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1 La flexibilidad estratégica de los partidos

Los límites del liderazgo. Alfonsín y Kirchner

Mara Pegoraro[1]

1. Preliminares

El 30 de octubre de 1983, el Dr. Raúl Alfonsín ganaba las elecciones presidenciales en la República Argentina luego más de siete años de dictadura militar. El 10 de diciembre de ese mismo año accedía a la primera magistratura dando comienzo así la transición democrática en un país que, desde 1930, había ingresado en un período que la literatura especializada dio en llamar el período del péndulo cívico-militar (Kvaternik, 1990).

La llegada de Alfonsín a la Presidencia significaba no solo el regreso de la democracia, al menos en su faz procedimental, sino que, además, era la primera vez desde 1945 que la Unión Cívica Radical (UCR) derrotaba al Partido Justicialista (PJ), o peronista[2], en elecciones libres y competitivas. El radicalismo ganaba las elecciones sin la proscripción del peronismo.

20 años después, con una democracia argentina consolidada[3], el 25 de mayo de 2003, el Dr. Néstor Carlos Kirchner accedía a la Presidencia de la Nación luego de un período de crisis institucional desatado en 2001 con la renuncia del entonces presidente aliancista Fernando de la Rúa. La crisis de 2001, en su dimensión político-institucional, significó la sucesión de cinco presidentes en una semana[4] y la elección “parlamentaria” y excepcional de un peronista, el Dr. Eduardo Duhalde, que había sido derrotado en las elecciones presidenciales, como nuevo presidente de la nación para completar el mandato inaugurado el 10 de diciembre de 1999 por un presidente perteneciente a otra fuerza política.

La crisis de 2001 significaría para el sistema político argentino y para el sistema de partidos un evento que mostraría, a la vez, las fortalezas y debilidades institucionales del sistema político y una desestructuración absoluta sobre el sistema de partidos. En este último caso, la principal consecuencia sería su desnacionalización.

Estos escenarios, con distancia de 20 años entre sí, comparten algunas características y, por supuesto, ofrecen diferencias. Nuestro propósito aquí no es ahondar en las semejanzas y diferencias que ofrecen estos contextos sino, a partir de ellas, evaluar cómo los partidos políticos argentinos en cada caso, el radicalismo en 1983 y el peronismo en 2003, ofrecieron a la sociedad argentina liderazgos que provocaron cambios en los partidos que los construyeron. Nuestro argumento comparte con Ollier (2010) que el error de interpretación se ubica en considerar a la debilidad institucional, que facilita la capacidad adaptativa de los partidos, como variable dependiente sin prestar a tención a la relación entre liderazgo y fuerza organizativa. Un vínculo que explica gran parte de la lógica peronista y que, a nuestro juicio, también permite mirar al radicalismo.

Partimos de la premisa que no solo en el peronismo el liderazgo estructura a la organización política, sino que este fenómeno se registra también dentro de la Unión Cívica Radical y, en particular, se evidenció en el período alfonsinista; período que contiene una complejidad adicional pues resulta relativamente sencillo ubicar su inicio pero no así su clausura.

La pregunta que se desprende de aquí es, entonces, cómo liderazgo y organización devienen imbricados en ambos imaginarios partidarios. Simultáneamente, intentaremos aventurar una respuesta de por qué el peronismo ha logrado sortear, con mejor éxito que el radicalismo, el desafío que enfrentan todos los partidos políticos en sistemas presidenciales: ofrecer liderazgos cada cuatro o seis años.

Con base en estos propósitos, consideraremos la literatura sobre partidos políticos, en particular la referida a cómo los partidos políticos responden a contextos críticos, así como algunas referencias a la relación entre partidos y liderazgos.

2. Una necesaria revisión: la organización vence al tiempo

El estudio que nos hemos propuesto exige plantear algunas cuestiones básicas sobre los partidos políticos, esencialmente su dinámica interna y el modo en que esas lógicas intestinas afectan su performance pública. Considerar la dimensión interna de los partidos, su modo de organización y la forma en que se dan las pujas de poder en su dimensión horizontal y vertical permitirá comprender las características organizacionales que dan forma y espacio a los liderazgos que alcanzan proyección pública, a la vez que dará una respuesta sobre cómo los partidos políticos sobreviven y cuáles son las condiciones de supervivencia exitosa.

En base a estas consideraciones, una primera y obligada referencia lo constituye el clásico trabajo de Panebianco (1982). Allí, se nos ofrece no solo un prisma organizativo para estudiar los partidos sino que se nos proporcionan dos conceptos centrales a nuestros propósitos: la idea de coalición dominante y el llamado proceso de institucionalización. La centralidad de este último responde también a la revisión que al respecto hará Levitsky (2003) permitiéndonos introducir la dimensión informal en el estudio de la política intrapartidaria, que es, en el fondo, el objeto de nuestro trabajo.

El argumento se desarrolla de la siguiente manera: los partidos, en su faz organizativa, registran internamente luchas por el poder. Esta competencia se despliega en dos niveles o dimensiones: la horizontal y la vertical. Desde el punto de vista teórico, la puja de poder horizontal da cuenta de la interacción entre los líderes, mientras que la vertical se refiere a la dinámica entre líderes y seguidores. Lo significativo de esta visión es que los juegos de poder a nivel vertical son precondición de los juegos horizontales, y existe un proceso de retroalimentación entre ambas dimensiones.

Estrictamente, un partido político institucionalizado es aquel que ha atravesado un proceso a través del cual se incorporan los valores y fines de los fundadores del partido, para dejar de ser organizaciones fungibles –puros instrumentos para la realización de ciertos fines– para ser una institución. “Los fines se incorporan a la organización, se convierten en inseparables y a menudo indistinguibles de ella” (Panebianco, 1982: 115). Esta definición se corresponde con la cuarta condición que es necesaria alcanzar, de acuerdo a Mainwaring & Scully (1995), para que exista un sistema de partidos institucionalizado. En él, la organización partidaria importa, “es un signo de gran institucionalización si las estructuras partidarias están firmemente establecidas, son territorialmente comprensivas, si tienen recursos propios y tienden a la rutinización de los procedimientos intrapartidarios” (Mainwaring & Scully, 1995: 5).

La noción de institucionalización que adopta, en la clasificación de Panebianco, los valores de fuerte, débil y fuerte/débil en función del modelo originario[5], y que es conceptualmente un proceso que, sin embargo, no todos los partidos atraviesan, combinado con la idea de rutinización, nos da paso al segundo conjunto de literatura que debemos considerar en la elaboración de este sucinto marco teórico.

Junto al par conceptual de institucionalización–rutinización sugerido por Levitsky (2003), debemos considerar el paradigma institucionalista que recoge la especial interacción que puede presentarse entre instituciones formales e informales (Levistky & Helmke, 2006). Combinar ambos elementos, creemos, nos permitirá evaluar de mejor forma cómo las dinámicas intrapartidarias de nuestros partidos en estudio explican la emergencia de estos líderes, que denominaremos transformistas, en escenarios de coyuntura y ruptura. Ambos partidos, tanto el PJ como la UCR presentan no solo una dimensión formal de sus reglas sino además una faz informal, faz en la que los liderazgos, el estilo y efectos se explican, creemos, también por las instituciones informales que caracterizan a ambos partidos.

Si partimos de la premisa que un partido político, como cualquier organización, es una estructura en movimiento que evoluciona, se modifica a lo largo del tiempo y reacciona a los cambios exteriores, al cambio de los ambientes en que opera y en los que se halla inserto, deberíamos poder pronosticar que todos los partidos políticos existentes sobrevivirán. Sin embargo, la realidad, y también la teoría, han registrado el deceso de algunos partidos, el decaimiento electoral de otros y, simultáneamente, la persistencia y la supervivencia de los demás. La pregunta es, entonces, qué hace que un partido político sobreviva, sea exitoso electoralmente, aparezca como alternativa a la ciudadanía, ofrezca incluso garantías de gobernabilidad, mientras otros quedan relegados, o incluso, parafraseando a Malamud (2011), enfrentan procesos de agonía cuasi estructural.

Steven Levitsky, en su preciso estudio sobre la transformación del partido justicialista, nos ofrece una respuesta. La probabilidad de supervivencia de un partido político es función de su capacidad adaptativa. Y la adaptabilidad del partido, para ser eficaz, debe cumplir con tres condiciones: a) elección apropiada por parte de los dirigentes de la estrategia; b) los dirigentes reformistas deben convencer de las bondades de la estrategia al resto del partido (o imponerla), y c) el partido debe persuadir de las ventajas de la nueva estrategia al electorado (2003: 13).

Si bien el argumento asigna un papel significativo a los dirigentes, no cae en la falacia del voluntarismo pues entiende, siguiendo la lógica de Panebianco, que la capacidad de un líder o de los liderazgos transformadores está mediada por los juegos de poder que se dan dentro de las estructuras partidarias. Se infiere de esto que la dinámica intrapartidaria es función de la capacidad de los dirigentes y de su dinámica de interacción en la dimensión horizontal de los intercambios que se registran dentro de la organización partidaria.

Asimismo, la teoría supone que la capacidad de supervivencia de un partido es inversamente proporcional al grado de rutinización que ofrecen sus prácticas internas, o lo que es lo mismo al grado de informalidad que tienen sus reglas, lo que los vuelve menos vulnerables a los cambios.

Se plantea una relación entre institucionalización y rutinización. Se reconoce a la institucionalización como un concepto multidimensional en el que la rutinización constituye una de sus dimensiones. Así, se entiende que la rutinización es “el proceso por el cual las normas y procedimientos se difunden entre los actores y son aceptados, acatados y hasta ‘dados por sentado’. La rutinización puede ser formal o informal.” (Levitsky, 2003: 20). El carácter formal se observa en el grado de correspondencia entre lo establecido y o actuado, mientras la informalidad alude a pautas de conductas conocidas y aceptadas pero cuya interacción con la formalidad es bien de enfrentamiento [apartadas] o bien de desvinculación. Finalmente, se introduce la idea de rutinización débil, situación que se registra cuando las normas y procedimientos que gobiernan la vida interna del partido son fluidos, ampliamente manipulados, cuestionados, y, con frecuencia, soslayados[6].

