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3 Entre quedarse y salir: habitar la metrópoli desde la periferia y la pobreza

María Celeste Hernández, María Sofía Porta
y Diego Martín Gonnet

Introducción

La propuesta del capítulo es ahondar en la experiencia urbana de los sectores populares aportando a la comprensión de los modos en que el uso del espacio y el tiempo operan en la configuración –y reproducción– de posicionamientos sociales. Las condiciones socioeconómicas de las personas están relacionadas con la localización de su vivienda –pero no son determinadas por ella–, así como con las características del espacio residencial, la ubicación en la trama urbana, la disponibilidad de transporte o la accesibilidad que desde allí se tenga a los lugares de trabajo, de trámites, los servicios educativos, de salud, y espacios recreativos entre otros (Chaves, 2014). Los sectores sociales más pobres habitan los territorios trabajados en este capítulo, y es desde esta situación de articulación desfavorable en la trama social y urbana desde lo cual abordaremos su experiencia metropolitana.

El “barrio”[1], las “tierras”, las referencias a un “acá” distante y diferente de un “allá”, el necesitar “salir” o que se complique “entrar” son expresiones empleadas por las y los entrevistados para contarnos cómo llegar a sus viviendas y ubicarnos luego en su relato como punto de referencia de su cotidianeidad. En el marco de la investigación general, fue en las localidades de Quilmes y de Florencio Varela donde pudimos resolver la indagación sobre el tipo sociourbano “villa/asentamiento”[2], discutiendo la relación de periferia (un territorio con ubicación alejada y otro con alta conectividad), y analizando sus estructuras de oportunidades (Kaztman y Filgueira, 1999). En ambos casos, se trata de “situaciones periféricas”, es decir, “contextos sociales en que hay un acceso precario a mejoras materiales y a recursos simbólicos” (Almeida et al., 2008: 111. Traducción propia). El plural de los términos apuesta a visibilizar la diversidad tanto de las características de los barrios populares, como de las formas de movilidad y de habitar.

Si hay una figura que emerge con fuerza en la descripción de estos territorios es “el barro”, esa mezcla de tierra y agua que constituye las calles de las zonas de relegación. Los días de lluvia separan aún más a estos lugares donde no siempre por causas climáticas quedan fuera de los recorridos los camiones recolectores de residuos, las patrullas policiales, los taxis y remises e incluso las ambulancias. La infraestructura de servicios con que cuentan las viviendas aquí emplazadas es, por lo general, deficiente, con casos en los que no cuentan con agua corriente, cloacas o agua de red, y con conexiones precarias a los tendidos eléctricos. En todas las situaciones, las viviendas son de las personas entrevistadas que las habitan (lo que no siempre quiere decir que posean los títulos de propiedad). Entre las edificaciones observadas, encontramos viviendas construidas con distintos materiales, algunas más resistentes (que cuentan con ladrillos y cemento) y otras más precarias, edificadas total o parcialmente en materiales como chapa, madera, nylon, cartón, entre otros. El acceso a lo urbano se juega en este entramado que, lejos de asumir la forma de oposición entre lo incluido y lo excluido, requiere ser pensado desde “la cambiante y heterogénea articulación entre (des)territorializaciones e (in)movilidades cotidianas” (Segura y Chaves, 2019).

Como explicamos en el capítulo 1, los tipos sociourbanos fueron organizadores metodológicos y analíticos que no se equipararon de manera directa con “clases sociales”, en este caso se trató de personas con situaciones sociolaborales heterogéneas, entre trabajo registrado asalariado no calificado o monotributistas, otras con trabajo no registrado en relación de dependencia o cuentapropistas, y en varios casos con combinación de acceso a políticas sociales de transferencia de ingresos[3]. Algunas de las mujeres entrevistadas realizaban trabajo doméstico no remunerado, y se definían como “amas de casa”. Varias ocupaciones suelen ser realizadas por la misma persona, dado que el pluriempleo es una forma de alcanzar los ingresos necesarios para la reproducción familiar: la combinación más recurrente fue de cooperativista y vendedor/a ambulante-changas. De las 12 unidades residenciales con las que se trabajó, en 11 de ellas había menores de edad, que contabilizaban un total de 36 entre niños y adolescentes. De ellos, 32 estaban en edad de escolaridad obligatoria y la amplia mayoría asistía, a excepción de una niña que no asistía al jardín por falta de vacante en la institución del barrio y falta de dinero para trasladarse a otro establecimiento; los restantes 4 eran menores de tres años.

Las distintas formas en que los sectores populares han resuelto a lo largo de la historia y en distintas localidades de la rmba el acceso al suelo y la vivienda son claves para comprender la pluralidad en las formas de habitar y las diversas y desiguales singularidades que adquieren los espacios barriales con alto porcentaje de residentes en condiciones de pobreza. La distinción entre “villas” y “asentamientos” que Varela y Cravino (2008) han realizado para caracterizar “asentamientos informales” es de utilidad para nuestro estudio y nos permite distinguir el barrio estudiado en Quilmes como de tipo villa, y los de Florencio Varela como asentamientos. Las diferencias pueden organizarse en torno a su ubicación, vías de movilidad, historia, proceso de constitución y momento de urbanización, tipo de urbanización que presentan, densidad poblacional, tipo de vivienda, expectativas de sus habitantes o estigmatizaciones que recaen sobre ellos. Teniendo en cuenta estas dimensiones para comparar villa y asentamiento, a continuación desarrollaremos las características diferenciales, modos de habitar y representaciones que presentan uno y otros de los territorios en estudio.

La villa en Quilmes

Al llegar a la estación del ramal del Ferrocarril Roca que une La Plata con Constitución, uno se encuentra con un barrio tradicional de clases medias: casas bajas, cuadrícula ordenada, dependencias estatales, negocios varios. Pero si desde la estación camina unas cuadras nos encontramos con otra situación. Aparece uno de los extremos y una de las entradas a la villa, entrada delimitada por una especie de valla hecha con rieles horizontales al suelo, levantados y sostenidos por ejes verticales –que arman una especie de guardarraíl–, valla que, aparte de delimitar el territorio, cumple la función de indicar la bajada abrupta del terreno. Por el espacio que queda sin esa valla, la calle continúa, baja y “entra” en la villa (Quilmes, fragmento de notas de campo).

Los orígenes de esta villa del segundo cordón del conurbano, distante de la Ciudad de Buenos Aires aproximadamente por 20 kilómetros, gira alrededor de los años 60. Su crecimiento poblacional y espacial fue acompañando los ciclos económicos y sociales del país y, lejos de ser una excepción, representa una de las maneras en que los sectores populares resolvieron dónde vivir. Los antecedentes de la conformación de villas en la rmba pueden rastrearse hacia la década de 1930, cuando, como consecuencia de la crisis mundial del mismo año y la expansión de la desocupación, muchos trabajadores migrantes –principalmente europeos– no pudieron pagar alquileres y se asentaron en construcciones precarias (Van Gelder et al., 2013). Pero fue recién a partir de la década del 50 cuando esta manera de habitar la metrópoli comenzó a tomar relevancia como fenómeno, en gran parte debido a la política de sustitución de importaciones puesta en marcha hacia fines de la década de 1940, que conllevaba la concentración de industrias en los alrededores de la Ciudad de Buenos Aires, y con ello se producía atracción de mano de obra.[4]

Enmarcadas en el tercer proceso de ocupación del Gran Buenos Aires reconocido por Armus y Bohoslavsky (2015), las villas fueron vistas como un lugar de “entrada a la ciudad”, sitios pensados como transitorios, como el lugar de paso al que había que resignarse unos años en tanto se accedía a una casa propia u otro lugar de residencia (Farías, 2017). A diferencia de lo ocurrido en las décadas anteriores, en las décadas del 40 y del 50 la migración fue principalmente de origen interno; fue a partir de la década del 60 cuando se sumaron inmigrantes provenientes de otros países de la región. La mayoría de nuestros entrevistados, sus parejas, padres o madres eran migrantes, tanto internos como de países limítrofes.

En general, las villas se construían en terrenos desocupados y, en muchos casos, de propiedad estatal[5], que se encontraban próximos a centros de producción y consumo. Con una trama de urbanización irregular, malas condiciones de habitabilidad (Van Gelder et al., 2013) y, en muchos casos, en zonas con graves situaciones de contaminación o deterioro ambiental. La caracterización se acerca mucho a lo observado y a lo relatado por las y los entrevistados. Para nuestro caso de estudio, se particulariza una localización cercana al ramal del Ferrocarril Roca y a importantes avenidas y, por ello, con acceso a una amplia oferta de líneas de colectivo, que suele ser indicado por los y las habitantes como una ventaja. En lo que hace a la trama de la villa, en las cercanías a sus límites se puede observar cierta regularidad en la disposición de las manzanas con calles con posibilidad de tránsito de autos. Esto se desdibuja a medida que seguimos avanzando y las calles comienzan a serpentear y angostarse, hasta convertirse en pasillos donde las casas se elevan en varios pisos de material con el ladrillo hueco a la vista, o pasan desapercibidas en una primera mirada las entradas de chapas y el paso nos lleva a curvas apresuradas y desniveles pronunciados, que solo permiten caminar, pasar en bicicletas o con carritos. La trama irregular responde a que el crecimiento de la edificación es resultado de la suma de prácticas individuales diferidas en el tiempo, y no a procesos organizados colectivamente, planificados y con un solo momento inicial, como veremos ocurre en los asentamientos (Varela y Cravino, 2008). Esta característica diferencial entre uno y otro tipo de ocupación territorial redunda a su vez en la alta densidad poblacional que comparativamente se observa en las villas. En nuestro caso de estudio, la población del lugar es de aproximadamente 10.000 personas (Ramajo, 2015) en una superficie de 36 manzanas (Farías, 2017).

