Otras publicaciones

Book cover

9789871354894_frontcover

Otras publicaciones

9789877230543-frontcover

bertorello_tapa

Pensar desde los intersticios[1]

Algunas reflexiones sobre los estudios de migración y género a partir de un caso de migración LGTBIQ

Fernanda Stang

Quiero partir con una irrupción del discurso como acontecimiento:

[…] recuerdo que una vez, por ejemplo, le dije a mi mamá que estaba así como desesperada, que ya no quería que nadie me preguntara más si me iba a quedar en Chile porque yo no sabía qué responder, entonces como que mi mamá me dijo: “¿Pero cuál es el problema? Si a usted le gustan los hombres, las mujeres, y también los trans, y no se hace problema por eso, ¿por qué se va a hacer problema por vivir en dos países?”. (Laura, colombiana, segundo encuentro, julio de 2015[2].)

La cita muestra cómo en las experiencias migratorias que constituyen el objeto de esta investigación —las de migrantes LGTBIQ[3] latinoamericanos residiendo en Santiago de Chile— se intersecan y articulan, de modos diversos en cada caso, las fronteras geopolíticas, las fronteras entre configuraciones culturales nacionales y las fronteras instituidas entre sexos y géneros, entre varias otras. Esa es precisamente la propuesta general que guía la investigación de la que surge este artículo: problematizar las diversas fronteras que se van construyendo, transformando, traslapando e incluso diluyendo (sin desaparecer) en las experiencias migratorias de estos sujetos en dos locus definidos: cuerpo y familia, determinados en función de su relevancia para estos procesos de subjetivación sexo-genéricos.

La frontera como hendidura espacio-temporal que habilita la transformación del cuerpo y su experimentación; la frontera como línea imaginaria que permite a la vez la invisibilización ante la familia de la dimensión experiencial de estas subjetivaciones sexo-genéricas no normativas, pero también la puesta en discurso de esta subjetivación ante ella; la frontera como intersticio que abre el juego para experimentar nuevas formas y posibilidades de construir y vivir relaciones de pareja o de conformar familia; la frontera encarnada en el propio cuerpo mediante las vivencias de la otredad (el cuerpo negro, el cuerpo “andino”, el cuerpo sexualizado de mujer colombiana), son algunas de las formas en que estas experiencias migratorias específicas permiten observar cómo la noción de frontera se complejiza y densifica en los procesos migratorios en general, y en estos en particular.

Como es obvio ya, el modo en que está funcionando la noción de frontera en estas afirmaciones excede el significado acotado a la frontera geopolítica. La frontera se propone aquí como artefacto conceptual-metodológico y como dispositivo epistemológico (Mezzadra y Neilson, 2016), y el momento en que esa decisión se hace más evidente es cuando se alude a la frontera entre sexos y géneros. Cabe preguntarse —y este interrogante estuvo en la base de esta decisión— en qué medida esta proliferación semántica del concepto no le hace perder especificidad y, por lo tanto, capacidad explicativa. ¿No es riesgosa esta polisemia de la frontera, que parece equipararla a los límites trazados en casi cualquier esquema clasificador (y jerarquizador)? Grimson advertía hace buen tiempo ya de estos riesgos, cuando pedía tener cuidado con este concepto: “No sólo porque no todo es una ‘frontera’, sino porque no debemos pedirle que haga más trabajo teórico del que puede realizar” (Grimson, 2003:21). Es un llamado a la autorreflexividad permanente respecto de la apropiación del concepto. Sin embargo, creo que la apuesta amerita el riesgo por la capacidad heurística de este constructo, especialmente en este caso, en el que el cruce material y simbólico de las fronteras —geopolíticas y entre configuraciones culturales nacionales— incide en dimensiones vitales tan relevantes, en clave ontológica, como las que participan en el proceso de subjetivación sexo-genérica determinando reconfiguraciones subjetivas que pueden entenderse con más claridad si se piensan como erosiones de fronteras entre categorías clasificatorias del dispositivo sexo-género.

La propuesta es, por lo tanto, pensar la frontera desde una imagen intersticial, como una hendidura mediando entre espacios-tiempos (materiales y simbólicos). Esta imagen permite, por una parte, pensarla como posibilidad de exploración creativa, por los dislocamientos situacionales y las combinaciones innovadoras a las que abre paso (Hannerz, 1997), pero, por otra parte, implica no perder de vista la solidificación histórica que se trata de horadar con el cruce, el poder de las sedimentaciones que la han instituido y la conflictividad que supone su atravesamiento (Caggiano, 2003). De este modo, la frontera puede pensarse como estructura y agencia a la vez (Guizardi et al., 2015), y así, por ejemplo, captar de modo más cabal las experiencias de los entrevistados cuando, a la vez que reproducen en sus cuerpos y experiencias los controles sobre la sexualidad que se gestaron en el allá (particularmente en la familia de origen), utilizan estratégicamente las herramientas que les proporciona el acá para desafiar ese control, ya sea sutilmente o de modo más radical. Como propone Vila, “una misma persona puede ser, en distintas circunstancias y respecto a diferentes aspectos de su identidad, un ‘reforzador’ y un ‘cruzador’ de fronteras al mismo tiempo” (2001:23).

Junto a esta noción de frontera, la de dispositivo sexo-género es otra de las categorías analíticas centrales de esta investigación. Con esta noción me refiero, desde una perspectiva foucaultiana, a la red que relaciona un heterogéneo conjunto de elementos (por ejemplo, la escuela y el discurso pedagógico en torno a tópicos ligados a la sexualidad y el género; la iglesia y el discurso católico sobre la sexualidad y el deseo; las políticas estatales de salud sexual y reproductiva; las reglamentaciones que rigen los tipos de contratos matrimoniales legitimados por el Estado; los saberes académicos construidos en torno a la diversidad sexual y el género; el psicoanálisis, la medicina y sus instituciones, etc.), mediante un vínculo de naturaleza específica y cambiante, y con una función estratégica dominante (Foucault, 1990), que ha permitido la construcción y persistencia de una ligazón peculiar entre las dimensiones vitales de sexo y género, que responde a una lógica heteronormativa. A su vez, los procesos de subjetivación sexo-genéricos que se producen en el marco de este dispositivo implican, en su “operación”, tres ejes: los saberes formados y en formación que se refieren a la sexualidad y el género; los sistemas de poder que regulan su práctica; y las formas según las cuales los individuos pueden y deben reconocerse como sujetos de esa sexualidad y ese género (Foucault, 1996). He decidido mantener el calificativo de “no normativos”, a pesar de los múltiples cuestionamientos que se le puedan hacer —entre ellos, su planteo desde la negatividad—, porque esta definición contra la norma (heterosexual), o fuera de la norma, emerge como un tema significativo en estos procesos de subjetivación de los entrevistados.

Este trabajo se propone, entonces, en primer lugar, compartir algunos resultados preliminares de esta investigación sobre inmigración latinoamericana —específicamente peruana y colombiana— LGTBIQ en Santiago de Chile (es decir, migración sur-sur)[4], para ensayar, en segundo lugar, a partir de esa base, algunas reflexiones sobre las formas en que este caso en particular puede contribuir a re-pensar algunos de los temas “tradicionales” que se han construido en el encuentro de los estudios migratorios con la perspectiva de género, como la familia y otros emergentes —al menos en el Cono Sur— como la sexualidad y el cuerpo. La convicción que está detrás de esta propuesta es que la posición intersticial de estas subjetivaciones sexo-genéricas migrantes constituye un terreno en barbecho para la imaginación sociológica, que no sólo podría abrir nuevas líneas de exploración sino que también permitiría la revisita de ciertos saberes consolidados en este campo desde lugares diferentes. La apuesta es, entonces, generar un espacio de reflexión para explorar los intersticios de las fronteras del campo desde estas experiencias migratorias concretas que, también en su forma, son intersticiales.

