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Reflexiones acerca de la psicología social
y la psicología cultural

Ps. Gabriela Aita[1]

Decir que todo pensamiento humano es esencialmente de dos clases –razonamiento, por una parte, y pensamiento narrativo, descriptivo, contemplativo, por la otra– es decir tan sólo lo que la experiencia de cada lector ha de corroborar.

William James

En el presente trabajo se decidió establecer algunas posibles relaciones (de semejanza y de diferencia) entre la estructura psicológica social del sujeto y la psicología cultural, como forma de conocer lo nuevo y de enriquecer al mismo tiempo lo ya conocido. Inicialmente se desarrollarán aspectos de interés sobre lo concerniente a uno y otro término, y se considerarán las posibles relaciones entre ambos.

De un tiempo a esta parte se ha venido trabajando en el terreno de la psicología social como “campo de problemáticas”, entendiendo por problemática no un conjunto de problemas sino de premisas, es decir, supuestos teóricos a partir de los cuales el estudioso se plantea problemas. Dentro del recorrido realizado en dicha materia, se toman los pensamientos de los principales referentes de la sociología y de la psicología; en este último caso, se destacan estudiosos tales como: a) Watson, representante principal del conductismo que crea un modelo sustentado en las reglas estímulo-respuesta, que se mantiene vigente hasta la actualidad; b) Skinner, quien formula la teoría del refuerzo; c) la Escuela de la Gestalt, en el continente europeo, interesada en la influencia del ambiente, que, con sus principales representantes Wertheimer, Koehler y Koffka, introduce la noción de configuración de un todo a modo de conjuntos interactuantes equilibrados o disonantes, lo cual posibilitó una aplicabilidad para lecturas de fenómenos colectivos, como por ejemplo el fútbol, el ejército, las bandas, las pandillas, entre otros; d) Kurt Lewin, psicólogo de la Escuela de Berlín que emigra a Estados Unidos en los años treinta, desde la gestalt incursiona en la física y en el campo experimental y, desde esta perspectiva, construye la noción de campo dinámico, campo de fuerzas en el estudio con niños para analizar los “climas sociales”; e) contemporáneamente a la producción de teorías del comportamiento surge el psicoanálisis, que marcó sin lugar a dudas una ruptura en el modo de conocer y un aporte singular a la psicología social (Correa, 2000); se destaca el texto “Psicología de las masas y análisis del yo” (Freud, 1921). En ese escrito, se refiere con especificidad a la configuración del vínculo entre los hombres: “en la vida anímica aparece el otro integrado siempre como modelo, objeto, auxiliar o adversario y de este modo la Psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social en un sentido amplio pero plenamente justificado” (Freud, 1921: 9).

Por otra parte, entre los referentes del pensamiento sociológico clásico se destacan: (a) Emile Durkheim, quien aporta el interrogante referente a los modos en que el individuo se integra a la sociedad; para este autor, la sociedad es como una fuerza que imparte normas a través de sus instituciones; en “El suicido” plantea la hipótesis de que el equilibrio de la personalidad o la felicidad depende de la intensidad de los lazos del individuo con la sociedad y que estos lazos no deben ser ni demasiado flexibles ni demasiado rígidos; b) Max Weber, quien otorga importancia a la acción racional que aporta al desciframiento de la interacción, ya que la acción debe entenderse en el sentido, subjetivo e intersubjetivo que le asignan los actores; c) Karl Marx, quien considera al hombre indisociable de la sociedad, siendo ésta el producto de la acción recíproca de los hombres; d) El interaccionismo simbólico, cuyo origen se fecha en el año 1938 cuando Herbert Blumer bautiza con este nombre a la corriente y pone el acento en la importancia de la negociación de sentidos entre sujetos sociales, de esta manera considera que la conducta humana no se basa en el esquema de estímulo-respuesta propuesto por el conductismo más radical sino que otorga un enorme privilegio al estudio de los contextos sociales en los que tienen lugar las interacciones cotidianas entre individuos y pone énfasis en la necesidad de tomar en cuenta la interdependencia que existe entre las variables que participan en una situación concreta de interacción.

En términos generales, a pesar de que todavía no parece haber consenso en el establecimiento de límites que separen la psicología social de otros campos de la psicología y de la sociología, se suele marcar como objetivo principal de la psicología social la armonización de los enfoques individuales y sociales en la reflexión sobre la realidad social. Por tanto, el interés básico de esta disciplina radica en el análisis, desde un enfoque psicosocial, de las interacciones sociales entre individuos y entre grupos humanos.

