En la misma colección

12-4260t

12-3048t

En la misma colección

DT_Chartier_Burucua_13x20_OK-final

12-4618t

7 “Caer detenido”: vulnerabilidades punitivas y trayectorias penalizadas

Natalia Laura González y Paula Andrea Trillo

Introducción

En este capítulo nos proponemos estudiar trayectorias penalizadas que atraviesan algunos jóvenes[1] en barrios marginalizados del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Para ello, analizamos las relaciones entre las trayectorias individuales penalizadas, los contextos socioinstitucionales barriales marginalizados y los vínculos e interacciones que establecen los jóvenes que atravesaron experiencias punitivas.

Existen en Argentina numerosos estudios (CELS, 2003; García, Vilanova, Del Castillo y Malagutti, 2007; Guemureman et. al., 2010; Corda, 2011; Daroqui y López, 2012; CELIV, 2014) que dan cuenta de los factores estructurales que hacen a las experiencias punitivas de la población en barrios populares y en cárceles. Si bien tomamos estas investigaciones en calidad de antecedentes, el presente trabajo se interesa en analizar los modos singulares en que estos procesos se dan y participan de la constitución subjetiva de los jóvenes.

De este modo, nos centramos en analizar procesos de vulnerabilidad punitiva, atendiendo a las regularidades y heterogeneidades que emergen de los relatos y a las significaciones de los jóvenes acerca de sus vivencias. Desde nuestra perspectiva, si bien los elementos estructurales presentes en un contexto social son importantes para los procesos de individuación y constitución de subjetividades, las experiencias vitales remiten al mismo tiempo a dimensiones individuales y singulares. En otras palabras: no todos los individuos atraviesan las pruebas sociales de la misma forma y éstas no se asocian de manera directa y homogénea a las identidades.[2]

Estos propósitos nos llevan a seleccionar el enfoque biográfico como método de análisis e interpretación. Merced a una sucesión de entrevistas, elaboramos junto con los entrevistados relatos que dan cuenta de las significaciones que los individuos otorgan a sus propias trayectorias y de los acontecimientos que resultan más relevantes para sus vidas.

En una etapa posterior, nos acercamos a una institución en la que reciben tratamiento por consumo de sustancias –por indicación judicial– personas en situación de libertad condicional o asistida. Realizamos entrevistas semidirigidas en las que se solicitó a los participantes que comentaran lo que quisieran de su experiencia de libertad condicional y la compararan con su vida antes del encierro.

El curso mismo de la investigación nos ha mostrado la pertinencia de los lineamientos de la teoría fundamentada. La correspondencia y constante comparación entre teoría y datos nos ha llevado a revisar y a reformular nuestros conocimientos y categorías previas. Las entrevistas se constituyen como una fuente original de nuevas y útiles proposiciones y conceptualizaciones para pensar la realidad. De esta manera, a partir de nuestro análisis del corpus construimos una serie de proposiciones emergentes a través de las cuales intentamos vislumbrar las trayectorias, vínculos y contextos que hacen a lo que hemos dado en llamar vulnerabilidades punitivas.

Para la construcción de este analizador empírico partimos del concepto de vulnerabilidades,[3] entendidas como procesos sociales e individuales, considerando las intersecciones entre trayectorias individuales, vínculos e interacciones y contextos socioinstitucionales. En este caso, desde estas tres dimensiones fundamentales se erige una línea de base a partir de la cual muchas veces se forja una cadena punitiva, caracterizada por distintos niveles de sujeción. En ella, lo policial, lo judicial y lo custodial suponen una acumulación de coacciones punitivas por las cuales un individuo –generalmente joven y proveniente de barrios populares– es construido como delincuente (Daroqui y López, 2012).

Al referirnos a vulnerabilidades punitivas aludimos entonces a procesos que vinculan tres elementos:

  • las trayectorias individuales penalizadas;
  • los vínculos e interacciones con personas significativas, afectos y sociabilidades;
  • los contextos socioinstitucionales en barrios marginalizados y en unidades penales.

Nuestras decisiones metodológicas apuntan a sostener una ética del reconocimiento del otro como piedra angular en la investigación social. Se trata de una propuesta que busca la comprensión de los individuos procurando no reducir sus particularidades; no subsumir, absorber o neutralizar las subjetividades.

El capítulo está organizado alrededor de cuatro proposiciones emergentes construidas a partir de las entrevistas, relatos y participaciones de los jóvenes en grupo focal: a) estar en la mira de la policía; b) perder la libertad; c) libertad condicional como una libertad a medias; y d) “no preguntan por mí”. La herramienta conceptual propuesta para el análisis es, centralmente, la categoría de vulnerabilidades punitivas. Ésta nos permite articular las experiencias penales con los procesos de individuación de los jóvenes, a partir de las reflexiones que hacen los entrevistados acerca de dichos procesos. Por último, desarrollaremos algunas reflexiones acerca del trabajo que pudimos realizar e intentaremos plantear posibles interrogantes y líneas de investigación para trabajos futuros.

Estar en la mira de la policía

Los jóvenes describen como violentas a las relaciones que la policía establece con ellos en el contexto de sus barrios, dado el ejercicio de la fuerza –no siempre legítima– llevado a cabo por ésta última. Consideramos aquí que las violencias son fenómenos históricos, sociales, culturales y psicológicos de carácter múltiple y plural, a través de los cuales individuos, grupos y/o instituciones se orientan a reducir a determinados seres humanos a la condición de objetos (Di Leo, 2013).

Es posible estudiar estos fenómenos en tres dimensiones fundamentales: estructural, institucional y situacional (Duarte Quapper, 2005). En sus aspectos estructurales, las violencias refieren a las lógicas de dominación y a una trama de factores políticos, cuya jerarquización impide que algunos individuos sean concebidos como sujetos de derecho. Desde su faz institucional, remiten a los modos en que determinadas organizaciones de la sociedad ejercen control sobre la población, afectando sus posibilidades de despliegue y crecimiento, con el propósito de mantener una estructura de dominación. Estos aspectos de las violencias se puntualizan en situaciones específicas y cotidianas en las que se vuelven efectivamente observables.

Estas dimensiones de las violencias pueden ser rápidamente advertidas en los relatos de los entrevistados. En numerosas ocasiones, los jóvenes ingresan al sistema penal por intervención policial a partir de tenencia de drogas ilegalizadas y desde ese mismo momento se manifiesta un vínculo de tensión con la policía. Los agentes de las fuerzas de seguridad son concebidos por nuestros entrevistados como fuentes de amenazas, porque son vistos como detentadores de un poder que tiene la capacidad de “ponerles algo”[4] (Corda, 2011; CELIV, 2014).

Se sigue entonces que la interacción de estos jóvenes con las fuerzas policiales se encuentra mayormente teñida de una sensación de peligro constante. Desde nuestra mirada esta sensibilidad expresa una marcada diferenciación en la distribución del poder social. A través de diversas acciones cotidianas, estos funcionarios con gran poder de nominación parecen capaces de “reducir”[5] a los jóvenes y mantener al mismo tiempo la estructura de dominación que les da legitimidad.

“‘Porque si nosotros queremos, te podemos sacar un par de cosas del bolsillo, ahora, o si queremos, te podemos llevar’, me dice. ‘¿Y por qué me vas a llevar?’; ‘y, porque tenemos ganas. Y no me contestes porque te cago a palos, acá delante de toda la gente'” (Charly, 26).

