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3 Reminiscencias clásicas en las revistas Pallas (1912-1913), Ariel (1914-1915) y Hebe (1918-1920)

Ana María Risco[1]

A principios del siglo XX, los debates culturales en Argentina profundizan la indagación sobre la naturaleza de su contenido, herencias, patrimonios y tradiciones en el contexto del florecimiento de las vanguardias europeas y su particular recepción u observación desde la mirada local. En este vaivén entre continuidades y rupturas, la Tradición Clásica se encuentra en disputa, a su vez, por su conflictiva articulación en la construcción de una identidad cultural argentina en el marco de los festejos de los centenarios independentistas. Por otra parte, desde una perspectiva mundial, esta situación de fragilidad de la Tradición Clásica no resulta exclusiva de Argentina. Se inscribe, como se sabe, en los grandes debates modernos sobre el lugar del humanismo y de las lenguas clásicas en un escenario intelectual dominado por el empirismo, el positivismo y las diversas posturas materialistas.

El período que abarca este trabajo, principios del siglo XX, correspondería a la primera etapa de la Tradición Clásica, que, según Francisco García Jurado, se inicia en 1872 y cuyos representantes son Marcelino Menéndez Pelayo y Domenico Comparetti. El estudioso español señala dos disciplinas vigentes en Europa que merecen una distinción por sus diferencias epistemológicas: la Tradición Clásica y la Recepción Clásica. La primera tiene presupuestos teóricos positivistas e historicistas, y está vinculada al sentido de la transmisión más o menos fiel del legado de los clásicos grecolatinos (y de otros mundos de la antigüedad), en la que lo más relevante es la identificación de las fuentes. García Jurado identifica en ella tres etapas de los estudios: la positivista-historicista (desde 1872); la constitución del relato “Tradición Clásica” encabezada por Gilbert Highet y Ernst Robert Curtius; y, por último, la del enfrentamiento con la Recepción (2015: 22). De la segunda, el autor sostiene que todo lo que constituye recepción, es decir, lo que involucra la intervención creativa del lector, forma parte de la Recepción Clásica: las transformaciones, las reformulaciones, las “traiciones”, las reinvenciones; en definitiva, el legado grecolatino considerado material modificable. De esta última disciplina, destaca el “giro democrático”:

El “giro democrático” afecta a una serie de aspectos […]. En primer lugar, se cuestionan las presuposiciones sobre la inherente superioridad de las obras antiguas y se considera la condición y calidad independiente de la obra moderna […]. En segundo lugar, la investigación ha rastreado caminos por los que (en parte, gracias a la educación) los grupos sociales menos favorecidos han accedido a un mejor conocimiento tanto de las obras antiguas como de las modernas, donde a veces estas últimas sirven como introducción a las primeras. En tercer lugar, el alcance de las formas y discursos artísticos que utilizan o reconfiguran el material clásico se ha extendido incluso a la cultura popular (Hardwick & Stray, 2011: 3. Trad. y cit. por García Jurado, 2015: 20).

Sin embargo, cabe aclarar que, en Argentina, hasta el momento, la Tradición Clásica (y sus plurales) no se ha constituido como una disciplina independiente, cuya juntura terminológica continúa debatiéndose en Europa. Y, por lo tanto, no resulta una cuestión de debate la distinción y el enfrentamiento con la Recepción Clásica (y sus plurales), que, además, tampoco se erige en una disciplina curricular en este contexto geográfico. De modo que, en el presente trabajo, se reúne en una misma juntura, la de Tradición Clásica grecolatina, tanto su consideración como legado cultural en relación con la fidelidad de sus fuentes, como así también su recepción, en tanto lecturas, interpretaciones, referencias, transformaciones y traiciones, debidas no solo a los lectores cultivados sino a su integración en la lengua española por medio de los cultismos de uso cotidiano y en su apropiación popular.

Concretamente, en el presente trabajo analizamos la inscripción de la Tradición Clásica como una propuesta estético-ideológica integradora o desintegradora en la constitución de una identidad cultural argentina en los prospectos, prólogos, evocaciones y manifiestos de las revistas culturales-artísticas de principios del siglo XX: Pallas (1912-1913), Ariel (1914-1915) y Hebe (1918-1920).

Entre fines del siglo XX y principios del XXI, han proliferado estudios académicos sobre el rol crucial de las publicaciones periódicas en la difusión de las propuestas estéticas de las vanguardias europeas y latinoamericanas (Corral, Stanton, Valender, [2018] 2019: 9). Por lo general, en dichos proyectos editoriales la Tradición Clásica es precisamente uno de los puntos de recuperación indiscutible a partir del cual se construye una propuesta novedosa (Ortega Garrido, 2010).

En este sentido, las expresiones estético-literarias de Latinoamérica emplean las revistas como sus vehículos privilegiados oficiales de difusión, punto que comparten con las vanguardias europeas. Sin embargo, para los estudiosos, en los primeros años del siglo XX no se presentan todavía muestras de rupturas culturales equiparables con los movimientos europeos, debido a las diferencias del momento de formación de los diversos campos culturales y de su paulatina institucionalización y consolidación nacional. En el caso de Argentina, se registra un primer impulso vanguardista recién a partir de 1920, ligado a las revistas Proa (1922-1923), Inicial (1924) y Martín Fierro (1924-1927) (Louis, [2018] 2019: 37-38).

En efecto, el ámbito cultural de la Tradición Clásica grecolatina de donde se nutren las publicaciones presentadas en este trabajo constituye no tanto un punto de ruptura, sino más bien una fuente y un material preciado y disponible para construir una “poética” de interpretación local o nacional, o para establecer una posición intelectual concreta. En este sentido, recordemos que dicha operación ya fue iniciada por el “modernismo” latinoamericano, considerado por algunos como la primera expresión estético-literaria propia de América Latina que tiene el alcance de un movimiento frente al cual reaccionan las vanguardias (Sáinz de Medrano, 1997: 310), mientras que otros rechazan su consideración como movimiento literario y su posible carácter antecesor o precursor de las vanguardias latinoamericanas por no contener un programa de ruptura coherente y equiparable al carácter radical de las expresiones vanguardistas propiamente dichas. Para esta última postura, el modernismo solo fue un concepto de época (Schulman y Picón Garfield, [1986] 1999: XXI-XXII): “Para los que han intervenido en esta labor revalorativa, el modernismo no es una escuela -pues no tiene reglas ni cánones fijos- sino una época regeneradora” (Schulman, [1975] 1981: 68-69).

Si bien recién a partir de los años veinte del siglo XX se pueden identificar manifestaciones vanguardistas propias gestadas en tierras latinoamericanas, para Jorge Schwartz, estos años constituyen en realidad su época de auge e identifica en 1909 su posible inicio, año en que Rubén Darío escribe una reseña para La Nación sobre la labor poética de Marinetti y traduce los once puntos que integran el Manifiesto Futurista ([1991] 2002: 36).

Pallas (1912-1913)

En Argentina, la revista Pallas (1912), se configura como la primera publicación editada desde el interior del campo de las Artes Plásticas locales en diálogo con otras expresiones del mismo género. La trayectoria de su director, Atilio Chiappori, respalda esta especialidad mencionada.[2] La revista es consignada por Washington Pereyra en Prensa literaria argentina (1890-1974) como parte del acervo bibliográfico que el autor califica del período correspondiente a los “Los años dorados” (entre 1910 y 1919) de las publicaciones periódicas (Cfr. Pereyra, 1993: 267). Para Lafleur, Provenzano y Alonso, Pallas se ubica entre las revistas de expresiones de “La Primera Vanguardia” entre 1894 y 1914 como una de las tantas publicaciones “de índole muy diversa” aparecidas en Buenos Aires, sin mayores detalles (Cfr. 2006: 63 y 70).

El primer número se publica el 15 de mayo de 1912. La portada de la revista aprovecha las ventajas cromáticas del color azul que contrasta con el blanco-grisáceo del material de la imagen de la escultura que se reproduce en el centro de la página. Este contraste entre azul y blanco podría leerse en clave nacional, dado que remitiría, a nuestro entender, a la bandera argentina y coincide con la preocupación de su director por mostrar tanto las obras como a los artistas nacionales. La escultura aludida no consiste en la reproducción de la imagen de la diosa como se podría esperar por el título de la revista, sino que es una fototipia de la escultura inconclusa de Rogelio Yrurtia titulada “El pueblo de Mayo”.[3] Si tenemos en cuenta el juego cromático mencionado en concordancia con la imagen elegida, podemos suponer que la elección de la escultura no resulta casual. Por un lado, se pone en evidencia la intención de aludir al mes en que se rememora en Argentina el comienzo de la gesta emancipadora -ya que la apertura de la temporada artística comienza un mes antes-; y, por otro lado, el estilo clásico de la escultura resulta ser el nexo con el modelo grecolatino inspirador desprendido del título de la revista. Por otra parte, la reproducción de esta imagen, aunque se trata de una obra inconclusa, resulta crucial para presentar la revista desde una posición específica dentro del terreno artístico argentino. En este sentido, Lebrero observa que la obra de Yrurtia elegida como portada había sido objeto de una polémica en 1909 por haber sido rechazada como proyecto de un concurso artístico para decorar un monumento en el marco de los próximos festejos del centenario de la Revolución de Mayo. La polémica se desata en torno al premio otorgado a la obra de unos artistas extranjeros de trayectoria destacada, que tampoco se concretó, frente a la de un artista local, un talento joven de futuro prominente:

La revista encara así su vida pública con una evidente toma de posición, asociándose también con las ideas de unión, fortaleza y lucha que se desprende del grupo escultórico. Era la defensa de nuestro arte lo que estaba en juego, representado en este caso por uno de los artistas más jóvenes y talentosos que poseía la nación y la revista no duda en ser categórica al respecto (Lebrero, 2002: 70).

Como puede observarse, la Tradición Clásica se presenta desde la portada de la revista como material resignificable por su alta capacidad de evocar hechos revolucionarios siguiendo el modelo antropocéntrico clásico. Asimismo, desde el título se constata esta operación de resignificación de los clásicos. Para Lebrero, el empleo de títulos ligados a la cultura grecolatina constituye una especie de moda de la época (2002: 61).

El adorno de “estilo jónico”, según Lebrero (2002: 59), que se incluye en la misma portada, está acompañado por las siglas “Nila”, en referencia a su diseñador/a.[4] Lebrero señala que los detalles acerca del tipo de papel, el estilo clásico de su portada y la cantidad de reproducciones gráficas e imágenes en el interior de la revista, son una muestra cabal de su costosa producción y de la preferencia por una edición refinada, algo inusual en la época (2002: 60). Evidentemente, esta revista está dirigida a un grupo de lectores muy selecto, perteneciente a la alta cultura, con formación en estética clásica. En palabras de Lebrero:

Los motivos que refieren a la Tradición Clásica resultan recurrentes (título, tipografía, diseño, etcétera) siendo ésta sinónimo de elegancia y distinción. Por ser la Tradición Clásica la mayor institución dentro del mundo del arte, el planteo visual de la revista es coherente con su planteo ideológico de identificación con el mundo de «lo instituido» (2002: 75).

Si bien este primer número no contiene las palabras preliminares a cargo del director de la revista, en las primeras páginas dos amplios listados de nombres de personalidades destacadas del ámbito artístico-literario local e internacional funcionan como presentación informal de la propuesta. Entre los autores de literarios, se promete la publicación de colaboraciones de Rubén Darío, Ángel de Estrada, José María Ramos Mejía, José Enrique Rodó y Manuel Gálvez, entre otros. Del sector artístico, se propone publicar imágenes de los cuadros y de las estatuas de Malharro, colaboraciones críticas y producciones artísticas de De la Cárcova, Sívori, Collivarino, entre otros.[5] La diversidad de procedencias de los nombres de ambos listados coincide con los propósitos de su directos de difundir la producción de personalidades locales y latinoamericanas. Dichos propósitos son promovidos por las publicaciones periódicas que frecuenta Chiappori: La Nación, Nosotros y Sarmiento. Todos estos anuncios están incluidos al final del primer número de Pallas, en la sección titulada “Augurios de la prensa”.[6] El orden de la disposición de dichos anuncios en el diseño de la página de Pallas no sigue un criterio cronológico, sino de importancia o peso simbólico en la opinión pública del medio en cuestión. En primer lugar, aparece el texto de La Nación, publicado el 3 de abril de 1912, extenso y con citas del enigmático prospecto de Pallas. Allí se anticipa que la revista aparecería la “segunda quincena de este mes”.

En el texto de Nosotros correspondiente a mayo (“V, 912”), aparece esta noticia con el agregado de que Chiappori es un destacado crítico de La Nación, además de un reconocido escritor en el ámbito literario. Allí se pronostica la aparición de la revista “en los primeros días del mes próximo”. El texto reproduce parte del prospecto difundido por La Nación.

Por último, el anuncio que se publica en Sarmiento está datado el 6 de marzo de 1912. Este texto aparece en la página “Augurios de la prensa” de Pallas al final de la serie de noticias destacadas, siendo cronológicamente anterior a la de La Nación, lo que demuestra una intencionada jerarquización de los anuncios. En dicho texto, se proyecta la publicación de Pallas a partir del mes de abril y se exponen sus propósitos, lo que constituiría su prospecto propiamente dicho. Se incluye, además, un anticipo de su sumario. Como puede observarse, hay una evidente imprecisión en la fecha de publicación proyectada para Pallas, que finalmente aparece el 15 de mayo de ese mismo año.

De los tres anuncios, sólo el de La Nación se detiene en relacionar el título de la revista con la figura simbólica de Pallas como diosa de la sabiduría y del arte: “La nueva publicación que así se acoje á la protección de la diosa defensora de Atenas y patrona de la sabiduría y de las artes, aspira á ser en Buenos Aires órgano de todas las manifestaciones de la cultura superior” (“Pallas”, La Nación 3/4/1912 en “Augurios de la prensa”, Pallas, 15/5/1912).[7]

Sarmiento presupone este nexo entre la diosa y su alcance protector: “La revista, como su nombre lo indica será de índole exclusivamente artística […] (“Una nueva revista de Artes”, Sarmiento, 6/3/1912, en “Augurios de la prensa”, Pallas, 15/5/1912).

Por su parte, el anuncio de Nosotros elude completamente dicha referencia sin hacer mención ni de su simbología ni de la Tradición Clásica de donde proviene: “[…] aparecerá, en los primeros días del mes próximo una revista de bellas artes con el título que encabeza estas líneas” (“Pallas”, Nosotros, V, 912, en “Augurios de la prensa”, Pallas, 15/5/1912).

Evidentemente, esta ausencia de referencia a la diosa y su simbología por parte de Nosotros no resulta un detalle menor, pues pone en evidencia las políticas editoriales y simpatías estético-culturales de cada publicación.

El punto de coincidencia de todos estos textos se encuentra en el reconocimiento del prestigio de su director, considerado una autoridad en materias artística y literaria. Destacan ciertos puntos del proyecto como su propuesta dirigida a y representativa de la elite literario-artística de la región y las intenciones de difundir la producción de literatos y artistas locales y extranjeros de acuerdo con su recepción en Latinoamérica. En este punto, La Nación y Nosotros reproducen el mismo fragmento: “«Pallas» prestará atención preferente á las manifestaciones argentinas del arte, pero será al propio tiempo un vehículo de comunicación entre todos los países latino-americanos (…)” (Cfr. “Pallas”, La Nación, 3 de abril de 1912 y “Pallas”, Nosotros, V:912, en “Augurios de la prensa”, Pallas, 15/5/1912: s/n). Por su parte, el anuncio de Sarmiento especifica el carácter de esta producción: “aclimatado en nuestro ambiente” (“Una nueva revista de Artes”, Sarmiento, 6/3/1912, en “Augurios de la prensa”, Pallas, 15/5/1912: s/n).

Regresando al contenido propiamente dicho de la revista, el sumario del primer número confirma la especificidad en materia de Artes Plásticas en plena época de institucionalización del campo artístico nacional. Entre los títulos del sumario, predominan los artículos sobre artes plásticas[8] y las siguientes “secciones permanentes”: “Las exposiciones”, “Música”, “La Dirección”, “Bibliografía”, “Noticias oficiales” (sobre las Bellas Artes, la academia, las escuelas y los museos) y “Los salones”. Todos los títulos y secciones contienen la descripción de la cantidad de imágenes reproducidas en cada uno de ellos.

