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4 Los cursos de vida homosexuales-gay

A esta altura del trabajo ya resulta conocida la múltiple discriminación que sufren en forma continua las poblaciones viejas: El viejísmo, que como se ha señalado refiere a los prejuicios y estereotipos que pesan sobre los adultos mayores. Tampoco es una novedad la discriminación sufrida por las minorías sexuales como por ejemplo, en este caso, las que deben cargar las comunidades homosexuales. Sobre todo en el pasado, cuando los viejos que aquí se estudian se socializaban bajo marcos sociales que consideraban oprobiosa su orientación sexual.

En consecuencia, haciendo hincapié en la homosexualidad como uno de los elementos de la diversidad en la vejez, indagaré en torno a la vejez diferencial y los modos en que se construye en los cursos de sus vidas. Me propongo por lo tanto para este primer capítulo abordar el fenómeno del entrecruzamiento de la vejez y la homosexualidad masculina. Asimismo, por tratarse de una tesis que versa sobre la memoria y el ejercicio reminiscente de los actores viejos, me propuse presentar este capítulo del modo en que el tema se me fue ofreciendo. Primero a través de la actualidad de sus viejos –conociendo sus problemáticas actuales– para luego retroceder en sus relatos hallando pistas que nos permitan entender los modos en que se elaboró esa trayectoria vital.

I. Edadísmo y homofobia. Una doble discriminación

Una de las primeras regularidades que me ofreció el trabajo de campo sobre la vejez homosexual fue la ausencia –casi total– de personas añosas en sus movimientos políticos y asociaciones civiles.

Si bien nuestro país contaba con una amplia trayectoria de organizaciones que velaran por los derechos de las minorías sexuales (con casos como el del Grupo Nuestro Mundo en 1967, primera organización de Latinoamérica), sólo interrumpida durante los años de la dictadura militar (1976-1983), lo cierto es que la participación de personas mayores en este tipo de espacios es prácticamente nula.

Así, esa regularidad sociológica se convertía en una paradoja: una comunidad con un movimiento social añoso carecía justamente de personas viejas. Percibir, desde mi punto de vista, esa incongruencia, me llevó a inquirirles a las y a los miembros del activismo LGBT cuáles entendían que eran los motivos de esta ausencia. Algunas de sus respuestas versaban sobre:

Los viejos fueron criados en otra época (…) y el activismo necesariamente requiere exposición. Visibilidad. Y ellos no quieren eso (…) Otros muchos siguieron en el activismo un tiempo más, como por ejemplo F. ¿Pero qué pasó después con F? Nos dijo que no quería seguir apareciendo porqué a sus hijos y a sus nietos no les gustaba (…) Yo no podría hacer eso. Soy de otra época. A mí no me importa que vayan a pensar mis sobrinos. De hecho mi sobrino le dice ‘tío’ a mi pareja (Marcelo, 45 años).

El problema con los viejitos es que interiorizaron la propia homofobia. Como decía Didier Eribon. La homofobia interiorizada es la que tenemos nosotros todos los gays desde que somos chiquitos. Desde antes de que podamos articular palabras, el idioma preexiste. Y en ese idioma hay un montón de palabras como maricón, puto y que se yo, un montón de cosas, la cual significan cosas muy malas (…) En los viejos se ve de distintas maneras digamos… no sé… vivir su vida sexual como digamos ‘bueh, me tocó esto’. Yo lo he escuchado mil veces ‘me tocó esto’, ‘¿cómo me tocó esto?’. O vive odiando a todo el mundo, como que no hay nada positivo. Si vos hablas con algunos mayores hay toda una cuestión de ‘esta marica es mala, esta marica es esto’. Yo lo he escuchado (Guillermo, 60 años).

Estos entrevistados marcaban algo significativo para comenzar a comprender el fenómeno de estudio. Existía un doble impedimento íntimamente relacionado (las épocas de socialización y la visibilidad) que hacía colisionar dos mundos, el privado y el público. En el mundo del activismo –desarrollado en el espacio público– parecía ser menester la visibilidad, algo no deseado por las personas mayores criadas para la vergüenza. Así, el viejo o la vieja que había sido socializado en otras coyunturas no veía con buenos ojos el hecho de visibilizarse. Prefería, por el contrario, replegarse sobre sí mismo.

Analizando esta cuestión, Pecheny argumenta que en una sociedad en la cual un rasgo de la personalidad como la homosexualidad es blanco de discriminación y estigmatización, los homosexuales deciden con quién compartirán su secreto y con quién no; confesión que usualmente se develará entre pares y forjando “lazo social fuerte y ambivalente que se nutre de la tensión constante entre un adentro y un afuera” (2005: 146).

