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10 De límites a estrategias: movilidades de jóvenes que realizan actividades artísticas y deportivas

Silvia Alejandra Tapia

Introducción

En este capítulo –en el que presento avances de mi tesis doctoral–[1] me propuse indagar: ¿cómo se producen las movilidades cotidianas de jóvenes de sectores populares que realizan actividades artísticas y deportivas en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA)?; ¿qué estrategias desarrollan los jóvenes para desplazarse cotidianamente?; ¿de qué manera son reguladas tales movilidades? y finalmente, ¿cómo operan estos procesos en la configuración de sus identidades? En ese sentido, resultó de interés reflexionar acerca de las características que adquieren las movilidades urbanas cotidianas en las biografías de los jóvenes de sectores populares que realizan actividades artísticas y deportivas en espacios gratuitos de la CABA, los modos en que se regulan o limitan tales movilidades, así como las estrategias que éstos desarrollan para atravesarlas.

Para la construcción de datos empíricos –siguiendo los desarrollos de la propuesta metodológica de nuestro equipo, que toma en consideración los aportes de Michèle Leclerc-Olive (2009)– seleccioné el enfoque biográfico (Di Leo y Camarotti, 2013). A partir de la realización de entrevistas en profundidad se identificaron los acontecimientos que establecieran un giro existencial en la vida de los jóvenes para la construcción consensuada de su relato biográfico. Para ello, se entrevistó, previo consentimiento informado, a 7 varones y 4 mujeres, de entre 18 y 24 años, con quienes se realizaron entre 3 y 7 encuentros (en total, 60 entrevistas). Al momento de construir los relatos, todos los entrevistados se encontraban participando en alguno de los talleres propuestos por la organización a partir de la cual fueron contactados.[2] Para el procesamiento y análisis se siguieron los lineamientos de la teoría fundamentada, utilizando como auxiliar el software Atlas.ti (Vacilachis de Gialdino, 2012).

Por otra parte, siguiendo los aportes de los estudios etnográficos, realicé observación-participación que fue registrada en un diario de campo (Aschieri y Puglisi, 2010; Del Mármol et al., 2012). Con acuerdo de los coordinadores de una organización social, “el circo” –que ofrece talleres gratuitos orientados a población de barrios vulnerabilizados–, y de los jóvenes concurrentes, participé en cuatro talleres durante el segundo semestre del año 2014: trapecio y tela; acrobacia y malabares; hip-hop y tango. Dicha organización cuenta con cuatro sedes donde se desarrollan tales actividades: Parque Patricios, Mataderos, Monserrat y Barracas (Villa 21).[3] La inserción en dichos espacios facilitó el encuentro con los entrevistados y generó mayor confianza para llevar adelante la construcción de sus relatos biográficos.[4] A su vez, conocer las dinámicas de los talleres favoreció la comprensión de normas y pautas del lugar, de términos utilizados por estos jóvenes, así como también de las relaciones entre éstos, los coordinadores y el uso y circulación por los distintos lugares en que se desarrollaban las actividades.

La organización del capítulo se plantea en cuatro apartados. En primer lugar, se hace referencia a antecedentes de la articulación entre los estudios sobre movilidades y los de juventudes. Luego, se presentan aspectos vinculados a la movilidad en el trabajo de campo. A continuación, se desarrolla el análisis a partir de los emergentes en los relatos biográficos, las entrevistas y el registro de las observaciones. Y, finalmente, se proponen las reflexiones finales de este trabajo.

Movilidades y juventudes

Diversos abordajes teórico-metodológicos han puesto atención a distintas significaciones y prácticas asociadas al movimiento y la circulación –tanto de personas, como de objetos e información– como aspectos sustantivos en el análisis de lo social, confluyendo en lo que se denominó el giro hacia la movilidad (mobility turn) en las ciencias sociales. Considerar estas movilidades problematizó, a su vez, el predominio de una mirada que destacaba el carácter fijo y permanente de los fenómenos en los estudios que analizan la espacialidad y lo urbano. La comprensión del modo en que se configuran estas movilidades puso de manifiesto que las investigaciones precisaban dar cuenta de distintas dimensiones de la movilidad, no sólo asociadas a procesos estructurales vinculados a la migración y el transporte, sino también a las prácticas de la vida cotidiana, al lugar de la corporalidad en estas experiencias y, además, a las potencialidades y limitaciones de esas distintas formas de movimiento y circulación (Sheller y Urry, 2006; Cresswell, 2010; Jirón, Lange y Bertrand 2010; Lange Valdes, 2011).

En dicho marco se ha buscado comprender las movilidades a la luz de las desigualdades y relaciones de poder que éstas pueden manifestar. Las distintas formas de poder –por clase social, género, nacionalidad, generación– imponen distancias sociales y simbólicas, regulan y normativizan, resisten y reproducen estereotipos (Jirón et al., 2010; Chaves, 2014; Zunino Singh, 2015). Al atender a las dimensiones de la movilidad es posible poner en cuestión estas desigualdades, reconociendo su articulación y sus tensiones. Asimismo, contemplar las experiencias cotidianas de los individuos y el modo en que se configuran sus identidades se vuelve sustantivo en tal abordaje, dado que “[…] todas las prácticas de movilidad producen significados, identidades y sentidos culturales” (Jensen, 2009: 141). En ese sentido, para el abordaje de dichas experiencias se vuelve relevante atender a la movilidad cotidiana urbana, esto es:

“[…] aquella práctica social de desplazamiento diario a través del tiempo y espacio urbano que permite el acceso a actividades, personas y lugares. Este enfoque involucra además entender las consecuencias sociales, económicas, culturales y espaciales que genera sobre la conformación del espacio urbano y los distintos tipos de experiencia de sus habitantes” (Jirón et al., 2010: 24).

Por otra parte, algunos autores han señalado la escasa atención que tuvieron las movilidades de niños y jóvenes (Gough, 2008; Barker et al., 2010; Skelton, 2013). Aunque se reconoce la emergencia de nuevos estudios que las toman como objeto de análisis, se ha destacado que, al estar centrados en los países “del norte”, esto ha invisibilizado las particularidades de los procesos de desigualdad en países como los latinoamericanos y los africanos (Ansell y Blerck, 2005; Gough y Franch, 2005).

