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Infancias, adolescencias y salud

Reflexiones a partir de un estudio antropológico de las respuestas sanitarias a la tuberculosis en la Ciudad de Buenos Aires 

María Guadalupe García

En reiteradas ocasiones se ha planteado que el estudio de los procesos salud-enfermedad-atención abre una perspectiva analítica para abordar procesos fundamentales de la vida colectiva y la reproducción biosocial. En tal sentido, Eduardo Menéndez (2015) en su lectura de Berlinguer ha señalado que estos procesos constituyen “espías” de las contradicciones de un sistema, ya que a través de ellos pueden ser observados problemas, tensiones y conflictos económico-políticos e ideológico-culturales (p. 302). Los padecimientos, el daño y las respuestas individuales y colectivas para atenderlos, prevenirlos, curarlos o aliviarlos se conforman, en esta perspectiva, como una “linterna empírica” (Keck et al., 2019) para iluminar cuestiones centrales de la vida social y la práctica institucional, para analizar los actuales procesos biopolíticos o necropolíticos, para comprender la distribución desigual del daño y la centralidad de los cuidados domésticos y comunitarios, para aproximarnos a las múltiples formas de los sufrimientos individuales y colectivos, para atender a las relaciones de poder y micropoder, de hegemonía y subalternidad.

Recuperando estos planteos, este trabajo propone una aproximación a las condiciones de salud y las modalidades de gobierno sanitario de infancias y adolescencias a partir de los resultados de una investigación antropológica sobre el curso epidemiológico, técnico y social de la tuberculosis en la Ciudad de Buenos Aires. Con el objetivo teórico-metodológico de construir un punto de vista prismático (Petryna, 2016; García et al., 2017) se presenta un ejercicio analítico-descriptivo que apunta a delinear las diversas escalas, configuraciones y temporalidades de las respuestas sanitarias ante esta antigua condición.

Para ello se hilvanará el análisis de diferentes materiales: documentos técnicos, datos epidemiológicos, entrevistas en profundidad a profesionales implicados en la atención de personas con tuberculosis, referentes de equipos técnicos de gestión local y nacional y observaciones en actividades públicas y jornadas de actualización profesional realizadas durante el trabajo de campo iniciado en 2023.

El “fin” de la tuberculosis

Considerando la mortalidad por un único agente infeccioso, la tuberculosis es la tercera causa de muerte en Argentina en la actualidad, luego del VIH y el COVID (Dirección de Estadísticas e Información en Salud [DEIS], 2024). El desarrollo de la enfermedad se asocia a la presencia del bacilo de Koch, que se aloja principal aunque no exclusivamente en los pulmones. Sin embargo, no todas las personas en las que se encuentra el bacilo desarrollan la enfermedad. En la explicación médica intervienen aquí un conjunto variable de “factores”: el sistema inmunológico, las prácticas alimentarias, la nutrición, el hacinamiento, el consumo de sustancias, la pobreza, el acceso al sistema de salud, entre otros.

La incorporación de terapias antibióticas combinadas en la década de 1970 ha transformado el manejo médico de la tuberculosis, desplazando el eje del modelo sanatorial y las campañas masivas de inmunización hacia el tratamiento farmacológico ambulatorio (Gradmann, 2022). Este tratamiento supone la ingesta diaria de tres o cuatro drogas durante largos períodos de tiempo que pueden ir de seis meses hasta dos años. La discontinuidad o interrupción de la ingesta de medicación, la prescripción de monodrogas y la implementación de esquemas abreviados se han asociado a la presentación de variantes del bacilo resistentes a los fármacos, lo que se conoce como tuberculosis resistente, multirresistente o extremadamente resistente.

Desde la identificación, en 1882, del Mycobacterium tuberculosis como agente causal de la anteriormente conocida como enfermedad del desgaste o de la consunción, el abordaje, la definición y representación de la tuberculosis se han centrado en la agencia del bacilo y en el desarrollo de las herramientas terapéuticas para eliminarlo. En este sentido, los postulados de Koch, centrales para el desarrollo de la bacteriología y de la teoría médica de enfermedades infecciosas (Tomes, 1998), contienen en sí una promesa: a través de la investigación médica sobre el comportamiento del agente patógeno es posible diseñar herramientas técnicas eficaces que, casi inevitablemente, conducirán a la victoria de la ciencia por sobre el bacilo con la consecuente eliminación de la enfermedad.

