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Reparaciones económicas en producciones culturales de las segundas generaciones

Mariana Eva Perez

En este trabajo me aproximo al estudio de las reparaciones de contenido económico otorgadas a víctimas de crímenes estatales en Argentina, a partir del análisis de los modos en que son presentadas en producciones culturales de las segundas generaciones.

En paralelo al carácter tabú que parece haber revestido el cobro de las llamadas “indemnizaciones”, el campo de estudios de memoria se ha ocupado relativamente poco del problema. Esta circunstancia resulta más llamativa si se considera que las políticas reparatorias de contenido económico se han sostenido a lo largo de los distintos gobiernos democráticos desde 1986, constituyendo una política de Estado de relativa estabilidad. Como señalara Mariana Luzzi, pese a la envergadura de este proceso, muy pocos han sido los trabajos consagrados a su estudio, tanto en lo que se refiere al contexto de su elaboración e implementación desde el Estado nacional como a las reacciones por parte de sus destinatarios (2015, p. 253).

Casi todos estos trabajos coinciden en señalar el exiguo debate público sobre la cuestión en las cámaras legislativas, los medios de comunicación, las organizaciones de derechos humanos y al interior de las familias afectadas. Por contraste, las producciones culturales de las segundas generaciones han encontrado este tema productivo para la creación artística. Las novelas El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron (2011), Los topos, de Félix Bruzzone (2008) y Hasta que mueras, de Raquel Robles (2019); los cuentos de 76 de Bruzzone (2007); la película Eva y Lola, con guion de Victoria Grigera Dupuy; la instalación “La Rueda de la Fortuna” del Colectivo de hijos (Cdh) y los relatos de Todas nuestras maldiciones se cumplieron, de Tamara Tenembaum (2021) (cuyo padre fue asesinado en el atentado a la AMIA) desmenuzan cuestiones como los efectos del cobro de las indemnizaciones en bonos que cotizaban en la bolsa de valores, el carácter maldito de un dinero que se percibe como manchado de sangre, la naturaleza fabulosa de una riqueza súbita o el modo en que cierta holgura económica habilita el despliegue de una vocación artística.

Las infancias como destinatarias de la legislación reparatoria de contenido económico

Hace una década, Luzzi planteaba una serie de preguntas que continúan señalando un área de vacancia:

¿Cuáles son las potencialidades y los límites de una política de reparación económica para las víctimas de violaciones masivas de los derechos humanos? ¿Qué es exactamente lo que esos pagos o prestaciones económicas pretenden reparar? ¿Cuáles son los motivos que fundan el rechazo de ese tipo de reparación por parte de sus destinatarios? ¿Cuáles son, por el contrario, las condiciones que las vuelven aceptables? ¿Qué sentidos sociales se condensan en esos pagos y cómo son elaborados por las víctimas directas, por el Estado y por la sociedad en general? (2015, p. 253)

Estas preguntas son las que orientan mi análisis de las producciones culturales de las segundas generaciones. Este grupo de víctimas, que desde el presente podemos caracterizar como infancias afectadas por el terrorismo estatal, ha sido destinatario de las siguientes leyes reparatorias:

  • Ley 23466/86: otorgaba una pensión no contributiva a menores de edad que habían dependido económicamente de personas detenidas-desaparecidas, tanto hijos como hermanos, cuando los padres hubieran fallecido (luego se extendió hasta los 25 años para estudiantes universitarios). No establecía límites de edad para hijos con discapacidad.
  • Ley 24411/94: tomó como modelo la Ley 24043/91, destinada a ex presos políticos y ex detenidos-desaparecidos, para otorgar “un beneficio extraordinario” por única vez a las víctimas desaparecidas o asesinadas, que percibían sus herederos o causahabientes, entre ellos, cuando los había, sus hijos.
  • Ley 25914/04: se propuso subsanar la exclusión de los menores de las leyes 24043 y 24411. Si bien se la denominó “ley de hijos”, la población a la que alcanza está acotada a los menores privados de la libertad y a quienes sufrieron sustitución de su identidad.
  • Ley 26913/13: establece una pensión graciable para las víctimas de privación de la libertad, incluidas las infancias, aludidas como “quienes hayan sido alcanzados por la ley 25914”.

