En la misma colección

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9 Hacerse joven en la ciudad: dinámicas urbanas y construcción de identidades

Guido García Bastán y Horacio Luis Paulín

Introducción

Los espacios urbanos constituyen una dimensión clave para la comprensión de la condición juvenil, sus formas de sociabilidad y procesos de construcción identitaria. En ellos, se producen aprendizajes y prácticas en relación a la alteridad. Para los jóvenes de sectores populares, el barrio se revela como uno de los escenarios más importantes para el despliegue de estos procesos que, sin embargo, debe ser entendido en su intensa relación con el resto de la ciudad.

En este capítulo, presentamos algunos resultados de una línea de investigación cualitativa que, a lo largo de sucesivos proyectos, se ha centrado en la comprensión de las sociabilidades y prácticas relacionales juveniles en el ámbito de la escuela secundaria. En el proyecto actual,[1] a raíz de las consideraciones iniciales, se incorpora a esta línea investigativa la dimensión urbana y sociobarrial, a la que nos abocaremos en esta ocasión. Observamos que la dinámica del barrio reviste rasgos radicalmente distintos de los que propone el espacio escolar. Fundamentalmente, en lo que refiere al grado de apropiación territorial por parte de los jóvenes. Por ello, sus narrativas acerca de este ámbito resultan enriquecedoras para complejizar la comprensión de sus prácticas de sociabilidad y procesos de construcción de reconocimiento.

Para pensar la categoría de reconocimiento retomamos algunas de las reflexiones teóricas de Axel Honneth (2011). Tal como fue señalado en la introducción del libro, la violencia del maltrato, la exclusión del acceso a derechos y la injuria discriminatoria asociada al sentimiento de indignidad son los tres mecanismos del menosprecio que el autor establece como contracaras del reconocimiento. Por el contrario, este último se consolida en las relaciones de confianza, (como sujeto de amor y amistad), respeto (como sujeto de derechos) y la estima de sí (como sujeto de la comunidad), estableciendo una gramática moral que incluye la atención tanto a las formas de reconocimiento como a las heridas físicas y morales que reciben las personas.

Al recuperar el planteo de George Mead, Honneth comprenderá al reconocimiento del otro como un elemento central de las interacciones. A la vez que son estas interacciones, en absoluto armónicas, las que hacen posible la construcción de la identidad al instalar:

“a quienes interactúan y se interrelacionan, en una situación de conflicto, de lucha por el reconocimiento de sus pretensiones y necesidades” (Pasillas Valdez, 2011: 3).

A partir de estas premisas teóricas es que nos preguntamos: desde la perspectiva de jóvenes cordobeses de sectores populares, ¿qué formas asume el reconocimiento en relaciones inter e intrageneracionales que tienen lugar en contextos sociobarriales y educativos específicos?

En esta oportunidad, abordaremos analíticamente una serie de narrativas juveniles a partir de considerar los variados modos en que los espacios urbanos participan de su construcción identitaria. Entendemos que, lejos de tratarse de una propiedad esencial e inmutable, la identidad supone un complejo interjuego con el entorno social y los otros significativos que allí se encuentran, en un permanente “proceso de devenir y no de ser” (Hall, 2003: 17). A la vez, la identidad se construye al calor de la diferenciación entre los “unos” y los “otros”, entendidos como alteridades situadas en dichos espacios urbanos.

Por ello, situamos la comprensión de estos procesos de construcción identitaria y proyección personal en el marco de vidas cotidianas de jóvenes de sectores populares, que residen en escenarios de periferización urbana, caracterizados por la segregación y la fragmentación residencial[2] (Valdés y Cargnelutti, 2014). Al hablar de segregación residencial aludimos a la desigualdad en el acceso a servicios y equipamientos urbanos. En cambio, la fragmentación se refiere al producto de intervenciones urbanísticas que visualizan configuraciones territoriales localizadas, fundamentalmente de dos maneras:

“a) De modo continuo en la trama urbana, pero con fronteras invisibles relacionadas con la alteridad; o bien, b) de modo discontinuo, a manera de ‘islas’ en el espacio urbano y como resultado de la expansión urbana en una periferia dilatada. El elemento común es la baja interacción entre los fragmentos” (Valdés y Cargnelutti, 2014: 5).

Consideramos, junto con estas autoras, que el análisis de la dimensión simbólica del espacio urbano configurado como fragmento residencial resulta útil para situar estas construcciones de identidad y experiencias de reconocimiento al hacer visibles las barreras inmateriales entre los lugares.

Estas proposiciones nos permiten pensar al espacio urbano como campo de fuerzas, cuyos límites también son definidos simbólicamente por las construcciones de alteridad y las relaciones que sus habitantes (en nuestro caso jóvenes) realizan, aunque las condiciones estructurales operen en términos de segregación urbana y/o de fragmentación residencial.

En ese sentido, como nos interesa conocer las experiencias de reconocimiento o de maltrato y exclusión, como así también, las aspiraciones y demandas de respeto desplegadas en las existencias juveniles, es que consideramos clave abordar las significaciones y recorridos de los jóvenes por el espacio barrial y cómo en su proceso de crecimiento personal compartido con otros en la sociabilidad transitan por el “afuera”, hacia otros espacios de la ciudad.