“Identificar la causa, encontrar la cura, erradicar la enfermedad” ha sido el canto de batalla de la medicina moderna en su guerra contra las enfermedades infecciosas. Una promesa de erradicación basada en la fe en el progreso científico, planteada como un logro moderno y civilizatorio, como ha señalado Nancy Stepan (2011). Una promesa de conquista sobre la naturaleza, de batallas triunfales sobre patógenos y microorganismos mediante el avance de los conocimientos científicos, a pesar de que estos han tenido un recorrido sinuoso y complejo, como muestran los trabajos de Diego Armus (2005, 2007). Una promesa de erradicación que, a pesar de los ciclos reemergentes de la enfermedad, ha sido sostenida en sus bases elementales con una notable persistencia.

Esta misma promesa estructura aún hoy las directrices médico-técnicas y político-institucionales de gobierno sanitario de las enfermedades infecciosas. En esta línea, en 2015 la Organización Mundial de la Salud (re)lanzó la iniciativa Fin de la Tuberculosis, estableciendo como nueva fecha para tal objetivo el año 2035 (anteriormente había sido el año 2000, el 2020 y el 2030). Los ejes centrales de esta estrategia suponen lo que Gradmann (2022) ha llamado “radicalización” de la orientación biotecnológica de respuesta ante la tuberculosis. Un modelo vertical estandarizado y universal que se presenta como “basado en la evidencia” y que se centra en lo que algunos autores llaman soluciones de “bala mágica”, esto es, en la dispensa de biotecnologías como respuesta exclusiva a los problemas de salud (Biehl, 2011; Cueto, 2013). En esta oportunidad, además del tratamiento farmacológico a las personas afectadas, se incorporó la promoción del uso de pruebas moleculares para el diagnóstico de todos los casos sospechosos y la investigación de contactos para la implementación del tratamiento farmacológico de profilaxis o preventivo en personas consideradas “sanas” pero que hubieran tenido contacto con personas afectadas.

Una revisión de los indicadores de avance seleccionados por la Organización Panamericana de la Salud para evaluar el curso de esta estrategia en la región de las Américas muestra que los resultados se orientan en el sentido contrario al “Fin de la Tuberculosis”. Así, encontramos que entre 2015 y el 2022 tanto la cantidad estimada de muertes como la tasa de incidencia de la tuberculosis se incrementaron, ampliando notablemente la enorme distancia entre las metas planteadas por la estrategia sanitaria global y los resultados obtenidos. Al observar los denominados “indicadores prioritarios” que comparan la situación en la línea de base (2015) y el año 2022, encontramos un desempeño destacado en la implementación y adquisición de tecnologías diagnósticas moleculares y la investigación de contactos para la implementación de tratamiento preventivo (indicadores 2 y 5), al tiempo que se observa una menor cobertura del tratamiento (indicador 1) (Organización Panamericana de la Salud [OPS], 2023). A pesar de estos resultados, la meta de la erradicación ha sido revalidada en la reunión preparatoria de alto nivel de la ONU en septiembre de 2023. La promesa de erradicación biotecnológicamente mediada y bacilocentrada porfía.

“La parte social”: tuberculosis y desigualdades

Lejos de ser un fenómeno global, la distribución de casos de la tuberculosis acompaña por lo general a la geografía de otras desigualdades. Mientras que en algunos países el mejoramiento general de las condiciones de vida supuso una marcada reducción de los casos, en otros la tuberculosis sigue afectando a grandes conjuntos poblacionales, especialmente aquellos que viven en condiciones de precariedad en las grandes ciudades.