Los antecedentes de esta política reparatoria pueden rastrearse en el informe Nunca más, que recomendaba: “Que se dicten las normas necesarias para que los hijos y/o familiares de personas desaparecidas durante la represión reciban asistencia económica: becas para estudio; asistencia social; puestos de trabajo” (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas [Conadep], 1984, p. 477). Esta recomendación fue parcialmente atendida en 1986 con la sanción de la Ley 23466, impulsada en el Congreso por el partido gobernante, la Unión Cívica Radical. En las diferentes instancias del debate, los legisladores hicieron hincapié en la situación económica que atravesaban las infancias:

Si consideramos que un gran porcentaje de los desaparecidos son obreros y empleados de pocos recursos y único sostén del núcleo familiar, tendremos acabada noción del desamparo económico en que quedaron sus familias. Si a ello agregamos que más del ochenta por ciento (80 %) son jóvenes, casi todos con hijos pequeños al momento de la desaparición, no serán necesarias más fundamentaciones para avalar el presente proyecto, pues es dable imaginar la penuria y el desamparo en que se halla la gran mayoría de estas personas. (Cámara de Diputados. Honorable Congreso de la Nación Argentina. Gómez Miranda, 1986, p. 6228)

En el debate parlamentario, de escasos intercambios, se destacó la voz disonante del diputado Augusto Conte, fundador del CELS y padre de un desaparecido, quien pedía que la redacción de la ley dejara abierta la posibilidad de reclamar indemnizaciones por la vía civil ordinaria (propuesta rechazada por cuestiones procedimentales). “La ley parecía dirigida a responder a la situación de las viudas y los hijos de los desaparecidos, más que a satisfacer criterios legales tales como el de la compensación proporcional al daño sufrido” (De Greiff, 2005, p. 166). Esta infancia pauperizada es retratada en la novela Hasta que mueras, de Raquel Robles (2019). Allí se muestra la miseria en la que quedan sumidas la hija y la viuda de un desaparecido junto con un grupo de infancias huérfanas, quienes deben esconderse de la represión en un paraje rural del Gran Buenos Aires. La niña comunista y el niño guerrillero, la historieta de María Giuffra (2021), detalla las dificultades económicas que afrontaron las infancias sobrevivientes, incluyendo el caso de un adolescente que vivió en situación de calle.

La Ley 24411 amplió la población de víctimas reconocidas, pero paradójicamente no lo hizo reconociendo un daño infligido directamente a sus destinatarios. Tomando como modelo la Ley 24043, que indemnizó a personas que fueron privadas de su libertad, se otorgó un “beneficio” a las personas desaparecidas o asesinadas cuyo cobro percibieron sus herederos o causahabientes, en lo que la jurisprudencia ha calificado de “ficción jurídica”, un mecanismo por el cual la ley identifica a los beneficiarios (Corte Suprema de Justicia de la Nación, 2007, pp. 6-7).

Silveyra y Schneider afirman que “[l]a reparación económica para los desaparecidos fue objeto de profundos debates” (2023, p. 33). El resto de los autores, por el contrario, coinciden en señalar la falta de un debate público profundo al respecto.

Solo dos [organismos de derechos humanos] asumieron una posición pública respecto de aquellas políticas –la Asociación Madres de Plaza de Mayo (AMPM) y la Asociación de ex Detenidos-desaparecidos (AEDD)–. La mayoría de los organismos no asumió una postura institucional frente a las reparaciones, sino que consideró la decisión de tramitarlas o no como un asunto estrictamente personal. (Luzzi, 2018, p. 258)

En la misma línea, Surraco (2012) destaca dentro de ese silencio diez artículos publicados por la AEDD entre 1997 y 1999 en el periódico de Madres (pp. 129-130). Surraco y Luzzi también coinciden en subrayar la intervención de Marta Dillon, entonces periodista de Página/12 y militante de H.I.J.O.S., en respuesta a la bandera que portaron las Madres en la Marcha de la Resistencia de 1998 que decía: “El que cobra la reparación económica se prostituye”. Desde una nota de opinión en el diario donde trabajaba, Dillon sostuvo:

Tenemos derecho a ese dinero. Y seguro que sería fantástico poder rechazarlo, decir la verdad, que la vida de nuestros familiares no tiene precio y dar vuelta la cara a los pobres valores de este mundo. Pero muchos no podemos. No queremos. Necesitamos la guita, para decirlo en buen criollo. (1998)

Asumiendo la defensa de los hijos desde la primera persona del plural, Dillon reponía detalles olvidados: “Hebe de Bonafini nos tiene acostumbrados a sus opiniones lacerantes. Se opuso a que los hijos de desaparecidos cobraran una pensión. Se opuso también a que se los exceptúe del servicio militar obligatorio” (1998). Parecen antecedentes por recuperar y analizar para entender cómo han sido las políticas reparatorias dirigidas a las infancias, y no me refiero solo a políticas públicas, sino en el sentido amplio que propone Luciana Messina, que considera, desde la experiencia situada argentina, que “las políticas de la memoria no se circunscriben a las políticas estatales sino que abarcan el conjunto de prácticas y discursos impulsados y desplegados en el ámbito público por distintos actores sociales: sociedad civil, Estado, academia, etc.” (2021, p. 5). Por caso, la filial de Madres de la localidad de La Plata ensayó otros modos de cuidados colectivos para las infancias (De Bonafini, 2022; Balut et al., 2023), que sería interesante contraponer con el modelo de asistencia económica estatal.

