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7 Los cursos de vida trans

Para finalizar esta segunda parte denominada “Las viejas” es momento de hablar de los modos de envejecer que presenta el colectivo trans de nuestro país. Del mismo modo que se vio con anterioridad a la hora de explicitar las vejeces de los varones homosexuales-gays y de las mujeres lesbianas, aquí también se estudiarán los cursos de la vida que ellas debieron llevar adelante. Será así entonces que algunos aspectos serán compartidos por estos grupos, mientras que otros las distinguirán en sus trayectorias vitales. Por otro lado, las formas en las que se abordarán estos estudios de caso serán las mismas que se han llevado a cabo en los capítulos anteriores: También indagaré en fenómenos sociales buscando su relación con este subgrupo de la diversidad sexual, analizando las especificidades del envejecer y de la vejez travesti.

En ese sentido, uno de los elementos más significativos que caracterizan a los cursos de vida de las travestis sea quizá la corta esperanza de vida que estas personas poseen, la cual oscila entre los 35 y 45 años de edad (Berkins y Fernández, 2005), lo cual se encuentra atado a las peripecias y ajetreos que las acompañan a lo largo de su vida, elementos que en las próximas líneas analizaré. De este modo, la vejez de las travestis –por no alcanzar la mayoría de este grupo el promedio de edad que define a la población considerada vieja– debe ser considera en términos relativos.

En efecto, como señalaba el trabajo de Oddone (1996) arriba mencionado, la vejez no es un simple dato estadístico o cronológico. De su definición también suele participar el entorno y las condiciones de vida del grupo estudiado. Así, bajo contextos específicos –como podría ser en situaciones de pobreza, de discriminación y de falta de recursos, entre otros– los sujetos pueden ser definidos como personas viejas a pesar de no llegar a la edad estipulada. De esta forma, será el grupo el que le atribuirá estas características tanto por estar cumpliendo los roles que nuestras representaciones e imaginarios sociales le designan a los viejos y las viejas –como por ejemplo el retiro, la jubilación, la abuelidad, entre tantas otras–, como por ser las personas de más edad en este grupo. Es así que la vejez no sólo se vuelve un concepto relativo, sino que, como todo rol, también presenta una arista relacional.

Hecha esta mención, pasaré entonces a detallar las trayectorias de las travestis mayores. A partir de la recuperación de sus historias de vida y memorias, buscaré poner sobre el tapete los puntos de inflexión que dieron como resultado el tipo de vejez diferencial que cierra esta tesis: el envejecimiento travesti.

I. Las travestis y su vejez como una negación

Como señalan diferentes trabajos, se estima que en nuestro país la esperanza de vida del colectivo travesti oscila entre los 35 y 45 años (Berkins y Fernández, 2005; FEDERACIÓN ARGENTINA LGTB, 2011). Por lo tanto, se vuelve inverosímil considerar el devenir de este colectivo como personas mayores del mismo modo que en los capítulos anteriores, a saber, aquellos mayores de 60 años.

Esta breve expectativa de vida que tienen las personas travestis, considerablemente menor al promedio de vida de la Argentina, se puede explicar a partir de las consecuencias que ellas deben acarrear al descubrir su identidad de género y decidir adecuar su cuerpo biológico a su identidad autopercibida.

Este proceso de transformación corporal lo inician en su adolescencia y suele darse en marcos de profunda marginalidad y vulnerabilidad, producto del abandono familiar y de la homofobia imperante. Asimismo, su inexperiencia –consecuencia de la corta edad en la que deben dejar sus hogares y son empujadas a la calle–, las situaciones de violencia a las que son expuestas, la prostitución como única oportunidad laboral y las operaciones clandestinas[1] a las que debieron recurrir para adecuar su cuerpo a sus sentir, conspiraron, a lo largo de su vida, contra un devenir saludable.

Si bien existen casos en los que las travestis han encontrado otra posibilidad por fuera de la prostitución, la mayoría de ellas encuentran aquí su única posibilidad laboral. Como luego retomaré, según datos estadísticos más del 80% de ellas encuentran en el trabajo sexual su único ingreso económico. Por tal motivo, a fin de construir una tipología de los cursos de vida travestis, es que he escogido las trayectorias de estas personas. No obstante, luego se verán algunos proyectos alternativos para brindar una herramienta laboral diferente a la prostitución, las cuales actualmente continúan siendo insuficientes.

Otras diferencias de perfiles y trayectorias que ellas intentan marcar gira en torno a aquellas travestis que han tenido posibilidades en los medios de comunicación: “Hay que diferenciar de casos aislados de travestis, como Florencia de la V o Lohana Berkins. No es la misma vida la de Florencia de la V que la de Lohana o la de una travesti de Jujuy” (Marcela, 46 años). Lo mismo sucede con la expectativa de vida de las travestis. Si bien no son todas las que tienen una esperanza de vida menor a los 45 años –de hecho en esta tesis se recogen testimonios de travestis que superan esa edad–, lo cierto es que tampoco son mayoría las que pueden superar esa barrera etaria. Además, debiera tenerse en cuenta qué tipo de trayectorias han llevado adelante aquellas que sí pudieron llegar a su vejez.[2]

De esta forma, haciendo la salvedad mencionada a la edad de las travestis, en este capítulo retomaré los discursos de aquellas de mayor edad para indagar las peripecias que atravesaron y cómo estas han determinado su cotidianidad al punto de no poder imaginar el propio futuro como adultas mayores encontrándose, como menciona una entrevistada, sometidas a “vivir al día” (Romina, 47 años).

Asimismo, del mismo modo que lo trabajé en los casos estudiados anteriormente, el Paradigma del Curso de la Vida será empleado observando las tres instancias temporales distintas pero interdependientes: el tiempo social, grupal e individual.

Me detendré un instante en el primero de estos tiempos para poder comprender el fenómeno de la homofobia y la transfobia en el devenir de las trasvestis pero no sólo en su proceso de envejecimiento, sino también para observar los contextos sociales y temporales en los que su transformación identitaria comenzó a gestarse y desarrollarse.

Uno de los principales aspectos que caracterizó al Estado del Siglo XX y en consecuencia a sus leyes, fue el fenómeno de la eugenesia (Miranda, 2011; Salessi, 2000). Así, históricamente se introdujo en el acervo cultural que la imposibilidad de categorización que tendrían determinadas siluetas tensionarían el sistema clasificatorio humano y su necesidad de ordenamiento, dilema conceptual que supuestamente emanaría la construcción corporal travesti (Fernández, 2004: 15-16). De ese modo, la persona travesti, transexual, transgénero[3] y su hipotética “inclasificación” fue a lo largo del tiempo señalada por el sentido común como una negatividad: era un no-hombre y una no-mujer. Era ante todo, haciendo un uso laxo de la terminología de Simmel, un “No” (Simmel, 2007: 31).

Empero, si bien esa negación no fue el único, ni el más dificultoso de todos los problemas que debió (y debe) afrontar este grupo de personas, la negación al reconocimiento del otro y su identidad, se tradujo inmediatamente en la ausencia de oportunidades, en una absoluta carencia de derechos y en una persistente y violenta discriminación.

De ese modo, el desprestigio y estigmatización social que recae sobre la población travesti hace que desarrollen su curso vital en la marginalidad, sin protección estatal y sin el amparo de las redes sociales primarias como es la familia, por lo que muchas veces estarán expuestas a situaciones de violencia y pobreza, entre otras.

Por lo tanto, en este capítulo indagaré en los modos en que se va construyendo la vejez de las personas travestis a lo largo del tiempo. La representación que las travestis tienen sobre este devenir, sobre la situación a las que están y estuvieron expuestas en sus trayectorias, las condiciones de vida que conocieron y cómo fue, bajo condiciones de vulnerabilidad, dar lugar a una construcción identitaria y corporal coincidente que se inició en la adolescencia pero que no tiene perspectivas a largo plazo.

El cuerpo, como señala Le Breton, “es el lugar y el tiempo en el que el mundo se hace hombre inmerso en la singularidad de su historia personal, en terreno social y cultural en el que abreva la simbólica de su relación con los demás y con el mundo” (2011: 35). De tal modo, también buscaré problematizar en torno a la construcción corporal e identitaria de las personas travestis tanto a lo largo su tiempo individual como del tiempo social.

Por último, amalgamando lo dicho hasta el momento, tanto la corta expectativa de vida que las distingue –casi la mitad de la media nacional– como lo impreciso del dato (un error muestral que representa una ambigüedad nada desdeñable de 10 años), denotan la falta de interés y de preocupación política que revistieron a lo largo del tiempo las travestis para el Estado, en tanto entidad con la facultad y obligación de velar por la seguridad de sus ciudadanos. Por lo tanto será de interés de los próximos apartados dar a conocer el discurso, las memorias y las representaciones de aquellas travestis que se encuentran en el umbral de los posibles “últimos años”.

II. La construcción temporal de sus cuerpos a través y en función del tiempo

Uno de los primeros objetivos a indagar en este apartado es observar la continua construcción corporal que desarrollan las travestis. Allí, el tiempo social e individual son factores tanto explicativos como determinantes.

Para comenzar se puede señalar que desde su infancia y adolescencia las travestis viven inmersas en una tensión con su cuerpo biológico, el cual presenta una genitalidad masculina en su nacimiento. Por lo tanto buscarán compatibilizar su corporalidad con su sentir: el de una identidad de género femenina.

Al no ser coincidentes su subjetividad e identidad con el cuerpo que la suerte les brindó, deberán en consecuencia modificarlo. Adecuarlo a su deseo y sentir. En ese sentido, se pueden destacar algunos fragmentos de las entrevistas mantenidas con ellas. Allí las mayores travestis rememoran este proceso de transformación iniciado en sus juventudes o adolescencias. Uno de estos es el testimonio de Inés de 48 años quien destaca que “lo que hay adentro [del cuerpo] es una mujer. El envase es distinto. El envase lo vas construyendo hacia a la identidad con la que vos te sientas bien”. En esa misma línea, Alexia, otra de las entrevistadas, también recuerda que:

Vos naciste anatómicamente con otro sexo, pero tu identidad es diferente. Vos lo que vas haciendo es un proceso para llevar… porque vos tu identidad no la podés cambiar. Es imposible. Pero tu cuerpo los podés cambiar, llevándolo a tu identidad. (Alexia, 35 años)

Como señalan estas entrevistadas, el cuerpo comienza a ser modificado acorde a su sentir identitario. Con distintos sinónimos, para una se trata de una “anatomía de nacimiento”, para la otra de un “envase”, entienden que su corporalidad debe ser metamorfoseada en función de la identidad, ya que “lo que hay adentro es una mujer”.

