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Introducción

Pablo Francisco Di Leo y Ana Clara Camarotti

Desde 2010, con nuestro equipo venimos desarrollando investigaciones en las que retomamos herramientas conceptuales de la sociología de la individuación –especialmente de Danilo Martuccelli– y la metodología de los relatos biográficos –desde las propuestas de Michèle Leclerc-Olive– para el análisis de las experiencias y problemáticas presentes en las vidas de jóvenes en barrios populares (Di Leo y Camarotti, 2013). Este libro es producto de la continuidad de nuestros estudios entre 2013 y 2015, en el marco de un nuevo proyecto financiado por la Universidad de Buenos Aires (UBA),[1] de los vínculos que venimos construyendo con el equipo de investigación e intervención dirigido por Horacio Luis Paulín en la Universidad Nacional de Córdoba[2] y del dictado de un seminario doctoral a cargo de Danilo Martuccelli, con la colaboración de ambos grupos, en el Centro Franco Argentino de Altos Estudios (CFAAE-UBA),[3] que nos permitió reflexionar, profundizar y tensionar colectivamente varias de nuestras hipótesis de trabajo. De esta manera, fuimos incorporando a nuestro análisis diversos problemas y escenarios urbanos, buscando ampliar la mirada sobre las continuidades y heterogeneidades presentes en los procesos de individuación de jóvenes en nuestra sociedad actual.

Si bien los resultados que presentamos aquí fueron generados a partir de múltiples trayectorias académicas, interrogantes, marcos teóricos, recortes empíricos y estrategias metodológicas, algunas herramientas conceptuales que fuimos trabajando funcionaron como ejes transversales que articularon y potenciaron nuestras preguntas, debates y reflexiones. En nuestro libro anterior, desarrollamos las propuestas de la sociología de la individuación de Martuccelli con las que seguimos dialogando en nuestros análisis actuales. En esta Introducción, seguiremos otros recorridos conceptuales que incorporamos en esta nueva etapa de nuestra investigación. En primer lugar, retomamos algunas definiciones, dimensiones y vinculaciones en torno a las categorías: procesos de vulnerabilidad y luchas por el reconocimiento. En la segunda sección, reseñamos algunas definiciones y reflexiones de François Dubet y otros cientistas sociales contemporáneos alrededor de las experiencias sociales y las lógicas de acción. Finalmente, en el tercer apartado, presentamos la organización del libro, sintetizando los problemas, escenarios y experiencias juveniles abordados en cada capítulo.

Procesos de vulnerabilidad y luchas por el reconocimiento[4]

Una herramienta que ha demostrado ser muy productiva en el campo de la medicina social y la salud colectiva es el concepto de vulnerabilidad. Mediante esta categoría es posible aportar a la visibilización de grupos o individuos en procesos de fragilización social, política o jurídica, pasando de las perspectivas estáticas, estigmatizantes e individualistas –a las que lleva muchas veces el concepto de “grupo de riesgo” atribuido a los jóvenes, sobre todo de sectores populares– a otra mirada que ponga el acento en su carácter dinámico, complejo y relacional (Ayres, 2003; Ayres et al, 2008; Ayres, Paiva y Buchalla, 2012).

En esta línea, François Delor y Michel Hubert (2000) proponen desplazar el eje en los estudios sobre vulnerabilidad desde las situaciones hacia los procesos, analizando empíricamente las vinculaciones entre lo individual y lo social a partir de tres niveles que se presentan de manera articulada en las biografías de los sujetos:

  • Trayectorias personales: cada individuo atraviesa diferentes fases y acontecimientos en su vida, pero muchos sujetos forman parte de esta trayectoria. Por ende, la posición en el transcurso de la vida es decisiva para entender ciertas prácticas, elecciones y los riesgos asociados a las mismas.
  • Vínculos e interacciones: las acciones requieren del encuentro de, al menos, dos sujetos que actúan en función de sus experiencias anteriores, las posiciones que ocupan en la interacción y el tipo de relación que establecen entre sí. Los individuos pueden vivir diferentes situaciones de vulnerabilidad según su posición o estatus en sus interacciones
  • Contextos socioinstitucionales: las normas e instituciones sociales, políticas y culturales van condicionando y mediando las prácticas, relaciones y encuentros entre diferentes trayectorias individuales, suministrando o negándoles el acceso a determinados recursos materiales, afectivos o simbólicos y, por ende, afectando sus niveles de exposición a situaciones de vulnerabilidad.

