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8 “Los pibes tienen muchos berretines”: muertes entre jóvenes,
contextos de experiencia
y reconstrucciones biográficas

Alejandro Marcelo Villa

Introducción

Un conjunto de documentos destacan la magnitud de la violencia juvenil en la región latinoamericana, así como la creciente presencia de las muertes de jóvenes por causas violentas. Allí, se destacan una serie de problemas: el “debilitamiento de los mecanismos formales e informales” de protección social de los jóvenes; un “exacerbamiento de las diferencias generacionales”; “una sensación de exclusión social”, caracterizada por distintas formas de violencia física y simbólica hacia ellos; un aumento de los homicidios juveniles masculinos (CEPAL, 2008). La región latinoamericana presenta las tasas más altas de muertes violentas del mundo (Spinelli et al., 2005).

Edith Alejandra Pantelides et al. (2014) han destacado que en la Argentina, para el año 2011, el 60 % de la mortalidad de adolescentes entre 10 y 19 años, se produjo por causas externas. Al analizar la “morbilidad adolescente por agresiones” en la Provincia de Buenos Aires, este estudio estima que se producen diez ataques que requirieron internación hospitalaria por cada adolescente que termina en muerte.

Un estudio reciente sobre los homicidios dolosos en la CABA, realizado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación (2012), en base a los expedientes judiciales, correspondientes a 184 causas y 190 víctimas, destaca que se produce una concentración de los homicidios en las principales villas de emergencia (villa 21-24 y Núcleo Habitacional Transitorio Zavaleta, villa 1-11-14, villa 15 y villa 31-31 Bis). El 27% de las víctimas en toda la CABA tienen entre 18 y 25 años; y el 36% de ellas corresponde a las villas de emergencia. Se destacan allí las situaciones de violencia interpersonal entre grupos de jóvenes, en su mayoría en la “calle”, y con armas de fuego y blancas. Los principales motivos de las muertes en toda la CABA son reunidos en una sola categoría que agrupa a: “Riña”, “Ajuste de cuentas” y “Venganza”, la que representa un 39%. Sólo el 15% corresponde exclusivamente a robos. Cuando dicho estudio realiza un análisis georreferenciado, encuentra que el 73% de las muertes corresponden a la zona sur de la CABA (Comunas 1, 4, 7, 8 y 9). En cuanto a los motivos de muerte homicida en las villas de emergencia de dicha ciudad, se destacan los vinculados a “Riña”, “Ajustes de cuentas” y “Venganzas”, con un 59%; en contraste con el 39% del mismo motivo para el total de la CABA.[1]

Teniendo en cuenta estos antecedentes, este capítulo presenta una discusión de hallazgos preliminares de un estudio más amplio.[2] Dicho estudio comprende la reconstrucción de biografías de jóvenes entre 15 y 26 años, muertos frente a otros jóvenes, provenientes de las poblaciones marginalizadas, de las villas de emergencia de la zona sur de la CABA. Se reconstruyeron 6 biografías, con distintos familiares de dichos jóvenes. Seguimos las perspectivas teórico-metodológicas de Leclerc Olive (2009), que fueron ya utilizadas por nosotros en un estudio previo con biografías juveniles (Di Leo y Camarotti, 2013).

Realizamos el trabajo de campo para acceder a los casos en dos villas de emergencia de la zona sur de la CABA, a partir de nuestra inserción de muchos años en el primer nivel de atención de la salud.[3]

Para dicho acceso hemos utilizado múltiples vías de acercamiento comunitario: referentes comunitarios (principalmente de comedores comunitarios); familiares de jóvenes muertos a través de personas conocidas por su atención en nuestro servicio de salud o por relaciones con instituciones que trabajan con jóvenes; algunas instituciones públicas y ONGs que brindan servicios en los barrios; jóvenes que tienen relación con nuestro servicio de salud; grupos de promotores comunitarios juveniles que trabajan territorialmente.

Este capítulo se inicia con una caracterización y discusión sobre la relación de la violencia con las condiciones de socialización y subjetivación de los jóvenes en las poblaciones urbanas marginalizadas. En segundo lugar, indicamos el modo de acceso a los casos y presentamos una síntesis de las situaciones de muerte de los jóvenes estudiados. Luego de los testimonios biográficos de familiares, realizamos una caracterización de la experiencia social de los familiares para reconstruir dichas muertes, identificando distintos contextos de las mismas y un conjunto de categorías emergentes. Finalmente, discutimos la interrelación entre los distintos contextos de dicha experiencia, y cómo ello nos puede conducir a caracterizar la “prueba social”, en términos de Martuccelli y Singly (2012), que enfrentan estos actores, a partir de la muerte de un joven.

La relación entre socialización, violencia y subjetivación juveniles: la distancia entre las condiciones estructurales y la acción de los actores

Muchos estudios en Argentina han señalado insistentemente que en las últimas décadas las condiciones de existencia y socialización de la sociedad argentina han dejado de regirse en su horizonte cultural por un modelo de integración social basado en la movilidad social ascendente (Chaves, 2010: 114). Según Chaves (2010), asistiríamos a una socialización en espacios homogéneos que refuerza o conduce al aislamiento social, el que se autonomizaría de la familia y la escuela.

La caída de la familia, el trabajo y la educación como principales organizadores de la socialización, en conjunto con un proceso de segregación urbana, promoverían un proceso de exclusión social territorial, una fragmentación social y una vulnerabilidad social (Braslasky, 1985; Chaves, 2010; Míguez e Isla, 2010; Müller et al, 2012).

La socialización no es un problema de “conformismo” o de la “desviación” que establecería un sistema social con respecto a la acción de los actores. Existe una distancia entre los roles y las motivaciones individuales; por ello, “la cultura y la estructura social se separan” y la identidad “se convierte ahora en una tensión creciente entre identidad para otro y la identidad de sí” (Dubet y Martuccelli 2001: 64-65).

Asimismo, el enfoque cultural que interviene en la socialización, tampoco puede partir de la existencia de un código cultural que se lo considere trascendental a la acción misma de los actores sociales, al cual la acción debería acomodarse o rendir cuentas. De modo diferente, se trata de mecanismos de distribución de recursos que realiza el actor; los que entran en disputa sobre quiénes deben ser los destinatarios: “¿qué distribuimos?, ¿a quiénes?”, “¿cómo interfieren las categorías morales?” (Noel, 2013).

En las perspectivas sociológicas de la mayoría de la literatura existente, se piensa a los jóvenes en términos negativos. Ello ocurre, con respecto a una definición tradicional de los espacios de sociabilidad que transitan y los procesos sociales, tales como “fragmentación” y “vulnerabilidad” sociales como algo exterior a los actores; más que preguntarse por el modo singular de operar de esta socialización y por las condiciones de subjetivación efectiva.

Planteadas las cosas de este modo, no alcanza con preguntarse por los efectos de la estructura de clase social y por condiciones culturales homogéneas que determinarían la socialización de los jóvenes. Pensamos que es necesario un tercer enfoque que ponga atención en la acción de los jóvenes y sus allegados en tanto actores sociales singulares.

¿Cómo analizar la experiencia que enfrentan los actores allegados al joven muerto en estas situaciones?