De la asistencia a la suerte: las políticas reparatorias dirigidas a las infancias y el Colectivo de hijos (Cdh)

La reflexión más sistemática sobre las reparaciones económicas provino del Colectivo de hijos (Cdh), una agrupación integrada por hijas e hijos de personas desaparecidas y asesinadas, activa en Buenos Aires entre 2010 y 2018. Tuvo la particularidad de contar entre sus integrantes con artistas plásticos e investigadores, lo que los (nos) llevó a “ahondar en la propia experiencia por medio de la acción artístico-política y la reflexión teórica” (Goyochea et al., 2018, p. 189), desplegando una variedad de iniciativas que fueron desde proyectos de ley hasta exposiciones, desde publicaciones académicas hasta murales. En este trabajo analizaré una obra del Cdh, la instalación llamada “La Rueda de la Fortuna” (o “Rueda Loca”) (2011).

Se trata de una rueda de bicicleta montada sobre un panel que exhibe un fondo de recortes de la legislación reparatoria y los debates parlamentarios que la originaron. Se hace girar a la manera de las ruedas de la fortuna de las ferias y kermeses y entre sus rayos tiene una flecha roja que puede detenerse en “premios” cuya numeración remite a las leyes reparatorias (23466, 24043, 24411 y 25914) o en las casillas “No entrás”, “Nada”, “Rechazado” y “Todos pierden”. La obra fue inaugurada el 31 de marzo de 2011 en el marco de la muestra “MI/TU/SU-VERSIÓN” de Ana Adjiman, María Giuffra, Lucila Quieto y Nicolás Bai (integrantes por entonces del Colectivo), donde el Cdh participó como invitado con esta única pieza. El lugar: el Salón de Pasos Perdidos del Congreso de la Nación.

En la obra, el énfasis en la arbitrariedad es reforzado por un cartel bordado en tela blanca que reza “La suerte es grela” (cita del tango Yira, yira) con la firma “Cdh”. La kermesse, el tango y el bordado remiten al mundo de los abuelos y abuelas que en muchos casos asumieron la función de cuidado ante la ausencia por desaparición forzada de madres y padres. Más en particular, la tela bordada evoca los pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo. Pero hay más. En el lunfardo, la grela es la suciedad y también la mujer que ejerce la prostitución. “La suerte es grela” significa, en última instancia, “la suerte es puta”. ¿A qué suerte se refiere la obra o, mejor dicho, a qué “Suerte”, con mayúscula, como quien dice Memoria, Verdad o Justicia? Al azar de “entrar o no entrar” en las leyes reparatorias, a la arbitrariedad en el otorgamiento de las indemnizaciones que el grupo denuncia, de allí los “dictámenes” como “No entrás” o “Rechazado”. Pero la instalación dialoga con aquella otra tela en manos de otras abuelas (las nucleadas en la asociación Madres de Plaza de Mayo) que acusaban de prostituirse a quienes cobraban las indemnizaciones.

La rueda remite también a la llamada “bicicleta financiera”, la especulación financiera asociada con la política económica de la dictadura, así como a la reedición de las prácticas especulativas en 2001. Se trata de una referencia directa al modo en que se pagaron los “beneficios” de las leyes 24043 y 24411: en bonos de deuda pública, que obligaron a los “beneficiarios” a concurrir al mercado de valores para venderlos según la cotización del día, con la intermediación de un agente de bolsa que cobraba honorarios, como los abogados y escribanos que intervenían en los procesos judiciales exigidos por la ley. Por contraste, la pensión no contributiva para las infancias era más igualitaria y de más fácil acceso. Su inclusión en una obra que denuncia el carácter arbitrario de las reparaciones económicas parecería obedecer a la intención del grupo de trazar una genealogía de definiciones del universo de víctimas infantiles desde el Estado a través de su legislación reparatoria (Goyochea et al., 2011, pp. 1-2), más que a la pertinencia de la crítica. Se podría arribar a esta conclusión al adoptar una perspectiva legalista, como lo hacen aun recientemente Silveyra y Schneider (2023), atendiendo únicamente al diseño de una política pública, como puede quedar expresado en su legislación, y no a su implementación. Pero si se incorpora al análisis el devenir de esa política, si se estudia de un modo diacrónico su implementación y se considera el congelamiento durante buena parte de los noventa del monto ínfimo con el que se pretendió asistir a las infancias económicamente desamparadas por la desaparición de sus padres o hermanos, se relativiza toda pretensión reparatoria para dejar en evidencia nuevas formas de revictimización.