En síntesis, los sujetos atraviesan, en distintos momentos de sus biografías, diversas situaciones de vulnerabilidad, definidas por el cruce entre sus trayectorias personales, los vínculos intersubjetivos y las condiciones socioinstitucionales –políticas, económico-sociales, género, generación, culturales– que van conformando su propio mundo. Si bien la vulnerabilidad es constitutiva de la condición humana, su intensidad tiene importantes variaciones según las características, tensiones y articulaciones dinámicas entre dichas dimensiones en las biografías de los sujetos (Butler, 2010).

Según Delor y Hubert (2000), los tres niveles de los procesos de vulnerabilidad arriba señalados deben enmarcarse en una dinámica de permanente (re)construcción de la identidad, es decir, al interior de procesos dirigidos a mantener, expandir o proteger el espacio vital en el cual el sujeto es socialmente reconocido. Este trabajo de constitución identitaria puede entenderse como el mantenimiento e incesante desarrollo de una dinámica espacio-temporal en la cual un individuo es sujeto a una tensión entre dos polos: por un lado, la promesa y necesidad de reconocimiento, es decir, ser considerado y tomado como un miembro pleno de una comunidad social y política; por otro lado, el deseo y necesidad de ser único e inesperado tanto para sí mismo como para los otros.

Aquí recuperan los análisis de Axel Honneth (1997) en torno a la lucha por el reconocimiento. Según el filósofo alemán –retomando las clásicas conceptualizaciones hegelianas y articulándolas con estudios de la psicología y las ciencias sociales del siglo XX–, en los procesos de construcción de las subjetividades ocupan un lugar central tres grandes formas de reconocimiento, que se presentan de manera combinada y cuya negación moviliza a los sujetos –individuales y colectivos– a luchar en diversas esferas de sus vidas cotidianas:

  1. Afectivo o amor: la búsqueda de construcción y mantenimiento de la confianza en las relaciones afectivas constituye la base de los procesos de subjetivación y de constitución de la seguridad ontológica o autoconfianza. Su negación extrema se pone de manifiesto en la humillación física, la tortura o la violación, que privan al sujeto de su autonomía en su relación consigo mismo, destruyendo su confianza básica en el mundo.
  2. Jurídico-moral: aquí el individuo lucha por ser considerado titular de los mismos derechos y estatus moral que los demás sujetos, construyendo así su autorrespeto. Cuando es privado de derechos o excluido socialmente, el sujeto siente que se le niega el status de integrante pleno de su comunidad: experimenta la injusticia, el autoritarismo o la falta de respeto.
  3. Ético-social o solidaridad: sintiéndose socialmente valorado y apreciado en sus particularidades, sus capacidades, su forma de vida, su ethos, el sujeto puede construir su autoestima. Su negación se manifiesta en las sanciones y discursos que valoran negativamente ciertas prácticas o formas de vida, definiéndolas como “ilegítimas” o “socialmente peligrosas”.

Estas formas de negación del reconocimiento, menosprecio o invisibilidad social, se presentan en distintos momentos de las biografías y en diversos contextos vinculares y socioinstitucionales, impidiendo o dificultando a los sujetos la construcción de su autoconfianza, autorrespeto y autoestima. Según los análisis de Ayres (2011) y Bethania Assy (2012), estas experiencias mutilan los procesos de subjetivación y autorrealización de los individuos generando, sobre todo en determinados grupos sociales –como los jóvenes de sectores populares–, situaciones no deseadas que los exponen a distintos tipos de vulnerabilidades –corporales, afectivas y simbólicas– que fragilizan sus vidas.