En términos metodológicos, la investigación recurrió a un diseño cualitativo sustentado principalmente en relatos de vida de siete migrantes de origen peruano y colombiano que se autodefinen, en este momento de su vida, desde alguna forma de subjetivación sexo-genérica no normativa, excluyendo personas trans[5]. Se decidió considerar estos dos orígenes nacionales porque constituyen, por una parte, los dos grupos con mayor representación dentro de la población migrante internacional del país (30 por ciento los peruanos y 13,6 por ciento los colombianos, según datos de la encuesta CASEN de 2015) (Ministerio de Desarrollo Social, Chile, 2016), y por la otra, son los dos grupos nacionales de origen latinoamericano que más han crecido entre 2005 y 2014 si se consideran los 10 con mayor representación (198 por ciento los peruanos y 394 por ciento los colombianos) (DEM, 2016). Con cada uno de ellos se mantuvieron tres encuentros en los que se generaron, en general, largas conversaciones. Esto encuentros “formales” se desarrollaron entre abril de 2014 y julio de 2015. Además hubo encuentros informales previos, paralelos y posteriores, de los que surgieron algunas notas de campo. Se trata de personas que se ubican en un rango etario que se extiende entre los 19 y los 39 años, con tiempos de residencia en Santiago también variables: entre uno y 14 años. En este artículo en particular, aparecen principalmente citas de los relatos de tres de los entrevistados, puesto que se consideraron los fragmentos discursivos más representativos, pero el análisis alude a los siete casos sobre los que se construyó la investigación.

El viaje en el cuerpo

Uno de los puntos nodales emergentes del discurso de los entrevistados es el de las transformaciones en la experimentación del cuerpo a partir del proceso migratorio. Daniela, una joven colombiana de 29 años, y dos viviendo en Santiago al momento de las entrevistas, construye en su relato un vínculo muy estrecho entre la decisión de migrar, la forma de contárselo a su familia y los cambios en su aspecto:

Yo creo también que lo que tuvo de simbólico cuando les dije, habiendo tomado la decisión, yo hablé con mi mamá, y me despierto al otro día y le dije “mamá, sabes qué, me quiero rapar, me quiero cortar el pelo”.

—Tenías el pelo largo…

—Súper largo, semi-ondulado así, y me lo alisaba, entonces quedaba súper feo, entonces le dije a mi mamá “es para el viaje, en serio, andar con champú, acondicionador, peinar, cepillo”, yo sin saber dónde tengo que quedarme a dormir, no, chau. Entonces fui a la peluquería pero… fue súper chistoso, porque me peluqueó recuerdo un hombre, y las mujeres del salón estaban como arrinconadas al fondo mirando como si… me estuvieran cosiendo la vagina. Impresionante, salir a la calle, la gente no está acostumbrada a ver mujeres jóvenes con pelo corto. Porque lo asimilan con enfermedades, es chocante… súper chocante. Empecé a divertirme mucho, cuando le dije eso a mi familia ya tenía como un gorrito, no les mostré y yo ya estaba rapada. Eso fue, el viaje empezó también desde Bogotá. Empecé a incorporar cambios […] además eso fue algo que decidí en forma consciente, pero también con el viaje se me empezó yendo el manicure, entonces ya empecé a dejar de hacerme las uñas… el viaje me fue haciendo mucho más sencilla, del reloj, del celular, de los aretes… me desprendí de todo… claro, porque yo era de oficina, maquillaje, peinado, traje, los tacones, todo. Súper bien vestida, además, porque capacitábamos [funcionarios]… (Daniela, primer encuentro, abril de 2014.)

Daniela es profesora, aunque los últimos años que vivió en Colombia, y los que llevaba en Santiago al momento de nuestros encuentros, se había vinculado de diversas formas al mundo editorial. En las entrevistas, ella relacionó directamente la decisión de migrar con su proceso de subjetivación sexo-genérica. Si bien había tenido algunas relaciones de pareja homosexuales en Colombia, lo había mantenido oculto para su familia, su ámbito laboral y la mayor parte de su entorno social. Públicamente mantenía, como ella dice, esta performance de “señorita”, de la que empieza a deshacerse al comenzar el viaje para iniciar un proceso de “masculinización”, según sus propios términos, que se acentúa en Santiago. Es tan significativo el cambio que dejó de usar su primer nombre, Analía, como la conocían en Colombia, y comenzó a emplear el segundo, que es como se “nomina” en Chile. Habla incluso de un “abortarse” allá (en Colombia) y de un “parirse” acá (en Chile). Y la frontera geopolítica es decisiva en este proceso. Cuando le pregunté si no había pensado en mudarse de ciudad dentro de Colombia para permitirse esto a lo que la migración internacional la habilita, me dijo:

Claro, pero yo creo que no hubiera sido tan radical como lo es acá, precisamente porque había gente que ya me conocía como la Analía […] era un poco mantener la imagen, yo creo que el viaje como… apenas que me corté el pelo, ya, el viaje empieza, otra persona. Entonces yo creo que tenía que ser así de profundo, es lo que veo ahora”[6]. (Daniela, segundo encuentro, mayo de 2014.)

El viaje, y el cambio de escenario, abren además nuevos espacios y formas de experimentación del cuerpo. En Bogotá, Daniela compartía el departamento con su mamá, un espacio pequeño en el que, como cuenta, era imposible la privacidad. Ya en el viaje, y luego estando en Santiago, empieza a experimentar nuevas formas de placer, que además ella liga en su relato a la posibilidad de autoconocimiento que el proceso migratorio genera. Emergen en todo el corpus escenas relacionadas con el descubrimiento o el redescubrimiento del cuerpo y los límites y posibilidades para su experimentación, sobre todo en relación al modo en que ese cuerpo es puesto en el espacio público, pero no solamente en esa dimensión. El cuerpo mismo se transforma en frontera, tanto espacial como temporal. Daniela, por ejemplo, empieza a tatuarse cuando llega a Chile, algo que su madre desaprobaba. Y se hace estos tatuajes una vez al año, conmemorando el día de la llegada al país, como una forma de “memoria ilustrada” dice. Cada uno de esos tatuajes tiene su propio simbolismo, relacionado al proceso migratorio: espirales que vincula con el caracol y su casa al hombro, puntos suspensivos, corchetes al revés, sugiriendo que todo el proceso está abierto, inacabado.

El cuerpo se va convirtiendo en territorio de pequeñas o grandes transformaciones. El ejemplo más emblemático es el caso de Marcelo, un peruano de 36 años, que llevaba tres años residiendo en Santiago al momento de la entrevista, desempeñándose como maquillador y estilista en un centro de belleza. Cuando llega a Chile, llevaba ya 12 años atrapado en un personaje, Paloma, un travesti que “llega a su vida” cuando lo invitan a participar de una obra teatral, y dentro del que permaneció escondido (aquí la interpretación es mía) por más de una década. Aunque sólo vino a Chile de paseo, decidió quedarse porque pensó que era la forma de escapar de ese otro cuerpo y vivir al fin “una vida de gay”. Su migración, por lo tanto, también está estrechamente relacionada a su proceso de subjetivación sexo-genérica:

—Era parte de mí, entonces yo no me desligué del personaje, te hablo ya de casi 12 años metido en eso, entonces fue una cosa que en realidad yo no tenía una vida propia, era como que todo el mundo me llamaba Paloma, todo el mundo me decía Paloma, todos mis amigos, la gente de mi entorno, entonces era como que yo ya dejé de ser yo, era increíble, increíble. Incluso yo he estado tan en personalidad diferente que yo en realidad no quería, pero era como la presión de que “oye, si me ven de chico [varón], qué vergüenza”.

