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1 Antecedentes y marco teórico

Debido a que esta tesis presenta tres grandes campos de trabajo, como son las teorías del envejecimiento, las teorías sobre las problemáticas genérico-sexuales y los cambios y continuidades de estas dos a la luz de los efectos de los diversos contextos, es que he decidido ordenar y presentar de manera tematizada el estado del arte, antecedentes y marco teórico de esta tesis, tópicos que trabajaré en esta sección. Con esta organización en campos de temas me propongo describir de manera densa y analítica los diferentes antecedentes que condujeron a la presente tesis e interrogantes que guiaron la investigación.

I. Contextualización del fenómeno

Investigar desde el Paradigma del Curso de la Vida propone como mínimo tener presente dos tiempos: el social y el personal. Si bien no es mi intención adelantarme al análisis del paradigma en cuestión, concepto que por cierto se verá en la sección correspondiente, es importante introducir una segunda tesis que se sostendrá a lo largo de este escrito y es la que versa sobre el parentesco que guarda el tiempo individual –el desarrollo personal y su proceso de envejecimiento– con el tiempo social –los diferentes contextos sociales, económicos, políticos, entre otros–, siendo este uno de los pilares conceptuales de dicho enfoque teórico. La coyuntura es para este paradigma uno de los aspectos nodales a la hora de comprender el fenómeno del envejecimiento y de la vejez. De esto, tácitamente se desprende un dato sumamente relevante para indagar en el problema de estudio: los viejos y las viejas del presente fueron jóvenes de otra era. Por ende su socialización y los contextos en la que la realizaron difieren de los actuales. Por tal motivo es que considero relevante primero ahondar en la contextualización del objeto de estudio –el envejecer de las llamadas minorías sexuales– para así conocer los principales cambios sociales de los últimos años y comprender su relación e impacto en el curso vital de los actores.

En ese sentido, las últimas décadas –periodo en el que las personas mayores que son objeto de estudio de esta tesis eran jóvenes– estuvieron signadas por múltiples cambios de índole social, cultural, político y económico acontecieron en nuestro país como así también en el mundo, los cuales repercutieron de disímiles maneras en la sociedad toda (Bauman, 2008, 2012; Beck 1998, 2003; Giddens 2001). Del mismo modo, golpes de Estado y dictaduras en la región, el advenimiento y consolidación del neoliberalismo y un nuevo patrón de acumulación en una coyuntura caracterizada como posmoderna, como así también la segmentación y exclusión en sociedades antes integradas (Castellani, 2002), son algunos de los hechos sociales que se produjeron en la historia reciente nacional y global.

A pesar de que las ciencias sociales produjeron una amplia y variada bibliografía que dio cuenta de estas metamorfosis en la urdiembre social, como así también de su impacto en la sociedad civil (Aronskind, 2001; Murmis y Feldman, 1993; Svampa y Pereyra, 2003; Torrado, 2003, 2007), no han sido tantos los escritos que pusieron en diálogo la injerencia de estos cambios con su impacto en la comunidad lésbico, gay y travesti-transexual.

Como he querido analizar en la tesis de Especialización y en la de Maestría (Rada Schultze, 2011a, 2014a), entre los cambios más significativos experimentados por el colectivo homosexual argentino en los últimos decenios debe incluirse el golpe de Estado de 1976, ya que rompería con los primeros intentos de organizaciones políticas lésbico-gay. También, producto del temor y la represión, el marco dictatorial empujaría las sociabilidades homosexuales a las catacumbas de las grandes urbes (Rapisardi y Modarelli, 2001). De esta forma, la dictadura militar tuvo un influjo sobre dos dimensiones de la vida homosexual de los años 1970: la política y la social-sexual.

Otro evento significativo a enumerar, y que permitiría a priori recuperar la vida política perdida y otras libertades civiles, fue la apertura democrática en el año 1983.

Con este hito, la comunidad homosexual organizada –aún no se empleaba la terminología LGTTTBIQ, siglas que referencian a los colectivos de las minorías sexuales compuestas por lesbianas, gays, travestis, transexuales, transgénero, bisexuales, intersex y queer, tal como se la conoce en la actualidad a la Marcha del Orgullo– adquirió gracias a este hecho político una visibilidad sin precedentes tanto de sus demandas como de sus actores: la existencia de una problemática que debía ser tratada; la consolidación del problema como un problema social y no individual. Una problemática que debía ser tratada por el Estado. Así, las demandas por la que iniciaban su protesta los homosexuales argentinos comenzaban a ser presentadas como problemas de un grupo social y no meras inquietudes individuales de algunas personas (Rada Schultze, 2014a: 76).[1]

Ampliando esta cuestión, puede decirse que, como sostiene, Wright Mills, los problemas “trascienden el ambiente local del individuo y el ámbito de su vida interior (…) Un problema es un asunto público: se advierte que está amenazado un valor amado por la gente” (1977: 28). De ese modo, los y las homosexuales que participaban activamente en política por la promoción de sus derechos, debían comenzar a reconfigurar “su problema” –que era generado por las condiciones sociales discriminatorias– en un “problema de” la agenda pública-estatal.

En sintonía con ese planteo se puede ubicar a Meccia quien sostiene que en el siglo XIX la homosexualidad era un problema del Estado y a finales del siglo XX los gays lo hicieron problema para[2] el Estado (2006: 88). Hasta ese entonces, la homosexualidad era un tema de la vida privada desarrollándose en las sombras de la ciudad, por lo tanto recaía en el ámbito de la “tolerancia estatal y social” y correspondía al Estado permitir el laissez faire puertas adentro. En ese mismo período, sostiene Meccia, estamos ante la presencia de un viraje teórico y conceptual en donde la homosexualidad pasa a ser una cuestión que atañe a los Derechos Humanos y debe ser reconocida y ya no tolerada (2006: 89).

Esta aparición pública, y la paulatina formación y crecimiento de las organizaciones, años más tarde se traduciría en la posibilidad de desarrollar la primera Marcha del Orgullo Gay en Capital Federal y en la obtención por parte de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) de su personería jurídica, ocurridos ambos procesos en el año 1992 (Belluci, 2010; Sívori, 2004) visibilizando aún más la problemática homosexual.

Si bien las razias policiales no se extinguirían rápidamente, como así tampoco cesarían de inmediato las prácticas discriminatorias, el retorno de la democracia no obstante facilitaba que los espacios para manifestarse públicamente crecieran y que la calle, la vía pública, fuera un lugar legitimado y necesario donde plasmar sus demandas. A su vez, estaban en boga los debates en torno a los Derechos Humanos y la liberación y el respeto a la diferencia sexual, espacios a los que las organizaciones gays de la época intentarían aproximarse sin mayor éxito (Belluci, 2010, Meccia, 2003; Perlongher, 1993; 2008). Asimismo comenzaban a gestarse los primeros Encuentros Nacionales de Mujeres donde las lesbianas tendrían sus primeras apariciones públicas para años más tarde articular con las organizaciones de gays[3] (Fuskova, Marek y Schmid, 1994).

Las primeras manifestaciones públicas de gays –que como se vio con el paso del tiempo extendieron su margen de inclusión a las otras minorías sexuales, dando forma al movimiento actual– lograban depositar sus demandas en la opinión pública. Asimismo, por medio de apariciones en los medios de comunicación (desde la prensa escrita a la televisión), los gays y las lesbianas, más alguna participación esporádica de travestis, comenzaban a visibilizar sus proclamas en pos de ser escuchados por el aparato político. En simultáneo, los y las activistas comenzaban a vincularse a partidos políticos formales, los que les daría la oportunidad de presentarse a elecciones aunque sea en cargos marginales.[4]

Aunque desde lo práctico los cargos que se les brindaban a los y las homosexuales eran irrelevantes por la baja posibilidad de ganar y acceder, y por la capacidad de acción que tendrían en caso de triunfar en las elecciones, desde lo simbólico, el hecho de que un gay se presentara a elecciones era trascendental. A su vez, acercarse a la política formal, partidaria, les daba herramientas para conocer el modus operandi del sistema político legislativo y judicial a la hora de querer formular y presentar un proyecto de ley, un amparo, realizar una denuncia, pedir una cita para entrevistarse con algún diputado o senador, entre otras. Así fue, por ejemplo, que al empezar a interiorizarse en el funcionamiento de los engranajes de la política y al trazar alianzas con algunos de sus funcionarios, darían lugar en 1996 a una ferviente participación del colectivo LGTB en la Convención Estatuyente de la Ciudad de Buenos Aires, donde reclamarían por el cese de edictos policiales y por una ley antidiscriminatoria, proclamas de larga data de este grupo.

Valiéndose de los cimientos de la ley antidiscriminatoria porteña –que protegería ante los ataques homofóbicos en la avanzada por más derechos, al igual que en la vida cotidiana– y en el contexto de fortalecimiento de los movimientos sociales a la luz de la crisis del 2001 –en detrimento de los partidos políticos clásicos, producto de la desinstitucionalización del periodo– las asociaciones LGTB obtendrían la Ley de Unión Civil en 2002 para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a la cual seguirían, a raíz del gran impulso que significó su obtención en la capital, la aprobación en la provincia de Río Negro y las ciudades de Río Cuarto y Carlos Paz.

