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“Disculpe, señor, la libertad
que me tomo al escribirle…”

Cartas de mujeres emigrantes españolas a los diplomáticos en Buenos Aires
(fines del siglo XIX y principios del XX)

Alicia Gil Lázaro

Frente a la tradicional invisibilidad que ha caracterizado a las mujeres en el análisis histórico del fenómeno migratorio a lo largo del siglo xx, las décadas recientes han estado marcadas por una creciente producción historiográfica que ha comenzado a otorgarles “el papel protagonista que realmente merece”, en palabras de Pilar Cagiao (2017, p. 49). Los trabajos de esta autora sobre la presencia de mujeres gallegas en la Argentina, Uruguay o Cuba son un buen ejemplo de la vitalidad con la que en las tres últimas décadas y desde las sociedades de origen y destino de las migraciones se ha emprendido la tarea de recuperarlas como sujetos históricos. El análisis de las causas que animaron su salida masiva entre fines del siglo xix y principios del xx, así como de los espacios laborales que ocuparon en los países americanos, de su presencia en el tejido asociativo o los retornos, son algunos de los temas que se han abierto a la investigación con variedad de enfoques y metodologías. Fuentes hemerográficas, literarias y de carácter personal, como la correspondencia privada o incluso las entrevistas para tiempos más recientes, han permitido, al mismo tiempo, plantear perspectivas analíticas antes inexistentes, donde las personas han adquirido una creciente centralidad frente a los colectivos, y entre las cuales destacan sin lugar a duda los estudios de género. Las preguntas que se hacen ahora las y los investigadores han evolucionado enormemente, de forma paralela a la expansión del conocimiento, y en su evolución siguen alentando nuevas aproximaciones.

En este contexto historiográfico favorable se inscribe el presente trabajo, que aborda el análisis de las experiencias conflictivas vividas por mujeres españolas en sus proyectos migratorios en la Argentina a partir de las cartas que estas dirigían a la Embajada y al Consulado de España en Buenos Aires para solicitar la ayuda o la protección diplomática. El arco cronológico que se contempla recorre el final del siglo xix y el primer tercio del xx, momento en el cual el número de mujeres emigrantes creció y su presencia en las cajas resguardadas por el Ministerio de Asuntos Exteriores se hace más notoria[1]. Esta documentación muestra dos modalidades esenciales de procesos migratorios femeninos: por un lado, la referida a las experiencias de las mujeres que quedaron en la tierra de origen, cuyo contacto con la emigración fue, por tanto, indirecto; y, por otro lado, la de aquellas que emprendieron el camino de la expatriación y vivieron directamente los problemas derivados de este.

Previamente, con el fin de encuadrar de forma apropiada el tema y la fuente de la que emerge esta información, es necesario acercarse al contexto histórico del ciclo migratorio y a los motivos de esa prolongada invisibilidad de las mujeres en la historiografía. A continuación, se expondrá la metodología de análisis, que parte de un énfasis en la cultura cotidiana y el estudio de las emociones que las circunstancias problemáticas de la emigración provocaban, así como las decisiones que animaban. El cuerpo central del texto se estructura a partir del examen de algunas de las situaciones más comunes planteadas en las cartas: en primer lugar, la búsqueda de familiares desaparecidos; en segundo término, la solicitud de intercesión para sus familiares presos; seguidamente, las situaciones que llevaban a la solicitud de repatriación y, finalmente, la petición de ayuda frente a situaciones de penuria económica.

1. ¿Por qué las mujeres han sido invisibles en la historia de las migraciones?

Aunque la participación femenina en las corrientes migratorias ultramarinas no era nueva, puesto que ya a finales del siglo xvi una cuarta parte de la corriente española a las Indias era femenina (Rey Castelao, 2008), desde una perspectiva de género las mujeres han permanecido tradicionalmente al margen en los estudios acerca de la diáspora española, sobre todo la que tuvo como destino el continente americano en el período de la gran emigración, entre 1870 y 1930[2]. Esto se ha tendido a explicar, en primera instancia, por el propio predominio masculino en los flujos. Blanca Sánchez Alonso afirma que los varones supusieron sistemáticamente más del setenta por ciento del total, aunque las cifras variaron dependiendo de los países de destino (1995, pp. 158-161). Así, a territorios con una preferencia por la emigración temporal, como Cuba, llegó de media más de un ochenta por ciento de hombres; la proporción fue bastante más baja en otros como el Brasil, donde la política de pasajes subsidiados privilegió a los grupos familiares, o en Argelia o Francia, donde la mayor cercanía favorecía los viajes, temporales o de larga estancia, de familias enteras; en la Argentina o en México, sin embargo, la participación de las mujeres en la corriente emigratoria fue creciente a lo largo del tiempo. El protagonismo de la emigración masculina en la composición del flujo migratorio español a caballo entre el siglo xix y la primera mitad del xx, aunque manifiesto, fue compatible, así pues, con un marcado proceso de convergencia con la emigración femenina, lo que ha llevado a los autores a hablar de la feminización de la emigración española, que se dio con fuerza tras la Segunda Guerra Mundial pero ya desde la primera mitad del siglo fue un fenómeno notorio (Durán Villa, 2009, p. 40). Tal incremento relativo en la presencia femenina en la emigración trasatlántica hizo que en 1900 representaran un 26% del total del flujo, el 40% a finales de los años veinte y el 55% durante el ocaso del ciclo en los años 60 del siglo xx. Frente a la experiencia de los varones, cabe señalar, además, que la femenina revistió en mayor medida un carácter definitivo. Los datos recogidos por las autoridades en los países de destino reflejan una tendencia similar (Rodríguez Galdo, 2009, p. 29).

