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4 Experiencias comunitarias de cuidado
y diversión en circuitos de
música electrónica

Ana Clara Camarotti

Introducción

El presente trabajo recupera los resultados de la investigación de doctorado Prácticas, discursos y nuevos espacios de sociabilidad en torno al consumo de éxtasis de jóvenes de sectores medios de la Ciudad de Buenos Aires. En la misma se analizan los procesos de individuación de un grupo de jóvenes de sectores medios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), a partir de las relaciones que se establecen entre nuevas formas de consumo de drogas de síntesis, las experiencias de diversión nocturna, los espacios de sociabilidad y las prácticas de cuidado que incorporan.

Nuestro trabajo se llevó a cabo en un tipo de espacio urbano recreativo particular asociado a la música, el baile social, la diversión, los consumos distinguidos; atravesado por una fuerte influencia global. Los jóvenes del estudio mostraron un interés particular en los encuentros nocturnos que llevan a cabo con sus pares en estos escenarios, caracterizados por la música electrónica, al experimentarlos como lugares que propician situaciones y relaciones sociales diferentes a las que cotidianamente ocurren en la sociedad. Es decir, de sus relatos surge una marcada diferenciación que mencionan a partir de las categorías dicotómicas adentro y afuera de estos eventos, en donde la categoría adentro, que tiene su correlato en la idea de comunidad, expresa un sentimiento altamente positivo porque los hace sentirse ligados a los otros, lo que no experimentan en otros ámbitos de sus vidas.

El presente capítulo busca analizar por qué en la actualidad estos jóvenes buscan replegarse junto a otros en comunidades de “similares” o comunidades de la mismidad –es decir, con aquellos jóvenes con los que comparten un gusto estético y que además comparten una misma posición social– y entender en qué medida este encuentro es facilitado por el consumo de éxtasis, así como también, comprender cómo conciben las categorías de comunidad, vínculo social y prácticas de cuidado.

Para tal fin realizamos observaciones participantes en los lugares de diversión nocturna más característicos del circuito y 20 entrevistas semiestructuradas, 9 a mujeres y 11 a hombres jóvenes, cuyas edades rondaban entre los 23 y los 35 años. En todos los casos, eran asiduos participantes de la movida electrónica en la CABA. Tanto en la determinación de la muestra como en el análisis del corpus construido seguimos los lineamientos de la teoría fundamentada, utilizando como herramienta auxiliar el programa informático Atlas.ti.

Caracterización de la escena electrónica y
consumo de éxtasis

En la CABA, los escenarios nocturnos que componen lo que podría denominarse la movida electrónica o la cultura dance presentan algunas características similares a lo que ocurrió en países de Europa, mientras que otros mantuvieron particularidades locales. Según expresaron los jóvenes entrevistados la novedad que introdujo esta forma de diversión en nuestro país fue que se habilitaron escenarios de diversión no conocidos hasta el momento. Como elementos centrales podemos mencionar, por un lado, las fiestas multitudinarias o raves, realizadas por lo general al aire libre en grandes espacios, continuadas en los after hours o fiestas de día –comienzan a las 8.00 hs. de la mañana y terminan a las 15.00 hs. del día domingo–, que suponen una innovación temporal crucial para el concepto de fiesta o de escenario de diversión nocturno. Algunas veces puede ocurrir que el after se extienda hasta el anochecer, convirtiendo este circuito de diversión en un continuum noche-día. En algunas oportunidades, estos eventos se extienden durante más de un día. Por otro lado, estas escenas estuvieron acompañadas por la invención y aparición de la música electrónica y del consumo de una sustancia novedosa para sus participantes, como fue el éxtasis.

De los relatos de los entrevistados surge que los primeros en consumir dichas sustancias fueron grupos minoritarios, jóvenes que viajaban al exterior, circunscriptos a círculos elitistas, que buscaban experimentar y explorar a partir de las drogas de síntesis, pero cuando los circuitos de fiestas electrónicas fueron creciendo y masificándose, las pastillas de éxtasis se convirtieron en un elemento característico y distintivo de estos escenarios, en tanto les ofrece ventajas instrumentales a quienes las consumen: mantenerse despiertos, bailar durante largas horas, divertirse, entrar en estados diferentes, sentirse bien consigo mismos.

Asimismo, el uso de éxtasis en grupos cada vez más ampliados y las escasas situaciones problemáticas asociadas a este tipo de consumo evidenciaron que el uso de drogas también podía ser controlado y compatible con el mantenimiento de los vínculos sociales, el trabajo y el estudio. El uso social o recreativo de drogas por parte de estos jóvenes no debe ser entendido en términos de trasgresión, sino como un intento de adaptación a un estilo de vida juvenil. Los significados en torno al consumo de éxtasis que manifestaron los entrevistados de la muestra estuvieron relacionados con las exigencias que las fiestas electrónicas proponen. En síntesis, podemos decir que para este grupo de jóvenes que participan de la escena dance porteña, el uso de drogas es una práctica cada vez más esperable y menos reflexiva. En los últimos años, el menú psicoactivo ofrecido en estos escenarios se diversificó y se comenzó a observar una progresiva pérdida de estos espacios recreativos nocturnos como lugares inclusivos y tolerantes a las diferencias, sin embargo, continúan brindando a sus concurrentes la sensación de seguridad y de no discriminación.