Sin embargo, lejos de ser exhaustivos, es posible distinguir diversas investigaciones que han recuperado dichas experiencias. Así, a modo de ejemplo, en Latinoamérica, puede señalarse el caso brasileño donde, desde los primeros estudios sobre juventudes, se reconoce la preocupación por su circulación en las calles de las principales ciudades de ese país. La introducción de las dimensiones de clase y género ha permitido, además, la comprensión de las desigualdades a partir de la movilidad, comparando significaciones y modos de transitar por la ciudad según sector social (Gough y Franch, 2005). Otros análisis abordan las redes de sociabilidad y las prácticas de circulación en función del uso y ocupación del tiempo libre en barrios populares, la configuración de diversos circuitos, vislumbrando allí diferencias entre lo público y lo privado, las diversas concepciones acerca de las juventudes y los conflictos intergeneracionales (Franch, 2002; Magnani, 2005).

En Argentina, también se registran antecedentes de investigaciones que incorporan el análisis de las movilidades en los estudios sobre juventudes. Puede destacarse el trabajo de Mariana Chaves (2014), en el que, retomando la noción de circuito juvenil de José Magnani (2005), aborda la construcción de recorridos en las vidas cotidianas de jóvenes de sectores populares urbanos, con el fin de identificar el modo en que se configuran y localizan sus desplazamientos, sus temporalidades, los sentidos otorgados a éstos y las interacciones generadas en dichos procesos.

Por su parte, desde una lectura crítica de los estudios sobre segregación socioespacial, Ramiro Segura (2012) plantea la necesidad de estudiar los sectores populares más allá de su cotidianeidad barrial. Busca comprender las lógicas de circulación de los jóvenes de sectores populares por la ciudad y el encuentro con otros actores sociales, para poner en cuestión las concepciones de vida urbana que parten sólo de la separación y el aislamiento.

En el presente trabajo la atención al análisis de las movilidades tiene un doble propósito: por un lado, habilitar el cuestionamiento a los enfoques positivistas que entienden la juventud como una entidad única y estable para dar cuenta, en cambio, de su carácter relacional, dinámico y transitorio, situado social e históricamente en el marco de relaciones de poder (Chaves, 2010). A su vez, busca valorizar las prácticas culturales juveniles como manifestaciones culturales propias y no como desvíos de la “cultura adulta”, apelando a considerar los aspectos de la vida cotidiana en el proceso de constitución de identidades (Kornblit, 2007; Segura, 2012).

“El circo”: movilidades en el trabajo de campo

El trabajo de campo se desarrolló en tres sedes del circo: Parque Patricios (sede central), Mataderos (Barrio Manuel Dorrego) y Monserrat. Tales ubicaciones responden a las posibilidades de la organización de contar con espacios cedidos o prestados para llevar adelante sus actividades, en función de su interés por situarse en lugares que resulten accesibles para los niños y jóvenes que residen en barrios vulnerabilizados. Estos barrios se concentran mayormente en la zona sur de la CABA y es allí donde se sitúan estas sedes del circo. Dicha accesibilidad no sólo responde a la cercanía geográfica, sino que se plantea desde un modo de intervención que busca favorecer el acercamiento y permanencia de los jóvenes. Esto, a su vez, habilita el acceso a nuevas experiencias, nuevas relaciones y temporalidades que tienen impacto en sus vidas cotidianas.

En la sede central de Parque Patricios –cuyo edificio había funcionado años atrás como una fábrica– se cuenta con amplias instalaciones para circular y desarrollar las actividades. Este lugar fue cedido por un espacio cultural que, con apoyo de fondos nacionales e internacionales, nuclea organizaciones sociales con objetivos diversos. Aquí asisten jóvenes de distintos sectores de la ciudad, especialmente, de barrios populares como Villa Soldati, Bajo Flores, Nueva Pompeya y Barracas. Concurren en ómnibus o caminando y lo hacen solos o en compañía de otros jóvenes. Quienes llegan caminando, en su mayoría residen en las cercanías del circo, aunque esto responde algunas veces a la falta de dinero para utilizar un transporte público. En el caso de Monserrat, de modo similar a la sede central, acceden desde diferentes barrios del sur de la CABA. Esta sede sólo funciona los días sábados en las instalaciones de otro circo más antiguo que les cede el lugar ese día.

En Mataderos, el espacio y el equipamiento son menores que en el resto de las sedes. Los talleres se dictan en un salón del polideportivo del barrio Manuel Dorrego, que pertenece al Gobierno de la CABA. La cantidad de jóvenes que asisten es significativamente menor. Residen mayormente en las cercanías del predio, por lo que llegan caminando. Más de la mitad concurre desde la Villa 15 (ubicada frente a este barrio) y el resto, desde Villa Insuperable, un barrio del Conurbano bonaerense, que limita con Mataderos.

En las tres sedes estudiadas, la circulación, especialmente la de los jóvenes, se encuentra limitada y regulada. Esto parece, en parte, vincularse al hecho de que en ninguno de los tres casos el lugar es completamente propio de la organización. De ahí que, al compartir el lugar con otros, existen determinados espacios por donde no es posible circular o permanecer. En cada sede se construyen recorridos que, de alguna manera, fijan y constituyen un camino de ida y vuelta entre la entrada y la salida. La regulación del modo en que los jóvenes circulan al interior del circo responde también al interés de sus referentes por generar pautas de cuidado, delimitando así los espacios de circulación por donde resulte posible observarlos y acudir a ellos ante cualquier eventualidad.

