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2 La “guerra a las drogas”

Dispositivos institucionales y las tensiones en el actual contexto. Algunos hallazgos para repensar las prácticas sociales

Mg. Juan Ignacio Lozano

Introducción

En 1994, John Ehrlichman, quien fue uno de los conspiradores en el Watergate, funcionario de Richard Nixon, accedió a una entrevista en el que reconoció que en la campaña  presidencial de 1972 tenían dos enemigos claros: la izquierda y colectivos contra la guerra de Vietnam y la población negra. Como no podían hacer algo ilegal contra estos colectivos optaron por asociar a los hippies con la marihuana y a la población negra con la heroína. Ya en el gobierno establecieron la criminalización del consumo, arrestando líderes y logrando desmovilizar ambos colectivos.

¿Que si sabíamos que estábamos mintiendo sobre las drogas? Por supuesto. La invención de Nixon sobre la Guerra a las Drogas como herramienta política fue cínica, pero cada presidente desde entonces, sea republicano o demócrata, ha hecho un uso similar por una u otra razón. John Ehrlichman, 1994 (traducción propia).

Nos interesa en este artículo identificar las prácticas asistenciales referidas a la problemática del consumo de drogas con diferentes vertientes ideológicas y conceptuales que van a derivar en la construcción de los modelos institucionales de estrecha relación con los distintos encuadres conceptuales vinculados a la “guerra a las drogas”. También apuntar algunos puntos de fuga en los cuales poder pensar otras intervenciones sociales posibles.

Algunas precisiones sobre consumo problemático de drogas

La concepción aceptada últimamente, y a la cual me interesa acompañar, refiere a una idea de “consumo problemático” (Carballeda, Alfredo 2002, 2004, 2005; De Olmo, Rosa 1996; Touzé, Graciela, 1992, 2005, 2010) promoviendo así la percepción de un consumo que no lo es. Esta distinción no es menor, sino que repercute en políticas, en legislaciones, en protocolos de intervención, frente a la visión estereotipada centrada en las sustancias y en los sujetos únicamente como adictos que ponen en riesgo a la sociedad.

Interiorizarnos en el tema del consumo, del uso y el abuso de drogas es complejo ya que surgen multiplicidad de factores, perspectivas, elementos, desde diferentes representaciones sociales, prácticas individuales y colectivas, sujetos, sustancias, contextos socio-económicos, políticos, culturales e ideológicos, en los que dicho uso de drogas se lleva a cabo. La premisa es partir de una perspectiva relacional, donde “la droga o sustancia” existe con el modo de vida en que se inscribe, definiéndose por un sistema social con rituales alrededor del consumo (Castel y Coppel, 1994).

Por  otra  parte,  si  algunas  personas  consumen  drogas  al  punto  de  que  no  pueden manejar sus vidas, hay que interrogarse no sobre las sustancias sino sobre las motivaciones que tienen esas personas para consumirlas de ese modo. Así, en el análisis del problema hay que contemplar los motivos de consumo de drogas que pueden conducir a las personas a tal conducta y los factores ambientales que también pueden constituir  una  parte  importante  de  estos motivos (Kornblit, Camarotti, Di Leo, 2010).

Históricamente se concibe a los consumidores o usuarios a partir de dos lógicas hegemónicas: la mentada “cura”, que desde una lógica sanitarista lo asume como una enfermedad,  y la que busca el “control”,  desde una lógica punitiva. Ambas refieren a la identificación de una conducta desviada, con una  falta de aceptación de las  normas  sociales. 

Sobre esto último Becker (2009) establece que el carácter desviado de una práctica no depende de sus atributos intrínsecos, sino de una operación de definición histórico-social, cultural y por consiguiente, arbitraria y contingente. La consideración acerca de lo desviado o no tendrá estricta relación con la reacción social a partir del “etiquetamiento”. Lo que enuncia una creación socio-cultural, cuyas normas incumplidas serán consideradas como desviación.[1]

Al iniciar la lectura desde una perspectiva histórica, en lo que respecta al consumo de ciertas drogas, la consideración sobre una práctica “desviada” o “legítima” obedece a construcciones sociales que sostienen o reprimen dichas políticas, con efectos legales en la actualidad.

Definición del concepto de drogas

La denominación de drogas más consensuada sostiene que son sustancias que al incorporarse al organismo humano tienen la capacidad para modificar funciones, promoviendo efectos, consecuencias y funciones. Romaní (1999, 2008) propone un interesante enfoque de las modificaciones y efectos buscados por el consumo de drogas. Para el autor, debe tenerse en cuenta el producto de las definiciones sociales, culturales, económicas y políticas que las diferentes formaciones -grupos, colectivos e individuos- elaboran, negocian y/o disputan en el marco histórico en el que se sitúan sus prácticas. Es decir, no debe disociarse sustancia química consumida del sujeto que la consume, del contexto y vida cotidiana en que lo hace. Los sujetos, en su vida cotidiana, consumen y le dan sentido al hacerlo, reconociendo una utilidad social, expectativas culturales y condiciones sociales

en que se hace, las formas de obtener el producto, las dosificaciones que cada cual consume, las técnicas de uso y la calidad del producto obtenido, además de las circunstancias concretas en las que se hace y otros aspectos menos relevantes. Todo esto modifica sustancialmente los propios efectos de las drogas, tanto subjetivos como objetivos, en lo inmediato y en el mediano o largo plazo. Los usos de drogas, como fenómeno universal que son, se hallan imbricados muchas veces en la auto atención, un aspecto central dentro de los procesos de salud/enfermedad/atención (Romaní, O., 2008:302).