—Claro, el personaje era travestido…

—Exactamente, me dejé crecer el cabello, ya llevaba prácticamente, tu habrías mi clóset y no tenía más que dos prenditas de chico, entonces era mujer. Y el trabajo, trabajaba mucho, entonces todo era involucrado a Paloma, entonces eso era, fue un poco por eso, me quedé marcado con eso y una de las decisiones que fueron, cuando vine aquí a pasear, yo vine a pasear, no vine a quedarme, y después dije, me dieron la oportunidad de quedarme como de pura casualidad, dije sí, será el momento dije yo, y ya de ahí vine y a la semana que estuve aquí ya con el plan de quedarme, agarré, me corté el pelo, y dije “el cambio va de raíz” […] Entonces comencé a optar eso y la verdad que me vino súper bien, me siento, es como un encuentro conmigo mismo como persona. (Marcelo, primer encuentro, enero de 2015.)

Es interesante la forma en que en el relato de Marcelo la frontera geopolítica se instituye en frontera simbólica que le permite atravesar, a su vez, ciertas fronteras sexo-genéricas, en este caso, aunque parezca paradójico, desde lo que él siente como ambigüedad (su cuerpo travestido) hacia la claridad de un binomio normativo (varón o mujer), lo que también habla de la fuerza de la hetero-norma, sobre todo en aquellos que la subvierten, aunque sea de manera no intencional:

[…] yo antes me sentía muy atrapado en mi personaje, yo no podía salir de chico, era como terrible, era espantoso, era una cosa que no sabía si era hombre o era mujer, cuando estaba de chico, era hombre, mujer, cualquier cosa […] yo andaba con gorra me acuerdo, y con el pelo amarrado con cola, y la ceja, en esa época usaba la ceja depilada, la tenía depiladísima así hasta acá, entonces, igual la hormona [que usó por algún tiempo] había dejado un rasgo, entonces era una cosa muy andrógina, y yo siempre, te soy honesto, yo siempre he criticado eso, o eres hombre o eres mujer, no eres intermedio… (Marcelo, segundo encuentro, abril de 2015.)

El nuevo escenario le permite “re-modelar” su cuerpo, y con ello se abre la posibilidad del encuentro sexual, y la constitución de pareja:

Pero igual para mí verme así ahora, verme como estoy, que me digan Marcelo, es como uh, qué bacán [genial], soy yo, soy yo nuevamente. Yo viví, yo creo que viví una etapa hasta los 21, más o menos que empecé, hasta la edad que tengo, toda esa etapa fue como ahí, yo salté hasta acá, así que es como mi continuidad, por eso que cuando yo llegué y comencé el cambio de ser yo, la discoteca, yo parecía un niño, parecía un adolescente, porque no lo había vivido, te juro, no lo había vivido, entonces conocer a alguien, cortejar a alguien, que alguien se te acerque, eso yo no lo viví, entonces por eso me volví como picoteador, no que me encamaba con uno o con otro, pero sí era como bacán conocer, la atracción de que yo estaba siendo un chico, oye, esto no lo viví, lo viví de adolescente, de jovencito, pero a los 21 ya, entonces dije no, viví una etapa de mi vida, yo no era atractivo para nadie si no era Paloma […] para mí era difícil el tema de que yo andaba de mujer, a mí particularmente no me gusta la gente hetero, no soy de los gay que está atrás de los hetero para convencerlos, yo no soy de ese tipo de gay, soy de los gay que me gustan los gay, entonces el estar vestido de mujer me cerraba las puertas, entonces muchos años estuve solo, no tenía pareja porque justamente era eso. Cuando vine acá pude conocer gente que era como, mira, acá tengo un atractivo, entre comillas, y eso fue como el cambio en sí. Y cuando lo conocí a este niño [su actual pareja], la perspectiva cambió. (Marcelo, tercer encuentro, julio de 2015.)

Aunque estos entrevistados, en particular, llegan a percibir su migración como escape, como huida a partir de su subjetivación sexo-genérica —Daniela habla de “sexilio”[7], Marcelo se refiere a Chile como “mi escape, yo creo que mi único tubo de escape era salir de allá, era mi escape, mi salida, y ya ser yo como persona”—, no todos aluden a ella como una razón principal para su decisión migratoria, a veces ni siquiera la mencionan explícitamente como un motivo, aunque surge de manera evidente para el análisis, un elemento común a varios trabajos sobre migración LGTBIQ de algunos “grupos nacionales” de América Latina (Carrillo et al., 2008; Cribari et al., 2012; Restrepo Pineda, 2013; entre otros). Pero más allá de eso, en todos los casos el proceso migratorio se constituye como un espacio-tiempo de pequeñas y grandes “acciones corrosivas”, es decir, “agenciamientos sociales y culturales que apuntan a provocar la ruptura, la elaboración o la disolución de sedimentos concretos” (Grimson, 2012:167); en este caso, aquellos solidificados en el cuerpo por el dispositivo sexo-género. En estos relatos, la fuerza simbólica del cruce de la frontera geopolítica es la que abre paso a esta fuerza corrosiva, más allá de que los entrevistados perciban o no que la configuración cultural nacional[8] a la que llegan es más “abierta”, “tolerante”, “permisiva” o “libre” en esta dimensión vital.

Sobre este último punto, en efecto, no hay elementos para afirmar que un contexto nacional de los implicados en el estudio sea más favorable que otro para la diversidad sexual —asumiendo el dudoso nacionalismo metodológico que subyace a esta afirmación. Mientras que Colombia ha logrado más avances legislativos en esta materia (Aparicio Erazo, 2009; Serrano Amaya et al., 2010; Salinas Hernández, 2011a y 2011b), las encuestas muestran la persistencia de la discriminación sexual en Bogotá, por ejemplo, (Universidad Nacional de Colombia et al., 2009), y menores niveles de homofobia en Chile (Cruz y Guibert, 2015). Perú, en ambas dimensiones, aparece como un escenario más desfavorable para una expresión pública y para el reconocimiento de derechos de las personas con subjetivaciones sexo-genéricas no normativas (Fuller, 1997; Cornejo, 2014; Cruz y Guibert, 2015). De todos modos, los datos permiten entender que no hubo una evaluación de estos elementos contextuales para la decisión del destino de estos procesos migratorios; más que eso, Chile ni siquiera fue un destino decidido de manera reflexiva o informada[9], y esa parece una razón de que por momentos se desdibuje de los relatos el contexto de destino de estos procesos migratorios. Como contrapartida, tampoco fueron razones para la emigración las condiciones existentes para la diversidad sexual en el país de origen. Las impresiones y representaciones de los entrevistados en relación con este punto tienen que ver más bien con vivencias personales que con estos factores estructurales.

El caso de Marcelo es particularmente interesante desde la lectura de la frontera como hito imaginario para este giro biográfico en torno al proceso de subjetivación sexo-genérico, puesto que aunque tenderíamos a interpretar la práctica del travestismo como una acción corrosiva mucho más radical que la de la homosexualidad (Maffía, 2008), él la experimentaba más bien como un acto elíptico que lo habilitaba para “darse permiso” para tener relaciones con varones desde un lugar de mujer más convencional. Es solo estando en Santiago que puede permitirse establecer relaciones con varones viéndose como varón[10], sintiéndose liberado de la mirada familiar y las demandas morales de su configuración cultural.