La amplitud del espacio conceptual de esta disciplina –si es que así puede ser denominada– remite a una gran variedad de teorías. Pese a que todas ellas parten de una misma premisa general –los hechos sociales no pueden abordarse sin tomar en cuenta al sujeto individual, y a la inversa–, cabe destacar que cada propuesta acentúa elementos o fenómenos específicos. En este sentido, el debate que se instala en la disciplina suele plantearse en términos dicotómicos: aquellos enfoques que enfatizan lo psicológico y aquellos que priorizan lo sociológico.

Además de estas dos tendencias, se propone una psicología social crítica que sigue la línea de Marx, que se caracteriza por considerar al individuo como esencialmente social y, a su vez, vincula ideología y praxis. Desde esta perspectiva las formulaciones de Pichón Rivière aclaran:

La psicología social tiene como objeto de estudio el desarrollo y transformación de una relación dialéctica, la que se da entre estructura social y fantasía inconsciente del sujeto, asentada sobre sus relaciones de necesidad. Dicho de otra manera, la relación entre estructura social y configuración del mundo interno del sujeto, relación que es abordada a través de la noción de vínculo. (Pichón Rivière, 1985: 42)

De esta manera, se centra en el estudio de lo cotidiano haciendo hincapié en su carácter social e histórico, tratando de ir más allá de las apariencias, hacia la esencia de los fenómenos que estudia.

Por otra parte, a mediados de los años ochenta surge en el seno de la psicología social una corriente construccionista que toma: a) de la psicología social crítica, la reivindicación del carácter político y comprometido del quehacer científico; b) del interaccionismo simbólico, la concepción de realidad social como construcción; y c) de la hermenéutica y la etnometodología, la consideración del lenguaje para la construcción de la realidad. Ésta aparece como alternativa frente a la disyuntiva antes mencionada. Sin embargo, esta corriente no ha elaborado una propuesta teórica sino una propuesta metateórica (Ibáñez, 1989), recogiendo la esencia de la propuesta de una psicología social construccionista. En primer lugar reconoce la naturaleza simbólica de la realidad social; ello implica que el adjetivo “social” no puede ser desvinculado del lenguaje y de la cultura. Entonces, lo social no se ubica ni fuera ni dentro de las personas sino entre las personas. En segundo lugar, el reconocimiento de la naturaleza histórica de la realidad social: lo que las prácticas sociales son en un momento dado es indisociable de la historia de su producción; por otra parte, la propia historicidad de la realidad le asigna un carácter procesual, por lo que no se puede separar proceso y producto (Ibáñez, 1989).

Actualmente, conceptualizaciones como las de Correa (2003) sostienen que a diferencia de aquellas posturas que “resuelven” la tensión individuo/sociedad vía la subordinación de uno sobre otro, su posición sobre el proceso de socialización consiste en mantener esta tensión de tal forma de poder conceptualizarlo como una integración dinámica de dos planos. Ésta permite, en un mismo movimiento, la construcción de la subjetividad como un emergente de la trama intersubjetiva y la habilitación del sujeto para participar en la lógica del mundo social a partir de la incorporación en el orden simbólico. Desde esta postura, hablar de construcción de la subjetividad implica asumir que no viene dada al nacer, sino que es el resultado de experiencias sucesivas del sujeto con su contexto sociocultural.

En los primeros momentos de socialización, estos aprendizajes están centralmente dirigidos a la construcción en el niño de la función semiótica, es decir, “la capacidad existente en el sujeto desde los dos años de evocar objetos, acciones y finalidades no presentes mediante imágenes, símbolos y signos” (Correa, 2003: 116). Éste es un atributo fundante de la subjetividad humana, ya que permite no sólo comunicarse a través de lenguajes verbales y no verbales sino también ingresar al universo de significaciones socialmente disponibles y recrear interpretaciones de ese universo.

