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Circulaciones laborales de mujeres migrantes en la Argentina

Historias de enfermeras en el AMBA[1]

Ana Inés Mallimaci

Introducción: el contexto de producción de la investigación

Las líneas de investigación que he venido desarrollando en los últimos años siguen un derrotero bastante clásico en el estudio contemporáneo sobre el análisis de las migraciones y su relación con los procesos de construcción de los géneros. En un primer momento, los trabajos abordaron el análisis del modo en que los procesos migratorios están determinados por (y colaboran en determinar) las construcciones sociales hegemónicas sobre lo femenino y lo masculino y sus múltiples interacciones. Este tipo de perspectiva se enfocaba en el análisis de una nacionalidad (en mi caso, la boliviana). Un segundo conjunto de trabajos se centró en indagar las relaciones que se establecen entre las y los migrantes y el mundo del trabajo de las sociedades de destino. El análisis de las mujeres migrantes[2] trabajadoras supone la concepción de un mercado de trabajo racializado, generizado y sexualizado (entre otros determinantes de desigualdad), cuyas modalidades se comprenden de manera situada en las historias locales analizadas. Con el fin de considerar diferentes nacionalidades, para incluir el origen nacional como posible vía de interpretación de los procesos laborales, las investigaciones que desarrollé se centraron en el estudio de ciertas categorías de empleo: médicas, trabajadoras domésticas, enfermeras.

A lo largo de estas investigaciones fue posible apreciar que las trayectorias de las migrantes atravesaban y articulaban espacios que fueron pensados tradicionalmente como distanciados analíticamente en los estudios dominantes del campo migratorio: el espacio público y el privado, el trabajo de producción y el de reproducción, el estudio formal y los saberes naturalizados, las técnicas aprendidas y las predisposiciones adquiridas en empleos formales e informales, calificados y no calificados.

Paralelamente, en el campo de los estudios de las migraciones de mujeres de América Latina comenzaba a instalarse una perspectiva construida desde la economía y la filosofía moral feminista: el trabajo y la ética de los cuidados[3]. Para los fines particulares de mi propia investigación, la categoría de cuidados permitía articular las esferas que se habían mantenido distanciadas en los estudios hegemónicos sobre las migraciones y los géneros. Por un lado, el concepto permitía analizar, como parte de un mismo sector, el del cuidado remunerado, las ocupaciones tradicionalmente desempeñadas por las mujeres migrantes en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Por el otro, permitía poner en relación procesos sociales separados en el análisis (como las trayectorias laborales y familiares, las sociedades de origen y destino, el trabajo productivo y reproductivo), pero unidos en las trayectorias empíricas de las mujeres con las que veníamos trabajando. Un ejemplo de ello es la construcción de la categoría “cadena global de cuidados”.

A continuación, presentaré algunos rasgos del modo en que se ha incorporado la categoría de cuidados en las investigaciones sobre mujeres migrantes en el AMBA que vengo desarrollando para luego presentar algunos resultados puntuales de la indagación sobre enfermeras migrantes en el AMBA.

El cuidado como campo de investigación

En primer lugar, es necesario aclarar que la concepción de cuidado que resulta útil a nuestra investigación se define como “amplia” para contraponerla a otra “reducida”. Mientras que, en este último caso, las tareas de cuidado se definen como aquellas ejercidas para cuidar a personas definidas como dependientes (como niños/as y personas ancianas), la concepción amplia parte de una definición de vulnerabilidad universal que supone que todos y todas necesitamos ser cuidados/as. En este sentido, el cuidado se refiere a todas aquellas actividades que se realizan en pos de mantener o preservar la vida en común (Tronto, 1993).