El uso de éxtasis da visibilidad y masividad a la categoría de consumo recreativo o social de drogas como una práctica de jóvenes de sectores medios y medios-altos. Así, el consumo de drogas puede dejar de ser pensado como propio de colectivos marginales, lo que permite romper con la asociación droga-juventud-delito. De todos modos, entendemos que la aparente heterogeneidad que presentan grupos de sectores socioeconómicos diferentes en el consumo de drogas oculta similitudes: búsquedas de placer, emoción, desrutinización y ruptura con la cotidianeidad presentes en la mayoría de las experiencias, al menos iniciales, de los consumidores de diferentes sectores socioeconómicos.

Lo que aparece como una característica particular de estos jóvenes son los modos que encuentran para asumir la menor cantidad de riesgos posibles en sus consumos de drogas. Los jóvenes entrevistados entienden que los consumos de drogas presentan mayores riesgos que otras prácticas, pero que no ponen en riesgo su salud. Para estos grupos, el consumo de drogas no es producto de la falta de percepción del riesgo o de la falta de información, sino de la presencia de otros códigos construidos en oposición a los aceptados por la mayoría. De todos modos, se muestran “atentos” a no asumir más riesgos que los necesarios.

Cómo viven los jóvenes la comunidad en la modernidad tardía

En la búsqueda para responder a la pregunta de por qué estos jóvenes relacionan sus encuentros con otros jóvenes en fiestas multitudinarias como una vuelta a la comunidad, consideramos oportuno comenzar rastreando cómo definían ellos mismos dicho concepto. Al indagar sobre este aspecto, surgió que la comunidad era para ellos una manera de recomponer los vínculos cercanos con los otros, donde se priorizan las relaciones cara a cara, el estar juntos, la confianza. En este sentido, la armonía de los vínculos sociales y la fuerte valoración de la solidaridad se tornan elementos claves imprescindibles para poder disfrutar de estos eventos que rompen con lo rutinario (denominados por los entrevistados como extraordinarios). Asimismo, son estas características las que les hacen sentir que están escapándose del tedio y de la rutina que impregna lo cotidiano y construyendo otras formas de relacionarse de modo más próximo, a través de vínculos más estrechos y cálidos, difíciles de encontrar en la sociedad actual.

Según los entrevistados, la comunidad se basa en el entendimiento y en la buena convivencia, lo que concuerda con lo que expresa Zygmunt Bauman (2003), quien asevera que para que existan este tipo de encuentros comunitarios debe haber un sentimiento recíproco y vinculante que haga que la gente se mantenga esencialmente unida a pesar de todos los factores de separación que también se hallan presentes. De todos modos, los contenidos del entendimiento mutuo son muchas veces inexpresables y difíciles de determinar para los participantes de estos encuentros. Como la seguridad a largo plazo ya no es posible, las comunidades asumen la función de refugios, aunque vulnerables y frágiles. En este sentido, Bauman (2003) destaca que la comunidad es una reacción previsible a la acelerada licuefacción de la vida moderna, una reacción ante su consecuencia más irritante y dolorosa: el desequilibrio, cada vez más profundo, entre la libertad individual y la seguridad.

En los discursos de los jóvenes no hay ingenuidad en las interpretaciones que hacen en torno a su sentimiento de conformar comunidad con los otros jóvenes, sino que más bien lo que se pone en juego es la ilusión de estar creando un momento mágico que, aunque fugaz, resultaría necesario para vivir en sociedad. Los protagonistas conocen la finitud del evento: durará hasta que la música calle, pero esto les permitirá volver al mundo cotidiano cargados y renovados con la sensación de que otro mundo, aunque sea por un rato, es posible. De todos modos, cabe aclarar que en estos discursos no se hace presente la idea de querer cambiar el mundo, al contrario, lo que aparece es la idea de armar un mundo privado, cómodo, confiable, y para ello es fundamental que el ingreso a los lugares de reunión sea selecto y restringido.

Otro aspecto que destacan los jóvenes en torno al sentido que le otorgan al concepto de comunidad hace mención al hecho de compartir valores culturales. En este sentido, los jóvenes entrevistados priorizan el compartir el mismo estilo musical y la elección de cierto tipo de estética. El consumo de éxtasis, se consuma de manera individual o en grupo, se ubica como “el” rasgo cultural compartido, lo que lo convierte en el elemento aglutinante de lo comunitario. Consumir éxtasis o no hacerlo no resulta relevante porque lo que se comparte como valor cultural es la manera de entender el consumo de drogas. Para ellos esto es una práctica que favorece y habilita la diversión, permite la apertura a otros estados emotivos y facilita la creatividad, a la vez que rompe con la mirada censuradora y reprobatoria instalada en nuestra sociedad.

