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11 Todo puede, todo el tiempo, cambiar: (in)consistencias, agencias y procesos de individuación

Pablo Francisco Di Leo y Ana Clara Camarotti

Introducción

En el marco de tres proyectos investigación, venimos analizando distintos aspectos de los procesos de individuación de jóvenes que viven en diversos barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), Argentina.[1] Utilizamos como estrategia metodológica los relatos biográficos, ya que mediante los mismos podemos abordar los procesos de construcción de la experiencia social de los sujetos y las vinculaciones entre sus contextos, reflexividades y soportes (Di Leo y Camarotti, 2013). Siguiendo la estrategia de la comparación constante de la teoría fundamentada, construimos y fuimos codificando los relatos de manera simultánea, utilizando como auxiliar el software de análisis de datos cualitativos Atlas.ti.[2] A partir de un análisis del conjunto de los relatos construidos y una relectura de los capítulos escritos por nuestro equipo en el citado libro anterior, identificamos tres categorías centrales a las que denominamos nodos biográficos –retomando el sentido utilizado en informática–, ya que funcionan como puntos nodales en los que confluyen múltiples conexiones entre las dimensiones personales, vinculares y estructurales, constitutivas de los procesos de individuación de estos jóvenes.

En el presente capítulo, en primer lugar, presentamos algunas herramientas conceptuales provenientes de trabajos recientes de Kathya Araujo y Danilo Martuccelli en torno a los procesos de individuación en las sociedades latinoamericanas en general, y en la chilena en particular. A continuación, desarrollamos las proposiciones emergentes de las experiencias juveniles en torno a los tres nodos biográficos construidos: vínculos afectivos; barrio; instituciones públicas. Finalmente, articulando las proposiciones y herramientas conceptuales desarrolladas, reflexionamos sobre las vinculaciones de dichos nodos con los procesos de vulnerabilidad/desestabilización y de cuidado/estabilización biográfica de jóvenes en barrios populares.[3]

La individuación en el sur

En coincidencia con las reflexiones de Martuccelli (2010), que a su vez retoman las de Louis Dumont (1985), podemos decir que la categoría individuo designa dos realidades diferentes: a) es un agente empírico, presente en todos los contextos sociohistóricos; b) es un agente moral, es decir, un actor dotado de una serie de atributos específicos que permiten representarlo –o no– como un sujeto individual. Si la existencia de individuos no es puesta en discusión desde la primera definición, se convierte en polémica desde la segunda, especialmente en relación a sociedades y grupos marginalizados. Las barreras epistemológicas que obstaculizan la comprensión de las múltiples y heterogéneas formas específicas en las que se construyen los individuos en dichos contextos se originan en diversos metarrelatos desarrollados o retomados acríticamente en nuestra región, pero aquí nos centraremos en el formulado desde el modelo del individuo institucional, tal como ha sido conceptualizado por las ciencias sociales de los países centrales y aplicado –muchas veces sin las necesarias mediaciones críticas y empíricas– en las sociedades periféricas (Araujo y Martuccelli, 2014).

Según las formulaciones clásicas de este modelo, las normas y los arreglos institucionales de los Estados de bienestar convirtieron a los individuos (no a los grupos) en receptores de los beneficios, aplicándose con ello la norma de que las personas deberían organizar cada vez más aspectos de sus propias vidas. En este sentido, las instituciones cardinales de las sociedades –los derechos civiles, políticos y sociales básicos, pero también el empleo remunerado y la formación y movilidad que éste conlleva– se orientaron hacia el individuo y no al grupo. De ahí que, aún después de la crisis de los Estados sociales, la vida propia depende por completo de las instituciones. En lugar de las normas y las autoridades tradicionales, en la modernidad tardía las directrices institucionales aparecen en escena para organizar la vida de los sujetos: contienen la exigencia de que el individuo tome las riendas de su propia vida (Castel, 1997; Beck, 1999; Beck y Beck-Gernsheim, 2003).

Esto es lo que Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim (2003) llaman la paradoja del individualismo institucional: las personas son empujadas a hacerse cargo individualmente de su propia biografía, a llevar la carga de los crecientes riesgos generados permanentemente por la actual etapa del capitalismo. Sin embargo, para realizar este mandato, cada vez más necesitan de la asistencia de una profusa red de instituciones estatales, privadas, comunitarias. Es decir, la producción del individuo responde fundamentalmente a prescripciones, marcos y soportes institucionales mediante los cuales el sí mismo se constituye como sujeto. Por ende, como sintetiza Scott Lash (2003), la individualización se constituye en la estructura social de la etapa actual segunda.

A partir de distintas versiones de este relato, durante varias décadas las ciencias sociales han puesto en duda la existencia de individuos en las sociedades periféricas y, especialmente, han negado esa condición a integrantes de grupos socialmente subordinados, como mujeres, jóvenes y/o pobres, que “eran vistos como anomalías y, por lo tanto, invisibilizaban otras modalidades de individuación” (Araujo y Martuccelli, 2014: 25). Para superar estas barreras epistemológicas, es necesario desarrollar estudios empíricos que identifiquen las pruebas estructurales y los soportes en relación a los cuales los agentes se constituyen como individuos en nuestras sociedades.[4] En esta línea, recientes investigaciones de Araujo y Martuccelli (2011; 2012; 2014) proponen herramientas conceptuales y datos novedosos que contribuyen a visibilizar las continuidades y heterogeneidades presentes dichos procesos.

En las sociedades del sur los actores se construyen como individuos –muchas veces en ausencia o en contra de las instituciones– a partir de diversas consistencias pragmáticas personales, utilizando y desarrollando competencias prácticas. Para el caso chileno, identifican tres habilidades centrales que se articulan entre sí, convirtiendo a los individuos en verdaderos híper-actores relacionales: esfuerzo, habilidades personales y relaciones interpersonales. Estas particularidades de los procesos de individuación deben comprenderse en un contexto estructural de inconsistencia posicional, definido como “un sentimiento de inquietud posicional más o menos permanente y generalizado en la gran mayoría de los estratos sociales […]” (Araujo y Martuccelli, 2011: 165). Ésta evoca un sentimiento común y transversal a los distintos estratos sociales: todas las posiciones pueden sufrir procesos activos de desestabilización. Estos sentimientos plurales de inestabilidad se grafican en la expresión: todo puede, todo el tiempo, cambiar.