Por otra parte, los estudios sobre las tareas de cuidado parten de la afirmación de la existencia de una desigual distribución de este tipo de actividades. En este sentido, comparten cierta visión de una sociedad desigual con los trabajos sobre géneros y migraciones, que denuncian en sus orígenes las formas de dominación social y académica que invisibilizaron durante décadas a las mujeres migrantes. Si bien todos y todas necesitamos ser cuidados, ciertas personas participan más que otras en el sostenimiento de nuestra vida en común de acuerdo con la construcción genérica en la que son formados, su pertenencia a ciertas clases sociales, el origen nacional y la condición migratoria y racial, entre otros factores. Estas mismas dimensiones colaboran en la construcción de la idea de la existencia de un sujeto/a legítimo de las prácticas de cuidado (especialmente las estatales). La perspectiva de los cuidados supone también visibilizar la desigual distribución entre trabajo remunerado y no remunerado. En este sentido, nos interesa retomar aquellas autoras que enfatizan el conjunto de las actividades de cuidados como un espacio necesariamente heterogéneo y desigual. Tal es el caso de Duffy (2007), quien retoma el feminismo clásico para comprender a las tareas de cuidado remunerado como formas asalariadas de reproducción de la vida y de la fuerza de trabajo. Esta noción ampliada incluye actividades con diferentes jerarquías: tanto las tareas destinadas al cuidado del otro/a, en las que se supone un lazo directo y emocional con el/la sujeto/a cuidado/a, como las que Duffy considera “el patio trasero” del cuidado, vinculadas a tareas de limpieza, cocina y maestranza. De modo similar, la socióloga Arango Gaviria (2011) plantea la necesidad de diferenciar entre las actividades de cuidado de acuerdo a su valoración simbólica, el prestigio que adquieren en la sociedad y su respetabilidad social. Estas clasificaciones dependerán del espacio en que se desarrollen (que tiñe el sentido de las relaciones sociales que se establecen), el carácter remunerado o no de la actividad, las calificaciones que se requieran, las tareas involucradas (más nobles, ligadas a la reproducción de la vida o bienestar de las personas o más “sucias”, relacionadas con el mantenimiento de las condiciones materiales de vida, objetos y espacios de reproducción social) y la posición que ocupen en el orden social los/as cuidadores/as y quienes son cuidados/as. Visualizar a las actividades de cuidado como un campo jerárquico permite, como ya se ha señalado en trabajos anteriores (Mallimaci y Magliano, 2016), pensar la posibilidad de la existencia de pasajes y circulaciones en términos de movilidades en el sector de los trabajos de cuidados remunerados.

En términos más clásicos, el desarrollo de la noción de cuidados en el campo de las migraciones latinoamericanas (especialmente pensado para las migraciones Sur-Norte) estuvo ligado a los conceptos de “feminización de las migraciones” y a los cambios acaecidos en los Estados de Bienestar como consecuencia de la economía globalizada. El contexto que aumentó la sensibilidad sobre estas temáticas fue el de la “crisis de los cuidados” en los países del Norte, tal como se denomina a los problemas que se desarrollaron en los sistemas de protección asociados a los Estados de Bienestar europeos (Magliano y Mallimaci, 2017). El derecho a ser cuidado dejó de estar protegido por el Estado para volverse un problema privado de las familias, especialmente de sus mujeres. Esto impulsó la emergencia de “cadenas globales de cuidado”, una metáfora propuesta por Hochschild (2000) para señalar la existencia de una “fuga de cuidado” desde los países del “Sur” hacia los del “Norte” encarnada por mujeres que cuidan de manera remunerada en las sociedades de destino, mientras deben cuidar de manera presencial o a la distancia (con la asistencia de otras cuidadoras) a otras personas a su cargo. Se empieza a pensar entonces en formas de cuidados que no requieren de las interacciones cara a cara y que puedan atravesar las fronteras nacionales: los cuidados transnacionales (prácticas reproductivas) que se suman a la provisión económica de la familia (prácticas productivas) por parte de quienes se desplazan (Rodríguez Enríquez y Sanchís, 2011).

Resumiendo, la utilización de la categoría de cuidados supone incluir aspectos novedosos al análisis de las mujeres migrantes y el mundo del trabajo. Primero, permite visibilizar ciertas dimensiones centrales de los trabajos remunerados en los que suelen participar las mujeres migrantes. Por ejemplo, su asociación a “saberes innatos” construidos como femeninos y definidos como “no calificados”, lo que resulta en la feminización de ciertos sectores del mercado de trabajo escasamente valorizados y con una baja retribución económica. Segundo, permite poner en relación los trabajos de cuidado remunerados con aquellos no remunerados que tienen lugar en los hogares. Visualizar este lazo es fundamental para comprender las trayectorias laborales de las mujeres y el modo en que se relacionan con los proyectos migratorios. Por último, al unificar como parte de un mismo conjunto los trabajos remunerados clásicos de las mujeres migrantes, habilita el análisis de los pasajes entre diferentes empleos como posibles etapas de una misma carrera informal dentro del sector de los cuidados.