La emergencia del consumo de drogas como formas de experimentación fue simultáneo a la aparición de fuertes movimientos contraculturales, a partir de la década de los sesenta, consolidándose un mercado de producción, circulación y consumo que subsumió a las sustancias psicoactivas dentro de la lógica de la mercancía en general. La masificación promovió el paso de un consumo buscando “estilos de vida alternativos” a un mero consumo regido por reglas de mercado.

Romaní (1999) sostiene que en sociedades urbano-industriales contemporáneas la serie de cambios sociales, culturales, tecnológicos, propiciaron la emergencia de un consumo  más o menos compulsivo de una o más drogas por parte de un individuo, como también la organización del conjunto de su vida cotidiana en torno al consumo.  

En 1964, la droga dependencia fue definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como


… el estado psíquico, y a veces físico, resultante de la interacción de un organismo vivo y una droga, caracterizado por un conjunto de respuestas comportamentales que incluyen la compulsión a consumir la sustancia de forma continuada con el fin de experimentar sus efectos psíquicos o, en ocasiones, de evitar la sensación desagradable que su falta ocasiona. Los fenómenos de tolerancia pueden estar o no presentes. Un individuo puede ser dependiente de más de una droga. (OMS, Serie Informe Técnico, 1964, 273).

 

Es importante recordar que el informe de la OMS realizó importantes definiciones sobre la droga, además de sugerir una serie de clasificaciones que a continuación desarrollaremos.

En cuanto a la definición, la droga es una “sustancia que, introducida en un organismo vivo, modifica una o varias de sus funciones”. Esta definición puede ser aplicada tanto a las sustancias “lícitas” como a las “ilícitas”, según la clasificación del discurso jurídico. Una clasificación por demás cuestionable o que en todo caso es interesante desarrollar, ante la imposibilidad de establecer políticas globales de despenalización del consumo, cuando estadísticamente hay más defunciones por drogas legales que ilegales.[2]

Entre las consideradas de uso ilegal están la cocaína, marihuana, crack, éxtasis, pasta base. Mientras que como institucionalizadas o de uso legal principalmente el alcohol, el tabaco y los psicofármacos. Los psicofármacos pueden distinguirse entre las drogas permitidas pero de circulación  regulada,  o sea que  están  en  el  mercado  con  fines  terapéuticos, como los medicamentos y psicotrópicos. Luego están las permitidas y socialmente estimuladas desde los medios masivos de comunicación, como el alcohol y el tabaco.

Con respecto a las  sustancias  ilícitas  o prohibidas, las prohibiciones se dan en el nivel jurídico-normativo, no tienen necesariamente relación con su nivel de perjuicio o peligrosidad. Y para eso, la OMS ha construido una clasificación cuestionable pero muy utilizada, basándose en la concepción de drogas “blandas” que no tendrían mayor peligrosidad y drogas “duras”, por ejemplo, la cocaína, la heroína y la pasta base.

A estas clasificaciones de la OMS se le suma otra que vincula sustancia con nivel de desarrollo social y económico de país, -entre países y al interior de las clases sociales-, vinculando por ejemplo el consumo de alcohol a las clases sociales más pobres. Mientras que el consumo recreativo y de “resistencia” durante los años sesenta, propio de los países industrializados, puede ser pensado como respuesta contestataria frente a un mundo del que había que huir por estar “demasiado lleno” de cosas y no por sus carencias.[3]

En función  de su peligrosidad, la OMS clasificó  las drogas en cuatro  grupos, siendo las más peligrosas las que crean dependencia física con mayor rapidez, mayor toxicidad y las  menos peligrosas aquéllas que crean únicamente dependencia psicológica. Los cuatro grupos, ordenados de mayor a menor peligrosidad, son: el primer grupo, los denominados opiáceos, es decir opio, heroína, morfina. En un segundo grupo, barbitúricos (depresores) y alcohol, el tercer grupo cocaína y anfetaminas y en el último grupo, ácido lisérgico, cannabis, marihuana, hachís.

Por último, la frecuencia de uso de drogas también motiva otras clasificaciones, aunque distan bastante y poco aportan: pero refieren a un consumidor experimental -que consumió y no ha vuelto a hacerlo-, consumidor ocasional -algunas veces al mes-, consumidor habitual -que lo hace semanalmente- y consumidor intensivo -que lo hace diariamente-.