La sede central se encuentra situada en un amplio predio que cuenta con varios galpones subdivididos. Aun cuando éstos se mantienen vacíos gran parte del día, no es posible circular por allí. Los jóvenes eran conscientes de estos límites. Por ejemplo, al querer realizar entrevistas en estos salones, ellos advertían que se trataba de lugares en los cuales no se podía ingresar o permanecer. En el predio de Mataderos, aun cuando se tratara de un espacio público, el acceso y circulación interna tenían limitaciones. En ocasiones debían realizarse simultáneamente tres actividades (acrobacia y malabares, maquillaje artístico y kung-fu) en un mismo salón por no contar con otro lugar. Podían utilizarse algunos espacios al aire libre dentro del polideportivo, pero también resultaban limitados debido a que los mayores sectores verdes del predio eran utilizados por otros grupos para la práctica y/o enseñanza de fútbol. En Monserrat, las instalaciones son prestadas por otro circo. Si bien resultan más amplias que las de Mataderos, la apropiación de ese espacio por parte de los jóvenes, e incluso de los referentes, parecía ser menor. La percepción del lugar como un espacio “prestado” aparecía con mayor recurrencia en los relatos de los distintos actores y eso parecía limitar el modo en que se producía la circulación interna, el uso del mobiliario y de ciertos materiales que se encontraban allí.

De movilidades e inmovilidades

El inicio de las actividades artísticas y deportivas: llegar por casualidad

Entre los acontecimientos más significativos en la vida de los entrevistados se mencionó el inicio de prácticas artísticas y deportivas vinculadas al movimiento: danzas, circo, teatro, fútbol, kung-fu. Ante la pregunta por el modo en que se acercaron a tales espacios, en los relatos se destacó que este comienzo no había surgido de una decisión tomada con gran anticipación. Esto significaba que en algunos casos se desconocía la ubicación de los lugares en que se llevaban a cabo, lo que éstos podían ofrecer o las características de la actividad que iban a iniciar.

A partir de una invitación de familiares y amigos o de un encuentro en la calle o una plaza con otros jóvenes, hallaron un nuevo espacio de sociabilidad placentero y de gran relevancia en sus vidas. Gustavo, Mateo y Romina llegaron al circo tras ser invitados por sus primos y amigos para que los acompañaran a realizar una actividad que ellos desconocían.[5] Gustavo, al relatar su llegada al circo, expresaba:

“Mi amigo me dijo que vaya y yo fui a acompañarlo, no quería hacer nada. Porque yo de chiquito no me subía ni a un árbol, […] yo pensaba ir y esperarlo a un costado, mirándolo. Pero cuando llegué como que todos eran muy inclusivos […] y como que me arrastraron y bueno, empecé a hacer. Y bueno, cuando conocí malabares, hace poco, ¡me encantó!”

En otros casos, este inicio se habilita al transitar por el barrio. Para Omar, una invitación de un amigo con el que se encuentra en la calle lo lleva a conocer este nuevo lugar. Él vive en un parador de Parque Patricios, tras haber sido echado del lugar donde vivía con su madre. Al relatar su llegada al circo, se destaca lo que esto significó en su vida:

“Cuando empecé, no sabía nada de circo, me avisó un amigo, me invitó y vine. Me dijo: ‘che, Omar, ¿querés entrenar circo en un lugar?’, porque estaba viniendo para acá justamente. Yo lo encontré caminando y vinimos para acá. Y después vine otra vez y otra vez. […] El circo es mi casa, me cambió todo el circo. Por el circo estoy así ahora, re tranquilo, porque creo que si no hubiese conocido el circo, hubiese sido otra persona”.

Llegar a este lugar, “el circo” no sólo permite encontrar para Omar un nuevo modo de entrenamiento físico, sino la construcción de un nuevo espacio de pertenencia que produce una transformación en el proceso de configuración de su identidad. En cambio, en el caso de Portal, un joven de 18 años de Parque Chacabuco, resultaba muy claro su deseo de bailar hip hop. Eso significaba poder bailar con otros, participar en “batallas” y aprender nuevos pasos.[6] Realizar ese deseo comienza a ser vislumbrado al conocer un grupo de jóvenes que bailaban en el parque de su barrio:

“Y justito estaba con un amigo, estábamos trotando en el Parque Chacabuco y justito yo veo que hay un grupo de chicos bailando. Yo los veía muy seguido, pero por timidez no me iba con ellos. Y un día me dije: ¡no!, me tengo que hacer conocer. […] Me conocieron y me dijeron que bailaba piola. Y bueno, empecé a ir y ya hace un mes y medio que estoy yendo. Y por lo menos ya me hice conocido y con ellos ya participé en varios eventos”.

Ahora bien, la permanencia y circulación por espacios públicos, desde el punto de vista de los adultos, es asociado a la inactividad y la generación de problemas para los jóvenes. En el relato de Chinita, “pasear” por el barrio era una forma de disfrutar las tardes de los días sábados, uno de sus momentos libres de obligaciones. De modo similar, en el relato de Romina, caminar también se presenta como un tipo de distracción durante los fines de semana:

“[…] vamos a la avenida en la que están todos los negocios de ropa y todo eso, a caminar, a mirar la ropa. Quizás eso no es muy divertido, pero cuando estás aburrida algo hace, te distraés”.

Sin embargo, estas prácticas aparecen vinculadas con formas improductivas de utilizar el tiempo libre. En el relato de Chinita sobre su ingreso en el grupo de la iglesia del barrio, la Villa 21, se ponen en tensión las significaciones acerca del modo en que los jóvenes utilizan el espacio-tiempo urbano y el modo en que esto parece ser comprendido por los adultos:

“Cerca de dónde yo vivo hay una parroquia, ahí hay un par de sacerdotes. Y yo era de salir mucho los sábados, pero así, a pasear, a caminar con mis primas. Y entonces uno de los sacerdotes me dijo que me veía muy al pedo, que estaba siempre sin hacer nada y que algo bueno para mí sería ayudar a los más chicos. Entonces me dijo para que me metiera en algún grupo de la parroquia”.

Entre los discursos de algunos docentes de los talleres del circo también se buscaba evitar la permanencia de los jóvenes en la calle o en las plazas. Un profesor al finalizar el taller sugería que “vayan derechito” a sus casas o a la escuela y que no se detuvieran o se quedaran en el parque ubicado a cuadras de allí. En ese parque, luego de los talleres, podía observarse que varios habían comenzado a reunirse para pasar un tiempo entre esta actividad y el resto de sus ocupaciones diarias, jugando a la pelota, conversando y en algunos casos, también, para encontrarse con otros jóvenes a fumar marihuana.