Para la sociología de la individuación de François Dubet (2008), la experiencia social debe partir de la acción del actor y no de un análisis de la estructura social. Caracteriza a la misma por la posibilidad del actor de resolver cognitivamente la paradoja de la doble afirmación del influjo de lo social y de la autonomía del actor. Para él, se trata de dar cuenta de los modos en que el actor puede “metabolizar lo social y producirlo”, mediante una multiplicidad de “lógicas de la acción”, las cuales serían coordinadas por la acción de aquél.

En nuestro problema de estudio, esta acción de un actor, que cognitivamente podría “coordinar” diferentes lógicas, supone un principio racional trascendental en aquél, que no puede explicar la experiencia que inaugura la muerte. Tal como discute Daniel Cefai (2011:140) en torno a esta noción de experiencia de la sociología de la individuación de Dubet, más que dar privilegio a la acción racional y la actividad cognitiva del actor, hay que poner el foco en la experiencia concebida como un acto social de dar sentido a la experiencia de vivir juntos. Ello supone “objetivos afectivos, identitarios y simbólicos, a través de los cuales nos constituimos como un sí mismo y organizamos nuestra vida colectiva”. Este “dar sentido” está vinculado a diferentes “contextos de experiencia”, en los cuales los actores elaboran múltiples categorías que coexisten y no necesariamente están coordinadas y que, a su vez, los conectan con otros actores.

A diferencia de la concepción de Dubet, para quien la experiencia es una prueba social, Martuccelli argumenta que ésta proporciona el material a los actores, desde el cual enfrentan una prueba social.[4] Una prueba social puede caracterizarse por:

“[…] una articulación entre el actor y el sistema, tras la crisis de la misma sociedad… la prueba es una noción teórica que busca articular los problemas personales con las estructuras sociales que los crean o amplifican […]. Partir de las dificultades de los actores a fin de comprender las maneras en que las estructuras sociales dan cuenta de las mismas. El objetivo es lograr caracterizar precisamente los desafíos a que son sometidos los actores y las maneras por las que esta noción permite articular lo individual y lo colectivo” (Martuccelli, D. y Singly, F., 2012:72).

Para la sociología de la acción de Luc Boltanski (2000), cuando analizamos una disputa social, los actores son “coaccionados” en una determinada “situación social” que limita sus “posibilidades de acción”. Se ubican en “un régimen de justicia” y se hallan en una disputa de sentidos con otros. El actor posee allí, además, una “competencia cognitiva” para poder desarrollar argumentos. La discusión que se propone es: “¿cuáles son las ‘formas de los bienes comunes’ en disputa?”, “¿qué tipo de acciones y justificaciones utilizan los actores para llegar a acuerdos y bajo qué régimen de justicia?”

Desde una perspectiva histórica, retomamos también las conceptualizaciones de Joan Scott (1992) sobre la experiencia. Se realiza allí una crítica a la idea de una experiencia concebida como una “influencia externa” a un individuo considerado preexistente, así como una reproducción y transmisión de un conocimiento al que se accedería mediante la experiencia. En lugar de ello, destaca la necesidad de problematizar: a) la relación entre la percepción de los cuerpos mediante los sentidos y la producción de conocimiento; b) los procesos en que las concepciones e identidades de los sujetos se producen, atendiendo a la “posición de sujeto” en la relación entre discurso, cognición y realidad; c) la experiencia entendida como sustitución y disputa de interpretaciones.

Siguiendo con estos planteos, podríamos preguntarnos: “¿qué dimensiones de la percepción de los cuerpos mediante los sentidos se ponen en acción ante la muerte de un joven?”. Al evaluar los familiares las circunstancias sociales de la muerte y emitir juicios, “¿qué dimensiones de la realidad, los pensamientos y las moralidades son considerados?”, y “¿qué demanda de creación de sentidos inaugura la muerte del joven para inscribir los acontecimientos que produce una muerte de un joven frente a otro joven?

La intervención comunitaria y las situaciones de las muertes de los jóvenes: la presentación
de los familiares

En nuestro trabajo de campo, nos encontramos con una serie de dificultades, así como con una discusión de la problemática de estudio en los ámbitos comunitarios. Sólo en pocos casos los referentes comunitarios se mostraron dispuestos a prestar colaboración. Los familiares de jóvenes muertos adoptaron una actitud ambivalente. Por un lado, mostraron reticencia a testimoniar en público, fundamentalmente, expresando dolor, diversos miedos (al agresor, a los juzgamientos morales, entre otros motivos) y angustias. Pero también, algunos expresaron su interés en testimoniar; fundamentalmente a través de redes con familias con las que poseíamos algún vínculo institucional y personal de confianza previo. Los contactos con instituciones territoriales, ya sean públicas u ONGs, como grupos juveniles, también adoptaron una posición ambivalente: discutieron la problemática; pero al mismo tiempo, no tenían una clara voluntad de intervenir.

Aquí presentamos los casos estudiados, que en su mayoría fueron seleccionados a partir de los vínculos de confianza institucional y personal. Describimos una síntesis de las situaciones de la muerte que surgen de la reconstrucción de seis biografías de jóvenes, realizada con un conjunto de entrevistas a distintos familiares de éstos.

Domingo

Tenía 26 años cuando falleció, hace dos años. Su madre, Isabel, relata que el agresor de su hijo tenía 16 años. Algunos amigos del joven le dicen que el agresor está saliendo con la exnovia de él, de 15 años. Él estaba “perdido por ella”. Según su madre, “él no quería creer, pero sus amigos lo llevan y le muestran…” Su hermana de 16 años, Daniela, nos relata que “se habrá sentido traicionado” por el que había sido su amigo. Isabel afirma que su hijo consumía “todo tipo de drogas”, y que a partir de esta situación “consume más” y refiere que “quería ponerle una bomba” al agresor. Su madrina nos dice que habló en varias oportunidades con él. Ella intenta detenerlo. En este contexto, Domingo va a bailar a un boliche del barrio donde concurre el agresor y en varias oportunidades lo insulta y se burla de éste. Recibe como respuesta reiteradas amenazas de muerte. Su madre le propone sacarlo del barrio para protegerlo; pero él no cree que su examigo vaya a efectivizar las amenazas de muerte. Isabel refiere que la muerte de su hijo también fue “empujada por la madre” del agresor. Las dos familias, la de Domingo y la de la chica, concurren a un espacio de mediación en la Iglesia del barrio; y las gestiones no dan resultado. Luego de salir de un festejo del día del amigo, Domingo camina por una calle del barrio y lo están esperando otros dos jóvenes. Uno le dispara con un arma de fuego y lo hiere mortalmente. Según el relato de sus familiares, “Queda tirado”. La ambulancia tarda 45 minutos y muere cuando llega a la guardia del hospital. El homicidio es caratulado como “crimen pasional”.