Sobre las condiciones de habitabilidad, los datos son apabullantes: para 2010 más del 80 % de las viviendas eran consideradas deficitarias, más del 90 % de los hogares no tenían acceso a cloacas ni a gas de red, el 83 % de los hogares presentaban necesidades básicas insatisfechas y muchas viviendas estaban hacinadas (Ramajo, 2015). Las referencias a estas condiciones en los relatos son constantes: no hay cloacas, no hay gas, la basura se acumula y son recurrentes las inundaciones que hacen que se pierdan las pocas pertenencias que se tienen. Mónica nos cuenta:

Apenas llueve, ya me inundo. Y después se me descomponen todas mis cosas. Mirá mi heladera, se me descompuso. Se me pudrió todo, y mi ventilador se me quemó; se me cayó en el agua y ya no funcionó más. Estaba yo sola y no podía, porque ya vino el agua de golpe y se me quedó todo ahí en el agua. Y además se cortó la luz. ¿Vos sabés que tenía ganas de llorar? Lloré luego, de la bronca que tenía (Mónica, 34).

Habitar una situación periférica implica un desgaste, un mayor esfuerzo en la resolución de lo diario, grandes dificultades para guardar bienes y un malestar por la acumulación de desventajas que se condensan cotidianamente al vivir en estos territorios de relegación. Es relevante sumar otro punto que hace a las condiciones de desigualdad y la construcción de fronteras sociales: los procesos de estigmatización o criminalización sobre estos barrios. Resultaron temas recurrentes en los relatos los estigmas, los comentarios peyorativos y la construcción de estereotipos por vivir y “ser” de una villa. Ante estos sentidos, los pobladores se posicionan de distinta manera, dinámicas que se profundizan también en los capítulos 6, 7 y 8 de este libro. Son muchas las producciones académicas que analizan este fenómeno para situaciones semejantes (Guber, 1984; Ratier, 1985; Segura, 2009; Varela y Cravino, 2008; Chaves, Fuentes y Vecino, 2017), y, en términos de reproducción del estigma, su consolidación y eficacia, los medios de producción de información y algunos productos culturales se podrían llevar el primer puesto (Segura, 2015b).

“Había chicas de acá que trabajaban y no daban la dirección de acá, no sé si era por vergüenza o por qué. Yo siempre dije: ‘Vivo en tal lugar, ¿te gusta?’, y, si no, listo”, señalaba Sonia al referirse a las estrategias de sus vecinas para evitar que las califiquen negativamente a partir de su lugar de residencia, poniendo en contraste su propia posición. Mónica, por su parte, también mostraba ser consciente del etiquetamiento que buscaba problematizar apelando a la diversidad entre los pobladores sin negar la valoración negativa que cabría a ciertos pobladores de las villas.

No sé, vos vivís acá en el bajo, no podés hacer trámites, no podés, te vas a buscar para trabajo, no te quieren porque sos de la villa, pero no todos somos iguales. Uno quiere vivir bien, pero no puede porque no sé, no tiene posibilidades (Mónica, 34).

Los relatos nos dejan ver que sus habitantes son conocedores de los estigmas que pesan sobre ellos, lo que es vivido y ante lo que se posicionan de distintas formas (Guber, 1984), expresado en muchos casos en términos de resignación, enojo o impotencia.

Habitar la villa

Todo cerca, pero afuera

[…] tenés el tren, el colectivo. Ponele, tenés la avenida San Martín, la estación de Don Bosco… que ahí te lleva a todos lados… Tenés de todos los colectivos que elijas, tenés. Tenés Montevideo, Rocha… Donde vas tenés colectivo… Calchaquí… Tenés todo a mano, tenés salita a mano, tenés comisaría a mano… Tenés, ponele… el centro de Bernal, el centro de Wilde… Todo cerca… Está buenísimo (Estela, 29).

Estela vivió en la villa desde pequeña hasta que “se juntó” con el hombre que luego fue el papá de sus cinco hijos y se mudaron a otro barrio de Quilmes. Cuando su compañero falleció hace dos años, decidió volver a la casa de su mamá en la villa. Nos cuenta que en su cotidianeidad ocupa mucho tiempo en el trabajo doméstico y el cuidado de sus hijos, y que ambas tareas conllevan movilidades que van uniendo puntos de compras, trámites, escuelas, entre otros. Diariamente lleva a los hijos más grandes a la escuela y a los pequeños al jardín; por lo general caminan, pero, cuando van con la bebé, toman un colectivo. Al regresar se queda trabajando en una verdulería próxima.

Una de las características que reconoce como ventaja del lugar donde vive es que “tenés todo a mano”. Esta idea de proximidad refiere a veces a la cercanía física y muchas otras a la percepción de accesibilidad facilitada por las múltiples vías y medios de transporte a disposición. Los traslados de la familia por el área metropolitana también conectan puntos muy distantes entre sí. Estela y sus hijos salen a pasear a la plaza fuera de la villa, a un shopping en el centro de Quilmes, al centro comercial de Bernal o Wilde, a la casa de parientes que viven en otros barrios o al zoológico de la Ciudad de Buenos Aires. “Si hay plata, salimos a pasear”, afirma Estela pensando en los fines de semana. La ciudad de La Plata o el centro de Quilmes son referencia para realizar los trámites de documento de identidad, por ejemplo. Pero además con lxs chicxs va con frecuencia a Avellaneda a un centro odontológico y, en alguna oportunidad, hasta el Hospital de Niños en La Plata. De este modo, el acceso a recreación, documentación o atención de la salud implica movilidades entre localidades, la educación se resuelve dentro de Quilmes, pero fuera de la villa.

Como muestra Estela en el relato, la villa dista mucho de ser un espacio autosuficiente, y esto hace que “salir” se encuentre entre sus principales estrategias de reproducción social (Segura y Chaves, 2019). En este sentido, como dijimos, su ubicación analizada desde las múltiples vías de transporte próximas que facilitan el desplazamiento de sus habitantes es un elemento clave en su “estructura de oportunidades” (Kaztman y Filgueira, 1999), que resulta valorado positivamente por los pobladores.

La posibilidad de acceder a diferentes recursos sea por cercanía física o buena conectividad de transportes les permite evaluar y elegir dónde afrontar aquello que deben resolver. Podemos ejemplificar con Estela en el acceso a la salud: ella solía llevar a los niños al Hospital Finochieto[6], al cual llegaba tomándose el tren o algún colectivo hasta Sarandí; pero ahora, desde que “se puso bueno” el centro de salud próximo a la villa por las mejoras que le hicieron, lleva a los niños a atenderse allí. Los circuitos de valoración y uso de los servicios públicos, sean de transporte, educación, salud, seguridad u otras políticas, que hacen a condiciones de acceso a derechos para lxs ciudadanxs, son motivo de movilidad en el espacio metropolitano. Estos movimientos que bien fueron estudiados por Gutiérrez (2009), justamente para el acceso a salud, son también un punto de análisis de las desigualdades, sea como barreras de acceso o fronteras simbólicas (Chaves, 2014)

“Estamos más adentro que afuera”

Los chicos no pueden salir mucho porque hay mucho paquero, mucho peligro, pasan muchas cosas. Yo miro y si pasa algo me meto con mis hijos, me encierro, o les digo que no se metan. Estamos más adentro que afuera (Mónica, 34).

Mónica vive en la villa junto con su marido y sus tres hijos. Vinieron de Paraguay cuando aún no habían nacido los chicos. Ella se define como ama de casa, y realiza, al igual que todas las mujeres entrevistadas, tareas domésticas desde tempranas horas hasta terminar cada día. Algunas veces, “no siempre”, trabaja como empleada doméstica, sin días ni horarios fijos. Él trabaja todos los días en Ciudad de Buenos Aires, sale cerca de las 5 de la mañana para lograr tomar un micro “que pare”, porque estos vienen muy llenos y siguen de largo si no queda espacio para más pasajeros. Sus hijos salen para ir a la escuela y no mucho más, bicicletas y pelotas solo se sacan cuando la vereda está tranquila.

