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6 ¿Sucios, feos y malos?: experiencias de jóvenes en tratamientos por consumo de pasta base/paco

Romina Ramírez

Introducción

En la década del noventa, el proceso de exclusión social creciente que atravesó Argentina afectó fundamentalmente a los sectores jóvenes más vulnerabilizados de la población y en ese período aumentó el consumo de pasta base/paco (PB/paco), que se profundizó en la crisis del 2001.[1] Esta problemática se consideró un tema característico de los barrios marginalizados, porque el consumo de esta sustancia cobró notoriedad primero en los sectores empobrecidos de la zona sur del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) (Arizaga, 2007; Salvia, 2008; Saín, 2009; Auyero, 2013; Castel et al., 2013).

La temática del PB/paco se analiza desde una perspectiva que pocas veces recupera las representaciones que los jóvenes tienen de sus recorridos institucionales. En este capítulo, abordaremos el tema desde sus experiencias para poder comprender qué vínculos, encuentros y desencuentros tuvieron en los diversos espacios de atención y cuáles fueron los recorridos realizados antes de comenzar su/s tratamiento/s. La riqueza de esta perspectiva radica en brindar explicaciones y oportunidades para reflexionar sobre el funcionamiento de estos espacios dedicados a los tratamientos de personas que consumen PB/paco. Por lo tanto, recuperar el punto de vista de los exusuarios de esta sustancia permitirá comprender cómo se fueron modificando o no sus prácticas dentro de las instituciones por las que han transitado.[2]

¿Cómo percibieron los jóvenes los tratamientos? Es el interrogante que guiará este capítulo en función del cual se seleccionaron tres dimensiones para el análisis: a) las relaciones que mantuvieron con las instituciones durante el período de consumo de PB/paco; b) las prácticas que ellos consideraron negativas dentro de los espacios de recuperación, y c) las experiencias positivas en los tratamientos.

El concepto de experiencia como herramienta de análisis contribuye a la comprensión de las capacidades que los sujetos adquieren previamente a la recuperación y permite reconstruir el sentido de las decisiones que tomarán en el futuro. De acuerdo con Martín Heidegger (1987) la comprensión (producto de la interpretación) es un modo de ser, de existir y habitar el mundo. La interpretación sólo se logra por medio de la palabra, que la reconstruye, la reactualiza y le otorga sentidos particulares al presente. Desde una mirada complementaria Hans-Georg Gadamer (2007) sostiene que no es pensable fuera de los límites del lenguaje. Por lo tanto, si no puede ser narrada, si no da cuenta del proceso que atravesó el sujeto que la relata, no se podría realizar una historización de la existencia.

Joan Scott (2001) sostuvo que el relato de las experiencias pone en escena al sujeto que las relata y a su contexto. De esa manera, las narraciones permiten documentar la existencia de instituciones que aparecen y desaparecen de su cotidianeidad. Este concepto ayudará a construir una imagen que rompe presupuestos y pone en superficie la lógica interna de funcionamiento de los espacios de tratamiento, que acerca o aleja a los jóvenes.

En este capítulo, se abordará el tema del consumo del PB/paco recuperando la voz de los jóvenes que asistieron a los centros de tratamiento entre mayo de 2001 y enero de 2013 en los barrios de Barracas y Retiro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y Monte Grande, Lomas de Zamora, Lanús y Florencio Varela del sur del conurbano bonaerense.

Para el desarrollo del trabajo se realizaron observaciones no participantes, sistematizadas a través de las notas de campo y conversaciones informales en diferentes organizaciones de la sociedad civil: centros de día, comunidades terapéuticas, espacios de recuperación y centros de tratamiento de personas con consumos problemáticos católicas y protestantes. La selección de la muestra se efectuó mediante un listado obtenido con la ayuda de diversos informantes claves. Los primeros entrevistados fueron contactados telefónicamente, gracias al listado proporcionado por ellos. Luego, una vez transcurrido el encuentro cara a cara, los jóvenes facilitaron contactos de otras personas que habían transitado el mismo proceso. Se utilizó el método denominado bola de nieve. En la mayoría de los casos, pese a la culminación del tratamiento, no habían perdido el vínculo con las instituciones y concurrían de manera esporádica para algún evento especial.

Con cada joven se realizó un mínimo de un encuentro y un máximo de cinco. Hubo casos que necesitaron más tiempo para responder el cuestionario de entrevista por la gran cantidad de tratamientos que realizaron. A todos los entrevistados se les brindó un consentimiento informado, que fue leído y explicado, considerando las características de la población. Se utilizó una estrategia metodológica cualitativa para el análisis de sus trayectorias de tratamiento. Se consideraron sus percepciones respecto a la atención recibida en los centros de salud y en los hospitales, como así también, las experiencias vividas durante los tratamientos. Se entrevistó a 22 jóvenes, 12 varones y 10 mujeres de entre 18 y 30 años de edad que hubieran finalizado exitosamente su tratamiento, un año antes de la realización de la entrevista y que hubieran concurrido, por lo menos, a dos centros de tratamiento por consumo de PB/paco de manera temporaria o permanente y que en la actualidad no estuvieran bajo tratamiento.[3]

La información se sistematizó, codificó y analizó mediante el software Atlas.ti, especialmente diseñado para el análisis cualitativo.