Charly ilustra en su relato un poder policial que no da razones, que no dialoga, sino que simplemente pretende tomarlo por la fuerza y llevarlo de un lugar a otro. Todo abuso de poder es repudiable, pero lo es aún más cuanto mayor es el desbalance de fuerzas.

Algunos contextos de mayor vulnerabilidad complejizan las situaciones y propician una intensificación de las tensiones y violencias. Aquellos individuos que se encuentran en una situación de libertad condicional o asistida o tienen antecedentes penales, experimentan un estado de mayor fragilidad ante la policía. La marca de la trayectoria penalizada resulta un riesgo directo para la precaria libertad “recuperada”. Estos jóvenes se sienten constantemente bajo la mirada vigilante y persecutoria de la policía, calculando cada movimiento que hacen frente a los funcionarios porque sienten que cualquiera de ellos puede ser un paso en falso:

“Si me paran, yo te digo la verdad, depende la zona en que esté, le digo que tengo antecedentes. A veces ando por Constitución, ahí te piden documentos, capaz que hubo algo, un robo caliente y te quieren meter […]. ‘No, no tengo documentos’ y te mandan a la comisaría a investigar. Capaz que le digo mi nombre y apellido y lo dicen por radio: ‘Sí, estuvo tal y tal tiempo’. Hasta cualquier cosa y quién va a saber. Y que digan ‘¿Vos qué robaste?’, ni un juez te cree, ni un juez […]. Un policía que te tenga bronca, que suponete que sabe que vos fumás porro, o algo, si él te ve siempre y cada vez que te engancha, nunca te encuentra con un porro para llevarte a la comisaría. Sabe que vos tenés antecedentes y un momento a otro te van a poner una moto robada. Los policías son lo peor que hay. La policía igual, si vos tenés documento igual: ‘¿Qué hacés por acá? ¿Qué es esto?’ Son como que quieren que sí o sí te equivoques. Viste cuando te están preguntando algo y te lo preguntan de mil maneras como para que te confundas” (Jonathan, 22).

Tener antecedentes significa, para Jonathan y para Juan, vivir en permanente exposición. Estos jóvenes que sienten una constante arbitrariedad; el maltrato policial; las detenciones inmotivadas y las causas inventadas. Desde sus miradas, cada encuentro con la policía puede terminar en la pérdida de su siempre endeble libertad:

“Antes nosotros nos peleábamos, eso terminaba, no sé, en algún incidente grave, más días en cana. Porque ni siquiera era que te juzgaban como tenía que ser: ‘Ah, ¿sos canchero? Ahora te quedás dos semanas más’. Y era la ley la impunidad absoluta y absurda de la policía local y, terrible, pero siempre caí de menor hasta los 18 años. Estuve en el Doque, que ésa es una comisaría de menor, que es la segunda de Avellaneda y ahí sí era otro mambo, aparte de todos los berretines de los pendejos, me acuerdo que había caído la última vez, ya con 17 para cumplir 18, y que era muy conocido, me había choreado un coche y lo había hecho hasta de canchero, porque sabía que la policía me iba a correr” (Gonzalo, 25).

Gonzalo identifica no sólo la pertenencia barrial, sino la edad como factores importantes a la hora de ser objeto de estas violencias. Según el informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS, 2013), sin importar las múltiples normas que lo prohíben de manera expresa, existen en la Provincia de Buenos Aires personas menores de 18 años de edad privadas de su libertad en distintas dependencias policiales.

Durante el año 2001, según datos del Ministerio de Seguridad, se detuvieron 14.839 niños, niñas u adolescentes por motivos vinculados con conflictos con leyes penales. No existe información exacta sobre la cantidad de jóvenes que permanecen detenidos en dependencias policiales, sólo existe información sobre aquéllos que fueron alojados en las comisarías del menor. Durante el año 2001, el número de jóvenes alojados en estas dependencias alcanzó un promedio diario de 100. Sobre el total de niños, niñas y adolescentes que se encuentran institucionalizados, se calcula que el mayor número lo está por causas asistenciales –81,92% del total–. Al mismo tiempo, existe un importante número de niños y adolescentes privados de libertad por motivos penales, sobre quienes el Consejo Provincial del Menor no informa el delito que se les imputa –12,8% de la muestra–. El intervalo de edad que concentra mayor cantidad de privaciones de libertad es el comprendido entre los 15 y los 18 años, que concentra el 35,59% de las internaciones (CELS, 2013).

Todo este panorama se encuentra invisibilizado, ya que gran parte de los operadores del “sistema de menores” sólo registra a los niños encarcelados en las dependencias policiales denominadas Comisarías del Menor.[6] La falta de registro de muchas de estas detenciones se debe a que los operadores les asignan a estas acciones un carácter “protector”. De este modo, se invierten los preceptos legales y donde las leyes señalan privación, se interpreta beneficio; y donde las normas internacionales establecen que la privación de libertad debe ser excepcional, ésta se aplica de modo generalizado (CELS, 2013).

De acuerdo con diversos estudios, los controles y sujeciones con mayor carga de hostigamiento, violencia y humillación se producen en vínculos que las fuerzas policiales establecen con población joven y humilde que consume drogas o proviene de barrios marginalizados. Ellos constituyen el principal destinatario de la mirada policial que los acecha desde la infancia y se intensifica en la adolescencia (CELS, 2013; Kessler y Dimarco, 2013; CELIV, 2014).

Las trayectorias de consumos de drogas ilegalizadas y ciertos contextos socioespaciales emergen como dos factores importantes que contribuyen a los procesos de vulnerabilidad punitiva de los jóvenes (Corda, 2011; Kessler y Dimarco, 2013). La estigmatización que recae sobre ciertos consumos y sobre determinados barrios y espacios urbanos pareciera habilitar o legitimar en el sentido común prácticas policiales que aparecen como inaceptables para otros ámbitos socioterritoriales. Creemos posible que a partir de la identificación en el imaginario social[7] de ciertas prácticas y enclaves urbanos como negativos o “peligrosos”, resultan marcados los individuos que las ejercen y habitan:

“Sí, y nos enganchan antes de cruzar la vía. Hay una vía que es la frontera, que divide adelante y el fondo, nosotros somos del fondo y el centro de Fiorito es adelante. La gente es lo mismo, nada más que viven adelante y ellos se creen que son de clase media. Y hay un problema de lucha de clases, jaja, es un chiste, pero creo que es un poquito en serio y nos para la policía justo antes de cruzar y lo que flasheé fue: ‘voy a caer en cana por algo que no hice. Ya está, voy al penal y toda la vida en comisaria de menores’. Y 18 años ya significaba penal. Iba a morir en cana, hoy entendiendo que no hay guita, que no podés arreglar, nada…” (Gonzalo, 25).

Gonzalo señala una frontera débilmente marcada por la vía del tren, pero simbólicamente reforzada. Él, como parte de “los del fondo”, es visto como peligroso por pertenecer al sector más desfavorecido socioeconómicamente del barrio, como un “otro” intimidante. Las significaciones a las que antes remitíamos, que asocian esos espacios con miedos y sospechas, contribuyen así a reforzar las formas de violencia policial en esas zonas porque cuentan con una suerte de legitimidad social (Kessler y Dimarco, 2013).

Por supuesto que, a pesar de que estas prácticas de violencia institucional se orientan a reducir a los jóvenes a la condición de objetos, los sujetos que resultan víctimas de las mismas pueden responder o tomar posición frente a ello de diversas maneras que van desde la aceptación hasta el desafío de las mismas o bien su rechazo. Para ello, algunos recurren a un variado abanico de recursos, tácticas, respuestas o alternativas que funcionan en calidad de soportes a partir de los cuales se afirman como individuos a ser reconocidos y respetados.

