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1 Estar juntos como prueba: tensiones en las relaciones de pareja juveniles

Sebastián Ezequiel Sustas

Introducción

El interés de las ciencias sociales en torno a aspectos vinculados a la situación de pareja de los jóvenes, tal como señala Edith Pantelides (1996), posee una cierta carga negativa asociada a los efectos no deseados de las prácticas sexuales como los embarazos no planificados, embarazos a edades tempranas, o la transmisión de infecciones por vía sexual. Esta carga negativa originaria de los estudios en torno a la sexualidad y afectividad de los jóvenes se encontraba sostenida en una particular concepción de vulnerabilidad de tipo individualista y generalmente estigmatizante, corporizada en perspectivas de tipo preventivistas. En el presente capítulo nos proponemos analizar las significaciones y experiencias sociales de los jóvenes en torno a noviazgos y parejas con el propósito de observar los procesos de vulnerabilidad social asociados a estas instancias. Proponemos la categoría de prueba de pareja como concepto analítico para observar la articulación entre los diferentes desafíos asociados a los noviazgos y parejas y los soportes movilizados para salir airosos de dichos retos.

Realizar el análisis de los relatos biográficos de los jóvenes entrevistados a partir de la noción de prueba nos permite exponer las diferentes lógicas de acción utilizadas por los jóvenes para construir sus experiencias sociales en torno a aspectos relativos a la sexualidad, el género, la afectividad, los proyectos de convivencia, las relaciones con los familiares, entre otras dimensiones inherentes a las relaciones de pareja. De tal forma, pudimos identificar tres facetas de la prueba de pareja: la iniciación –categoría que refiere a las alusiones a las primeras experiencias afectivas en la vida de los jóvenes, entre las cuales pueden estar presentes menciones a la iniciación sexual–, el crédito –categoría que apunta a los procesos de legitimación de la pareja a partir de las miradas y expectativas del entorno próximo de los jóvenes respecto de las elecciones de sus parejas–, y finalmente la convivencia –categoría que remite a las experiencias de cohabitación en un mismo hogar con la pareja.

Retomando el enfoque metodológico del proyecto de investigación donde se enmarca este capítulo, para la construcción de los datos empíricos seleccionamos como herramienta metodológica el relato biográfico con el propósito de contar con una mejor aproximación a los procesos de configuración de las experiencias sociales y su vinculación con los contextos y reflexividades.[1]

Prueba y experiencia social

Un rasgo común de los relatos biográficos de los jóvenes entrevistados es la referencia a experiencias de pareja. En ocasiones, estas alusiones a noviazgos, convivencias, y parejas ocasionales, como así también las rupturas de aquellos vínculos afectivos, implicaron puntos de inflexión en las biografías de los jóvenes, al ser identificados por los mismos entrevistados como acontecimientos significativos (Leclerc-Olive, 2009). En otros casos, las referencias a diferentes variaciones de relaciones de pareja, a pesar de no ser identificadas como acontecimientos significativos en la construcción de sus relatos, constituyen instancias de tensión, donde los propios jóvenes evidencian implicancias que desbordan el círculo existencial inmediato, y sitúan en dicho horizonte próximo los obstáculos de tipo estructural propios de los contextos donde viven (Martuccelli, 2007). En otras palabras, en dichas tensiones situadas en el entorno próximo, es posible observar las vulnerabilidades sociales corporizadas en diversas limitaciones en las condiciones de producción de sus procesos de individuación.

Tal vez por la metodología utilizada para la construcción de los relatos biográficos (Di Leo y Camarotti, 2013), estas instancias nodales en las vidas de los jóvenes entrevistados parecieran poner de relieve en mayor medida aspectos existenciales localizados en espacios donde predominan las relaciones con el entorno inmediato, por sobre cuestiones de tipo estructural. El mismo Martucelli (2006b) nos advierte del riesgo posible de extremar esta tendencia: caer en la sobre-personalización de las experiencias biográficas, es decir generar una ilimitada galería de escenas individuales que sean el comienzo y la meta del análisis sociológico. Proponemos, siguiendo al mismo autor, valernos de la noción de prueba para analizar las situaciones de pareja, con el propósito de observar las dinámicas relativas a lo afectivo y su vinculación con los procesos de construcción de las tramas sociales en las cuales se hallan imbricadas:

“[…] las pruebas se declinan en forma diferente según las trayectorias y los lugares sociales, y asumen significaciones plurales según los actores considerados. […] Conservando en primer plano los cambios históricos y los inevitables efectos del diferencial de posicionamiento social entre actores, las pruebas permiten justamente dar cuenta de la manera en que los individuos son producidos y se producen” (Martuccelli, 2006a, citado por Di Leo y Camarotti, 2013: 21).

Las pruebas permiten dar cuenta de la diferenciación funcional que caracteriza las sociedades contemporáneas según las esferas de acción a las cuales acceden los individuos, sin perder de vista la fuerte estandarización social y temporal de dichos desafíos en una sociedad dada. En este sentido, “describir el sistema estandarizado de pruebas equivale a describir una sociedad histórica en su unidad” (Martuccelli, 2006a, citado por Di Leo y Camarotti, 2013: 22). ¿Es posible pensar en desafíos comunes en torno a la pareja, la afectividad y sexualidad? Proponemos responder positivamente esta pregunta a partir del análisis de las entrevistas en los jóvenes que hemos entrevistado. En este sentido, la adopción del concepto de prueba al ámbito de las relaciones de pareja y noviazgos en los jóvenes permite dar cuenta la herencia de la impronta de la institución familiar como eje central en los procesos de individuación, pero que adquiere a su vez matices de acuerdo a las posibilidades de enmarcar las prácticas e interacciones sociales del entorno próximo en escenarios de sociabilidad con grados diferenciales de vulnerabilidad.