Algunos autores teorizan acerca de las transformaciones que en la actualidad presentan las nuevas comunidades y analizan los modos que los sujetos ensayan/encuentran de ser y estar en las mismas. Pablo de Marinis (2005) plantea que las nuevas comunidades presentan nuevos sentidos y funcionalidades, es decir, no son una unidad sino que hay que entenderlas como un archipiélago de partes, sin todo, sin bordes exteriores. El autor considera que la temporalidad deja de ser para toda la vida y se vuelve fugaz; en este sentido, serán los individuos los que administren el tiempo de permanencia en las mismas.

Siguiendo con las ideas que plantea de Marinis (2005), las comunidades actuales tienen la característica de estar regidas por la electividad –lo que otorga a sus miembros una mayor libertad– y por la evanescencia, es decir, la posibilidad de pertenecer a varias comunidades, entrando y saliendo de unas y otras en función de sus necesidades. Al ser éstas plurales, los individuos pueden adherir a muchas de ellas a la vez, sin que esto resulte contradictorio para sus miembros. En síntesis, podemos decir que el reino de lo uno, de lo indivisible, de la búsqueda por la totalidad orgánica ha encontrado, al menos para algunos grupos, su fin.

Articulando los sentidos y los significados de la categoría de comunidad

A continuación, sintetizaremos algunas ideas dicotómicas que fueron surgiendo en las entrevistas en torno a las categorías adentro/afuera; comunidad ideal/sociedad actual, esbozadas por los entrevistados. La antítesis sociedad/comunidad resulta incompleta y hasta por momentos inexacta cuando el investigador profundiza sobre los significados que los jóvenes les asignan a ambos conceptos. Es decir, estos términos no pueden ser pensados en forma secuencial como los interpretaron algunos pensadores de la modernidad, sino que, como expresamos anteriormente, deben ser analizados de manera simultánea y en permanente retroalimentación.

Lo ajeno y lo propio

La noche electrónica se configura como un momento de encuentro entre pares que se experimenta a partir de prácticas discursivas y corporales. La repetición de estas prácticas hace que el espacio, el tiempo y las formas de sociabilidad de los jóvenes adquieran una organización y un aprendizaje en torno a los “modos correctos” de participar, moverse y mostrarse, así como también, en cómo encarar el consumo de drogas, el cual se aprende en la propia práctica, favoreciendo, según los entrevistados, la sensación de afinidad y unión con los otros participantes.

En este sentido, los jóvenes llevan a cabo sus primeros consumos como prácticas iniciáticas, guiadas por algún otro amigo “experto” que los orienta.

Toda comunidad fija sus límites, contraponiéndolos con un afuera, en donde se delimita a un “otro”, con el que se diferencia y distancia. En la idea de comunidad que generan estos jóvenes se refuerzan no sólo los valores compartidos entre ellos, sino además la diferencia con los “otros”, resultando muy difícil encontrar un otro desconocido porque se lo “invisibiliza”.

El grupo que forma parte del nosotros no queda definido por consumir o no drogas de diseño. A diferencia de esto, es el modo de interpretar y evaluar el consumo de drogas lo que los lleva a pertenecer o no. En este sentido, la mirada de estos jóvenes es una mirada desprejuiciada –de acuerdo al sentido común– en relación al uso de drogas, que no lo censura, lo que no implica que no esté sancionado el exceso o abuso de las mismas.

De todos modos, el nosotros que se constituye en esta comunidad es simplemente un conglomerado de yos que, a diferencia de la constitución de un grupo, no es mayor a la suma de sus partes.

Lo que cambió en el modo de constituir comunidades, teniendo en cuenta momentos anteriores, es que antes no podía pensarse la identidad colectiva (que se generaba en su interior) separada de la acción colectiva de los miembros que formaban parte de ella. En la actualidad, éste ya no es un rasgo constitutivo de las comunidades. La comunidad viene a confirmar, en virtud de la gran cantidad de personas que forman parte de la misma, la adecuada elección individual de pertenecer, ya que esto les confiere un sello de aprobación social.

En esta experiencia que estamos analizando, la comunidad perdura mientras dura el rito de la festividad y renace con cada nueva fiesta electrónica. De este modo, los distintos eventos funcionan como un pequeño milagro, en tanto los jóvenes que participan conjuran la experiencia de comunidad, logran la alegría y los vínculos calurosos y cercanos de la pertenencia, pero prescindiendo de la incomodidad de quedar atados a ella. Los lazos que se establecen entre los participantes se vuelven, de este modo, instantáneos y frágiles.

La escisión razón/sentimiento

En el seno de la sociedad, expresa Ferdinand Tönnies (1942), el carácter “vivo” de las relaciones humanas tiende a cancelarse. Cada uno vive para sí. El anonimato y la dificultad para comunicarse entre las personas se tornan preponderantes. El sujeto por otra parte está determinado esencialmente en función de la propia voluntad reflexiva. Es así que toda acción debe tener una intención que le otorgue un fundamento “racional”.

Durante la modernidad, se instituye la distinción del mundo por pares antinómicos: hombre/mujer, público/privado, sujeto/objeto, ciudadano/tutelado, razón/sentimiento, pensamiento/instinto. En la base de este dualismo persiste la concepción clásica del sujeto moderno: individuo racional, autocentrado, escindido (cuerpo/mente). La universalización de la racionalidad moderna, a diferencia de lo que proponía, no logró cumplir con los designios de libertad, igualdad y fraternidad. Para algunos autores el triunfo de la razón no sólo no significó la emancipación del sujeto, sino que llevó al empobrecimiento de su subjetividad, de sus relaciones con otros y del deterioro de su entorno (Guattari, 1995).