A lo largo de este capítulo, se analiza un corpus discursivo resultante del trabajo de construcción de relatos de vida a partir del enfoque biográfico (Cornejo, Mendoza y Rojas, 2008; Di Leo y Camarotti, 2013; Leclerc-Olive, 2009). Se trabajó junto a seis jóvenes de sectores populares, seleccionados a partir de un muestreo intencional que contempló criterios de diversificación, tales como edad, género, trayectoria educativa y procedencia barrial. En el acceso a los entrevistados y en la construcción de un acuerdo de confidencialidad de los datos, nos orientamos con la premisa de que cada miembro del equipo se acercara a algún joven con el que venía compartiendo alguna experiencia previa de participación en la investigación social o en trabajos institucionales y/o comunitarios. De esta forma, buscamos garantizar que su participación se enmarcara en un vínculo previo de confianza para reducir al mínimo cualquier sentido de obligatoriedad y vulneración de derechos. Se realizaron 4 ó 5 sesiones de entrevistas semiestructuradas con cada joven a los fines de construir conjuntamente un relato acerca de su vida.

Nombrar el barrio es nombrarse

En ocasiones, se ha señalado que para los jóvenes de barrios populares la experiencia de atravesar espacios públicos fuera de sus barrios supone a menudo la tarea de lidiar con situaciones de discriminación, debido a los prejuicios asociados con sus lugares de residencia (Di Leo y Camarotti, 2013; Puex, 2003). Prevalece en estas descripciones la consideración del barrio como un elemento cohesionante frente a una discriminación por parte del “afuera”. En consonancia con ello, algunos de los jóvenes que participaron en nuestra investigación hicieron referencia a que sus barrios eran “feos de nombre”. En esta expresión, la fealdad no es antónimo de belleza, sino de seguridad. Los jóvenes reconocían la circulación de opiniones que señalan a sus barrios como inseguros, como “barrios feos”. Sin embargo, al hacer extensiva esta cualidad sólo al nombre y no a los barrios, los jóvenes daban cuenta del carácter prejuicioso de estas opiniones, rebatibles desde el contraste con sus propias experiencias:

“A pesar de que de nombre es como un barrio feo, la verdad, nosotros nunca hemos tenido ningún problema ahí, nunca nos pasó nada” (Alma, 19 años).

Si bien en las descripciones que los jóvenes hacían de sus barrios tendían a acentuarse los elementos “positivos”, debemos señalar que gran parte de estas exaltaciones, más que sustentarse en el valor que estos elementos tenían en sí mismos, eran erigidas a expensas de la reputación de otros barrios, también populares y generalmente colindantes a los propios. Al estilo de la lógica elusiva de la discriminación que plantea Belvedere (2002), se construye la jerarquización social de unos mediante la desvalorización de otros. Esto puede observarse en los modos en que los jóvenes nombraban a sus barrios en las primeras descripciones. La alusión al “barrio normal”, por ejemplo, marcaba un contraste con el barrio colindante en que “pasan cosas” o con el barrio de “zona roja”, que afectan a la propia reputación. Incluso cuando mediaba un reconocimiento de una presencia de “inseguridad” al interior del propio barrio, simultáneamente ésta era referida como un elemento “exógeno”:

Entrevistador (E): ¿Sentís que podes caminar [segura] por las calles [de tu barrio]?

Alma: Sí. Sí, bueno, en realidad casi ya no hay ni un barrio seguro porque pueden venir de otros barrios y te roban. No te podés confiar mucho (Alma, 19 años).

José, uno de los jóvenes, hablaba de “Matienzo” como de un “barrio de viejos”, nominación que le otorgaba cierta distinción como habitante de un barrio “tranquilo”. Si la vejez en sí misma no constituye un capital valorado, al menos no en nuestra cultura, su apelación para referir a un “buen” aspecto del barrio deja entrever que no serían adultos mayores los responsables de la inseguridad. Así, sutilmente, se nos aproxima hacia el grupo etario sobre el que deberían recaer las sospechas.

Una distinción más radical es la que separa al “barrio” de la “villa”. Sólo uno de los jóvenes que participaron en el estudio dijo habitar una villa. El significante remite implícitamente a cualidades peyorativas que desde ciertos discursos hegemónicos serían propias de los asentamientos urbanos; pobreza, inmoralidad, ilegalidad (Guber, 2007). Tal como fue apuntado etnográficamente en relación a una favela brasileña (Koury, 2005), cuando estas cualidades son adjudicadas hacia el barrio propio, puede percibirse una injusticia por la generalización de un juicio que cabría sólo a pocos habitantes:

Natalia: […] ya nadie te quiere tomar [para trabajar].

E: […] ¿Está bien lo que piensa la gente?

Natalia: No, porque no pueden comparar a la gente. Meten a todos en la misma bolsa.

[…] La gente ya tiene miedo […] porque dicen que es la villa este barrio (Natalia, 23 años).

Si en expresiones coloquiales, como “meter en la misma bolsa” o “barrio feo de nombre”, los jóvenes reconocen ciertos prejuicios infundados, no serían los mismos criterios de justicia los que operarían luego para ponderar la reputación de los de “al lado”:

“[…] lo toman como muy feo al barrio porque al lado está Ferrer y al otro lado Bella Vista, y ahí sí pasa cada cosa…” (Alma, 19 años).

Entendemos que “la villa” y “el barrio” son categorías sociomorales antes que clasificaciones urbanísticas. Cuando la villa se asienta con posterioridad al barrio, la vivencia de invasión es concluyente (Kessler, 2006) y diferenciarse de los que la habitan es parte de la construcción yo-otros, operándose el despliegue de categorías morales que delimitan y significan el territorio entre lo virtuoso/normal y lo vicioso/peligroso (Merklen, 2001, citado por Kessler G. 2006). El barrio propio cumpliría con los aspectos virtuosos y de buena vecindad (buenas familias trabajadoras, con aspiraciones sociales adecuadas), mientras que los modos de vivir de la pobreza relacionados al “vicio” y la peligrosidad se depositan en los barrios marginados:

José: Nos juntamos con los amigos míos y damos vueltas por todos lados. Vamos a caminar.

E: Cuando salís a andar en moto, ¿por dónde salís?

José: Por acá por el barrio. Me sé ir a Rosedal, a San Roque, por todas partes. Voy a visitar amigas.

