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Epílogo

Sobre el futuro de la vida metropolitana

Ramiro Segura y Mariana Chaves

El habitar es un proceso inacabado que se despliega en un entorno cambiante. La experiencia de habitar implica, entonces, un constante trabajo de comparación entre lo articulado y lo vivido, de entrelazamientos entre el pasado, el presente y el futuro. Las personas que participaron de esta investigación proyectaban su futuro: entre los más jóvenes, había quienes pensaban en recibirse, mientras que otros soñaban con conseguir un trabajo (o un trabajo mejor al que tenían); para muchas personas –fundamentalmente de los sectores populares, pero también de las clases medias–, el futuro se cifraba en conseguir o en terminar de construir su casa, o en mudarse a otro barrio o localidad; casi sin excepción, entre adultos y adultos mayores, el futuro se vinculaba con la salud propia o con el futuro ajeno, el de sus hijos o el de sus nietos. Lo sabemos, el curso de vida, la generación, el género y la clase social, entre otras dimensiones, modulan las formas en que proyectamos nuestras vidas –y los horizontes temporales de tales proyecciones– en un escenario de incertidumbres crecientes.

Para terminar el libro, a modo de epílogo y apuesta al porvenir, nos interesa mostrar las formas en que las personas que participaron de esta investigación proyectaban el futuro de la vida metropolitana. Un futuro en el que nadie colocaba una pandemia mundial, recordemos que toda la investigación y escritura –a excepción de las revisiones– se realizaron antes de inicios del año 2020. En su investigación sobre la imaginación del futuro urbano de Buenos Aires entre 1900 y 1920, Margarita Gutman (2011) analizó la circulación de imágenes visuales y de ideas que contenían anticipaciones, aspiraciones y expectativas sobre el futuro de la ciudad. Para esta autora, Buenos Aires es precisamente una metrópoli porque cambia y, en esta transformación constante, articula simultáneamente las tres dimensiones temporales: el pasado, el presente y el futuro. Podríamos decir que, mientras que Gutman analiza desde el presente la construcción de un horizonte de expectativa alrededor de 1910 sobre la ciudad del siglo xxi a partir de los futuros pasados (Koselleck, 1993) identificados en la cultura letrada y popular, nuestro objetivo es mucho más modesto en su corpus y en su alcance: analizar los futuros presentes (Huyssen, 2007) de la ciudad desde la perspectiva de las y los habitantes del corredor sur de la rmba. Antes de finalizar el recorrido iniciado en la Línea Roca del ferrocarril, la autopista o los caminos Calchaquí, Acceso Sudeste, Belgrano o Centenario, nos gustaría describir y analizar los horizontes de expectativas de sus habitantes teniendo en cuenta que, como señala Gutman, el futuro es siempre presente y la historia de la imaginación del futuro enseña sobre la sociedad que lo formula. En ese sentido, muy probablemente los futuros proyectados antes de la pandemia aquí analizados sean distintos a los proyectados durante y luego de la pandemia. A la vez, como se verá más adelante, resulta plausible identificar algunas líneas de fuerza que estructuran el presente y el futuro metropolitano pospandemia.

Refiriéndose a la sociedad inglesa del último tercio del siglo xx y a las dificultades de imaginar un futuro en el capitalismo avanzado, Raymond Williams (2001: 365) sostenía que, debido a que la imagen del campo probablemente era una imagen del pasado y la imagen de la ciudad probablemente operaba como una imagen del futuro, se encontraban ante un presente indefinido, un presente experimentado como tensión. De nuestro trabajo de campo, en cambio, no emerge una total disociación entre tiempos pasados, presentes y futuros, sino precisamente lo inverso: una asociación, un entrelazamiento de temporalidades pasadas, presentes y futuras que organizan el presente. Siguiendo a Reinhart Koselleck (1993), el “espacio de experiencia” producto del entrelazamiento entre pasado y presente es posible en relación con un “horizonte de expectativa”, un futuro en el presente, lo que aún no fue, pero que se espera que vendrá. La tensión entre experiencia y expectativa rompe la relación lineal propia de la cronología y provoca la aparición de un tiempo cargado de cualidades que se muestra como esperanza, temor, deseo, voluntad, curiosidad o inquietud (Pinedo, 2018: 17). De esta manera, la tensión del presente declina en sentimientos y expectativas diversas con base en el tiempo pasado y las proyecciones futuras.