Aquí consideramos productivo retomar las propuestas teórico-políticas que se vienen desarrollando durante las últimas décadas en el campo de la salud colectiva de Brasil en torno a la categoría de cuidado. Roseni Pinheiro (2007; 2012) la redefine como derecho de ser: el derecho a ser diferente y que esas diferencias deben ser respetadas públicamente. Si toda vida es fuente de valor, es fundamental para su cuidado el reconocimiento del ethos, entendido como el mundo que habitan los seres humanos, es decir, el modo como los sujetos organizan y valorizan su propia vida, tanto en la esfera privada como en las singularidades producidas colectivamente (Arendt, 1993). De esta manera, se propone un giro epistemológico, ético y político en torno al cuidado, desplazando su centro desde los saberes biomédicos hacia una concepción de la subjetividad que privilegie su dimensión de alteridad. Podemos (re)definirlo así como el conjunto de prácticas, instituciones y políticas –presentes en las trayectorias sociales, los vínculos y/o las condiciones socioestructurales– que se contraponen a procesos de vulnerabilidad, negación del reconocimiento, invisibilidad social vividas por los sujetos a partir de diversos tipos de recursos y soportes materiales, simbólicos y/o afectivos (Martuccelli, 2007; Ayres, 2011).

Experiencias sociales y lógicas de acción

Hasta fines del siglo XX, la teoría y la investigación social se dividían entre dos grandes paradigmas:

  • Objetivistas: subordinan los múltiples ámbitos de la vida social a determinadas leyes y estructuras objetivas fundamentales que se imponen a los sujetos desde determinadas esferas centrales: la cultura, la economía, la política y la lengua. Dentro de esta perspectiva, la principal función de las ciencias sociales quedaría reducida al develamiento de dicha lógica estructural, desde la cual podría explicarse y predecirse científicamente todo fenómeno social o individual.
  • Subjetivistas: desde el polo opuesto, se considera todo fenómeno social como una construcción única e integralmente edificada por las acciones, percepciones y valoraciones de los sujetos. De esta manera, la investigación social se reduciría a la observación y descripción lo más detallada y exhaustiva posible de las prácticas, experiencias y significaciones individuales o grupales, buscando exclusivamente en ellas mismas (y nunca afuera) las claves de comprensión de todo problema social.[5]

Sin embargo, la profundización de los fenómenos de complejización y heterogeneización de las sociedades en la actual etapa de la modernidad generaron profundos desplazamientos en los cimientos de las ciencias sociales contemporáneas, surgiendo diversos paradigmas tendientes a superar dicho dualismo reduccionista. Dicho campo va desplazando su centro hacia la acción social, en lugar de las tradicionales representaciones inciertas de lo social. Si bien los relatos sociológicos clásicos siguen ocupando un lugar importante, cada vez más investigaciones y modelos teóricos se centran en los individuos, sus experiencias, agencias, reflexividades y construcciones identitarias. En esta línea, desde finales del siglo pasado, François Dubet (1994; 2013) viene proponiendo un marco analítico superador de dichos dualismos alrededor de la categoría de experiencia social:

Por un lado, es la versión subjetiva de la vida social, una manera de percibir el mundo social, de significarlo, de definirlo a partir de un conjunto de condicionamientos y situaciones preexistentes. Es la apertura al mundo, la sensación de ser invadidos por sentimientos que nos arrastran y nos superan. Es la corriente de lo social que, cuando es suficientemente fuerte, puede arrastrarnos en contra de nuestra voluntad. Simultáneamente, la experiencia se sitúa también en el extremo opuesto, como un proceso cognitivo y práctico controlado, un trabajo de cuidada elaboración y evaluación de la acción. Como lo social no tiene unidad ni coherencia a priori, la experiencia social es una manera de construirlo y de construirse a sí mismo. En este sentido, el actor debe, de manera más o menos consciente y rutinaria, resolver problemas y dominar su posición en la sociedad.