E: Cuando decías que no te relacionabas tanto con los chicos de Parque de las Rosas…

José: Con los de Parque de las Rosas, y… No, no conozco tanto. Pero los que conozco sé lo que son y no me juntaría con ellos ni nada. Y con los de Estación Flores, conozco varios, me llevo bien con varios. Y hay algunos, también, que no me llevo.

E: ¿Tu familia qué dice de eso, de cómo está el barrio?

José: A mi familia le encanta el barrio. Dice que es muy tranquilo el barrio.

E: ¿Y la relación con otros barrios cómo la ven?

José: No les gusta Parque de las Rosas a mi familia, ni tampoco Villa Aspacia. Es una villa que trajeron y no les gusta (José, 18 años).

Esto, que no hace más que informar acerca de los márgenes de maniobra con que los actores cuentan para su presentación de sí mismos (Goffman, 1989), puede ser complejizado si, como apunta Belvedere (2002), corremos nuestra mirada de la “topología” en que se demarcan el “adentro” y el “afuera”, y nos abocamos a la tarea más importante de descubrir mediante qué procedimientos se generan los procesos de exclusión implicados en dichas demarcaciones y cómo éstas impactan en la construcción identitaria de los jóvenes.

En lo que sigue, intentaremos aportar a la comprensión de estos procesos. Para ello, orientaremos la presentación en función de los tópicos que mayor saliencia tuvieron en los relatos biográficos en relación a las significaciones del espacio urbano, que categorizamos como: 1. Lugares y dinámicas urbanas. 2. Dimensión moral y emocional de las identidades urbanas.

Lugares y dinámicas urbanas: aprender a transitar la ciudad sin “donarse”

La antropología aplicada a lo urbano ha sido por largo tiempo sinónimo del estudio de barrios como unidades relativamente autocontenidas. Sin embargo, vivir en ámbitos metropolitanos demanda cada vez mayores desplazamientos y usos diferenciados del espacio urbano que exigen a la tarea investigativa una comprensión del espacio barrial en su intensa relación con la ciudad, lo que supone la observación de la movilidad. Nuestra aproximación metodológica nos impide efectuar esta observación en primera persona. No obstante, los relatos biográficos de los jóvenes permiten ponderar la importancia de distintas “locaciones” sobre las que transcurren sus vidas y conocer algunas significaciones a ellas asociadas.

La casa, el ambiente más inmediato, condensa los significados de un espacio familiar y de contención afectiva. Allí, no sólo se es contenido, a veces es necesario asumir también un rol de contención hacia otros. En algunas ocasiones, es figurado entonces como un refugio afectivo (Sustas y Touris, 2013) y, en otras, como espacio de disputas fraternales o intergeneracionales en torno a criterios de justicia discordantes, por ejemplo, ligados a las posiciones de género o de edad y sus implicancias sobre la distribución de las tareas y roles domésticos:

“Algunas veces mi mamá no tiene fuerza para hablar […] como que a nosotras si nos tiene que decir algo mi mamá va y lo dice. Pero a mi hermano no. Ella dice que le habla, pero es mentira porque nosotras nos damos cuenta […]. Y él aparte es el único hombre en mi casa, es re malcriado. Yo siempre le digo: ‘sos re malcriado’. Eso me gustaría, que valore más” (Alma, 19 años).

“Por ejemplo, no sé, en la computadora, tengo que hacer un trabajo práctico y están mis hermanos jugando. Y [mi mamá] me dice: ‘vos si tenés que hacer un trabajo práctico después terminás en el Facebook…’ y le digo: ‘pero necesito estar en el Facebook para que en el grupo me manden el archivo y después descargarlo, hacerlo yo y mandarlo de nuevo’ y no lo entiende a eso. Y empieza: ‘¡no! vos querés hacerle la vida imposible a los más chiquitos’, y una cosa lleva a la otra y se arma un problemón enorme y hasta yo mismo le termino faltando el respeto a  ella” (Diego, 19 años).

Si pensamos al “barrio” como ámbito que circunda el espacio doméstico, debemos precisar que se encuentra atravesado por una dimensión temporal que permite diferenciar sentidos infantiles, de un tiempo en que “vivíamos en la calle” y “todo era color celeste”, de otros juveniles, más cautos ante el conocimiento de los peligros que el barrio puede albergar. Lo que da lugar a demarcaciones tales como “dentro/fuera”, “los de adelante/los del fondo”, “los buenos/los ‘choros’[3]/los ‘peligrosos’/los inmigrantes”.

En los relatos construidos puede inferirse que el tránsito de la niñez hacia la adolescencia y juventud es acompañado por una libertad creciente para circular por la ciudad. Cuestión que se ve facilitada, en gran medida, por el uso autónomo del servicio de transporte público:

Diego: Es como que diferentes edades te van llevando a diferentes lugares.

E: ¿A qué lugares te fueron llevando?

Diego: Ahora, por ejemplo, más por el Patio Olmos, más buscando laburo […] después también ando más para allá para lo que es Buen Pastor, todo eso. Cuando salgo a los boliches también, salgo a Nueva Córdoba. Sí, y con los chicos de la iglesia, a la catedral, o cuando vamos a hacer “Expo-carisma”… (Diego, 19 años).

El “centro” es uno de los espacios que se “descubren” a medida que se desarrolla autonomía en el desplazamiento urbano. Las excursiones hacia el microcentro de la ciudad se ven motivadas ocasionalmente por búsquedas laborales, trámites, gestiones o prácticas de consumo que vinculan a los jóvenes con áreas formales e informales del mercado y el sector privado. Aunque también por la posibilidad de concurrencia a ciertos espacios de sociabilidad juvenil que allí se encuentran ubicados. Diego, por ejemplo, menciona al “Patio Olmos”. La iniciativa que en algún momento tuvieran quienes, identificados como “floggers”,[4] poblaban el ingreso de este centro comercial sin otro ánimo que el de “floggear” (Quintero Ortiz, 2010), tornó a este espacio en un punto de reunión para decenas de jóvenes que salen del colegio y a veces llegan a ausentarse a clase (haciéndose “la chupina”)[5] para asistir a él.