Las pruebas en general, y sobre todo aquellas que refieren a la pareja en particular, encuentran en el individuo el eje singular de la afección encarnado en situaciones experimentadas por los individuos en vivencias, el cuerpo o los afectos. La implicancia a nivel individual pareciera así saturar de forma más visible el campo de las emociones por sobre otros niveles de análisis. Sin embargo en esa situación de reto que comportan las pruebas,[2] y a la cual estamos confrontados por su intensa implicancia a nivel vivencial, es necesaria una instancia de percepción de los mismos actores, aunque sea en un nivel velado, de las tensiones entre el individuo y el mundo, es decir entre sus deseos y las posibilidades concretas de realizarlos.[3] Estas tensiones implican mayores o menores posibilidades de salir airoso de estos eventos centrales de las trayectorias individuales, pero también se vinculan con procesos de selección que marcan hándicaps diferenciales de recursos y posibilidades de movilizarlos para afrontarlos (Martuccelli, 2006b).

Retomando la noción de experiencia social (Dubet, 2013), entendida como maneras de definir la sociedad y el sí mismo, es posible dar cuenta de las lógicas de acción que permiten identificar los sistemas estandarizados de pruebas. Estas lógicas de acción:

“no son sólo grupos de motivos, son también puntos de vista sobre lo social, más cognitivos que normativos, que implican un tipo de representación de la sociedad” (Dubet, 2013: 194).

Si las pruebas permiten observar lo social a partir de lo individual, las lógicas de acción permiten dar coherencia de sentido a las continuidades biográficas en sociedades contemporáneas donde se autonomizan los prismas que guían la construcción de experiencias individuales. Dubet (2013) señala que en la construcción de la vida social se articulan tres lógicas de acción:

“1) integración –la interiorización de lo social–, 2) estratégica –conjunto de recursos movilizados en situaciones de intercambios sociales particulares–, 3) subjetivación –todo lo que se presenta como no social, más allá o más acá de toda determinación” (Di Leo y Camarotti, 2013).

A partir de este marco conceptual, y de las herramientas analíticas descriptas, las preguntas centrales que guían el capítulo son las siguientes: ¿Cuál es la experiencia social de los jóvenes de barrios vulnerabilizados del sur del AMBA respecto de sus historias de pareja? ¿Qué recursos movilizan los jóvenes en la construcción de sus vínculos de pareja? ¿Cuáles son las lógicas de acción que traccionan la construcción de sentidos de continuidad biográfica? ¿Cuán útil resulta la categoría de prueba de pareja para observar los procesos de individuación en aspectos relativos a la constitución de parejas, la experimentación sexual, erótica y afectiva? ¿Cuáles son las dinámicas afectivas constituidas alrededor de la prueba de pareja que permiten prevenir instancias de vulnerabilidades y propiciar formas de cuidado?

Componentes de la prueba de pareja en jóvenes

A partir del corpus de relatos biográficos de los jóvenes, identificamos una serie de elementos que constituyen facetas de lo que llamamos la prueba de pareja: a) la iniciación –categoría que refiere a las alusiones a las primeras experiencias afectivas en la vida de los jóvenes, entre las cuales pueden estar presentes menciones a la iniciación sexual–; b) el crédito –categoría que apunta a los procesos de legitimación de la pareja a partir de las miradas y expectativas del entorno próximo de los jóvenes respecto de las elecciones de sus parejas–; c) la convivencia –categoría que remite a las experiencias de cohabitación en un mismo hogar con la pareja. A continuación avanzamos con el análisis de estas facetas.

La iniciación

Uno de los elementos que constituye la prueba de pareja son las alusiones a las dimensiones románticas de los primeros noviazgos de los jóvenes, los cuales se constituyen en hitos claves de las experiencias afectivas. En muchos de los relatos biográficos de los jóvenes entrevistados, las referencias a sus experiencias afectivas remiten a dichos momentos del pasado como instancias relevantes de sus vidas que dejan marcas en las trayectorias deseadas y proyectadas de pareja. “Estuve dos años y medio con ella, ¿viste?, como que me marcó mucho: desde chico estuve, desde los 15 hasta los 17, dos años y medio, y me marcó” (Purly, varón, 18 años). En el relato de Facu (varón, 19 años) la alusión al primer amor se funde con el carácter único de aquella experiencia:

E: ¿Nunca te enamoraste?

F: Una sí, la primera vez sí, después ya no.

E: ¿De quién te enamoraste?

F: La primera novia que tuve.

E: ¿La que tuviste en Villarica?

F: Sí.

E: ¿La que contactaste por Facebook?

F: Sí, hace poco, sí, sí, esa, esa misma. Ella fue, o sea, mi único, digamos, en serio fue. Después ya no, después joda (Facu).

Un aspecto parece ser común en los sentidos construidos en las alusiones de Purly y Facu respecto de sus primeras experiencias de noviazgo: aquello que los marca o que es único tiene la potencialidad de perdurar en las imágenes de futuro relativas a la pareja. Al preguntarle la entrevistadora por los hechos importantes de su vida, luego de algunas dubitaciones, Nora (mujer, 19 años) responde convencida: “Ah… Nada, que me puse de novia hace tres años y estoy con él. Yo creo que él es la persona más importante”. La marca de la primera relación es en este caso un acontecimiento significativo, una instancia que permite estructurar temporalmente su relato biográfico, según la propia entrevistada. El punto de inicio situado en el noviazgo parece ser el detonante de una serie de hechos puntuales que adquieren la lógica de correspondencias causales que forman parte de la narración de su relato biográfico: ponerse de novia, comprometerse, comprar anillos de compromiso, planear casarse, tener hijos. La visión de futuro de Nora expone la trayectoria anhelada respecto de la prueba de pareja: le otorga una secuencia temporal con un inicio establecido y una sucesión causal de acontecimientos (algunos ya experimentados, otros deseados).