Para resolver esta aparente paradoja, propone considerar que la experiencia social no está integrada ni organizada en torno a un programa o lógica única. No es ni totalmente determinada ni totalmente libre. Es una construcción nunca acabada que realizan permanentemente los agentes para articular lógicas de acción heterogéneas.[6] A partir de diversas investigaciones teóricas y empíricas, identifica tres lógicas principales que los agentes permanentemente deben combinar para constituir sus experiencias sociales:

  1. Integración: Cada agente actúa muchas veces en función de un principio de integración definido por la interiorización de lo social. Desde esta lógica, el yo se define como la manera en que el actor sintetiza un conjunto de roles y de pertenencias colectivas: el género, la profesión, la familia, las creencias, las culturas (Lahire, 2004). Esta es nuestra identidad más profunda, constituyendo el soporte más sólido del individuo (Martuccelli, 2007).
  2. Estrategia: La identidad de los actores no es solo un efecto de los proceso de integración, es también un conjunto de recursos movilizados en situaciones e intercambios sociales particulares. En el mismo sentido, Erving Goffman (2001) analiza los roles no como programas de acción, sino como marcos de interacción. Es preciso que los actores pongan en escena su identidad para alcanzar determinados objetivos. Las posiciones e identidades de los agentes no se encuentran predeterminadas a partir de categorías esencialistas como las de clase, cultura o género, sino que deben entenderse como expresiones relacionales, estratégicas y dinámicas en relaciones de fuerzas históricamente configuradas.
  3. Subjetivación: Existe una tercera lógica de la acción que no es reducible ni a la integración ni a la estrategia: la representación del sujeto. Los agentes no se identifican únicamente por sus pertenencias y sus intereses, se definen también como individuos, no a partir de un principio abstracto de su libertad, sino porque las sociedades modernas recrean y proponen permanentemente una representación del sujeto: en tanto seres genéricos, que también se definen por su creatividad, su autonomía, su libertad, es decir, todo lo que, paradójicamente, se presenta como no-social, más allá o más acá de toda determinación (Dubet y Martuccelli, 2000; Martuccelli, 2007; Dubet, 2013).

Durante la modernidad, simultáneamente, se formulan estas representaciones que buscan la desustancialización del sujeto y se generan cada vez más complejas y variadas instituciones socializadoras que tienden hacia su reificación y heteronomía. Esta tensión puede captarse en las disputas por la definición y reproducción de la categoría de autonomía –uno de los pilares centrales de la subjetividad en la modernidad. Los discursos liberales y neoliberales buscan, desde el siglo XVIII hasta la actualidad, congelarla y hegemonizarla en torno a una concepción del individuo hecha a su imagen y semejanza: un yo racional autárquico (propietario, masculino, heterosexual, adulto, occidental), que presupone que puede dominar solo la totalidad de su vida, y que obtiene y renueva su capacidad de acción desde una esencia interior (Castoriadis, 1997; Martuccelli, 2007).

Sin embargo, desde los inicios de la modernidad, dicha representación es disputada desde múltiples movimientos sociales, políticos, culturales e intelectuales que, a partir de sus propias experiencias, identidades, reclamos y críticas, van desnaturalizando, desplegando y resignificando los sentidos de la autonomía. Una de las mejores expresiones de las potencialidades disruptivas de dicha categoría puede encontrarse en Cornelius Castoriadis (1997), quien para definirla parte de una concepción dialéctica de la subjetividad: el individuo se constituye en un proceso histórico-social nunca cerrado, a partir del cual la psique (unidad psíquica) es constreñida a abandonar su mundo inicial y a orientarse hacia objetos, símbolos, imaginarios y reglas socialmente instituidas. El sujeto no puede pensarse como una realidad previa a las instituciones, sino como un producto de ellas que, a la vez, posibilita su transformación: está constituido por la sociedad, al mismo tiempo que le da materialidad e historicidad, participando en su permanente recreación.

Desde esta concepción, la autonomía puede redefinirse como la posibilidad de los agentes de reflexionar sobre sus relaciones co-constitutivas con las normas, símbolos e imaginarios histórico-sociales que, si bien emanan de instituciones que tienden a reificarlos y reproducirlos, pueden ser desnaturalizados por los individuos, disputando sus significados a partir de sus imaginarios radicales. A partir de facilitar el acceso de los sujetos a la autonomía, es posible recuperar la dialéctica entre sus prácticas, los saberes y las normas socialmente producidas. De esta manera, los individuos pueden apropiarse reflexivamente de los saberes que necesitan y con ellos resignificar o modificar sus prácticas. Las mismas dejan de estar autocentradas para convertirse en actos reflexivos que parten del reconocimiento de los otros –sujetos e instituciones– como momentos fundamentales, aunque no determinantes, en su génesis y cambio (Castoriadis, 1997).