La tesis básica indica que los bajos niveles de institucionalización, aun cuando, a menudo, den origen a ineficiencias, tensiones y fallas de representación, tienden a reforzar la flexibilidad de los partidos en periodos de crisis. Esa flexibilidad estratégica constituye uno de los rasgos más característicos de la capacidad adaptativa y la proyección de supervivencia que ofrece un partido político. Por ende, las organizaciones partidarias de estructuras poco definidas suelen estar mejor equipadas para responder en coyunturas críticas.

Como corolario de este argumento, es importante destacar que suele ser más significativo para comprender la política intrapartidaria, y sus efectos sobre los liderazgos de proyección nacional, las características de la organización informal y las condiciones de emergencia de los partidos. La idea sugiere que el contexto formativo y las pautas aprendidas con él inciden en la capacidad de los partidos para responder a las crisis o cambios ambientales[7].

La consideración de la dimensión informal de los partidos políticos ha sido evaluada en ocho dimensiones o características: la burocracia central, el locus de la toma de decisiones, la jerarquía partidaria/patrones de carrera partidaria, procedimientos y reglas internas, fronteras, organización local, membresía, vínculos sociales y financiamiento (Freidenberg & Levitsky, 2007). Lo significativo de este análisis es que pretende romper el vínculo establecido entre institucionalización–formalidad, no institucionalización–informalidad, se reconoce que partidos con diferentes grados de institucionalización también presentan comportamientos informales que a veces tienden, incluso, a contradecir lo establecido formalmente. El principal desafío consiste, entonces, en distinguir entre los partidos que cuentan con estructuras formales similares pero que, en la práctica, tienen diferentes niveles de institucionalización.

A los efectos del trabajo, concentraremos nuestra atención en la informalidad que registran los partidos en la dimensión de la jerarquía partidaria y los patrones de carrera que esto supone, pues lo que nos interesa es ver bajo qué condiciones emergen determinados liderazgos que tendrán efectos sobre la naturaleza informal de la estructura partidaria.

Freidenberg & Levitsky (2007) entienden que la diferencia entre la formalidad y la informalidad, sobre el aspecto de jerarquía partidaria y patrón de carrera, está en que mientras en la lógica formal, el ascenso tiene una lógica secuencial de los órganos de menor a nivel a los de más nivel, y que la posición de puestos partidarios de conducción es un indicador significativo, en los partidos informalmente institucionalizados, la promoción depende de vínculos personales con el líder, en casos de partidos carismáticos, y de la redes patronazgos, en los partidos máquina.

Las estructuras organizativas de los partidos nos informan sobre el modo en que los partidos pretenden dar forma a los fines, al ideario partidario, a la vez que muestran el patrón de relaciones que se establecen entre los líderes y las bases[8], la lógica de la coordinación intra partidaria incluso permite observar el grado de encapsulamiento burocrático que los partidos pueden padecer. Estos aspectos de la estructura organizativa formal se complementan con determinadas instituciones o pautas informales que también moldean la estructura organizativa. Así, la literatura ha tendido a considerar como comportamientos informales al patronazgo, el clientelismo, las redes personales y el faccionalismo (Levitsky, 2001; O´Donnell, 1996; Auyero, 2001; Murillo & Calvo, 2004; Freidenberg, 2002). El punto es, sin embargo, ver de qué manera estos elementos informales afectan los procedimientos de promoción y la distribución de poder al interior de la coalición dominante del partido, reconociendo que esta puede ser de facciones o de tendencias.

Recordemos brevemente que la forma en que se estructuran las pujas de poder en el nivel horizontal y en particular cuán estables sean los patrones de esa competencia constituirán un indicador de la naturaleza de la coalición dominante lo que tendrá un efecto sobre el tipo de institucionalización que registre el partido.

Finalmente, se argumenta que en partidos organizados de manera informal, el poder de hacer cumplir decisiones obligatorias a los miembros se encuentra fuera de la estructura formal. Los congresos del partido, los consejos ejecutivos y otros órganos de conducción carecen de la autonomía de facto con la que cuentan los sostenedores de poder. Por consiguiente, ellos a menudo son vistos como meros “adornos” y no son tomados en serio por los actores intrapartidarios.

Si una serie de elementos centrales a ser considerados en la informalidad son la naturaleza del poder, el modo en que este es ejercido y el límite que al respecto representa la organización partidaria en términos de estructura y su fuente de legitimidad, podemos sugerir entonces que una institución informal a ser considerada es aquella del bandwagon o “subirse al carro vencedor”. Su introducción en el análisis tal vez contribuya a las explicaciones sobre la relación entre informalidad, flexibilidad estratégica, cambio ambiental, capacidad adaptativa y, por ende, de supervivencia. Este desafío teórico queda planteado. En páginas subsiguientes intentaremos, a partir del análisis de los casos concretos, sugerir una vía de ingreso.

3. Reflexiones teóricas finales, pero no por ello menos importantes

Primero la patria, después el movimiento y luego los hombres[9].

 

Sigan a ideas, no sigan a hombres, fue y es siempre mi mensaje a los jóvenes. Los hombres pasan, las ideas quedan y se transforman en antorchas que mantienen viva a la política democrática[10].

Hemos planteado las premisas teóricas relevantes en cuanto a lo que representa la institucionalización de los partidos políticos, y se han esgrimido las consideraciones respecto a los niveles de institucionalización y la vinculación de esta con la rutinización. Sin embargo, no hemos considerado, en el apartado previo, la tipología de partidos. Y es claro que el tipo de partido algo nos dice sobre la naturaleza de su institucionalización. Hemos invertido el orden de la exposición por motivos no teóricos sino metodológicos en relación al objeto de nuestro trabajo.

Si nuestra idea consiste en ver cómo las características de la institucionalización afectan la emergencia de determinados liderazgos en contextos de crisis, considerando que el liderazgo partidario también constituye un elemento de la estrategia adaptativa y la flexibilidad estratégica así como una forma más de evaluar la informalidad de la estructura organizativa; y, a la vez, nos proponemos considerar los efectos de esos liderazgos sobre la estructura organizativa una vez que estos han pasado, entonces problematizar teóricamente esos puntos resulta fundamental.

En esa misma línea argumental, sin embargo, el tipo de partido al que se ajustan nuestros casos no es materia de discusión en el presente escrito. Se tomará, por lo tanto, como un dato contextual este elemento. Siguiendo esta lógica, entonces, el presente apartado teórico, tendrá un carácter descriptivo antes que explicativo.

Asumiremos, junto con gran parte de la literatura, que los partidos políticos cumplen determinadas funciones, y que su cumplimiento es relativamente eficiente o, al menos, más eficiente que frente a otras modalidades de organización en el contexto de democracia de masas. Así, se reconoce que los partidos, además de cumplir funciones de representación y de agregación de intereses, resuelven problemas de acción colectiva y, a la vez, problemas de información. En lenguaje sencillo, los partidos políticos nos dicen quién es quién en la política y nos proveen de un mapa espacial para poder tomar decisiones electorales y de participación. Si esto es cierto, entonces todos los partidos, independientemente del tipo especial en el cuajen, cumplen estas funciones.

Para poder clasificar a los partidos, seguiremos la lógica sugerida por Katz & Mair (1994) en su propósito de revisar el modelo clásico de partido de masas. Los autores entienden que la visión tradicional de este tipo de partido ha tendido a privilegiar la relación entre el partido y la sociedad civil, y que esta ha sido conceptualizada desde una perspectiva normativa a partir de evaluar tres elementos. En su crítica al modelo clásico y en su propuesta de redefinir los partidos aportando la categoría de partido cartel, no desprecian el elemento que relaciona al partido con la sociedad, sino que incluyen la relación del partido político con el estado, la naturaleza del liderazgo partidista y, además, la relación del partido con otros sectores y grupos.

Así, si miramos los modos en que se vinculan los partidos con su electorado y con la sociedad en general, la referencia a Kitschelt (2000) resulta indispensable. De acuerdo con su argumento, los partidos pueden clasificarse de acuerdo al tipo de vínculo que entablen con electorado y ese vínculo se define en función de la razón en torno a la cual se organiza el partido y constituye, a la vez, el principal atractivo del partido para ser opción de participación. La clasificación arroja tres tipos: a) carismático, b) clientelista, c) programático. Estos mecanismos de vinculación afectan la estrategia partidista por ganar elecciones; por lo tanto, el modo en que los líderes de los partidos privilegian un modo u otro de vínculo constituye un indicador de la flexibilidad estratégica de la que goza el partido.

La referencia a Kitschelt es atractiva pues, sobre ella, Pappas (2009) se ubica para poder analizar las características y efectos que los liderazgos tienen sobre las estrategias partidistas, en especial en la asumida oposición que existe entre estrategias programáticas y estrategias de patronazgo. El argumento aquí se despliega de la siguiente manera y busca considerar, incluso, la relación o disputa que existe en los partidos entre partidarios y patrones (patrons agains partisans).

La lógica prevé diferentes resultados en cuanto a la estructura organizativa. Así, partiendo de la existencia de un fuerte liderazgo partidario que escoge una estrategia de patronazgo, se prevén efectos sobre: a) la organización partidaria, b) partisan officeseekers, y c) patrón office – seekers[11].

Sobre la organización partidaria se prevé, en primer lugar, una resistencia por parte del partido político, lo que eventualmente puede conducir a una lucha interna profunda con dos resultados posibles: que gane la organización (lo que significa que la tesis de Panebianco sobre la supervivencia organizativa es correcta) o bien que el líder salga victorioso de esa compulsa. Respecto a los partisan office–seekers, se asume, o bien la resistencia de estos, o bien su transformación en patrones, lo que produce consecuencias en la estructura de la coalición dominante, dejando de ser de tendencias para faccionalizarse. Finalmente, sobre el patrón office–seekers, se asume el consentimiento con la estrategia de patronazgo sustentada por el líder y la creación última de un partido carismático.

Finalmente, consideraremos los aportes de Gunther y Diamond (2003) y de Levitsky (2003) sobre los tipos de partidos.

