Otras publicaciones

Book cover

9789877230048-frontcover

Otras publicaciones

9789871867332_frontcover2

9789877230543-frontcover

Conclusiones

A lo largo de esta tesis me propuse realizar un recorrido por los cursos de vida de los y las mayores homosexuales-gays, lesbianas y travestis. A partir de las reminiscencias de sus actores, me planteé reconstruir sus trayectorias de vida a fin de elaborar una tipología de los modos de envejecer y, en consecuencia, de vejez que poseen estas personas.

A su vez, se propuso un repaso sociohistórico que dio cuenta de los principales eventos sociales acontecidos en las últimas décadas y su relación o impacto en las vidas de estas personas. Asimismo, las biografías de estos sujetos fueron analizadas desde la sociología del envejecimiento y en especial desde el Paradigma del Curso de la Vida, el cual señala que tanto el influjo del tiempo histórico como el significado que los actores le atribuyen son considerados “puntos de inflexión” (turning point). Estos hitos y hechos significativos en la vida de las personas funcionan como bisagras en el desarrollo de sus trayectorias de vida, dando como resultado un envejecimiento y una vejez diferencial. En efecto, el Paradigma del Curso de la Vida aplicado en esta tesis sostiene que la persona en su trayectoria atraviesa diferentes vicisitudes que ciñen el modo en que envejece.

No obstante, desde la sociología del envejecimiento se entiende que existen modos de envejecimiento, lo cual permite el agrupamiento de casos y la construcción de modelos o tipos ideales (Weber, 1974: 16-18) que facilitarán el ejercicio analítico y comparativo entre las distintas formas de vejeces y envejecimientos.

Siguiendo esta idea, la intención de situar a los actores, sus discursos, memorias y representaciones en un contexto temporal más amplio, es uno de los supuestos que guio esta investigación, debido a que las personas no han sido estudiadas solamente desde su actualidad como viejos y viejas, sino también indagando en el devenir que los llevó hasta esa etapa de su vida.

De este modo es que el tiempo, como ha sido entendido en esta tesis, fue un factor explicativo. En efecto, tanto el tiempo como los sucesos que atravesamos tienen algo para decirnos, y es en ese sentido que la diversidad –sea esta sexual, de recursos económicos, sociales, entre tantas otras– será un factor clave: cómo nos situemos en el espacio social determinará en gran medida nuestras posibilidades y condiciones de acción a lo largo de la vida y, en consecuencia, el tipo de vejez que tengamos. Por lo tanto, no será lo mismo el devenir de personas con diferentes orígenes y posibilidades de acceso a determinados bienes económicos, educativos, de salud o –como se ha visto a lo largo de estas páginas– el hecho de pertenecer a una minoría sexual estigmatizada, marginal y vulnerable.

Así fue que una de las tesis que se sostuvo a lo largo de este escrito argumentó que el género interviene como uno de los elementos condicionantes en el proceso de envejecimiento. No obstante, el género y la sexualidad no son per se factores determinantes en los modos en que las personas envejecen, sino que por el contrario lo que terminará incidiendo sobre las personas y sus trayectorias serán las coyunturas sociales y las connotaciones que implique tener una identidad u orientación sexual específica. En síntesis, es el contexto el que estigmatiza determinadas cualidades y lleva a que esa diversidad (en este caso de estudio, la sexual) sea un elemento significativo en los cursos de vida de las personas.

Empero, uno de los primeros señalamientos que se deben hacer en estas reflexiones finales es que los modos de envejecer y vejez aquí reconstruidos distan de ser una verdad acabada. Tampoco ha sido esa la pretensión de esta tesis. Por el contrario, uno de los propósitos de este escrito buscó contribuir con un trabajo que analice las principales características de las vejeces y envejecimientos de las llamadas minorías sexuales. De esa manera, se trata de modelos o formas posibles de envejecer y de vejez que responden a las características de los entrevistados y las entrevistadas que brindaron su testimonio. A su vez, como toda tipificación ideal, la misma es una construcción analítica; un recorte de la realidad acorde a los intereses de la investigación.

Repasemos entonces cuáles han sido las principales características de los modos de envejecer de los grupos estudiados por separado, para luego poder compararlos y examinar similitudes y diferencias en sus cursos de vida.

I

La primera parte de esta tesis titulada “Los viejos” estuvo destinada a describir los modos de envejecer que tuvieron los adultos mayores homosexuales-gays y las características que adquiere su vejez. En ese sentido, agrupando los casos estudiados, se pueden señalar una serie de tópicos que distingue a los cursos de vida de los varones mayores.

Uno de los principales elementos que los distingue ha sido la invisibilidad. El no poder asumirse públicamente o realizar una salida del closet, los llevó a dejar su vida social y sexual puertas adentro o buscando realizarlo en el mayor de los anonimatos. Asimismo, los contextos opresivos tampoco facilitaban que las personas pudieran realizar su vida tranquilamente más allá de las sociabilidades nocturnas. La vida social homosexual quedaba sepultada en la oscuridad. Las sombras serían durante mucho tiempo una de las pocas posibilidades de ser y hacer que encontraban los viejos. De ese modo, décadas atrás la experiencia homosexual de nuestro país era vivida sin grandes alternativas respecto a los espacios de socialización, lo cual daba lugar, como señala Meccia (2011), a enclaves de socialización homosexual.

Otra de las características que distinguió a los cursos de vida de los viejos homosexuales-gays es que –producto de estas trayectorias signadas por la invisibilidad– gran parte de las personas comenzaron a quedarse solas, aisladas y vulnerables en su adultez mayor. El incorporar las pautas sociales que estigmatizaban su orientación sexual los llevó a realizar las carreras de desviados y la profecía auto-confirmatoria (Becker, 2009; Goffman, 2010), desarrollando en consecuencia una doble vida y replegándose sobre sí mismos o en reducidos grupos secundarios.

En ese sentido puede incorporarse el pensamiento de Pecheny, quien analiza que en nuestra sociedad, donde la homosexualidad es foco de discriminación, estas personas decidieron con quiénes compartirían su “secreto”. A su vez, esta “confesión” entre pares, forjará un fuerte y ambivalente lazo social que se nutrirá de la continua tensión entre un adentro y un afuera (2005: 146).

Retomando la idea de entender los cursos de vida homosexuales desde la óptica de la carrera de desviado y la profecía auto-confirmatoria, se pudo también observar estas trayectorias desde la terminología de Merton (1968). Así, se consiguió entender la desviación como una sobre-adaptación a las normas sociales. De esta forma, se pudieron analizar las estrategias de supervivencia y socialización que desarrollaron los viejos homosexuales de antaño, las cuales les permitieron entablar relaciones en marcos netamente desfavorables para la libertad sexual.

