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5 “Entre nosotros nos cuidamos siempre”: consumos de drogas y prácticas de cuidado en espacios
recreativos nocturnos

Martín Güelman

Introducción

En los últimos años, diversas investigaciones en Argentina llevadas a cabo por nuestro equipo del Instituto de Investigaciones Gino Germani identificaron que el consumo de drogas (legales e ilegalizadas)[1] tiene una importancia significativa entre los fenómenos percibidos como crecientemente problemáticos por los jóvenes en sus espacios de sociabilidad.[2] Los estudios cuantitativos y cualitativos realizados mostraron que para los jóvenes el fenómeno resulta aún más crítico cuando tiene lugar en sus espacios recreativos nocturnos (fundamentalmente bares y boliches) (Kornblit, 2004; Di Leo, 2009; Mendes Diz et al., 2010; Kornblit, 2010; Di Leo y Camarotti, 2013). A pesar de la multiplicación de investigaciones y reflexiones alrededor de los conceptos de vulnerabilidad y cuidado, desarrolladas durante los últimos años en el campo de las ciencias sociales de la salud, aún existe una vacancia de estudios en los que se articulen estas dos categorías para abordar las experiencias de jóvenes en relación a los consumos de drogas.

La investigación cuyos resultados principales recoge el presente capítulo tuvo como propósitos cubrir esta vacancia y aportar insumos que permitan optimizar la planificación sanitaria desde un enfoque de promoción de la salud y formular políticas públicas integrales orientadas hacia los jóvenes.[3] Con esta finalidad, el objetivo general que guió la indagación fue analizar los procesos de vulnerabilidad y las prácticas de cuidado asociados a los consumos problemáticos de drogas[4] en grupos de jóvenes de entre 18 y 25 años que asisten a espacios de sociabilidad nocturnos de barrios vulnerabilizados y de sectores medios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Para ello, en el marco de un estudio cualitativo, desarrollamos siete grupos focales (GF) con grupos preexistentes de amigos. No seleccionamos exclusivamente a jóvenes que se definieran como usuarios de drogas, dado que procuramos captar la heterogeneidad de prácticas y experiencias que tienen lugar en espacios de sociabilidad nocturnos. La decisión de incluir en la muestra a jóvenes que no hubieran experimentado (o no experimenten habitualmente) con sustancias se basó en que los mismos también podían resultar informantes claves de las prácticas de consumo que se desarrollan en los espacios recreativos nocturnos a los que asisten, así como de las estrategias de cuidado que despliegan otros grupos juveniles en la prevención y reducción de las consecuencias negativas del consumo problemático.[5]

La estrategia metodológica se reveló apropiada para responder a los objetivos de la investigación, ya que, como afirma Betina Freidin (2014), los GF crean situaciones de interacción social particularmente fértiles para:

“[…] indagar cómo las personas en sus redes de interacción y círculos […] optan por diferentes prácticas de cuidado, por aceptar algunas y cuestionar otras, las limitaciones que enfrentan, y los significados que otorgan a sus decisiones […] [su] confianza en distintas modalidades de cuidado, las tensiones que pueden presentarse en la vida cotidiana entre la disciplina del cuidado y el placer/disfrute/relajación, y sus percepciones diferenciales de riesgo y vulnerabilidad […]” (Freidin, 2014: 7-8).

En relación al contexto conceptual, empleamos la categoría de procesos de vulnerabilidad porque permite interrelacionar las dimensiones individual, vincular y socioinstitucional o programática. La articulación de las tres dimensiones en un esquema analítico permite visualizar que la vulnerabilidad no se adquiere de una vez y para siempre, al tiempo que se encuentra abierta a todos los grupos socioeconómicos. De este modo, y a diferencia del enfoque clásico enraizado en la noción de grupo de riesgo, el paradigma basado en el concepto de procesos de vulnerabilidad permite trabajar con poblaciones históricamente excluidas de la investigación e intervención sanitaria –como son los jóvenes de sectores medios, uno de los grupos sociales que conformó el universo de estudio de esta investigación– en relación a temáticas como las infecciones de transmisión sexual, el embarazo adolescente y los usos problemáticos de drogas. Mientras que para el enfoque clásico éstos no podrían incluirse dentro de un grupo de riesgo, el paradigma en que nos situamos nos habilita a indagar sus procesos de vulnerabilidad en tanto el devenir de sus trayectorias biográficas los enfrenta a giros existenciales que introducen transformaciones en sus prácticas y en sus niveles de exposición a los riesgos (Delor y Hubert, 2000; Ayres et al. 2008).[6]

Caracterización de las experiencias recreativas y las prácticas de consumo de drogas de los jóvenes que participaron de la investigación[7]

En este apartado, presentamos una caracterización de los jóvenes que participaron de los siete GF, haciendo hincapié en aquellas dimensiones que permiten comprender más cabalmente sus procesos de vulnerabilidad y sus prácticas de cuidado asociados a los consumos de drogas en espacios recreativos nocturnos.[8] A este respecto, damos cuenta de la edad de los integrantes de los GF; el tipo de barrio en que residen; los tipos de espacios de sociabilidad a los que asisten y la frecuencia con que lo hacen; y las prácticas de consumo de drogas. Asimismo, realizamos una somera descripción de la historia de conformación del grupo de amigos.