José

Tenía 16 años, cuando fue apuñalado en una pelea con dos jóvenes, dentro de un boliche del barrio. El lugar de la muerte se transforma en motivo de un fuerte conflicto social, político y judicial, el que generará una movilización de protesta en el barrio: el dueño del boliche argumenta, en este caso, como en el de otros jóvenes, que la muerte ocurrió afuera del boliche. La familia va a argumentar social y judicialmente, lo que todos saben, pero que callarían: luego de las muertes, los cuerpos de los jóvenes son arrastrados afuera del boliche, para defender el argumento de que el deceso ocurrió afuera del establecimiento. Es su hermano más cercano, de 21 años, quien contextualiza el hecho de su muerte:

“Los pibes donde parábamos nosotros juntan 4, 5 motos truchas, choreadas. Viene uno de otra barra, los de la Alameda, y se chorean una. Los más grandes, los que paraban acá, bueno ellos andan choreando, y después fueron por allá y los cagaron a tiros. Después nosotros estábamos acá con los pibes y de allá nos tiran un par de tiros, del callejón nos tiran un par de tiros… Después nosotros íbamos a una joda allá al fondo, un boliche, donde estaban ellos… y los guachos nos miraban mal”.

“Y después íbamos al boliche de acá, donde mataron a José, pero siempre íbamos así a joder… Ya un par de veces largas les pegamos, ya una banda de veces nos peleamos con él (el que mató a José)… Ya la bronca viene de hace rato, no es de ahora” (Santiago, hermano de José).

Existe, también, una versión en los testimonios de su hermana Carolina, de 30 años, y su sobrino Daniel, acerca de que también “habría una chica de por medio” entre José y uno de los agresores.

Sergio

Tenía 24 años cuando lo mataron y hace diez que ocurrió su deceso. Sólo accede a reconstruir su biografía su propia madre, Cecilia. Según el relato materno,

“[…] mi hijo le roba a un narco y lo mandan a matar con el amigo. Como era el amigo, lo manda a matar. Eran dos hermanos. También se decía que uno de los chicos que lo mata estaba celoso de él, de su novia. Por celos, que él pelea a trompadas con el pibe y después va y le dice al hermano que lo mate, y va y lo mata. Pero el hermano ya estaba pagado para matarlo. Fue por plata” (Cecilia, madre de Sergio).

Pero luego de robarle al narcotraficante, el joven habría dejado de robar y se habría ido a vivir fuera del barrio, a la casa de una hermana, donde trabajaba en un comercio en la casa de ésta. Luego de transcurrido un tiempo, vuelve al barrio para ver a sus dos hijos, y reside en la casa de otra hermana, Mirta. Según el relato materno, esto lo condujo a la muerte. Por una situación de celos, por una mujer que era pareja de unos agresores, uno de los hermanos que delinquía y era amigo de Sergio entra a los tiros en la casa, cuando éste estaba durmiendo. Hiere a una de sus hermanas y sale corriendo gritándole a la madre, que lo perseguía: “ahí te lo maté a tu hijo, si no te lo maté, lo voy a volver a matar”.

Daniel

Cuando muere, tenía 16 años. Ocurrió hace 8 años. Acceden a reconstruir su biografía su madre y dos hermanas. Había ido a comprar con un amigo, a la noche, un sándwich a un kiosko. Otro joven le intenta robar al amigo de Daniel con un arma de fuego y éste se pone en el medio porque era amigo del agresor. Se dispara un tiro y mata a Daniel, accidentalmente. Los dos salen corriendo y el que estaba con el joven fallecido le avisa a una tía. Su madre estaba embarazada de 6 meses, y se descompone frente a esta situación. Daniel trabajaba en una verdulería y concurría a un centro comunitario católico. Si bien los hechos apuntarían a que el disparo iba dirigido a su amigo, la madre interpreta que iba dirigido a él, ya que un hermano del agresor acosaba sexualmente a Daniel y había fuertes conflictos previos entre ambas familias, con amenazas e insultos.

Carlos

Tenía 23 años cuando fue asesinado a tiros por la espalda, cuando corría. Hace 7 años. Según el relato de su madre, Susana, líder social del barrio, había ido a buscar con su grupo y sin armas a otro grupo rival, de un sector barrial diferente. Se habría enfrentado con éste. En ese momento estaba “perdido” por el consumo de pasta base. Cuando llegó la ambulancia, ya había fallecido. La muerte ocurrió en otro sector del barrio y nadie quiso establecer la identidad del agresor. Susana también vincula la muerte de su hijo al hecho de que ella estaba movilizándose en el barrio y luchando con algunas instituciones para enfrentar a los narcotraficantes de pasta base.

Juan

Hace cinco meses que falleció. Tenía 18 años y fue muerto de 6 disparos y 2 puñaladas en un pasillo de un sector diferente al que estaba residiendo. En ese momento, iba a buscar su partida de nacimiento, que tenía su exnovia, para terminar el trámite de su DNI. Hacía un mes que había salido de un Instituto por una causa de robo. Son varios familiares que reconstruyen su vida. Su abuela y una tía que lo criaron, así como un tío y una prima, afirman que no conocen los motivos de la muerte, si bien sabían que estaba robando. Su exnovia, que mantenía un vínculo con él, refiere que lo estaban buscando por dos lados. Un joven durante la internación lo había amenazado de muerte cuando saliera. Y, por otro lado, lo buscaban porque estaba robando a la gente que iba a trabajar. Según su relato, previamente a la muerte, le habían dado dos tiros en una pierna, como un “aviso”. Varios vecinos le habrían advertido que se vaya del barrio porque lo estaban buscando, y él “no quiso hacer caso”.

Los contextos de la experiencia de la muerte
de los jóvenes

En nuestro análisis, distinguimos tres grandes contextos de experiencia que movilizan a los actores; cada uno de ellos definido por un tipo de categorías específicas (Cefai, 2011). A partir de nuestro material empírico, identificamos un conjunto de categorías emergentes:

  1. Un primer contexto está constituido por la acción de los actores para establecer los motivos de la muerte del joven; así como una búsqueda de establecer rupturas con los lazos sociales de la familia del agresor, y una nueva posición con respecto a las relaciones sociales barriales.
  2. En segundo término, se trata de caracterizar los pensamientos y las categorías morales de que disponen y utilizan los actores para establecer argumentos frente a la muerte del joven.
  3. Finalmente, describimos y analizamos un proceso de desintegración del yo que ocasiona la muerte violenta en los actores, y los problemas que enfrentan éstos para establecer una inscripción psíquica e histórica de la muerte.

Estos contextos poseen una relativa autonomía en sus categorizaciones; ya que los mismos interactúan, entran en tensión y se articulan mutuamente.

Evaluación de la muerte en las relaciones sociales. Ruptura, reordenamiento y aislamiento

El primer trabajo que se les impone a los actores es el establecimiento de circunstancias de la muerte del joven. Ello comprende la presencia de testigos y la capacidad de las redes sociales de las familias para establecer los hechos de la muerte. En algunos casos, éstos no pudieron establecerse.

En todos los casos, interviene la figura de un tercero del mismo barrio, que puede ser un familiar del joven muerto, que informa inmediatamente a la madre o hermanos, en el momento en que ocurre el hecho violento. A partir de esto, en la mayoría de los casos, existen informantes, que revelan las identidades de los agresores. Allí, la mayoría de las muertes ocurren en el mismo sector barrial y red de sociabilidades del joven y su familia; e incluso puede ocurrir en el domicilio, como en el caso de Sergio. En dicho contexto, se hace muy dificultoso evitar el contacto entre los allegados de uno y otro lado.

