —que se traduce en la configuración de ciertas mujeres migrantes en referentes barriales— permite acceder a determinados “beneficios” que “bajan” esas organizaciones con el propósito de hacer pie en esos espacios[24]. Nos referimos a la recepción directa de ayudas o proyectos puntales —chapas, colchones, insumos que permitan avanzar en algún microemprendimiento[25]— que llevan a cabo y que son canalizados a través de estas mujeres referentes barriales. Estas “referentes”, señala Gago (2014), se asientan en una acumulación de saberes sociales y de gestión barrial y se nutren de una red de organizaciones con las cuales se articulan[26].

Con esto queremos decir que más allá de las preocupaciones reales que existen por la situación de la población infantil del barrio como principal motor para la participación en los trabajos del cuidado comunitario, que en Sabattini se circunscribieron principalmente a las tareas de alimentación, existen otras motivaciones que tienen que ver con todo lo que esos trabajos habilitan, tanto al interior del espacio barrial como fuera de él. Con ello nos referimos a los vínculos que se crean con distintos actores políticos y cómo, desde esos vínculos, se van constituyendo formas de respetabilidad dentro del barrio.

A partir de un conjunto de saberes asociados a la condición de género, el trabajo de cuidado comunitario impulsa formas de politización que permiten expandir el horizonte de posibilidades de las mujeres que se involucran en la reproducción comunitaria de la vida en las periferias urbanas. Así, a las visiones en torno a la “generosidad” y al “desinterés” que primero circulan sobre quienes se dedican a estas tareas, se les suma también la “validación” dentro del barrio que configuran a algunas de estas mujeres como referentes al interior del espacio e interlocutoras con su exterior.

A modo de cierre

En este trabajo planteamos que las estrategias de cuidado comunitario resultan un aspecto clave de la reproducción y sostenibilidad de la vida en contextos de relegación urbana en Argentina. En este sentido, subrayamos que la forma comunitaria del cuidado se interna en las fronteras entre lo público y lo doméstico, y las cuestiona. Específicamente, el cuidado comunitario, como tarea eminentemente femenina, expresa el modo en que el trabajo de la reproducción desborda el ámbito doméstico y de los hogares para involucrar al espacio barrial en su conjunto. Ese desborde pone de manifiesto los múltiples engranajes que configuran a los sistemas socioeconómicos, algunos monetizados y otros no, y cuya articulación es clave en los procesos que sostienen y reproducen la vida (Pérez Orozco, 2014). Asimismo, ese desborde revela cómo el Estado, a través de políticas, programas y de sus presencias “economizadas” en las áreas de relegación urbana, promueve el desarrollo de lo comunitario, en tanto instrumento central de la gestión de la precariedad, colocando a las mujeres de los sectores populares en ciertos espacios y reforzando determinados roles. Como sugiere Gago (2014), la organización barrial-territorial necesita de los saberes domésticos y de los cuidados y, al mismo tiempo, los proyecta en un espacio público político. Y es en esa proyección que se construyen formas de respetabilidad de quienes lo llevan adelante. Es bajo este argumento que planteamos que el cuidado comunitario que se genera a través de los merenderos, en nuestro caso de análisis, trasciende el cuidado de los niños y las niñas para abarcar otros modos de subjetivación.

Las organizaciones del cuidado comunitario no son estables ni armónicas; al contrario, son espacios de disputa entre las propias vecinas y vecinos, en tanto se juega el reconocimiento y el respeto no sólo al interior del espacio barrial sino también en su vínculo con las organizaciones sociales allí presentes. El cuidado comunitario hace visible, tanto al interior como hacia el exterior del barrio, a las mujeres que lo realizan. Es esa visibilidad la que distancia a la forma comunitaria del cuidado de aquel trabajo realizado en los hogares (tanto remunerado como no remunerado), y la que configura la respetabilidad y el reconocimiento. Muchas de las mujeres encargadas de esta tarea, se constituyen en referentes barriales y establecen fuertes vínculos —aunque asimétricos— con organizaciones sociales que tienen presencia en ese espacio, actuando como intermediarias entre esas organizaciones y las personas que habitan esos espacios. Es importante resaltar, asimismo, que no todas las mujeres del barrio intervienen activamente en el cuidado comunitario. Como planteamos, se requiere de la articulación de determinadas condiciones de posibilidad —entre ellas, la composición familiar, la “fluidez” en los vínculos con las organizaciones sociales con presencia en el barrio y una cierta “estabilidad en las trayectorias laborales familiares— que permitan el involucramiento de las mujeres migrantes en esta actividad.

Finalmente, a lo largo del trabajo destacamos que lo comunitario resulta un factor —entre otros— de sostenimiento y consolidación de los espacios donde reside un amplio conjunto de la población migrante en Argentina. Ese cuidado comunitario —con sus tensiones y conflictos— es clave en la reproducción de la vida migrante desde un lugar “común” de solidaridad y resistencia en los confines de las ciudades.