Desde la perspectiva de Gunther y Diamond (2003), la construcción de tipologías de partidos ha caído en el problema del estiramiento conceptual. Es por ello que los autores proponen tres criterios sobre los cuales construir la tipología, que luego les arrojará una tipología de 15 categorías. A los efectos de nuestros propósitos, no ahondaremos en los tipos de partidos sino que, simplemente, referiremos los criterios pues serán considerados al momento de evaluar los casos.

Así, el primer criterio refiere a la naturaleza de la organización formal. Aquí, la diferencia se plantea en relación a cuán densa es esa organización, distinguiéndose entre thin and thick organization. El segundo criterio hace alusión a la naturaleza programática del partido, lo que los autores denominan “compromiso programático”. En función de esto, los partidos se distinguen en cuatro tipos: los que articulan, ideológica y coherentemente, sus postulados programáticos; los que se conservan pragmáticos; un tercer tipo podría catalogarse como issue party, o bien partidos que defienden intereses particularistas de corte étnico, religioso o socio-económico; finalmente, el último tipo, en base a este criterio, se caracteriza por ser heterogéneo o, incluso, “promiscuamente ecléctico” en cuanto a sus apelaciones electorales. El tercer y último criterio da cuenta de las estrategias y norma de conducta de los partidos. Puntualmente, si el partido es tolerante y pluralista, lo que lo acercaría al polo democrático, o si, en cambio, es protohegemónico. Este último criterio guarda estrecha relación con la clasificación que hace Linz (1987) respecto a que los partidos, en su rol de oposición, sean leales, semileales o desleales al gobierno y/o al régimen democrático.

Hemos dejado para el final la tipología de partidos construida por Levitsky (2003) por entender que sobre esta última se construirá gran parte de nuestro argumento posterior. La idea del autor consiste en agregar la dimensión rutinización a la tipología primigenia de Panebianco, que distingue entre partidos de masas burocráticos y electorales–profesionales. Al incluir los niveles de rutinización, que adoptan valores de alta y baja, se configura una tipología de cuatro partidos políticos.

Así, tenemos los partidos con bajo nivel de rutinización, que se distinguen entre partidos populistas de masas y partidos electorales–profesionales, según sea su vínculo fuerte o débil con las masas, respectivamente; y los partidos con altos niveles de rutinización, que se clasifican en partidos burocráticos de masas, en los que, evidentemente, la vinculación con las bases es sólida, y en partidos electorales–profesionales allí donde no lo es tanto.

Entendemos que la literatura sobre tipo de partidos es vasta y no buscamos resumirla aquí por entero, simplemente hemos referido aquellas tipologías que ajustan a nuestros propósitos.

4. Alfonsín, Kirchner, el radicalismo, el peronismo, el alfonsinismo, el kirchnerisimo y van…

Nos proponemos considerar los contextos que hemos denominado de cambio ambiental y bajo los cuales Alfonsín y Kirchner acceden a la candidatura, conquistan la Presidencia y signan, o no, al partido político que les vio nacer. Esta comparación, en algún grado cronológica, tendrá también un estilo analítico[12], pues es nuestra intención introducir los elementos de juicio teórico expuestos previamente en la narrativa histórica.

a. La llegada a la candidatura: interna vs. acuerdo de cúpula. ¿Hay alguna diferencia?

Es sabido que el PJ y la UCR no eligen de igual forma sus candidatos a la Presidencia. Mientras en el primer caso suelen primar los acuerdos entre dirigentes, en el radicalismo las internas suelen ser el medio escogido y establecido estatutariamente. De acuerdo con el artículo 18 de la Carta Orgánica de la Unión Cívica Radical, la elección de la fórmula a presidente y vicepresidente de la Nación se hace a simple pluralidad de sufragio por el voto directo, secreto y obligatorio de los afiliados de la República considerada como distrito único. En caso de empate, la que resuelve es la Convención Nacional, máximo órgano de conducción partidaria.

En el caso del peronismo, si bien la Carta Orgánica, en su artículo 26, establece la realización de internas abiertas para la selección de los candidatos a presidente y vicepresidente de la Nación, para cada elección, desde el retorno democrático, el partido ha utilizado diferentes mecanismos para la selección de los mismos. En el período 1983-2003, el PJ

… consagró sus candidatos de acuerdo con cinco modalidades distintas. Solamente dos de ellas involucraron procedimientos electorales: una elección interna en 1988 y la habilitación para que los candidatos afiliados al partido compitieran por fuera de la agrupación en 2003. Las fórmulas del justicialismo fueron consagradas por los cuerpos de conducción partidarios en 1983, 1995 y 1999. Las disputas internas que llevaron a esas consagraciones obedecen a lógicas distintas en cada caso (Leiras, 2007: 101).

En la literatura, existe un consenso generalizado, respaldado por la evidencia empírica, respecto a que los procesos de nominación de candidatos a cargos electivos constituye un indicador muy relevante sobre cómo operan las organizaciones partidarias por dentro y contribuye a ubicar con precisión los principales núcleos del poder político en un determinado país (Alcántara Saez & Freidenberg, 2009; Freidenberg, 2003; De Luca, Jones & Tula, 2002). De acuerdo con esta premisa, deberíamos esperar entonces que el peronismo y el radicalismo funcionen de manera idéntica, o no, según el grado de similitud entre lo establecido por uno u otro partido.

De acuerdo a lo referido, ambos partidos establecen que la nominación de sus candidatos presidenciales se hace por la vía de elecciones internas. Sin embargo, como también hemos referido, esto no ha sido la regla, sino más bien la excepción, sobre todo en el caso del PJ. Sin embargo, en el proceso de nominación que aquí nos interesa respecto del radicalismo, la del Dr. Alfonsín a la Presidencia de la República, tampoco se hizo a través del procedimiento estatutario.

Con un gran abanico de acuerdos internos, el Movimiento de Renovación y Cambio[13], en alianza con sectores principalmente provinciales como la Línea Córdoba obtienen la nominación por parte de la Convención Nacional de la UCR a las elecciones generales con la fórmula Raúl Alfonsín-Víctor Martínez[14]. El sector Línea Nacional intenta disputarle la candidatura con la fórmula Fernando de la Rúa–Carlos Perette, pero renuncian a competir en la proximidad de las elecciones internas partidarias. Así, el proceso de nominación de Alfonsín, si bien se hace unánimemente en el seno de la Convención Nacional, lo ubica ya como líder partidario y referente de un movimiento que trascendería los conocidos hasta el momento dentro del partido centenario. Daba comienzo así la larga marcha alfonsinista y la emergencia de un nuevo ismo dentro de la estructura organizativa, el alfonsinismo, que sería, a todas luces, mucho más que una mera línea interna.

La candidatura de Néstor Kirchner en 2003, si bien no sorprende en términos de su nulo ajuste a los procedimientos partidarios del justicialismo, flexibilidad normativa que, paradójicamente, se ha constituido en institución informal dentro de ese partido, también constituye una excepción dentro de esa flexibilidad. A diferencia de los candidatos a la Presidencia que le precedieron: Luder, en 1983; Menem, en 1989, y Duhalde en 1999, Kirchner no era un referente partidario de raigambre nacional y tampoco era la primera opción de quien, por entonces, manejaba el aparato justicialista.

El escenario partidario justicialista se presentaba confuso. Varios líderes, de talla diferenciada, aspiraban a la candidatura, la cual dependía en gran medida de hacia dónde se inclinaría el presidente Duhalde. Así, los anotados en la carrera eran: el propio Kirchner; el expresidente Carlos Menem; el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota; el gobernador de Salta, Juan Carlos Romero, y el también expresidente y gobernador de San Luis, Adolfo Rodiguez Saá.

Las preferencias de Duhalde tenían por última alternativa a Kirchner. Aquel intentó en primer lugar convencer al entonces gobernador de Santa Fe, Carlos Reuteman, quien, luego de algunas cavilaciones y dudas, declinó la oferta. Luego, el presidente intentó acordar con De la Sota, pero sus intentos fueron infructuosos. Tras dos intentos fallidos, anunció públicamente, el 15 de enero de 2003, su apoyo a la candidatura de Néstor Carlos Kirchner. Sin embargo, aún estaba pendiente la definición concluyente respecto a quién sería el candidato justicialista, pues, ni Menem, ni Rodriguez Saá parecían dispuestos a aceptar el esparaldazo de Duhalde otorgado a Kirchner como indicación de que debían renunciar a la contienda. Con este escenario, y con una elección interna en ciernes, convocada para el 27 de abril, el Congreso del Partido Justicialista resolvió suspender la interna y permitir a los precandidatos usar los símbolos partidarios y presentarse individualmente a la elección general. El peronismo trasladaba así la interna a la contienda pública.

Lo notable aquí es que la decisión la toma también el órgano de conducción partidaria. Ollier (2010) reconoce incluso que la candidatura de Kirchner es lograda por un acuerdo formal entre Duhalde, Kirchner y Felipe Solá. Acuerdo que concita el apoyo de todos los intendentes del conurbano bonaerense, los barones, producto del alineamiento que estos tienen con Duhalde mas no con Kirchner, al menos no para este momento. En este aspecto, Kirchner ofrece una singularidad no menor en el contexto del peronismo. Si la lección de Perón es que “la jefatura no se delega ni se hereda, se conquista en la lucha política” y, por lo tanto, su heredero es aquel que vence en esa contienda, Kirchner no es, para el 2003, el vencedor legítimo, no muestra éxito en esa empresa. El contexto crítico ambiental es también entonces de dimensiones partidarias.

En el peronismo, quien decide competir por la candidatura presidencial no puede tener la certeza de cuál será la regla que va regir su competencia (Leiras, 2003). Es claro, según este argumento, que la incertidumbre es, paradójicamente, la institución, la regla. Aún en la contradicción teórica, esta incertidumbre ofrece información a los actores dentro del peronismo: obtener la candidatura o no dependerá de cómo se estructuren los fluctuantes intercambios horizontales y verticales. Esta dinámica encierra, en algún punto, también una lógica restrictiva para la propia organización partidaria.