El inicio: cercanía y significación

La mayoría de los entrevistados relató que su inicio en el consumo de PB/paco estuvo relacionado a problemáticas personales, que se profundizaron por el contexto en el que vivían. Algunos comentaron que su inicio en el consumo fue a edades tempranas, entre los 11 y los 13 años.[4] Otros, en cambio, contaron que alguno de sus progenitores tenía relación directa con el consumo problemático de drogas. Sin embargo, lejos de culpar a sus familias, como suele difundirse desde los medios de comunicación masivos, los entrevistados dijeron que comenzaron a consumir porque no podían soportar su contexto y necesitaban escapar de la realidad que les había tocado vivir. Los jóvenes explicaron que sus familiares también atravesaron situaciones de violencia y que no podían responsabilizarlos porque: “hicieron lo que pudieron”.

Otro de los motivos que asociaron al inicio de sus consumos fue la curiosidad y la disponibilidad de la sustancia en los barrios de origen. También, señalaron el deseo de experimentar qué provocaría en ellos el PB/paco. Estos relatos hablan de la relación cercana que existe entre los jóvenes y la sustancia, que lejos de considerarla como un fetiche (Touzé, 2010), la describen como “parte del paisaje barrial”. En este sentido, no tiene una carga positiva o negativa per se, sino que debe ser analizada a la luz de los efectos nocivos que provoca en los individuos y en sus relaciones. Los entrevistados reconocieron que el PB/paco es mucho más nocivo que otras sustancias, aunque refirieron que lo importante es que se pueda entender “por qué los pibes tienen que recurrir al consumo para pasarla un poco mejor”.[5] De esta manera, la sustancia se despoja del contenido monstruoso y se la describe como un elemento presente en el contexto, que merece ser discutido porque ayuda a evidenciar situaciones conflictivas preexistentes como soledad, desarraigo, desamor, desamparo.

Experiencias en el sistema de salud
durante el consumo

La mayoría de los jóvenes contaron que en algún momento de sus períodos de consumo estuvieron en situación de calle y que sus recorridos por los servicios de salud fueron atravesados por esta vivencia. Respecto a la concurrencia a los hospitales podemos distinguir diferentes experiencias.

Los jóvenes que nunca asistieron a los hospitales relataron que evitaban ser atendidos porque les daba vergüenza la situación en la que se encontraban o porque sabían que no iban a ser atendidos, ya que en otros intentos de asistencia el personal de seguridad los expulsó. También, comentaron que algunos pares les recomendaron no asistir, ya que habían tenido malas experiencias de atención. Además, expusieron que para ser atendidos primero los bañaban con mangueras porque estaban sucios. La estrategia para matizar estos escenarios expulsivos fue intensificar el consumo (Ramírez, 2015).

Las ideas de Ivan Illich (1975:1) ayudan a analizar ese escenario, porque el autor sostiene que “la medicina institucionalizada se transformó en una gran amenaza para la salud”. El teórico expuso las características de los tratamientos en la modernidad y sugirió que si bien se observa alivio a la vez, este tipo de intervención provoca perjuicios que derivan de relaciones poco equitativas entre los profesionales y los tratados. Para referirse a esa asimetría empleó el término iatrogenia,[6] que alude a los daños provocados en el sujeto expuesto al contacto con los miembros de las instituciones, y que derivan de la atención (García et al., 2005). En ese sentido, en algunos casos las acciones llevadas a cabo por los responsables del tratamiento pueden convertirse en adversas o contraproducentes para quienes las reciben. Estas situaciones no siempre son producto de formas de proceder inadecuadas, sino que forman parte de prácticas que se incorporan a través de la costumbre y se institucionalizan, sin revisiones críticas. Este tipo de accionar genera alteraciones psicológicas dañinas para el proceso de recuperación, como inseguridad, ansiedad, depresión (Vélez Correa, 2001), porque critican las creencias y se ataca las conductas previas de las personas en tratamiento, poniendo en duda sus cualidades ético-morales (Acosta Piedra y Piedra Herrara, 2011).[7]

Otro de los obstáculos expresados para relatar la relación con los equipos de salud fue el problema de comunicación que impidió decodificar el mensaje trasmitido por el personal de salud. Al mismo tiempo, percibieron que con el objetivo de realizar acciones tendientes a la mejoría, los profesionales les realizaron preguntas incómodas que, en algunas ocasiones, ofendían a los jóvenes.

“El médico me preguntó ¿Cómo hacés para estar cerca de la gente? ¿Hace cuánto que dejaste de bañarte? ¿Vos no te sentís el olor? Seguro que así nadie va a querer estar con vos. En ese momento, sentí tanta vergüenza que si hubiera podido, me hubiera ido” (mujer, 18 años).

La formulación de interrogantes que podrían lesionar la integridad afectiva o emocional se convirtió en una constante al igual que la emisión de frases desaprobatorias sobre las acciones que los jóvenes realizaron a lo largo de sus vidas. De esta forma, quien pretendía ser atendido debió superar por sí solo todos los mensajes morales, en ocasiones discriminatorios, presentes en la comunicación en pos de lograr alguna mejora en su salud.

Los jóvenes que se acercaron a los hospitales por alguna golpiza, infección o situación de emergencia realizaron una distinción entre dos tipos de profesionales. Por un lado, refirieron que existen quienes los atendieron bien e intentaron ayudarlos en la dolencia concreta, y les sugirieron que se queden para ser tratados posteriormente. Por otro lado, los que no quisieron brindarles atención. Sin embargo, destacaron que las situaciones de comprensión fueron las menos frecuentes y que lo más común fueron las largas esperas en los pasillos que terminaron con amenazas a los profesionales para que los atiendan.