En el discurso de Mónica, el límite entre “adentro” y afuera” lo marca la puerta de la casa. Cuando se le pregunta por lo que ella hace “afuera”, reconoce cuatro actividades: trabaja, hace las compras, paga cuentas o –en sus palabras– “Me voy a la casa de mi cuñada a tomar mate ahí, nos juntamos a chusmear y de ahí a acá”, comenta esta última con aparente desconfianza y vergüenza. “Chusmear” lo dice tan rápido que no se entiende fácilmente, lo dice en un tono de chiste que la resguarda del juicio moral, de la supuesta poca relevancia y legitimidad de este tipo de actividades para mujeres madres. Al igual que en otras entrevistas realizadas a mujeres de la villa, interpretamos que hay una desvalorización de lo que se realiza por fuera de las tareas domésticas de limpieza y cuidado de otros: juntarse con amigas, estudiar o pasear son actividades nombradas al final del relato, pareciera como lo menos importante, complementario, excepcional, o excedido. Quizás comparativamente (les) resultan acciones con poca legitimidad frente al trabajo del hombre y su remuneración, o al propio trabajo de reproducción de la vida.

No es menor la referencia “de ahí a acá” con la que Mónica finaliza su expresión: la vivienda es el lugar de donde se sale, y a donde siempre se vuelve. La casa como imán: siempre se vuelve porque no hay que dejarla, no se la abandona, se la cuida por pertenencia y por seguridad. La centralidad de la vivienda no se expresa únicamente en los movimientos de Mónica, sino también en su discurso. Durante toda la entrevista, nos habla de su casa, con preocupación y aferro. Nos habla de su casa como refugio: “Estamos más adentro que afuera”, sus movimientos están signados por la proximidad a la vivienda. Es una experiencia de encierro (Segura, 2015a) que también abarca a sus hijos, tanto al más pequeño como a los dos adolescentes.

En todas las entrevistas, habitar la villa se organiza desde un “afuera” de la vivienda que da desconfianza, temor y rechazo: “Vos salís acá, al pasillo, y está lleno de paqueros. Corren, todos, vienen, van, vienen van”. Recordemos que es un “afuera” de la vivienda, pero “adentro” de la villa. Este espacio fuera de la casa familiar está minado de peligros: tiroteos, robos, drogas y otros riesgos a los que –principalmente– los hijos podrían estar expuestos.

Mi hija se enoja conmigo porque no la dejo salir… pero no es que no quiero que salgan, yo confío en ella, pero viste que no podés. […] tenés que continuamente saber dónde se va, porque, si le pasa algo, ¿dónde vas a buscarla? (Mónica, 34).

La conflictividad del afuera va cercando los espacios de movilidad cotidiana y los grados de confianza en los otros:

Tenés que estar atenta porque no sabés lo que el otro tiene en la mente… Por ejemplo, yo hablo con vos, y yo no sé lo que vos estás pensando de mí […]. Tenés que atender mucho quiénes son, cómo son, todo, porque no sabés si vienen, se fijan, te controlan todo y después te entran a robar (Mónica, 34).

Frente a esta tendencia de encierro y resguardo en la vivienda, es interesante rescatar aquellos otros espacios en donde el “adentro” se extiende: el comedor, el jardín maternal, la sede de alguna organización, la casa de un familiar o vecina de confianza. El “adentro extendido” es un sitio de referencia que da seguridad. Noelia, habitante de la villa con una trayectoria similar a la de Mónica, destaca como ventaja de su lugar de residencia que “acá en la villa vos tenés la posibilidad de tener un comedor, de tener un apoyo escolar”. Joaquín, también residente e integrante de la comisión directiva del jardín maternal donde trabajan Mónica y otras mujeres entrevistadas, nombra al jardín como una “guardería”, un lugar donde dejan a las y los niños mientras los padres trabajan y enlaza su relevancia en relación con las condiciones que presenta el “afuera”:

Han cambiado los tiempos, antes se vivía mucho más tranquilo en el barrio, era otra forma de vida. La vida acá es muy difícil, y es por eso [por lo] que [para] nosotros acá en el jardín es prioridad la contención a los chicos, darles un proyecto de vida (Joaquín, 64).

Representaciones

En las narraciones que hicieron las personas entrevistadas, hay imágenes sobre el lugar de residencia que organizamos analizándolas como representaciones sociales. Identificamos tres: de conectividad, “lugar transitorio” y “lugar conflictivo”. La primera es la conectividad. Que no es un término nativo, sino el nombre con el que englobamos las descripciones sobre la ventaja de habitar este lugar por el hecho de tener todo cerca, sea dentro de la villa o en un “afuera” que está “acercado” por la amplia variedad de medios de transportes que se conectan con las localidades o zonas más recorridas, como el centro de Quilmes, Ciudad de Buenos Aires, La Plata y Avellaneda. Esta característica nos habla de una posición estratégica de la villa al ubicarse sobre el trazado principal de vías de intercambio y movilidad, y la proximidad con puntos de comercialización y abastecimiento que abonan a la idea de comodidad. Otro vecino asegura: “Es un barrio cómodo porque tengo el colectivo a media cuadra, porque tengo todos los negocios cerca, tengo movilidad para todos los lugares y estoy en un lugar céntrico”. Esto es, a su vez, un motivo por el cual permanecer en el lugar de residencia, ya que aun cuando está saturado de desventajas, aparece como un “mal menor”, una “anestesia” ante el deseo de irse, de salir, de “buscar otra cosa” que se vincula con la siguiente representación.

Otra representación compartida por las y los entrevistados al hablar de su localidad es la que presenta a la villa como “lugar transitorio”. “Yo quiero irme de acá” fue lo primero que nos dijo Mónica, entre risas, cuando comenzó la entrevista. Esta representación aparece con distintos rostros en las entrevistas. El primero de ellos es la proyección de salida, en cuanto mudanza y cambio de lugar de residencia. Al preguntar por el futuro, aparece un anhelo de que sea “afuera” de la villa. Para ello es necesario que algunas cosas se modifiquen: “Yo, si [tuviera] plata, si [tuviera] un buen sueldo… trato de salir”, afirmaba Joaquín.

El anhelo de salida de la villa reside en la certeza de que no es un lugar deseado, un lugar que se elige. Sin embargo, una desconfianza en posibles mejoras basada en la evidencia histórica de sus trayectorias descarta la posibilidad de que este deseo se realice en el tiempo. Ante la pregunta por cómo ve el futuro del barrio, Mónica responde: “Cómo va, mal… No progresa nada, acá nada”. Y al preguntarle por su sueño, ella imagina: “Terminar mi casa, tener estos pisos y que la zanja esa (apunta hacia afuera de la casa) se limpie y que no me inunde más”. Las condiciones de vida de la villa operan en la experiencia de la exclusión y la ilusión de un mañana diferente: la cloaca siempre tapada, la basura acumulada, la presión del agua, el estado de las calles son algunos datos de malestar diario que nombran las personas entrevistadas.

Junto a este deseo de salir, otro rostro de la transitoriedad es la resignación a permanecer porque “no queda otra”. En ese sentido, lo transitorio se sostiene con la idea de descarte, del aguante, y de que el “mientras tanto” se extienda en el tiempo sin un proceso de identificación positiva o apropiación del lugar. En palabras de Sonia: “Yo creo que uno viene a vivir acá porque tal vez no puede pagarse un alquiler, por ejemplo, porque, si podés elegir y tenés con qué, este lugar no lo vas a elegir nunca, pienso yo”. En síntesis, podríamos afirmar que la imagen de lugar transitorio no se asocia a que quienes residen allí efectivamente se trasladen a otro lugar, sino más bien al deseo de que así sea. Lo transitorio aparece fuertemente como idea, anhelo, proyecto, pero no necesariamente como posibilidad ni como trayectoria compartida de sus habitantes.

Una tercera representación con fuerte presencia en los relatos de las personas entrevistadas es aquella que refiere a la villa como un “lugar conflictivo”, marcado por la violencia, la inseguridad y las drogas. Esta representación está acompañada de la imagen de la vivienda como imán, en cuanto lugar seguro de resguardo y reparo, así como de fuerte dependencia al no poder dejarla vacía, por miedo a que “te entren” o “se te metan”. Belén afirma: “No te sentís libre de tus horarios porque no podés salir de noche, porque no sabés lamentablemente si volvés, si te roban, pasa algo, o asimismo dejar la casa sola”. Refieren a esta situación como reciente, algo que sucede “ahora” en comparación con un pasado de mayor tranquilidad. Estela nombra este momento como una “oleada de inseguridad”:

Parece que se ponen despertador a las 5 de la mañana para salir a robar, porque le roban a todo el que se va a trabajar, le roban la sube y el táper de comida que llevan, eso le roban, porque otra cosa la gente no lleva… O las herramientas de trabajo, ponele a un plomero que le roben el coso de soldar los caños lo arruina, porque vale como 5 lucas una soldadora de caños (Estela, 29).

En todas las entrevistas, aparece insistentemente la preocupación por los niveles de conflictividad y tensión que implica vivir ahí: “No es ventaja estar en un lugar en que vos estás incómodo, en que vos sabés que se arma el tiroteo a las 6 de la tarde, al mediodía o en cualquier momento”.