Finalmente, retomando las reflexiones de José Enrique Ema López (2004), esta definición de autonomía nos permite entender la categoría de agencia como lo otro del poder, que lo desborda permanentemente, como apertura de lo posible en la acción hacia una novedad imposible.[7] Desde estas propuestas teórico-políticas, las subjetividades nunca están definitivamente dadas ni obedecen al despliegue de una esencia predeterminada y, por ende, se (re)constituyen permanentemente en sus redes de relaciones:

“La agencia es, por tanto, la posibilidad de escapar a la norma para tratar de fundar otra regla. Esta fundación será nuevamente una posibilidad de desarrollar el poder de la regularidad y podrá ser nuevamente cuestionada y desbordada” (Ema López, 2004: 20).

Tensiones en las experiencias y agencias juveniles

Estos caminos conceptuales nos suministraron nuevas herramientas para abordar los procesos dinámicos y los complejos trabajos constitutivos de las experiencias y las agencias juveniles en el actual contexto de nuestra sociedad. En los distintos escenarios sociales que recorremos en los once capítulos de este libro, los jóvenes, como verdaderos híperactores relacionales,[8] van (re)constituyendo, a la vez, su individualidad y su mundo social, viviendo procesos de vulnerabilidad y de cuidado, a partir de tensiones y articulaciones entre: a) trayectorias personales, vínculos intersubjetivos y contextos socioinstitucionales; b) negaciones y búsquedas del reconocimiento afectivo, jurídico-moral y ético-social; c) lógicas de la acción basadas en la integración, la estrategia y la subjetivación.

En la primera parte del libro, Pruebas y soportes vinculares e institucionales, se incluyen los capítulos que abordan las principales experiencias juveniles de pareja, escolares y de maternidades en distintos escenarios urbanos populares. Sebastián Ezequiel Sustas, en el capítulo 1, estudia relatos biográficos de jóvenes utilizando la categoría de prueba como analizadora de las tensiones presentes en diversas dimensiones de sus relaciones de pareja: la sexualidad, el género, la afectividad, los proyectos de convivencia, las relaciones con los familiares. Identifica y caracteriza tres facetas centrales de dicha prueba –la iniciación, el crédito y la convivencia–, cuyas heterogéneas formas de resolución y articulación generan o profundizan instancias de vulnerabilidad o de cuidado en sus vidas.

En el capítulo 2, María Soledad Vázquez analiza las biografías de dos jóvenes mujeres que viven en situaciones de vulnerabilidad socioinstitucional, indagando sobre los vínculos entre sus experiencias escolares y de maternidad. Para ambas jóvenes la escolaridad constituye un desafío estructural que deben superar, aun desde significaciones y motivaciones distintas. Asimismo, las estrategias para afrontar dicha prueba se diversifican a partir de las articulaciones y tensiones entre sus acontecimientos biográficos, sus vínculos –familiares, de pareja– y sus contextos socioinstitucionales –acceso a distintos formatos escolares, propuestas pedagógicas y programas gubernamentales. Finalmente, las dos experiencias escolares también pueden leerse como prácticas de resistencia frente a mandatos familiares y de pareja que buscan limitarlas al espacio doméstico, imponiéndoles diversas tareas reproductivas y de cuidado de los miembros más pequeños del hogar.

En la misma línea analítica, aunque en escenarios territoriales distintos, en el capítulo 3 Florencia D’Aloisio, Valentina Arce Castello y Horacio Luis Paulín estudian las narrativas biográficas juveniles en barrios populares la ciudad de Córdoba, identificando los modos en que las experiencias educativas se articulan con sus procesos de búsqueda y construcción del reconocimiento social. Si bien la prueba escolar ocupa un lugar central en sus vidas, los jóvenes hacen frente a la misma mediante distintas tácticas alrededor de una doble tensión: por un lado, entre la integración –asumiendo prácticas y saberes reconocidos por la institución– y el abandono –significado como una falta de adecuación personal a las normas y las demandas cognoscitivas institucionales–; por otro lado, entre la búsqueda de reconocimiento igualitario como sujetos de derecho y sus demandas singulares de respeto.

