En memoria de Laura Mejorada
Siempre volver a la diferencia es muy importante en psicoanálisis. Sobre todo, a las bases de las diferencias, que son biológicas, y de las que ya Freud alertó en su artículo sobre las consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica.
La base corporal ha sido suplantada por una lectura determinada por la teoría psicoanalítica relacionada con el falo o su ausencia, que sin dudas ha conformado un microscopio desde donde observar los hechos, y lo es, preponderantemente, en este poco psicoanálisis que aún nos queda.
La suspensión del cuerpo en cuanto cuerpo y la diferencia en cuanto diferencia corporal y psíquica quedaron definidas como una consecuencia de la posesión o no del falo. Este modelo nos acompaña, al menos a quienes respetamos al psicoanálisis, con alegría y utilidad clínica. Pero este amigo de colores postkleinianos quiere recordar que también, como decían Charly y Nito, hubo un tiempo que fue hermoso…
Hubo una vez una década de auspiciosas discusiones. Y tardé en hallarlas en las memorias de mis maestros, porque ellos ya no remitían a ellas en sus textos. Tal vez porque habían perdido la vitalidad del momento en que se dieron. Habían sido enterradas, entre tantos entierros, por las diferentes corrientes que hoy terminaron en el coaching vincular. Pero, cuando las encontré, fui feliz, realmente encontré los problemas que ni Meltzer ni el último libro digno sobre sexualidad en psicoanálisis luego de los textos de Abraham, que nos legó, habían definido tan claramente. ¡Cómo no estuve allí! ¡Cómo puede quedar tan sepultado algo que comenzó pasados los años veinte del siglo pasado! Esto demuestra que el éxito es una burla hacia la verdad de los problemas, tanto como la evidencia sobre el origen que indica que Eva nació de un hueso de Adán, cuando la eterna renovación del nacimiento y la muerte señalan que los hombres salen de una cavidad femenina. ¿Nadie pensó que el que inventó esa teoría comenzó el movimiento surrealista?
Voy a citar al pasar solo algunos problemas que suscitaron las vivas discusiones de aquel descubrimiento teórico que, como una Pompeya detenida luego de la explosión del Vesubio, encontré ante mis ojos. Involucraba, entre otros, a Jones y Melanie Klein, en un clima en que parecía que todo recomenzaba, que las nuevas direcciones llevarían a pensar a otra mujer que la freudiana. Solo unas afirmaciones:
La niña se dirige al pene por atracción libidinal y no a causa de una falta.
La sexualidad de la niña debe entenderse a partir de su relación con el pezón, que después es reemplazado por el pulgar y por el clítoris como fuente de placer, igual que el pene en el varón.
La niña tiene un conocimiento inmediato de su vagina.
La vagina es un lugar de penetración genital.
El clítoris no es el pene de la mujer, sino una parte de su aparato sexual.
La madre es vivida por los dos sexos como poseedora de una vagina y una matriz fecunda.
La vida interior se asocia inequívocamente a la feminidad, y el interior materno es vivido como lugar de refugio o temor.
El embarazo no es vivido como una extensión narcisista que cubre una falta, sino como una relación objetal[1].
Créanme que, cuando leí estas rebeliones, recordé cuánto valor objetal tenían para mí las mujeres. Se parecía bastante a una vagina revalorizada en su diferencia potente. Las mujeres a las que yo había conocido y atendía amaban a sus niños y realmente disfrutaban su sexualidad, aún más que los hombres, también tenían una receptividad y, claro, tenían un recorrido corporal muy diferenciado del nuestro. Salvo que una mujer hubiese intervenido demasiado con sus cuidados, los hombres que yo conocía tenían menos preocupaciones por su cuerpo y su interioridad. Creo que fue uno de los momentos decisivos en mi vida. Comprendí el valor obturante que puede tener el discurso. Las experiencias de todo tipo que yo había tenido con mujeres me indicaban, por ejemplo, cuánto amor o cuánta desdicha puede producir ser o no recibido en la interioridad de una mujer, qué importantes eran su cercanía o lejanía. Cuánta garantía de fidelidad, decoro, paciencia, espera había hallado en las mujeres que atendía, que beneficiaban el vínculo analítico, los grupos a los que pertenecían, familias. Ni que hablar del coraje y el tesón. Era una experiencia personal habitual, y paralelamente vi que también la tenían otros.