Para llevar esto adelante, una de las primeras transformaciones que conocerán será a través de la ingesta de hormonas, proceso que sostienen deberán “llevar adelante a lo largo de toda su vida” (Alejandra, 40 años). Según sostienen, las hormonas generarán aumento mamario, darán forma a la silueta y reducirán el crecimiento de vello, entre otras acciones. Para ellas esta transformación y mantenimiento del cuerpo feminizado será una constante a lo largo del tiempo: será un constructo dinámico de nunca acabar.

Terminé el secundario y me fui a Buenos Aires y arranqué con el cambio. Ahí comencé a hormonizarme. Antes era hormonas. Antes no existían las siliconas y para una prótesis tenías que tener mucho dinero. Era un período de hormonas que te redondeaban los pechos, te redondeaban las caderas (Romina, 47 años).

Fernando: Esto que me decías de la hormonización ¿hay que hacerlo cada un tiempo?
Inés: Sí, lleva un período. La hormonización tiene que ser continua. Mientras vos no te operes, tiene que ser continua. Ahora, la historia es lo que te estaba diciendo. Al ser trabajadora sexual y sacarte la libido… es imposible. Por eso la mayoría no quiere hormonizarse. Porque sabe que eso le va a perjudicar, le va a jugar en contra (Inés, 48 años).

Una segunda transformación que sus cuerpos conocerán radica en la implantación de prótesis mamarias o siliconas. Empero, como señalan las entrevistadas, no todas las travestis pueden acceder a ellas. Así, durante mucho tiempo, la libre decisión sobre el cuerpo de una misma se veía determinado por los recursos económicos con los que las travestis mayores podían contar.

Si bien la Ley de Identidad de Género aprobada en mayo de 2012 (Ley 26. 743) prevé que las travestis puedan ser reconocidas legalmente bajo su identidad autopercibida y la inclusión de las adecuaciones corporales y entrega de hormonas en el Plan Médico Obligatorio y por ende de alcance público y nacional, lo reciente de esta normativa hizo que las travestis de bajos recursos y mayores –jóvenes en una época en la que la Argentina era ajena a los derechos para las minorías sexuales–, debieran acceder a métodos clandestinos, inseguros y poco idóneos para la adecuación de su cuerpo a su sentir.

De esta manera, como modo alternativo, quien no poseía dinero se veía empujada a inyectarse aceites de maquinarias (principalmente de avión) para así lograr dar forma a pechos y glúteos.

En efecto, el bajo costo de estos métodos alternativos y clandestinos era uno de los elementos de seducción a la hora de optar por estos peligrosos procedimientos. Según datos periodísticos, el valor de la silicona tóxica era diez veces menor al de una intervención en una clínica con prótesis legales.[4]

A su vez, cabe señalar que dicha metamorfosis corporal clandestina a la que recurrían las travestis mayores era comúnmente realizada por otra colega travesti. Sin embargo, según recuerdan, la ilegalidad de esta práctica no era el riesgo mayor que ellas experimentaban.

Una de las contrariedades que enfrentaban era que el aceite que incorporaban pudiera esparcirse por el cuerpo generando deformidades irreparables. Otra de las desventajosas posibilidades a las que estaban expuestas era que el cuerpo rechazara dicha ingesta, generando severos daños en su salud.

Como podrá verse, estos son algunos de los elementos que comienzan a explicarnos las malas condiciones de vida de este grupo y, por ende, su corta expectativa de vida.

Para ejemplificar lo dicho puede incluirse el siguiente testimonio de Inés de 48 años, extraído de una entrevista realizada en el 2011; un año antes de la sanción de la Ley de Identidad de Género:

Además de lo riesgoso [de inyectarse aceites], es la salida más básica. El periodo de hormonización te lleva mucho tiempo, te quita la libido. Si tenés que trabajar sexualmente es imposible. No querés ni que te toquen. Entonces es más fácil colocarse siliconas y no hacer todo este tratamiento que además no está previsto en el sistema de salud. (Inés, 48 años).

En sintonía con este testimonio, también pueden incluirse las palabras de Alexia y Romina, otras de las entrevistadas que hacen referencia a los contratiempos de este tipo de operaciones. Según destacan:

La silicona industrial… en el afán de querer tener los cuerpos femeninos, las compañeras cometen grandes falencias, errores, recurren a la silicona industrial que es lo más económico en el mercado (Alexia, 35 años)

La que no se opera tiene que estar todo el tiempo encima del cuerpo… El drama es no sólo que se colocan la silicona, o tienen después un problema de rechazo y tienen que sacársela o pasa años y esa silicona se cayó, así que tienen que hacerse alguna cirugía para reparar eso… siempre hay algo. Lo ideal es una buena hormonización, prótesis… (Romina, 47 años)

Por su parte, quienes en su juventud logran o lograron sortear con cierto éxito los escollos de estas primeras adecuaciones corporales, deben hacer frente a un nuevo problema, el de cómo subsistir en su vida cotidiana.

La falta de posibilidades laborales, las condiciones de marginalidad a las que están expuestas y la discriminación, se presentan como grandes límites para las travestis.[5] Así, ellas son empujadas –casi en su mayoría– a ejercer la prostitución como único modo de supervivencia. Allí el cuerpo conocerá una tercera instancia de acomodación y transformación.

En este nuevo cambio, ya no sólo entrará en juego el propio sentir y deseo. También, y de manera considerable, el cuerpo deberá satisfacer la demanda del mercado. Un mercado sexista y orientado a lo juvenil que, como vimos, pregona las figuras esbeltas y jóvenes como modelos de belleza irrefutables. En efecto, se trata de símbolos de lo deseable en un doble sentido: símbolo de lo que uno aspira a ser (de parte de quien oferta) y de lo que uno ansía obtener (de parte de quien demanda).

De ese modo, este cuerpo que venía transformándose a lo largo de un ciclo temporal debe reconvertirse acorde a los tiempos actuales del mercado y de sus valoraciones sociales. Por el contrario, desoír las peticiones del mercado puede implicar la pérdida de ingresos en el ya acotado mundo laboral en el que pueden participar las travestis.

Como señalan trabajos dedicados al desarrollo corporal, el envejecimiento y crecimiento de una persona suponen la reconfiguración de la identidad, una elaboración de los cambios corporales y el ajuste de la propia imagen corporal (Lombardo y Oddone, 2013). Esta reacomodación de la imagen y el cuerpo no se da vacía de sentido, sino que ocurre a la luz de las demandas sociales que hipervisibilizan un mercado esteta que presenta como única demandante al género femenino (Bourdieu, 2010a; Yuni, Urbano y Arce, 2003). La preocupación por la belleza es presentada como un deber de las mujeres (Goldfarb, 1998).

De esta forma, será entendible que las entrevistadas quieran ser jóvenes y tener cuerpos tonificados y firmes, porque se trata de lo bueno, lo deseable, lo aprobable, algo que, claramente, no es exclusivo del grupo humano travesti sino de una sociedad “edadísta” que asocia a la vejez como sinónimo de lo feo, la senilidad, la decrepitud física, y otro conjunto de estereotipos que poco tienen que ver con la adultez mayor en tanto etapa de la vida. Es en este sentido que Yuni, Urbano y Arce señalan que el ser humano posmoderno erige su Yo en su cuerpo, al que rinde culto. El cuerpo, entienden los autores, se posiciona como valor personal y social (2003: 39-40).

Inmerso el análisis en el caso de las travestis que ejercen la prostitución, se debiera agregar que también existe un valor económico sobre el cuerpo en dos sentidos íntimamente relacionados: por un lado un valor de egreso y por otro lado un valor de ingreso. De ese modo, el cuerpo travesti lleva implícitamente dos interrogantes que son el de cuánto cuesta tener un cuerpo determinado (egreso) y a la vez en qué medida es que ese cuerpo será redituable: qué ingreso dejará. Una relación de costo-beneficio entorno al propio cuerpo.

Así, para conocer las posibilidades de supervivencia que les darán sus corporalidades y de ese modo evitar una “inversión” en un cuerpo que después no será “consumido”, las travestis buscan copiar los modelos de belleza aceptados socialmente. Por lo tanto, tener un cuerpo tonificado, joven, delgado y con senos turgentes, será cotizable y, por ende, deseado.

En este sentido, el concepto sociológico de habitus esgrimido por Bourdieu es de gran utilidad para problematizar este devenir del cuerpo travesti a la luz de los influjos sociales y las peticiones del mercado.

Bourdieu al describir la noción de habitus resalta la característica de la “incorporación de estructuras sociales en forma de estructuras de disposición de posibilidades objetivas en forma de expectativas y anticipaciones” (2010b: 186). De esa forma, se adquiere un conocimiento y un dominio práctico del espacio circundante. El habitus, para el autor, es por lo tanto el fruto de la incorporación de principios de visión y división; de un orden. El habitus engendra prácticas acorde a ese orden, percibidas y valoradas por quien las lleva a cabo y por los demás (Bourdieu, 2010b: 204).

Profundizando esta cuestión, también en esa misma línea se pueden tomar las observaciones de Araújo dos Santos (2011) quien destaca que cada época tiene su “estatuto del cuerpo” por lo que el cuerpo debe adaptarse a las necesidades e ideales de la cultura contemporánea. El autor pone de manifiesto que el “estatuto del cuerpo” denota que la identidad corporal es inventada y construida en determinados contextos culturales y bajos ciertas circunstancias (2011: 407). La cuestión será entonces poder resolver cuáles han sido estos procedimientos, con qué materiales y bajo qué condiciones se dio esa transformación.

Sobre estas tres etapas intentaré tematizar este último capítulo de análisis. La intención será poder explicar por qué la construcción corporal travesti deviene en una subjetividad vulnerable y cómo esa subjetividad da lugar a posteriores construcciones en absoluta marginalidad reproduciendo en consecuencia el frágil existir travesti que da como resultado su endeble o inexistente vejez.

III. La vulnerabilidad travesti

Para hablar de los modos de envejecer travesti, analizándolos desde su construcción corporal a lo largo del tiempo, entendiendo estos cuerpos como frágiles, débiles y vulnerables –emparentados con una subjetividad forjada al calor del sufrimiento y el dolor–, en este apartado incorporaré los aportes de autores como Csordas (1990), Lock (1993) y Jackson (1994) y el paradigma del embodiment.