El problema no es que los actores no “son” como los otros, sino que percibiéndose colectivamente como los otros, sienten que sus posiciones son particularmente inestables. Como estrategia para contrarrestar esta inestabilidad, los agentes buscan –a partir de su esfuerzo, habilidades personales y relacionales interpersonales– multiplicar sus recursos, vínculos o soportes con el fin de apuntalar y solidificar una posición social que viven como inconsistente, utilizando para ello diversas tácticas y estrategias individuales y colectivas. Resulta importante tener en cuenta que no son necesariamente aquéllos que tienen una fragilidad “objetiva” quienes expresan una mayor inquietud posicional.

Las inconsistencias posicionales presentan múltiples causalidades y son vivenciadas y enfrentadas de maneras y con intensidades muy diversas por los actores, lo que hace que esta noción se convierta en un eje analítico potente para visibilizar las continuidades y heterogeneidades presentes en los procesos de individuación en una sociedad determinada. Araujo y Martuccelli (2011; 2012; 2014) identifican y caracterizan dichas inconsistencias inductivamente, a partir de una variedad de experiencias vividas por los individuos en la sociedad chilena. Retomando esta propuesta, en las próximas secciones desarrollamos los nodos biográficos que identificamos a partir de nuestro estudio, tomándolos como analizadores de las inconsistencias, las amenazas, los procesos de vulnerabilidad/desestabilización y de cuidado/estabilización en relación a los cuales los jóvenes se constituyen como individuos en barrios populares.

Tensiones en nodos biográficos juveniles[5]

Vínculos afectivos

Separaciones y abandonos que provocan giros y discontinuidades biográficos

Muchos acontecimientos señalados como muy significativos por los jóvenes que participaron en las citadas investigaciones refieren a separaciones, rupturas con personas muy cercanas afectivamente, que generaron giros, discontinuidades en sus biografías. José Luis (23 años),[6] nacido en Paraguay, vive la separación de su núcleo familiar –especialmente la migración de su madre, en búsqueda de posibilidades laborales– como un abandono, una pérdida de sus soportes subjetivos más importantes:

“Mi vieja se vino por la desesperación, por no… por pasar hambre; nosotros también, atrás. ¿Y de qué tenemos la culpa nosotros?, nosotros no pedimos permiso ni nada, vinimos, nacimos, ¿y después? Y que te cuide tu abuela o tu tía […]. Sí, tenía bronca a mi vieja y a mi viejo por no saber… por no tener… por no tenerlos a ellos. Ellos, estando lejos, estando trabajando bien. Mi vieja, por ejemplo, trabajaba bien, pero ella ya vivía su vida”.

Las vivencias de abandono y de pérdida de sentido narradas por los jóvenes ante estas situaciones deben enmarcarse en la centralidad que sigue teniendo –aún con sus heterogeneidades y tensiones– la institución familiar como uno de los principales soportes en los procesos de individuación (Araujo y Martuccelli, 2012). Las rupturas con las parejas también se presentan en las biografías –aunque con un menor peso que las anteriores– como giros biográficos. En el relato de Julito (26 años), una traumática separación sentida como un abandono de su pareja, con la que esperaba un hijo, provocó el derrumbe de su mundo, la pérdida de los lazos afectivos y materiales que lo unían a su comunidad y la necesidad de reconstruir su vida en un nuevo lugar:

“En ese trayecto, me junté [con una chica], mi abuela se fue a la ciudad y yo quedé solo. Después me dejó mi pareja. Ella estaba embarazada. Seguro tendría cuatro meses de embarazo, mi exsuegra la llevó con otro chabón a cambio de mercadería. Eso lo vi yo y no quería saber más nada del barrio. […] Me fue mal, quedé sin trabajo y decidí venir para acá…” [Vivía en un pueblo de la Provincia de Misiones y viaja a la Ciudad de Buenos Aires].

Violencias familiares que generan heridas y marcas en las biografías

En sus relatos biográficos, varios jóvenes narran situaciones de violencia –vividas especialmente durante su infancia o adolescencia–, generadas por distintos familiares cercanos, significándolas como heridas que marcaron sus vidas. Carlos señala la siguiente experiencia como uno de los recuerdos más importantes de su historia y que delimitó su sentido personal de justicia:

“Yo tengo como un recuerdo, una imagen muy mía, un día que le había dicho a mi hermano que la próxima vez que mi papá le pegara a mi mamá le iba a partir un palo en la cabeza. Yo era muy chico y me acuerdo que estaba en el patio y estábamos viendo cómo mi papá le pegaba a mi mamá, mi mamá estaba inconsciente y él le seguía pegando. Yo no me animaba a hacer lo que había jurado, no lo podía hacer. Entonces siempre tuve ese sentimiento de querer hacer justicia. Esa justicia era dársela por la cabeza a mi viejo”.

Estas vivencias son significadas por los jóvenes como situaciones de sufrimiento, pérdida y ruptura de un vínculo constitutivo con sus seres más cercanos, que marcan para siempre sus identidades. Es posible relacionar estos acontecimientos a la categoría de duelo que, según las reflexiones de Judith Butler (2010), remite a la crisis o ruptura de los lazos con otros sujetos que participan en la constitución del yo. Los individuos sienten que pierden su identidad, su ser, sufriendo una profunda transformación, cuyo resultado no pueden conocer de antemano. Como se expresa en la narración de Julito, cuando estas situaciones límite son generadas por las personas de las que dependen afectiva y materialmente durante sus infancias o adolescencias, los sujetos viven la dimensión más profunda, existencial, de las violencias: experimentan de la manera más cruda la vulnerabilidad del yo frente a los otros en virtud de su existencia corporal (Butler, 2010):

“Cuando mi padre murió, mi mamá consiguió un novio, un marido, con el que tuvieron un montón de hijos. Él le pegaba, la maltrataba, nos pegaba a nosotros, nos negaba el pan de cada día, porque generalmente no había. Salía a mendigar por los vecinos y los mandaba a los chicos, él no trabajaba. Cuando conseguía alimentos, cocinaba y primero comía él, y si sobraba, le daba a los chicos, sino no. […] No le compraba nada a los chicos, que andábamos todos desnudos. Yo me acuerdo que comía tierra, un montón de cosas. […] Me hacía pasar hambre, y toda la vida fue así…” (Julito).