La circulación por lugares públicos, en particular la calle, desde miradas adultocéntricas, ha estado vinculada sobre todo a sentidos negativos y problemáticos de la concepción misma de los jóvenes como seres improductivos y desinteresados, desviados y peligrosos. Diversos estudios dieron cuenta del modo en que la calle ha sido vislumbrada como amenazadora y violenta ante su presencia, aunque también como un espacio del cual hay que protegerlos. Esta diferencia se ubica en particular en relación con su condición social y de género. Así, sobre todo la circulación y permanencia de los varones de sectores populares en las calles será lo que cause la principal amenaza. Como señalan diversos estudios, en el caso de las mujeres, se centra, en cambio, en su protección y cuidado (Franch, 2002; Chaves, 2010; Segura, 2012; Ramírez, 2013). En el relato de Romina se advierten esos límites en términos de género y de ubicación etaria:

“El que da la última palabra es mi tío. A veces es como muy exagerado y es del campo, es muy grande. Y no puedo tener amigos […]. Tiene miedo de que quede embarazada, ve tantas chicas embarazadas, y quiere que yo estudie. No es que no sepa que yo estudio, es por cuidarme”.

Estas significaciones de los jóvenes como problema social y su presencia en las calles asociada a lo peligroso y lo inseguro pueden rastrearse en los lineamientos de distintas políticas e instituciones públicas donde se advierte el propósito de prevenir estas situaciones por medio de una oferta cultural y deportiva. Tales experiencias actúan, por un lado, facilitando el campo de oportunidades, nuevas interacciones y relaciones a las que difícilmente accederían por otras vías; pero también como regulaciones de los intereses, los recorridos y los usos del tiempo de los jóvenes, a través de actividades a las que se otorga mayor legitimidad. Se destaca, por ejemplo, la valoración de lo deportivo y lo artístico como herramientas pedagógicas y de transmisión de valores sociales (Franch 2002).

No obstante, estas significaciones producidas por políticas e instituciones –como señala Gabriela Wald (2011) al analizar dos proyectos de promoción artística de “alta cultura” orientados a jóvenes de sectores populares– no son reproducidas linealmente por los actores sociales que participan en dichas actividades. Por el contrario, estas regulaciones se ponen en tensión con los sentidos que los jóvenes otorgan a tales propuestas, resignificando esas experiencias. Ahora bien, entre estos sentidos resulta preciso distinguir los hallazgos de dicha autora en su investigación acerca de jóvenes que participan en orquestas juveniles en dos barrios populares de CABA. Allí se señala que, frente a los objetivos de promoción de la inclusión social de tales propuestas, los jóvenes tomaban distancia y disentían de la capacidad de los mismos para la generación de una mayor integración de ellos en la sociedad. Si bien los jóvenes daban valor a estos espacios, sobre todo por el disfrute de tocar y hacer nuevas amistades, al mismo tiempo advertían sus límites y afirmaban que no necesariamente formar parte de la orquesta musical producía transformaciones positivas en sus vidas. En los relatos de los jóvenes que concurren al circo, en cambio, el inicio de las actividades artísticas y deportivas fue reconocido como un punto de inflexión en sus biografías e incluso, pudo vislumbrarse cómo a partir de estas actividades se establecieron nuevas sociabilidades y nuevos espacios de confianza que han repercutido positivamente y de manera significativa en sus vidas.

Por otra parte, las distintas maneras de concebir la circulación de los jóvenes en el espacio público deben, a su vez, ser ubicadas en debates que históricamente han planteado tensiones al dar cuenta de los modos de circulación en los espacios públicos de las grandes ciudades. En el análisis de lo urbano, algunas áreas fueron consideradas lugares de paso y otras, de permanencia. Cada una de ellas era generadora de prácticas que provocaban consecuencias diversas en la vida social moderna. Los abordajes que hicieron referencia a las áreas de tránsito meramente como lugares de paso, caracterizadas por la imposibilidad de que se produjeran relaciones sociales por la velocidad y lo efímero del recorrido por éstas, invisibilizaban así sus potencialidades para la generación de encuentros y sociabilidades (Lange Valdés, 2011). Advertir estas movilidades no implica, sin embargo, desconocer la existencia de áreas fijas y de mayor permanencia y otras de mayor fluidez en la conformación de las ciudades. Por el contrario, plantea la necesidad de advertir el vínculo entre esos espacios de tránsito y las estructuras materiales a partir de las prácticas de los actores que producen la ciudad al movilizarse (Jensen, 2009).

Abordar críticamente las distintas formas de movilidad permite cuestionar los preconceptos que parten desde posiciones morales que determinan a priori las consecuencias positivas o negativas de la movilidad en las vidas cotidianas, en este caso, las de los jóvenes de sectores populares. Pensar las ciudades a partir de la articulación entre lugares fijos y estructuras, así como los de tránsito, permite reconocer la diversidad de interacciones y el carácter sustantivo que éstas adquieren en este proceso. Así, es este diálogo entre lo dinámico y lo estable y sus efectos en las prácticas de movilidad lo que habilita nuevas comprensiones acerca de las diversas configuraciones de las identidades juveniles.

Circular cotidianamente: desafíos y estrategias

La experiencia de los individuos en sus movilidades cotidianas da cuenta de recursos a los que se accede de manera desigual y que ponen de manifiesto significaciones diferentes, tensiones y negociaciones acerca de quiénes toman decisiones en el marco de relaciones de poder. No obstante, como señala Daniel Muñoz (2014):

“[…] la movilidad como fenómeno no expresa solamente diferenciales de poder y segregación socioeconómica. Lazo (2012) hace un llamado a no centrarse solamente en variables estructurales, como clase social o localización en la ciudad, sino también a valorizar el ámbito de la experiencia y las tácticas de desplazamiento (Lazo, 2012: 24), enfatizando en la necesidad de explorar en detalle la experiencia de los sujetos que viajan, describiendo sus tácticas móviles y buscando en ellas nuevas formas de comprender la necesidad de desplazarse por el entorno urbano (p. 4)”.