La indemnización como móvil del crimen

En El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron, el narrador cuenta en primera persona su regreso de Alemania para despedirse de su padre, que se encuentra gravemente enfermo. En la casa paterna, en “*osario”, encuentra una carpeta con recortes, fotografías, mapas y otros documentos sobre un crimen reciente cometido en la localidad santafesina de El Trébol. El padre es periodista, pero el hijo intuye que el interés por el homicidio es personal. Su lectura avanza como una investigación. “Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia” (Pron, 2011, p. 12). Descubre así que la víctima, Alberto José Burdisso, había cobrado la reparación económica por la desaparición de su hermana Alicia Raquel durante la dictadura y también que esta muchacha desaparecida había sido compañera de militancia de su propio padre. La novela de Pron narra los hechos en un registro mayormente realista, aunque las pesadillas del protagonista cuando cae enfermo alteran la numeración de los capítulos e introducen un matiz fantástico. El crimen se reconstruye con los recursos del periodismo, la profesión que une al padre enfermo con el hijo que ya no la ejerce y también con la desaparecida Alicia Burdisso. En esta pesquisa sobre otra pesquisa, el hijo se reencuentra con su memoria perdida del terror como hijo de militantes durante la dictadura. También logra establecer los pormenores del crimen: una segunda “pareja” y sus cómplices intentaron obligar a Burdisso a que les cediera su parte de la casa que compró con la indemnización, pero ante su negativa terminaron por darle muerte.

Para analizar esta novela es útil la figura del escritor-investigador y la “literatura de investigación” que su práctica produce, como la describe Paula Klein (2024). La autora identifica algunos criterios narrativos recurrentes, como el pacto de referencialidad que presenta el contenido de las obras como “factual” (p. 2). En la novela de Pron, el efecto factual se logra desde las primeras páginas, gracias a la identificación inequívoca de las víctimas (Alicia y Alberto Burdisso) y del lugar del crimen (El Trébol). De acuerdo con Klein, la narración en primera persona contribuye a la “factualización” del relato, junto con la puesta en relato del proceso de investigación y el modo narrativo que esta adopta, también fundamentales para alcanzar la verosimilitud que piden estos textos. En el de Pron, el hijo escritor organiza el caos de la carpeta del padre, presenta y analiza recortes de prensa, describe e interpreta fotografías, saca y expone conclusiones. Finalmente, siguiendo a Klein, tomo en cuenta los procedimientos puestos en juego para presentar el material documental (2024, p. 4), que en este caso son principalmente la cita de artículos de prensa y la écfrasis de elementos visuales (fotografías y mapas), puntuados por críticas mordaces a la labor periodística –“la sintaxis abstrusa y la jerga policial ridícula” (Pron, 2011, p. 60), “sus errores tipográficos y su sintaxis errática” (p. 99)–, junto con reflexiones e inferencias del autor.

Dada la proliferación de estos procedimientos de verificación de datos que acentúan el carácter verídico de la narración, la literatura de investigación implica un regreso al paradigma de la prueba que sitúa la cuestión de la verdad […] en el centro de la producción literaria. (Klein, 2024, p. 3)

En los largos párrafos de las secciones policiales locales que la novela reproduce, la reparación económica aparece como una maldición que desencadena la serie de infortunios que llevan hasta el asesinato de Burdisso:

En 2005 recibió más de 200 mil pesos de una indemnización por su hermana menor desaparecida. Esa plata lo quemó. […] Al tiempo de cobrar conoció a una mujer […]. Compró una casa y la puso a nombre de los dos, le regaló un auto […] y pagó el cumpleaños de la hija […] Tenía el sueldo embargado por créditos que le hacían sacar. […] hasta le manejaban la tarjeta del sueldo. (Pron, 2011, p. 105)

Los mismos artículos presentan a la víctima como “un hombre diferente a otros, de 60 años, célibe hasta los 57. […] Según Roberto Maurino, Burdisso era un hombre hosco y retraído pero normal. ‘Terminó la primaria y luego [trabajó] en el Club Trebolense […] Era inocente’” (Pron, 2011, p. 105). El narrador lo describe como “un tonto faulkneriano”. ¿Alguien que debería haber estado amparado por la Ley 23466/86, la que otorgaba una pensión vitalicia a los hermanos con discapacidad? El texto siembra esa duda y muestra cómo el supuesto “beneficiario” quedó en realidad expuesto a nuevas violencias tras cobrar la reparación económica, que acabarían finalmente con su vida.

El capitalismo fabuloso en la obra de Félix Bruzzone

El cobro de la indemnización aparece tematizado de manera obsesiva en la obra de Félix Bruzzone. Me concentro aquí en los cuentos “Unimog”, “Fumar bajo el agua” y “Sueño con medusas”, incluidos en 76 (2007, 2022) y la novela Los topos (2008). Estos relatos tematizan el desconcierto ante el cobro y el rechazo de los pares:

Por ese tiempo salieron las indemnizaciones de papá y mamá. Yo las había tramitado cuando mi abuela vivía y los años habían pasado sin novedades hasta que un día llegaron los papeles, firmé, y todo estaba terminado. Como ya no iba más a HIJOS no tuve que enfrentarme a los que no estaban de acuerdo con cobrarlas, y los pocos a los que seguía viendo pensaban que aceptarlas estaba bien o que, en todo caso, era una decisión personal y que contra eso no se podía hacer nada. (2022, pp. 114-115).