Junto a los robos y la violencia, en los relatos se caracteriza a la villa por la presencia de droga, tanto por su consumo como por su comercialización, principalmente de paco o pasta base. La droga como problema local aparece depositada en manos ajenas:

Ya te digo, por lo general no son los del barrio los que hacen el daño, siempre son los que vienen de afuera […]. Es todo por la droga, es todo por el maldito paco que uno mismo ve que venden.

Mónica también refiere a esta idea: “Vienen muchas personas que vos no le conocés, caras que nunca viste. Hace mucho que yo vivo acá, vienen personas de otro lado que, no sé, no conocés”. Esta última idea de que los responsables de la conflictividad “vienen de afuera” consolida la imagen de pérdida de autonomía para el dominio del tiempo, los espacios y las relaciones del “adentro”. Ahora bien, cuando los “otros” son “de adentro”, los habitantes se distinguen de estos últimos marcando la diferencia entre “acá” y “allá”: “Más allá, en el sector de la cava, todos venden, todos consumen, y todos se matan. Acá, como está el comedor, es como que respetan más, pero allá adentro, en la cava, más adentro no le veo un buen futuro”. En la negociación de los límites espaciales, cuando el “afuera” ya está “adentro”, se despliegan regulaciones internas: “Si acá se drogan, los sacamos. Entre los vecinos nos juntamos y les decimos ‘Acá no podés porque hay chicos’”.

Junto a estas posibles negociaciones que realizan los residentes, predomina la respuesta individual de “guardarse” en la casa frente al inminente y permanente temor a la conflictividad: “Hay días que no podemos estar acá [en la vereda], nos metemos corriendo con los chicos por el tema de las bandas que se cruzan… acá escuchar un tiroteo es común… Es un tema…”. “Es común”, pero también “es un tema”: la familiarización con la conflictividad violenta y la tendiente naturalización del fenómeno por su carácter recurrente no le quitan la relevancia de una situación construida como problema para quienes habitan la villa diariamente.

Los asentamientos en Florencio Varela

Una avenida, una curva, una calle, otra avenida. De nuevo lo mismo. 45 minutos o una hora de viaje rumbo oeste desde Av. Calchaquí. El colectivo nos dejó en la última calle asfaltada donde terminaba su recorrido con miras al campo, como si allí terminara el trazado de “la ciudad”. Pero si ahí terminaba “algo”, también empezaba otra cosa. A manera de continuación de esa “última” calle, como si fuese un escalón, se salía del asfalto. Si uno dejaba de prestar atención a dónde pisar para evitar embarrarse y miraba alrededor, podía ver toda una serie de casas bajitas que se disponían en un trazado regular, todas ellas situadas en terrenos delimitados y alambrados con parecidas dimensiones, todas diferentes entre sí pero compartiendo algún rasgo de precariedad. Desde esa “frontera”, caminamos dos cuadras hacia adelante, una a la izquierda, tocamos las palmas y nos abrieron la puerta para conversar (fragmento de notas de campo).

Los tres asentamientos de Florencio Varela donde se realizaron las entrevistas tienen distinta antigüedad. Todos ellos se erigieron a partir de la toma de terrenos organizada de manera colectiva, los más antiguos hace veinte años y los más recientes, hace cinco. A diferencia de las villas, los asentamientos presentan desde sus inicios un trazado urbano regular y planificado. Cada uno de los lotes, de dimensiones más o menos regulares, alberga una o pocas viviendas, lo que hace que la densidad poblacional sea comparativamente menor. En los tres casos, aunque se reconocen “mejoras” en las viviendas y condiciones de vida, todos los entrevistados enfatizaron la precariedad de la infraestructura de sus barrios en la actualidad.

Armus y Bohoslavsky (2015) describen las vías de ocupación territorial que dieron origen y modelaron la primera y segunda corona del área metropolitana. Los autores analizan así un proceso del cual surgió “un variado paisaje metropolitano que terminó cobijando una sociedad en la que a los sectores populares –sin duda mayoritarios– se sumaban sectores medios y, en mucha menor medida, medio-altos y altos” (Armus y Bohoslavsky, 2015: 501). Según los autores, a medida que se consolidaron las localidades, entre 1920 y 1970 (no de manera sincrónica para ambos cordones), aumentaba el precio de la tierra, y los sectores populares se trasladaron a zonas para entonces alejadas, menos densamente pobladas, con peor equipamiento y menos infraestructura de transporte. Este proceso de ocupación territorial en el Gran Buenos Aires se dio a partir del fraccionamiento de terrenos de uso rural o que habían quedado sin ocupar entre las líneas del ferrocarril. De este modo, un amplio sector de la población suburbana encontró lugar donde vivir levantando sencillas viviendas en un paisaje liminal entre lo que se concebía clásicamente como lo urbano y lo rural.

Enfocando la historia más reciente, Van Gelder y otros (2013) dan cuenta de un tipo de ocupación organizada de tierra vacante a partir del Decreto Ley 8.912 de uso del suelo promulgado por la dictadura militar argentina en el año 1977. Ese decreto prohibía el loteo sin infraestructura correspondiente, de forma que se elevó considerablemente el precio del suelo, lo que, sumado a las transformaciones económicas del periodo, hizo que amplios sectores de la población fueran empujados a la pobreza y encontraran lugares de vivienda en las periferias de la consolidación urbana, a partir de la ocupación de terrenos.

Sara, una de las mujeres entrevistadas, reconstruye en sus recuerdos la atmósfera de aquel lugar que con el tiempo se convertiría en su actual barrio:

[…] cuando nosotros llegamos, era un campo, teníamos una compañera que vivía enfrente de ese campo, atrás hacia la avenida había un matadero y el resto era campo… Todo esto era campo, solamente hace 8 o 10 años, lo único planificado fue el barrio del Plan Federal, que vinieron gente de todos lados […] y después: asentamiento, asentamiento, asentamiento… (Sara, 54).

Como se verifica en los relatos históricos, el acceso a la vivienda propia fue uno de los principales motivos de desplazamiento para la ocupación de tierras. Recordando “la toma” ocurrida cinco años atrás, Daiana mencionaba el frío del invierno cuando vivía en una carpa, los meses durmiendo allí y turnándose con su marido para que no les “rob[aran] este espacio”, así como las dificultades de esos primeros tiempos arreglándose para sobrellevar la vida cotidiana. Pero a la vez se sentía “contenta con la decisión”: “[…] porque tengo mi hogar y eso es algo importante, por lo menos tengo mi hogar”. De este modo, aunque las zonas ocupadas no contaban con infraestructura de servicios suficientes, eran poco recomendables para ser habitadas y se encontraban más o menos alejadas, el valor de la casa propia se presentaba con persistencia, tanto motivando la ocupación como justificando el enfrentar las contrariedades en el día a día. Esta predominante proyección de futuro aparece en los relatos de dos maneras. Por un lado, el individual: “¿En el futuro? Yo me veo tratando de terminar mi casa, que es lo que quiero hacer y no me va a parar ni el gobierno, ya lo dije. Empezar a hacerme algo que me dure para toda la vida”. Por otro lado, en una dimensión territorial, en la esperanza de urbanización:

La gente está progresando, cada vez hay más casas de material. Me gusta que progrese porque antes entraba alguien acá y se asustaba porque era todo cañitas, chapas… Así eran las casas de acá, era muy precario todo esto, ahora está cambiando.

Los procesos más recientes de ocupación territorial, que dan lugar a asentamientos como los estudiados en este caso, presentan algunas novedades en comparación con la ocupación de sectores populares que tomaron la forma urbana de la villa. Por un lado, la toma colectiva de espacios evaluados previamente como ocupables y, por otro, la posterior organización y distribución espacial de los lotes resultantes. En los casos aquí estudiados, las tomas de tierra tuvieron distintos caminos: en uno de ellos, se ocuparon los terrenos donde luego se construyeron las casas, mientras que, en otro, las personas fueron desalojadas de las tierras ocupadas durante un año, para recibir, luego de múltiples negociaciones, nuevos destinos facilitados por la Municipalidad y materiales para iniciar la construcción de sus viviendas.

Un elemento común señalado por las personas entrevistadas es la organización colectiva como condición de posibilidad para acceder a los distintos recursos. Fueron esta organización colectiva y “la resistencia” las que posibilitaron el acceso a la tierra. También fue esa organización la que habilitó la interacción con el Estado, principalmente con agencias municipales con las que se interactuaba para avanzar en las demandas y soluciones. En uno de los casos, la posibilidad de permanecer en los terrenos tomados se logró por este medio, y en otro se consiguieron materiales para la construcción de las viviendas o las máquinas que trazaron las calles. Aun así, los reclamos de las y los habitantes escuchados en las entrevistas señalan las frecuentes y cotidianas ausencias estatales:

[…] han venido [de la Municipalidad] cuando los primeros tiempos a abrir por ejemplo las calles, a hacernos las calles, las veredas, o sea con las máquinas esas que te hacen la calle, pero de ahí después no se acercaron más, el agua gracias a Dios nos pudimos conectar, agua corriente tenemos, pero sí, es difícil, es difícil (Mariela, 65).