“El médico se hizo del que no me vio. Pasaba por al lado mío y no me miraba. Entonces le dije: ‘o me atendés o me pego un tiro’. Él llamó a seguridad y me echaron del hospital. Cuando salí me fui de gira” (varón, 26 años).

Durante las entrevistas, recordaron que las situaciones de encuentro les provocaban vergüenza y miedo. Por esa razón, cuando se encontraban esperando y el efecto del PB/paco había desaparecido, se iban para evitar que la gente los viera. Sólo cuando el dolor se les hacía insostenible o estaban acompañados por algún par o familiar decidían quedarse y esperar ser atendidos.

“Cuando vos te rescatas y te das cuenta que sos el zombie al que todos miran, pensás: ‘yo de acá me voy a la mierda’. Por eso siempre trataba de ir con hermanito [referente barrial]” (varón, 22 años).

Estos fragmentos evidencian el recorrido que la mayoría de los entrevistados vivieron cuando intentaron ser atendidos. Las narraciones permiten derribar el mito que sostiene que los usuarios de PB/paco no piden ayuda. Como se analiza, los entrevistados buscaron ser atendidos, pero pocas veces fueron escuchados. Sin embargo, dan cuenta de la difícil tarea de los médicos a la hora de afrontar la tarea de atenderlos, porque consideraron que no se encontraban en condiciones aceptables. Estas reflexiones sobre el rol de los profesionales surgen luego del tratamiento de rehabilitación, porque en ese proceso le fueron dando sentido al rechazo de los profesionales. Las narraciones no sólo dan cuenta de la falta de preparación, sino también de la ausencia de protocolos, acuerdos, arreglos y normativas institucionales existente en los hospitales para trabajar con los usuarios de PB/paco.

Las mujeres, en general, concurrieron a los hospitales con el fin único de ser atendidas porque estaban embarazas o iban a parir durante el período de consumo. Ellas contaron, a diferencia de los relatos de los varones, que el trato recibido fue cordial, aunque sintieron que las acciones de los médicos estaban relacionadas con la protección de la vida del niño y no con manifestar algún interés en su salud. Sin embargo, señalaron que para ser atendidas tuvieron que esperar largas horas, debido a que los médicos las dejaban para el final porque, según los especialistas, ellas necesitaban más tiempo de atención para explicarles las medidas higiénicas que debían tomar y porque aguardaban a que estuvieran lúcidas para que no se resistan a las prácticas que se les iban a realizar. Sin embargo, todas acordaron en que nadie les explicó qué estudios les realizarían.

La situación relatada por las jóvenes, en lo que refiere a las esperas, no parece diferenciarse demasiado con las que atraviesan la mayoría de las personas que acuden a los hospitales o a las guardias. Lo que se modifica para esta población es la significación que le otorgan al tiempo que trascurre entre que llegan y las atienden. Generalmente, todos los concurrentes a los hospitales o centros de atención esperan en pasillos que, habitualmente, son espacios caracterizados por el desorden, pero en los que también se producen interacciones entre los concurrentes a la consulta. A pesar de la desorganización, típica de las salas de espera, la mayoría de las personas aprovecha el tiempo de alguna manera. Así, se utilizan estos momentos para conversar con algún extraño, para jugar con los niños, para relajarse, para hablar por teléfono o como una excusa para salir del hogar. Así, este momento adquiere una dimensión social y recreativa que forma parte del proceso de atención (Auyero, 2013). Pero, como se anticipó anteriormente, al analizar la situación de las jóvenes con consumos de PB/paco se observa un rasgo distintivo. Para quienes asistieron bajo los efectos de la sustancia el aguardar para ser asistidos resultó expulsivo porque no lograron sentirse cómodas. Estas incomodidades pueden asociarse a que durante el tiempo que permanecían en los pasillos sintieron miradas reprobatorias de los otros concurrentes. Así, rememoraron que en estos momentos sólo se agudizó la ansiedad que sentían y las ganas de seguir consumiendo.

“Yo me acuerdo que iba a los controles con Susana. Pero no la miraba y no le hablaba porque no podía. Yo no quería estar ahí. El tiempo no pasaba más. Todos me miraban y me hacían sentir que me tenía que ir. Molestaba. Si me sentaba en una silla, había dos vacías cerca mío. Todos pasaban y me miraban. Era un bicho raro. Yo pensaba en irme para seguir drogándome” (mujer, 23 años).

En estas ocasiones de espera, ellas fueron víctimas de una segunda exclusión porque se ven involucradas en situaciones en dónde sintieron el rechazo de manera directa y por esa razón los deseos de consumo se intensificaron (Míguez, 2007).

Todos los entrevistados que pasaron por las instituciones hospitalarias, independientemente de sus situaciones, remarcaron que el trato recibido dependía de la predisposición del médico y de los profesionales de la salud (Ulloa, 1995).

En cambio, en los centros de salud (Centros de Atención Primaria o Centros de Atención Comunitaria[8]) las experiencias fueron en general positivas. En estos espacios, los profesionales fueron representados como sujetos más accesibles que los conocen y que los atienden sin preconceptos, ya que están al tanto del contexto del cual provienen, de sus historias familiares y pueden comprenderlos mejor, porque trabajan en mismo barrio. Estas relaciones de cercanía son positivamente valoradas y tratan de mantenerlas en el tiempo porque, según sus relatos, los ayudan a resolver muchos problemas relacionados a su salud.

Los relatos señalan que los centros de atención comunitaria fueron ámbitos claves a la hora de tomar la decisión de recuperarse. Esta situación se dio, fundamentalmente, en el caso de las mujeres.