El artículo de Ricardo Rojas bajo el título “Pallas” de este primer número, es presentado por el anuncio de Sarmiento como el prólogo de la revista (Cfr. “Una nueva revista de Artes”, Sarmiento, 6/3/1912, en “Augurios de la prensa”, Pallas, 15/5/1912: s/n). Por su parte, en el sumario del primer número de Pallas, el texto de Rojas aparece con la especificación de “evocación”, de modo que pareciera que este artículo funciona como presentación o prólogo de la revista. Rojas elabora una bienvenida en la cual delinea, al mismo tiempo, la propuesta programática de la revista y el sentido de su título. El texto aparece precedido por un epígrafe, cuya fuente es la Eneida de Virgilio, “…ramis velatos Palladis omnes” (VII, v. 154) (Rojas, 1912: 1). Evidentemente, el epígrafe hace alusión a la actitud del grupo editorial de la revista que presenta su contenido con actitud pacífica en el ámbito cultural y el de la prensa ilustrada, tan proclive a las polémicas y disputas. La actitud pacífica se infiere de las “ramas de Pallas”, es decir, ramos de olivos, empleados en la antigüedad como símbolo de paz, tal como lo registra el texto de Virgilio citado.

Esta evocación de Rojas se encuentra ilustrada por dos imágenes. La primera es un dibujo de la diosa Pallas inserto en el extremo superior entre las columnas del texto central. El dibujo lleva la firma de Nila, las mismas siglas que aparecen en el extremo inferior de la tapa de la revista. La segunda ilustración es una fotografía de Ricardo Rojas, joven, colocada en el extremo inferior de la primera columna de la página siguiente.

Esta nota de presentación se anuncia en el sumario como “evocación”, tal como lo mencionamos anteriormente. Dicho género discursivo no responde necesariamente a un texto conmemorativo, como podría deducirse del término, sino que se encuadra en el ámbito ensayístico-literario. En el texto, Rojas define la revista desde sus características programáticas y remarca su intención pacífica de no polemizar: busca difundir en el terreno periodístico el ideal artístico. Pallas se erige como una revista de “ilustraciones selectas” que “tampoco viene a disputar su fortuna a la profusión del fotograbado uniforme (…)” y su ambición es constituir una “alianza general” entre artes, novedades periodísticas y culturales en tensión permanente bajo la premisa de la “actualidad” (Rojas, 1912: 1).

Para develar el sentido del título de la revista, Rojas se adentra en la simbología y mitología grecolatina, tal como lo exige el propio nombre de Pallas. Tras una vasta muestra de erudición literaria, Rojas pone el acento en los ojos claros y la mirada suave de Pallas en conexión con la caracterización de la diosa como mediadora de conflictos, como armonizadora, en cuanto símbolo de la sabiduría. Luego de explicar la fortaleza del símbolo de Pallas para la Antigüedad con ejemplos tomados de las tragedias de Esquilo, de la Ilíada y la Odisea, entre otras obras, el autor apela a la buena comprensión de la prensa y de los lectores sobre su elección como título de una revista de Artes Plásticas. Asimismo, sostiene una analogía entre la aristocracia del arte por su calidad de belleza y el carácter selectivo de las obras a cargo del director Chiappori, a quien considera una autoridad en la materia.

En esta evocación, claramente se puede observar el modo en que Rojas establece la articulación entre las artes plásticas, la Tradición Clásica y la cultura argentina: por un lado, augura el éxito de Pallas como revista inspirada en una simbología clásica resignificada; y, por otro lado, pone el acento en su contribución a la cultura argentina:

Mas si Pallas triunfara, la cultura argentina le deberá un gran servicio a su fundador, pues esta revista nace para sostener un ideal estético americano, ó sea para contribuir á que el Paladium que el emigrante Eneas llevó de la Héllade al Lacio, pueda venir un día al Plata, como presea de sus nuevos héroes, en la retoñante gloria del alma latina (Rojas, 1912: 2).

En estas palabras de cierre, cabe destacar, por un lado, el redireccionamiento que hace Rojas desde el ámbito de la cultura griega propuesto por el título de la revista hacia la latina, al enfocar el momento específico del traslado del Palladium por parte de Eneas al Lacio; y, por otro lado, el énfasis puesto en la condición de Eneas como un inmigrante portador de la cultura del Lacio -en referencia al fenómeno inmigratorio finisecular- y su conexión con el programa cultural argentino sincretizador del propio Rojas. En este sentido, estas palabras dejan entrever el pensamiento de Rojas acorde con su propuesta de una cultura argentina como crisol de razas, como fusión cultural en la que se funden las herencias europeas con las americanas, como germen de su pensamiento expuesto posteriormente en Eurindia (1924). En el número 2 de la revista, que aparece el 15 de junio de 1912, Chiáppori publica un texto titulado “Pallas”, en el cual elabora un extenso agradecimiento por la cálida recepción de la revista por parte del “público selecto” de Buenos Aires. En este sentido, el director reconoce en las palabras de Rojas del primer número el valor del vaticinio de su éxito. Por otra parte, Chiáppori remarca y enfatiza la concreción de algunos de los objetivos de la revista, entre ellos el carácter selectivo, el alcance continental y la elevada consagración cultural manifiesta en las firmas de destacados críticos extranjeros; y promete: “La Dirección de Pallas[9] tratará de poner a la revista al nivel de alta cultura que la propicia” (A.C., 1912: 21).

El texto se encuentra ilustrado con la reproducción de una fotografía de la escultura de la diosa realizada por León Solá Gené. Chiappori destaca que dicha imagen a la que llama “la Diosa de los ojos claros” -siguiendo la clásica representación de la diosa (Grimal, 2006: 61)-, “realza hasta la expresión de los mármoles antiguos” y que dicha obra “agrega así, una nueva imagen a la naciente iconografía de la Revista” (A.C., 1912: 21).

Como puede observarse, la posición de la alta cultura que defiende la publicación, y el carácter intencionadamente selectivo de su público, configura una propuesta estética orientada hacia una elite socioeconómica y cultural elevada y excluyente. En esta propuesta, la Tradición Clásica se convierte en un material precioso y preciado de valor elevado, tanto simbólico como económico, destinado a un público refinado.

Ariel (1914-1915)

A mediados de 1914 aparece en Buenos Aires la revista Ariel. Revista mensual de ciencias, letras y artes, bajo la dirección de Alberto Palcos, como órgano del Centro de Estudios Ariel.[10] Desde su título, la revista se inspira en el llamado arielista a la juventud enunciado en el libro de José Enrique Rodó, cuyos ideales, según Natalia Bustelo (2014), son el germen que motivará a los jóvenes reformistas universitarios al promediar la primera década del siglo XX. La inspiración en el texto de Rodó no es privativa de esta revista. Carlos Real de Azúa ha señalado la influencia de estos ideales desde 1900 hasta 1950 en América Latina (Azúa, 2001 y 2010).

Entre los estudiosos y catalogadores de las revistas culturales argentinas, Lafleur, Provenzano y Alonso no consignan esta publicación en el repertorio de revistas de la “Primera Vanguardia” (1893-1914) -como habría de esperarse por su fecha de inicio en junio de 1914-, sino que la ubican entre las producciones de la “Nueva Generación” (1915-1939), aquella que ya no se encuentra pautada por la influencia rubendariana. Sobre este extenso período, los autores delinean tres etapas para su estudio: “preludio”, “auge” y “dispersión”, acorde con el tratamiento clásico de los estudios de grupos socioculturales. La vigencia del proyecto de Alberto Palcos corresponde, según este esquema, a la primera etapa llamada “preludio”, en la cual la revista se destaca por su mayor duración e importancia entre sus contemporáneas (2006: 78-80).

Con respecto al criterio taxonómico principal que toman estos autores para la delimitación generacional de este período, cabría preguntarse, por un lado, en qué medida el alinearse en el pensamiento de Rodó alejaría a un grupo de la influencia de Darío, ya sea a favor o en contra de su estética, teniendo en cuenta el interés del uruguayo por el nicaragüense, explícito en varias oportunidades.[11] Por otro lado, la influencia de Darío como punto central de la caracterización generacional de este nuevo grupo resulta cuestionable, teniendo en cuenta las expresiones de alejamiento y rechazo ya presentes en publicaciones periódicas de la época anterior. Tal es el caso de Ariel. Periódico de Arte Libre (1912-1913), revista dirigida por Alejandro Sux -seudónimo de Alejandro Maudet-, que publica solamente tres números en París. A pesar de la relación de amistad existente entre Darío y Sux (Merbilhaá, 2016), el alejamiento se produce por un desacuerdo en la publicación de un artículo del escritor nicaragüense, “La crueldad de los militares”, sin su autorización previa (Pereyra, 1993: 211 y Matías Raia, 2016). Sux se distancia de Darío por la persecución y censura de los ejemplares del primer número de la revista que contiene la publicación del artículo en cuestión:

En mi vida de escritor libre e independiente, mi pluma tuvo muchas veces encuentros con el machete polícíaco; por esto, no me conmovió la noticia de que la policía, a pedido de Rubén Darío, secuestraba el primer número de Ariel.[12] Confesaré también que tampoco me extrañó la decisión de Darío que de tanto frotarse con tiranuelos caídos, algo tiene de ellos ya.
Por haber publicado La crueldad militar sin su autorización, Rubén Darío persigue a Ariel. Yo creí honrar al que fué un gran poeta, publicando un trabajo que, si es muy malo, como algunos de nuestros colaboradores opinan, es de lo mejor que ha producido de diez años a esta parte, y además, de una época en que Darío tenía momentos de independencia como escritor. Ahora, naturalmente, Calibán no puede albergarse en Ariel. Y por esto, Darío, se ha indignado conmigo. No hay que confundir las épocas, ¡caramba! (Sux, 1912: 1-2).

Retornando a la revista homónima de 1914, cabe observar que, a partir del segundo número, lleva por subtítulo “Ciencias, Letras y Arte”, lo que individualiza la publicación a estas tres áreas del conocimiento. Al colocar las artes entre los temas de su interés, la revista entabla un diálogo abierto con este terreno, publicando críticas y reproduciendo imágenes de las Artes Plásticas locales, sin presentarse como especializada en la materia.

Por su parte, Pereyra pone énfasis en el hecho de que la revista de Palcos sea el órgano de expresión oficial del Centro de Estudios Ariel (1993: 212). Esta circunstancia, a nuestro entender, marca una diferencia importante con respecto a Pallas. En efecto, Ariel pareciera representar una polifonía de voces propia de un medio de difusión grupal, y no un proyecto que se configura desde lo unipersonal, como es el caso de la publicación de Chiáppori.[13] En este sentido, Ariel respondería a la configuración de las publicaciones periódicas como representativas de un grupo o colectivo cultural, tal como lo señala Horacio Tarcus (2007: 3-4).

En línea directa y precursora de los ideales que movilizan a las publicaciones periódicas inscriptas en el marco de la Reforma Universitaria de 1918 como fenómeno social latinoamericano, Bustelo ha estudiado esta publicación como un espacio de difusión de una vertiente de la izquierda, aquella que reúne a los jóvenes universitarios identificados con “el socialismo científico y comprometidos con la instrucción de los obreros” (2013: 4). En este sentido, el propio director, así como los miembros del Centro, se ubican entre los seguidores del idealismo experimental propuesto por José Ingenieros (2014: 69). Además, la publicación cuenta con el apadrinamiento del propio Ingenieros (Bustelo, 2013/2014: 68). Bustelo ubica al grupo de esta revista dentro del sector de los “revisteros descontentadizos” (2014: 62-76), adoptando este neologismo de un texto autobiográfico de José María Monner Sans, intelectual muy cercano al grupo, quien rememora las rutinas de los estudiantes de la época:

Algunos días, juntarnos en el Ateneo Universitario con estudiantes de distintas facultades donde charlábamos preferentemente de política y de libros y, por supuesto –como buenos descontentadizos-, arreglábamos de prisa el orbe y sus arrabales, las letras y sus suburbios (Monner Sans, 1976: 135-136, cit. por Bustelo, 2014: 60).

La revista de Palcos adopta abiertamente su título del centro estudiantil del que es su difusor, inspirado, a su vez, en el llamado de Rodó a la juventud como la propulsora de las transformaciones y de los cambios de la época. Esta filiación se confirma con la publicación en el primer número de la revista del ensayo “El nuevo Ariel”, del autor uruguayo, texto donde se refuerza el ideal de la batalla espiritual contra el utilitarismo anglosajón. En dicho ensayo se reitera la vinculación estrecha con la cultura latina, articulando la Tradición Clásica con la cultura latinoamericana:

El nombre de Ariel[14] significa, en la evolución de las ideas que han preparado la actual orientación del pensamiento hispano-americano, la afirmación del sentido idealista de la vida contra las limitaciones del positivismo utilitario; el espíritu de calidad y selección, opuesto a la igualdad de la falsa democracia, y la reivindicación del sentimiento de la raza, del abolengo histórico latino, como energía necesaria para salvar y mantener la personalidad de estos pueblos, frente a la expansión triunfal de otros, en que llegan a su más alto punto distintas tradiciones humanas (Rodó, 1914: 9).

Como puede observarse, la creencia en los “sentimientos de la raza” y su vinculación con la tradición latina no contiene aún las implicancias ideológicas devastadoras aprovechadas por el fascismo y el nacionalsocialismo de las décadas siguientes. Obsérvese también la apropiación por parte de los intelectuales sudamericanos de estas ideas en los albores de los conflictos que desencadenan la primera Guerra Mundial o Gran Guerra, como si estuvieran de espaldas a la crisis europea de la época.

El distanciamiento de la revista de Palcos de los ideales de Rodó no reside en su concepto de raza ni en su filiación con la Tradición Clásica, sino, por un lado, en una combinación entre espiritualismo estético y positivismo; y, por otro lado, en el explícito alejamiento del elitismo aristocratizante rodiano (Bustelo, 2014: 70). En efecto, la particularidad de esta publicación consiste precisamente en la conjunción entre ciencias y artes, con especial énfasis en la formación de los obreros, en conexión directa con los ideales promovidos en la época por Ingenieros:

Los cinco números de Ariel muestran que esa fundación condensaba una original apropiación del juvenilismo espiritualista de Rodó. Por un lado, la Cartago frente a la que los arielistas porteños trazaron el “justo camino” portaba un carácter más claramente “burgués” que la del intelectual uruguayo y, por otro, las idealidades que las juventudes debían difundir para combatir el “filisteísmo cartaginés” no se identificaban con una cultura estética capaz de formar un espíritu selecto, sino con la ciencia socialista y su difusión entre los obreros (Bustelo, 2014: 68).

La incomodidad con el elitismo del primer libro de Rodó estructura gran parte de las publicaciones del grupo, lo que se manifiesta a nuestro entender en las reiteradas “correcciones” a este rasgo identificadas por Bustelo en los artículos de Antonio de Tomasso (“Ariel (Párrafos de una carta íntima escrita en setiembre de 1909)”, de Simón Scheimberg (“El ritmo de la vida”) y de Julio Barcos (“Aristocracia del talento”), publicados en el primer número de la revista. El idealismo experimental de Ingenieros y los poemas y textos próximos al arielismo rodiano se articulan con las actividades de conferencias y cursos de extensión del grupo orientadas a la intelectualización popular de los obreros (Bustelo: 2014: 72).

Con respecto al entramado cultural con la Tradición Clásica en las páginas de la revista, en el prospecto del primer número se observa el empleo de ciertos cultismos de origen grecolatino enraizados en la lengua española. En efecto, en “Ideales de la juventud”, Alberto Palcos, tras señalar la energía psíquica y de acción como los motores que impulsan su discurso orientado a despertar, exhortar y movilizar a la juventud universitaria a participar de la “favorable atmósfera moral” (Palcos, 1914: 1-2) para la concreción de los esperados cambios culturales, emplea elementos de la Tradición Clásica para la construcción de las figuras precursoras en dicha tarea: “Sarmiento, Ameghino y Almafuerte” son los “forjadores prometeicos de tal ambiente en esta acción de la humanidad en la prosecución de más Civilización, de más Verdad y más Belleza” (Palcos, 1914: 2).