El cuerpo en tanto fuente de la subjetividad y como campo intersubjetivo de la experiencia, propuesto por este paradigma, resulta de gran utilidad para reflexionar tales cuestiones. Lo mismo ocurre con las dimensiones que postula Csordas (1990) para el análisis del Self. Estas son la corporal, emocional y situacional, que, aunque con otros nombres, trataré de articular y señalar aquí.

Como se señala desde este enfoque, el cuerpo es un punto de partida para analizar la cultura y el self. El concepto de self, entendido como una capacidad indeterminada de ocupar y orientarse en el mundo, caracterizado por el esfuerzo y la reflexividad, debe ser pensado en íntima relación con la noción de habitus bourdiana, del que se puede señalar que establece maneras de ser y hacer. Como una práctica, una acción corporizada e identitaria. De ahí el interés de pensarlo en conjunto con las categorías como cuerpo, reflexividad y experiencia más cercanas al paradigma del embodiment.

Tomando los aportes de estos autores, se pueden marcar entonces algunos aspectos nodales del caso en cuestión.

En principio decir que el “saber hacer” travesti se aprende sobre un conocimiento práctico, parece tener un desenlace mucho más idílico de lo que en verdad es. Por el contrario, la situación de las travestis entrevistadas escapó a cualquier catalogación romántica que pudiera hacerse. El ser y hacer travesti, en cambio, debe pensarse más desde un “saber sobrevivir”; un saber que se aprende sobre un conocimiento práctico y específico: la necesidad. La carencia, a su vez, abre un problema no menor y es el de la inmediatez. De ese modo, cuando sus propias necesidades (y también sus oportunidades) se ven lejanas e inalcanzables, parece operar sobre ellas una lógica impregnada de premura que les imposibilita proyectar, haciéndoles “vivir al día”:

Y me agarro una época, un año difícil. Justo había fallecido mi hermana, yo había estado mucho tiempo cuidándola. No había trabajado bien. Me operaron, llegué a pagar las cuentas y no tenía un peso. Ahí te das cuenta de que si me pasa algo estás… Decí que tengo buenos amigos, que me han ayudado, pero si no estás sola (Inés, 48 años)

La que en general vive día a día, no proyecta, no lo toma en cuenta eso… no le importa si atendió bien o mal a un cliente, ya tiene la plata, es vivir el día. Yo no. Yo siempre proyecté. Eso es lo que siempre explico, pero bueno, hay gente que vive el día. Es hoy, ‘total no sé si mañana voy a vivir’, ¿viste? (Romina, 47 años).

Antes me molestaba ver a las chicas más jóvenes y ver que no proyectan, que no les importa nada. Están muy preocupadas en tener su plata y gastarla rápido en sus zapatos, su ropa…Pero entiendo que si no, no tienen otra cosa. Se vive al día (Melina, 26 años).

Acompañando estos fragmentos de entrevistas pueden incorporarse algunas conversaciones con travestis más jóvenes extraídas de observaciones en el campo; de aquellas travestis que, según las mayores, viven el día sin proyectar. Allí también se las puede ver preocupadas por su cotidianeidad, como así también justificando sus decisiones en las pocas oportunidades que se les presentan en la vida:

Catalina: ¿Se quedan un rato más [en el bar]?
Marina: No sé.
Catalina: Porque si se quedan un rato más y después me acompañan a casa, me quedo con ustedes. Así no me vuelvo sola. Me da cosa.
Marina: Ni idea. Capaz que si
Catalina: Dale, decime (…) Sino me voy con ellos [señala a dos muchachos].
(…)
[Catalina se va con los dos varones]
Marina: Yo la entiendo a Catalina. Se vive al límite. ¿Cuántas chances tenés de conocer a alguien? ¿Encima a dos? (…) Oportunidad que tenés, hay que aprovecharla (Catalina de 24 años y Marina de 23 años).

Cecilia: ¿Vamos para ‘El Beso’?[6] (…) Hay que meterle. Si llegamos tarde se van todos los ‘chongos’[7] y no me quiero ir ‘zapatera’. [8]
Fernando: ¿Pero este chico que se fue recién no era tu novio?
Cecilia: (piensa) Es ‘novio’ [hace gesto de comillas en el aire]. Con el ajetreo que tiene ser trans es imposible pensar en más allá (…) Me encantaría, pero es imposible (Cecilia, 26 años).

Si bien es coincidente que aquellas acusadas de “vivir al día” sean las más jóvenes –quienes a su vez no tendrían la aptitud y la intención de “proyectar” a futuro en sus vidas–, tensión generacional que no parece ser exclusiva del colectivo travesti, lo cierto es que ambos sectores del grupo, las más viejas y las más jóvenes, lo asignan su género. Para ellas el no poder imaginar(se) a futuro y por ende vivir el día a día, es una condición travesti.

Así, la carencia y la exclusión parecerían brindarles un conocimiento práctico que adquieren por el cuerpo en forma de habitus: la in-corporación de la necesidad y la marginalidad.[9] Una suerte de socialización que, como señala una entrevistada, es “a los golpes… Es la universidad de la calle” (Catalina, 24 años). A su vez, estos sentimientos de indefensión y de riesgo se terminan por corporizar y condicionan su actuar. En síntesis, estos sentimientos de inseguridad se entrecruzan con el proceso incesante de cambio corporal que experimentan a lo largo de su vida. Veamos entonces cómo es vivenciado este paso del tiempo por las propias entrevistadas:

Fernando: ¿cómo fue tu propia reacción cuando te veías al espejo y veías que ibas cambiando?
Inés: Maravilloso. Cada paso que das es maravilloso porque vas logrando lo que realmente querés desde que tenés uso de razón. Lo que pasa es que con la niñez, como hay una cosa andrógina, no lo sufrís. Lo sufrís en la adolescencia, cuando empezás a cambiar. Entonces vos ahí decís ‘quiero pararlo ya, esto no es lo que yo quiero’. Ahí es como que te agarra. La adolescencia es terrible. (Inés, 48 años).

Yo me angustié, pero entendí que era así. En esa elección [la de adecuar el cuerpo a la identidad autopercibida] pagas un precio muy caro. Cuando te enamoras de un hombre y no sos correspondida, pagas el precio de la discriminación, pagas el precio cuando se hace visible lo invisible. No es lo mismo ser gay o lesbiana. Mientras en un trabajo no se note que tiras plumas o que no seas la lesbiana tipo camionero, está fantástico. Hay otra valoración diferente al gay o la lesbiana. Pero al ser travesti tenés una actitud ante la vida que choca. (Alexia, 35 años)

A pesar de que, como manifiesta una de las entrevistadas, el cambio que se vivencia con el cuerpo otorga la “maravillosa” sensación de sentirse realizada, lo cierto es que ese proceso no deja de ser dinámico y enfrenta –sobre todo en la etapa de la adultez–, los achaques propios de la edad sumado a los prejuicios sobre el envejecimiento que puede tener un grupo social altamente orientado a la figura, lo estético y a una imagen femenina fetichizada. De esa forma, cuando comienzan a transitar su propia adultez, les cuesta reconocerse a sí mismas, viven con nostalgia años anteriores o tratan de disimular el tema del paso del tiempo con bromas. Incluso pueden ser ellas mismas objeto de esas burlas por parte de terceros.

Jesica: ¿Pero si tu investigación es de vejez porque me entrevistas a mí? ¿Ya estoy vieja?
Marina: (entre risas) Te dijo vieja. Si te entrevista a vos es porque ya sos vieja (risas) (Jesica, 34 años y Marina, 23 años).

Fernando: vos arrancaste de muy chica a trabajar de esto… cuando fuiste creciendo y demás, y sobre todo con el mercado travesti, que hay muchas chicas y tal vez se operan con mejores cosas o con cosas más nuevas, ¿alguna vez empezaste a sentir la competencia o te empezaste a sentir grande?
Romina: Sí. Le pasa a todo el mundo… Sí, sobre todo en acciones… No es mío, no es nuestro. El paso a la madurez es un paso que nadie quiere dar, ¿viste? por eso que ‘pendeviejo’, ‘pendevieja’. Porque es algo que no quieren, es terrible. Que te empiecen a decir señora… Ya notas que hay… más grande. Ya no tenés ganas de bailar, ya no tenés ganas de salir. Hay cosas que empiezan… después lo vas asumiendo, obviamente. Cuando estás trabajando te caga un poco porque tenés que esta impecable siempre. Bien siempre (Romina, 47 años).

Fernando: La otra vez que hablamos me contabas que cuando eras más joven había otras travestis más grandes que te aconsejaban como esconderte si venía la policía, cómo mostrar el cuerpo, cómo no, a dónde ir, a dónde no ir… Hoy por hoy ¿está esa relación con chicas más jóvenes o cómo es hoy?
Inés: No, muy poca. Como es en general con la gente adolescente, no te dan bola. La gente joven cree que se la sabe y ya está. Sí, ‘ya lo sé, a mí no me va a pasar’. No hay como el escuchar. Antes, sí. Esto viene de otras generaciones. Escuchar al más grande porque sabía más. (Inés, 48 años)

Antes la misma situación hacía que estemos más juntas. La injusticia, el dolor, todo eso hacía que nos juntáramos más. No había un cumpleaños de alguna chica donde nos estuviésemos todas por ejemplo. Esas cosas ya no pasan (Romina, 47 años).

[De parte de las chicas jóvenes] hay como un respeto, pero no hay el respeto que teníamos antes a las mayores. Respeto al escuchar, vos sabés que la vivencia… la vivencia te educa, no sólo los libros. (Alexia, 35 años)

Cuando me vine [a Buenos Aires] estaba sola (…) Sabía a dónde paraban las chicas porque ya tenía una conocida (…) Una de las chicas, ‘La Peruana’, me recibió me dio un lugar en una pensión. Tenía que dejarle algo de plata de lo que hacía. Pero no estaba mal. Era algo común. Las más grandes te protegían y correspondía que vos aportaras (…) Era una época difícil [finales de los años 1980] para parar en la Panamericana sola. Te podían matar o si venía la policía y tenías que rajar, te podía llevar puesta un auto. Te servía estar protegida (Belén, 47 años).