Lazos afectivos que permiten construir autoconfianza y proyectar las biografías

La mayoría de los jóvenes identifican como acontecimientos centrales en sus biografías la constitución de vínculos afectivos con distintas personas –padres, madres, hijos, sobrinos, parejas, amigos– que los ayudan a sostener sus vidas. En el relato de Carlos (26 años), la propuesta de su hermana de ser el padrino de su hijo es vivida como una muy valiosa señal de confianza que contribuye a reconstruir su propia autoconfianza en un momento de crisis, debido al consumo problemático de drogas:

“Cuando me pide que sea el padrino de Coqui. Yo me interno [en una comunidad terapéutica] cuando mi sobrino tenía 6 meses de vida. Ella me lo pidió en pleno quilombo mío. Y la verdad que fue una ficha muy grande para mí. Yo sentía que no valía nada, que no era responsable, por eso que mi hermana me haya pedido que fuera el padrino de su hijo para mí fue que me pusieran un fichón”.

En términos de Anthony Giddens (1991), la confianza permite a los agentes construir su seguridad ontológica, es decir, en términos fenomenológicos, su ser-en-el-mundo, sin el cual les sería imposible actuar y habitar el mismo universo social con otros seres humanos. En general, los individuos reciben en la primera infancia –especialmente de sus familias– una dosis básica de confianza que los protege contra las ansiedades ontológicas a las cuales todos los seres humanos están potencialmente sujetos. Sin embargo, en la segunda modernidad, la seguridad ontológica ya no se encuentra asegurada por los lazos de parentesco o comunitarios. En cambio, la permanente búsqueda de relaciones personales cuyo principal objetivo es la sociabilidad, constituidas a partir de la lealtad y autenticidad, se convierte en un requisito fundamental para la constitución de identidades personales y lazos sociales. La confianza personal es un proyecto a ser trabajado por las partes involucradas y requiere la apertura del individuo para el otro (Luhmann, 1996).

Esta centralidad de las relaciones de confianza en la construcción biográfica se refleja en los relatos de los jóvenes en torno a sus vínculos más cercanos –familiares y, especialmente, amigos y parejas. Estas relaciones son valoradas por ellos como preciados capitales que se otorgan o se ganan en raras ocasiones, pero que, al realizarse, son vividas como experiencias de apropiación subjetiva del sí mismo, del otro y, como veremos más adelante, también de las instituciones. Como aparece en la narración de Purly (18 años) sobre una exnovia que salió con un amigo, la confianza es una relación dinámica y frágil, presenta diversos grados de pureza o autenticidad y puede ganarse o perderse a partir de una palabra, un gesto, una mirada o un conflicto:

“Yo tenía una novia que se quedó mal porque decía que la dejé por mis amigas y los pibes. […] Y es verdad, yo la dejé por los pibes, porque a mí no me podés prohibir que esté con mis amigos. Ella se quedó tan enojada que se puso a salir con un pibe del barrio que pasaba mucho tiempo conmigo (venía a mi casa, mis viejos lo querían y parábamos en la esquina). La actitud del pibe fue dolorosa. Si sos mi amigo, “mi re rancho” desde hace años, no te podés comer a [tener relaciones sexuales con] mi ex”.

En otra experiencia afectiva considerada muy significativa por Purly, su pareja actual se presenta como un ancla, un soporte que le ayuda a tomar distancia y reflexionar sobre sus prácticas de sociabilidad, su uso del tiempo y a proyectar nuevas posibilidades para su historia personal:

“Mi novia me cambió la manera de pensar, me hizo reflexionar sobre algunas conductas. Por eso, conocerla ayudó a ver muchas cosas. Por ejemplo, el tiempo que paso en la esquina y lo pendiente que estoy de los chicos, mis amigos. A ella la conocí por Facebook y no empezamos bien, pero ella trata de mostrarme que tengo que ponerme las pilas. A veces pienso que tengo que dejar un poco la joda [las salidas con mis amigos] para estar más tiempo con ella”.

Según Claude Dubar (2002), en la actual etapa de la modernidad, una condición necesaria para que una relación amorosa se convierta en una pareja es que el Yo permanezca como “él mismo” (Sí mismo reflexivo) en el vínculo afectivo con el Otro, inaugurando una nueva etapa en su historia personal (Sí narrativo). Tal como narra Purly, su ser amado, su novia, ocupa un lugar central en la conformación de su identidad personal, como mediador entre el Yo (identidad narrativa) y el sí mismo (identidad reflexiva).[7]

Barrio

La villa como expresión de la otredad[8]

Muchos jóvenes narran que vivir en la villa los obliga a tener que soportar los prejuicios, la discriminación y la violencia de los que no viven ahí y, muchas veces, también de sus propios vecinos. Es decir, se construyen dos otredades, dos fronteras. Una entre el interior y el exterior del barrio y otra entre los que viven allí. En el primer caso, Facu (19 años) nos relata:

“Me imagino viviendo fuera del barrio, tal vez La Boca o Villa Urquiza. Ya viví mucho tiempo en este barrio y ahora tengo que salir de ahí. Mi hermana me dice: ‘tenés que salir’, todos me dicen: ‘tenés que salir. Salí, pero volvé a visitar’, me dicen en broma. Y mi idea es ésa. Igual, mi hermano vive afuera, y por ahí voy con mi hermano. Puedo ser independiente dentro del barrio, pero mejor afuera porque así conseguís más trabajo. Porque estando en la villa es más difícil conseguir buenos trabajos, por el tema de que vivís en la villa y suelen decir ‘ah, en la villa te roban’, qué sé yo, y todas esas cosas”.