El empleo de la imagen de Prometeo remite, por un lado, al mito clásico vinculado a la heroica misión de la transferencia del saber y del conocimiento a la humanidad que se arrogan los científicos; y, por otro lado, al enaltecimiento del carácter privilegiado y cuasi divino de los que emprenden dicha tarea. Esta referencia se construye como un acto desacralizador del conocimiento científico y literario que se considera moderno y ligado al accionar humano por excelencia sin intervenciones divinas. El fuego/saber es robado a los dioses/a la elite para transferirlo en un gesto aparentemente altruista a la humanidad, y concretamente para la formación de los obreros. De una parte, el hombre accede a los beneficios del fuego, y, de otra parte, el acceso a la cultura y a la ciencia se tornan populares. Así, el autor enuncia las tareas desarrolladas por cada uno de ellos como Prometeos argentinos: de Sarmiento destaca su “labor demoledora y gestadora”, además de “gigantesca”; señala las “ciclópeas investigaciones científicas” de Ameghino y “los cantos augurales” de Almafuerte (Palcos, 1914: 2). Nuevamente, en relación con la labor de Ameghino, se evidencia el empleo de imágenes de la tradición grecolatina (Cíclopes) en la construcción de comparaciones. Es más, dicho empleo no resulta forzado, ya que esta adjetivación, que proviene de dicha tradición, resulta de uso común como sinónimo de algo de dimensiones extraordinariamente grandes. “Prometeico” y “ciclópeo”, son dos términos de empleo culto frecuente en el ámbito letrado español.[15]

Como puede observarse, además de la asociación de esta tríada de nombres con los modelos ideales de “maestros normales” (Podgorny, 2012: 1), la filiación intelectual propuesta se entronca con el positivismo argentino, aunque de un modo conflictivo. En efecto, si bien es un tema muy discutido y polémico, algunos intelectuales consideran los escritos y la labor en materia de política educativa de Sarmiento como precursores y promotores del advenimiento del positivismo en Argentina. Aunque el autor del Facundo no haya adoptado en su integridad dicho movimiento, existe una aproximación en algunos de sus escritos (Miglioli Fernández, 2018 y Goyogana, 2016).[16]

Por otra parte, la figura de Florentino Ameghino y su vínculo con el positivismo es indiscutible, sobre todo por pertenecer al ámbito científico (Oriola Rojas, 1985: 399-409).

Aunque resulte más imprecisa la asociación de Almafuerte -seudónimo de Pedro Bonifacio Palacios- con esta línea filosófica, debido a la versatilidad de sus escritos, Alberto Julián Pérez señala: “Fundado en una concepción positivista, cientificista, evolucionista del hombre, Almafuerte anunció que estaba por venir «… el gran poeta, el gran pensador, el gran cerebro americano…»” (1998: 337), surgido del nuevo sujeto social tras el impacto inmigratorio que conforma esa masa popular indiferenciada, “su chusma querida”, en consonancia con José María Ramos Mejía (Pérez, 1998: 339).

Sin dudas, puede verificarse la impronta personal de Palcos como escritor al momento de elaborar un listado de antecesores, probablemente compartido por los miembros del grupo al que pertenece, en este caso, el Centro de Estudios Ariel. Por otra parte, en la selección de dicho listado, existe un vínculo con los intereses e ideales de las figuras directamente influyentes, como los del mentor del grupo, José Ingenieros. Algunos años posteriores a Ariel, en 1919, en la presentación de un libro que reúne textos de Ameghino, Ingenieros elabora exactamente el mismo listado de las figuras significativas de la docencia:

La coordinación de esos trabajos, corregida y complementada de acuerdo con varios escritos póstumos de Ameghino, constituye este pequeño libro que dedico a los maestros de escuela, justamente orgullosos de que su gremio haya dado a la patria nombres ilustres: Sarmiento, Ameghino, Almafuerte […] Si al leerlo fortifican su admiración por el virtuoso varón que vivió aprendiendo y enseñando, creeré bien compensadas las muchas horas que he robado a mi propia producción para dedicarlas a la gloria del amigo que aún no tiene un monumento a su obra (Ingenieros, cit. por Podgorny, 2012: 6).

Resulta crucial destacar el común acuerdo en señalar a Sarmiento como un modelo de maestro en sentido pleno. En efecto, Ingenieros llega a afirmar de Sarmiento, en Los tiempos nuevos, que “No se equivocaba en mirar la cultura como el instrumento más grande de dignificación en el individuo, de solidaridad en la nación y de simpatía en la humanidad” (Ingenieros, [1921] 1955: 37-38).

En este sentido, obsérvese que el proyecto cultural de la revista Ariel -y del grupo- no busca depurar la cultura argentina de la Tradición Clásica, sino emplear todo el material cultural existente para generar conciencia y promover el acceso a los bienes culturales de la mayoría de la población, en especial de los obreros. Este ideal de culturizar a los obreros, recuérdese, ya había sido emprendido por Ingenieros en su juventud junto con Leopoldo Lugones a través del periódico La Montaña (1897), a fines del siglo XIX.

Por otra parte, en consonancia con Sarmiento, Palcos señala la época de Juan Manuel de Rosas como el reverso de la culturalización del pueblo:

Encontramos el reverso de la medalla en la historia de este país durante la tiranía de Rosas, quien clausuró las escuelas y las universidades, persiguió a sangre y fuego a los pensadores, se hizo adorar como ser sobrenatural y que con su política, madurado en un plan, con la sagacidad genial de su cerebro satánico, tendió sistemáticamente -al decir de Ramos Mejía- á “aniquilar la personalidad”, transformando al país en una especie de “misiones políticas” en las que, a semejanza de las “misiones jesuíticas” de los frailes españoles de la conquista, reinarían la pobreza del espíritu para que en tal terreno social echara raíces perpetuas su poder absoluto (Palcos, 1914: 7).

En este punto, en el prospecto se observa una postura ambigua con respecto al positivismo, si tenemos en cuenta que entre los aportes del positivismo Hugo Biagini destaca:

Una mayor conciencia histórica tendiente a revalorizar la herencia hispana, el federalismo y hasta el propio rosismo -anticipándose con ello al revisionismo tradicional-, incluso con un enfoque más acabado que éste por trascender la variable política y apelar a factores naturales, sociales, económicos o culturales (Biagini, 1985: 17)

Evidentemente, Palcos, en este momento de enunciación, no se encuentra en el sector de los positivistas históricos que impulsan la relectura y revisión de la figura de Rosas, aunque sí expresa en este prospecto la intención de trascender lo político.[17]

La combinación entre positivismo e ideales estructura todo el prospecto. A partir de la imagen de don Quijote como modelo de la lucha sin límites por los ideales, se enlaza el relato con el darwinismo. Cumple esta función conectiva la cita de Jean-Marie Guyau[18] correspondiente al ideal del “amor por la ciencia” representado por Darwin (Palcos, 1914: 3).

Otro punto en común con el positivismo evolucionista se encuentra en la señalización de los Países Bajos y de Holanda como los lugares que han alcanzado el estadio máximo de la evolución humana y cultural. La cita de Hipólito Taine refuerza esta imagen de Holanda como modelo ideal de cultura y de gobierno que supera “en dos siglos” a toda Europa (Palcos, 1914: 6).

Por otra parte, pareciera que la coherencia con el positivismo en esta publicación entra en conflicto con el implícito espiritualismo elitista de Rodó. Según Bustelo, en las páginas de la revista algunos miembros del grupo del Centro Ariel (Antonio de Tomasso y Julio Barcos) tratan de corregir este elitismo que atenta contra el objetivo central de aproximar la cultura al pueblo (2014: 70).

Retomando las huellas de la Tradición Clásica en este texto, se observan otras dos referencias en el empleo de cultismos entre los últimos párrafos del prospecto donde se enfatiza la necesidad de intelectualización y culturización del pueblo. Por un lado, se utiliza la frase latina non plus ultra, de uso frecuente en lengua española: “El non plus ultra de la sociedad debe ser, en mi ver, aspirar a que cada ente desarrolle integralmente las potencias activas de su ser sin trabas que lo obstaculicen” (Palcos, 1914: 7-8). Esta frase proviene del mitológico enfrentamiento entre Hércules y Anteo, que se encuentra inmortalizada en la escultura ubicada en el Estrecho de Gibraltar. Sin embargo, también se la emplea con el sentido de algo que ha llegado a su máxima expresión (Herrero, 2007: 199). Como puede observarse, Palcos sigue la segunda acepción, orientada hacia la perfección, sentido despojado del mitológico tradicional.

Por otro lado, se emplea la imagen del “rayo apolíneo”, en referencia al dios griego Apolo, promotor de la música (su lira proviene de un acuerdo con Hermes), la poesía (preside los concursos de las Musas) y la ciencia (padre de Asclepio, “instruido por el centauro Quirón en el arte de la medicina”) (Grimal, 2006: 35-38): “¡Hay que aligerar la coyuntura económica que obliga a las nueve décimas partes de los hombres a agotar sus esfuerzos tras la conquista del mendrugo diario para que todos puedan emocionarse e iluminar su mentalidad con el rayo apolíneo de la Ciencia y del Arte!” (Palcos, 1914: 8).

Finalmente, al ubicarse el autor del lado de Próspero, inspirado por el espíritu de Ariel (representante de la cultura de América Latina en sincretismo con la europea) y en contra de Calibán (representante del pragmatismo norteamericano), tal como los presenta Rodó en su texto de 1900, toma una posición simbólica concreta, adoptada por un sector de los intelectuales que inspirarán los ideales de la Reforma del 18. Esta postura será fuertemente cuestionada en la década del setenta a partir del caso del poeta Heberto Padilla, quien hace referencia, a modo de autocrítica, a una escritura bajo presión, lo que desató una polémica entre los intelectuales de izquierda, ya que fue interpretado como un cuestionamiento a los alcances intelectuales de la revolución cubana. Por su parte, Roberto Fernández Retamar interviene en este asunto a través de su ensayo “Calibán” (1971), donde invierte la simbología arielista corrigiendo a Rodó a través de la relectura del drama shakesperiano La Tempestad. Fernández Retamar busca la reivindicación de Calibán, a quien percibe como el representante del pueblo oprimido por la Conquista de América (Lie, 1997: 573-585). Teniendo en cuenta desde el presente estas discusiones que marcan el campo intelectual latinoamericano, las palabras de Palcos deben ser tomadas en su contexto de enunciación. Podría percibirse en ellas un germen del pensamiento de Fernández Retamar, si se tiene en cuenta la incomodidad que Rodó produce en el grupo de la revista y las correcciones que se le hace al reorientar y depurar el texto original de su sentido elitista. En este punto, esta operación de reorientación se verifica en las palabras finales del prospecto, al exhortar a la concreción de los ideales en función del “mejoramiento social”:

Colocamos nuestros afanes bajo la advocación de Ariel. Del profundo drama shakesperiano fluye una filosofía serena y optimista que popularizó la pluma maestra, entusiasta y cautivante de Rodó. Esa filosofía nos enseña que frente a la audacia de los mal intencionados, frente al hartazgo de oriundos filisteos, la parte sana de la humanidad debe oponer la coraza de sus ideales en persecución constante del mejoramiento social! (Palcos, 1914: 8).

Como puede observarse, Palcos no corrige la simbología de los personajes del drama shakesperiano bajo la óptica de Rodó, probablemente porque el propio Rodó apoya y facilita un ensayo para la revista, “El nuevo Ariel” (Rodó, 1914). Además, la propia revista, que lleva en la portada de todos sus números el dibujo de un rostro de Ariel con trazos clásicos, adopta su título del grupo de jóvenes estudiantes reunidos en el centro homónimo que, a su vez, lleva por nombre el personaje inspirado en el libro del autor uruguayo.

Hebe (1918-1920)

Editada en Buenos Aires y dirigida por Ernesto Morales y D. Novillo Quiroga, Hebe. Revista mensual de literatura y arte aparece en 1918. La portada de su primer número se encuentra encabezada por un dibujo de estilo Art Nouveau de color verde claro que enmarca el sumario de la publicación.

En el catálogo hemerográfico de W. Pereyra, la revista Hebe se ubica, al igual que las anteriores, entre las publicaciones periódicas correspondientes a “Los Años Dorados” (1890-1919), casi en el extremo final del período, entre 1910 y 1919, a pesar de que dicha publicación se edita un año más: el número 10 aparece en 1920. Se aclara en la ficha de la revista que, desde el número 8, la dirección se encuentra a cargo de Arturo Lagorio (1993: 242). En el catálogo de Tarcus, el cambio de dirección se produce desde el número 7 (2007: 15). Por su parte, Lafleur, Provenzano y Alonso brindan más información al respecto. Sostienen que a partir del número 7 Ernesto Morales comparte la dirección con Arturo Lagorio (2006: 85). Los autores ubican a la revista entre las publicaciones periódicas de “La nueva generación (1915-1939)”. Sin intenciones de cuestionar el término “generación”, lo consignan como admitido por la propia juventud tomado como un gesto de innovación con respecto al rumbo literario anterior, en una suerte de “vanguardismo” limitado, que se desarrolla en el contexto de los inicios del conflicto bélico mundial, y, muchas veces, a sus espaldas (2006: 75-76). Entre las ediciones de esta “generación”, los autores destacan a Hebe como una “delicada antología en tamaño menor, magníficamente ilustrada” (Lafleur, Provenzano, Alonso, 2006: 86).

Tres textos del primer número de la revista Hebe resultan significativos para el análisis aquí propuesto: “Liminar” de la Dirección; “Hebe” de Rafael Alberto Arrieta, acompañado en la página siguiente por el dibujo de la diosa, a cargo de Indalecio Pereyra; y “Discurso” de Almafuerte.

En primer lugar, “Liminar” es un escrito breve firmado por la dirección, que contiene las palabras de presentación. Entre sus primeras frases, se afirma que Hebe es una revista de “arte”. Asimismo, configura su lector ideal entre las “cultas gentes”, en un país “eminentemente agrícola y ganadero” (1918: 5). Se enfatiza la dimensión masiva del público que ha enriquecido a diarios y revistas, esperando tener la misma suerte. Evidentemente, se configura un público lector selecto, culto por su formación, pero al mismo tiempo masivo, pero no popular.

El texto finaliza evocando a Hebe: “diosa de la juventud, nos ampara, y la juventud es animosa, entusiasta, audaz… e ingenua” (1918: 5), acotando aún más ese destinatario al que se dirige la revista: la juventud estudiantil, masiva y culta al mismo tiempo.

Enmarcado por un recuadro artístico, aparece a continuación el segundo texto significativo mencionado más arriba, “Hebe” de Rafael Alberto Arrieta, que incluye la firma manuscrita del autor. La funcionalidad de este breve texto consiste en contextualizar y resignificar el nombre de la revista ligado fuertemente a la Tradición Clásica:

En los primeros versos del canto IV de la Ilíada, Hebe, diosa de la juventud, aparece escanciando en copa de oro el néctar de los dioses. Tal era el gracioso misterio que le confiara Júpiter, su padre. Si los divinos hubieran tenido sangre como los humanos ¡qué enardecimiento les comunicara el supremo elixir de la copera!
No mueren los dioses de Grecia, ha cantado en estrofa de mármol Giosué Carducci. Constantemente rejuvenecidos, gozan de una imperecedera actualidad. Conservan la frescura genésica del mundo y cruzan, sin trasmutarse (sic), la frontera ideal de los siglos (Arrieta, 1918: 6).

Obsérvese en el párrafo citado, la clara posición de pervivencia de los Clásicos de Arrieta y el modelo de recuperación ejercido por Giosué Carducci, en referencia a sus estrofas poéticas similares a las del parnasianismo y el modernismo. Esta referencia remite a las tendencias poéticas que conviven entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, en relación con la herencia de la tradición grecolatina en la cultura occidental, sobre todo de aquella tendencia de revalorización y de continua articulación con las tradiciones locales. Sin embargo, Arrieta no podría haber percibido en esa época el riesgo de la exaltación nacional con elementos de la Tradición Clásica que ha desembocado en la apropiación de la obra de Carducci por el fascismo italiano (Merci, 2015: 7-8 y Giunta, 2016: 124), una de las razones por la cual su obra y figura han quedado excluidas de la enseñanza de la literatura italiana contemporánea. La referencia imprecisa de Arrieta remite directamente al poema “Ideal” de Odas Bárbaras ([1877] 1880: 9-14), donde el autor italiano exalta a Hebe. En las primeras estrofas del poema, se menciona la imagen de la diosa como copera divina y las propiedades vigorizantes del elixir vertido, a las que hace alusión Arrieta:

Ideale[19]

Poi che un sereno vapor d’ambrosia

da la tua copa diffuso avvolsemi

o Ebe con passo di dea

trasvolata sorridendo via;

 

non piú del tempo l’ombra o de l’algide

cure su l’ capo mi sento; sentomi,

o Ebe, l’ ellenica vita

tranquilla per le bene fluire.