Al caracterizar las muertes, los familiares buscan explicar los motivos que habrían ocasionado las mismas y describen una trayectoria previa de relaciones sociales de los jóvenes en que éstas se inscriben. Entre los motivos se destacan la violencia entre jóvenes vinculada a disputas por mujeres; las situaciones de “respeto” y relaciones de poder juveniles relacionadas con robos de diferentes índoles, también ligadas al tráfico de drogas; situaciones vinculadas exclusivamente al robo entre jóvenes en forma individual y no como parte de grupos. Asimismo, estos motivos son vinculados en la mayoría de los casos a trayectorias delictivas y de consumo de drogas de los propios jóvenes muertos.

En las trayectorias sociales juveniles descriptas, es importante destacar que en todos los casos, los jóvenes tenían una relación previa con el agresor. En la mayoría eran amigos, ya sea porque crecieron juntos en el barrio o porque compartían actividades delictivas. Incluso, en algunos casos, la familia del muerto también tenía relaciones previas con el agresor y su familia; la mayoría de las veces, de tipo conflictivo.

Junto al trabajo de averiguación de los motivos de la muerte del joven, los familiares intentan establecer un proceso de restricción y delimitación en los vínculos con el agresor y sus allegados, así como en la circulación por los sectores geográficos del barrio que frecuentan estos últimos (Bermúdez, 2011). Asimismo, ello va acompañado de un aislamiento social de la familia del muerto en los vínculos más próximos con respecto al resto del barrio. Incluso, se pueden producir conflictos y aislamiento entre los mismos miembros de la familia.

En la circulación social cotidiana del barrio se producen contactos entre familias de uno y otro lado, tanto como en eventos sociales barriales. Son frecuentes las amenazas y/o burlas verbales y gestuales de la familia del agresor hacia la del muerto. Veamos los testimonios de familiares de José, que resaltan la actitud de la familia de uno de los agresores, que estaba condenado y preso:

“‘Se van a querer re matar porque él va a estar afuera’, así decían. Esta familia es provocadora porque vienen acá. Estuvieron en el corso… se ríen en la cara tuya, y por ahí no los estás ni mirando y te provocan. Saludan así como re cara dura, como que no pasó nada. Mínimo, pido un respeto” (Carolina, hermana de José).

Ello desencadena la impotencia y el reforzamiento del dolor por la muerte ocurrida, así como miedos de parte de la familia del muerto a represalias ante posible denuncia judicial contra los agresores. Se acentuaría así la percepción de los actores allegados al joven muerto, de una “vulnerabilidad física”, vinculada a relaciones sociales conflictivas, violentas y amenazantes (Butler, 2006). La categoría emergente allí es: nos pueden hacer algo.

Contexto cognitivo-moral presente en la disputa social

Junto a la experiencia con las relaciones sociales, los actores necesitan construir una reputación social del muerto y de la propia familia frente a su comunidad y la sociedad en general (Bermúdez, 2011). La violencia puede entenderse aquí como una “interpelación moral” en la relación intersubjetiva de los actores entre sí, así como un cuestionamiento que se realizan los actores sobre sí mismos, en las valoraciones de sus propias acciones (Garriga Zucal y Noel, 2010). No existen allí mundos morales homogéneos y segmentados, que se diferencien entre sí en la acción de éstos, sino conjuntos de valores diferentes que se encuentran en tensión entre sí y en disputa por el sentido en dicha acción.[5] Para Balbi (2007), los significados de los valores pueden ser “debatidos” en la acción social de los actores, en tanto, por un lado, las situaciones sociales específicas son mediadas por elecciones morales o, de modo diferente, dichas situaciones pueden producir nuevos sentidos para la acción del actor.

En este trabajo seleccionamos los principales repertorios culturales que utilizan los actores para construir una reputación del muerto y de sus familias. Entendemos a estos repertorios en tanto una estantería de categorías a las que recurren los actores para clasificar una situación social específica. Dichas categorías son modos de actuar que permiten una lectura de las formas en las que somos socializados; y en las que se ponen en tensión los significados para uno y para el otro (Noel, 2013).

Una trayectoria social que anticipa la muerte

Alude a un conjunto de valores que conforman una suerte de pensamiento social, que muchas veces aparece formulado explícitamente, y otras está supuesto en las valoraciones: “Vos sabés que si robás o estás involucrado en el tráfico de drogas, podés terminar muerto”. Allí, la categoría que emerge es vos sabés que te pueden matar. En el contexto de las sociabilidades y esta trayectoria social anticipada de los jóvenes muertos, todos piensan previamente en la posibilidad de la muerte, los familiares y los propios jóvenes. Bajo la mirada social de los actores allegados al joven muerto y de la comunidad barrial, existe un conjunto de valores que se aplica a la trayectoria social del joven, que anticipa previamente la muerte y finalmente la efectiviza. Las categorizaciones de los actores incluyen allí: el consumo de drogas en un grupo de pares en “la esquina”; “la participación en actividades de robo con otros jóvenes” y “obtener la plata fácil”; “el distanciamiento del joven de su grupo familiar”; “el no escuchar los consejos de los miembros de familia y de otros allegados”, “el sentirse más grande de lo que se es y buscar decidir por sí mismo”.

La amistad entre jóvenes en cuestión

Los actores producen un debate sobre los valores que constituyen la amistad entre jóvenes; fundamentalmente, luego de producida la muerte. El cuestionamiento apunta al interés material del consumo de bienes materiales como causa exclusiva de las “amistades” y los conflictos juveniles. Allí, emergen categorías vinculadas entre sí. La primera es sólo sos amigo si tenés algo. Se cuestionan los bienes materiales y simbólicos que median las disputas en los enfrentamientos entre jóvenes: el producto de los robos (dinero, autos, motos, etc.); distintos tipos de vestimentas juveniles como bienes simbólicos, que son objeto de comparaciones y competencia entre jóvenes; la disponibilidad de drogas para consumo; las mujeres jóvenes que intervienen allí como un bien en disputa. Una segunda categoría que emerge allí es tener muchos berretines. Susana, madre de Carlos, formula muy claramente esto:

“‘Que ¿por qué me mira mal?, que usa zapatillas de marca y el otro no’, todo así. Uno le dice hoy ‘tener muchos berretines’. Los berretines quiere decir que se enoja, porque vos usas una campera Adidas y el otro no… como si yo tengo un celular táctil y vos tenés un celular común, yo quiero robarte ése porque… de tener berretines, de yo soy más que vos. Él no quería usar zapatillas comunes. Él se enojaba conmigo porque quería zapatillas de marca, y entonces los pibes lo miraban, ‘mirá, éste no tiene zapatillas’. Lo miraban, y así se venían los problemas entre los pibes. Antes de decirle, ‘éste es un envidioso’, se le dice ‘tiene una de berretines, éste qué se cree’, o se hace el enojado, que quiere ser más que otro”.

Existen dos situaciones que desencadenan este debate. En la primera, se destaca que el agresor era previamente “amigo” del muerto en algún momento de la trayectoria social de ambos jóvenes. La situación de Domingo muestra claramente este debate, donde la disputa social entre examigos, está vinculada a una novia. En una segunda situación, se cuestiona que los jóvenes del grupo de pares más allegado no ayudaron al joven en la situación de su muerte. La categoría emergente que aparece recurrentemente es lo dejaron tirado. Esto generaría bronca, desconfianza y un temor a la propia muerte en los vínculos al interior de las bandas juveniles, particularmente entre los jóvenes cercanos al muerto (hermanos, sobrinos, primos, etc.).

