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5 Vivir adentro, vivir afuera: la experiencia metropolitana en tipos sociorresidenciales de clases altas y medias-altas

Agustina Horna y Joaquín Vélez

Introducción

¿Qué es el adentro? ¿Qué es el afuera?

El adentro siempre es el adentro del afuera.

Sólo el adentro tiene un afuera, es el pliegue del afuera.

Vivir es vivir en los pliegues.

 

Gilles Deleuze (2015), La subjetivación

En el film Tower House, el director austríaco Karl-Heinz Klopf (2014) muestra cómo la casa del arquitecto Takamitsu Azuma fue construida como símbolo de la vida moderna en aquella Tokio de los 60. Una casa pequeña, con pocos metros cuadrados, proyectada como un lugar de paso. Según su concepción, la ciudad, el espacio público, es lo que debe ser habitado: no hay repliegue en lo privado, se vive “puertas afuera”. En los sectores de clases altas y medias-altas que abordaremos en este capítulo, varixs de lxs entrevistadxs señalan un movimiento opuesto describiendo sus vidas urbanas como “de puertas adentro”, aunque, como veremos, pasan gran parte del día fuera de sus casas. La división entre el adentro y el afuera, con sus liminalidades, porosidades y transiciones, es uno de los ejes en el que se organiza la experiencia espacial y desde el cual podemos pensar e imaginar los movimientos en el ámbito urbano. En este capítulo nos interesa detenernos particularmente en los sentidos que se desprenden de ese adentro en estos tipos sociorresidenciales: ¿dónde está localizado?, ¿quiénes están adentro?, ¿cuál es el afuera?, ¿quiénes quedan afuera?, ¿se puede estar afuera y, sin embargo, permanecer adentro, en ese adentro del afuera?

Para este análisis nos basamos en un total de 27 entrevistas, de las cuales 10 corresponden a barrios cerrados de los alrededores de La Plata, otras 10 ubicadas en barrio tradicional de clase alta en el casco fundacional, y las 7 restantes en tramas de barrio tradicional de Quilmes.[1] Al interior de cada una de las experiencias que analizamos, hemos identificado diversos procesos que nos permiten mostrar e interpretar la experiencia urbana de sus residentes. Uno de ellos refiere a que gran parte de ese habitar la ciudad por fuera de la vivienda se produce “puertas adentro”, esto es, en múltiples lugares de trabajo, instituciones educativas o recreativas, y transporte particular como el automóvil. La vida cotidiana se reproduce en circuitos en los que, como veremos, se tiende a un “estar entre semejantes”, mayormente por espacios privados o mercantilizados. Otro proceso significativo remite a la constitución y sostenimiento de espacios sociales homogéneos, que componen “círculo social”, así como una regulación del tiempo tendiente a la hiperocupación.

¿Clases altas? Algunas (in)definiciones

Antes de continuar, queremos hacer un rodeo por otra de las oposiciones que guían nuestras percepciones de los espacios: la de arriba y abajo, y de lo alto y lo bajo. Continuando la demarcación por “clases sociales” que organiza parte de este libro, como dijimos, en este capítulo nos ocupamos de sectores que han sido caracterizados como clases altas y medias-altas, sectores dominantes, privilegiados o élites. Los criterios de delimitación no son uniformes: hay quienes proponen definiciones en relación con la percepción de ingresos y con el patrimonio consolidado (Piketty, 2015); otros agrupan en sectores socioocupacionales según la propiedad de empresas mayores a un determinado tamaño o funcionarios de alta jerarquía (Heredia, 2016); además, existen otros autores que hacen foco en los espacios de sociabilidad y la circulación de capital social y prestigio, no solo ligado al dinero.[2] Vinculada a esta última línea, se encuentra la noción de “círculo social”, que permite comprender agregaciones y pertenencias, analizar fronteras –más o menos porosas– renunciando a la pretensión de saber si existen o no grupos sociales de élites (Fuentes, 2011). Cerrado y autorreferencial, el “círculo” emerge como referencia en la forma en la que muchxs entrevistadxs caracterizaron a las personas que habitan estas zonas: “gente como uno, universitarios, profesionales”.

Nos detendremos brevemente a señalar dos de las cuestiones con las que nos hemos topado en el desarrollo de la investigación: la dificultad de acceso a las viviendas y su autoadscripción como clases medias, que tal vez constituyen un indicio de características propias a sus posiciones de clase, mediado por barreras y una aparente disposición a efectuar un “cierre social”.

Si bien una gran proporción de las entrevistas realizadas pertenecen a estos sectores, el ingreso al campo tuvo ciertas características que nos permiten leer indicios de sus vidas cotidianas. Los inconvenientes no surgieron para contactarlos sino al momento de coordinar las entrevistas, ya que los/as habitantes de ambos tipos residenciales solían referirse a obligaciones laborales impostergables o agendas sumamente ajetreadas producto de la hiperocupación de estos sectores –punto que analizaremos más adelante–, lo que provocó una cierta dilación temporal para realizar las entrevistas, que en algunos casos, incluso con mucha persistencia, no llegamos a concretar. Esto mismo influyó en que muchas de las entrevistas se realizaran en sus lugares de trabajo (empresas, estudio jurídico) o en espacios como bares, y no en las viviendas. Pero también estas experiencias pueden ser indicios de cierta resistencia a la hora de mostrar el lugar donde se habita (Svampa, 2001). Por ejemplo, uno de sus residentes, escudándose en ciertas normas del lugar, nos advertía: “No dejan sacar fotos por el tema de la seguridad, no tenemos nada que ocultar”.

Otro elemento a tener en cuenta en la definición de estos grupos es que, en general, se consideran como pertenecientes a las clases medias. Pero, si seguimos la clasificación que nos ofrece Heredia (2016), corresponden a sectores medios-altos y altos. Así, las formas de autoadscripción y las caracterizaciones de los lugares de residencia expresan una disociación entre el grupo de pertenencia y el grupo de referencia (Svampa, 2001). En este sentido, se torna relevante observar cuáles son los atributos destacados y asignados a las clases medias: una clase “normal”, “laburante”, “como todo el mundo” operando como una adscripción de cierta neutralidad en la imaginación social argentina. Como se señala en el capítulo anterior, los sectores medios realizaban una clara demarcación respecto de aquellos que están “más abajo” y “más arriba” dentro del escalafón del espacio social. Lo que notamos en sectores medios-altos y altos es un reconocimiento tanto de pertenecer a sectores medios, como de encontrarse un poco por encima en términos económicos. Dentro de estas tramas residenciales, se autopercibe una relativa homogeneidad: “Todo bastante parecido, son todas familias bien, pero así típica familia, la pareja, los hijos, el perro y más o menos son todos parecidos” (Pilar, 25 años, barrio tradicional, La Plata); aunque en ocasiones –especialmente en barrios cerrados– se desarmaba dicho isomorfismo para señalar excepcionalidades constituidas por las figuras de “políticos” y “futbolistas”. En el caso de barrios cerrados, también fue recurrente desmarcarse de barrios con cierta notoriedad mediática como “Abril” o “Nordelta”, donde sitúan a sectores más ricos y la presencia de “famosos y gente de la farándula”.

En ciertos casos, una trayectoria familiar de movilidad social ascendente constituye una de las razones posibles para la comprensión de esta adscripción a las clases medias. Ilustrando este caso, una entrevistada platense propietaria de una empresa –pequeña en sus comienzos y con al menos unos 200 empleados/as en la actualidad– señalaba: “Está la clase media, que somos nosotros”. De todas formas, especialmente quienes habitan los barrios cerrados coinciden en que viven entre personas de un nivel adquisitivo al menos por encima de la media. Miguel, con 56 años, es periodista y trabaja en un importante colegio profesional de La Plata. Hace unos 17 años que vive con su pareja en uno de los primeros barrios cerrados de la localidad de City Bell, creado 30 años atrás. Ante la pregunta de si se trata o no de un barrio homogéneo, afirmaba: “Sí, gente toda de clase media, es media, un escaloncito más arriba, ni siquiera es media-alta”. A su vez, una residente (45 años, maquilladora) de otro barrio de la misma zona también expresaba: “clase media como nosotros que laburamos”. En Quilmes, una joven fiscal, habitante de Barrio Parque y con aspiraciones de migrar hacia un barrio cerrado, indicaba: “Yo me considero de una familia de clase media, normal”. Finalmente, algunas personas señalaban con mayor claridad su distinción, sobre todo en relación con la zona en donde residen: “City Bell era como un barrio de clase media, media-alta, y siempre fue medio… le llamaban el barrio medio careta”; “En general [en ‘Barrio Norte’] es gente bien, las casas son casas bien, clase media-alta, puedo caminar tranquila por la noche, no me siento insegura”.

