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3. Fetichismo

En busca del equilibrio final

Lo que se sublima no se convierte por ello en nada. La nada es lo inmediato. Mientras que, por el contrario, algo sublimado es algo mediado, es algo que no es un ser, y de ahí que posea todavía en sí la determinación de la que procede.

    

Hegel, Lógica

Ya no es una novedad que la construcción fetichista sexual tiene un emparejamiento relacionado con las defensas psicóticas. Las experiencias clínicas –y la asombrosa reproducción social y grupal de fenómenos similares en diferentes lugares del mundo– dan cuenta de que el repertorio fetichista-psicótico no es una cuestión casual. Tal vez la diferencia de lectura pueda producirla el psicoanálisis, que, desde su estudio singular, da cuenta de la construcción de los mecanismos individualmente, no buscando un patrón social, sino asombrándose en ese campo cuando estos fenómenos se hallan multiplicados como formas sexuales fijas.

La teoría de la identificación primaria aún tiene frutos para dar en esta expresión sexual que es el fetichismo, así como las imaginativas construcciones de aquel Bion creativo de Volviendo a pensar, en medio de su experiencia con la psicosis.

Partimos siempre de una idea esencial de Freud, según la cual consideraba que la escisión en el fetiche sustituía a la represión del neurótico, y de otra, en la que creía que una parte de esa división tenía relación con los hechos reales, es decir, el fetichista comprendía la realidad. Sin embargo, decidía seguir los designios de la organización pregenital y así evitar represiones. De esa manera, el modo de vida infantil, relacionado con la eliminación de la prohibición del incesto y todas las restricciones de la vida edípica, incluido el complejo de castración, quedaba sin duelar. En esa zona, ese paralelismo sexual con características narcisistas que decide el fetichista impone su falta de renuncia, con todos los costos que ello acarrea en el desarrollo. Por lo tanto, una parte del yo respetaba la realidad y la otra la evitaba, sosteniendo una zona sin represión y estableciendo en el yo una barrera económicamente superior: la escisión.

Esa base teórica es suficiente para orientar la comprensión de esta deformación yoica que implica el fetichismo. Dos mundos intercomunicados y con una construcción no simbólica alrededor de la actividad sexual. El fetiche es sobre todo una construcción sin símbolo, una permanente presencia que debe ser renovada para reconstruir el yo, siempre en desequilibrio, y que necesita repetir en una fijada identidad. Un punto de apoyo, tras el cual una amenaza de desastre presiona. Es el sostén de la unidad. El fetiche es el eje que organiza lo que podríamos denominar una “zona psicótica-estable”. Si no se constituyera, la desorganización podría culminar en la restitución alucinatoria. El fetiche sostiene esa frontera con la psicosis como un guardián activo, velando, en su desgaste permanente, por el equilibrio de la vida psíquica.

El estatuto sexual que implica en su praxis psicoanalítica el fetichismo desorienta sobre el sentido constitucional de cohesión yoica que el fetiche implica. Su componente esquizoide ha quedado opacado por el sexual, enlazado por Freud a la desmentida de la castración.

El eje sexual puesto por Freud en la no aceptación de la castración tomó en Bion una orientación diferente al describir a la personalidad psicótica y su funcionamiento disociativo. Bion no hace referencia a la castración, sino a la identidad, en última instancia, a las funciones del yo cooptadas por la personalidad psicótica, en la que el retiro de la realidad desarticula los sentidos y los expulsa. La función del analista es rescatarlos en configuraciones interpretativas, para que los sentidos sean repuestos en la mente del paciente y este pueda percibir lo expulsado.

La configuración del fetiche

El sentido de esta articulación Freud/Bion es poner de relieve el papel de la configuración del fetiche. La teoría freudiana subraya su importancia vinculada a la negación de la castración. Aquí quiero aportar un cambio de orientación en el factor desencadenante del proceso fetichista. Pongo de relieve la recuperación de núcleos de identidad que el acto fetichista implica, a través de los mismos mecanismos, negación, desmentida, pero orientados hacia el mantenimiento de la cohesión yoica y no relacionados con la desmentida de la castración.