No obstante, y retomando lo dicho por los entrevistados, ante sus réplicas me surgió repreguntar porqué si eran conscientes de este impedimento que tenían las personas mayores, de todos modos no las invitaban a participar o porqué en sus áreas de trabajo[1] no consideraban brindar un espacio a la llamada “tercera edad”. Estas respuestas fueron aún más interesantes:

Ahora prefiero dedicarme a proyectos de ley (…) cosas más útiles. No digo que no sean cosas importantes, pero ahora que tengo fuerzas prefiero dedicarlas a otras (Marcelo, 45 años).

[La vejez] es un tema importante. No digo que no lo sea. Pero todavía me siento útil (…) Debería sentir que ya no sirvo (Guillermo, 60 años)

Tenemos entonces un primer acercamiento a las percepciones que existen sobre el envejecer en el seno del colectivo LGBT: la vejez asociada a la inutilidad, siendo esta la discriminación al interior del grupo; la discriminación etaria en la comunidad. Veamos entonces qué características adquiere y qué diferencias presenta con otro tipo de segregaciones experimentadas por los viejos.

II. Percepciones sobre el envejecimiento: Distinción entre discriminación etaria en la comunidad y discriminación social

Decir que la vejez homosexual conlleva una carga discriminatoria adicional no parece una tesis difícil de sostener. Basta con observar la segregación de la que ambos grupos por separado son objeto como para proyectar el modo en que ambas prácticas discriminatorias podrían potenciarse. Sin embargo, si bien este punto no será excluido, me interesa manifestar en cambio, la particularidad que posee este tipo de vejez diferencial: el envejecimiento homosexual.

Antes de comenzar con el desarrollo de este apartado, quisiera diferenciar dos modos de aproximación al objeto de estudio que posee esta tesis y que de manera recurrente estarán presentes a lo largo del análisis.

El primer tipo de enfoque que he definido responde a la realidad de los viejos gays en la sociedad argentina. Es decir, la problemática propia de este conjunto fuera de su grupo inmediato. El otro eje en cambio da cuenta de la especificidad de la vejez homosexual al interior de la propia comunidad gay.

El primero de estos campos que he distinguido –el cual referiría a la discriminación social– puede ser observado en la siguiente cita. Para nuestros entrevistados “ser viejo y gay, ser viejo y lesbiana, conlleva una carga adicional en la discriminación a las personas de tercera edad” (Raúl, 67 años). Lo cual comenzaría a manifestar la particular problemática que tiene este subgrupo.

Si bien se puede argumentar que cambios sociales y políticos como los ocurridos en la última década en materia de derechos para este colectivo han producido una mayor apertura, tolerancia y visibilidad, se observa como en el plano macrosocial del análisis la discriminación persiste. “Hemos recibido denuncias de personas que cuando se acercaron a tramitar o a cobrar la pensión fueron burladas por los cajeros o por quienes los atienden en la ANSES” sostiene uno de los abogados de la CHA. Actitudes como esta difícilmente posibiliten una hípervisibilidad de la vejez LGBT. Por lo cual el sujeto intentará ocultar, en consecuencia, su orientación sexual a fin de evitar ser objeto de una posible doble discriminación por ser viejo y homosexual.

Empero, no se debe ignorar la otra cara de este problema, que es la referida al desprecio por edad.

Los actores tienen –aunque no lo nombren así– conciencia del fenómeno del viejísmo, y como se señaló, manifiestan verlo potenciado por la carga valorativa negativa que acompaña a su orientación sexual.

Esta discriminación social que prepondera cánones de belleza asociados a la juventud también se hace presente al interior de la comunidad LGBT, dando lugar a la segunda dimensión que este trabajo propone: la discriminación etaria en la comunidad. Para uno de los entrevistados:

Dentro de la comunidad gay, lésbico, travesti, transexual también estamos segregados los mismos viejos gays, lesbianas, travestis (…) hay una especie de adoración por la belleza, adoración por el cuerpo, adoración por la juventud (…) que hacen que la gente de la tercera edad que no representa los ideales de belleza, de juventud, queden excluidos (Luis, 64 años).

Sin embargo, esta opinión difiere en los activistas jóvenes y de mediana edad. Como se analizó en otra oportunidad, ellos entienden que el mayor problema radica en la exclusión que perciben por parte del Estado y no en la que ocurre al interior de la propia comunidad. Desde la CHA –asociación analizada en aquella ocasión– argumentaban que “la discriminación de nuestra propia comunidad no nos complica la vida, sino la discriminación social y la discriminación del Estado” (Rada Schultze, 2009a). Para los y las activistas, la discriminación que reciben desde el Estado, mediante la ausencia de este, se evidencia en la carencia de políticas públicas propias para este sector dentro del universo LGBT. Para ellos y ellas, no sólo los viejos estaban desprotegidos, sino también los jóvenes.

No obstante, los viejos señalan otro foco de atención para explicar la preeminencia de la noción de juventud sobre la idea de vejez. Para ellos se debe en gran medida a la influencia del mercado, el cual ofrece “una imagen de gay musculoso, joven” (Alejandro, 58 años) a fin de atender una demanda también del mismo grupo generacional. Según manifiestan, la oferta y la demanda para el mercado homosexual se restringe solo a los jóvenes como potenciales adquisidores. Los entrevistados lo advierten sobre todo en lo que a los espacios de socialización respecta, ya que estos “están cada vez más pensados para público más joven” (Emilio, 59 años).