Los jóvenes que integraron el primer GF tenían al momento de participar entre 21 y 24 años y residían en distintos barrios de clase media de la zona oeste de la CABA. Sus integrantes se conocieron durante los recitales de una banda de rock de la que eran seguidores. A partir de ello, comenzaron a compartir salidas recreativas nocturnas, tanto los fines de semana como en días de semana, con una frecuencia de entre dos y cuatro veces por semana.[9] Los jóvenes afirmaron que si bien los seis suelen estar presentes en las salidas, a éstas asiste habitualmente un número mayor que, en ocasiones, alcanza las veinte personas. Los espacios de sociabilidad nocturnos a los que concurren son bares y espacios culturales en barrios no vulnerabilizados, con preferencia por aquéllos en los que se presenten en vivos grupos de rock. Las bebidas alcohólicas y la marihuana fueron significados como ingredientes infaltables de sus salidas nocturnas (Mendes Diz et al. 2010). Por otra parte, refirieron consumir de manera esporádica ácido lisérgico (LSD). A diferencia del alcohol y la marihuana, cuyo uso consideran un hábito, el LSD no es consumido por estos jóvenes al interior de los espacios recreativos nocturnos, ya que entienden que estos ámbitos podrían potenciar los efectos negativos de esta sustancia; efectos asociados, en lo fundamental, a su carácter alucinógeno. El uso de LSD reviste para ellos un carácter celebratorio y suelen utilizarlo fuera de su cotidianeidad temporal (vacaciones, fines de semana, año nuevo) y geográfica (en zonas alejadas de los grandes centros urbanos).

Los seis integrantes del grupo 2 (G2) tenían 20 años y se conocieron en el colegio secundario privado donde estudiaron. Todos residen en barrios de sectores medios y medio-altos de la CABA. Con una frecuencia quincenal, sus salidas nocturnas consisten en reuniones en casas, asistencia a salones de bowling o al cine o cenas en restaurantes, siempre en barrios no vulnerabilizados. Dos de las cuatro jóvenes que participaron expresaron que algunos años atrás “iban a bailar las dos solas a boliches pero ya se aburrieron”. Las drogas ilegalizadas no forman parte de las experiencias de los integrantes de este grupo, mientras que la ingesta de bebidas alcohólicas suele tener lugar en circunstancias especiales como el festejo de cumpleaños de algún amigo o bien durante períodos vacacionales en los que no se encuentran en sus hogares.

El G3 fue conformado por cuatro jóvenes de entre 22 y 25 años que residen en barrios de sectores medios de la CABA. Sus integrantes se conocieron en el profesorado de artes visuales donde estudian. Sus prácticas de consumo de drogas son similares a las de los jóvenes del G1 (uso frecuente de marihuana y bebidas alcohólicas durante sus salidas nocturnas y experimentación ocasional con LSD y otras sustancias alucinógenas). En lo que respecta a sus experiencias recreativas nocturnas, estos jóvenes optan por asistir a espacios culturales con diversas performances artísticas (música acústica, poesía recitada, representaciones teatrales, etc.).

El G4 fue el único cuyos integrantes no residían en la CABA sino en un barrio de sectores medios-bajos de la zona sur del Gran Buenos Aires. Pese a ello, formaron parte de la muestra porque, al momento de participar de la investigación, asistían con una frecuencia al menos mensual a distinto tipo de espacios recreativos de barrios no vulnerabilizados de la CABA, especialmente bares en los que los estilos de música predominantes son el rock y el rocanrol [o rock barrial], y, con menos asiduidad, a boliches de concurrencia masiva. Sus integrantes, de entre 21 y 22 años, se conocieron en el colegio secundario. Estos jóvenes presentan prácticas de consumo de drogas similares a las de los G1 y G3.

Los tres jóvenes del G5 residen en barrios no vulnerabilizados y asisten exclusivamente, y con una frecuencia quincenal, a fiestas electrónicas que suelen desarrollarse en boliches situados en barrios de esa misma condición. Los tres integrantes tenían 25 años al momento de llevar a cabo el GF. El grupo que comparte las salidas nocturnas está compuesto por esas tres personas (dos de las cuales son pareja) y por la novia de uno de ellos que tenía previsto participar del GF, pero no pudo hacerlo. El consumo de drogas presenta en las experiencias recreativas nocturnas de estos jóvenes una centralidad significativa. A diferencia de otros grupos con patrones más diversificados, los integrantes del G5 afirmaron que lo único que consumen en las fiestas son drogas de diseño o de síntesis (especialmente MDMA o pastillas de éxtasis y metanfetaminas).

El G6 fue conformado por jóvenes de entre 18 y 22 años que manifestaron “conocerse del barrio”. Los seis participantes residían en una villa de la CABA. A diferencia de los otros grupos, los jóvenes del G6 señalaron que rara vez los seis compartían una salida nocturna. Si bien expresaron que esporádicamente asistían a bares y boliches tanto en barrios vulnerabilizados como no vulnerabilizados de la CABA, las experiencias recreativas que les resultan más atractivas son las “jodas” [fiestas] en casas de amigos, familiares o conocidos dentro de la villa, así como los cumpleaños de 15 (de mujeres) y de 18 años (de varones y de mujeres). Al igual que para los jóvenes del G2, las drogas ilegalizadas no constituyen un elemento de sus experiencias de sociabilidad, con excepción de uno de ellos, quien afirmó consumir marihuana “muy cada tanto”. Los integrantes del G6 manifestaron consumir bebidas alcohólicas con una frecuencia mayor a la que pudimos relevar entre los participantes del G2, aunque también en dosis bajas y con una connotación celebratoria.