En este sentido, los entrevistados expresan la falta de credibilidad en la razón, sienten que el cuerpo es la certeza que tienen, lo más instintivo, intuitivo y por ende lo más real por no estar mediatizado por la cultura ni por la historia. Para estos jóvenes, negar lo racional, y con ello las palabras, lleva al corrimiento o a la desactivación de los filtros con los que perciben la realidad, es decir, deja sin mediaciones las interpretaciones que los sujetos hacen de los otros y del mundo.

Para ellos el encuentro con sus pares es un momento de “comunión” y acercamiento con los otros, en donde el extraño se convierte, por el solo hecho de estar ahí, en parte de un “nosotros” y para ello el diálogo no es el canal que permite comunicarse y conocerse, sino que el lenguaje (oral) queda sustituido por un vínculo que experimentan como más real y “verdadero”, es decir, por el encuentro entre los cuerpos, que se relacionan a través del movimiento, la danza, el roce, las miradas que se captan, siendo experiencias altamente valoradas y compartidas por todos los jóvenes. Lo que no contempla este análisis que establecen los jóvenes entrevistados es que las experiencias que se tienen con/en el cuerpo también están atravesadas por normas sociales, prácticas histórico-culturales y posiciones socioeconómicas, las cuales van a condicionar los modos de sentir y de actuar en las relaciones con los otros y con el mundo que nos rodea. En términos de David Le Breton (1999), el cuerpo no escapa a la condición que hace de toda cosa propia del hombre efecto de una construcción social y cultural. No existe una naturaleza del cuerpo, sino una condición del hombre que implica una condición corporal que cambia de un lugar y de un tiempo a otro.

Sin embargo, estas explicaciones no contemplan que el cuerpo representa, en tanto cuerpo de un quién, un punto de vista particular del mundo, así como se convierten en uno de los objetos visibles (por otros) de ese mundo (Bárcena et al., 2003). De este modo, el cuerpo es interpretado y vivido por estos jóvenes de manera escindida. No hay una exégesis integral del cuerpo que refleje el vínculo entre la experiencia personal subjetiva y las relaciones sociales construidas histórica y culturalmente. Es decir, un cuerpo que aglutine tanto el placer y el sufrimiento como parte del campo de la experiencia personal, como así también las normas sociales y las exigencias culturales, las cuales van a regular los límites individuales y el tipo de experiencias que pueden tenerse con el propio cuerpo, incluso en la vida privada. El modo de expresar la alegría, el dolor, la salud o la enfermedad es el significado de una relación con los otros y con el mundo que habitamos.

En este sentido, los consumidores de éxtasis buscan estar informados sobre los componentes de las pastillas, toman recaudos para asumir menores efectos adversos, eligen este tipo de drogas por considerarlas más naturales, menos nocivas, más limpias, de fácil administración y poco adictivas, realizan los consumos en contextos grupales, espacios y tiempos acotados (fiestas raves y recitales de música electrónica), lo que los lleva a que sus prácticas de consumo generalmente no sean compulsivas y terminen en adicción o dependencia hacia la sustancia. La mayoría de los jóvenes de la muestra relataban que sus experiencias iniciales con las drogas de síntesis venían con “fecha de vencimiento”, es decir, sentían curiosidad y querían probarlas, pero sabiendo que no las consumirían por largo tiempo.

Por otro lado, la imposición social en los usos de drogas de los jóvenes en contextos socioculturales y económicos desfavorables se convierte en determinantes de trayectorias vitales signadas por las crisis permanentes, empujados a una individualización negativa que multiplica las situaciones de vulnerabilidad y persecución que en muchos casos lleva a la negación del propio cuerpo. El VIH/Sida, la hepatitis C y la tuberculosis en este contexto emergen como síntomas de estas construcciones de cuerpos y juventudes negados, que pierden sus dimensiones de potencialidades, de placer y de existencia.

Estos ejemplos extremos que relacionan a los jóvenes y sus consumos de drogas, además de referenciar las transformaciones que se produjeron en las últimas décadas en la sociedad salarial, permiten entender, como se desprende del ejemplo de los consumidores de drogas de sectores marginalizados, cómo la pérdida de las regulaciones colectivas erosionó la integración social y produjo la expansión de un individualismo negativo, un individualismo por falta de marcos y no por exceso de intereses subjetivos (Castel, 1997: 472). En lugar de generar el desarrollo de diferentes tipos de reflexividad –de los que gozan otros grupos sociales– crecientes poblaciones, sobre todo en los países latinoamericanos, fueron arrojadas a la condición de particulares.

Otros grupos sociales, en cambio, recurrirán a la noción de reflexividad estética como herramienta para construir su subjetividad (Lash y Urry, 1998). De este modo, los sistemas estéticos, a través de las contribuciones de las estructuras de información y comunicación y, específicamente, de las industrias culturales, pasan a ser fuentes morales para los sujetos, permitiendo una particular regulación de la vida cotidiana y de la comprensión de sí mismos.