Empero, a pesar de dichas acusaciones, la segregación al interior del propio grupo continúa. Si bien se puede coincidir con los entrevistados en que “la idea de que los viejos se vuelven inútiles es un problema que trasciende a la comunidad gay” (Marcelo, 45 años) y que “cuando se mezcla con la orientación sexual, agrava todos los problemas” (Guillermo, 60 años), la discriminación en el seno del colectivo homosexual persiste y se desarrolla con sus propias particularidades. Las mismas serán enunciadas a continuación.

II. I. Viejos homosexuales

En este punto indagaré respecto a lo específico de la vejez al interior de un subgrupo como la comunidad gay, la implicancia de ser viejo, el valor de asumirlo y el significado de rechazarlo. Debo entonces comenzar por destacar que el entramado de relaciones que un viejo homosexual desarrolla dentro del universo gay es algunos puntos completamente diferente al que puede llevar a cabo cualquier otro viejo perteneciente a un grupo distinto. [2] En consecuencia, es importante señalar que dentro de la propia comunidad, el modo de vincularse que en la actualidad poseen los adultos mayores homosexuales puede diferenciarse en dos subdimensiones. Por un lado, los viejos establecen con otros sujetos de su mismo rango etario un tipo de relación específico. Por el otro, presentan un particular modo de relacionarse con los demás sujetos de la propia comunidad.

Efectivamente, los modos de socialización propios de los viejos difieren a los de otros grupos. Por ejemplo, según uno de los entrevistados la vejez homosexual “se caracteriza por darse sin tanta moralidad (…) Dentro de la comunidad no es mal visto que un flaco esté con un tipo 30 años más grande o que un tipo esté con uno mucho menor (…) tanto en lazos de amistad como en una pareja” (‘El polaquito’, 64 años). Aquí nuestro entrevistado destaca el modo en que un determinado grupo puede clasificar sus relaciones y lo que se entiende por común o extraño; lo que le parece tolerable o intolerable. De lo enunciado, me parece importante resaltar que si bien la comunidad homosexual no es la excepción dentro de la noción social que se tiene de la vejez, brinda al menos una concepción que, en determinados aspectos, presenta una menor carga valorativa negativa.

Otra dimensión donde se nos refleja esta visión alternativa respecto a la vejez que ofrece el universo de estudio es en el contexto de las relaciones sexuales. Nuestros entrevistados coinciden en señalar que en la vejez gay “la sexualidad a la gente de la tercera edad no le está vedada” (Hugo, 69 años). Por otro lado, el mismo entrevistado, destaca espacios dentro de la sexualidad donde “la vejez está bien vista”. Tal es el caso de las relaciones sadomasoquistas: “Ahí la práctica sexual transforma la vejez en otra cosa (…) No sé si los más jovencitos buscaran una figura paterna o qué, pero ahí la vejez es sinónimo de autoridad” argumenta.

Si bien, a pesar de que se podría objetar fácilmente lo acotado y restringido de la valoración de la vejez que la comunidad realiza, no debe ignorarse que, al menos en estos limitados espacios descriptos, existe una resignificación (positiva) de la vejez.

No obstante, es cierto que tales prácticas son una excepción. Por ende, la comunidad gay no está exenta de lo ocurrido en el plano macrosocial; situación que por el contrario reflejarán.

Así mientras que por un lado poseen sus propias representaciones sociales sobre determinadas temáticas, no podrían ser ajenos a las que predominan en la sociedad en la cual han sido socializados. Por lo tanto, se podrá argumentar que la discriminación también se reproducirá de un modo particular al interior del grupo.

Si bien es verdad que existen espacios de interacción de adultos mayores que la comunidad homosexual siente como propios, tales como el bar El Olmo o la discoteca Contramano (donde tal sector de la población homosexual es “bien visto”), es importante señalar que no existen ni lugares como ser centros de jubilados o geriátricos, ni tampoco espacios de socialización que se desarrollen durante el día tales como cafés o centro culturales. Cabe señalar que esta restricción que lleva a este grupo a desarrollar sus actividades durante la noche no se limitó solamente a los adultos mayores del mundo gay, sino que esta estructuración del tiempo y del espacio fue vivenciada por toda la comunidad homosexual durante largos años. “La tarde gay no existe, y menos el día (…) la comunidad gay se refugió en las noches por las persecuciones y todavía no se salió de ahí del todo” (Juan, 63 años). Asimismo, se ha podido observar que a pesar de la existencia de espacios de esparcimiento nocturnos no todos pueden o tienen interés en acceder.