Asimismo, el advenimiento del kirchnerismo, concuerdan gran parte de los y las activistas (Rada Schultze, 2014a: 124-128), significó una nueva oportunidad de depositar sus demandas en la agenda política. Si la vuelta de la democracia había significado una tenue apertura social y política, los años 2000 en adelante no tendrían, para ellos y ellas, parangón en materia de derechos obtenidos.

En ese sentido, en este periodo otro suceso significativo que se puede destacar, y que atañe de lleno a la población mayor lésbico-gay, fue que años más tarde se decretaría la resolución 671/2008 de la Administración Nacional de Seguridad Social (ANSES) que en el año 2008 reconocería a los cohabitantes de igual sexo el derecho a la pensión por fallecimiento del jubilado. A su vez, finalizaría la década con la conquista del Matrimonio Igualitario y comenzaría un nuevo decenio con la aprobación de la Ley de Identidad de Género, la cual entre otras cosas permite a las personas travestis y transgénero cambiar la identidad de nacimiento de su documento por su identidad autopercibida.

Estos acontecimientos, sucedidos en tiempos diferentes y de manera escalonada, comparten la cualidad de reconocer la historicidad de un reclamo, la existencia de parejas del mismo sexo, como así también la historicidad de una relación amorosa y, para el caso de las pensiones, de un duelo.

Otros de los hechos que impactarían en el colectivo LGTB serían la decisión de la Organización Mundial de la Salud de quitar a la homosexualidad de entre su lista de enfermedades mentales a principios de la década de 1990, al igual que la pandemia del VIH-SIDA en los años 1980 que ubicaría a la población homosexual como grupo de riesgo (Pecheny, Manzelli y Jones, 2007), catalogando a la enfermedad como la “peste rosa” o el “cáncer gay”, estigmatizando aún más a este colectivo (Bazán, 2004: 408).

Empero, debe destacarse que tanto lo reciente del rechazo por parte de la Organización Mundial de la Salud de entender a la homosexualidad, la enfermedad y la perversión como sinónimo, además de la relación o vinculación directa e histórica que se trazó entre “ser” homosexual y “tener” SIDA, dio lugar a la estigmatización y segregación de este colectivo considerado, empleando la terminología de Becker (2009) y Goffman (2010), “desviado”.

De ese modo, el paradigma biomédico logró ubicarse como el único discurso de verdad; como un discurso legítimo con la facultad de describir la realidad de gays, lesbianas y transexuales. El análisis médico, haciéndose eco de su reconocimiento, prestigio y valoración social, logró, haciendo uso de su reputación social, no sólo detallar y definir desde las ciencias biológicas una problemática perteneciente a la rama humanística o de las ciencias sociales, sino que además supo intervenir y decidir, desde el enfoque de la eugenesia, las políticas estatales acordes a estas temáticas (Estes y Binney, 1989, Miranda, 2011).

El sexo, como ya destacó Foucault, no es simplemente una cosa que se juzgue, sino que también “es cosa que se administra. Participa del poder público: exige procedimientos de gestión (…) la necesidad de reglamentar el sexo mediante discursos útiles y públicos” (2014: 27). De esta forma, las construcciones sobre las desviaciones sexuales sirvieron para controlar, estigmatizar y criminalizar la homosexualidad (Salessi, 2000: 179).

Asimismo, ha señalado Butler (2001, 2006), la sujeción de los cuerpos y su sexualidad, al igual que la estigmatización de algunos de ellos o la normalización de otros, es también un tema inevitablemente político. En esa decisión de definir y diferenciar, históricamente han intervenido –definiéndolo, como se vio, como un problema– dos instancias de poder y decisión: el Estado y la Iglesia. Dos instituciones de poder con la capacidad de nominar, siempre en pares antagónicos, lo correcto y lo incorrecto y, por consiguiente, lo que se debía y no debía hacer (Foucault, 1996a: 61). De esa manera, aquellos marginados de la normativa no podrían ser nunca sujetos de derecho (Foucault, 1996a: 37; Meccia, 2006, Miranda, 2011). A su vez, la caracterización del “otro” como un sub-humano presenta fines prácticos en el juego de representar la realidad en un escueto binomio de opuestos e incompatibles. Lo polifacético e impreciso de los términos muchas veces permite que esa denominación sea aplicable a cualquiera, como así también habilita a que la persona que fue denominada de esa forma pueda ser tratada de cualquier modo (Rada Schultze, 2011e: 201).

En efecto, este proceso de diferenciación entre individuos no fue un producto de la naturaleza, sino que por el contrario fue un fenómeno atado a las estructuras sociales e instituciones (Butler, 2002; 2006). Se trata de un proceso que, como sostiene Pizarro (2000: 171), identificó a los actores como sujetos de derechos y obligaciones definiendo así sus posiciones sociales.

En este sentido “los conceptos pueden aliviar o agravar un abuso; favorecer o inhibir” (Wittgenstein, 2007: 110).[5] De este modo, fue así que la homosexualidad, desde el marco de estas doctrinas, supo ser viable de describir a partir de pares antagónicos de la talla de sano-enfermo, moral-inmoral, decente-degenerado o normal-patológico, entre otras, dependiendo desde que instancia de poder se intentara explicar. Asimismo, la asociación que se hizo de la homosexualidad a lo largo de la historia (pero sobre todo en el Siglo XX) a la segunda palabra de cada pareja de oposiciones, derivó en la segregación de estos actores (Meccia, 2006, Jones, 2008, Ugarte Pérez, 2005). Fue en este sentido que las organizaciones de sociedad civil LGTB se erigieron con el propósito de revertir situaciones de discriminación desfavorables que pesaban sobre su colectivo y que tuvieron (y aún tienen) su correlato en el acceso a derechos y en la segregación económica y política, entre otras (Enguix, 2009; Osborne, 2008).

Retomando sucesos de los últimos años y enfocándonos en lo que a los cambios en los códigos de sociabilidad respecta, puede decirse que a nivel social y no ya exclusivo de este grupo, otro acontecimiento relevante que podríamos nombrar fue la influencia que tuvo la consolidación de nuevas tecnologías, como por ejemplo internet, redes sociales y el chat, como modo imperante de comunicación e interacción, dejando en desuso o postergando a un segundo plano otros mecanismos de socialización (Boy, 2008). El Chat room, aunque escenario virtual, se impuso como esfera de sociabilidad legítima dejando atrás a los encuentros esporádicos y casuales de carácter cara a cara, siendo utilizado además por diversos grupos sociales y de edad (Leal Guerrero, 2011), convirtiéndose en muchas oportunidades en la primera instancia de conocimiento personal[6] (Bauman, 2008). No obstante, el uso que se hace de las llamadas “nuevas tecnologías”, varía según los grupos de pertenencia; cuestión que se encuentra atada nuevamente a los contextos de socialización,[7] como así también a los recursos con los que las personas cuentan.

Asimismo, las llamadas “redes sociales”, por ejemplo, fueron también escenario privilegiado para difundir opiniones y actividades en torno a las conquistas por el Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de Género, realizar campañas, como así también conocer opiniones rivales o mantener relación de solidaridad con asociaciones de otras latitudes.

Si bien se podría comentar disimiles fenómenos acontecidos en los últimos años que tendrían injerencia en los cursos de vida de las personas mayores, es interesante manifestar que, con mayor o menor repercusión, estos cambios comparten el hecho de haber sucedido en un transcurro de tiempo breve, motivo por el cual en un período corto de nuestra historia reciente una serie de transformaciones de suma importancia debieron modificar de manera abrupta los modos de ser, estar y obrar en el mundo, como así también las formas de entenderlo, incorporarlo y desarrollarse en él. En resumidas cuentas, tomando la definición antes empleada, los códigos propios de socialización de un grupo pueden haberse visto trastocados y con ellos los propios modos de aprehenderlo que los sujetos tenían.

En efecto, bajo coyunturas compuestas de virajes de grandes dimensiones, puede que los “antiguos” mecanismos de interpretación y acción de y para la vida cotidiana, hayan perdido vigencia o en el mejor de los casos se hayan visto trastocados. Si esto ocurriese es posible que los actores intentaran adecuarse a las nuevas normas y códigos de sociabilidad. Otra opción es que intentaran conservar los medios y herramientas que sienten propios, los cuales a su vez pueden ser vistos como un lugar cómodo y de seguridad; un espacio de confort conocido. Una tercera posibilidad pudiera ser que buscasen diseñar artilugios nuevos a fin de dar cuenta de los fenómenos cambiantes.[8]

Por tal motivo es que a los fines analíticos de esta tesis se debió tener presente el enfoque de las representaciones sociales de los actores, como proceso cognitivo emocional que permitiría a los individuos hacer frente a lo raro, desconocido y cambiante de la realidad (Moscovici, 1979; Jodelet, 1989; Araya Umaña, 2002; León, 2002; Spink, 1993). De ese modo se puede comprender el desarrollo de las personas mayores, sus estrategias, su agencia y si ésta fue modificándose a lo largo del tiempo a la luz de los virajes contextuales.