Una investigación sobre enfermeras migrantes

En este contexto personal y colectivo, inicié en 2015 una investigación que tenía como objetivo general la puesta en relación de diferentes empleos ejercidos por las mujeres migrantes. A partir de ello me proponía explorar el papel de las migrantes latinoamericanas en la provisión de cuidados en el AMBA y la reflexión sobre el rol de las mujeres migrantes en el mercado de trabajo local. El análisis se enfocaba en “las mujeres migrantes trabajadoras remuneradas del cuidado” que, siguiendo a England, Budig y Folbre (Esquivel, 2010: 530), fueron definidas como las asalariadas cuya ocupación conlleva la prestación de un “servicio de contacto personal que mejora las capacidades humanas de quien lo recibe”. Las particularidades de la realidad nacional y local demandaron situar las categorías de análisis. En este sentido, los antecedentes generados en otras realidades debían ser puestos en contexto de acuerdo a la historia particular del trabajo de cuidado y las migraciones en la localidad. Tal como lo definen West y Fentersmaker (1995), se trata de realizaciones situadas, es decir, contextos en los cuales las interacciones de las categorías se actualizan y les confieren sus significados. Así, la histórica debilidad con que el Estado abordó el campo de los cuidados en nuestro país constituye un escenario diferente a los contextos europeos donde se han consolidado los trabajos sobre mujeres migrantes y cuidados. Las mujeres migrantes en Argentina han estado presentes desde principios del siglo XX en los trabajos de cuidados remunerados en los diferentes espacios en los que se han desarrollado: hogares, instituciones y comunidades.

La primera etapa de esta investigación se orientó al análisis de las mujeres enfermeras migrantes del AMBA. Se intentaba poder captar así potenciales circulaciones realizadas por las mujeres migrantes entre diferentes actividades de cuidado. Si bien diversos estudios (Magliano, 2017; Tizziani, 2013; Rosas 2010) dieron cuenta de las circulaciones horizontales dentro del empleo doméstico, a partir de la permanencia de las mujeres migrantes en la localidad (que significa la mejora de las condiciones laborales sin necesidad de salirse del sector), las mujeres migrantes enfermeras podrían develar otras formas de trayectoria laboral. En este sentido, una hipótesis de partida fue considerar que la presencia de mujeres migrantes enfermeras podía ser comprendida como el resultado de la realización de “carreras laborales” informales en el mundo de los cuidados[4].

Los antecedentes sobre el estudio de las migrantes enfermeras vinculadas a las migraciones Sur-Norte o Norte-Norte están basados en migraciones definidas como “calificadas” al tratarse del desplazamiento de mujeres enfermeras tituladas en los países de origen que intentan insertarse en el sector de la salud de los países de destino. Se trata de una “migración de recursos humanos de salud”, tal como lo define la Organización Panamericana de la Salud (2011). Sin embargo, como parte de los procesos vinculados a la internacionalización de los estudios terciarios y universitarios, hay desplazamientos de jóvenes cuyos proyectos migratorios se enfocan en el estudio de la enfermería. Más allá de las críticas conceptuales que podrían hacerse a este tipo de aproximaciones, que se alejan de una categoría “migrante” relegada únicamente a una migración “laboral”, me interesa aquí resaltar que ninguno de estos procesos sociales se asemeja a lo ocurrido en nuestro país. De acuerdo con las entrevistas realizadas, la opción por el estudio de la enfermería surge en Argentina a partir ciertos determinantes que intentaré elucidar.

En términos metodológicos, los resultados se asientan en la realización de entrevistas en profundidad a enfermeras y estudiantes de enfermería migrantes residentes en el AMBA. Hasta el momento, se realizaron 18 entrevistas con enfermeras que se desempeñan en hospitales públicos y clínicas privadas de la región y estudiantes de enfermería pertenecientes a dos universidades nacionales y dos escuelas privadas. En esos mismos contextos, también fueron entrevistadas mujeres argentinas, muchas de ellas oriundas de otras provincias del país (10 migrantes internas y 10 nacidas en el AMBA). Asimismo, el trabajo se complementa con entrevistas, algunas grupales, a coordinadores/as del sector de enfermería en el ámbito profesional y docentes y rectores de las instituciones educativas (11 personas entrevistadas) y dos sindicalistas.

Condiciones que posibilitan el ejercicio de la enfermería

En términos formales, en Argentina, según la normativa nacional, el ejercicio y el estudio de enfermería en cualquiera de sus tres niveles (auxiliar, técnico y licenciado) requiere de un título de estudios secundarios, lo cual implica credenciales académicas que no están distribuidas universalmente entre la población migrante en el país. Según datos del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación (MTEySS), basados en una encuesta realizada en 2011, la proporción de migrantes que tienen hasta nivel primario incompleto (13,5 por ciento) es más del doble que la de los ciudadanos nativos de la misma edad. Luego, la proporción de quienes tienen estudios terciarios o universitarios incompletos o superiores (el 21,8 por ciento) es casi la mitad de la proporción que ostenta la población nativa (Organización Internacional del Trabajo, 2015). Dentro de la población extranjera, los perfiles educativos son bastante disímiles: los migrantes de países limítrofes cuentan con niveles educativos en promedio inferiores a los de la población total de la Argentina, mientras que la población migrante regional no limítrofe, la proveniente del continente europeo y el resto de la población extranjera poseen perfiles educativos más elevados que los del promedio nacional (Benencia, 2012).