Fernando: ¿Y cuáles son tus proyectos, más allá de la militancia, proyectos personales, cómo te ves hoy en los próximos años?
Inés: No, no, ya no (ríe). Ya lo pasé, ya lo sufrí mucho el asumir la madurez. Sufrí. La gente es cruel. La juventud es cruel.
F: ¿Pero qué? ¿Comentarios, chistes?
I: Por ejemplo, yo publico, hay un foro escort,[10] y [los clientes] comentan ‘esta es medio veterana’ y son puñaladas que te dan. Vos decís ‘la concha de tu madre’ (risas). Lo vas asumiendo después, porque también tengo mi grupo de amigos que estamos en la misma edad entonces es como que… Pero sí, al principio te dolía. Que muchas chicas puedan… No poder hacer lo que hacías antes, porque ya no quedaría bien. (Inés, 48 años).

En simultáneo, ese cuerpo –que experimenta, conoce el mundo y que es parte constitutiva de él– sufre las “erosiones” del tiempo y de la vida. Los golpes que la cotidianeidad da a las travestis son experimentados principalmente en y por el cuerpo. El cuerpo se erosiona (por todas las peripecias a las que se exponen, como ser la calle, abandono del hogar en la adolescencia, operaciones clandestinas sin normas básicas de protección, entre otras), pero a la vez se vuelve a re-fabricar para revertir esa erosión. No obstante, lo que se terminará erosionando será su propia salud.

Por ejemplo este año murieron dos [trans]. Una por cirrosis y otra que tenía VIH y tenía que salir a trabajar. Y estarían por los 40 años. Una menos. La calidad de vida… La calle. Hace de cuenta que trabajaste 15 años y es como si tuvieras 30 años trabajando. Primero físicamente y después un desgaste psicológico muy grande (Inés, 48 años).

Un dato sumamente importante que da cuenta de la vulnerabilidad de las travestis es la causa de su prematura muerte, cuestión que como anunciara imposibilita hablar de una vejez travesti.

Al revisar los principales motivos se puede hallar que el 62% de ellas fallece a causa del VIH-SIDA. Profundizando esta cuestión se observa que de ese 62%, el 35% tiene entre 20 y 31 años y entre 32 y 40 años el 34%. Así, antes de los 40 años muere el 70% de las travestis por el VIH (Berkins y Fernández, 2005).

Otra explicación la encontramos en actos de violencia que finalizan con el asesinato de la travesti. Esto da cuenta del 17% de los motivos de deceso (Berkins y Fernández, 2005). Sin embargo, la mayoría de los casos de VIH, refutando los análisis condenatorios elaborados desde el sentido común, no se deben al trabajo sexual, sino al uso de jeringas infectadas que se comparten en las adecuaciones corporales clandestinas líneas atrás analizadas (Duarte, 2009).

En otro trabajo publicado unos años después (Berkins, 2007), se destaca que estos datos estadísticos no varían en demasía con el tiempo. De aproximadamente 600 travestis consultadas, el 73% de ellas no ha contemplado los años de educación obligatoria. A su vez, entre las que no estudian, el 81,2% respondió que su ingreso principal proviene de la prostitución. También el 82,7% comenta haber sufrido algún tipo de abuso policial y que el 72% no controla su salud. En el documento además se señala que el 54,7% ha muerto a causa del VIH-SIDA y el 16,6% por asesinato. De las personas fallecidas, el 43% murió teniendo entre 22 y 31 años, el 33% entre los 32 y 41 y un 9% no había cumplido los 21 años.

Además de los abusos policiales y de los actos de homofobia que terminan con la vida de la travesti, deben enumerarse otras situaciones de violencia que repercuten en sus vidas. Por empezar, como señalaba la entrevistada, el desgaste físico y psicológico que conlleva ejercer la prostitución en la calle, donde permanecer “15 años es como si estuvieras 30 años trabajando”.

Como ellas señalan, el hecho de sobrellevar la jornada ligera de ropas –en cualquier temporada del año– a fin de mostrar su cuerpo y atraer clientes, hace que las travestis se alcoholicen o ingieran drogas para hacer más amena la espera incierta de algún consumidor. Entre estas drogas debe destacarse el “paco” o pasta base –droga de mala calidad derivada de residuos de la cocaína y procesada con querosén y ácido sulfúrico–, cuyo bajo valor la hecho popular en sectores de bajo ingresos luego del colapso socioeconómico que tuvo como epicentro el 2001.[11] Además de lo económico del “paco”, debe recordarse que las travestis son mayoritariamente jóvenes, grupo etario donde la pasta base se ha cobrado más víctimas. Luego deben considerarse la violencia y el morbo del propio cliente como así también de la fuerza policial. Esto se ve reflejado en el testimonio de Marcela de 46 años:

La realidad de muchas es que están expuestas a la marginalidad. Hay una importante ausencia de educación, formación. Sumado al escape de familia. Muchas vienen del norte. Una persona con estas condiciones tiene muy limitada sus posibilidades. Y esta ausencia de posibilidades las lleva a la prostitución, que es un espacio de máximo riesgo: situaciones de violencia, enfermedades, destrucción de la dignidad. Si todas las noches tenés una discusión con clientes por el precio, el rebaje, se está poniendo en prueba cualquier construcción de estima propia… hace que uno se valore menos. Bueno, esa angustia lleva al encierro para sólo salir a prostituirse a la zona de trabajo (…) Además hay que sumarle condiciones. Porque hay que estar toda la noche en bolas. Hay que estar en invierno soportando el frío en la costanera. Bueno, se recurre a drogas y alcohol que después se vuelven incontrolables, como por ejemplo el paco que es una droga muy barata. A veces la cocaína, también por exigencias del cliente. Bueno, todo eso hace que la expectativa de vida sea muy baja. Es muy difícil encontrar travestis viejas. Por otro lado, si se las encuentra, se ve que la realidad es muy diferente a la de viejitos gays y lesbianas (Marcela, 46 años).

Como se destaca del fragmento seleccionado, la entrevistada señala una serie de características que a su entender presentan una “realidad muy diferente a la de viejitos gays y lesbianas”, lo cual en parte es entendible a partir de los elementos de sus trayectorias que se han ido ponderando. En las líneas siguientes buscaré detallar en forma exhaustiva qué factores harían a este grupo portador exclusivo de esas problemáticas. Asimismo, será importante destacar qué las caracterizaría y diferenciaría de otros colectivos que si bien también se dedican a la prostitución, son discriminados por su orientación sexual, son pobres o vulnerables, no poseen, por ejemplo, tan baja expectativa de vida. De este modo, la idea del próximo apartado será dar una respuesta más abarcadora trazando supuestos sobre las posibles explicaciones de la re-construcción de una subjetividad vulnerable que desarrollan las travestis.

IV. Habitus travesti. Entre la cultura y el poder

Quizás uno de los elementos más interesantes de la propuesta teórica-metodológica del paradigma del embodiment arriba enunciado sea la intención de problematizar el campo no sólo como un mero referente empírico, sino también considerarlo como algo con lo que nos relacionamos. A tal fin, apelando a la noción de espacio social de Bourdieu, en este apartado se tendrán en cuenta las relaciones de poder que ciñen las posibilidades de acción y desarrollo de las entrevistadas. Asimismo, retomaré el concepto de habitus y su cualidad de ser aprendido (y aprehendido) mediante el cuerpo. De esta manera, el habitus será comprendido no como algo que se posee, sino como algo que se es, donde el orden social juega un rol fundamental al inscribirse en los cuerpos (Bourdieu, 2010b). El orden social se presenta en los cuerpos de las travestis: las excluye y segrega. Acciona una serie de prácticas violentas que condicionan el devenir travesti, sus cursos de vida y, por consiguiente, un tipo específico de envejecimiento y vejez.

En esa línea lo primero que debe destacarse, como ya se vio, es la corta esperanza de vida de este subgrupo, lo cual invalida hablar de vejez en los términos socialmente estipulados. En efecto, la población travesti local tiene una esperanza de vida que no supera los 45 años, algo que puede ser explicado por medio de la histórica ausencia de políticas públicas (FALGBT, 2011). La trayectoria personal depende de las vicisitudes que se atraviesan a lo largo del curso de sus vidas, las que en la población travesti son múltiples y variadas. Así, la corta expectativa de vida va de la mano de la paupérrima calidad que caracteriza a los ciclos vitales de este colectivo. En ese sentido, uno de los elementos explicativos versa sobre las condiciones educativas y laborales.

En la actualidad las travestis se ven impelidas a ejercer la prostitución como una única manera de sobrevivir ya que carecen de otras oportunidades de trabajo. En el mundo laboral, el primer escollo que las travestis enfrentan para realizar un trabajo formal radica en la no finalización de la escuela secundaria. Esto se debía al abandono prematuro de sus hogares y colegios al no encontrar, en estos ámbitos, apoyo o contención a los cambios y redescubrimientos en su identidad genérica-sexual que se les presentaban en la adolescencia.

Asimismo, el hecho de abandonar sus hogares familiares tempranamente (las travestis provienen mayoritariamente de Salta y Jujuy donde son expulsadas por su orientación sexual), hizo que, al momento de buscar un trabajo, no poseyeran los estudios básicos requeridos por el empleador (Berkins y Fernández, 2005). Así, en una suerte de “derecho de admisión” –en tanto práctica discriminatoria lícita–, se encuentran sin otra posibilidad que la de realizarse en el trabajo sexual. De este modo, la discriminación sexual transfóbica se camufla, disfraza y queda oculta bajo el requisito de la formación educativa de la persona para lograr adquirir un trabajo en regla.

A su vez, antes de la Ley de Identidad de Género, el no reconocimiento de la identidad de género de la persona daba lugar a una tensión entre la identidad autopercibida y la jurídico-administrativa que figuraba en el documento nacional de identidad (DNI). De ese modo, no coincidía la imagen que la persona decía ser con la reflejada en su documento. Parecida es la suerte de las travestis que logran sortear el ejercicio de la prostitución, ya que muchas veces quedan presas de “trabajos en negro” sin seguridad social de ningún tipo (sobre todo en rubros como el textil y en salones de belleza, estética y peluquerías) y bajo condiciones de sobreexplotación. Así, se encuentran en el dilema de prostituirse o soportar esa relación laboral.

Retomando el concepto de self de Csordas (1990), en tanto conciencia de sí mismo, reconocimiento de uno mismo como un objeto en un mundo de objetos, se observa de qué modo las travestis tienen conocimiento de su posición vulnerable e intentan comprender y explicar las causas y consecuencias de esa situación. Este es por ejemplo el caso de Melina de 26 años, quien señala que “la única posibilidad [laboral] es la prostitución y quedamos expuestas a la droga, la violencia, el malandrinaje… por eso mueren tan jóvenes”. También pueden incorporarse las palabras de Catalina quien, ante la grave situación de vida de las travestis, hace un llamado de atención: “Se están olvidando de una gran parte del colectivo y se están muriendo. Vamos en el Titanic. Se están muriendo. Nos están olvidando” (Catalina, 24 años).