[P]or esa época escuché algo de las indemnizaciones que iba a dar el gobierno. Yo no estaba seguro de empezar con los trámites pero en cuanto lo hice, Gaby, que no estaba de acuerdo con todo eso, me dejó. Mala suerte, pensé, a mí lo que ella llama “migajas” podía servirme. Cuando recibí los bonos que me dieron los vendí y, sin saber qué hacer, me dediqué a salir con dos o tres amigos que conservaba de la secundaria. (2007, pp. 109-110).

Otros temas recurrentes y conectados entre sí son el derroche y la estafa. En “Sueño con medusas”, el protagonista, siempre tras cobrar la indemnización, contrata a un gerente para que se haga cargo de su pastelería y se va a recorrer América Latina, para encontrar a su regreso que le han robado todo. En “Fumar bajo el agua”, el narrador es estafado por el oficial de inversiones de un banco que le vende un terreno donde no puede construir, mientras que en “Unimog” el estafador es el vendedor de autos usados que le vende a Mota el camión del título. Nada hace pensar que las estafas sean elaboradas, sino que por el contrario las víctimas son excesivamente crédulas (como Burdisso en la novela de Pron). Por eso lo relaciono con el despilfarro, en tanto ambos aparecen como modos de deshacerse del dinero. “Me dilapidaba los bonos […] en las idioteces más grandes —y en Maira. Un fin de semana saqué pasajes a Acapulco, uno para mí y otro para Lela […] Otro fin de semana fuimos a Río de Janeiro…” (2008, p. 28). El cuento “Unimog” plantea el problema desde las primeras líneas: “Cuando Mota recibió los bonos que el gobierno le dio por la desaparición de su padre decidió venderlos e invertir el dinero en la compra de un camión” (Bruzzone, 2007, p. 25). En lugar de construir una casa, como le reclama su mujer, el protagonista se obsesiona con un Unimog, un camión militar, con el que decide viajar a Córdoba tras las huellas de su padre desaparecido. Cuando el Unimog se descompone en la ruta, Mota lo prende fuego. No logra destruirlo porque comienza a llover, pero lo abandona. Regresa a casa con su mujer, Vicky, y así alcanza la “victoria” de la paz doméstica solo cuando logra deshacerse de la indemnización.

En contraste, en “Fumar bajo el agua” la empresa delirante (en este caso, pañales para perros) resulta económicamente viable gracias a la visión comercial de la mujer del protagonista. “Lola me ayudó a vender mi terreno, y con eso más las buenas ganancias de lo que hacíamos con Sergio, compramos un departamento en Puerto Madero, un velero, un amarra y una pequeña cupé” (Bruzzone, 2007, pp. 111-112). El fracaso o el éxito económico aparecen como aleatorios, ya que todos los proyectos de estos relatos son absurdos por igual.

La condena social, el desconcierto al momento de recibir lo que finalmente no es dinero sino bonos, las estafas variadas y la necesidad de deshacerse de lo cobrado reaparecen en los distintos textos. Parecen inspirarse en situaciones y discusiones que de hecho tuvieron lugar. Surraco (2012) y Goyochea (2023) recogen testimonios de hijos e hijas que dan cuenta de la falta de información y contención con la que llegaron a esa instancia, del aislamiento y soledad en que tramitaron esa indemnización incluso quienes militaban en organismos de derechos humanos, lo que los volvió presa fácil para toda clase de estafas. En la obra de Bruzzone, el tono no es de denuncia como en la producción del Cdh. En cambio, el cobro de una fortuna repentina posibilita los emprendimientos más bizarros, atrae a los embusteros y desliza los relatos hacia el modo fantástico, en términos de Rosemary Jackson (1981). Según esta autora, las posibilidades de cada texto fantástico en particular están determinadas por los textos que lo preceden y cuyas características repite o rechaza, recombinando los elementos disponibles, de manera análoga al sueño (Jackson, 1981, p. 8).

El modo fantástico provee un abanico de posibilidades a partir de las cuales diversas combinaciones producen diferentes formas de ficción en diferentes situaciones históricas […] una variedad de obras diferentes que tienen características estructurales similares y que parecen generadas por deseos inconscientes similares. (Jackson, 1981, pp. 7-8. Traducción de la autora)

Estas nociones son útiles para pensar en la insistencia de las reparaciones económicas en la producción de Bruzzone. Allí se repiten y recombinan, como en un sueño o en una pesadilla, imágenes de un capitalismo fabuloso y decadente, hipertrofia fantástica del neoliberalismo de los noventa, que es el contexto en el que surgen las indemnizaciones. Se reitera la figura del huérfano desorientado ante un cobro que se presenta tan mágico como antes la desaparición de los padres, quien de inmediato y gracias a esa riqueza súbita se convierte en un intrépido empresario o en un auténtico hijo pródigo que no se detendrá hasta que no quede un centavo.