El sentimiento de “común unión” con los otros participantes se lleva a cabo a partir de la música; ella es el elemento que aglutina, que se comparte entre todos, pero que luego formará parte de cada uno. Ese elemento común, compartido colectivamente, es el que, en un segundo momento, queda integrado a sus experiencias subjetivas. Esto nos hace entender la importancia que presenta la música para los jóvenes.

Es decir, el lenguaje del cuerpo nunca deja de acompañar a la palabra, ya sea para anunciarla, contradecirla o matizarla, el cuerpo da vida a cuanto decimos (Bárcena et al., 2003). Es el lugar en donde se experimentan las prácticas de sentir, gozar, nacer, bailar, morir, reír. El cuerpo, al ser testigo de lo acontecido, expresa y muestra lo vivido.

La historia occidental ha silenciado a los cuerpos y éstos parecen no querer enmudecer. Pero no debemos dejar de tener en cuenta lo que expresa Umberto Galimberti (1998: 115):

“[…] en cada uno de mis gestos está contenida mi relación con el mundo, mi manera de percibirlo y sentirlo, mi herencia, mi educación, mi medio o mi constitución psicológica”.

El cuerpo semantiza el mundo en el que se vive y al hacerlo permite descubrir que puede pensar, hablar, referirse a sí mismo y a los otros y dar cuenta de su contexto. Fernando Bárcena et al. (2003) argumentan que el cuerpo es tanto una experiencia del sujeto como una experiencia para el pensamiento, en la medida en que nos revela dimensiones desconocidas hasta un momento determinado de nuestras biografías. Para estos autores no todo está determinado por el contexto socioeconómico que habitamos, sino que establecen una diferenciación entre un decir social y un decir poético; mientras que el primero disciplina y normaliza las prácticas, el habla y los modos de expresión, el decir poético, como otro decir, permitirá transgredirlo. La voz de la palabra poética es la voz singular, una voz que muestra lo que la voz del decir social no permite que se muestre, en cambio la voz poética del cuerpo busca expresarse, salir, decir (Bárcena et al., 2003).

Del malestar social que se vive en la sociedad a la comunión con los otros/nosotros

Como fuimos adelantando en el desarrollo del trabajo, en los relatos de los entrevistados emerge la idea de un nosotros más primario que se conforma a partir de la sensación de estar en comunión con “los otros”. De todos modos, este nosotros no abre el juego como el carnaval que describe Mijaíl Bajtín (1974), en donde el encuentro reúne y junta a los distintos (estratos socioeconómicos, culturales, étnicos). En las raves el otro es un espejo de similitudes, fundamentalmente estéticas, que a su vez son reflejo de otras similitudes: origen social, nivel socioeconómico, capital cultural. Es la apariencia lo que integra o desintegra. Es decir, hay un estilo que se constituye como hegemónico, que se vive como válido.

En este sentido, podríamos afirmar que la sociabilidad que se genera en estos espacios deja de ser transversal a los diferentes estilos y culturas juveniles.

Para Michel Maffesoli (1990) estos encuentros entre los jóvenes responden a características de lo que él denominó comunidad emocional enmarcada en el paradigma estético de pensar y sentir en común con los otros. Las características que presentan estas comunidades son el aspecto efímero, la composición cambiante, la inscripción local y la ausencia de organización. Para los miembros que la componen lo que importa es lo que une y no lo que separa. Lo que toma cuerpo en las emociones es una figura que funciona como aglutinante, en nuestro caso esa figura remite al disc jockey (DJ), que logra congregar a todos los participantes a partir del sentimiento colectivo que genera con cada uno de ellos. El DJ funciona como una figura clave. Toda la atención está condensada en él. Los lugares de diversión quedan determinados por el “artista” de turno. El DJ tiene una centralidad asignada que ningún otro actor en esta escena tiene. Todo gira a su alrededor. Él determina tiempos, ritmos, subidas y bajadas de las emociones, todo vinculado siempre a la música en tanto es un elemento indispensable en estos ambientes.

Uno de los entrevistados nos manifestó una postura crítica al respecto, porque considera que hubo una apuesta muy fuerte de endiosar al DJ, que es el que termina manejando una masa de miles de personas que hacen lo que éste propone.

Por otro lado, las mujeres nos comentaron que otro aspecto que colabora con un mayor bienestar es que en estos encuentros sus concurrentes mujeres experimentan ciertas prerrogativas que no existen en otros lados. Siguiendo a Nuria Romo Áviles (2001), quien encontró los mismos resultados en España, esas ventajas son: en primer lugar, la “buena fama” que tienen las drogas de síntesis entre sus consumidores, lo que provoca la idea de que pueden controlar el consumo y los efectos no deseados; en segundo lugar, la escasa violencia presente en las fiestas, que brinda la sensación de mayor seguridad que en otros espacios; en tercer lugar, el menor acoso sexual percibido y como último aspecto a destacar en la muestra argentina, la ausencia de discriminación –en tanto estrato socioeconómico, sexo, etnia y/u orientación sexual– que perciben los y las jóvenes que participan de la movida electrónica.