Finalmente, el G7 fue integrado por seis jóvenes de entre 18 y 23 años residentes en otra villa de la CABA. La conformación del grupo de amigos se remonta a la participación conjunta en una serie de actividades de voluntariado coordinadas por una organización política con presencia en la villa. Asimismo, algunos integrantes fueron compañeros en el bachillerato popular que cursaron en el mismo barrio, organizado por dicha agrupación. A partir de ello, comenzaron a salir juntos a “bailantas” [boliches en los que los estilos de música predominantes son la cumbia y el cuarteto] en barrios vulnerabilizados y “jodas” en casas dentro de la propia villa. En menor medida, afirmaron concurrir a boliches en barrios no vulnerabilizados de la CABA. Estos jóvenes dieron cuenta de prácticas de consumos de drogas más intensivas, asiduas y heterogéneas que las del resto de los grupos. Entre las sustancias que consumen en sus salidas nocturnas se encuentran la marihuana, el LSD, la cocaína y las bebidas alcohólicas (combinadas en ocasiones con psicofármacos). A diferencia de otros grupos en los que la sustancia que marcaba la frontera de hasta donde se podía llegar era la cocaína, para estos jóvenes el límite es la pasta base/paco.

Con excepción del G7, los grupos fueron excluyendo de su seno a quienes eran considerados más “fisura”, es decir, quienes presentaban un consumo de drogas marcadamente más intensivo que el del resto de los integrantes del grupo (durante las salidas nocturnas, en actividades diurnas del grupo y, en ocasiones, hasta en solitario). De esta manera, los grupos fueron logrando una cierta homogeneidad, en lo que a prácticas de consumo refiere, que a su vez aseguró un cierto margen de previsibilidad en el tipo de estrategias de cuidado a desplegar.

Vulnerabilidad diferencial del consumo excesivo de drogas en diversos ámbitos recreativos

A través del relato de sus propias experiencias, los jóvenes que participaron de la investigación –con independencia del tipo de barrio en que residieran y en que se encontraran los espacios de sociabilidad a los que asisten– sostuvieron que el consumo excesivo de drogas en las salidas nocturnas aumenta la vulnerabilidad frente a un cúmulo de situaciones negativas. Sin embargo, la vulnerabilidad que se deriva de este consumo resulta diferencial según el ámbito en que el mismo se produzca. A este respecto, fue establecida una distinción taxativa entre los riesgos del consumo problemático en casas y en espacios recreativos nocturnos, en general, y en boliches, en particular. Los hogares (propios, de amigos, de conocidos) brindan siempre una mayor seguridad, dado que la ocurrencia de un consumo problemático en estos ámbitos reviste menor gravedad que en un bar o boliche. Ello se debe a que existe la posibilidad de quedarse a dormir allí; nadie debe encargarse de llevarlos hasta su casa o procurar que arriben sin inconvenientes; y se libran de la posibilidad de ser víctimas de situaciones de violencia, robos o hurtos. La vulnerabilidad, que para los jóvenes resulta inherente al uso excesivo de drogas, se incrementa en forma significativa cuando tiene lugar en espacios recreativos nocturnos de concurrencia masiva tales como boliches y cierto tipo de bares. En virtud de ello, cuando asisten a estos lugares procuran moderar el consumo.

Entre las múltiples situaciones negativas a las que los expone el uso problemático de drogas en los espacios de sociabilidad mencionados, los jóvenes –especialmente los que asisten a bares y boliches en barrios vulnerabilizados– dan cuenta, en primer lugar, del aumento en las posibilidades de ser agredidos o verse implicados en situaciones de violencia. En segundo lugar, la vulnerabilidad se agrava sensiblemente dado que, con frecuencia, las personas que se encuentran inconscientes o dormidas como consecuencia de un consumo excesivo son retiradas del lugar por empleados de seguridad de estos espacios –en particular boliches–, quienes buscan, así, desligar de responsabilidad a la institución. Esta situación atenta contra las posibilidades de que los integrantes del grupo con quienes dicha persona compartía la salida nocturna acudan en su ayuda, o bien, retarda la atención que pudiera recibir. Por último, una problemática referida exclusivamente por mujeres fue el acoso o abuso sexual. Algunas participantes explicaron que, en ocasiones, este es perpetrado por varones que, al constatar que se encuentran padeciendo efectos adversos del consumo problemático, se ofrecen a ayudarlas, pero no persiguen un interés genuino. Ante la posibilidad de ocurrencia de estos hechos, algunas de las mujeres que participaron de los GF manifestaron sentirse más protegidas cuando el grupo con el que comparten la salida nocturna está integrado también por varones.

La existencia (o no) de enfermerías al interior de los boliches dio lugar, durante la realización del cuarto GF, a una discusión que trascendió las fronteras estrictas del tópico y permitió reconstruir las significaciones de los jóvenes acerca de una de las principales preguntas-problema de la investigación: qué se considera una situación de emergencia en un espacio recreativo nocturno. Para Cristian, muchos boliches, y en particular los de la CABA, tienen enfermerías que reciben a quienes requieren atención médica. Sin negar su existencia, Leandro afirma que muchas veces las enfermerías no son utilizadas, o bien, la posibilidad de recibir atención se encuentra fuertemente condicionada por la voluntad de brindar asistencia de quienes se encuentran a cargo de las mismas. Por su parte, Uriel considera que cuando se encuentran activas solo atienden casos de emergencia “como cuando alguien se rompe la cabeza” (en sentido traumatológico y no en el sentido figurado que podría asociarse al consumo excesivo de drogas) o “se corta [de forma involuntaria] con un vaso de vidrio”. Las consecuencias directas del consumo de drogas (náuseas, vómitos, mareos, bajones de presión, coma alcohólico, pérdida de conciencia, etc.) no parecen constituir para estos jóvenes ni para los participantes de la mayoría de los grupos situaciones de emergencia del mismo tenor que los golpes o lastimaduras (que en ocasiones pueden ser efectos indirectos del consumo de sustancias). De las significaciones de los jóvenes residentes en barrios vulnerabilizados con prácticas intensivas de consumo de cocaína y de bebidas alcohólicas combinadas con psicofármacos se desprende una mayor preocupación por los potenciales efectos de éstas sobre “la vida” (problemas familiares y de pareja, pérdida de un empleo, etc.) y las posibles situaciones de violencia o los conflictos con las fuerzas de seguridad asociados a la tenencia y uso de drogas que por los daños a la salud física que estas sustancias pudieran acarrear.