“Nos ponemos entre todos”, cuenta una de las mujeres, enfatizando los procesos de organización en la autoconstrucción de su vivienda tanto como para conseguir mejoras en la infraestructura de su barrio:

[…] al ser tan precario todo, es como que no tenés manera de avanzar. Yo creo que lo poco que estamos avanzando lo avanzamos nosotros, […], nos ponemos a tirar escombros cuando ya el barro […] te llega por los tobillos. Tenemos que poner plata entre nosotros nomás y tirar escombros en la calle (Daiana, 30).

Tal como ocurría antaño, también en la historia más reciente de constitución de los asentamientos, el acceso a los servicios y a la infraestructura urbana se resolvió en muchas oportunidades gracias a la organización entre los futuros o incipientes vecinos, en casos en los que la intervención del Estado, si estuvo presente, no siempre fue decisiva.

En algunos casos desde la expectativa de intervención estatal, en otros confiando en el “esfuerzo” de los vecinos, los habitantes de los asentamientos sostienen que sus barrios “van progresando”. Este “avance” es evaluado en que “cada vez hay más casas de material” y se vislumbra la posibilidad de “conseguir los papeles” (de propiedad de la tierra), o que se concrete la extensión del tendido eléctrico y las redes de agua potable. Las expectativas –que en los relatos se convierten en demandas– incluyen también el mejoramiento de las calles, la recolección de residuos, la presencia de instituciones educativas y, en algunos casos, mayor presencia policial. “Que se pongan las pilas los políticos y ayuden a la gente que lo necesita”, resume otra vecina.

Todas las personas de los asentamientos que participaron de la investigación se imaginan en el futuro en el asentamiento donde está su casa. Reconocen carencias y sacrificios en su cotidianeidad, y a la vez manifiestan expectativas respecto a las modificaciones de esas condiciones de vida. En consonancia con los planteos de Varela y otros (2008), también entre las y los entrevistados el asentamiento conlleva expectativas de permanencia asociadas a futuras mejoras y, la mayoría de las veces, a la posibilidad de acceder a la propiedad de la tierra que habitan. Es decir, no es reconocido como una solución habitacional transitoria, sino permanente y en esto es diferente con “la villa”.

Respecto a la forma urbana resultante, los trazados bastante regulares y planificados con cuadrículas que dan cierta continuidad a la trama urbana circundante facilitarían una futura regularización (anhelada por sus habitantes). Esta diferencia no tan marcada (o al menos con expectativas de continuidad) entre el asentamiento y la trama urbana por fuera de este conllevaría, al menos desde la perspectiva de sus habitantes, evitar las estigmatizaciones de vivir en una villa.

La expectativa de continuidad de la trama urbana, así como características comunes entre estas zonas y otros barrios, puede ser uno de los elementos que dan lugar a que las representaciones emergentes sobre el lugar se refieran más a “Florencio Varela” que a nombres de los asentamientos donde viven. Es decir, antes que diferenciar –como ocurría en Quilmes– el lugar de residencia (“la villa”) del entorno más amplio, los habitantes de los asentamientos generalizan sus problemas como propios de la localidad en la que residen, Varela, y, por lo tanto, no son problemas exclusivos del asentamiento, sino compartidos con los demás habitantes de la localidad. En este sentido, no suele particularizarse en el asentamiento la referencia sino en características singulares de Florencio Varela como si fuera homogénea.

Representaciones

En primer lugar, una imagen emergente de Florencio Varela es la de “ciudad dormitorio”. Esta representación se vincula a los procesos históricos de conformación de la localidad, principalmente a su crecimiento exponencial en los 90 con población de otros municipios, provincias o incluso países limítrofes que se asientan allí, pero buscan y consiguen trabajo en localidades próximas, principalmente Capital Federal (caba).

Laburan en capital y vienen a dormir acá. Digamos, esa es la definición de ciudad dormitorio. Entonces, ¿qué tenés? Tenés que a la mayoría de la gente vos le decís: “¿Dónde queda la calle Budapest?”. “Sé que es por acá, pero no lo sé”. No hay una pertenencia, no hay una apropiación. […]. Bueno, la gente va a su rincón nomás, a su espacio (Sara, 54).

La idea de dormitorio lleva a interrogarnos por quiénes son los habitantes que prácticamente solo estarían en la localidad en sus horas de descanso, y cuáles son los motivos de este tipo de experiencia. En el caso de los asentamientos, se trata mayormente de las personas que se desplazan para trabajar, cuyas dinámicas de movilidad hemos reconstruido a partir de lo relatado en las entrevistas por alguno de los integrantes del hogar. Estos recorridos, como describiremos avanzando el apartado, están signados por las combinaciones de transporte, horas de viaje que a veces son equivalentes a la propia jornada laboral, imprevistos y desperfectos durante los trayectos, y las largas distancias que se recorren día a día. Una de las entrevistadas caracteriza a la gente del lugar como “gente muy trabajadora, trabajan muchos en Capital, […] por ejemplo, son empleadas domésticas en Puente Saavedra; viajan tres horas para ir, tres horas para volver… todos los días”. Esta característica marca la dinámica local, en la que desde tempranas horas se registra el movimiento de quienes van a trabajar hacia la Ciudad de Buenos Aires, La Plata u otras localidades de rmba. “Vos los escuchas que arrancan 4 de la mañana para estar allá a las 7, 8 y a la tarde-noche, una oleada inversa que regresa a sus hogares, personas que duermen en Varela, pero trabajan afuera”.

En segundo lugar, los habitantes refieren a la relación de su localidad con el Estado desde la representación de “lo olvidado”. “Varela es el olvidado del Conurbano […], hay una infinidad de derechos vulnerados que vemos como barrio”. Con esta afirmación, la entrevistada denuncia en su relato los diversos conflictos presentes desde la conformación del asentamiento hasta la actualidad, principalmente vinculados al acceso y funcionamiento de los servicios básicos, como luminaria, recolección de residuos, agua y gas, la frecuencia, variedad y recorridos de los transportes públicos, el acceso a la vivienda propia, la falta de planificación urbana adecuada para programas como planes federales de vivienda, la poca accesibilidad para personas con discapacidad, la naturalización de estas condiciones de vida por desgaste, cansancio o resignación, y el reclamo colectivo como el necesario camino para ser escuchado y que las demandas sean tenidas en cuenta.

Esta representación nos habla de un olvido en cuanto ausencia estatal, o bien de una presencia que no está a la altura de las demandas y necesidades de los residentes de la localidad. Otra cara del olvido presente en las entrevistas es la que podemos llamar “olvido selectivo”, en la cual los residentes de los asentamientos enfatizan las diferencias entre el centro y los barrios de la localidad. Como advertía Gabriela (34):

Acá en Varela pasaron muchas obras, en el centro y cerca del hospital… pero empiezan todo junto: empiezan a arreglar esta calle, la de allá, la de allá, la de allá, está todo cortado por todos lados y nunca terminan nada.

Es interesante destacar que esta representación de localidad olvidada se articula con la apropiación que los residentes de los asentamientos enuncian en relación con el lugar, motivados, como ya dijimos, por la satisfacción de la vivienda propia y la expectativa de mejoras. A diferencia de lo que ocurre en la villa, no aparece en los relatos de los asentamientos el deseo de irse o mudarse. En ese sentido, si bien las condiciones de vida son similares entre ambos territorios, los habitantes de Varela denuncian el olvido como reclamo para ser escuchados y que sus condiciones sean modificadas.

Por último, recuperamos la representación de Florencio Varela como lo alejado. Con ello se hace referencia en los relatos a la desconexión de la localidad de los principales trazados urbanos de movilidad del corredor sur, principalmente las vías de tren. En ese sentido, al sostener “Varela es, sobre todo, lo alejado”, la entrevistada acompaña su afirmación con un gesto en sus manos: con la derecha marca una línea firme, con la izquierda marca un círculo apartado de la línea; este círculo representa algo apartado, corrido, al costado de los demás. Esta representación está vinculada a la conformación de los asentamientos de Varela como procesos que fueron corriendo el límite de lo urbano, ganando tierra y creando ciudad a partir de una necesidad de asentarse donde había tierra disponible.

Los asentamientos estudiados en Florencio Varela se presentan alejados de las vías principales de circulación hacia otras localidades en donde sus habitantes desarrollan muchas de sus actividades: trabajo, estudio, atención a la salud, recreación, deporte y actividades culturales. Esto tensiona un supuesto: “alejado” no implica desconectado ni desvinculado a otras localidades. Por el contrario, Varela como lo último del sur del conurbano convive y se conjuga con la forma de ciudad dormitorio donde un gran número de actividades se resuelven por fuera de este territorio. Esto conforma una experiencia urbana signada por los tiempos y las combinaciones de los viajes, así como por los horarios y los movimientos a tempranas horas para ir y, ya pasado el atardecer para volver, mediados generalmente por la combinación de varias formas de transporte (en capítulos 6, 7 y 8 se vuelve sobre este punto).