Estos soportes son una serie de elementos de infraestructura individual sumamente plural –factores socioeconómicos; socioculturales; privados o íntimos; simbólicos o materiales; entre otros– que permiten que los individuos se erijan en el mundo de las formas más variadas posibles:

“[…] estuvimos ahí laburando, tuvimos que imponernos con fuerza, con vida, con herramientas, con todo lo que teníamos a nuestro alcance para que ese lugar se respete, porque esa pelea era contra la policía también. Pero había que utilizar diplomacia, organización, fue una pelea donde me costó mucho y no sé hasta dónde está resuelto, hoy mucho lo resuelvo con política” (Gonzalo, 25).

Gonzalo sostiene que, con sus pares, tuvo que poner en juego toda una serie de recursos para generar un espacio alejado de la violencia ejercida por la policía; en el cual afirmarse y emerger como sujetos frente a esas violencias. En este territorio estigmatizado, las negociaciones a las que nuestro entrevistado refiere pueden pensarse como mecanismos y estrategias de resolución de cuestiones sociales de quienes se encuentran en las intersecciones de las violencias estructurales, institucionales y situacionales.

Gonzalo y sus compañeros participan así de manera activa en la resolución de sus propios problemas, procurando “realizarse a sí mismo[s] en el seno de una variedad de ámbitos micro-morales o ‘comunidades’” (Rose, 1997: 37). Se trata del despliegue de diferentes herramientas, con distintos niveles de legitimidad, que buscan superar las condiciones de una democracia sin ciudadanía.[8]

Más allá de caracterizar el accionar policial ilegal y violento en términos estructurales, institucionales y situacionales, nos interesa destacar la mirada reflexiva y crítica que los entrevistados muestran ante estas circunstancias. Si bien este tipo de encuentros y sus tensiones son parte de la vida cotidiana de estos jóvenes, éstos aprenden a cuestionarlos y enfrentárseles.

Por un lado, en el caso de Charly el accionar policial se ve cuestionado más allá de su carácter asimétrico y esta revisión da lugar a la intervención de una red de apoyo ligada al club en el que su hermano juega al fútbol de manera profesional. Jonathan, por otro lado, prefiere manifestar que tiene antecedentes penales para que lo lleven directamente a la comisaría y no llevar el documento cuando circula por determinado barrio, para evitar que lo involucren en robos o causas armadas.

Según nuestras observaciones, algunos jóvenes entienden estas situaciones de violencia –donde se actualizan las violencias estructurales e institucionales– como injustas y son capaces no sólo de denunciarlas, sino de describir de manera detallada el modo en que de acuerdo con su perspectiva operan:

“A mí me agarraron y me querían hacer firmar un montón de papeles: ‘No, no voy a firmar’, ‘bueno, de acá no salís’, ‘yo lo firmo pero tengo que leerlo primero’. Si yo no sabía leer o entender o lo que decía, andá a saber lo que me hacían firmar. La policía te puede inventar cualquier cosa y después no salís más, fijate el caso Carreras” (Claudio, 22).

En el caso de Claudio, saber leer, conocer y manejar en cierta medida la terminología que suele ser muy técnica, da lugar a alguna forma de resistencia ante el embate de la policía. En su propio relato se evidencia que no hay opción: si no firma los documentos no sale. A pesar de ello, ser consciente de lo que está firmando aparece como un bastión de sí mismo: un modo de escapar a la violencia que busca reducirlo o neutralizarlo.

En consonancia con lo mencionado anteriormente, Juana interpreta estas violencias como modalidades de control y estigmatización social de las barriadas populares:

“Es como que te ponés a pensar que esto a los únicos que beneficia es a la gente de afuera, porque vos te quedás en tu casa, tenés miedo de salir de tu propia casa, porque se están cagando a los tiros constantemente y entonces no salís a ningún lado… En un sentido como, a ver, como un medio de control, ¿no?, como te decía la otra vez, falta un shopping, un supermercado y ponen un alambrado y listo, ‘quédense acá’. Y a lo mejor no pasa eso, pero pasan estas cosas. Y salió, por ejemplo, en el diario Crónica, que no lo puedo conseguir, del día martes o miércoles, salió un artículo con la muerte de este chico, diciendo que él pasó por ahí y se quedó en un tiroteo de bandas de la villa” (Juana, 20).

Juana evidencia en su relato la operatoria de “liberación de zonas” por parte de la policía y la reproducción de discursos sobre la supuesta peligrosidad en estos territorios por parte de los medios de comunicación. Las zonas pobres de la ciudad de Buenos Aires y los partidos del Conurbano han sido históricamente ámbitos diferenciados de las políticas de seguridad y de las prácticas policiales. Tradicionalmente, los modos en que las policías se relacionan con los vecinos de estos barrios y con estos territorios han implicado prácticas abusivas, tanto en el trato cotidiano como en los grandes operativos, y también por medio de la falta de respuesta frente a las denuncias o los pedidos de ayuda (CELS, 2013).

Pedro, por su parte, lo refleja mediante el binomio inclusión/exclusión. Desde su perspectiva, los habitantes de zonas marginalizadas están fuera de la sociedad sólo por habitar esos espacios:

“[…] ahí no hay inclusión social, hay expulsión social, a la gente de la villa los expulsan de la sociedad porque viven en una villa, no tiene sentido” (Pedro, 20).

Observamos que a pesar de que la violencia institucional se encuentra muy instalada en estos territorios y que los jóvenes conviven a diario con esta situación –tanto en los barrios como en las unidades penales–, este hecho no impide que muchos de ellos la reconozcan e identifiquen como ilegítima y busquen modos de resistirla o de desafiarla. Las experiencias de nuestros entrevistados nos reenvían desde lo estructural a lo individual y nos muestran de este modo que las pruebas que les impone la sociedad no son atravesadas de igual modo por todos ellos ni los determinan de manera inevitable.

La violencia instalada barrial o socioterritorialmente se desarrolla también en el espacio del encierro, pudiendo ser entendida la cárcel como un territorio de relegación urbana más (Auyero y Berti, 2013). Si consideramos que las poblaciones que pueblan los penales son en su mayoría varones jóvenes provenientes de las barriadas populares que describíamos, o bien, de asentamientos precarios no urbanizados sin acceso a los servicios básicos y con dificultades en la concreción de derechos humanos y sociales, podemos encontrar un correlato con las condiciones de vida de sus habitantes fuera y dentro de las unidades carcelarias del país (CELS, 2013; CELIV, 2014). Es decir, muchos de los jóvenes que no encuentran condiciones de acceso a servicios básicos, hacinamiento y violencia de las fuerzas de seguridad en el trato cotidiano en sus barrios encuentran condiciones similares de hacinamiento, violencia del servicio penitenciario, y dificultades en el acceso a servicios y derechos básicos durante el encierro.

De acuerdo con los relatos de los jóvenes y con variados estudios sobre el tema (MECyT, 2004; García, Vilanova, Del Castillo y Malagutti, 2007; Daroqui y López, 2012; CELS, 2013; Kessler y Dimarco, 2013), podemos sostener que el sistema penal reproduce condiciones de exclusión y marginación por el tipo de dispositivo que pone en juego.

Entendemos aquí que el hecho de que se trate de las mismas poblaciones no significa de manera necesaria que sean exclusivamente éstas las que delincan; sino que es posible que sean estos sectores sociales a los que se castiga, o bien, a los que se considera socialmente como criminales. Finalmente, encontramos cierta correlación entre la estigmatización de las poblaciones que habitan territorios de relegación urbana y el accionar policial en esos mismos ámbitos.