Por último, una de estas primeras características a señalar es la “inexistencia” de viejos en el activismo LGBT. No deja de ser un dato curioso que en un movimiento político como el de nuestro país –que contó con ejemplos de resistencia desde la disidencia sexual desde finales de los años 1960–, carezca de viejos activistas, como así también de áreas que contemplen políticas para los adultos mayores.

Si bien se podrá argumentar que gran parte de la ausencia de mayores homosexuales-gays se debe a los efectos de la pandemia del VIH-SIDA sobre esta población,[1] que como se vio fue uno de los puntos de inflexión señalados por los entrevistados, dicha aseveración no es sustancial para resolver el interrogante de la “inexistencia” de viejos. Por un lado porque se correría el riesgo de estigmatizar (aún más) a las minorías sexuales asociándolas a la tríada homosexual-SIDA-muerte.

Si bien es cierto que esta pandemia se cobró víctimas en este colectivo, si decidiéramos no refutar esta sentencia, esta hipótesis sólo cubriría el aspecto de la ausencia física de viejos. Sin embargo, no sólo se carece de personas mayores o de áreas que contemplen sus pesares, sino también de desconocimiento –de gran parte de jóvenes activistas– de la historia del propio movimiento LGBT. Así, a diferencia de otros espacios políticos, el activismo LGBT en raras ocasiones recupera las “banderas”, los aprendizajes, las experiencias y las consignas de sus antecesores. Tarrow (1997) llama “madrugadores” a aquellos militantes de antaño que iniciaron un ciclo de protesta que hoy posibilita la conquista de derechos. Estos “madrugadores” y sus historias de vida son en gran medida desconocidos.[2]

Por el contrario, la respuesta a la ausencia de personas mayores y/o recuperación de sus memorias debe buscarse en otro sitio. A mi entender, esto se explica desde el “edadísmo” y el “viejísmo”, ya que se trata del ascenso a escena de una generación (los jóvenes) en detrimento de otra (los viejos). Son los viejos los que ya no sienten que puedan aportar conocimientos y, al mismo tiempo, son las nuevas generaciones las que piensan que los viejos no tienen capacidades o fuerza. Esto se vio reflejado en los testimonios de las personas más jóvenes cuando confiesan que se ocuparán de las problemáticas que atañen a la vejez cuando ya no se sientan útiles para otra cosa.

De todos modos, al momento de comparar los tres grupos aquí estudiados a la luz de las dimensiones de análisis planteadas, volveré a indagar en las formas específicas que adquiere el “viejísmo” en este colectivo.

Respecto al segundo de los grupos, el de las mayores lesbianas, pueden destacarse las siguientes características principales.

Si bien su vejez también se distinguió en gran medida por la invisibilidad, la misma se encontró atada a los roles de género que debieron cumplir, como por ejemplo el de la maternidad. La obligación de cumplir con las pautas sociales llevó a que muchas de ellas tuvieran hijos y mantuvieran relaciones heterosexuales siguiendo los mandatos de una sociedad patriarcal. En efecto, gran parte de ellas tuvo relaciones amorosas con hombres y solamente una logró ser madre en el seno de una pareja homoparental.

Los mandatos sociales y el “deber ser” de la maternidad, casarse, ser ama de casa y dependiente de un hombre-marido, las llevó a que silenciaran y adormecieran su sentir. A su vez, la culpa y la vergüenza fueron otros factores que imposibilitaron su salida del closet. Los motivos principales que ellas enumeraron fueron por sus familias –tanto de origen como las construidas– y por sus trabajos, donde buscaron que no se evidenciara su “secreto” para que así pudieran conservar sus puestos laborales. La razón principal de aquello fue que el trabajo y el salario recibido era la primera posibilidad de independizarse económicamente de un hombre y de sus familias y, al mismo tiempo, uno de los primeros pasos en su propia liberación sexual.

Asimismo, también en el marco de ese “deber ser” de la maternidad y de conformar una familia –percibido por ellas más como una obligación externa, antes que como una elección personal–, existieron otros dos puntos de inflexión que marcarían su propia liberación.

Por un lado, este mandato social lo lograron romper en su mediana edad (aproximadamente a sus 40 años) cuando redescubrieron su orientación sexual, lo cual para ellas fue un nuevo amanecer en sus vidas. Por el otro lado, en su adultez mayor el fenómeno del “nido vacío” –síndrome que normalmente es caracterizado como un problema para las personas que lo atraviesan– resultó para ellas una válvula de escape ante la opresión de las pautas culturales de una sociedad machista. La adultez mayor les dio otra potestad sobre sus vidas y una despreocupación sobre el “qué dirán”.

Si bien es cierto que no han podido develar su identidad sexual públicamente, al menos han podido asumir ese deseo y goce como propio y ya no bajo la categoría de “juego de la infancia” como referenciaban en sus experiencias lésbicas pasadas.

Es momento entonces de señalar brevemente las características principales de los cursos de vida y modos de envejecer de las travestis locales.

El primero de estos tópicos quizá sea también el que más distingue a sus trayectorias de vida. Se trata de la imposibilidad de hablar de una adultez mayor travesti. La corta esperanza de vida de este grupo poblacional (la cual no supera los 45 años promedio) se encontró atada a sus cursos de vida y las peripecias que debieron afrontar desde el momento en que asumieron su identidad de género.

Como se pudo ver, el descubrimiento de su identidad llevó aparejado una serie de cambios en sus vidas que terminaron impactando en su envejecimiento.

Uno de ellos fue la expulsión de las familias producto de la transfobia. Esto las llevó a abandonar sus hogares en la adolescencia y radicarse en las grandes ciudades de nuestro país, donde el anonimato y algunas posibilidades laborales –que aunque acotadas superaban las ofertas en sus lugares de origen– permitirían la realización de su identidad.

Asimismo, la soledad en la que se encontraron en la juventud, la falta de educación y la discriminación sexual, les ofrecían la prostitución como única alternativa de supervivencia ante una situación de pobreza y marginalidad que las acompañaría durante toda su vida. En ese sentido, recuerdan ellas, cumplieron un rol fundamental las “nodrizas” –aquellas travestis mayores que en su juventud las albergaron y aconsejaron–, siendo esta quizás una de las pocas relaciones de integración generacional y de transmisión de saberes entre los grupos estudiados en esta tesis.