Finalmente, como afirma Kitschelt (2000: 848), los partidos políticos intervienen en procesos intrapartidarios de resolución de conflictos, entre diversos esquemas de preferencias, basados en la deliberación, la persuasión, el adoctrinamiento, la coerción y la negociación”. En nuestros casos, el radicalismo parece ajustarse a la persuasión, mientras que el peronismo muestra una salida económica frente a la imposibilidad de cooperación. Sea como fuere, en ninguno de los dos casos, los partidos responden a sus tradiciones formales ni informales, y he ahí, en conformidad con nuestro argumento, una semejanza en la forma en que nuestros candidatos victoriosos lograron contender en la elección general.

b. Los contextos desafiantes. Cambios ambientales: la transición democrática y la salida del infierno

Esperamos aquí no hacer abuso de la historia, sino referir en qué medida ambos contextos de surgimiento constituyen cambios ambientales y, por lo tanto, ponen a prueba la capacidad adaptativa de los partidos.

Es claro para nosotros que la comparación entre una salida hacia la democracia y la crisis atravesada por Argentina en 2001 no son estrictamente comparables. Sin embargo, entendemos que el descongelamiento de los partidos y de la política, que representó la transición, así como el desafío que ello supuso para los partidos, y la desestructuración del sistema de partidos que devino con posterioridad a la crisis de 2001, representan retos, en alguna medida, asemejables. En definitiva, en uno y otro contexto, las organizaciones partidarias existentes debieron ofrecer una salida institucional en formato democrático a la crisis de régimen en 1983 y a la de corte social, económico y político de 2003.

Si la idea de cambio ambiental sugerida por Levitsky implica un desafío para las organizaciones partidarias, y la capacidad para sortear ese desafío depende de la flexibilidad estratégica expresada en la capacidad de la dirigencia para reorientar el curso del partido e, incluso, permitir la emergencia de nuevos liderazgos, entonces, nuestros casos en análisis, parecen haber sorteado esos obstáculos con éxito, al menos inicialmente. Veamos por qué.

El tránsito hacia las elecciones de octubre del 83 no fue fácil y mucho menos sencillos fueron los meses que separaron la elección de la asunción, por no hablar de los múltiples desafíos que enfrentó el gobierno radical en una emergente democracia argentina. El contexto desafiante era, precisamente, reinstalar la pauta democrática, evitar nuevos derrumbes y lograr que todos los actores políticos se convirtieran en leales al juego democrático. 1983 aparece, entonces, como un nuevo momento cero en la historia política argentina y la UCR debía poder gobernar enfrentando a las corporaciones y a un peronismo que, aunque desestructurado y que encaraba un proceso de renovación, no estaba acostumbrado a estar en la oposición.

El gobierno de Alfonsín debía resolver la tensión existente entre las “ambiciones desmesuradas y las restricciones excesivas” (Smulovitz, 2010). El entusiasmo democrático planteaba la difícil tarea de no defraudar y sobrevivir, partidaria y, sobre todo, institucionalmente.

En el caso de Néstor Kirchner, el cambio ambiental lo vemos en la desestructuración del sistema de partidos argentinos, en particular en lo relativo a su desnacionalización.[15] En los altos índices de desigualdad y desempleo que registraba la Argentina al momento de su asunción, el problema de la deuda externa, la crisis social latente, heredada del estallido de 2001, y el bajo caudal electoral, 22 %, con el que accedió al poder.

Si bien gran parte de la literatura reciente sobre el kirchnerismo entiende que este supo hacer del contexto una ventaja para la construcción de su poder, no por ello es menos cierto que iniciar un gobierno bajo esas condiciones supone también un conjunto considerable de restricciones a la hora de gobernar y, por supuesto, conducir o intentar conducir un partido político tan amorfo como el justicialismo.

Finalmente, si es cierto que los liderazgos no son independientes de los contextos, estos escenarios de punto de partida obligaron a ambos líderes, más allá de características psicológicas propias, a colocarse en la figura de hombres distintos, fuertes y con capacidad de enfrentar el porvenir. En el caso de Alfonsín: la reinstauración de la democracia; en el de Kirchner: la reconstrucción del sistema político.

Un elemento adicional que condicionó las expectativas y capacidades futuras de estos líderes y sus partidos fue el propósito que cada uno se planteó al momento de llegar a la Presidencia de la República y a la conducción partidaria. Alfonsín tuvo el deseo de democratizar la política y normalizar el bipartidismo. Kirchner se propuso superarlo a través de la transversalidad. Ninguno de los dos tuvo éxito en su empresa. Los motivos de sendos fracasos están, a nuestro juicio –coincidente con la literatura–, en las organizaciones partidarias que les dieron origen.

Las características organizativas de cualquier partido político dependen, entre otros factores, de su historia, de su nacimiento y de cómo se hayan consolidado. Las peculiaridades del período de formación pueden, en efecto, ejercer su influencia sobre las características organizativas de aquel incluso a decenios de distancia. Toda organización lleva sobre sí las decisiones que la han modelado (Panebianco, 1982). La diferencia es que, luego del alfonsinismo, el radicalismo no logró generar ningún nuevo “ismo”. Mientras que el kirchnerismo apareció como el tercer “ismo” dentro del movimiento peronista, ya que es su segunda metamorfosis luego de la muerte del primer líder

En palabras de Torre (2003: 27/28),

[…] en 1983 se realizó la primera transición en sintonía con la ola de democratización que recorrió América Latina y [el radicalismo de la mano de su líder y el núcleo duro del alfonsinismo se adaptó] […]. El momento crítico de 2001 [y los inmediatos años posteriores][16] podrían ser vistos como el comienzo de la segunda transición,

con Kirchner liderando el proceso y ofreciendo estrategias de salida. La pregunta que intentaremos responder en el último apartado es si el kirchnerismo fue, y es, la estrategia de adaptación del peronismo, o si representa una línea de fractura dentro de ese movimiento popular y político.

c. El liderazgo y el partido: las características organizativas y los tipos de liderazgo. “El hombre nuevo”

Nos proponemos aquí establecer la vinculación entre el tipo de liderazgo transformista que representaron Alfonsín y Kirchner en sus respectivos partidos y, sobre ello, evaluar las restricciones que les legaron a sendas organizaciones. Para ello, consideraremos algunas características organizativas, el discurso renovador que han estructurado y cómo ese discurso se ha imbricado, o no, en la tradición partidista. Tomaremos de Ollier (2010) la distinción que realiza para el caso del peronismo entre liderazgo eterno y temporal. De acuerdo con su argumento, Perón es el líder eterno, tiene un status suprapolítico, en tanto los líderes que le sucedieron adoptan la caracterización de liderazgos temporales o coyunturales. Esa imagen, que ciertamente aplica al peronismo en sus versiones post-Perón y que explica la incapacidad del Peronismo de construir en vida del líder un peronismo sin Perón, pretendemos extrapolarla al caso del radicalismo y, simultáneamente, cuestionar que Kirchner sea tan solo un líder coyuntural.

La literatura reconoce que la competencia política al interior de los partidos impone tensiones en la estructura organizativa. La lógica del argumento supone que, una vez resuelta la disputa y en pos de la coordinación y, por ende, la supervivencia organizacional (independientemente de su grado de institucionalización y rutinización), los ganadores tienen incentivos para compensar a los perdedores. Esto se registra especialmente en el caso de Alfonsín. De hecho, en la jerga radical, se supo conocer al movimiento conducido por él como “ambulancia” pues iba recogiendo, para el armado, a los heridos. Esta situación se vio reflejada en la composición de su primer gabinete en cuanto a la distribución de cargos. Las carteras claves fueron asignadas a los miembros del riñón alfonsinista, aquellos con los que, el entonces presidente, tenía no solo vínculos partidarios sino esencialmente personales. Esto da cuenta de la presencia de esta institución informal también al interior de la Unión Cívica Radical.

El kirchnerismo, tal como hemos referido, no representó en sus orígenes una línea interna dentro del justicialismo que fuera aglutinando sectores para lograr la candidatura. El problema de cohesión interna partidaria que enfrentaba el justicialismo para 2003 se resolvió permitiendo la candidatura de tres candidatos en las elecciones generales. Sin embargo, el ascenso de Kirchner, y el estilo de concentración que impuso desde su Presidencia, apelando a conquistar al público, y luego, sobre esa base, acceder a la conducción partidaria, también significó un medio de resolver la contienda interna. Kirchner, fiel a la tradición partidista, impuso la fuerza, no de los votos, sino del apoyo popular para discipliar. No obstante, la estrategia kirchnerista no involucró repartir el poder entre sus socios partidarios; más bien significó dicotomizar y generar antagonismos: pingüinos vs. no pingüinos, y los pingüinos conversos, que, como bien se sabe, suelen volverse los más fundamentalistas. Al decir de Tonelli (2012), creó gran fuerza gravitacional (lo demás sigue idéntico) acompañada de una actitud transgresora y una táctica conservadora.

De acuerdo con Torre (2003), el conflicto de poder dentro del peronismo, rasgo sistémico de dicho partido, adopta con el kirchnerismo características que podrían sugerir una ruptura, pues el conflicto de proyectos ideológicos está poniendo en tensión los mecanismos que, hasta el momento, han servido para regular las divisiones internar evitando el quiebre. El diagnóstico de Torre es consistente con nuestra tesis. Los liderazgos imponen tensiones sobre la estructura organizativa independientemente del grado de rutinización y tienen efectos sobre la posibilidad de supervivencia y adaptabilidad de los partidos.

Nos interesa ahora considerar un elemento vinculado a la capacidad adaptativa de los partidos: la renovación dirigencial. La medida en que los partidos logran hacer converger elites tradicionales con elites emergentes constituye, al parecer, un buen indicador. Si esto es cierto, tanto Alfonsín como Kirchner ofrecieron a sus partidos una renovación, no solo dirigencial sino, esencialmente, generacional.

La renovación del radicalismo vino de la mano de la Junta Coordinadora Nacional (JCN), el cántico que la simbolizaba y aún la simboliza resulta elocuente: “somos la vida, somos la paz, somos la Junta Coordinadora Nacional”. ¿Cómo entender este “slogan”? “El ‘somos la vida, somos la paz’ constituía una referencia y le daba sentido a la militancia y al radicalismo, luchábamos por preservar la vida ante tanta muerte que habían sufrido en la historia reciente los argentinos, sosteníamos la paz ante la guerra”, afirmaba un viejo referente de la Coordinadora en 2002.