Perder la libertad

A partir del análisis de los relatos biográficos y de las entrevistas en profundidad de jóvenes de barriadas populares encontramos numerosas referencias a las marcas que la situación de privación de la libertad deja en sus trayectorias vitales. Charly identifica esta experiencia como lo peor que le sucedió en su vida, como una vivencia casi imposible de relatar:

“Estar privado de mi libertad fue… lo peor que me pasó en mi vida, lejos. […] Y a pesar de que yo, por el tema de junta o del ambiente donde estaba, sabía, más o menos, lo que era ese ambiente, pero una cosa es saberlo, que te cuenten y otra cosa es vivirlo. La libertad no la valorás hasta que no te la privan. Lo que más me cambió la vida fue estar privado de mi libertad tantos años. Yo pienso que hasta el último día de mi vida lo voy a recordar porque fue lo peor” (Charly, 26).

Charly expresa que el impacto de “la privación de la libertad” es una marca que va a arrastrar a lo largo de toda su trayectoria vital. En otros casos aparece como una vivencia que queda del lado de lo que debe ser negado u ocultado para lograr esquivar el estigma social:

“‘Vos ¿cuál fue tu último trabajo?’ Me dice. […] ‘Trabajaba en una fábrica de cemento’. ‘Ah’, me dijo, ‘¿adónde?’ ‘En Rawson’, le digo. ‘Ah, ¿y por qué te echaron?’, ‘No, lo que pasa es que tuve que venir acá, vine para acá, por eso dejé el trabajo’. Y sí, ¿qué le voy a decir? ¿Que estuve… [preso]? Imaginate que ni así me llamaron, imaginate si le decía eso” (Martín, 28).

Martín narra una vivencia que atraviesa durante un proceso de selección laboral: al referir a sus antecedentes de trabajo –por temor a ser rechazado– evita deliberadamente señalar que ese aprendizaje ha sido logrado en un contexto de privación de la libertad. Mariano relata también las dificultades que encuentra para conservar un puesto laboral cuando se hace público su paso por el sistema penal: “Yo perdí mi trabajo por tener antecedentes […]. Recién había empezado, no estuve ni dos meses creo […]” (Mariano, 27).

En todos estos relatos observamos cómo los entrevistados sienten que tienen que desplegar una serie de estrategias que niegan parte de sus trayectorias vitales, con la finalidad de construir así vínculos sociales de nueva índole. De acuerdo con sus propias interpretaciones, pareciera que las trayectorias penalizadas y las experiencias punitivas sólo abren camino al rechazo, la soledad y la marginalización. La experiencia de ser individuos se moldea en buena parte por la vivencia del reconocimiento o por la falta de éste. Si el entorno del individuo le brinda una imagen y percepción limitadas, erróneas y/o degradantes de sí mismo, su propia percepción se afecta. Esta demanda de reconocimiento puede buscar revaluar identidades injustamente desvalorizadas, como así también una redistribución socioeconómica más equitativa.

Más allá de estas cuestiones de supervivencia o la necesidad de reconocimiento social, resulta llamativo en las narrativas la omisión sistemática de palabras tales como encierro, prisión, cárcel y, en menor medida, preso, tan presentes en algunas de las grandes teorías de control social. Al referirse a esta experiencia, emergen de sus discursos variados conjuntos designacionales que conceptualizan la experiencia con el número de una comisaría o el nombre de un penal o la homologan a una caída [en desgracia]:

“Yo caí detenido el 16 de abril del 2007 y salí el 16 de marzo de 2011. Salí y estuve tres meses y volví a caer detenido“.[9] “Estuve dos meses detenido y volví a salir” (Charly, 26).

“Yo vine en el año 87, con mi familia, compré mi casita, trabajando. Y bueno… caí preso y bueno perdí todo” (José, 26).

Charly y José hablan de una caída. En un sentido muy similar, Miguel se refiere al regreso al penal después de haber conseguido y perdido la libertad condicional: “Y tenés que cuidarte de todo, tenés que cuidarte de todo, sabés que un resbalón…”[10] (Miguel, 30).

La frase podría seguir: “un resbalón y caés detenido de nuevo”, pero Miguel no la completa. Y es que la privación de la libertad parece ser vivida por la mayoría de nuestros entrevistados de este modo: como una suerte de detenimiento o pausa en la dimensión temporal de sus trayectorias vitales, un tiempo “entre paréntesis”. A pesar de los límites en los alcances de nuestra lectura no podemos evitar señalar que el modo en que relatan aquella experiencia resuena una y otra vez a una pérdida, a una caída, a una privación, a un silencio.

Además de una gran diversidad de reflexividades,[11] los entrevistados asocian estas vivencias con un abanico de sentimientos que van desde el dolor, la angustia y la nostalgia a la auto-conmiseración:

“Yo también sufrí un montón. Pero tenés que estar, viste, tenés que ponerte bien de acá y bueno, y darle para adelante, tranquilo, ponerte una meta… sí, una meta fija. Y saber viste de que… qué es lo que querés, porque si no estás… en el horno… te comen los gusanos. Antes de que te coman, viste… yo… qué se yo, mi punto de vista, ¿no?” (Martín, 28).

“Te comen los gusanos”: esta fuerte metáfora ilustra una de las interpretaciones que Martín hace de la cárcel y muestra su desesperación por lograr un cambio, una modificación en su trayectoria. En el espacio carcelario la violencia es mayormente retratada como un hecho cotidiano y constante:

“Las veces que estuve detenido, siempre fui maldito, porque, a veces, la cárcel te hace hacerte así. Porque tenés que ser arisco, malo, independiente, no le tenés que creer a nadie. Te saludan, te das vuelta y te sacan mano y si no te sacan mano, te dan una puñalada. Es todo una mentira, para mí fue siempre todo una mentira. […] Te tiran un plato de comida y te muelen vidrio para que te rompas todo por dentro. Y hay mucha maldad” (Charly, 26).

Charly expresa que tiene que ser de un modo particular allí, porque los vínculos con la institución y sus pares están cargados de violencia. “Estar detenido” es relatado no sólo como un desvío en la ruta de la vida, sino del individuo mismo, que tiene que emplear toda una serie de herramientas que no son consideradas legítimas por los propios individuos para lograr su supervivencia.

En otros relatos, la cárcel aparece vinculada también a una intensa nostalgia por la libertad perdida. Esta última pareciera emerger en las narrativas como una cualidad idealizada que alguna vez se tuvo, un atributo más que una posibilidad o un estado del ser:

“Yo antes de caer detenido capaz que pensaba que la libertad es un paredón que por más que te avances encima no te vas a caer” (Jonathan, 22).

A pesar de que en la mayoría de los testimonios la privación de la libertad es retratada como una experiencia sumamente desagradable, algunos entrevistados como Charly y Martín la colocan como origen de una nueva visión o valoración de la libertad:

“Recapacité mucho yo. Valoré muchas cosas que a lo mejor si estaba afuera no le daba importancia, y al estar detenido sí se la das. Cosas que pasaron, y yo estaba todo adentro, todo adentro: las fiestas, cumpleaños, día de la madre, del padre” (Charly, 26).

“Valorás un poquito más todo, o sea situaciones tan complejas que están al borde, que no sabés si… valorás, valorás mucho más un montón de cosas… Y las valorás, como lo que es, como la libertad. Antes parece que no, como que es algo… [como] libertinaje, no era libertad” (Martín, 28).