Las entrevistas a los diferentes actores sociales y a las propias estudiantes y enfermeras sugieren que en el caso del AMBA la presencia de migrantes estudiando o ejerciendo enfermería es el resultado de la opción de mujeres migrantes con proyectos migratorios de permanencia (al menos en el mediano plazo) en el país. De esta manera, si tenemos en cuenta la trayectoria migratoria de las entrevistadas, el estudio o ejercicio de la enfermería se realiza en un contexto más amplio de acciones vinculadas a la decisión de permanecer en Argentina.

Además del proyecto migratorio de mediano y largo plazo, que una mujer migrante decida estudiar en la universidad o en institutos terciarios supone tener la posibilidad concreta de hacerlo. Son necesarios recursos materiales y simbólicos, no sólo en términos monetarios (el pago de una matrícula, flexibilizar y reducir las jornadas de trabajo) sino también en la disponibilidad de un tiempo “libre” factible de ser utilizado para el estudio de la carrera. En el caso de las trayectorias laborales y educativas de las mujeres con responsabilidades familiares, sin importar su condición migratoria, las redes son fundamentales para ampliar las formas de gestión del cuidado de sus familias (que recaen de modo natural en ellas) para poder habilitar su ausencia del hogar y su presencia en actividades laborales y educativas. Existe una imbricación necesaria entre los géneros, los cuidados y las temporalidades (Bessin y Gaudart, 2009). Las redes sociales de cuidado disponibles resultan ser un recurso indispensable para alivianar la responsabilidad moral que recae en las mujeres y generar un tiempo por fuera de la “temporalidad de la responsabilidad”, que es la condición necesaria para poder iniciar el estudio de enfermería. En el caso de las más jóvenes, esta generación de un tiempo disponible para el estudio es brindado por las propias familias nucleares.

De esta manera, la posesión de credenciales académicas, proyectos de permanencia, recursos económicos y disponibilidad temporal delimita el conjunto de las mujeres migrantes que podrían decidir estudiar enfermería en Argentina. En términos estadísticos, a nivel nacional, según datos del Sistema Integrado de Información Sanitaria Argentina (SIISA) en 2013[5], el 6 por ciento de los y las enfermeros/as activos en Argentina son extranjeros/as[6]. El censo nacional de población, hogares y viviendas de 2010 muestra que la proporción de extranjeros/as desempeñándose en el sector salud es de 10,7 por ciento en el Gran Buenos Aires y 11,7 por ciento en la Ciudad de Buenos Aires[7]. Sin embargo, si se enfoca la mirada en la población que estudia enfermería en la actualidad los datos construyen un escenario muy diferente respecto de la presencia migrante. Según la Dirección Nacional de Información y Estadística de la Calidad Educativa (DINIECE) del Ministerio de Educación nacional, en la matrícula de 2015 de estudiantes en escuelas de enfermería no universitaria[8] de la Ciudad de Buenos Aires, un 32 por ciento nació en otro país. El principal origen es boliviano (14 por ciento), luego peruano (11 por ciento) y paraguayo (4 por ciento). Por otra parte, entre las instituciones universitarias de gestión estatal y privada de la Ciudad de Buenos Aires, el porcentaje de extranjeros/as es del 10,4 por ciento, siendo el principal origen nacional el peruano (5 por ciento), le sigue el boliviano (3 por ciento) y el paraguayo (1 por ciento). En la Provincia de Buenos Aires, el porcentaje de estudiantes extranjeros/as es del 8 por ciento, con similar distribución según origen nacional. De esta manera, si bien la presencia de extranjeros/as es importante en todas las instituciones, es en las escuelas no universitarias (que forman para el título de enfermera profesional) donde es altamente significativa.