A partir de la consideración de la vulnerabilidad diferencial según el ámbito en que tenga lugar el consumo problemático, algunos grupos expresaron que, a la hora de definir sus salidas nocturnas, buscan espacios recreativos que puedan equipararse a casas, lugares en los que se sientan protegidos o cuidados y les resulten “amigables”. En estos lugares, los jóvenes se sienten más “amigos que clientes”. Para ellos, los dueños, responsables y empleados de estos lugares no tratan a las personas que allí asisten (y menos a ellos que lo hacen asiduamente) de la forma en que se trata a los concurrentes de los boliches; lugares donde la única lógica que imperaría es la mercantil. En contraposición, entienden que los propietarios de los espacios a los que asisten con frecuencia no son “mercenarios, tipos a los que no les importa nada, que ni se preocupan si uno está muy mal”. La posibilidad de contar con la ayuda de estas personas ante cualquier problema que se suscite en dichos lugares (incluyendo, lógicamente, los relacionados con el consumo de drogas), como parte de una estrategia deliberada, hace que los jóvenes del G1 se definan a sí mismos como “borrachos inteligentes”.[10]

Los jóvenes que asisten frecuentemente a fiestas electrónicas afirman sentirse menos vulnerables y más protegidos en lo que denominan “fechas” que en eventos masivos. Mientras que las “masivas”, que tienen en “Creamfields” su representación más acabada, son fiestas que albergan múltiples estilos de música electrónica y cuentan con carpas en las que se presentan una gran cantidad de DJs (disc jockeys), las “fechas” son eventos a los que concurren pocas personas en las que predomina un subgénero musical y en las que toca un único (o unos pocos) DJ. Las fiestas masivas no son para estos jóvenes lugares amigables en virtud de que a ellas asiste una gran cantidad de público que no forma parte de “la movida” y cuyos intereses para concurrir carecerían de legitimidad: únicamente para drogarse; porque está de moda; para robar y/o para generar situaciones de violencia. Las características que fueron asumiendo las fiestas masivas los forzaron a ser más selectivos priorizando la concurrencia a aquellos lugares donde “conocen a todo el mundo” y en los que se vivencia un espíritu más comunitario (Camarotti, 2014).

La incorporación de prácticas de cuidado

Sin excepción, los jóvenes que participaron del estudio señalaron que, con el paso del tiempo, fueron adquiriendo más y mejores herramientas para prevenir el consumo problemático de drogas, o bien, para atenuar sus consecuencias negativas cuando se produce. Pese a que no lo expresaron con estos términos, los jóvenes sienten que han ido logrando una expertise en relación a una multiplicidad de aspectos asociados a las salidas nocturnas. Tal como señala Eduardo Menéndez (2003), los recursos y conocimientos que los sujetos y grupos sociales van adquiriendo y desarrollando dan lugar a diversos modelos de atención, los cuales no sólo refieren a actividades de tipo biomédico, sino a todas aquellas prácticas orientadas a prevenir, dar tratamiento, controlar, mitigar las consecuencias negativas y/o curar un padecimiento determinado.

Las referencias a las distintas esferas que abarca este proceso de adquisición y perfeccionamiento de herramientas resulta inescindible, en los relatos de los jóvenes, de la marcación de una brecha generacional de carácter dual.

Primeramente, conciben que su capacidad de percibir situaciones potenciales de vulnerabilidad vinculadas al consumo excesivo de drogas en sus salidas nocturnas, y de desarrollar prácticas de cuidado orientadas a prevenir o mitigar sus efectos negativos, en nada se asemeja a la de su adolescencia. Por el contrario, sienten que en la actualidad se encuentran en una etapa en la que la inexperiencia que vivenciaban algunos años antes ha quedado definitivamente superada.

En segundo lugar, de manera unánime los participantes establecen otra brecha generacional al señalar que la madurez con que se “manejan” y las prácticas de cuidado que fueron aprendiendo e incorporando con el paso del tiempo no se observan en adolescentes y jóvenes de los que los separan unos pocos años. Mientras que algunos postulan que estas personas hacen lo que ellos hacían a esa edad y ahora dejaron de hacer, otros sostienen que “los pibes están ahora más fisura”. A diferencia de lo que ocurría en “su época” –a la que aluden en términos nostálgicos– estos sujetos consumirían dosis mayores y, en virtud de ello, enfrentarían consecuencias más graves para su salud. Cabe destacar que este tipo de reflexiones conviven, paradójicamente, con la crítica que realizan a aquellos discursos adultocéntricos que estigmatizan las prácticas juveniles de sociabilidad por considerarlas “riesgosas y descontroladas”.

Los jóvenes dan cuenta de una mayor capacidad para identificar con claridad cuánto alcohol pueden consumir sin “quebrar”, es decir, cuál es su límite y tolerancia. Sin embargo, algunos participantes relativizan esta habilidad al afirmar que con el correr de los años no sólo adquirieron la capacidad de percibir con claridad el límite a partir del cual la ingesta de drogas deviene excesiva, sino que su organismo fue alcanzando una mayor resistencia, lo que les permite consumir cantidades mayores sin “quedar hechos pelota”. El desarrollo de esta expertise no sólo se relacionaría con un aprendizaje, sino también con una maduración o con el hastío o aburrimiento respecto del tipo de salidas nocturnas que realizaban hace algunos años y las prácticas de consumo que tenían lugar en el marco de ellas. De esta forma, resaltan que “consumo excesivo” y “disfrute” fueron convirtiéndose en antónimos con el paso del tiempo. Aquellos jóvenes que suelen concurrir a los espacios recreativos nocturnos (y retornar a sus hogares) conduciendo sus propios automóviles señalaron que el conocimiento de este límite deviene fundamental al funcionar como estrategia de prevención de accidentes de tránsito. En términos generales y sin distinción según el tipo de barrio en que residieran y en que se encontraran los espacios de sociabilidad a los que asisten, los participantes refirieron que el siniestro vial es el mayor riesgo que presenta el consumo de sustancias en salidas nocturnas.