En ese mismo sentido, pueden incluirse otra serie de testimonios que dan cuenta de la frágil y complicada situación que deben experimentar las travestis locales:

Fernando: Y eso que decías de que quedan expuestas a todo… A las chicas trans ¿les pasa por la falta de contención y por eso es que tienen que abandonar las casas para ir a ciudades grandes…?
Romina: Sí, van a ciudades grandes. Pasa en todo el mundo. Primero porque no hay trabajo en una ciudad chica, porque se van a enterar, se corre la bolilla, y para cortar el cordón tiene que irse del lugar de origen. Y van a parar a ciudades grandes que es donde tenés más posibilidades” (Romina, 47 años).

Son poquitas las que llegan [a la vejez]. La edad promedio de las trans no supera los 45 años… en eso estoy militando. Para las que todavía pueden tener opciones. Por edad, ya no tengo chance. La historia es que tengan opciones. Después cada una elegirá lo que quiera, pero que las opciones existan. Que tengan las oportunidades que yo no tuve (Inés, 48 años).

Fernando: ¿Y cuánto influye poder adecuar el cuerpo a lo que uno siente el tema del poder adquisitivo, los recursos económicos…?
Romina: Y mucho. El cambio… Primero hay un mito: Que las trabajadoras sexuales hacen fortuna y no es así. Hay muchas que lamentablemente dicen tonterías. A lo mejor por venderse mejor, por autoestima. ‘Yo por noches hago tanto’. Me molesta, porque no es así. A lo mejor alguna hace eso, porque hay chicas que ganan más que otras… Por ejemplo en Buenos Aires, 200$ mínimo.[12] Porque tenés que pagarte el hotel, bebida, comida, los cigarrillos, la producción. Porque es plata que se te va continuamente: en producción, en hormonas, en maquillaje… Es mucha inversión. Quien tiene el apoyo de la familia a lo mejor es más fácil, pero la mayoría no.
F: ¿Vos contaste con apoyo de tu familia?
R: No, no. Sola” (Romina, 47 años)

La mayoría nace en una villa, el 90%, en una cultura inferior que no genera acceder a la educación, no poder acceder al trabajo, muchas terminan en la cárcel. Hay compañeras de 23 años que hoy día ya tienen VIH (Jesica, 34 años).

Tengo 35 años. Si en 6 años no accedo al mundo laboral, ya quedo vieja para el Estado. A los 40 no representas la demanda de laburo. Si no consigo nada ahora, quedo en banda (Alexia, 35 años).

Yo hice un profesorado en matemáticas, pero después cuando quise dar clases no pude, no me dejaron, porque el titulo estaba a nombre de ‘Claudio’, no de ‘Alexia’. Legalmente, para los papeles, no era nadie. Me molestó, pero lo entendí. ¿Quién iba a dar clases? ¿‘Claudio’ o ‘Alexia’? El título estaba a nombre de ‘Claudio’. (Alexia, 35 años)

Como se ve, de los fragmentos de entrevistas seleccionados emerge la falta de contención y acompañamiento como uno de los elementos centrales. A su vez, el hallarse solas, sin acompañamiento ni contención familiar, y la necesidad de emigrar para poder ser una misma, se presentan como puntos de inflexión en sus vidas. A su vez, en la entrevista también se observa lo ya dicho: la falta de posibilidades laborales las empuja a la prostitución. Por último, un dato interesante que también emana de estos testimonios y sobre el que luego volveré, es la intención de dejar un legado a las nuevas generaciones, algo que no se había observado con los grupos estudiados en los capítulos anteriores. Si bien en el colectivo de travestis existen críticas a las nuevas generaciones –observables en el reclamo de las mayores al supuesto irrespeto de parte de las más jóvenes–, también existe un dejo de responsabilidad y preocupación en evitar que las travestis del mañana deban serpentear por los caminos sinuosos que las más viejas transitaron.

Retomando lo dicho, como señala Bianciotti (2011), el cuerpo ocupa un rol central que debe ser pensado en dos dimensiones. Por un lado, siendo el lugar de somatización de las relaciones de poder. Por otra parte, como medio y agente de los devenires identitarios. La autora además, tomando los conceptos de performatividad de Butler y habitus de Bourdieu, procura señalar el papel clave que el cuerpo desempeña: el cuerpo se muestra, se estiliza, desea e intenta ser deseado, significa y (re)significa.

No obstante, como en toda búsqueda de ser deseado y desear, significar y resginificar, nuestra voluntad se enfrenta a la de otros y otras con los que es posible no llegar a un acuerdo y donde tampoco se estará siempre en igualdad de condiciones. El disentimiento tiene un costo; tiene sus consecuencias. Se debe pagar el precio del “desafío” al orden social. El cuerpo pasa a ser un objeto de subversión pero a la vez donde se sufren las represalias de enfrentar la institucionalidad de los cuerpos “normales” mediante un acto de disidencia sexual.

En ese sentido Lock destaca que “hasta el momento se ha interpretado el disentimiento corporal como marginal, patológico o exótico, o ha sido dejado de lado, invisibilizado” (1993: 146). La reprimenda social por lo tanto no ha sido el único problema que enfrentaran las travestis. En múltiples ocasiones debieron hacer frente a la propia segregación de otras minorías sexuales, el cual cubrió un amplio abanico que abarca desde la prohibición a participar en encuentros feministas por parte de sus propias anfitrionas hasta la invisibilidad por parte de las organizaciones sociales que velarían por sus derechos.

En efecto, las travestis entrevistadas sienten que muchas veces son vulnerables y vulneradas, por eso piden ser escuchadas, que se cuenten sus historias o que, mínimamente, no se hable por ellas. Este por ejemplo se observa en el testimonio de Romina (47 años) y la denuncia que realiza. Para ella “en nombre de las travestis, [diferentes agrupaciones de género] hacen negocios personales. Beneficios personales”.

Son pocos los movimientos que no visibilizan. Igual ahora [después del Matrimonio Igualitario] se está moviendo bastante, porque muchos reclamos para la comunidad gay no hay. Así que están apoyando los proyectos de las trans (Inés, 48 años).

Dentro del movimiento gay había cierto rechazo con las travestis. Fijate que son pocos los boliches gay que permiten la entrada de travestis y si lo hacen es porque son amigas o conocidas de alguien. Discriminación dentro de las minorías también existe (Alexia, 35 años).

A su vez, si bien entre ellas mismas se criticarán y dirán que, como se pudo ver, las personas más jóvenes pecan de fanfarronería y vanidad, debido a que harían de su cuerpo un culto de admiración, lo cierto es que también están abocadas a “proteger a las otras”:

Cuando era chica había un montón de cosas del sexo que no sabía o cómo se podía contagiar algo. Durante mucho tiempo tuve relaciones con mi primer novio y a veces no te cuidabas (…) con el tiempo me enteré que él tenía SIDA. Yo no sé cómo no me contagié, pero zafé (…) Yo esto te lo cuento para que vos lo des a conocer, porque seguro como yo hay un montón de chicas que no entienden o no saben (Marina, 23 años).

Si bien hasta el momento se pudo realizar una explicación aproximada de la situación de discriminación y marginalidad que experimentan las travestis, surge al mismo tiempo el interrogante de porqué las travestis ocupan una posición marginal en la que hasta los propios grupos sociales que pelean por la promoción de los derechos de las minorías sexuales las segregan. Todo indicaría que la construcción social, la representación social, que se tiene socialmente de la travesti no es foránea a estas organizaciones, lo cual es determinante para no valorar sus necesidades y problemáticas.

Como destaca Goldfarb, las personas se van constituyendo corporalmente siguiendo dos caminos en los que intentarán hacer coincidir las expectativas de los otros –principalmente la de los padres– e identificarse con los valores sociales y culturales (1998: 27). Esos valores sociales son los de lo deseable; lo esperable. En esta misma línea siguiendo con Lock (1993) se puede decir que el cuerpo debe ser tratado como producto de contextos sociales, culturales e históricos específicos. Las categorías de lo social están inscriptas literalmente en y dentro del cuerpo. Las prácticas corporales median la realización personal de los valores sociales. Así, el cuerpo travesti se realiza persiguiendo las pautas sociales valoradas, pero al mismo tiempo no puede escapar de las valoraciones negativas que sobre ellas pesan. El cuerpo travesti se acomoda a los cánones de belleza valorados y obedece (o intenta obedecer) a la moda, pero a la vez es castigado por el orden social heteronormativo que ve en la auto-realización travesti una abominación.

Hablar de un orden heterosexista que se ha enraizado en el cuerpo y en los hábitos, conduce al ya clásico trabajo de Bourdieu (2010a) La dominación masculina. En dicho trabajo, el autor pone de manifiesto que:

la división entre los sexos parece estar ‘en el orden de las cosas’, como se dice a veces para referirse a lo que es normal y natural, hasta el punto de ser inevitable: se presenta a un tiempo, en su estado objetivo, tanto en las cosas (en la casa por ejemplo, como todas sus partes ‘sexuadas’), como en el mundo social y, en estado incorporado, en los cuerpos y en los hábitos de sus agentes, que funcionan como sistemas de esquemas de percepciones, tanto de pensamiento como de acción (Bourdieu, 2010a: 10).

El autor profundiza esta cuestión y arroja pistas para comprender el fenómeno que aquí busco aprehender. Según Bourdieu el orden social opera “como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya (…) El mundo social construye el cuerpo como realidad sexuada y como depositario de principios de visión y de división sexuantes” (2010a: 12).

Si bien en estos últimos años se ha profundizado en la diferenciación conceptual entre género y sexo, históricamente estas nociones tendían a confundirse tanto en el la opinión pública como en las políticas que tendían a atender derechos sexuales (Rodriguez Gusta, 2008). Por lo tanto, rara vez se les permitía a las travestis ser reconocidas por su nombre autopercibido. La identidad de género no era algo posible de imaginar en la mente de los ciudadanos ni de los funcionarios públicos.[13]

Efectivamente, la presentación de la identidad de género como un “dilema”, “problema”, no sólo trajo consecuencias para la clasificación o entendimiento de las personas travestis.