En definitiva, estas prácticas de socialización se enmarcan en diversos escenarios organizativos y grupales a lo largo de la vida del sujeto: familiares, escolares, laborales, comunitarios, etc., los cuales les imprimen distintas orientaciones y se relacionan con hábitos, normas y conocimientos a los cuales les subyacen fundamentos valorativos que varían de acuerdo con los contextos históricos, sociales y culturales de que se trate, y posibilitan la incorporación del sujeto al orden social a través de la prescripción/proscripción de comportamientos aptos. Esto muestra la significatividad del proceso de socialización como si fueran dos caras de una misma moneda: la internalización de sus instituciones y la capacidad generativa del lenguaje fundan nuestra subjetividad. El mecanismo básico que explica la socialización es la identificación. El escenario interaccional opera como sustrato de la identificación ya que son los intercambios comunicacionales teñidos de una fuerte carga de afecto los que posibilitaran que el niño tome como modelo a esas figuras significativas de su entorno (Correa, 2003).

Este breve recorrido por algunas teorías de la psicología social pone de manifiesto la amplitud del espacio conceptual de esta disciplina, su multiplicidad de enfoques, conceptos y temáticas abordadas. Así también permite plantearse algunos interrogantes tales como: ¿qué puede aportar la psicología cultural de Bruner a la comprensión o mejor entendimiento de la psicología social? ¿Cuáles son sus puntos de encuentros y de desencuentro?

A lo largo de este recorrido se transcurren distintos momentos: al principio se tendía a homologar ideas, conceptos, parecía que hacían referencia a lo mismo pero con otras palabras. Sin embargo, al comenzar a recorrer la bibliografía se pudo advertir que la psicología históricamente quedó atrapada entre aquellos que veían lo psicológico sólo a partir del individuo, y consideraban lo social como un factor que incide en lo subjetivo, no que lo construye; y entre los que, tomando las raíces individuales y biológicas de la mente, incluían los instrumentos provistos por la cultura para dar cuenta de su funcionamiento.

De dicho recorrido parece destacable lo referido al giro narrativo que propone Bruner como forma de construcción de realidades, como forma de otorgarle sentido a la experiencia, a la acción humana. Las acciones humanas pueden ser vistas como textos que adoptan una estructura narrativa o de relato, cuyo estudio consistirá en la interpretación en tanto descubrirá las intencionalidades que constituyen y subyacen debajo del texto interpretado. En esta línea, Bruner cita a Paul Ricœur para quien la teoría de la narración desemboca en una teoría de la acción humana, es decir, la narración no es una enumeración de acontecimientos sino que el significado de sus componentes viene dado por el lugar que ocupan en la configuración global de la totalidad de la secuencia: su trama o fábula. Cita también a John Searle, quien estudia el papel de la intencionalidad en la estructura de la acción humana.

Somos fabricantes de historias. Narramos para darle sentido a nuestras vidas, para comprender lo extraño de nuestra condición humana. Los relatos nos ayudan a dominar los errores y las sorpresas. Vuelven menos extraordinarios los sucesos imprevistos al derivarlos del mundo habitual. La narrativa es una dialéctica entre lo que se esperaba y lo que sucedió, entre lo previsible y lo excitante, entre lo canónico y lo posible, entre la memoria y la imaginación. (Bruner, 2002, contratapa)

Entonces, para construir una historia es necesaria una cronología, la temporalidad, la memoria se pone en juego, y si se pone en juego la memoria aparece la historia como mecanismo cultural para entender la realidad. Este autor nos dice que el modo de pensamiento narrativo consiste en contarse historias de uno a uno mismo y a los otros, que al narrar estas historias vamos construyendo un significado con el cual nuestras experiencias adquieren sentido. A su vez, las historias son instrumentos para la negociación social: “El niño entra en la vida del grupo como participante de un proceso público más amplio en el que se negocian significados públicos, y no mediante una ejercitación privada y autista de procesos primarios” (Bruner, 1991: 29).

La construcción del significado surge del continuo análisis de la historia, de la trama subjetiva, de la narrativa. Este tipo de pensamiento se ocupa de las intenciones y acciones humanas y de las vicisitudes y consecuencias que marcan su transcurso. Contar historias deviene de lo que es absolutamente particular, de lo que es sorpresivo, inesperado, anómalo, irregular o anormal. Los sujetos hablan, y al hacerlo conllevan sus intenciones, lo hacen a través de los relatos, y éstos operan como medios que textualizan la subjetividad. Cuando se habla de relatos no sólo se hace referencia al lenguaje, sino al hecho de que la acción misma no se constituye sin una estructura narrativa; en este sentido el título de uno de sus libros expresa su relación: Acción, pensamiento y lenguaje. Indefectiblemente la hermenéutica es esencial en la narrativa, en tanto construcción de significado y de sentido. Ya Freud (1909) había abierto una puerta en este sentido con “la novela familiar”, desde su concepción del aparato psíquico que la entiende como una construcción defensiva que remite y al mismo tiempo encubre determinados situaciones de la vida familiar, la participación del sujeto en ellas y sus significaciones inconscientes.