El análisis de las movilidades requiere considerar, por lo tanto, no sólo la cotidianeidad barrial, sino también las lógicas de circulación de los jóvenes de sectores populares por la ciudad, sus posibilidades y limitaciones (Segura, 2012). Los entrevistados residen en barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires. Más de la mitad vive o ha vivido en villas de la CABA de los barrios de Barracas, Villa Soldati y Bajo Flores. Concurrir al circo es una de las actividades que realizan entre otras ocupaciones que desarrollan en sus vidas cotidianas: practican otras actividades artísticas y deportivas, estudian, trabajan, realizan tareas domésticas y de cuidado. La articulación de tales actividades les impone ciertas limitaciones y regulaciones, pero, al mismo tiempo, los interpela para que generen estrategias que les permitan transitar diariamente. En ese sentido, se torna relevante comprender lo espacio-temporal como un proceso dinámico y multidimensional,

“[…] [que] alude a la indisociable interconexión entre ambos elementos, intentando superar la dualidad de su comprensión como realidades separadas” (Jirón et al., 2010: 25).

Algunas actividades, los tiempos en los que se deben realizar y los lugares a los que se debe concurrir para ello, plantean tensiones en el relato de los jóvenes. En distintos momentos de sus biografías pueden reconocerse una serie de tareas que deben realizarse, que determinan lugares a los cuales asistir y horarios que cumplir. Comienzan durante la niñez, pero se sostienen hasta que los jóvenes son considerados lo suficientemente maduros por los adultos para decidir a dónde concurrir y de qué manera. Como consecuencia se manifiestan limitaciones para elegir qué actividades realizar, cuándo iniciarlas o finalizarlas, cómo articular los horarios y cómo distribuir los tiempos durante sus jornadas diarias. Esto, además, implica tener que dejar de realizar otras prácticas que resultan más placenteras: descansar, estar en su propia casa o realizar una actividad artística y deportiva. Chinita, una joven de 20 años de Villa 21 que baila hip hop, entre otras actividades, relata:

“Mi mamá dejó de llevarme a clases de baile porque le parecía más importante que aprendiera inglés. Las clases de inglés, al ser tres veces por semana, se interponían con lo que era baile. Esto no me gustaba, pero a ella no le importaba porque se hacía lo que ella decía. Como era chica hacía caso a lo que me decía, obedecía y no rompía las reglas”.

Sin embargo, ante tales obligaciones también se producen resistencias. Como señalan diversos estudios, los jóvenes crean configuraciones espacio-temporales que se experimentan con mayor libertad y privacidad, con recorridos y horarios alternativos a los de los adultos (Franch, 2002; Franch y Gough, 2005; Camarotti, Di Leo y Kornblit, 2007). Así, por ejemplo, al finalizar los talleres de circo realizados por la mañana en la sede de Parque Patricios, varios permanecían en ese espacio hasta la tarde, cuando comentaban que, en realidad, debían estar en la escuela o en otros ámbitos de estudio y/o trabajo.

No obstante, siendo jóvenes también se manifiestan responsabilidades en sus rutinas diarias que implican poder articular lugares y horarios a los que se debe asistir y aquéllos en los que se desea participar. Así, por ejemplo, sostener la concurrencia tanto a la escuela técnica con jornada completa y a los talleres de circo demandaban a Edrul –quien además ayudaba en el taller textil de su familia– el cumplimiento de los horarios de entrenamiento y luego tener que acelerar los tiempos de traslado para llegar hasta su escuela, en función de los escasos recursos con los que contaba para viajar diariamente:

“Me acomodaba los horarios y estaba bien, terminaba acá [en el circo] a la mañana y me iba corriendo al colegio para taller, porque antes el horario era diferente. Iba corriendo a taller y de acá me iba o en el [ómnibus] 42, que me tenía que caminar hasta allá, hasta Pompeya, Barracas casi. Y después de ahí, me iba al colegio”.

Solanch, otra de las jóvenes entrevistadas, se encontraba realizando una capacitación ofrecida por el circo en la sede de Parque Patricios, a partir de un programa de formación para el trabajo en testing de software que alternaba la enseñanza de los contenidos con propuestas recreativas. Solanch tiene dos hijas que tienen entre 2 y 5 años y, al momento de las entrevistas, se encontraba viviendo en una villa de Bajo Flores. Vivía con su pareja, José, de quien estaba separada de hecho, en una vivienda que pertenecía a la familia de él. Sus hijas concurrían a dos jardines maternales diferentes. Para que esto pudiera sostenerse cotidianamente, ella debía combinar recorridos que les permitieran cumplir con ambas obligaciones de trabajo y cuidado:

“Cuando hice testing era levantarme, llevar a una al jardín, […] la llevaba a Sofía. De ahí me venía hasta acá [el circo]. Después en testing hacía hasta las doce. […] Agarraba y me tomaba el colectivo y la iba a buscar a Camila, que salía a las dos y media, tres. La llevaba a casa con su tía. De ahí le daba la teta media hora. De ahí me iba hasta Pompeya, de Pompeya volvía, y ahí ya terminaba mi día. [¿Y cómo terminabas, o cómo terminás?] ¡No, termino exhausta! Antes me dormía en el colectivo cuando iba a buscar a las nenas, pero tenía la tarde libre. Era el hecho de tener que estar viajando, cada 15 minutos estaba viajando, eso era lo que me molestaba tanto”.

Si bien resulta molesto y agotador llevar adelante este recorrido cada día, para Solanch la necesidad de capacitarse representa contar con una opción laboral a futuro. Sin embargo, esto implicaba un esfuerzo por no descuidar a sus hijas, de quienes era la principal responsable. Las movilidades, como las que platean estos casos, ponen de manifiesto que poder circular o permanecer no refiere solamente a la libertad de acción de los individuos, sino más bien a prácticas que expresan la tensión entre lo que se desea realizar y las posibilidades de llevarlo a cabo, así como los recursos con los que se cuenta para que eso pueda desarrollarse. Por ello, realizar determinados recorridos o el motivo que lleva a transitarlos puede responder muchas veces a una necesidad, más que a una voluntad personal (Chaves, 2014).