Pero una motivación común para la movilidad, incluso para quienes no comparten las prácticas de sociabilidad de los escolares, se vincula con los circuitos nocturnos de salidas, donde opera también una distinción temporal. Como observaron Camarotti y Güelman (2013) en relación a las prácticas de consumo de sustancias, el fin de semana puede ser pensado como un momento de una temporalidad distinta. La mayoría de las experiencias que vinculan a los jóvenes con “la calle” ocurre los fines de semana. Al referir a los ámbitos en que transcurren sus salidas nocturnas, ellos distinguen entre las “jodas de barrio”, los “bailes” y los “boliches”.

En el primer caso, se trata de fiestas informales que, como su nombre lo indica, tienen lugar en el espacio barrial, generalmente en viviendas particulares. Los bailes, ambientes de la música de cuarteto, se llevan a cabo en clubes o estadios deportivos. En ellos, el público, fundamentalmente juvenil, es convocado por la afinidad con determinados cantantes y bandas de este género popular. Por último, los boliches son recintos cuyo equipamiento e infraestructura están destinados exclusivamente al esparcimiento nocturno. Allí, diferentes DJs[6] ofrecen un repertorio variado de estilos musicales, que generalmente incluye el género pop y la música electrónica.

Algunos de los relatos reconstruidos convergen señalando en este orden de presentación una proporcionalidad inversa con el sentimiento de seguridad que cada lugar inspiraría:

“Yo iba a las jodas del barrio X y eran en una casa. Era una negrada. Y por eso empecé a salir a los bailes. Se armaba porque estaban chupados, drogados. Se desconocen y pelean entre amigos, o te buscan quilombo a vos que nada que ver. Como no sos del barrio de ahí. Por eso empecé a ir a los bailes y a los boliches a los quince. […] En un boliche me siento mucho más seguro, más lindo. En un baile, vos no sabés si te van a pegar de atrás. […] Más que todo voy a [los boliches de] Nueva Córdoba” (José, 18 años).

“Por ejemplo, una joda, una joda de barrio y vos ves negros, negros mal, en el sentido de negros brasas. Y sabés que cuando salís se van a cagar a tiros, se van a tirar piedras entre ellos, se van a hacer re cagar, entonces tenés que salir temprano o salir tarde y evitar el baño como saben decir, porque el primero que se dona en el baño le roban. Es así, y andá a saber si salís de ahí adentro. Y en un boliche se pueden cagar a trompadas, afuera también, pero no pasa a mayores, porque es una zona que hay policías” (Diego, 19 años).

Diego identificaba a la presencia policial como elemento que torna a los boliches más “seguros” por sobre otros ámbitos nocturnos. Algunas etnografías locales realizadas en los bailes de cuarteto aportan contrapuntos para matizar esta idea. Mientras que Blázquez (2010) identifica en estos ámbitos de esparcimiento una fuerte presencia de policías que, en ocasiones, intervienen de modo violento, el trabajo de Previtali (2015) avanza sobre el análisis de los procedimientos implicados en los “controles” policiales de los bailes cordobeses, señalándolos como factores claves en “la generación de interacciones con violencia” (p. 26). Quizá, para comprender los matices que separan estos ámbitos nocturnos debamos reparar, más que en la presencia de policías como actuantes de estos escenarios, en los modos en que son construidas otras categorías de actuantes que tanto Diego como José responsabilizan de “buscar quilombo” en los bailes y jodas de barrio: la “negrada”, los “negros brasas”. ¿De quiénes estamos hablando?

De “negros brasas” y “gente trabajadora”. La dimensión moral y emocional de las alteridades

“Hay veces que te discriminan. Si sos negro, te discriminan. El color de piel digo yo…” (Natalia, 23 años).

Las categorías “negro”, “brasa” y “villero” (y sus innúmeras combinaciones y formas adjetivadas) son de uso corriente en los sectores populares cordobeses, aunque no son exclusivas de estos sectores. Se utilizan de modo despectivo, generalmente, por quienes no se encuentran en ese lugar o quienes mediante su enunciación consiguen, al menos momentáneamente, posicionarse en un lugar de superioridad (García Bastán, 2015). En la descripción de un “negro brasa” se exaltan ciertas formas de hablar y vestirse definidas por oposición a las propias de su par antagónico; el “cheto”. Sin embargo, el estilo no sería lo único que está en juego:

Natalia: [A una compañera del colegio] le agarró el ataque de que me empezó a insultar. Y como yo no me le quedaba, me esperaba en la parada del colectivo, en todos lados. Era una negrita porrera grandota, grandota. Yo tenía miedo. Era de Villa Páez, […] me dijo que si iba a hablar con la directora y le pasaba algo a ella, me iba a matar (Natalia, 23 años).

E: ¿Algún profesor que hayas sentido que te faltara el respeto?

Leandro: Con el director, nomás. A la profesora de Lengua le metí un bollazo, también. Pero ella fue, porque yo estaba hinchándole los huevos a una compañera y vino la vieja y me pechó [(empujó)]. Me quiso sacar y yo la empujé, como que me quiso pegar una cachetada y ahí me llevan a la dirección y [el director] me empezó a tratar mal.

E: ¿Qué te dijo?

Leandro: Que era un negro villero (Leandro, 19 años).