La alteridad fue claramente más discernible respecto de sectores más bajos que rompen con el círculo cerrado y homogéneo de la dinámica cotidiana. Las representaciones traían figuras de presencias no deseadas en el espacio urbano, en expresiones como “gente fea”, “Me siento inseguro”, o “unas caruchis”, o también frente la ineludible fuerza de trabajo de reproducción doméstica en sus propias residencias (trabajadorxs de limpieza, seguridad, jardinería o mantenimiento), aun cuando en ocasiones con estxs se realicen intentos imaginarios de incorporarlxs como una extensión del parentesco y considerarles “como de la familia”. En el caso de los/as residentes quilmeños/as, hay una localización específica de los sectores populares, puesto que en parte habitan en villas que se encuentran próximas a su circulación cotidiana, por lo que se diseñan diversas estrategias para evitarlas.

Retomando la idea del círculo social, muchas de las cotidianidades se repiten e intersectan entre las personas que residen en ambos tipos residenciales. Tanto en barrios cerrados como en tradicionales de La Plata, Quilmes y Berazategui, la mayoría de las personas entrevistadas tienen estudios universitarios (en curso, completos o incompletos) y usualmente cuentan con más de un trabajo formal. Los/as jóvenes de barrios tradicionales son estudiantes universitarios/as o ya poseen una profesión y se encuentran en ejercicio de ella. Es posible observar mucha fluidez y semejanza entre ambos tipos residenciales, en sus trayectorias de vida y en las historias narradas. Sin embargo, esa fluidez no los transforma en un grupo homogéneo, sino que existen singularidades y especificidades, que intentaremos detallar a continuación.

Barrios cerrados, barrios adentro: lejos, seguro y tranquilo

¿Qué es lo que está encerrado?

Lo que está encerrado es el afuera.

 

Maurice Blanchot, La conversación infinita

Una de las innovaciones urbanísticas que ha proliferado significativamente en las últimas décadas, tanto en Argentina como en otros sectores del globo, es el tipo sociorresidencial que aquí hemos genéricamente denominado “barrios cerrados”. En el caso argentino, muchas veces se constituyeron en zonas de casas de fin de semana o “casa-quinta” donde no se tenía residencia permanente y luego se fueron conformando como barrios privados (Svampa, 2001). Dichos modelos provienen principalmente del caso estadounidense, como nos relataba uno de los entrevistados, residente de un country de La Plata, abogado de profesión (70) e interiorizado en cuestiones de ordenamiento de este tipo urbano:

El primer barrio cerrado nació en 1930 y sigue estando todavía: “Tortugas Country Club de Campo”, un tipo de urbanización que se tomó de Estados Unidos. Tardó mucho en expandirse, recién a partir de fines de los 50, y durante mucho tiempo no hubo ninguna reglamentación. Algunos se organizaban por propiedad horizontal y otros como parcelamientos comunes. La primera ley que hubo en la Provincia de Buenos Aires fue el Decreto de Ley 8.912, del año 77. Es el primer régimen jurídico en Argentina. Ahora en la Provincia de Buenos Aires debe haber 500, 600 más o menos.

En el territorio de procedencia referido, estos barrios fueron principalmente destinados a clases medias de familias “tipo” en busca del “sueño (norte)americano”: vivir en sectores relativamente homogéneos en términos culturales y socioeconómicos, contar con una casa y automóvil propios, acceder a la universidad y desempeñarse como profesionales. Sin embargo, en su importación, adaptación y radicación en Argentina y Latinoamérica, las destinatarias de estos emprendimientos inmobiliarios han sido principalmente clases altas y medias-altas y tramas sociourbanas bien distintas.[3] De todas maneras, aun cuando en un contexto sean caracterizados como clases altas y en otro como clases medias conformistas, los estilos de vida narrados e idealizados no son tan disímiles, mostrando una vez más el carácter relacional de las clases y la necesidad de su análisis fundado y situado.

Para el año 2016, aproximadamente 300.000 personas vivían en alguna de estas formas residenciales en Argentina –que ocupaban un 30 % de la superficie urbana–, lo que representa cerca de un 0,7 % del total de la población (Heredia, 2016; Segura, 2017). La mayoría de los barrios cerrados se han desarrollado como grandes emprendimientos inmobiliarios en lugares poco urbanizados, especialmente donde existían zonas compatibles y asimilables al perfil “verde” de “naturaleza” y “campo”, como señalan los anuncios publicitarios. En los casos mapeados, encontramos que responden tanto a este origen como también al armado de consorcios entre propietarios/as, tal como narra Evaristo:

Están administradas por una sociedad anónima que es propietaria de los espacios comunes y hace la administración general. Las empresas desarrolladoras son sociedades anónimas que tienen un directorio, cada propiedad tiene una acción, pero las empresas, para tener el control en forma permanente de la administración, tienen la mayoría de acciones. Entonces se hacen asambleas anuales, pero tienen escasa participación los propietarios en la administración. Algunos son más abiertos y otros son una administración un poco más cerrada porque quieren tener mayor control (Evaristo, 70 años).

Dispuestos en el mapa, suelen estar cerca de accesos como autopistas o rutas que facilitan la conectividad con los centros urbanos de los que la mayoría se encuentra relativamente alejada. Estas ubicaciones son las que llevan, en muchos casos, a la coexistencia con sectores altamente relegados y marginados, fenómeno que algunos/as autores/as han denominado “fragmentación” o “insularización, del cual pueden encontrarse muchos ejemplos en el tercer cordón de la rmba.

En el caso del partido de La Plata, aunque hay diferencias entre estas formas de urbanización, la gran mayoría se encuentra en las delegaciones del norte y noroeste, vinculadas a los caminos que conectan hacia caba. Las personas que fueron entrevistadas en esta zona viven en barrios que se han instalado en un sector donde la producción flori-hortícola aún es muy importante, resultando fácil de distinguir con fotografías satelitales la disposición longitudinal de los invernaderos hacia el sudoeste. En sus dinámicas cotidianas, estas personas se vinculan con el centro comercial de City Bell, que en los últimos años se ha constituido como un importante nodo urbano para las personas residentes en la zona, en especial de clases medias-altas y altas. Darío (38 años, médico cirujano) nos relataba otra parte de la historia de una urbanización de la zona:

Toda esta parte eran zonas de quinta donde el acceso La Plata fue creciendo de 7 para allá, para el sur y para el norte son zonas de quintas y campos. Empezaron a hacer muchos barrios cerrados por esta zona [el norte]: al lado hay otro barrio cerrado con 350 casas; en el nuestro también 350, es nuevo, se inauguró hace 4 años y hay 100 casas y hay proyectadas 250. Al lado del otro hicieron una segunda parte con 200 lotes más. A 500 metros de ahí hay otro barrio cerrado y a 700 hay otro. Hay 5 barrios por ahí y no se puede lotear toda esta zona porque son manzanas enteras; se puede lotear en cuatro, entonces lo que hicieron fue armar barrios cerrados y se lotean.

La disposición de los barrios cerrados no es azarosa; el relato recuperado nos muestra cómo muchos de los emprendimientos inmobiliarios se han asociado entre sí de forma que produjeron un profundo impacto en la urbanización y rezonificación de estos espacios. Esta composición y sus resultados son relatados por María Marta (57 años, dueña de una fábrica de zapatos y carteras) al comentarnos el mal estado y lo transitada que es la calle por la que llega a su barrio y vivienda:

Por esta calle solamente, hay cuatro barrios cerrados. A eso [hay que] agregarle los camiones de floricultores, porque esta zona es de floricultores y quinteros, y de criaderos de pollos que vienen con los camiones y hacen bolsa todo. Más el tránsito de los colegios […] que son colegios bilingües, así que a las 5 de la tarde saliste y te querés morir.