El logro paulatino de esta expertise refiere tanto a la percepción de situaciones potenciales de vulnerabilidad como a la incorporación de prácticas de cuidado. Con independencia del tipo de sustancias consumidas y de la frecuencia de uso, la totalidad de los jóvenes afirmó haber desarrollado nuevas prácticas de cuidado y haber perfeccionado prácticas preexistentes con el correr de los años y la acumulación de salidas nocturnas. El consenso que se vislumbra respecto de ello se desvanece al introducir en el análisis la manera en la que se produjo. A este respecto, identificamos tres modalidades centrales: a) el aprendizaje sobre las prácticas de cuidado se adquiere individualmente y detenta un fuerte carácter intuitivo; b) el conocimiento es transmitido tanto teórica como prácticamente por personas de mayor edad con las que se comparte el consumo;[11] c) la incorporación es el resultado de la búsqueda activa de información.

Tal como mencionábamos, los grupos fueron excluyendo de su seno a los más “fisura”, aquéllos que llevaban a cabo prácticas de consumo cuya intensidad y frecuencia resultaban significativamente mayores –y por tanto discordantes– a las del resto de los integrantes del grupo. Esta paulatina exclusión les garantizó que la provisión de cuidados no siempre se dirigiera hacia la misma persona y asumiera un carácter recíproco (“todos cuidan a todos”). No obstante, debe aclararse que en algunos grupos determinados integrantes cumplen habitualmente la función de “cuidadores”, ayudando, acompañando y procurando que no surjan problemas –asociados, en particular, con el consumo problemático de drogas y las violencias– durante las salidas nocturnas o bien, liderando las estrategias de cuidado orientadas a mitigar sus consecuencias. En términos generales, quienes cumplen la función de cuidadores son aquéllos de mayor edad o experiencia en salidas recreativas dentro del grupo, quienes tienen la responsabilidad de llevar al resto de los integrantes a sus casas, ya sea manejando un vehículo o acompañándolos en algún transporte público y/o los que más se rescatan, es decir, quienes presentan los niveles más bajos de consumo de drogas (tanto en cantidad de dosis como en frecuencia).[12]

Entre las prácticas de cuidado incorporadas por los jóvenes cabe destacar las siguientes: alimentarse adecuadamente antes de consumir marihuana o alcohol; no consumir drogas si uno se encuentra atravesando problemas emocionales o afectivos;[13] colocar de costado a quien consumió alcohol en forma abusiva para evitar que se ahogue con su propio vómito; y tomar o darle mucha agua a quien consumió alcohol en exceso y salir/sacarlo al exterior. Una práctica orientada a mitigar los efectos negativos del consumo de drogas que resulta más extrema que las mencionadas y que fue referida únicamente por los jóvenes que afirmaron consumir cocaína con frecuencia y residen en barrios vulnerabilizados fue la de cortarle los dedos a quien se encuentra cursando los efectos de una sobredosis de dicha sustancia para que le circule la sangre y no sufra un paro cardiorrespiratorio. El despliegue de esta práctica puede entenderse como una consecuencia de la lógica de la sospecha o desconfianza de los usuarios intensivos de drogas ilegalizadas respecto de las instituciones de salud. Esta desconfianza redunda, en múltiples ocasiones, en el desarrollo de prácticas o sistemas de cuidado o curación individuales o implementadas por terceros (Epele, 2007).

El despliegue de prácticas de cuidado hacia el otro es vivenciado por los jóvenes como una “cuestión de códigos”, algo que se sabe que se debe hacer, aun cuando no se haya conversado expresamente sobre el tema. Los jóvenes señalan que el cuidado del otro es un mandato para quienes integran el grupo de amigos, una práctica que es significada desde la retórica de la “lealtad”. “No dejar nunca a un amigo tirado” [librar a su suerte a quien enfrenta las consecuencias negativas de un consumo problemático de drogas] forma parte de un “contrato” esencial para el grupo de amigos, cuya transgresión supone una amenaza a su continuidad. Si bien los jóvenes que residen en barrios vulnerabilizados y presentan un uso de drogas que, en términos generales, resulta más intensivo que el del resto de los grupos, comparten que nunca se debe “dejar a un amigo tirado”, sostienen que cada persona es responsable de automoderarse en el consumo; instar a otro integrante del grupo de amigos a “dejar de tomar” (alcohol o cocaína, fundamentalmente) es visto como una intromisión indebida en su autonomía.

Moderador: […] para el tema del consumo, del alcohol y las drogas, ¿qué te puede decir para…?

Jerónimo: Ahí te diría que es un poco difícil para que le diga, porque uno ya sabe lo que hace, si somos todos grandes, uno ya sabe lo que hace. Él [señala a Darío] no me va a decir: “Jerónimo, dejá de tomar merca [cocaína], porque te va a hacer mal”. “¿Qué te metés en mi vida?”

Mauricio: Ya saben que hace mal.

Nicolás: Nadie te va venir a decir: “Dejá de tomar merca porque te hace mal”.