[…]

Giosuè Carducci ([1877] 1880: 11)

Como puede observarse, podría vincularse el poema de Carducci con la poesía parnasiana y modernista, también familiarizada con la Tradición Clásica,[20] cuando Arrieta menciona la “estrofa de mármol”. Cabe recordar que el mármol, con su simbología y semántica completas, se encuentra con frecuencia en la producción lírica mencionada. Por otra parte, a través de esta alusión, se percibe la intención de Arrieta de trazar líneas de reactualización de los clásicos, de señalar su trascendencia y pervivencia a través del tiempo y de acuerdo con los nuevos intereses de la juventud de su época.

Además, obsérvese que Arrieta menciona a Júpiter como padre de Hebe, cuando en realidad es Zeus, de acuerdo con la mitología griega. Esto podría leerse como una deformación de la mitología, traición a las fuentes o simplemente como una reformulación lúdica desde la teoría de la recepción aludida por García Jurado. O también podría interpretarse como un sincretismo, desde el punto de vista de la antropología cultural, entre los ámbitos griego y latino, que en un punto ya resultan inseparables, debido precisamente a que la tarea de transmisión de la cultura griega se produce a través de la latina y por su intermedio se traslada a través de España hacia América Latina.

La postura de exaltación de los ideales de la juventud que promueve la revista en el texto preliminar, enfatizada por el breve ensayo de Arrieta, se conecta directamente con el mismo impulso transformador que inspira a la juventud estudiantil universitaria del momento. Recuérdese que el propio Arrieta plasma y promueve dicha postura a través de la revista Atenea, del Colegio Nacional de La Plata, cuyo primer número se publica el mismo año de Hebe. La similitud de los impulsos que mueven ambos proyectos editoriales es rescatada por Lafleur, Provenzano y Alonso, quienes señalan: “A comienzos de 1918 aparecieron dos revistas literarias: Atenea, en La Plata, y Hebe en Buenos Aires” (2006: 85). El texto de Alejandro Korn, “Incipit Vita Nova” publicado por Atenea, fue tomado, según estos autores, como bandera de la Reforma de 1918. Luego de estas afirmaciones, los autores señalan a Hebe como de “características similares” a Atenea (Idem). A nuestro parecer, el texto de Korn publicado por Atenea cumple la misma función que el discurso de Almafuerte, reproducido por Hebe en su primer número y que analizamos a continuación: exhortar, acompañar e impulsar los ánimos transformadores de la juventud universitaria.

El “Discurso” de Almafuerte, según se especifica en una nota al pie del artículo, corresponde a una disertación del escritor pronunciada en La Plata en el año del Centenario, en un homenaje que le celebran los estudiantes de aquella ciudad (1918: 19). El texto consiste en un extenso agradecimiento. Su argumentación está dirigida a deconstruir la imagen de “genio americano” con que lo honra la juventud.

El discurso combina alusiones bíblicas, del cristianismo y elementos de la Tradición Clásica. Esta última se manifiesta, como en la mayoría de los casos analizados, por medio de cultismos fosilizados en la lengua española y de referencias históricas.

Almafuerte busca reorientar la exaltación de su persona hacia la propia juventud, focalizando la potencialidad de su poder para evitar y corregir los excesos políticos propios del clientelismo político. Para reforzar esta idea, emplea la comparación de esta modalidad frecuente en Argentina con la derivada de Roma, haciendo referencia a los “clientes a la romana” ([1910] 1918: 11). Evidentemente, la referencia remite a la organización político-social de la Roma antigua donde se establecían relaciones de acuerdo con la lógica del intercambio de favores. Según Peter Garnsey y Richard Saller, en la sociedad romana se pueden distinguir tres categorías en “las relaciones de intercambio”, de acuerdo con “la condición social de los interesados (si bien las líneas divisorias entre las distintas condiciones sociales no eran claras y, a veces, los propios romanos las disimulaban a propósito): patronos y clientes, amigos superiores e inferiores (o patronos y protegidos) y amigos iguales” ([1987] 1991: 178). La primera categoría remite a la relación entre los aristócratas (o patricios) y los “clientes humildes”, es decir, la gente carente de recursos materiales y sociales que constituye la clase baja de Roma ([1987] 1991: 180). En dicha relación, el patrón incrementa su valor social por la multitud que lo saluda por las mañanas en su casa, lo acompaña en trámites y aplaude sus discursos, recibiendo a cambio algo de alimento, una pequeña suma de dinero (sportulae) o una invitación a cenar ([1987] 1991: 181). Los autores señalan que esta relación era tan importante para los candidatos a ocupar cargos políticos que se registran consejos que conducen a excesos:

En el Commentariolum petitionis (11) se hacía hincapié en que un republicano que aspirase a ocupar un cargo elevado tenía que esforzarse al máximo para conquistar partidarios de todos los rangos e, incluso, llegar al lamentable extremo de mezclarse, adulándolos, con miembros de las clases bajas, cosa que en circunstancias normales su dignidad le hubiese prohibido (Garnsey y Saller [1987] 1991: 180).

De allí que cliens tenga connotaciones denigrantes para los propios romanos, razón por la cual los vínculos entre patrones y amigos inferiores o protegidos no ingresan en esta categoría, constituyendo una propia ([1987] 1991: 182).

Por su parte, Corzo Fernández, para explicar la evolución histórica y la manipulación del concepto de “cliente”, que conduce a una conflictiva estimación ética, se detiene en sus raíces etimológicas latinas y en su semántica:

Los estudios etimológicos son una prueba de la versatilidad del término. En relación a la raíz latina del término clientelismo se señala la expresión “cliens”. No obstante, la dificultad está en determinar qué expresiones o expresión es la antecesora de “cliens”. Los diferentes estudios citan tres verbos posibles: clinere, colere, cluere. El significado semántico de estos tres verbos es diferente. Clinere significa “apoyarse en”, cluere “el que está atento a” y colere “habitar con”. La evolución de estos verbos identifica a colere como la antecesora de la raíz cliens, pero su significado “habitar con”, no es el más próximo a lo que se entiende por cliente según las connotaciones que ha tenido el concepto a lo largo de la historia. Cuestión que sí cumplen los otros dos verbos, clinere y cluere, aunque no se les reconozca finalmente como voces antecesoras de “cliens”. Se trata, pues, de una muestra evidente de que en un momento determinado existió un interés concreto en aplicar el término cliente a un personaje diferente al que inicialmente correspondía, de forma que la evolución etimológica y semántica son contradictorias. Hallamos, por tanto, tres fenómenos ligeramente diferenciados en sus orígenes que finalmente se identifican con una sola palabra: “cliens”. A partir de las tres raíces se confunden tres formas diferentes de relacionarse. […] Así, lo que parece ser una confusión técnica proporciona el conocimiento de una estrategia sobrevenida tras el uso de las relaciones de clientela para diferenciar estratos sociales. Si en un principio se trató de establecer relaciones o lazos entre clases socialmente separadas (patricios-plebeyos en la Roma clásica), los intereses en mantener esa separación, y que unos predominasen sobre los otros, concedieron al clientelismo un poder que no tenía en un principio (2006: 104-105).

De modo que, la aparentemente simple referencia de Almafuerte hace alusión a una complicada evolución no sólo de un término sino de una estructura sociopolítica que con el tiempo pertenece, ante los ojos democráticos críticos, al plano de la ética.

Almafuerte emplea otro cultismo entroncado con la Tradición Clásica con el fin de remarcar los vicios y desagravios a la democracia perpetrados por los políticos en la Argentina del siglo XIX. En esta oportunidad, el cultismo se encuentra en la conexión moralizante entre dos imágenes que remiten a la representación del mundo criminal: “la cueva sibilina de los dirigentes” y “la trastienda alcoholizadora de la pulpería” (Almafuerte, [1910] 1918: 11). Resulta evidente el sincretismo habilitado por el empleo del cultismo “sibilina” en español. El término remite, en primer lugar, a la sacerdotisa Sibila relacionada con el culto a Apolo en la Tradición Clásica. Según Pierre Grimal, en un principio, la sacerdotisa aparece favorecida por su gran poder de pronosticación, pero luego, las leyendas la configuran como desfavorecida por el propio Apolo -nadie cree en la interpretación de sus oráculos- tras haber rechazado su propuesta amorosa (2006: 478-479). Por su parte, María Delia Buisel rastrea el ingreso de las sibilas en Roma, proveniente del contacto con la cultura griega, concretamente en tres autores: Nevio, Cicerón y Varrón (2014: 28-30). El empleo de la adivinación y el rol fundamental que en ella cumplen las sibilas llega a constituirse en una práctica oficial en la Roma del siglo I a.C., aunque autores como Cicerón critican el vínculo de esta práctica con la manipulación política, sentido similar al sugerido por Almafuerte en su discurso:

En el s. I a.C. ya tienen carta de ciudadanía y su consulta es obligatoria y oficial, por la atingencia comunitaria de sus oráculos y la creencia general en que la divinidad permite la comunicación de sus designios a un receptor inspirado, pero la misma no siempre está legitimada de modo global, así que un Cicerón tiende a desconfiar no de un vaticinio concreto, sino de la interpretación politizada de los comprometidos con la parcialidad cesariana, vistos como una manipulación que ya se observó en Grecia; esto motivará, según Plutarco un rasgo de su decadencia (Buisel, 2014: 48).

En segundo lugar, cabe recordar que el término “sibilina” está ligado al misterio, a un sentido oculto, derivado de dicha tradición (Rae, 1992: 1876), sentido también presente en la mención de Almafuerte.

Por último, en los párrafos finales de su discurso, Almafuerte rechaza el lugar de Mesías que se le asigna y pronostica su advenimiento de la propia juventud que lo exalta. Configura su imagen empleando una comparación que asimila, nuevamente, dos tradiciones, la cristiana y la latina:

Y aquel genio soberano alumbrará con luz difusa, como el sol; será fecundo y dueño de todos los principios, de todos los elementos de la vitalidad universal, como las aguas del mar; pacificará a los hombres con más eficacia que Augusto y que Jesús; libertará a todos los oprimidos sin dolor porque los libertará con la mínima resistencia de sus inconscientes opresores […] (Almafuerte, [1910] 1918: 19)

La comparación de Augusto con Jesús y su poder pacificador (Grimal, [1955] 1996: 155) no resulta casual. Ambos ligados a la divinidad, devenidos en divinidad para distintas tradiciones, se configuran en el discurso de Almafuerte -extrapolado del imaginario social de la época- como dos modelos ideales de imitación para la juventud.

Unas palabras más a modo de cierre

En el recorrido del presente trabajo por las propuestas de las tres revistas analizadas, podemos inferir ciertos tópicos culturales de la época con respecto a la articulación de la Tradición Clásica en las publicaciones periódicas argentinas. En primer lugar, se observa que dicha articulación se construye a partir de un movimiento oscilante, integrador y desintegrador al mismo tiempo, que involucra la tensión entre alta cultura y cultura popular. Dicha articulación se encuentra fuertemente imbricada en la cultura argentina, como se evidencia en la revista Pallas, cuya selectividad y elitismo son explícitamente declarados por su director, al punto de aspirar a elevarla al podio de la alta cultura.

Por su parte, en Ariel el movimiento de articulación de lo clásico oscila de modo dubitativo por medio de los cultismos empleados en el prospecto de la revista y su propuesta de escribir para educar a los obreros. Se aproxima y aleja al mismo tiempo de la ambivalente postura elitista de José Enrique Rodó para resignificarla y dirigirla hacia la cultura popular.

Y, por último, en Hebe, la postura fuertemente articuladora de la Tradición Clásica resalta en las palabras de Arrieta, con un optimismo orientado hacia la concreción de la transformación cultural liderada por la juventud en plena época de convulsión que estalla en la Reforma de 1918. No se cuestiona el carácter de alta cultura o de elitismo de las publicaciones periódicas, sino que el foco está puesto en un fin concreto, sin distracciones: orientar a la juventud a concretar el ideal. Sin embargo, Hebe apela a tener éxito entre la gente culta, entre la masividad de la juventud de la época. Esta configuración de un público selecto que se especula masivo evidencia una tensión entre alta cultura y cultura popular.

En segundo lugar, el material clásico de preferencia en estas publicaciones proviene de la mitología grecolatina, preferentemente relacionada con las diosas Palas Atenea y Hebe. También se encuentran referencias históricas concretas como en el discurso de Almafuerte, reproducido por Hebe, donde se presenta la imagen de un Augusto pacificador, cuyo culto sagrado y su carácter divino fue propiciado por el propio emperador. Dicha imagen es comparada con la de Jesús, del cristianismo, lo que pone énfasis en su carácter divino. Ambos son presentados como modelos a imitar por la juventud.

Por último, el empleo de los cultismos preexistentes en la lengua española de origen grecolatino por parte de las tres publicaciones ahonda esta idea de articulación intencionada que se sostiene y se comprende en el plano de la alta cultura como exclusiva de una elite, y, en el plano popular, en busca de tornarla accesible a la mayoría obrera y/o estudiantil.

Bibliografía

Fuentes primarias

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Apéndice. Selección de artículos de las revistas Pallas, Ariel y Hebe [21]

Pallas (1912-1913)[22]

Portada de Pallas, N° 1, 15 de mayo de 1912

pallas cap3

Sumario de Pallas, N° 1, 15 de mayo de 1912

sumario pallas cap3

Rojas, Ricardo. “Pallas, evocación”, Pallas N° 1, 15 de mayo de 1912,
pp. 1-2[23]

Pallas

 

...ramis relatos Palladis omnes.

Eneida (VI, v, 154).

 

Hé aquí una nueva revista cuyo advenimiento puede ser saludado sin alarma. por cuántas la han precedido en la vía azarosa de la publicidad.

[…]

Nacida esta revista bajo la advocación de Pallas Atenea, y llamado por su fundador á

presentarla ante el público, no encuentro modo más elegante de hacerlo, que el señalar ante la conciencia argentina, como su mejor auspicio y su más sintético programa, el nombre de la serena diosa griega que presidió la armonía de la cultura ateniense. Númen radiante de la inteligencia, todo el misterio de los cielos se duplicó y esclareció en sus pupilas, como en un atacir milagroso. Era «la diosa de los ojos claros», según la llama un verso de los cármenes hesiódicos, y según la designa, con persistente adjetivación, el aeda de las rapsodias homéricas. Individualizándola entre todas las divinidades olímpicas, vivió ese predicamento

de los ojos claros, en las sucesivas perfecciones que le prestó la devoción helénica. Todo lo vieron sus pupilas excelsas, y siendo ella la unidad primaria de la mente, pudo ser, á la vez, la infinita variedad de los seres que la mente concibe. Es que la diosa iluminaba con su suave mirar la belleza de las formas y la verdad de los mitos, é infundíase en ellos, por el rayo divino del espíritu. Por eso aparece como númen de la justicia en una de las tragedias de Esquilo. Por eso fraterniza con Apolo en la concepción de las artes, según el testimonio de los himnos sagrados. Por eso toda ella envuelve como una luz meridiana, como una luz sintética de sombras, al árbol de la sabiduría platónica. En las páginas de la llíada fíngese, vuelta á vuelta, una voz, que se esparce por el ágora para conjurar á los hombres, ó un silencio que se recoge en las almas para escuchar el juicio de los héroes. En las páginas de la Odisea, es un guerrero cuando dialoga con Ulises, y es una cándida doncella cuando habla con la dulce Nausicáa. Bella como Venus, fué, sin embargo, casta como Diana, puesto que Pallas era el espíritu exento de toda sensualidad inferior. Una profunda serenidad divinizaba sus ojos, pero un vigor varonil articulaba la diestra que sostenía su lanza. El casco de Ares yelmaba su frente, y así era su serenidad el equilibrio de una fuerza triunfante, la fuerza del espíritu aplicada á las conquistas de la belleza, de la verdad y del bien. Por eso fué una fundadora de ciudades, vale decir un genio de civilización. Vestida de su peplo más recamado, salió una vez de entre las manos de Fidias, y fué á coronar, como la rima un verso, la armonía de mármol de la Acrópolis: desde aquel solio de su tierra eterna, los pliegues de su túnica parecieron entonces continuarse como animados por la ondulación de una misma secreta vida, en el vaivén democrático de los ágoras, en el contorno azul de las colinas y riberas de Ática.y hasta en el ritmo de las on(das)[24] (q)ue lamían las lejanas islas, sobre las glaucas aguas del mar Egeo…

Así concretado el símbolo de Pallas, espero que no ha de parecer inoportuno su nombre al frente de esta revista, donde tendráse al arte por asunto y á la justicia por criterio. Pintura, música, poesía, escultura, todas las formas de belleza, se mostrarán aquí reunidas, como á la luz del Pindo, las suaves Musas en la ronda apolínea. Preferirá en firmas y epígrafes, los nombres prestigiados por el mérito de las obras, y buscará que artesanos y artistas pongan en sus páginas el signo de selección aristocrática que constituye la verdadera belleza. Segura garantía de tales propósitos es, desde luego, el nombre de su director, Atilio Chiappori, cuyos libros han revelado la fineza de su sensibilidad, y cuyas críticas de arte han mostrado al público la seguridad de su intuición, la técnica de su cultura, la probidad altiva de su carácter. Si todo ello no existiera, yo daría en rehenes al lector, su desinterés, su coraje, su amor á las bellas y generosas ideas, probados por quien acomete una empresa de esta índole. Y estoy seguro de que si ha tenido la pasión de fundar esta revista, ha de tener el estoicismo de matarla, cuando las buenas colaboraciones falten ó cuando el reducido público á quién la destina, no sepa secundarla con su comprensión. En tal caso, espero que el contraste no ha de amargarlo, pues el fundador conoce bien nuestro medio. Cuando se lucha por un ideal, los que caen vencidos, van á colmar en las almas el vacío de la humana estulticia que les dejó caer, ó á drenar el hondón palustre de la bajeza pública, preparando la tierra para sonadores menos prematuros… Mas si Pallas triunfara, la cultura argentina le deberá un gran servicio á su fundador, pues esta revista nace para sostener un ideal estético americano, ó sea para contribuir á que el Paladium que el emigrante Eneas llevó de la Héllade al Lacio, pueda venir un día al Plata, como presea de sus nuevos héroes, en la retoñante gloria del alma latina.