Los accesos a estos espacios alejados de los centros de aprovisionamiento representan un problema cotidiano. Las extensiones de los predios “cerrados” impiden el tránsito y la libre circulación por más vías, y las existentes no cuentan con la infraestructura necesaria para la congestión que se produce.

Por otro lado, en ciertos relatos aparece una especie de tipología de barrios cerrados –semejante a las elaboraciones de Svampa (2001)– que, en algún sentido, se organiza como un continuum entre lo “abierto” y lo “cerrado”, entendiendo este último extremo como el mayor grado de autonomía con servicios e instituciones en su interior. En esta clasificación, existirían “barrios abiertos” con dinámica de barrio cerrado; “barrios cerrados” propiamente dichos, donde solo se limitaron a privatizar el acceso y contratar servicios de seguridad y vigilancia, sin lugares comunes más allá de las vías de circulación; “countries urbanos”, cuando están más cerca de las tramas urbanas consolidadas; “countries”, con mayor cantidad de espacios comunes; y “clubes de campo”, que se caracterizan por mayor cantidad de servicios y espacios comunes, presencia de colegios privados, casas (todavía) más ostentosas, lagunas, etc. Este último tipo no fue incluido como parte del muestreo que hemos realizado en nuestra investigación; sin embargo, la referencia en las entrevistas fue constante como otra alteridad, desmarcándose a través de la alusión a diferencias importantes respecto de estos countries más espectaculares retratados en films y novelas o conocidos mediáticamente: “Esto no es Abril”, “No es como Las viudas de los jueves”, “No es Nordelta”, como advirtieron muchos/as entrevistados/as. Estas diferencias muestran estructuralmente cómo los diversos grados de autonomía respecto del afuera del barrio inciden profundamente en las movilidades y en la necesidad de resolver las diversas esferas de la vida dentro o fuera. Esto es señalado reiteradamente en relación con los procesos de socialización de niños/as y jóvenes, donde se les adjudica una falta de conocimientos de los códigos y normas implícitas que son centrales para desenvolverse por el espacio urbano fuera de dichos recintos –“tomarse un colectivo”, “cruzar la calle”– e interactuar con personas de otras extracciones sociales.

Abundan en los barrios relevados reglas estrictas sobre usos del espacio y el tiempo, los horarios, además de normas constructivas, vinculadas al diseño de casas y límites entre ellas. En algunos casos, todas estas reglas son controladas por comisiones (de seguridad, de convivencia). En determinados lugares, se trata de asociaciones civiles, mientras que, en otros, de emprendimientos inmobiliarios en manos de alguna empresa administradora. Según sea el caso, se relatan diferencias entre estos tipos en relación con la posibilidad de definir cosas en las asambleas de propietarios, ya que los/as emprendedores/as, como ya señalamos, suelen conservar mayoría de acciones y tienen la palabra definitiva sobre las decisiones y modificaciones. La cantidad de parcelas máxima está regulada por ley; sin embargo, un caso estudiado generó otro emprendimiento conjunto anexo, lo que en la práctica funciona como una ampliación del primer emprendimiento, aunque con la instalación de servicios y lugares comunes propios. El abastecimiento del agua se realiza en forma autónoma por pozos propios, al igual que los sistemas cloacales, lo cual marca diferencias con las urbanizaciones que rodean a estos tipos residenciales.

Elección del lugar

La radicación de los grupos familiares generalmente remite a historias de no más de 15 o 20 años de residencia en estas urbanizaciones. Por la cronología propia de estos barrios, prácticamente no hay adultos/as registrados/as en la muestra que hayan nacido allí, pero sí algunos/as jóvenes y niños/as han desarrollado las primeras etapas de su vida en estos lugares. Este aspecto pone en evidencia la cronología de los cambios en estas zonas urbanas y el alcance generacional de estas formas. Para Evaristo (70), algunos de estos cambios son motivados como un tema de “gusto” por un determinado estilo de vida: “Hay una cultura que se crea distinta en estos lugares, esto es bastante subjetivo. Lógicamente hay un nivel social, socioeconómico más alto. También a qué colegios mandan a los hijos, etc.; ahí en la zona no hay colegios públicos”. Vemos cómo es descripta una atmósfera, un suelo, una generalidad que permea los círculos de quienes habitan en estos espacios. Evaristo continuaba contándonos que, en general, las referencias a la tranquilidad y la naturaleza son señaladas como los principales motivos por los cuales se eligió el lugar para habitar: “Generalmente son lindos, tienen mucha arboleda, algún arroyo que pasa, todavía sigue habiendo liebres silvestres, cada vez menos porque se va poblando, pero mucho contacto con la naturaleza”.

Estos lugares son percibidos como un “afuera” que no presenta los mismos problemas que “la ciudad”. Por otro lado, en repetidos casos se comentaba que los menores costos en relación con las propiedades en trama urbana del casco fundacional, Gonnet, o City Bell fueron una de las razones o incentivos para la decisión de mudarse al barrio cerrado. Se trata de aspectos determinantes en las migraciones de un espacio a otro. Recurrentemente, aparece la comparación de los costos en Barrio Norte de La Plata u otras zonas de City Bell, donde el acceso a los barrios cerrados aparecía como una opción más económica: “Las casas en La Plata eran carísimas y había que hacerles un montón de cosas. Después ahí en City Bell eran carísimas, terrenos carísimos, este terreno era mucho más barato” (Griselda, 58 años). La inseguridad es uno de los criterios cardinales que suman a no preferir la trama urbana consolidada, y la contratación de seguridad y dispositivos como rejas, cámaras, etc. son elementos señalados como onerosos. En este sentido, los límites y fronteras de los barrios cerrados y las distancias a las casas de dentro funcionan como una suerte de búfer que media y estabiliza los movimientos, y los peligros que están del otro lado de las arboledas, alambrados, cámaras de vigilancia y personal de seguridad. Las posibilidades arquitectónicas dentro del barrio cerrado son indicadas como opciones constructivas de menor costo; como nos decía Miguel, “acá todo el misterio es que es todo vidrio”, permite más luz natural y visión del entorno, y explicaba Darío:

El costo de un terreno en La Plata es inaccesible, es carísimo, Gonnet también es carísimo; de hecho, yo me mudé ahí [al barrio cerrado] porque salía un cuarto de lo que salía un terreno en La Plata. Es mucho más barato un terreno ahí. Ni bien se inauguró, salió por promoción mucho más barato, pero bueno, ahora también ahí sale 100.000 dólares y el mismo terreno en City Bell, Gonnet sale 225.000 dólares. Pasa que después tenés las expensas, tres mil pesos de expensas. Las expensas son básicamente el 80% seguridad, estás pagando seguridad (Darío, 38 años).

Por otro lado, también es pregnante el discurso sobre la posibilidad de crianza de niños/as porque dentro del predio de los barrios pueden jugar libremente sin estar vigilados/as constantemente por adultos/as (situación que no aparece en otras clases altas de Barrio Norte o Barrio Parque), lo que se asocia a un tiempo pasado y romantizado de las infancias en los pueblos o a las dinámicas de la figura omnipresente del barrio.

En algunos pocos casos, aparece el deseo de una vida vinculada a la comunidad, mientras que en otros la vida en el country como un lugar donde todos/as se conocían era vista como algo desalentador e indeseable. Se narra y critica como prejuicio o preconcepto de las personas de afuera el ideal de que todos se conocen e interactúan como modo de vida en los countries (de los cuales los/as mismos/as entrevistados/as eran partícipes, hasta que habitaron el lugar). En casi todos los relatos, las interacciones con otros/as vecinos/as aparecen escuetas y se limitan al saludo con los más próximos –algo no muy diferente sucede en los barrios tradicionales, a pesar de tratarse de motivos diferentes en cada caso–. De todas formas, algunas entrevistadas hicieron referencia a que vivir allí es “volver a la aldea” o “irse de veraneo”, aunque esta percepción no tenga un correlato directo con una forma de mayor sociabilidad. Las excepciones parecen darse en franjas etarias más bajas, tanto de adolescentes como de adultos/as jóvenes. Allí es posible identificar la posibilidad de grupos de amigos/as que viven en el interior de dichos barrios y desarrollan sus encuentros en espacios comunes del barrio cerrado. En algunos casos, otros familiares por fuera de la vivienda también están radicados en el country, por lo que los vínculos se mantienen con continuidad, por ejemplo, relaciones entre abuelos/as y nietos/as.