Familia, controles y corrosiones

La familia es otro de los temas que aparece como punto nodal especialmente denso en el discurso de los entrevistados, como un enunciado particularmente saturado. El enunciado específico que emerge es el de la familia como figura de control y como agente normalizador de este proceso de subjetivación sexo-genérica. En realidad, este enunciado no es un asunto novedoso; no en vano la figura de la “salida del clóset”, estrechamente ligada a la visibilidad familiar principalmente —y bastante cuestionada por lo demás[11]—, constituye uno de los tópicos centrales en los estudios gay-lésbicos (Kosofsky Sedgwick, 1998; Eribon, 2001). Tampoco es totalmente novedoso para el campo de estudio de las migraciones y los géneros, donde la figura de la familia ha aparecido ligada al control de la sexualidad y la constitución de relaciones de pareja sobre todo de las mujeres migrantes, que se transforman en sujetos de vigilancia de actitudes, conductas y prácticas que pudieran atentar contra una moralidad femenina imaginada (González López, 2009). Lo específico en estos casos es el poder simbólico que adquiere la frontera geopolítica como hito que habilita la posibilidad de puesta en discurso de esta forma de subjetivación sexo-genérica no normativa ante la familia cuando esta queda en el país de origen[12]. Es un proceso bien particular, puesto que es la invisibilidad que otorga la distancia física la que permite una puesta en discurso que se hace sumamente difícil en la co-presencia. Es decir, es una visibilidad discursiva en un escenario que permite poner a resguardo la visibilidad “física”.

Luego de procesos intrincados, motivados por diversas razones, y unos más rápidos o “urgentes” que otros, los migrantes que han dejado a su familia en Perú o Colombia logran poner en discurso su forma de subjetivación sexo-genérica actual, o las prácticas asociadas a esa subjetivación (como el hecho de tener una pareja homosexual), y romper un statu quo de “secreto a voces” que primaba antes de su migración. Daniela y Marcelo son, una vez más, los casos más contundentes para ilustrar este análisis. Daniela recién logra hablar explícitamente de su subjetivación lésbica con su mamá un año después de su emigración, en una situación no planificada:

—Mi papá no sabe y no quiero que se entere… sabes que no… mi mamá, sí. Y le conté un año… llevando un año acá. Por Skype, y lo tomó súper bien, le costó, igual le cuesta, pero digamos que lo tomó bien. […] Y ha tenido momentos malos y sabe que todo igual es mi juego… también ha pasado con los tatuajes, pero sabe que no puede… sabe que ya no tiene gracia […] Se dio, ella en medio de una conversación me dijo, no sé, me preguntó por el corazón, le dije que estaba con alguien, “¿y ese alguien es del mismo sexo que tú?” . Ah… no esperaba esa pregunta, así […] yo creo que ella dedujo, ella dice en ese momento que no, que no sabía, pero yo creo que en el momento… como que era un poco obvio…

—Tú crees que ella ya sabía.

—Sí, mira, una mamá… una persona que te conoce tanto, tanto. Yo creo que es obvio […] Pero nunca conversamos del tema, hasta ahora que se dio, fue un año ya, después de estar acá, imagínate, por Skype. Que ya se da cuenta, y me hace la pregunta así directo: “¿Estás saliendo con alguien del mismo sexo?”, y qué más… (Daniela, primer encuentro, abril de 2014.)

Marcelo, por su parte, y a pesar de la visibilidad que tenía su personaje de Paloma en Perú, recién logra hablarlo con su mamá tres años después de haber emigrado, y durante el tiempo que duraron nuestros encuentros. De hecho, es probable que las entrevistas impulsaran de algún modo esa puesta en discurso, a partir de las inquietudes que las preguntas generaron y de los procesos que un relato autobiográfico tiende a generar:

—¿Nunca has hablado?

—Nunca ha habido un tema de sentarme, “mamá, mira soy homosexual”, mi mamá conoce el entorno de mis amigos, mis hermanos han trabajado conmigo, todos son homosexuales mis amigos, entonces es como una convivencia sin yo decirlo… (Marcelo, primer encuentro, enero de 2015.)

[…] ahora te cuento que recién hace poco le escribí un whatsapp, le dije “mamita, es momento de que lo sepas”, estábamos conversando, “es momento de que lo sepas”, le digo “tengo una pareja de hace ya nueve meses, vamos a cumplir 10 meses y necesito que lo sepas. Se llama Patricio, es un niño muy lindo”, qué sé yo, y me dijo, “hijito, con tal que tú seas feliz, yo estoy feliz”, y me dijo “lo único que quiero es que se cuiden y que te cuides, nada más”. Y recién le he vuelto a tocar el tema, “ojalá mamita cuando conozcas a Patricio”, “en algún momento” me dijo, pero es la primera vez que hablo de eso, la primera vez, entonces era como necesario. (Marcelo, tercer encuentro, julio de 2015.)

Resulta más o menos evidente que la familia es un elemento de suma importancia en el dispositivo sexo-género. Se trata de un mecanismo de saber-poder (Foucault, 2007) determinante en los procesos de subjetivación sexo-genéricos, y la relevancia que adquirió en los relatos de los entrevistados es prueba de ello:

[…] nos enseñan para resolver nuestra vida a través de otras personas. Desde la familia, todo lleva la carga familiar, tú tienes que hacer, tú tienes que hacer, pero jamás es “y usted qué quiere”. Por eso el exilio, se dinamita, oh, déjenme pensar yo qué quiero… dejen de decirme cómo tengo que verme, qué hacer, qué sentir, qué pensar, con quién follar. Toda esa mierda chau. Bien que usted quiere eso, pero cómo sabe qué quiero yo. (Daniela, tercer encuentro, agosto de 2014.)

Desde la mirada foucaultiana, la familia es uno de los mecanismos de ejercicio del poder que se instauran en espacios descentralizados del poder estatal —junto con las escuelas, los hospitales, las prisiones, etc.—, que tienen “una capacidad notable para fabricar dispositivos de vigilancia constante en los que las fuerzas dominantes valoran mucho más su papel disciplinario que su función productiva” (Foucault, 1983: 39).

Esta familia, la familia actual, es el más activo foco de irradiación de la sexualidad (Foucault, 1990). Por lo tanto, no es casual el peso que ha adquirido en el corpus de entrevistas. Esta familia, que Foucault llama “familia-célula”, se comenzó a conformar a fines del siglo XVIII; es por entonces que empieza a surgir “la pequeña familia incestuosa que caracteriza nuestras sociedades, el minúsculo espacio familiar sexualmente saturado en que nos criamos o vivimos” (Foucault, 2007: 300). Esta familia se caracteriza por una solidificación e intensificación de las relaciones padre-madre-hijos, distinta de las relaciones múltiples que identificaban a la casa extensa (Foucault, 2007). En este sentido, la sexualidad se constituirá como un punto de pasaje particularmente denso de las relaciones de poder entre padres e hijos, es decir, la relación padre-hijo en torno al sexo se instituye como un foco local de saber-poder (Foucault, 1990). Y son esas relaciones de poder más inmediatas y locales las que permiten entender cómo se va tejiendo la red que conforma el dispositivo sexo-género.

Pero no hay que perder de vista que estas fuerzas de control coexisten con espacios de agencia en el contexto familiar (Danzelot, 1979) y a partir de él. En este sentido, que el proceso migratorio internacional se constituya como estrategia corrosiva de esos mecanismos de control, o bien que en ese proceso, impulsado por otras razones, se encuentren estrategias para esa resistencia y transformación, nos conduce de alguna manera a interpretar estos desplazamientos desde el enfoque de la autonomía de las migraciones. Esta perspectiva implica entender a la migración como un movimiento social en sentido literal, como una fuerza creativa dentro de las estructuras sociales. Supone, por lo tanto, “observar los movimientos y conflictos migratorios desde una perspectiva que priorice las prácticas subjetivas, los deseos, las expectativas y los comportamientos de los propios migrantes” (Mezzadra, 2012: 160). Desde esta perspectiva se hace posible una lectura de estos desplazamientos como una búsqueda de autonomía, implícita o explícita, para experimentar los afectos, el cuerpo y sus formas de placer, pero también las formas de “hacer familia”.