La negación de la identidad de un/a otro/a es también la negación del sujeto como poseedor de derechos que, como vimos, trae consecuencias para la persona. En ese sentido Bourdieu resalta que “si la relación sexual aparece como una relación social de dominación es porque se constituye a través del principio de división fundamental entre lo masculino, activo, y lo femenino, pasivo, y ese principio crea, organiza, expresa y dirige el deseo” (2010a: 29-30). Las travestis entonces eran puestas en el medio y así inevitablemente retaban al orden sexual organizador del orden social. Para el sentido común se han posicionado como un hombre (sexual y genitalmente) y una mujer (genéricamente en el plano identitario). Se presenta como un varón devenido en mujer y como una mujer con falo que no pretende renunciar a él. A su vez es objeto de deseo sexual por ambas condiciones: por su feminidad, asociada a un estado pasivo, como por su masculinidad, entendida como virilidad.

Si bien es cierto que las travestis mayores crecieron en contextos de la Argentina donde las leyes que promovieran derechos para las minorías sexuales eran inexistentes, en los últimos años comenzaron a surgir algunas que podrán en el mediano plazo revertir esta situación de vulnerabilidad. Algunas de las políticas que persiguen revertir esta situación de las travestis fueron el proyecto de que el 1% de la administración pública en la Provincia de Buenos Aires sea destinado a las travestis o la ya mencionada Ley de Identidad de Género.

A pesar de que algunas de estas medidas son aún recientes o se han implementado de manera paulatina, me detendré a analizar dos casos en especial ya que refieren al ámbito del trabajo y a la posibilidad de brincarle a las travestis una alternativa laboral: la formación de cooperativas textiles de travestis y cursos de cuidadoras para adultos mayores. Sin embargo, las mismas siguen siendo insuficientes para alejar a las travestis de la prostitución y para poder brindarles un trabajo formal que no conspire contra su salud física y mental.

V. Intentos de alternativas laborales por fuera de la prostitución

Como he intentado graficar a partir de la selección de relatos de las travestis mayores, uno de los elementos que las distinguió durante gran parte de sus vidas fueron las bajas o casi nulas oportunidades laborales, limitadas casi exclusivamente al ejercicio de la prostitución. En estas últimas líneas buscaré poner el foco en algunos modos alternativos que emergieron en los últimos años. Retomando un trabajo anterior (Rada Schultze y Crisci, 2014), uno de ellos versará sobre un estudio de caso de una cooperativa textil y otro sobre cursos para capacitar a las travestis como cuidadoras de adultos y adultas mayores.

V.I. El caso de las cooperativas textiles

Entre los distintos casos de cooperativas de travestis que existen, el que aquí analizaré es el de la textil Estilo Diversa, perteneciente a la Federación Argentina de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (FALGTB), cercana a la Plaza Miserere en la Ciudad de Buenos Aires. La misma nació a finales del año 2010 como un emprendimiento desde esta organización social que buscaba financiamiento estatal.

El objetivo primario de esta cooperativa tuvo como meta incorporar –aunque no de manera exclusiva– a las personas transexuales y travestis, quienes tenían cercenadas otras posibilidades laborales a raíz de su condición sexual. Actualmente sus trabajadores/as son de diversa orientación sexual.

Más allá de que la idea surgiera desde una asociación civil, el papel del Estado fue clave en la gestación de la cooperativa. Entre septiembre y octubre de 2010, pocos meses antes de su fundación, miembros de la Federación Argentina LGTB se reunieron con personal del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES), Ministerio de Desarrollo Social y Ministerio de Trabajo. De estos encuentros se logró un primer financiamiento anual. El subsidio estipulaba el otorgamiento de 800$ mensuales a lo largo de un año para cada trabajador/a. A su vez, por ser considerado un grupo vulnerable a raíz de un decreto, la cooperativa mantendría por tres años el subsidio mensual para cada trabajador/a socio/a: el primer año fue de 800$, el segundo de 600$ y el tercero de 400$ mensuales.

Parte del convenio además garantizaba un mínimo de quince personas a las que se les brindaría un puesto de trabajo. Si bien ahora la cooperativa oscila entre diez y doce trabajadores/as socios/as, luego de que ese año se cumpliera, se les dio un subsidio no reintegrable para maquinaria: el mismo fue de 60.000$. Por otra parte, para 2012 se había previsto triplicar la producción (la cual en la actualidad es de 150 artículos entre prendas y accesorios) e incrementar el personal. No obstante, esto no fue posible y los objetivos se postergaron.

Hecha una breve revisión por la historia de la cooperativa, deben destacarse una serie de dilemas que se presentan en este caso de estudio. Algunos de estos se relacionan con temáticas como el salario, el trabajo y las particularidades del colectivo travesti.

En relación a lo visto anteriormente, una de las primeras características a destacar es que muchas de las personas que trabajan en la cooperativa, específicamente las travestis, rara vez comienzan su jornada laboral en la mañana. Lejos de una falta de compromiso o interés, la respuesta se encuentra en la necesidad económica de continuar ejerciendo la prostitución. El motivo es el bajo sueldo que reciben y la ausencia de lo que Soledad (45 años), la fundadora de la cooperativa, denomina “una cultura del trabajo”.

muchas siguen ejerciendo la prostitución, A algunas esos 800 pesos les significaba el alquiler de la pensión o no salir a trabajar todos los días. Hoy están en la dinámica de comprender que la cooperativa es de todas, que son dueñas, que somos pequeños empresarios de la economía social. Recién hoy están viéndole el futuro a esto.

Si bien parte de su recompensa mensual se obtiene de las ventas de los productos ya finalizados, lo cierto es que en tanto ingreso fijo sólo contaban con los 800$ durante los primeros años, algo que una travesti dedicada a la prostitución podía obtener en algunas horas de trabajo en la calle. No obstante, aunque algunas de las travestis que se prostituyen manejen considerables sumas de dinero, al ser un grupo carente de redes sociales formales de apoyo o cualquier expresión de seguridad social, se han visto obligadas a financiar su propia subsistencia como todo trabajador informal y enfrentando los obstáculos que antes se señalaban, aunque expuestas a mayores condiciones de violencia y marginalidad, producto de la discriminación sexual afrontada. Por otro parte, además de la informalidad y de no tener dónde vivir por abandonar sus hogares familiares tempranamente como corolario de la homofobia –lo cual las empuja a hospedarse en hoteles y pensiones como los de los barrios porteños de Once, Flores o Constitución, cercanos a las zonas donde también ejercen la prostitución–, enfrentan otro obstáculo exclusivo de su grupo.

Por un lado la problemática básica arriba señalada de adecuar su cuerpo a su sentir. Este proceso, que requiere operaciones varias y la ingesta de hormonas, es continuo. La persona debe ingerir hormonas cotidianamente y de manera periódica cambiar las prótesis o siliconas. Esto tiene no sólo un costo económico, sino que el operarse, sobre todo si se trata de una intervención clandestina, demanda un tiempo de reposo, lo cual se traduce en días sin trabajar y por ende en días sin un centavo. La prostitución entonces sigue presentándose como un modo alternativo –y económicamente seductor– de trabajo.

Otro aspecto donde se pueden encontrar tensiones es en torno al mercado y la competitividad. Una constante inquietud que constriñe al quehacer de la cooperativa es la de cómo lograr hacer frente a la competencia de otras empresas que cuenta con diferente capacidad productiva. Para el caso de análisis el modo que encontraron es el de obtener un mercado cautivo, logrado con creces durante el primer año de funcionamiento.

La Federación Argentina LGBT es una organización de alcance nacional que cuenta con más de 60 organizaciones miembro en distintas provincias del país. Esto le posibilitó a la Cooperativa Estilo Diversa tener un mercado donde depositar su oferta. No obstante, el segundo año de existencia de la cooperativa fue considerado por sus miembros como una “meseta”. La poca perspectiva futura, sostenibilidad en el tiempo y la demora en resultados y recompensas, conspiró contra un normal desarrollo de las actividades. Fue así que de sus integrantes fundadores/as, al no verse alcanzadas las expectativas, tan sólo quedó la mitad de los/as socios/as.

Si bien en un principio la cooperativa pretendió apuntar a una oferta exclusivamente textil, la intención de sus miembros fue la de expandir la variedad de los productos. De esta manera se buscó producir y vender objetos específicos para así competir en una economía de mayor tamaño. Entre aquellos productos se ubica la producción de accesorios relacionados con temáticas de la diversidad sexual.

Actualmente, elementos como tazas, llaveros, prendedores, pañuelos, pulseras, banderas, gorros, y otras cuestiones vinculadas al orgullo LGTB, no suelen ser producidos por personas pertenecientes a la comunidad de gays, lesbianas y travestis. Una vez observado esto, se persiguió una producción desde la diversidad y para la diversidad.

El rediseño de sus estrategias y el lograr captar un mercado para ellos y ellas se debe al “año meseta” que experimentaron, el cual entienden sirvió de experiencia. Soledad recuerda que “el año de meseta no nos dejó margen económico, pero si experiencia, organización, unión de grupo. Una visión de mercado”. En esa visión de mercado debe considerarse, como ella lo llama, el “nicho vacío” del mercado de productos de la diversidad sexual, pero también las alianzas estratégicas que comenzaron a tejer para la comercialización de sus productos. Entre ellas se encuentra el INTI (que mediante su Centro de Indumentaria –CDI– hace un acompañamiento integral combinando capacitaciones) y su participación en la gestación de una Federación Textil con la Textil Pampa a la cabeza (también encargada de buscar mercado para el stock de Estilo Diversa). También, a partir de esas alianzas, el año pasado comenzaron a realizar juguetes de los programas del canal infantil estatal Paka-Paka, específicamente los personajes que componen la serie “La asombrosa excursión de Zamba”.

No obstante, lo limitado y novedoso de esta cooperativa de trabajo condujo a que los y las militantes por la promoción de los derechos para las minorías sexuales buscaran otras actividades que les rindieran frutos al colectivo de quien dicen ser su portavoz.

V.II. Otras alternativas laborales

En efecto, lo acotado y reciente de esta cooperativa textil conduce a que los y las activistas de la diversidad sexual busquen otras actividades redituables para el sector vulnerado que representan. Entre ellas se puede nombrar el intento de la Federación Argentina LGBT por crear una “oficina de empleo amigable a la diversidad”, cuyo objetivo sería sensibilizar a las empresas sobre las problemáticas de las personas travestis-transexuales por la marginación y la discriminación a la que están expuestas (no finalización de sus estudios, abandono del hogar en la adolescencia, problemas de salud ante operaciones clandestinas, entre otras) y el modo en el que las ayudarían en caso de contratarlas. Este trabajo consistiría en capacitaciones al personal de diferentes empresas llevado adelante por los mismos activistas.