En los fragmentos anteriores Natalia y Leandro rememoraban algunos episodios de sus inconclusos trayectos escolares. A la voz de “negro villero” el director reprobaba el “bollazo” propinado por Leandro a su profesora de Lengua. Natalia, por su parte, explicaba la actitud desafiante de su compañera por su condición de “negrita porrera” que vivía en Villa Páez. La violencia es una de las características que se le adjudican al “negro villero”, por eso es entendible que sea una figura temida.

Como pudimos apreciarlo en los testimonios de Diego y José, el “choreo”[7] también es parte constitutiva de esta figura mítica que ronda la calle y otros espacios de sociabilidad. Así como un tercer elemento: el consumo abusivo de sustancias. Esta combinatoria convierte al “negro brasa” en un personaje social receptor de los prejuicios anclados en la representación de una juventud negativizada (Chaves, 2005): drogadicta, delincuente y violenta. Imagen de una alteridad amenazante (Reguillo, 2008) que contrasta con la de la “gente trabajadora” y “humilde”, categorías sociomorales que dignifican a sus portadores:

Alma: Lo que me gusta de este barrio [… es que] todas las familias que viven ahí son trabajadores. Y en ese barrio hay muchos perros caniche y, por ejemplo: se te llega a escapar uno [y la gente] te avisa, si vos te vas, te cuidan la casa. No se falta el respeto nadie ahí (Alma, 19 años).

E: ¿Alguna vez te faltaron el respeto a vos?

Leandro: Sí.

E: ¿En qué situación?

Leandro: Ponele… te quieren tocar las cosas en tu casa. En ese sentido, sí […] Una vuelta, en la casa de mi mamá, se metieron y sacaron un termotanque. Me envenené yo. Se armó un rabionazo […]. Los agarré a tiros […] ¿Por qué tienen que venir y faltar el respeto en mi casa? (Leandro, 19 años).

Si dentro del barrio la cualidad de “trabajadores” hace a las condiciones de respetabilidad que otorgan pertenencia a la comunidad moral (Feltran, 2007), a través de estos fragmentos vemos también que, en este espacio, una afrenta contra la dignidad puede ocurrir cuando alguien atenta contra la propiedad privada, “faltando el respeto”. De ahí que la frecuencia de robos a las viviendas y la procedencia barrial de los “ladrones” constituyan indicadores certeros para determinar si se habita un barrio “respetable”, dirimiendo por añadidura el estatus moral del morador, que es quien hace el cálculo.

La delincuencia, el consumo de sustancias ilegalizadas o legales y la violencia, se presentan en los relatos, generalmente aunque no siempre, asociados a figuras masculinas. Cuando se trata de familiares o allegados, puede existir una expectativa de que “maduren”, abandonando “la joda” y las “cosas de chicos”, para asumir un estilo de vida más “sano” y dejar de “mandarse sustos”. De no mediar esta maduración, alguien podría tomar la iniciativa de apartar a quien no se “rescate” a tiempo:

Nahuel: Mi papá nunca quiso trabajar. Después lo corrió mi abuela porque medio que mi papá la molestaba mucho a mi mamá […], nunca quiso trabajar, nunca le gustaba estudiar. […] Se drogaba y a veces nos daba mala imagen (Nahuel, 15 años).

Natalia: [Mi tío] se volvió sano… Como que maduró.

E: Maduró. ¿Qué cosas te hacen pensar que maduró? ¿Por qué decís vos que maduró?

Natalia: Porque las cosas que él hacía eran cosas de chico, se cruzan acá al frente roban, no le importa si lo ven, nada.

E: ¿En qué otras cosas, aparte del robo…?

Natalia: Con la droga. Dejó de fumar cigarrillos, porro… él fumaba mucho (Natalia, 23 años).

Diego: Cuando ya empecé a cambiar, empecé a cambiar la forma de hablar, empecé a cortarme el pelo de otra forma, hasta afeitarte.

E: La forma de hablar tuya era cómo la que vos me describías hace un rato, ¿la de los brasas?

Diego: Sí, sí, era bastante negro. Sí, cambié un montón en eso, aparte 19 años y voy a seguir hablando así, sabiendo que puedo hablar bien… (Diego, 19 años).

El último fragmento aporta elementos para pensar que si resulta difícil encontrar al “negro villero” en primera persona esto pueda deberse a que, más que pensarse como taxonomías estancas para designar clases de personas, las clasificaciones mencionadas deban comprenderse como categorías plásticas (Feltran, 2007) que permiten a los actores demarcar situacionalmente una “distancia moral” respecto de una alteridad amenazante. A la inversa, y tal como ha sido señalado en otras ocasiones, es posible adoptar algunos de los rasgos que usualmente serían adjudicados al “negro brasa” en aras a “hacerse el malo” (Tomasini, 2013) o “el choro” (Paulín, 2015) y en ello “hacerse respetar”[8] (Liberatori, 2014; Paulín y Martínez, 2014):

“En este colegio vienen todos los negros de acá y se hacen los mandamás, digamos, los choros. Y eso a mí me molesta porque yo no soy como ellos. Los forreo, digamos. […] Cuando veo que se hacen los choritos, no me cae bien. Entonces, los miro y hago que no están” (José, 18 años).