En la segunda parte del libro, Sociabilidades, consumos de drogas y cuidados, se abordan las prácticas de cuidado colectivo de jóvenes en torno a distintos consumos de drogas. Ana Clara Camarotti, en el capítulo 4 da cuenta de por qué un grupo juvenil de sectores medios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), que concurre a fiestas electrónicas, siente que en esos espacios de sociabilidad nocturna logra encontrarse con otros jóvenes con los que comparte un gusto estético y una misma posición social en comunidades de la mismidad. Es decir, estos lugares funcionan como escenarios de encuentro entre personas que poseen recorridos biográficos fuertemente similares. El trabajo analiza en qué medida este encuentro es facilitado o no por el consumo de éxtasis, y cómo conciben estos sujetos las categorías de comunidad, vínculo social y prácticas de cuidado.

Por otra parte, en el capítulo 5, Martín Güelman analiza los procesos de vulnerabilidad y las prácticas de cuidado asociados a los consumos problemáticos de drogas en grupos de jóvenes que asisten a espacios de sociabilidad nocturnos en barrios vulnerabilizados y de sectores medios. A partir de la caracterización de las experiencias recreativas y de las prácticas de consumo de drogas, por un lado, evidencia que estos consumos no son patrimonio exclusivo de un sector social, y por otro, le permite visibilizar las vulnerabilidades diferenciales en los distintos grupos sociales, así como la comprensión de las tácticas utilizadas por cada uno de ellos para propiciarse cuidado. Dicha comparación resulta, a la vez que novedosa, imprescindible a la hora de planificar intervenciones y políticas preventivas y de promoción de la salud orientadas hacia jóvenes.

La tercera parte del libro, Procesos de vulnerabilidad, violencias y biografías, da cuenta de las vulnerabilidades y las violencias que atraviesan los jóvenes en sus trayectorias vitales. Romina Ramírez, en el capítulo 6 estudia, desde la perspectiva de exusuarios de pasta base/paco, los recorridos institucionales que deben llevar adelante en sus búsquedas de atención sociosanitaria. Para ello, analiza las experiencias de estos jóvenes, indagando sobre qué tipo de vínculos, encuentros y desencuentros tuvieron en los diversos espacios de atención y cuáles fueron los recorridos realizados antes de comenzar sus tratamientos. Este abordaje permite identificar las explicaciones y las oportunidades que encuentran estos jóvenes, a la vez que realiza una interesante reflexión en torno al funcionamiento de estos espacios institucionales dedicados al tratamiento y cuidado de personas que consumen pasta base/paco.

En el capítulo 7, Natalia Laura González y Paula Andrea Trillo abordan los procesos de vulnerabilidad punitiva y las trayectorias penalizadas que atraviesa un grupo de jóvenes que reside en barrios populares y en cárceles, poniendo el foco en los factores estructurales de sus experiencias punitivas. Las autoras analizan las tensiones que se producen entre las trayectorias individuales penalizadas, los contextos sociales e institucionales de los barrios marginalizados y los vínculos que establecen los jóvenes, identificando las regularidades y las heterogeneidades que emergen de sus relatos. El capítulo evidencia cómo la cadena punitiva, con la privación de la libertad como su mayor vivencia, es uno de los acontecimientos más significativos en sus vidas, a la vez que incorpora un interesante recorrido de los modos en que estas experiencias sociales se relacionan con los procesos de individuación de jóvenes que habitan estos territorios.