A su vez, las travestis más experimentadas serían también quienes muchas veces practicarían las operaciones clandestinas que, aunque representaron un bajo costo económico, fueron altamente perjudiciales para su salud. El hecho de que su cuerpo biológico no haya sido representativo de sus necesidades explica que la construcción identitaria de las travestis fuera necesariamente corporal. No obstante, la necesidad de poder hacer coincidir el propio cuerpo con su deseo identitario las empujó a optar por el camino más accesible a pesar de los riesgos que representara.

Además, las continuas intervenciones sobre el cuerpo, tanto para que sea reflejo de su sentir como así también para que sea atractivo para quien decidiera contratar sus servicios, llevaron a que sus propios cuerpos se fueran erosionando.

En efecto, la reconstrucción corporal travestis devino en una subjetividad vulnerable y marginal, al tiempo que fue la consecuencia de una posición social frágil y débil. Así, la violencia y la pobreza se corporizaron en una subjetividad dolorosa.

Por otro lado, las políticas públicas en este campo fueron insuficientes o muy recientes, no llegando a revertir de lleno la situación de las travestis. De ese modo siguen subsistiendo en base a la prostitución, donde el consumo de drogas, la exposición a la violencia y las adversidades climáticas, entre otros factores, continúan conspirando contra su bienestar. Sin embargo, si bien las soluciones estatales brindadas para las travestis –sobre todo en los cursos de capacitación de cuidadoras para adultos mayores o las iniciativas de cooperativas textiles– hayan sido insuficientes, resultaron un marco de contención ante la soledad de este grupo.

Hechas estas breves caracterizaciones de los tres grupos aquí estudiados y señalados los principales rasgos que se observaron a lo largo de esta tesis, será momento de detenerse en las dimensiones de análisis indagadas a fin de comparar sus modos de envejecer y tipos de vejez. De ese modo es que se podrán hallar parecidos y diferencias entre los cursos de vida de las lesbianas, de los homosexuales-gays y de las travestis, como así también en los puntos de inflexión que ellos y ellas consideran significativos en sus historias de vida.

II

Guiado por los supuestos de la sociología del envejecimiento, Paradigma del Curso de la Vida, a lo largo de este trabajo he querido señalar las principales características de los modos de envejecer y vejez de tres grupos genérico-sexuales de nuestro país: los y las mayores homosexuales-gays, lesbianas y travestis.

Si bien esta ha sido una investigación sobre envejecimiento y no exclusivamente sobre género, el mismo fue un aspecto nodal a lo largo de estas líneas, dando forma a las tesis que en este trabajo se buscaron sostener.

Así, partiendo de la teoría del Paradigma del Curso de la Vida que sostiene que la vejez es una construcción a lo largo de nuestras vidas es que ponderé el género como uno de los elementos que intervienen en el desarrollo de un envejecimiento diferencial. De ese modo, mediante esta tesis busqué comprender de qué modo se constituye una vejez diversa a la luz de la dimensión genérico-sexual, elementos que estas líneas fueron revisados. Así fue que presenté tres realidades distintas que busqué equiparar.

Una de las primeras dimensiones que a lo largo de esta tesis se ha analizado fue la de la discriminación y su impacto sobre la vida de las personas estudiadas. El descredito social que debieron afrontar los sujetos mayores por su orientación sexual e identidad de género –homofobia, lesbofobia o transfobia, según el caso– ha sido uno de los aspectos que, atendiendo a las particularidades de cada grupo, caracterizó sus cursos de vida. Veamos entonces comparativamente cuáles han sido estas especificidades y en qué medida se equiparan.

En el caso de los varones homosexuales-gays, la discriminación adquiere formas particulares. Como se vio, la misma presentó dos aristas. Por un lado, la discriminación social que combina la sumatoria de la homofobia y el viejísmo; a saber, el desprecio por orientación sexual y por edad. La otra de ellas radica en el seno del propio colectivo gay y versa exclusivamente sobre la condición etaria. El discurso que excluye se basa en una imagen de que “el puto viejo les parece que es patético” (Arturo, 63 años).

Así, existe una propia segregación por edad en la comunidad homosexual. El viejo queda asociado, sobre todo en el mundo del activismo, a un ser carente de fuerzas. Respecto a la vida social, el viejísmo imperante vincula la vejez a lo feo y lo ridículo. Sin embargo, recuerdan los entrevistados, existen casos donde los viejos son bien vistos o al menos aceptados. Estos se dieron en el marco de las relaciones sexuales sadomasoquistas –donde la vejez tendría cierto rol de autoridad y respeto– o con personajes que presentan cánones de belleza alternativos a lo estipulado por la sociedad, como por ejemplo en los casos de los “osos” y los daddys.

De todos modos, estos no han sido la mayoría de los casos. Por el contrario, la vejez no suele ser agradable para los jóvenes, ni para los propios viejos. Por tal motivo es que tratarán de escapar de ella.

En efecto, según los recursos económicos y sociales, algunos viejos consiguieron sortear estos obstáculos. Recuperando un testimonio antes compartido, tal como señalaron los propios entrevistados, en diversas ocasiones algunas personas mayores lograron camuflar su edad mediante una serie de artilugios, lo cual les permitió, al menos por unos instantes, huir de aquella supuesta etapa indeseable de sus vidas como parece ser la de la propia vejez:

Yo he visto un tipo de unos 62 años que había ido al gimnasio mucho tiempo, tenía un corte súper varonil, la actitud de él era súper varonil, más o menos podía dar unos pasos sin hacer el ridículo (…) eso significaba que el tipo no estaba tan desfasado. Ese tipo no paso vergüenza seguro (Marcelo, 45 años).

No obstante, la discriminación etaria al interior de la comunidad no ha sido la única ni la mayor segregación sufrida. También como se vio existe la discriminación social. La desvalorización social tuvo un impacto mayor sobre la vidas de estas personas, ya que mientras la marginación por edad sólo ha sida experimentada por ellos al presentarse en sus cuerpos las huellas del tiempo, el descrédito social y los embates homofóbicos, por el contrario, estuvieron presentes de manera continua en los cursos de sus vidas, lo cual los llevó a mantener una “doble vida”. Sin embargo, como se observó, muchos de los viejos sostienen que sus sociabilidades se desarrollaban mejor en el pasado, esbozando una imagen idílica de antaño, época en la que supuestamente –y a pesar de la existencia de razias y abusos policiales– ellos estaban más tranquilos. También otros han argumentado que en el pasado existía mayor integración entre clases sociales, edades y diferentes grupos sexuales y que, en última instancia, las situaciones de discriminación se explican por la manera en la que cada uno se presenta, otorgándoles una responsabilidad individual a aquellas víctimas de la homofobia. No obstante, así argumenten que estaban mejor en el pasado también han comentado que fueron víctimas de chantajes y robos por parte de taxi boys, incluso algunos llegando a su asesinato, como en los casos conocidos como “crímenes de odio”.