 

Ricardo Rojas

Buenos Aires, 1912

“Augurios de la prensa”, Pallas N° 1, 15 de mayo de 1912, s/p.

augurios cap3

Sección “Augurios de la prensa”, N° 1, 15 de mayo
de 1912, s/p.

 

La Nación, 3 de Abril de 1912.

 

* Pallas *

 

Tal es el título de la revista de arte que bajo la dirección de don Atilio Chiappori se empezará á publicar en la segunda quincena de este mes.

La nueva publicación que así se acoje á la protección de la diosa defensora de Atenas y patrona de la sabiduría y de las artes, aspira á ser en Buenos Aires órgano de todas las manifestaciones de la cultura superior. El nombre de su director es la más segura garantía del

programa con que se lanza á la publicidad, pues el señor Chiappori, estimado en todos los círculos literarios por su obra valiosa de novelista, no lo es menos por su labor de crítico de arte que ha ejercitado durante largos años y que le ha valido ser una de nuestras primeras autoridades en la materia.

«Pallas» prestará atención preferente á las manifestaciones argentinas del arte, pero será al propio tiempo un vehículo de comunicación entre todos los países latino- americanos y presentará á nuestro público la obra de los creadores uruguayos, chilenos, peruanos, brasileños, explicada por la crítica de sus más reputados escritores.

En los últimos diez años -dice el prospecto- y no obstante los sobresaltos de su organización, el país ha concretado cierta conciencia de arte. Fuera del auge literario y de la selección del gusto lírico, manifiéstase en el favor discernido á las telas y estatuas que, de Mayo a Octubre, abundan por todo Florida. «Pallas», revista de bellas artes dedicada al público de «élite» propónese contribuir á la orientación de tal afán, todavía impreciso, hacia una vida superior, publicando trabajos inéditos de los más notorios escritores y reproduciendo obras de los más resaltantes artistas nacionales y extranjeros».

…………………………………………………………

En cuanto á la parte gráfica, aparte de las ilustraciones correspondientes á los artículos comprenderá «El himno», de Rogelio Irurtia, en fotografía, y «Las Parvas», de Martín A. Malharro, en tricromía.

Basta este anuncio para dar una idea de la calidad de esta revista que constituirá á no dudarlo, un verdadero acontecimiento artístico en Buenos Aires.

 

«Nosotros»: V, 912

 

Pallas

 

Bajo la dirección de Atilio M. Chiappori —el exquisito prosista y reputado crítico de arte de «La Nación»— aparecerá, en los primeros días del mes próximo una revista de bellas artes con el título que encabeza estas líneas.

Según dice en su programa, «Pallas» prestará atención preferente á las manifestaciones argentinas del arte, pero será al propio tiempo un vehículo de comunicación entre todos los países latino-americanos y presentará á nuestro público la obra de los creadores uruguayos, chilenos. peruanos, brasileños, explicada por la crítica de sus más reputados escritores.

«En los últimos diez años y no obstante los sobresaltos de su organización, el país ha concretado cierta conciencia de arte. Fuera del auge literario y de la selección del gusto lírico, manifiéstase en el favor discernido á las telas y estatuas que, de Mayo á Octubre, abundan por todo Florida. «Pallas», revista de bellas artes dedicada al público de «élite» propónese contribuir á la orientación de tal afán, todavía impreciso, hacia una vida superior, publicando trabajos inéditos de los más notorios escritores y reproduciendo obras de los más resaltantes artistas nacionales y extranjeros».

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Los lectores de Nosotros conocen suficientemente la actuación literaria del señor Chiappori, para que necesitemos recordársela. Si su solo nombre no fuera ya garantía insuperable del valer de la nueva revista, bastaría echar una ojeada al sumario transcripto, para comprender que «Pallas» ocupará en nuestro reducido mundo intelectual, un lugar de preferencia. Bienvenida sea.

 

 

Sarmiento, 6 de Marzo de 1912

 

Una nueva revista de arte

 

A mediados del mes de Abril próximo, Buenos Aires enriquecerá su vida literaria con una nueva revista de arte intitulada como estas líneas, que ha sido puesta bajo la dirección del secretario del Museo Nacional de Bellas Artes, don Atilio M. Chiappori.

La revista, como su nombre lo indica será de índole exclusivamente artística y tiene por objeto inmediato, el estudio del arte nacional en todas sus manifestaciones, y del arte extranjero aclimatado en nuestro ambiente, á la formación del cual ha contribuido en manera tan positiva.

Todos los temas, que son de suyo diversos, provistos de interés en materia estética tendrán acogida simpática en la nueva revista, acerca de la cual rezan los mejores augurios.

Está fuera de toda duda que «Pallas», siendo como es, el único exponente de nuestra actividad estética, tendrá en los círculos intelectuales del país la acogida que fundadamente espera su director.

El primer número vendrá prologado con un artículo de Ricardo Rojas y contendrá entre otras notas interesantes un estudio sobre arqueología colonial por J. B. Ambrosetti y otro sobre los primitivos de la pintura nacional (Prilidiano P. Pueyrredón) por don Atilio M. Chiappori.

Portada de Pallas, N° 2, 15 de junio de 1912

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Sumario de Pallas, N° 2, 15 de junio de 1912

sumario pallas 2 cap3

A.C. “Pallas”, Pallas N° 2, 15 de junio de 1912, p. 21.

 

Pallas

 

El Director de Pallas no encuentra palabras suficientemente expresivas para agradecer al público selecto de Buenos Aires la noble acogida que le dispensara. Salvo raros casos muy comprensibles, ha sido apreciado en toda su importancia este esfuerzo que, por primera vez, se arriesga en la América Latina. Conforme a los augurios que tan altamente insinuara Ricardo Rojas, de consuno con toda la prensa respetable de la Capital, Pallas cuenta con las simpatías de la gente de pro. El primer número está en vías de agotarse, a pesar de los aislados y significativos rechazos: las colaboraciones tanto literarias como gráficas llegan espontáneamente; y las publicaciones más serias tiene para Pallas las más en(altecedoras?)[25] palabras. ¡Mil gracias!

La Dirección decidida, aún en el fracaso, a preservar y mantener su actitud de selección encuentra así coadyuvados sus designios y ya no duda del triunfo. No ignora tampoco las responsabilidades a que tanta gentileza la obliga. Prueba de ello es el segundo número nutrido de (…) profusas ilustraciones y lo probará, cada vez, con las ampliaciones del programa inicial que ya tiene proyectado. A la fototipia y tricromía más actuales, agregará, en cuanto la publicación cobre más cuerpo, aguasfuertes originales, fuera de texto; y su colaboración literaria se completará con correspondencias de los más notorios críticos de arte extranjeros. La Dirección de Pallas tratará de poner a la revista al nivel de alta cultura que la propicia.

Por otra parte, el propósito que la publicación adquiera un carácter continental, cumple ya en este número con las colaboraciones del (…. José Luis Zorrilla de San Martín),[26] elegante y fino sobre El Arte Uruguayo Contemporáneo, presentándonos a la nueva generación de artistas plásticos que en la tierra hermana profesan el culto de la ensoñada Diosa.

Para cerrar estas líneas, dos palabras sobre el busto que acompañan. León Solá Gené ha querido adherirse al advenimiento de Pallas plasmando la efigie de la Diosa de los ojos claros en un simulacro que, como los lectores podrán comprobarlo, se realza hasta la expresión de los mármoles antiguos. Publicamos agradecidos esta inspirada producción del joven escultor que agrega así una nueva imagen a la naciente iconografía de la Revista. A.C.

Ariel. Revista mensual de ciencias, letras y artes (1914-1915)[27]

Portada de Ariel, N° 1, junio de 1914

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La Dirección. “Ideales de la juventud”, Ariel N° 1, junio de 1914, pp. 1-8.

 

Ideales de la juventud

 

Cuando surge a la luz una nueva publicación se estila invariablemente dedicar las palabras de introito a comunicar al espíritu del público lector la íntima certidumbre de que viene a colmar “un vacío largamente sentido”.

De nuestra parte confesamos paladinamente que en ningún instante nos aguijoneó tal preocupación.

Pensamos que si el pájaro canta en la soledad del bosque, es porque concomitantemente a su voz melodiosa existe un fluído gaseoso que la aventa por todos los ámbitos, árboles cuyo follaje rumoroso le forma armonía y oídos de otros seres que vibran simpáticamente al unísono de su música melíflua.

Para completar la comparación diré que, según Baldwin el pájaro está dotado de energías superfluas de las que se libera cantando… valga el símil.

Caldea en nuestro espíritu el fuego sacro del entusiasmo. Nos sentimos pletóricos de energia. Preciamos, sobre todo, la más evolucionada: la energía psíquica. Ella busca un álveo natural de nobilísima actividad donde encausarse; nada mejor que canalizarla por la vía luminosa, aunque poco trillada, del pensamiento y de la acción. Si esas energías inmanentes en nosotros se encaminan por tal sendero y no por otros, nos inclinamos a creer que es porque a semejanza del canto del pájaro, surgen en hora propicia y en una atmósfera moral favorable.

No obsta a ello que esa atmósfera moral sea poco extensa. Hay que luchar para agrandarla, como otros, con pertinacia titánica y videncia de genio, bregaron contra la hostilidad de todos, para crearla. Tal ha sido, en efecto, la labor de los precursores. Sarmiento, Ameghino y Almafuerte han sido forjadores prometeicos de tal ambiente en esta sección de humanidad en la prosecución de más Civilización, de más Verdad y de más Belleza.

La gigantesca labor demoledora y gestadora a la vez del uno, las ciclópeas investigaciones científicas del otro y los cantos augurales del tercero han contribuído a quebrantar el hielo de la apatía y la glacial indiferencia de sus semejantes y como los líquenes que imponiéndose a la ruda roca, la transforman preparando el terreno para el advenimiento de plantas más evolucionadas, ellos han laborado el surco para que germinen en el ambiente y perfumen permanentemente la atmósfera las orquídeas bellas del ideal…

Las altas especulaciones del espíritu gustan a un círculo cada vez más amplio. Acrece el número de los que afinan, aguzan y sensibilizan su intelecto. Es un síntoma halagador. En ninguna parte mas que en estos países nuevos y absorvidos (sic) por la fiebre de exclusivas preocupaciones fenicias es urgente superponer al clima físico un benigno clima psíquico, por así decirlo, para que para su mayor gloria y esplendor, se amalgame el oro astral de los trigales, al oro imperecedero y sútil de los espíritus.

Misión impostergable de la juventud es contribuir a la realización de esta finalidad. Para ello debemos accionar. No vivimos una era de mera contemplación o de efímeras disputas metafísicas. El ejemplo de los anacoretas que se refugiaban en la soledad de sus ermitas para estar en permanente comercio con las regiones cerúleas creyéndose despojados de toda pasión terrena y que, sin embargo, les asaltaba, atormentadoras y obsesionantes, toda una cohorte de imágenes libidinosas, avivadas por la forzada continencia, nos alecciona preciosamente demostrándonos que el misántropo aislamiento del tráfago de la vida y el simple estatismo imaginativo y soñador da frutos menguados, raquíticos cuando no va acompañado de la acción. La naturaleza psíquica del hombre tiende ingénitamente a la acción. El prodigioso progreso contemporáneo tiene por causa eficiente el feliz cambio de la ciencia con la acción. La acción, el trabajo, transforma profundamente la naturaleza humana. El trabajo es un panacea (sic) hasta para los degenerados… Con él obtienen su sanación muchos locos y delincuentes en los manicomios y en las cárceles.

No pretendemos con lo antedicho condenar al pensamiento. Al contrario: lo enaltecemos y justipreciamos. Pensar intensamente es una forma de accionar. Toda idea tiene un contenido dinamogénico. Pero los ascetas no pensaban. Contemplaban embriagados por voluptuoso éxtasis celestial…

Se explica, pues, que el ermitaño sea una negación del hombre…

Don Quijote el símbolo eterno de todos los que aspiran a un perfeccionamiento ilimitado. Don Quijote argonauta visionario y peregrino, accionaba en el proceloso mar de la actividad humana, guiado por la estrella polar de un ideal generoso. De ahí dimana el soplo de vida jugosa que satura las páginas del libro inmortal.

La potencia de un ideal no se aquilata por lo que este representa en sí, sino por el grado de fe, de entereza, de constancia y de entusiasmo que se pone en su consecución.

La idea es por sí sola yerta, fría. Requiere que la coloree el calor afectivo de la pasión. Solo perduran las ideas más elevadas impregnadas por una pasión más sostenida y vehemente, como crecen más robustos los árboles de los trópicos bajo el beso más ardiente del astro-rey.

Esta aserción se comprueba hasta en el mando de la actividad científica donde el intelecto parece jugar un papel predominante, casi exclusivo. Véase, como notable ejemplo, entre otros mil que pueden citarse, el de Darwin.

“Darwin” -dice Guyau- tenía “la facultad del entusiasmo, que le hacía amar todo lo que observaba, amar la planta, amar el insecto, desde las formas de sus patas hasta la de sus alas, ampliar así los pequeños destellos o el ser íntimo por medio de una admiración dispuesta siempre a esparcirse. El “amor hacia la ciencia” de que presume se resolvía así en un gusto apasionado por los objetos de la ciencia, en el amor hacia los seres vivientes en la simpatía universal!”

Tal es la potencia del amor y del entusiasmo cuando se dedica toda una vida a dar cima a un hondo anhelo.

Bajo el punto de vista moral lo que mas caracteriza al hombre es el deseo ferviente de perfeccionamiento, el afán permanente de superarse a sí mismo, a tal punto que no trepido en definir al hombre diciendo que “es un animal que alimenta ideales”.

El ideal, en efecto, es una fuerza de primer orden que impulsa constantemente a la especie humana a ascender en busca de las cumbres más excelsas de la vida, Quien no acaricia ninguno es un ser detenido, retardado, en la evolución de la especie, un fósil, una hosca caricatura humana.

————–

Para abrigar un ideal requiérese tener amplios horizontes mentales, contemplar el panorama de la vida con una mirada global y sintética, ser en una palabra, hombres y no un rodaje subalterno en la mecánica social. Mas el ambiente, grávido de prejuicios, amaina, cuando no anula del todo, el impulso innato en el hombre a vivir una existencia intensa y completa. Un concepto equivocado de la división del trabajo, aceptado con fanática ceguedad, automatiza a cada ser… La educación ratifica esta tergiversación de conceptos que tiende a amputar la noción de la personalidad, generando espíritus miopes, apagados, que se pierden en los recodos del detalle baladí, verdadera “casta de semi-hombres” como dice el educacionista Luisant. “Esas imaginaciones macilentas sin reflejo alguno, esas almas en las cuales parece todo el universo extinguido, me desolan y me desesperan” exclama con amargura Anatole France.