La elección por la enfermería

Una de las dimensiones relevantes para el análisis se refiere a las motivaciones que las entrevistadas mencionan sobre la elección de la carrera. En primer lugar, la elección por la enfermería supone la importancia de la representación social sobre esta profesión algunos de cuyos rasgos se desprenden de la historia de su ejercicio en el país, especialmente su feminización, su histórico problema de deficiencia de enfermeras, tanto en términos cualitativos (relacionados con la formación) como cuantitativos y el lugar subsidiario que ha tenido en relación con el saber y las prácticas médicas. Según datos consignados por Martin (2015), en la primera década del siglo XX el 70 por ciento de las personas ocupadas en la enfermería en la Ciudad de Buenos Aires eran mujeres, lo cual influyó para que la enfermería fuera considerada como una extensión del ámbito doméstico y la dimensión maternal y, en palabras de la historiadora, se convirtiera en una “profesión atajo” para conciliar el mundo femenino y el mundo laboral. En este sentido, la feminización del sector condicionó la formación de enfermeras, que parecía más una extensión de las labores domésticas y hogareñas que una tarea basada en procedimientos, conocimientos y técnicas (Martin, 2015). La demanda de mujeres para la enfermería se basaba en la idea de que tenían condiciones naturales para la actividad, lo que les permitiría sobrellevar la precarización de su ejercicio (Ramacciotti, 2015).

Esta particular forma de institucionalización de los saberes de la enfermería habilita su construcción como un “saber menor” dentro del campo de las ciencias de la salud. Aun cuando la enfermería en la actualidad es reconocida como una profesión autónoma, su vinculación con tareas de cuidados la desvaloriza dentro del ámbito de la salud. Por otra parte, se trata de actividades cuyo buen desempeño radica en que sean discretas, es decir, que no deben quedar huellas de la presencia enfermera (Borgeaud-Garciandía, 2009; Molinier, 2005), lo cual colabora en su invisibilización.

En cuanto a los motivos mencionados en las entrevistas para elegir estudiar enfermería, es posible reconocer dos grupos principales: aquellos relacionados con aspectos vocacionales (“me gustaba cuidar”, “quería ayudar”, “siempre me gustó”) y otros utilitarios (Arakaki, 2013), vinculados con las expectativas de obtener empleo. Sin embargo, de modo más solapado, es posible entrever que una importante motivación es la percepción de la carrera de enfermería como “posible de ser alcanzada”. Esta representación como una profesión “cercana” puede ser analizada como uno de los efectos de los estereotipos que han constituido la historia y el presente de la enfermería y que, como he señalado, sostienen su desvalorización en el ámbito de la medicina tradicional. Pero ambas cuestiones, cercanía y desvalorización, pueden ser explicadas por su relación con actividades de cuidado. Cuando se relatan los motivos de la elección de la enfermería, se señala de modo recurrente cierta predisposición innata que se ejemplifica a partir del relato de actividades de cuidado que han sido realizadas en esferas familiares o laborales. Esto, además, hace que la enfermería sea imaginada en el inicio de la formación como una carrera “cercana” y, en un punto, “ya conocida”.

Tanto entre quienes ya han tenido algún empleo remunerado como entre quienes inician el estudio de la carrera sin haber tenido experiencias laborales previas, se realiza una conexión de sentido entre el cuidado no remunerado y la enfermería. En este sentido, se vislumbra la expresión de un orden de género que, entre otras dimensiones, es producido por una socialización diferenciada por género en relación con el tiempo. A las mujeres se les asigna en su socialización competencias temporales diferenciales que suponen una disponibilidad temporal permanente (estar disponible para el otro o la otra), el sentido de la anticipación, la paciencia y la responsabilidad en tanto conciencia de las interdependencias (Bessin, 2014). Es decir, una relación con el tiempo ligada al cuidado. Como lo señalan tanto Bessin (2014) como Hirata y Molinier (2012), el trabajo de cuidado supone la “preocupación por el otro” y para muchas trabajadoras se trata de una predisposición asociada a cualidades naturalizadas como femeninas que se enuncian en términos de “vocación” en contraposición con una relación utilitarista de la profesión (aunque en las entrevistas se mencionen reiteradamente ambos tipos de motivaciones). La disposición moral de las mujeres para el cuidado se superpone así con la noción de la “vocación”, que aparece en los relatos de las enfermeras como una dimensión presente en la elección de la carrera y luego necesaria para mantener las cualidades morales de la profesión.