Resulta sintomático notar que, para pensar el tiempo histórico y romper la linealidad cronológica, Koselleck (1993) haya recurrido al espacio (“espacio de la experiencia”), mientras que, para pensar el espacio y criticar su cosificación y fijación, De Certeau (2000) –retomando a Lefebvre (2013)– haya recurrido al tiempo: “relatos del espacio” y “espacio como lugar practicado”. El acercamiento de estas perspectivas nos invita entonces a reponer la naturaleza espaciotemporal de la experiencia social. Avanzando en esta dirección, en su investigación sobre las transformaciones de la acción colectiva popular en el sur del Gran Buenos Aires entre los años 1974-1989, de modo realmente creativo Jerónimo Pinedo (2018) propuso indagar la dialéctica entre la experiencia del espacio y el espacio de experiencia. Retomando su propuesta, nos preguntamos: ¿de qué modo, entonces, los modos de experimentar el espacio y la vida metropolitana modelan el espacio de la experiencia y el horizonte de expectativa respecto de la ciudad del futuro?

Los horizontes de expectativas respecto del futuro de la ciudad se despliegan a distintas escalas espaciales y temporales y están condicionados por la experiencia metropolitana, especialmente por la clase social, el tipo sociourbano y la localidad desde la cual se produce el habitar y se imagina el futuro de la vida metropolitana. En este sentido, al indagar sobre el futuro urbano, encontramos un fuerte clivaje diferenciador entre las clases medias y altas, por un lado, y los sectores populares, por el otro. Retomando la idea de “imaginación sociológica” de Wright Mills, David Harvey (2007) propuso el concepto de “imaginación geográfica” para referir a la imaginación que le permite a una persona

comprender el papel que tiene el espacio y el lugar en su propia biografía, relacionarse con los espacios que ve a su alrededor y darse cuenta de la medida en que las transacciones entre individuos y organizaciones son afectadas por el espacio que los separa (Harvey, 2007: 17).

En nuestros resultados los horizontes de expectativas de las distintas clases desplegaban una “imaginación geográfica” de escalas espaciales y temporales diferenciales. Mientras que entre las clases medias y altas el horizonte de expectativa se vinculaba fundamentalmente con la expansión urbana metropolitana y sus distintos efectos, entre los sectores populares las inquietudes respecto del futuro se relacionaban principalmente con el espacio local (el barrio) y la política municipal. Veamos estas imaginaciones y anticipaciones.

Expansión urbana metropolitana y sus efectos

Consultadas sobre el futuro urbano, la totalidad de las personas de clases medias y altas entrevistadas de todas las localidades se refirieron a la expansión urbana: los emprendimientos inmobiliarios –cuando no, la especulación inmobiliaria– y su consecuente expresión tanto en la creciente construcción en altura, como en la expansión de los barrios cerrados. Basada en la experiencia reciente de transformación urbana, estas dinámicas aparecen en los relatos como un proceso inercial e irreversible, un destino fatal sobre el cual ni ellos ni prácticamente nadie puede hacer nada. Consultada por el futuro de Berazategui, Hilda, una mujer soltera y jubilada de 78 años, sostuvo:

¿Este lugar? Por ejemplo, cuando vendan esta casa, van a hacer un negocio abajo y un edificio de 15 pisos [risas]. Yo pienso que todo en Berazategui se va, va a ser todo… Porque yo veo que lo más importante es la, cómo se llama esto, especulación que se hace con la construcción… Lo mismo que pasaba en Capital… Más cantidad de gente, más necesidad de vivir, más necesidad de vivir en el centro por el trabajo, y yo pienso que se va a llenar de edificios todo el barrio, todo Berazategui, como Quilmes.

El mismo destino imaginaba Marcelo, un docente de 47 años, para su casa en Florencia Varela: “Me imagino que acá, en vez de esta casa, puede haber un edificio y eso [por un edificio viejo en frente] terminar siendo una plaza de estacionamiento, porque estás al lado del hospital, entonces crece el lugar”. Este diagnóstico –involucre o no el futuro de la propia casa– es generalizado. Refiriéndose a Avellaneda, Julia (28 años, docente) decía que “el centro en estos últimos años tiene edificios cada dos por tres y edificios altos; para muchas personas, el gran problema de Buenos Aires se concentra todo en un punto”; y Nadia (30 años, estudiante universitaria), respecto de Berazategui, sostuvo:

Creció abismalmente, te digo que todavía se mantiene esa cosa de pueblo, pero yo no sé hasta cuándo va a durar, porque creció muchísimo, porque sigue creciendo, porque hay edificios por todos lados, impresionante. Así que yo Berazategui [en el futuro] lo veo súper crecido, mucho más ciudad.