Alejandro Marcelo Villa, en el capítulo 8, realiza un recorrido analítico en torno a jóvenes muertos frente a otros jóvenes en dos villas de la zona sur de la CABA, a partir de los relatos de distintos familiares de las víctimas. Valiéndose de sus reconstrucciones biográficas, el autor caracteriza, por un lado, la relación de la violencia y las condiciones de socialización y subjetivación en estos territorios urbanos. Por otro lado, analiza las experiencias sociales de los familiares para reconstruir dichas muertes, identificando distintos contextos de la mismas: a) la acción de los sujetos para establecer los motivos de la muerte del joven; la búsqueda por establecer rupturas con los lazos sociales de la familia del agresor, y una nueva posición con respecto a las relaciones sociales barriales; b) la caracterización de los pensamientos y las categorías morales de que disponen y utilizan los actores para establecer argumentos frente a la muerte del joven; c) la descripción y análisis del proceso de desintegración del yo ocasionado por la muerte violenta y los problemas que enfrentan los sujetos para establecer una inscripción psíquica e histórica de la misma. Finalmente, el autor plantea de qué maneras estas experiencias constituyen para estos grupos sociales una prueba social.

En la cuarta parte del libro se incluyen los trabajos que dan cuenta de Movilidades, agencias e individuación juveniles. Dicha sección la conforma el capítulo 9, en donde Guido García Bastán y Horacio Luis Paulín estudian las experiencias de reconocimiento, de maltrato, exclusión y las demandas de respeto que atraviesan en sus vidas un grupo de jóvenes de sectores populares en la ciudad de Córdoba. El proceso de crecer y hacerse joven conlleva la necesidad de una ampliación del espacio de circulación urbana, lo que repercute sobre el horizonte de escenarios de interacción en los que los sujetos deben disputar su reconocimiento. En este capítulo los autores se centran en las significaciones y los recorridos que hacen estos jóvenes por el espacio barrial y los modos que encuentran de transitar por el afuera, hacia otros espacios de la ciudad.

En el capítulo 10, Silvia Alejandra Tapia analiza cómo se producen y qué características adquieren las movilidades cotidianas de jóvenes de sectores populares que realizan actividades artísticas y deportivas en espacios gratuitos de la CABA. El interés de la autora se centra en indagar sobre el lugar que las movilidades urbanas ocupan en las biografías de los jóvenes, los modos en que se regulan o limitan, así como también las estrategias que desarrollan para atravesarlas. En primer lugar, hace un recorrido por los antecedentes de la articulación entre las investigaciones sobre movilidades y los de juventudes, realizando un valioso aporte al campo, dada la novedad de esta perspectiva analítica. Luego, presenta aspectos vinculados a la movilidad en el trabajo de campo y los resultados de su estudio, desarrollados a través de las siguientes categorías emergentes, surgidas de su análisis de los relatos biográficos, entrevistas y observaciones: el inicio de las actividades artísticas y deportivas: llegar por casualidad; circular cotidianamente: desafíos y estrategias; la posibilidad de realizar una actividad artística y deportiva como escape.

Finalmente, en el capítulo 11, Pablo Francisco Di Leo y Ana Clara Camarotti, a partir del análisis del conjunto de los relatos construidos con jóvenes en barrios populares, identifican tres nodos biográficos –puntos nodales en los que confluyen múltiples conexiones entre las dimensiones personales, vinculares y estructurales– centrales en sus procesos de individuación: vínculos afectivos, barrio e instituciones públicas. Dialogando con herramientas conceptuales e investigaciones recientes de Araujo y Martuccelli, analizan cómo los efectos y las vinculaciones de dichos nodos con sus maneras de constituirse como individuos en nuestra sociedad actual no son unívocos ni lineales. En cambio, a partir de complejas y activas articulaciones entre sus agencias personales, relaciones intersubjetivas y condiciones socioinstitucionales, se pueden desencadenar o potenciar procesos de vulnerabilidad/desestabilización o de cuidado/estabilización en las vidas de estos jóvenes.

Nos resta agradecer a la UBA y al CONICET, por financiar esta investigación; a nuestro equipo, por su compromiso, tiempo, ideas, aportes, discusiones y reflexiones, fundamentales para concretar este nuevo libro colectivo. A Horacio Luis Paulín y a su equipo, con quienes durante estos años fuimos construyendo y fortaleciendo espacios compartidos de estudio, formación y amistad. A Danilo Martuccelli, a quien ya consideramos un integrante del equipo, y con quien, a través de largas jornadas de trabajo, caminatas por Buenos Aires y comidas compartidas, continuamos charlando sobre las problemáticas de nuestra sociedad que nos desvelan, ayudándonos a mirar de otro modo cuestiones que nos resultaban difíciles de anudar. Y, muy especialmente, a todos esos jóvenes que nos contaron momentos muy importantes de sus vidas, permitiéndonos reflexionar juntos en torno a sus padecimientos, alegrías, sueños y deseos.[9] A todas y todos, muchas gracias.