Las madres que descuidan a sus hijos, las que luchan y las que no pueden

Un tercer conjunto de valores vinculan la muerte del joven con las características morales de la figura de la madre en la socialización de los jóvenes. Existe una tensión en los valores que colocan los actores sobre sí y el medio social sobre ellos, entre la figura de la madre cuestionada moralmente porque no puede cuidar a sus hijos, y la de aquella madre que lucha por sus hijos, pero que se enfrenta a las dificultades y la imposibilidad de intervenir sobre la socialización juvenil extradoméstica; es la madre que no puede o no está preparada.

Esta tensión está referida a un conjunto de situaciones de la socialización de los jóvenes que las madres destacan. La primera está constituida por un distanciamiento del joven de la socialización familiar en el momento de su adolescencia. Este distanciamiento está vinculado, en general, a algún tipo de violencia familiar, sea física o emocional, hacia la madre y/o hacia los jóvenes, o a una muy precaria situación económica del grupo familiar, que incidiría en que el joven busque obtener recursos fuera del hogar y/o sea alojado en alguna institución durante el día o en forma permanente. Una madre, que tiene once hijos, relata este proceso

“Él veía que los otros chicos tenían mejores ropas que él, y él siempre me preguntaba ‘Mamá ¿por qué ellos pueden y yo no puedo tener esa ropa, o ese calzado, o esa pelota?’… Y yo le decía, que yo le daba lo que yo podía darle, que ese amor de madre no le faltaba, pero sí que la faltaban las otras cosas, que era lo principal, vamos a decir, la ropa o el calzado. Le decía ‘cuando ustedes sean grandes y trabajen, se pueden comprar lo que ustedes quieran, porque yo no puedo…’ Y ahí él me decía: ‘Yo no te mandé a que tengas muchos hijos…’ Él iba a comer al comedor, y cuando tenía 10 años, un día me dijo que no quería ir más al comedor, que él quería ir a trabajar. Daniel trabajó ayudando en la verdulería de un mercado tres años. No era que yo lo mandaba a trabajar, él quiso. Él también concurría a una comunidad cristiana desde los 7 años, en la que iba durante el día a hacer actividades para él, y para otros chicos y ancianos” (Amalia, madre de Daniel).

Es allí donde una serie de categorías morales son accionadas. Unas, valoradas negativamente, como estar en la calle, drogarse, ir a robar, insultar a la madre y no hacer caso. Otras, valoradas positivamente, como trabajar para ayudar a la madre, estudiar, o “estar durante el día en alguna institución”, que apoye al joven y limite la permanencia en la calle.

También, ante la adicción a las drogas, el ejercicio de violencia y los robos de los jóvenes en el mismo barrio, las madres son cuestionadas bajo la mirada social; e incluso se pueden producir enfrentamientos entre familias por esos hechos. Sergio había matado a otro joven en el barrio, previamente a su muerte; y ante ésta, su madre refiere:

“Cuando él murió, ninguna familia se acercó. Yo fui muy despreciada en el barrio porque a él siempre se lo tuvo como un asesino. Yo me tuve que mudar de donde estaba porque los vecinos me odiaban. Me decían ‘ahí va la madre del asesino’. Y ahora, que salieron de la cárcel los dos que lo mataron, recibo amenazas de ellos” (Cecilia, madre de Sergio).

En el contexto de estos cuestionamientos, las madres a menudo describen e intentan legitimar sus propias trayectorias de intentos de intervenir con sus hijos, previamente o posteriormente a la muerte. Ello comprende fundamentalmente “hablarle” a sus hijos; expresarles el dolor de madre; ir a buscar al hijo a la calle y traerlo a la casa; “proponer al hijo, gestionar en instituciones y acompañar al mismo a diversos tratamientos para rehabilitarse de la adicción a las drogas”. Frente al proceso de socialización de los jóvenes, sobre el que las madres no pueden intervenir, también ellas, en varias en ocasiones, realizan demandas y denuncias públicas ante las instituciones del Estado y comunitarias de esa imposibilidad materna. Un ejemplo de ello lo constituye el relato de la madre de Carlos:

“Yo trabajaba todo el día, él se quedaba con el padrastro. No le hacía caso, y se iba a la calle y se quedaba ahí. Yo fui al Consejo del menor. Él no podía depender de él y depender de mí. Yo no lo podía cuidar. Yo me fui al juzgado y le dije que él iba a andar en cosas raras, que yo no sé lo que él hacía. El juzgado lo encontró y lo llevó… Primero, pasó por un instituto y luego buscaron un lugar, y lo internaron en un centro de rehabilitación por el poxiran. En ese centro no podía escaparse. Y ahí estuvo tres años y salió bien” (Susana, madre de Carlos).

Los modos de hacer justicia a la muerte

Junto al establecimiento de la situación y los motivos de la muerte del joven, a las demarcaciones en las relaciones sociales descriptas, y al dolor por la pérdida, surge en la mayoría de los familiares la figura de la venganza, mediante el deseo de la muerte del agresor. Ello se expresa fundamentalmente en verbalizaciones o pensamientos entre los mismos allegados, y en algunas ocasiones en intercambios de insultos y amenazas entre las familias de uno y otro lado. La existencia de conflictos previos entre las familias del muerto y la del agresor pueden potenciarse con la situación de la muerte; e incluso ésta puede redefinir el sentido de esos conflictos. La enunciación de los familiares nos hace pensar que, en principio, esta figura de la venganza se presenta como una “responsabilidad moral” de los más allegados con el muerto; la que actuaría al modo de un mandato.

En algunas familias el deseo de la muerte del agresor y/o el odio a su familia puede persistir incluso luego de que el agresor haya sido condenado judicialmente, haya cumplido su condena en la cárcel, y haya vuelto al barrio.

Asimismo, las causas de oficio excepcionalmente van acompañadas de denuncias de los mismos familiares. Observamos, además, que rara vez existe un apoyo institucional en el barrio para que los familiares realicen las gestiones judiciales para el reclamo de justicia ante el Estado y en la misma comunidad. Cuando los familiares toman la decisión de denunciar ante la justicia o se prestan a testimoniar activamente en la causa de oficio, la acción de estas personas debe enfrentarse con dos difíciles tareas. Primero, ejercer algún tipo de movilización social entre la red de familiares y en el mismo barrio. Allí, se trata, por un lado, de la capacidad de obtención de testimonios entre los mismos integrantes de la familia y otros allegados a la situación de la muerte. Pero, también, se trata allí de la capacidad de la familia del muerto y sus allegados de instalar la visibilización de la problemática de la muerte de los jóvenes, al conectar la situación particular de la familia del muerto con otros actores que pasaron por la misma experiencia de la muerte y, así, producir una movilización social en el barrio.

“Cortamos la avenida e hicimos una marcha con un poco de ruido, más que nada para que se sepa que hay un boliche en el barrio donde no solamente fue la muerte de José, hay varias muertes ahí adentro. Cuando estábamos haciendo la movilización, unas 7, 8 mamás se acercaban a decirnos ‘mirá, a mi hijo le pegaron un tiro en el cuello, él está vivo, pero fue ahí adentro’, después otra me dijo ‘mirá, a mi hijo le metieron lo mismo, una puñalada en el brazo’. Venían y contaban, y así uno también se va enterando. Más que nada la marcha también era para que se sepa y para, de paso, ayudar a las otras familias” (Carolina, hermana de José).