La narración casi desde las primeros palabras del niño trata del tejido de la acción y de la intencionalidad humana. Media entre el mundo canónico de la cultura y el mundo más idiosincrático de las creencias, de los deseos y las esperanzas. Reitera las normas de la sociedad, proporciona una base para la retórica y puede incluso enseñar, conservar recursos, reiterar el pasado. (Bruner, 1991: 63)

Su interés no es buscar la verdad, su criterio no es el de verificación, sino que busca la verosimilitud, y la narrativa constituye un procedimiento de interpretación y no de explicación. Como se ha señalado anteriormente, pareciera ser que la psicología social ha puesto el énfasis en dar respuesta a la relación individuo-sociedad desde una lógica paradigmática, teniendo el vicio del abstraccionismo:

Desde los griegos, el pensamiento occidental ha tenido el curioso vicio de asumir que el mundo es racional y que el conocimiento verdadero de ese mundo siempre toma la forma de proposiciones lógicas o científicas que se someten fácilmente a la explicación… y hacer observaciones de vez en cuando para comprobar cómo encajan nuestras teorías unas con otras; no cómo encaja el mundo consigo mismo, sino nuestras teorías. (Bruner, 1997: 144)

No habla de las creencias, de los deseos, de las intencionalidades humanas, de lo inesperado, ya que a la realidad social se la aborda tratando de conceptualizarla. Esta forma de pensamiento busca la verdad, se ocupa de las generalidades e intenta encontrar leyes que expliquen los fenómenos. En palabras de Bruner (1986), esta modalidad lógico-científica se ocupa de las causas generales y de su determinación. Además emplea procedimientos para asegurar referencias verificables y para comprobar la verdad empírica. Su ámbito, entonces, está definido no sólo por entidades observables, sino también por la serie de mundos posibles que pueden generarse de manera lógica y contrastarse frente a las entidades observables.

En suma, si bien en los últimos desarrollos de la psicología social mencionados anteriormente se produce una ruptura respecto de las posiciones dicotómicas y se destaca el papel del hombre como actor y constructor de la realidad, el rol del lenguaje y de los intercambios simbólicos, y de los contextos históricos sociales, persisten epistemologías de las ciencias positivas como lógicas subyacentes.

Aquellos conceptos parecen perder su carácter de abstractos u objetivos a partir de la concepción de cultura que nos acerca Geertz (1973), y de su relación con el concepto de hombre, mente y pensamiento. El autor, entonces, entiende a la cultura como de índole semiótica, y concibe al hombre como un animal inserto en redes de significación que él mismo ha tejido, y la cultura es esa trama, esa urdimbre. Si el concepto de cultura es semiótico, su análisis ha de ser interpretativo, en búsqueda de significaciones. La cultura, afirma Geertz, es documento activo porque es pública, y es pública porque la significación lo es.

Además, sostiene que en la época de la Ilustración se concebía al hombre en su unidad con la naturaleza y que el nacimiento del concepto de cultura equivalió a la demolición de la concepción de la naturaleza humana del hombre como ser unitario. También postula que los intentos de situar al hombre atendiendo a sus costumbres asumieron varias direcciones, pero todas ellas se ajustaron a una concepción estratigráfica de las relaciones entre los factores biológicos, psicológicos y culturales de la vida humana (concepción que entiende al hombre como un compuesto en varios niveles, como capas de una cebolla).

Frente a esta idea, propone buscar relaciones sistemáticas entre diversos fenómenos y reemplazar esta concepción estratigráfica por otra, de carácter sintético, en la cual dichos factores sean tratados como variables dentro de sistemas unitarios de análisis. Tal es así que propone dos ideas: la primera sostiene que la cultura se comprende mejor no como complejos esquemas concretos de conducta (costumbres, usanzas, tradiciones, conjuntos de hábitos) sino como una serie de mecanismos de control (planes, recetas, fórmulas, reglas, programas) que gobiernan la conducta; la segunda idea refiere que el hombre es el animal que más depende de esos mecanismos de control extragenéticos, de esos programas culturales para ordenar su conducta (Geertz, 1973).