De este modo, a partir de las experiencias punitivas en cárceles la libertad para estos jóvenes adquiere un nuevo sentido. Resignificada en términos de pérdida, privación, caída, o detención en sus trayectorias vitales; marca un “antes y un después” en la mayoría de las biografías. Podemos pensarla como una prueba existencial para la cual la generalidad de los entrevistados no se sintió preparada, más allá de que una vez atravesada pudiera dar lugar a novedosos reposicionamientos.

Libertad condicional como una libertad a medias

De acuerdo con los relatos de los jóvenes, el paso por una institución penal condiciona, en buena medida, la trayectoria emprendida a partir de allí por un componente estigmatizante que visualizan como difícil de ser sobrellevado. El rechazo social y las limitaciones judiciales que viven quienes atravesaron esta situación obstaculiza o condiciona en numerosas ocasiones su capacidad de desenvolvimiento o inclusión en círculos de sociabilidad, trabajo o vivienda:

“La administradora sabe que estuve detenido, todo, no hay problema. En su momento había ciertas personas que no querían que yo viva ahí. Así que llegué a un arreglo… Si yo nunca robé nada ahí, así que, qué problema” (Mariano, 27).

“En todo sentido es distinto. O al lado de tu casa, qué piensan, o pasó algo, cualquier otra cosa, lo primero que se fijan es […] si la persona tiene antecedentes, es la realidad” (Miguel, 30).

Mientras que Mariano relata sus dificultades para sostener su permanencia en el departamento de su madre, Miguel comenta las dificultades que se le presentan cuando sucede algo en su barrio y él es el primero en ser culpado. A pesar de todos estos inconvenientes la libertad condicional sigue siendo algo mayormente deseado: “Yo duré tres años, ver cómo pasa el tren de la libertad, en eso que se montaban y se iban, y volvían en el mismo tren. Uh ‘¿cuándo viene el mío?’. Es así” (Jonathan, 22).

En el relato de Jonathan la libertad condicional es metaforizada con un tren, precisamente porque luego del tiempo “detenido” del encierro, pareciera ser que retoma la marcha de la vida. A pesar de la añoranza con que usualmente es referida, los jóvenes la describen como frágil y, por tanto, susceptible de ser perdida con facilidad. Tal como emerge en el relato de Pablo, la libertad condicional parece poseer una naturaleza eminentemente distinta de aquella libertad ideal u original que cree perdida e irrecuperable. La cárcel pareciera habilitar un desvío en la ruta vital de estos individuos, una bifurcación sin retorno:

“Antes pensabas que nunca ibas a estar en la calle y no pensabas que ibas a estar en la calle y ahora con el mínimo gesto… Y ahora sé que en cualquier momento puedo volver, ésa es la diferencia. No es la misma libertad…” (Miguel, 30).

Miguel identifica una “vulnerabilidad social y laboral” que según su postura atraviesan quienes se encuentran en la situación de libertad condicional o asistida. De este modo, entiende que en algún sentido la libertad recuperada no representa cambios sustanciales respecto de la situación de encierro:

“Yo el otro día tenía una discusión de tránsito, un tipo… encima que tenía razón, y me decía de todo y no, no podés… ¡una impotencia! […] Las personas que suelen estar privadas de la libertad están en un estado de vulnerabilidad tanto social como laboral. Para conseguir trabajo, los antecedentes […] estás hablando con una persona y sale el tema de eso, a los 5 minutos sale corriendo, hombre o mujer, es lo mismo” (Miguel, 30).

La vulnerabilidad de la que nos habla Miguel la entendemos aquí, precisamente, como vulnerabilidad punitiva. En tanto procesos sociales e individuales, estos procesos se colocan en las intersecciones que se generan entre las trayectorias individuales penalizadas; los vínculos e interacciones debilitados por el encierro y los contextos socioinstitucionales que hemos descripto. Estos contextos son el marco fundamental que ubica a estos jóvenes marginalizados en un continuum que los reenvía una y otra vez a situaciones de violencias.

La libertad condicional no tiene del todo el “gusto” a la libertad, porque los jóvenes que la experimentan ya están dentro de esta cadena de violencia continua. Es una libertad a medias, ya que los hace vivir con una sensación de peligro inminente, limitando sus posibilidades de decidir, actuar y vincularse con otros:

“En el caso nuestro, lo que sea, cualquier tipo de drogas, o si no la tenés vos, el que al lado tuyo, es lo mismo” (Miguel, 30).

“Una discusión, terminás a las piñas y no te pueden… te meten preso por eso […]. O sea, no es lo mismo en ese sentido, estás quedándote en el molde, digamos, agachando la cabeza, una forma de decir” (Mariano, 27).

En este sentido, nos preguntamos por la insistencia con la que desde algunas teorías se remarca el carácter binario –adentro/afuera– que caracterizaría a las instituciones totales (Goffman, 2009). A pesar de la innegable productividad de dichos análisis –sobre todo en miras a las interrogaciones y cuestionamientos que habilitan– no hemos encontrado en las entrevistas, relatos y grupos focales que dicha dimensión fuera tan relevante. Por el contrario, nuestras observaciones se han orientado más bien a comprender que el encierro se prolonga mucho más allá de la materialidad de los muros del penal. Pensar estas realidades a través del concepto de vulnerabilidades punitivas nos permite vislumbrar cómo es en realidad todo un sector de la población que resulta fuertemente negativizado y colocado afuera de lo social. Esta parte de la población circula continuamente en espacios de exclusión: el barrio, la cárcel y la libertad condicional o asistida.

La libertad a medias se encuentra entonces marcada por toda una serie de situaciones de violencia que lleva a que estos individuos arrastren a lo largo del resto de su trayectoria vital la condena que ya fue cumplida en el encierro. La vigilancia constante de la policía; el peligro de circular o de habitar ciertos espacios; la dificultad de encontrar trabajo y la posibilidad fantasmática de recaer en el penal aseguran el mantenimiento de ciertos sectores –jóvenes de barriadas populares frecuentemente vinculados a consumos de drogas ilegalizadas– en los márgenes sociales.

“No preguntan por mí”

Los testimonios de nuestros entrevistados también describen el modo en que estas experiencias de privación de la libertad han traspasado y marcado sus vínculos sociales y afectivos. Indudablemente, la característica principal del dispositivo carcelario es que quien ingresa a él es puesto aparte, es segregado del contacto social, para pasar a desarrollar su vida al interior de una institución que gestionará cada intercambio que establezca con el mundo interior y exterior. La persona encarcelada pierde la vida social que había conocido hasta entonces –su familia, su barrio, sus amigos–.

Muchas veces esta pérdida de contacto es también consecuencia directa de la ubicación del penal donde se encuentra la persona privada de su libertad, ya que en numerosas ocasiones se encuentra alejado del domicilio de la familia y a menudo ésta no cuenta con los recursos económicos para realizar las visitas –éstas implican un alto costo, considerando el traslado y el alojamiento, ya que realizar la visita puede demorar un día completo–.