Mi amigo Luis allá por los oscuros mediados de los setenta me decía la famosa frase “Tres pelos de concha tiran más que mil bueyes”, y lo vi reflejado en las pasiones que el misterioso sino femenino producía. El amor sexual de la diferencia era un motor sin igual. En el barrio más sencillo, la mujer tenía algo y era portadora del misterio. Mirábamos La Anunciación de Beato Angélico o Andrea Mantegna de los cristianos primitivos, en la capillita del barrio, y en esos cuadros estaba figurada nuestra comprensión de la mujer. El ángel Gabriel posaba y entregaba el misterio del Espíritu Santo. A nosotros, que nos importaban tres belines la mitología cristiana, sin embargo, nos conmovía esa verdad sencilla: la mujer tenía algo que nosotros no, y parecía que era el Espíritu Santo. Luego nos fuimos dando cuenta de que tenía la profundidad de la cavidad infinita que nosotros necesitábamos. Nuestra ecuación era pezón-tetas-vagina. Por eso, cuando el flaco Spinetta gritaba como un desaforado aquel rock crudo de “Me gusta ese tajo”, todos comprendíamos perfectamente que sería inimaginable contarles a las mujeres lo que significaban ellas para nosotros. Digamos que, si el mundo era duro, era una suerte que las mujeres nos aceptaran en su seno simbólico y compromiso sin igual. Siempre había alguna. La tía Esther si nos tocaba en suerte una madre depresiva o una hermana envidiosa. O Carlita si nos iba mal en matemáticas y nos enseñaba junto al café con leche y galletitas –equivalentes del pecho– lo que era seguir teniendo un pecho en donde apoyarse. Por eso, cuando empezamos a leer lo que Freud decía, nos resultó como un tornillo con la rosca demasiado chica, que no encajaba en nuestras preconcepciones. Pero veíamos que seguía por ahí la avenida del conocimiento y se propagaba como un absoluto. Que ellos se queden con esas mujeres sin vagina, y nosotros nos quedamos con las otras, las que tienen, no hay problema, nos dijimos Luis y yo. Unos años después, menos mal que apareció el goce y el cuerpo fue rescatado por nuestros amigos que prolongaron la visión freudiana, y lo agradecemos porque sabemos que defienden la causa del psicoanálisis, pero creo que hay mejores versiones de lo femenino que las que ellos reivindican.
Los hombres salimos mejor parados, de hecho, el Edipo para Freud parece ser cosa de hombres. Me sentí cómodo desde el primer momento con los postulados en relación con los problemas de la masculinidad. Solo que restarían para completar mi gusto por la fantasía inconsciente algunos problemas:
- No es lo mismo el pene con testículos que el pene sin testículos.
- Un mayor análisis de la fase femenina en el hombre, la misoginia y el terror a la mujer en la fase homosexual del desarrollo.
- El vínculo amoroso y genital con la mujer.
En el estudio de las imagos primarias pregenitales, la fantasía es ser tragado totalmente por la mujer, quien se transforma en un peligro para la identidad masculina y la identidad en general del varón, y ese pareciera ser un elemento central. El interior del cuerpo materno, que opera como sede del misterio, contención y terror, depende, para la regulación de la ansiedad, de la operación del pene paterno operando como pezón y testículos sosteniendo la unidad materna, mostrando la unidad de la pareja y custodiando que la leche-semen asegure la salida del espacio femenino, e introduciendo la confrontación edípica. Los padres unidos y aceptados garantizan la salida de la posición de dependencia y captura materna. También una cantidad de problemas asociados a la escena primaria. La vida de los genitales y su potencia se encuentran en juego. No solo ser varón, sino qué tipo de varón. Ser varón es una parte de la situación e involucra el problema del género a nivel mental (no social). El centro es no quedar identificado y capturado dentro de la madre a nivel identificatorio, es decir, ser una mujer o un varón. En este campo la zona de la misoginia o la pseudomasculinidad caricaturizada, como señalaba el amigo Ríos, es central. La mujer y su poder son apabullantes y se neutralizan, cuando predomina la psicopatología, a través de una sobreactuación caracterológica de la apariencia masculina, a través del grupo de varones en oposición a las “brujas” y toda la gama de problemas que todos conocemos muy bien sobre tratar defensivamente a las mujeres como inferiores y toda clase de microrracismos. La fase femenina está relacionada con no aceptar claramente la “unión” que implica la pareja combinada, el intento de tacharla y extremar la diferencia a niveles pregenitales. Mujeres contra varones y viceversa, como vemos que se recrea luego en el ingreso a la pubertad. Tolerar al objeto combinado en la pregenitalidad es realmente complejo. Los celos a la diferencia, la inseguridad de la atracción son demasiado para un hombre sin testículos. No se siente proveedor del genital femenino, unidos para dar sustento alimenticio al grupo (la madre y los bebés de la fantasía). El pene sin testículos es sentido en peligro, y reacciona, mostrando su debilidad, su falta de confianza en su potencia genital. La diferencia, cuando es reconocida en su alteridad, implica una posición genital de fortaleza para ambos sexos. Lo genital femenino se realiza en la potencia de su sexualidad, y el varón tiene una importante tarea al ponerse en juego su capacidad o dificultad frente al desarrollo que se da primero en el cuerpo de la mujer. El camino en esta tesis es exactamente inverso a la tesis freudiana. El hombre sale del cuerpo de la mujer demostrando si puede o no tolerar la relación objetal primitiva con ella y su unión con el pene con testículos paternos. Es decir, sale si puede soportar la unión parental de la pareja combinada pezón-pene-pecho de la que depende para vivir. La sexualidad paterna y materna se presenta como una unidad que el varoncito tanto como la niña deberán soportar y disfrutar. Y en el varón la diferenciación de su masculinidad, partiendo del cuerpo materno, es un eje claro de su posibilidad de desarrollo. Atravesar la posición homosexual es una tarea indecidible en la que el varón juega su potencia genital.