Afectaciones bursátiles

Encuentro en los cuerpos infantiles la clave para identificar y describir diversas formas de afectación, para problematizar la categoría imprecisa de “afectados” y reapropiarla al menos provisoriamente, combinándola con el marco teórico que proveen los estudios de los afectos, para intentar dar cuenta de lo sucedido a las infancias bajo el terrorismo de Estado.

Baruch Spinoza pensó los afectos como “las afecciones del cuerpo, con las que se aumenta o disminuye, ayuda o estorba la potencia de actuar del mismo cuerpo, y al mismo tiempo, las ideas de estas afecciones” (2000, p. 126). Para el filósofo, al actuar producimos algo de lo que somos causa adecuada, cuyo efecto se percibe y distingue por sí mismo, pero al padecer se produce en nosotros algo de lo que no somos causa adecuada, sino parcial (2000, p. 126). La agresión estatal hacia la niñez produce efectos del orden del padecimiento, pero esas afecciones no tienen el mismo efecto sobre todos los cuerpos ni en todo momento; incluso años después algunas de aquellas víctimas infantiles pudieron actuar a partir de lo que habían padecido. En palabras de Spinoza: “Hombres diversos pueden ser afectados de diversa manera por uno y el mismo objeto, y uno y el mismo hombre puede ser afectado de diversa manera por uno y el mismo objeto en tiempos diversos” (2000, p. 159). Este abordaje es útil para plantear la pregunta por las maneras en que fueron afectados los cuerpos infantiles bajo la violencia estatal, y por los sentidos y las memorias (“las ideas”) construidas a partir de esas experiencias. Me permite preguntarme bajo qué modalidades y en qué intensidades fueron alcanzados esos cuerpos infantiles.

El film Eva y Lola (Sabrina Farji, 2010), con su acento en los cuerpos de las dos protagonistas, ofrece una vía de acceso a esta dimensión de análisis. Las dos amigas del título transitan distintas vivencias como infancias afectadas por el terrorismo de Estado. Eva es hija de un desaparecido, mientras que Lola va a descubrir durante el transcurso de la película que ella también lo es y que fue apropiada por el marino que creía su padre. El guion de Eva y Lola es de la actriz y guionista Victoria Grigera Dupuy (en coautoría con Farji) y se inspira en su propia historia como hija de un desaparecido de la ESMA, y en la biografía de su amiga Victoria Donda Pérez, nacida en el mismo centro clandestino de detención y robada por el prefecto Juan Antonio Azic. En 2003, cuando el juez español Baltasar Garzón ordenó su captura, Azic trató de suicidarse, pero falló. La película se sitúa en aquel período de impunidad, previo al kirchnerismo, en el que las únicas estrategias judiciales viables eran los juicios por la verdad y los procesos en el extranjero.

Si bien los puntos de vista alternados que asume la narración permiten apreciar las afectaciones diversas ante un mismo objeto de las que hablaba Spinoza, en tanto el intento de suicidio gatilla distintas reacciones en ambas protagonistas, me interesa detenerme en la circunstancia paralela que atraviesa el personaje de Eva. La actriz Celeste Cid ofrece una composición convincente de un personaje en crisis, aunque los motivos se conocen recién cerca del final, mientras que el conflicto identitario que enfrenta Lola acapara la atención desde el comienzo. La situación familiar de Eva es poco clara; su madre ha muerto hace poco y vive en la casa de un tío. Cuando está sola, habla por teléfono con un padre al que le reprocha su ausencia. Luego se revela que el “tío” es, en realidad, compañero de cautiverio del padre, que está desaparecido. Lo que le sucede a Eva, lo que la afecta, visiblemente, es que está a punto de cobrar la indemnización.

Luego de una noche sin dormir, la cámara muestra a Eva atravesando el microcentro vacío con un vestido negro de lentejuelas, el rímel corrido, el cigarrillo eterno entre los dedos. Desayuna un helado que le cae por la mano como si fuera una niña, mientras por detrás un trabajador de limpieza lanza un potente chorro de agua contra un edificio histórico. La ciudad comienza a despertarse y Eva llega a una escribanía donde va a certificar su firma para poder acceder a los bonos. Discute con el escribano, que trata de darle consejos. Ella solo quiere firmar e irse. “Además no entiendo por qué te pagan con bonos y no te pagan en efectivo, es ridículo” (Farji, 2010), afirma. Se dirige a continuación a la oficina de un agente de bolsa para averiguar la cotización del bono. Aunque avanza la mañana, ella siente cada vez más frío. Eva es artista de circo; a esta altura de la película la hemos visto desplegar sus destrezas en la tela y con el aro, pero ante la inminencia del cobro ese cuerpo fuerte y grácil se derrumba: hombros caídos, pies chuecos, la mirada hacia abajo. Una vez más, entabla ese monólogo consigo misma que antes se presentaba como llamado al padre ausente:

No sé si decirte papá o bono Pro 4. ¿Sabías que cotizás a 32 % en Bolsa [sic]? No sé cómo me siento. Creo que estoy muy feliz. [Llora] No, no estoy feliz. Ese papel de mierda es la confirmación de que vos ya no vas a estar más. La ley lo dice muy claro: ausencia por desaparición forzada de persona. (Farji, 2010)