“Cada vez que la nena se siente mal, voy a ver al Dr., tenga o no tenga turno. Una vez fui y estaba para atrás. Él se quedó conmigo como tres horas, me hablaba y me decía: ‘vos te tenés que cuidar y tenés que pedir ayuda’. Yo estaba toda sucia y golpeada. Me daba vergüenza. Supongo que le daba asco, pero él se quedó conmigo y nunca me dijo nada. Ahora es el único al que le llevo a mi hija” (mujer, 21 años).

Esta relación cercana entre médicos y jóvenes se desarrollaba en el contexto del barrio y, en muchas ocasiones, los propios profesionales fueron quienes los acercaron a los tratamientos y los ayudaron a recuperar los documentos o a conseguir las entrevistas para comenzar los recorridos institucionales.

Experiencias en tratamientos de recuperación

En la mayoría de los tratamientos de recuperación y reinserción se recurre para realizar el seguimiento personalizado de los ingresantes a quienes ya atravesaron el mismo proceso. La tarea de responsabilizarse de los nuevos en la mayoría de las ocasiones constituye una parte importante de la recuperación, aunque estas prácticas llevan a que se perciba a los profesionales como extraños, porque la relación se torna esporádica y distante.

La entrevista de ingreso, es decir, el primer paso en el tratamiento, es el momento de presencia de los profesionales, por ese motivo relataron querer agradar, demostrar buena predisposición y docilidad con el fin de tener una estadía un poco más placentera.

La experiencia de los jóvenes sostiene que las entrevistas de admisión no siempre fueron realizadas en un ambiente privado, ni que se utilizaron palabras que fueran comprendidas fácilmente por ellos. Según sus percepciones, casi nadie intentó establecer conexiones con sus estados anímicos y emocionales porque consumieron una sustancia que está desaprobada socialmente.

“Ellos saben que vos sos de (pasta) base. Se dan cuenta porque estás todo turulo. Saben que no entendés una mierda. ¿Vos te tomarías el trabajo de perder el tiempo hablando con una momia? Ellos piensan, si articulan dos palabras, no se mean ni se cagan, que se queden. Ahora, si te haces el gallito, te mandan a otro lado” (varón, 23 años).

La tensión comunicativa es una de las primeras en manifestarse, aunque resulta central dar cuenta de que también existen incomodidades y desconfianzas que se hacen presentes en las interacciones y que permanecen durante toda la estadía, que son propiciadas por la escasez de contacto entre jóvenes y profesionales.

“Mirá, yo sé que ni la psicóloga ni los operadores confiaban en mí al principio. Era obvio. Vos, por ser consumidor de paco, sos lo último de lo último. Yo también me hacía el que confiaba, los medía. Si ellos me soltaban la soga, yo me aflojaba. Pero era todo muy tirante al principio, ¿entendés?” (varón, 22 años).

Los jóvenes se relacionaron con el grupo de profesionales responsables de un modo mediado. Los intermediarios son sujetos en etapa avanzada de tratamiento y que se encargan de transmitir el recorrido a los nuevos. De esta forma, se produjeron relaciones distantes e impersonales.

“Yo lo veía al psicólogo o a los directores una vez por semana o dos, con suerte. Tampoco era que yo estaba mil puntos. Estaba hecho mierda, en serio. Hablaba gangoso y el olor no se me fue como hasta el mes. Si no hubiera sido por él (refiere a su hermano mayor de la comunidad), no hubiera podido ni chistar. Él era mi traductor. Contaba todo lo que yo hacía, lo bueno y lo malo” (varón, 27 años).

Los jóvenes tardaron varias semanas en entender las dinámicas de las instituciones en las que estuvieron, debido a que no recibieron explicaciones detalladas por parte de los miembros responsables sobre las conductas necesarias para desenvolverse en el lugar y sobre cómo afrontar las rutinas. Pero al tiempo que enfatizaron esta situación dieron cuenta de que ellos tampoco llegaron en condiciones que les permitieran comprender largas explicaciones sobre el funcionamiento de los espacios porque, en general, ingresaron sin poder articular palabras y físicamente deteriorados.[9]

“Yo llegué, me fui a dormir y al otro día cuando me levanté no hice la cama. Al toque, plum ‘te confronto por no haber hecho la cama’. No entendía nada el primer día. Nadie me explicó nada” (varón, 29 años).

Los momentos de confusión se agudizaron porque la mayoría relató que al momento de llegar estaban muy asustados o traumados por haber recibido golpes durante las “giras”.[10]

“Cuando llegué al centro no me explicaron nada. Pero igual no hubiera servido de nada porque no iba a entender. Yo tenía mucho miedo, ya me había pasado de todo en la calle. Buscaba estar tranquila. Si me decían parate de cabeza, yo lo hacía” (mujer, 25 años).

Con el tiempo, cuando sintieron la capacidad de comprender las reglas de los espacios, tampoco nadie se acercó a explicarles el funcionamiento y las dinámicas. Debido a esta situación, ellos, en su mayoría, fueron los encargados de determinar si reunían las condiciones necesarias para finalizar el tratamiento o no. Por eso cuando no lograron encajar en los espacios porque no pudieron entender las dinámicas, se fueron sin mediar palabra o emitir quejas. Una de las frases que más repitieron en las entrevistas fue que las reglas estaban pensadas para quien no había pasado por situación de calle o pasillo.