Algunos de los relatos dan cuenta de cómo los jóvenes sufren por el padecimiento de sus familiares frente a su ausencia, ya que el apartamiento de uno de sus miembros implica tanto la pérdida de su presencia cotidiana en lo afectivo como en lo referido al aporte económico de quien ha sido encarcelado. Así, Charly relata cómo sus seres queridos vivían su ausencia frente a los acontecimientos familiares considerados importantes de los que no pudo formar parte:

“Y, mi hermano más chico fue papá, que es mi ahijada; mi hermana también fue mamá, que tengo dos ahijados que los conocí ahora cuando salí en libertad. Son chiquitos. Y yo… yo estaba detenido en todo ese transcurso. Cosas que pasaron: murió mi tío, murió un primo mío. Sabía que mi familia estaba mal. Nada, y yo estaba todo adentro, todo adentro: las fiestas, cumpleaños, día de la madre, del padre. […] Hablaba por teléfono con mi familia y me hacía mal escucharlos llorar, mal ellos porque me decían que no pudieron festejarlo como les hubiese gustado por cómo estaba yo. Para las fiestas también. Nada, estar con mi familia: mi mamá, mi papá, siempre, todas las fiestas paso con ellos y, bueno, de repente no pudo ser” (Charly, 26).

En algunos casos, los jóvenes sienten y experimentan que, a raíz de la pérdida de la libertad, también se pierden relaciones afectivas o familiares. Estas situaciones ponen, de manera definitiva, a prueba los vínculos:

“A mi hermana también, hablo de vez en cuando, así por whatsapp, ¿vio? Pero como ella no me busca mucho […] yo también estuve mucho tiempo preso, ni preguntaban por mí, nada. […] Cuando estás detenido te das más cuenta de quién es quién. Yo me di cuenta de que tengo poquita familia y no tengo ningún amigo” (Jonathan, 22).

Con respecto a las relaciones de pareja, la experiencia del encierro no sólo las obstaculiza, sino que genera gran cantidad de separaciones. La dificultad para concretar encuentros sexuales y la diferenciación creciente que se empieza a producir en las trayectorias vitales de las parejas hacen mella con lo que antes los unía. Sin embargo, otros casos como el de Charly toman un rumbo distinto: él relata que se enamoró y se puso de novio con su pareja estando “detenido”:

“Y caí detenido y fue ella, hicimos más contacto, nos derrochamos más amor cuando estuve detenido que cuando estuve en la calle. Y cuando volví a salir, nada… Me quedé con ella” (Charly, 26).

Todo este panorama respecto de los vínculos sociales y afectivos se complementa con una progresiva inserción en el mundo carcelario, que implica adopción de: lenguaje, códigos y nuevos modos de relación. Las nuevas relaciones dentro del penal no necesariamente funcionan a modo de sostén, sino que en muchos casos se desenvuelven con una modalidad violenta:

“Nunca conocí un amigo, nunca nada […]. Lamentablemente, es así, inocentemente si vos no te querés subir a un problema, pero no es que vos no te querés subir, a veces es como que te obligan o la situación misma te obliga porque sabés que hoy no te subís a ese problema y mañana cobrás el doble por no haberte subido a ese problema” (Charly, 26).

A la vez que este tiempo en pausa implica ruptura con lazos sociales, provoca desconexión con los acontecimientos y con los cambios sociales. Cuando salen del espacio de confinamiento, hay un contraste muy grande entre la sociedad que nuestros entrevistados recuerdan –las prácticas sociales, el aspecto del barrio– y aquélla con la que se encuentran:

“Yo después de haber salido, viste, a la semana me fui a bailar. Vino un amigo, un chico que trabaja, que es DJ, un chico que iba conmigo al colegio, a la nocturna, ¿no? Bueno me pasó a buscar con otro amigo, en coche, fuimos a buscar a otra chica a Flores, que estaba con un chico, otra. De repente había tres chicas, viste, y todas con teléfonos ultra… yo imagínate, no entendía nada. No entendía nada y qué voy a decir, ¿no? ‘Ay, no sabés tal cosa, uh, no lo busco en Internet’, en el teléfono, y yo estaba re perdido” (Martín, 28).

Por todo lo señalado anteriormente, el período de vida que se desarrolla dentro del penal es vivenciado como irrecuperable. El paso por la institución pareciera ser una bisagra entre dos temporalidades de ritmo marcadamente distinto. Cuando nuestros entrevistados están dentro de ella, el tiempo circula de forma pausada, pero cuando consiguen la tan deseada libertad condicional o asistida parece que el tiempo ha transcurrido de manera vertiginosa. La sensación que nos enuncian es que al salir todo y todos han cambiado mucho; mientras tanto ellos se perciben a sí mismos escasos de herramientas para “ponerse al día” y retomar la trama de lo social:

“Y todo el tiempo perdido, olvidate, eso no lo recuperás más. No sé, todo ese tiempo, imagínate que en un día pasan un montón de cosas, en 7 años o depende del tiempo que estás, imagínate todo lo que perdés […]” (Martín, 28).

“[Y cuando saliste, ¿cómo fue?] Y […] está todo cambiado. Hoy todavía veo cosas que están todas cambiadas, todas. Fue… fue lindo, fue hermoso, pero está difícil la situación” (Gonzalo, 25).

Consideramos aquí que los vínculos resultan una dimensión fundamental para el individuo. Pudiendo operar como soportes, permiten que se sostenga frente a los avatares y pruebas del mundo. La degradación o empobrecimiento de las relaciones afectivas no sólo afecta desde lo emocional a los individuos, sino que también pueden coartarles la posibilidad de acceder a servicios y lograr inserción laboral. En el actual contexto de nuestro país, en el que los mecanismos de inclusión sistemática no han alcanzado a todos los ciudadanos, las modalidades de integración sociocultural juegan un rol preponderante en la cohesión del individuo con la comunidad (Araujo y Martuccelli, 2012). Esto se evidencia en el relato de José, en el que las relaciones que ha logrado conservar luego de su paso por la cárcel se convierten en un motor esencial de cambio y deseo:

“Quiero cambiar, ayudar a mis hijas. Quiero el trabajo, es mi personalidad, punto. […] Hoy yo quiero trabajar, quiero cambiar, quiero hacer las cosas bien y bueno, es así, de esta manera. O por tus hijos o por alguien que vos querés en este momento, querés estar bien. O por ahí tenés una pareja, qué sé yo, querés cambiar, estar bien, salir a pasear, qué sé yo, invitarla a salir, o comprarte algo. Pienso, no, que… yo mi punto de vista es así” (José, 26).

De acuerdo a lo desarrollado, podríamos pensar que las experiencias de detención y privación de la libertad de los jóvenes constituyen uno de los elementos que hacen a los procesos de vulnerabilidad punitiva, en tanto erigen estigmas que dificultan u obstaculizan el desenvolvimiento social de estos individuos. Lo cierto es que las posibilidades de sostenimiento de estos jóvenes se van disipando de manera proporcional a la cantidad de tiempo en “detención”. Es decir, que si la experiencia de privación de la libertad genera cortes en los vínculos y roles de los jóvenes, y en general no provee de nuevos soportes ni recursos, cuanto más tiempo se prolongue el aislamiento social, mayores dificultades encontrarán para integrarse socialmente.

Los elementos que pueden facilitar la recuperación de vínculos y redes sociales son, por un lado, la escolarización y, por otro lado, la consecución de un trabajo. Para toda aquella persona privada de su libertad que no haya tenido posibilidad de acceso a la escolarización tradicional –como consecuencia de su condición de vulnerabilidad socioeconómica– la educación dentro del sistema penitenciario podría constituirse en una oportunidad. Sin embargo, a pesar de que el 60% de la población carcelaria se encuentra en condiciones de cursar el nivel medio sólo el 20% de las unidades tiene esta oferta educativa y la oferta de educación superior no universitaria o universitaria es muy escasa y se centraliza en pocas jurisdicciones (MECyT, 2004; García, Vilanova, Del Castillo y Malagutti, 2007). En este sentido, sólo uno de los entrevistados refirió haber atravesado una experiencia educativa dentro del penal en que se encontraba.