Es interesante señalar que el acceso a la enfermería también expresa las aspiraciones a una movilidad ascendente personal y/o familiar. De esta manera, la vinculación entre migrantes y enfermería permite complejizar la “desvalorización” de la enfermería en términos generales y reconstruir su valoración desde el punto de vista de las migrantes[9]. Lograr ser enfermeras representa para casi todas las entrevistadas la posibilidad o el acceso a un trabajo formal en un tiempo relativamente corto de estudio (el diploma de enfermera profesional se obtiene en tres años de estudio, según lo establecido en los planes de las carreras). Los empleos anteriores de las entrevistadas o de las mujeres cercanas de sus familias o amigas se corresponden con los empleos tradicionales de las mujeres migrantes en el AMBA, y suelen estar acotados al empleo doméstico (generalmente no registrado) o algún tipo de emprendimiento informal (textil, comercial, entre otros). También debe destacarse que en muchos casos existen mujeres familiares enfermeras que colaboran en la elección de la institución de estudio y en las futuras elecciones relevantes como estudiantes y profesionales. De tal modo, el deseo de ser enfermera expresa también el deseo de ingresar al sector formal del mercado de trabajo y, en consecuencia, al conjunto de derechos laborales asociados. El hecho de poseer un título terciario es percibido como un salto cualitativo en las trayectorias y, en el largo plazo, un posicionamiento diferente hacia el rol de las mujeres en el mundo del trabajo.

Dos modelos de acceso a la enfermería

Articulando las dimensiones anteriores, los resultados obtenidos en la investigación muestran que para el caso del AMBA existen dos formas típicas en que las mujeres extranjeras acceden al mundo de la enfermería:

1. Circulaciones entre empleos de cuidado. Se trata de mujeres migrantes que se desempeñaron o desempeñan (mientras estudian) en casas particulares como empleadas encargadas de limpieza o como cuidadoras de niños/as o personas mayores que, a partir de un número variado de “pasajes” laborales, acceden a ser enfermeras. La circulación es vivenciada como un ascenso que se experimenta a lo largo de la propia trayectoria migratoria y laboral. En general, se trata de mujeres que obtuvieron el título secundario en sus países de origen o que pudieron completarlo en la sociedad de destino a partir de algún programa especial[10]. La idea de la existencia de una carrera laboral que uniera el empleo doméstico y la enfermería, formó parte de los supuestos de partida de la investigación. Sin embargo, algunos emergentes novedosos tensionaron las categorías teóricas de partida, especialmente los modos de significar estas carreras y la relación entre los primeros empleos y los actuales (Mallimaci, 2017). Para estas mujeres, la relación con el empleo doméstico se define de un modo pragmático por fuera de toda valoración moral. Es decir, el empleo doméstico es aquello a lo que podían acceder en un tiempo corto acorde a sus condiciones de posibilidad y su posición en la sociedad. A lo largo de su permanencia en la región, la mayoría pudo mejorar las condiciones laborales de sus inserciones dentro del sector (sin que ello signifique el registro de la relación laboral). Por otra parte, es posible entrever una visión positiva sobre el trabajo doméstico que se sostiene en la comparación con las condiciones de trabajo de otros empleos que consideran “posibles para ellas”. Especialmente cuando se trata de empleos vinculados a la limpieza de los hogares, las mujeres destacan el valor de su flexibilidad horaria como elemento positivo tanto en la articulación con los trabajos de cuidados no remunerados como para poder disponer del tiempo necesario para el estudio y las prácticas de la carrera de enfermería. En este sentido, reconstruyen la inserción en el empleo doméstico como una elección en un marco de posibilidades acotadas. Teniendo en cuenta lo desarrollado en relación con las dimensiones vocacionales de la elección de la carrera, resulta sumamente interesante que las entrevistadas opten en su relato por ligar las actividades profesionales de la enfermería con saberes y prácticas aprendidas en el desempeño de sus funciones como empleadas domésticas. De modo similar a lo señalado por Tizziani (2017) para las y los trabajadores de limpieza, la acumulación de experiencias en torno a las actividades de cuidado les permite reivindicar la adquisición de una serie de saberes y competencias (técnicas y relacionales) que las vuelven idóneas para el estudio de la enfermería. De esta manera, existe una conexión simbólica entre las tareas de enfermería y las tareas efectivamente realizadas como trabajadoras domésticas remuneradas. La experiencia no profesional de cuidado en el trabajo doméstico (sobre los cuerpos, las personas y sobre los espacios) se vivencian en un modelo de cercanía con las actividades de cuidados profesionales.