 

Buenos Aires, noviembre de 2015

Bibliografía

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  1. Proyecto UBACyT 2013-2016 GEF 20020120200171BA. Director: Pablo Francisco Di Leo, codirectora: Ana Clara Camarotti. Integrantes del grupo de investigación: Ana Josefina Arias, Laura Fox, Mariela Giacoponello, Mariana González, Natalia Laura González, Martín Güelman, Romina Ramírez, Sebastián Ezequiel Sustas, María Cecilia Touris, Paula Andrea Trillo, María Soledad Vázquez, Alejandro Marcelo Villa. Financiado por: Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Sede: Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.
  2. Proyecto 2014-2015 SECyT Nº 203/14 “Sociabilidades juveniles y lógicas de reconocimiento en la escuela y en el barrio”. Director: Horacio Luis Paulín. Integrantes del grupo de investigación: Valentina Arce Castello, Rafael Carreras, Florencia D’Aloisio, Guido García Bastán, Soledad Martínez, Mariela Arce, Valeria Martinengo, Florencia Capparelli, Julieta Castro, Julieta Rocío Arancio y Ayelén Zurbriggen. Financiado por: Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Sede: Centro de Investigaciones de la Facultad de Psicología, UNC.
  3. Seminario de Doctorado: “Las sociologías del individuo”, CFAAE-UBA, Programación 2015. Profesor titular: Danilo Martuccelli. Profesores anfitriones: Pablo Francisco Di Leo, Ana Clara Camarotti, Horacio Luis Paulín.
  4. En esta sección y la siguiente retomamos recorridos conceptuales desarrollados en las investigaciones doctoral y posdoctoral de Pablo Di Leo (2008; 2009; 2013).
  5. Para ordenar la exposición, esquematizamos dos corrientes de pensamiento que tienen grandes divergencias en su interior, tanto entre sus principales autores como en sus desarrollos conceptuales.
  6. “Las lógicas de la acción no son sólo grupos de motivos; son también puntos de vista sobre lo social, lógicas más cognitivas que normativas, que implican un tipo de representación de la sociedad tal como el actor la construye. Son maneras de definir la naturaleza de la sociedad y de definirse a sí mismo” (Dubet, 2013: 194).
  7. Según Anthony Giddens (2003: 46), la agencia “[…] no denota las intenciones que las personas tienen para hacer cosas, sino, en principio, su capacidad de hacer esas cosas (que es aquello por lo cual agencia implica poder). Agencia concierne a sucesos de los que un individuo es el autor, en el sentido de que el individuo pudo, en cada fase de una secuencia dada de conducta, haber actuado diferentemente”.
  8. Definimos y retomamos esta categoría de Araujo y Martuccelli (2014) en el capítulo 11 de este libro.
  9. Durante todo el desarrollo de nuestro trabajo de campo tomamos los resguardos éticos de rigor para preservar el anonimato, la identidad y la integridad moral, social, psicológica y cultural de los sujetos que participaron en las entrevistas de manera informada y voluntaria, asegurando también la confidencialidad de sus respuestas. En la presentación de los resultados reemplazamos los nombres de los jóvenes entrevistados por seudónimos.


2 comentarios

  1. SONIA 07/04/2016 12:09 am

    muy bueno!

  2. laureano1945 13/10/2018 9:11 pm

    El tema de la complejidad de la vida del adolescente es muy actual. Y es necesaria su lectura, análisis y crítica por parte de las instituciones medias y universitarias de nuestro país (Colombia).
    Observamos a una juventud “sin perspectiva”. Lo que dejó grabado ese adolescente que se arrojó de un edificio en la capital Bogotá: …”me voy a suicidar… es lo último que hago”… y se mató.

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