Por otra parte, para poder circular por la ciudad también se presentan otras dificultades que derivan de los sentidos de peligrosidad e inseguridad que se atribuyen al desplazamiento cotidiano. Como se mencionara en el apartado anterior, el uso y ocupación de las calles por parte de los jóvenes de sectores populares estuvo, sobre todo, asociado a discursos negativizantes acerca de la presencia juvenil en el espacio público. No obstante, tales significaciones son construidas relacionalmente en la interacción entre diversos actores, en este caso, los jóvenes y los adultos (Chaves, 2014). En ese sentido, en los relatos de los entrevistados también se vincula a las calles, en particular las de los barrios en los que residen, con espacios de tránsito que implican peligros para ellos y otros jóvenes. Aquello que perciben como riesgoso en sus experiencias cotidianas les impone la necesidad de crear estrategias de cuidado y protección para poder atravesarlas (Di Leo, 2013; Ramírez, 2013).

Las situaciones en las que se reconoce algún tipo de peligro o temor estuvieron presentes en los relatos tanto de varones como de mujeres. Estas situaciones se ubican especialmente en los barrios en los que residen. Barrios cuya peligrosidad, en comparación con otros momentos, aparece con mayor gravedad, por lo que deben desplegarse ciertas precauciones:

“Ahora es como que las cosas cambiaron y es como que ya atacan a los de adentro, les roban a los de adentro. […] Yo antes podía estar a las 12, caminando por ahí tranquilamente y no me iba a pasar nada, porque la mayoría de vista por lo menos me tiene. Ahora es como que si estoy a las 12, tengo que estar con cuidado por donde voy porque me pueden terminar robando, matando o lo que sea” (Chinita).

“[…] Ahora que somos más grandes no está tan bueno porque como que vos tenés que salir a trabajar o algo y llegas muy tarde, es muy peligroso, como en todos lados, ¿no?, pero es mucho más peligroso por un tema del lugar, de dónde es. Y que sabés que a la vuelta de la esquina hay un pibe drogándose, ya sabés de qué se trata, por eso te da un poco de miedo, […] un ejemplo muy básico, me voy a bailar ponele y no puedo volver a mi casa a las seis de la mañana porque sé que algo malo me puede pasar. Entonces qué tengo que hacer, irme a la casa de una amiga, por ejemplo, con las que salgo y me quedo ahí a dormir un rato. Y después vuelvo a mi casa más temprano, tipo ocho, nueve, ya cuando se puede, porque es peligroso, medio feo” (Sofía).

De este modo, las jóvenes desarrollan estrategias para circular por determinados caminos, así como volver o salir de sus hogares en ciertos horarios, que les permiten evitar posibles amenazas. En algunos casos, estos peligros remiten a experiencias concretas experimentadas por ellos o sus amigos. Sin embargo, en los relatos de los entrevistados, así como se expresa también en hallazgos de otras investigaciones, estas situaciones no son relacionadas a un contexto social e histórico en el que las violencias juveniles tienen un peso significativo en las causas de morbimortalidad, especialmente de los varones, sino que son mencionados como experiencias personales que deben atravesarse con estrategias individuales (Di Leo y Camarotti, 2013; Villa, 2014).

Ante un evento que supuso una amenaza, o como una medida de precaución luego de que éste ocurriera, los jóvenes han desplegado estrategias que les permitieron protegerse en interacciones con terceros potencialmente peligrosos. Lolo, tras la muerte de un amigo por una bala perdida a la salida de un boliche, transformó el modo en que podía volver a salir a bailar los fines de semana:

“Hay un tiempo que no fui a bailar, dije no voy a bailar por un tiempo por él, porque él fue a bailar y le pasó esto. Y después dije bueno, tengo que disfrutar mi vida, él quiere que disfrute entonces y un día fui a bailar. Gracias a Dios no me pasó nada, pero sé que pasa en cualquier lado, te puede pasar algo. Por eso yo estoy precavido, por eso no trato de pelearme con nadie, hay que tener buena onda con todos”.

En el caso de Iván, ante la presencia de un posible ladrón y para evitar un intento de robo a la salida del colegio, procuró buscar la ayuda de sus amigos que se encontraban en el barrio:

“[…] el chabón me venía rompiendo las pelotas, pedía monedas, hasta que se ponía más cargoso. Y yo me acordé que a la vuelta estaban unos amigos míos, entonces fui por ahí. Y bueno, pasó lo que tenía que pasar, mis amigos saltaron por mí, mis amigos de la secundaria. O sea, me salvé en una de que me roben, más por vivo”.

La movilidad cotidiana urbana, aun cuando no sólo refiera a un tipo de movilidad física de personas, sino también de objetos e información, en las experiencias cotidianas presenta un componente importante de desplazamientos físicos y, por lo tanto, de copresencias corporales que posibilitan lugares de sociabilidad, pero también de fricciones (Cresswell, 2010; Jirón et al., 2010; Araujo y Martuccelli, 2012). Así, ante situaciones que plantean tensiones y conflictividades, como las relatadas por los entrevistados, en el encuentro con otros se buscará lograr una distancia óptima que evite problemas con éstos o, en cambio, se utilizarán tales relaciones como recursos sociales y simbólicos para enfrentar los desafíos que imponen ciertos tipos de desplazamientos y, en consecuencia, crear pautas de protección para sostener sus actividades cotidianas.

La posibilidad de realizar una actividad artística y deportiva como escape

La violencia, como señalan otros trabajos, aparece en las biografías de los jóvenes como acontecimientos significativos que dejan marcas en sus vidas (Di Leo, 2013; Villa, 2013). Una de las principales problemáticas relatadas se relacionó con situaciones de violencia física, psicológica y emocional, sobre todo durante la niñez. En gran parte de los casos, esta violencia es impuesta por sus madres y padres, y es dirigida a sus parejas, pero también a éstos y a sus hermanos.