Mauricio: Ya sabemos eso.

Moderador: Ni siquiera si te ven muy mal…

Nicolás: Vos estás re duro [por la cocaína] y ¿qué le vas a decir? No les vas a dar ni bola.

Moderador: ¿Pero a vos [dirigiéndose a Nicolás] te caería mal que viniera él [Darío] y te dijera: “che, dejá de tomar…”?

Nicolás: En ese momento sí.

Jerónimo: Porque le estás cortando el mambo [interrumpiendo sus prácticas recreativas], “déjame de romper las pelotas”. Hasta te podés pelear [con la persona que te lo dijo].

Nicolás: Claro, “amigo, ¿qué me venís a decir que deje de tomar merca?”

Mauricio: Sí, yo ya sé lo que tengo que hacer.

No obstante, esta atribución resulta legítima cuando se observa a dicha persona consumir aquella sustancia que, como mencionábamos, funciona como “límite” para estos jóvenes: la pasta base/paco.

Nicolás: Yo los veo paqueando [fumando pasta base/paco] [a mis amigos], los cago a pedos. “¿Qué estás haciendo, amigo?”. La [pasta] base [/paco] ni en pedo.

Jerónimo: Un par de cachetazos, te rescataste.

Aquellos jóvenes que asisten con frecuencia a fiestas electrónicas señalan que el cuidado y la contención del otro no se restringe a los integrantes del grupo de amigos sino que puede extenderse a otros concurrentes de las mismas a los que se reconoce de eventos anteriores o bien se los identifica como parte de la “movida electrónica” por rasgos y actitudes difícilmente perceptibles para “el que no es del palo” [no pertenece a la movida electrónica].

“[…] nos pasa seguido. Hay gente que se da cuenta que sos del palo. Entonces por ahí, qué sé yo, te ven parado en un costado porque realmente te cansás, por más que… en el estado en que estés te cansás de bailar y se te acercan y te dicen: ‘Che, ¿estás bien?’ Es como que se genera un clima lindo por decirlo de alguna manera” (Lisandro, G5).

Los jóvenes que conformaron el G5 dan cuenta del desarrollo de un repertorio más diversificado y complejo de prácticas de cuidado que el del resto de los grupos. No obstante, entienden que el proceso que desarrollaron no es un atributo particular del grupo de amigos, sino que forma parte del acervo de quienes pertenecen a la “movida electrónica” y, en particular, de los que consumen drogas sintéticas o de diseño.

“A diferencia de otras drogas [ilegalizadas], el que toma éxtasis de forma consciente sabe lo que está tomando, porque toma éxtasis y no consume otras cosas y aparte también, como sabe que es una droga de diseño, va a recopilar información. […] Es por prevención” (Gustavo, G5).

En adición a dos prácticas incorporadas también por otros grupos (alimentarse adecuadamente antes de consumir drogas y no consumirlas si uno se encuentra atravesando problemas emocionales o afectivos), los jóvenes del G5 dieron cuenta de dos que, pese a haber sido mencionadas en los otros GF, adquieren aquí implicancias distintas: beber mucha agua al consumir drogas sintéticas (por el riesgo de deshidratación que éstas conllevan) y salir al exterior si uno se encuentra “malviajando”,[14] o sacar del “quilombo” [llevar a un lugar menos ruidoso y con menor concentración de personas] a quien se halle atravesando esta situación.

En términos generales, los grupos señalaron que las prácticas de cuidado responden a la improvisación, a la “prueba y error” y a líneas de acción guiadas por el sentido común. Por otra parte, señalaron que, en general, no existe una estructura de roles u organigrama para la resolución de conflictos, sino que la asunción de cada tarea responde a las particularidades que impongan las circunstancias: “Se improvisa sobre la marcha. Gracias a Dios siempre improvisamos bien” (Antonella, G1).

A diferencia del resto de los grupos, los jóvenes que asisten frecuentemente a fiestas electrónicas (G5) exhiben un discurso de previsión total. Las principales acciones que, sumadas a las mencionadas, conforman una estrategia celosamente planificada en la que los imponderables parecen no tener lugar son las siguientes: no consumir drogas sintéticas conjuntamente con alcohol porque, como mencionamos, ello puede provocar deshidratación; distribuir a lo largo de la noche las dosis y establecer horarios límite para el consumo, aun cuando queden pastillas disponibles; procurar que quienes comparten la salida nocturna consuman la misma variedad de éxtasis para que a todos les “pegue” de igual forma [les haga el mismo efecto]; ingerir fármacos que actúen como protectores gástricos antes de usar drogas sintéticas; conocer con claridad la variedad y la composición química del tipo de droga sintética que se va a ingerir.

La distribución de las dosis a consumir a lo largo de las fiestas y el establecimiento de horarios tope con el fin de no ingerir más dosis de las necesarias exigió, según los jóvenes, el desarrollo de una habilidad previa: el conocimiento del tiempo que las “rolas” [pastillas de éxtasis] tardan en “subir” o hacer efecto. Al comienzo, al desconocer ese lapso, podían llegar a tomar una segunda pastilla antes de que la primera hubiera hecho efecto. Ello acarreaba consecuencias negativas, porque luego “subían las dos juntas” lo que incrementaba los riesgos en forma innecesaria. Este conocimiento se alcanzó a través de la prueba y error, de la consulta a personas que ya habían experimentado con las sustancias y de la búsqueda de información en páginas web especializadas.