Hay un contrapunto entre el fetichismo resultante de la ilusión de identidad y la psicosis, y el interjuego entre realidad y fantasía que se opera en la construcción fetichista. El fetiche parece provenir de una serie de duelos no elaborados que se constituyen en una imagen externa que reedita la suma de los objetos perdidos. Allí se genera esa zona singular en la que el fetiche ingresa en una zona presimbólica y cuasi alucinatoria que permite al paciente reorganizar en su fijeza escenas que son experimentadas como hechos. Esa fijeza mantiene la realidad perdida con el costo de deterioro del yo, dejando a este en una situación de impasse, en una realidad suspendida que dura mientras dure el juego fetichista. El ritual tiene como consecuencia tanto el deterioro del yo como el alivio y la culpa posterior en la realidad. Como dijimos, el costo lo soporta el yo a través de una prolongación de escisiones que lo tienen en jaque. Si avanza en la acción fetichista, el yo se va aislando y poniéndose más extraño. El sector de la escisión que respeta la realidad se ve cada vez más amenazado. Por otro lado, la culpa por la acción fetichista aumenta el castigo del superyó, que, en la medida en que el yo es más fragmentario, se multiplica en rituales que aumentan su excentricidad en la crueldad. El deterioro psicótico aumenta en el yo y el superyó.

Como el fetichista reconoce la realidad, el desorden que deja tal puesta en personificación genera en él un agotamiento que solo es posible calmar volviendo a reorganizar el fetiche. El fetiche asoma como una detención del duelo, como una identidad primaria a medio camino, detenida por la omnipotencia que no acepta renuncias ni la aparición del pensamiento como sustituto. Una imagen no representada que se impone una y otra vez, adictivamente, como soporte de la identidad en vilo. Detrás del fetiche están las ansiedades más oscuras y pasivas, que, apenas asoma el fin del juego fetichista, comienzan a invadir al yo con una crítica feroz y estados extremos de angustia de los que es difícil reponerse. El límite físico de la actividad masturbatoria coloca contra las cuerdas a un yo empobrecido, capturado por librarse de ansiedades psicóticas utilizando mecanismos psicóticos. El cuerpo está en la entrada y en la salida: en la actividad compulsiva masturbatoria y en el autocastigo infligido por esa actividad. El fetichista queda capturado en una zona cada vez más restringida, en un locus privado, encarcelado en un espacio consciente y resguardado. El temor a perder la realidad es una lucha permanente en los períodos de mayor compulsión. Pero la atracción fetichizada es irrefrenable.

La característica central de los fragmentos fetichistas es que representan una porción de realidad no digerida, no son los fragmentos engolfados de los que habla Bion en el capítulo cinco de Volviendo a pensar. Los fragmentos fetichistas, si bien parten de la misma matriz de negación de la realidad, no han llegado aún a la intromisión psicótica de la identificación proyectiva. Sin embargo, la fragmentación existe, y los fragmentos de identidad que intentan restituir los duelos perdidos expresan en su unidad elementos del duelo distinguibles que permiten dar coherencia al yo en problemas. Los duelos no aceptados retornan y se unen en una nueva figura comprensible, pero extraña y distinguible, que aún sostiene la cordura, pero que también la pierde.

Prohibición del incesto

El Freud de la segunda tópica cambió la dirección del psicoanálisis. La base filogenética con la que el yo debería enfrentarse, desde entonces, serían dos fantasías básicas, el retorno al útero, el incesto y la amenaza de castración como posibles salidas de la angustia de retorno a la madre, o la muerte, como ustedes prefieran. Antes de cualquier experiencia, están, como preconcepción innata, el incesto y el parricidio. El yo, capturado en esa escisión fundamental, siempre será amenazado por la amenaza de retorno y el deseo de retornar. La prohibición opera desde el padre primitivo que destraba, por qué no en algunos casos también incestuosamente, la captura en la angustia más profunda e incestuosa, la angustia de muerte. Vivir, entonces, es luchar contra un incesto prohibido a través de la función de amenaza. Si no hubiese amenaza, recordemos que para Freud es tan filogenética como el incesto, la fusión mortal estaría asegurada.