La mayoría de los varones y las mujeres que consumieron PB/paco y estuvieron en situación de calle coincidieron en identificar dificultades que obstaculizaron la continuidad del tratamiento: cumplir abruptamente con horarios, enfrentar esquemas rígidos de trabajo o afrontar castigos fueron las situaciones más recordadas a la hora de explicar las causas que provocaron el abandono del proceso de recuperación.

En general el comienzo de los tratamientos no reconoció las trayectorias previas ni las necesidades de una adaptación progresiva, por el contrario, exigió que se adecuen en tiempo récord a una vida que hacía tiempo que no tenían. Los entrevistados recorrieron diversos espacios durante años, por lo tanto, sus experiencias de ingreso estuvieron atravesadas por el pedido de protección de persona (a través del artículo 482 del Código Civil, actualmente sustituido por el artículo 43 de la Ley de Salud Mental).[11] Además, refirieron que comenzaron las recuperaciones enojados y sin motivaciones. Los jóvenes aseguraron que sólo al momento de conocer las dinámicas de los espacios pudieron avanzar en las fases de los tratamientos. Así, dieron cuenta de que son portadores de un saber hacer que sólo se adquiere en el transcurso de varios tratamientos. De esta manera, cada intento de recuperación no culminado aportó información valiosa para un nuevo comienzo.

“Para entender lo que me pidieron yo conocí tres internaciones. Ellos (se refiere a los integrantes de las instituciones) te exigían, que dentro de tus posibilidades, no te la pases larveando. Vos llegas y ya tenés que demostrar interés. No tenés que dar trabajo. Pero tampoco te podés hacer el que te las sabés todas. Hay que ser humilde y demostrar interés. Así te quedás en todos lados” (varón, 25 años).

El ingreso a los tratamientos fue caracterizado como problemático y la permanencia como dificultosa. Una vez que pasaron los primeros días o semanas, los obstáculos comenzaron a visualizarse. La tranquilidad de la estadía o los sobresaltos dependieron, según los relatos, de la capacidad de hacerse un lugar en los establecimientos.

Una de las posibilidades que manifestaron para obtener una parte del territorio dentro de los centros de recuperación fue el trabajo. Por lo tanto, si ellos demostraban tener algún talento para la cocina, el jardín o la albañilería podrían avanzar mucho más rápido en las fases del tratamiento, porque expresaban el compromiso con el proceso de recuperación. Debido a que en la mayoría de los lugares existen estructuras jerárquicas, demostrar aptitudes de trabajo fue un recurso bien recibido. ¿Qué pasa si no hay talentos preexistentes? En ese caso, se los designa como acompañantes de alguien que ya conoce la dinámica y se les asigna una tarea específica para que la aprendan. Muchos recordaron que durante el período de recuperación no se sintieron cómodos por la rutina que debían desarrollar en algunos lugares. Las exigencias de realización de tareas domésticas, el trabajo excesivo, las ventas ambulantes y las campañas preventivas con pedidos de dinero a voluntad fueron los factores señalados que aceleraron el abandono.

En relación a la rutina de realización de tareas domésticas, muchos, que previamente estuvieron en situación de calle, no pudieron soportar los horarios estrictos. En este sentido, si bien reconocieron que los centros son espacios de reinserción, la mayoría destaca que las rutinas no son progresivas, sino que se imponen al momento de la entrada. Remarcaron que si hubieran contado con más tiempo para adaptarse, el proceso hubiera sido más beneficioso.

Las situaciones expuestas dificultaron visiblemente las posibilidades de sostener el tratamiento. Sin embargo, el factor que se destacó como más significativo fue la situación de encierro. Algunos recordaron que el encierro les provocó ansiedad y la sensación de estar presos y que sintieron la necesidad de abandonar el espacio. En este punto, hay que señalar que muchos estuvieron presos en algún momento de su vida y rememorar esa situación les dificultó aún más el tratamiento.

Finalmente, hay que destacar que en algunos centros, según los entrevistados, el personal a cargo favorecía en el trato a algunos miembros en detrimento de otros. Las estructuras jerárquicas de algunos espacios contribuyó a la existencia de situaciones de discriminación, abusos de autoridad por parte de algunos miembros de las instituciones como los directores, profesionales, administrativos, operadores socioterapéuticos y terapeutas, o sujetos que se encontraban realizando su tratamiento, pero que tienen una trayectoria más extensa dentro de la institución. En los espacios se asignan las posiciones de los miembros según las normas de comportamiento: obediencia, internalización de las normas del lugar e higiene. Sin embargo, si los jóvenes no cumplen con las reglas pautadas, pueden ser castigados o estigmatizados. De este modo, el trato con el equipo a cargo depende de las simpatías o antipatías que se puedan generar, tal y como sucedía con los equipos profesionales en los hospitales o centros de salud.

Los entrevistados refirieron que, en la mayoría de los espacios de tratamiento, tener buena relación con los directores fue fundamental al momento de garantizar la estadía, porque de ellos depende el avance o el retroceso en el tratamiento. Además, manifestaron que recibían castigos, tales como comer parados mirando a la pared, la quita de los llamados a familiares o la restricción de las visitas. Este tipo de castigo, para quienes pudieron mantener el contacto con sus seres más próximos, resultó nocivo para la recuperación. En general, por las distancias que existen entre el lugar de residencia de la familia y los centros de rehabilitación, muchos parientes hacían esfuerzos para llegar a las visitas y, cuando los jóvenes estaban castigados, no podían verlos. Estas situaciones también son recordadas como puntos de inflexión en la decisión de recuperarse.