De la misma manera, tampoco existen lugares donde se de una convivencia entre diversos grupos etarios. Esto se debe a la segregación que se da al interior del propio grupo y de la cual algo se ha advertido. La imagen de viejo decrépito o de sujeto proclive a ser rechazado se revela en el discurso de los jóvenes de la comunidad. Para algunos de ellos la representación que elaboran del adulto mayor está ligada a la idea de que “el puto viejo les parece que es patético” (Arturo, 63 años).

Por otro lado, según se observa, la discriminación dentro de la comunidad se manifiesta a partir del no conocimiento de los códigos propios de un contexto.

Así entonces si un sujeto decide concurrir a un espacio de socialización propio de otro subgrupo de la misma comunidad “va a ser decisivo que maneje los códigos” (Miguel, 61 años). Estos códigos de comunicación propios de un entorno, no se suscriben solamente al plano lingüístico, sino que operan de manera extralingüística. En el “manejo” de estos códigos entran a jugar la moda, el look¸ el físico y el conocimiento de los pasos de baile actual, entre otros artilugios. Es decir los patrones asociados a la juventud y a lo cambiante (como el caso de la moda).

En consecuencia, quien comprenda estos códigos y logre manipularlos, podrá ser “aceptado” en un espacio de interacción que, a priori, no le corresponde. El siguiente testimonio es representativo en este punto:

Yo he visto un tipo de unos 62 años que había ido al gimnasio mucho tiempo, tenía un corte súper varonil, la actitud de él era súper varonil, más o menos podía dar unos pasos sin hacer el ridículo (…) eso significaba que el tipo no estaba tan desfasado. Ese tipo no paso vergüenza seguro (Marcelo, 45 años).

La cita seleccionada nos refleja que para poder ser parte de cierto colectivo debe camuflarse la vejez mediante una serie de mecanismos que permiten, al menos por unos instantes, escapar a ese tan indeseado momento que pareciera ser el envejecer. No obstante, la vergüenza parece ser un factor clave a la hora de intentar adecuarse y participar en y con otros grupos de edades. Marcos, un entrevistado de 67 años, señala: “yo prefiero estar con mis viejitos. Una vez, estando con un ‘pendejo’, me vi las carnes flojas en el espejo y me mató anímicamente”

Por otro lado, es importante destacar que ese disfrazar el envejecimiento pone en evidencia un no reconocimiento de sí mismo como viejo. Autoconsiderarse viejo implicaría asumir como propio el rol que la sociedad ha estipulado para los mayores de sesenta: la perdida de belleza y de fuerza (ambas vinculadas a la población juvenil). Aunque aquí resumidas, estas ideas han calado profundamente en nuestra sociedad. Por lo tanto, podemos comprender que uno de los entrevistados argumente que la segregación del viejo al interior del grupo “es el mismo rechazo que sostienen los heterosexuales con la vejez” (Hugo, 69 años), ya que estas ideas son, aunque reproducidas al interior del colectivo, ajenas en su elaboración.

Si bien se puede señalar que en la comunidad gay se presenta la primera característica que enunciábamos (la asociación del envejecimiento a la perdida de belleza), debe también considerarse la segunda de ella; la relación directa de viejo a débil; carente de fuerza. En un espacio como el del activismo, con instituciones caracterizadas por una histórica lucha (y a la vez no ajena a la realidad social argentina de la cual también en cierta medida porta las representaciones sociales que allí predominan), sería posible hallar la negativa al reconocimiento en la variable que, en una suerte de ecuación lógica, antes se enunciaba: si ser viejo es igual a ser débil/inútil, cualquier activista adulto mayor que se reconozca como viejo (o sea como inútil o débil) ya no podría encabezar ni las acciones, ni las luchas llevan a cabo.

Por lo tanto, no se puede postular la negativa a reconocerse como viejo sólo como medio de escape al cuerpo indeseado. Por el contrario, limitar el análisis a ese punto sería dar cuenta solamente de una cara del fenómeno. En consecuencia creo que gran parte de la negación al hecho de asumir la propia vejez radica en tener que considerarse el inútil que la sociedad postula y que en cierto modo demanda. Esto ayuda a entender la convivencia de dos realidades al interior de la comunidad homosexual. Por un lado, debemos señalar que si bien es verdad que los activistas longevos al interior de las organizaciones LGBT no representan un número significativo –por no decir casi nulo–, sin embargo, por otro lado, no es menos cierto que algunos de ellos superan los cincuenta años. Con lo cual, a pesar de no ser viejos, su situación no dista en demasía de las problemáticas de los adultos mayores. O al menos será su realidad en los próximos años.

II.II. Homosexuales viejos

En este apartado observaré, a diferencia de las líneas anteriores, la particularidad de la vejez homosexual haciendo especial énfasis en la implicancia de ser, además de viejo, homosexual; variable que entonces preponderaré.