Un elemento objetivo que refuerza nuestro argumento es que la mayoría de los, por entonces, referentes de la Coordinadora ocuparon puestos de importancia en el gobierno de Alfonsín: Enrique “Coti” Nosiglia fue ministro del Interior; Facundo Suárez Lastra, intendente de la Ciudad de Buenos Aires; Leopoldo Moreau, presidente de la Cámara de Diputados en 1989; Jesús Rodríguez, ministro de Economía en 1989, y Carlos Becerra, Secretario General de la Presidencia. Adolfo Stubrin inicia su carrera legislativa en 1983 y logra, incluso, presidir la Comisión de Asuntos Exteriores.

El problema es que ese espíritu no pudo y no supo ser recreado. Se habla del legado de la Coordinadora, pero lo cierto es que todavía no aparece dentro del radicalismo un segmento generacional capaz de motivar como otrora. Los académicos dudan incluso que vaya a aparecer en un futuro cercano. He ahí también el legado de Alfonsín a la propia organización partidaria. No es fácil reinventar un sentimiento y/o (Alfonsín combinaba ambos) encontrar referentes capaces de motivar inter- e intrageneracionalmente, menos aun cuando el líder histórico sigue además de presente vigente.

¿Cómo opera la renovación generacional en el kirchnerismo? El kirchnerismo se coloca como vertebrador de dos momentos generacionales: los “sobrevivientes” de la década del 70, de la experiencia montonera, y los jóvenes que se forman en democracia. A diferencia de sus predecesores, Kirchner privilegió el vínculo con la juventud y su estilo así lo marcaba. La formación de la agrupación “La Cámpora” como algo diferenciado de la Juventud Peronista, constituyó la forma en que se plasmó el vínculo generacional, el espacio hacia la juventud. El slogan de La Cámpora: “la fuerza de la juventud, la fuerza de un pueblo” obliga a reconocer cómo el kirchnerismo dota de significado propio, y con un referente específico, a la idea de pueblo, noción tan cara al peronismo.

En las propias palabras del manifiesto de la agrupación, se indica:

Es fundamental que nos organicemos como juventud argentina para consolidar y realizar, de una vez por todas, el salto cualitativo en nuestra organización y en nuestros cuadros. La Cámpora contiene a compañeros que tienen una tradición militante dentro del peronismo, a aquellos que tienen importantes diferencias con este y también a quienes se acercan a militar como primera experiencia. Ya no hay tiempo para detenerse en pequeñeces, el que está, asume el camino, no podemos detenernos a cada paso para mirar hacia atrás. Tenemos que ser conscientes que el que no mejora está perjudicando al conjunto y, por transición, al Proyecto. Debemos considerarnos privilegiados por la Historia: hoy tenemos que dar la batalla ideológica de todos los tiempos: un país para pocos o un país para todos. Tenemos la oportunidad de continuar la pelea histórica por la redistribución del ingreso y la justicia social. Retomamos las banderas de lucha de nuestro pueblo a lo largo de su historia: los derechos humanos, la patria grande latinoamericana, la soberanía industrial, la fuerza de los trabajadores organizados y la justicia social. Pero, por sobre todas las cosas, la política como herramienta de los pueblos para la transformación social.

En esas pocas líneas referidas, se muestra en parte el eclecticismo ideológico del peronismo tradicional, pero también el dogmatismo que asume el kirchnerismo como rasgo diferenciador de sus predecesores en la conducción y representación del peronismo.

Si se observa el ámbito objetivo de cargos, el principal referente de esta agrupación es Máximo Kirchner, el hijo de…, y en los puestos de gobierno, encontramos en Juan Manuel Abal Medina (h) al exponente máximo de la nueva generación asumiendo máximas responsabilidades.

En una nota comparativa final entre la JCN y La Cámpora, ambas referirán la idea de contradicción fundamental: “Las cartas están sobre la mesa, la política cada vez presenta menos sutilezas porque la contradicción principal está más clara que nunca.” (Manifiesto de La Cámpora, 2004), y 20 años antes, la JCN expresaba: “la causa frente al régimen, la democracia o la dictadura militar, justicia social o minorías privilegiadas, liberación o dependencia, pueblo o antipueblo. Esta es la contradicción fundamental en la República Argentina de nuestros días” (Junta Coordinadora Nacional, 1984:3)

Se reconoce que uno de los rasgos de toda organización partidaria institucionalizada es la capacidad que tiene de distribuir incentivos colectivos de identidad. Se sabe también de la dificultad para poder observar cómo los partidos logran ofrecer a sus simpatizantes, afiliados y militantes ese tipo de incentivos. Entendemos que un buen indicador sea, tal vez, el tipo de discurso que adoptan los líderes y el grado en que el tipo de discurso refleja la naturaleza de ese liderazgo, así como las pretensiones del mismo.

Un rasgo común entre Alfonsín y Kirchner fue su posicionamiento como líderes transformadores, con un discurso que transitaba entre la emoción y el compromiso. Un discurso cifrado en aquello que en páginas anteriores hemos referido no de renovación sino de reinstauración, de renacimiento.

“Iniciamos una etapa que sin duda será difícil, porque tenemos todos la enorme responsabilidad de asegurar hoy, y para los tiempos, la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en la tierra argentina”. Así se refería Alfonsín en su discurso ante el Congreso al momento de asumir la Presidencia. Colocaba allí no solo el compromiso colectivo sino la esperanza, una esperanza que podría catalogarse de como de desmesurada ilusión (Smulovitz, 2010). No se trataba solamente de inaugurar un gobierno, el propósito era asegurar para siempre la democracia.

Ese discurso institucional encontraría su correlato partidario en lo que se denominaría el tercer movimiento histórico. La tensión discursiva es bien expresada por Gerardo Aboy Carlés (2010) y nos interesa aquí retomar su análisis. El tercer movimiento histórico se reconocía heredero y superador del yrigoyenismo y del peronismo. Un discurso y una posición que se autoubicaba, además, por encima de las dicotomías clásicas que habían definido la política argentina. El discurso que Alfonsín pronunciara en Parque Norte en 1986 sería reflejo de esto.

El alfonsinismo era la síntesis histórica. La estrategia de adaptación escogida era ser tan omnicomprensivo y, en algún punto, tan laxo como el peronismo al que se proponía contener y superar. La intransigencia, filosofía cara al yrigoyenismo, ya no sería un valor dentro del partido radical. Este autoposicionamiento no se agotaba en la dimensión partidaria. El anclaje fundacional que representaba el alfonsinismo tenía también un proyecto institucional: instalar la “segunda república”.

El radicalismo también se construyó de enemigos, el pasado reciente de violencia y la dictadura adquirieron en la retórica referentes claros: el peronismo y su responsabilidad en la violencia de los setenta y la posterior represión ilegal, el sindicalismo y su actitud corporativa atentatoria del principio de libertad sindical, la iglesia y su silencio funcional al Proceso de Reorganización Nacional. El compromiso democrático, presente y demostrable históricamente, era la vara con la que el alfonsinismo distinguía entre propios y ajenos.

El kirchnerismo, por su parte, emite su primera declaración de autoposicionamiento, en relación a la lógica que aquí venimos sugiriendo, a los pocos días de que Kirchner asumiera la Presidencia. En ese momento, y luego de un enfrentamiento con la Corte Suprema de Justicia, que para ese momento todavía ofrecía una conformación de dudosa legitimidad e independencia, declaraba: “No llegué aquí para dejar mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada”.

Desde la emoción, Kirchner se erigió como el reivindicador de una generación asesinada, como un sobreviviente que venía a cumplir, ahora en democracia, el sueño revolucionario de los 70. Reivindicaba la política como herramienta de transformación y, a la vez, se ubicaba en el vértice de esa reivindicación, era articulador de la transformación y era la verdadera nueva política. Así, los enemigos de Kirchner eran las corporaciones, políticas, empresariales, militares. Hizo de los derechos humanos[17] y la reivindicación de justicia el lei motiv de su gobierno, al menos en lo discursivo. El 24 de marzo de 2004, en el acto de traspaso de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada a los organismos de Derechos Humanos, para que ahí se instaure el Museo de la Memoria y se construya el Espacio de la Memoria, declaraba:

Somos una generación que creyó y sigue creyendo. Fueron ilusiones, sueños compartidos. Pero la claudicación está a la vuelta de la esquina, todavía hay en la Argentina agazapados que quieren que vuelva la oscuridad a la Argentina. Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Ya no como compañero y hermano de tantos compañeros y hermanos que compartimos aquel tiempo sino como Presidente de la Nación Argentina vengo a pedir perdón en nombre del Estado Nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia de tantas atrocidades. No es rencor ni odio lo que nos guía y me guía, es justicia y lucha contra la impunidad.[18]

Desde el punto de vista simbólico, el kirchnerismo también aparece como omnicomprensivo. Si el peronismo no acepta ser una parte, se plantea y se presenta como un todo, en una figura totalizante; el kirchnerismo, ciertamente, abreva en esa tradición. Sin embargo, en sentido fundacional, el matrimonio Kirchner se posiciona como superador. Al decir de Sarlo, en su crónica sobre un acto kirchnerista, “detrás de los oradores, un telón mostraba las imágenes de Perón anciano, de Eva Perón mediadora de brazos abiertos; de Cristina y Néstor Kirchner: el tetrapanteón que el acto refrendaba con la idea de que los Kirchner son continuadores de una tradición que llevarán aún más lejos.”[19].

De acuerdo con la literatura, debe poder diferenciarse a los liderazgos carismáticos, entre fundadores y de situación. El liderazgo y carisma de situación se usa para denominar aquellas situaciones en las que un líder, cuya personalidad no tiene tendencias mesiánicas, suscita una respuesta carismática, simplemente, porque en momentos de agudo malestar ofrece un liderazgo que se percibe como medio de salvación de ese malestar. Este tipo de carisma tiene en común con el “puro” el hecho de que el líder se convierte, para el electorado, así como para una parte mayoritaria de los militantes, en el intérprete autorizado de la política del partido político. Sin embargo, se diferencia del “puro” por una inferior capacidad del líder por plasmar, a su gusto y discreción, las características de la organización.