La historia de las mujeres en los estudios migratorios se encontró, además, frente a un problema con las fuentes primarias (Hernández Borge y González Lopo, 2008). La documentación histórica ha otorgado una primacía al análisis macroestructural –en los que la perspectiva femenina tiende a diluirse– en detrimento de los análisis micro, debido a la imprecisión de estos últimos a la hora de suministrar datos esenciales para el estudio de la composición de los flujos, de redes y cadenas migratorias o de los mercados de trabajo en los que se insertaban los y las emigrantes. Los datos que podrían arrojar luz sobre las cuestiones sociales y las relaciones humanas apenas tuvieron cabida en las estadísticas oficiales, las cuales no aportaban información específica referida a la forma en que se realizaba la emigración, los problemas cotidianos o incluso las percepciones personales (Durán Villa, 2009, pp. 53-54).

Si bien las investigaciones sobre la emigración española a partir de los años setenta del siglo xx concedieron cada vez mayor atención a las mujeres, por mucho tiempo todavía se basaron en el modelo del emigrante varón y el arquetipo de la mujer dependiente o desplazada por motivos de reagrupación familiar. Conviene no olvidar que la emigración no solo afectaba a las personas como individuos sino a los núcleos familiares, al mercado de trabajo y a todo un conjunto de elementos de la reproducción social. En la primera mitad del siglo xx, la emigración tuvo una presencia muy fuerte en las economías rurales y repercusiones cruciales en aquellos que permanecían en la explotación agraria familiar, mujeres, ancianos y niños, preferentemente (Freire Esparís, Prada y Rodríguez Galdo, 1999).

Sin embargo, una categoría tan importante para el análisis económico de las migraciones como la de “emigración familiar” tuvo el efecto de limitar durante mucho tiempo casi de forma exclusiva la presencia de las mujeres en los movimientos migratorios españoles con destino a América al ámbito de lo doméstico, ignorando la globalidad de su experiencia laboral, tanto dentro como fuera del hogar. La emigración laboral parecía ser una categoría exclusiva de los varones, y, en todo caso, de mujeres solteras únicamente. El universo femenino bajo esta mirada quedaba relegado a la característica “emigración de acompañamiento”. Rodríguez Galdo destaca en este sentido el papel que desempeñaban diversas formas de cooperación establecidas en las economías agrarias tradicionales a la hora de retrasar la incorporación de las mujeres casadas a la emigración. Esta autora cuestiona su papel de “ángeles hogareños” y enfatiza su inmersión tanto en el mundo rural como en el urbano en otras funciones, contraponiendo la clásica dicotomía entre emigración laboral y emigración familiar en un contexto en el que muy probablemente se debía emplear toda la fuerza del trabajo familiar (2009, p. 25). Por ello, todavía es necesario reivindicar y hacer más visibles a las emigrantes, tanto por su protagonismo directo en los desplazamientos ultramarinos como en su papel de sostenedoras de la economía familiar en ausencia del cabeza de familia, lo que en contextos agrarios tradicionales se tradujo en una feminización de la explotación campesina, como es el caso muy bien estudiado de la franja cantábrica peninsular y sobre todo de Galicia (Cagiao Vila, 2007 y 2008).