En cuanto a las posibilidades de inserción laboral, se produce en ocasiones una vulneración de la privacidad de la información al respecto de los antecedentes penales. Según palabras de nuestros entrevistados, la información circula con facilidad por Internet con sólo poner el número de DNI en el buscador web de Google. Esto dificulta en numerosos casos que consigan o sostengan trabajos formales o informales y les hace sentir que se trata de una etapa de sus vidas que deben mantener oculta. Y si a esto se le suma el requisito de presentar un certificado de “buena conducta”, la posibilidad de conseguir un trabajo fuera del circuito de ilegalidad se torna aún más difícil.

Además, muchos de los soportes con los que estos individuos aún cuentan son considerados por la ideología hegemónica como ilegales o desviados. Son conceptualizados como “malos” soportes o “soportes ilegítimos” y los individuos erigidos entre ellos son considerados incapaces de sostenerse por sí mismos –no son individuos económicamente independientes, capaces de obtener sus ingresos a partir de una actividad mercantil o salarial–, sino que son vistos como asistidos y dependientes (Martuccelli, 2006: 40).

Al revisar las biografías de nuestros entrevistados, nos hemos encontrado con que en realidad son individuos que se sostienen desde el “interior” en dosis mucho mayores que aquéllos que no han vivido experiencias similares, puesto que apoyándose en los recursos con los que cuentan, tienen que construirse una vida personal y soportar un gran peso de la existencia en el mundo. Incluso, sobreponerse a la discontinuidad de los vínculos y de los roles previos a esta experiencia y regresar a la vida de fuera del penal con las marcas de estas vivencias.

La cárcel no les provee otras formas de sostén alternativas o consideradas “legítimas”. Y si, en cierta medida, logran sobreponerse a esta prueba, esto no sucede a causa de las condiciones institucionales, ni por los dispositivos implementados, sino por el modo en que se posicionan y en que se articulan los soportes existentes respecto de estas experiencias.

Reflexiones finales

La acumulación de coacciones –policiales, judiciales y custodiales– sobre estos jóvenes, los vínculos que establecen y los contextos socioinstitucionales en los que habitan son dimensiones que aparecen reiteradamente en los relatos analizados. Desde nuestra perspectiva, generan un entramado que provoca marcas corporales, individuales y sociales. Son condiciones heterogéneas que surcan los procesos de individuación e interpelan y dan lugar a distintos posicionamientos o reposicionamientos subjetivos.

La relación con la policía es relatada mayormente como conflictiva. Emana como vínculo privilegiado para insertar a ciertos individuos en una cadena punitiva. Este tipo de relación social aparece asociada de modo especial a la franja etaria de la juventud y a la pertenencia o presencia de los individuos en contextos socioterritoriales marginalizados. Como ejemplos de esta problemática se destacan en los relatos las denuncias de algunos jóvenes sobre: la “liberación” de zonas dentro de sus barrios; el hostigamiento por parte de las fuerzas de seguridad; las detenciones y allanamientos ilegales y el “armado” de causas judiciales.

Ya dentro de la cadena punitiva, nuestros entrevistados describen la experiencia de la privación de la libertad como uno de los acontecimientos más significativos de sus vidas. Ésta puede comprenderse como un punto de viraje que provoca múltiples reflexividades: les permiten preguntarse a sí mismos acerca de los cambios a los que esta experiencia da lugar –el impacto que tiene en sus trayectorias vitales– a la vez que les posibilita revalorizar su pasado y rediseñar su futuro.

En los testimonios podemos ver también cómo algunos jóvenes reconocen distintos procesos de vulnerabilidad social y punitiva que son desencadenados por esta experiencia de privación de la libertad. Estas situaciones se desenvuelven tanto durante la permanencia en el penal como en los momentos de recuperación de la libertad en sus diversas formas –definitiva, condicional o asistida–.

Otros entrevistados no reconocen el carácter social de sus padecimientos, sino que reproducen una suerte de naturalización de los mismos. En estos casos, su inteligibilidad se orienta por una concepción del individuo en tanto gestor o emprendedor de sí mismo. Así, la experiencia de privación de la libertad y sus efectos en la sociabilidad del individuo son significados como consecuencias de una responsabilidad concerniente al ámbito privado e individual.

Aquellos entrevistados que logran enmarcar estas violencias en contextos institucionales y sociales mayores las identifican como ilegítimas y buscan modos de resistirlas o de desafiarlas. Aquéllos que no logran visualizar el carácter común que poseen estas situaciones perciben el acoso policial como algo habitual por haber nacido o haberse criado en esos barrios; por ser menores de edad o jóvenes y por consumir drogas ilegalizadas.

Nuestros entrevistados dan cuenta en sus relatos de un abanico de políticas de seguridad punitivas intrincadas en los consumos de drogas ilegalizadas. La tenencia de estas sustancias es señalada como posible origen de un proceso judicial y del ingreso de estos jóvenes al sistema penal. Aparecen como un elemento frecuentemente utilizado para el despliegue de amenazas, coacciones y abusos de poder, sobre todo para los jóvenes que tienen antecedentes penales.

Además de las dimensiones desarrolladas, las vulnerabilidades también se expresan en aspectos afectivos; trayectorias educativas; posibilidad de acceso a servicios, y en las probabilidades de lograr una adecuada inserción laboral. El encierro condiciona a los individuos a una suerte de discontinuidad en sus vínculos afectivos, roles y relaciones sociales que antes los sostenían. Esto se intensifica en las situaciones donde las visitas se encuentran obstaculizadas o interrumpidas, por lo que se asegura así un profundo corte que aísla y despoja al individuo de los papeles que ha desempeñado en el pasado.

Este deterioro en la sociabilidad se complementa con una franca reducción de las posibilidades de acceso a un trabajo, por lo que la capacidad de sostén económico de estos individuos se diluye de manera proporcional a la cantidad de tiempo en el mundo del penal.

La libertad se vuelve así un espejismo; un atributo idealizado y perdido a causa de una caída, una detención del tiempo vital. La nueva situación de libertad condicional o asistida es caracterizada por una continua inestabilidad y fragilidad. La posibilidad permanente de recaer en el penal y la escasez de oportunidades se suman a la “ilegalidad” de ciertos soportes con los que estos individuos cuentan. Ésta es la prueba existencial que los jóvenes provenientes de barrios populares atraviesan “como pueden”.

Este panorama nos sensibiliza ante la encrucijada en la que se hallan estos jóvenes: se encuentran frente a diversos desafíos estructurales y requerimientos sociales contrapuestos. Las vulnerabilidades punitivas suelen prolongar sus marcas en las trayectorias individuales. Estas poblaciones sobre las que recaen quedan estigmatizadas y sostienen su existencia con los soportes que logran rearmar o reconstruir. Es decir, estas experiencias parecen conducirlos a cuestionar y resignificar los soportes que los individuos tenían y que, en muchos casos, se han visto deteriorados o profundizados en su falta de legitimidad social. Ante esta nueva interpretación de los soportes, los individuos se sobreponen con grandes dificultades y esfuerzos a los procesos de vulnerabilidad. En este sentido, la superación de las pruebas existenciales –cuando éstas ocurren– resultan fruto de los vínculos y reflexividades que estos jóvenes consiguen con los escasos aportes del Estado y a costa del gran sufrimiento de familiares y seres queridos.