Sin auto, es imposible

En cuanto a los medios de transporte, el uso del automóvil propio para moverse por la ciudad y sortear las distancias que existen en relación con los demás ámbitos cotidianos es una constante: “Yo de transporte no entiendo nada, vivo re alejada de la ciudad […] por acá siempre tenés que andar en auto” (Griselda, 58 años, jubilada). La proporción de vehículos por hogar en relación con la cantidad de personas mayores de 30 años es casi uno a uno, y en algunos casos es aún mayor. Estas prácticas de desplazamiento proporcionan un conocimiento de los accesos, atención hacia al estado de los caminos, los horarios del tráfico, zonas referidas como inseguras y combinaciones con zonas de mayor conectividad en el servicio de ómnibus:

Estás siempre a distancias largas, no es que vos andás 4 o 5 cuadras […]. Tenés el centro de Gorina, lo más cerca, que está a catorce cuadras más o menos, en esa zona hay muy pocos negocios también; tenés zonas descampadas en general y, si no, tenés que irte al centro de City Bell, que serán otras 15 o 20 cuadras más o menos (Evaristo, 70 años).

El otro viaje recurrente es la utilización del auto para realizar viajes hacia otras zonas del conurbano, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires o de La Plata. Esta última aparece en ocasiones como un destino laboral o de estudios, tanto como de ocio, actividades de beneficencia, o un posible lugar adonde pensarse viviendo en el futuro. Los viajes intraurbanos cambian en su duración, desde 15 minutos hasta casi una hora, dependiendo no solo de las distancias, sino también de las condiciones de los distintos accesos, los horarios y el tráfico en horas pico.

El tema de vivir en esta zona es que te lleva por lo menos entre 20 minutos y media hora de ahí hasta el centro de La Plata. Ahí se te va una hora entre ida y vuelta. Entonces una de las cosas es que uno tiene que organizarse la vida, tratar de evitar ir dos veces a La Plata porque se te hace más pesado (Evaristo, 70 años).

No hay una racionalidad del costo monetario, sino del tiempo y el cansancio. Sin embargo, encontramos alguna referencia a que esta dependencia del automóvil y la cantidad de vehículos por familias impactan también en cuanto a que “sale mucha plata el tema de la nafta”. Algunas distancias que se cubren son mayores: una de las más importantes se encuentra en el caso de un ingeniero agrónomo que trabaja en su campo, que cubre casi 500 kilómetros diarios cada vez que va y vuelve en la misma jornada. Otra entrevistada cuenta sus recurrentes viajes de fin de semana a su propiedad en la localidad de Pinamar, situada a más de 300 kilómetros, por las rutas provinciales 36 y 11. Resulta relevante que la cantidad de autos y el parque automotor de La Plata aparecen como un problema recurrente, cuando a la vez la cantidad de personas que viaja en cada vehículo de estos sectores es bajo (muchas veces se usa para una sola persona que se desplaza). Esta forma omnipresente de la dependencia a la movilidad propia implica que sea uno de los saberes prácticos que debe ser aprendido tempranamente. Como señala María Marta (57 años): “Todos mis hijos aprendieron a manejar de chicos, desde muy chicos ya cada uno tiene su auto; a veces los domingos […] lo normal es que haya once autos y son todos de la familia nada más”. Algunos combinan el auto propio con el colectivo para evitar el problema del tráfico y estacionamiento: “Mi hijo es normal que deje el auto en el Camino (Belgrano o Centenario) y se toma el micro, y se vuelve el micro y agarra el auto, como hacen casi todos los chicos, dejan sus autos en el Camino”.

A su vez, la mayoría de las familias emplean a trabajadoras de casas particulares que mayoritariamente no tienen movilidad propia, por lo que la falta de transporte público en algunos casos conlleva que los/as empleadores/as se ocupen de acercarlas hasta lugares por donde circula transporte público: “Ahora estamos intentando en este barrio poner como en otros barrios […] que tienen movilidad”, comparando el barrio cerrado en el que vivió en Mendoza, “para trasladar a los chicos, a las empleadas”. La misma entrevistada nos señala que “a la señora que trabaja la llevo hasta City Bell”. En el caso de los hombres que trabajan en la jardinería, cuentan con movilidad propia para trasladarse, muchas veces con sus máquinas de trabajo.

“Con adolescentes se te hace complicadísimo vivir acá”

La presencia de chicos/as en edad escolar es uno de los factores que organiza los horarios de muchas familias. En los barrios cerrados relevados, no hay presencia de instituciones educativas formales, por lo que la educación debe ser obtenida fuera de ellos. Algunos/as concurren a escuelas o colegios con modalidad de doble escolaridad, lo cual disminuye traslados, ya que incluyen en ese horario otras actividades que en escolaridades de jornada simple son extraescolares (estudios de idiomas, deportes, hobbies) e implican nuevos desplazamientos. María Marta (57 años) afirmaba:

Todos los colegios bilingües de doble escolaridad están en esta zona. Mis chicos fueron al colegio doble escolaridad porque es la única manera que pueden, o sea, hacen toda la actividad en el colegio, terminan y vuelven, no tienen que volver a salir.

A su vez estaban “tratando ahora de que haya actividades dentro del barrio” para ganar mayor autonomía.

Por otro lado, Darío (38 años) nos comentaba que “casi todos los vecinos llevan a los chicos a doble escolaridad”. En algunos casos, padre o madre se turnan en el llevar y traer; en otros, la madre es la que está más dependiente de las movilidades de los hijos/as. También existe el servicio de transporte escolar que tiene la posibilidad de acceso hasta la entrada de las viviendas, o bien coordinan con otras familias para hacer pool[4], que consiste en turnarse para pasar a buscar a lxs niñxs y adolescentes de la otra familia cuando comparten ámbitos educativos o bien estos se encuentran cercanos.

Sin embargo, la posición de lejanía de los barrios cerrados respecto de los nodos urbanos, y principalmente del casco fundacional de La Plata, es señalada como una desventaja que se agrava en jóvenes adultos/as que no disponen de un auto, por lo que se genera una mayor dependencia, lo que se suma a la no utilización del transporte público o de bicicletas o motocicletas para desplazarse. Algunos relatos de nuestras entrevistadas ayudan a ilustrar esta situación: “Yo padecí el barrio porque yo ya vine con los chicos adolescentes, acá se mudaban con nenes chiquitos que los tenían controlados en el colegio” (María Marta, 57 años). Ya más grandes, “cuando empiezan la facultad, hay que comprarles un auto”.

El caso de Malena (52 años), en este sentido, es interesante y suma otras particularidades. Por su ubicación, tarda aproximadamente una hora en auto por la avenida 44 hasta los lugares que frecuenta en el casco de La Plata, y cuenta que este tiempo de viaje producto de la distancia y la lejanía les permitió a ella y su marido poder hablar más con su hijo e hija y tener un momento de mayor intercambio en el día a día. Su familia organiza su viaje compartiendo un auto: su pareja la lleva a ella y a los/as chicos/as hacia el casco de La Plata para luego irse a caba a trabajar (de manera que cubren así casi unos 65 km de ida y otros tantos de vuelta); mientras que ella es usuaria del transporte público para desplazarse dentro del casco, situación que es poco relatada en otras experiencias y que ella liga a haber vivido muchos años en Avellaneda. Al no ser de La Plata y vivir fuera del casco, nos cuenta que disfruta de la ciudad, de caminarla, de detenerse a observar sus rasgos arquitectónicos y aprovechar el ejercicio que implica el movimiento de a pie. Así encuentra que su escala le resulta más agradable y de una dinámica más tranquila.