Vivir fuera de la villa es expresado como un esfuerzo, no como algo que ocurre sin resistencias, por el contrario, para muchos resulta altamente significativo y trabajoso. Los ejemplos que se repiten en este tipo de situaciones son los de jóvenes de las familias más pobres y migrantes, como la de Juana (20 años):

“Yo le dije a mi mamá: ‘Mirá, má, yo acá no me gusta más, no aguanto más, esto no es lo mío [se refiere al momento que estaba residiendo en un barrio fuera de la villa]. Todo muy lindo vivir afuera del barrio, poder dar una dirección, que te lleguen las cosas a tu casa’ –me refiero que acá en la villa vos no podés dar tu dirección, ni siquiera para buscar trabajo porque directamente te rechazan–, pero no quiero vivir más acá. Y bueno, terminó el contrato [de alquiler] y nos volvimos a la villa”.

En los discursos juveniles de nuestro estudio aparece la idea de “villa”, como “otredad” construida como aquello de lo que hay que distanciarse y diferenciarse. Según María Cristina Cravino (2009), los límites afuera y adentro son construidos por sus habitantes, pero también por distintas instituciones “externas”, especialmente las estatales. Estas delimitaciones pueden constituirse, asimismo, al interior de los barrios como diferenciadores espaciales jerarquizados entre los grupos o sectores sociales que los integran, en tanto son valorizados de diversas maneras por tales actores.

Salir del barrio implica muchas cosas para estos jóvenes y se torna una tarea titánica. Cómo se logra salir, y cómo y de qué modo se vuelve es otro de los temas que estos jóvenes tienen que transitar y resolver. Cuando alguien se va del barrio, genera en su grupo de pertenencia admiración, pero también lo viven como una traición al lugar. Una vez que te fuiste, ya no volvés del mismo modo, ya no sos parte del lugar, como reflexiona Carlos al volver de una internación prolongada por su adicción a las drogas:

“En el barrio los límites son muy difíciles, todo se comparte, yo me saco las zapatillas y te las doy. Cuando volví después de mi tratamiento por drogas yo ponía límites, empecé a cuidar lo mío, y esto hacía que la gente me despreciara. Dejé de ser el copado y me convertí en el responsable, el que tomaba distancia. Entonces, me encontré en un momento de profunda soledad”.

El barrio como territorio de violencias e inseguridad

Las violencias y la inseguridad barrial son temas recurrentes en los relatos juveniles de nuestro estudio. Pero qué experiencias y significaciones sociales aparecen en los mismos: ¿de qué intensidad es la violencia barrial?; ¿cuándo es lícito valerse de ella?; ¿qué características presentan este tipo de escenarios?; ¿en qué se diferencia-distancia con las de otros espacios? En torno a esta proposición aparece una fuerte dicotomía entre los peligros externos –grupos que vienen a irrumpir la tranquilidad barrial, pero también la policía u otras fuerzas de seguridad– y otras violencias e inseguridades padecidas y sufridas por los vecinos, generadas entre ellos mismos –bandas que se enfrentan; bandas que tornan al barrio un lugar inseguro y hostil–. Los jóvenes manifiestan que en las últimas décadas se produjo un cambio notorio en los modos en que se manifiesta la violencia dentro del barrio y relatan situaciones no vividas con anterioridad que consideran resultantes de la modificación de los códigos barriales.

Por un lado, aparece la idea de que al barrio se lo defiende y se lo protege de otros grupos barriales, esto está vinculado con la idea de “poner en juego la defensa cuerpo a cuerpo”. Para protegerlo hace falta pelear y enfrentarse con los que acechen el lugar. Para ello, hay una preparación, relatan rituales y diversos modos que ellos llevan a cabo para “bancar” y cuidar al barrio. La pertenencia y defensa de estos espacios ocupa un lugar central en sus identidades juveniles:

“Nosotros andamos con fierros [armas de fuego] en el barrio para que no vengan a robar de otros barrios. El barrio se respeta, el barrio es como tu casa. A mí no va a venir ninguno de otro barrio a agitarme algo [provocarme] en la esquina o a venir a querer sacar algo. Es como que te están robando en tu casa. ‘No, en mi casa no vas a venir a robar’, y menos en el barrio, porque el barrio es el barrio. Nosotros cuidamos el barrio. Más de una vez nos sacaron de otros barrios a los tiros o sacamos del barrio a tiros a gente que no tenía que estar” (Purly).

Sin embargo, las violencias ejercidas por integrantes del barrio no siempre son valoradas positivamente o consideradas como legítimas por los demás integrantes de la comunidad. Para otros jóvenes este tipo de forma de defensa barrial termina incrementando los niveles de inseguridad, lo que constituye un factor más de sufrimiento y padecimiento, y ponen en peligro las vidas de las personas que viven allí. Lo que se traduce en un clima barrial cada vez más hostil, viviéndose como territorios fragmentados y desunidos. Una de las causas que ellos adjudican a este panorama es la heterogeneidad que en las últimas décadas los caracteriza. En reflexiones como la de Nora, las explicaciones que se escuchan son: la villa dejó de ser lo que era, un espacio de encuentro y solidaridad, ahora prima la separación, la desconfianza y el individualismo.

“En mi barrio existen dos grupos. Están enfrentados por cuestiones de robos de autos y motos. Pero, ahora, la cosa está bastante violenta: se están enfrentando a los tiros, matándose los unos a los otros. El gran problema es que cuando se arman las balaceras terminan siendo víctimas gente del barrio que no tiene nada que ver” (Nora).