Consumo problemático de drogas

En este trabajo nos interesa complejizar a partir de una concepción más productiva, como situar, en términos analíticos, el consumo de drogas cuanto se convierte en un problema. Una manera de evitar las clasificaciones estandarizadas.[4]

A priori, podría definirse que lo problemático en un consumo surge con la periodicidad, al convertirse en un consumidor ocasional, habitual o intensivo. Sin embargo, los intentos clasificatorios no necesariamente dan cuenta de prácticas y sentidos. Un consumo experimental puede convertirse en problemático según las sustancias. Porque justamente el hecho reside en la imposibilidad o dificultad por parte de un sujeto de tener control, en su campo de decisión y obviamente en recurrir a prácticas riesgosas.

Touzé (2010) y El Abrojo (2001) establecen que más allá de las posibles formas  de consumir y vincularse con drogas, se constituye un uso problemático cuando una persona, ya sea de forma ocasional o crónica, ve afectada su salud física o mental, sus relaciones sociales primarias -familia, pareja, amigos-sus relaciones sociales secundarias -trabajo, estudio- y sus relaciones con la ley.

Este desplazamiento de la droga o sustancia a un contexto y a un sujeto permite tener una perspectiva relacional que impacta de manera distintiva a la hora de constituir un problema de política pública. Los  tres  elementos que forman parte del consumo y que son imprescindibles refieren a las sustancias, los individuos y el contexto.

El uso de drogas puede tener propósitos muy variados, desde la medicina tradicional vinculados a aliviar dolencias, a momentos de relax y descanso. Es decir que nos encontramos ante un universo complejo de drogas, desde los contextos hasta la construcción consensual que producen y estimulan ciertos consumos de drogas. Respectos de aquellas drogas que no tienen este consenso social, su consumo también puede ser esporádico y casual, no necesariamente abusivo y problemático. El mentado abuso refiere en cambio a un consumo con periodización y en dosis importantes. Los bebedores en manera excesiva durante los fines de semana es un ejemplo de esta situación.

Si cuesta evidenciar y diferenciar entre uso, abuso y dependencia, resulta más cómodo asociar el consumo con una pulsión de muerte y no por ejemplo a la experimentación,  el placer y a la subjetividad. Al connotar la droga negativamente por fuera del sujeto y del contexto, se refuerza la abstinencia y la represión como métodos de intervención.

La adicción[5] se da cuando las personas perciben que no pueden prescindir de una sustancia o de una actividad, consumida de forma continuada en el tiempo. Comúnmente se refiere como adicción a las actividades no sólo vinculadas a sustancias porque el mismo patrón de conducta que se establece en relación con las drogas puede establecerse con actividades como por ejemplo mirar televisión, interactuar con la computadora o jugar compulsivamente. Se habla entonces de dependencia física y/o psicológica en el caso del consumo de sustancias y psicológica en el caso de actividades y de un síndrome de abstinencia cuando se prescinde del consumo.[6]

La dependencia de drogas tiene relación con un determinado estilo de vida, y no sólo con un tipo y efecto farmacológico de una sustancia sobre el individuo. Lo farmacológico tiene un papel importante, pero no se lo puede considerar como el factor único de la dependencia. Romaní (1999) sostiene que la adicción o toxicomanía es un estado complejo de ciertas personas usuarias de drogas y en el que influyen las propiedades farmacológicas de las sustancias usadas, los aspectos genéticos, el entorno social, los rasgos psicológicos y las experiencias personales.

Respuestas institucionales al consumo problemático de drogas

Los modelos teóricos y metodológicos para abordar el denominado “consumo problemático”, aluden a perspectivas ético-jurídicas, médico-sanitarias y psicosocial (Carballeda, 1991). Las mismas expresan hegemónicamente prácticas tradicionales que en términos concretos se traducen en el abstencionismo como respuesta de abordaje. Los tratamientos desarrollados a tal fin plantean entonces una concepción reeducativa y efectista.

Existe un importante protagonismo de las sustancias, las cuales ocupan un lugar más que relevante en el tratamiento. Si nos referimos a las formas de tratamiento más cercanas al modelo médico-sanitario, la sustancia -droga- es reemplazada por otra que sustituye a aquella que es considerada nociva, por otra juzgada menos nociva, produciéndose de esta forma un interesante juego en el que lo único importante que cambia desde la perspectiva del paciente es la legalidad de una u otra sustancia. De la misma forma se interviene, en los tratamientos que se llevan a cabo en los programas denominados ahora en la Argentina “Comunidades Terapéuticas”.[7]

La política prohibicionista y los tratamientos abstencionistas derivan entonces en que lo problemático de ciertos consumos no son las consecuencias sobre la vida cotidiana de las personas, sus expectativas, sino evitar la ilegalidad. Se intenta por ejemplo cambiar una conducta indeseada, vinculada a la ilegalidad, por otra más cercana a lo legal y a lo planteado por el discurso vigente. En ambos casos, poco ocurre con la situación estructural y profunda del paciente, ya que solo pudo modificarse su esfera externa e inmediata. Por estas razones, es posible que tanto los tratamientos de sustitución como los de reeducación generen en los pacientes una especie de “nueva dependencia”, ahora legal y aceptada por la normativa social.

En el caso de los tratamientos reeducativos dicha dependencia se traduce en la casi permanente relación de aquellos que son dados de alta con las instituciones tratantes o con la incorporación de ex adictos -en su condición de tales- al equipo de éstas.