Habitar el asentamiento

Construimos analíticamente tres formas del habitar (Segura, 2018) el asentamiento que desarrollamos a continuación: el arte de los trasbordos, vivir encerrada y “Si no salimos, no comemos”. Sin espíritu de afirmar que es lo único posible ni subsumir todas las experiencias, la apuesta fue identificar ciertas regularidades que dialogan con lo expuesto previamente como representaciones y son la modelización general de desplazamientos que presentamos en los capítulos 7 y 8 de este libro.

El arte de los trasbordos

Se va al camino de acá hasta Bosques, que son como unas 15 cuadras. De ahí se va a Claypole, se toma el eléctrico hasta Temperley, y de Temperley se toma otro tren que va a Glew. De Glew se baja en la estación, se tiene que tomar un colectivo hasta un lugar, o sea, lo deja como a tres cuadras del trabajo el colectivo, así que de ahí tiene que caminar (Gabriela, 34).

El fragmento anterior es el relato de Gabriela. Ella vive en uno de los asentamientos de la localidad de Florencio Varela y el recorrido que describe es el que realiza diariamente Pablo, su marido, para llegar al taller mecánico donde trabaja en la localidad de Glew (ver figura 7). Este trayecto se inicia antes del amanecer y finaliza bien entrada la noche. Pablo debe salir de su casa a las 5.30 de la mañana para poder llegar a su trabajo a las 8. Según cuenta Gabriela, muchas veces no lo logra: “el otro día salió a las seis y llegó allá a las nueve y cuarto, como andan mal los trenes es un caos viajar”. Al finalizar el día, Pablo realiza el mismo camino en sentido inverso y llega a su casa a eso de las 22.30. Si hacemos las cuentas, él ocupa al menos 5 horas en trasladarse diariamente entre su casa y el trabajo. Y si miramos un mapa de la zona, advertimos que la distancia entre uno y otro punto es de aproximadamente 17 kilómetros, que, según Google Maps, llevaría 45 minutos recorrerlos en vehículo particular. Sin embargo, no hay otras maneras de conexión entre ambos puntos empleando el transporte público. Para llegar de un punto a otro por este medio, hay que alcanzar la conexión eje del tren y desplazarse por allí. No hay alternativas.

En otro asentamiento de Varela, Daiana[7] nos cuenta algo similar: su marido trabaja como personal de seguridad en una pinturería de Lanús Oeste, donde ingresa a las 9. Para llegar a horario, se levanta aproximadamente a las 5, y “ya ahí se está yendo a trabajar […] se toma el colectivo (a 5 cuadras de su casa), se baja en Varela, ahí toma el tren hasta Lanús y de Lanús agarra otro colectivo más”[8]. Al igual que Pablo, Pedro emplea la red ferroviaria para trasladarse desde su vivienda al lugar donde trabaja. Los colectivos y caminatas que se integran en sus recorridos completan los trayectos hacia y desde aquella red que se presenta como la conectividad principal. En ambos casos, el empleo de este medio de transporte, incluso considerando los múltiples transbordos y combinaciones, es la manera más rápida y simple de conectar esos puntos en caso de no contar con movilidad propia. Esto evidencia la falta de conectividad directa entre puntos relativamente cercanos al interior del primer cordón (como en el primer caso) o entre el segundo y el primer cordón (segundo caso) provista por la red de transporte público.

Sumado a la jornada laboral, el tiempo de viaje que emplean ambos hombres diariamente hace que durante la semana solo estén en sus viviendas en las horas de descanso nocturno. En el caso de Pedro, su horario de trabajo es de 9 a 13 y de 15 a 19, y en esas dos horas al mediodía entre su jornada laboral “se queda en alguna plaza o en algún lado para pasar el tiempo”, así es que el hombre diariamente sale de su casa a la madrugada y regresa cerca de las 22. Al terminar la jornada, el viaje que realiza Pedro para regresar al asentamiento es inverso al descripto: un colectivo, el tren, un segundo colectivo y la caminata hasta la vivienda. Sin embargo, como nos cuenta Daiana, suele tener sus complicaciones:

Entre Claypole y Kilómetro hay un asentamiento, Don José, que dos por tres se queda sin luz, entonces lo que hacen es cortar las vías. Cuando cortan las vías, es un caos, no tenemos cómo viajar, me ha pasado. Entonces, o esperás y perdés una hora, dos horas en poder subir a un colectivo (pero no subir cómodo, ¿eh?, subir como podés…) o hacer peregrinación por las vías desde Claypole hasta Varela. Es una barbaridad, es eso. Un remís, olvidate, porque un remís local, imaginate de allá a acá, no, no se puede. La gente camina por la vía, así que imaginate, es terrible (Daiana, 30).

Vale una aclaración: la distancia entre Claypole y Varela es de aproximadamente 9 kilómetros, que Pedro (así como muchos otros) suele tener que caminar luego de su jornada laboral y de haber estado fuera de su casa más de 14 o 15 horas. Segunda aclaración: al otro día muy temprano hay que volver a amigarse con el tren.

Figura 7. Mapa de elaboración propia sobre Google Maps en el que se muestran los recorridos de Pedro y Pablo

Nos interesa remarcar dos cuestiones a partir de estos relatos. Por un lado, que las situaciones que viven Pedro y Pablo a diario son compartidas por miles de personas que habitan Florencio Varela (principalmente quienes no cuentan con movilidad individual tipo auto o moto), esta “ciudad alejada” y “dormitorio”, frágilmente conectada con localidades que son geográficamente próximas. Por otro lado, y esto es particular de la experiencia metropolitana de estas personas en cuanto habitantes de un asentamiento y miembros de los sectores populares, que las dificultades de movilidad, respecto al tiempo y dinero que insumen y a la calidad de los servicios de transporte, se suman a una larga lista de desventajas. No solo la precariedad laboral y la baja remuneración -que hace que el costo en transporte impacte con más fuerza en la economía doméstica-, sino también las condiciones de expoliación urbana en que se produce y reproduce su existencia[9].

Vivir encerrada en el barrio

No hago muchas cosas porque vivo encerrada; estamos con ella [por su hija] todo el día acá. […]. El único lugar que al puedo salirte es a comprar (Daiana, 30).

Este relato corresponde a Daiana, quien reside desde hace cuatro años en un asentamiento de Florencio Varela junto a su pareja y su hija de 5 años. Previamente, vivían en el fondo de la casa de su madre, en la localidad vecina de Zeballos, de donde salieron para la toma y construcción de la vivienda propia. Su pareja es Pedro, presentado en el apartado anterior, quien trabaja “en blanco” como personal de seguridad en una pinturería de Lanús Oeste. Ella se reconoce como ama de casa y “ermitaña”:

Los primeros tiempos no fueron tan fáciles porque tengo toda mi familia en Zeballos. Acá es como que estaba sola. Yo soy muy ermitaña… mi mamá nos hizo a todos así, como que nunca íbamos a pasear a ningún lado, a veces nos hemos perdido hasta fiestas familiares por estar encerrados (Daiana, 30).

La experiencia de movilidad urbana en barrios populares de la mayoría de las mujeres entrevistadas está atravesada por su condición de mujer-madre y el rol social asignado vinculado al cuidado de los hijos, las tareas domésticas y la reproducción de la vida tanto de los hijos como de sus parejas, quienes mayoritariamente “salen a trabajar”. En oposición a la salida de los varones, en los núcleos familiares entrevistados, las mujeres se quedan. Se quedan y lo viven como “encierro”. Este encierro no implica necesariamente no moverse, y relatos como los de Daiana nos hacen preguntarnos sobre cómo se configura el área de proximidad y cómo se vinculan los motivos de sus –pocos– movimientos con la sensación de encierro.

Tal como expresamos en el apartado “Estamos más adentro que afuera”, referido a algunas características de habitar la villa en Quilmes, la movilidad de muchas mujeres de sectores populares está marcada por la proximidad. En el asentamiento se mantiene la centralidad de la vivienda en las dinámicas cotidianas de las mujeres, pero con otros condicionantes: el barro, el miedo a que te tomen la casa, la escasez de capitales para delegar el cuidado, la lejanía con el afuera que provee recursos y servicios. Habitar el asentamiento supone un área de proximidad desabastecida: “Me queda a trasmano todo, porque está todo en la avenida”; a diferencia de Zeballos, sobre el cual una entrevistada dice: “Nosotros allá salíamos a la esquina y ya teníamos el asfalto. Ahí tenía que venir una ambulancia, policía, todo venía rápido, acá no es lo mismo”. Daiana vive en un asentamiento con características semirrurales; con la afirmación “El único lugar al que puedo salirte es a comprar”, refiere a que lo único que tiene cerca para abastecerse de lo básico para el cotidiano es “el chino” (supermercado). “Igual acá está bastante olvidado, porque no tenés una farmacia cerca, no tenés nada, es como que re fantasma”.

Habitar en el asentamiento es que el barro impida salir a sus habitantes y dificulte la entrada de vehículos. “Acá se nos complica por el barro cuando llueve. Si no hay barro, me voy al chino; está bastante alejado”. Mensualmente hacen una compra en el mayorista, donde consiguen mejores precios y productos: “Nos queda a trasmano, tengo que ir hasta el cementerio (distante por 15 cuadras) y de ahí recién tomamos el colectivo”.