Si recuperamos los resultados de otras investigaciones, encontramos que los denominados “barrios de emergencia” o “villas” tienen los mayores niveles relativos de victimización por delitos violentos. Un segundo fenómeno es la escasez, ausencia o desconfianza en las regulaciones e instituciones estatales –especialmente el poder policial–, lo que convierte a las redes de sociabilidad barrial –basadas principalmente en vínculos familiares– en casi los únicos soportes del orden social. Por ende, cuando se producen conflictos, crisis o rupturas en dichas redes, se profundizan en sus integrantes los sentimientos de inestabilidad subjetiva, inconsistencia posicional e incertidumbre hacia el futuro. Un tercer factor, articulado con los otros dos, es que la ocurrencia de episodios delictivos en estos contextos tiene un fuerte impacto en las redes de sociabilidad barrial –generando o profundizando conflictos o desconfianzas entre vecinos, amistades o familiares–, lo que magnifica su impacto en los sentimientos de inseguridad de sus habitantes (Kessler, 2009; Míguez e Isla, 2010; Kessler y Dimarco, 2013).

El barrio como lugar de identificación, pertenencia, encuentro y posibilidades

Los vínculos sociales que construyeron en el barrio son un elemento central de las narraciones de los jóvenes. Valoran y recuperan aquellas relaciones sinceras, intensas, creíbles que funcionaron en sus vidas como un factor protector. No importa tanto el sostenimiento en el tiempo como la intensidad de estos vínculos:

“En el barrio están mis amigos, a ellos les cuento mis cosas, compartimos salidas juntos, boliches o fiestas, jugamos al fútbol dos veces por semana, vamos a campeonatos y ahí si ganamos compartimos la plata, compramos para tomar, para comer y compartimos. El barrio tiene eso, tengas o no tengas siempre podés compartir. Por ejemplo, cuando salimos a bailar cada uno lleva su plata, 150 ó 200 pesos, pero lo que tomamos lo compartimos” (Purly).

En estas experiencias se pueden identificar algunos de los soportes que el barrio les proporciona, principalmente los simbólicos y afectivos, a los jóvenes para movilizar en sus procesos de individuación. Purly circunscribe al barrio como ese lugar de encuentro con su grupo de amigos, de sociabilidad en espacios recreativos y lúdicos, que los contienen y donde se sienten reconocidos. La dimensión corporal y el carácter co-constitutivo de los otros se revela como fundamental en la producción de las subjetividades de los jóvenes en el barrio. Vivencian y valoran las experiencias de respeto y reconocimiento de los otros como verdaderos soportes de su existencia:

“Vivir en el barrio tiene una mezcla de vivir en la ciudad, pero es otra cosa. Tiene la cultura del campo, pero con la conexión de la ciudad. En el barrio tenemos otras costumbres, otras formas de compartir, otro contacto físico, para mí el contacto físico es muy importante porque acorta las distancias. En la villa conocés a todos y todos te conocen, en cualquier otro barrio esto no pasa. El barrio te permite el encuentro, el contacto con el otro, la proximidad hace que puedas verte sin problemas, esto no ocurre en otros lados. Con los vecinos no hay distancia” (Carlos).

Muchas veces el barrio funciona de manera instrumental como contraparte de un sinfín de carencias que tienen que enfrentar: como las casas son pequeñas y en su mayoría no cuentan con patios, el barrio, la calle, funciona como ese espacio que contiene a niños, adolescentes y adultos. Los vecinos funcionan como soportes materiales y afectivos frente a las carencias cotidianas de las familias en el acceso a diversos productos, al cuidado de sus niños e información. Los jóvenes también destacan las ofertas que se vienen gestando y ofreciendo en los barrios desde los últimos años. Consideran que esto es algo muy positivo, que potencian sus capacidades y que les permiten tomar contacto con disciplinas y actividades a las que no podrían acceder de otro modo:

“En la villa lo que me gusta son los centros culturales que se abren, a lo mejor, no son así de gran nivel, pero por lo menos son una base para los chicos, para poder introducirlos un poquito más; la escuela de música; todas las ONG que aportan un poquito también” (Juana).

Instituciones públicas

Escuelas en las que se sienten discriminados, no reconocidos y/o excluidos

Las experiencias escolares de los jóvenes en barrios populares se asocian a distintas formas de estereotipación y discriminación por sus orígenes étnicos, nacionales y/o barriales. Como se observa en las reflexiones de José Luis, en algunos casos las prácticas de discriminación –especialmente cuando son protagonizadas por adultos o agentes de instituciones públicas, como escuelas y policía– son desnaturalizadas y denunciadas, definiéndolas como “violencias” e “injusticias”:

“[…] Una discriminación es una violencia, porque agredís al que vos discriminaste: ‘negro de mierda, paraguayo de mierda, boliviano de mierda…’ Eso duele, eso ya es una violencia verbal. Entonces, ya ponés incómoda a la persona que se lo dijiste, ¿no? Y un día los bolivianos, los peruanos y los pibes de la villa, los negros y los paraguayos son los que más reciben el golpe. Yo, la verdad, a veces me pongo a pensar y no puedo entender todavía. Para mí, estamos en un país distinto, pero estamos viviendo el mismo mundo y somos todos lo mismo”.

Otro tipo de experiencias escolares narradas por los jóvenes se vinculan a “repeticiones de años”, “fracasos”, “segregaciones” o “exclusiones”. En el relato de Nora, su devenir migratorio generó dificultades para cumplir con las normas de asistencia a la escuela, por lo que –como una forma de exclusión encubierta– le imponen el cambio de turno, perdiendo los vínculos que había construido con compañeros y docentes:

“Hice el jardín, la primaria y gran parte de la secundaria en la misma escuela. Cuando estaba en 4º año, repetí. Había repetido también 2º grado; en esa oportunidad, viajé con mi familia a Paraguay, pero no recuerdo muy bien por qué hice ese viaje. Creo que repetí, porque, debido al viaje, perdí días de clase. Si bien no me echaron, me dijeron que para quedarme en la escuela debía cambiarme de turno. Yo no me pude adaptar a ir a la tarde. Así que abandoné”.

En su investigación doctoral desarrollada en escuelas secundarias públicas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Pablo Di Leo (2010) identificó la presencia dominante de los tipos de clima social –desubjetivante e integracionista-normativo– que, al centrarse en normas, autoridades y saberes naturalizados, contribuyen a los procesos de cosificación de las instituciones y las subjetividades, profundizando las distancias entre las instituciones y los procesos de subjetivación juveniles. Retomando los análisis de Dubar (2002), la relación de la mayoría de los jóvenes de sectores populares con la escuela pública se encuentra marcada más que por el “fracaso” por la exclusión relativa de las “buenas” trayectorias o de los “buenos” establecimientos educativos, que habilitarían o potenciarían el despliegue de sus subjetividades y reflexividades.