Esta conceptualización retoma los aportes de George Mead (1953) que sostiene que el pensar consiste en el tráfico de símbolos significativos, de aquello que es usado para imponer significación a la experiencia. La cultura sería condición esencial de la experiencia humana, y los recursos culturales son elementos constitutivos y no accesorios del pensamiento.

Así, se podría sostener que no existe una naturaleza humana independiente de la cultura, debido a que el sistema nervioso central se desarrolló en gran parte por la interacción con la cultura, ya que ésta y la dimensión del cerebro humano aparecieron sincrónicamente. El sistema nervioso central es incapaz de dirigir la conducta o de organizar nuestra experiencia sin la guía suministrada por sistemas de símbolos significativos; por tanto, depende inevitablemente del acceso a estructuras simbólicas públicas para elaborar sus propios esquemas autónomos de actividad. Esto implica que el pensar humano es primariamente un acto público, desarrollado con referencia a los materiales objetivos de la cultura común, y que sólo secundariamente es una cuestión íntima, privada. Tal como sostiene Geertz (1988), sin el papel constitutivo de la cultura se es “monstruosidades imposibles… animales incompletos, sin terminar, que nos completamos o terminamos a través de la cultura” (55).

Siguiendo la línea de Geertz, Bruner precisa que estas conclusiones acerca de la cultura son banales para la antropología pero no para la psicología, en primer lugar por una cuestión metodológica, en tanto es imposible construir una psicología humana basándonos sólo en el individuo, sino entre la dialéctica del sujeto y la propuesta del medio, de la interacción con el otro, garantizado por rituales de la cultura (formatos); en segundo lugar puesto que la psicología se encuentra inmersa en la cultura, debe estar organizada en torno a procesos de construcción y de utilización del significado que conecta al hombre con ella, no hay sujeto que pueda aprender fuera de la cultura; y en tercer lugar porque la cultura ocupa un espacio fundamental en la psicología popular, cuyo principio de organización es esencialmente narrativo: “La psicología popular no es inmutable. Varía al tiempo que cambian las respuestas que la cultura da al mundo y a las personas que se encuentran en él” (Bruner, 1991). También dice que:

La psicología cultural, casi por definición, no se puede preocupar de la “conducta” sino de la “acción”, que es su equivalente intencional; y, más concretamente, se preocupa de la acción situada en un escenario cultural y en los estados intencionales mutuamente interactuantes de los participantes. Lo que no significa que la psicología cultural tenga que prescindir definitivamente de los experimentos de laboratorio o de la búsqueda de los universales humanos. (34)

La cultura conforma la mente del otro a través del lenguaje y éste es una herramienta para intercambiar los significados; dicha dimensión desempeña un papel en el desarrollo de los individuos. La palabra aparece como acción: cuando se habla se comunica y ésta se diversifica en función de los usos que la gente hace del lenguaje. Formas de pensar, de buscar y de planificar recurridas culturalmente esclarecen que el funcionamiento humano toma su forma de la caja de herramientas de recursos protéticos de la cultura (Bruner, 1997). Define a las herramientas de la cultura, tangibles o inmateriales, como un conjunto de prótesis a través de las cuales se superan o se redefinen los “límites naturales” del funcionamiento humano.

Todos estos desarrollos propuestos por J. Bruner llevan al planteo de su tesis central: “La cultura da forma a la mente humana y aporta la caja de herramientas a través de la cual construimos nuestros mundos, nuestra concepción de nosotros mismos y sobre nuestros poderes” (Bruner, 1997: 12).

Particularmente, Nelson Goodman (1995) asevera que no se conoce el mundo sino las “versiones” que se fabrican de él. Existe el mundo, por supuesto, pero no es lo que se conoce. Conocer no es una experiencia inmediata, sino un proceso constructivo en el que se participa en forma activa, así, eso que se denomina mundo es una construcción propia de cada individuo. Las formas y las leyes de los mundos no se encuentran ahí, ante las personas, listas para ser descubiertas, sino que vienen impuestas por las versiones del mundo que se inventan, bien sea en las ciencias, en las artes, en la percepción y en la práctica cotidiana, “y la reemplazamos por la idea de que lo que consideramos el mundo es en sí mismo ni más ni menos que una estipulación expresada en un sistema simbólico, la conformación de la disciplina se modifica radicalmente” (Bruner, 1986). Al final, se encuentran las condiciones para abordar las innumerables formas que la realidad puede adoptar, tanto las realidades creadas por el relato como las creadas por la ciencia.