Esta común referencia al inicio de la vida sexual/afectiva no debe, sin embargo, hacer perder de vista las diferentes lógicas de acción y las variantes de imaginarios de pareja que otorgan sentido a la continuidad biográfica construida por los jóvenes. Araujo y Martuccelli (2012) en su análisis de la prueba familiar en la sociedad chilena, describen tres tipos de ideales que se articulan, concurren y tensionan en la constitución de los imaginarios de pareja: el ideal protector –construido alrededor de la figura de quien protege y estabiliza–; el ideal de fusión –constituido en la tensión entre la fusión pasional y la tendencia a la formalización de la pareja–; y el ideal de independencia –el cual supone espacios de reconocimiento propios para cada miembro. En el caso de Nora, podemos pensar en una variante del ideal de fusión que no se encuentre limitado a relaciones de tipo pasional o conyugal, sino que tenga como eje el amor romántico (Giddens, 1992; Fernández, 1993). Esta variante del ideal de fusión opera a nivel normativo, a partir del seguimiento de narrativas de amor sostenidas en la matriz heterosexual, tanto como horizonte de completitud subjetiva como de realización personal. En su legitimidad descansa una idea de complementaria binaria de los sexos, que además de conjurar cualquier deseo ininteligible (Butler, 2007), relega aspectos vinculados al ardor sexual y el placer. Lo que prima en estas formas de amar son las referencias a la imposibilidad de repetir en las experiencias en torno a la pareja, vivencias de complementariedad como las ya vividas. Al respecto, Nora sintetiza este anhelo en su relato:

N: No, no sé, si no es con mi novio actual no me imagino con nadie y eso es lo que menos quiero. Obvio, porque fue el primero. Yo creo que el primero no se olvida nunca. Es por eso también que me gustaría estar siempre con él, pero si no se da, qué más queda. Me tengo que mejorar no puedo estar siempre mal.

E: ¿Querés que sea él siempre?

N: Claro. No, no me imagino con nadie, no puedo. Me va a costar un montón salir de estar así convencida de que es él. No pienso tampoco…

E: No pensás en qué, ¿en cortar o en el futuro?

N: En estar así con una pareja que no es él. Como que pienso que sí voy a llorar, pero no sé.

E: Como que tenés una mirada más en el presente, digamos…

N: Claro. Y después, no sé, nada, tener hijos como todos quieren… (Nora).

En las construcciones de las experiencias sociales de los jóvenes en torno a la pareja, la evocación al inicio de la vida sexual y afectiva puede estar vinculada a instancias de idealización. El amor romántico, como variante del ideal de fusión, acentúa estas referencias a recuerdos del pasado como momentos extraordinarios de vivencia plena de estar junto al otro querido/amado/deseado, y que pueden conducir a la construcción de un estigma producto de la imposibilidad de reeditar en el presente aquello que fue considerado único o extraordinario. Al respecto, podríamos preguntarnos: ¿Qué lógicas de acción y qué ideales de pareja permiten la apropiación de soportes que habiliten el ejercicio de prácticas de pareja no limitantes? Una evocación que acentúe este punto de vista asociado al amor romántico y el seguimiento de patrones de género tradicionales, aporta elementos que pueden ser limitantes para el goce de vínculos afectivos del presente y para la proyección biográfica personal. Asimismo, estos condicionamientos encuentran matices en las formas de vivenciarlos según el género de los entrevistados. Tanto en Facu como en Purly, esa instancia de evocación pareciera habilitar una proyección biográfica ampliada en el plano sexual y afectivo, donde elementos como la experimentación y la búsqueda de nuevas vivencias se vislumbran como horizontes posibles y permitidos. En contraste, la evocación para Nora se configura, sino como una clausura, al menos como un obstáculo para una perspectiva de pareja. Consideramos que en estos contrastes retomados de las entrevistas a las y los jóvenes es posible entrever los márgenes diferenciales de lo permitido, habilitado y aceptado según los roles de género tradicionales.

El crédito

El segundo componente de la prueba de pareja identificado a partir de las entrevistas realizadas lo hemos denominado el crédito. En una de sus acepciones usuales, crédito implica dar confianza o validar determinada situación. Adaptado a nuestro cuerpo analítico, el crédito alude al “visto bueno” o “confianza” que se le otorga a la elección de pareja por el entorno inmediato de los jóvenes. Así entendido, el crédito habita en una instancia efímera y cambiante, ya que su carácter primigenio de las relaciones recíprocas no le confiere aún la estabilidad de otros vínculos más asentados. Siguiendo a George Simmel (2002), podríamos pensar el crédito como un elemento primario de la legitimidad construida en relación a las elecciones de pareja de los jóvenes. Contar o carecer de crédito implica desde el vamos el vínculo intersubjetivo con una serie cambiante de actores significativos del entorno cercano. Sin embargo, a partir del corpus de entrevistas con los jóvenes, se destacan los actores del círculo familiar, los grupos de pares y, en ocasiones un poco más difusas, el entorno barrial.

El corpus de los relatos biográficos nos permite dar cuenta de una multiplicidad de vínculos próximos más allá de las parejas: amistades, familiares con diferente grado de cercanía, e incluso vecinos. Muchas alusiones de los jóvenes muestran la importancia que adquieren estos entornos cercanos y el carácter de soporte en los que participan. Sin embargo, la convivencia de diferentes actores de esos horizontes próximos no siempre es armónica, al contrario, en ocasiones parecieran existir disputas más allá de las personales que impiden la posibilidad de convivencia de soportes de tipo afectivo en los procesos de individuación.

La novia de Purly podría encuadrarse en la figura de la protectora, aquélla que permite el anclaje existencial en contextos de vulnerabilidad:

“[…] ella me hizo dar cuenta de todo. ¿Viste que yo te dije?, que estoy siempre con los pibes, que no pasa ni un día que no salgo con los pibes, y me hizo entrar en la cabeza, todo, me hizo entrar muy bien en la cabeza. Ponele, el sábado no salí” (Purly).

En este sentido, el anclaje existencial también es una protección de las inseguridades crecientes de los contextos vulnerables en los que habitan estos jóvenes.

“[…] el estar con su novia se presenta como alternativa a la joda, que si bien por un lado puede asociarse a situaciones recreativas, por otro también se presenta como una instancia cargada de sentidos de riesgo e inseguridades que refuerza la idea de la pérdida de rumbo” (Sustas y Touris, 2013: 39).