Si esto es cierto, entonces el liderazgo de Alfonsín no debería haber sobrevivido a su fracaso de gobierno, y deberíamos esperar que la impronta kirchnerista rápidamente se difumine en el próximo sucesor de Perón en función de la nueva coyuntura crítica que emerja para darle contexto a ese nuevo liderazgo. Creemos que esto último no ocurrirá, y ahí, una vez más, el punto de convergencia con el caudillo radical.

En síntesis,

La fortuna política de ambos partidos radicó en haber contado con líderes que, actuando como outisders respecto de sus tradiciones, se sintonizaron con esos climas de ideas y principios, reinventando la identidad de sus propias organizaciones, y con ella, la dirección estratégica de sus respectivos gobiernos (Torre, 2003: 19).

En el caso de Alfonsín, la consigna fue la implantación del Estado de derecho. En el caso de Kirchner, la recuperación de la política y la autonomía luego de la experiencia menemista. Sin embargo, el radicalismo no pudo superar la impronta alfonsinista. Creemos que el peronismo, tal como lo conocemos hasta ahora, tampoco podrá superar al kirchnerismo.

Una consideración final es pertinente de realizar en referencia a la naturaleza de la estructura partidaria y en cómo esta condiciona las probabilidades de emergencia de ciertos liderazgos y, a la vez, se ve fortalecida o no por aquellos.

De acuerdo con Carrizo (2011), el desempeño de los partidos, más cuando estos se convierten en partidos de gobierno, como en nuestro caso, se ve afectado por la estructura institucional presidencial y por la forma en que la organización interna conjuga su estructura territorial con la designación de sus autoridades nacionales. En función de esto, es posible inferir que el modo en que se eligen las autoridades partidarias tendrá un efecto sobre la capacidad que los partidos tengan de ofrecer candidatos presidenciales que se ajusten a las exigencias impuestas desde el presidencialismo.

Para el caso del radicalismo, la designación del presidente partidario alcanza con que, en el plenario de delegados, se conforme una coalición entre doce distritos independientemente de la performance electoral que el partido registre en ellos. Este esquema, que premia minorías no competitivas, incentiva el internismo y castiga liderazgos competitivos. Salvo, claro, que surja un liderazgo, indica la autora, capaz de neutralizar los incentivos negativos, externos e internos al partido. Creemos que este fue el caso de Alfonsín: su capacidad de adaptar las reglas y condicionar a futuro las mismas con la reforma de la carta orgánica, restringiendo así la capacidad adaptativa del partido pasado su ciclo, si es que podemos inferir que los ciclos de conducción finalizan antes de la desaparición del liderazgo, premisa que discutiremos en el último apartado.

Para el caso del peronismo, Carrizo (2011) refiere que la renovación de mandatos partidarios se refleja en una nueva distribución de poder político que se incorpora a la carta orgánica. Esto supone una capacidad de aprendizaje institucional que se conjuga con la estrategia informal de ir por afuera del partido en el proceso de nominación de candidatos a la Presidencia de la nación cuando la norma no se adapta a las preferencias políticas. Carrizo señala que la informalidad pejotista no es algo excepcional o carente de un patrón regular, idea consistente con los argumentos hasta aquí esgrimidos y respecto a la cual el kirchnerismo es un buen botón de muestra. En esta lógica, se sugieren también los cambios formales que Kirchner promovió dentro del partido cuando alcanzó la Presidencia partidaria en 2008: licuar el poder corporativo y regular la competencia interna para controlar la sucesión presidencial son indicios de que el ciclo kirchnerista incentivó la fragmentación y construyó la ilusión de una fractura que no fue. Esa estrategia explica, en parte, el éxito electoral de 2019. Los triunfos electorales se explican siempre y antes por características organizativas de los partidos que por elementos coyunturales. La elección de 2019 en Argentina fue un claro ejemplo de contienda política.

d. Los ciclos vitales de los liderazgos: las consecuencias de la muerte de Alfonsín y Kirchner

El retiro de un político solo tiene lugar cuando muere[20]

Una reflexión final es necesaria de hacer considerando que Alfonsín y Kirchner comparten una característica: ambos han muerto. La diferencia obvia, sin embargo, debe ser resaltada. Mientras el primero falleció casi por lógica biológica, el segundo muere en condiciones excepcionales para dejar entre sus seguidores el sinsabor de la tarea no concluida. La muerte de Kirchner dejó al movimiento, no sabemos a cuál, si al peronista o al kirchnerista, sin su líder natural y, a la vez, sin candidato presidencial, de cara a 2015, para continuar el tan mentado proyecto iniciado en 2003. En 2015 el kirchnerismo ofreció una imagen de diáspora rayana en la desintegración. Daniel Scioli fue el candidato “deseleccionado” por CFK, Randazzo encarnó las expectativas del kirchnerismo no asociado con el pejota y Massa pretendió ofrecer una vuelta al peronismo renovador de los 80.

Más allá de la distancia cronológica, la muerte de estos líderes natos y, en alguna medida, eternos tuvo consecuencias en cada organización partidaria.

Malamud (2008) advierte como característica organizacional del partido radical que la única manera en que allí se renueva el liderazgo es por la muerte natural del líder. Carrizo (2011) comparte esta idea al señalar que la estructura organizativa de la UCR incentiva la escisión del liderazgo partidario y el liderazgo electoral, y ello explica por qué se puede ser presidente del partido habiendo cumplido el ciclo político pero no el ciclo vital. Este es claramente el caso de Alfonsín.

Luego de su retiro de la Presidencia, Alfonsín fue algo más que un referente del partido: el Pacto de Olivos, que permitió la reforma constitucional en la Argentina, la conformación del proyecto de la Alianza y su gravitación en la política nacional tras el derrumbe del gobierno de Fernando de la Rúa dan cuenta de ello. Sin embargo, creemos que, más allá de estos elementos objetivos, el caso de Alfonsín no es equivalente al de otros referentes o líderes radicales, y esto es porque juzgamos su liderazgo como eterno dentro del radicalismo y no meramente como coyuntural. La incapacidad del partido de ofrecer al menos un liderazgo competitivo en vida de Alfonsín, ni luego de su muerte, la permanente referencia a su persona, su discurso y su impronta sugieren pensar que el radicalismo no por condiciones organizativas exclusivamente sino por las restricciones que sobre ésta impuso ese tipo de liderazgo no será capaz de reorganizarse. Algunas ideas de Panebianco (1982) abonan teóricamente nuestro argumento. Según el autor italiano, en la fase de gestación de un partido político existen siempre componentes carismáticos en la relación líderes-seguidores. Pero lo que se quiere decir aquí es otra cosa: se trata del hecho de que el partido político sea la creación de un líder que aparece como el creador e intérprete indiscutido que llegan a ser inseparables de su persona. Si bien Alfonsín no fundo el radicalismo, ciertamente lo reinventó, encarnó el descongelamiento partidario. La renovación dirigencial y discursiva que representó hacen pensar que es poco probable que el radicalismo pueda pensarse fuera del alfonsinismo. Sin Alfonsín, no hay manera de contener la diáspora. Ahí radica, a nuestro juicio, el elemento eterno.

El caso del peronismo frente a la muerte de Néstor Kirchner plantea un dilema teórico y organizacional. La muerte de Kirchner es una sorpresa para sus seguidores y plantea el desafío de seguir adelante sin Kirchner pero con él. El kirchnerismo no parece dispuesto a permitir el reemplazo de su líder natural simplemente por cuestiones de la biología. Evidencia de esto es cómo su esposa, dos veces presidenta e integrante de la fórmula presidencial ganadora en 2019, Cristina Fernández de Kirchner, de manera constante, en todas y cada una de sus apariciones públicas, habla como si Kirchner estuviera presente. Lo eleva al sitial de aquel que todo lo ve, él que ha puesto la guía y ha trazado el camino que debe recorrerse, la responsabilidad de la militancia es no apartarse de ese camino y procurar que no emerja ninguno alternativo.

Dos elementos de la imaginería y del discurso dan cuenta de esto. La primera es la representación de Néstor Kirchner bajo la figura de la historieta El eternauta, figura que los kirchneristas han rebautizado como Nestornauta. La historieta, creada por Oesterheld a finales de los años 50, y con sus secuelas en los 60 y 70, refiere las actitudes heroicas de un grupo de personas que se enfrentan a Los ellos. Diversas interpretaciones sugieren que las diferentes apariciones de la historieta se corresponden con ciclos políticos autoritarios de la Argentina.

El rescate de esta figura de heroicidad colectiva trasladada a la persona de Kirchner como conductor de la “resistencia democrática” y justiciero, como condición de posibilidad para continuar la transformación, lo colocan en un sitial de referencia del que, hasta el momento, ningún otro líder del peronismo, con excepción, claro, del mismo Juan Domingo Perón, habían gozado. Sin embargo, la apelación a El eternauta aleja a Kirchner de Perón, lo que lo aleja de la idea de un mero sucesor y lo coloca en un lugar del “nuevo líder eterno”. La reivindicación de la heroicidad grupal lo aleja bastante del carácter personalista (caudillesco, dirían algunos) que, históricamente, ha identificado al movimiento. Ya no es Perón y el verticalismo, sino la horizontalidad que se construye “entre todos”. Finalmente, El eternauta es un comic. Eso lo hace parte de la cultura popular y –lo que es más importante– de la cultura “de los jóvenes” (que, en su gran mayoría –en los 70– eran de la JP-Montoneros). En síntesis, Néstornauta lo convierte en un héroe joven y no en el Viejo, imagen con la que se conoció a Perón en su exilio y en su último gobierno.