Consideremos la Ciudad de Buenos Aires. Según los últimos datos nacionales, es la tercera jurisdicción del país (detrás de Jujuy y Salta) con mayor tasa de notificación de casos de tuberculosis (59,3 casos cada 100 000 habitantes), un valor muy superior a la media nacional (35,4 casos cada 100 000 habitantes) (Ministerio de Salud de la Nación, 2025, p. 5). Esta misma tasa presenta variaciones según sexo y edad observándose valores algo más elevados entre los varones jóvenes. Si desagregamos los valores según grupo etario, encontramos que la ciudad, la jurisdicción con mayor cantidad de recursos y PBI per cápita del país, es la que presenta la mayor tasa de notificación de casos de tuberculosis en menores de 20 años (49 casos cada 100 000 habitantes), un valor que duplica la media nacional (19,8 casos cada 100 000 habitantes).

Dentro del territorio de la ciudad, la distribución espacial de casos tampoco es homogénea. Si se desagrega la información por comuna, encontramos escenarios epidemiológicos distintos en la zona norte y zona sur (Gerencia Operativa de Epidemiología [GOE], 2023), diferencias que también se observan en otros indicadores sanitarios, socioeconómicos, habitacionales, de escolaridad, de espacios verdes, de acceso a servicios básicos, entre otros. En un extremo del espectro, en la Comuna 13 al norte de la ciudad, se registra un valor de 9,7 casos cada 100 000 habitantes, similar al de países considerados de altos ingresos. En el otro, en la Comuna 7 al sur de la ciudad, la tasa de incidencia se estima en 103,1 cada 100 000 habitantes (GOE, 2023), un valor que un médico pediatra calificó como “tasa africana”.

“La parte biológica está resuelta, falta la parte social”, planteó con preocupación en una reunión técnica un epidemiólogo que se desempeña en el área nacional (notas de campo). Esta expresión, con variaciones, es recurrente en la literatura especializada, los documentos técnicos y las actividades públicas. Fundamentada en la separación del agente patógeno de su huésped, esta ontología de la tuberculosis descansa en la confianza en las soluciones de bala mágica y desplaza todos los ruidos, las incertidumbres y las dificultades a la caja negra de “lo social”, considerándolos como meros obstáculos o barreras externos y separados de los procesos orgánicos y las herramientas biotecnológicas. Así se reconoce y al mismo tiempo se niega el evidente entrelazamiento entre las condiciones de vida del “huésped”, la transmisión del bacilo, la forma de manifestación de la enfermedad y la eficacia del tratamiento.

Desde este mismo encuadre, con una imprecisión similar, se afirma que los niños, niñas y adolescentes son poblaciones especialmente vulnerables, en riesgo o susceptibles a la tuberculosis. Consideremos, por ejemplo, el documento de la OPS/OMS publicado en abril de 2024 titulado Hoja de ruta para poner fin a la tuberculosis en la población infantil y adolescente. Las recomendaciones técnicas de este documento parten del supuesto del “riesgo diferencial” de estas poblaciones identificando dos grupos: del primero (delimitado por la frontera etaria de 0 a 10 años) se afirma que la “presencia silenciosa de la tuberculosis” en el hogar los expone diferencialmente a la enfermedad. Del segundo (delimitado de 10 a 19 años), que sus conductas asociadas al consumo de sustancias, a los problemas de salud mental o a la débil o ausente “percepción del riesgo” los constituyen como una población especialmente vulnerable a la tuberculosis. Estos aspectos supuestamente específicos, enunciados pero vagamente caracterizados, no son incluidos en las respuestas propuestas para estas poblaciones. Aunque se afirma que por sus particularidades, niños, niñas y adolescentes requieren “servicios adaptados” con apoyo psicosocial (Organización Panamericana de la Salud, 2024, p. 11), las directrices técnicas siguen los mismos lineamientos que las planteadas para adultos, aunque incorporando formulaciones pediátricas a las orientaciones farmacológicas y reforzando la necesidad de implementar el tratamiento preventivo en el caso de niños sanos convivientes con personas afectadas.

Tuberculosis, pandemia y ¿pospandemia?

Tal como sucede a nivel regional, la curva de las tasas de notificación de tuberculosis en el país muestra una tendencia global ascendente desde 2013 (Ministerio de Salud de la Nación, 2025). Esta tendencia se aceleró en los últimos años con un ritmo de crecimiento que no es homogéneo en los distintos grupos etarios. El gráfico a continuación muestra los registros históricos de la tasa de notificación de casos de tuberculosis a nivel nacional desde el año 2004 para población total, para menores de 15 años y para el grupo de 15 a 19 años. Con respecto a estos últimos, cabe señalar que en la actualidad se registra el valor más elevado de los últimos 20 años.