En segundo lugar, los familiares del muerto, particularmente, la madre, tienen que enfrentarse a testimoniar y escuchar los relatos de la otra parte, en el juicio a los agresores. Ello se produce en un contexto de tensión, que incluye miradas acusatorias y de dolor, insultos, amenazas y burlas de parte de los allegados al agresor y cómplices.

Pero estos casos son excepcionales. En la mayoría de los familiares entrevistados existe un conjunto de circunstancias que configura una percepción de lejanía de la justicia del Estado, y una poca diferenciación de ésta con el accionar de las fuerzas de seguridad. Un hecho recurrente parece ser que las fiscalías solicitan a los familiares testigos de la muerte, así como datos para localizar a los posibles agresores. Ante ello, los testigos no se pueden encontrar, o cuando son contactados no quieren declarar. También ocurre, a menudo, que los familiares no tienen información sobre el paradero de los posibles agresores. Además los familiares argumentan que, generalmente, la justicia y la policía “no buscan” a los posibles agresores para apresarlos. De hecho, muchos familiares refieren que los agresores estuvieron prófugos luego de la muerte y, posteriormente, fueron apresados por causa de otros delitos, o murieron en enfrentamientos con otros jóvenes.

Dicha lejanía de la justicia del Estado se vería reforzada por el hecho habitual de la continuidad de las amenazas del lado del agresor y sus allegados. Ellas pueden incluso continuar, durante la condena y detención, y luego de haber cumplido ésta y de regresar al barrio. Además, se reporta que, a menudo, los allegados del agresor disponen de poder económico para sobornar a la policía o a la justicia; de modo que aun cuando los agresores pueden ser detenidos, luego podrían ser liberados.

Junto a los valores inherentes a la figura de la venganza vinculada a la responsabilidad moral por el muerto y la justicia “por mano propia”, así como a los valores que legitiman la justicia del Estado, encontramos una tercera concepción de la justicia: la justicia de Dios. Encontramos en los testimonios de los familiares distintos tipos de mixturas entre las creencias en la justicia de Dios, la justicia del Estado, y la justicia por venganza.

Cuando los familiares participan activamente de las causas judiciales, muchas veces el proceso judicial va acompañado de ritos católicos, vinculados a misas, rezos, visitas periódicas al cementerio, elaboración de placas y recordatorios del muerto, entre otras.

También los valores religiosos, pueden utilizarse para reforzar la venganza y la justicia por mano propia, pero puesta como un hecho social que le acontece o podría acontecerle al agresor en otras circunstancias, y no como una venganza ejercida por los mismos familiares. Se destacan dos tipos de situaciones en los testimonios. En uno, los familiares colocan en un mismo nivel la justicia divina y la esperanza de que el agresor en algún momento va a morir, apoyado en el guión social previamente descripto en este trabajo: “vos sabés que si robás… te podés morir”, y en el supuesto de justicia del “ojo por ojo”. La formulación más común referida al agresor, que expresan y circula entre los familiares como deseo y esperanza, es: “ya va caer, lo van a matar”. La segunda situación está configurada por la misma lógica, pero ante el hecho efectivo de la muerte del agresor en otras circunstancias a la del joven muerto. Es una suerte de justicia efectivizada por venganza y mano propia, pero ejercida por otros. En algunas ocasiones la muerte del agresor es festejada y vinculada simultáneamente al cumplimiento de una justicia divina; como ocurrió en el caso de Domingo. Cuando estábamos realizando su biografía, mataron al agresor en otro enfrentamiento, y madre y hermana festejaron de este modo.

La desintegración del yo de los actores

En forma inherente y simultánea a los dos contextos de experiencia descriptos, la violencia de la muerte produce una experiencia de desintegración del yo de los familiares del joven.

Los actores necesitan reexaminarse a sí mismos y a sus vínculos sociales pasados y actuales. Ello constituye lo que Butler (2009) denomina el trabajo de dar cuenta de sí mismo frente a la desposesión que efectúa la violencia y la muerte. Allí, el yo del actor es “interpelado” por los otros y se crea una demanda de “interlocución” con ellos. Esta experiencia se inaugura con la génesis singular de un sujeto deliberante; el cual posee dos dimensiones básicas. Por un lado, el actor necesita establecer una nueva relación de su yo con sus propias relaciones sociales constitutivas; y por otro, se ve impelido a indagar en la relación de su responsabilidad ética con las normas sociales. Este proceso escinde al yo en dos partes que interactúan permanentemente. Un parte, constituida por un yo inconciente, resultado de lo inesperado de la muerte y de los “no saberes” que ello inaugura en cuanto a la sujeción al otro que significa la violencia. Es la experiencia de desposesión del otro, sin poder saber ciertamente qué se pierde en ese otro. Otra parte, hace referencia a un yo reflexivo, que procura dar cuenta concientemente de los vínculos con ese otro y de las relaciones sociales más amplias de la comunidad.

Existe allí una experiencia en la percepción originada por el impacto de la situación de la muerte en los sentidos (visuales, táctiles, olfativos y auditivos). Ello produce una desintegración del yo que inaugura procesos de transmisión psíquica en el acontecer biográfico de los familiares, los que nos remiten a las posibilidades de una “inscripción psíquica” e “histórica” de la violencia y la muerte. La transmisión es un mecanismo de transporte, de orden inconciente, de deseos, afectos e imágenes entre el pasado y el presente.[6]

Los procesos de transmisión parten de una tensión entre dos polos. Por un lado, es un transporte de rabia y dolor que coloca al yo fuera de sí, procurando desterrar la vulnerabilidad que ocasiona la muerte. Surge como respuesta la búsqueda de seguridad del cuerpo, con la posibilidad de eliminar a otros frente a la vivencia de un sentimiento de inseguridad: “¿sentirnos seguros a expensas de qué y quiénes?” (Butler, 2006:56). Por otro, la desintegración del yo es un efecto de la experiencia de los sentidos y de la memoria del contacto con el muerto. Es la posibilidad del yo del actor de soportar en la narración biográfica la paradoja de ser constituido por los vínculos sociales del muerto, y al mismo tiempo ser desposeído de la vida de ese joven, por esas mismas relaciones sociales. Ello supone la posibilidad de situar a la vulnerabilidad física en relación al contexto social, los juicios morales y las sociabilidades que constituyen a los actores como vulnerables en forma originaria.

A partir del análisis de dicha tensión, desarrollamos tres dimensiones de análisis de un mismo proceso, que nos permiten explicar el contexto de la experiencia psíquica e histórica de los familiares en torno a la pérdida del joven.

El trabajo de inscribir los recuerdos en acontecimientos

La narración biográfica pone en transmisión un trabajo de inscripción histórica de la muerte. La memoria de los familiares se mueve en una tensión entre la localización de recuerdos específicos de la vida del muerto, a partir de la puesta en relación de hechos de la vida del muerto con el contacto corporal y su huella en los sentidos de los familiares; y por otro, la localización de acontecimientos biográficos que marcan un antes y un después en la vida del joven. De dicha tensión resulta que, por momentos, pueda aparecer en la narración biográfica una fragmentación y disgregación entre dichos elementos, y que, en otros momentos, la narración pueda incorporar estos distintos elementos en la historización y constitución de un conjunto de acontecimientos biográficos. Allí, se trataría de la creación de diferentes temporalidades de los sujetos.