Prácticas de buen trato

A partir del dato de que todos los entrevistados terminaron el tratamiento, en este apartado se considerarán las valoraciones positivas que hicieron los jóvenes sobre los espacios. La mayoría destacó como favorables a los lugares que contaban con tratamientos psicológicos frecuentes y de emergencia, porque ellos sintieron que podrían brindar asistencia en caso de que pierdan la compostura producto de la abstinencia. Pero para que un ámbito fuera destacado también debía contar con actividades de capacitación y lúdicas. En el relato de los jóvenes estas actividades están en el mismo nivel de importancia, porque al tiempo que consideran que trabajar es imprescindible para la reinserción también lo es despejar la mente y descansar para sanar. Finalmente, se valoró la ayuda recibida al momento de realizar trámites como, por ejemplo, la obtención del documento nacional.

En estos espacios, según los jóvenes, los profesionales establecieron vínculos con la familia, con el propio sujeto y con otras instituciones de modo articulado o integral porque las intervenciones se organizaban en torno a un diálogo que identificaba y movilizaba los recursos necesarios para tratar de prevenir y darle una solución a las dificultades de los jóvenes. En este sentido, los lugares que facilitaron la construcción conjunta de las interacciones individuales y colectivas ayudaron a la compresión de las acciones con el otro y a marcar el rumbo sobre lo que es bueno hacer. Así, se comparten significados y responsabilidades sobre las decisiones tomadas.

Los espacios surgidos en los inicios del barrio son los que destacaron como positivos, ya que allí se sintieron contenidos y pudieron confiar porque conocían a la mayoría de sus miembros. En general, en estos ámbitos entendieron que debían esperar un tiempo hasta que los jóvenes se sintieran cómodos. Así, el desembarco se produjo a partir de un convite que ellos podían aceptar o rechazar sin mayores problemas.

“Primero me acercaban la comida con la camioneta y ahí me invitaban a ir al centro. Yo al principio no quería, pero cuando me di cuenta de que podía ir a bañarme y a dormir en un sillón, la idea me empezó a dar vueltas por la cabeza. Así me acerqué. Siempre pensando que si no quería estar o si me sentía incómodo me podía ir” (varón, 26 años).

Otra de las características que resaltaron como positiva fue el trabajo articulado con otras instituciones (escuelas, centros de salud, hospitales, registros civiles, comedores, paradores, talleres de oficios, clubes de fútbol y de boxeo) porque les proporcionan los recursos necesarios para resolver los problemas más inmediatos, tales como la obtención de comida, un lugar para pasar la noche, el seguimiento de un tratamiento crónico, la pérdida del DNI, entre muchas otras necesidades que se van presentando en la medida que se sienten mejor.

“Ellos te facilitan todo, tienen contactos con todos. Querés ir a la escuela, te llevan, o te la traen al barrio, te sentís mal, te acompañan al hospital, no tenés dónde quedarte y te consiguen una casa” (varón, 30 años).

Según los relatos, estos lugares ofrecieron recursos que pocas veces encontraron en otros contextos institucionales como herramientas de protección ante la mirada descalificadora de los otros. Se podría decir que la mejoría que implicaba abandonar o reducir el consumo de PB/paco llega de la mano del buen trato, de las charlas y del cuidado entendido como el compromiso de realizar acciones para lograr el alejamiento de las situaciones que provocaron la necesidad de consumir. Para comprender mejor esta práctica hay resaltar que requiere de un esfuerzo por parte de los miembros de las instituciones y de los jóvenes. Lograr la empatía, el interés y el trato amoroso ayuda a que se puedan satisfacer las necesidades y las expectativas de los jóvenes. Demostrar preocupación implica construir relaciones centradas en el afecto y la ternura. Por medio de estas acciones se disminuyen las situaciones de abuso porque se busca interpretar las necesidades de quienes intentan recuperarse y se van organizado códigos comunicaciones para la satisfacción de las mismas desde el primer momento (Ulloa, 1995).

“Vos llegás al centro y el tipo de la puerta te saluda, te abraza. Uno cuando llega cascoteado, lo primero que busca es una razón para irse. Si te maltratan de entrada, ésa es la excusa perfecta” (varón, 28 años).

Cuando rememoraron su estadía en los centros, recuperaron la figura de algún referente y el trato humano que éste les proporcionó en los momentos iniciales. Este actor clave fue el encargado de incluir a quien se intentaba recuperar dentro de la institución y de orientarlo durante toda la estadía. Por esa razón, es muy común que lo denominen hermano. Él fue el encargado, según las narraciones, de proporcionar las cuotas necesarias de ternura, entendida como el buen trato, a las relaciones desde el primer instante (Ulloa, 1995). Como su tarea consiste en ser el nexo entre los responsables institucionales y los jóvenes, también son los encargados, fundamentalmente en las zonas más vulnerabilizadas, de mantener, fomentar el contacto y de armar las redes de contención para el después. De este modo, se puede comprender mejor a los jóvenes cuando cuentan que por algún tiempo, una vez concluido el proceso, continuaban yendo a comer, a hacer una changa o comentar las problemáticas que les presentaba el afuera.

Para los referentes y para los jóvenes es muy importante que el centro mantenga las puertas abiertas y conozca el contexto. Según los entrevistados, en los espacios más flexibles en donde primaba el trato humanizado, el saludo y las redes de apoyo (laborales, sociales y culturales) que se pueden armar en función de la recuperación son los que contribuyeron a que ellos alcancen la serenidad para afrontar el afuera y poder vivir allí.