Como antes anunciaba un entrevistado, la discriminación por edad no es un problema propio de su comunidad, sino que es el mismo rechazo que se da en la sociedad en general. Como nos subraya uno de nuestros entrevistados, “el envejecer es algo que causa rechazo (…) [y se vincula] con la cultura. Con una valoración suprema de la belleza, de la juventud” (Mario, 65 años). Para el caso de los activistas además, la carencia de políticas públicas que contemplen a los adultos mayores dificultan aún más la supervivencia de los mismos, trayendo también como consecuencia que el viejo no se vea a sí mismo como un sujeto de derechos, sino como “una cosa, [debido a que] la sociedad los ha marcado bajo la idea de viejo gaga” (Rada Schultze, 2009a). Para ellos este proceso de segregación que recae sobre las poblaciones mayores está presente en toda la sociedad.

No obstante, a la figura que se propone de viejo, debe ser necesariamente cruzada con la realidad homosexual y con la imagen que de esta predomina en la sociedad. Tal cuestión permitirá entender lo que significa ser viejo homosexual al exterior del grupo.

En consecuencia, si hablamos de la visión social respecto a determinadas temáticas, se debe hacer referencia a los procesos de socialización y a los contextos en que la cultura se ha interiorizado, lo cual entiendo, permitirá comprender el fenómeno del envejecimiento gay en la actualidad y cómo se han ido construyendo esas subjetividades.

En esta línea es relevante manifestar que, según argumentan desde el activismo, el viejo homosexual aún no ha podido destaparse plenamente; no ha podido salir del closet (Rada Schultze, 2009a). Esto se debe, según entienden, a los marcos sociales en que los actuales gerontes han sido educados, los cuales, al haber sido formados en un supuesto contexto de intolerancia y represión social sobre las diversidades sexuales, debieron ocultarse o negar su orientación sexual como posibles mecanismos de defensa ante la carga de un estigma social.

Para comprender este postulado basta con indagar, como ya sugiere el enfoque que vertebra esta tesis, en el contexto en el que estas personas se socializaron.

Es interesante aquí, señalar entonces que, por ejemplo, si bien se han experimentado una serie de transformaciones sociales de significativa importancia en materia de derechos adquiridos, las mismas son muy recientes, por lo tanto es esperable que los modos de obrar, pero también de pensar/sentir, de los viejos homosexuales no experimenten una inmediata metamorfosis.

Por ejemplo, uno de los cambios que considero sumamente importante para explicar parte del trabajo es la eliminación de la homosexualidad como enfermedad. Hace tan solo 25 años la Organización Mundial de la Salud (OMS) sacaba de su lista de enfermedades mentales a la homosexualidad. Su relevancia radica tanto en la transformación social que implica como así también por lo actual, o reciente, que resulta

La trascendencia de este cambio es innegable, pero también es irrefutable lo reciente de tal transformación, lo cual ayuda a comprender el aislamiento y negación por parte de los viejos homosexuales en la actualidad, debido a que quienes hoy son viejos han sido formados bajo una atmosfera que los consideraba enfermos, perversos. Han interiorizado una cultura que los desprecia y se encuentran, en la actualidad, con su propia realidad de longevo, que es vista por la sociedad como otro elemento de carga social negativa. Por lo tanto, probablemente esto devendrá, en gran parte de los casos, en un posterior aislamiento e invisibilidad del viejo homosexual.

Respecto a este aislamiento y posterior invisibilidad, los entrevistados entienden que “hay algo que tiene que ver con las generaciones”. Según sostienen:

“la gente que nació en mi generación está llena de prejuicios, sobre sí mismos, sobre todo, pero fundamentalmente sobre orientación sexual, y difícilmente intentan cambiar su forman de pensar. Y los gays de mi generación muchísimos han sido muy tapados (…) es un problema cultural difícil de destrabar” (Marcelo, 45 años).

Esto sin dudas dificulta la integración del viejo gay, debido a que no logra destaparse y en consecuencia no consigue asumirse como viejo, como así tampoco manifestar abiertamente su orientación sexual. Este cerrarse sobre sí mismo es producto de la negación de toda posibilidad de construir su dignidad, la cual se ve imposibilitada tanto por el desprecio a los adultos mayores, como por la intolerancia a los homosexuales. Así es entendible que los casos de los viejos que pudieron “destaparse” sean mínimos. Otros en cambio, han podido construir su visibilidad antes de llegar a viejos.

El entrevistado también destaca que la mayoría de los viejos gays “tienen metido en la cabeza que ser viejo es algo malo, decadente, y que hay que tratar de no envejecer, escapar a la vejez, implantarse pelo” (Marcelo, 45 años). Sin embargo, esto nos estaría hablando solamente de la problemática del envejecimiento. Retomemos aquí la cuestión vinculada a la diversidad sexual.

Tal como anunciaba líneas arriba, la vejez gay se caracteriza entre otras cosas por el aislamiento, de lo cual es importante diferenciar que, no en todos los casos, resulta ser un sinónimo de soledad.