Uno de los procesos a nivel personal que los sujetos deben analizar desde sus propias representaciones sociales es el del envejecer y el de su propia vejez; fenómeno que en el periodo que he considerado para contextualizar el objeto de estudio también ha presentado profundos virajes a nivel social-poblacional. Como nunca antes en la historia de la humanidad son las propias poblaciones las que hoy son viejas; problemática que no sólo pone el eje en el imaginario del actor envejeciente y su propio devenir, sino también en una situación social.

En el apartado siguiente señalaré las principales características del fenómeno del envejecimiento y las principales corrientes teóricas que buscaron dar cuenta de la problemática de la vejez y el envejecimiento entendiéndola como un problema sociológico.

II. La Sociología del envejecimiento y el Paradigma del Curso de la Vida

Como se mencionó en el apartado anterior, uno de los cambios experimentados en los últimos años es el del envejecimiento de las sociedades. Si bien en la historia de las sociedades siempre han existido personas definidas como viejas,[9] la novedad es que en las últimas décadas ofrecen un panorama distinto: quienes son viejas son las propias comunidades.[10] Las sociedades actuales presentan transformaciones en su estructura social que dan lugar al llamado “envejecimiento poblacional” (Moragas Moragas, 1991; Oddone y Aguirre, 2004), convirtiéndose en un hecho sociológico.

Son diversas las variables que explican este fenómeno demográfico. Problemáticas como los procesos migratorios, la reducción de la natalidad y la mortalidad infantil, como así también mejoras en la calidad de vida, son algunos de los factores intervinientes en la metamorfosis de las pirámides de población (Muller y Pantelides, 1991). Empero, al tiempo que se extiende la esperanza de vida surgen nuevos desafíos a nivel social e individual.

En ese sentido, el envejecimiento y el decrecimiento de la población, señala Kohlbacher (2013: 26), tienen importantes consecuencias en materia económica, social, individual y organizativa. Efectivamente, el crecimiento en la expectativa vital plantea dilemas en diversos ámbitos. Desde lo social, por ejemplo en plano de las políticas sociales y la acción estatal, entre otros, se presentan desafíos respecto a la jubilación de personas que posiblemente pasarán más años en el retiro que en el mundo laboral (Busquets, 2013; Guimarães Marri, Wajnman y Viegas Andrade, 2012; Zavatierro, 2012).[11]

En esa línea, desde un plano macrosocial, autores como Magnus plantean futuras encrucijadas,[12] sobre todo ante pronósticos que para las próximas décadas vaticinan una esperanza de vida que supere los 100 años y, en simultáneo, una reducción de la población joven. Según el autor, el 2050 presentaría una reducción de 10% de población en edad productiva, disminución de 2% de la población menor de 14 años y un aumento del 12% de la población mayor de 65 años. A su vez, para el autor en el mismo periodo la población joven representará casi la mitad de la población vieja (2011: 66).

No obstante, estos valores como así también las propuestas que se realicen en base a estos indicadores, deben ser tamizados, ya que como señala Pellissier “el temor a la vejez y la obsesión economista conducen a deformar la realidad: se exagera siempre el número de quienes se detesta” (2013: 22).

Si bien el autor entiende que en efecto existe una revolución demográfica –que versa sobre un fuerte aumento de las personas mayores de 60 años–, “eso no significa que el número de viejos se incremente considerablemente, ni que la vejez duré más tiempo que antes” (Pellissier, 2013: 23).

Ya en un plano individual –aunque en íntima relación con la dimensión social–, el envejecimiento poblacional como fenómeno sociológico (signado por un contexto en el que se vivirá más tiempo en comparación a otras épocas, siendo la vejez la etapa de la vida donde las personas transitarán por un período más largo), arroja interrogantes sobre la propia vejez y el sujeto mayor, como podría ser ¿qué hacer con el tiempo libre? A su vez, la imagen de la vejez –como última etapa de la vida y asociada a la proximidad de la muerte– plantea inquietudes de índole psicosocial para la propia persona: ¿Cómo atreverse a realizar actividades en el tiempo libre si la representación social imperante sobre la vejez la cataloga como una combinación de carencias e imposibilidades? Refutando estos planteos, Pellissier sostiene que:

No todos los viejos son enfermos, pero, como uno se enferma cada vez más tarde, suele asociarse vejez con enfermedad (…) Actualmente, la mayoría de los fallecimientos se produce en la tercera edad, lo que agrava la confusión entre vejez y muerte. La tendencia a ocultar la muerte, que se observa en nuestra cultura, conduce también entonces a ocultar a estas personas muy viejas que nos recuerdan demasiado (Pellissier 2013: 23).

Tenemos aquí una primera caracterización de lo que se entiende normalmente como vejez: un sinónimo de decrepitud. La vejez, y por consiguiente las personas que transitan este periplo, suelen ser consideradas poseedoras de atributos físicos y mentales desfavorables para su propio desarrollo (Vera Miyar y Hernández García, 2014).

La discriminación a las personas mayores ha adquirido tal continuidad que logró ser conceptualizada por las ciencias sociales. “Viejismo” o “edadismo” (ageism en inglés, su expresión original) ha sido el nombre otorgado a la discriminación por edad que focaliza en los adultos y las adultas mayores. [13]

El viejismo se trata de un conjunto de prenociones estigmatizadoras que recaen sobre la vejez y el sujeto envejecido. El mismo consiste en una generalización de rasgos excepcionales en algunas personas mayores y su extrapolación a toda la cohorte etaria. Asimismo, el prejuicio y el estereotipo resultante ignorarán, a partir de la generalización en gran medida infundada, la heterogeneidad de la categoría viejo. Estos estereotipos suelen ser utilizados con frecuencia para sobrevalorar a la juventud en detrimento del envejecer. De esta manera, la vejez queda presentada como una etapa de la vida plagada de limitaciones e imposibilidades físicas, motrices, intelectuales y sociales (como el quedarse aislados y en soledad). Por tal motivo, es muy infrecuente que una persona desee ser relacionada a esa etapa de la vida (Salvarezza y Oddone, 2001)

Profundizando este tema, Levy y Banaji (2004) han dado cuenta del llamado “viejismo implícito”. Para las autoras, las construcciones peyorativas que existen en torno a la vejez impactan en las subjetividades en un doble sentido: no sólo tiene efecto sobre aquellos que segregan y discriminan a los viejos y viejas, sino también en los mismos adultos. Las personas mayores ven el envejecimiento como una etapa no deseable de su devenir. A su vez, Levy y Banaji destacan que a diferencia de otros colectivos estigmatizados, con los mayores ocurre que no existe un grupo que se declare “antiviejos” haciendo más difícil rastrear los contenidos despectivos. La ausencia de un grupo que ataque a la vejez no soluciona, ni vuelve más leve el problema. Por el contrario, el problema se diluye entre la multitud pareciendo no tener dueño, ni portavoz, cuando en realidad es una problemática que atañe a la sociedad toda. Las autoras definen a este problema “viejismo implícito”.

La visión ofensiva y estereotipada de la vejez es a tal punto tácita que se encuentra naturalizada y cristalizada, por lo que rara vez podemos darnos cuenta: nos encontramos ante discriminaciones positivas y negativas de la vejez a las cuales rara vez cuestionaremos. Por otro lado, la influencia del “viejismo implícito” sobre los propios adultos mayores se extiende más allá de rechazo y la negativa a envejecer. Estas psicólogas han estudiado que los viejos y viejas que reciben motivaciones positivas sobre la vejez tienen un desarrollo individual favorable en comparación con aquellos que reciben un influjo de valoraciones negativas sobre la adultez (Levy y Banaji, 2002).[14]

Ampliando este concepto y situando históricamente el problema, Leicher (1980) argumenta que una de las transformaciones que afrontaron las sociedades en el paso hacia el envejecimiento de su población ha sido la exaltación de la juventud, la cual a su vez fue consecuencia de la discriminación y estigmatización a todo aquel que no lo sea. Según sostiene la autora, fue a partir de cambios tecnológicos y económicos, como así también de una profunda división del trabajo, que la fuerza y el dinamismo se consolidaron como un valor, el cual se atribuyó exclusivamente a la juventud. Sin embargo, la experiencia demuestra que, por ejemplo, no sólo las personas mayores pueden seguir realizando actividades ya conocidas, sino que pueden incorporar nuevos saberes.

Como se puede ver, el envejecimiento no sólo se trata de un fenómeno de índole macrosocial cuyas representaciones sociales del envejecer repercuten en el plano individual, sino que también se trata de categorías relativas que pueden moldearse y (re)negociarse en los propios grupos.