Soñar con islas

En la constitución de los circuitos y los círculos, encontramos que la figura de la isla nos permitía comprender algunos rasgos de la experiencia y las expectativas de la vida en la ciudad, vinculado estrechamente con las referencias que trae la morfología del término: “a-” e “-islarse”, ‘formar núcleos distanciados’, ‘separarse’. Frente a la imposibilidad de la autosuficiencia, estas “islas” están conectadas de múltiples formas con la matriz productiva y sociocultural. En ello, poseer medios de transporte motorizados o no poseerlos, como ya mostramos, genera una desigualdad para las posibilidades de uso y apropiación tanto del espacio interior como del exterior. Una parte creciente de la población vive, trabaja y consume en “burbujas”, como las llaman los mismos habitantes. Burbujas e islas cuyo tamaño y complejidad aumenta en cuanto priman las regulaciones privadas sobre el uso del suelo y la vivienda por sobre nociones de bienes públicos o derechos (Janoschka, 2004). Estos procesos de disposiciones insulares, que organizan a las metrópolis latinoamericanas del siglo xxi, implican considerar al espacio urbano desde una lógica de polos, de piezas dispuestas en fragmentos o de archipiélagos en tensión (Soldano, 2017).

Los enclaves de pobreza y riqueza (o sectores medios-altos) que conviven en un mismo cordón del conurbano, en muchos casos siendo vecinos/as colindantes de esa periferia, poseen grandes diferencias en el acceso a servicios, abastecimiento y conectividad. También hay diferencias en las posibilidades de elección del lugar donde se vive; en nuestro caso integrado por grupos medios-altos y altos, hallamos preeminencia del deseo de “aislarse”, hay un carácter electivo y voluntario en la apuesta a habitar estos barrios. Particularmente, nos interesa exponer dos sentidos que identificamos en las entrevistas y están íntimamente vinculados entre sí: el de separación y el de reinicio o recomienzo. Ambos sentidos fueron trabajados por Deleuze para pensar las islas desiertas:

El impulso del hombre que lo atrae hacia las islas repite el doble movimiento que producen las islas en sí mismas. Soñar con islas, con angustia o alegría poco importa, es soñar que uno se separa, que se está ya separado, lejos de los continentes, que se está solo y perdido, o bien es soñar que se vuelve a empezar de cero, que se re-crea, que se recomienza (Deleuze, 1989: s/p).

Esa separación permite a la vez soñar que se vuelve a empezar de cero, que se recomienza, y nos ayuda a comprender la noción de “utopía de la isla”. En la isla se produce un fenómeno aparentemente lleno de encanto, que consiste en la posibilidad de hallar lo que el continente no posee, pues en él ya funciona todo y todo se halla desarreglado. La isla ofrece la posibilidad de un segundo nacimiento, de recuperar la comunidad o el viejo barrio. La “utopía de la isla” se compondría entonces de la posibilidad de un reinicio del plan de vida, del punto de partida renovado que pueda corregir o poner a prueba lo que se ha abandonado (González, 2016). Las publicidades y anuncios de estos emprendimientos inmobiliarios refuerzan constantemente esta posibilidad de una nueva forma de vida. Un llamado a aislarse, pero en absoluta participación en la apropiación de las riquezas; un llamado a la creación de límites físicos que remiten necesariamente a fronteras sociales que se espacializan (Simmel, 1986). La utopía deviene mercancía, el sueño de la isla se paga, el individuo autogenerado y el imaginario de comunidad de iguales, de círculo, se recrean en cada portón de entrada, donde baja la barrera de acceso, y marca en cada entrada y salida la diferencia con “el continente”.

Barrios “tradicionales”: comodidad y cercanía “puertas adentro”

Con “barrios tradicionales” nos referimos a un tipo residencial de sectores medios y medios-altos que se ubica dentro de la trama urbana más densa de la localidad y no en formato de barrio cerrado o country. En general, son zonas antiguas en la localidad, y sus residentes suelen dedicarse a actividades profesionales (abogacía, medicina, ingeniería, contable) o son empleados/as o dueños/as de pequeñas y grandes empresas/comercios. Poseen infraestructura urbana completa y acceso a todos los servicios, y la trama barrial está consolidada a nivel constructivo. Las viviendas suelen ocupar lotes de gran tamaño con precios del suelo altos en relación con los valores de la localidad. Esto es muchas veces marcado por quienes compraron en urbanizaciones cerradas como una limitante por no poder acceder a estas zonas más tradicionales y asociadas a sectores altos, donde hay muchos ocupantes por herencia. Estos emplazamientos muchas veces se orientan hacia las zonas nortes de las localidades. Dicha asociación entre clases altas y “zona norte” en la rmba no representa ninguna novedad. Como señala Sebreli, la agrupación urbana conocida con el nombre genérico de “Barrio Norte” es uno de los modos primarios e inmediatos con que las clases burguesas de Buenos Aires y también las demás clases, en consecuencia, toman conciencia de su ubicación objetiva dentro de la sociedad (citado en Heredia, 2011).

Para este tipo sociourbano, hemos realizado entrevistas en el Barrio Norte del partido de La Plata y en Barrio Parque, Bernal dentro del partido de Quilmes. Si bien comparten rasgos, existen también diferencias por las ubicaciones en relación con los centros principales y secundarios, la conurbanización más marcada de Quilmes y la relativa independencia de ciudad media del partido de La Plata, entre otros factores. En parte por ello las experiencias cotidianas asumen también características diferentes. En vínculo con lo anterior, encontramos que los residentes quilmeños/as se movilizan fuera de Bernal hacia Quilmes centro, distritos aledaños o caba, mientras que los/as platenses resuelven varias de sus actividades en el mismo barrio o en los centros comerciales de la localidad (principalmente centro del casco urbano La Plata y centro de City Bell).

Comodidad, cercanía y conveniencia

En la ciudad de La Plata, nuestro trabajo de campo se llevó a cabo en lo que genéricamente se conoce como Barrio Norte. Situado hacia el noroeste dentro del plano fundacional de la ciudad, es un barrio tradicional con grandes casas unifamiliares habitadas por profesionales, empresarios/as o comerciantes de clases medias, altas y medias-altas, aunque en las últimas dos décadas se ha visto afectado por la construcción de edificios que han modificado características del barrio como la densidad y el reconocimiento interpersonal. Debido a la ubicación beneficiosa en términos de proximidad y accesibilidad a los servicios y la infraestructura vial del corredor sur (accesos de avenidas y autopista, terminal de ómnibus y trenes), los/as habitantes suelen hablar de comodidad, confort y conveniencia para describir el lugar (Segura y Chaves, 2019). Asimismo, estas características son las que han determinado la elección del barrio. Saúl (57), funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, residente del barrio hace más de veinte años, reconoce: “Elegimos esta zona debido a la ubicación y la comodidad”, ya que queda cerca de todo.

Por otro lado, hemos entrevistado a mujeres y varones habitantes de Barrio Parque, ubicado en Bernal, Quilmes. Los denominados “barrios parque” aparecen predominantemente asociados a las dimensiones de los lotes más que al tipo de trazado que los contiene. Se trata de un lugar que condensa la imagen del barrio-jardín de matriz anglosajona, que sigue la pauta introducida en el país por los integrantes de la comunidad británica en Quilmes y otros partidos del conurbano. Los ideales de la vivienda unifamiliar en medio de un área ajardinada como figura sintetizadora de una vida tranquila y de la felicidad familiar se aplicaron también en estos núcleos con trazados que repetían el modelo de cuadrícula de la ciudad tradicional (Gómez Pintus, 2015). Al igual que en La Plata, en esta zona se resaltan ciertas ventajas, como la tranquilidad, la accesibilidad y la cercanía, sobre todo en el flujo con otras localidades. A Blanca (67 años, jubilada), el barrio le parece “accesible a todo”. Por su parte, Pedro (52 años, sociólogo), mudado recientemente a Bernal, reconoce que la cercanía es “calidad de vida”.