Por su parte, Manuel (25 años, estudiante universitario) imaginaba el futuro de La Plata de esta manera: “Cada vez más parecido a Buenos Aires. El casco urbano va a estar plagado de edificios. Si no ponen alguna regla, alguna ley, se va a ir para arriba”. Y María (25 años, abogada) coincidía:

Van a seguir abriendo edificios, construyendo edificios… Capaz La Plata Casco Urbano se trasforme más en un minimicrocentro, que sea todo edificio y no tanta casa, y se va a ir extendiendo siempre la periferia, como pasó hasta ahora.

Paradojalmente, mientras que en la Ciudad de Buenos Aires es persistente el temor a la conurbanización (Segura, 2015), en estas localidades del sur de la RMBA, la imagen de CABA y, más precisamente, de su zona céntrica opera como un futuro posible, mas no deseable. En este sentido, si alrededor de 1910 el imaginario sobre el siglo xxi que circulaba en las revistas ilustradas remitía a “un futuro urbano, un futuro de ciudades” en el cual predominaría una “ciudad vertical altamente tecnificada” (Gutman, 2011), para personas de clases medias y altas durante la segunda década del siglo xxi un proceso análogo de verticalización no anuncia un futuro próximo de progreso, sino de consolidación de diversos problemas en la vida metropolitana derivados de estas dinámicas y tendencias. De esta manera, para seguir con el ejercicio comparativo, podemos decir que entre ambos momentos no solo se redujo el horizonte temporal de las anticipaciones (de un siglo a los próximos años), sino también las expectativas respecto de ese futuro (del progreso a la incertidumbre), todo ello en consonancia con las transformaciones en la experiencia de la temporalidad en las sociedades de las últimas décadas (Huyssen, 2007).

La pérdida del barrio

Entre habitantes de barrios tradicionales de clases medias-altas, localizados cerca de las centralidades urbanas, uno de los efectos del crecimiento en altura es la pérdida del barrio. Al respecto, Emilia (59 años, empleada pública) y su esposo Horacio (61 años, jubilado de una multinacional), en relación con el Barrio Norte en La Plata, sostenían:

Como barrio tiende a desaparecer, por las torres que están haciendo. Esta manzana viene como salvándose de la gran cantidad de edificios que hacen, que todavía podemos disfrutar de un espacio verde sin tener una ventana que te mire permanentemente […]. Como Capital va a llegar [risas], que sea todo cemento.

De manera convergente, Macarena (20 años) respecto al futuro de Barrio Parque, en Bernal, sostuvo:

Hay esto que te digo, cada vez más edificios de alto. Como que se va haciendo cada vez más, va perdiendo lo que tenía de barrio y se va haciendo más ciudad, por así decirlo. Pero va perdiendo eso… En el barrio una casa re linda, re fea, no importa, la tiran [y hacen] un edificio. A la de al lado lo mismo, a la otra lo mismo. Cambia todo: visualmente, la estructura, todo. Cambia todo.

Desde el punto de vista de estas personas, el progresivo reemplazo de casas por edificios modifica todo en estos barrios: la escala y la apariencia del entorno construido; la densidad de residentes y las posibilidades de reconocimiento entre ellos; la pérdida de privacidad de las casas. Esto tiene entre sus efectos, en definitiva, la progresiva erosión del barrio y de su sociabilidad (imaginada o real), con impactos relevantes en el sentimiento de inseguridad.

El colapso de la infraestructura

De modo más generalizado que el sentimiento de la pérdida del barrio, entre habitantes de clases medias y clases altas, el crecimiento en altura y la expansión urbana se vincularon también con los crecientes déficits en infraestructura y servicios urbanos. En el caso de La Plata, Ernesto (63 años, contador jubilado) remarcaba el crecimiento en altura y afirmaba: “No sé si va a soportar el resto de las cosas, los desagües, el sistema eléctrico, las redes de gas”. Por su parte, Iván (32 años, médico) imaginaba la ciudad “más colapsada” que en la actualidad y presagiaba:

Va a haber más gente, van a tener que hacer sí o sí más obras para abastecer de energía, cloacas, todas esas cosas, porque van haciendo edificios, edificios, pero no arreglan las cloacas ni nada y eso hay que ir arreglándolo, manteniéndolo; si no, pasan desastres […] va a ser un lío porque va a seguir creciendo la ciudad.