La muerte presentida e imaginada

En las reconstrucciones biográficas de los familiares a menudo surgen distintos tipos de imágenes, sueños o visiones, así como actos del joven inmediatamente previos a su muerte, que son interpretados por los familiares como presentimientos de la muerte. En un trabajo previo, hemos discutido la categoría muerte imaginada, como “presentimiento” en la experiencia sensorial, vinculada a las diferentes sociabilidades de los jóvenes, en tanto una fenomenología de lo imaginario en la memoria (Villa, 2012). ¿Qué palabras, violencias y hechos en los cuerpos, en las trayectorias biográficas de los jóvenes muertos, se constituyen para sus familiares en imágenes que podrían preanunciar la muerte? Imágenes que podrían actuar como despedidas del muerto, y desde las cuales los actores pueden reconstruir la memoria de éste.

Perla: yo estaba durmiendo y de repente me dicen… como si fueran una imagen, una foto, de él. Cómo estaba siempre él, tenía un conjunto deportivo blanco, con esa carita que se reía, así. Se reía él, diciendo: “Mamá, perdoname”.

Tania: Porque mi mamá le decía: “Hijo, entrá adentro, hijo entrá adentro”. Estaba mucho en la calle. Era una persona que no le hacía caso a mi mamá (Madre y hermana de José).

Pero también encontramos situaciones en que la muerte es presentida por los mismos jóvenes, y esto se revela para los familiares con posterioridad al deceso, quienes no la habían presentido. En el caso de Carlos, existe un presentimiento, que adquiere una forma de despedida de sus tres hijos:

“[…] cuando nosotros lo estábamos velando, encontramos 3 cartas de él. Dice cómo a los hijos les pide perdón, perdón por no tener un padre como él quería, como que él se sentía mal. Me gustaría que las vea. Él dejó a cada uno de sus hijos una carta. Las encontramos una hora antes de que lo enterremos… en una campera. Como que él presentía que le iba a pasar algo. Poco antes de que él fallezca, a una señora le pidió una lapicera para escribir a la noche las cartas estas”.

La demanda moral del muerto y la culpa de sí

Al describir el contexto de la experiencia cognitivo-moral de los familiares, aludimos a una “responsabilidad moral” por el muerto, que actuaría como un mandato para los familiares. Pero este mandato necesita de una doble confrontación para actualizarse en el yo de los familiares. Por un lado, una confrontación con las relaciones sociales reales tras una muerte, como describimos en los dos primeros contextos de experiencia. Por otro, el yo de los familiares se encuentra necesitado de dar cuenta de sus vínculos originarios con el joven muerto. Son principalmente las madres quienes recorren y reexaminan minuciosamente la socialización de sus hijos y particularmente la relación de éstos con ellas. Allí, dudan, se contrarían a sí mismas, y ensayan explicaciones; a partir de los recursos cognitivos y valores disponibles descriptos anteriormente.

Esta segunda confrontación se convierte en la más ardua tarea para la reconstrucción biográfica. Particularmente, en todas las madres, encontramos una deliberación subjetiva en que las voces de sus hijos retornan una y otra vez, interpelándolas. Se trata de un proceso como el siguiente

“El mes de mayo, de su cumpleaños, yo preferiría que no llegue, me encierro en esa fecha. Porque capaz me aferro, hoy por hoy, a decir: ¿Qué hice con mis hijos? Que no pude estar, ¿qué hice? O, ¿por qué no lo ayudé? O, ¿por qué no estuve ahí? A veces me siento culpable. Porque tampoco no estaba la posibilidad de yo poder ayudarlo, porque, como yo te decía, al ser analfabeta… Me reclamó que yo no podía darle lo que él quería… Él era chico, tendría 10, 11 años, y me decía: ‘mamá cuándo vas a estar con nosotros’. Y, no, para mí, primero estaba el trabajo. Hice lo que pude… también yo creo que me faltó autoridad para que no salga a la calle ese día… No me iba a pasar que él muera. Más allá que siempre él me decía cuando se enojaba conmigo: ‘si a usted no le importó mi vida, ¿ud. se quiere imponer ahora?’ Y, a veces, yo decía: ‘no es que no me importó, porque me importó estás vivo, porque me importó tenés lo que tenés’. Yo creo que lo que me pasa a mí son esos reproches, que quizás él tenga razón o no tenga razón. Tuvo razón porque no estuve, es cierto; y no tenía razón porque yo tenía que trabajar” (Amalia, madre de Daniel).

Nótese la necesidad del actor de colocar al “yo” como sujeto de responsabilidad. La deliberación subjetiva ocurre entre dos polos de una tensión. En un extremo, el yo se repliega en un proceso melancólico, preso de una culpa extrema por la pérdida que lo sume en la depresión profunda, lo que incluye, a menudo, intentos de suicidio. Allí, la demanda moral del muerto sustrae a los familiares de toda capacidad deliberativa sobre sus vínculos con él (Butler, 2006). En el otro extremo, el yo puede situar los vínculos con el muerto, y también colocar a éstos en las condiciones familiares y sociales más amplias. Es un proceso de duelo, caracterizado por un diálogo con la comunidad social y política. Esto significa reconocer que estos jóvenes muertos y sus familiares forman parte de un orden social de exclusión en que la violencia cobra sentido. Es allí donde el yo de los familiares podría situar la culpa como parte de una comunidad moral que somete a los sujetos, un orden externo a sí mismos; y aceptar extramoralmente las propias limitaciones en los vínculos con el joven muerto: lo que se pudo hacer y lo que no se pudo hacer. Así, el proceso de duelo del joven muerto puede transformarse en una crítica al orden social del propio barrio.

La articulación de los contextos de experiencia y la caracterización de la prueba social

De acuerdo con todo lo expuesto, podemos argumentar que la experiencia social tras una muerte violenta entre jóvenes abre su camino en dos direcciones indisociables que se intersectan y vuelven, una y otra vez, al modo de un circuito, una sobre la otra. Por un lado, se trata de una dimensión psíquica, en la cual asistimos a la desintegración del yo del actor como efecto de la experiencia de los sentidos (tacto, olor, audición y visión) y en la memoria del contacto con el otro. Pero, por otro lado, son los otros los que nos desintegran y ello remite al trabajo del actor en sus relaciones con los otros, a las que está sometido. En este circuito, las relaciones sociales del muerto se tornan paradójicas en la misma experiencia biográfica de los familiares: constituyen la vida del mismo y sus vínculos con ellos, y simultáneamente los familiares se sienten desposeídos de esas relaciones sociales. De ahí que la violencia de la muerte torne amenazante a la relación con los otros, coloque a los familiares en un estado de incertidumbre, y que por ello surja un impasse de sentido en el yo de éstos, y en sus vínculos sociales.

Si nos enfocamos en el proceso de desintegración del yo para analizar los otros dos contextos de experiencia, podríamos argumentar que todo se dirime por un juego de posiciones subjetivas en la percepción frente a la realidad y los discursos. ¿Desde qué posiciones subjetivas los actores pueden situar su relación con los juicios morales, los pensamientos y las relaciones sociales que ocasionan la muerte?