Sin embargo, las características positivas que cada entrevistado/a resalta tienen referencias diferentes en cada localidad. La accesibilidad y cercanía de “Barrio Norte está vinculada al centro de La Plata; en Quilmes, se relaciona con los accesos a estación de tren y líneas de colectivos y a la proximidad con otras localidades donde suelen desempeñar su trabajo o estudio: Quilmes centro, caba, Berazategui o La Plata.

Barrios de “puertas adentro”

Alicia (49) vive en Barrio Norte desde que llegó a la ciudad de La Plata para realizar sus estudios universitarios. Ahora es docente de varias escuelas secundarias de la zona y se mueve –según el horario– caminando para trasladarse de una a otra, o para llevar a cabo diversas actividades recreativas. Al momento de describir las particularidades de las personas que habitan el barrio, subraya lo siguiente:

La gente del barrio […] no es como cuando yo era chica. Está cada uno en la suya: no sale al barrio, no sale a la puerta. Salvo el vecino inmediato, que es el que yo más conozco. Pero después hay vecinos de enfrente que prácticamente ni nos conocemos… No nos saludamos, no sé cómo se llaman, no sé qué hacen… Hay como una indiferencia. No es una cosa como que puedas recurrir si te pasa algo. Los chicos no salen solos, estamos los padres ahí mirando. Y bueno… esto también te tiene puertas adentro (Alicia, 49 años).

Saúl (57) viaja diariamente a caba porque trabaja allá. Hace más de veinte años que vive en el mismo barrio que Alicia y comparte sus observaciones: “Es un barrio de gente adentro de la casa. No es un barrio de afuera de… No es gente de la vereda. Esa es la particularidad”. Esos rasgos que destaca del lugar los transfiere a las personas que lo habitan: “gente cerrada, de puertas adentro, gente de puertas adentro”.

Como adelantamos en la introducción, hay varios sentidos del “adentro” que nos ayudan a comprender la experiencia urbana de los sectores medios-altos. En primer lugar, en el caso de Barrio Norte, La Plata, debemos subrayar que está vinculado estrechamente con la localización del lugar: un barrio situado dentro del diseño fundacional. En los modos de imaginar y significar la ciudad que han sido trabajados por otras investigaciones, se muestra cómo de modo sistemático se recurre a la oposición entre “el adentro” o “la ciudad” (término reservado para referirse exclusivamente al trazado fundacional) y “las afueras” o “la periferia”, con los que se remite a la significativa expansión urbana extrarradio del plan original (Segura, 2015). Sin embargo, el sentido de ese “adentro” al que refieren nuestros/as entrevistados/as a través de los relatos no es ese, sino que, en términos literales, es el adentro de la casa. Al mismo tiempo, se trata de una forma que encuentran para explicar cómo funcionan los vínculos en el barrio, cierta sociabilidad quebrada y añorada, donde prima una aguda indiferencia y retracción en el espacio privado, desafectándose de los espacios de uso común como la vereda u otros en pos de una interacción social mínima para el tránsito en ese afuera, y que lleva a caracterizar el lugar como “un barrio de gente adentro de la casa”. Es importante señalar que este rasgo es señalado, en la mayoría, como negativo: “No te permite interactuar mucho con el vecino, cada uno está en su propia burbuja que es su familia” (Alicia, 49). Ahora bien, esta característica no es exclusiva del barrio tradicional platense, sino que en Quilmes se realizan descripciones similares:

En mi casa yo no sé ni quién es mi vecino de al lado, no lo conozco, no tengo idea. Nos saludamos, si estoy entrando el auto y ellos están en la puerta, “buenas tardes”, “buen día” y nada más. Por la inseguridad uno tiende a llegar y entrar. Uno no se queda hablando en la puerta: eso se perdió (Jorgelina, 32 años).

Tanto en uno como en el otro lugar, aparece con fuerza esa figura del barrio, como aspiración o deseo de retorno a ciertas formas y vínculos sociales que allí se gestan: saludos con el vecino, vínculos estrechos, conocer quiénes lo habitan, etc. La calidez y el intercambio humano de la vecindad son aspectos que se consideran importantes, en una mixtura de nostalgia no solo de otros tiempos de la ciudad, sino también del pasado en la propia vida. Lo que destacan, precisamente, nuestros/as entrevistados/as es que ciertas características del barrio habrían desaparecido en el presente: solo existe como evocación, y en ella se produce cierta romantización del espacio en cuanto barrio, lo que provoca un imaginario que desea volver a esas viejas formas donde se podía estar a cualquier hora en la calle y había relación con los/as vecinos/as. Lo que se enaltece no es el barrio actual, sino el que ya fue, unido a situaciones “de antes” que son preferidas al presente (Calvino, 1972). Esto se debe, en parte, al malestar que producen los cambios recientes del lugar, principalmente ligados a la construcción –casi desregulada– de edificios, que han transformado el lugar y lo han convertido en un espacio diferente del que era antes. La ponderación positiva de ese pasado implica entonces una mirada negativa del presente.

En efecto, esa figura del “barrio” parece amenazada por diversos factores. Uno de ellos es el poco uso de los espacios públicos como veredas o plazas. Otro, que la romantización del pasado es tan fuerte en los relatos que condiciona, al mismo tiempo, sus proyecciones futuras: la mayoría busca regresar a esas formas o incluso migrar a lugares que logren recuperarlas (influye este punto en los éxodos hacia los barrios privados o countries). También, otros factores están vinculados al sentimiento de inseguridad que experimentan sus residentes, para quienes antes se podía circular con mayor libertad y ahora ya no (cuestión que se profundizará en el capítulo 6 del presente libro).

Los/as vecinos/as

Existe en estos grupos una circulación por espacios bastante homogéneos en términos de origen social y contactos (capital social), lo que hemos llamado “círculos” donde se ubican amigos/as y familia. El circuito de vida cotidiana hallado y nombrado como el círculo de “Zona Norte” requiere ser relativizado, para renunciar a pretensiones de totalidad. Los/as habitantes de zonas urbanas “tradicionales” tejen redes de sociabilidad, estableciendo ciertas fronteras sociales con otros sectores que también generan las suyas, como pudimos ver en los capítulos previos y continuaremos analizando en los próximos. Establecer esa red de conocidos/as que emerge en las conversaciones en los espacios compartidos es crucial para la seguridad personal, pero también para armar la agenda cotidiana o para conseguir trabajo y para hacer de ese espacio algo familiar (Fuentes, 2011).

Pilar (25) es una joven contadora, residente de Barrio Norte, que trabaja en una empresa multinacional de caba, lo que la lleva a trasladarse cotidianamente hacia allí y cumplir una jornada laboral bastante extendida. Cuando se le pregunta por la existencia de diferencias entre vecinxs, responde lo siguiente: “Todo es bastante parecido. Y bueno, los de enfrente tienen muchísima plata, una mansión y casi toda la cuadra ellos. Pero después […] son todas ‘familias bien’, pero así típica familia, la pareja, los hijos, el perro y más o menos son todos parecidos” (Pilar, 25 años). Sin embargo, resalta un “contraste” dentro del barrio que, en sus palabras, “llama mucho la atención”. Se trata de un grupo de vecinxs –mencionado también por otros/as entrevistados/as– que parecerían romper lo “parecido” del ambiente barrial homogéneo: “Por ahí lo más notorio en diferencia, hay algunas casas que por ahí son más humildes, tipo casillas, y por ahí llama mucho la atención porque es uno de los barrios por ahí más caros de La Plata”. En este grupo que señala, Pilar destaca:

ellos por ahí se comportan más como barrio que por ahí nosotros, que estamos más adentro: se sientan afuera, hacen asados afuera o a veces ponen una pelopincho, o sea como que ellos lo usan más como barrio eso, no son muchos, serán 4, 5 familias.

De esta forma, marca una excepción donde, a diferencia del “nosotros” en el que Pilar se ubica, “los chicos juegan en la calle al fútbol”. “Como que ellos lo ven más como barrio que todos nosotros que estamos más adentro o no estamos nunca”.