Gráfico 1. Tasas de notificación de casos de tuberculosis en población general, en menores de 15 años y en el grupo de 15-19 años (2004-2024)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Ministerio de Salud (2025).

Observemos más de cerca este gráfico y en particular el descenso de la curva en el año 2020, un “pico hacia abajo” que se registra en todas las curvas epidemiológicas de tendencias a nivel local, nacional y regional. Tanto la gerencia de epidemiología de la Ciudad de Buenos Aires como organismos sanitarios globales atribuyen esta variación al “impacto de la pandemia” (GOE, 2023, p. 30) sin especificar en qué consistiría tal “impacto”. Por el contrario, el incremento en los años siguientes es interpretado como una “recuperación” de la capacidad diagnóstica y de notificación de los servicios de salud.

Volvamos nuestra atención al año 2020. En un capítulo del Diario Antropológico de la Pandemia, una publicación del Programa de Antropología y Salud, Gabriela Souto (2021) describe la reconfiguración de la atención de la tuberculosis pediátrica y de adultos en un hospital especializado en tisioneumonología de la ciudad. A lo largo del escrito, que toma como referencia el período marzo-diciembre de 2020, la autora narra el desorden, la incertidumbre y el conflicto de los meses posteriores a la declaración de pandemia por COVID-19 de la OMS y la adopción de medidas de aislamiento social preventivo y obligatorio (ASPO). El texto describe los innumerables ajustes cotidianos de los equipos de salud frente a las cambiantes regulaciones y protocolos, en particular frente a los llamados procesos de “reconversión hospitalaria” que volcaron todos los recursos del sistema sanitario al diagnóstico y atención del COVID. Entre ellos refiere el desgranamiento de los equipos, el cierre de servicios y consultorios, la restricción de espacios, la implementación de estrictos criterios de admisión, las dificultades de las personas para movilizarse y llegar al hospital, la interrupción de los tratamientos, la escasez de medicación, entre muchas otras cuestiones.

Esta descripción se torna sumamente significativa si consideramos que esta institución y un hospital lindero, especializado en enfermedades infecciosas, centralizaban casi la mitad de los casos de tuberculosis asistidos en la ciudad (46 % en 2022) (GOE, 2023). Cabe mencionar además que durante este período los servicios de atención a la tuberculosis en hospitales generales y pediátricos cerraron y algunos de ellos no volvieron a abrir. El proceso de reconversión hospitalaria, además, profundizó un rasgo estructural de nuestro sistema de salud: la fragmentación y desconexión entre el primer y segundo nivel de atención (Pratto, 2021). Los equipos de atención primaria dedicados a la tuberculosis en niños y adultos atravesaron también dificultades y una importante sobrecarga laboral ya que a sus pacientes habituales se sumaron las personas con tuberculosis que antes se atendían en otros lugares, además de otras actividades vinculadas a problemas de salud que tampoco eran resueltos en el sistema hospitalario centrado en virus (Teodori, 2021).

A lo largo del trabajo de campo, el aumento de casos luego del 2020 fue un tema recurrente entre los profesionales vinculados a la asistencia de la tuberculosis, aunque circularon interpretaciones, informaciones e hipótesis diferentes a las referidas más arriba. En primer lugar, destacaban que el incremento de casos en menores de 20 años era tal que muchos equipos de atención primaria estaban atendiendo más casos pediátricos que de adultos. También señalaban las dificultades y limitaciones que implicaba el trabajo con adolescentes, una población a la que era “cada vez más difícil llegar” y que quedaba muchas veces abandonada en una zona intermedia que no era objeto de interés ni de la atención pediátrica, ni de la atención de adultos. Por otro lado, también plantearon que lo central era la mayor gravedad de las formas de presentación de los casos, especialmente en niños y adolescentes, quienes usualmente manifiestan formas más leves de la enfermedad. “Hay que quemar todos los manuales”, decía una médica pediatra al respecto (notas de campo).