Tales situaciones generan angustia y se reconocen como lugares de los que resulta preciso salir. La necesidad de desplazarse fuera del ámbito familiar es vinculada, a su vez, a la posibilidad de contar con rangos de libertad que se asocian a crecer y a empezar a tomar decisiones. Salir en los momentos y a los lugares elegidos será experimentado incluso como acontecimientos que generaron los cambios más significativos en sus vidas. En el relato de Omar puede advertirse el significado que tiene salir de las problemáticas familiares y elegir los lugares en dónde sentirse mejor:

“[…] antes yo no tenía la oportunidad que tengo ahora de hacer, de libertad… porque yo antes sólo iba al circo y al colegio. He ido a veces a jugar a la pelota no más, pero en cambio ahora puedo ir a todos lados y de paso tengo libertad de hacer lo que yo quiera y aprendo más, y lo estoy aprovechando. […] Cuando estaba con mis amigos, ahí también me despejaba un poco, pero no tenía tanta libertad como ahora, por eso ahora yo estoy todo el día afuera entrenando o haciendo algo, pero no estoy en mi casa”.

Así, desde la niñez y hasta la actualidad, se construyen diversos caminos en la búsqueda de tener un escape, de despejarse y también, divertirse. Frente a aquello que parece no tener opción como el hogar familiar que presenta violencias, desinterés y pérdidas, intentan construir circuitos que produzcan espacios de mayor bienestar, en los que esos problemas puedan resignificarse o expresarse de otras maneras. En el caso de Solanch, el teatro y el circo se vuelven espacios a los que se recurre para sentirse mejor, para sentirse diferente. Recientemente, ella ha sufrido violencia por parte de su expareja, padre de sus dos hijas. Hacer teatro la interpela, le permite ser y, a su vez, no tener que ser ella misma, para salir y comprender esta situación a través de la interpretación de un personaje:

“[…] las últimas escenas que fueron las más fuertes que hice, […] la de las chicas que eran pobres, que decían: ‘si yo tuviera dinero a mí esto no me pasaría’, con esa frase. Y después la otra que era la mujer golpeada, […] a mí me había pasado algo parecido, entonces fue como que lo hice con más ímpetu. Y fue como que ponerme en el lugar y como que estar ahí también. De no ponerme tanto un poco en mi lugar, sino de actuarlo, porque la intención siempre es actuarlo, no ser vos”.

Los sentidos de libertad se vinculan especialmente con la posibilidad de concurrir a espacios donde realizar actividades que se eligen, que se disfrutan, como es bailar o hacer circo. No obstante, en la toma de decisiones, siguen estando presentes los mandatos familiares y las expectativas sociales acerca de lo que se espera en la vida y que, incluso, en algunos casos, es deseado también por los mismos jóvenes: estudiar (terminar el secundario y realizar una carrera universitaria), formar una familia, tener un trabajo estable. En los relatos se manifiesta una situación ideal en la que si se pudiese elegir qué hacer en el futuro, desearían ser artistas o profesores de circo o danza. Así, al mismo tiempo que se realizan los talleres, se sostiene la concurrencia a instituciones educativas, los empleos informales y las capacitaciones para el trabajo.

Ahora bien, aunque deban cumplirse ciertos mandatos, se encuentran formas de distinguir el interés por cada una de las actividades realizadas. Arribar a tiempo a un lugar, llegar temprano y permanecer remite a emociones de bienestar, de disfrute, que se contraponen a lo percibido cuando se debe concurrir por obligación. En su relato, Iván distingue las emociones que le generaba concurrir a la escuela secundaria y jugar a la pelota con amigos:

“[…] yo, por ejemplo, al colegio llego tarde, pero para jugar un partido de fútbol nunca llego tarde. Es como que son distintos lugares para mí, yo los percibo distinto. Por ejemplo, en el colegio, yo sé por qué llego tarde, porque el colegio era un lugar donde no me gustaba estar y entonces por eso llegaba tarde. Y yo veía a los chicos que llegaban muy temprano y decía ‘¿pero por qué llegan tan temprano?’, están al pedo ahí, llegan a las seis de la mañana. Yo llegaba tarde porque no me gustaba estar, no era un ámbito donde me gustara estar”.

La distinción en las emociones que generan las actividades permite diferenciar los ritmos en las jornadas diarias de los jóvenes. Ritmos que se registran en la tensión entre la imposición y la elección por parte de los jóvenes o de terceros. Esto se destaca, como resaltaba el relato anterior, al dar cuenta de lo que generan prácticas cotidianas como asistir al colegio o realizar una clase de circo o de baile. En el relato de Sofía se puede registrar lo que siente al atravesar estos espacios:

“Te das cuenta que vos venís del colegio, que son compañeros y que están todo el día hablando del colegio. Después llegás ahí [el circo] y es como otra cosa, te descargás. Aprendí un montón de cosas. Capaz que aprendí a compartir un poco más, a si estoy cansada o algo, no desquitarme con la gente que capaz que me pregunta qué me pasa y te desquitás. […] Entender qué es lo que pasa al otro. Y también un poco a tener tu tiempo para todo, tomarte un tiempo para relajar y no pensar en las cosas, digamos, de la vida cotidiana”.

En esta circulación por lugares que se advierten con diferentes características y ritmos se configura un tiempo espacializado, un tiempo social. Es decir, un tiempo compartido que es construido en el encuentro con otros (Lasén Díaz, 2000). Las significaciones acerca de los distintos ritmos, a su vez, se expresan en el cuerpo al circular entre lugares con responsabilidades diferentes. En este caso, la permanencia en el circo configura un espacio-tiempo que se vincula a sentidos como el respeto, el reconocimiento, el aprendizaje y también el placer y el disfrute.