2. Movilidad intergeneracional. Este modelo es representado por mujeres que han migrado cuando eran pequeñas, en contextos familiares. Se trata de nacidas en el extranjero (inmigrantes de acuerdo con las categorías del sistema estadístico nacional), pero que han crecido y estudiado en el país. A lo largo de su permanencia en Argentina, y la inserción y especialización de sus familias en un sector productivo (relacionados con los cuidados en casas particulares, la construcción, el sector textil y/o la horticultura), las familias han experimentado una movilidad social ascendente, especialmente en términos económicos. El hecho de contar con recursos monetarios y las aspiraciones familiares de ampliar las opciones para las generaciones siguientes producen las condiciones de posibilidad que permiten el estudio terciario y/o universitario de estas mujeres. A diferencia de lo que ocurre en el primer modelo, la mayoría ingresa a la carrera sin haber tenido experiencias laborales previas. Son las familias las que sostienen económicamente el estudio de sus hijas y, en muchos casos, las que excluyen la posibilidad de que las jóvenes ingresen al mercado de trabajo. Alejándose de la especificidad migratoria, para estas familias el ascenso social económico y simbólico tiene en el estudio su principal vehículo. Otra diferencia radica en la más difusa valorización (vía su comparación con empleos cercanos) de la enfermería. Como lo expresa una entrevistada, ella tuvo que “bajar a enfermería” después de su fracaso en el ingreso a una carrera universitaria en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Las universidades son consideradas las instituciones de mayor prestigio y, por eso, más lejanas. Las opciones laborales con las que la enfermería disputa son más amplias en estas mujeres. Por ejemplo, la docencia en nivel inicial o primario es mencionada como una opción posible a la hora de elegir una carrera (como lo es para algunas de sus hermanas/os o amigas/os cercanas/os). Más allá de las obvias diferencias, magisterio y enfermería tienen ciertas similitudes: se trata de profesiones feminizadas, con un discurso fuertemente vocacional, con alta demanda en el AMBA y que permite el acceso a un sector con alto grado de formalidad. Las valoraciones sociales sobre las carreras y las instituciones se asemejan a las dominantes en la sociedad de destino.

En definitiva, ambos modelos dan cuenta de procesos sociales diferentes más allá del nacimiento en un país extranjero. Sin embargo, la heterogeneidad de estas experiencias sociales se desvanece ante la permanencia de discursos estigmatizantes sobre la presencia migrante en el mundo de la enfermería reproducido por sus pares y superiores (Mallimaci, 2016 y 2018)[11]. Unas y otras cargan con la sospecha constante por parte de pares y superiores de la ilegitimidad de sus motivaciones laborales. En las entrevistas realizadas a coordinadores del sector, docentes y otras enfermeras argentinas, la vocación por la enfermería a la que hiciéramos referencia más arriba pareciera tener que ser justificada doblemente por las mujeres migrantes ante la sospecha constante de un acercamiento utilitario a la profesión: la tensión entre vocación y empleo organiza las percepciones sobre los y las migrantes. Al igual que lo señalado por Wainerman y Geldstein (1990) y Arakaki (2013), en la mayor parte de los relatos, de migrantes y argentinas, el discurso vocacional se utiliza como explicación por la negativa de prácticas consideradas como no éticas. En relación con la percepción de la labor de los y las migrantes, el discurso vocacional es esgrimido para deslegitimar la presencia de migrantes en la profesión adhiriendo a la condición migratoria la “sospecha” siempre presente de la vinculación utilitaria a la enfermería. Los y las migrantes parten de una “situación sospechosa” que pueden legitimar a partir de la demostración de la “vocación” que se les niega como presupuesto. Para el caso de las mujeres, la responsabilidad hacia el otro u otra como rasgo necesario para ser una (buena) enfermera, debe ser demostrada entre las mujeres migrantes en vez de ser supuesta como carácter innato femenino. De esta manera, a las jerarquías entre ocupaciones de acuerdo con una división moral del trabajo, se le superpone una relación de poder entre distintas categorías de trabajadoras, ya no sólo por el tipo de tarea desarrollada sino por el origen nacional, étnico y racial que deslegitima el cruce de ciertas jerarquías para las mujeres migrantes.

Palabras finales

A lo largo de este artículo, se intentó dar cuenta de los principales resultados arrojados por una investigación sobre mujeres enfermeras en el AMBA. En primer lugar, se señaló que la investigación se enmarca dentro de la perspectiva de los cuidados, lo que permite visualizar el rol de este tipo de actividades a lo largo de las trayectorias migratorias y laborales de las mujeres migrantes. En este sentido, el cuidado puede ser considerado un elemento estructurante de las migraciones. Muchos de los desplazamientos migratorios se desencadenan, entre otras motivaciones, para poder sostener los cuidados del hogar de origen a partir de una crisis de su reproducción (Rodríguez Enríquez y Sanchís, 2011). Asimismo, los proyectos migratorios de las mujeres suelen estar relacionados con empleos en el sector de cuidados remunerados. Por último, la gestión de los cuidados familiares resulta central en las decisiones laborales y migratorias de las mujeres migrantes. De este modo, la articulación entre trabajo productivo y reproductivo se sitúa en el centro de estas reflexiones.