Se necesita reaccionar. Para ello es preciso cultivar, con persistente empeño, el poder sintético que tanto singulariza al intelecto humano. Muchos animales poseen un notable poder analítico; pero es precario el poder de elaborar síntesis mentales. El análisis no presupone la síntesis; la síntesis, necesariamente, es el compendio de numerosos análisis.

Dos circunstancias favorecen la tendencia que preconizamos: de una parte todas las actividades industriales, científicas y artísticas se socializan cada vez más. Las fórmulas platónicas la “ciencia por la ciencia” y “el arte por el arte” carecen de sentido. “La industria, la ciencia y el arte para el progreso y solaz de la sociedad” es evidentemente la fórmula moderna. Todos los hombres, pues, se ven obligados á contemplar, necesariamente, la rama de la actividad á que se dedican con una lente común: la lente social que la agranda y hace que pueda, gracias á ella, ver el panorama complejo de la vida desde el estrecho círculo de una especialidad, como una simple gota de agua palpita el Cosmos… Por otra parte, la ley de la evolución une a todas las ciencias, constituyéndose en eje y columna vertebral de las mismas. Es una segunda y poderosa circunstancia que obliga a mirar sintéticamente a las cosas. Asistimos, pues, a un doble movimiento, aparentemente paradojal: de una parte a una unidad cada vez más coherente; de otra a una diversificación cada vez más compleja.

Es la única forma en que se puede progresar. La actividad humana parécese a corrientes innúmeras, polifurcadas al infinito, pero convergiendo todas en un solo y gigantesco mar común: el de la vida social.

Conceptos misoneístas y vetustos prejuicios petrifican el ambiente social y el régimen educacional, agravado en estos países por una herencia de tres siglos de modorra colonial en que se tenía horror á las ideas nuevas y varios decenios de anarquía dolorosa en que se perseguía con saña a las personas que osaban pensar con cabeza propia.

Bajo el criterio de autoridad y bajo el imperio de las “ideas, se aniquila la originalidad, se enseñorea el servilismo, se manifiestan con reticencia las ideas -cuando se tienen ideas- no se cultivan con asiduidad las flores gayas del jardín interior, falta sociabilidad, la envidia envilece los corazones y en una palabra, nos conocemos la epidermis pero no el alma…

El “Centro de Estudios Ariel” formado por jóvenes que conservan intactos la integridad de sus espíritus, propónese reaccionar contra tal estado de cosas por medio del estudio, de la acción, de la discusión, de la difusión de los conocimientos, del cultivo de la sociabilidad, de la ciencia y del arte.

Proyectamos conferencias y discusiones en los que sin distinción de matices, todas las personas pueden opinar con la mayor espontaneidad y libertad, lo mismo que en las páginas de esta Revista que está abierta a todo el mundo pensante.

La discusión oral o escrita estimula el amor al estudio y a la observación atenta, contribuye a la formación de conceptos cabales de las cosas, afirma convicciones, rectifica errores, acicala los espíritus y concurre a la formación de hombres tolerantes, pensadores e idealistas.

Para que sea accesible al mayor número, juzgamos indispensable difundir la cultura. Universalizar los conocimientos es una necesidad imperiosa del siglo en que vivimos. Cada hombre constituye un valor social. Ese valor se agranda con la cultura. Cada cerebro es una cantera inexhausta. La cultura es el instrumento que lo explota. Los conocimientos no suministran tan solo solaz al espíritu: son un arma poderosa en la ruda y aleccionadora brega por la existencia. En el charco de la ignorancia fermentan las rutinas, las expoliaciones y los prejuicios.

La cultura, inteligentemente aprovechada, crea espíritus íntegros, dueños de sí mismo. Así vemos en el siglo XVII una nación pequeña, los Países Bajos, rechazar con heroicidad, los poderosos ejércitos conquistadores de los infatuados monarcas españoles, que cuando caminaban “hacían temblar la tierra” y en cuyos “dominios no se ponía el sol”.

¿Cuál es la explicación plausible de este acontecimiento histórico que tanto maravilla y adoctrina: Taine, el pensador agudo, nos la dá: “Por la cultura y la instrucción, así como por el arte de organizar y de gobernar llevan dos siglos de adelantos a la Europa. Apenas si se encuentra entre ellos algún hombre, mujer ó niño que no sepa leer y escribir” (1609). “Sienten la dignidad de la ciencia; Leyden a quien los Estados Generales proponen una recompensa después de su heroica defensa, pide una universidad”… “Allí se refugia la filosofía echada de Francia; durante el siglo XVII Holanda es el primero de los países pensadores. La ciencia positiva halla allí su duelo natal o su patria prestada”.

Hombres así no aceptan amos ni cercenamientos de sus convicciones íntimas.

Encontramos el reverso de la medalla en la historia de este país durante la tiranía de Rosas, quien clausuró las escuelas y las universidades, persiguió a sangre y fuego a los pensadores, se hizo adorar como un ser sobrenatural y que con su política, madurado en un plan, con la sagacidad genial de su cerebro satánico, tendió sistemáticamente -al decir de Ramos Mejía- á “aniquilar la personalidad”, transformando al país en una especie de “misiones políticas” en las que, a semejanza de las “misiones jesuíticas” de los frailes españoles de la conquista, reinarían la pobreza de espíritu para que en tal terreno social, echara raíces perpetuas su poder absoluto.

Creemos inoficioso insistir acerca de la eficacia de la impregnación cultural de las masas. Ningún esfuerzo dirigido en ese sentido debe desperdiciarse. Pero pensamos que esta tarea de la juventud debe ocupar un puesto de primera línea.

Con estas actividades aspiramos a plasmar espíritus autónomos e incólumes, emancipados de todo prejuicio. Creemos con Locke que “vivir es individualizarse”. Interpretamos tal frase en el sentido de acentuar las aristas propias dentro del más amplio criterio de la solidaridad social.

“Todo lo que aumente la potencia vital de la especie” debe ser finalidad humana. Contra esta fórmula atentó un estado de cosas que tuvo su expresión ética en el cristianismo, el cual deprimió la personalidad e inficionó las fuentes de la Vida con su soberano desprecio a la misma. Los criterios se renuevan…

Así como cada tecla de piano o cada cuerda de arpa dá un sonido propio pretendemos que cada humano dé su nota inconfundible, sea alguien dentro de la comunidad, reaccionando originalmente, pensando con cerebro propio, sin amilanarse servilmente ante las ideas vetustas, ante el arcaismo que flota en el ambiente o ante las autoridades científicas o sociales por el mero hecho de ser autoridades.

El “non plus ultra” de la sociedad debe ser, en mi ver, aspirar a que cada ente desarrolle integralmente las potencias activas de su ser sin trabas que lo obstaculicen. La energía humana será mejor aprovechada.

¡No siempre la insensatez humana tratará, solamente, economizar y aplicar mejor la energía mecánica de las máquinas o de las cascadas! ¡También se ingeniará en emplear la energía psíquica del agregado social todo, hoy, en gran parte aletargado, la potencia cerebral y afectiva gracias a la cual la humanidad ocupa la cumbre de la creación y el hombre es el rey del universo! ¡Hay que aligerar la coyuntura económica que obliga a las nueve décimas partes de los hombres a agotar sus esfuerzos tras la conquista del mendrugo diario para que todos puedan emocionarse e iluminar su mentalidad con el rayo apolíneo de la Ciencia y del Arte!

Como se ve, nuestros ideales son grandes. Ello no debe arredrarnos. Tampoco se arredra el suave Próspero, con el auxilio de Ariel, espíritu aéreo que simboliza todas las excelencias y todas las idealidades –en su aspiración de aniquilar el imperio del intrigante y perverso Cabilán (sic).

Colocamos nuestros afanes bajo la advocación de Ariel. Del profundo drama shakesperiano fluye una filosofía serena y optimista que popularizó la pluma maestra, entusiasta y cautivante de Rodó. Esa filosofía nos enseña que, frente al hartazgo de orondos filisteos, la parte sana de la humanidad debe oponer la coraza de sus ideales en persecución constante del mejoramiento social!

 

La Dirección

 

Rodó, José Enrique. “El Nuevo Ariel”, Ariel N° 1, junio de 1914, pp. 9-10.

 

El nuevo “Ariel”

 

El nombre de Ariel significa, en la evolución de las ideas que han preparado la actual orientación del pensamiento hispano-americano, la afirmación del sentido idealista de la vida contra las limitaciones del positivismo utilitario; el espíritu de calidad y selección, opuesto a la igualdad de la falsa democracia, y la reivindicación del sentimiento de raza, del abolengo histórico latino, como energía necesaria para salvar y mantener la personalidad de estos pueblos, frente a la expansión triunfal de otros, en que llegan a su más alto punto distintas tradiciones humanas.

Tuvieron aquellas páginas la virtud de la oportunidad, que explica su difusión extraordinaria y la repercusión de simpatía que las ha multiplicado en mil ecos. Se escribieron cuando un positivismo bastardeado ejercía aún el imperio de las ideas; cuando el impulso de engrandecimiento material y económico, caracterizando la que llamó Sarmiento nuestra “época cartaginesa”, llevaba todavía a un exclusivo aprecio del aspecto utilitario de la civilización, y tendía a legitimar el rasero nivelador que abate superioridades y prestigios sociales para dejar sólo subsistente la primacía del éxito y la fortuna. Se escribieron cuando la preeminencia absoluta del modelo anglo-sajón y la necesidad de inspirar la propia vida en la contemplación de ese arquetipo, a fin de aproximársele, eran el criterio que predominaba entre los hombres de pensamiento y de gobierno, en las naciones de la América latina: el criterio ortodoxo en universidades, parlamentos y ateneos.

Las notas características que ofrece, en el momento actual, la producción literaria hispano-americana en lo que se refiere á la exposición de ideas y sentimientos colectivos, manifiestan que el espíritu de Ariel no era una ráfaga personal y pasajera, sino el signo de una transición que estaba en la virtualidad del pensamiento de su tiempo y que debía generalizarse y prevalecer, porque concordaba con el sentido a que ya universalmente se inclinaban las corrientes intelectuales y morales. Hoy, generaciones nuevas reconocen en Ariel la “melodía de las ideas”, el sentimiento de la vida, que espontáneamente brotan de su propia conciencia. Toca a esas generaciones demostrar que nuestro ambiente americano no es incapaz de contener la ejecución de tal programa en la esfera de la realidad y de la acción. Y entretanto, suyo es el nombre y suya la bandera, ya que la eficacia y repercusión de una primera palabra es triunfo casi siempre impersonal, por aquello de que tienen su destino los libros.

 

José Enrique Rodó

Montevideo

Hebe. Revista mensual de literatura y arte (1918-1920)[28]

Portada de Hebe. Revista Mensual de Literatura y Arte, N° 1, 1918

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Anónimo. “Liminar”, Hebe N° 1, 1918, s/p.

 

Liminar

 

Al diario trajín lanzamos está revista de arte, plenamente convencidos de su éxito. Buenos Aires, cosmópolis, la acogerá como acostumbra a sus similares y a toda empresa de arte puro: entusiásticamente!.

Ya presentimos la gloriosa del triunfo editorial, el comentario apasionado que su aparición provocará en los círculos bursátiles, las polémicas que sobre sus méritos se levantarán en medio de la urbe convulsionada, el báratro de vendedores que la vocearán por esas ruidosas calles y el alud de las cultas gentes, que, ansiosas, se arrebatarán sus números… La seguridad de todo ello nos provoca una enigmática sonrisilla.

En esta página liminar, en la que auguramos confiadamente nuestro triunfo, queremos también protestar de aquellos intelectuales y artistas que, malcontentos, ora yerguen sus aireadas voces contra la indiferencia – cuando no la estultez – del público, ora se aíslan silenciosos y huraños. No!, el público de nuestro país, “eminentemente agrícola y ganadero” según la ya clásica frase, aprecia todo esfuerzo artístico. Y sino, he allí los grandes diarios, orgullo de la raza latina, que se enriquecen; he allá los periódicos de carreras y noticias policiales que se agitan y los de novedades que se multiplican y los de arte y literatura que se extinguen… Viven intelectuales y artistas, editores y libreros.

Seamos justos, pues, y confiados, esperemos el triunfo de nuestra revista; Hebe, diosa de la juventud, nos ampara, y la juventud es animosa, entusiasta, audaz… e ingenua.

Rafael Alberto Arrieta. “Hebe”, Hebe, N° 1, 1918, s/p

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Arrieta, Rafael Alberto. “Hebe”, Hebe, N° 1, 1918, s/p.

 

 

Hebe

 

En los primeros versos del canto IV de la Ilíada, Hebe, diosa de la juventud, aparece escanciando en copa de oro el néctar de los dioses. Tal era el gracioso misterio que le confiara Júpiter, su padre. Si los divinos hubieran tenido sangre como los hombres ¡qué enardecimiento les comunicara el supremo elixir de la copera!

No mueren los dioses de Grecia, ha cantado en estrofa de mármol Giosué Carducci. Constantemente rejuvenecidos, gozan de una imperecedera actualidad. Conservan la frescura genésica del mundo y cruzan, sin tramitarse, la frontera ideal de los siglos.

Hebe, ahora como antes, escancia el néctar en la copa de oro, une, por su lazo hercúleo, la gracia y el vigor, sonríe a la primavera y tiene un altar en nuestros corazones…

 

Rafael Alberto Arrieta

 

Almafuerte. “Discurso”, Hebe N° 1, 1918, pp. 9-19.

 

Discurso

 

Señoras; señores estudiantes; señores:

Esta fervorosa abigarrada muchedumbre, -tan homogénea en su espíritu como una peregrinación religiosa- rodeando fraternalmente, filialmente a un pobre poeta pobre, en hora solemne para él, a fin de significarle adhesión solidaria, a fin de decirle que lo ha leído, que lo ha comprendido, que lo ha sentido y que aguarda algo más, todavía, de su ya doliente corazón y de sus envejecidos claudicantes sesos; esto que han venido Vds. realizando sin desplantarse ni acobardarse, -a pesar de los infaltables eternos óbices-, desde hace ya muy cerca de quince días, en las aulas, en los talleres, en las regiones gubernativas, en la barra de las cámaras, en los salones de lectura de los diarios, en el texto de los mismos, en las tertulias familiares, en los patios y corredores de la Universidad y del Colegio Nacional, en cualquier sitio donde pudieron derramar sus entusiasmos y contagiar con ellos a los demás, mediante la palabra y el gesto, la argumentación y el ademán; esa fatigosa nunca vista procesión que se tenía proyectada hasta mi domicilio, -que hubiera constituido el más encarnizado remordimiento, si por ignorancia de ella, no hubiese podido evitarla a tiempo, como felizmente acabo de hacerlo,- esa procesión, decía, a lo largo de calles recién visitadas por las civilizadoras providencias edilicias, a través de barriadas humildísimas, por entre hombres y mujeres que indudablemente me hubieran tomado por algún factor electoral indispensable y todopoderoso, si no supiesen, como lo saben, que no soy nada más que un simple Almafuerte, nada más que el amigo un tantico díscolo, algunas veces, pero siempre decidido, desinteresado y valeroso de todos ellos; esta cordial confraternización en la plaza pública, de jóvenes y de viejos, -intelectuales, universitarios y obreros, doctos e indoctos, congregados al solo deliberado objeto de asegurar, de establecer pública, definitiva y resonantemente, -con una ingenuidad casi infantil, casi merecedora de una escena de Moliére y de un capítulo de Lesage, -que mis versos no están mal medidos, que mis versos no son obscuros, que mis versos no son decadentes, -como si fuera una mácula que lo fuese, -que mi tristísimo viejo fraile Misionero no es una creación inmoral, nauseabunda y perniciosa; esto tan adorable, tan exquisita, tan rotunda, tan finamente superexcelso y espiritual; esto tan propio de Atenas y de París; esto que honraría de nuevo y para siempre jamás, -si más honra le cupiese, -a Oxford, a Cambridge y a Salamanca; esto mismo que estoy presenciando, que estoy palpando con el alma trémula, con el corazón henchido de intraducible júbilo, con la garganta oprimida por un hondísimo sollozo, por un alarido de angustia inefable próximo a desgarrar los aires; esto que estoy, que he venido contemplando con el mismo jocundo enternecimiento con que contemplaría un abuelo centenario, la robustez, la belleza y el talento precoz de sus nietos; esto que acabáis de consumar, señores estudiantes, que os rehabilita a mis ojos de todos los errores propios de vuestra edad, -que os rehabilitaría hasta de un grave delito, si hubiéseis tenido la fatalidad de cometerlo; -esto, eso mismo, tan pueril y tan fundamental al mismo tiempo, es una prueba palmaria, evidente, indiscutible, indemostrable como una evidencia matemática de la elevadísima cultura media que está llamado a conquistar, -y que va conquistando, -el pueblo Argentino, os circunda de honor como un gran gajo de roble y es para nosotros, -los que ya nos acercamos a todo y a todos, con un amargo y pálido gesto indefinible de despedida, -una poderosa, una formidable, una estrepitante causa de regocijo; porque estos entusiasmos vuestros, porque estos ardientes, exorbitantes, valerosos lirismos vuestros nunca exteriorizados, ni mucho menos sentidos, por la juventud de ninguna de las generaciones que han venido sucediéndose en esta tierra, mis nobles amigos, nos colocan a nosotros, los que vamos a morir entre diez o quince años a más tardar, en la dulcísima circunstancia de mirar a la muerte sin horror; de pensar confiadamente que la República va a pasar a muy buenas, a muy dignas, a muy generosas, a muy geniales manos; de creer sin la más leve perplejidad, que la próxima, futura grandeza de América está sólidamente asegurada contra cualquier regresión hacia la barbarie y cualquier desviación hacia el californismo, de vislumbrar como a través de una estopilla transparente, que su marcha triunfal en dirección a la luz, a la humanidad feliz en toda la felicidad alcanzable por el hombre, no sufrirá ni retardos ni desorientaciones apreciables en la Historia, cuando vosotros relevéis la guardia, cuando vosotros cojais las riendas de la cuadriga, cuando vosotros ocupeis, según vuestros merecimientos y aptitudes, las elevaciones tácticas o estratégicas destinadas al gran estado mayor de cada una de las naciones que informan el continente.