Esta suerte de propuesta de solución personal y solitaria de que la discriminación depende de “cómo uno se presenta al mundo”, también se hizo palpable en el análisis del segundo grupo estudiado en esta tesis: el de las mayores lesbianas.

En efecto, si bien las lesbianas viejas también debieron experimentar situaciones de violencia por su orientación sexual, algunas de ellas ven con nostalgia las épocas pasadas. De tal forma es que, a pesar de reconocer la existencia de razias policiales y balaceras sobre los lugares que frecuentaban, continúan sosteniendo que la discriminación dependía del designio individual. Sin embargo, como se pudo ver para los tres grupos estudiados, los individuos y sus historias de vida no pueden ser analizados de manera atomizada: son los contextos de socialización los que restringen o permiten ser. Incluso, son los mismos marcos coyunturales y sus pautas culturales los que les brindaron como única solución individual desarrollar su vida bajo la vergüenza y la oscuridad.

Esta sería entonces una manera de autopercibir la discriminación en la que gran parte de los viejos homosexuales-gays y las viejas lesbianas coinciden. Sin embargo, existen puntos en los que se diferencian.

Uno de los motivos por los que la discriminación sufrida por las lesbianas fue particular se debió a que la misma exhibió tres dimensiones. Por un lado, mostró el desprestigio social por orientación sexual: la homofobia o, en este caso, la lesbofobia. Por otra parte, se vio la desvalorización por edad; el viejísmo. Hasta el momento, ambos son compartidos con el grupo de varones. No obstante, la tercera arista que se suma a las discriminaciones que debieron enfrentar las viejas lesbianas consistió en el hecho de ser mujer. En efecto, el ser una mujer socializada en el marco de una sociedad machista, como se pudo ver, las llevó a tener que cumplir con determinados expectativas sociales asociadas a los roles de género como el ser madre, ama de casa y esposa. Así las mujeres enfrentaron un discriminación triple por ser mujer, lesbiana y vieja.

Sin embargo, fue importante señalar que, a pesar de que la belleza y los cuidados sobre el cuerpo suelen ser considerados patrimonio del género femenino, no se hallaron en los testimonios de estas mujeres referencias que asocien la vejez a las categorías de feo o decrepitud mental y física.

Un grupo donde la vejez si fue entendida como aquella etapa de la vida que no cumple con los requisitos de lo considerado bello, fue en el colectivo travesti. Así, a diferencia de lo ocurrido con las lesbianas y quizá más cercano a lo acontecido con los varones gays, este grupo destacó el tema de la pérdida de la belleza en una relación directamente proporcional al paso de los años.

El tener que vivir de su cuerpo prostituyéndose y el hecho de que sea a través de y en el cuerpo donde su identidad se erige, da lugar a que el avance del tiempo sea asociado a la pérdida de la belleza como así también a la inversa.

No obstante, si bien su vejez y el ya no sentirse atractivas no representan una discriminación que conlleve violencia física, las bromas que se suscitan sobre sus apariencias son consideradas por ellas como “puñaladas” (Inés, 48 años) que dañan su autoestima.

De todos modos, esta no ha sido la única discriminación que debieron atravesar las travestis en el curso de sus vidas. Además de la segregación por travesti y, en menor medida, por vieja, debe sumársele su pobreza y bajo nivel educativo, que a pesar de no representar motivos de discriminación entre las propias travestis, sí lo hace entre los otros grupos que conforman el colectivo LGBT. A su vez, a nivel social, las travestis tampoco estuvieron exentas del asedio policial, que mediante razias, edictos y contravenciones acosaba a las travestis en los ya acotados espacios de supervivencia que tenían.

Una segunda dimensión de análisis que atravesó a los tres grupos aquí estudiados ha sido la idea de los puntos de inflexión. Uno de los más importantes sin lugar a dudas fue el momento en el que descubrieron su orientación sexual y realizaron o no sus salidas del closet.

En los tres casos de estudio, el autodescubrimiento sexual-identitario se inició en la adolescencia, aunque las trayectorias seguidas y las búsquedas personales variaron entre los distintos grupos.

Respecto al primer grupo de trabajo, los varones homosexuales-gays señalaron como un punto de inflexión en sus cursos de vida que el descubrimiento de su orientación sexual se dio mayoritariamente en la juventud o adolescencia. Algo similar les ha ocurrido a las travestis, quienes dijeron haber sentido su identidad de género también en la adolescencia y comenzar allí paulatinamente la construcción de su propio ser. Diferente han sido las trayectorias de las mayores lesbianas. Si bien ellas también sintieron en su juventud un deseo por otras mujeres, lo intentaron sepultar bajo el rótulo de “juego de la infancia”, postergando su sentir hasta su mediana edad, creyendo que aquella atracción había sido una travesura de la pubertad.

En lo que a sus salidas del closet refiere, se ha observado que la mayoría de los varones mayores no sólo no realizó este proceso, sino que además muchos de ellos ven con buenos ojos permanecer en la oscuridad y el anonimato. Esto los condujo a realizar una “doble vida” en los términos arriba señalados, dejando así su vida homosexual puertas adentro y omitiendo en la vida pública.

Si bien ellos advierten y entienden que los tiempos han cambiado, el haber sido socializados en otros contextos y con otras representaciones e imaginarios sociales genera una tensión o una incompatibilidad con los tiempos actuales. Tiempo que además tampoco los tiene como protagonistas ni los desea como consumidores.

De tal manera es que gran parte de los mayores entrevistados viven con nostalgia su pasado. A su vez, la ausencia de una percepción única u homogénea sobre los distintos periodos, abrió el debate sobre la mayor o menor integración en cada época. Como se vio, la representación de los viejos pareciera indicar que ellos se sentían más “aceptados” en el pasado. No obstante, esto también se puede comprender desde la lógica del edadísmo.

En efecto, ante el corrimiento y cambio del escenario que los supo tener como protagonistas, es entendible que los viejos sientan que algo han perdido. Sin embargo, tampoco es fácil para ellos asumirse como personas mayores, ya que la vejez es presentada como sinónimo de obsoleto. Por lo tanto, su agencia se centró en discutir generacionalmente la legitimidad de los tiempos vividos y de las experiencias. Así, es que señalaron con melancolía su pasado y también lo presentaron como una época dorada.

Por otro lado, también fue comprensible que despreciaran la hipervisibilidad de la juventud y de los activistas, ya que los empujaría a salir a la superficie cuando, por el contrario, ellos debieron aprender a construirse, sobrevivir y estar cómodos en la oscuridad.