En base a todo ello, surgen los siguientes interrogantes: ¿hasta qué punto las formas culturales y sociales, y las normas que las regulan, llegan a internalizarse de algún modo en el aparato mental del individuo humano? En cuanto al giro lingüístico e interpretativo de los años setenta, la pregunta es: ¿en qué sentido la cultura misma puede interpretarse como un texto que los participantes leen para su propia orientación? En el giro transaccional se abandona la idea del niño aislado, y en el giro narrativo se plantea que ambas modalidades de pensamiento poseen principios funcionales, criterios de validación y corrección que les son propios, y que ambas son complementarias e irreductibles entre sí. A su vez, las emociones y los sentimientos están presentes en los procesos de creación de significados y en nuestras construcciones de la realidad; por último, en su tesis central, pone de manifiesto la dialéctica sujeto-cultura, en tanto las experiencias y las acciones de los hombres están moldeados por estados intencionales, y éstos se plasman a través de la participación en los sistemas simbólicos de la cultura. La narrativa, entonces, es el instrumento de esta participación cultural que está al servicio de la intersubjetividad, de la producción, de la negociación y de la interpretación de significados y de la organización del pensamiento.

Hasta aquí se cree haber encontrado un pensamiento dialéctico entre el giro narrativo, transaccional, interpretativo e intersubjetivo que la psicología cultural propone. Desde el recorrido planteado inicialmente respecto de la psicología social, ya sea en su vertiente hegemónica, que intenta mediar entre el individuo y la sociedad, o bien desde las teorizaciones que operan un corrimiento de esta lógica binaria, se observa que el giro narrativo, al que se hizo alusión, se muestra ausente en las producciones mencionadas.

Por tanto, si se reconoce a la psicología como una ciencia que se dedica al estudio de lo psi, no puede abordar al ser humano aislado de su medio social (lo cual sería en verdad virtualmente imposible) donde se construyen realidades específicas; tampoco se puede decir que la conducta del hombre es predecible, ni continuar hablando de verdades absolutas, susceptibles de medición y de generalización, ajustadas a leyes que no estén legitimadas dentro de su propio terreno de juego. La realidad social, pues, es construida cotidianamente y debe ser entendida en una perspectiva dialéctica donde los protagonistas y la sociedad se construyen continuamente, y ésta posee un carácter simbólico que permite la construcción subjetiva de realidades. En este modelo cultural, la psicología necesariamente es interdisciplinaria, cuenta con teorías sobre el lenguaje, la biología, la sociedad, la cultura, etc., conformando así una red.

En suma, se considera que el introducirse en las propuestas de Bruner acerca de elementos conceptuales permite un mayor esclarecimiento en el abordaje de lo psíquico. Si bien la psicología social aborda la relación dialéctica individuo/sociedad, los desarrollos de Bruner destacan el papel de la cultura en la construcción de la subjetividad. Construcción que la constituye y no un factor agregado que incide en dicha subjetividad. Este enfoque enriquece sustancialmente la concepción psicosocial.

Referencias bibliográficas

Bruner, J. (1984). Acción, pensamiento y lenguaje. Madrid: Editorial Alianza.

— (1989). Realidad mental y mundos posibles. Madrid: Editorial Gedisa.

— (1991). Actos de significado. Madrid: Editorial Alianza.

— (1997). La educación, puerta de la cultura. Madrid: Editorial Visor.

— (2002). La fábrica de historias. Buenos Aires: Editorial FCE.

Correa, A. (2003). “Aproximación al campo de la psicología social. Síntesis de apertura”. En Correa, A. (comp.). Notas para una psicología social como crítica de la vida cotidiana. Córdoba: Editorial Brujas, pp. 19-37.

Freud, S. (1909). La novela familiar del neurótico. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva.

— (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva.

Geertz, C. (1973). La interpretación de las culturas. Barcelona: Editorial Gedisa.

Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor.

Ibáñez, T. (comp.) (1989). El conocimiento de la realidad social. Barcelona: Sendai.

Mead, G. (1953). Espíritu, persona y sociedad. Buenos Aires: Editorial Paidós.

Pichon Rivière, E. (1985). El proceso grupal. Del psicoanálisis a la psicología social. Buenos Aires: Editorial Nueva Visión.


  1. Profesora Asociada de Psicología del Desarrollo I y de Psicología del Desarrollo II. Facultad de Psicología y Relaciones Humanas. Universidad Abierta Interamericana. Correo electrónico: gabyaita@yahoo.com.ar


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