La vejez no sólo es un mero dato estadístico, ni cronológico. En este sentido, el trabajo de Oddone (1996) señala de qué manera también interviene el entorno y las condiciones de vida relativas de esa persona. La autora demuestra como en contextos específicos –su análisis combina la vejez y la pobreza– algunos sujetos son definidos como viejos a pesar de no alcanzar la edad cronológica correspondiente al concepto preestablecido. Empero, termina siendo la comunidad quien los visualiza como tales, cumpliendo los roles prescriptos para dicho grupo social: retiro y jubilación, abuelidad, entre otras.

Otro mito que pesa sobre la vejez, y en base al cual se construye una imagen no del todo fidedigna, es el del aislamiento y la soledad en la que se encontrarían todos los adultos mayores. Como ha señalado la teoría sociológica clásica, en momentos de crisis, las personas tienden a replegarse sobre sus grupos más inmediatos (Durkheim, 2003). Si bien desde el sentido común la definición de crisis suele ir asociada, en su dimensión social, a las transformaciones o rupturas en los modelos sociales, políticos y económicos, en la esfera individual se la vincula a conflictos identitarios, producto, principalmente, de los cambios experimentados con el paso del tiempo personal (proceso de envejecimiento) y colectivo (el tiempo social), y sus implicancias y repercusiones en el sujeto. Sin ignorar esta faceta, la crisis debe ser comprendida más allá de su connotación conflictiva. Su raíz griega, al tiempo que denota separación y quiebre, también incluye –fruto o consecuencia de esta ruptura– análisis y posibilidad. Así, la crisis nos invita a la reflexión. Un razonamiento que tiene como objetivo la superación de la situación caótica. Es en este punto en que dos de los conceptos que acompañarán esta investigación, la identidad narrativa y las representaciones sociales, convergen.

En el curso vital, puntualmente en la etapa que atañe a la adultez mayor, se vivencian diversas crisis de la edad que invitan a esa “reflexión constructiva” con el objetivo de superarla. La crisis entonces como momento de reflexión conduce a los sujetos a replantearse sobre la propia vejez, sobre uno mismo a través del tiempo, sobre el cuerpo, sobre logros o metas alcanzadas, proyectos presentes o futuros, entre otras cosas. Los lleva a re-crearse, a re-significarse en esa etapa de sus vidas.

Si bien no era del todo cierto que las personas mayores tienden a quedarse solas cuando llegan a la vejez, no es del todo desdeñable la idea de que una de las características más comunes de la adultez mayor es la reducción cuantitativa de las redes sociales.

El alejamiento o fallecimiento de los seres queridos son las razones principales por las que las redes de apoyo merman. Pérdida de parejas, padres o hermanos, suelen ser contrarrestados por los viejos y viejas a través de sus descendientes como ser hijos o nietos. Sin embargo, con el paso del tiempo, estos grupos primarios también pueden reducirse dando lugar a situaciones de soledad.

Empero, la capacidad de elaborar nuevas relaciones sociales no se desvanece. Contrariamente, las personas intentan (y tienden a) formar nuevos grupos que se constituyen como elementos fundamentales del bienestar en la vejez. De esta forma, contrariando a doctrinas como la teoría del desapego o la desvinculación (disengagement theory) de Cummings y Henry –que postula que con el paso del tiempo, y a medida que las personas envejecen, se va perdiendo interés por las cosas de su entorno (personas, actividades y objetos, entre otros), cerrándose sobre sí mismos y apartándose del ambiente (López Gómez, 2006: 24)–, encontramos un fenómeno totalmente opuesto. Los viejos y las viejas no sólo no se desvinculan, ni aíslan, sino que elaboran nuevos grupos secundarios, grupos de amigos y nuevas parejas. Las personas tejen nuevas redes sociales que les sirven de soporte y contención.

Efectivamente, la vejez no es una limitación en sí misma o al menos no sería el obstáculo más grave. La vejez es limitada por las pautas sociales y culturales que ciñen lo que “debe ser y hacer” un viejo o una vieja. Ser una persona mayor no es más que una característica del sujeto y la vejez es simplemente una etapa de su vida. La discriminación posterior sobre las edades, sea negativa o positiva, es el elemento determinante.

La edad tampoco es una discapacidad. Sin embargo, algunas actividades y tareas deben ser adecuadas y adaptadas a las particularidades del grupo. De esta forma se obtienen las consecuencias positivas que se producen cuando, por ejemplo, la persona mayor logra acceder a una instancia de aprendizaje (Rada Schultze, 2013a). No sólo adquieren un nuevo saber sino que revalorizan su propia vejez en un marco social que estigmatiza la edad.

Con lo dicho se sostiene entonces que la vejez no es una categoría homogénea. No todos los viejos son incapaces, como así tampoco capaces. La vejez es una categoría diferencial, lo cual nos obliga a hablar de vejeces en plural y no de un único modo de envejecer. Por el contrario, el envejecimiento, siguiendo la propuesta del Paradigma del Curso de la Vida, se encuentra atado a nuestro devenir y a nuestra diversidad, y será en la vejez, como en ninguna otra etapa de la vida, donde se manifestará la diferencia.

En síntesis, siguiendo la teoría del Paradigma del Curso de la Vida que postula que los múltiples eventos a los cuales estamos expuestos a lo largo de nuestra vida condicionarán un tipo de trayectoria diferencial (Oddone y Aguirre, 2005; Urbano, 2011) lo cual nos motiva a hablar de tipo de “vejeces” y “envejecimientos” y no de un único modelo, debemos interrogarnos sobre las particularidades que ofrece ser gay, lesbiana o travesti en la Argentina a fin de comprender las características del envejecimiento y la vejez de estos grupos.

Si bien se pudo observar que el envejecer de las sociedades es un fenómeno que no debemos pasar por alto, ya que las poblaciones envejecen a paso acelerado modificando la dinámica estructural de las comunidades (OIT, 2002; Oddone, 2010; Oddone y Aguirre, 2004; Rivadeneira, 2000), aún resta indagar en las formas que adquiere el viejismo-edadismo en el seno del colectivo compuesto por gays, lesbianas y travestis, sobre todo a partir del carácter relacional que adquiere la noción de vejez. Existen algunos tópicos que a priori pueden ayudarnos a plantear supuestos sobre estas cuestiones.

Tanto en nuestra sociedad como en la cultura, el envejecer genera modificaciones observables. Por un lado contamos con la visión del sujeto respecto a su propia vejez. El discurso y la representación de un sujeto viejo sobre sí mismo. Esta propia representación que la persona hace sobre su envejecer es factible de variar según contextos o situaciones, permitiendo que el actor en algunos espacios o momentos se sintiera viejo y en otros no (Ricoeur, 2006: 630; Giddens, 1998: 74-75). Asimismo, retomando la idea de la vejez como relacional, contamos con la visión de la otredad; la representación de otro que ve al sujeto envejecido y la posibilidad de modificaciones en el vínculo entre ambos a raíz del juicio de valor sobre el actor viejo.

Para lograr entender en qué consiste la imagen de la vejez, los valores asociados a ésta que se tiene en seno de la comunidad LGTB y el lugar que se atribuye a los mayores, la noción de rol se vuelve de gran importancia.

Para Giddens el concepto rol versa sobre aquellas expectativas sociales que un individuo o grupo humano posee al ocupar determinada posición o status social (2000: 120). Los roles, agrega el autor, suelen ser transitorios y tienen una función determinada para una situación dada y cada persona o conjunto en particular, por lo que cada actor tiene la posibilidad de desempeñar diversos roles en variados momentos. Asimismo, el rol se trata de una categoría relacional, debido a que se desempeña un rol en función de y con otro, lo cual permitirá observar las múltiples tramas de relaciones sociales que los actores tejen: intergeneracionales al interior del colectivo, con pares, con sus familias, entre otras. De este modo, ya que toda interacción social se localiza espacial y temporalmente –con lo cual nuestra vida cotidiana se “zonifica” (Giddens, 2000: 123-124)–, no puede considerarse a las personas de manera aislada, sino observando el lugar que este grupo ocupa en el espacio social.

Siguiendo la lógica del planteo de Giddens (2000), puede observarse que el hecho de que la comunidad LGTB haya ocupado a lo largo de la historia una “zona” marginada socialmente, más la particular segregación de la que son objeto las poblaciones viejas en general, haría prever una posición social desfavorable para los viejos y las viejas que aquí se estudian. A su vez, si se comparte el planteo de Oddone y Aguirre (2005), quienes sostienen que ser varón o mujer, al igual que la pertenencia a determinado grupo, etnia o estrato socioeconómico, implican ventajas o desventajas acumulativas durante todo el curso de la vida que repercuten en la forma de envejecer, podremos suponer que ser gay, lesbiana, travesti o transexual, tendrá también su rasgo particular en el proceso de envejecimiento. De esta forma, la diversidad sexual como condicionante de un modo de envejecer será otra tesis que se sostendrá a lo largo de este escrito.