El caso de Ariel (peruano, 27 años, ocho en Santiago al momento de la entrevista) es en este sentido arquetípico. Según su relato, pero también de lo que se deprende de él más allá de la explicitud, el proceso migratorio internacional le ha dado herramientas de diverso tipo para horadar los marcos regulatorios de la conformación institucional de la familia. Es recurriendo tácticamente (de Certeau, 2000) a esas herramientas que Ariel ha podido conformar “una familia propia” y acceder a una “paternidad deseada” muy tempranamente en su vida:

[…] desde el momento que tuve la voluntad de poder ser padre, tomé la decisión de ser padre, pero no un padre, si se da soltero, soltero, pero siempre el final fue formar mi familia, mi propia familia, aunque mi familia sea distinta, pero formar la mía, que es mi pareja, yo y mi hijo, y hasta el momento gracias a Dios somos una familia; muy distinta al resto, pero somos una familia. (Ariel, segundo encuentro, enero de 2015.)

Detenerse en su historia es relevante en la medida que permite apreciar con claridad estas estrategias corrosivas, en este caso, de los controles del Estado respecto de la constitución de familia. Antes de migrar a Chile, Ariel partió a la Argentina, poco después de quedar completamente huérfano, lo que es un dato significativo para el curso de su vida migrante. Después de un año decidió irse a Brasil, y allí conoció a un matrimonio chileno que lo trajo a Santiago a trabajar a un negocio familiar.

Su pareja es español, lo conoció por internet y se vino a Chile para vivir con él, pero se casaron legalmente en Argentina. Él tiene aún vigente su DNI argentino, así que celebraron su matrimonio civil en ese país, y también lo inscribieron en España haciendo el trámite a través de la embajada en Santiago, porque en ese momento aún no era posible hacerlo en Chile[13]. Al tener nuestro último encuentro (abril de 2015), después de aprobada la ley de unión civil, estaba pensando en “legalizar” en Chile su relación de pareja, pues le preocupaba que si a él le pasaba algo, su pareja pudiera hacerse cargo del niño, porque sólo él es actualmente responsable del “cuidado personal” de su hijo[14].

Su propósito de ser padre estaba presente, como comentaba, desde hace mucho tiempo: “toda mi vida soñé con ser padre, una cosa es el hecho de tener una condición sexual y el otro de qué querer hacer con tu condición sexual, y siempre dije ‘soy gay pero quiero ser padre’”. Lo hizo, según me relata, a partir de un “alquiler de vientre”, por inseminación artificial. Sobre este tema decide no darme detalles, entiendo que porque le preocupa que pueda poner en cuestión la legalidad de la forma, o revelarlo a algún organismo del gobierno, ya que el modo en que logré contactarlo es a partir de una funcionaria de la municipalidad de una de las comunas que componen la ciudad de Santiago. Pero entre los retazos de información de su fuente y de la funcionaria logro entender que explicó ante las instancias estatales ser el novio de la mujer a la que alquiló su vientre, y la acompañó con esa figura durante todo el proceso de embarazo y el parto. Luego, cuando la mujer regresó a su país de origen (Perú, por lo que dice la funcionaria municipal), explicó que la mamá los había abandonado y él se hizo cargo solo de la crianza.

La posibilidad de haber logrado la paternidad, en su relato biográfico, de algún modo resuelve el conflicto que su homosexualidad le genera respecto de su creencia religiosa: “Dios me tiene bendecido, porque si hay mucha gente que dice ‘tú eres hijo del demonio por ser gay, por acostarte con alguien del mismo sexo’, no hubiese tenido un hijo, no viviera [sic] como vivo” (Ariel, segundo encuentro, enero de 2015).

Y ese “vivir como vivo” es teniendo una “familia normal”, como se preocupa de enfatizar en varios pasajes de las entrevistas. En su caso, el giro biográfico que ha implicado la migración se relaciona con la posibilidad de haber podido concretar este deseo, pues las posibilidades laborales que le brindó la migración, según explica, le permitieron juntar la importante suma de dinero que dice que le costó el procedimiento, y que tardó unos 10 años en reunir.

En su relato aparece de manera persistente la idea de formar una “familia normal”, revelando en esa preocupación la hegemonía del sentido común (Velasco y Gianturco, 2012), la reproducción de concepciones naturalizadas sobre la familia y el parentesco. Pero, a pesar de ello, las estrategias que utiliza para lograr formar esa familia (inscribir su matrimonio, tener su hijo) operan como un artilugio no intencionado que termina horadando la construcción heteronormativa de la familia, por lo que las estrategias corrosivas implícitas en sus prácticas se constituyen en un gesto político, en el que el proceso migratorio internacional es decisivo. Se trata de una acción de construcción de ciudadanía desde abajo (Mezzadra y Neilson, 2016), en este caso, en relación específica con la dimensión de la ciudadanía ligada a los derechos y obligaciones emanados del cuerpo conyugal (Hiller, 2012).

Las situaciones relatadas, entonces, ponen en un primer plano la dimensión política del cuerpo, la sexualidad y la familia, lo que puede contribuir, de alguna manera, a repensar desde las inquietudes que estas experiencias migratorias nos plantean algunos de los temas instituidos en el campo de estudios de las migraciones y los géneros, o a proponer algunos que se han explorado poco aún, al menos en el escenario conosureño.

Mirar el campo desde sus intersticios

¿Por qué hablo de pensar el campo desde los intersticios? Porque creo que estas experiencias migratorias no traen temas estrictamente nuevos al campo conformado en la intersección de los estudios migratorios con los de género, sino que lo que hacen es dejar colar por las hendiduras, por los poros de ciertas temáticas instituidas, aristas que aún no nos hemos planteado, o que sí nos hemos cuestionado pero no necesariamente en la forma en que estos casos sugieren. En este sentido, y a partir de las experiencias compartidas en los apartados previos, se abren al menos dos líneas de trabajo relativamente inexploradas en los estudios sobre migración y género en el Cono Sur.

Por una parte, esta migración permite traer al primer plano de la mirada analítica al cuerpo, la sexualidad y los placeres de los migrantes. En general, hemos tendido a pensar al migrante sin cuerpo, no lo hemos podido imaginar como sujeto de placer. Y en las situaciones en que el cuerpo aparece, es como cuerpo que se enferma, como cuerpo agobiado por las exigencias del trabajo, o es un cuerpo que contagia enfermedades, como el VIH-Sida o la tuberculosis. El migrante como cuerpo que busca y experimenta el placer ha estado en general invisibilizado en este campo de estudios, y eso puede estar relacionado con que la categoría de género, que ha sido decisiva en este campo, ha tendido a subsumir estas otras categorías (sexo, sexualidad, cuerpo):

al leer la sexualidad como una puesta en escena de las relaciones de poder entre hombres y mujeres, lo que produce [la categoría de género] es una reducción de la sexualidad al género; interpreta todo acto o práctica sexual a partir de lo que considera normas fijas de producción modélica de los géneros y en clave de subordinación. Con ello, generaliza una imagen victimizada de las mujeres y proporciona una clave estática de interpretación para las diferentes modalidades de encuentros y prácticas sexuales […] La reducción de la sexualidad al género tiene como efecto una reducción de la noción misma de sexualidad. (Araujo, 2008: 36-37)

La dimensión de la sexualidad ligada al placer ha quedado en las sombras[15]. En este sentido, Manalansan IV ha observado, a partir de una crítica a los supuestos normativos implícitos en torno a la familia, la reproducción heterosexual y el matrimonio que abundan en la bibliografía sobre migración y género, que

la sexualidad en este cuerpo de investigación sobre migración está relegada al sexo reproductivo, a la abstinencia forzada a causa de la migración, y al abuso sexual o la violación. Ha habido muy pocas discusiones sobre la sexualidad y el placer (ya sea heterosexual u homosexual) en la vida de estas mujeres. (Manalansan IV, 2006: 241; traducción propia[16].)