Por su parte, los habitantes de Bernal también imaginaban que el futuro de crecimiento de la localidad era “lleno de departamentos”, como lo proyectaba Juliana (23 años, estudiante universitaria), y que podría potenciar la tendencia a la “desorganización de la ciudad”, según Fabiana (24 años, estudiante universitaria). En este sentido, Pedro (52 años, profesor universitario) sostuvo que el futuro de Bernal y de Quilmes “en lo urbano lo [ve] complicado”, y detalló:

Por las posibilidades de accesibilidad. En la zona están creciendo desarrollos urbanos nuevos, acá a diez cuadras, es una ciudad nueva prácticamente […]. Es un barrio privado grande, una zona que era terreno de una especie de telecomunicaciones. Había antenas, un predio de varias hectáreas y antiguamente había tosqueras, así que hay como una gran laguna, y lo que han hecho es todo un desarrollo privado con casas, con algunos edificios nuevos. Están desarrollando edificios […]. Me preocupa que no hay una planificación urbana. En la zona del centro de Bernal y diez cuadras a la redonda, están desarrollando muchos edificios, torres, y ahí se puede complicar con el tema de la infraestructura urbana, con el tema de las cloacas, la provisión eléctrica y sobre todo la vía pública.

Esta “falta [de] una política de planificación” fue remarcada también para el caso de Florencio Varela por Marcelo (47 años, docente), quien describía:

Cero planificación. Fueron haciendo las cloacas como se pudo, se fue haciendo el agua corriente como se pudo. Se habitó como sea, ¿entendés? Y quedó […] toda esa explosión [de asentamientos], y todo lo que hicieron fueron parches para eso. El asfalto donde había calle de tierra. Esta falta de planificación es lo que en el conurbano se sufre mucho y tiene que ver con todo lo que te decía, la falta de espacios verdes, claro que va a haber espacios verdes, si en los espacios verdes se hicieron casas. Y después se dijeron: “Bueno, sí, vos te hiciste una casa acá, bueno, te la doy”. Lo cual es lógico, ¿viste? El tipo [tenía una] casilla, después se terminó haciendo una casa, ¿viste? Y ahora en vez de eso son todas torres, construyen torres, torres, torres, torres, torres, que no habita nadie, ¿viste? Y que si la habitan es peor porque pasa este tema del agua y todo eso. Y no hacen una puta plaza, ¿viste? O no ponen un micro directo de acá a Quilmes, no sé, que pase cada una hora, pero vos ponés un tipo que pase cada una hora, un micro que va directo a Quilmes, ponele, y le solucionás la vida. Lo dejas en manos privadas y no lo van a hacer, porque no es negocio.

La falta de planificación y regulación tiene como contracara –y es condición de posibilidad para ello– que el desarrollo urbano sea comandado por inversiones privadas, que no se limitan al centro de las ciudades. En este sentido, entre habitantes de barrios cerrados localizados en el eje entre Buenos Aires y La Plata, también se proyectaba un futuro urbano con mayor crecimiento, ya no de edificios, sino de barrios y loteos, con sus consecuentes efectos en la saturación de la infraestructura y los servicios. Darío (38 años, médico) proyectaba que “Gonnet y City Bell van a seguir creciendo” con problemas como el tránsito, la ausencia de estacionamientos y la inseguridad. Y Miguel (56 años, periodista) remarcaba:

[Lo imagino] creciendo y creciendo. Están loteando todo, todo, todo; así que va a haber, va a dejar de ser lo que era, un lugar tranquilo. Todas las quintas están loteando y las quintas se van cada vez más para allá, cada vez va a estar más lejos la verdura fresca.

De esta manera, además del crecimiento en altura de las áreas centrales, también se proyecta la profundización de las tendencias hacia la expansión suburbana, que tiene, entre sus efectos, el uso de tierras de vocación rural y el desplazamiento de actividades agropecuarias que brindan suministro de alimentos de la metrópoli (en el caso del periurbano platense, el principal cinturón fruti-hortícola de la rmba).