Por último, marco dos procesos que varón y mujer, ya ahora diferenciados, deben atravesar en el duelo que implica el paso de una sexualidad inestable a otra estable. El primero, el paso de la pregenitalidad a la genitalidad con las implicancias con relación al salto de la irresponsabilidad narcisista a la responsabilidad objetal sobre las fantasías y las acciones específicas con relación al complejo de Edipo y al objeto. Los restos de pregenitalidad invaden la vida sexual adulta, y es una tarea permanente para el análisis y el autoanálisis. La vida de pareja se nos aparece como un escenario central de producción de pregenitalidad. El psicoanálisis tiene en la transferencia una herramienta central para su elaboración. La lucha permanente contra la pregenitalidad determina la dinámica de las relaciones con el objeto.
Luego, el otro gran problema que involucra a los dos sexos es el pasaje del incesto a la exogamia. Esto, sabemos, puede llevar toda la vida. Está relacionado con el punto anterior, pero creo que merece una mención especial dado que involucra el paso de la psicosis a la estabilidad mental. Una cosa es el pasaje de aspectos incestuosos cuando la sexualidad adulta genital está establecida, y otra es que el objeto incestuoso no haya sido abandonado. Las consecuencias en el campo de la vida son dramáticas. Huelgan los ejemplos. La represión y la prohibición del incesto son determinantes psicopatológicos.
Una jovencita que se hallaba terminando la escuela secundaria, con dos años de análisis, 2 horas a la semana y diván, se encontraba muy angustiada porque su actividad religiosa se contraponía a sus deseos sexuales. Sus amigas tenían una fluida vida sexual y era material habitual de sus sesiones. Proveniente de un ambiente muy conservador, era muy discreta en relación con sus palabras sobre el tema que la aquejaba. Algo, sin embargo, en su feminidad estaba siendo expresado. En sus tonos, colores, disposición a ir acercándose al tema. Se olía a una mujer asomando.
En una sesión soñó que ingresaba a la iglesia de San José y la recibía el párroco, que se parecía a mí. Se veía en primer plano el arco central de la iglesia que dejaba enmarcados a Jesús bebé, María y José. Ella regalaba al párroco dos bolas de fraile con crema pastelera y conversaba con él sobre la cercanía de un encuentro con un joven con quien había comenzado a salir. Relacionamos el arco central que narraba con la forma de los genitales femeninos, y por supuesto las bolas de fraile con crema pastelera y su deseo genital, que ahora permitía. Esto era importante. Pero creo que más importante era que yo era un fraile y me estaba vedado el contacto con ella. Ella podía manifestar sus deseos incestuosos, pero la clave del pasaje a la exogamia y la renuncia a la aceptación de su deseo genital implicaban tres operaciones conjuntas: la aceptación de su vagina (el arco central) y capacidad procreativa (Jesús, María y José), la colocación de las bolas en el hombre (ella entrega las bolas de fraile) y aceptar que hay un hombre prohibido para poder hallar a su joven cita fuera del espacio paternal. La renuncia al objeto incestuoso es la clave del pasaje hacia la salud mental. Ese desplazamiento habilita el reconocimiento de su feminidad plena (no castrada) y la concepción de sus genitales diferenciados de las bolas de fraile como objeto de deseo femenino.
- Las referencias a estas citas pueden encontrarse en “La sexualidad femenina: ayer, hoy y siempre” de R. Horacio Etchegoyen, editado en Territorios Postkleinianos, Cardenal, Redonda, Editorial Teseo, 2020.↵