Estas cuestiones, que difícilmente pueden ser percibidas a través del análisis epidemiológico de las notificaciones de casos, eran interpretadas por los profesionales como el resultado de varias cuestiones: la priorización de la detección del COVID (condición que presenta síntomas similares) por sobre otros padecimientos, la postergación de la consulta y el recurso a la guardia como principal forma de demanda de las familias y, fundamentalmente, la desorganización y deterioro del sistema sanitario de la ciudad luego de la “reconversión hospitalaria” y de las nuevas orientaciones del gobierno porteño. Orientaciones que empeoraron las condiciones laborales, dificultaron el trabajo cotidiano y limitaron el acceso a la atención.

Así, mientras que la hipótesis del “impacto de la pandemia” y la “recuperación de la respuesta” se inscribe en una trama narrativa que deja atrás lo sucedido en 2020 con el “retorno a la normalidad”, “la nueva normalidad” o la “pospandemia”, los debates y reflexiones de los profesionales en la primera línea de la asistencia parecen, más bien, indicarnos las múltiples huellas, marcas y heridas que los diversos modos de intervención política y sanitaria dejaron sobre los cuerpos, los sujetos y grupos y las instituciones.

Saberes y prácticas de cuidado en la atención de adolescentes con tuberculosis

En este punto, volvamos la atención hacia una viñeta etnográfica que transcurre en diciembre de 2023 durante la reunión anual de una red de profesionales con trabajo en tuberculosis de la ciudad. La jornada de la mañana se centró en la epidemiología, características genómicas, manejo farmacológico terapéutico y profiláctico de la tuberculosis resistente y multirresistente. Luego del almuerzo se realizó la última presentación del día, a cargo de integrantes de un equipo dedicado a la atención de niños y adultos con tuberculosis en un Centro de Atención Primaria de la Salud ubicado en una comuna considerada “zona roja” de la tuberculosis.

La exposición se centró en la descripción del trabajo de este equipo con un grupo doméstico compuesto por tres hermanos, sus hijos y sus nietos que vivían en la villa situada en una de las comunas con mayor tasa de incidencia de la ciudad. El relato fue organizado a partir de un familiograma (Figura 1), técnica utilizada con frecuencia en la atención primaria de la salud, y repuso las intervenciones realizadas con este grupo de 14 personas que convivían en el mismo terreno, donde además tenían un taller de costura. La narración comenzaba en 2017 y conducía hasta el momento presente (diciembre de 2023) a través de la presentación de los casos de ocho personas de ese grupo doméstico que estaban o habían estado en tratamiento por tuberculosis.

Figura 1. Familiograma

Fuente: elaboración propia.

A continuación, se sintetiza a partir de las notas de campo la narración de la médica pediatra del equipo sobre las intervenciones realizadas con las primeras cuatro personas. 

J. Varón adulto. J. fue la primera persona de la familia que tomó contacto con el centro de salud por sugerencia de una vecina que se había atendido por tuberculosis allí. J. tenía una baciloscopía positiva que se había realizado en un hospital general, aunque aún no había comenzado tratamiento. En primera instancia se le indicó tratamiento farmacológico ambulatorio y luego se realizó un “catastro” de todo el grupo doméstico, lo que incluía la revisión clínica, la realización de placa radiológica y de la prueba PPD y el inicio de tratamiento preventivo con isoniacida en los y las adolescentes y niños y niñas convivientes. Inicialmente ningún integrante del hogar presentó síntomas, ni PPD positivas, aunque no todos los integrantes del hogar finalizaron el tratamiento preventivo.
   
S. Sobrino de J., de 16 años, acudió al centro en diciembre de 2020 acompañado por su madre, con fiebre, tos, pérdida de peso y sudoraciones, una radiografía calificada como “patológica” y una baciloscopía de “tres cruces”, ambos estudios realizados en un hospital general. Se realizó un nuevo “catastro” entre los convivientes y se indicó un tratamiento ambulatorio que se extendió hasta octubre de 2021, cuando su registro radiográfico mostró signos de mejora y los síntomas remitieron.