Asimismo, como parte de las estrategias de cuidado que conforman lo que dimos en llamar previsión total, los jóvenes que asisten a fiestas electrónicas afirmaron que no consumen una droga de diseño sin antes saber cuál es su composición química. La posibilidad de comprar pastillas a un dealer del que no tienen referencia, o bien, dentro de las propias fiestas electrónicas (aun si se agotaron las dosis que llevaban y tienen voluntad de consumir más) está absolutamente vedada. Esta regla inquebrantable adquiere mayor relevancia ante la constatación de que en la actualidad “hay mucha porquería dando vuelta”, fruto de la masificación de la “movida electrónica”. La creciente demanda de drogas sintéticas habría generado un aumento en la oferta y en las modalidades de adulteración de drogas. Aprovechando la homogeneidad de las pastillas en su aspecto exterior, los vendedores entregan fármacos en lugar de sustancias psicoactivas o las adulteran con componentes altamente nocivos para la salud. La constatación de este fenómeno constituye el argumento central de este grupo no solo para no comprar drogas a vendedores desconocidos o en las propias fiestas, sino también para llevar adelante estrategias que permitan conocer la composición química de las drogas. La voluntad de conocer los componentes químicos de las sustancias antes de consumirlas dio lugar al desarrollo de una práctica preventiva sin parangón con el resto de las estrategias de cuidado relevadas durante la investigación: la aplicación del “Test de Marquis” (Plotkin, 2000).

“[El Test de Marquis] es un test que se vende, lo vende un usuario [de drogas de diseño], es un reactivo en el que vos tomás una muestra de la pastilla que compraste y te fijás cómo reacciona, mayormente te podés dar cuenta qué [componentes] tiene, qué no tiene […]” (Gustavo, G5).

Cuando no pueden acceder a un “Test de Marquis” o bien cuando éste arroja resultados indeterminados, recurren a las experiencias de usuarios relatadas en sitios de Internet y blogs especializados en la temática en los que es posible acceder a reviews: relatos de los propios consumidores sobre sus experiencias con determinada droga sintética, en una dinámica similar a la que presentan los sitios sobre cine que incorporan críticas y reseñas del público.[15]

Reflexiones finales

El análisis de las experiencias de los jóvenes en espacios recreativos nocturnos, relatadas en los siete GF, permitió dar cuenta de una significativa heterogeneidad en lo que respecta al uso de drogas. A través de un abordaje comparativo entre jóvenes que asisten a espacios de sociabilidad nocturnos en barrios vulnerabilizados y de sectores medios de la CABA, encontramos que las prácticas de consumo de drogas no son patrimonio exclusivo de un sector social ni se restringen a espacios recreativos localizados en uno u otro tipo de barrio. Asimismo, a partir de los datos construidos tampoco resulta posible sostener que los niveles de consumo resulten mayores entre los jóvenes que residen en un tipo de barrio determinado o pertenecen a cierto sector socioeconómico.

Pese a que presentamos por separado los procesos de vulnerabilidad y las prácticas de cuidado que los jóvenes fueron incorporando, esta distinción no reviste un carácter empírico, sino meramente heurístico. En otras palabras, la percepción (individual o grupal) de la vulnerabilidad respecto de los potenciales efectos negativos asociados al uso de drogas resulta indisociable de las prácticas orientadas a prevenir o mitigar estas consecuencias. Los jóvenes dieron cuenta del consumo de drogas como un elemento interviniente en un proceso de vulnerabilidad del que lógicamente dependen muchos otros factores: el estado emocional; las personas con las que uno se encuentra; el grado de información con que uno cuenta acerca de las sustancias, sus efectos y la forma de prevenir o atenuar sus consecuencias negativas; el lugar en el que se encuentra; y la posibilidad de contar con un adulto que les brinde confianza y los ayude a evacuar dudas específicas, entre otros.

A los fines de profundizar las temáticas abordadas en este trabajo, creemos que resultaría provechoso emprender futuras líneas de investigación en las que se indaguen otras prácticas de cuidado que los jóvenes despliegan frente al consumo problemático de sustancias. Por otra parte, la comprensión cabal de estos fenómenos requiere entender que, para los jóvenes, el grupo de amigos resulta un lugar protector y constituye el ámbito primario de resolución de problemas asociados al uso de drogas. Esto resulta ilustrativo de que ciertas formas de cuidado no institucionalizadas detentan mayor relevancia para resolver este tipo de problemas que otras instancias que se consideran “último recurso” (fundamentalmente los centros de salud y los padres).[16]

Entre las barreras subjetivas de acceso a los centros de salud, es decir, los factores que explican la renuencia de los jóvenes a solicitar atención en éstos ante los problemas asociados al consumo de drogas y la consecuente adopción, en ocasiones, de prácticas de cuidado individuales o grupales alternativas al sistema de salud, revisten una importancia de primer orden el temor al estigma y la lógica de la sospecha o desconfianza respecto de las instituciones estatales. Esta desconfianza está basada, habitualmente, en experiencias propias de maltrato recibido de parte de los profesionales de la salud cuando referían haber consumido drogas ilegalizadas (Epele, 2007; Albuquerque et al., 2013; Jorge et al., 2013; Ramírez, 2015).

En contraposición, los jóvenes valorizan aquellas instituciones que funcionan como espacios de escucha, ámbitos amigables en los que los profesionales no estigmatizan sus prácticas (incluyendo, lógicamente, los consumos de drogas) ni intervienen desde la sanción moral (Dirección Nacional de Salud Mental y Adicciones – Ministerio de Salud de la Nación, 2012).