La mayor parte de los jóvenes entrevistados manifestaron falta de compromiso y poco involucramiento en la cuestión social. Es decir, no busco mejorar o cambiar nada, sino busco tranquilidad, el mundo exterior es tan hostil que necesito construir un gueto donde poder relajarme. En la mayoría de los relatos, aparecen estos escenarios como lugares “cuidados” y “seguros”, en donde los jóvenes pueden divertirse sin tener que preocuparse por el malestar social que viven constantemente. En contraposición, se presenta la idea de sociedad atravesada por el miedo, el desorden, el conflicto y el peligro, en donde la otredad es la que gobierna y genera un escenario complejo de relaciones en el marco de la construcción de la/s identidad/es.

En este sentido, la comunidad para estos jóvenes, por la fugacidad de sus vínculos, se transforma en una ilusión. Como observa de Marinis (2005), estos sujetos no pueden conformar otro tipo de comunidad en tanto son sujetos emergentes de la matriz individualizante actual. Aunque es importante destacar que, a pesar de todo, las personas siguen eligiendo reunirse, encontrarse y comunicarse. Y esto se hace extensible no sólo a los grupos de pertenencia, sino a toda la sociedad.

Según Maffesoli (2001), el modo actual de vinculación social y comunitaria no se caracteriza por ser fragmentario, sino “impermanente”, es decir, son modos de ser que no se sostienen en un arraigo duradero en lo cotidiano, sino que introducen en la cotidianeidad nuevas prácticas que se reinscriben continuamente, proponiendo un carácter nomádico a las relaciones con el mundo circundante. No obstante, es posible experimentar intensos momentos de empatía e inmediatez afectiva.

Los entrevistados hacen referencia a que en estas fiestas logran un estado de inmersión, la sensación es que la fiesta te pasa por adentro del cuerpo.

“Si no estás realmente adentro, te vas porque no podés soportar esto como un simple espectador […]. La gente está cien por ciento conectada ahí” (varón, 30 años).

El consumo de éxtasis colabora para lograr estos estados emotivos, según nos relataron, al permitir tener los sentidos más abiertos, se relacionan mejor con los otros participantes, ya que se encuentran más atentos observando lo que ocurre a su alrededor. Por un lado, los jóvenes expresan que el efecto de las pastillas de éxtasis que consumen colabora con el sentimiento de conexión entre los jóvenes; por otro lado, al consumir todos los integrantes del grupo la misma sustancia, en el grupo de amigos se crea un sentimiento de fraternidad al poder compartir el mismo viaje. Retomando lo que nos decía uno de los entrevistados:

“El consumo de éxtasis en parte homogeneiza, unifica a los grupos, hace que los grupos funcionen como islas aunque muchas veces primero se relacionan entre sí y luego lo extienden a otros grupos” (varón, 35 años).

Richard Sennett (2005) habla del “mito de la pureza comunitaria”, haciendo referencia a la comprensión mutua y a los vínculos comunes que unen a las personas, aunque la mayor parte de las veces esas imágenes no se corresponden a las verdaderas relaciones. El mito se utiliza para componer una imagen coherente de la comunidad como un todo, de este modo se compone un nosotros que no se conflictiviza y, por ende, se relaciona con una purificación virtual.

Según los entrevistados, todos están en la misma sintonía, todos quieren pasarla bien. La comunicación es un elemento muy mencionado por todos los entrevistados, para ellos la búsqueda por establecer una buena comunicación con los otros se convierte en un elemento altamente valorado.

La nocturnidad juvenil puede analizarse desde el punto de vista de que representa lo liminal (Turner, 1988), en el sentido de la transición entre dos estados, en este caso desde el malestar social a un momento de comunión con los otros/nosotros, donde pueden alcanzar estados de fusión emocional con los otros presentes. Como señalaba Bajtín (1974) a propósito del carnaval y de las ferias en la Edad Media, se trata de espacios en los que el mundo cotidiano queda cabeza abajo, por lo que es posible acceder a lo prohibido y a lo fantástico, pudiendo estar presentes la bebida embriagadora y la promiscuidad sexual.

Sin embargo, dentro del pensamiento social europeo contemporáneo, Francesco Fistetti, luego de un recorrido analítico por los clásicos y de la mirada de Max Weber sobre los procesos de racionalización y burocratización de la vida social, sostiene que ambos procesos conducen indefectiblemente al “desencantamiento del mundo” típico de la modernidad; es inevitable por otra parte que se produzcan resurgimientos

“[…] de instancias de re-encantamiento con el mundo, fuertemente críticas de la racionalidad burocrática y calculadora dominante, que en la inmensa mayoría de los casos es una renovada necesidad de comunidad” (Fistetti, 2004: 142).

El “cuidado” vinculado al consumo de éxtasis

No podemos dejar de tener en cuenta que la aparición en el mercado de lo que se denominan “drogas recreativas” llevó a que diversos grupos de edad las experimentaran de manera simultánea. En este sentido, al producirse el inicio en el consumo en épocas diferentes de los ciclos vitales, aparecen motivos disímiles para querer probar y experimentar con estas drogas, así como también para incorporar o no medidas preventivas.