En mayo de 2022, S. concurrió nuevamente al centro de salud también acompañado por su mamá y, como se verá enseguida, por su hermano M., con fiebre, tos, pérdida de peso y el resultado positivo de una nueva baciloscopía. El caso fue ingresado como “recaída”. Luego de evaluar la situación del grupo doméstico, el equipo propuso al joven y su madre realizar tratamiento directamente observado, debiendo asistir todos los días a ese centro de salud a tomar la medicación.
   
I. En la revisión clínica de los integrantes del hogar realizada durante el nuevo “catastro” se detectó que la hermana de S., de 11 años (cuya PPD en 2018 había sido negativa y había realizado en esa ocasión tratamiento de profilaxis) estaba con tos, expectoraciones, fiebre y una radiografía sin evaluar realizada en un centro privado. Aunque la baciloscopía fue inicialmente negativa, el resultado del cultivo, que demora al menos tres semanas, fue de una cruz. En marzo de 2021 se le indicó tratamiento ambulatorio con cuatro drogas, en septiembre de 2021 concurrió nuevamente con el resultado positivo de baciloscopía de una cruz. El caso fue ingresado como “fracaso”. Se le indicó una prueba biomolecular de sensibilidad a las drogas y luego tratamiento directamente observado con drogas de segunda línea. El último registro radiológico era de septiembre de 2023 y mostraba signos de mejora.
   
M. En mayo de 2022, cuando S. volvió con fiebre, tos y fatiga, lo acompañó M., su hermano de 13 años con quien compartían habitación y presentaba la misma sintomatología. M. ya había realizado tratamiento farmacológico de profilaxis en dos oportunidades con repetidos resultados negativos. Se le indicó una placa, una baciloscopía a realizar en el hospital con resultado positivo y se le propuso iniciar tratamiento directamente observado también.

La presentación continuó con el relato de los casos de Je. (mujer 20 años), A. (varón 6 meses), E. (varón 22 años) y M. (mujer 49 años), todos ellos integrantes del mismo grupo doméstico.

El relato de este equipo permite, por un lado, dimensionar los ciclos, las apariciones y reapariciones de la tuberculosis en los grupos domésticos: “cuando uno se curaba, otro volvía a empezar”, planteaba la médica expositora (notas de campo). A lo largo de este proceso, el contacto de los distintos integrantes de la familia con el equipo de salud es sinuoso, con idas y vueltas, y se inscribe en búsquedas más amplias que incluyen otros efectores de salud como hospitales generales y centros privados, que son articulados y puestos en relación por los recorridos del grupo doméstico en busca de encontrar una respuesta a sus padecimientos.

Simultáneamente, el relato pone de manifiesto la enorme complejidad del trabajo con personas con tuberculosis en la primera línea de asistencia. Un trabajo que para ser exitoso en sus resultados demanda el acceso y disponibilidad de tecnologías y también –como plantearon varios profesionales– “pasión”, “poner el cuerpo”, “acompañar”, “construir un vínculo”, “despertar confianza”, “escuchar”. Así, recuperando lo señalado por Mol y Hardon (2021), la eficacia de los tratamientos no descansa únicamente en la composición bioquímica de los fármacos, sino que se realiza a través de una densa red que incluye tanto las prácticas de atención y cuidado de los equipos de salud como las de los grupos domésticos. En tal sentido, siguiendo a las autoras, puede sostenerse que las tecnologías médicas no trabajan solas, esto es, no funcionan por sí mismas, sino que se enmarañan en una multitud de actividades, relaciones, afectos y materialidades coocurrentes sobre las que frecuentemente no se coloca la atención (Mol y Hardon, 2021, p. 189).