“Forrear” o “rebajar” a otro con la mirada implica ubicarlo en un lugar inferioridad, casi hasta negar su existencia; “hacer como que no está”. Pero, paradójicamente, requiere que dicho otro dote esa mirada de significación, a la vez que precisa de terceros que, con su mirada, restituyan la propia existencia. La actitud de forreo es un claro ejemplo de cómo ante ciertas taxonomías estigmatizantes, a veces deben tomarse medidas destinadas a distinguirse de quienes pudieran quedar incluidos en ellas: “No soy como ellos”. La identidad se construye a través de la diferencia y es constantemente desestabilizada por lo que excluye (Hall, 2003). Retomando los interrogantes con que concluíamos el apartado precedente, podría argumentarse que la necesidad de una diferenciación identitaria se acrecienta junto con el riesgo de “contaminación” que cada ámbito de esparcimiento nocturno supone: si los boliches de Nueva Córdoba que Diego y José mencionan son ámbitos que frecuentan también los sectores medios de la ciudad,[9] esta característica no sería compartida con los bailes, restringidos casi con exclusividad a los sectores populares y menos aún con las “jodas de barrio”, a las que asisten fundamentalmente los propios jóvenes moradores de cada barrio. Así, a medida que el escenario ofrece menos recursos “objetivos” para imputar una distancia social con el otro, parecerían requerirse mayores esfuerzos subjetivos en aras a sostener esa distancia.

Llegados a este punto, comenzamos a comprender algunos modos con que estos jóvenes, a través de mecanismos de adjudicación y asunción de taxonomías sociales, soportan el lastre de estar siempre en riesgo de ser discriminados y considerados “negros”, no sólo fuera de los barrios populares en que viven, como resultado de procesos de estigmatización por parte de otros sectores sociales, sino también dentro de estos barrios, donde distinguirse del otro requiere de una sensibilidad para el despliegue situacional de repertorios que permitan hacer frente al estigma.

Tal como apunta Rossana Reguillo (2008), los “mapas subjetivos” de la ciudad no son un dato estable. Ello nos advierte como investigadores acerca de los riesgos que supone reproducir las imputaciones nativas respecto de lo que se consideran zonas “seguras” e “inseguras” del espacio urbano. Pero, además, supone para los actores la necesidad de “elaborar estrategias (discursivas y fácticas) para resolver la continuidad en sus “mapas”” (p. 65). En este sentido, la actitud de “hacer como que no están”, que José decía tomar respecto a quienes designaba como “negros”, permite sospechar lo que otros fragmentos muestran con mayor claridad: que el miedo es una emoción que participa también en la organización de las interacciones urbanas en distintos ámbitos de sociabilidad:

José: […] Del barrio Parque de las Rosas […] siempre me quisieron agarrar fuera del colegio. Y me disparaba, y nunca me pegaban.

E: Y eso, ¿cómo te pone? ¿Te asusta? ¿Te da miedo?

José: Me asusta, pero me da bronca a la vez porque vienen a querer pegar. […] Un amigo la otra vez lo agarraron acá. Fue el año pasado. Ahora va a otro colegio que está en ahí en la Deán Funes. […] Lo había agarrado un negrito del otro barrio. Lo agarró en el piso y lo cagó a trompadas (José, 18 años).

Diego: Pasás por una esquina donde hay 5 ó 6 vagos y ya te empieza a dar cagazo[10] por si les va a pintar chorearte o algo […] son cosas que pasan en la calle, por eso te digo que en la calle se encuentra de todo y me da miedo por mis hermanos (Diego, 19 años).

Como señala Koury (2005), los miedos cotidianos contribuyen a la estructuración de jerarquizaciones. La percepción de peligrosidad puede constituir muchas veces un elemento aglutinador que genere ciertos lazos comunales entre quienes comparten un mismo barrio. Sin embargo, también la pobreza puede tornarse peligrosa, incluso para quienes se encuentran en esta situación, cuando no es adjetivada por categorías como trabajo y honestidad (Feltran, 2007; Koury, 2005), llegando a producirse a veces ambivalencia entre los moradores (Almeida, 2011).

Podría pensarse que, para los varones, estos preceptos morales comportan una tensión adicional. Al presentarse intersectados con otros mandatos ligados a modelos hegemónicos de masculinidad, podrían dificultar el reconocimiento público del miedo conduciéndolos, eventualmente, a “hacerse los malos” para autoafirmarse. Algunos trabajos (Martínez, 2008; Montesinos, 2002) han señalado que en varones de clases populares, ante las posibilidades limitadas de obtener reconocimiento en ámbitos laborales y educativos, se haría más notable el esfuerzo por destacarse a través del valor físico y la capacidad intimidatoria. Lo que, en los casos analizados, podría explicar la mayor facilidad con que las jóvenes informaban de los temores suscitados por la circulación urbana.

A pesar de ello, parecería haber amplio consenso de que “la calle” es un lugar del que se presume, por sobre todo, la peligrosidad. Cuando aluden a este espacio, detrás del significante se despliegan múltiples líneas de significación:

“Ahora la calle es cualquier cosa. No podés salir a un boliche porque te vas a un boliche y viene el colectivo lleno de negros, bueno, te venís en el remi,[11] pero no siempre vas a tener plata para el remi. Porque una vez que saliste, ya te empezó a gustar la noche, y una vez que te empezó a gustar la noche viene todo junto” (Diego, 19 años).

La calle puede connotarse como un lugar en el que se está relativamente desprotegido del eventual acecho de los “negros”. Aunque también se asocia con la noche. Una nocturnidad que viene acompañada de muchos ingredientes, algunos sumamente atractivos. Sin embargo, difícilmente se pueda escogerlos aisladamente por cuanto allí parece “venir todo junto”. En los testimonios de las jóvenes mujeres se infiere más claramente que la circulación nocturna por la calle se ve dificultada por el medio de transporte. Esperar el colectivo “en la parada” puede implicar una exposición riesgosa que a Natalia, por ejemplo, le costó su vínculo con la escuela nocturna en una oportunidad:

“Después me anoté de vuelta al colegio a la noche, pero fui un mes y lo dejé. Porque salía muy tarde: a las doce de la noche. Encima, después no sabía si… no sabía si al colectivo lo iba a tomar o no. Ahí ya tenía 20 años” (Natalia, 23 años).