La expulsión de los sectores populares

Dentro de las proyecciones de futuro por parte de habitantes de clases medias y altas, encontramos también lecturas situadas sobre el destino de los sectores populares ante las tendencias urbanas predominantes. De esta manera, Julia, quien residía en Dock Sud, veía con preocupación los efectos de la urbanización de la ribera del Río de La Plata desde Puerto Madero hacia el sur para los habitantes de la zona:

Por momentos siento que, cuando la gente que se compró y pagó mucho en Puerto Madero se dé cuenta de que es una zona que se va a inundar, porque geográficamente está mal ubicado, [quizás] empiecen a invertir acá, como están queriendo hacer en toda la ribera de Quilmes y Bernal, esto se va a empezar a cotizar un montón, y ahí me da miedo porque hay muy pocas formas de sacar a la gente que molesta cuando [la zona] empieza a cotizar. Y las formas van desde darles que consuman lo que quieran y que se maten solos, matarlos directamente… Pero no, si me decís arquitectónicamente, en un par de años lo veo re top a esto, así cuando empiecen a poner la plata, porque la zona lo vale.

De manera similar, la creciente edificación en Berazategui implicará, según Hilda (78 años), que en un futuro “van a desaparecer las villas, como van a desaparecer las villas de Capital”. Igual diagnóstico sobre Berazategui sostuvo Alberto (25 años), que pronosticó que, si bien “ya hay bastantes edificios, se van a crear muchos más y va a haber muchos más countries”, lo que llevará a que “se va empezar a cerrar más donde viven las personas de las clases más populares, se van empezar a cercar […], [estarán] bien delimitados por countries y por una zona céntrica [donde] predominen los edificios”.

Por su parte, refiriéndose al eje Buenos Aires-La Plata, Alicia (61 años, empresaria) sostuvo:

Esta zona está creciendo. City Bell no sabés lo que está creciendo, está llena de proyectos de barrios cerrados, […] es impresionante lo que se nota […]. Por todas las calles que pasás [en que] que por ahí había casas humildes y qué se yo, no sé cómo hacen, pero están arrasando con todo eso, supongo que les darán otros lugares a la gente, están comprando todo y están haciendo barrios cerrados”

Expansión, valorización, cercamiento, limpieza, “recuperación”… términos muy precisos referidos a procesos urbanos situados comandados por el mercado inmobiliario y que, a partir de experiencias recientes, se proyectan con efectos de desplazamiento y expulsión para los sectores populares.

El barrio y la política urbana

Que el espacio de la experiencia se relaciona dialécticamente con la experiencia del espacio se torna evidente cuando comparamos las anticipaciones de futuro y los horizontes de expectativa de las clases medias y altas con aquellas desplegadas por los sectores populares. Si bien ciertamente entre estos últimos el temor y el riesgo del desalojo y la expulsión están siempre presentes, para ellos el problema no es el exceso de edificación, sino en qué medida pueden consolidar las existentes. Tampoco se trata del potencial colapso de las infraestructuras y los servicios urbanos, sino de conseguir que dichas infraestructuras y servicios estén presentes en los barrios. Para lograr todo esto, estiman con razón que es clave otra política urbana por parte de los municipios en los que residen. Se trata, entonces, de una imaginación geográfica preocupada por el futuro del barrio y la política urbana que aspira a acceder a los beneficios de los procesos de urbanización y metropolización.

Mientras que entre los sectores medios y altos identificamos proyecciones mayormente negativas sobre el futuro urbano, aunque con ciertos matices según las localidades, en un gradiente que va desde miradas muy negativas en Florencio Varela hasta miradas más positivas en Berazategui, entre los sectores populares se evidencian proyecciones diferentes y antagónicas sobre el futuro de sus espacios de residencia. En la villa de Quilmes en la que realizamos trabajo de campo, las opiniones respecto al futuro estaban divididas entre quienes, como Noelia (30 años, dedicada a tareas de reproducción en la casa) y Belén (33 años, empleada en jardinería) respectivamente, sostenían “Creo que va a ser cada día mejor” y “Con la gente lo podemos mejorar” y, por otro lado, quienes, como Sonia (43 años, empleada de limpieza en empresa), expresaban “La gente que puede irse de acá se va a ir, si yo me [pudiera] ir me voy también, vendo mi casa, me compro en otro lado y ya está”. En este sentido, Mónica (34 años, empleada de limpieza en casa particular) también proyectaba: “[la villa] como va, mal, no progresa nada acá, nada”. Y remarcaba la relevancia del acceso a un servicio urbano como la luz eléctrica que muchos de sus vecinos no querían pagar:

Estaría bueno que entre, viste, el de la luz, porque con ese medidor para mí que vas a tener mucho más beneficio. No sé, vos vivís acá en el bajo, no podés hacer trámites, no podés, te vas a buscar trabajo, no te quieren porque sos de la villa. No todos somos iguales. Uno quiere vivir bien, pero no puede porque no sé, [porque] no tiene posibilidades.