Partiendo del enfoque de los cuidados, este estudio permite dar cuenta de la vinculación entre la enfermería, en tanto actividad remunerada y profesional de cuidados, y los cuidados no remunerados. Se trata de un lazo que va más allá de cierto encadenamiento de las ocupaciones ejercidas por las mujeres migrantes que devienen enfermeras, sino que se refleja en el plano de los sentidos al vincular los saberes aprendidos (pero naturalizados) en una y otra esfera. La predisposición hacia el cuidado y la preocupación por los otros/as como capacidad femenina, se comprende como formando parte de una vocación que sería necesaria para el buen ejercicio de la profesión. Estas representaciones, que colaboran con una imagen de la enfermería como “carrera cercana”, permiten también pensar en una carrera dentro de los empleos de cuidado. En ella, las técnicas y saberes aprendidos en un empleo, por ejemplo, el de cuidadora en hogares particulares, son valorizados y posibles de ser convertidos en recursos en otros empleos considerados de mayor valor, como la enfermería. Paradójicamente, desde la mirada externa de pares y superiores, estas mujeres tienen adheridas a su condición de migrantes la sospecha de su vinculación con la carrera a partir de motivaciones utilitaristas, es decir, pensar la carrera como un medio para obtener un empleo más que por la realización de una vocación. Sin embargo, en las entrevistas las motivaciones vocacionales y laborales se superponen tanto entre las enfermeras argentinas como entre las extranjeras.

El análisis de las trayectorias migratorias y laborales de enfermeras migrantes nos revela historias de mujeres con una reflexión constante sobre sus condicionamientos y posicionamientos sociales. Historias heterogéneas y diversas que expresan con sus itinerarios diferentes procesos sociales relacionados con las poblaciones migrantes, pero, especialmente, con la sociedad argentina. En un contexto normativo que colabora en la regularización de la condición migratoria para las nacionalidades del Mercado Común del Sur (Mercosur), y después de una década en que existieron políticas estatales educativas y económicas que colaboraron en el ingreso a la educación terciaria a sectores medios y populares, es posible pensar que las trayectorias analizadas se expliquen también por este contexto particular de la historia argentina. La importancia del estudio como principal vehículo de una movilidad social ascendente, las representaciones sobre la enfermería y el lugar de las mujeres en la división sexual de los saberes y técnicas son visiones hegemónicas compartidas por vastos sectores que inciden en los recorridos analizados. El límite de estas experiencias comunes entre las migrantes y no migrantes radica en la ilegitimidad de su presencia entre los trabajadores/as de la salud, sostenida y justificada por la primera falta, la del desplazamiento migratorio (Sayad, 1999).

Bibliografía

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  1. El AMBA —Área Metropolitana de Buenos Aires— comprende la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y las localidades de la Provincia de Buenos Aires que la circundan.
  2. Si bien a lo largo de este artículo se hace referencia a las “mujeres migrantes” en general, el referente empírico se enfoca en las mujeres bolivianas, paraguayas y peruanas.
  3. Me refiero a la producción sobre la ética del “care”, desarrollada a partir de la obra de Carol Gilligan.
  4. La noción de “carrera laboral” suele continuar la propuesta de Huges que se refiere a “la secuencia de movimientos de un puesto de trabajo a otro que hace un individuo que se desplaza dentro del sistema ocupacional” (Becker, 2009: 43).
  5. Fuente: https://goo.gl/dDz6Rn. Consultado el 9 de octubre de 2014.
  6. La categoría “extranjero” emerge de la propia fuente consultada para referirse a las personas no nacionales que están estudiando enfermería. Debe destacarse, asimismo, que en un 7 por ciento de los casos no se ha registrado la nacionalidad.
  7. Los datos no permiten aislar a los y las enfermeros/as del resto de los y las trabajadores de la salud.
  8. Las instituciones que otorgan los títulos de “Enfermería profesional” en Argentina pueden ser universitarias o no. Los datos se refieren a las segundas porque son los centralizados por el Ministerio de Educación. Las universidades tienen sus propios sistemas informativos.
  9. Lo mismo sucede con las mujeres argentinas provenientes de los sectores populares. En este punto y otros, es interesante estar atentos a las semejanzas de ciertos recorridos y representaciones sociales de estos grupos, lo que opaca la dimensión nacional como variable interpretativa y refuerza aquellas vinculadas con la clase, la etnicidad y las asignaciones raciales.
  10. Especialmente escuelas nocturnas o con planes reducidos para adultos/as.
  11. Jefes y jefas de sección, docentes y enfermeras/os nativos/as también fueron entrevistados en el marco de la investigación.


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