“Mi amiga […] vive en Comercial. Es lejos de la escuela. Me sé quedar los fines de semana [en su casa]. Cuando voy a los bailes salgo más de la casa de ella, porque a ella le quedan ahí nomás los colectivos y a mí no. Y para ir sola a la parada, no, prefiero irme de ahí o, bueno, a veces los padres de ella nos saben llevar. Cerca de mi casa no pasan muchos colectivos” (Alma, 19 años).

La circulación nocturna conlleva el aprendizaje de no “donarse” ante ciertas situaciones que pueden significar un riesgo. “Si tenés calle sabés evitar eso”, argumentaba Diego. Al parecer, “tener calle” implicaría la pericia resultante de una trayectoria de “exitoso” relacionamiento con las esferas de lo ilícito y del consumo de sustancias. Cualidades que construyen el mundo de la calle retratado frecuentemente por las letras del cuarteto (Previtali, 2015):

Leandro: Mi tío tenía una bandita y me llamó para venga a tocar. Y, ahí no más, empecé a tocar con ellos; tocaba la güira.

[…]

E: ¿Y de qué hablaban esas canciones? ¿Te acordás?

Leandro: Eran canciones de la calle. Una la había mandado un chico que estaba preso (primo mío también es), que era de un chico que limpiaba vidrios. Estaba buena la letra… (Leandro, 19 años).

Conectada con la calle, “la esquina” es a veces señalada como punto de reunión. Pero también puede ser escenario de actividades ilícitas. Incluso sin participar de ellas, la simple presencia en la esquina podría implicar el riesgo de “perder” frente a la policía. De este modo, el ámbito callejero se torna en un potencial articulador con otro submundo institucional: el de la cárcel.

“Sí, salía. Me iba a para la Alem, Rancagua, todo eso. Teníamos unos amiguitos y salíamos todos juntos. Y así, tuve que caer un par de veces, o sea no por robo. Una sola vez me pusieron por tentativa de robo. […] Un par de veces, también, porque choreaban los otros, estaba en la esquina sin saber nada, caían y te querían llevar. Un par de veces perdí” (Leandro, 19 años).

“[Mi novio] salió con fianza a la calle, así que se come, lo de ahora, más lo que él debía. Él debía como dos años creo y… más lo que le quieren dar. Primero antes de empezar la relación conmigo cayó preso por un robo en el centro” (Natalia, 23 años).

La calle parece así constituir un desafío con el que debe aprenderse a lidiar a medida que se amplían los márgenes juveniles de circulación urbana y que en ocasiones ofrece resistencias a esta ampliación.

Gráfico 1: Relaciones entre escenarios urbanos y procesos de construcción identitaria

Gráfico capítulo 9 (con correcciones)

Reflexiones finales

Este capítulo tuvo como propósito mostrar algunas contribuciones que distintos espacios de sociabilidad y circulación urbana hacen a la construcción identitaria de los jóvenes de sectores populares cordobeses.

Las narrativas analizadas parecerían abonar las proposiciones que desde algunas líneas de investigación señalan al barrio como operador de identidad y cohesión, y a la calle como lugar inseguro. Sin embargo, pudimos también observar que la definición del lugar de residencia como “barrio” o “villa” es una construcción social en disputa simbólica para los jóvenes que no siempre les brinda seguridad. Así, la discriminación y estigmatización no se restringen a las resultantes de la territorialización[12] del espacio urbano (Puex, 2003), ya que, como pudimos observar, se trata de procesos que suceden también al interior de sus barrios. Esto nos permite pensar que en escenarios de periferización urbana, donde las delimitaciones geográficas se combinan y funden con demarcaciones morales y emocionales sobre sí mismos y sobre los otros, la referencialidad de los actores depende en mayor medida de sus dinámicos “mapas subjetivos” que de estáticas coordenadas georreferenciales. Podemos afirmar entonces que para los jóvenes de sectores populares en condiciones de periferización, su autorreferencia residencial puede funcionar como un soporte estigmatizante[13] (Martuccelli, 2007) sobre el que deben operar (simbólicamente) para convertirlo en sostén o aminorar, al menos, los procesos de discriminación social del que serán objeto en su pasaje por distintos escenarios institucionales.

A su vez, el proceso de crecer y “hacerse joven” conlleva una ampliación del espacio de circulación urbana que repercute también sobre el horizonte de escenarios de interacción en que los jóvenes deberán disputar simbólicamente su reconocimiento. En este proceso, la calle aparece como el espacio en que se materializan simultáneamente las posibilidades de ser reconocido y las de resultar estigmatizado. Por este motivo, según nuestro análisis, parte de la experiencia del crecer en jóvenes de sectores populares implica aprender a lidiar con potenciales situaciones de menosprecio que pueden suponer heridas para la estima de sí mismos (Honneth, 2011). En ese sentido, hemos planteado algunos mecanismos mediante los cuales los jóvenes consiguen presentarse como integrantes de barrios “respetables” y simultáneamente marcar una distancia moral con ciertas categorías de actuantes que circulan por la calle; espacio con el cual se establece una relación ciertamente ambivalente. En los relatos juveniles, el espacio callejero, simbólico y material a la vez (Previtali, 2014) aparece como un lugar que se conquista: se “tiene calle” o de lo contrario se está “donado” ante las inseguridades y peligros que este espacio alberga. También se constituye como un locus de experimentaciones riesgosas, de las que algunos logran “rescatarse” y ante las que otros, menos afortunados, sucumben cuando les toca “perder”.

Sin desconocer que la experiencia de circulación urbana pueda funcionar en ocasiones como espacio para el despliegue de procesos de articulación institucional (Ramírez, 2013), de nuestros análisis se desprende que el espacio de la calle parecería configurarse como un elemento adverso a pesar del cual en ocasiones los jóvenes consiguen proyectarse hacia ciertos “submundos institucionales”, construyendo sus biografías.