Una importante cantidad de instituciones suelen ser de iniciativa religiosa, las que con frecuencia utilizan un discurso preventivo que se asimila a un carácter testimonial. Por ello el “testimonio” suele ser un protagonista no solo preventivo sino también en instancias de un tratamiento. A tal efecto, los modelos institucionales que coinciden con el encuadre ético-jurídico plantean una serie de técnicas y formas de llevar adelante el tratamiento.

Diferente es el encuadre profesional que plantea y se vincula mayoritariamente con  prácticas psicológicas y sociales y tienden a operar justamente en ese punto, pasando la sustancia -droga- a un segundo plano. Aquí el sujeto es paciente y tiene vinculación con el sistema de salud, los diferentes servicios de salud mental y atención primaria de la salud, ya que no se privilegia por ejemplo el tratamiento de tipo reclusivo o de internación, reduciéndose a una menor complejidad en las prestaciones que se brindan.

Carballeda (1991) establecía que estas experiencias pueden ser clasificadas en aquellas que ponen el acento en la sustancia -droga-; los que entienden que la farmacodependencia es una expresión sintomática de una problemática de base más profunda, que organiza una recuperación en etapas, fuertemente con una estrategia grupal y de “autoayuda”.

Las etapas suelen referir a un primer momento de recibimiento o admisión, en el que le suministran información y pautas a cumplir; luego a una integración la con la comunidad que vive en el lugar para finalmente pasar a una etapa de construcción de una reinserción social.

Esta forma de abordaje es claramente pensado como un modelo reeducativo, al no pensarse el “afuera” los procesos de recaídas -esto es, volver a consumir- son más generalizados. Podemos observar también los rasgos ahistórico y asocial ya que no deja de ser un aislamiento al paciente del “riesgo” que es la oferta de drogas en el ambiente social, por eso el abordaje se plantea, más allá de la utilización de técnicas grupales, como un proceso altamente individualizado. Plantea una relación unicausal en la que las drogas socialmente no aceptadas tienen un rol predominante.

Diferente es la estrategia de aquellas instituciones que consideran el consumo problemático a partir del fenómeno adictivo, reponiendo las dimensiones sociales, históricas y económicas del contexto, sin dejar de lado los aspectos individuales. El paciente es atendido tomando en consideración su vinculación con el contexto, de ahí que esta forma de asistencia ponga el acento especialmente en los tratamientos de tipo ambulatorio y en la aplicación de técnicas grupales.

Estos modelos institucionales ponen en un segundo plano la “oferta de drogas” como causa fundamental del fenómeno adictivo, pasando también a un segundo plano el eje reeducativo o moralizante de los tratamientos sintomáticos.

Las Comunidades terapéuticas

Las comunidades terapéuticas podemos pensarla como una herramienta institucional para la resolución de consumo problemático que puede contar con distintos grados de participación activa de los pacientes, los miembros que componen la comunidad, sus familias. Los cambios esperados también son relativos según la institución, que van desde el abstencionismo a generar cambios más profundos.

Bacelar (2007) identifica que en la actualidad coexisten diferentes tipos de Comunidades Terapéuticas que brindan distintos servicios. Si bien poseen puntos de identificación común, que hacen que ésta se presente como la estructura acorde  por excelencia al tratamiento de consumos problemáticos de drogas.

Tipo de Comunidades Terapéuticas

Conformación

Tipo de Tratamientos

Conducción de las mismas no son profesionales

Comunidades religiosas o pacientes egresados de este tipo de tratamiento.

Tratamientos basados en la propia experiencia sin el abordaje profesional. Testimonio

 

Conducción de las mismas son profesionales

Profesionales Equipos interdisciplinarios profesionales (médicos, psicólogos, trabajadores sociales, abogados, operadores Socio terapéutico.)

 

Ofrecen un abordaje acorde a la complejidad que la patología adictiva  demanda.

 

Mixtas

Ex pacientes y profesionales

Tratamientos psicoterapéuticos con la intervención de los Operadores que han sido ex pacientes.

Fuente: Bacelar, Daniel (2007) “Comunidad terapéutica, desafíos actuales” en “Operador Comunitario. Introducción a la problemática de las adicciones”. Documento interno Sada.

En las comunidades terapéuticas, el equipo es el que evalúa el estado del paciente, supervisa y coordina los grupos de pacientes, asigna actividades, revisa las actividades de la casa, organiza proyectos sociales y recreativos, etc.

Los pacientes tienen roles diferentes, con mayor grado de involucramiento y relevancia según el progreso individual y grupal, un rol activo del proceso terapéutico.

Historia del Cenareso, la primera institución estatal referida a la temática

En el año 1973, se crea el Centro Nacional de Reeducación Social (CENARESO), un hospital monovalente, únicamente dedicado al tratamiento de las adicciones, y suele ser considerado, en la bibliografía consultada, un caso relevante para estudiar los fenómenos mediante los cuales diferentes conceptualizaciones teóricas de un problema social que se plasman en dispositivos institucionales y cómo estos, a su vez, pueden modificar o no aquellas conceptualizaciones.