Un parámetro común que encontramos en el grupo de usuarios de éxtasis es que, en su mayoría, son personas que no llevan al límite prácticas que potencien los riesgos producidos por el consumo. Las drogas de baile son sustancias cuyo uso se extiende bajo la idea de que provocan escasos efectos secundarios y que son fáciles de controlar, frente a otras drogas, como por ejemplo la cocaína, que está considerada como más nociva y con mayor potencial adictivo. Quienes consumen estas drogas remarcan como ventaja el “poder controlar y elegir los momentos de consumo”. Esto nos permite observar una fuerte asociación entre consumo y control, es decir, la idea de un “consumo controlado” hace que los usuarios sientan que pueden manejar la situación, sintiéndose seguros.

“Siempre fui bastante cauteloso y como pensante, intento no exponerme tanto” (varón, 26 años).

“El vacío de la alegría es lo que hace volver a consumir. Yo sabía que al otro día iba a estar vacío de alegría y que tenía que aguantar. Nosotros habíamos leído, sabíamos que pasaba eso y nos cuidábamos” (varón, 28 años).

“No pierdo la cabeza, sólo me relajo y eso hace que me pueda divertir” (mujer, 23 años).

Para muchos de estos jóvenes “es importante conocer cuál es la composición química de las pastillas de éxtasis”, si bien esto no influye al momento de efectivizar o no el consumo. Esta actitud es algo más racional que la respuesta “no es importante saber la composición exacta de la pastilla”, aunque no deja de ser ineficaz al momento de establecer prácticas seguras de cuidado. Una garantía que mencionaron los jóvenes con respecto a la composición de las pastillas que consumen es la que les ofrece la persona que se las vende. La confianza depositada en el proveedor de las pastillas se convierte en la medida preventiva más segura para este grupo de jóvenes.

De todos modos es importante destacar que muchos de los jóvenes mencionaron la experiencia europea de testeo de pastillas en las puertas de este tipo de eventos como algo positivo, siendo ésta una manera que les parece efectiva para garantizar la calidad del producto. Un poco menos de la mitad de la muestra pensó alguna vez en dejar de consumir éxtasis, ubicándose fundamentalmente en este grupo de respuestas los que llevaban más años consumiendo, lo que evidencia que, a pesar de considerarlo poco nocivo y que sus efectos les resultan bastante positivos, perciben en este tipo de consumo cierto daño.

Como argumentan los especialistas de otros países, el contexto social del uso de drogas es una de las variables centrales a tener en cuenta, ya que permite comprender tanto los efectos específicos de cada sustancia como la posibilidad de que los usos puedan ser controlados y moderados o, por el contrario, compulsivos y nocivos (Gamella y Álvarez Roldán, 1999; Zinberg, 1984; Beck y Rosenbaum, 1994). Gran parte de los recursos para poder controlar que el uso no termine siendo abusivo son sociales y culturales. Casi la totalidad de los consumidores de éxtasis elige tomarlo “cuando está con amigos/as”. No encontramos ningún caso que prefiera consumirlo en soledad. Los usos que expresaron son siempre colectivos y con un propósito social: reunirse, organizar una fiesta o ir a un lugar de diversión nocturna para consumir este tipo de sustancias.

“Si yo fumo un porro, me quedo en casa tranquilo, solo. Pero una pasti no da para tomarla solo, siempre en grupo, siempre en comunidad, eso de vamos todos, nos abrazamos […] yo solo ni loco, ni en pedo porque pensás mucho, pensás mucho y no pensás nada al mismo tiempo. Es como que necesitás una compañía, necesitás una persona a quien abrazar” (varón, 38 años).

En relación con la percepción del riesgo, encontramos que un porcentaje bajo considera que el consumo de éxtasis no ocasiona problemas. Los problemas que asocian en mayor proporción al consumo de estas sustancias son: “produce adicción” y “tiene efectos difíciles de predecir”.

En consecuencia, puede decirse que si bien el consumo de éxtasis entre los jóvenes entrevistados no está estigmatizado, un alto porcentaje lo percibe como peligroso. Consideramos que el lograr percibir cierto riesgo en el consumo hace que estos jóvenes no lleven sus conductas a límites extremos.

Los argumentos que utilizan en torno al consumo de éxtasis ofrecen elementos para pensar por qué estas prácticas logran ser menos nocivas que otros tipos de consumos de drogas. Entre las explicaciones más frecuentes plantearon que cuando comenzaron a consumir éxtasis tenían muy presente el momento de inicio en el consumo tanto como el de finalización. Es decir, en su mayoría los consumidores reconocen que el consumo de estas sustancias se limita a un período de sus vidas, “la juventud”. La creencia que circula es que el ser adulto no es compatible con este tipo de prácticas, lo que lleva a limitar el consumo a un lapso determinado de sus vidas, el cual al iniciarse ya tiene una fecha de interrupción.

