Esta dualidad es un punto central en la detección de procesos psíquicos. No es lo mismo un problema vinculado al desarrollo que el establecimiento de una entidad psicopatológica estable.
La inmadurez puede tener formas equivalentes a cuadros psicopatológicos, por ejemplo, un joven que consume artículos prohibidos de la red sexual y es descubierto por inmadurez frente a la sexualidad no es lo mismo que un perverso dedicado a la prostitución y la estafa. Como no es lo mismo una púber con problemas de alimentación que una con anorexia o bulimia. Dos ejemplos para mostrar cómo lo experimentamos diariamente en el consultorio, que no es lo mismo la inmadurez que la psicopatología. Los cuadros de inmadurez se disipan con la elaboración de las situaciones de aparente gravedad, si los adultos y los analistas o médicos asistentes pueden evaluar la situación adecuadamente. La mayor parte de las veces, los cuadros remiten sin dejar huella. Por el contrario, si los avatares de la vida complican la situación, o profesionales asustados y conservadores sentencian al joven en problemas, estos se agravan, por lo que lleva mucho más tiempo el periodo de remisión.
Recuerdo a una mujer de treinta y tantos que me consultó luego de diez años de malas decisiones de los asistentes. A los 19, experimentando e investigando su sexualidad, se declaró bisexual. La familia, perteneciente a un grupo extremista conservador, decidió alejarla, la sacó del país y la ubicó en un convento, en donde la joven deprimida comenzó con el consumo de sustancias y generó defensivamente escándalos en esa comunidad. Fue expulsada y no recibida por la familia. Le otorgaron un departamento que la familia poseía en una ciudad lejana de otro país del cual tenía la ciudadanía y allí encontró su hogar entre un grupo marginal que la protegió. Pero allí vio la muerte, la prostitución y cosas que ya se pueden imaginar. Su particular familia adoptiva enseguida agotó su contención y trabajó en McDonald’s, vendiendo ropa y haciendo otras actividades hasta que comenzó un curso de cosmética que la llevó a un desarrollo tal que abrió su local y compró un departamento para vivir, ya que ella había abandonado aquel otro de la familia que ya no era su familia. Cuando llegó a consulta, ya era una productora experimentada en cosmética y había organizado su vida junto a una pareja que tenía desde hacía dos años. Al poco tiempo de tratarla, observé que la fortaleza de su personalidad trató de resolver una situación familiar patológica que cayó sobre ella y ella hizo lo que pudo. Una mujer madura, golpeada, con duelos pendientes, pero una robusta vitalidad, venía a tratar los duelos de ese largo periodo. Su evolución sexual adolescente la había arrojado al mundo poniendo en juego su capacidad de vivir. La maduración que no indicaba psicopatología se impuso con el tiempo a pesar de los avatares.
Un caso diferente fue el de otro joven que desde temprano mostró una potente intención de desarrollo exponiendo una falsa identidad de adulto prematuro. La realidad lo iba pasando por arriba si se comparaba con los logros de sus pares, y eso aumentaba su apuesta. Tenía los recursos económicos para suplantar represiones y exacerbar su manía. A los veinticuatro se habían recibido sus amigos y varios habían tomado otros rumbos; comenzó a quedar solo, y su trastorno de personalidad se hizo evidente al comenzar a tener depresiones alternadas con consumo de sustancias. Se unió a grupos marginales y allí llegó a los treinta sin poder salir de la casa de su madre. La psicopatología se impuso tempranamente. Todo lo que los profesionales vieron desde los primeros momentos de la adolescencia se corroboró en un camino sin salida y la evidencia de la enfermedad. Su estabilidad dependía de otros, y la vivencia de identidad separada era aún una larga marcha emprendida que no sabríamos cómo culminaría.
Psicopatología e inmadurez son dos alternativas importantes en el diagnóstico diferencial.