Por otro lado, también la acción del Estado tuvo un papel fundamental en el silenciamiento de las mujeres durante la gran oleada migratoria (Hernández Borge, 2001). La primera legislación integral de 1907 y la posterior de 1924, en vigor hasta principios de los años sesenta, hicieron invisibles a las mujeres pues se consideraban emigrantes a efectos de estas leyes solo a los españoles. Por el contrario, no ocultan el trato discriminatorio que recibían ellas en el desarrollo de la norma. Reconocida la libertad de todo español para emigrar”, el artículo 5 de las leyes de 1907 y 1924, establecía que “la mujer casada necesitará para emigrar la previa autorización de su marido. No obstante, tal licencia solo sería necesaria en el supuesto de que viajasen sin la compañía del cónyuge o para reunirse con él. La autorización se extendía también a los menores de ambos sexos, pero en el caso de ellas “las solteras menores de veintitrés años o sujetas a la patria potestad, tutela o guarda de personas que legalmente las representan no podrán abandonar España si por no ir acompañadas de sus padres, parientes o personas respetables, se sospeche fundamentalmente que pueden ser objeto de tráfico” (Durán Villa, 2009, pp. 47-49). Por el contrario, las solteras mayores de 25 años, las viudas y las casadas con sentencia firme de divorcio podían emigrar con el concepto legal de emigrantes si además cumplían con los requisitos impuestos a los varones en el artículo primero de los Reglamentos de 1907 y 1924.

En el mismo sentido, en el continente americano las mujeres inmigrantes fueron también víctimas de legislaciones discriminatorias, con medidas restrictivas que en muchos casos solo alimentaron la inmigración ilegal y los abusos de los agentes intermediarios, problemas asociados a la marginalidad. El gobierno argentino, por ejemplo, no permitía entrar al país a las mujeres que viajasen sin esposo y acompañadas de hijos menores de quince años, a no ser que estuvieran en posesión de un permiso especial expedido por la Dirección General de Inmigración. El viaje quedaba totalmente prohibido, además, a las mujeres encintas. La invisibilidad a la que se sometía a las mujeres en la legislación migratoria, salvo en los supuestos discriminatorios, tuvo su correlato en las estadísticas que recogen el balance de estos desplazamientos de población, lo que ha hecho insistir a los estudiosos en la escasa fiabilidad de las fuentes de contabilidad de la emigración ultramarina. Las cifras relativas a las entradas en los diferentes Estados americanos fueron más fidedignas, en este sentido.

2. Las emigrantes. Los flujos y la participación en el mercado laboral argentino

La Argentina fue el principal receptor de la emigración española transoceánica. Las estadísticas del país anotaron casi un millón de registros de esta nacionalidad. Pero, además, fue el principal destino de las mujeres españolas. De ese millón de registros, un tercio fueron mujeres. Frente a la mayor diversificación geográfica de los varones, a la Argentina llegó un 62,49% del total del contingente femenino transoceánico, seguida por Cuba, con algo menos de un cuarto de las emigrantes y a gran distancia el Brasil, Uruguay y México (Durán Villa, 2009, p. 54).

Buenos Aires fue la ciudad receptora por antonomasia de los españoles, en general, y de las españolas, en particular. La colectividad residente en la capital de la República contaba con unos trescientos mil habitantes, cifra superior a la que habitaba en cualquier ciudad española, a excepción de Madrid y Barcelona. Cuatro de cada diez españoles en la Argentina se radicaron en la capital, y otros tres, en la provincia de Buenos Aires, y el contingente femenino era más alto allí que en el resto del país. En 1914 las mujeres representaban casi la mitad de los españoles residentes en la capital argentina (Moya, 2004, p. 173).

El tramo de edades predominante entre los varones difería del de las mujeres. En el primer caso emigraban sobre todo entre los quince y veinte años, mientras que en las mujeres el tramo más destacado era entre los veinte y veinticinco años. La soltería predominaba en ambos casos: representaba un 62,23% del total de pasajeros, seguido a notable distancia por los casados, con un 30%. Sánchez Alonso comprueba que la soltería afectaba en menor proporción a las pasajeras y que existían claras diferencias en la viudedad (1992, pp. 82-83).

La participación de la mujer en el mercado laboral fue bastante más alta entre las emigrantes que en las mujeres que permanecieron en España. Sin embargo, la división sexual del trabajo restringió las opciones de empleo y concentró a las mujeres en los rangos más bajos de la estructura ocupacional. Según José Moya, la principal fue el servicio doméstico, que tendió a feminizarse con el tiempo entre la inmigración española y que incluía tareas tradicionalmente femeninas –como el lavado y planchado de ropa ajena– junto a otras que eran realizadas indistintamente por hombres o mujeres y que ante el aumento de la demanda se dejó en manos de estas últimas como la limpieza, la cocina y otras–, con salarios más bajos (2004, pp. 218-222). La segunda fuente de empleo femenino fue la manufactura, pero la participación de las mujeres se concentró en tan solo tres sectores: la costura que incluía el tejido y el bordado– el tabaco y la industria del calzado. Fuera de las tareas manuales, a principios del siglo xx la participación de las mujeres nacidas en España se limitaba al empleo en empresas de su propio grupo y a puestos como vendedoras en tiendas, comerciantes y, especialmente, a modistas.