En ese sentido, por tratarse de una minoría estigmatizada y marginada, y muchas veces hasta perseguida, el colectivo LGBT vio gran parte de sus derechos vulnerados, repercutiendo sobre todo en las personas de mayor edad y de menores recursos. En varias oportunidades, los resultados de este impacto se observan en el deterioro de la calidad de vida, en su esperanza de vida o en diferentes riesgos sociales de los que son objeto. Estos riesgos a su vez se manifiestan y distribuyen de diverso modo según el ciclo vital de la persona, el cual varía según género u origen socioeconómico, entre otros.

Por ejemplo, a diferencia de los otros integrantes del colectivo LGBT, las personas travestis y transexuales tienen una esperanza de vida menor, lo cual se refleja en su vejez, en el caso de alcanzarla. Actualmente contamos con trabajos estadísticos muchas veces realizados por las propias organizaciones LGBT que dan cuenta de que las personas travestis suelen vivir entre 35 y 45 años debido a las condiciones de marginalidad a las que están expuestas, entre las que podemos enumerar económicas, sociales, laborales y légales (Berkins y Fernández, 2005; Fernández, 2004). La imprecisión en cuanto a la franja etaria respecto a la esperanza de vida pone de manifiesto la ausencia de un estudio exhaustivo en este campo.

Distinta es la realidad de las lesbianas y gays. Ellas y ellos, por ser objeto de una menor estigmatización que las personas travestis, corren con otra “suerte” en su vejez, sufriendo, de todos modos, los embates de una doble discriminación: por un lado por su orientación sexual (homofobia), y por el otro, debido a su edad (viejismo). Parte de este grupo, al ser socializados en otro contexto sociocultural –épocas en las que como se vio a la comunidad LGBT se la tildaba de perversos, enfermos y degenerados debido a su preferencia sexual–, debieron realizar una “doble vida” dejando en la oscuridad su orientación sexual, quedándose en gran medida aislados y en soledad para así repeler o evitar de algún modo toda vejación posible. Por tal motivo se convirtieron en un subconjunto de la población invisibilizado y altamente vulnerable (Rada Schultze, 2010b; 2011c, 2011d), cuestiones que se podrán ver cuando se analicen los casos seleccionados.

Si bien en otras oportunidades intenté dar cuenta del porqué de la ausencia de personas mayores LGBT, sobre todo en el mundo del activismo, como así también de las representaciones que gays, lesbianas y transexuales jóvenes tienen sobre los propios viejos y viejas de su comunidad en la actualidad (Rada Schultze, 2009; 2010a; 2010b), partiendo entonces de estos cursos de la vida es que estudiaré el lugar asignado a los viejos y viejas gays, lesbianas y travestis en un marco temporal más amplio, para así dar cuenta de la reproducción o no del componente discriminatorio por edad (el viejismo), como así también de sus propias trayectorias y biografías para así conocer el periplo que atravesaron en la construcción de su envejecer desde su juventud y mediana edad hasta la actualidad, indagando también en las características que su vejez hoy adquiere.

Recuperar el discurso y la memoria de las personas mayores es de vital importancia para conocer las particularidades de ser gay, lesbiana o travesti en otras épocas, como por ejemplo las diversas coyunturas políticas analizadas líneas arriba, pero también para entender cómo las diversas peripecias que debieron sortear construyeron un camino particular y por ende un tipo de vejez.

Efectivamente, las enseñanzas y la transmisión de experiencias solemos incorporarlas a través de los sujetos que, por su edad, pueden haber conocido y atravesado mayores vivencias: los viejos y las viejas. Es por eso que busco analizar el proceso de envejecimiento y la vejez a luz de los cambios en la historia reciente. Este fenómeno, aunque de índole macrosocial, repercute de modo diferencial según el grupo de pertenencia del sujeto y su curso de la vida (Oddone y Aguirre, 2005); a saber, la vejez (como etapa de la vida) y el envejecimiento (tanto como proceso social-poblacional, como individual).

III. Análisis de la vejez y la diversidad sexual en la Argentina reciente

Hecha la recapitulación sobre algunos de los fenómenos ocurridos en las últimas décadas, entre los cuales se incluye la “transición avanzada” y el creciente envejecimiento –entre tantos otros– que caracteriza a las estructuras poblacionales de los países sudamericanos (Rivadeneira, 2000), es hora de adentrarnos en el modo en que el género y la sexualidad impactan en el modo de envejecer.

Como he querido sostener en estas líneas, mediante las tesis que vertebran mi trabajo, el género y la sexualidad son aspectos valiosos en los modos en los que se construye diferencialmente la vejez en el curso de la vida. El ser parte de una minoría sexual históricamente estigmatizada tiene su correlato en los modos de envejecer y por ende en el tipo, calidad y esperanza de vida de las personas.

A pesar de que en la última década se ha avanzado mucho en política de derechos hacia las minorías sexuales de nuestro país con ejemplos tales como el Matrimonio Igualitario (2010) o la Ley de Identidad de Género (2012), lo cual podrá reflejarse a futuro en una mejora de las condiciones de vida de las nuevas generaciones,[15] lo cierto es que lo reciente de estos cambios nos invita a indagar sobre las trayectorias de vida de aquellas personas socializadas bajo otros contextos y los modos en que encaran/encararon su envejecimiento (Saraceno, 1989). Más aún puede resultar interesante e importante conocer el caso del colectivo travesti-transexual que constituye una minoría minimizada dentro de otra minoría (Barrett y Pollack, 2005; Fernández, 2004; Muñoz, 1996).

Si bien existen trabajos que han dado cuenta de la situación del colectivo travesti-transexual de nuestro país (Berkins, 2010; 2013; Berkins y Fernández, 2005; Duarte, 2009), y sus procesos de envejecimiento, tanto en la región (Hernández Pita, 2014; Louro, 2004; Nery, 2011; Páez Vacas, 2010; Parada, 2002; Serrano Amaya, 2006) como en el resto del mundo (Arber y Ginn, 1996; Becerra-Fernández, 2003; Enguix, 2009; Gamson y Moon, 2004; Hobson, 1984; Kaplan, 1990), muchos de ellos, sobre todo en lo que al ámbito local refiere, consisten en estudios acotados y desactualizados[16] a la hora de brindar datos sobre la esperanza y calidad de vida de la población travesti-transexual en el marco actual de promoción de derechos.[17]

En ese sentido, las tesis de especialización y de maestría (Rada Schultze, 2011a; 2014a), revelaron que, a pesar de que la movilización política de las minorías sexuales es de larga data, la aprobación de leyes que los beneficien es relativamente actual por lo que hasta ahora no se pudo analizar en profundidad su impacto (Rada Schultze, 2015b). Asimismo, han sido, durante largos años, las propias ONG´s de la diversidad sexual las que se han encargado de proteger a su colectivo ante la ausencia de políticas, como por ejemplo intentando generar cooperativas de trabajo para alejar a las travestis de la prostitución (Rada Schultze y Crisci, 2014; Zurbriggen et al, 2012), sobre todo a las más jóvenes, quienes suelen ser las que menor perspectiva a largo plazo tienen. Las pocas posibilidades laborales y educativas, entre otras, que tienen las travestis tienden a ser determinantes no sólo en la auto-valoración de su envejecer y de su margen de acción, sino en el propio curso de vida, condicionando así una mala calidad y esperanza de vida. Esto nos obliga a hablar de la vejez de las travestis en términos relativos (Rada Schultze, 2013c).

Si bien la edad es un constructo social (Alpízar y Bernal, 2003; Neugarten, 1996), para este grupo particular adquiere mayor significancia, ya que una “vieja travesti”, en promedio, estaría cercana a la mitad de la media nacional. Asimismo se presenta como una vejez relativa en relación a otros miembros del colectivo. Así, mientras que para el común de la población es una persona joven, dentro del grupo –debido a las características señaladas– al momento de interactuar con otras personas más jóvenes, pasa a ser una adulta mayor a pesar de no poseer un cuerpo viejo (Le Breton, 2011; Serres, 2011; Oddone, 1996), ni de tener la edad correspondiente. Ni siquiera por estar reflejando los estereotipos biológicos o intelectuales asociados a una anciana; a saber, la decrepitud y la senilidad.

De esa forma, a pesar de que asistamos a un periodo de envejecimiento poblacional con tendencias que vaticinan esperanzas de vida de 120 años en las próximas tres décadas debido a mejoras en la salud, educación y trabajo (Ludi, 2012; Magnus, 2011; Moragas Moragas, 1991), encontramos grupos que debido a la histórica falta de políticas estatales no estuvieron ni siquiera próximos a ese ideal (Ludi, 2005).

Respecto a los modos de envejecer de las lesbianas y de los gays, la literatura sociológica en castellano no se caracterizó por tener abundantes trabajos en la materia. No obstante, los trabajos que existen son de gran utilidad para problematizar estas cuestiones.

Uno de estos trabajos que combina por igual envejecimiento y diversidad sexual es el Albarracín (2008). En su artículo la autora se propone recuperar las voces de las lesbianas mayores de España. A partir del relato de sus entrevistadas, Albarracín recupera las memorias silenciadas de las lesbianas de antaño y con estas las peripecias vivenciadas por las mujeres mayores bajo contextos opresivos como el del franquismo, como así también las estrategias con las que lograron sobrevivir para llegar a ser viejas. También contrapone a los tiempos actuales los modos de ser y estar en el mundo que ellas tuvieron en otra época: sus modos de vestir, sus modos de nombrar(se), los códigos de sociabilidad, entre otros.