No obstante, como no se pudo encontrar una opinión única en los entrevistados, es que muchos también señalan que si esta fuera su actualidad –con la existencia de derechos para las minorías sexuales y mayor oferta para el colectivo–, la aprovecharían y disfrutarían.

Este último es un punto que comparten con las mayores lesbianas, ya que ellas si bien prefieren en gran medida su pasado, observan con buenos ojos la avanzada en conquistas de derechos de los últimos años.

Otro eje en el que sus historias de vida son equiparables a la de los varones es en el que no ven las salidas del armario como algo deseable en sus vidas. Por el contrario, piensan que eso les traería problemas familiares y/o laborales. Por tal motivo es que también ocultaron su deseo.

Sin embargo, el modo en el que acallaron las voces de su sentir dista de ser el de los hombres gays. A pesar de que ellas sintieron atracción por una persona de su mismo sexo en su juventud, optaron por decodificarlo como un juego inocente e infantil.

Así, durante muchos años omitieron, incluso muchas veces para ellas mismas, su deseo lésbico. El silencio y el influjo social del “deber ser” de una mujer fue tal que ellas directamente olvidaron su “tendencia”. Se casaron con un varón, tuvieron hijos y, durante mucho tiempo de sus vidas, aquel fue un mero recuerdo de una travesura juvenil. Empero, por más efímero que fue ese primer momento, ha sido para ellas revelador. Así, en su mediana edad –aproximadamente a los 40 años– muchas de ellas, ya sin tantas ataduras sociales, decidieron recuperar aquel goce adormecido sin terminar de renunciar plenamente a las impostadas relaciones heterosexuales que mantenían. De tal modo es que en esta tesis se habló de una primera instancia de “vida doble” y luego sí de una “doble vida” en los términos ya conocidos.

Más tarde, en su adultez mayor, y facilitado por el crecimiento de sus hijos y el abandono del hogar familiar –lo cual para ellas fue un “nido vacío” resignificado positivamente–, más el fallecimiento de padres y madres ante quienes ya no tuvieron que ocultarse, pudieron darle rienda suelta a su sentir. Ya habían dejado pasar muchos años de sus vidas, entonces aquel era un momento para renacer. Fue la posibilidad de despertar de un letargo que durante mucho tiempo les impidió sentirse cómodas con ellas mismas. Una vez evadido ese sopor, lograron reconciliarse con su “verdadero yo” (Claudia, 67 años) y con su identidad, dejando así de “vivir una mentira” (Alicia, 60 años). De esta forma, la adultez mayor y los cambios e hitos asociados a la edad –como por ejemplo el mencionado síndrome del “nido vacío” y la reducción de redes sociales primarias como consecuencia de pérdidas familiares– fueron para ellas puntos de inflexión en su construcción identitaria.

En lo que a las travestis compete, como se vio, su autodescubrimiento se inició en la adolescencia. Sin embargo, la intención de plasmar su deseo identitario sobre su juvenil cuerpo fue un fenómeno imposible de silenciar. Así, desearan o no realizar una salida del closet, su transformación corporal consistió en un proceso de hipervisibilidad que no se podría ocultar. Por tal motivo es que muchas de ellas se vieron empujadas a la calle y a tener que abandonar sus hogares para poder realizarse. De esta forma, no tuvieron que realizar una “doble vida”. Una vez descubierta, pudieron buscar desarrollar y construir, con altibajos, un cuerpo que esté en armonía con su sentir e identidad.

Sin embargo, este proceso de construcción corporal acorde a su identidad autopercibida presentó grandes escollos a lo largo de su vida dando como resultado una corta esperanza de vida, lo cual inhabilita hablar de una vejez travesti en los términos conocidos. Por el contrario, la vejez de este grupo debió ser entendida en términos relativos (ya que no suelen superar los 45 años de vida) y relacional (analizando a las mayores del grupo en cuestión). A su vez, la mala y baja expectativa de vida les impidió pensar en un mañana. Ellas argumentaron que están sometidas a vivir el día por la incertidumbre, soledad y violencia que las rodea. La vejez se les presenta a las travestis, haciendo uso del término de Augé (2000), como un “no lugar” en sus vidas; como una epopeya de los cursos de su vida. Así, a pesar de que el antropólogo francés acuñó el término para dar cuenta de ciertos lugares de transitoriedad (espacios intercambiables) donde los seres humanos son anónimos y las sociabilidades son casi nulas –tal como los medios de transporte, los shoppings o los supermercados, entre otros– ocurre algo similar con la vejez de las travestis. La vejez se les presenta como un fenómeno extraño, ajeno, donde además no pueden realizarse.

Respecto a la vejez de los otros dos grupos, tanto en los varones gays como en las mayores lesbianas, el género y la orientación sexual no parece interferir directamente sobre sus esperanzas de vida o al menos sin distinciones significativas respecto a las medias de expectativa de vida de nuestro país.

No obstante, un dato que, salvando las diferencias, comparten las travestis y las lesbianas mayores es que existen dentro del propio grupo distinciones entre las “viejas viejas” y las “viejas jóvenes”, siendo las segundas las que conocieron el influjo de los derechos sociales adquiridos en los últimos tiempos. Esto, en ambos casos, presentó divergencias respecto a las cosmovisiones que cada grupo de edad tiene.

En lo que refiere a la relación intergeneracional, otra de las dimensiones de análisis planteadas, existe un punto en común entre los tres grupos y es que es casi nulo el diálogo entre las personas mayores y las jóvenes.

Por ejemplo, en el colectivo homosexual-gay son aislados estos casos. Salvo en temas específicos casi no existen espacios en el que generaciones variadas participen en igualdad de condiciones. Si bien los mayores entrevistados destacaron que una cualidad de su colectivo es que las relaciones intergeneracionales no suelen moralizarse (esto es que no habría ningún tipo de condena social en si alguien mantiene un vínculo con una persona ampliamente mayor o menor), también sucede que aquellos espacios donde la adultez es valorada son mínimos. Tales son los mencionados casos de los daddys, los “osos” y en las relaciones sexuales sadomasoquistas, donde la vejez es resignificada positivamente y asociada a la autoridad y el respeto. Sin embargo, como marcaban los entrevistados, la persona mayor y su condición de viejo no son aceptadas plenamente. Para eso deben camuflar su edad y simular tener algunos años menos. De esa forma, quien desee estar con jóvenes deberá aparentar serlo.