Otra cuestión que destacaron de los espacios en donde prima el buen trato es la división de las etapas de trabajo. Es decir, primero se los ayudó a reconocer el lugar y a lograr el alivio del consumo intensivo. En esta etapa, el acompañamiento se daba casi a la distancia, porque sólo comían o dormían allí. Otra etapa comprendía que, pasados unos días de permanencia, se los invitaba, por ejemplo, a que participen de alguna actividad.

El trato amoroso implica un trabajo sostenido en el tiempo que debe considerar los altibajos de los jóvenes durante la recuperación sin juzgarlos negativamente por eso. Los enojos, las broncas y los aprendizajes son parte constitutiva del cariño. Así, la organización cotidiana de la vida requiere de medidas relacionadas al aseo, el modo correcto de relacionarse con los demás (pedir permiso, dar las gracias, usar el “por favor”) y el alejamiento de las prácticas relacionadas a la violencia física y verbal.

Reflexiones finales

En este capítulo se puso de relieve que las relaciones que se establecen entre jóvenes, servicios de salud y centros de tratamiento son producto de prácticas que se encuentran instauradas en la cotidianeidad de los profesionales. El número creciente de tratamientos reiterados invita a analizar, con mayor profundidad, cuáles son los factores que expulsan y cuáles son los que acercan. Pensar las relaciones desde las experiencias, invita a problematizar las barreras simbólicas que existen tanto en los centros de salud como en los espacios destinados a los tratamientos por consumo de PB/paco.

La primera cuestión que habría que considerar es la historia previa, las prácticas y la visión del mundo de los sujetos. Comprender que los jóvenes intentan su recuperación varias veces podría ayudar a organizar el proceso de rehabilitación de maneras distintas, ya que, como se analizó al comienzo del trabajo, ellos cuentan con recorridos institucionales previos porque el consumo se desarrolla con pausas para lograr recuperarse. A la hora de pensar la atención en los hospitales es fundamental comprender que los consumidores de este tipo de sustancia adquieren hábitos que deben ser contemplados al momento de ocuparse de ellos.

En el trabajo se han enumerado las dificultades destacadas por los jóvenes para la culminación de los tratamientos. Los relatos también dejaron en claro que las instituciones que presentan exigencias rígidas, falta de atención psicológica, desconocimiento del contexto, expulsan rápidamente porque no pueden adaptarse a los requerimientos para lograr continuidad del proceso. Este tipo de ámbitos obstaculiza el proceso de recuperación porque exige mucho en tiempos breves. Esta situación pone de relieve las relaciones realmente existentes en los centros de rehabilitación y tratamiento para los jóvenes que deciden recuperarse del consumo de PB/paco.

La creación redes sólidas y la continuidad del tratamiento, en general, se vieron obstaculizados por la escasa o nula información que recibieron los sujetos a la hora de entrar a las instituciones. Si bien muchos expusieron que al momento del ingreso no estaban en condiciones de comprender las explicaciones, con el correr de los días, en la mayoría de los casos, nadie se les acercó a explicarles cómo funcionarían las cosas. En este sentido, la falta de asesoramiento en el transcurso del tratamiento constituyó un obstáculo para la adecuada realización del mismo.

La escasez de información sobre las expectativas y sobre las tareas que se esperan que realicen en las instituciones, lejos de ayudarlos a mejorar, les generó angustia y miedo. Por lo tanto, sería esperable que, al momento de trabajar con este tipo de poblaciones, la información se repita en varias ocasiones y se los ayude a comprender qué es lo que se espera de ellos y por qué las acciones solicitadas redundarán en el bienestar futuro.

El uso del castigo y de frases hirientes generó relaciones de violencia en las instituciones. No hay que perder de vista que las personas consumidoras de PB/paco provienen de poblaciones vulnerabilizadas y que en un gran número han pasado por experiencias de encierro, tales como institutos de menores o la cárcel. Por lo tanto, replicar este tipo de modelo para los tratamientos lleva al alejamiento y a la pérdida de oportunidades.

Los jóvenes debieron incorporar las reglas del lugar de manera progresiva, realizando un esfuerzo para adaptarse y mantener la decisión que han tomado. En este sentido, emerge la necesidad de tener en cuenta las diferentes cronologías de los sujetos, para considerar que existen diversos tiempos de recuperación y que algunos quizá nunca dejen de consumir. Por lo tanto, para abordar el tratamiento será necesario pensar en esquemas que reduzcan el consumo de manera progresiva, y de esa manera aprovechar las oportunidades y los recursos sociosanitarios disponibles.

En los espacios donde hubo buen trato y se mostraron sensibles a las necesidades comunitarias, los entrevistados se sintieron comprendidos y contenidos. Por esta razón, según ellos, son los más propicios para realizar su recuperación. Además, apreciaron los cuidados, porque el trato recibido fue humano y contaron con atención psicológica frecuente. Otra cuestión que caracterizó a estas instituciones es la ayuda recibida durante el proceso de realización trámites. La mayoría de estos elementos, según los jóvenes, facilitaron los vínculos posteriores con la institución y los ayudaron a sentirse protegidos y queridos.

A pesar de la sanción de la Ley de Salud Mental, muchos de los dispositivos que atienden el consumo de drogas, en general y particularmente de PB/paco, siguen utilizando la reclusión y el aislamiento para reinsertar socialmente a los jóvenes. Los resultados de este estudio invitan a problematizar estas prácticas en pos de la construcción de espacios que respeten la historia y el contexto. Al mismo tiempo, resulta imprescindible que los hospitales y los centros de salud trabajen de modo articulado para aprovechar la instancia de concurrencia de los sujetos en situación de calle y bajo los efectos del PB/paco.