El horizonte lleno de tensión que hemos descripto puede llevarnos a interpelar de manera crítica el lugar del Estado y de las políticas e intervenciones destinadas a estos grupos tanto desde lo punitivo como también en materia de salud y cuidados y en relación al acceso de los jóvenes a derechos.

Anexo: Perfiles de los entrevistados

Tabla capítulo 7

Bibliografía

Araujo, K. y Martuccelli, D. (2012). Desafíos comunes. Retrato de La sociedad chilena y sus individuos (Tomo I). Santiago de Chile: LOM Ediciones.

Auyero, J. y Berti, M. F. (2013). Violencia en los márgenes. Una maestra y un sociólogo en el conurbano bonaerense. Buenos Aires: Katz Editores.

Ayres, J. R. M. C.; França Júnior, I.; Junqueira Calazans, G. y Saletti Filho, H. C. (2008). El concepto de vulnerabilidad y las prácticas de salud: nuevas perspectivas y desafíos. En Czeresnia, D. y Machado de Freitas, C. (Orgs.). Promoción de la salud. Conceptos, reflexiones y tendencias. Buenos Aires: Lugar.

Basaglia, F. y Basaglia Ongaro, F. (1971). La mayoría marginada. La ideología del control social. Barcelona: Laia.

Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia (2014). Delito, marginalidad y desempeño institucional en la Argentina: Resultado de la encuesta a presos condenados. Buenos Aires: UNTREF.

Centro de Estudios Legales y Sociales (2003). Situación de niños, niñas y adolescentes privados de libertad en la Provincia de Buenos Aires. Informe 2003. Buenos Aires: U.B.A. – CELS.

Centro de Estudios Legales y Sociales (2013). Derechos Humanos en Argentina. Informe 2013. Buenos Aires: Siglo XXI.

Castoriadis, C. (1997). El avance de la insignificancia. Buenos Aires: Eudeba.

Corda, R. (2011). Encarcelamientos por delitos relacionados con estupefacientes en Argentina. Buenos Aires: Intercambios Asociación Civil – FSOC/UBA.

Daroqui, A. y López, A. L. (2012). La cadena punitiva: actores, discursos y prácticas enlazadas. En Daroqui, A.; López A. L. y García, R. F. C. (Coords.). Sujeto de castigos. Hacia una sociología de la penalidad juvenil. Rosario: Homo Sapiens.

Delor, F. y Hubert, M. (2000). Revisiting the concept of “vulnerability”. Social Science & Medicine, 50 (11), pp. 1557-1570.

Denzin, N. K. (1989). Interpretive Biography. Newbury Park: Sage.

Di Leo, P. F. (2008). Subjetivación, violencias y climas sociales escolares. Un análisis de sus vinculaciones con experiencias de promoción de la salud en escuelas medias públicas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. (Tesis de doctorado no publicada). Buenos Aires: Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

Di Leo, P. F. (2013). Cuerpos, Vulnerabilidades y reconocimiento: las violencias en las experiencias y sociabilidades juveniles. En Di Leo, P. F. y Camarotti, A. C. (Eds.). “Quiero escribir mi historia”. Vidas de jóvenes en barrios populares. Buenos Aires: Biblos.

Duarte Quapper, K. (2005). Violencias en jóvenes como expresión de las violencias sociales. Intuiciones para la práctica política con investigación social. Pasos, 120, pp. 1-20.

García, M. B.; Vilanova, S.; Del Castillo, E. y Malagutti, A. (2007). Educación de Jóvenes y Adultos en contextos de encierro. Una experiencia de extensión universitaria en la escuela de un penal. Revista Iberoamericana de Educación, 44 (1), pp. 1-9.

Goffman, E. (2009). Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales. Buenos Aires: Amorrortu.

Guemureman, S.; Jorolinsky, K.; López, A. L. y Pasin, J. (2010). Los jóvenes en la Provincia de Buenos Aires: de más demonizados a más castigados (Cuadernos de Estudios sobre Sistema Penal y Derechos Humanos). Buenos Aires: Instituto de Investigaciones Gino Germani. Recuperado de http://goo.gl/PPYrkl.

Giddens, A. (1990) The Consequences of Modernity. Cambridge: Polity.

Giddens, A. (2003) La constitución de la sociedad. Bases para la teoría de la estructuración. Buenos Aires: Amorrortu.

Kessler, D. y Dimarco, S. (2013). Jóvenes, policía y estigmatización territorial en la periferia de Buenos Aires. Espacio Abierto, 22 (2), pp. 221-243.

Leclerc-Olive, M. (2009). Temporalidades de la experiencia: las biografías y sus acontecimientos. Iberofórum. Revista de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana, 8, pp. 1-39.

Martuccelli, D. (2006). Lecciones de Sociología del Individuo. Lima: Pontificia Universidad Católica de Perú.

Martuccelli, D. (2007). Gramáticas del individuo. Buenos Aires: Losada.

Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación (2004). Problemas significativos que afectan la educación en establecimientos penitenciarios. Buenos Aires: MECTN.

Rose, N. (1997). El gobierno de las democracias liberales “avanzadas”: del liberalismo al neoliberalismo. Archipiélago. Cuaderno de crítica de la cultura, 29, pp. 25-40.

Pinheiro, P. S. (2002). La Efectividad de la ley y los Desfavorecidos en América Latina. En Méndez, J. E.; O´Donell, G. y Pinheiro, P. S. (Comps.). La (in)efectividad de la ley y la Exclusión Social en América Latina. Buenos Aires: Paidós.


  1. En investigaciones posteriores se tratará de indagar las heterogeneidades que la dimensión de género plantea para las experiencias que aquí nos interesan.
  2. Entendemos identidad como aquello que, por un lado, asegura la permanencia de un individuo en el tiempo y, por otro lado, reenvía a un conjunto de perfiles sociales y culturales, históricamente cambiantes, propios de un colectivo social (Martuccelli, 2006: 47).
  3. Este concepto y sus dimensiones son presentados en la Introducción del presente libro.
  4. Término nativo que implica adjudicar la tenencia o posesión de drogas dando falso testimonio.
  5. Término propio de la jerga policial para referirse al control físico de una persona.
  6. Este nombre en particular es el que recibe la delegación policial de cada jurisdicción departamental cuyas celdas deben estar exclusivamente acondicionadas para la reclusión de niñas y niños.
  7. Afirma Cornelius Castoriadis (1997: 158-159) que toda sociedad crea su propio mundo de significaciones. Éstas estructuran las representaciones del mundo en general, designan las finalidades de las acciones, imponen legitimidad y establecen los tipos de afecto característicos de una sociedad.
  8. “[…] Pese a que las garantías fundamentales se encuentran bien definidas en la mayoría de las constituciones democráticas, el ejercicio de una ciudadanía plena es prácticamente inexistente para la mayoría de la población. Estas sociedades, basadas en la exclusión –en términos de derechos civiles y sociales–, podrían ser consideradas ‘democracias sin ciudadanía’” (Pinheiro, 2002: 16).
  9. Resaltado propio. Este modo de nominar el paso por la cárcel da lugar a la construcción de una de las proposiciones emergentes que utilizamos en este estudio.
  10. Resaltado propio. Terminología de los entrevistados que alude también a la proposición emergente anteriormente mencionada.
  11. Entendemos por reflexividades a la capacidad de los sujetos de volcarse sobre las propias acciones, sus condiciones y sus efectos, de manera tal de dar lugar a autorregulaciones y monitoreos de las mismas. Se incluyen aquí dimensiones conscientes, prácticas e inconscientes (Giddens, 1990; 2003; Di Leo, 2008).


Deja un comentario