Las proyecciones acerca del futuro del lugar, entonces, configuraban distintas estrategias que se expresaban en las relaciones cambiantes con el entorno, cuyos extremos eran “la salida” o “la huida” del lugar y “la permanencia” y “la inversión” en el lugar. Similar dispersión de proyecciones sobre el futuro registramos entre los habitantes de asentamientos en Florencio Varela. Mientras que Gabriela (34 años, dedicada a trabajo de reproducción en la casa) sostuvo “No me imagino este lugar, porque yo me quiero ir de acá, estoy tratando de vender o cambiar en algún lugar”, Daiana (30 años, empleada en casa particular) afirmaba “[En el futuro] me veo tratando de terminar mi casa” y proyectaba un futuro mejor para el asentamiento a partir del presente:

Creo que la gente está progresando, cada vez hay más casas de material, progresa la gente, está lindo. Me gusta que progrese porque [antes] entraba alguien acá y se asustaba porque era todo cañitas, chapas, cartón. Ahora está cambiando, pero era muy precario, demasiado, yo creo que va a avanzar, [aunque] vamos a tener que esperar como hicieron en todos lados, esperás diez años, te empiezan a poner la luz y ahí empieza a tener valor el terreno, porque recién los terrenos estos empiezan a tener valor cuando empiezan a ponerte la electrificación, todas esas cosas como corresponde, ahí recién van a tener valor, no sé si te darán los papeles…

Sin embargo, la creencia en la espera de Daiana contrastaba con las proyecciones de Milena (30 años, vendedora ambulante) para la misma localidad:

Tristemente lo imagino igual, no lo veo con cambios de nada, me lo imagino igual, ojalá que no sea en peores condiciones. Este barrio se hizo hace poquitito, pero venite dentro de cinco [años] y lo vas a ver igual, no va a cambiar nada.

Independientemente de las proyecciones de futuro, en lo que todos coinciden es que, sin un cambio en la política urbana, las cosas no podrán mejorar demasiado para Florencio Varela, en general, y para los asentamientos, en particular. Gabriela sostuvo entre risas “Si sigue con el mismo intendente, la veo mal”, y Sara (54 años, docente) caracterizó al gobierno local[1] como “un gobierno para pocos”. En la misma dirección, Daiana detalló:

Yo creo que si cambian el intendente va a mejorar, porque acá está todo parado. Es un pueblo olvidado de Dios, y el intendente está hace 24 años. Hasta en la Década Ganada, él únicamente trabajaba para la elite de Varela, de la periferia se olvidaba, y acá Varela es una de las pocas localidades en que la brecha entre el pobre y el que más tiene en [la] Década Ganada se abrió, con universidad y hospital y todo.

Modificar las orientaciones sesgadas y restringidas de las políticas urbanas parece ser, entonces, un paso fundamental para mejorar las condiciones habitacionales, garantizar el acceso a la ciudad y el disfrute de la vida metropolitana.

Experiencia y futuro

El futuro de la vida metropolitana es un proceso abierto, mas no indeterminado. Múltiples agentes con perspectivas, intereses y fuerzas disímiles modelan su presente, condicionan la experiencia social de la metrópoli y preconfiguran las orientaciones futuras de la vida urbana. Conocer y comprender la experiencia metropolitana en su heterogeneidad echa luz sobre una dimensión de la dinámica de la metrópoli muchas veces olvidada o subvalorada. Y esa experiencia no solo conecta con el presente y el pasado, sino también con el futuro. La imaginación geográfica se nutre de la experiencia urbana y modela horizontes de expectativa respecto de la ciudad y de la propia vida en la ciudad. Por esto creemos importante pensar en la conexión entre experiencia urbana y futuro urbano. Como sostuvo Raymond Williams:

Debemos recordarnos esa impredecibilidad como una condición susceptible de aplicarse también a cualquier proyección que podamos hacer, que en algunos casos serán con seguridad igualmente ciegas. No obstante, es necesario ser firme y no vacilante en esta cuestión del futuro, porque lo que pongamos en ella, nuestra propia percepción de las direcciones en que debería encauzarse, constituirán una parte importante de lo que se haga (Williams, 1997: 187).