En el fetichismo, el interjuego entre incesto y prohibición opera como una díada permanente. El fetiche prolonga y es representante tanto del incesto como de su prohibición. Opera como barrera que acepta la escisión del yo. La pregunta que surge espontáneamente es por qué la prohibición en casos como el que veremos no opera, siendo tan filogenética como la idea mortal del retorno al cuerpo materno. ¿Qué es lo que elimina la prohibición del incesto, o permite que este se lleve a cabo? De nuevo el padre, ¿el padre o alguien que quede agenciado en su lugar por el sujeto? ¿La contrafuerza que implica la sabiduría de la amenaza de castración como obligatoriedad y temor en qué momento se instala? ¿O debemos recurrir a un personaje faltante en la propuesta freudiana, la personalidad del paciente incesante y tenazmente señalada por Bion?

Como veremos en el caso, el padre borracho y violento, autoritario e incestuoso es una mueca de la función paterna intentando ser revivida en el fetiche. Pero ¿debemos volver a la madre habilitante del padre? Todas preguntas que surgen como interrogantes de por qué no es efectiva la prohibición del incesto en el fetichismo, de por qué no opera la amenaza. Bion, enfatizando el rol de la personalidad, omite la necesidad teórica de recurrir a la madre o al padre. La personalidad psicótica opera como principal factor de eliminación de la prohibición.

Caso

Rainoldi es un artista plástico que derivó sus dotes pictóricas a su otra afición, el diseño de ropa, específicamente la confección de trajes para la ópera. Italiano, de madre lombarda y padre español, creció en un ambiente bicultural. Vivía alternativamente en España e Italia. A tal punto que tenía dos residencias, a las que no renunciaba. Así, vivía una parte del tiempo en Alcalá del Júcar, no lejos de Madrid, y otra parte en Génova.

Nunca salió de las dos casas de sus padres. Manifestó tempranamente su deseo hacia el mismo sexo, cosa detectada rápidamente por su padre y estimulada por su madre. “El putito” fue su apodo en el seno familiar. Ya púber, el padre, quien volvía algunas noches alcoholizado, se metía en su cama y mantenían relaciones sexuales. Era algo natural para el paciente. Nunca le pareció ajeno en ese contexto familiar. Lo mismo las relaciones, preferentemente anales, que el padre mantenía con su madre, con alusiones verbales a la penetración exhibicionista y anal, y que desde niño Rainoldi observaba y oía. El lazo incestuoso reforzó el vínculo entre ellos. Las palizas a la madre también eran parte de la escena sexual. El hermano huyó tempranamente de las casas y vino a vivir a Argentina. Habría muchas escenas que relatar, todas del mismo tenor. Digamos que el incesto y las acusaciones posteriores, centradas en humillaciones paternas y su réplica en el superyó del paciente, fueron formando la base ideativa de su futura actividad. El hermano siempre se presentaba en el material analítico como alguien que optó por un salto atlántico que él no deseó nunca realizar. Nunca logró comprender esa huida y ese horror, manifestaba Rainoldi. La madre consumía pastillas –según el paciente– para soportar al padre y sus demandas sexuales.

En su primera infancia, un tío materno, parte luego de su juego fetichista, lo introdujo en la ópera. Este tío era un gran fumador, con barba canosa, y participaba del mundo de la música como aficionado activo, inclusive con algún puesto administrativo. El adolescente Rainoldi pasaba algunos meses en Génova sin su padre, que prefería su país natal como centro de residencia. Allí encontró amigos homosexuales con quienes experimentó relaciones que no le satisfacían del todo. Comenzó a incluir allí, por vez primera, su actividad fetichista, que esencialmente eran escenas vividas con los objetos ausentes, su padre y su madre. Su madre siempre estaba donde estaba su padre, dijo en varias ocasiones. En su primer juego fetichista, él era su madre y él mismo. Se decía cosas groseras apretándose los pezones, cosa que el padre realizaba con su madre, poniéndole broches fijos en ellos para que la escena fuera dolorosa. En el juego fetichista de la época de Génova, esas tres escenas, ser insultado, apretarse los pezones con broches y maquillarse como mujer, como su madre, eran el lado B de la actividad sexual con sus objetos sexuales. Algunos compartían con él su necesario aislamiento, otros lo veían muy chiflado y se retiraban. No tardó en encontrar en la comunidad gente que realizaba su misma actividad, con algunas variantes. Sin embargo, el aislamiento fetichista era más poderoso que cualquier relación externa. Salvo en el canto, en ningún otro lugar hallaba la satisfacción que le daba el fetiche y el secuestro en la casa de su padre. Cuando vio la representación que implicaba la profesión de cantante de ópera, encontró en ella un lugar donde vivir. Estudió canto, con cierto éxito, aprendió rudimentos de escenografía, y así armó un mundo circundante en donde vivir, viajando a teatros para cantar o descubrir viejos trajes de óperas antiguas y, también, escenografías. Gran parte de su éxito consiste en unir escenografías antiguas y modernas. Entre imágenes, vive en un mundo casi onírico, en donde el análisis vino a hacerse un lugar. Entre la actividad fetichista, la sublimación y un análisis que quedó secuestrado en temáticas repetitivas que dejaban poco espacio para la aparición de cualquier terceridad.