Sí. Esto es amable, un consolador suceso auspicioso; -una serie de circunstancias insignificantes en sí mismas, pero que al equilibrarlas Dios, en ese andamiaje prodigioso de puerilidades que él solo sabe combinar, -han producido este gracioso, insospechable ademán juvenil que es todo él una profecía, que es todo él un esplendoroso amanecer, que es todo él un decreto fulminante de destierro caído de las cumbres de las nuevas anhelaciones y los novísimos programas de vida, sobre la teste llena de sombras lúgubres y de cerebraciones malditas, del infame, del sensual, del escéptico, del ignominioso caudillo eleccionario, a la voz del cual caudillo y a cuyas insinuaciones tonales rufianescas, se lanzaban los hombres a la vía pública como una cáfila de insensatos, como una irrupción de parásitos enloquecidos por el hambre, como un oleaje de inmundicias, como un escuadrón de cosacos furibundos, como una manada de esclavos ebrios, como una carretada de restos de alma, de sobras de hombres que un viento venido de las regiones de la miseria, de la incredulidad y de la desesperanza desparramase por la calzada, arremolinase por los aires y depositase en catarata de lodo sobre los atrios, el día cien veces sagrado, cien veces trascendental, cien veces solemne, de los actos comiciales.

Ya no se gobernará más a las multitudes argentinas desde los senos sombríos, silenciosos y herméticos de un comité: lo estoy viendo con mis ojos, con los ojos seguros y clarovidentes de la deducción… acaso no habrá que aguardar nada más que media generación!

Los inútiles para todo trabajo honesto, los vilmente industriosos, los infamemente aptos para cualquier mutilación constitucional, los criminales acaparadores de libretas cívicas, los “caftenes” tenebrosos de la virginidad política de las turbas, ya no saldrán de él, -de aquél comité, -ungidos jefes de situación; procónsules de las provincias, de las ciudades, de las aldeas y de los simples caseríos y poblachos; influencias ministeriales a todo influir; extorsionadores del criterio de los jueces de paz y de los ministros de la suprema corte; distribuidores olímpicos de sonrisas, de promesas y de amenazas; buitres inhartables, -para ellos y sus clientes a la romana, – de la totalidad de los renglones del presupuesto… seres excelsos, intangibles, temidos soberanos de los demás hombres!

La sede, la cátedra, la cueva sibilina de los dirigentes, de los amasadores de efervescencia popular, no será más nunca, la trastienda alcoholizadora de la pulpería, de la cancha de las carreras y de la taba, el garito del comisario y la sala reservada de la meretriz propietaria del antro impúdico donde se degenera, se deprava y a veces se mutila para siempre la juventud: y los ciudadanos no se congregarán más en la plaza pública, sino al redoble del tambor y al toque de clarín de los grandes propósitos de las ideas más beneficiosas, de las doctrinas más favorables al bien de la República, del continente, de la humanidad entera, – porque no hay acto humano que no repercuta en los siglos y que no se esparza como un gas por la superficie de la tierra. Y serán muy escasos, – tan escasos como maldecidos y repudiados, – los que trafiquen con su derecho a votar; los que truequen su santísimo derecho de elegir sus mandatarios y representantes constitucionales, por la estúpida prerrogativa de embriagarse, de robar y matar impunemente, o por la cobarde satisfacción de ganar el pan nuestro de cada día sin grande fatiga, detrás de la baranda de una oficina pública, mientras las dos terceras partes más hermosas del país yacen desiertas, aguardando como la virgen del Evangelio, la visitación del hombre, del pie humano y del sudor humano, que es como decir: la visitación estupenda del espíritu de Dios.

Y la vida de los hombres de gobierno, será una vida de apostolado; y la política será el arte, será la ciencia más alta porque será la tutelar de todas las ciencias, de todas las artes, de todas las actividades cerebrales y todas las nobles corazonadas de los individuos y de la masa total: será una cúpula fabulosa como la del cielo, una envoltura cristalina y vivificante como la envoltura atmosférica.

Y el enardecimiento popular, la palpitación del anhelo común, la idea y el sentimiento ambientes, la racha de pensamiento y de emoción que rizará la superficie de las muchedumbres y conturbará las profundidades del alma, como el viento y los astros a las aguas del mar, – ¡oh visión admirable y confortadora!, – comenzará, surgirá, manará de hoy en adelante, – si vosotros así lo queréis, si los actuales fogueados directores de la opinión, están llenos, todavía, del sagrado entusiasmo que despertó en todos los corazones la primera semana centenaria de la Revolución de Mayo y si este acto no es un hecho casual, una explosión de frivolidad, una escena de manicomio y es cierto que está preparado y dirigido por la providencia misma del pueblo Argentino, – comenzará, decía, de hoy en adelante, el ardimiento popular aquel, el alborotamiento ese del alma de la plebe, en los claustros universitarios, en la capilla filosófica y literaria de cada facultad, en las redacciones de los grandes y de los pequeños diarios, en las páginas de los libros, los panfletos y hasta los libelos, en las conferencias de los más sabios y más elocuentes, en las pláticas y altercados de los hogares clásicos, en el estudio mismo de los clubs atléticos, en los talleres y las salas de meditación y de trabajo de los artistas, los literatos y los poetas…, en cualquier punto, en cualquier rincón del país donde sus habitantes se reúnan o se aíslen para mejorar su mentalidad o su musculatura; esto es, para comenzar en sí mismos el mejoramiento de todos y de todo.

Y la gran inconsciencia anónima será despertada, impulsada, orientada y transformada en conciencia nacional, voluntad nacional, anímica nacional, necesidad nacional imprescindible – tan imprescindible que sólo se atreverán a desconocerla o los netamente criminales o los netamente imbéciles, – y la gran inconsciencia anónima, digo, será convertida en conciencia nacional y como tal conciencia presidida, nada más que por los más sanos, los más buenos, los más meritorios, los más ilustres en fuerza de ilustración y de buenas obras, los más rectamente intencionados, los más positivamente talentosos, los más ampliamente humanos, los más generosamente, los más profundamente comprensivos del progreso de este pueblo; progreso que no es otra cosa – aquí y en todas partes – que el progreso de la libertad, del derecho de la justicia, de la verdad, de la belleza, de la felicidad común, de la fraternidad humana, de la perfección universal.

Y la sabia y verdaderamente maternal providencia, – que como la vida de los niños – ha venido salvándonos por el espacio de un siglo, de todos nuestros errores, de todas las lógicas consecuencias de nuestro inveterado desconocimiento del fin categóricamente humano de las naciones, ya no tendrá necesidad de ocuparse de nuestra conversación y nuestra perdurabilidad de pueblo soberano; y no viviremos más de la misericordia de nadie… ni siquiera de la de Dios!

Y seremos autónomos, independientes, soberanos, intangibles, no en virtud de protocolos y tratados y manipulaciones diplomáticas; no merced a las desconfianzas, los celos y las recíprocas emulaciones de las potencias de primer orden del Viejo mundo, interesadas, para sus fines particulares, en sostener o simplemente respetar nuestra soberanía; no a mansalva de la doctrina de Monroe, que coloca a la América latina en la indecorosa situación de una mala mujer que tiene su hombre y valida de aquella protección alterca y riñe con los vecinos y es injusta y provocativa y deslenguada con todos ellos; no debido a la posición geográfica, – al desierto dilatado, a la selva impenetrable, a la montaña enorme, al clima a veces pestífero, a la impenetrabilidad de lo inhabitado, a la costa inaccesible, a la intervención  formidable y procelosa de los mares; no a nada de eso, señores; porque todo eso es perecedero y temporario como que es estipulado y convenido y porque ni el desierto ni la montaña, ni la selva, ni la costa escarpada, ni el mar eterno mismo, son eternos: seremos independientes, autónomos, soberanos, realmente, indubitablemente, porque seremos indispensables como nación, no solamente a las necesidades materiales de la vida civilizada universal, sino también a los anhelos, a las tentativas, a los esfuerzos, a la evolución incesante del espíritu del hombre, – evolución que no sabremos nunca, en seco, en qué instante de la eternidad hará su punto final, abrirá su flor augusta y cuajará su último fruto. Sí, señores, seremos realmente autónomos, seremos realmente independientes, realmente soberanos, realmente intangibles, porque seremos entonces una de las piedras de la cúpula ilustre que constituye la civilización del occidente, piedra que no podrá ser arrancada sin peligro inmediato de la cúpula misma; – porque seremos por último, un órgano vital, un miembro noble absolutamente necesario a la armonía humana y a las esperanzas humanas; y porque odiarnos o envidiarnos será como odiarse o como envidiarse a sí mismo; y desalojarnos y suprimirnos, como amputarse un brazo, como arrancarse el corazón… como mutilarse o suicidarse!

Ah! Este acontecimiento es un acontecimiento que puede calificarse de histórico, sin la mínima petulancia, – siempre que vosotros no claudiqueis, siempre que vosotros no tomeis como punto de partida de una serie escalonada de bien inspiradas intervenciones cívicas semejantes a ésta; – y puede considerársele un augurio feliz, un vuelo de águilas hacia la derecha, por lo mismo que todo él – que todo este acontecimiento – ha venido girando y desenvolviéndose alrededor de un humilde, de un desgraciado libro de versos, acaso detestablemente medidos y miserablemente rimados… pero libro de versos al fin.

Esto que en mi honor acabais de perpetrar y la inmerecida inolvidable ovación que me tributaron meses pasados, en esta misma ciudad los estudiantes americanos más eximios, puesto que venían en representación de las Universidades, algunas ilustrísimas de la América toda, significa no que yo valga lo que ellos y ustedes dicen, sino algo más trascendental todavía, y que me llena y debe llenar a todos, de una profunda satisfacción, de una inmensa alegría, de esa misma alegría con que se ve nacer el sol, se siente en la sangre la primer palpitación de la primavera y se contempla junto a la cuna del primer hijo de nuestro amor, el primer gesto humano de su faz.

Esto significa que América, desde el Cabo de Lisburne, hasta el Cabo de Hornos, está harta ya de grandes políticos que no son tales grandes políticos si exceptuamos una minoría que no alcanza a los dedos de la mano y de la cual minoría, la sexta parte ha caído ya en el panteón de la historia; esto significa, repito, que la joven América está hastiada ya de esos grandes políticos que no son tales, sino diabólicos, taciturnos, insaciables perseguidores del millón y de las más innobles sensualidades del poder; esto significa que los pueblos de América desean, anhelan, sienten nostalgia de los verdaderos hombres, en todas las ramas de la actividad humana; esto significa que las multitudes americanas reconocen la necesidad y creen llegada la ocasión psicológica de tomar participación eficaz y activa, no como simples roñosas exportadoras de bestias, de cereales, de granos y de salitre, en el congreso ecuménico de las naciones civilizadas, sino completa, absoluta, integralmente, con sus versos, con sus cuadros, con sus estatuas, con sus partituras, con sus cavilaciones filosóficas, con sus tentativas de organización social, con sus jurisprudencias, con sus descubrimientos científicos, con sus invenciones, con sus aciertos y desaciertos, con sus sensateces y sus devaneos, con sus intenciones y con sus acciones, como descendientes directos que somos, etnológica e históricamente, de la totalidad formidable de los pueblos, las razas, los temperamentos, las idiosincrasias, los desequilibrios, las degeneraciones, las anormalidades, las éticas, las estéticas, las audacias, las genialidades, las intuiciones, los sesos humanos, el fósforo humano con que se laboraron las civilizaciones que han venido sucediéndose, que han venido retoñando unas en las otras, que han venido superponiéndose las segundas a las primeras a lo largo de los siglos del otro lado del Pacífico y del Atlántico bajo la mirada de Dios y de la luz del Sol.

Y ha comenzado como lo veis, – ella, la América, – por imponer a la especulación universal su poeta magno, su altísimo poeta a quien honorar, – su Carducci, su Ibsen, su Echegaray, su Víctor Hugo, – como Italia, como Suecia, como España y como Francia. Pero como no hubiera sido ni medianamente discreto, y las inconsciencias lo son siempre, – levantar como exponente de la genialidad de todo un pueblo, un tomo de versos exquisitos que solo cantara las exquisiteces de la vida exquisita de los salones, o las lágrimas, apenas brotadas ya secas, de las increíbles y los pisaverdes, de yo no sé qué urbes fantásticas, o las montañas, las selvas, los ríos, las cascadas, las pampas, los árboles, las flores y los pajaritos nuestros; porque como ya lo dije antes y lo repito ahora más explícitamente, – ni la velutina, ni las montañas son eternas. Y como en mis versos he cantado al Hombre dolorido, – que es como decir al Hombre mismo, – y el Hombre mismo es sujeto artístico, poético, científico y filosófico que no sufrirá jamás cataclismo, como lo puede sufrir una cordillera; pues el día trágico que él, – el Hombre mismo – desapareciese de la faz del planeta, desaparecerían con él, no digo ya mis infelices claudicantes versos, sino la Biblia misma; y como todo esto es así y no podría ser de otra manera, por un fenómeno fácilmente explicable de autosugestión colectiva, – de esa autosugestión colectiva que ha producido ya épocas enteras de santos milagrosos, – en fuerza de querer, en fuerza de ambicionar, en fuerza de soñar con su ingenio americano, con su estupendo genio americano, he surgido yo, he aparecido yo en su mente y en su corazón, – en la mente y el corazón de los jóvenes intelectuales de América, – como una reverberación de las aguas, como un oasis ilusorio a la faz del desierto, como un pan que no es pan y un vino que no es vino, a los ojos afiebrados, a los ojos visionarios, a los ojos creadores de prodigios del peregrino de los santos lugares, desvanecido de hambre y de sed sobre la tez caldeada de los caminos.

Esto es lo que tengo el honor, el espantable honor de ser yo, en esta hora trascendental, histórica, providencial de la humanidad americana; eso, un mal boticario con permiso de recetar, un médico a palos, un fantasma, una alucinación de los ojos juveniles, un símbolo indigno de una religión sublime y nada más… ¡y categóricamente, nada más!