Sin embargo, según el relato de Purly en relación a su experiencia de noviazgo, es posible observar cierto horizonte conflictivo donde la concurrencia de los vínculos se presenta como problemática. ¿Afianzar el noviazgo, implica romper los vínculos con los pibes?[4]

En ocasiones, el círculo próximo puede funcionar como un diafragma, que se dilata y estrecha según los momentos personales. En referencias al giro existencial que fue ponerse de novia, Dora (mujer, 20 años) relata una variante posible de estas expansiones y retracciones:

“[…] o sea, no que me quedé sin amigos, sino que alejé a mis amigos ehhh… y nada, eso también me parece que influyó en… a la hora de dejar de estudiar… de, no sé. En ese momento… yo soy muy familiera, muy familiera, ehhh… y no sé, cuando estaba, cuando estuve de novia, no sé si quería estar tanto en familia como siempre quiero estar, o siempre quise estar, así que… ese noviazgo afectó casi todo también en mi vida” (Dora).

Coincidente con la retracción del círculo familiar a partir de su noviazgo, Dora tuvo que hacer frente al rechazo de sus padres de su situación de pareja, ya que tenían temor a que quedara embarazada.

“Sí y… no sé, pensaban que yo iba a hacer eso, pero yo siempre les digo, hasta el día de hoy les digo: [a mis padres] ‘Vos me criaste de una manera muy distinta a lo que es el barrio’, le digo. ‘Entonces si vos no confías en cómo me criaste, no confías en mí’, le digo ‘Ni en vos mismo confías'” (Dora).

El temor de los padres de Dora se observaba acentuado por los cada vez más frecuentes embarazos de las chicas. Sin embargo, como lo resalta la misma Dora, su forma de crianza distaba mucho de las formas habituales del contexto barrial, lo que nos lleva a plantear dudas respecto al grado de homogeneidad de las lógicas de socialización dentro de los barrios, por el solo hecho de compartir el mismo territorio.

El noviazgo de Dora devino en ruptura a partir de una tensión entre elementos vinculados a la fusión y la autonomía:

E: ¿Y se pelearon el año pasado, que pasó?

D: Sí, porque yo me di cuenta que ya no… como que nos habíamos absorbido la vida uno de otro, era a todos lados juntos, hacíamos todas las cosas iguales, siempre juntos, a todos lados, como que ya no había privacidad en nada, no es que yo hacía mis cosas y el hacía sus cosas, no, todo juntos y como que… no. Me di cuenta que no, nos empezamos a distanciar un poco, pero después nos terminamos separando y nada… (Dora).

Problematizar sobre la legitimidad e ilegitimidad de los soportes, como lo señala Martuccelli (2007), habilita pensar la faceta política de la individuación. El embarazo en la adolescencia, pareciera poseer cierta carga negativa desde el punto de vista de los adultos y de algunos de los relatos de los jóvenes (Gogna, 2005). La falta de crédito pareciera dificultar la confesión de este tipo de soporte como proyecto de vida cuando parece ser el único al que se puede acceder en escenarios de carencias. Sólo adquiere cierta posibilidad de confesión si se encuentra enmarcado en un proyecto de pareja, tal como lo señala Juana en su relato:

“Yo lo busqué porque tenía ganas de ser mamá […]. Lo pensé un poco más. Llegó, bueno, 6 meses que lo pensé, lo pensé, y quedé. Pero no se lo contaba a nadie, ni mi vieja, no lo sabía nadie. Y después, cuando se lo conté a mi hermano, me dijo: ‘¿para qué?’, casi me mata, ¿viste?” (Juana).

En el relato de José Luis es posible dar cuenta de la influencia de las redes familiares en esta faceta de vínculos próximos, en parte asociada a los condicionamientos. Las referencias y tensiones que relataba luego de su ruptura de pareja marcaban una díada entre razón y emoción, expresada en las figuras de la cabeza y el corazón.[5] Los desajustes entre modelos deseados de pareja pueden encontrar obstáculos:

“[…] a mi familia no le gustó para nada que yo me junte con una mina que tenga dos hijas, con una mina que ya tiene su vida armada y que va a ser difícil la convivencia y no… no aceptaron” (José Luis).

En esta faceta del crédito se exponen una serie de condicionantes que se configuran por fuera de la pareja per se, pero que en ocasiones emergen como elementos claves para la continuidad de los vínculos. De tal forma, podemos pensar el crédito otorgado en dos sentidos: a) a partir de configurarse en contraste a determinadas características no deseadas o consideradas negativas: las salidas nocturnas asociadas al descontrol o a un amplio espectro de inseguridades en el caso de Purly y su novia, al embarazo como evento no deseado en el caso de Juana y su hermano, o Dora y sus padres, o la “vida armada” de la pareja de José Luis como elemento disruptivo según su familia; b) a partir de vínculos subjetivantes entre quienes lo otorgan y quien es el receptor del mismo: la forma de crianza de Dora, donde la confianza aparece como un elemento vincular, y su capacidad para plantear autonomía respecto de los temores planteados por sus padres en torno de un embarazo no deseado.

La experiencia social de los jóvenes respecto de sus relaciones de pareja expone distintos grados y diferencias en las distancias entre lo vivido y lo deseado. En los intersticios de esos desfases se encuentran las pruebas, donde conviven las experiencias subjetivas y las de los entornos próximos. Frente a tales desafíos, los jóvenes movilizan –con mayores o menores niveles de consciencia– diversos soportes, entre ellos los de tipo afectivo. Como hemos sugerido, la concurrencia de soportes, entre ellos el crédito, influye en las posibilidades de transitar con éxito la prueba de pareja, y posiblemente cualquier otro desafío que implique los vínculos de tipo familiar.

El análisis de la faceta de la prueba de pareja descrita en este apartado permite observar las configuraciones de soportes asentados en torno al crédito, aspecto que podemos situar como instancia primigenia de la dimensión política de la legitimidad. Los variados vínculos, ámbitos y grupos de sociabilidad que participan en estos procesos permiten pensar en una multiplicidad de créditos, como así también en dinámicas y lógicas particulares de interacción entre ellos donde no todos los elementos y situaciones de pareja adquieren las mismas valoraciones. Nos preguntamos entonces: ¿Qué elementos y dinámicas vinculares favorecen la multiplicidad de créditos? ¿Qué otros soportes son necesarios para ello? ¿Qué trayectorias sociales los habilitan?