Rainoldi vivió seis décadas de esta manera. Ambos padres murieron, y la muerte fatal de su padre lo trajo a análisis. El juego fetichista en los dos años que habían pasado desde esa muerte tomó su vida. Viajaba menos, exclusivamente vivía en Italia. Solo trabajaba en escenografías y conservaba un par de amigos. Iba en aumento la actividad sexual, y sufrió una confusión que le asustó. Temió no poder salir del juego, creyó que él era el personaje que hasta ahora sentía que jugaba a ser. Además, “oyó” relaciones sexuales entre sus padres. El análisis se insertó como sostén de realidad frente a la escena fetichista que lo dominaba. Ingresaba a las sesiones como alguien que escapaba de una situación agotadora y succionante. Debió suspender algunos viajes y derivar a un asistente tareas de escenografía y confección de trajes para distintas óperas.

La escena fetichista

La escena era la siguiente. Se desnudaba, ponía talco en su barba, sujetadores en los pezones, anteojos de viejo. Fumaba. Se maquillaba con específicos enseres de su madre. Se hablaba con voz carraspeada de fumador y borracho. Se decía “putito” mientras se miraba. Le gritaba a su madre que le gustaba que le rompieran el culo mientras se introducía algún artefacto analmente. Habitualmente lo hacía al levantarse y al caer la tarde. Desde la muerte de su padre, esto se había incrementado unas tres veces, o sea que cinco veces subía a escena. Quedaba agotado. Más de 40 años con este ritual, alternado con escenas incestuosas con el padre y ocasionales parejas, pero la actividad central y casi inmutable era esa.

El talco fue introducido para simular la barba vieja del tío genovés. Los sujetadores en los pezones eran una alusión a los broches que su madre usaba en el vínculo sexual con su pareja. Los anteojos de viejo fueron tomados de la foto de su abuelo paterno. Los consiguió en una feria americana de un pueblo cercano a Alcalá. Fumaba como el tío genovés. Las voces eran las severas críticas de su padre a su deseo sexual. La sodomización incluía el castigo. Habitualmente debía dejar de realizar esa parte del fetiche por lastimaduras.

Ideografías no psicóticas

Es importante, en el punto que quiero abordar, diferenciar problemas en la estructura del yo, los que se enfocan en sus funciones, y problemas en relación con los sentidos, responsables de la conciencia externa e interna realista. El primer problema está relacionado con las identificaciones primarias, el segundo, con el contacto con la realidad. La imagen ocupa un lugar importante en la estructura cohesiva en las identificaciones primarias, a tal punto que mantenerlas unidas es garantía de permanencia del contacto con la realidad y también de la coherencia en la estructura del yo.

En el fetichismo de Rainoldi, observamos un intento de unir los fragmentos de los objetos primarios como manera de mantener la unidad que lo calme frente a las ansiedades psicóticas. Ante la pérdida del padre, la actividad reparatoria aumentó la compulsión y lo sustrajo de su trabajo hasta que el trabajo del yo estuviera terminado. La imagen, un primer elemento alfa apenas sostenido, amenazaba con desintegrarse. No sabemos si llamarlo “elemento alfa, pero al menos la sabiduría psicopatológica de la parte no psicótica del paciente la utilizaba como tal. En los buenos tiempos de la escena fetichista, el sueño alfa se presentaba en los trajes y los argumentos operísticos y las escenografías, tal vez en alguna relación amorosa de manera excepcional. En tiempos de sequía y crisis, aumentaba la actividad compulsiva por la comprensión de no poder sostener la unidad en la ideografía no psicótica, pero psicotizable, del paciente. Este circuito fijo, sin variaciones en el fetiche, era la única garantía de unidad. Descubrí que la casa también lo era ante un conflicto de sucesión con su hermano, y no solo eso, la zona de la casa, el barrio. Observé que el circuito de la vida estaba cerrado en un mundo circundante en donde la vida y el mundo eran posibles solo en esa estructura fija. Una ideología no psicótica sostenía la identidad en una fuerte tensión compulsiva.