Cuando la sexualidad entra en escena en este campo de investigación, es en general desde la mirada de la salud reproductiva. O bien a partir de una hipersexualización “productiva” del trabajo sexual. Dentro de una lógica maniquea, se pasa desde la asexuación del mercado de los cuidados domésticos a la hipersexualización del mercado sexual, como observó Gregorio Gil (2009). Al parecer, como decimos, el migrante sigue siendo un sujeto sin cuerpo. Si bien este panorama ha cambiado progresivamente en los últimos años, aún se trata de un campo en barbecho, especialmente en el Cono Sur. Y es importante traerlo a escena porque es imperioso hacerse cargo del carácter político del cuerpo y el placer.

El caso de la migración LGTBIQ ilustra con claridad esta dimensión política: en la medida en que el proceso migratorio habilita la posibilidad de cuestionar, de corroer, las fronteras claramente trazadas entre géneros y sexos, sucede, por una parte, que es posible desnaturalizar esas clasificaciones, exponer el “momento intencionado” —en términos deconstructivos— que hay detrás de ellas, y de ese modo cuestionar las desigualdades derivadas de las jerarquías sociales que instituyen; pero, por otro lado, a partir de las propuestas de Foucault (1990), es desde el cuerpo y los placeres que debe comenzar el contra-ataque hacia el dispositivo sexo-género y su construcción de la sexualidad a partir del deseo como su carencia institutiva[17]. Es justamente allí que el carácter político del cuerpo y el placer puede articularse con los procesos migratorios, desde la mirada que propone el enfoque de la autonomía de las migraciones, que llama a priorizar las prácticas y comportamientos de los migrantes en la búsqueda y construcción de libertades, aun a pesar de los condicionamientos estructurales: “Dentro de la migración, considerada como un movimiento social, se incorporan nuevos dispositivos de dominación y explotación, así como nuevas prácticas de libertad e igualdad” (Mezzadra, 2012: 160). Los giros biográficos experimentados por estos migrantes, al hilo de la dimensión sexo-genérica de sus subjetivaciones en sus movimientos migratorios, se revelan a esta lente como gestos micropolíticos de búsqueda de autonomía (Rosas, 2010). Es cierto que el hecho de que estos procesos migratorios estén, en general, menos constreñidos objetivamente en términos económicos, puesto que la mayoría de ellos tiene una pertenencia de clase que los ubica en los estratos medios, facilita en buena medida este gesto autonómico y “despeja” su observación tanto para el investigador como para el propio sujeto.

Por otra parte, desde las experiencias migratorias relatadas se hace evidente la dimensión política de la familia. Las interpelaciones a re-pensar la familia en estos términos no constituyen una línea de trabajo estrictamente novedosa en el campo. Ciertamente, los aportes de los estudios de género en el ámbito de las migraciones para repensar la familia han sido fundamentales (Herrera, 2012 y 2013): “la migración internacional es una instancia estratégica para el análisis de la institución de la familia en las sociedades globales” (Herrera, 2012: 35). Como señala la autora, han permitido, entre otras cosas, relativizar concepciones armoniosas de la familia y visibilizar las relaciones de poder que se generan y reproducen dentro de ella, o poner en evidencia “las diversas formas de explotación económica encubiertas por la ideología del parentesco” (Herrera, 2012: 43). Estas son, justamente, maneras en que la noción de familia se ha politizado en algunos trabajos situados en la intersección/articulación de los estudios de género y los migratorios.

Pero en el caso particular del que se ocupa esta investigación, se pueden hacer al menos dos alcances específicos respecto de la familia. Por un lado, se pone en evidencia el carácter heteronormativo desde el que la hemos pensado preeminentemente en nuestros análisis. El de la familia es un eje analítico particularmente saturado en el trabajo sobre migraciones y géneros, tanto en términos regionales como globales. Pero la familia que consideramos como unidad de análisis para pensar el proceso migratorio —aquella que se deja en el país de origen, la que acompaña al migrante, ya sea en el momento de migrar o a partir de la reunificación, o bien la que se conforma en el país de destino—, esa cuyo ciclo hemos entendido como decisivo en numerosas decisiones implicadas en el proceso migratorio; la situación de pareja del migrante, tanto en la etapa pre como posmigratoria; la maternidad (o en menor medida la paternidad), las hemos pensado en términos exclusivamente heteronormativos. De modo que la familia puesta en escena por estas experiencias debiese abrir, necesariamente, aristas poco exploradas de este vínculo. Por ejemplo, el rol decisivo que juega el Estado sobre la regulación de las familias en este sentido, la posibilidad misma de su constitución, y en consecuencia, la dimensión biopolítica implicada en estos procesos; o el estrecho vínculo de esta regulación estatal con la construcción etnizada, racializada y heteronormada de la nación, en la medida que determina qué tipo de extranjero es el que tiene derecho a la descendencia en sus confines.

El segundo alcance tiene que ver con que, en mi opinión, estas experiencias migratorias permiten dimensionar de manera más clara y contundente la función normalizadora del género y la sexualidad que tiene la familia, en la medida que los mecanismos de vigilancia y control no sólo se ejercen con una intención moralizadora de ciertos comportamientos, conductas y prácticas corporales y sexuales, sino que pretenden determinar el proceso mismo de subjetivación sexo-genérica, es decir, pretenden decidir el modo en que el sujeto debe constituirse como tal en relación a su sexo y su género. De ese modo, el carácter político de la familia se presenta como autoevidente, y ello visibiliza también el carácter político de las estrategias que se ensayan para corroer esa vigilancia y esos controles a partir del proceso migratorio.

Bibliografía

Almaguer, Tomás (1995) “Hombres chicanos: una cartografía de la identidad y del comportamiento homosexual”. Debate feminista, 6-11, 46-77.

Aparicio Erazo, Jorge Luis (2009) “Ciudadanías y homosexualidades en Colombia”. Íconos, Revista de Ciencias Sociales, 35-13, 43-54.

Araujo, Kathya (2008) “Entre el paradigma libertario y el paradigma de derechos: límites en el debate sobre sexualidades en América Latina”. En Kathya Araujo y Mercedes Prieto (eds.), Estudios sobre sexualidades en América Latina, pp. 25-41.Quito: FLACSO.

Cadahia, María Luciana (2006) “El rol del placer en Foucault”. Versiones, 6, 59-73.

Caggiano, Sergio (2003) “Fronteras múltiples: Reconfiguración de ejes identitarios en migraciones contemporáneas a la Argentina”. Cuadernos del IDES, 1, 3-24.

Carrillo, Héctor; Fontdevila, Jorge; Brown, Jaweer y Gómez, Walter (2008) Fronteras de riesgo. Contextos sexuales y retos para la prevención del VIH entre inmigrantes mexicanos gays y bisexuales. Hallazgos y recomendaciones del Estudio Trayectos.Disponible en: https://www.caps.ucsf.edu/uploads/projects/Trayectos/monograph/SpanishFinal.pdf [consulta: 16 de setiembre de 2017].

(2014) “Las políticas reparativas del movimiento LGBT peruano: narrativas de afectos queer”. Estudos Feministas, 22(1), 257-275.