La convivencia

El último elemento emergente de la prueba de pareja que hemos identificado es la experiencia de cohabitar en el mismo hogar. A pesar de la corta edad de los jóvenes, algunos han transitado por diversas convivencias, que se encuentran narradas en sus relatos biográficos.[6] Una primera acepción de los sentidos asociados a esta faceta de la prueba de pareja se vincula al ideal de protección, ya que complementa la figura de pareja que protege, cuida, estabiliza, y otorga anclajes existenciales, a partir de la protección de cohabitar el mismo hogar. Una segunda acepción opera en un nivel de significación más utilitario, asociado al sustento de tipo material otorgado por compartir la misma vivienda. Al relatar su separación, Lili (mujer, 23 años) pone énfasis en el segundo nivel del sentido de protección:

“No tengo una casa adonde poder vivir bien con mis hijos, tengo que vivir de prestado, obvio. Me tengo que ir haciendo la idea de que me tengo que hacer mi propia casa. Porque algún día mi hermana va a querer hacer su vida, ¿y yo qué… voy estar en el medio? Bueno, y dos, que me faltan muchas cosas que estando allá [en la casa de su ex] me… las tenía todas… yo quería pan, me traía pan… quería lo que quería y me lo traía él” (Lili).

La separación de la pareja de Lili lleva a que ella abandone el hogar del padre de sus hijos donde convivían, dando cuenta así en su relato biográfico de las dificultades de tipo material que parecen saturar los sentidos construidos de la realidad experimentada. Es tal vez en esta faceta de la prueba de pareja donde se exponga con más fuerza los limitantes de tipo estructural a los que los jóvenes deben enfrentarse para superar airosos estos eventos. Sin embargo, a pesar de los choques con la realidad, en el relato de Lili sobre su ruptura de pareja, es posible encontrar alusiones que se sostienen en un ideal de fusión de pareja, en su vertiente asociada al amor romántico. Sus hijos, además de constituirse en refugios afectivos que la sostienen (Sustas y Touris, 2013), son la expresión de un momento de unión, de complementariedad, que puede trabajar más como una alegoría limitante de las proyecciones futuras ligadas a la afectividad, pero sobre todo como obstáculos en la posibilidad de encontrar y conformar una nueva pareja. Así, el carácter único de la experiencias vividas puede condicionar la búsqueda de un otro que permita la construcción de la relaciones de confianza, de sus soportes afectivos y del reconocimiento afectivo o amor (Honneth, 1997).

E: Decís que tenés compañía ¿estás en pareja?

L: La compañía de mis hijos.

E: Ah ¿no estás saliendo con nadie?

L: No, no, ya no. Eso no es más para mí.

E: Por qué: ¿pensás que no te vas a poner más de novia?

L: Jamás. Si no es con él, no es con ninguno.

E: Ah, ¿vos desearías volver a estar con Iván?

L: Obvio, sí. Igual no creo volver a estar con él tampoco porque… No sé, yo me siento que si yo me pongo de novia con otra persona, como que los voy a estar engañando a mis hijos… no sé (Lili).

Un sentido similar al otorgado por Lili es posible de reconstruir en el relato de la separación de pareja y convivencia de José Luis (varón, 23 años). En él podemos identificar las referencias a la lógica de acción de integración que implica procesos de socialización de tipo tradicional, a partir de interiorizar el rol de padre proveedor y sostén de familia.

“Se rompió una relación muy grande, ¿no?, pero lo que pasa es que en ese momento no supe valorar lo que era, lo que estaba conmigo, ¿entendés? Pero yo iba pensando en las mismas cosas, pero uno se equivoca y… yo la verdad que escuchaba mi cabeza y no escuchaba mi corazón, así que hice… hice la separación” (José Luis).

El balance introspectivo que suscita la ruptura se encuentra en el caso de José Luis acentuado por un aborto espontáneo que expuso tensiones que parecieran existir en un claroscuro del relato.

“[…] si venía ese hijo, no iban a pasar estos problemas, porque capaz que él te fortalecía la familia, entonces ahí nos uníamos todos, ¿no? Me doy cuenta que para esto todavía no estoy preparado; para bancarme una familia no estoy preparado” (José Luis).

Si bien en el relato de José Luis parecen prevalecer determinados valores asociados al rol masculino tradicional deudor de prácticas de integración subjetiva, el punto de quiebre que se abre a partir de un acontecimiento significativo de su biografía habilita la posibilidad de resignificar y reapropiar esos valores –entendidos en ocasiones como normas morales– en recursos posibles de ser movilizados en interdependencias sociales particulares, en este caso en la conformación (o no) de una pareja con una mujer con dos hijos. En otras palabras, la coherencia del relato de José Luis fluctúa entre dos lógicas de acción: aquélla ligada a la internalización de lo social expresada en el seguimiento de determinados roles de género tradicionales, y otra asociada a una lectura del contexto de pareja que permite márgenes de acción en la búsqueda de fines no necesariamente concurrentes con lo esperable según los procesos de socialización tradicionales.

El fracaso en la pareja es explicado por no poder aceptar como propia una familia ya conformada, el peso del miedo a reiterar fracasos familiares, y la influencia de vínculos de familia.

“En esta última fue por ella tener una familia ya armada, ¿no?, es decir, tener dos hijas de uno y dos años, ¿entendés? Y yo pensando… pensando en mejorar el futuro, ¿no?, pero no; yo en ese momento fui medio egoísta, ¿para qué decir, no? Pensé en mí y no quería… como no quería fracasar yo solo, entonces me escapé. Lo dejé… lo dejé ahí, pero después me di cuenta de que perdí un amor muy grande, un amor que me dio todo, que me dio todo hasta su alcance, todo lo que tenía al alcance me lo dio todo. Y eso perdí yo” (José Luis).