Empero, no todos los viejos parecen dispuestos a aceptar esa pauta del colectivo. Algunos declinaron a dicha idea. La vergüenza fue uno de los elementos que impidieron que ellos intentaran adecuarse y participar con las personas más jóvenes. Como señalaba Marcos (67 años): “yo prefiero estar con mis viejitos. Una vez, estando con un ‘pendejo’, me vi las carnes flojas en el espejo y me mató anímicamente”

Lo mismo les ha ocurrido a las lesbianas mayores. A lo largo de esta tesis se vio que prácticamente no existen contactos con las personas jóvenes. De esa manera, el problema con otros grupos generacionales parece no existir para las viejas lesbianas, debido a que prácticamente no han tenido oportunidad de interactuar con aquellas más jóvenes. Asimismo, las lesbianas mayores entrevistadas tampoco son habitués de la “movida” de la comunidad: no participan en los lugares de ocio y esparcimiento de la diversidad sexual. Tampoco, a excepción de dos de ellas, han tenido participación en asociaciones civiles u ONG’s del colectivo LGBT.

En la relación de las mayores travestis con las más jóvenes ocurrió algo de similares características. A pesar de que ellas rememoran que en su pasado había respeto y reconocimiento a las travestis mayores ya que cumplían un rol de “nodriza” (debido a que las acogieron en su juventud y les trasmitían saberes y consejos de supervivencia en la vida cotidiana), sienten que en la actualidad hay un quiebre en la relación con las más jóvenes a las que acusan de soberbia y arrogancia. Como destacó una entrevistada “Antes nosotras escuchábamos a las mayores. Te enseñaban muchas cosas. Dónde ir, dónde no ir. Cómo esconderse de la policía. Cómo esconderse en la dictadura (…) Ahora las más jovencitas se creen que se la saben todas” (Noelia, 50 años), cuestión que lamentan debido a que a las mayores les gustaría compartir sus experiencias de vida a fin de que otra travesti no deba atravesar las mismas peripecias.

Una de las experiencias vividas por las travestis mayores que desean que no deban afrontar las más jóvenes es la de ejercer la prostitución como único modo de subsistencia (Berkins, 2007). Así, mientras los otros grupos estudiados buscan disimular su orientación sexual en el ámbito laboral, las travestis tienen casi exclusivamente un trabajo sexual.

Analizadas y comparadas las principales dimensiones de los cursos de vida de los y las mayores gays, lesbianas y travestis, repasemos cuáles han sido los puntos de inflexión más significativos de estas trayectorias.

Examinar periodos tan amplios como los que representan indagar en las biografías de las personas, analizando en su reminiscencia, supuso hallar cambios y continuidades en sus vidas y en sus trayectorias, como así también dar cuenta del sentido que los actores le atribuyeron a esos momentos y virajes en sus cursos de la vida.

Ese fue el caso de los cambios experimentados por los varones homosexuales-gays. Las transformaciones en su medio ambiente fueron para ellos palpables y los actores buscaron comprenderlas, decodificarlas, interpretarlas e incorporarlas para continuar con su vida adelante. Para ellos no sólo cambió el hecho de que en la actualidad existe una mayor visibilidad en comparación a los tiempos de su juventud, donde predominaron las sociabilidades en las catacumbas, sino que también ahora las propias reglas del juego les han cambiado. Lo mismo les sucedió con los valores y códigos del grupo. Incluso, la categoría de “comunidad” ha sido puesta en debate.

Aunque orientado a otros intereses analíticos, ya que se refiere a la era premoderna, Bauman señala que aquellos individuos contaban con una sola arma para defender su seguridad: la “sociabilidad densa” y el “complejo juego de relaciones humanas”, conceptos que el autor toma de Philippe Ariès y Robert Muchembled, respetivamente. Profundizando esos conceptos, Bauman cita a Muchembled quien argumenta que “del mismo modo que se cubrían con ropa para protegerse de la congelación, se rodeaban con capas sucesivas de relaciones humanas” a la que denominaban familia, parentela o comunidad (en Bauman, 2005: 60). Asimismo, esta idea de comunidad marcaba una distinción entre un “afuera” peligroso y un “adentro” donde se tejían los lazos de solidaridad. En ese sentido, Mucheblend recuerda que “la época necesitaba un espacio relativamente restringido, cerrado, y contactos frecuentes, ámbitos para el encuentro ni demasiado numerosos ni demasiados distantes, para expresarse en plenitud” (en Bauman, 2005: 60). Compartiendo esa idea, Bauman señala que aquella pintura del mundo comunal sólo podía funcionar bajo el marco de un territorio definido y con un grupo relativamente pequeño. Para el autor:

“La seguridad basada en la ‘sociabilidad densa’ no podía trasplantarse a un marco social expandido o fluido, dado que la aptitud esencial utilizada en su producción era la capacidad de hacer del ‘otro’ alguien familiar, transformarlo en una persona plenamente definida con una posición fija dentro del mundo conocido” (Bauman, 2005: 61)

Esto permite pensar que la idea de denominar “ambiente” al entorno o “amigos” a los miembros del mismo, no sólo respondía a la imposibilidad de denominarlo de otra manera –sobre todo para el caso de las parejas, algo que debió reconfigurarse simbólicamente con el paso del tiempo y que era impensado para los propios viejos y viejas llamar así a sus compañeros y compañeras–, sino también a esta propia idea de cercanía con el “otro” de la que habla Bauman.

Por su parte, Meccia (2011) ha diseñado una serie de tipologías sobre los homosexuales-gays de mediana edad ante los cambios acontecidos en las últimas décadas, las cuales detalle en los antecedentes de esta tesis. No obstante, es difícil quedarse tan solo con una categoría de las diseñadas por el autor. En principio porque los grupos que el Meccia y esta tesis analizan no son los mismos, como así tampoco los objetivos que cada uno se ha planteado.

Por mi parte, aquí he trabajado con personas viejas rememorando su proceso de envejecimiento para, en la reconstrucción de su memoria y trayectorias, rastrear elementos que pudieran explicar por qué y de qué modo se construyó una vejez diferencial. Por otro lado, los grupos etarios y de género analizados fueron otros. En esta tesis, salvo testimonios excepcionales de informantes claves o haciendo un uso relativo del término con fue el caso de las travestis, se estudiaron personas viejas; personas mayores de 60 años. De todos modos, las categorías de Meccia fueron interesantes para incorporar a este estudio, sobre todo las características que el autor le atribuye a la de la “contestación” y el “repliegue”, cuyas cualidades se asemejan a la de los viejos reticentes a los cambios que aquí estudié.