Además se buscaría seducir la inclusión de personas travestis en el sector privado por medio de artilugios como podría ser la desgravación impositiva. Asimismo, estas charlas y capacitaciones a cargo de personas de la diversidad serían financiadas por el Ministerio de Trabajo.

Otra actividad planteada desde esta organización en pos de la inclusión laboral de las travestis buscó la creación de un curso de cuidadoras de ancianos. El mismo se inició en 2013 y continuó unos años después. Estos cursos sin embargo también presentaron sus limitaciones, como el bajo salario una vez finalizado el aprendizaje (900$) y la extensión de la semana laboral (factiblemente de lunes a lunes), por lo cual sería difícil desestimular el trabajo sexual como actividad económica principal. Asimismo tampoco problematiza los roles de género. Por el contrario, se cristaliza la feminización de una actividad ya que se continuaría asociando al género femenino con el rol de los cuidados (hogareños, familiares, entre otros).

Por otro lado debe considerarse que las travestis provienen principalmente del noroeste argentino pero la capacitación se encontró afincada únicamente en la Ciudad de Buenos Aires, con lo cual tampoco se desestimularía el éxodo, al tiempo que tampoco se estaría erradicando o problematizando el machismo y la homofobia de sociedades patriarcales.[14] A su vez, también se debiera haber considerado que las personas mayores, que serán cuidadas por una persona transgénero, han sido socializadas en contextos que estigmatizaban la homosexualidad considerándola una enfermedad o perversión. Por lo tanto podría existir un rechazo de la misma persona adulta hacia su cuidadora.

Asimismo, debe señalarse que las travestis que se desempeñan como cuidadoras no cobrarán un sueldo, sino que el mismo es considerado como un subsidio/beca, por lo que no existiría esa relación capaz de otorgar identidades y derechos, como es la brindada por un trabajo asalariado formal. En ese sentido, se estaría omitiendo la idea de trabajo en tanto esfera identitaria; como uno de los múltiples “ámbitos de socialización significativos, que constituyen espacios de construcción de formas identitarias” (Kossoy, 2003: 67). Con lo cual, más allá de la ausencia del rol social del trabajo y sus atributos valorados positivamente, las travestis serían ajenas a un cúmulo de derechos propios de la seguridad social.

Por último debe decirse que para ambos casos señalados –el de las cooperativas y el del programa de cuidadoras– las travestis no encuentran motivación para dejar de prostituirse. Las políticas creadas, los pocos beneficios sociales y el bajo salario que ofrecen, no son suficientes para que ellas decidan alejarse del trabajo sexual porque consideran que allí “cobran más”. Esto, a mi entender, es equiparable al discurso que sostiene que los trabajadores suelen preferir la informalidad, teniendo más dinero “en mano” en lugar de seguridad social (Beccaria y Groisman, 2008).

Esta situación también puede ser analizada desde el enfoque del “desaliento”. Como destacan los trabajos al respecto, el desaliento refiere a aquellas personas que perciben que sus probabilidades de acceder a una adecuada actividad remunerada son nulas o insuficientes para mantener una búsqueda activa. Este segmento se compone mayoritariamente de jóvenes y mujeres de todas las edades (CITRADIS – Informe Nº 2, 2014), lo cual se encuentra nuevamente emparentado con la feminización y juvenización de la muestra del objeto de estudio analizado. Por lo tanto, haciendo un uso laxo del término y atendiendo a las particularidades del caso, se puede decir que existe una “desaliento travesti”. Dicho desaliento permanecerá intacto mientras no se ofrezcan alternativas redituables para la propia subsistencia y desarrollo de las travestis. Por consiguiente, mientras la supervivencia de las travestis esté en jaque, continuará siendo una epopeya que ellas conozcan la vejez en el curso de sus vidas.

VI. Balance y reflexiones sobre los modos de construcción de una vejez diferencial travesti

A lo largo de este capítulo busqué presentar las diferentes etapas que atraviesan las travestis en la construcción que inician en su adolescencia y juventud y que tiene como meta principal que su cuerpo guarde armonía con su identidad: que el cuerpo biológico coincida con su sentir identitario. Un sentir y una identidad que, como sostiene el concepto de la identidad narrativa (Ricoeur, 2006), se van construyendo y reconstruyendo a la luz del tiempo que pasa y de los eventos sociales e individuales que nos atraviesan.

En ese sentido, en estas líneas quise destacar las peripecias que deben sortear en cada uno de esos momentos. Detallado eso es que se asumió que la continua re-construcción identitaria-corporal travesti deviene en una subjetividad vulnerable al tiempo que es el resultante de un posicionamiento social endeble, débil y marginal.

Así se pudo observar primero el abandono de sus hogares y de sus estudios en la adolescencia. La falta de contención familiar, el estar solas, sentirse incomprendidas y la necesidad de emigrar para poder ser una misma, las llevó en su juventud a trasladarse a las grandes ciudades, donde la mayor posibilidad laboral y el anonimato producto de un ambiente nuevo, les daría la posibilidad de realizarse a sí mismas como desearan. No obstante, la falta de posibilidades laborales las empujaría en su gran mayoría a la prostitución.

La erosión física y mental que representa la prostitución como único modo de subsistencia fue otro de los elementos revisados en este capítulo. La marginalidad y la pobreza fueron elementos que se corporizaron en ellas, imposibilitándoles imaginar un futuro y llevándolas, en consecuencia, a vivir el día a día.

También se revisaron los procesos a los que debieron someterse las mayores travestis para poder, en el pasado, adecuar su cuerpo a su identidad autoperciba, siendo las altamente peligrosas operaciones clandestinas las más frecuentes debido a su bajo costo.

No obstante, según argumentan, el dolor también aunó. Para ellas, tal como recuerdan, “antes la misma situación hacía que estemos más juntas. La injusticia, el dolor, todo eso hacía que nos juntáramos más” (Romina, 47 años). Asimismo, y a pesar de que argumenten no poder proyectar, el dolor pasado y las vivencias de antaño, son también un motor de cara al futuro. Un legado de experiencias que quieren dejarle a las nuevas generaciones.

En este sentido, algo interesante y distintivo que emergió del análisis de este grupo es la relación intergeneracional que mantienen, donde las mayores juegan un rol de “nodrizas” de las más jóvenes. Las mayores habrían sido quienes acogieron a las más jóvenes una vez que abandonaron sus hogares familiares. También recordaron que las travestis más grandes fueron aquellas que les brindaron conocimientos sobre cómo sobrevivir en el día a día. En síntesis, existió una trasmisión intergeneracional de saberes hacer de gran utilidad para la vida cotidiana.

Si bien es cierto que aquí también existe una triple discriminación, que en este caso además de versar sobre la pobreza y la transfobia hace foco en la edad –ellas argumentan que las más jóvenes no les prestan atención e ignoran sus consejos–, las travestis mayores quieren que sus vivencias sirvan de algo a las nuevas generaciones. Quieren, como sucedió cuando en su juventud se relacionaron con travestis mayores, transmitir sus enseñanzas para que las más jóvenes no tengas que experimentar sus mismas trayectorias dolientes.

Por otro lado, mediante uso del concepto de habitus de Bourdieu, otro de los aspectos que en este capítulo se señaló fue la realización del cuerpo e identidad travesti analizado desde los modos en los que opera la cultura en dicha construcción. Como señala Bourdieu en tanto cuerpo se ocupa un espacio social y físico (2010b: 187) donde el habitus debe ser entendido como la incorporación de las estructuras y tendencias del mundo (2010b: 198). El orden social, como señala Bourdieu, se inscribe en los cuerpos. Las conminaciones sociales no van dirigidas al intelecto, sino al cuerpo (2010b: 201).

El habitus, en tanto estructura que se expresa en una práctica, acción, está incorporado en el cuerpo. Es un sistema de dispositivos hecho cuerpo. Pero la amenaza social de la que habla Bourdieu (2010b: 201) deja de ser tal cosa para convertirse en una realidad que se corporiza en una subjetividad vulnerable al tiempo que vulnera esa subjetividad. Se corporiza en una subjetividad dolorosa.

Los síntomas de dolor físico y mental son constitutivos de la persona travesti. El dolor por los ataques externos, la violencia, los insultos, la carencia de derechos, entre una infinidad de represalias sociales, hacen que el dolor se corporice y sea una parte constitutiva de la subjetividad, imposibilitando un envejecimiento saludable o marcando cuáles serán las características de esa vejez. Se crece, vive, desarrolla, con el dolor como marco. Con el dolor a cuestas. Con el dolor como parte de su identidad.

Como destaca Jackson (1994) se vuelve dificultoso señalar el límite entre el dolor emocional y el físico cuando ambos se experimentan en el cuerpo, por lo que ambas cosas no solo revisten importancia al hacer indagadas en simultáneo, sino que no se podría estudiar de otro modo. A su vez, la amenaza de una muerte prematura está latente en el devenir travesti de tal modo que determina el uso del tiempo, las vivencias, las experiencias. Es en ese sentido que desde el paradigma del embodiment se plantea que la distinción sujeto-objeto es producto del análisis. Para este enfoque, mente y cuerpo no se pueden separar, idea que ha sido de gran utilidad para este problematizar este capítulo. Así, siguiendo la propuesta de esta corriente es que intenté romper con el dualismo sobre el cuerpo que lo opone y diferencia de la mente para observar que la construcción identitaria travesti es necesariamente corporal. Son dimensiones íntimamente emparentadas que al ser separadas y presentadas como contrapuestas sólo consigue vulnerarlas y postergarlas aún más; marginarlas y segregarlas.

Siguiendo con el paradigma del embodiment a lo largo de este capítulo se pudo decir que, más allá de que es en el cuerpo donde la cultura hace base, y por lo tanto parecería una tautología, el estudio de las personas travestis se torna necesariamente corporal: se vive poco, se prostituyen, se transforma y re-transforma el cuerpo. El mismo cuerpo, a la vez, sufre, da alegrías y sensaciones de completitud.

Por otro lado, como busqué mostrar en un principio, el cuerpo se le presenta a la travesti como un primer obstáculo; como un escollo. El cuerpo de nacimiento presenta una contradicción, una incompatibilidad, y es la imposibilidad de la armonía. El cuerpo biológico no es representativo de sus necesidades. Se les presenta como un espejo roto que no puede reflejar la identidad autopercibida.