Levin[8] (2014) y Manzano (2014) destacan que fue la primera institución del Estado dedicada exclusivamente al tratamiento de los adictos, producto por un lado del contexto internacional, la presión de la Organización de las Naciones Unidas de que los Estados Parte debían establecer centros asistenciales y de investigación en materia de tratamientos para las adicciones y por el otro de una demanda creciente de consumos problemáticos en los hospitales públicos.

En los sesenta los consumos problemáticos y sus dispositivos estaban bajo la órbita de hospitales psiquiátricos, cátedras de psiquiatría y del Instituto Nacional de Salud Mental, creado en 1957.

El concepto de “Salud Mental” en oposición a la “Higiene Mental” (Levin, 2014), junto a la consolidación del Instituto mencionado, la incorporación de las Comunidades Terapéuticas,  entraron en colisión con el poder psiquiátrico que no quería perder terreno.

Levin (2014) vincula que la VII Reunión de Ministros de Salud Pública de los Países de la Cuenca del Plata, en 1971 en la que debían adaptarse a las modificaciones introducidas en la Convención de Sustancias Psicotrópicas incluía, además de mayor fiscalización a los psicotrópicos, la necesidad de atención médica de los usuarios de sustancias psicotrópicas. Justamente el representante argentino -Dr. Caglioti-, interventor del Hospital Estévez es designado con la tarea de “diseñar” una institución asistencial para toxicómanos.

Cagliotti viaja a diferentes países, sobre todo a Estados Unidos, contemporáneos en la creación de estas instituciones y de las primeras políticas orgánicas en los Estados Unidos que buscaban tratar a los adictos, adhiriendo a los postulados internacionales (Richard Davenport-Hines, 2003).

El Cenareso es creado de manera descentralizada del Ministerio de Bienestar Social de la Nación. Cagliotti fue director del CENARESO entre 1973 y 1987, al mismo tiempo que se desempeñaba, durante la mayor parte de este período, como secretario ejecutivo de la CONATON (Comisión Nacional de Toxicomanías y Narcóticos) y secretario ejecutivo del ASEP (Acuerdo Sudamericano sobre Estupefacientes y Psicotrópicos). Además tuvo activa participación en la vigente Ley 23.737, la que como mencionaremos es prohibicionista, punitivista y sancionada en los primeros años de menemismo.

El Cenareso se instaló en la sede del ex Hospital de Tisiología Dr. A. Cetrángolo, cuyas instalaciones fueron modificadas y acondicionadas para cumplir con su nueva función.

Con una planta física de 30.000 metros cuadrados, y una planta permanente inicial de cerca de 300 profesionales fue el centro más relevante en los tratamientos de rehabilitación a personas con consumo problemático de drogas de América Latina, ofreciendo asistencia gratuita, además de planificar tareas de prevención y capacitación.

Valeria Manzano (2014) refiere que el Cenareso fue una de las instituciones primeras que el Estado promovió como un “padre sustituto” para los jóvenes identificados como toxicómanos. Irónicamente, en la segunda mitad de la década de los setenta el equipo de psicólogos del Cenareso hizo uso de una de las teorías más cuestionadas desde las esferas oficiales como el psicoanálisis. Psicólogos y trabajadores sociales, sistematizaban información sobre antecedentes familiares de los pacientes usando un marco psicoanalítico deudor de nociones patriarcales. Así, se construyó un análisis probabilístico de consumo problemático en familias en las que los adultos hacían uso de “drogas legales” como el alcohol, o en “familias mal integradas”, donde no había “autoridad paterna”.

Por ello, el Cenareso y su fuerte sesgo explicativo en base a la institución familiar, llevó a que el discurso oficial sea erigirse como un “padre” para los jóvenes que habían asistido. A principios de los ochenta ya habían atendido casi cinco mil jóvenes varones -la atención a mujeres seria años después-, los que con un año de tratamiento recibían el alta (Manzano, 2014).

En definitiva es interesante destacar que la primera institución en búsqueda de una respuesta a un problema público estuvo influenciada desde su fundación por un contexto internacional.

Las primeras reacciones de principios de la década de los setenta fueron la creación de la CONATON (Comisión Nacional de Toxicomanías y Narcóticos), los CEPRETOX (Centro de Prevención de las Toxicomanías) y, sobre todo, el Cenareso además de la aparición de las primeras Comunidades Terapéuticas.

La necesidad de problematizar el aislamiento     

Este breve apartado es en pos de identificar que entre las modalidades de tratamiento de las instituciones que hemos descrito es central la concepción de la droga, y su interrelación con el contexto y el sujeto.

El síntoma -consumo problemático- puede ser considerado como indicador de enfermedad; como expresión de un conflicto psicológico y social o como denuncia de situaciones que deben ser transformadas. En síntesis, de acuerdo con este enfoque muestra la revelación de algo que es preciso reconocer y abordar con el paciente y sus grupos referenciales (Carballeda, 1991).

Las conceptualizaciones y formas de abordaje que se aproximan a los modelos últimos, proponen que aquellas personas que atraviesan una situación compleja puedan tener un rol activo en la dinámica de su tratamiento y por otro lado, pensar alternativas frente al contexto.