Espantable honor, señoras y señores, porque la mano perversa, – infantilmente perversa y curiosa, – del análisis, se alzará inexorablemente alguna vez, – acaso acaba de alzarse, – y derrumbará todos estos castillos encantados y encantadores; cercenará los robles y los laureles con que tan ingenua, tan fácilmente me glorificáis; me arrancará con deterioro de mi propia piel, ese dorado cuero de león con que me habeis revestido, me desalojará del eminente pedestal en que me teneis colocado como un Cristo de los Andes o como una estatua de la Libertad iluminando al mundo; pondrá mi paupérrima persona y mi pauperrísima obra poética en el escalón intermedio que le corresponde en justicia; reducirá todas estas enormidades a su proporción exacta…; y el monstruo fantástico que habeis hecho de mí, retornará tristemente hacia la hormiga diminuta, y la montaña colosal hacia el misérrimo grano de mijo!

Y como el historiador futuro tendrá que ocuparse extensa y detenidamente del actual estado de espíritu nacional y americano que acabo de esbozar con tanta pasión, – pasaréis, – necesariamente pasaréis, – a la memoria de los hombres del porvenir, amable, vistosa, bellamente coronados con el nimbo luminoso de esta conmovedora alucinación de que padeceis, de estas simpáticas precocidades de generación precursora de otra faz más complicada y más hermosa de la vida; prometedoras precocidades que me conmueven y de que os debéis sentir enorgullecidos…

Pero el poeta, el pobre poeta, el atribulado Almafuerte, este mismo hombrecillo que estais aclamando con tanto ardor, que estais agoviando con vuestras pomposas hipérboles, con vuestros relumbrosos ditirambos, penetrará a ese mismo país de los fantasmas inmortales, agachada la calva testa y bajos los ojos enrojecidos por las cálidas lágrimas, atado a la picota resonante y perdurable del capítulo más interesante, de la página más dramática que tendrá que escribirse, cuando se haga el estudio completo de la evolución de las ideas, del nacimiento del sentido estético, artístico y literario, en este continente.

Sí: así pasaré yo a la tan deseada por todos, referencia histórica: como un mal dómine mistificador de niños estudiosos, como un profeta falso, como un Dulcamara jactancioso, como un gitano socarrón, como un viejo aprovechador de los candorosos entusiasmos, de los providenciales desplantes de la juventud, como un cobarde indigno de respeto que no supo aplacar esos entusiasmos, dirigir esas inconsciencias y rechazar enérgicamente esas consagraciones, porque halagaban la miserable vanidad de su miserable corazón.

¡Pero nada de reflexiones melancólicas, señores! Que no se empañe este hermoso día – este para vosotros hermoso día, – ni con una sombra de cavilaciones que no sean optimistas, que no sean alentadoras como una copa de vino generoso, que no sean propicias a esa irreflexión, a esa impremeditación, a esos sonambulismos tan necesarios a la comisión de aventuras heroicas, como el perfume de la pólvora, las notas metálicas de las fanfarrias guerreras y los solemnes preludiantes compases del himno de la patria.

Abrigo la esperanza – y no abrigándola inferiría una cruel ofensa a la elevación de vuestro espíritu, señores estudiantes, – aliento la esperanza de que al encontrarse vuestras almas en el pálido recinto de los fantasmas inmortales, – si la historia quiere que nuestras almas se encuentren y Dios dispone que se reconozcan, – las vuestras por luminosas no menospreciarán a la mía por azotada y taciturna.

 

Señores:

El gran poeta, el gran pensador, el gran cerebro americano – por razones de orden científico, – diré así, para que me creáis mayormente, – no está, no puede estar dentro del viejo esqueleto, de este viejo criollo ignorante, atávico y bilioso con la amarguísima bilis de los que ya no encajan en el ambiente circunstante ni como estirpe, ni como costumbre, ni como lenguaje, ni como soñación, ni como ideas adquiridas, ni como nada.

Cuando yo vine al mundo, la obra de mi raza, la tarea encomendada a mi raza por los designios inescrutables de Dios, ya estaba concluída; ya estaba rematada hasta su detalle más nimio la independencia americana y la distribución definitiva del continente americano en naciones formalizadas y solemnemente consentidos por la diplomacia universal, por el derecho de gentes, por la propia fatalidad de perduración de los hechos consumados. De manera que yo llegué tarde, de manera que yo surgí a la vida como un gaucho holgazán, que cae a la hierra bien empilchado y jacarandoso, cuando ha cesado el trabajo y comienza la fiesta; como un pariente sin decoro, que visita a la chacra de los suyos, después que el campo ha sido roturado, la semilla ha sido sembrada, el tallo ha sido segado, la espiga ha sido trillada, el trigo ha sido pulverizado, la harina ha sido amasada y el pan acaba de ser cocido en el horno y puesto en bloques dorados y perfumosos sobre la blanca tabla de la mesa.

Por otra parte, una raza como la mía es una sub-raza, más que una raza; y como tal sub-raza no puede hacer, no está destinada a realizar nada más que una sola cosa, nada más que una serie reducida de acontecimientos, aunque los acontecimientos esos, alcancen proporciones trascendentales; porque Dios no juega con la lógica como piensan algunos, y nos carga los hombros, según la fortaleza de los hombros que nos ha concedido. Realizada su misión, producido el hecho histórico a que mi pobre raza estuvo destinada, ella tiene que sucumbir por aniquilamiento, por inadaptación, por ineptitud, por repulsión, por odio a lo mismo que ella creó que carece de facultades para continuar y que se ve en la circunstancia dolorosa de abandonar, profundamente triste como un general glorioso destinado a la pasividad de lo que ya no sirve, de lo que ya no sirve nada más que para estorbo, nada más que para el vilipendio y el escarnio.

Esta es la razón, la poderosísima razón que os muestra evidentísimamente que yo no soy, que yo no seré nunca, el ingenio continental que vosotros anhelais, que andais viendo por todas partes con los ojos de vuestro anhelo mismo y que sólo podría encarnarse en cualquiera de los de mi tradición y de mi raza en virtud de un milagro, porque nadie, según lo afirmó Jesús, será capaz de agregar un solo palmo a su estatura. Y esa misma, inalienable, indiscutible, indesconocible razón se opone con fuerza que no podreis resistir sin peligro, condenará, castigará cruelmente esa infantilidad vuestra de levantar mi mísera personalidad – bastante dolorida ya, para exponerla a un dolor más, – como símbolo, como síntesis de la vida nueva americana; porque habeis de saber que como también lo dejó establecido Jesús hablando de cosas muy semejantes a éstas, no debemos echar vino nuevo en odres viejos ni poner remiendos de paño flamante sobre andrajos miserables.

La futura grande alma, el futuro intenso espíritu, la futura luminosa llamarada genial, la futura fórmula sintética representatriz del cerebro de América, – que será el cerebro definitivo del hombre, aparecerá sobre la cúspide de los tiempos, cuando el cerebro de la nueva raza en gestación, se haya formado, cuando la hermosa bestia rubia de que nos habla Nietzsche, que resultará de esta Babel actual, haya resultado merced a la fusión de las sangres, de los atavismos, de las degeneraciones, de las historias, de los orígenes diversos que ahora se entrechocan, se desconocen, se contradicen y se repelen recíprocamente, como rechazan las aguas del Océano a las aguas del Plata, al desembocar estas en aquellas; confusión indefendible, batahola espantable que perdurará por sendas generaciones hasta constituirse en organismo, en cuerpo decididamente dibujado, en raza característica y palmaria, por la ley de la densificación, de la intensificación, de la acumulación, de la adhesión fraternal de las moléculas, diré así, como surgieron todos los astros de la confusión del Caos, como surge el diamante del laboratorio incognoscible de las fuerzas contradictorias de la naturaleza, como surgió Jesucristo con su Evangelio de amor universal en las manos, de los senos malditos del odio, del orgullo, del prejuicio estúpido, de la inhumanidad, del localismo, de la imbécil creencia de su amistad con Dios que hizo del pueblo judío el más repelente, el más inamisible (sic), el más solitario tipo humano del universo histórico.

Ese genio americano que vosotros anhelais, señores estudiantes, y que pensais haber encontrado esta vez, no está en mi, no está en los hombres provectos de hoy, no está fuera de vosotros, sino en vosotros, como una palpitación, como un labio dispuesto a besar, como una promesa de desposorio, como una molécula de púrpura que se hará persona, que se hará músculo y fósforo, – discurso, libro, verso, estatua, cuadro, sinfonía, monumento, ciencia, invención, investigación, verdad final estupenda, – acaso en el menor de vuestros hijos, acaso en uno de vuestros nietos, seguramente en la prole de éstos… Y aquel genio soberano alumbrará con luz difusa como el sol; será fecundo y dueño de todos los principios, de todos los elementos de la vitalidad universal, como las aguas del mar; pacificará a los hombres con más eficacia que Augusto y que Jesús; libertará a todos los oprimidos sin dolor porque los libertará sin la mínima resistencia de sus inconscientes opresores; pensará en el hombre como una madre, como un hermano mayor pensaría en sus hermanos huérfanos menores que él, donde aquel genio esté no habrá misterio, ni obstáculo, ni perplejidad, ni ansias ni dolor; y como él habrá conquistado la cima misma, la curva misma, el remate mismo de lo superhumano y de lo astral, su santa palabra, su regenerante verba, rodeará la superficie de la tierra como un inconmensurable manto de abrigo, y penetrará en el fondo de las almas, como una fabulosa inhalación de oxígeno, como una formidable, salutífera, inacabable catarata de la vida misma, de felicidad misma, de paz misma, de justicia misma, de verdad misma, de amor mismo, de luz misma, que hará de cada hombre un dios libre, tan poderoso como Dios y tan manso como Él.

Así, más o menos como ese bosquejo, será el genio americano, que andais buscando, señores estudiantes americanos…; y a ese bosquejo no se adapta Almafuerte ni ninguno de nuestros contemporáneos!

He terminado. Buenas tardes.

 

Almafuerte

 

Nota: Almafuerte, el poeta tormentoso e inspirado de Lamentaciones, hasta hoy su único libro de versos, eleva aquí su verbo sonoro para mostrársenos en una faz y cultivando un arte a los que consagró sinceras páginas y emociones íntimas. El discurso que publicamos lo pronunció en La Plata, el año del Centenario, con motivo de la demostración que en su honor organizara la juventud estudiosa de aquella ciudad.

 


  1. Licenciada en Letras y Doctora en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Investigadora Adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET). Desarrolla sus actividades de investigación en el Instituto de Investigaciones sobre el Lenguaje y la Cultura (INVELEC), de doble dependencia CONICET y UNT.
  2. Seguimos el trabajo de Cecilia Lebrero (2002), quien ha estudiado el aporte de esta publicación al terreno de las Artes Plásticas en el contexto del momento inicial de la institucionalización del campo artístico nacional.
  3. Lebrero sostiene que dicha escultura se trata de una obra incompleta “realizada en piedra Paris”, cuyo título completo sería “El Pueblo de Mayo en marcha” (Cfr. 2002: 77 – nota 2).
  4. En el trabajo de Lebrero no se brinda información sobre el registro artístico ni la identidad de Nila.
  5. Ver las listas completas reproducidas en el apéndice.
  6. En el apéndice del presente trabajo se transcriben todos los textos analizados de las revistas Pallas, Ariel y Hebe. Se respeta la grafía de los originales en todos los casos.
  7. Las citas textuales de los textos de las tres revistas analizadas respetan la ortografía y la gramática originales, así como los posibles errores ortográficos, gramaticales o tipográficos.
  8. Reproducimos los títulos de los artículos del sumario con el detalle de la cantidad de imágenes que contiene cada uno, tal como aparece en la publicación en una página sin numerar: “PALLAS”, evocación, por Ricardo Rojas (2 grabados); “Los tres Cristos, arqueología colonial”, por Juan B. Ambrosetti (2 fotografías); “Un precusor argentino, don Prilidiano P. Pueyrredón”, por Atilio Chiappori (5 fotografías); “Las Parvas, tricromía artística del celebrado cuadro de Martín A. Malharro”; “Rodolfo Franco”, por Lazarte Bertrand (7 fotografías); “Anatomía artística, doctor don Enrique Finochietto”, La Dirección (3 fotografías); “Zupay, fragmento autógrafo del poema sinfónico de Pascal De Rogatis. SECCIONES PERMANENTES: “Las exposiciones”, reseña mensual, por Atilio Chiappori (4 fotografías); “Música”, comentario del poema “Zupay”, por Alfredo Bastos (2 fotografías); “La Dirección”, Irurtia y Malharro, Jeff Leempoels (2 fotografías); “Bibliografía”, El Mirador de Próspero, por Emilio Becher (2 fotografías); “Noticias oficiales”, Comisión N. de Bellas Artes – Museo N. de Bellas Artes – Academia N. de Bellas Artes (3 fotografías); “Los salones”, concisa información de los “vernissages”, hasta el 15 de junio.
  9. Resaltado con mayúsculas en el original.
  10. El primer número de Ariel no circula en el mes de junio sino en julio, lo que se corrobora en la leyenda de imprenta de la publicación que registra la finalización de su impresión el 6 de julio de 1914.
  11. Recuérdese en este sentido el texto de Rodó (1899): “Rubén Darío: su personalidad literaria y su última obra”.
  12. Todas las menciones al título de la revista en este artículo aparecen resaltadas en negrita y con mayúsculas en el original.
  13. En este sentido, es elocuente el modo en que Lebrero señala la actitud posesiva de Chiappori con Pallas: “En su libro Recuerdos de la vida literaria y artística, él mismo se refiere en más de una oportunidad a la revista como «su» revista, afirmando nuestra sospecha de que se trataría más de una publicación que responde a un proyecto personal que a un proyecto grupal” (Lebrero, 2002: 75).
  14. Resaltado en negrita en el original.
  15. El rastreo del momento histórico de su incorporación en la lengua española excede los alcances del presente trabajo.
  16. Rogelio M. Miglioli Fernández, en su tesis doctoral, menciona las aproximaciones al positivismo en algunos textos de Sarmiento, como, por ejemplo, la fisonomía prepositivista del final de su libro Facundo (2018: 78). Por su parte, Francisco M. Goyogana señala las interpretaciones que Sarmiento realiza de Darwin y la influencia de Herbert Spencer, reconocida por el propio autor hacia los últimos años de su vida (2018: 433-496).
  17. Sobre el positivismo en Argentina, remitimos a dos libros ya clásicos que lo abordan desde perspectivas diferentes. Por un lado, en El positivismo argentino. Pensamiento filosófico y sociológico (1968), Ricaurte Soler habla de la existencia de un positivismo de cuño argentino manifiesto en dos disciplinas: la filosofía y la sociología; y, por otro lado, en El movimiento positivista argentino (1985), Hugo Biagini compila trabajos de diversos ámbitos (literario, educativo, jurídico, historiogáfico, etc.), además del filosófico y sociológico, sobre la influencia y las modalidades que adopta el movimiento positivista en Argentina y reúne trabajos sobre sus principales seguidores en el país. En ambos textos, la impronta de José Ingenieros resulta crucial.
  18. Este autor también es citado con frecuencia por Rodó en Ariel (1900).
  19. Tarcisio Herrera Zapién publicó una traducción bastante fiel del poema en la Revista de la Universidad de México de 1974. Sugerimos consultar dicha versión.
  20. El propio Arrieta recuerda que Ricardo Jaimes Freyre en “Castalia Bárbara” (1899) emula este título además de los Poèmes Barbares de Leconte de Lisle y de las Odas Bárbaras (1877-1889) de Carducci ([1975] 1981: 289).
  21. Las siguientes transcripciones respetan tanto la ortografía y la gramática, así como los posibles errores tipográficos de los originales.
  22. Las imágenes reproducidas de la revista fueron tomadas de los ejemplares de acceso libre para su consulta y reproducción en Wikimedia Commons, provistos por el Museo Nacional de Bellas Artes. Ver los enlaces en la sección bibliografía.
  23. Se transcriben a continuación los fragmentos más significativos del texto de Rojas en relación con la temática del presente libro.
  24. Lo que se encuentra en el paréntesis está ilegible en el original consultado. Reconstruimos la palabra a partir del contexto.
  25. Borroso en el original consultado.
  26. Borroso en el original e ilegible.
  27. Las imágenes de esta publicación me pertenecen. Realicé las transcripciones a partir del material existente consultado en la sección Hemeroteca de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno y en el CeDInCI.
  28. Las imágenes de Hebe aquí reproducidas me pertenecen. Realicé las transcripciones de esta revista a partir del ejemplar original de mi propio acervo hemerográfico.


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