Escuchar al corazón, como referencia a una instancia de amor, se esgrime en el relato como una máxima que permitiría sobrellevar cualquier tipo vicisitud. En este contraste entre la razón y la emoción, ¿hasta qué punto escuchar a la cabeza no implica reconocer en cierto grado aquello que parece habitar en los márgenes del discurso amoroso? Es decir, la influencia de aspectos de selección de las sociedades modernas tardías que generan diferenciales de recursos y de capacidad de acción, producto de trayectorias y lugares sociales, que se plasman en el relato como el advenimiento de un freno al impulso amoroso, y una emergencia de lo real cristalizada en las limitaciones de tipo material, pero vivenciada como un egoísmo a nivel personal. La mayor presencia de narraciones reflexivas en los relatos se corresponde con dos procesos concurrentes: los desfases cristalizados en la imposibilidad de adecuar las prácticas a las expectativas individuales (Martuccelli, 2007), y las angustias, producto de la percepción de la pérdida de control de uno mismo frente a la discordancia entre las posiciones sociales y las subjetivas (Dubet, 2013).

Estos procesos convergentes requieren de los individuos un arduo trabajo de construcción de sí que involucra diferentes instancias de selección. No todos los contextos habilitan el mismo punto de partida, ni el acceso a un rango ilimitado de soportes. En el caso de José Luis, el reto de la convivencia pone en tensión las lógicas que estructuran los relatos biográficos: la imposibilidad de continuar el seguimiento de roles de género internalizados como mandatos morales, y la angustia posterior frente a la consciencia de la ruptura entre la praxis y lo esperable en una situación dada. En definitiva, esta construcción de sí mismo nos muestra una faceta del proceso de individuación en términos sexuales/afectivos que interpela a los jóvenes.

Tanto en las experiencias narradas por José Luis como en las de Juan (varón, 26 años) es posible identificar acontecimientos puntuales ligados a las rupturas familiares que constituyen devenires traumáticos (Villa, 2013)[7] que se reeditan a través de temores a establecer vínculos con otros y el miedo a repetir ciertos modelos familiares y lógicas vinculares. La historia de pareja de Juan expresa esta situación:

“La historia mía fue muy mal, es la misma historia que mi familia de vuelta. Son como once en la casa, nadie trabaja, la señora quedó viuda, con la que vivía no trabajaba tampoco. Y yo trabajaba y le tenía que brindar todo y no podía” (Juan).

El contexto de infancia vivido se reactualiza en la construcción de las propias historias familiares, lo cual pone en tensión las lógicas de reproducción de esas formas vinculares, en su potencialidad de soportes, frente a un contexto signado por la desolación tanto material como simbólica. En estos escenarios, ¿hasta qué punto los afectos soportan? ¿En qué medida, más allá de su condición de legitimidad, permiten el funcionamiento de otros soportes?

En el caso de Juan, la carga familiar expresada en la exigencia de roles tradicionales masculinos, expone la condición potencial negativa de algunos vínculos familiares, acentuada por su condición de soporte único en contextos de vulnerabilidad, y por las formas de violencias que en dichos vínculos se pueden corporizar a través de heridas familiares (Di Leo, 2013). En el relato de Juan es posible identificar un momento donde observar estas tensiones a partir de recordar su experiencia de pareja:

E: ¿Y cómo era ella? ¿Cómo se llamaba tu pareja?

J: Paulina. Ahora está en otro lado, está juntada, tuvo un hijo… Conmigo tuvo un hijo.

E: ¿Tuvo un hijo?

J: Si, está en Delicias, allá donde yo vivía, ya tiene 4 ó 5 años…

E: ¿Cómo se llama?

J: Matías, lo conocí cuando fui a Misiones… Si algún día lo pudiera traer para acá, pero primero tengo que estar bien, bien instalado como se dice, ahora no puedo.

E: ¿Cómo te llevaste con Matías?

J: No, no habla.

E: Es chiquito.

J: Pero va a llevar la misma vida porque está con mi suegra, así que lo tengo que sacar de ahí cuando pueda.

En el relato de Juan, estar bien refiere tanto a condiciones materiales como simbólicas. El desplazamiento de los traumas heredados parece incluso alcanzar a su hijo, con el cual no tiene una relación cercana según surge del relato. Sin embargo, en la construcción de su experiencia de pareja, la figura del hijo emerge asociada a la esperanza de cortar con la reproducción intergeneracional de contextos de negación de reconocimiento afectivo.

La faceta de la convivencia de la prueba de pareja remite a la idea de la intimidad, el ámbito de lo privado, la división de las tareas, y la atribución de roles y sentimientos asociados. Las emociones, como manifestación sensible de los lazos amorosos, adquieren el status confesable de las dependencias de pareja, sin por eso adquirir la condición de ilegitimidad como expresión de los soportes.[8] Los grados variables de autonomía que pueden generar se encuentran también atravesados por las formas en que en el ámbito de la intimidad se negocian y se establecen las condiciones de convivencia. ¿Qué formas de relación habilitan la coexistencia de soportes? ¿Qué tipo de lógicas condicionantes generan?

Retomando las trayectorias narradas por los jóvenes, es posible observar matices en torno a la generación de condiciones de posibilidad para habilitar una multiplicidad de soportes por fuera del círculo íntimo. Incluso a pesar de habitar un mismo territorio, las formas de transitarlo son esenciales para comprender las posibilidades de contar con recursos y soportes que permitan instancias de individuación menos traumáticas y dolorosas. El relato biográfico de Juana (mujer, 19 años), presenta algunos atributos que, según ella misma, la diferencian de muchas de sus amigas y vecinas:

“Y yo, ponele, la mayoría de los casos… El mío no es así porque, por suerte, tengo bastante… ¿cómo se dice?, puedo hablar mucho con mi pareja, ¿no?, y llegamos a ciertos acuerdos, pero veo que en la mayoría de los casos, no. Es: ‘hacés eso y punto’, y mis amigas se quedaron en la casa con los chicos, y el chabón se pegó la gira y está por ahí o drogándose o se fue a hablar y… Él puede hacer todo, ahora, la mina llegó a salir, es la más puta. Es así. Y después ellos se fueron, capaz que no aparecieron en una semana, vuelven como si nada” (Juana).

