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Introducción: senderos que se entrecruzan

Samuel M. Cabanchik y Sebastián Botticelli

Ante la ignorancia de la trama causal completa o de los designios de la Providencia, el hecho de que este libro se publique en medio de una pandemia y en el clima de una incertidumbre generalizada habrá de anotarse como una contingencia, pero una no del todo azarosa y ciertamente significativa. Esta falta de certidumbre no resulta solo relativa al futuro –lo que después de todo, dada nuestra condición, es natural–, sino que surge además como un agravamiento, una intensificación de la desorientación individual y colectiva en la que vivimos.

Si bien los ensayos que componen el libro no versan sobre la pandemia ni sobre sus efectos o su posible relevancia –o irrelevancia– filosófica, los interrogantes, argumentos y tesis involucrados se despliegan en una polifonía dentro de la que resuenan los ecos del contexto presente, aunque una virtualmente abierta por sus diálogos implícitos, sus contrastes y también sus convergencias. Se trata de una producción colectiva sin ningún otro a priori que el dado por un campo problemático orientador para el trabajo filosófico, que nace de la philía indispensable para la indagación fecunda.

Los motivos de estos cruces de caminos en el pensamiento no son en sí mismos novedosos ni pretenden serlo. Al menos se remontan a la fuente nietzscheana y a genealogías diversas desde y hacia su meditación sobre “el último hombre” y la visión de nuestro tiempo como un puente hacia el Übermensch, término este traducido como ‘superhombre’, pero más en el sentido de un posthombre que de cualquier cosa que nos haga pensar en Superman. Sin embargo, y aun abrevando en esa fuente según la textualidad revisitada en cada caso, aunque la condición posthumana resultara algo difícil de discernir, bien pudiera ser que en ella reencontráramos al “Niño de la Humanidad”: la redención de aquella vida renovada en su potencia para la constante transformación.

Sea como fuere, el campo de tensiones que se abre y transcurre toda vez que nos instalamos en el linde entre el humanismo y el posthumanismo no es una cuestión saldada, lo que en abundancia se atestigua en el contenido de las dos partes en las que se articulan los ensayos que presentamos. De seguro no está saldada porque en el estado de las cosas de la civilización y la cultura, tampoco lo está.

Con fidelidad a las incertidumbres, la filosofía recomienza una y otra vez en las distintas maneras de intervenir en la elaboración de una comprensión cabal de dicho estado de cosas. Y en esa intervención múltiple acaso descubramos que las supuestas agonías del humanismo eran procesos de resurrección o, por el contrario, quizás alcancemos a entrever en esa multiplicidad los últimos estertores, la mejoría aparente antes del final de un tiempo cuyo porvenir será el de las formas de lo posthumano, presencia que algunos ya adivinan en nuestra actualidad.

Sin decidir la encrucijada, no estará de más recordar este pensamiento de Simone Weil:

Los metaxu constituyen el territorio del bien y del mal. No quitarle a ningún ser humano sus metaxu, o sea, sus bienes relativos e híbridos (familia, patria, tradiciones, cultura, etc.) que alientan y nutren el alma y sin los cuales ninguna vida humana, al margen de la santidad, es posible.[1]

¿Qué diría esta lúcida filósofa sobre la contingencia de una vida post o transhumana? ¿Cómo reaccionaría frente a un horizonte histórico marcado por emergentes que parecen poner en cuestión los sentidos y la validez de la propia humanidad, la cual, durante siglos, supo ser comprendida como categoría hermenéutica fundamental? ¿Seguiría siendo indefectible, desde su perspectiva, la presencia de esos metaxu que separan y al mismo tiempo conectan a los seres creados por Dios, permitiéndoles un contacto práctico con la realidad? ¿O bien el eventual agotamiento de la humanidad se llevaría consigo las formas acostumbradas de la presencia y también de la ausencia, dejando un vacío que debería ser llenado por una ontología completamente nueva? Las respuestas a estas preguntas solo pueden ser especulativas, pero no por eso sus interrogaciones dejan de interpelarnos y de obligarnos a desarrollar nuevas formas de comprender el mundo y de componer nuestro lugar en él.

Teniendo por horizonte esa tarea de elucidación, los diversos recorridos planteados en cada uno de los capítulos que componen este volumen procuran evitar eventuales querellas entre la defensa y la impugnación del humanismo, como si se tratara de una reyerta de orden moral. Encrucijada y no competición, debate y no litigio, pues entre los textos no se perfila una pugna por hegemonizar la interpretación de un concepto particular, como podría ser el de humanismo, así como tampoco se sugiere la posibilidad de establecer predicciones oraculares ni menos aún proféticas respecto de lo que advendría tras la desaparición de la figura de “el hombre”.

Antes bien, los distintos capítulos se proponen indagar sobre los supuestos y revisitar las implicancias de cada una de las perspectivas filosóficas involucradas, procurando precisar no solo las respuestas adecuadas, sino también los interrogantes que debemos formular. En este sentido, cada escrito despliega esta tarea a su modo pero, más allá de la particularidad de los estilos, ellos reflejan la afección de discursividades renovadoras, procurando evitar toda forma de clausura.

Desde esa base propedéutica, que se asume como un compromiso ético con la tarea del pensamiento, el tránsito entre los textos da cuenta de al menos tres condiciones que será significativo ponderar: 1. La crisis que se manifiesta como un descentramiento de los sentidos habituales y que parece condenarnos a comprensiones provisorias, hipotéticas y débilmente fundamentadas; 2. La consideración de posibles restituciones de buena parte de esos sentidos humanistas que, como en el dictum nietzscheano sobre Dios, parecen haber muerto aunque sigan proyectando sus sombras sobre nosotros; y finalmente, 3. La apertura, el tanteo, en fin, el proceso hermenéutico conjetural hacia nuevas posibilidades de representación de la experiencia, que desborda las categorías atesoradas por la tradición humanista, y exige la exploración desprejuiciada de lo que deviene.

Por todo esto, de los textos que componen este libro bien podría decirse, variando el título de un célebre cuento de Borges, que se trata de un jardín de senderos que se entrecruzan. En ese entrecruzamiento, los diversos pensamientos se tocan, se observan, se interpelan y se dejan interpelar, para luego continuar su trayectoria, pero modificada, adentrándose en un laberinto sin diseño totalizador u omnisciente, en el cual se apuesta por encontrarse antes que por perderse. Esperamos que el lector pueda, entonces, recorrer estos senderos para dejarse modificar y, quién sabe, quizás para iniciar el suyo propio.


  1. Weil, S. (1998). Metaxu. En La gravedad y la gracia (pp. 177-179). Madrid: Trotta.


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