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  1. Agradezco a Andrea Torrano por la lectura atenta y las valiosas sugerencias y observaciones realizadas al presente texto. Primeras versiones de este trabajo fueron presentadas en dos eventos científicos: la Mesa Redonda Gênero e Cuidados (care), Seminário Internacional Fazendo Gênero 11 & 13th Women’s Worlds Congress, Florianópolis, 30 de julio al 4 de agosto de 2017; y en el Simposio Prácticas artísticas y científicas en torno a desplazamientos, visualidades y artefactos (Siglos XIX-XXI), Instituto de Investigaciones Geohistóricas (CONICET-UNNE), Resistencia, 31 de agosto y 1 de septiembre de 2017.
  2. Con esto no queremos decir que las tareas vinculadas a la provisión de cuidado comunitario representen un proceso novedoso. Por el contrario, poseen un largo recorrido en América Latina en general y en Argentina y Perú en particular (Blondet y Montero, 1995; Blondet y Trivelli, 2004; Garrote, 2003; Marco Navarro y Rico, 2013; Pautassi, 2007).
  3. Esas energías “economizadas” a las que hace referencia De Marinis (2011), remiten a un formato “adelgazado” de actividad estatal que no implica “retirada” o “desaparición”.
  4. En este trabajo, optamos por hablar de “doméstico” antes que de “privado” reconociendo las tensiones que se presentan a la hora de nombrar aquello que acontece en la esfera de los hogares. Retomamos la trama argumentativa de Murillo (2006) cuando sugiere que lo “doméstico” y lo “privado” no son sinónimos; al contrario, la autora propone incluir al espacio doméstico en el matrimonio público/privado, ya que privado no equivale a doméstico, más aún, aquellos o aquellas que disfrutan de algún tiempo privado tienen resuelto (por vía propia o por delegación) la infraestructura doméstica, de lo contrario su tiempo estará sujeto a restricciones.
  5. Sin intentar ser exhaustivos en la reconstrucción del estado del arte respecto a este tema, en los últimos decenios se desarrollaron en América Latina distintas investigaciones sobre esta temática para abordar tanto la migración Sur-Norte como la intra-regional. Entre ellas, podemos mencionar Goldsmith (2007), Dutra (2013), Herrera (2011 y 2016) y Stefoni (2002). En Argentina, este campo de estudios se ha mostrado muy dinámico en el transcurso de la última década. Algunos de los trabajos que se elaboraron en torno a esta temática, principalmente focalizada en las migraciones regionales a la Argentina, son los de Borgeaud-Garciandía (2017 y 2015), Canevaro (2014), Courtis y Pacecca (2010), Magliano, Perissinotti y Zenklusen (2016) y Mallimaci (2016). Para un análisis en perspectiva histórica de las características del trabajo doméstico remunerado en Argentina, véase Allemandi (2017) para el caso de Buenos Aires y Remedi (2014) para el caso de Córdoba.
  6. Los nombres del barrio, de los merenderos y de las personas mencionados en este texto han sido modificados para preservar su anonimato.
  7. En los últimos años se multiplicaron los trabajos que abordan la articulación entre migraciones y acceso a la vivienda en ciudades argentinas; entre ellos, podemos mencionar los de Gago y García Pérez (2014), Gallinati (2015), Perissinotti (2016b) y Vaccotti (2014).
  8. Hasta 2016, las familias que residían en Sabattini debían trasladarse hacia otros barrios cercanos para acceder a salas cuna y guarderías o recibir algún tipo de atención médica primaria.
  9. Existe una diversidad de maneras de nombrar a los espacios donde, de manera comunitaria, se ofrece de comer en Sabattini: copa de leche, merenderos, comedores. En nuestro caso de análisis, “copa de leche” funcionó como el primer nombre por el que se conocieron a estos espacios en el barrio, con el paso del tiempo fueron deviniendo en “merenderos” y, luego, en “comedores”. En la práctica, la actividad prestada ha sido siempre la misma: alimentar a la población en edad infantil del lugar. En este trabajo hablamos de “merendero” porque esa fue la forma mayormente utilizada por las mujeres para hacer referencia a esos espacios durante el trabajo de campo.
  10. El Movimiento Evita es una agrupación social que se autodefine como expresión de una “fuerza nacional, popular y federal” que surge en el contexto de las luchas y resistencias contra las políticas neoliberales a comienzos de este siglo. Desde sus inicios, en el marco de la crisis socio-económica de 2001, hasta 2016, el Movimiento Evita formaba parte de las organizaciones de base cercanas y de apoyo a los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015). Para mayor información respecto a la historia y composición del Movimiento Evita, véase https://movimiento-evita.org.ar.
  11. La “compartencia” significa, siguiendo a Martínez Luna (2013), reproducir y compartir el conocimiento originado en las comunidades entre “iguales”.
  12. La Fundación Banco de Alimentos Córdoba se mantiene a partir de la colaboración de empresas y particulares que donan alimentos y otros servicios. Entre sus requisitos principales, expresados en la página web de la Fundación, se encuentra el “no realizar discriminación en la distribución del alimento recibido por raza, religión, credo, vecindad o partido político”. Fuente: http://bancodealimentoscba.org.ar. Consultado el 22 de junio de 2017.