Es allí donde el contexto de la experiencia de la desintegración del yo de los actores se articula con los otros dos contextos analizados.

Existe una especificidad sociológica de la evaluación de los motivos de la muerte, la restricción y el aislamiento en las relaciones sociales. La capacidad de establecer los motivos pone en evidencia las complejas redes de relaciones sociales de los jóvenes muertos. Esto puede revelar la segmentación y articulaciones entre diferentes espacios de sociabilidad juveniles, fundamentalmente la familia y el grupo de pares. En segundo lugar, los familiares pueden visualizar y sistematizar los hechos que configuran una trayectoria social del joven.

Los contactos en la circulación, los conflictos y las amenazas entre la familia del muerto y la del agresor ponen en acto los recursos cognitivo-morales. Allí ocurre un proceso social de interpelación y segmentación de sociabilidades de las familias, el que coloca a los actores en una posición ambivalente. Se crea una fisura entre la trayectoria social del joven y la singularidad de la vida personal y familiar. Los actores deben dar cuenta de este quiebre. Es el nivel de la experiencia conceptualizado por Dubet (2008): el actor se halla colocado entre un influjo masivo de la complejidad de las relaciones sociales, y una posición de autonomía personal frente a ello. Pensamos que lo que se instala en esta fisura es una exposición del cuerpo y una vulnerabilidad física y social que provoca la muerte violenta, como condición básica de la cual parte la experiencia. Es una fractura y distancia entre el proceso de socialización, por un lado; y los pensamientos y valores que sostienen los actores.

En el segundo contexto de experiencia analizado, esta distancia se transforma en un debate del actor sobre la legitimidad de los valores y pensamientos. La efectivización de la muerte, bajo el guión anticipado de la muerte pensada, posee para los actores una doble dimensión, la que puede tornarse ambivalente. Por un lado, brinda una explicación racional, la que podría naturalizar la muerte y el orden social barrial en que se inscribe la misma. Pero, por otro lado, sume a los actores en una posición de impotencia y dolor, que coloca a la trayectoria social del joven como algo propio y no como un orden social externo a aquéllos y a la vida de la familia, en particular. Esto último podría desencadenar una crítica y un proceso reflexivo sobre el orden social que produjo la muerte. Es el tipo de afirmación recurrente: “Antes veías las muertes en el barrio, pero cuando te toca a vos es diferente”.

Los vínculos entre jóvenes que ocasionan la muerte conducen a discutir la noción de amistad. Por un lado, los actores reconocen y cuestionan el consumo privatizado (Wacquant, 2001), material y simbólico, como soporte de las sociabilidades juveniles, en las cuales la violencia deviene una disputa material y simbólica de los bienes del otro: ¿Qué bien tiene el otro que le puedo usufructuar? Pero por otro, este cuestionamiento cultural no se traduciría en una modificación sustancial de las sociabilidades juveniles en términos estrictamente sociológicos: los jóvenes podrían distanciarse relativamente del grupo de pares. Este cuestionamiento operaría diferencialmente en términos generacionales, de los adultos a los jóvenes; allí donde los primeros reconocen una socialización efectiva en torno al trabajo y a la educación, en oposición a la obtención juvenil de “plata fácil” mediante actividades delictivas, en función del consumo.

La tensión inherente a la figura materna analizada comprende un proceso de “culpabilización”; el que operaría en una doble dimensión. Por un lado, las madres se culpabilizan a sí mismas en su proceso de duelo por la vida de sus hijos que condujo a la muerte; y por otro, la culpa es resultado de la mirada social y las acciones de los miembros de su comunidad que las juzgan y cuestionan. Estas dos dimensiones, a veces, confluyen y es difícil distinguirlas; y en otros momentos, se separan. Cuando, además, las madres pueden trascender la dimensión moral de esta culpa, realizan una crítica social de sus propias posiciones sociales y las de las de los jóvenes muertos.

El modo de concebir y recurrir a la justicia reconoce dos grandes fundamentos, muy vinculados entre sí. En primer lugar, se trata de un fundamento moral, anclado en la capacidad de los familiares de sentirse habilitados moralmente para actuar frente a los juicios comunitarios. En segundo lugar, se trata de un fundamento político. Allí, el poder de la violencia de los grupos de jóvenes y sus familias, y también del narcotráfico a nivel barrial, limitaría las acciones de justicia. Puede tratarse del temor a las represalias; pero, también, puede revelar posibles afinidades y compromisos o intercambios sociales de los actores con estos poderes. En la mayoría de los casos, existe una percepción de lejanía de la justicia del Estado; lo que reforzaría la situación de vulnerabilidad social y corporal de los actores allegados al joven muerto.

Si buscamos caracterizar una prueba social, los familiares deberían resolver el desafío de construir una reputación del joven muerto con relaciones, conflictos y pensamientos sociales que procuran eliminar a los jóvenes de la comunidad. Y, al mismo tiempo, tendrían que recuperar en su experiencia personal la memoria del mismo en un orden social que excluye estas muertes. Habría allí una paradoja. Los familiares deben dar cuenta de su experiencia personal acerca de las relaciones sociales del muerto. Pero, al mismo tiempo, al dar cuenta de estas relaciones sociales, son interpelados moralmente por los juicios que comporta el ejercicio de la violencia de los jóvenes. De allí, que deben resolver una divergencia, entre una moral comunitaria que excluye y elimina a los jóvenes, y el yo de los actores que no puede apropiarse de esta moral y tiene dificultades para construir otra. Existe una distancia entre la socialización de los jóvenes y los recursos cognitivos morales de que disponen sus familiares para explicar las trayectorias sociales juveniles que condujeron a la muerte. Se trataría de un desafío social a resolver, entre las prácticas sociales de los jóvenes y una relación de los familiares con una moral colectiva que pueda universalizarse en sus comunidades.

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  1. Es importante destacar que, incluso los homicidios en porcentaje están sobrerrepresentados en las villas de emergencia, ya que éstas tienen aproximadamente el 10% de población de la CABA y el 59% de los homicidios.
  2. “Caracterización y efectos psicosociales de las muertes violentas de jóvenes en las poblaciones urbanas de extrema pobreza: una perspectiva biográfica en los contextos de las sociabilidades juveniles”, realizado desde el Consejo de Investigación en Salud del Ministerio de Salud del GCABA, con el patrocinio del Instituto Universitario de Ciencias de la Salud/Fundación H. A. Barceló, sede Buenos Aires.
  3. Se trata del Programa de Juventud e Inclusión Educativa del CeSAC Nº8/Área Programática del Hospital J. M. Penna/Ministerio de Salud/GCBA, el cual desarrolla actividades comunitarias y asistenciales con jóvenes y sus familias.
  4. Comunicación personal con Danilo Martuccelli en discusión del Seminario “Las sociologías del individuo”, 13-24 de julio de 2015, Buenos Aires, organizado por el Centro Franco Argentino de Altos Estudios y la Universidad de Buenos Aires.
  5. Comunicación personal con Gabriel Noel.
  6. Hemos discutido extensamente los procesos de transmisión en Villa, 2010 y 2012.


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