Asimismo, es importante tener en cuenta que los conceptos no sólo son una invención nuestra, sino que también restringen y limitan. Como señalaba Wittgenstein “los conceptos pueden aliviar o agravar un abuso; favorecer o inhibir” (2007: 110).[3] Por otro lado, sucede que al ser una herramienta teórica de la investigación, rara vez las personas tienen presentes las categorías y clasificaciones identitarias y temporales. Es probable, incluso, que las personas, al intentar explicar los sucesos, no pueden ser capaces de dar cuenta de que es lo que ha cambiado, a pesar de sentir un cambio. De tal forma es que me parece interesante problematizarlo desde el concepto de “estructura de sentimiento” esgrimido por James (2006). Aunque el autor haya tenido otros objetivos en su trabajo –él ha estudiado la resistencia del movimiento obrero post derrocamiento de Perón–, el mismo es un concepto útil para lograr comprender las pérdidas y las ganancias personales y la agencia de los actores, ya que a pesar de que muchas veces no puedan explicar los eventos de manera consciente, de todos modos son percibidos por ellos.

Sin embargo, esto no quiere decir que los actores sean ajenos a los hechos externos. Incluso tienen sus propios hechos y puntos de inflexión. Por eso es que para aplicar el Paradigma del Curso de la Vida planteé tres tiempos: el social, el individual y una instancia intermedia relativa a los grupos secundarios.

En ese sentido, uno de los hitos históricos significativos para estas personas –el cual debe hacerse extensible a los otros dos grupos estudiados– fue la apertura democrática a finales del año 1983. Si bien fue un cambio político que demoró en convertirse en un cambio cultural –incluso continuaron las razias y edictos policiales durante largos años– fue un periodo significativamente mejor que los contextos represivos que estos viejos debieron conocer en su juventud.

Los años 1980 también presentarían otro momento bisagra en los cursos de su vida: el advenimiento de la pandemia del VIH-SIDA, la cual no sólo se cobraría las vidas de muchos de ellos, sino que el temor modificaría las relaciones sociales y sexuales del grupo.

Adentrados los años, otro evento histórico modificaría sus vidas. La consolidación de un modelo neoliberal que presentaba a la vejez como lo obsoleto y a lo juvenil como lo dinámico y deseable (Leicher, 1980), al tiempo que les brindaba un mercado pensado para los jóvenes (Sánchez, 2002), también transformarían las sociabilidades de los mayores. En principio, la llegada de internet y del chat dejarían en un segundo plano los antiguos (aunque no obsoletos) modos de socialización como las teteras, el yire y el juego de miradas. Sin embargo, y a pesar de que las personas mayores puedan hacer uso a las “redes sociales” para conocer gente, estas son herramientas pensadas para las personas más jóvenes, motivo por el cual los viejos continúan sintiendo un extrañamiento ante ellas y evocando con melancolía los antiguos bares cafés (Rada Schultze, 2011f).

Los viejos sienten y transmiten que están perdiendo un lugar de pertenencia y con él una cuota de su identidad. A su vez, el periodo en el que la misma se forjó queda en el pasado y es irrecuperable. El tiempo es un constante devenir; un fluir en el que no podemos volver sobre nuestros pasos más que en el recuerdo, el cual, en cada nueva lectura, será resignificado. Ese pasado, para Simmel (2007), al igual que el futuro, es una negación. Mientras que el tiempo por venir es un “todavía no”, el tiempo pasado es un “ya no”.

Por otro lado, ese tiempo pasado que los tuvo como protagonistas y al cual ya no tendrán acceso más que por medio de la reminiscencia, los constituyó como parte de una generación. Eso les permitió entenderse y compartir códigos con otros actores de similares características etarias, tanto del “ambiente” como de la sociedad en general. El ser parte de una generación les permitió compartir lenguaje, juegos, programas de radio o televisión, gustos, consumo, y un sinfín de alternativas que les dieron un sentido de pertenencia a una época y a un subgrupo específico que, durante aquel período, también tuvo sus particularidades del período (como por ejemplo las sociabilidades subterráneas). Asimismo, el consumo muta y se regenera, pero nunca deja de avanzar hacia los potenciales y nuevos consumidores. Que, nuevamente, son jóvenes protagonistas. Así, los viejos pierden su lugar y es normal que sientan recelo.

Sin embargo, si bien es cierto que sobre esos pasos ya no se va a volver, fue propósito de esta tesis recuperar las memorias de los viejos y las viejas mediante una “lectura a contrapelo”, ya que sus biografías son explicativas no sólo de su propio presente como adultos y adultas mayores, sino que también brinda elementos para comprender la actualidad de las jóvenes generaciones, debido a que se trata de la historia de un grupo a la luz de los eventos sociales recientes de nuestro país. Como señala Pollak (2006) existen memorias subyacentes que al integrar culturas minoritarias se oponen a la memoria e historiografía oficial. De esa forma permanecen ocultas y brotan en momentos de crisis. Esas fueron las memorias que en esta tesis quise recuperar y evidenciar.

En esa línea, entre los cambios acontecidos en los últimos años también deben marcarse las ampliaciones de derechos como la Unión Civil (en 2002), el otorgamiento de pensiones a viudos y viudas del mismo sexo (decreto del 2008) y la aprobación del Matrimonio Igualitario (en 2010). Si bien de las mismas pueden señalarse tanto ventajas como desventajas, me interesa de ellas marcar una cuestión significativa respecto a los puntos de inflexión en las vidas de las personas, las cuales también se aplican para el caso de las mayores lesbianas.

A pesar de lo discutibles y perfectibles que pueden ser estas medidas políticas, las mismas permitieron un giro en la propia percepción de las personas. Así, mientras en un pasado los viejos y las viejas al referirse a un vínculo amoroso utilizaban categorías como las de “amigo” o “amiga” para definir a su compañero o compañera, con la aprobación de estas leyes se legitimó la historicidad de esas relaciones, se resignificó ese vínculo y se reconoció la pérdida y el duelo de las personas. De esta forma, aquel “amigo” o “amiga” del pasado pasó a ser una “pareja” en la actualidad, lo cual también otorga un nuevo sentido a uno mismo.

Existe otra instancia en la que las categorías identitarias fueron modificadas y es el modo en que las personas se autodenominaban. Así, lo que para los viejos antes era descriptivo e incluso identitario, debido a que asignaba un rol sexual, sufrió una licuación de sentido y pasó a ser un agravio. De ese modo, “puto” u “homosexual” en la actualidad son insultos y ninguna persona autodefinida como gay elegiría para hacerse llamar. Además de ser asociado a un insulto, la categoría “homosexual” retrotraía a décadas pasadas en las que todavía era considerada una enfermedad mental para la Organización Mundial de la Salud, algo que recién ocurriría en mayo de 1990. Hasta ese entonces, los homosexuales, las travestis y las lesbianas debieron vivir marcados como enfermos y ser socializados en contextos estigmatizadores.