Para venir con las bolsas cargados del cementerio se me complica, pero en esa fecha nos tomamos por ahí un coche o un remís que nos traiga después con la compra… Si puede entrar acá, si hay barro no entra, y tenés que entrar con todas las bolsas en medio del barro (Daiana, 30).

El dinero suele ser un condicionante para trasladarse. La hija de Daiana cumplió cinco años; sin embargo, no asiste al jardín de infantes. La mujer expone que en la institución del barrio no quedan vacantes y no dispone del dinero necesario para abonar los pasajes hasta Zeballos, donde pudo anotarla:

Se me complicó el jardín, no porque no la quiera mandar. Yo la dejé de mandar porque me costaba mucho el pasaje y no me dan tarifa porque mi marido trabaja en blanco; quise mandarla acá, pero no había lugar (Daiana, 30).

Su hermana, presente durante la entrevista, agrega: “Este barrio es nuevo y la gran población son chicos chicos, hay un solo jardín para todo el barrio, entonces no dan abasto y hay muchos chicos que quedan sin vacante” (Carla, 32).

Por último, habitar el asentamiento desde las mujeres “encerradas” en el barrio también supone otro tipo de proximidad: los próximos afectivos. El plan de salida, generalmente de fin de semana, es para visitar a la familia. Gabriela (34), pareja de Pablo, afirma: “En lo cotidiano estoy acá en casa. Es de casa al colegio y del colegio a casa. Por ahí, sí tengo que cruzarme al chino… Y, si no, después con mi vieja. Vamos a lo de mi mamá”. Y luego detalla los eslabones del recorrido:

Vamos siempre en tren. De acá tenemos un colectivo hasta la estación, pero nosotros caminamos. Después en el tren son cuatro estaciones hasta Claypole; ahí bajamos y nos tomamos un colectivo que nos deja en la esquina de la casa de mi mamá.

Al terminar de repasar el trayecto, con sus combinaciones e infinitos posibles imprevistos, reflexiona: “Pero no, el viaje no es muy largo, tardaremos una hora en llegar a lo de mi vieja”.

Por su parte, Daiana cuenta de sus fines de semana: “Estamos más relajados, escuchamos música, miramos películas; […] y si podemos salir, salimos. Si hay plata, vamos a la casa de mi mamá”.

Volviendo a la imagen de ermitaña que Daiana se atribuye, la definición del término dialoga directamente con sus descripciones del lugar de residencia: ‘persona que vive en soledad’, según el diccionario de la Real Academia Española. Su uso actual está vinculado a la idea de habitante de lugar deshabitado o desértico, apartado de vínculos sociales. Daiana se describe como ermitaña por estar sola, alejada de su familia y ser “más bien casera”; también en distintos momentos de la entrevista afirma “Acá estás aislado de todo” y “Al ser una toma, es un lugar desterrado”. Esta característica denota una contundente diferencia con el “encierro” de Mónica y demás mujeres que habitan la villa. Lo que se modifica es el límite “afuera/adentro”, dejando de ser la casa lo que aísla, para, en este caso, estar encerrada en el asentamiento, como barrio alejado.

“Si nos quedamos, no comemos”

Yanina y Vanesa viven en un asentamiento de Florencio Varela, son hermanas y las dos comparten estrategias de supervivencia de reproducción en donde la movilidad es parte de sus medios de trabajo. Salen de su barrio dos, tres o hasta cuatro veces por semana hacia Constitución a “rebuscársela” para que sus hijos, sus parejas y ellas tengan un plato de comida. Se mueven junto con sus hijos hacia esa estación para vender agendas en la plaza o estampitas en los bares próximos. La frecuencia con que realizan estos trayectos varía según el dinero obtenido, incertidumbre que marca la organización familiar y la rutina cotidiana semana a semana.

Desde su vivienda hasta Plaza Constitución, viajan en colectivo y tren: “Si andan bien los trenes, estamos en una hora y cuarto, pero, si andan como andan, tardamos dos horas, tres horas”. “Andar como andan” es el funcionamiento irregular habitual que influye en la configuración de la cotidianeidad por lo impredecible de cuánto tiempo llevará llegar a destino y cuál será la hora de regreso, así como la duración de la jornada en la plaza. Esto último repercute en la recaudación y, por lo tanto, en la frecuencia con que hay que “salir”.

Vender en Constitución implica un conocimiento de las redes y los códigos que ellas ponen en juego y hacen posible la actividad laboral. Sin embargo, en sus relatos la desvalorizan: “No es un laburo, nos rebuscamos así nosotros… Yo tarjeteo, el que no me quiere ayudar, no lo obligo, lo paso y nada más”. Tampoco las personas con las que se encuentran mientras reparten tarjetas la reconocen como actividad laboral: “Alguno te ayuda, pero otros por ahí te dicen: ‘¿Por qué no te vas a buscar un trabajo?”. A pesar de no ser reconocida como tal, el fin económico y de subsistencia está claro:

Laburamos para hacer la comida del día, y nos venimos […]. Venimos comprando las cosas. Les compramos pañales y lo que nos piden, y cuando venimos comemos y nos acostamos a dormir (Yanina, 26).

Las parejas de ambas tienen trabajos inestables y realizan changas eventuales. En el caso de la pareja de Yanina, la posibilidad de salida está condicionada por otro factor: la policía. “Él se la rebusca vendiendo CD; pero no, él tampoco sale todos los días, por el tema de que la policía le saca mucho la mercadería y reponerla de nuevo lo mata”. Las detenciones arbitrarias, la retención y el robo de su material de trabajo también repercuten en la frecuencia con que Yanina tiene que ir a Constitución.

En sus relatos, además de la actividad económica descripta, está presente la doble jornada laboral de la mujer, que se viene nombrando desde las ciencias sociales como “doble presencia”. Por la mañana, realizan trabajo doméstico en sus casas: preparan a sus hijos, los llevan y los buscan de la escuela, limpian la casa, lavan la ropa, cocinan y les dan de comer. Es a la tarde cuando salen hacia Constitución; eventualmente, las acompañan sus parejas, y cuando ellos se quedan, quizás cocinan. Pero, generalmente, la actividad de ellas sigue al regresar de Constitución: cocinar, dar de comer, lavar, limpiar, preparar a los hijos para dormir. Además de esta doble jornada laboral, vinculada a las tareas domésticas antes y después de Constitución, nos interesa reconocer esta doble labor que realizan mientras viajan, ya que siempre están al cuidado de sus hijos: “No están acostumbrados a salir sin mí”. Ellos las acompañan en su actividad en movimiento: mientras trabajan, también cuidan. El cuidado no se negocia, no se delega, tampoco se le confía a su pareja: “Trato de no dejarlos mucho […] nunca se los dejé”.

Al preguntarle por su futuro, Vanesa (34) responde pensativa:

No sé, a mí me gustaría tener trabajo, para no salir más… Ponele, no sé, yo tengo en la cabeza que después ellos [sus hijos] cuando sean grandes van a seguir lo mismo y así… Pero en cambio, si tengo un trabajo…

Y, de esta manera, hace alusión a las seguridades de un trabajo registrado, o al menos un trabajo estable. Yanina, con otras palabras, proyecta sus deseos en la misma línea: “Yo quiero otra vida, no quiero salir más”. ¿Qué implica “no querer salir más”? Por un lado, ese deseo se vincula a cómo se experimenta la tarea cuando “salir” representa para ellas “pedir”, ser miradas y juzgadas negativamente por otros, así como las relaciones sociales que la actividad implica o la causa –vinculada a las carencias económicas– por la que se sale. Por otro lado, el anhelo conlleva la posibilidad de desarrollar un trabajo diferente. Podríamos decir, entonces, que no es la movilidad lo que se busca abandonar, sino lo que motiva dicha movilidad (el rebusque) y las condiciones materiales y simbólicas en las que se realiza.

Conclusiones

Las localidades estudiadas presentan características semejantes en cuanto se constituyen en situaciones periféricas del corredor sur de la Región Metropolitana de Buenos Aires. El tipo sociourbano construido para estudiarlas habilitó el análisis conjunto de territorios con precaria infraestructura y deficiente acceso a servicios que son habitados por personas pertenecientes a los sectores sociales más pobres, cuyas vidas están signadas por la inserción precarizada en el mercado laboral y con ello desventajosa en la estructura social. Al mismo tiempo, la tipología posibilitó ahondar en las particularidades de cada uno de estos territorios, visibilizando diferencias y permitiendo analizar las condiciones de posibilidad de experiencias metropolitanas heterogéneas.