Los desplazamientos conectan lo experimentado en cada lugar, de manera tal que lo que sucede en uno y en otro produce espacios que se constituyen mutuamente. El tránsito entre éstos, a su vez, permite problematizar los límites y posibilidades en cada uno. En los relatos de otro de los entrevistados, Gustavo, se advierte que la velocidad y la fuerza que tienen los movimientos que realiza con su cuerpo, en algunos casos utilizando elementos como las pelotas o clavas para malabares, le permite distinguir sus estados de ánimo:

“Cuando hago los malabares me despejo, me despejo un montón. Y a veces no sé cómo estoy hasta que hago malabares. Por ahí si empiezo a hacer y veo que estoy apurado o me siento molesto o los hago más relajado. Y como que a veces me pruebo y se me empiezan a caer, hago de nuevo y se me vuelven a caer. O los dejo y me voy a hacer acrobacia. Pero siempre intento hacer de nuevo. Intento no rendirme. Siento que desestresa o que saco la energía. Por eso, me gusta más malabares, siento por ahí que si estoy enojado o voy a de mal humor, y quiero hacer una vertical, pateo mucho. O estoy con mucha energía y lo hago muy fuerte y me doy cuenta que me puedo lastimar”.

A partir de esta distinción procura vislumbrar qué actividad realizar considerando el peligro o el bienestar que produce cada práctica con un ritmo particular, pero también facilita el reconocimiento de las propias emociones y las de otros. Estas emociones devienen movimiento, expresión, in-betweens que permiten advertir las vinculaciones entre aquello que ha sido presentado como elementos distintos, separados: sujetos y objetos, cuerpo y mente, interior y exterior (Logfren, 2008).

Por otra parte, si bien estas significaciones y prácticas se presentan en su narrativa como una forma personal y singular de autoconocimiento y autocuidado –respondiendo al humor, la energía, el cansancio y el desgano como elementos naturales y espontáneos de la corporalidad–, puede reconocerse que estas significaciones se encuentran atravesadas por discursos y normativas propuestas por los referentes y profesores de la organización en la que realizan dichas prácticas. Al ser fundamental para esta organización el cuidado y el correcto desempeño de los entrenamientos, durante los talleres y también en los horarios de descanso, constantemente se hace referencia al modo en que se pueden y no se pueden llevar adelante los ejercicios. Esto tiene como objetivo el cuidado propio y el de los compañeros, por ejemplo, utilizando colchonetas adecuadas para las acrobacias o no pudiendo colgarse de los elementos aéreos sin previo precalentamiento o supervisión adulta.

Los ritmos expresan la intersección o alternancia de algunos momentos de movimiento y también de descanso. Esto habilita la lectura de las prácticas sociales cotidianas como prácticas que son, simultáneamente, internas y externas, orgánicas e impuestas. Así, aun cuando el ritmo parezca espontáneo, natural, no regulado, siempre implica, sin embargo, una medida, una regla (Lefebvre, 2004, citado en Cresswell, 2010).

En este sentido, considerar las características de los ritmos en las actividades que realizan los jóvenes puede considerarse, a su vez, como un elemento que posibilita la comprensión del modo en que se regulan sus prácticas, en tanto prácticas corporizadas y, por lo tanto, el modo en que se configuran sus identidades, que son construidas relacionalmente, espacio-temporalmente; situadas y, a la vez, dinámicas, producidas en los momentos de encuentro con otros (Massey, 2005, citado en Jensen, 2009).

Reflexiones finales

En los relatos resultó sustantivo el modo en que lo inesperado y lo casual fue asociado al inicio de las actividades artísticas y deportivas que hasta el momento eran desconocidas para los jóvenes entrevistados. Estos caminos que provocaron una irrupción en lo cotidiano, ya sea en el flujo de las calles, los encuentros casuales o las invitaciones no esperadas, pusieron de manifiesto nuevas formas de circulación y de interacción que han provocado giros existenciales en sus biografías, habilitando experiencias novedosas en sus vidas cotidianas.

Así, sin obviar que los espacios públicos como las calles o las plazas pueden producir tensiones y conflictos, reconocerlos también como lugares de encuentro puede permitirnos vislumbrar que éstos, además, pueden constituirse en espacios de sociabilidad valorados y utilizados por los jóvenes para la construcción de vínculos de confianza; de realización de prácticas deportivas, de producción de distintas performances artísticas y, por lo tanto, como lugares que propician la configuración de identidades.

De este modo, aunque se deban articular horarios y cumplir con diversos imperativos sociales; aun cuando se perciba peligrosidad en sus barrios, se cuenten con pocos recursos económicos para acceder a actividades y a distintos medios de transporte, los entrevistados circulan cotidianamente más allá de los límites barriales. Buscan alternativas para llevar adelante actividades que les resulten placenteras, que les permitan encontrarse con otros jóvenes y adultos, pero también para poder cumplir con obligaciones como el estudio, el trabajo y el cuidado de otros.

Dichas prácticas, al mismo tiempo, entran en tensión con los límites espacio-temporales de la ciudad y las reglas de los lugares por donde circulan. Tales regulaciones suelen ser respetadas por los jóvenes, quienes las cumplen y construyen recorridos en torno a éstas. No obstante, sus prácticas de movilidad no son pasivas. Tales normatividades son también resignificadas y resistidas por ellos. A partir de sus movilidades, aun en tensión con lo que las posiciones adultocéntricas señalan como lo correcto, lo productivo, lo moral, no sólo conforman espacios de sociabilidad y desarrollan estrategias propias para protegerse, para divertirse; sino también para hallar nuevas formas de circulación.

Anexo: Perfiles de jóvenes entrevistados

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  1. Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Director: Dr. Pablo F. Di Leo.
  2. Ver Anexo 1.
  3. “El circo” es el modo en que los diferentes actores que participan del espacio denominan cotidianamente a la organización social. A partir de aquí se utilizará este término para dar cuenta de la misma.
  4. El trabajo de campo fue realizado en todas las sedes, excepto en Barracas, dado que allí concurrían mayormente niños. Por cuestiones éticas y de los objetivos del trabajo, se buscaba entrevistar sólo a mayores de 18 años.
  5. Se utilizan seudónimos elegidos por los jóvenes entrevistados.
  6. Evento en el que se realizan distintos enfrentamientos entre uno o más bailarines de hip hop que deben realizar una performance frente a un jurado o público que establece un ganador.


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