Violencias institucionales que provocan marcas profundas en las subjetividades

Las violencias protagonizadas por agentes policiales se presentan en los relatos de algunos jóvenes entrevistados como una de las experiencias más traumáticas vividas en diversos tiempos y espacios de sus vidas. Como se pone de manifiesto en la siguiente experiencia de Purly, los vínculos entre muchos jóvenes que viven en barrios populares y la policía se encuentran marcados por la discriminación, el acoso, la desmesura, la arbitrariedad y el abuso en el ejercicio del poder.

“[…] nosotros nos habíamos ido a acompañar a la novia de él, y después a los pibes los pararon a todos. Eran como siete u ocho, los pararon a todos así: los hacían sacar las zapatillas, todo, cosas… Y decís: ‘¿para qué?’, ¿viste?, como que te re cansan. Les pegaron a todos”.

Los operativos policiales se presentan en varias ocasiones con una espectacularidad y agresividad desmedidas, dirigidas principalmente a demostrar su mayor fuerza física y simbólica frente a diversas manifestaciones de identificación y organización popular, como las movilizaciones de hinchadas de equipos de fútbol:

“[…] 11 colectivos íbamos. Por los del medio iba yo. Y por allá la misma policía paró. Terminaron parando como a, ponele, mínimo nos habrán bajado a 7 colectivos. Y nos pararon a todos en el medio de la autopista y nos bajaron y nos cagaron a palos a todos. Bajabas y te cagaban a palos. A mí me había quedado una re marca, me acuerdo, pero una marca así del coso [culata de arma de fuego] acá, en la costilla” (Purly).

Tal como surge de diversas investigaciones, la relación conflictiva de la policía con los jóvenes es un fenómeno generalizado en los barrios populares del AMBA, convirtiéndose para muchos en la principal generadora de sentimientos de inseguridad. Las experiencias cotidianas de persecuciones, apremios y abusos –dirigidos especialmente a la población juvenil– van generalizando la convicción de que la policía tiene poco que ver con la ley, convirtiéndose en una banda más, mejor armada y con más poder (Kessler, 2009; Míguez e Isla, 2010; Kessler y Dimarco, 2013).

Si bien estas tensiones permanentes entre policías y jóvenes son bastante generalizadas, en algunas experiencias, como la narrada por Charly (26 años) –un joven que había sido judicializado, detenido en un penal y tenía libertad condicional–, el ejercicio abusivo del poder policial es mucho más individualizado, traduciéndose en controles, acosos, arbitrariedades cotidianas y profundas marcas en los cuerpos, los vínculos y los soportes subjetivos:

“[…] me detienen en la puerta de mi casa, yendo a comprar una tarjeta telefónica con mi hermano. Y a mi hermano que es jugador de futbol profesional casi le arruinan la carrera. Es el día de hoy que no puedo ver a la policía. Es más, debajo de mi departamento hay un bar en donde siempre hay un policía parado. Y ese día cuando ve toda la situación se acerca y se suma al quilombo que estaba haciendo el policía y me empiezan a cagar a palos ahí en el medio de la calle. Me empiezan a pegar y a mi hermano también. […] Nos subieron al patrullero, a mí me mataron a palos y me decían en el patrullero: ‘viste negro, vos te haces el canchero'”.

En este relato se pone de manifiesto el fenómeno que Alcira Daroqui y Ana Laura López (2012) denominan cadena punitiva. A partir de una investigación desarrollada recientemente en la provincia de Buenos Aires, las sociólogas identifican la generalización de un encadenamiento de lo policial, lo judicial y lo custodial que forja trayectorias penalizadas, en las cuales muchos jóvenes en barrios marginalizados vivencian a lo largo de sus vidas diversas violencias institucionales, dirigidas a producir la degradación, sumisión y, en algunos casos, la anulación de sus subjetividades y sus cuerpos. En el eslabón policial son comunes las denominadas capturas no judiciables –que transcurren por fuera del sistema judicial–, a partir de las cuales se instala un modo de conocimiento recíproco que marca las biografías y moldea formas de relación entre uniformados y jóvenes en el barrio, la esquina, la calle. Los siguientes eslabones de la cadena muchas veces continúan y profundizan los procesos de corrosión subjetiva, anulación de las identidades juveniles, llegando a su máxima expresión en contextos de encierro como el vivido por Charly:

“Las veces que estuve detenido siempre fui maldito porque, a veces, la cárcel te hace así. Porque tenés que ser arisco, malo, independiente, no le tenés que creer a nadie. Te saludan, te das vuelta y te sacan la mano o te dan una puñalada. Es todo una mentira, para mí fue siempre todo una mentira. Nunca conocí un amigo, nunca nada. Fue la falsedad más grande que conocí en mi vida, fue eso: cuánto tenés, cuánto valés. No tenés nada, no sos nadie. Si sos maldito, te respetan, si sos bueno, te toman por boludo”.

Personas e instituciones que posibilitan el acceso a recursos afectivos y simbólicos

En sus relatos biográficos, los jóvenes destacan como acontecimientos muy significativos las pocas oportunidades en las que pudieron construir vínculos de confianza, escucha y diálogo con algunas personas y, por su intermedio, con ciertas instituciones públicas que abrieron nuevas posibilidades en sus vidas. Por ejemplo, el encuentro de Carlos con un profesor de carpintería que, yendo más allá de su función específica, fue a su casa para proponerle que vuelva a la escuela, construyendo así un vínculo afectivo con el docente y la institución:

“A los 14 años decidí anotarme en carpintería en un Centro de Formación Profesional. Me acuerdo que mi mamá se re enojó porque ella siempre quiso que yo tenga una carrera universitaria y yo me anoté ahí. En realidad, yo estaba repitiendo el colegio, porque estaba en primer año y me había empezado a ratear, pero fue re loco, porque hasta el día de hoy me acuerdo que yo me había quedado libre otra vez y un día llego a mi casa y me encuentro que el profesor de carpintería estaba hablando con mi mamá… ‘no’, dije yo. Había ido a buscarme a mi casa para que vuelva a la escuela. Cuando se iba mi mamá, le dijo: ‘quédese tranquilo que no le voy a hacer nada, no le voy a pegar’. Que el profesor me haya ido a buscar a mi casa fue para mí muy importante. Después nunca más falté… me pasaba eso, cuando había una demostración de afecto o cuando yo le importaba a alguien, respondía con fidelidad”.