Los modos de habitar la metrópolis desde una y otra de las situaciones analizadas, la villa en Quilmes y los asentamientos en Florencio Varela, difieren entre sí, en principio, en consideración de dos dimensiones principales, que llamamos “localización” y “temporalidad”. La primera, narrada positivamente en el “Tenés todo a mano” desde la ubicación de la villa en Quilmes, conlleva la idea de proximidad de los recursos de los que depende la reproducción de la cotidianeidad de la gente y alude, en mayor medida, a las múltiples vías y medios de transporte disponibles –y no tanto a la cercanía física– que posibilitan acceder a ellos. Es cierto que para lograrlo hay que “salir” de la villa, pero las facilidades que brinda este territorio “conectado” lo vuelven posible al no involucrar altas sumas de dinero ni tiempos desmedidos. Así habitado, el espacio metropolitano se integra en la experiencia de quienes viven en la villa. Narrada negativamente, la localización de los asentamientos implica que también hay que salir, pero todo queda lejos, afirman las y los entrevistados. “Varela es todo lo alejado”, agregan. Y nuevamente, la lejanía no alude tanto a la distancia medida en kilómetros, sino a las dificultades para llegar a donde se quiere o se necesita, si el recorrido debe realizarse en medios de transporte público. Con la frase “Si nos quedamos no comemos”, dos mujeres entrevistadas sintetizaban la necesidad de desplazarse por la metrópolis para las actividades laborales que permitían la subsistencia del grupo familiar. Combinaciones varias, horas de espera y otras tantas insumidas en los enredados trayectos, junto a las deficiencias de los servicios, son características de las diarias –y para muchos imprescindibles e imprevisibles– movilidades que deben emprenderse desde los asentamientos.

Si los modos de desplazarse por la metrópolis se presentan heterogéneos, también el “encierro” (que caracteriza a otras experiencias) se manifiesta de maneras diferentes en uno y otro territorio. Tanto en la villa como en los asentamientos, son mayormente las mujeres adultas (madres) las que viven el encierro, y esto se debe a la feminización del trabajo doméstico dentro de la división sexual del trabajo. Sin embargo, las particularidades de cada uno de los encierros se relacionan con otros elementos, como la ubicación de sus viviendas y “barrios”, los tiempos de los traslados, las redes de contención y socialización, las dinámicas territoriales, las estrategias individuales y comunitarias de cuidado y seguridad, y el acceso a recursos.

En la villa en Quilmes, el encierro tiene lugar dentro de la casa o bien en aquellos espacios de referencia donde la seguridad del “adentro” se extiende: el comedor, la guardería, la casa de un familiar o vecina de confianza. El motivo del encierro es contundente en los relatos: la conflictividad del “afuera”, la inseguridad y la exposición a riesgos. Este “afuera” conflictivo es dentro de la villa, en el espacio público: la calle, la vereda, los pasillos, “allá en la cava”. Por su parte, en los asentamientos de Varela el encierro es en el barrio y su limitada área de proximidad. La lejanía de los recursos de abastecimiento, las principales vías de circulación, los servicios de salud y educación, y las redes afectivas de contención colaboran con la sensación de encierro por lo alejado. Pero también encierran la mala infraestructura del barrio y no contar con dinero.

En ambos territorios las personas entrevistadas enuncian numerosas desventajas de sus barrios y sacrificios cotidianos que conlleva habitarlos. En la villa, las ventajas de saberse “cerca” son muchas veces –sin desconocer las condiciones materiales que obturan esta posibilidad– las que postergan una proyección compartida, y reiteradas veces enunciada, de mudarse. Alejarse del territorio habitado se presenta como la salida posible –aunque muchas veces ilusoria– de ese espacio tan negativamente descripto en términos de infraestructura y seguridad. En los asentamientos, de otro modo, las perspectivas de futuras mejoras y el acceso a la propiedad de las viviendas y tierras que habitan sopesan los pesares cotidianos y se enlazan a expectativas de permanencia. En el horizonte, los habitantes de los asentamientos vislumbran la integración efectiva de sus barrios a la ciudad en términos de infraestructura urbana y servicios, para concretar así el ideal de cercanía y continuidad al que aspiran y por el cual, “progresando”, apuntan a quedarse.

Las experiencias metropolitanas analizadas desde la periferia se juegan entre quedarse y salir, tal como lo enuncia el título de este capítulo. Quedarse en las casas, en los barrios, en las condiciones de vida posibles desde la posición social que se ocupa. Salir caminando y saberse “cerca” o tener que viajar horas y combinar múltiples medios de transporte, irse del barrio. Los horizontes de expectativas que se modelan desde uno y otro espacio construyen una temporalidad organizando el presente acorde al futuro deseado, a pesar de que las condiciones materiales probablemente no posibiliten una salida próxima y tal vez tampoco una mejora a futuro. Quedarse en el asentamiento supone el despliegue de estrategias (efectivas o no) para mejorar; salir de la villa dispone a sus habitantes a, mientras tanto, vivir puertas adentro o a moverse por fuera de esta sin que la posibilidad de transformar ese barrio se presente entre sus expectativas o planificación estatal conocida.

Los territorios analizados difieren entre sí y condicionan de manera contrastante los modos de habitar la metrópolis desde la pobreza. Las posibilidades (y condiciones) de esa experiencia se relacionan –de manera no lineal– con la movilidad social e incorporan la experiencia metropolitana a las dinámicas de producción y reproducción de la desigualdad social. Desear salir de la villa para que la zanja no se inunde –o no haya zanja–, para jugar afuera, para vivir tranquilo o tranquila; pero permanecer allí por no disponer de los recursos para concretarlo, y por las ventajas de vivir “cerca” de todo. Apostar a quedarse en el asentamiento porque, a pesar de las condiciones actuales en que se vive, son fuertes las certezas respecto a que estas se modificarán, y porque la casa es “propia”. Así, entre quedarse y salir, se juegan las estrategias cotidianas de vida de quienes, permaneciendo en sus barrios o alejándose de aquellos, tensionan la homogeneidad de la experiencia metropolitana desde zonas pobres del corredor sur.

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  1. Las comillas se emplean para señalar palabras o frases textuales tanto de las personas entrevistadas como de otros autores.
  2. Para el tipo sociourbano denominado “villa/asentamiento”, se realizaron 12 entrevistas. Siete de ellas, realizadas en la villa ubicada en la localidad de Quilmes, y las cinco restantes, en los asentamientos de Florencio Varela. Cabe mencionar que la muestra presenta un sesgo de género, ya que, de las 13 personas entrevistadas, 12 fueron mujeres (el impacto del género en la experiencia metropolitana se trabaja con mayor profundidad en el capítulo 7). Sin embargo, debido a que las entrevistas realizadas buscaron conocer la cotidianeidad de la totalidad de los integrantes de cada unidad doméstica, fue posible una aproximación a la experiencia metropolitana de todas las personas que habitaban una misma unidad.
  3. Entre los trabajos se detallan: albañil, electricista, cooperativista de programas del Estado, limpieza en jardines comunitarios o casas particulares, vendedoras ambulantes, “changas”, ayudante mecánico, trabajador fabril no registrado y empleado de seguridad.
  4. “Desde fines de la década del 40 hasta principios de los 50 unas 200.000 personas llegaron a Buenos Aires en el marco de este proceso […]. En consecuencia, entre 1947 y 1960 la población del área conurbana de la Ciudad de Buenos Aires creció más del doble y, a pesar de las políticas habitacionales y del elevado nivel de inversión pública en vivienda social, la creación de nuevas viviendas formales fue sobrepasada por el tamaño de la migración” (Van Gelder et al., 2013: 125).
  5. En el caso aquí abordado, las tierras sobre las que se constituyó la villa pertenecen a Vialidad Nacional (Farías, 2017).
  6. Este era el nombre anterior del Hospital Interzonal General de Agudos Presidente Perón ubicado en la localidad de Sarandi, partido de Avellaneda.
  7. En uno y otro caso, son las mujeres adultas de las unidades domésticas las que realizan los relatos, y sus compañeros varones son quienes trabajan fuera del hogar y por tanto los protagonistas de los “viajes en cadena” que describen. En ambos casos, son ellas las que permanecen más tiempo en sus viviendas a cargo de las tareas domésticas y el cuidado de los niños. El género como organizador de las experiencias metropolitanas será abordado en profundidad en el capítulo 7 de este libro.
  8. En esta oportunidad, la entrevistada realiza un uso restringido de “Varela” para aludir al centro de la ciudad. En su empleo del término, el centro y los asentamientos se señalan como espacios contrastantes. Esta diferencia, como advertimos anteriormente, no siempre es el criterio que prima cuando las representaciones sobre los asentamientos refieren también a la localidad o cuando se generalizan los problemas de estos territorios para presentarlos como propios de Florencio Varela.
  9. La noción de “expoliación urbana” remite a “la ausencia o precariedad de los servicios de consumo colectivos que con el acceso a la tierra y a la habitación, se muestran como socialmente necesarios a la reproducción urbana de los trabajadores” (Kowarick, 1996: 737). Reconocemos, en este sentido, la no presencia de cloacas, la necesidad de abastecerse de garrafas (mucho más costosas) por no tener gas natural, la anegación de calles cuando llueve, la falta de vacantes escolares o la no recolección de residuos, por enumerar algunas de las desventajas relevadas en las entrevistas.


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