En las ideografías psicóticas, Bion, en el comienzo del capítulo 5 de las personalidades psicóticas y no psicóticas, pasa de largo al ambiente y cree que la preponderancia de los impulsos destructivos de la propia personalidad rehúye la unidad. Las actividades mentales son mutiladas, especialmente la conciencia, que es lo que permite tomar contacto con la realidad. Los fragmentos de los sentidos del yo mutilados invaden los objetos externos a través de la identificación proyectiva, y se conforman de esa manera los objetos extraños. Cada partícula queda encapsulada en una parte de la personalidad que lo ha engullido. Es decir, la cosa donde el fragmento se ha alojado toma dentro de sí el fragmento de personalidad que el paciente ha quitado de sí mismo. Una de las consecuencias que Bion observa es que la barrera del sueño no puede ser construida y el paciente se siente, como consecuencia, prisionero en un estado mental que él mismo ha creado. Los fragmentos no pueden unirse en una imagen, pero, sin embargo, crean una prisión. Si el paciente desea reconstituir el yo, debe reunir nuevamente los fragmentos dentro. Bion designa esa vuelta como una identificación proyectiva revertida. Esto es vivido como una agresión. La personalidad psicótica ha usado la escisión y la identificación proyectiva como sustitutos de la represión. Luego pensaremos qué ha hecho Rainoldi. Sigamos un poco con Bion y el paciente en el cual constituyó estas conjeturas.

Rainoldi y anteojos oscuros. El fetiche prealucinatorio y la ideografía psicótica

La personalidad psicótica está dedicada al problema de reparar el yo, sostiene Bion en el texto citado. Rainoldi también lo estaba, pero los fragmentos no estuvieron proyectados ni debían ser rescatados del objeto en el que se instalaron como en el paciente de Bion. Es cierto también que en Rainoldi estaban a medio camino de ser un sueño. La composición del yo que armaba en el acto fetichista era el precursor del sueño. En las realizaciones simbólicas operísticas, se alejaba de la reparación identitaria. El señor anteojos oscuros llevó a Bion a reflexionar sobre la relación de la actividad ideomotora como expresión de ideas a medio camino. La actividad reparatoria quedaba allí del lado del analista. Los movimientos y los sueños eran intentos de cooperación fallada. Un intento de expresar una idea sin nombrarla. El analista era quien debía llevar adelante la articulación e intentar desarticular al niño celoso y envidioso de los insights de Bion. Rainoldi llevaba adelante su reparación. Anteojos oscuros desarticulaba y trataba de unir desde su parte no psicótica lo que inevitablemente sería una comunicación destruida. En el material de sesión, se ve a Bion uniendo la actividad ideomotora y los sueños y las ideas mutilados. Con paciencia y observación de capitán del ejército, Bion veía venir al enemigo y soportaba sus ataques. Solo Bion podía hacer eso, disculpen mi admiración. Les recomiendo que observen al capitán Bion durante todo el texto, lanzando sus interpretaciones en el ritmo y el momento necesarios.

Probablemente, el paciente anteojos oscuros necesitó a un Bion para entender su guerra. Bion cumplió brindando un método y una fantástica generalización del problema de la fragmentación en la psicosis. La escena fetichista de Rainoldi era, en cambio, un sueño consciente, un intento reparatorio. Solo se armaba sus imágenes, mientras luchaba su guerra contra la parte psicótica.

La catástrofe

No quiero dejar de lado un hecho/sueño que ocurrió durante las entrevistas previas al análisis.