El segundo elemento, de carácter discursivo, se evidencia en la manera en que Cristina Fernández se refiere a Kirchner sin nombrarlo. En sus discursos, es frecuente la apelación a él, no es necesario nombrarlo porque todos sabemos que él es uno solo. Acá, nos permitimos una comparación literaria con la figura del Che y cómo, en el contexto de la Revolución Cubana, se representa al Che con el hombre nuevo, al punto tal que, discursivamente, cuando se habla del Che, también se utiliza el pronombre personal él. Aquí la idea de él significa ese modelo que la generación de los hijos de la revolución cubana quiso replicar y que se personificaba en la figura del Che (Lopez, 2011). Lo mismo parece aplicarse para el caso de Néstor Kirchner. Él es “el modelo”, es hijo de la época oscura de la Argentina, es compañero de las víctimas del terrorismo de Estado, es padre de los nuevos jóvenes, es par y líder. En palabras de Mario Wainfeld, en su editorial luego de la muerte de Kirchner: “Un líder como Kirchner es irreemplazable y, al unísono, no tiene reposo”[21].

5. Finales

Néstor Kirchner es al peronismo lo que Alfonsín fue al radicalismo. ¿Podrá el kirchnerismo superar algo más que sus propios errores y a los mediocres oponentes que le tocaron en suerte? ¿Podrán los referentes del kirchnerismo reconvertirse en la nueva cara que adopte el peronismo, como hicieron los renovadores, los menemistas y hasta los duhaldistas? ¿Conservará el peronismo su flexibilidad adaptativa después de Kirchner?

El radicalismo encontró en la diáspora la salida de la impronta alfonsinista. La consecuencia fue la derrota electoral del partido centenario y la creciente desafección política por parte del electorado hacia el partido.

Desde la aparición del peronismo, el radicalismo no solo ha enfrentado contextos desafiantes en clave del sistema político sino en el interior del sistema de partidos. El clivaje transversal que representó el peronismo (Mora y Araujo, 1991) redefinió la competencia interpartidaria y, lógicamente, impuso restricciones y desafíos a la dinámica intrapartidaria. En ese esquema, el radicalismo recurrió, como estrategias adaptativas, primero a la imitación, luego a la fractura (1957), más tarde a la faccionalización y, finalmente, tras el fracaso de 2001, a la dispersión. “La victoria de Alfonsín en 1983 había ilusionado a algunos con la gestación del tercer movimiento histórico; la de la Alianza, en 1999, engañó a otros con el espejismo de un país posperonista. Sin embargo, ambas expectativas resultaron frustradas” (Malamud, 2008: 2)

El reconocido fracaso indicado por Malamud no invalida, sin embargo, nuestra hipótesis de que, tal vez, parte de ese fracaso posterior se deba a la forma en que Alfonsín ejerció el liderazgo partidario y las consecuencias que este legó al partido, en su intento por encontrar un nuevo líder equivalente a a él, mientras seguía no solo operando dentro del partido sino, esencialmente, conduciéndolo. Alfonsín resumió en su persona pasado y futuro del radicalismo, resignificó la liturgia radical y las expectativas de un nuevo Alfonsín no pudieron satisfacerse. La experiencia de su hijo en la candidatura presidencial de 2011 da cuenta de ello. 

Kirchner también significó una renovación dirigencial. Tras la derrota en 2015 no aparecían en el horizonte dirigentes capaces de encarnar y resignificar la experiencia iniciada en 2003. La elección de Alberto Fernández como candidato a presidente acompañado por CFK mostró la capacidad adaptativa del peronismo pero esencialmente del kirchnerismo.

En 2015 CFK eligió un caballo perdedor, en 2019 sorprende eligiendo a Alberto Fernández y fuerza la reunificación. El gobierno de Alberto Fernández ofrece una imagen de mosaico entre peronistas renovadores, tradicionales y kirchneristas. El mosaico no suele ser una buena forma para administrar ni tampoco para conducir, tiende a crear “parcelas de poder”. Esta imagen inicial parece abonar el argumento central de nuestro trabajo: el impacto del liderazgo de Néstor Kirchner sobre la organización peronista y kirchnerista afecta no solo la performance electoral, como se evidenció en 2015, sino la performance de gobierno. Es pronto, sin embargo, para aventurar un pronóstico sobre el futuro del gobierno de Alberto Fernández.

De acuerdo con Levitsky (2003), la flexibilidad estratégica se incrementa por la renovación de la dirigencia. Alfonsín y el alfonsinismo, sin duda, constituyeron una renovación dirigencial, como hemos señalado. Sin embargo, luego de ella, la UCR no fue capaz de ofrecer nuevos recambios. A nuestro juicio, esa limitación no se debió tanto a la estructura rutinizada del partido como al efecto del liderazgo de Alfonsín y su línea interna. Kirchner también significó una renovación dirigencial. La pregunta que deberemos responder una vez cerrado el ciclo kirchnerista, en 2015, es si nuevos dirigentes serán capaces de superar la experiencia iniciada en el 2003.

A lo largo de estas páginas, hemos indicado la interacción entre estructura organizativa, capacidad adaptativa de los partidos y liderazgos. Hemos marcado las diferencias entre Alfonsín y Kirchner y, a la vez, resaltado las similitudes que presentan. Tres elementos de conformidad con nuestra tesis inicial requieren de ser retomados aquí.

El primer elemento es el contexto ambiental que enfrentan tanto en la dimensión del liderazgo nacional como en el contexto intrapartidario. La transición democrática y la reconstrucción del sistema político son situaciones que, difícilmente, esperamos, vuelvan a repetirse. El carácter excepcional de estos escenarios entonces sugiere que nuevos liderazgos excepcionales y eternos no volverán a surgir. En función de esto, la estrategia de adaptación que cada uno representó, generó y genera restricciones organizativas que han signado, y de seguro signarán, el futuro de los partidos políticos argentinos, no solo del peronismo y el radicalismo.

El segundo elemento se concentra más específicamente en la estructura organizativa de ambos partidos. La literatura ha diferenciado al radicalismo y al peronismo por el nivel de rutinización e informalidad que cada partido presenta. El primero, institucionalizado y rutinizado; el segundo, informalmente institucionalizado y no rutinizado. Hemos indicado que estas imágenes deben relativizarse y hasta ponerse en cuestión a la luz de los liderazgos de Alfonsín y Kirchner. La informalidad del peronismo, asociada a la presencia de vínculos personales como criterios de designación, es algo también presente en el radicalismo. La manipulación o alteración de las reglas institucionales no es exclusiva del justicialismo. La diferencia mayor entre ambos partidos radica en que la UCR lo intenta pero fracasa, mientras el peronismo alcanza con éxito las reformas que se plantea. En igual medida, así como las rutinas del radicalismo encierran al partido pero a la vez dotan a sus miembros de certidumbre, la incertidumbre de los procedimientos de selección de candidatos se revela como una institución informal de carácter sustitutivo en la tipología de Helmke y Levitisky (2006), que también ofrece información generando resultados convergentes.

Una segunda institución, de carácter informal, con la que suele asociarse al peronismo y de la que el kirchnerismo no está exento, aunque la presenta con características renovadas por la incongruencia temporal que ofrece, es el bandwagon y la legitimación del liderazgo que se hace a través del peso de los votos que dotan de la legitimidad a la jefatura. El caso de Alfonsín dentro del radicalismo responde a esta lógica también, lo que indica un punto más de convergencia en los tipos aquí analizados.

Finalmente, Levitsky (2003) indica que la diferencia entre partidos rutinizados y no rutinizados se ubica en el grado de encapsulamiento burocrático que cada organización ofrece. Entendemos, sin embargo, que este concepto, tan asociado a la formalidad, debe poder revisarse a la luz de la reconocida interacción que existe en toda organización entre instituciones formales e informales. Si aceptamos esta idea, entonces deberíamos pensar que el encapsulamiento también puede presentarse a partir del papel que juegan las instituciones informales, allí donde estas son supletorias de las formales, lo que vendría a describir el caso del peronismo de la mano del kirchnerismo.

Por último, una consideración sobre los liderazgos. Ollier (2010) rescata el debate clásico dentro del peronismo respecto a quién y cuál es el verdadero peronista, el único intérprete de esa peronicidad. La disputa se instala en la definición de la identidad: el Frente para la Victoria la construye acorde con los nuevos tiempos, mientras el duhaldismo cuida la tradición. Compartimos aquí ese debate, pero creemos que el kirchnerismo no discute ya ser el intérprete de la peronicidad, Y más allá del triunfo electoral de 2019 sigue abierto el debate de quién es el legítimo intérprete de la kirchnericidad.

El radicalismo no parece atravesar estos debates. La identidad radical, por ser calificada de programática, no parece requerir de intérpretes. Sin embargo, cuando se pregunta cuál es el programa del radicalismo, la respuesta es: la Constitución Nacional. Esta respuesta no es casual, es la herencia del alfonsinismo, que, de la mano de su líder desde 1983, recita cual rezo laico el preámbulo de la Constitución. “En todas partes he dicho, y permítanme que lo repita hoy, porque es como un rezo laico, una oración patriótica, y si alguien distraído al costado del camino cuando nos ve marchar, nos pregunta todos juntos hacia dónde van, por qué marchan, por qué luchan, tenemos que contestarle con las palabras del preámbulo, que marchamos, que luchamos para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino”[22]

Finalmente, parece que estamos asistiendo a la construcción de dos mitos personales[23], el de Alfonsín y el de Kirchner. Ambos han estado (no tan) fantasmalmente presentes en las elecciones presidenciales de 2011: uno, en apoyo activo de su relegida esposa; el otro, a través de la imagen calcada de su hijo, esta vez derrotado. La campaña presidencial de 2011 en Argentina pareció un combate entre delegados y herederos de esos mitos fundacionales y tuvo, claramente, un sello fúnebre.

Para muchos argentinos, consciente o inconscientemente, Alfonsín representa (representó) la posibilidad de una lucha victoriosa contra nuestra deuda histórica: el poco respeto por las instituciones y la ley, el cínico balance del “roba, pero hace”, las conductas ilícitas y mafiosas como norma dominante. Kirchner también se erige en el ícono de una lucha victoriosa, a 35 años de la última dictadura militar, su triunfo electoral no solo es el triunfo de la ilusión setentista en la Argentina, sino más, profundamente, dentro del movimiento peronista.

¿Es el kirchnerismo un ismo más dentro del peronismo o significa un cambio definitivo dentro de la lógica peronista? ¿Será un cisma? Para 2015 el kirchernismo mostraba indicios de ser un cisma dentro del movimiento. La ruptura parecía más sencilla que la metamorfosis. Y el peronismo que solemos denominar tradicional mostró serias dificultades de coordinación intra- y  extrapartidaria.