Cribari, Luciana; Pandolfi, María Jimena y Torre, Valentina (2012): “¿Exilio sexual? Un viaje por nuevas rutas identitarias”. Crítica Contemporánea, Revista de Teoría Política, 2, 154-177.

Cruz, Marylía y Guibert, Yamilé (2015) Actitudes hacia la homosexualidad en el Perú. Lima: Instituto de Opinión Pública de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Danzelot, Jacques (1979) La policía de las familias. Valencia: Pre-textos.

De Certeau, Michel (2000) La invención de lo cotidiano. I. Artes de hacer, México DF: Universidad Iberoamericana.

DEM (Departamento de Extranjería y Migración, Chile) (2016) Migración en Chile 2005-2014. Santiago.

Díaz Benítez, María Elvira (2006) “Jerarquías y resistencias: raza, género y clase en universos homosexuales”. En Mara Viveros, Claudia Rivera y Manuel Rodríguez (comps.), De mujeres, hombres y otras ficciones… género y sexualidad en América Latina, Tercer Mundo, pp. 283-304. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Eribon, Didier (2001) Reflexiones sobre la cuestión gay. Barcelona: Anagrama.

Foucault, Michel (1983) El discurso del poder. Ciudad de México: Folios.

(1990) Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber. Buenos Aires: Siglo XXI.

(1996) Historia de la sexualidad 2. El uso de los placeres. México, DF: Siglo XXI.

(2007) Los anormales. Curso en el Collége de France (1974-1975). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Fuller, Norma (1997) “Fronteras y retos. Varones de clase media del Perú”. En Teresa Valdés y José Olavarría (eds.), Masculindad/es. Poder y crisis, pp. 139-152. Santiago: FLACSO-Chile.

González López, Gloria (2009) Travesías eróticas. La vida sexual de mujeres y hombres migrantes de México. México, DF: Instituto Nacional de Migración y Miguel Ángel Porrúa.

Gregorio Gil, Carmen (2009) “Silvia, ¿quizás tenemos que dejar de hablar de género y migraciones? Transitando por el campo de los estudios migratorios”. Gazeta de Antropología, 25-1, 1-17.

Grimson, Alejandro (2003) “Disputas sobre las fronteras. Introducción a la edición en español”. En Michaelsen Scott y David E. Johnson (comps.), Teoría de la frontera. Los límites de la política cultural, pp. 13-23. Barcelona: Gedisa.

(2012) Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad. Buenos Aires: Siglo XXI.

Guizardi, Menara; Valdebenito, Felipe; López, Eleonora y Nazal, Esteban (2015) “Condensaciones en el espacio hiperfronterizo: apropiaciones migrantes en la frontera norte de Chile”. En Menara Guizardi (ed.), Las fronteras del transnacionalismo. Límites y desbordes de la experiencia migrante en el centro y norte de Chile. Santiago: Universidad de Tarapacá y Ocho Libros.

Hannerz, Ulf (1997) “Fluxos, fronteiras, híbridos: palavras-chave da antropologia transnacional”. Maná, 3-1, 7-39.

Herrera, Gioconda (2012) “Género y migración internacional en la experiencia latinoamericana. De la visibilización del campo a una presencia selectiva”. Política y Sociedad, 49-1, 35-46.

(2013) “Gender and International Migration: Contributions and Cross fertilizations”. Annual Review of Sociology, 39, 471-489.

Hiller, Renata (2012) “Desnaturalizar los vínculos entre conyugalidad y ciudadanía. El matrimonio en Argentina, su trayectoria y los cambios recientes”. En Juan Manuel Morán Faúndes, María Candelaria Sgró Ruata y Juan Marco Vaggione (eds.), Sexualidades, desigualdades y derechos: reflexiones en torno a los derechos sexuales y reproductivos, pp. 227-250. Córdoba: Ciencia, Derecho y Sociedad Editorial.

Hirano, Kunisuke (2014) “In Search of Dreams: Narratives of Japanese Gay Men on Migration to the United States”. En Hugo Córdova Quero, Joseph Goh y Michael Sepidoza Campos (eds.), Queering Migrations Towards, From, and Beyond Asia, pp. 77-98. New York: Palgrave Macmillian.

Kosofsky Sedgwick, Eve (1998) Epistemología del armario. Barcelona: Ediciones de la Tempestad.

Maffía, Diana (2008) “Los cuerpos como frontera”. Ponencia presentada en las Jornadas Internas de Reflexión e Investigación, Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE), Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires, 27 y sábado 28 de junio. Disponible en: http://dianamaffia.com.ar/archivos/Los-cuerpos-como-frontera.pdf [consulta: 16 de setiembre de 2017].

Manalansan IV, Martin F. (2006) “Queer Intersections: Sexuality and Gender in Migration Studies”. International Migration Review, 40-1, 224-249.

Meccia, Ernesto (2016) El tiempo no para. Los últimos homosexuales cuentan la historia. Buenos Aires-Santa Fe: Eudeba y Ediciones UNL.

Mezzadra, Sandro (2012) “Capitalismo, migraciones y luchas sociales. La mirada de la autonomía”. Nueva Sociedad, 237, 159-178.

—y Neilson, Brett (2016) La frontera como método. O la multiplicación del trabajo. Buenos Aires: Tinta Limón.

Ministerio de Desarrollo Social, Chile (2016)CASEN 2015. Inmigrantes. Síntesis de resultados. Santiago.

Mona, Ana Clara (2013) “Cuerpos y emociones en la teoría social clásica y contemporánea”. Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad, 12, 106-108.

Pichardo Galán, José Ignacio (2003) “Migraciones y opción sexual”. En Oscar Guasch y Olga Viñuales (coords.), Sexualidades. Diversidad y control social, pp. 277-297. Barcelona: Bellaterra.

Restrepo Pineda, Jair Eduardo (2013) “Sexualidades migrantes: la experiencia migratoria de los hombres homosexuales y bisexuales colombianos en España”. Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad, 11, 35-48.

Rodríguez, Jorge y Busso, Gustavo (2009) Migración interna y desarrollo en América Latina entre 1980 y 2005. Un estudio comparativo con perspectiva regional basado en siete países. Santiago: CEPAL.

Rosas, Carolina (2010) Implicaciones mutuas entre el género y la migración. Mujeres y varones peruanos arribados a Buenos Aires entre 1990 y 2003. Buenos Aires: EUDEBA.

Salinas Hernández, Héctor (2011a) “Disidencia sexual en México, Bogotá y Buenos Aires. Movimientos sociales y políticas de reconocimiento”. En Ciudadanías X, Activismo Cultural y Derechos Humanos, Boletín 11. Disponible en http://ciudadaniasx.org/disidencia-sexual-en-mexico-bogota-y-buenos-aires-movimientos-sociales-y-politicas-de-reconocimiento-1/ [consulta: 28 de setiembre de 2017].

(2011b) “Visibilidad y derechos de la diversidad sexual en América Latina”. En diario La Jornada, suplemento “S. Salud, sexualidad, sida”, México, DF, 6 de enero. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2011/01/06/ls-portada.html [consulta: 9 de julio de 2017].

Serrano Amaya, José Fernando (1997) “Entre negación y reconocimiento. Estudios sobre ‘homosexualidad’ en Colombia”. Nómadas, 6, 1-14.

—Pinilla Alfonso, María; Martínez Moreno, Marco y Ruiz Caicedo, Fidel (2010) Panorama sobre derechos sexuales y reproductivos y políticas públicas en Colombia. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Universidad Nacional de Colombia, Profamilia y CLAM (Centro Latinoamericano de Sexualidad y Derechos Humanos) (2009) Encuesta LGBT: sexualidad y derechos. Participantes de la marcha de la ciudadanía LGBT de Bogotá, 2007. Bogotá.