En este punto emergen ciertos interrogantes que requerirían ser objeto de futuras indagaciones, referidos a cuándo y cómo los vínculos de la sociabilidad entre jóvenes operan como sostén de dicho tránsito “riesgoso” por la ciudad. Y en esa dirección, cuándo y cómo las prácticas de cuidado (en un sentido amplio) trascienden a las advertencias familiares para incluir también aquéllas que devienen como resultado de aprendizajes juveniles en que los pares se constituyen como otros significativos (Berger y Luckmann, 2001).

Para finalizar, los testimonios de los jóvenes presentados nos muestran que la experiencia de vivir en determinados barrios y villas, como así también aprender a transitar la calle, configura el marco donde se desarrolla la prueba de la relación con los otros (Araujo y Martuccelli, 2012: 103). Es decir, se constituye en un factor de individuación clave para comprender cómo asumen, en términos identitarios, de dónde vienen y desde dónde transitan por cuenta propia la ciudad.

Para estos jóvenes de barrios populares habitar la ciudad se constituye en un desafío en el que ineludiblemente se miden y recrean sus identidades, debido a que, como dijimos antes, deben lidiar con su procedencia barrial –constituida como soporte estigmatizante– y con la representación de peligrosidad social que portan, en un contexto caracterizado por procesos de periferización y fragmentación urbana que hacen cada vez más inequitativo el ejercicio del derecho al espacio público en Córdoba.

Anexo: Perfiles de los entrevistados

Tabla capitulo 9

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  1. Proyecto 2014-2015 SECyT Nº 203/14. Ver datos del proyecto en la Introducción del libro, nota 2.
  2. Con una cifra de 1.300.000 habitantes relevados por el Censo Nacional del año 2010, Córdoba Capital es considerada, en términos poblacionales, como la segunda ciudad más importante del país, luego de la Capital Federal. En las últimas décadas, la ciudad continúa expandiéndose por fuera de los límites del tejido urbano consolidado, como lo viene haciendo desde la década del setenta (Valdés y Cargnelutti, 2014). Al mismo tiempo, la extensión sobre la periferia urbana se realiza de dos maneras diferentes. Por un lado, con la auto-segregación urbana por parte de sectores de mayor poder adquisitivo hacia countries y barrios cerrados. Por otro lado, en la forma de “Barrios-Ciudades” destinados a los sectores más pobres y construidos a través de políticas públicas enmarcadas en el programa provincial “Mi casa, mi vida”, impulsado en 2004. El que no ha estado exento de cuestionamientos, tanto desde la opinión de especialistas como por parte de sus mismos destinatarios.
  3. El término “choro” se emplea en la provincia de Córdoba para denominar a las personas que cometen delitos contra la propiedad.
  4. Los “floggers” integraron hasta el año 2009 una “tribu urbana” originada en Argentina que, en su momento, logró expandirse hacia otros países latinoamericanos. La palabra “floggerviene de “flog”, contracción de “Fotolog”; el nombre de uno de los primeros sitios web en funcionar como una red social en el que diariamente los “floggers” “colgaban” sus fotografías. La llamada “cultura flogger” se caracterizaba por su fuerte componente estético identificable en singulares peinados, indumentaria y formas de bailar.
  5. Expresión coloquial argentina que alude a prácticas juveniles, generalmente colectivas, de evasión de la asistencia a la escuela, realizadas como parte de un divertimento.
  6. Abreviatura de disc jockey. Persona que selecciona y mezcla música en bares y boliches.
  7. Robo.
  8. Liberatori (2014) muestra cómo, para sus informantes, “hacerse respetar” suponía una condición difusamente separable de “ser buenito”, y por ende vulnerable e indefenso, o “ser un choro”; situación en que estarían supuestas las cualidades que nuestros jóvenes señalan como propias de los “negros villeros”. Así, en aras a “hacerse respetar” parecería ser necesario “hacerse el malo” en la “justa medida”.
  9. “Nueva Córdoba” es un barrio céntrico de la ciudad con un trazado “parisino” de rotondas y calles diagonales. Si bien inicialmente fue un barrio habitado por la clase alta cordobesa (lo que atestiguan algunas de las lujosas casonas que se encuentran todavía en pie), su proximidad con la ciudad universitaria fue tornándolo un barrio estudiantil poblado por jóvenes que llegan desde distintas regiones del interior de la provincia y del país para estudiar en la ciudad. Con lo cual, sus tradicionales casonas han sido progresivamente reemplazadas por edificios de altura hasta volverlo el barrio de mayor concentración de propiedad horizontal. Algunas de estas casas han sido reestructuradas para funcionar como boliches bailables que abren sus puertas de miércoles a sábados.
  10. Miedo (Arg.)
  11. Un “remi” o “remís” es un servicio de transporte público usado en Argentina, Uruguay y recientemente también en Bolivia. Es un automóvil con conductor (denominado remisero) que se alquila para llevar pasajeros. Normalmente se utiliza para recorrer trayectos cortos o medianos dentro de las zonas urbanas.
  12. La autora refiere así al proceso por medio del cual se estigmatiza a un determinado lugar dentro del espacio urbano y se realizan en su contra prácticas discriminatorias.
  13. En la sociología de la individuación que propone Martuccelli (2007) el individuo no existe sino en la medida en que logra sostenerse en un conjunto de soportes, reales o imaginarios. En la clasificación que construye, atendiendo a sus diferenciales de legitimidad, los soportes estigmatizantes son aquéllos que, al ser escasamente legítimos, comportan un carácter simultáneamente protector y descalificante. Un claro ejemplo, provisto por el autor, son los subsidios estatales que, a la vez que sostienen la subsistencia, ubican a los individuos en el lugar de “asistidos”, lo que conlleva una descalificación moral.


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