Si bien en muchos casos el aislamiento se debió a una marginación familiar o a un replegarse sobre sí mismo por no poder manifestarlo, otros en cambio encuentran en su grupo de pertenencia apoyo y acompañamiento.

No obstante, aunque en verdad podríamos considerar el apoyo comunitario como una respuesta al abandono familiar, sobre todo como señala la sociología clásica al sostener que en periodos de crisis las personas se repliegan sobre sus grupos secundarios (Durkheim, 2003), es importante primero analizar estas cuestiones por separado.

Por un lado, tendremos entonces el aislamiento como producto del haberse formado en una coyuntura donde se consideraba la homosexualidad como pecaminosa o como un trastorno mental, de lo cual resulta la marginación familiar, pero también el retraimiento personal, el cual a su vez tiene dos modos de manifestarse. Uno sería el creer que “no se puede”, que físicamente uno no está en condiciones de participar (en un sentido amplio), lo cual sería equivalente a asumir como propia la noción de viejísmo. La otra cara de la automarginación, se refleja en cambio en el intento de ocultar su homosexualidad por medio de “una doble vida, pero que no oculta ningún amante. [Sino que] se esconden a ellos mismos” (Alberto, 66 años).

Por el otro lado, se hizo mención al apoyo y a la compañía que brinda la misma comunidad. Como anunciaba, los viejos del mundo gay no suelen tener como centro de contención a sus familiares. Por el contrario, la mayoría de ellos son contenidos por sus amigos. De ese modo, los vínculos de este grupo etario que se dan al interior de la comunidad tienen la particularidad de ser “lazos de sociabilidad que los pueden mantener solo entre ellos o porque no tienen familia o porque las familias los rechazaron. Sus familias son sus amigos” (Miguel, 61 años).

Sin embargo, a pesar de que estos lazos sociales logran suplir el aislamiento, y en parte la soledad, en la que se encuentran los adultos mayores homosexuales, la falta de políticas públicas focalizadas persistió durante muchos años, motivo por el cual este grupo no fue considerado, ni nombrado. Y lo que no se nombra suele ser dejado en la oscuridad.

II. III. “Soy mayor”. Una aproximación a los crímenes de odio

Si bien hasta aquí he llevado a cabo mi análisis desarrollando la temática de la vejez gay como un todo, sin hacer grandes menciones a las particularidades de cada subgrupo, a continuación especificaremos una problemática propia de la vejez gay, la cual suele ser llamada “crímenes de odio”. Tal noción es de gran utilidad a fin de pensar la vulnerabilidad distintiva de los mayores gays.

Tal como líneas arriba anunciaba, la vejez homosexual es factible de analizar mediante variables tales como el aislamiento, la soledad y la consecuente invisibilidad, factores que, considero, guardan una íntima relación con la vulnerabilidad que aquí deseo detallar.

Hablar de “crímenes de odio” y de vulnerabilidad, en el sentido que aquí lo hago, refiere a la violencia física de la que (en la mayor parte de los casos), por parte de un taxi boy, los viejos homosexuales son objeto.

Según manifiestan los entrevistados en esos hechos de violencia convergen diversos elementos. Por consiguiente, a los conocidos y descriptos desprecios por edad y orientación sexual, debemos anexarle necesariamente la condición de viejo tapado producto del matemático razonamiento de aislamiento-soledad-invisibilidad. Por ende, el ser un sujeto marginado y automarginado convierte, al viejo gay, en un actor propenso a ser víctima de este tipo de agresiones. Los ataques que el viejo gay puede recibir varían dentro de una perversa escala de extorsiones. Estas van desde una amenaza verbal de ventilar la cara oculta de su doble vida, hasta la coacción física que puede dar como resultado la muerte del individuo:

Antes tenía miedo de que me descubran [su orientación sexual]. Entonces solía llamar a un taxi boy. Una vez tuve un altercado con uno. Me quiso pegar. Me sujetaba el brazo con fuerza y elevaba el tono de voz como para intimidarme con el chantajeo (…) pero después me impuse ante el taxi boy. Y le dije que le iba a dar el dinero pero que conmigo no se equivocase. Yo no me iba a dejar pegar por nadie (Esteban, 71 años).

Esto en gran medida se debe, según lo concibe otro de los activistas consultados, a que la imagen que los taxi boys se hacen de los viejos es la de que “por ser viejo y trolo no vale nada; se lo merece” (Mario, 65 años). Otro de nuestros entrevistados profundiza esta cuestión y en este sentido señala que:

muchos de los taxi boys no son necesariamente gays, por lo cual no escapan a prácticas homofóbicas (…) ahí se conjuga la vulnerabilidad de la vejez, ese cuerpo débil que está pidiendo sexo, la posición económica de ese cuerpo débil y viejo… y se conjuga todo esto a la cuestión de la homosexualidad y hace que el taxi boy, como objeto erótico pagado por ese viejo, active ciertas cuestiones, psicológicas, culturales, que hacen que el taxi boy se aproveche del viejo, lo mate, le afane y no contentándose con robarle le hace algún daño. Lo lastima o lo chantajea (Marcelo, 45 años).