Por otro lado, aunque no versa específicamente sobre la vejez, es interesante el trabajo de Schwarz (2008) para comprender algunos de los influjos sociales que pesan sobre las lesbianas en su construcción individual en el curso de la vida. La autora problematiza sobre cómo el género, en tanto ordenamiento simbólico, determina un fenómeno de nivel subjetivo y colectivo; en su caso de análisis la maternidad: las mujeres lesbianas y su perspectiva ante el “deber ser” madre, como así también su impacto en las subjetividades. La autora señala que:

El proceso de construcción social de la maternidad supone la generación de una serie de mandatos relativos al ejercicio de la misma, encarnados en los sujetos y en las instituciones, reproducidos en los discursos, las imágenes y las representaciones, que producen un complejo imaginario maternal basado en una idea esencialista respecto a la práctica de la maternidad. La esencia atribuida a la misma refiere al instinto materno, al amor materno, al saber hacer maternal, a la paciencia, a la tolerancia, a la capacidad de consuelo, a la capacidad de sanar, de cuidar, de atender, de escuchar, de proteger, de sacrificarse (Schwarz, 2008: 193-194)

Profundizando esta cuestión, destaca que “la visión de las lesbianas como sujetos no reproductivos está enraizada en la sociedad, no siendo consideradas mujeres apropiadas para ejercer la maternidad” (Schwarz, 2008: 194). Esta concepción, destaca la autora, se encuentra marcada por los estereotipos que pesan sobre la homosexualidad y que suponen que la orientación sexual de las madres influye en la elección sexual de sus descendientes mediante la confusión (sus hijos/as tendrían una identidad sexual poco clara) o la discriminación (el/la niño/a sería acosado o estigmatizado en la escuela o sus relaciones). En ese sentido, señala: “Ser madre conforma las expectativas sociales respecto del género, ser lesbiana rompe con la normativa de la ética maternal” (Schwarz, 2008: 195). Será importante ver entonces cómo impactó el “deber ser” maternal en la construcción de las subjetividades lesbianas en el curso de sus vidas.

En lo que al envejecimiento gay-homosexual refiere, quizás uno de los primeros trabajos donde el tema fuera tocado para el caso de nuestra región, fue el de Perlongher con La prostitución masculina (1993). Aunque orientado por otros objetivos, puntualmente el trabajo sexual en el Brasil, la pluma eclética del autor le permitió captar algunas nociones importantes sobre la vejez, la homosexualidad y evidenciar algunas de las problemáticas del fenómeno. De sus entrevistas el autor destaca:

De lo que el movimiento gay no nos liberó en lo más mínimo, fue del prejuicio de edad, una de las cosas más fuertes que justifican y sostienen al miché (…) Estamos en el medio de la cultura de la juventud; importa la masculinidad, pero también importa la edad (Perlongher, 1993: 71)

Así, a principios de los años 1990, el autor evidenciaba como el mundo de la cultura homosexual, en su paso a la era gay comenzaba a estratificarse por edad y dinero. En ese sentido, Perlogher agregaba un apartado al tema de edad y señalaba descriptivamente roles y entramados de relaciones sociales y sexuales mediadas por el dinero:

Edad: Maricón y tía designan al homosexual de más de 35 años, entre quienes el grueso de los clientes se recluta. Son usados, casi indistintamente, con un leve matiz diferencial: si tía remite en general a loca vieja, maricón suma a su leve connotación de ‘tapado’ una mayor carga estigmatizante. Que una mariquita (de 20 a 25 años) pague a un prostituto es excepcional (Perlongher, 1993: 93)

Aunque el trabajo de Perlongher (1993) no se aplique en su totalidad a la temática abordada en esta tesis, es importante tener presente su trabajo como antecedente por ser uno de los primeros que evidenciara las diferenciaciones internas en la comunidad homosexual-gay en base a la edad y el dinero; dos elementos importantes en la construcción de un modo de envejecer diferencial desde la óptica del Paradigma del Curso de la Vida. Pero no sólo su cualidad de pionero lo posiciona como un referente en la materia. Otro dato de suma importancia es que el autor logra hacer entrevistas en un momento significativo de los propios entrevistados y es en sus pasajes de la juventud a la mediana edad; a saber, otro de los puntos de inflexión en el curso de la vida.

Adentrados los años, existen otros autores que han dado cuenta de la sociabilidad gay-homosexual en las últimas décadas de nuestro país, como así también del paso de la juventud a la mediana edad y a la vejez y de algunas problemáticas que atañen a los homosexuales mayores

En orden en el que abordan la problemática se puede citar la obra de Rapisardi y Modarelli (2001), quienes lograron recuperar las memorias de aquellos homosexuales que eran jóvenes durante “los años de plomo” de nuestro país. Allí los autores indagan tanto sobre las sociabilidades subterráneas que los homosexuales de antaño debían realizar para eludir el ojo vigilante y represivo de la dictadura militar, como los primeros intentos de organización política, como los casos del Grupo Nuestro Mundo (de 1967) y el Frente del Liberación Homosexual (en 1971). En ese sentido, el libro de Rapisardi y Modarelli es de suma importancia para conocer la situación de los homosexuales bajo un régimen dictatorial y develar las estrategias de supervivencia que esbozaban para así poder desarrollar su vida social y sexual, como por ejemplo las relaciones sexuales esporádicas en baños públicos o fiestas privadas en alguna casa del Tigre.

En esta misma línea, y puntualizando en las fiestas de los varones en las islas del Delta del Paraná, Insausti (2011) indaga en los modos en que construían sus subjetividades y corporalidades en los años 1970 y 1980. En ese sentido, el autor arriesga una interesante hipótesis y es que más allá de la represión que los empujó en una primera oleada a “migrar” hacia las islas del Tigre, una segunda corriente de principio y mediados de los años 1980 se debió al poco margen de sociabilidad que comenzaban a tener las personas mayores en el marco de, como vimos, una sociedad que empezaba a ponderar con una mejor consideración al mercado joven:

Más que por causa de la represión, las locas llegaron al delta en los ochenta huyendo de un mundo que se derrumbaba, siendo reemplazado velozmente por uno nuevo que no les reservaba ningún lugar de pertenencia.
Frente a esto, las locas buscaron refugio en el delta, uno de los únicos espacios que podía resistir gracias a su aislamiento, los embates de la modernización (2011: 41).

Otro de los autores que se han enfocado en las sociabilidades homosexuales-gay ha sido Sívori (2004). Centrado ya en los años 1990 de la ciudad de Rosario, el autor propone una etnografía que revela cómo era los modos de ser y estar de los varones gays en “La Cuna de la Bandera” en los primeros años de la democracia, donde, señala, aún sobrevolaba un trasfondo de condena moral y actos concretos de persecución hacia la diversidad sexual. En simultáneo, Sívori analiza, además de las actividades realizadas, los modos de nominarlas, las categorías con las que se nombraban y nombran a otros y cómo ellas se fueron modificando.

También Iacub (2007) ha sido otro de los autores que trabajó la temática del envejecimiento gay. Aunque su enfoque sea psicológico, su trabajo presenta interesantes puntos de análisis. Uno de ellos es el hecho de que pone en debate la sexualidad y el erotismo en las personas mayores, algo que, viejismo mediante, suele vedárseles a los viejos y a las viejas. La vida sexual, el erotismo y las relaciones sexuales, suelen ser potestad –al menos en el imaginario social– de las generaciones jóvenes; prenociones que el autor echa por tierra. Por otro lado, el autor hace una breve descripción de las categorías alternativas a lo bello en la comunidad gay: los osos y los daddys; instancias donde la vejez es en cierta forma valorada.

Desde la sociología, Meccia (2011) también ha estudiado el fenómeno del envejecer gay. Si bien su trabajo se enfoca mayoritariamente en el pasaje a la adultez de varones de mediana edad, brinda aportes de gran utilidad para esta tesis. Una de las propuestas que Meccia realiza es la de una interesante periodización. El autor divide en tres momentos: el homosexual, el pre gay y el gay.

El período homosexual para Meccia (2011) abarca desde finales de la década de 1960 hasta mediados de los años 1980. Esos casi veinte años, como vimos, se encontraron signados coyunturas represivas de nuestro país, caracterizándose la vida homosexual por desarrollarse bajo las sombras, en el silencio y en la clandestinidad. En ese sentido autor define al colectivo homosexual con una “colectividad” ya que encuentra un conjunto de personas que tienen un sentido de membresía y solidaridad, al tiempo que comparten valores y situaciones comunes y la no voluntariedad de verse incluido en ella.