La estructuración temporal del relato biográfico de Juana y la descripción de los hechos significativos por ella identificados muestran la posibilidad de acceso a diferentes soportes, como así también las formas de transitar los espacios de sociabilidad dentro del barrio: el examen de ingreso al Pellegrini, viaje a Paraguay en la preadolescencia, vivir en el barrio de Congreso con sus hermanas, regreso a vivir en la villa, ingreso al Ciclo Básico Común.[9] Llegar a ciertos acuerdos implica instancias de negociación frente a tensiones implícitas en la convivencia, a las cuales se le suman las limitaciones de convivir, además de la pareja en el caso de Juana, con sus hermanas menores. Igualmente, a pesar de las limitaciones espaciales que responden al orden de lo material, convivir con relativo éxito nos lleva a preguntarnos por aquellos soportes que permite sortear la faceta de la convivencia de la prueba de pareja.

E: ¿Y vivís con él hace cuánto?

J: Casi 3. Creo que nos conocimos y… No sé si fue ése el error, pero… Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, ¿viste?

E: A ver, ¿por qué?

J: Y, eso es lo que hace la mayoría, también. En eso sí me incluyo. Lo que capaz que hacemos mal, ¿no? Todas las chicas apenas tienen novios, ya se juntaron. Yo hoy escucho: “se juntó” y digo: “no, ¿por qué?, ¿por qué se juntan tan rápido?” Y… Igual, ponele, lo mío con mi novio fue raro porque… Era como… Un día se quedó a dormir y se trajo la ropa de trabajo, y al otro día se fue a laburar de casa. Y así. Y cuando me… Y cuando los dos nos dimos cuenta, creo que tenía la mitad de la ropa en casa. Así que… no fue como: ‘ay, lo decidimos’, no.

Contar con recursos para planear la convivencia pareciera ser un aspecto que ayudaría a sortear la prueba de pareja con éxito. Sin embargo, aun en el caso que no sea posible, el planteo retrospectivo permite poner en consideración los supuestos que sostienen tales decisiones. Los imaginarios de fusión y los de independencia trabajan en estos escenarios. Como mencionan Araujo y Martuccelli (2012: 209), “frente al ideal de independencia y sus obstáculos, el mecanismo conyugal imaginado como camino para la realización del mismo es la búsqueda de arreglos”. La pareja trabaja a los jóvenes, tal vez más que ninguna de las otras pruebas, movilizando aspectos en el orden de lo afectivo. Las tensiones de la convivencia, la necesidad de acuerdo para sobrellevar lo bueno y lo malo de estar en pareja remite a la idea de soporte no sólo en términos sociológicos, sino en otras acepciones, soportarse uno al otro:

“[…] la frase designa bastante más, y espontáneamente, una zona de sombra, allí donde se reconoce, contra el ideal romántico, a favor de la desilusión, menos lo que se lleva recíprocamente que lo que se tiene a falta de algo mejor” (Martuccelli, 2007 : 90).

En el caso particular de los relatos de los jóvenes que hemos entrevistado, las limitaciones materiales emergen con una mayor intensidad que en otros grupos de jóvenes, y ellas son un elemento clave que no debe perderse de vista al analizar las dinámicas que adquieren las diferentes facetas de las pruebas de pareja que hemos analizado, y particularmente la convivencia. Sin embargo, retomando los relatos, junto con las necesidades asociadas a lo material, el vivir en el mismo hogar puede tomar la forma de instancia posterior inevitable a la formalización con un otro. Aun sin poder contar con la posibilidad de planificación, el planteamiento retrospectivo de la instancia de convivencia implica la revisión de acuerdos que pueden redundar en climas de pareja favorables, donde se habiliten espacios de diálogo, respeto y reconocimiento del otro.

Conclusiones

Analizar las experiencias en torno a los noviazgos y vínculos amorosos descritas por los jóvenes en sus relatos biográficos tuvo como propósito mostrar hasta qué punto esa diversidad de instancias narradas y experimentadas producen formas de afección individual que los exponen diferencialmente a una prueba con un peso estructural y temporalidad social de importante regularidad. En esas instancias, los jóvenes tienen que movilizar recursos de todo tipo para superar la aventura de estar en pareja, lo que conlleva en definitiva a un ejercicio constante de ajustes entre las expectativas personales y las posibilidades objetivas de llevarlas a cabo. La prueba de pareja se despliega a nivel vivencial a partir de las alusiones a los primeros amores, a las formas e ideales de amar, querer, desear, a las experiencias de convivencia, y a contemplar la mirada de los otros vínculos significativos en la vida de los jóvenes. En este sentido, la prueba de pareja insta a los jóvenes a individualizarse.

En términos analíticos, la noción de prueba de pareja conserva aquel carácter contingente producto del reto inherente al que se sienten confrontados los jóvenes, encarnado en desamores, desilusiones, alegrías, sufrimientos, sin dejar por ello de mostrar los diferentes grados de vulnerabilidad a que se encuentran expuestos, producto de la articulación de sus recursos disponibles, las trayectorias sociales, sus vínculos intersubjetivos y sus condiciones macro-estructurales. A partir de las experiencias en torno a la pareja narradas por los jóvenes en sus relatos biográficos, identificamos algunas facetas que remiten al ámbito de la intimidad, a los entornos próximos, y los condicionantes de tipo estructural (socioeconómicos e institucionales): la iniciación, el crédito, y la convivencia. En el siguiente cuadro, se presentan, de forma sintética, algunas de las características encontradas en cada una de las facetas analizadas y sus vinculaciones con instancias de vulnerabilidades o cuidados en las dinámicas de pareja.

Cuadro 1: Facetas de la prueba de pareja e instancias de vulnerabilidad y cuidado

Parejas y vulnerabilidades

Parejas e instancias de cuidados

La iniciación

El inicio como único e imposible de reeditarse en el presente.

El inicio como instancia que rescate aspectos del reconocimiento del otro y de la autonomía.

La iniciación como una serie pautada de instancias que involucran la vida afectiva/sexual orientadas por el ideal del amor romántico.

Ruptura con roles de género tradicionales.

El crédito

Confianza desubjetivante.

Confianza subjetivante.

Confianza integralista: que no permite la concurrencia de legitimidades.

Confianza concurrente: que permite multiplicidad de círculos o actores legitimantes.

Crédito negativo: confianza otorgada a partir de establecer ilegitimidades.