Rompe en llanto y deja el teléfono. La cámara se aleja y la vemos doblarse sobre sí en un banco, sola, en una calle desierta. Como sostenían los Ex Detenidos, la indemnización “integra a las víctimas del genocidio al circuito del capital; les fija un valor de cambio, establecido en alguna instancia de la administración estatal y, de esta manera, las incluye en la categoría de mercancía” (citado en Luzzi, 2018). El pago en bonos redobla la apuesta obligando a las víctimas a involucrarse con un mundo ajeno e incluso rechazado, el de la especulación financiera. Eva y Lola se destaca dentro de la serie de producciones que tematizan la reparación económica por el esfuerzo puesto en mostrar estas “afectaciones bursátiles” sobre los cuerpos de quienes se pretendió “reparar” bajo esa modalidad de pago.

Las condiciones aceptables

En contraste con lo anterior, retomo aquí brevemente Hasta que mueras, la novela de Raquel Robles a la que ya hiciera alusión. Allí Nadia, la protagonista, consuma a lo largo de años una laboriosa venganza contra treinta y seis responsables de la dictadura, impunes pese a la reapertura de los juicios de lesa humanidad. Una vez concretada esta misión que se autoimpuso, Nadia se entrega. Un periodista le pregunta de qué ha vivido todo ese tiempo: “recibí una herencia. Y soy muy austera” (2019, p. 205). Nadia es hija de un padre biológico que no la quiso y que está desaparecido. Para llevar a cabo sus planes, tramita la filiación paterna y el cobro de la indemnización. Pero no quiere cambiar su apellido, solo acceder a ese dinero con el que va a financiar su venganza durante los años que le tomará adquirir los conocimientos especializados para dar muerte de treinta y seis modos distintos y entrenar su cuerpo en función de esa variedad de homicidios. Los dólares que sobran los esconde en “el bosque”, como llaman a ese paraje rural donde se refugió con su madre y un grupo de infancias huérfanas, en unas cajas que entierra y que el narrador, el escritor que cuenta su historia, tiene que buscar al final. Pero hay más: Nadia ha enterrado también treinta y seis fichas con los nombres de hombres y mujeres que dieron amparo a familias perseguidas, que cuidaron sus mascotas y sus casas en ausencia, personas que impidieron que otras fueran torturadas o desaparecidas, en síntesis, que hicieron lo correcto en medio del terror. Nadia quiere que aquellos niños con los que compartió la vida en ese bosque, a los que siguió ayudando una vez que se reencontraron con sus familias y con quienes mantiene un vínculo intenso, les hagan llegar jazmines una vez al año, anónimamente, a esas personas justas. Para eso son los dólares que ha reservado (el texto habla de dólares y no de bonos, los bonos no pueden enterrarse en ninguna parte porque son inmateriales).

La venganza y su reverso, el reconocimiento, son para Nadia las “condiciones aceptables”, al decir de Luzzi, para el cobro de la reparación económica. Como antítesis de la Eva que compone Celeste Cid, la protagonista de Hasta que mueras saca fuerzas del cobro de ese dinero de manera literal, financiando con la indemnización el entrenamiento físico que convierte su cuerpo en una máquina de matar.

Desgracias y bendiciones

La inclusión de Tamara Tenembaum en esta serie de las segundas generaciones obedece justamente al lugar que ocupa en su literatura la reparación económica que recibe por parte del Estado por encubrir y no investigar el atentado a la mutual judía AMIA, donde fue asesinado su padre. Tenembaum no ha escrito demasiado sobre este hecho, apenas un poema en su primer libro Reconocimiento de terreno (2017), pero en Todas nuestras maldiciones se cumplieron (2021) escribe abundante y desprejuiciadamente sobre la indemnización que recibió y las consecuencias de ese cobro en su vida. El primer relato del libro, “El mar no se le desea a nadie”, funciona a la manera de los comienzos de Bruzzone, al hacer explícita la súbita “bendición de Dios” (Tenembaum proviene de un hogar ortodoxo) que de alguna manera parece propiciar todo lo que sigue.

Es el mal lo que no se le desea a nadie. Por eso las maldiciones en idish siempre vienen mezcladas en una cosa linda […]: “que entre la bendición de dios en su paquetito de desgracias”, por ejemplo, o “que sea rico, muy rico, el único rico de toda la familia”. (2021, p. 10)

Todas nuestras maldiciones se cumplieron […] En nuestro paquetito de desgracias entró la bendición de Dios: hace poco cobramos la indemnización por el atentado a la AMIA, en el que murió papá. Mamá, mis hermanas y yo somos ricas. Las únicas ricas de toda la familia. (2021, pp. 18-19)

En “Qué es una familia”, la autora narra la firma de la escritura de compraventa de su “primer departamento”, trazando un retrato cómico y despiadado de los judíos porteños supuestamente ricos. La narradora no es rica a pesar de que se designe autoparódicamente como tal, ya que la propiedad que va a adquirir queda en Villa Crespo, barrio emblemático de la clase media judía porteña. El origen del dinero para la transacción está probado por “la sentencia que dice que el Estado nos debe varios cientos de miles de dólares en concepto de daños y perjuicios por la muerte de Naum Javier Tenembaum (daño moral, lucro cesante y más)” (2021, p. 33). Sin embargo, las partes involucradas en la operación reniegan de ese dato y repiten las formalidades banales del caso. No muestran rechazo, pero sí incomodidad.