El período pre-gay, segundo de esta tríada, es ubicado por el autor entre mediados de los años 1980 y mediados de la década de 1990. Una diferenciación importante que marca Meccia es la política de la visibilización y la irrupción del VIH-SIDA.[18] El autor además observa el pasaje de una colectividad sufriente a una discriminada que, ante la imperiosa necesidad de hacerse oír, logró visibilizarse con sus demandas:

No estamos pensando en grupos conformados por alguna clase de afinidad particular; más bien –en sentido inverso– se podría pensar que lo característico de esta circunstancia fue una particular representación de la colectividad, transustanciada en grupo más allá de cualquier afinidad, más allá de cualquier diferencia, lo que significaba la continuidad de aquel ecumenismo homosexual, solo con la diferencia de que en este instante podía producirse con grados de visibilidad inéditos (Meccia, 2011: 118).

El tercer momento, el gay, se sitúa entre mediados de los años 1990 y el comienzo del nuevo milenio. Para el autor, el actual período se distingue por un intento de des-diferenciación. A pesar de que esto arrastre cierto quiebre o ruptura con la idea de colectividad hallada en los anteriores intervalos temporales, el autor advierte que al mismo tiempo “Parecería que el relajamiento de los marco-etiquetamientos sexuales ha posibilitado –paradójicamente– una copiosa lluvia de clasificaciones de menor envergadura, como si el blanco de la lucha hubiera sido alcanzado pero, una vez que esto sucedió, las clasificaciones en vez de desaparecer, se hubieran multiplicado caleidoscópicamente” (Meccia, 2011: 129).

Sobre estos cambios temporales y sociales al seno del colectivo gay, Meccia (2011) realiza una clasificación sobre el sentir de los actores que transitan estos pasajes, cómo reconfiguran su subjetividad acorde a los tiempos que ahora les toca vivir y cuáles es su grado de acuerdo o adaptación a estas nuevas coyunturas. En ese sentido, el autor distingue siete categorías: a) la de la incorporación –aquel que pudo gestionar de manera satisfactoria su ubicación en el mundo gay–, b) la de la sensatez –quien valora el tiempo de la “gaycidad” pero, a diferencia del “incorporado”, sólo ha absorbido algunos de los elementos de este nuevo período–, c) la del extrañamiento –para identificar a aquellos que se sienten “extranjeros”. Valora la “gaycidad” y quisiera interactuar, pero desconoce los códigos pertinentes–, d) la del neutralismo –entiende este paso del tiempo entonces toma lo que queda del mundo homosexual, como lo nuevo de la “gaycidad”. Se abstiene de valorar–, e) la de la desafiliación –aquellos que no se reconocen ni participan del mundo homosexual ni gay. Abomina las categorías y valora sin cesar– f) la del repliegue –se retira con resignación de la vida pública, pero valora positivamente la “gaycidad”. Lamenta la pérdida de su mundo– y, g) la de la contestación –rechaza la “gaycidad” y la uniformidad que le propone. Se siente barrido de escena–.

Por otra parte, en el mismo libro Meccia dedica un capítulo a un trabajo publicado años atrás: “La carrera moral de Tommy” (Meccia, 2008). En ese artículo el autor analiza la trayectoria de vida de un varón mayor cercano a su vejez. Allí se puede observar de qué modo su socialización lo condujo a realizar un específico curso de vida que termina exponiéndolo a la violencia de los llamados “crímenes de odio” (Rada Schultze, 2009b). De ese modo, el uso del término “carrera moral” es de gran utilidad para pensar las historias de vida de los viejos y las viejas LGBT.

Asimismo, esta noción se encuentra emparentada con otros dos importantes conceptos de la sociología norteamericana: “la profecía autoconfirmatoria” (Becker, 2009) y la “desviación” (Goffman, 2010).

Con la noción de “profecía autoconfirmatoria” Becker (2009) pretende dar cuenta de los mecanismos que conducen al sujeto a realizar la “carrera de desviado”, la cual consiste en cumplir con el rol que la sociedad –estigmatización mediante–le atribuye a determinado grupo de personas. El individuo que ha sido marcado lleva adelante el estigma que la sociedad diseñó para él. El actor entonces termina acercándose a esa huella que pesa sobre su vida, intentando “parecerse” al modelo de desviación que la sociedad le preestableció. Así, el estigma opera sobre la propia visibilidad del sujeto: nadie desea ser señalado como diferente (Goffman, 2010). En el caso de mi objeto de estudio, la “carrera de desviado”, al igual que la “profecía autoconfirmatoria”, se han forjado en torno a la histórica igualación entre homosexualidad y enfermedad, homosexualidad y delito, y homosexualidad y pecado.

En ese sentido, otro autor que desde los Estados Unidos ha trabajado el tema de la desviación y la anomia fue Merton. Si bien el autor no se ha especializado en analizar la diversidad sexual, su propuesta teórica es de gran utilidad para darle otro enfoque a estos conceptos.

En su trabajo Teoría y Estructuras Sociales (1968), Merton propone un giro interesante a lo comúnmente entendido como desviado. Para él, quien se desvía no desconoce las reglas, sino que por el contrario las tiene bien aprendidas y aprehendidas. Entiende cuáles son las expectativas morales –el deber ser social, el fin, las metas–, pero no tiene a su alcance los medios lícitos para lograrlo. Así, un desviado para el autor no es un inadaptado a las reglas, sino un sobreadaptado, ya que conoce por demás la sociedad y esboza medios alternativos para su supervivencia.

Salvando las diferencias, ya que no es mi intención problematizar la sociabilidad homosexual de antaño bajo la óptica de la desviación, considero interesante incorporar parcialmente la idea de Merton (1968) de la sobreadaptación a las reglas por parte de los antiguos homosexuales, sobre todo a la hora de pensar sus actividades subterráneas y clandestinas en épocas de dictaduras militares. Así, a mi entender, el hecho de que los viejos homosexuales pudieran tener un (limitado) abanico de posibilidades –como por ejemplo las “teteras”, lugares públicos como baños de estaciones de trenes con el fin de mantener relaciones sexuales esporádicas– que escapara parcialmente al asedio militar (Rapisardi y Modarelli, 2001), los convertía momentáneamente en “sobreadaptados”, ya que ellos sabían a dónde ir, cuándo y de qué manera a fin de no correr riesgos (o al menos los menos posibles).[19]

Sin embargo, no sólo los sucesos ocurridos décadas atrás han impactado en la construcción subjetiva de los y las mayores. Adentrándonos en los años, como se enumeró, existe una serie de medidas políticas acontecidas en los últimos tiempos que encuentran como beneficiarios a las llamadas minorías sexuales. Entre ellas se ubican la Ley de Unión Civil (2002), el Matrimonio Igualitario (2010), que posibilitaron a las parejas reconfigurar positivamente su relación amorosa, y la Ley de Identidad de Género (2012) que permitió adecuar la identidad del documento a su autopercepción.

Si bien no puede desconocerse que el machismo y la homofobia aún persisten en la Argentina –lo cual por ejemplo se visualiza en la equiparación de la homosexualidad a la debilidad y el ser “menos hombre”, como así también en la creciente y preocupante tasa de femicidios[20]–, por otra parte no es menos cierto que paulatinamente la sociedad parece ir tomando conciencia de problemáticas como la violencia de género y la trata de personas (por ejemplo con la Ley 26.485 de 2009 que busca prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales, al igual que marchas organizadas en múltiples ciudades del país bajo el lema #NiUnaMenos que busca poner de manifiesto y erradicar la violencia sobre las mujeres).

Asimismo, también es necesario destacar un significativo crecimiento en materia de derechos para la mujer en los últimos años. A pesar de que sigue siendo una deuda pendiente la despenalización del aborto, ha crecido la promoción de leyes para las mujeres reconociendo su rol en el hogar (otorgamiento de jubilaciones para amas de casa –mujeres sin aportes ni trabajo formal–, logrando así casi un 100% de cobertura del sistema previsional) y en la familia (como por ejemplo las asignaciones de dinero por hijo para cada familia al margen de la económica formal, o la Ley 26.862 que brinda acceso integral a los procedimientos y técnicas médico-asistenciales de reproducción médicamente asistida, entre otras).

No obstante, aún resta mucho por camino por recorrer en materia de derechos genérico-sexuales. A su vez, la invención de una política no dice nada por sí misma. Será el modo en el que se aplique y ejecute la política el que podrá cambiar las cosas. Como se ha querido señalar en otra ocasión, algunas políticas terminan siendo insuficientes si no se contempla la diversidad (sexual, económica y cultural, entre tantas otras), ni se le consulta a las personas idóneas en la materia (Rada y Crisci, 2014). Por tal motivo es que considero relevante recuperar las voces olvidadas de aquellos mayores que supieron (sobre)vivir en disimiles tiempos y, a partir de sus experiencias y vivencias, trazar sus trayectorias y brindar un aporte a la historia de un colectivo.