Los casos de chantajeo del que nos habla nuestro entrevistado son conocidos en el seno de la comunidad homosexual y de alguna manera naturalizados, debido a la regularidad que presenta.

El modo de intimidación utilizado con mayor frecuencia es el hecho de mentir con respecto a la edad. Son variados los casos en los que un taxi boy acusaba ser mayor de edad, para luego, una vez en la casa[3] del viejo gay, desmentirse y presentarse como menor de edad.

La invisibilidad y vulnerabilidad del viejo gay propone a priori una relación asimétrica entre este y el taxi boy, con lo cual el viejo necesariamente, a fin de preservarse en la oscuridad, cede ante la extorsión del taxi boy que amenaza con denunciarlo por el supuesto abuso de un menor.

El taxi boy en cambio, ubicado en el otro extremo de esta desigual relación, aprovecha esta situación, que, como buen comerciante que es, conoce claramente para desarrollar sus artilugios y estrategias de manera eficaz.

Una de las manifestaciones de estos mecanismos mercantiles es la publicidad de sus servicios. Basta con acercarse, por ejemplo, a los baños del bar El Olmo, lugar frecuentado por personas mayores homosexuales de clase media alta, para dar cuenta de alguno los métodos propagandísticos utilizados.

Como antes decía, el taxi boy, como buen estratega conoce su campo de acción y a sus potenciales clientes, como así también los gustos y preocupaciones de los mismos, motivo por el cual uno de los graffitis que en dicho bar se anuncian, debajo de un número de teléfono, aclara: “soy mayor”.

Sin embargo, eso no es a mí entender lo más curioso, sino la regularidad sociológica que presenta. La proximidad de un ataque violento logró cristalizarse en un concepto (“Crímenes de odio”) y está a tal punto arraigado en las subjetividades del grupo que logra salirse del mismo y es interpretado, cual publicista, por los taxi boy, que a fin de dejar tranquilos a las personas mayores aseguran su mayoría de edad.

La lectura de los graffitis del baño del bar El Olmo es producto de una suerte de observación no participante realizada durante junio de 2009 y marzo de 2010. El graffiti seleccionado, según creo, es un buen ejemplo de las preocupaciones de los viejos gays, ya que su “finalidad” no es simplemente brindar un servicio, sino que también busca convencerlo mediante el dejarlo tranquilo a un geronte que por un lado desea seguir preservando en el ámbito privado su orientación sexual, y por el otro quiere evitar cualquier inconveniente de índole legal. Así, esas ocho letras distribuidas en dos palabras dicen mucho más que eso. Dicen asegurarle al viejo anonimato, clandestinidad e invisibilidad. Algo a lo que el viejo homosexual, tristemente, ha estado acostumbrado. Veamos entonces en el próximo capítulo cómo se han desenvuelto esos cursos de la vida para haber llegado a este punto.

III. Balance y reflexiones sobre los modos de construcción de una vejez diferencial homosexual-gay

A lo largo de este capítulo quise exponer de manera sintética las principales características de este grupo para luego en la próxima sección profundizar y detenerme con mayor atención en líneas aquí esbozadas; sobre todo para conocer los modos en que estas características de la vejez se fueron construyendo en el curso de sus vidas. Como se podrá ver entonces el camino fue en un sentido circular. Se comenzó por un análisis de la vejez, para luego ir sobre las huellas de la memoria de los viejos para, finalmente, volver a la vejez entendiendo que elementos de sus historias fueron significativos en esa construcción.

Retomando lo visto en este primer capítulo, se indagó respecto a una serie de variables que permitieron entender una parte de un tipo de vejez diferencial: el fenómeno del envejecimiento gay. Uno de los tópicos trabajados en el abordaje del objeto de estudio consistió en analizar el fenómeno desde una perspectiva global o macrosocial, haciendo referencia a la problemática específica que implica ser un viejo homosexual en la Argentina actual. Esto permitió observar alguna de las dificultades que afrontan los viejos en su vida cotidiana tales como no poder reconocerse ni como viejos, ni como homosexuales, o recibir burlas de parte de quienes deberían brindarles un servicio.

Otro tópico en cambio indagó respecto al valor de ser viejo dentro de la comunidad homosexual. Como hemos podido encontrar, dentro de la propia colectividad, los mismos viejos están segregados por edad. Tal como se observó, si bien a grandes rasgos hay una cierta reproducción de los patrones de belleza, de los cánones estipulados y de la asociación de quién (y quién no) es legítimo portador de estos, se encontró también que coexisten en el seno de la comunidad homosexual ciertas prácticas relacionadas con los viejos que son valoradas. Las mismas, recorren un amplio margen que va desde una imagen de autoridad y respeto vinculada a una dimensión determinada de las relaciones sexuales, hasta la imagen de un viejo como sinónimo de experiencia, aunque sea en casos minoritarios. En ese sentido, también se pudo observar como hecho distintivo que las relaciones no se moralizan. Así, puede haber vínculos con mucha diferencia de edad sean de amistad o de pareja sin ser juzgados.