Reflexiones finales

Los jóvenes que experimentan con éxtasis ya no buscan, como en décadas pasadas (desde siglo XIX hasta las décadas de 1960 y 1970), un estilo de vida alternativo o una respuesta contracultural en dicho consumo, por el contrario, lo que quieren es poder cumplir con las exigencias que la sociedad demanda. Es decir, el consumo de drogas ilegales deja de ser interpretado como algo problemático en sí mismo para pasar a ser entendido como un facilitador, ya que permite mantenerse despierto, asegurando la diversión, la conexión con los otros y con uno mismo.

En este sentido, y tal como plantea Alain Ehrenberg (2004), el consumo de drogas de síntesis, al igual que lo que ocurre con los medicamentos psicotrópicos, lejos de caracterizarse por la desocialización y la decadencia, se definirá por los efectos positivos que se consiguen en la socialización y porque permite una performance social adecuada. Asimismo, encontramos como coincidencia, que ambas sustancias comparten una alta tolerancia social, ya que funcionan como “pastillas para sentirse mejor”.

En el marco de una sociedad en donde las instituciones que regulaban la vida social se encuentran en crisis, será el individuo el que deberá “hacerse cargo” de dicho malestar social. La dificultad que deben enfrentar los sujetos es producto del desplazamiento de la crisis originada en la esfera de lo social, pero su solución debe encararse a nivel individual y para ello se requiere de personas con autocontrol e iniciativa individuales. Es en este sentido que tanto los psicotrópicos para la vida laboral y familiar como las drogas recreativas para los momentos de distensión y entretenimiento se vuelven herramientas adecuadas y funcionales para conseguir el control de sí mismo en pos de la vida “que se espera”: disfrutable, sociable, exitosa, plena, confortable. De este modo, los consumos de drogas de síntesis expresan un pasaje en la conceptualización del uso de sustancias como práctica ilegal hacia otro tipo de consumo compensatorio de insuficiencias personales.

Los jóvenes expresan que en estos escenarios de diversión nocturna logran construir una comunidad con los otros jóvenes, la cual se convierte en un paliativo a la forma que asumió en los últimos años la vida moderna. En ningún relato aparece la ilusión de estar modificando radicalmente la realidad, por el contrario, sus discursos también están atravesados por la ideología individualista imperante, que acuerda en que el único modo de poder armar una comunidad es compartiendo las intimidades.

Las fiestas raves no funcionan como un encuentro entre personas que poseen biografías fuertemente disímiles. Por el contrario, la comunidad que se conforma durante estos encuentros es entre iguales o semejantes. Los jóvenes valoran y reivindican estos lugares, ya que no hay violencia y nadie molesta a nadie, pero para ello debe existir una estricta selección entre los que entran y los que permanecen afuera.

Es decir, estos jóvenes encuentran en estos nuevos modos de ser y estar en comunidades la sensación de estar creando un momento mágico, aunque efímero, pero un paliativo necesario para poder vivir en sociedad. Estos eventos son los que les permiten “volver” al mundo de lo cotidiano con la sensación de posibilidad de haber construido un espacio “vivible” y “cómodo”, aunque sea por breves instantes. De todos modos, en sus discursos surge una tensión cuando mencionan, por un lado, que la apuesta es crear un mundo “privado” y “confiable”, pero, por el otro, al que no todos podrán acceder. La comunidad ideal será para unos pocos, los iguales, y para que ello ocurra muchos tendrán que quedar por fuera, entre ellos, “los otros”, “los diferentes”, “los no confiables”.

El modo que encuentran de vincularse con los otros no tendrá un sostenimiento cotidiano, sino que incorporará en su vida diaria algunas prácticas “aisladas” en donde reviertan el malestar social que viven habitualmente por breves instantes de una fuerte empatía y bienestar con los otros y de conexión total con el momento que se está viviendo.

De este modo, el concepto de comunidad nos permite entender el nuevo orden social en la modernidad tardía, en donde se generan intersticios que dan lugar a la conformación de lazos comunitarios, basados en el principio de solidaridad espontánea y en sus múltiples combinaciones.

La preocupación de estos jóvenes por lo corporal y la sobrevaloración que hacen de los sentimientos también responde a un discurso de época, el cual contempla la primacía del cuerpo. De este modo, como sujetos de la historia, no escapan a la imposición de la “política del cuerpo”. Estos cuerpos, como arena de disputa entre las posiciones estructurales de los sujetos y sus perspectivas individuales, permanecen sujetos a la dominación, el control y la fabricación, por un lado, pero también mantienen una fervorosa lucha para salir del corset que se les impone, oponiéndole resistencia y buscando la posibilidad de actuar de otro modo.

Por último, lo comunitario no se presenta para estos jóvenes, como fue interpretado por muchos de los clásicos, como un obstáculo al progreso, o desde su versión más romántica, como esquemas de percepción e interacción social que consideran que las relaciones sociales pueden desarrollarse intensamente y con un gran compromiso afectivo. Por el contrario, se parte de la idea de que “lo comunitario” no se convertirá en la respuesta a los problemas de la modernidad tardía, sino que, y en este sentido retomamos a Alfonso Torres Carrillo (1997), es imprescindible realizar una nueva lectura de las dinámicas sociales que perfilan lo comunitario como sentido posible para reconocer y asumir las dinámicas políticas y sociales, las cuales muchas veces comprenden características contradictorias e incompletas.

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