En síntesis, como se vio, a lo largo de la historia la política estigmatizó determinadas identidades, cuerpos y sexualidades, vulnerándose así sus derechos ciudadanos. Asimismo, la organización política de estos actores marginados buscó revertir esa situación desigual en la que la política los había ubicado y obtener derechos que los beneficiaran. Se trató entonces de reclamos por derechos de ciudadanía que tuvieron como origen corporalidades segregadas y discriminadas de la acción estatal. Será entonces necesario conocer ahora las propias historias de aquellas personas mayores y los modos en que fueron construyendo sus cursos de vida hasta llegar a su actual etapa de la vida: la vejez.


  1. Luego de 8 años de inactividad política y pública, el colectivo homosexual volvía a organizarse. A pesar de que existirían organizaciones como el Movimiento de Liberación Homosexual en la ciudad de Rosario o la publicación de Cuadernos de Existencia Lesbiana en Buenos Aires, conformado por artistas e intelectuales lesbianas y feministas, entre otras, lo cierto es que la organización de mayor trascendencia en el período sería la Comunidad Homosexual Argentina que, más allá de su locación en la Ciudad de Buenos Aires, lograría ser una referente de carácter nacional casi exclusivamente durante 20 años (Rada Schultze, 2014a: 73).
  2. El subrayado pertenece al autor.
  3. Para ampliar sobre la historia de las primeras apariciones del movimiento de lesbianas nacional puede consultarse en la edición de “Cuadernos de Existencia Lesbiana” de la Librería de Mujeres que recopila los 17 ejemplares de la revista publicados entre marzo de 1987 y noviembre de 1996.
  4. Por ejemplo, tal es el caso de Gays por los Derechos Civiles acompañando la candidatura de Atilio Borón para Democracia Avanzada, donde tendría un candidato entre sus líneas.
  5. El subrayado pertenece al autor.
  6. Respecto al uso de internet, la primera encuesta realizada en la Marcha del Orgullo LGBTTTIQ de Buenos Aires, arrojó que poco menos del 64% de los hombres gays encuestados sostuvo utilizar líneas telefónicas o chat para vincularse con otros varones. La mitad de ellos argumentó hacerlo habitualmente (Figari et al, 2005)
  7. Como en otro trabajo busqué señalar, es casi un hecho que las personas mayores no podrían desarrollar ni las mismas actividades, ni en el mismo tiempo y forma que otros grupos de edades (especialmente si las comparamos con jóvenes). Tampoco los ancianos y las ancianas incorporan nuevos saberes de la misma forma que las nuevas generaciones. Empero, las diferencias en los modos de aprendizaje no se explican por la existencia de imposibilidades propias de la vejez. Por el contrario, ocurre que las personas adultas mayores han sido socializadas en otros contextos y bajo otros influjos (Oddone y Aguirre, 2005). Por tal motivo, si se las sometiera a incorporar nuevos conocimientos mediante técnicas didácticas del presente, el resultado podría ser un fracaso (Rada Schultze, 2013a).
  8. Referenciando a los varones gays-homosexuales de Buenos Aires, Meccia (2011) realiza una interesante tipología sobre factibles tipos de hombres de mediana edad y mayores, sobre su toma de posición y agencia ante un mundo social que está cambiando. Volveré más tarde sobre la categorización realizada por el autor.
  9. Según convenciones internacionales, específicamente a partir de la Asamblea Mundial del Envejecimiento de Viena en 1982, se dictaminó que la categoría viejo/a correspondería a las personas de 60 años y más, noción que se emplea en esta tesis. Asimismo, en esta tesis también se incluirán, por tratarse de sinónimos, las nociones de adultos mayores, gerontes y personas mayores.
  10. Según señala CEPAL-CELADE una sociedad es vieja cuando las personas mayores de 60 años representan el 7% de su población. En la Argentina, el censo de 2001 arrojó que el 14% de los habitantes tenía 60 años o más, mientras que en el último censo este índice se aproxima al 16%. Para más información puede consultarse el sitio web http://www.eclac.org/celade/indicadores/default.htm
  11. Basándose en este tipo de enfoques, algunos países como Japón han propuesto extender el periodo de trabajo y crear un mercado específico para las personas mayores (Silver Market) ante una disminución y envejecimiento de su población (Kohlbacher, 2013). Otros, como Alemania, ante los altos costos de geriátricos, la escasez de personal calificado y bajos subsidios estatales, evalúan la posibilidad de relocalizar a sus viejos en destinos exóticos y lejanos como Tailandia (Haarhoff, 2013)
  12. Otros autores que ven en el fenómeno del envejecimiento poblacional un “tsunami demográfico” son Philippe Bas, Michèle Delaunay y Jacques Dupâquier, entre otros (en Pellissier, 2013).
  13. “Viejismo” o “edadismo” serían la traducción al castellano del concepto en inglés esgrimido por Butler en los años sesenta (ageism), que al igual que su homónimo español pretende dar cuenta de la diferenciación negativa realizada en base a la edad.
  14. El grupo de personas que recibían un estímulo negativo luego presentaba problemas de inseguridad, como por ejemplo temor a realizar determinadas actividades, problemas a la hora de escribir, entre otras. El influjo negativo que recibían los adultos consistía en darle a los viejos un grupo de palabras que asociaban la vejez a limitaciones físicas y mentales, estereotipos infundados, ya que como diversos estudios gerontológicos han demostrado los viejos y viejas que necesitan una asistencia total por estar incapacitados físicamente no llega al 2% de la población adulta mayor. Sin embargo la imagen que normalmente se muestra de la vejez es como símbolo de la inutilidad y de la dependencia. Por el contrario, a otro grupo de viejos le dieron un conjunto de valoraciones positivas sobre la vejez y tuvieron un desarrollo personal positivo.
  15. Girard platea un interesante análisis de las nociones de edad, cohorte, generación y su relación con procesos sociales de mayor envergadura. El autor entiende que una cohorte se constituye de un conjunto de individuos que nacieron en un mismo periodo de tiempo. Se trata de un proceso socialmente reglado por la socialización que aprenden los individuos en cada etapa de su vida. Girard además distingue entre lo que él llama los efectos de generación –los cuales para él resultan de la pertenencia a un cohorte de nacimiento particular- y los efectos de periodo, que se ejercen en un momento determinado del tiempo sobre todos los miembros de la misma sociedad, cualquiera sea la edad ellos o su cohorte de pertenencia (en Boudon et al, 2012: 34). A la noción de cohorte, en el sentido de un conjunto de individuos nacidos en el mismo lapso de tiempo, Saraceno (1989) agrega que se trata de grupos humanos que por lo tanto enfrentan a los mismos acontecimientos sociohistóricos en similares etapas de la vida.
  16. Como antes se destacaba, el único dato fehaciente sobre la esperanza de vida travesti con el que se cuenta fue realizado por las propias activistas en el año 2005. El mismo arroja que la media oscila entre 35 y 45 años. También dicho estudio señaló que aproximadamente el 80% de esa población ejerce la prostitución como medio de sobrevivencia. A su vez, se destaca que gran parte de la población travesti que vive de la prostitución es migrante del interior del país abandonando sus hogares desde adolescentes (Berkins y Fernández, 2005). Por tal motivo será importante revisar en el futuro estos datos a luz de las recientes aprobaciones de leyes ya que los cambios en materia de derechos promovidos en los últimos años podrían (o no) dejar obsoletas estas estadísticas.
  17. En ese sentido, la carencia de un dato preciso en la materia me posibilitó que participara, invitado por algunas de las ONG’s que pelean por la promoción de derechos del colectivo LGBT, en la elaboración de un documento que propusiera un plan de acción ciudadana para mejorar la calidad de vida de este colectivo (FALGTB, 2011).
  18. Como señala Calhoun, estamos presentes ante las luchas de los “nuevos movimientos sociales”, siendo una de sus características el hecho de que “no constituyen simples intentos por obtener ganancias materiales, sino también –y de manera crucial– luchas por la significación (…) intentos por convertir una identidad no estándar en algo aceptable y, al mismo tiempo hacer de esa identidad, una identidad digna de ser vivida” (Calhoun, 1999: 78). No obstante, la identidad no es algo esencial e inamovible, sino que se encuentra sujeta a contextos concretos donde los y las activistas la negocian y redefinen (Trujillo Barbadillo, 2008). La identidad tampoco es algo en abstracto, sino que además de forjarse en y por la lucha no es interno al individuo. Por el contrario, se forma de manera estable en un continuo proceso de actividad social; en un continuo proceso social (Calhoun, 1999: 79-80).
  19. Ejemplo de esto es el análisis que realiza Sívori (2004) en la ciudad de Rosario de los años 1990. Las entrevistas que el autor recoge no sólo dan cuenta del conocimiento de los actores sobre los lugares a los que ir, sino también de las estrategias que esbozaban para no ser percibidos por la policía en los parques públicos. Algunos de ellos recuerdan que si se trataba de parques que podían ser transitados por Moralidad Pública, solían ir vestidos con ropas deportivas a fin de realizar una pantomima de ejercicios físicos.
  20. Recientes estudios como el de La Casa del Encuentro señalan que la tasa de femicidios en nuestro país está cerca del asesinato de una mujer cada 30 horas.
    Disponible en: http://www.lacasadelencuentro.org/femicidios Consultado: mayo 2015


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