Otro elemento constitutivo son las instituciones presentes en los territorios, con importante presencia en tres niveles -primaria, asistencia y rehabilitación-. Es decir, transformar la lógica de la exclusión y de la instrumentalización de los consumos problemáticos. No solo pensar en los sujetos sino en sus familias y grupos de proximidad, irreemplazables en la construcción de su sociabilidad, respetando las particularidades concretas de los grupos sociales y comunidades, promoviendo la integralidad, es decir, evitando la segmentación, muchas veces presente, de políticas públicas en  las familias y los grupos sociales.

Por lo expuesto, salvo en momentos iniciáticos, muchas veces considerados de necesaria desintoxicación, el énfasis es la necesidad de trabajar en forma ambulatoria con los sujetos.

Una alternativa creciente han sido los denominados “Hospitales de día”, esto es, la concurrencia diaria, o más esporádica, durante parte del mismo, con actividades diversas.

La creciente complejidad de la problemática adictiva hizo, a su vez, que los modelos institucionales que se manejan desde una perspectiva ambulatoria incorporen formas de abordaje con arreglo a las cuales el paciente desarrolla diferentes actividades en la institución bajo la modalidad de hospital de día, circunstancia que sirve a la realización de programas en los que se integra a la comunidad través del desarrollo de distintas actividades recreativas, de capacitación, publicaciones, etc. (Carballeda, 1991).

Claro que estas líneas ya están presentes desde los mismos setentas, como lo atestiguan documentos por ejemplo del FAT, en 1977.

Evidentemente, al conceptualizarse la problemática adictiva desde una perspectiva no sectorizada y con marcados condicionamientos de tipo social, la búsqueda de las distintas instancias institucionales tenderá a resolver o dar respuesta a la problemática estructural. Esta modalidad de trabajo, al incorporar lo social, muestra una interesante perspectiva que pueden derivar en mayores niveles de eficiencia en los programas que se desarrollen.

La estrategia de atención primaria de salud, sumada a una articulación programática y conceptual con el segundo nivel de atención, muestra la posibilidad de potenciar los recursos ya existentes al incorporar el abordaje del paciente farmacodependiente y su grupo familiar, incrementándose la capacidad de respuesta a la importante demanda que la problemática del uso problemático de drogas ha generado en los últimos años. 

En suma: el trabajo preventivo asistencial incorporado a los programas de atención primaria de salud se conforma como un camino posible y necesario para brindar respuestas operativas y concretas en este campo.

Sobre todo, para resistir los embates de la psiquiatrización que rápidamente se interesa por espacios de reclusión y encierro para lograr éxitos en tratamientos sobre todo de jóvenes de sectores populares.

La construcción hegemónica del sistema represivo en torno a la temática

Como lo describimos anteriormente Nixon, en un mensaje televisivo, recurrió a un aluvión de leyes punitorias encarceladoras y aumentadoras de penas, declarando la “guerra a la drogas”, o sea, no resolviendo los problemas estructurales de los distintos malestares que se estaban constituyendo en el país.

Instalado el tema de la droga al que acompañó una campaña mediática, prontamente diluyó la posibilidad de problematizar otros, de instalar otras agendas públicas, que hubieran apostado a la mejorar los índices de igualdad. Nixon descubrió rápidamente que el calificar a las drogas como “enemigo público No. 1” y encarcelar con este motivo a miles de personas le otorgaron beneficios secundarios.

Para 1980 se había cuadruplicado la población encarcelada y los nuevos presos eran dominantemente negros o latinos pobres. La tasa de encarcelamiento de EEUU es hoy la más alta del mundo, supera al segundo país, Rusia, cuya política con respecto a drogas es similarmente represiva, en un 20%; y es el doble de la del tercer país, Sudáfrica.

En EEUU se tuvieron que construir nuevas cárceles, la mayoría de ellas de gestión privada. Se estima que EEUU gasta por año en la “guerra contra las drogas” por lo menos 50.000 millones de dólares, mientras que los países donde se practican la despenalización, la reducción de daño y la contención ambulatoria de pacientes gastan mucho menos y hacen mucho menos daño al tejido social y a los propios sujetos con consumo problemáticos.

Nuestro contexto nacional ha tenido ambivalencias, pero lo cierto es que “lucha contra la droga” siguió siendo una prioridad.

La Procuraduría de Narcocriminalidad del Ministerio Publico Fiscal, en su informe de 2016 sostiene que se propuso caracterizar las causas iniciadas por estupefacientes durante el año anterior, 2015, demostrando que la gran incidencia de la persecución son los delitos menores.

Las causas por tenencia para consumo personal que ingresan al sistema de justicia, quedan asentadas en el sistema y luego no se avanza a partir del “Fallo Arriola”[9], archivándose la mayoría de ellas.

No obstante esto, y a pesar de que la Corte Suprema ya ha señalado la inconstitucionalidad de este tipo penal (cuando no existe trascendencia a terceros), no puede dejar de señalarse el elevado volumen de causas iniciadas en las que sólo se investigan conductas de tenencia para consumo personal. El análisis de esta circunstancia a la luz de la forma de inicio de la mayoría de las causas judiciales, evidencia que una parte importante de los recursos de las fuerzas de seguridad terminan estando destinados a la criminalización de las personas consumidoras de este tipo de sustancias, manteniendo así la inercial selectividad del sistema penal. Como se señaló en el módulo correspondiente, al menos en la CABA, el 91% de estas causas se inician por la actividad prevencional de las fuerzas de seguridad (Procunar, Informe 2016).