Velasco, Laura y Giovanna Gianturco (2012) “Migración internacional y biografías multiespaciales: una reflexión metodológica”. En Marina Ariza y Laura Velasco (coords.), Métodos cualitativos y su aplicación empírica. Por los caminos de la investigación sobre migración internacional, pp. 115-150. México: Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM y El Colegio de la Frontera Norte.

Vidal-Ortiz, Salvador (2013) “Más allá de la nación: la sexualidad y el género como ejes centrales de migración”. Maguaré, 27-1, 195-213.

Vila, Pablo (2001) “Versión estadunidense de la teoría de frontera: una crítica desde la etnografía”. Papeles de Población, 7-30, 11-30.


  1. Una primera versión de este texto fue presentada en las jornadas “Un siglo de migraciones en la Argentina contemporánea: 1914-2014”, que organizó el Instituto de Investigaciones Gino Germani (Universidad de Buenos Aires), en octubre de 2016. Los resultados preliminares corresponden a una investigación realizada en el marco del Doctorado en Estudios Sociales de América Latina, del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, finalizada recientemente, y que fue dirigida por Carolina Rosas y María José Magliano. Sus observaciones y cuidadosas lecturas, así como las de las co-autoras de este libro, han sido muy útiles y enriquecedoras para las reflexiones que aquí se exponen.
  2. Los nombres de los entrevistados, así como algunas referencias biográficas, fueron modificados para preservar su anonimato.
  3. La auto-denominación de estos movimientos constituye un vasto campo problemático y de disputas, tanto epistemológicas como políticas. Esta versión, en particular, alude a lesbianas, gays, trans [travestis, transexuales, transgénero], bisexuales, intersexuales y queer. Sin embargo, se trata de una categoría que tensiona los supuestos sobre los que parte esta investigación, que problematiza estas fronterizaciones. Como lo muestran las experiencias vitales de los propios entrevistados, ni los atributos que supuestamente definirían estos compartimentos son estables y homogéneos, ni las identificaciones personales en relación a ellos permanecen inamovibles a lo largo de la experiencia vital.
  4. El orden de presentación del “objeto”, es decir, hablar de migrantes LGTBIQ, y no de personas LGTBIQ migrantes, no es aleatorio y responde al hecho de que esta investigación se posiciona en el campo de los estudios migratorios y desde allí incursiona, de modo funcional, si se quiere, en los estudios de género y, en términos más específicos, en los estudios relativos a la diversidad sexual.
  5. Esta exclusión obedece principalmente a dos razones: que su consideración podría abrir nuevos temas que no era posible abordar en los plazos previstos de investigación, y que dificultaría aún más la búsqueda de sujetos interesados en sumarse al estudio.
  6. En este “como lo veo ahora”, emerge un guiño del campo relacionado con el hecho que, mediante su relato, Daniela reproduce su experiencia “con un significado adecuado al presente del narrador” (Velasco y Gianturco, 2012: 117). Lo que nos cuenta de su pasado habla de ella hoy (Meccia, 2016), del modo en que reconstruye su proceso migratorio, a partir de lo vivido hasta aquí, como un giro biográfico. La aclaración no es inocua, puesto que muestra el modo en que el antes y el después se articulan en torno a un allá y un acá que son dinámicos, cambiantes, y que van transformando permanentemente los “hitos fronterizos” del curso biográfico.
  7. El término “sexilio” es un neologismo acuñado por el sociólogo puertorriqueño Manuel Guzmán, en un trabajo de 1997, para referirse al “exilio de aquellos que han tenido que abandonar sus naciones de origen debido a su orientación sexual” (Hirano, 2014: 77, traducción propia).
  8. Aunque la noción de configuración cultural nacional que utilizo a partir de este concepto de Grimson (2012) no es equiparable a la idea de Estado-nación, en el caso concreto de estos migrantes, al atravesar la frontera del Estado hacia el que se desplazaron, podemos decir que efectivamente han arribado también a una nueva configuración cultural nacional, que abre un nuevo campo de posibilidad de representaciones, prácticas y relaciones institucionales, que supone una lógica distinta de articulación entre sus partes, otra trama simbólica, y que por lo tanto ofrece nuevos elementos para articular en la construcción de las diversas dimensiones implicadas en nuestros procesos de subjetivación —nacional, étnica, de clase, genérico-sexual, entre otras.
  9. Al menos en los cinco casos en los que la migración fue una decisión del entrevistado, porque en los otros dos (Felipe y Rodrigo) se trató de procesos migratorios familiares. De todos modos, por la misma razón, tampoco en estos dos casos hubo una decisión reflexionada, en estricto rigor, ni siquiera hubo decisión de migrar de parte del entrevistado.
  10. Algunos autores han encontrado en ciertos espacios latinoamericanos una asociación del varón homosexual pasivo con lo abyecto en la construcción de la masculinidad (Almaguer, 1995; Serrano Amaya, 1997; Díaz Benítez, 2006; Vidal-Ortiz, 2013, entre otros). Respecto específicamente del escenario peruano, Fuller (1997) ha aludido a esta figura en sus estudios sobre varones urbanos de clase media, categoría en la que se puede ubicar a los entrevistados para este trabajo. A partir de esa construcción, se ha relevado también que en algunos de estos espacios el travestismo es un recurso para el ejercicio de este rol (Eribon, 2001).
  11. Esta figura ha sido cuestionada porque representaría el modelo anglosajón de liberación para las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, aunque tendería a imponerse en todo el mundo como el único modo posible (Pichardo Galán, 2003).
  12. En dos de los casos esto no sucede así: uno, el del entrevistado más joven, porque es parte de una migración familiar; el otro, porque el entrevistado queda huérfano en Perú, y ese hecho actúa como uno de los detonantes principales del proceso migratorio.
  13. No se había aprobado aún la ley 20.830, que crea el “Acuerdo de Unión Civil”, lo que ocurrió el 28 de enero de 2015. Este instrumento legal permite la celebración de un “contrato […] entre dos personas [sin importar su sexo] que comparten un hogar, con el propósito de regular los efectos jurídicos derivados de su vida afectiva en común, de carácter estable y permanente” (artículo 1°).
  14. En realidad, no sabía si la posibilidad de que su pareja pudiera asumir el cuidado personal del niño, si él por algún motivo se viera imposibilitado, está contemplada en la ley. Un documento emitido sin fecha por el Departamento de Reformas Legales del Servicio Nacional de la Mujer de Chile (Sernam) define al “cuidado personal” como una figura legal que supone “el derecho y deber que los padres tienen de amparar, defender y cuidar la persona del hijo o hija menor de edad y participar en su crianza y educación”. (Ese documento obra en mi poder, pero ya no está disponible en la web del organismo. Es probable que haya sido omitido a partir de la reconfiguración del organigrama gubernamental que tuvo lugar a mediados de 2016, cuando se creó el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, que absorbió al Sernam: https://www.minmujeryeg.cl/ministerio/.)
  15. Es cierto que esta exclusión no es exclusiva del campo de los estudios migratorios, en general puede decirse que es un problema de las ciencias sociales, que han tendido a deslegitimar la entidad de este objeto de estudio, desatendiendo al hecho de que “cuerpos y emociones son constitutivos de los procesos que configuran la totalidad social” (Mona, 2013: 107).
  16. “[S]exuality in this body of migration research is relegated to either reproductive sex, forced abstinence brought about by migration, and sexual abuse, or rape. There have been very limited discussions of sexuality and pleasure (either heterosexual or homosexual) in the lives of these women”.
  17. Para un análisis de los significados de las nociones de deseo y placer en Foucault, véase Cadahia (2006).


Deja un comentario