Aun equivocadas o incluso ciegas, las proyecciones y las imágenes de futuro constituyen una parte importante de lo que se hace. Dicho de otro modo: las ideas y las imágenes de futuro –esos futuros presentes constituyen una fuerza activa en el proceso social y urbano. La salida o la huida de un determinado barrio, la apuesta por permanecer en otro, la necesidad de blindar la casa o mudarse a un barrio cerrado constituyen prácticas basadas no solo en los recursos disponibles, sino en las evaluaciones del presente y en las expectativas de futuro de un determinado barrio, localidad o espacio metropolitano. Como vimos a lo largo de los capítulos, muchas de ellas podrían profundizar dinámicas de segregación residencial o fragmentación sociourbana. Otras se interesan por alertar contra estos procesos o incluso buscan revertirlos.

No vamos a proponer aquí la participación como una novedad, hace décadas que de forma diversa se apela precisamente a ella, ni tampoco vamos a sugerir que la participación sea una panacea a estos problemas, ya que los balances de experiencias al respecto son contrastantes y algunos procesos colectivos han tenido resultados más bien frustrantes. Solo queremos remarcar que no es posible pensar y producir ciudad prescindiendo del saber de quienes la habitan, usan, padecen y disfrutan. Las experiencias, expectativas y anticipaciones de futuro que se describen e interpretan en este libro operan sobre la dinámica urbana. Urge la necesidad de imaginar un futuro colectivo distinto para la ciudad, el cual seguramente impactará sobre las expectativas y las experiencias metropolitanas.

Adenda pandémica

Como ya señalamos, toda la investigación y escritura de los capítulos fue realizada antes de diciembre de 2019, pero el proceso de revisión para su publicación se hizo durante el 2020. El impredecible año de la pandemia, en el que la vida cotidiana se vio trastocada, cuando muchísimos de nuestros coterráneos han enfermado y varios han fallecido. El padecimiento se apropió de la ciudadanía a nivel global, y nuevamente las desigualdades preexistentes dieron cuenta de un mapa injusto y por momentos obsceno de polarización de las posibilidades de cuidado y continuidades de actividad laboral, de estudio u ocio. La movilidad que toda urbe posee como latido que le da sustento fue llamada a detenerse. El no contacto, el no tránsito siguen siendo a enero de 2021 las alternativas sanitarias dominantes, pero también emergen las vacunas como expectativas de futuro saludable. La pandemia de covid19 con sus medidas comunes de aislamiento o distanciamiento operativizó en Buenos Aires el sentirnos-sabernos parte de una región metropolitana. Y al quedarnos quietos, tomamos más capacidad reflexiva sobre cuánto nos desplazábamos, sobre cuánto de la vida urbana es movilidad e interdependencia además de residencia.

Bibliografía

De Certeau, Michel (2000). La invención de lo cotidiano i. México: iteso.

Gutman, Margarita (2011). Buenos Aires: el poder de la anticipación, 1900-1920. Anales del Instituto de Arte Americano, 41(1), 53-70.

Harvey, David (2007). Urbanismo y desigualdad social. Madrid: Siglo xxi Editores.

Huyssen, Andreas (2007). En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Koselleck, Reinhart (1993). Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona: Paidós.

Lefebvre, Henri (2013). La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing.

Pinedo, Jerónimo (2018). Urdimbres y tramas. Transformaciones de la acción colectiva popular en el sur del Gran Buenos Aires (1974-1989). Tesis doctoral en Ciencias Sociales, Universidad Nacional de General Sarmiento.

Segura, Ramiro (2015). La imaginación geográfica sobre el conurbano bonaerense. Prensa, imágenes y territorio. En Kessler, Gabriel (dir.). El Gran Buenos Aires. Historia de la Provincia de Buenos Aires. Tomo vi. Buenos Aires: edhasa/unipe.

Williams, Raymond (1997). La política del modernismo. Contra los nuevos conformistas. Buenos Aires: Manantial.


  1. La totalidad de estos testimonios se refieren a Julio Pereyra, intendente de Florencio Varela entre 1992 y 2017.


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