El interregno macrista (2015-2019) tensionó la relación peronismo-kirchnerismo al borde de la ruptura, pero finalmente y de cara a la elección de 2109 primó el viejo lema y la estrategia ancestral: “parece que nos estamos peleando, pero nos estamos reproduciendo”; “cuando un peronista conduce, los demás acompañan”. Técnicamente apareció, una vez más, el badwagon que define a la organización partidaria peronista independientemente del ismo que la gobierne.

La fórmula presidencial Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner buscó mostrar la reconciliación entre peronistas y kirchneristas. No obstante, Alberto no es Néstor, no puede serlo pero por sobre todas las cosas no debe serlo.

No pareciera que el albertismo tenga chances de ser el nuevo ismo en el peronismo. Alberto Fernández aparece más bien como una figura síntesis entre Néstor y Alfonsín. Su retórica, oratoria, pertenencia generacional y sus referencias alternativas a uno y otro así lo muestran.

CFK vicepresidenta garantiza al kirchernismo ortodoxo que la reconciliación electoral no signifique cooptación por parte del peronismo tradicional. En cada evento partidario y electoral siempre de fondo se escuchó “Néstor no se murió”. Esto y la “garante” Cristina mantiene vigente la pregunta de si el peronismo estará en condiciones de ofrecer un nuevo liderazgo luego de Kirchner o si le sucederá lo mismo que al radicalismo pos-Alfonsín.

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Documentos oficiales partidarios

Carta Orgánica Partido Justicialista. Texto con modificaciones aprobado el 7 de marzo de 2008.

Carta Orgánica Unión Cívica Radical, sancionada el 17 de noviembre de 1892 y sus modificaciones por Convenciones Nacionales de los años: 1931 – 1935 – 1943 – 1948 – 1952 – 1957 – 1966 – 1972 – 1983 – 1984 – 1987 – 1988 – 1990 – 1992 – 2000.

Doctrina Peronista.

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La comunidad organizada, discurso pronunciado por el general Juan Domingo Perón. Veinte verdades del peronismo.

Cuadro síntesis

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Fuente: elaboración propia.


  1. UBA.
  2. El peronismo, como fenómeno político, se reconoce y autodefine como más amplio que un mero partido político. La referencia al concepto del movimiento y la clásica expresión “dentro del movimiento todo, fuera de él nada”, implica también que el partido político es solo un aspecto más del movimiento. Es un recurso organizativo que el movimiento escoge para participar en una arena de la política, la electoral, pero el movimiento no acaba en el partido; tampoco comienza ni, mucho menos, se resume, ni reduce a él. Nuestra acción de gobierno no representa un partido político, sino un gran movimiento nacional, con una doctrina propia, nueva en el campo político mundial” (Discurso La Comunidad Organizadas, 1949). El peronismo, a lo largo de su historia, ha adoptado diferentes nombres partidarios, el que ha prevalecido ha sido el de Partido Justicialista, pues el justicialismo es la doctrina del movimiento. En función de ello y dada la asociación fundacional entre el movimiento, el partido y su fundador, desde la literatura hasta la política se reconoce como indistinta la denominación justicialismo y peronismo.
  3. Asumimos la consolidación democrática pues no se encuentran actores en la República Argentina que desafíen la vigencia de las normas constitucionales, ni que cuestionen las reglas del juego democrático. Al decir de Linz, en Argentina democracy is the only game in town.
  4. Fernando de la Rúa renuncia el 20 de diciembre de 2001 al cargo de presidente de la Nación luego de semanas de crisis y conmoción social, de saqueos, cacerolazos y de una brutal represión desatada en la Ciudad de Buenos Aires el mismo 20 de diciembre, represión que deja un saldo de 35 muertos y miles de heridos. La salida “apurada” del presidente abre paso a que, por primera vez en la Argentina se ponga en marcha el proceso indicado en la ley de acefalía (20972/75, modificada luego en 2002 tras los acontecimientos aquí referidos). De acuerdo a ese procedimiento, asume de manera transitoria, en primer lugar, el presidente provisional del Senado, Ramón Puerta (senador por Misiones, perteneciente al PJ); le sucede, luego, vía designación de Asamblea Legislativa, el entonces gobernador de San Luis, Adolfo Rodríguez Saa, también peronista. La renuncia de este, luego de 7 días, conduce a que el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Caamaño, quedara a cargo del PEN hasta tanto la Asamblea Legislativa volviera a reunirse para elegir nuevo presidente, cosa que haría el 2 de enero de 2002 al elegir al senador por Buenos Aires, Eduardo Duhalde.
  5. Hay tres factores que contribuyen a definir el modelo originario particular de cada partido político. El 1.° tiene que ver con el modo en que se inicia y se desarrolla la construcción de la organización. El desarrollo organizativo puede producirse, o por penetración, o por difusión territorial. El 2.° factor es la presencia o ausencia de una institución externa que patrocine el nacimiento del partido. Esta presencia o ausencia cambia la fuente de legitimación de los líderes. El tercer factor considerado, finalmente, viene dado por el carácter carismático o no de la formación del partido político. El modelo de Panebianco sugiere que dependiendo las características organizativas que presenten los partidos políticos en estos tres factores será el grado de institucionalización que alcancen.
  6. Es importante notar que la noción de rutinización débil no se corresponde con los criterios indicados para definir la formalidad o informalidad de la rutinización. Aparece más como un subtipo, y casi una categoría residual, que responde, incluso, a una lógica de razonamiento ad hoc para explicar las particularidades del Partido Justicialista en Argentina.
  7. Sobre la idea de cambio ambiental volveremos en el análisis puntual de los casos, pues entendemos que ajusta mejor esa idea que la noción de crisis asociada a cambios de tipo económico. En el mismo sentido de cambio ambiental, se inserta la idea de contextos desafiantes sugerida por Greene (2007) y Wills-Otero (2009).
  8. Aquí, el esquema propuesto por Duverger (1957), de círculos concéntricos, resulta por demás adecuado y todavía conserva vigencia teórica.
  9. Verdad peronista n.º 8: Sobre 20 verdades del Peronismo.
  10. Frase pronunciada por Raúl Alfonsín al cumplirse 25 años de democracia en Argentina
  11. Se dejan las denominaciones en inglés por entender que resulta más asequible el concepto en su idioma original.
  12. La narrativa analítica representa un intento por combinar la investigación histórica y comparada con los modelos de la elección racional (Levi, 2002). Si bien nuestro trabajo carece de ese modelo teórico, el propósito de la narrativa analítica permite describir procesos históricos en clave de la teoría y contribuye a identificar puntos nodales o de cambio en el trayectoria histórica (Bates, 1998). A la vez, considerando que la narrativa analítica se conjuga con el institucionalismo de corte northiano, que nos permite evaluar la interacción entre las instituciones, formales e informales, y la historia, entendemos que aquí no resulta desatinado recurrir a esta estrategia.
  13. Línea Nacional es la línea interna dirigida históricamente por Ricardo Balbín y columna vertebral de lo que fuera la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) cuando la UCR se divide en el 57 entre UCRP y UCRI. Línea Córdoba, lo constituye la línea articulada en torno a la persona de Sabattini. Finalmente, el Movimiento Renovación y Cambio fue la línea interna que se formó para sustentar la candidatura del Dr. Alfonsín a la Presidencia en conjunción con la Junta Coordinadora Nacional y la Franja Morada, es el nombre que adopta esta “coalición” cuyo núcleo centrar era el MO.RE.NA.
  14. La fórmula refleja el acuerdo entre el MRyC y la Línea Córdoba.
  15. A este respecto para mayor detalle véase Pegoraro, Mara & Suárez-Cao, Julieta (2014), “La construcción de un predominio nacional: un análisis de la historia reciente del sistema de partidos multinivel en Argentina”. En Freidenberg, F. y Suárez-Cao, J. (eds). Territorio y Poder: Nuevos actores y competencia política en los sistemas de partidos multinivel en América Latina, Salamanca, España: Ediciones Universidad de Salamanca.
  16. Lo indicado entre corchetes corresponden a notas de la autora.
  17. Vale aquí hacer notar en nombre del rigor histórico que la cuestión de derechos humanos y las violaciones a ellos perpetradas por el Estado terrorista instaurado en la Argentina durante la última dictadura militar no fue materia exclusiva del kirchnerismo, ni del gobierno de Néstor Kirchner. La cuestión de la justicia transicional fue columna vertebral del radicalismo y del gobierno de Alfonsín, bajo cuyo gobierno se conformó la Comisión Nacional para la Desaparición de Personas (CONADEP), que recogió las denuncias de torturas y secuestros durante el proceso militar y se produjo como consecuencia el juicio a los comandantes que integraron las juntas militares que gobernaron la Argentina entre 1976-1983. Sin embargo, no hemos referido, en el segmento del discurso radical y alfonsinista, este punto pues entendemos que no es algo extraordinario dentro del ideario partidario el compromiso con la justicia. Hecho que sí resulta novedoso en el caso del peronismo, y en particular del kirchnerismo, considerando que Carlos Menem indultó a los comandantes presos de aquel juicio, a la vez que el candidato Luder, contendiente de Alfonsín en el 83, declaraba en su momento que la autoamnistía que se habían dictado los militares no sería revisada.
  18. La transcripción corresponde a la autora. Para ver el discurso completo, veáse: https://bit.ly/3f0ruBn.
  19. “Las dos almas de Néstor Kirchner” por Beatriz Sarlo para La Nación, 14 de marzo de 2010.
  20. Frase pronunciada por el Dr. Alfonsín en una entrevista del diario Clarín realizada luego de su renuncia al Senado Nacional en 2002.
  21. Mario Wainfeld, “Fuerza Todos”. Página 12, 28 de octubre de 2010.
  22. Palabras finales del discurso de Alfonsín en el Obelisco de la Ciudad de Buenos Aires pronunciado en el cierre de campaña electoral de 1983. La transcripción corresponde a la autora, https://bit.ly/2W5Xrzz.
  23. “Los mitos de Kirchner y Alfonsín”, por Luis Gregorich para La Nación, 1 de diciembre de 2011.


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