Se desprende así un sentido específico del afuera”, que es diferente al “afuera” enaltecido del pasado, pero que se compone de algunos mismos elementos; sin embargo, aquí la diferencia, el contraste que destaca es una alteridad que rompe lo parecido y semejante, y que permite reflexionar sobre diferentes experiencias en una misma zona. “Ellos”, los otros que viven en casillas, están mucho afuera, haciendo uso del espacio público, de la vereda, se comportan como barrio; en oposición, un “nosotros” de familias “bien” bastante parecidas, que viven dentro, replegados en el espacio doméstico. Resulta curioso y destacable que este mismo espacio haya sido resaltado por otro entrevistado que vive a pocas cuadras de allí. Aldo (66 años, comerciante de bienes inmobiliarios) señala que ese lugar es “feo y tétrico”, diferente a las casas lindas que predominan en el barrio. Aquí no hay referencias al afuera, pero sí una estetización de la alteridad: lo heterogéneo, la diferencia es señalada en términos estéticos negativos, mientras que lo homogéneo, lo parecido es la contraparte positiva, “lo lindo” del barrio.

Moverse en auto, transporte público o caminando

Ernesto tiene 63 años, es jubilado y vive en Barrio Norte desde hace al menos treinta años. Es propietario de una casa de dos plantas, grande, ubicada en un extenso lote sobre una esquina, y, junto a su esposa Celia (59), posee una escribanía. El matrimonio tiene cinco hijos/as, todos/as mayores de edad. Los dos más grandes se independizaron recientemente a otras viviendas, los dos más chicos que están en la casa son estudiantes universitarios, y la más grande ya se recibió de abogada. Toda la familia de Ernesto se dedica a deportes náuticos, desde que sus hijos/as eran pequeños aprendieron y tienen sus propios veleros. Poseen además cuatro vehículos, el que más los usa es él, haciendo en gran medida trámites del estudio y chofer de los/as miembros de la familia, que muchas veces prefieren no usar los vehículos porque reconocen problemas a la hora de conseguir estacionamiento o porque, simplemente, los estresa el tráfico diario en la ciudad. Cuando le preguntamos a Martín (25) sobre las actividades de su papá, nos señaló lo siguiente: “El tachero de casa es mi viejo. Por lo general, él va a hacer un montón de trámites y entre medio o la lleva a mi hermana, o me lleva a mí, o la lleva a mi vieja”. Pero a veces, Martín usa uno de los autos para ir a cursar, practicar fútbol con amigxs o salir los sábados a la noche; sin embargo, debido a la cercanía de esos espacios, suele caminar bastante para moverse.

En una franja etaria similar, pero con una dinámica cotidiana diferente, nos encontramos en Barrio Parque con Fabiana (24), quien convive con su padre (59), su madre (54) y su hermano menor (14). Su padre vivió siempre en el barrio, a diferencia de su madre, originaria de Longchamps (partido de Almirante Brown), quien se mudó una vez consolidada la pareja. La joven estudia en la Universidad Nacional de La Plata, y, ante la pregunta sobre el relato de un día de su vida, nos señaló que comenzaba entre las cinco y las seis de la mañana despertándose para llegar a la universidad a las ocho: caminaba un poco hasta tomar el colectivo a pocas cuadras de su casa y de allí el tren Línea Roca hacia La Plata en un viaje aproximadamente de una hora, para luego volver a caminar, esta vez veinte o treinta minutos hasta la facultad. A veces, cuando estaba apurada, iba hasta la estación de Quilmes, pero, si podía elegir, prefería la de Bernal, por ser “más linda, verde, tranquila” y porque “no había olor a mugre”. Durante el viaje a veces estudiaba, pero la mayoría de las veces se dormía debido al ruido del traqueteo del ferrocarril[5].

Estos relatos ilustran cómo se movilizan jóvenes de estos tipos residenciales, alternando automóvil, transporte público (tren o colectivo) y caminata. Todos los hogares de lxs entrevistadxs cuentan con vehículo propio: cada dos personas, hay por lo menos un auto –en algún caso, el número de integrantes se corresponde con la cantidad de vehículos que poseen–. Predomina el auto propio, pero además se usa con frecuencia el remís o el taxi (en el caso de los/as jóvenes, para salidas nocturnas, por ejemplo). Es importante, además, trazar una distinción entre grupos etarios diferentes: los/as adultos/as suelen ser el grupo que dispone del auto, mientras que los/as jóvenes dependen de ellos/as. Los/as mayores de 18 en ocasiones manejan el auto familiar, pero, por el contrario, los/as menores utilizan el transporte público, se manejan caminando –según la distancia–, o dependen de los arreglos y estrategias diarias de los/as demás integrantes de la familia para que se resuelvan sus actividades educativas, recreativas y otras que realicen.

Veremos en el capítulo 7 de este libro desde un enfoque del género las interdependencias de viajes y personas, y en el capítulo 8 las estrategias de los viajes metropolitanos, en ambos analizando todos los sectores sociales que han formado parte de la investigación que da por resultado esta obra.

Conclusiones

Circuitos y círculos sociales

Atendiendo a las dimensiones constitutivas de la experiencia metropolitana, es importante detenernos en las prácticas de movilidad de nuestros/as entrevistados/as y en los circuitos resultantes de ellas. Siguiendo la propuesta de Hannerz (1993) –especialmente la distinción entre dominios de aprovisionamiento, familia/parentesco, tiempo libre, vecindad y tránsito para analizar la vida urbana–, pudimos observar ciertas recurrencias en la resolución de su vida cotidiana. Muchos de estos aspectos y arreglos eran compartidos por ambos tipos sociorresidenciales, aun ubicándose en zonas distantes y diferentes.

El desplazamiento mayoritario es por uso del automóvil, que permite no solo una autonomía e independencia en relación con otras experiencias, sino también la significativa reducción de los tiempos que insumen las movilidades en el espacio metropolitano. Como mostramos, se encuentra en barrios cerrados una mayor proporción de autos por habitantes del hogar que en otros tipos sociorresidenciales. Los arreglos y estrategias de quienes no poseen auto, sean trabajadoras de casas particulares o hijos/as menores, generan interdependencias con algún miembro de la familia. A excepción de pequeños tramos diurnos en las zonas céntricas, o en desplazamientos laborales hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en jóvenes, el transporte público suele ser evitado, tenido como último recurso o combinado con el automóvil a fin de evitar congestiones en accesos más transitados y horas pico. Esto hace alusión a la dimensión de tráfico señalada por Hannerz, en la que la posibilidad de evasión de ciertos espacios y personas resulta central para los sectores analizados. Está más presente el uso del transporte colectivo para los desplazamientos cotidianos intralocalidad entre quienes viven en lo que hemos llamado “barrios tradicionales”, pero también en desplazamientos interurbanos, en especial las líneas que conectan con caba.

Las tareas laborales y de estudios superiores –públicos y privados– suelen estar en zonas densas de los trazados urbanos, situación que no difiere demasiado de otros tipos sociorresidenciales. En cambio, en relación con los establecimientos educativos iniciales y secundarios, son priorizados aquellos de doble jornada de gestión privada –muchos bilingües– que se encuentran, en general, en zonas más laxas de urbanización con ubicación próxima a la radicación de los barrios cerrados. Además de los nodos secundarios, también se encuentran en estas zonas de la ciudad de La Plata los clubes sociales y deportivos –principalmente de hockey y rugby, pero, como vimos, también náuticos– en los que participan algunos miembros de las familias entrevistadas y que resultan, al igual que los colegios, un espacio importante de sociabilidad y producción del círculo social. El aprovisionamiento suele estar resuelto por planificación semanal o mensual de la compra en supermercados mayoristas o hipermercados, para lo que utilizan sus propios automóviles, intentando maximizar el tiempo utilizado, eligiendo nodos principales o secundarios de las localidades. En algunos casos, también se utilizaba el medio virtual de la compra en sitios web de las empresas que ofrecen el servicio de envío a domicilio o delivery en casas de comida.