  13. El Código Único de Identificación Laboral (CUIL) se gestiona al inicio de la actividad laboral y se utiliza también para cobrar prestaciones que brinda ANSES (Administración Nacional de la Seguridad Social) y/o realizar trámites ante otras entidades que lo requieran.
  14. Fuente: http://portaldetramites.cba.gov.ar. Consultado el 19 de mayo de 2017.
  15. Esta inestabilidad es analizada por Perissinotti (2016a) a partir de la reconstrucción de las formas de acceso a los microcréditos por parte de los sectores populares migrantes que habitan espacios urbanos relegados. En esa reconstrucción, un elemento que emerge es el modo en que las organizaciones sociales discontinúan su presencia, de un día para el otro, en esos espacios. Además, es importante remarcar el hecho de que muchas veces las organizaciones sociales se constituyen a los efectos de implementar y “bajar” al territorio los programas y las políticas sociales que se adoptan en un contexto socio-histórico determinado.
  16. Las políticas y programas que se mencionan en este trabajo no muestran la totalidad de los que se implementaron y “bajaron” al barrio durante el trabajo de campo.
  17. Fuente: http://www.cba.gov.ar/programa-vida-digna/. Consultado el 25 de agosto de 2017.
  18. Esto se explica principalmente por el hecho de que la sede no cuenta con un espacio para cocinar, por lo que Alicia debía hacerlo en su casa para, luego, trasladar la comida hasta ese lugar.
  19. Cuando hablamos de “activas” no solo hacemos referencia a aquellas que están vigentes sino también a las que están efectivamente “activas” en el territorio. Muchas veces, ciertas políticas y programas no “bajan” o discontinúan su desarrollo en el territorio. La cuestión de la intermitencia y la inestabilidad, como planteamos en el texto, es una marca recurrente de la vida en los espacios urbanos relegados.
  20. En Sabattini, las principales inserciones laborales para los varones son la construcción y el trabajo textil; mientras que, para las mujeres, se destacan el trabajo doméstico remunerado y el trabajo textil.
  21. Es importante aclarar que los/as niños/as de Sabattini reciben una asistencia alimentaria en las escuelas públicas provinciales a las que asisten. Se trata del PAICOR (Programa de Asistencia Integral de Córdoba). Este Programa Social, que inició su implementación en enero de 1984, “se encuentra destinado a niños y jóvenes carenciados que asisten a establecimientos educativos y tiene como finalidad la de atender en forma integral y sistemática las necesidades de las familias y educandos de menores recursos económicos y cuya cobertura alcanza a todo el territorio provincial”. El PAICOR posee dos servicios: servicio de comedor escolar, que incluye almuerzo y cena, y servicio de “copa de leche”, que incluye desayuno o merienda, dependiendo en ambos casos de los horarios de asistencia de los niños y niñas al establecimiento educativo. Los niños y niñas que viven en Sabattini asisten mayoritariamente a la Escuela Provincial 9 de Julio. En ese establecimiento, quienes están inscriptos en el programa reciben diariamente la comida del PAICOR. Para acceder al PAICOR, las familias de los niños y niñas deben llenar una ficha (vía internet o presencial) y cumplir ciertos requisitos, en especial demostrar que no pueden solventar los gastos de alimentación de manera privada. Fuente: https://paicorvirtual.cba.gov.ar/. Consultado el 20 de agosto de 2017.
  22. En contraposición, las tareas “más nobles” serían aquellas que contribuyen al bienestar de las personas ligadas al cuidado directo de los seres humanos, como la salud, la educación y la asistencia social (Arango Gaviria, 2011). Otras de las tareas consideradas “nobles” son las que realizan los varones migrantes para mejorar el entorno del barrio, hacerlo habitable y duradero. Estas tareas, llevadas a cabo comunitariamente, buscan resolver algunos de los problemas de infraestructura que presenta Sabattini. Para mayor información sobre este tema véase Magliano (2017b) y Rosas (2018).
  23. Agradezco esta sugerencia, entre muchas otras que surgieron en distintas y enriquecedoras conversaciones compartidas, a Ana Inés Mallimaci.
  24. Los y las vecinos/as de Sabattini así como los miembros de las propias organizaciones sociales utilizan frecuentemente la palabra “bajar” para hacer referencia a aquello que se consigue, a través de las propias organizaciones, para el barrio. Expresa simbólicamente un vínculo de verticalidad, un arriba/abajo que coloca a las organizaciones (y también al Estado y sus agentes) en una posición, y a los barrios de relegación urbana y a las personas que habitan esos espacios en otra.
  25. Para profundizar sobre la temática de los microemprendimientos y su funcionamiento en los espacios urbanos periféricos habitados por población migrante, véase Perissinotti (2016a).
  26. Esta cuestión es ampliamente desarrollada por Perissinotti (2017) en su investigación sobre las prácticas políticas de mujeres peruanas en sus luchas por construir un “lugar” para vivir.


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