Como acredita el informe y lo hemos citado anteriormente, las preocupaciones en todo caso debieran orientarse a la persecución respecto del tráfico de estupefacientes y la criminalidad organizada, dimensiones del crimen organizado y sus vínculos existentes con otras actividades delictivas, como el lavado de dinero, la corrupción y el desvío de precursores químicos. 

A modo de cierre

Hemos hecho referencia en este artículo una presentación y sistematización de los debates en torno a las drogas. La construcción de un problema, refiere recién a la época de posguerra y a un contexto internacional que encuentra en estos temas las posibilidades de introducir lógicas de control, militarización, capitalismo (con el crecimiento de las drogas legales y elaboradas en laboratorios). 

Nos interesa observar las instituciones que fueron creándose y explicar cómo llegamos a la actualidad a contar con esquemas diversos de atención, de impronta estatal, privado, o religioso.

Además de marcar un contexto y resultados a la vista de la denominada guerra a las drogas, con miles de muertes al año, tema en el que no avanzamos por pertinencia temática, pero cuyos rasgos nos interesaron para dar cuenta aquí de lo que ha sido el caso argentino.

Al respecto, Rafael Pardo (2010) presenta al menos nueve anomalías sobre el paradigma convencional que inspira el régimen de prohibición de drogas, en base a la experiencia no solo argentina sino latinoamericana.

La clasificación de drogas prohibidas tiene algunas psicoactivos y otras no. La prohibición enfatiza las sustancias de origen natural pero descuida las de origen químico. Ignora y criminaliza usos tradicional es de ciertas sustancias como así también usos médicos. Por otro lado racionalizar, desmantelar la producción, encarcelar jefes narcos no hace más que generar reemplazos. La militarización sólo aumentó los niveles de violencia. Los procesos de extradición y negociación de pena tampoco funcionan Pardo (2010: 16).[10]

Cuando pensamos este tema en los sectores populares no podemos desestimar la dimensión territorial, cuyo impacto se da en los vínculos e identidades, en los actores sociales y en que respuestas preventivas y asistenciales se pueden construir.

Justamente por la complejidad del problema que se percibe en el territorio en sus variadas dimensiones, es nuestro interés aquí ofrecer esta deconstrucción para ordenar y repensar las prácticas, las intervenciones profesionales en instituciones que naturalizan por si el consumo, la abstinencia y el aislamiento que impactan sobre derechos elementales de los sujetos.

El contexto nacional no escapa a las vicisitudes del contexto latinoamericano en cuanto a estrategias globales, con presupuestos altísimos sobre el llamado combate al narcotráfico y escasos recursos para asistencia y tratamientos con abordaje comunitario. 

Referencias bibliográficas

Baum, Dan (April 2016) “Legalize It All, How to win the war on drugs” for Harper’s Magazine, appeared in the issue. Disponible en https://harpers.org/archive/2016/04/legalize-it-all/?single=1  , traducción mía)

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Carballeda, A. J. (1991): La [armacodependencia en América latina, su abordaje desde la atención primaria de salud, Washington DC, Oficina Regional de la Organización Mundial de la Salud, Organización Panamericana de la Salud