Crédito positivo: confianza otorgada a partir de los vínculos más que con los modelos no deseados (ilegítimos).

La convivencia

Condicionantes de tipo material, particularmente aquéllos asociados a lo socioeconómico.

La convivencia producto del seguimiento de lógicas tradicionales de acción.

Exponer grados de acuerdo, sino de forma planificada, al menos de forma retrospectiva.

Los componentes de la prueba de pareja que emergen del análisis de los relatos biográficos de los jóvenes deben ser pensados más que como una guía de interpretación de doble entrada que exponga vínculos lineales entre lógicas de acción o ideales de pareja y vulnerabilidades, en una referencia que permita pensar las dinámicas sociales entre los diferentes niveles de los procesos de vulnerabilidad en torno a las parejas jóvenes. La iniciación vincula las trayectorias personales con el carácter social de los itinerarios amorosos. Así, pudimos dar cuenta de las alusiones a los momentos de inicio en las vinculaciones de tipo sexual/afectivo y cómo esas experiencias vivenciadas influían en las imágenes del presente y los anhelos de futuro. Las referencias a las marcas y experiencias únicas de los primeros noviazgos se constituyen en mojones que trascienden el momento de su génesis y poseen la capacidad de perdurar en las trayectorias narradas. En ocasiones, el carácter único e irrepetible atribuido a esas vivencias ocasiona la imposibilidad de desplegar recursos en torno a lo afectivo en el presente, dificultando el reconocimiento afectivo y la constitución de la autoconfianza como base para construcción de las identidades de los jóvenes.

La convivencia y el crédito describen las diferentes dinámicas de interacción con los vínculos cercanos: la pareja con la cual se convive, pero también el entorno próximo de afectos y familiares. En relación a la convivencia, pudimos observar cómo ciertos ideales de pareja asociados al amor romántico y lógicas de acción de integración funcionan como limitantes en torno a la posibilidad de construir formas de acuerdo dentro de la pareja. Las formas que adquieren las interacciones posibilitarán (o no) escenarios de pareja que conjuguen el respeto por la autonomía y cuidado propio y ajeno. Por otro lado, como analizamos a partir de la noción del crédito, aunque la prueba de pareja puede estabilizar ciertos soportes, en circunstancias puede ser a expensas de otros. Nuevamente, advertimos que estos procesos vinculares se enmarcan en realidades cotidianas que se encuentran signadas por diferentes grados de carencias de tipo material que condicionan la faceta utilitaria de la convivencia.

A partir de la prueba de pareja y de sus componentes, pudimos mostrar algunas facetas en que los procesos de vulnerabilidad se corporizan en las biografías de los jóvenes, exponiendo las complejas e imbricadas articulaciones entre los niveles de vulnerabilidad social. Consideramos que en dichas articulaciones entre los aspectos contextuales y las formas de resolución de los desafíos en torno a la pareja se encuentran las claves para dar cuenta de aquellas instancias que permitan horizontes de pareja que habiliten la autoconfianza, el respeto y reconocimiento del otro. Por ello, sugerimos que la ampliación de las posibilidades de movilización de diferentes soportes materiales, simbólicos y afectivos durante las experiencias de pareja potencian escenarios donde pueden desarrollarse instancias de cuidado.

Bibliografía

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  1. El presente capítulo se enmarca en los proyectos UBACyT 2010-2012 GEF 20020090200376 y UBACyT 2013-2015 GEF 20020120200171. Para profundizar en la estrategia metodológica, remitimos a Di Leo y Camarotti (2013). Para un detalle del perfil de los jóvenes entrevistados, ver el Anexo del Capítulo 11 de este libro.
  2. La alusión a las pruebas como retos se debe a las características intrínsecas de las pruebas en su carácter analítico y a su faceta vivencial a nivel individual: todos los individuos estamos confrontados en el proceso de individuación a pasar por determinadas pruebas, movilizando soportes a partir de nuestros lugares e itinerarios sociales; experimentar una prueba implica vivenciarla de forma afectiva y emotiva, y asimismo percibir parte de las contradicciones entre lo deseado y lo posible, es decir la afección individual de las tensiones entre la agencia y la estructura (Martuccelli, 2007).
  3. En ocasiones la percepción se suele asociar a la predominancia de la experimentación de un fenómeno desde su faceta racional. Desde esta óptica, la racionalidad encuentra su contracara en los aspectos de índole emotivos. Nuestra referencia a la percepción, siguiendo a Eva Illouz (2007), alude a los desajustes entre las vivencias esperables en un escenario dado y las posibilidades de llevarlas a cabo por los jóvenes, sin poner en órdenes contrapuestos los aspectos asociados a lo afectivo y las acciones concretas efectuadas.
  4. Las sociabilidades vinculadas a los pibes en el caso de Purly remiten a las nociones de barrio y esquina, que se presentan en su relato como soportes claves para la vida. Para profundizar en el análisis de estos conceptos con el mismo corpus de relatos biográficos, ver (Farina y González, 2013).
  5. En la descripción de la siguiente faceta de la prueba de pareja –la convivencia–, retomamos parte del relato de José Luis donde hace referencia en términos antagónicos a la razón –encarnada en la cabeza–, frente a la emoción –corporizada en el corazón–.
  6. Las referencias a los proyectos de convivencia con parejas actuales o exparejas abundan en los relatos de los jóvenes. Sin embargo, para este apartado tomaremos las alusiones a las experiencias de convivencia vividas.
  7. El autor denomina “devenir traumático” a los acontecimientos que pueden pensarse como una reedición de un trauma ya vivenciado (Villa, 2013: 181).
  8. Estas dependencias amorosas alcanzan cierta ilusión de interioridad, por lo cual se diferencian de las dependencias claramente identificadas como externas, unilaterales y sin aparente control a partir del voluntarismo como en el caso de planes o ayudas sociales. Estas últimas, desde una óptica del personaje social (aquél que se sostiene desde el interior) son ilegítimas e inconfesables (Martuccelli, 2007).
  9. Esta serie de acontecimientos fueron identificados por la propia Juana al momento de diagramar su “línea” de vida junto al entrevistador.


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