Las relaciones de confianza de estudiantes con docentes o directivos se hacen posibles en las escasas ocasiones en las que dichos agentes manifiestan disposiciones para escucharlos y tratarlos como sujetos. Su emergencia es significada por los jóvenes como verdaderos momentos de inflexión en su experiencia escolar, habilitando un nuevo tipo de vínculo con los otros y, en general, con la escuela (Di Leo, 2010). Así se manifiesta en la narración de Purly sobre su experiencia en una escuela rural, cuyo proyecto institucional está centrado en la integración de jóvenes que viven en barrios populares:

“Esta escuela es muy particular, porque si no terminás acá no te recibís en ningún lado. Te enseñan mucho en la escuela, quizá no a nivel educativo. Te enseñan a ser persona, cómo ser persona, te ayuda mucho; te ayuda mucho en lo psicológico y dan apoyo, a veces los profesores te hablan como amigos, o hasta el director. Si pedís un consejo, te lo van a dar, capaz te ven medio mal y te preguntan qué te pasa, cosas que en otra escuela pasarían desapercibidas, porque hay mucha gente o porque, no sé, pero en esa escuela no”.

La apertura intersubjetiva que, a la vez, es habilitada por y es propiciadora de relaciones de confianza intergeneracional, favorece el despliegue de los procesos de reconocimiento jurídico-moral y ético-social de los estudiantes, generando un tipo de clima social escolar ético-subjetivante. En el mismo –que ocupa un lugar subordinado con respecto a los otros dos tipos de clima social escolar identificados–, los jóvenes van construyendo cotidianamente sus identidades en procesos de identificación abiertos, donde los otros ocupan un lugar central, desarrollando sus reflexividades y agencias tanto en la revisión crítica como en la generación de acuerdos en torno a normas, rituales, contenidos y autoridades (Di Leo, 2010).

Reflexiones finales: articulando experiencias subjetivas y procesos estructurales

A partir de nuestro análisis de los relatos de jóvenes en barrios populares del AMBA, identificamos tres nodos biográficos que ocupan un lugar central en sus vidas: vínculos afectivos, barrio e instituciones públicas. Sin embargo, como sintetizamos en el siguiente cuadro, sus efectos y relaciones con sus procesos de individuación no son unívocos ni lineales, sino que, a partir de complejas y dinámicas articulaciones entre sus trayectorias personales, sus relaciones intersubjetivas y sus condiciones estructurales –socioeconómicas, territoriales e institucionales–, pueden desencadenar o potenciar procesos de vulnerabilidad/desestabilización o de cuidado/estabilización biográficas.

Cuadro 1: Vínculos entre nodos biográficos y procesos de vulnerabilidad/desestabilización y cuidado/estabilización biográficas

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En los relatos analizados se presentan diversos escenarios en los que las vidas de los jóvenes están atravesadas por experiencias de violencia, privación, discriminación y desprotección, trazando biografías marcadas por la negación de las principales formas de reconocimiento subjetivo. En relación al primer nodo identificado, las separaciones, abandonos y violencias familiares profundizan la vulnerabilidad de los sujetos, debido a la negación del afecto o amor, fuente de seguridad ontológica y autoconfianza. Se conforman así experiencias de vulnerabilidad/desestabilización afectiva, significadas como situaciones de fragilidad, duelo, que los acompañan durante toda su vida. Estas vivencias resultaron compartidas por casi la totalidad de los entrevistados, convirtiéndose para muchos en la amenaza permanente de no poder contar con el abrigo y el sostén familiar. Ni la conformación de la propia familia logra erradicar definitivamente esta amenaza.

En relación al segundo nodo identificado, en el barrio se levantan diversas fronteras entre sus habitantes, y entre éstos y el exterior, basadas en la anulación simbólica y física de los otros. Así, la amenaza que se construye es la de peligros y temores urbanos. Ésta da cuenta de un sentimiento de miedo e inseguridad ante una multiplicidad de acechos urbanos. Dentro de los barrios populares, en los espacios segregados y con fuertes desigualdades a nivel de la calidad de los servicios públicos, se experimenta la sensación de que la ciudad es una fuente mayor de amenaza posicional y vulnerabilidad/desestabilización biográfica. Este sentimiento se presenta en los relatos a partir de cuatro modalidades narrativas:

  1. El barrio de uno, no siendo bueno, no es tan malo como otros: la comparación remite siempre a situaciones en donde hay otros que viven en lugares peores. Y a la vez un sentimiento que, sea como fuere, es ahí en donde se desarrollan sus vidas.
  2. El ingreso de los nuevos como la causa del incremento de robos u otro tipo de delitos: impone la necesidad de estar siempre alerta, en vigilia.
  3. La droga como causal de los males que se padecen en el barrio: se encarna en el miedo, fundamentalmente de las madres, de que sus hijos “caigan” en la droga, lo que luego termina desencadenando trayectorias vitales juveniles de caída libre.
  4. Irse del barrio: aunque no es común a todos sus habitantes, ya que no todos sienten que tienen la posibilidad de pensar en esto, la preocupación por el robo, las muertes y la inseguridad urbana generan un temor marcado en los grupos más vulnerables, impulsándolos a salir del barrio, a pesar de las dificultades que esto con lleva.