Otra cuestión que resulta importante destacar es que los usuarios de PB/paco encuentran puntos de inflexión que los impulsan a pedir ayuda. También, se concluye que debe problematizarse la afirmación que sostiene que los usuarios de PB/paco no toman ningún tipo de recaudo a la hora de consumir, ya que, por el contrario, el análisis demuestra que en muchas ocasiones los usuarios son los que generan estrategias de autocuidado y prevención.

La temática debe abordarse desde un contexto que propicie el cuidado y desde una perspectiva integral para aprovechar las oportunidades en las que los jóvenes piden ayuda.

Del análisis de las experiencias de los jóvenes surge que los centros de tratamiento, generalmente, no están preparados para contemplar las necesidades específicas de los usuarios de PB/paco. Por esta razón, quienes lograron asistir a estos espacios no pudieron mantener un tratamiento de modo sostenido en el tiempo, al menos durante los primeros intentos. En este sentido, la reducción de daños se convierte en una estrategia fundamental para lograr el acercamiento a los usuarios de PB/paco, porque en estas poblaciones es muy complejo lograr la abstinencia total. Por lo tanto, reducir las exigencias (tales como la abstención inmediata) en los tratamientos para los usuarios de PB/paco será fundamental a la hora de obtener tratamientos beneficiosos.

Resulta fundamental un abordaje integral que contemple acción de los equipos de trabajo y que, al mismo tiempo, pueda romper los esquemas tradicionales que sostienen imposibilidad de trabajar con estas poblaciones o la recomendación de encierros.

Anexo: Perfil de los jóvenes entrevistados

Tabla capítulo 6

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  1. En los discursos de los jóvenes, ambas sustancias se denominan de forma diferente. Para los fines de este trabajo los términos serán utilizados como sinónimos (Camarotti y Touris, 2010).
  2. Tomando en consideración la importancia que las instituciones adquieren en la vida cotidiana de las personas resulta fundamental analizarlas. De este modo, si se retoma la perspectiva de Cornelius Castoriadis (1983), entendemos a las instituciones como una red social e histórica común que debe producirse y reproducirse a través de los individuos que la integran (Ramírez, 2013).
  3. Consultar Anexo.
  4. Según la SEDRONAR, los usuarios de PB/paco son en su mayoría varones (82%) que no han tenido un trabajo o una ocupación estable durante los últimos años. Sin embargo, estudios cualitativos posteriores (Camarotti y Touris, 2009) dan cuenta de que las mujeres también tienen una presencia significativa a la hora de consumir esta sustancia, pero que el consumo de ellas casi no se contabiliza en las estadísticas y, por lo tanto, no se evidencia en las políticas de tratamiento. Por otro lado, remarcan que la edad promedio de inicio del consumo es a los 13 años (SEDRONAR, 2011). Pero la situación en los barrios más vulnerabilizados de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) es diferente, allí el consumo comienza a edades más tempranas (Equipo de Sacerdotes para las Villas de emergencia, 2010; Canay et.al, 2012;) A su vez, algunos autores hacen hincapié en que esta situación es similar en el AMBA (Folgar, 2006; Arizaga, 2007; Epele, 2010; Camarotti, 2013).
  5. Para ampliar consultar el trabajo de Camarotti y Güelman, (2013).
  6. El término “iatrogenia” proviene del griego iatros –médico– y genus –origen– (Acosta Piedra y Piedra Herrara, 2011).
  7. Hay un aspecto psicológico de la iatrogenia que refiere al daño de la integridad física, pero en este capítulo sólo se trabajará con los aspectos psicológicos.
  8. En los centros de atención primaria se brindan los servicios y atención de salud básica (clínica médica, pediatría, vacunatorios y ginecología son los principales). Representan una versión reducida de los hospitales, ya que si bien cuentan con elementos y recursos básicos, no disponen de grandes tecnologías ni de espacios complejos. En la provincia de Buenos Aires se denominan Centros de Atención Primaria (CAPS) y están distribuidos en diversos municipios. En la CABA se denominan CeSAC (Centros de Salud y Acción Comunitaria) y también están dispersos por diversos barrios.
  9. Los entrevistados que participaron de esta investigación realizaron entre 2 y 11 tratamientos, muchos culminaron varios intentos, aunque luego volvieron a consumir y debieron volver a comenzar. La mayoría pasó por espacios en los que refieren que no lograron adaptarse y que abandonaron posteriormente. Todos coincidieron, sin evaluar toda su trayectoria por las diferentes instituciones, en que el último espacio fue el que los alejó, hasta el momento, del consumo. Partir de una mirada que considere las experiencias de los jóvenes que intentaron recuperarse en varias ocasiones e instituciones ayudará a entender por qué abandonaron los tratamientos y cuáles fueron los principales obstáculos que atravesaron hasta llegar a concluirlos.
  10. Las giras refieren a momentos en los cuales el consumo se intensificó tanto que el joven pasa días consumiendo sin comer, sin dormir y sin higienizarse.
  11. Según este artículo, no se puede privar de la libertad a las personas que tengan algún padecimiento mental o adicciones. Las circunstancias excepcionales en donde se demuestre que haya riesgo para sí o para terceros sólo podrán determinarse por medio de una comisión interdisciplinaria. Los jueces deberán trabajar de modo articulado con estos equipos y sólo allí se podrá disponer el traslado de los jóvenes a algún espacio de tratamiento.


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