Otra dimensión que se ha tenido en consideración, refiere a los diversos contextos y a los cambios acontecidos en cada coyuntura particular. Esto me ha permitido argumentar que la invisibilidad en la que se encuentran gran parte de los gerontes homosexuales radica en los procesos de socialización en los cuales estos han interiorizado la cultura, los cuales profundizaremos en el próximo capítulo.

Sin embargo, estos procesos de socialización cambian según el tiempo y el espacio, motivo por el cual también he querido hacer hincapié en las transformaciones político-sociales.

Quizás el más importante que hemos señalado aquí es el abandono de la homosexualidad del plano de las enfermedades mentales. Otro cambio que hemos tenido en cuenta es el referido a la Resolución 671/2008 de la ANSES. Sin embargo, si bien ambos acontecimientos han generado que los actores puedan percibirse, entre otras cosas, como sujetos de derechos resignificando así gran parte de su identidad, creer que tales cambios alcanzan para volver hípervisible a quienes han sido postergados durante décadas, constituye un grosero error. Estos cambios son más que recientes, motivo por el cual los viejos de la comunidad homosexual que han sido formados en otro contexto, aún no han podido experimentar un proceso total de auto reconocimiento. Además, rara vez los cambios políticos generan cambios culturales inmediatos.

Sin embargo, los propios viejos buscan el modo de dar respuestas a sus propias problemáticas tales como el aislamiento o la soledad. No obstante, es importante destacar que este escapar al aislamiento por medio del rodearse solamente de amigos puede traer aparejado una marginación progresiva y una mayor invisibilidad producto del continuo cerrarse sobre sí mismo.

Esta “inexistencia” de viejos, desde el activismo se explica a través de la ausencia de políticas públicas focalizadas en este subgrupo. Así es entendible que los activistas sostengan que “si [los viejos] no existen políticamente, no existen en los medios, no existen. Para mucha gente no existimos. Solo nosotros sabemos que existimos. Pero de hecho, para los mismos maricones no existimos” (Marcelo, 45 años). Lo aquí subrayado nos evidencia nuevamente la propia segregación que por edad tiene la comunidad homosexual en su seno. Si tal sentencia es cierta, el resultado que obtendremos es que desde ningún espacio se discutirá ni pensará la vejez: tanto jóvenes como viejos eludirán el tema, postergando y segregando cada vez más a un sector al interior de un grupo. Esto explicaría en parte la ausencia de discusiones en torno a la problemática de los viejos gays.

Otras problemáticas que se han podido observar es la variación que presenta el viejísmo dentro de la propia comunidad gay, la cual puede ser dividida en dos. Así mientras desde el activismo la discriminación por edad opera en cuanto asociar a los mayores a la carencia de fuerza, en el mundo social gay el viejísmo vincula la vejez a lo feo y lo ridículo. Por lo tanto, si se camuflan como jóvenes y conocen los códigos pueden coexistir con los más jóvenes.

Hecha esta breve caracterización de la vejez homosexual y sobre los modos en los que opera el viejísmo en este colectivo, será momento de indagar en las formas en las que se construye la vejez en el curso de sus vidas.


  1. Las ONG’s que pelean por la promoción de derechos del colectivo LGBT suelen tener espacios de trabajos diversos como “Área Jurídica”, “Salud”, “Juventud”, entre otros.
  2. Tal como ha señalado Sívori dicha comunidad “ha desarrollado un ethos propio, un habla, maneras y humor característicos; se han establecido jerarquías, valores y patrones de segmentación sociales específicos del ambiente [homosexual]” (2004: 20). Tal cuestión podemos concebirla como un modo propio de sociabilidad, lo cual en consecuencia dará un modo particular de representar socialmente el mundo en el cual desarrollan sus vidas. Es importante señalar algo que Sivori (2004), debido a que este no era su objeto de estudio, no ha podido ver. El mismo es el hecho de que los viejos como subgrupo, al interior de la comunidad LGTB también desarrollan un ethos propio, atado a sus propias historias de vida y marcos de sociabilidad.
  3. Es importante señalar en este punto, tal como lo propone uno de los activistas consultados que la relación sexual con un taxi boy se da, en la mayoría de los casos en la casa del viejo debido a que el viejo “no va a ir a un telo, porque está acostumbrado a ir a su casa”. A esto debemos necesariamente agregarle otro factor más y es el hecho de que “obviamente quien contrata a un taxi boy tiene determinada posición económica. Eso también influye. Es como que se empiezan a cruzar en la cabeza del taxi boy un montón de cosas que tienen que ver con eso. Un aprovecho de ese viejo que tiene guita y que desea mi cuerpo”. (Marcelo, 45 años).


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