En lo que respecta a los padres, los referenciales negativos con que éstos suelen concebir el consumo de drogas ilegalizadas[17] –nutridos de la representaciones de los medios masivos de comunicación, cuyo tratamiento de la temática en ocasiones parece procurar la instauración de un pánico moral– y la consecuente vergüenza o temor por parte de los jóvenes de “confesarles” esta práctica lleva a que éstos no sean considerados proveedores de cuidado ante la ocurrencia de complicaciones asociadas al uso de sustancias. Esto es visto como un problema, ya que implica no contar con el apoyo y la contención que pudieran brindarles. Buena parte de los integrantes de los GF señalaron que sus padres, socializados en una época más “restrictiva y autoritaria”, detentan una visión homogénea de las distintas drogas, por lo que no pueden distinguir entre sustancias con mayor o menor peligrosidad, toxicidad y potencial adictivo ni establecer un gradiente de consumos que advierta las diferencias entre uso, abuso y dependencia a una sustancia (Camarotti y Güelman, 2013). Por el contrario, los hermanos mayores fueron señalados como figuras centrales frente a las que se siente menor incomodidad, por lo que constituyen soportes (Martuccelli, 2006) fundamentales para la resolución de este tipo de problemáticas.

Anexo: Composición de los grupos focales

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Bibliografía

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Fecha de consulta: 11/08/2015.

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Simmel, G. (2002). Cuestiones fundamentales de sociología. Barcelona: Gedisa.


  1. Empleamos el término drogas ilegalizadas, porque permite dar cuenta del carácter histórico, social y contingente por el cual la producción, la comercialización y el consumo de ciertas sustancias han sido considerados prácticas delictivas. El vocablo permite romper con la idea según la cual el estatus legal es una condición inherente a las sustancias.
  2. Siguiendo a Georg Simmel (2002), entendemos por espacios de sociabilidad a aquéllos en los que se despliega una forma autónoma (desligada de motivaciones que excedan al momento sociable como tal) o lúdica de socialización. A los fines de allanar la exposición, utilizamos como sinónimos los términos espacios de sociabilidad y espacios recreativos.
  3. La investigación fue realizada con el apoyo de la Comisión Nacional Salud Investiga del Ministerio de Salud de la Nación a través del programa de becas “Ramón Carrillo-Arturo Oñativia”.
  4. En el presente trabajo utilizamos el término drogas para referir tanto a las sustancias legales (fundamentalmente bebidas alcohólicas y psicofármacos) como a las ilegalizadas.
  5. En este capítulo, utilizamos como sinónimos las categorías consumo problemático y consumo excesivo. Para definir un uso problemático o excesivo no empleamos un criterio basado, por ejemplo, en el volumen de alcohol o la cantidad de dosis de drogas ilegalizadas consumidos en un período de tiempo determinado (Dirección Nacional de Salud Mental y Adicciones – Ministerio de Salud de la Nación, 2012), sino que nos centramos en los episodios en los que los propios jóvenes entienden que “tomaron de más” o “se la pusieron en la pera”.
  6. Para un mayor desarrollo de las categorías de procesos de vulnerabilidad y cuidado, ver Introducción del libro.
  7. En el Anexo presentamos un cuadro que resume la información contenida en esta caracterización.
  8. Cuando aludimos, en este capítulo, a prácticas de cuidado es siempre en referencia a aquellas estrategias dirigidas a prevenir o minimizar las consecuencias negativas asociadas al uso de drogas.
  9. Quienes asisten con regularidad durante la semana son aquéllos cuyas obligaciones laborales y/o educativas comienzan después del mediodía.
  10. El término borrachos fue empleado para referirse a su condición de consumidores ocasionales de bebidas alcohólicas en instancias de sociabilidad. El vocablo no fue utilizado con un cariz peyorativo ni procuró designar a quienes detentan un consumo problemático de alcohol.
  11. La transmisión práctica se produce cuando los jóvenes observan cómo las personas con las que comparten el consumo (generalmente, de mayor edad) actúan en pos de la resolución de complicaciones derivadas de éste (Epele, 2007). Esta modalidad de incorporación de prácticas de cuidado fue referida exclusivamente por los jóvenes que afirmaron inhalar frecuentemente cocaína.
  12. No nos resulta posible determinar si los que cumplen el rol de cuidadores lo hacen porque son los que habitualmente más se rescatan, o bien son los que más se rescatan porque saben que deben desempeñar dicho rol.
  13. Esta práctica sólo fue mencionada por los jóvenes residentes en barrios de sectores medios y medios-altos.
  14. El mal viaje es definido como una situación negativa que puede sobrevenir luego del consumo de drogas sintéticas que se produce cuando “[…] no tenés ganas de estar ahí, […] no querés bailar […] [y] [la música que] estás escuchando […] no te parece linda […]” (Lisandro, G5).
  15. Si bien los integrantes del G5 no fueron los únicos que refirieron recurrir a Internet para buscar información sobre los efectos negativos de ciertas sustancias y sobre estrategias de cuidado para prevenirlos o mitigarlos, las implicancias que esta práctica asume para los jóvenes que asisten a fiestas electrónicas no pueden equiparse a las del resto de los participantes.
  16. Menéndez (2003) señala que el autocuidado –que no sólo involucra las prácticas que los sujetos desarrollan sobre sí mismos, sino también las que los grupos de pares ejercen sobre sus miembros– es la forma de atención más frecuente de los padecimientos y suele ser la “[…] primera actividad que el microgrupo realiza respecto de los padeceres detectados […]” (p. 201).
  17. La estigmatización de las drogas ilegalizadas y de quienes las consumen, conjuntamente con el establecimiento de una asociación inquebrantable entre consumo y adicción, o bien entre consumo y delito, conspira contra las posibilidades de establecer un diálogo franco entre los jóvenes y sus padres, ante el temor de los primeros de ser incomprendidos, tratados como “drogadictos” o ante la voluntad de los padres de avanzar hacia una internación compulsiva en una comunidad terapéutica, atribuyéndole al problema una gravedad que para los jóvenes no tiene.


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