Es destacable la centralidad de la casa propia en Todas nuestras maldiciones se cumplieron y el contraste con el motivo de la casa en otras producciones analizadas. En la literatura de Bruzzone, la casa siempre está bajo amenaza, porque el terreno se anega y no se puede construir, porque los albañiles usurpan la propiedad previamente “recuperada”, porque no se invierte en ella sino en emprendimientos dudosos o porque resulta ser vecina de un campo de concentración que extiende sobre ella su radio de alcance, como en su trilogía sobre Campo de Mayo. En el policial que investiga Pron, el robo de la casa adquirida con la indemnización es el móvil del crimen. Para Tenembaum, es parte de las bendiciones de Dios en su paquetito de desgracias, demostrando así que la acción civil emprendida por su familia ha abierto el camino a una forma posible, personal, de elaboración de lo sucedido.

En el libro de Tenembaum no hay perplejidad ante un dinero nunca reclamado pero de pronto ofrecido, ya que el cobro es producto de una acción judicial por daños y perjuicios. De hecho, el suyo devino leading case, ya que a partir de esa sentencia el Estado argentino ofreció una indemnización por vía administrativa similar a la otorgada a los familiares de desaparecidos (Ley 27139/2015). “La reparación económica implica un Estado que es capaz de perder, de sacrificar un bien, dinero, y es en ese acto que se des-totaliza”, analizan Graciela Guilis y el Equipo de Salud Mental del CELS en uno de los pocos estudios sobre los efectos subjetivos del cobro (2005, p. 18, resaltado en el original). Parece funcionar así en la literatura de Tenembaum, pero ¿hasta qué punto el Estado perdió o sacrificó algo cuando no pagó en efectivo sino con títulos públicos, cuando pretendió saldar una deuda con más deuda, como muestran las otras producciones analizadas? ¿Qué consecuencias tiene esta forma de pago para los destinatarios de una política reparatoria? Solo el film Eva y Lola muestra esas afectaciones bursátiles sobre las infancias sobrevivientes, aunque los bonos también forman parte del imaginario fantástico que despliega Bruzzone en torno al cobro de la indemnización, un elemento que se repite y recombina en los distintos relatos, aportando su cuota de extrañeza y aleatoriedad.

No he encontrado estudios de políticas públicas que analicen y distingan los efectos materiales y subjetivos del cobro de una reparación económica pagada ya sea en bonos o en efectivo. A partir de los elementos que nos brindan las producciones culturales de las segundas generaciones, se puede arriesgar, a modo de hipótesis, que acogerse a una legislación en cuya discusión no se participó y querellar al Estado por daños y perjuicios son dos posiciones diferentes. En la primera, ser destinatario de una política pública, en el mejor de los casos, cuando la Fortuna acompaña y la víctima “entra” en la tipología que traza la legislación; en la segunda, ser un sujeto activo que cuenta con los recursos, materiales y simbólicos, para emprender una acción judicial. Algo similar podemos hipotetizar en relación con heredar un “beneficio” otorgado a un ausente y recibir una justa compensación por un daño cometido contra una misma.

Palabras finales

Es difícil hallar en Argentina políticas de Estado que se sostengan a lo largo de las décadas y los gobiernos de distinto signo político. La noción de que se podía reparar económicamente lo sucedido subyace a una serie de políticas relativamente estables. Incorporar esta dimensión al análisis complejiza las narrativas de la memoria dominantes de cada período y nuestras formas de abordar la postdictadura argentina desde este campo de estudios.

En contraste con el silencio social imperante sobre el tema, las producciones artísticas de las segundas generaciones muestran los límites y las potencialidades de las reparaciones de contenido económico. Problematizan la cuestión del pago con bonos de deuda pública y contraponen la justicia civil ordinaria a la legislación reparatoria. Ayudan a comenzar a distinguir entre un dinero o una deuda que se heredan, con todo el peso de lo que se elige bajo inyunción, es decir, bajo una imposición, y una reparación que se obtiene como consecuencia de una demanda civil, en nombre propio. A falta de estudios sobre el impacto de las políticas públicas de reparación de contenido económico, el análisis de estas y otras producciones culturales puede señalar núcleos problemáticos poco abordados y así contribuir a enriquecer una perspectiva predominantemente jurídica de la política reparatoria.

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