En el tercer y último nodo biográfico construido, las pocas instituciones públicas con las que se relacionan los jóvenes –escuelas públicas y la policía–, en lugar de contribuir a disminuir las inequidades, injusticias y violencias cotidianas, muchas veces contribuyen a profundizar sus vulnerabilidades: discriminación, exclusión, distintas formas de negación del reconocimiento. La experiencia y la amenaza que se constituyen pueden denominarse como injusticias, violencias o exclusiones institucionales: un sentimiento de arbitrariedades y abusos de poder permanentes y encadenados, de instituciones de “baja intensidad”, sin legitimidad, que no les brindan herramientas que consideren valiosas para constituirse como individuos en sus contextos sociales y que, en muchos casos, los discriminan y excluyen. Se va generando así una sensación de intemperie socioinstitucional y de impotencia más o menos agudo, lo que los lleva muchas veces a una restricción mayor o a una falta de habilitación para vincularse con actores de otras posiciones sociales.

Sin embargo, simultáneamente, los jóvenes, como verdaderos híper-actores relacionales, demandan o construyen permanentemente diversos vínculos afectivos basados en la confianza que funcionan como soportes, sosteniendo su seguridad ontológica y su autoconfianza, permitiéndoles constituirse como individuos en torno a diversas consistencias pragmáticas. Aquí, el barrio también ocupa un lugar central: al encontrarse sus habitantes especialmente expuestos a la inestabilidad de los empleos y de las instituciones públicas, el conjunto de relaciones estructuradas en lo territorial –lo familiar, el grupo de amigos, los vecinos– se convierte en el sostén básico que reemplaza a dichos anclajes. El barrio se constituye así en la base principal de la estabilización de la experiencia social. La inconsistencia posicional está vinculada a factores socioeconómicos y urbanos estructurales, pero también a procesos de vulnerabilidad/desestabilizaciones personales, vinculares y/o institucionales. Por ello, los actores visualizan la necesidad de desarrollar estrategias centradas en sus relaciones interpersonales: redes de favores y reciprocidades, a fin de contrarrestar o disminuir sus inestabilidades.

Finalmente, en ciertas ocasiones algunos agentes de las pocas instituciones públicas con las que se cruzan los jóvenes de estos contextos –principalmente escuelas– generan posibilidades, recursos, soportes afectivos o simbólicos que consideran muy valiosos en sus vidas. A partir del vínculo de confianza con algún agente comprometido, que los trata como “personas”, con entusiasmo y con ganas de hacer las cosas de otro modo, se van construyendo escenarios institucionales ético-subjetivantes, que les habilitan herramientas novedosas para construir sus identidades, torciendo muchas veces sus trayectorias prefijadas por el personaje social y permitiéndoles cambiar el rumbo de sus procesos de individuación. En sus relatos, estos encuentros son significados como giros biográficos, acontecimientos extraordinarios que abren nuevas posibilidades para iniciar o desarrollar sus proyectos, consistencias y cuidados/estabilizaciones existenciales.

De esta manera, a pesar de la inexistencia de claras trayectorias institucionales que den consistencia y estabilidad a su devenir biográfico, estos jóvenes siguen pensando y llevando adelante diversos proyectos para sus vidas: continuar o retomar sus estudios; conseguir o cambiar sus trabajos; sostener o formar una pareja o una familia; generar o desarrollar actividades artísticas, deportivas, religiosas o culturales, individuales o colectivas. Sin embargo, una dimensión central de estos proyectos refiere a sus condiciones de producción, es decir, las trayectorias y los contextos socioinstitucionales en el cuales están anclados.

Recuperar el análisis de las inconsistencias posicionales, si bien permite incorporar una lectura transversal entre distintos estratos sociales, también evidencia que los grupos más vulnerables son los que muchas veces tienen menor cantidad y menor legitimidad en sus soportes, lo que los lleva a disminuir sus posibilidades de construir consistencias pragmáticas en sus trayectorias vitales. Consideramos que para que los jóvenes puedan seguir imaginándose y escribiendo sus futuros, resulta fundamental propiciar intervenciones institucionales y políticas públicas integrales que habiliten diversos recursos y espacios para el reconocimiento, el diálogo, la transmisión e intercambio de experiencias intra e intergeneracionales, creando o potenciando formas de cuidado/estabilización que contrarresten sus procesos de vulnerabilidad/desestabilización biográfica.

Anexo: Perfiles de jóvenes entrevistados

Tabla capitulo 11

Bibliografía

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  1. Proyectos: UBACyT 2010-2012 20020090200376; UBACyT 2013-2015 GEF 20020120200171BA (financiados por la Universidad de Buenos Aires); PICT 2010 – 0621 (financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica).
  2. Para consultar la fundamentación, resguardos éticos y principales pasos de la estrategia metodológica, así como los relatos biográficos tal como fueron construidos y acordados con los jóvenes que participaron en el estudio, ver Di Leo y Camarotti, 2013.
  3. En la Introducción del libro presentamos algunas definiciones, dimensiones y vinculaciones de las categorías procesos de vulnerabilidad y de cuidado que retomamos aquí.
  4. Para un desarrollo de las categorías de pruebas y soportes como analizadores de los procesos de individuación, ver Martuccelli (2007). Asimismo, en Di Leo y Camarotti (2013), retomamos dichas herramientas conceptuales en nuestro estudio de relatos biográficos de jóvenes en barrios populares.
  5. Varias de las problemáticas, categorías y dimensiones abordadas en esta sección son analizadas con mayor profundidad en diversos capítulos de nuestro libro anterior (Di Leo y Camarotti, 2013) y del actual.
  6. Ver perfiles de los jóvenes que participaron del estudio en el Anexo.
  7. La identidad reflexiva se hace posible en las sociedades actuales, porque cada vez más la historia subjetiva no se reduce a la sucesión de las pertenencias en “nosotros” comunitarios o societarios, el sí mismo puede tomar una distancia reflexiva con respecto a los múltiples papeles que representa en su vida cotidiana (Dubar, 2002).
  8. El término “villa” o “villa miseria” es utilizado en Argentina para denominar –en general, con tono despectivo, desde los medios de comunicación y desde las personas que no viven en ellas, pero también con sentidos reivindicativos por muchos de sus habitantes– a los barrios vulnerabilizados (Cravino, 2009).


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