Como se observó a lo largo de esta tesis, dichos cambios han sido recientes. Por tal motivo, los viejos homosexuales-gay y las viejas lesbianas, que han sido formados en otras coyunturas, no han podido experimentar un proceso total de auto-reconocimiento “prefiriendo” muchos de ellos y ellas vivir todavía en el anonimato.

Entre los puntos de inflexión de las mayores lesbianas revisados, el más significativo fue su “nuevo despertar”, modo en el que ellas llamaron al descubrir de su sexualidad y posterior reafirmación. En efecto, estas “segundas relaciones”, pero las primeras auto-reconocidas, ya que las primeras que mantuvieron fueron con hombres heterosexuales, fueron una bisagra en la redefinición de su identidad.

Este hallazgo personal no estuvo aislado, sino que fue fagocitado por otros eventos personales. En orden temporal de sus vidas debe recordarse la independencia económica como otro de hechos que ellas consideraron significativos, debido a que con un trabajo y un salario, ellas encontraron una de las primeras bocanadas de aire al ahogo del mundo patriarcal. La independencia económica les dio cierto empoderamiento y la posibilidad de no rendir cuentas a nadie.

Por otro lado, un hecho sumamente importante en sus vidas fue la independencia de los hijos. Como quise remarcar, las mayores lesbianas lograron darle otro sentido, en este caso positivo, al fenómeno del “nido vacío”. Ellas no sólo no se angustiaron ante la partida de sus hijos del hogar familiar, sino que además les permitió darle forma y sentido a su vida sexual adormecida y postergada.

Respecto a los principales puntos de inflexión a los que aluden las travestis mayores entrevistadas se ha podido encontrar en primer lugar referencias a su despertar sexual. La tensión entre su identidad autopercibida y el cuerpo biológico, sumado al no acompañamiento y rechazo familiar, y al hecho de haber sido criadas en poblados del interior del país marcados con una impronta machista mayor al de las grandes urbes, las llevó en su adolescencia a abandonar sus hogares para buscar un sitio donde poder trabajar y realizar su deseo identitario.

La necesidad de trabajar y de comenzar a transformar su corporalidad marcó otros dos hitos significativos en sus vidas. Por un lado, el hecho de estar alejadas de sus hogares, casi sin experiencias laborales y sin educación, sumado a que están inmersas en una sociedad que no les brindaba oportunidades laborales, las travestis recayeron en la prostitución como única salida laboral. Por otro lado, las primeras operaciones a las que pudieron acceder se dieron en un marco de clandestinidad y negligencia que afectaría su salud.

Estos dos hechos darían forma a un tercer punto de inflexión en sus vidas: las prematuras muertes de las travestis antes de sus 45 años que condicionaron su cotidianeidad y les impidió pensar a futuro y proyectar un mejor mañana.

Si bien en los últimos años se ha aprobado la Ley de Identidad de Género que les permitió el reconocimiento de su identidad, como así también el intento de panificar políticas sociales laborales que las estimule a abandonar la prostitución, las mismas son muy recientes. No obstante, será materia de trabajos futuros indagar en qué medida las políticas aprobadas y las que se vayan suscitando modificarán los cursos de vida de las minorías sexuales de nuestro país, cuestiones que me propuse indagar en mi proyecto posdoctoral. Por tanto, por tratarse de un colectivo que ha sido vulnerado, se torna importante conocer las políticas que se han estado llevando adelante en los últimos tiempos, observando sus características, límites y alcances.

Por lo pronto se ha podido ver cómo el género y sus condicionantes sociales han operado en los cursos de la vida generando tipos de vejeces diferenciales, comprendiendo cómo se constituye un envejecimiento diverso a la luz de la dimensión genérico-sexual No obstante, no es el género en sí mismo el que dio lugar a trayectorias disímiles, sino las connotaciones sociales las que repercutieron en los modos de envejecer de las personas. Asimismo, ha sido en la vejez donde las diversidades adquieren mayor relevancia. En efecto, como señalan Gastrón, Lombardo, Marazza de Romero y Oddone (2013) es en la adultez mayor donde más se manifiesta la diversidad que ha acompañado estos cursos de la vida. De este modo, será imposible circunscribir dicha diversidad a categorías acabadas. Por el contrario, aquí quise construir modelos de vejeces de homosexuales, lesbianas y travestis que sirvan para comparar y conocer sus principales dimensiones, sin omitir las particularidades que los distinguen. Ya que justamente lo valioso de un estudio centrado en trayectorias de vida es dar cuenta de esa diversidad. Así fue que en esta tesis busqué aprehender esa heterogeneidad recuperando las memorias de los propios actores –muchas veces segregados en su propio colectivo por razones de edad, género o de recursos económicos– sin partir con categorías previas de análisis, sino buscando que emergieran de sus propios testimonios, debido a que, como sostenía Wittgenstein (2007), los conceptos pueden aliviar o agravar un abuso; favorecer o inhibir.


  1. Durante la realización de mi tesis de maestría (Rada Schultze, 2014a), la cual versó sobre la historia de los movimientos LGBT argentinos, una de las respuestas que brindaron los entrevistados y las entrevistadas para explicar la ausencia de personas mayores entre sus filas fue que gran parte de los viejos y las viejas habrían muerto durante los años 1980 producto del VIH-SIDA.
  2. En ese sentido pueden señalarse distintos casos generacionales y su relación con la historia del movimiento LGBT argentino y sus viejos militantes. Por ejemplo, en base a esa idea puede señalarse un discurso del 2010 de Esteban Paulón (quien fuera presidente de la Federación Argentina LGBT): “Como decía un activista de la diversidad de los años ’70 ‘queremos amar y vivir libres en un país liberado e igualitario’”. Aquel activista, del cual Paulón no recordaba el nombre, era Néstor Perlongher. Además de desconocer su nombre, el discurso presentaba una pequeña tergiversación, aunque no por eso menor, ya que en los años 1970 la idea de “igualdad” era ampliamente cuestionada desde el sector que Perlongher representaba. Distinto es por ejemplo el discurso de Osvaldo Bazán quien en un acto en la Plaza de los Dos Congreso recordaba al “Grupo Nuestro Mundo del año 1968” al tiempo que señalaba que desde esa época nuestro país era vanguardista en la militancia por los derechos de las minorías y que con el Matrimonio Igualitario la Argentina volvería a ser de avanzada en esta materia (ambos discursos pueden encontrarse en el documental del Guillermo Giménez “Del closet a las calles” del año 2010). También, en esa misma línea, puede incluirse el acto homenaje que la Comunidad Homosexual Argentina le realizó a los viejos militantes del Frente de Liberación Homosexual.
  3. El subrayado pertenece al autor.


Deja un comentario