Su cuerpo y la identidad por ellas sentida chocan contra una cristalización banal de la identidad como intenta ser la del Documento Nacional de Identidad (DNI). La identidad de género debe hacer frente a la identidad sexual que pregona el Estado. La identidad autopercibida se topa contra la materialización identitaria-sexual que intenta aplicarse mediante un documento. Ineludiblemente, como en todo “choque”, habrá heridos.

Siguiendo con esta analogía, en un choque podrá haber víctimas. Algunos choques pueden ser considerados “accidentes”, si es que no hay intencionalidad y en caso de que puedan evitarse. En caso contrario, la accidentalidad y la casualidad deberían ser remplazadas por la negligencia. En ambos caso habrá heridos y víctimas, pero no necesariamente tendrían que existir victimarios, como es exclusivo de casos donde el causante es el abandono y la desidia. Una de las consecuencias –quizá la más importante– de esta indiferencia estatal, que se dio en la búsqueda de la felicidad mediada por un cuerpo e identidad completa, haya sido la corta esperanza de vida y la imposibilidad de un envejecimiento travesti según los valores sociales estipulados, a saber, el de una persona mayor de 60 años.

Por último, retomando lo idea de que el cuerpo no es un “objeto” en relación a la cultura, sino que es la base existencial de ella, es que se sostuvo que el cuerpo es construcción cultural pero también donde se construye la cultura, una cultura que segrega y discrimina. Una cultura que necesita cuerpos frágiles, débiles y vulnerables para distinguir lo “correcto” de lo “incorrecto”. Para producir y reproducir un orden sexual que es a la vez un orden social.

Pero no todo el panorama debiera pensarse de manera desalentadora. Como subraya Bourdieu, el habitus es también una potencialidad, un deseo de ser, trata de crear las condiciones de su realización (2010b: 213), algo que se puede hallar en la organización política de las travestis y otras minorías sexuales en pos de adquirir la totalidad de sus derechos como ciudadanos.

En ese sentido es que las organizaciones de lesbianas, gays y transexuales lograron depositar sus demandas en la agenda política para hoy poder celebrar el tercer aniversario de la Ley de Identidad de Género que, como se vio, permite –entre otras cosas– la posibilidad de cambiar su nombre y documentación acorde a la identidad autopercibida. Pero éstas no han sido las únicas medidas obtenidas o proyectadas en los últimos años.

Entre las decisiones tomadas en el último tiempo pueden enumerarse algunas como: 1) Ley de Identidad de Género (la cual en los últimos meses fue reglamentada en su totalidad), 2) Programa de Cuidadoras Travestis y Transexuales para ancianos (realizado en convenio entre el PAMI, Desarrollo Social y la Facultad de Psicología de la UBA), 3) Financiación desde Desarrollo Social para la creación de cooperativas textiles de travestis y transexuales, 4) Creación de “Hospitales Amigables a la Diversidad” (a fin de evitar la discriminación por parte de personal médico a travestis y transexuales que acuden al servicio de salud pública) y 5) Creación de Áreas de Diversidad Sexual dentro del espacio de Políticas Sociales de determinados municipios (como por ejemplo Lanús o Rosario). Asimismo se pueden considerar dos proyectos de ley que aún continúan en debate debido a la resistencia que ofrecen: 6) Proyecto de Ley de Jubilación para Travestis (considerándolo, a partir de sus trayectorias de vida, un grupo vulnerado) y 7) Proyecto de Ley de Personal Travesti-Transexual ocupando el 1% de trabajos en la administración pública.

No obstante, es pertinente interrogarse, ¿estas políticas son suficientes? ¿Atienden de manera exitosa las necesidades del colectivo? ¿Contemplan la diversidad de este grupo? ¿Cómo son recibidas estas medidas por ellas? ¿Se las ha consultado en la elaboración?, entre otras.

La aprobación de la Ley de Identidad de Género es sin duda un primer eslabón nada desdeñable en la ampliación de derechos que debiera continuar para este colectivo. Ya con esta ley aprobada, los próximos años deberán ser entonces un punto bisagra para la puesta en práctica de las leyes y normativas idóneas para evitar la construcción de subjetividades vulnerables y dolorosas. Así, en un futuro, el curso de vida travesti ya no se presentará como una imposibilidad para imaginarse ellas mismas como adultas mayores.


  1. Si bien más adelante el tema de las operaciones clandestinas será profundizado, es importante señalar una significativa distinción tanto entre las generaciones como en el marco en el que sus cirugías son realizadas. En efecto, a pesar de que en la actualidad existe la Ley de Identidad de Género (Ley 26. 743 del 2012) que contempla reconocer la identidad autopercibida de las travestis e incorpora en el Plan Médico Obligatorio un “trato digno” (Art. 12) y que “ninguna norma, reglamentación o procedimiento podrá limitar, restringir, excluir o suprimir el ejercicio del derecho a la identidad de género de las personas, debiendo interpretarse y aplicarse las normas siempre a favor del acceso al mismo” (Art. 13), lo cierto es que en el pasado las travestis mayores debieron realizar su deseo identitario muchas veces, dependiendo también de los recursos económicos con los que contaran, en situaciones de marginalidad y peligro para su propio bienestar.
  2. Uno de estos casos es el de Carla Castro, quien en el 2013 pudo tramitar su jubilación a los 62 años. No obstante, debe recordarse que esta no es la realidad de la mayoría de las travestis. Carla, por ejemplo, no debió realizar un curso de vida como travesti, sino que recién en el 2007 se sometió a tratamiento quirúrgico. Antes, había realizado el curso de vida de un mayor gay que trabajaba como cartógrafo en una petrolera. Por tal motivo, su trayectoria fue otra. El caso en cuestión puede ampliarse en http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-219300-2013-05-04.html Consultado: mayo de 2013.
  3. Siguiendo la propuesta de Raíces Montero, por transexuales se entenderán aquellas identidades de género “con características propias sociales y políticas. No es una disforia sino una entidad en sí misma. Una ‘euforia’ de género para algún*s autor*s actualizados”, mientras que por travestis considera a las “personas que adquieren otra identidad de género sin abandonar el dictamen biológico. No es un ‘tercer sexo’, tiene características propias y superadoras de la dicotomía normalizante”. Por último, debido a que en la práctica política estas definiciones se alinean, se considerará la noción de transgénero en tanto “identidad de Género. a) Identidad que sostiene superar la instancia sexual para incluirse en la de género. b) Para algunos autor*s sinónimo de Transexualidad” (2010: 162). Por su parte, Muñoz agrega que “identidad de género” refiere a cómo nos auto-percibimos (si es como hombres/masculino o mujeres/femenino), diferenciándolo de la “orientación sexual” que se dirige a la atracción hacia un otro (sea de tipo homosexual o heterosexual) (1996: 120).
  4. Para ampliar esta cuestión puede consultarse una nota del sábado 19 julio de 2008 titulada “Por su bajo costo, las travestis se inyectan siliconas tóxicas”.
    Disponible en: http://www.el1digital.com.ar/articulo/view/1155/ Consultado: mayo de 2010.
  5. Hace unos años atrás, en una interesante nota entrevista, Paula Viturro reflexionaba sobre las pocas oportunidades laborales de las personas travestis, la estigmatización de la prostitución y la discriminación que afecta a este colectivo, la cual, para la entrevistada, supera a la experimentada por otras minorías sexuales.
    Diario Clarín: “La discriminación hacia travestis es mayor que hacia gays de clase media”, entrevista a Paula Viturro, 14 de junio de 2009, pp. 42-43.
  6. “El Beso” es un after de la ciudad de Rosario donde es predominante la población travesti. También es común encontrar varones que se consideran a sí mismos heterosexuales pero que tienen deseos sexuales por una travesti.
  7. Vinculado a la nota anterior, en la jerga homosexual un “chongo” suele ser un gay masculino, activo y viril que rara vez asumiría su condición de homosexual. En este caso particular está asociado a cualquier varón con esas características que presente interés por travestis.
  8. La primera vez que escuché que utilizaran la expresión “irse zapatera” fue en un partido de “metegol” (futbol de mesa) mantenido con ellas donde denominaron zapatero/a al equipo que perdió sin haber convertido ningún gol. Aquí, Cecilia utiliza esa analogía para explicar que no quiere terminar esa noche sola, “en cero”.
  9. Aunque con otros fines analíticos, Wacquant (2006) realiza un interesante trabajo sobre los modos en los que la pobreza y la exclusión pueden volverse cuerpo y cómo el mismo puede ser un medio para un fin: salir de dicha situación de marginalidad. En aquel libro sobre aprendices de boxeo, el autor propone un estudio desde la in-corporación para entender al cuerpo –tanto el propio como el ajeno– como una instancia y técnica de registro del dato.
  10. Escort se suele denominar a la persona que ofrece un servicio de compañía. El/La escort suele acompañar a la persona que contrata el servicio a un evento social aparentando la existencia de algún tipo de relación sentimental para después proporcionar el servicio sexual requerido. En este caso, la entrevistada refiere a un sitio web donde ella promociona sus servicios.
  11. En un interesante trabajo, Epele examina las experiencias de los usuarios de drogas para indagar en las modificaciones de los vínculos entre drogas, pobreza y salud a partir de las consecuencias de las reformas neoliberales de la década de 1990, como el crecimiento de la pobreza y el desempleo, el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la mercantilización de las relaciones sociales. La pregunta por esta relación, sostiene la autora, busca esclarecer en qué forma la economía y la política gobiernan la supervivencia de este conjunto de personas. Epele trata de “determinar los modos en que los procesos macrosociales (económicos y políticos) toman forma y fragilizan, modelan y son modelados, se hacen evidentes, se ocultan y naturalizan, es decir, son vividos, corporizados, padecidos, resistidos y simbolizados por estos conjuntos sociales” (2010: 39).
  12. La entrevistada refiere a valores de 2010 y 2011, período en el que las entrevistas fueron realizadas.
  13. De hecho actualmente perdura, como requisito básico de nuestra identidad, la denominación sexual. Uno de los primeros casilleros del documento de identidad continúa invitando a clasificar a las personas por su sexo desde su nacimiento.
  14. Puede recordarse por ejemplo la gobernación de Salta fue una de las pocas jurisdicciones que se resistió a aplicar el nuevo programa de educación sexual.


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