Como hemos señalado, la cercanía al centro comercial es marcada como una ventaja en barrios tradicionales, mientras que en los barrios cerrados el “aislamiento” es una de las desventajas señaladas, tanto para las rutinas cotidianas como para las reuniones con amigos/as y visitas que viven por fuera. A su vez, las posiciones y roles tradicionales de género se mantienen: las mujeres –residentes y empleadas– son las que se encuentran más a cargo de las tareas de limpieza, administración del hogar, cocina y cuidado de las personas que integran el grupo familiar y, por ello, son también las que están más tiempo en la vivienda. En este sentido, vemos cómo la hiperocupacion de estas clases también recae en forma desigual en las mujeres, que sostienen esta “doble jornada” o incluso una “triple jornada” por su trabajo dentro y fuera y el sostén de los vínculos afectivos y de grupo por fuera de la familia nuclear neolocal (esto se profundizará en el capítulo 7).

La distribución del parentesco en el espacio suele estar asociada a la historia y trayectoria familiar, cuestión que también nos permitió encontrar conexiones diacrónicas y sincrónicas entre ambos tipos. A partir de las expectativas de mudarse a barrios cerrados de quienes habitan trazados tradicionales, o de la ubicación de casas de amigos/as, padres, madres o abuelos/as en estas últimas zonas por quienes habitan barrios cerrados, pudimos identificar estos trayectos en el tiempo y en el espacio entre ambos tipos residenciales y su importancia en la conformación de los circuitos diarios y círculos sociales. Muchas de las actividades de sociabilidad, encuentros y comensalidades compartidas se producen en el marco de las propias viviendas o en espacios concentrados de consumo para sectores de altos ingresos, lo que constituye otra de las variantes de las formas del encuentro que contribuyen a la reproducción endogámica de clase. En esta dirección, si bien el círculo delimita un adentro difuso, sus fronteras pueden resultar bastante más rígidas.

Otro de los aspectos compartidos –pero no exclusivos– de estos sectores es la hiperocupación: repartirse entre trabajos múltiples y otras actividades relatadas en agendas abultadas, diversificadas y planificadas. María Marta (57 años) contaba: “En mi casa todo el mundo hace dos cosas, nadie hace un trabajo solo, todos tenemos dos trabajos”. Esta organización del tiempo y las movilidades cotidianas nos hace pensar en la existencia de una sociedad del rendimiento. En oposición, o tal vez complementariedad con la sociedad disciplinaria, se impone el imperativo del rendimiento como mandato de la sociedad tardomoderna: el sujeto no está sometido a nadie, solo a sí mismo, lo que produce la “libre obligación” de maximizar su rendimiento (Han, 2012). En los sectores privilegiados que participaron del estudio, pudimos comprender cómo los valores morales de la hiperocupación y la meritocracia conforman subjetividades y maneras de pensarse a sí mismos, así como el trabajo que conlleva la (re)producción de las posiciones sociales constituidas por la gestión de una multiplicidad de capitales (sociales, culturales, escolares, espaciales, monetarios, etc.). Este aspecto se suma a la percepción del propio esfuerzo: “[…] es gente de trabajo, gente común, que ves que sale a la mañana, a las seis y media, siete se van todos a trabajar, llevan los chicos a la escuela y están todo el día afuera” (Miguel, 56 años).

Vivir adentro, vivir afuera

El conjunto de oposiciones mencionadas al inicio de este capítulo nos ayudan a dimensionar los aspectos abordados de la experiencia urbana. Estos adentros y afueras no solo remiten a las ubicaciones espaciales urbanas, sino que también establecen dentro del círculo social un adentro y un afuera en posiciones que permiten la reproducción en ámbitos compartidos por estos sectores. Tomado en su literalidad, estos términos indican el afuera periférico donde se ubican los barrios cerrados y el adentro en trama urbana consolidada de los barrios tradicionales. Los movimientos de residencia que se dan de un lugar a otro se relacionan con las desventajas que se desprenden en este adentro de la ciudad: inseguro, deteriorado por la invasión edilicia, con una fuerte pérdida de los rasgos asociados a la idea de barrio, entre otras. El afuera de los countries –que es también un adentro por su carácter cerrado– recupera en el relato aquello que en el barrio en trama urbana tradicional se considera perdido. En el caso de los barrios tradicionales, los límites de la separación con los sectores empobrecidos se dan de forma más porosa y aparentemente menos abrupta que el límite de los countries, o por lo menos con cierta posibilidad de cercanía con “otros” que han quedado conviviendo en ese barrio.

Las valoraciones positivas del country son opacadas por un aspecto adverso: las dificultades que implica el vivir lejos de zonas comerciales y de servicios. Así, una diferencia importante entre las entrevistas analizadas se da en relación con los desplazamientos por el espacio urbano, la distancia a los nodos principales y los tiempos insumidos en estas movilidades. Pero ese “estar lejos” no remite solo a una distancia espacial, sino también a la producción de aislamiento y el efecto de búfer que generan las vigilancias de la seguridad y la privatización de las vías de acceso a las residencias. Esta frontera es difícilmente emulable en la trama urbana más densa, donde, por ejemplo, nos relataban dar con el auto “una vuelta manzana para ver que no hubiera nadie escondido esperando”, para evitar robos en los accesos a sus residencias. Jorgelina, la joven fiscal residente de Quilmes, nos señalaba sus aspiraciones de mudarse a un country, pero añadía que el apego hacia su casa dificultaba tal decisión: “Si yo pudiera agarrar mi casa con una pala y pudiera llevarla igual adentro de un barrio cerrado [risas], no lo dudo que elijo mi casa porque me encanta”. Al mismo tiempo, señalaba: “Me da mucho miedo de la puerta para afuera. Tengo reja, alarma, el autito que pasa de la seguridad, cerco eléctrico, o sea… La verdad que uno siente que vive adentro de una cárcel”. Este deseo nos muestra que el “sueño de la isla” se encuentra presente en los imaginarios y las formas de conformar movilidades también entre quienes habitan tramas urbanas tradicionales. Una parte central de la conformación de los circuitos de estas clases es la búsqueda de evadir a algunos/as, asociarse con otros/as, creando, imaginando y practicando adentros y afueras.

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Thuiller, Guy (2005). El impacto socio-espacial de las urbanizaciones cerradas. Revista eure, 31(93), 5-20.


  1. En estos apartados, continuamos y profundizamos los análisis realizados por Segura (2018a y 2018b) y Segura y Chaves (2019) sobre la relación entre tipos residenciales y modos de vida entre clases altas y medias-altas, sobre los que también se ofrecen elementos en los capítulos 1 y 2 de este libro.
  2. Concurrentemente, los estudios de ingresos son relativamente deficientes (Benza, 2016) ya que estos sectores son los que presentan mayores patrimonios subdeclarados. La heterogeneidad hacia adentro de las clases dominantes visibilizada en los trabajos de Thomas Piketty (2015) es significativa, dado que alerta sobre especificidades del modo de vida y consumos de las fracciones más opulentas de las clases altas. En términos monetarios, quienes ocupan la parte más baja del primer decil de ingresos y la superior se mantienen en una relación exponencial, acrecentando las desigualdades intraclase. Dentro de estas variaciones, no hemos accedido a los círculos de las elites con mayores patrimonios –dueños/as de corporaciones y grandes terratenientes–, que probablemente no residen en los barrios relevados, aunque sí registramos familias propietarias de extensiones rurales y hacienda, así como otras dueñas de grandes empresas con, por ejemplo, 200 empleados/as.
  3. La canción “Las casitas de barrio alto”, grabada por Víctor Jara (1971), contiene parte de esta historia de traducción urbana y de clase: la versión original de Malvina Reynolds “Little boxes” de 1962 –popularizada por Pete Seeger– relata este otro paisaje urbano de clases medias “conformistas” con casas en serie que se aglutinaban en las afueras de grandes ciudades de California –como San Francisco o Los Ángeles– luego de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, Víctor Jara hace referencia a la Santiago de Chile de los años 70, donde, en estos tipos de diseños urbanos, residían sectores altos y medios-altos que tendían a “cerrar” sus barrios, adaptando así la letra de la canción para este otro contexto.
  4. Uno de los sentidos de pool es ‘un suministro de vehículos o bienes disponibles para su uso cuando sea necesario’; está también relacionado con el uso del término carpool para nombrar un auto compartido.
  5. El relato corresponde al periodo de los Diesel en la línea Roca, antes de la electrificación del ramal.


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