El paciente en la cuarta o quinta entrevista trajo el siguiente sueño. “Había una explosión en la Piazza San Pietro, caía todo derrumbado y, de entre medio de los escombros de la monumental catástrofe, salía el papa, como una especie de sobreviviente”. El sesgo megalomaníaco fue parte de la primera articulación que hice. De la casa de Dios en Roma salía el renacido, nada menos que el papa. Asocio con un recuerdo que, junto al sueño, fue elemento con el suficiente sesgo depresivo para que pueda darse el comienzo de análisis. El recuerdo era que estaban veraneando en un lugar en la Toscana, cerca de Firenze, el paciente estaba dando un paseo por el campo y escuchó un estruendo. Una explosión. Intuyó que remitía a algo propio. Se acercó y, efectivamente, su casa había explotado, luego supo, por una fuga de gas. Hubo muertos, pero sus padres no se hallaban allí, aunque él pensó que sí estaban. De hecho, lloró por ello. Luego al verlos sufrió una gran desilusión. “Era mejor tener padres muertos”, dijo.

Probablemente se trató de su propia explosión que día a día intentaba reparar en el acto fetichista. El problema tiene resonancias en lo que los autores de Exploración del autismo, elaborando la teoría del continente de Bion, señalaron. Hay problemas de continente y problemas de contenido. Los problemas de continente atañen a la unidad del yo para poder pensar contenidos. El problema de los contenidos remite a fantasías o a la realidad psíquica representada. Rainoldi se encontraba con problemas de continente permanentemente, pero no de contenido. La zona representacional variaba según sus problemas de continente. Podía vivir en el mundo representado con metáforas de este, pero, probablemente desde la explosión, su vida se dividió entre problemas de continente y de contenido. La pregunta psicoanalítica, ya detectado el problema con el continente, es la siguiente: ¿qué produjo la explosión? La respuesta que nos acompaña está relacionada con las protofantasías. Cualquier orientación sensorial remitiría al trauma, pero, como ya dijimos, es misterioso el camino que lleva a saltarse la prohibición del incesto y la amenaza de castración. Esas fuerzas suponemos que empujaron la explosión prepsicótica del self. Matar a los padres unidos es parte de los celos incestuosos. Ocupar el lugar de la madre en la penetración no solo es una escena sexual para el incestuoso paciente, era además un factor de equilibrio psíquico. De hecho, para compensarse recurre a instituir teatralmente la escena incestuosa y la pluralidad de objetos de los que la escena está compuesta. Si bien la parte psicótica no lleva a la fragmentación de los sentidos como en anteojos oscuros, en Rainoldi el robo del lugar incestuoso lo une a su escena fetichista, pero deja muy poco lugar de salida de ella. La explosión/sueño que marcó su vida lo dejó encerrado para vivir en una escena fija, intentando, más que reparar, sostener la unidad. La soldadura de la reparación es la materia que Rainoldi probó en la sublimación y en algunos intentos exogámicos, pero con muy poca fuerza. El desplazamiento de los objetos primarios es lo que lo sacaría de ese atolladero de reparación maníaca. Sin embargo, la parte psicótica incestuosa reitera la negación del duelo en un fetiche/impasse, una salida sin salida que augura deterioros que profundicen la psicosis.

A modo de cierre

Quise presentar este caso como un intento de cuestionar el rol del fetiche como sustituto de la castración. El fetiche puede ser un objeto inanimado que desmiente una ausencia. Sin embargo, las investiduras narcisistas que ese fetiche reemplaza indican que el fetiche cumple un papel central en la cohesión yoica. La desesperación con que es establecido y la ajenidad están en una zona limítrofe con la psicosis. El momento en que Rainoldi oyó a los padres y, aun, la fantasía de quedar capturado de este lado de la barrera de contacto dan cuenta de episodios psicóticos que en el sostén del fetiche se intentan evitar. El fetiche es un continente equilibrador que sostiene el precario principio de realidad que el paciente tiene. Las pérdidas y los duelos narcisistas no tramitados son su sustancia. El problema de la amenaza de castración no oída indica el poder del incesto como tendencia innata, así como de organizador de la unidad siempre en riesgo. Quedan preguntas y elaboraciones de sentido por realizar en esta propuesta, pero entiendo que lo presentado es suficiente para la hipótesis expuesta.



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