En la presentación del familiograma, el relato enhebró el uso de tecnologías muy diversas con diferente sofisticación biotecnológica (catastro de contactos, tratamiento ambulatorio, tratamiento directamente observado, baciloscopía, diagnóstico molecular, PPD, tratamiento de profilaxis). Lejos de los prolijos flujogramas de los documentos técnicos, los resultados no siempre fueron claros y de acuerdo a lo esperado: “virajes” de prueba PPD, baciloscopías primero negativas y luego positivas, tratamientos ambulatorios que no siempre resultan en una mejoría, el fracaso de los tratamientos preventivos. En el relato del equipo, las decisiones para el empleo y selección de estas tecnologías se fundamentaron en protocolos de actuación, pero sobre todo en la evaluación de la situación y posibilidades de la familia, la observación, la reflexividad y la atención a los aspectos contextuales de las personas. Un saber hacer ausente en los modelos verticales, un saber hacer que requiere de competencia técnica, del contacto prolongado con las personas, del conocimiento de sus condiciones de vida y trabajo y de condiciones laborales adecuadas para los equipos de salud. Un saber hacer que demanda creatividad y flexibilidad y del reconocimiento de lo imprevisible de los resultados y de lo limitado de las intervenciones.

Frente a la racionalidad médico-técnica que abstrae la agencia del bacilo de su huésped, estas temporalidades de la atención y los cuidados se configuran en el entrelazamiento del bacilo, la vida cotidiana, las biotecnologías y las precarias condiciones de vida, de trabajo y de vivienda que, lejos de ser factores “externos”, van punteando el devenir mismo de la enfermedad.

Reflexiones finales

En el cierre de este trabajo queda planteado un escenario incierto sobre el devenir del curso de la tuberculosis, así como de otros padecimientos y condiciones, en la Ciudad de Buenos Aires. Por un lado, agencias globales y asociaciones público-privadas continúan ampliando los mercados terapéuticos y diagnósticos promoviendo y dando apoyo financiero para la adopción de soluciones biotecnológicas estandarizadas. Prolijos flujogramas establecen temporalidades idealizadas en las que la cura se logra a partir de la implementación de protocolos (Abney, 2020). Todo ello, a pesar de que los resultados de esta estrategia indican que no se están acercando a la meta de la erradicación; de que la mayor reducción de las tasas de tuberculosis fue en la era preantibióticos con el mejoramiento de las condiciones de vida (Mac Donald et al., 2020); y de que la aplicación de estos modelos en sistemas de salud precarios y condiciones de desigualdad ha probado tener efectos nocivos y también iatrogénicos (Seeberg, 2014).

Simultáneamente, en un contexto de aumento sostenido en la cantidad de casos de tuberculosis, los datos de 2024 indican que el presupuesto público nacional destinado a salud se redujo en un 60 % con respecto a 2023. El año 2025 comenzó con el Decreto 1138/24, que dispuso la disolución de la Coordinación Nacional de Tuberculosis y Lepra, junto con otras dependencias ministeriales. En el marco de una política de recorte y ajuste del Estado, el equipo técnico nacional quedó reducido a apenas dos personas que deben asumir la totalidad de las actividades de la anterior coordinación: desde la definición de lineamientos preventivos y terapéuticos hasta la adquisición de equipamiento, insumos y medicamentos, entre muchas otras acciones. En la Ciudad de Buenos Aires, esto recae sobre servicios de salud que ya atraviesan enormes dificultades financieras y organizativas y cuyos trabajadores durante los últimos años han visto deterioradas sus condiciones de trabajo. Finalmente, se plantea la preocupación por la “interacción sinérgica” –para utilizar un término del antropólogo Merrill Singer– entre la tuberculosis, otras dolencias y padecimientos, el actual empeoramiento de las condiciones de vida, la creciente pobreza e indigencia y la voraz destrucción de las instituciones del Estado y de protección social a la que se está asistiendo.

Si la antropología, como dice Ingold (2020), trata también de imaginar otros mundos posibles, producir conocimiento pertinente, impulsar resistencias, integrarse a alianzas, recuperar y valorar otros saberes, son y serán sin duda nuestras tareas en el actual y próximo tiempo.

Fuentes

Decreto 1138 de 2024 [Poder Ejecutivo Nacional]. Apruébase estructura organizativa. 31 de diciembre de 2024. https://www.boletinoficial.gob.ar/detalleAviso/primera/319054/20241231.

Dirección de Estadísticas e Información en Salud (2024). Serie 5. Estadísticas Vitales. Información Básica 2023. Buenos Aires: Ministerio de Salud de la Nación. https://tinyurl.com/n69afz9t (consultado en marzo de 2025).

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