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  1. Publicada originalmente en 1963 y con ultima reedición en español en 2009, en “Outsiders: hacia una sociología de la desviación”, Howard Becker analiza la desviación sorteando los conocidos planteos acerca de la moralización y falta de integración social para acercarse a los significados locales de manera etnográfica, enfatizando las distorsiones que imponen las miradas “desde arriba”. Posteriormente intenta documentar similitudes de actividades generalmente tratadas como distintas (sus trabajos de campo refieren a consumidores de marihuana, músicos de jazz y bailarines) apostando a identificar redes complejas de cooperación, grupos sociales que establecen reglas que definen situaciones y comportamientos “apropiados”. Quien no es capaz de vivir según las normas es considerado un outsider.
  2. Para el caso argentino, el Observatorio Argentino de Drogas, dependiente de la Sedronar, publicó un informe sobre la mortalidad asociada al consumo de psicoactivos. Del mismo se desprende que analizando “las muertes relacionadas al consumo de drogas según causa, sexo, edad y sustancias (…) Se observan dos patrones epidemiológicos diferentes. Por un lado, las muertes atribuibles al consumo de drogas por enfermedades crónicas (enfermedades cardiovasculares, cánceres, infecciosas, neuropsiquiátricas y otras enfermedades) que se concentran en grupos etarios mayores (más de 50-55 años), afectando principalmente a los varones. Por otro lado, las muertes por lesiones se concentran en edades más jóvenes y, en el caso de las muertes por sobredosis, es en el único caso donde las muertes de mujeres superan en ciertos grupos etarios a las de varones. Estos patrones pueden observarse en parte en las diferentes tasas específicas de mortalidad relacionada al consumo de drogas según edad. Finalmente, otra característica a resaltar es la variable influencia de cada sustancia según el tipo de causa de muerte. Es notorio el peso del consumo del tabaco en las muertes por enfermedades cardiovasculares, infecciosas y cánceres. Mientras que el consumo de alcohol se asocia más frecuentemente con las muertes por enfermedades neuro-psiquiátricas, las enfermedades hepáticas -catalogadas en “otras enfermedades”- y lesiones. Por último, si bien la cantidad absoluta y relativa de muertes por sobredosis debería ser sometida a un análisis más profundo, cabe destacar la influencia del consumo de sustancias de uso indebido” (Observatorio Argentino de Drogas (2014) “Mortalidad asociada al consumo de psicoactivos). Disponible en http://www.observatorio.gov.ar/media/k2/attachments/MortalidadZRelacionadaZalZConsumoZdeZDrogasZ-ZResultadosZArgentinaZ2011Z-ZAoZ2014.pdf
  3. González Zorrilla, 1987; Carballeda, 1991; Del Olmo, 1981, 1986, dan cuenta de este proceso histórico en relación a la historia del consumo en países desarrollados y del tercer mundo.
  4. Los datos fiables y con capacidad de comparabilidad arrojan resultados que no alejan al país de la media internacional. La Encuesta Nacional de Prevalencia de Consumo de Sustancias Psicoactivas (ENPreCoSP) 2008, relevó 51.000 hogares. Con una metodología utilizada, similar a la encuesta de hogares y a la de factores de riesgo, los datos obtenidos de la prevalencia del consumo de sustancias psicoactivas en la población de 16 a 65 años son los siguientes: Tabaco 76,2%; Alcohol 52,6%; Marihuana 6,9%; Tranquilizantes 3,5%; Cocaína 2,1%; Estimulantes 0,8%; Inhalables 0,6%; Éxtasis 0,4%; Pasta Base 0,2%. El problema de la masificación del abuso de sustancias como problema social global es una configuración que se empieza a dar tres décadas atrás con una extensión del uso no farmacéutico de psicofármacos y psicotrópicos. La irrupción de la cocaína a mediados de la década de 1980 persiste con otras sustancias y derivados de ellas de menor calidad (Comité Científico Asesor en Materia de Control del Tráfico Ilícito de Estupefacientes, Sustancias Psicotrópicas y Criminalidad Compleja, 2009).
  5. La terminología “Adición a las drogas” refiere a un consumo repetido de una o varias sustancias psicoactivas, hasta el punto de que el consumidor (denominado adicto) se intoxica periódicamente o de forma continua, muestra un deseo compulsivo de consumir la sustancia (o las sustancias) preferida, tiene una enorme dificultad para interrumpir voluntariamente o modificar el consumo de la sustancia y se muestra decidido a obtener sustancias psicoactivas por cualquier medio. La noción de “Consumo problemático” también refiere a un patrón de consumo que provoca problemas, ya sean individuales o colectivos, de salud o sociales. Cuando empezó a usarse esta expresión, denotaba que la intoxicación y/o consumo de sustancias se realizaba en respuesta a un problema en la vida. Este término se viene utilizando desde mediados de la década de los 60 en un sentido más general para evitar hacer referencia a los conceptos de alcoholismo o drogadicción como enfermedad. Oliver D. Meza Canales, Dr. Edgar E. Guerra Blanco (2017) (“Política de drogas en las Américas: Redefiniendo el problema y el papel del Estado” Centro de Investigación y Docencia Económicas México, CDMX).
  6. Touzé (2010) expresa que un uso de drogas es problemático para una persona cuando el mismo afecta negativamente en su salud física o mental; sus relaciones sociales primarias (familia, pareja, amigos); sus relaciones sociales secundarias (trabajo, estudio); sus relaciones con la ley.
  7. Para mayores referencias se sugiere leer el último libro de Emilio Ruchansky “Un mundo con drogas”, 2015, 1 ° Edición, Editorial Debate.
  8. Levin, Luciano (2014) El Centro Nacional De Reeducación Social. Una Historia De Las Modificaciones Terapéuticas. Psiencia. Revista Latinoamericana De Ciencia Psicológica 6(1) 27-39 Psiencia. Latin American Journal Of Psychological Science.
  9. Se conoce como fallo “Arriola” la sentencia por la que la Corte Suprema declaro inconstitucional perseguir penalmente la tenencia de sustancias para consumo personal. Sin embargo, hay varias instancias judiciales y sobre todo jurisdicciones provinciales que desconocen la totalidad o parcialmente el mismo. El fallo exhortó “a todos los poderes públicos a asegurar una política de Estado contra el tráfico ilícito de estupefacientes y a adoptar medidas de salud preventivas, con información y educación disuasiva del consumo, enfocada sobre todo en los grupos más vulnerables, especialmente los menores, a fin de dar adecuado cumplimiento con los tratados internacionales de derechos humanos suscriptos por el país”.
  10. En “Tokatlian, J. G. (2010) “Drogas y prohibición: una vieja guerra, un nuevo debate”. Libros del Zorzal, Bs As.


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