3. Metodología y fuente

Por todo lo dicho hasta ahora, este texto parte de un terreno bien abonado, con el fin de aportar una mirada más a la emigración femenina, y, en concreto, a las estrategias desarrolladas por las mujeres frente a situaciones críticas en sus contextos migratorios, tanto de origen como de destino. Se parte para ello de un énfasis en las formas de expresión de las experiencias cotidianas, del lenguaje común con el que las mujeres explicaban y compartían el mundo en el que se hallaban inmersas, o, lo que es lo mismo, el conjunto de elementos discursivos que formaban parte de lo que hemos denominado su cultura migratoria, entendida esta como la producción y reproducción cotidiana de la vida social de las emigrantes, las actitudes, normas y prácticas simbólicas y estructuradas mediante las cuales las relaciones sociales se perciben y articulan. El concepto de cultura migratoria nos lleva a preguntarnos: ¿cómo intentaban solucionar sus problemas las mujeres emigrantes y qué estrategias comunes desarrollaron en un mundo masculinizado como el migratorio? Como veremos, en el análisis se destaca la importancia que para la consecución de sus objetivos tenía la expresión abierta de las emociones. ¿Qué elementos de su cultura migratoria se hallaban más estrechamente relacionados con la verbalización directa y por escrito de los sentimientos y con la resolución de sus conflictos?

Las emociones se han convertido en las últimas décadas, sin duda, en una categoría útil para el análisis histórico, surgida del empeño por dotar a la historia de la dimensión experiencial de las personas (Bjerg, 2019; Medina Domenech, 2012). En el estudio de las emociones se hacen comprensibles las motivaciones y acciones que subyacen a procesos sociales y culturales particulares. Se parte de la base para ello de la existencia de una correlación entre la estructura social y la estructura emotiva e individual. Por tanto, aunque los sentimientos se suelen considerar aspectos del ámbito interno e individual, no florecen al margen de los condicionamientos sociales e históricos. Esto subraya la relación entre la objetividad de las estructuras sociales y la subjetividad de la experiencia vivida. La corriente historiográfica que ha animado el estudio de las emociones reivindica que estas no son necesariamente una manifestación espontánea y natural –“irracional”, si se prefiere– sino que se encuentran condicionadas socialmente y varían de acuerdo con el tiempo, las condiciones y los agentes de expresión (Bjerg, 2020).

Una fuente primaria de gran importancia para el estudio de las emociones en las migraciones históricas es la correspondencia privada. Las cartas, como se sabe, desvelan aspectos diversos de las representaciones de la experiencia migratoria por parte de la gente común. Su estudio es ya antiguo y alcanzó una calidad notable en obras como las de Baily y Ramella (1988) a partir de la correspondencia de una familia italiana, y, en tiempos más recientes, la de Gerber sobre las cartas entre emigrantes ingleses (2007) y Kampfhoefner y Helbich para las prácticas epistolares de los alemanes (2006 y 2009).

Las cartas de emigrantes remiten, por un lado, a un proyecto de reconstrucción de la identidad y del mundo perdido por los individuos expatriados, y, por otro lado, a ciertas vías particulares a través de los cuales los inmigrantes vivieron un proceso gradual de asimilación e incorporación a los hábitos sociales y culturales aprendidos en el país de acogida, y evidencian también el funcionamiento de importantes redes de solidaridad y protección entre ellos, por lo que, en conjunto, refieren a las pautas de comportamiento de su ser como emigrantes (Núñez Seixas, 2014; Martínez Martín, 2014; Castillo Gómez, 2001; Sierra Blas, 2006; González Lopo, 2011; Márquez Macías, 2011). Ciertamente la correspondencia se puede considerar un espacio privilegiado de expresión de sentimientos asociados al fenómeno migratorio: tristeza, esperanza, nostalgia, miedo, ilusión o frustración, entre otros.

Pero no por ello este soporte ha de ser considerado como una muestra espontánea o inocua de las emociones que la emigración genera, sino que se hallan indefectiblemente influidas por un factor externo fundamental que no depende solo de quién las escribe, puesto que es importante saber quiénes eran los receptores. En efecto, la mediación entre la experiencia vivida y la representada por escrito pasaba por diversos filtros, y esta última se convertía en una presentación de sí mismos. En el corpus documental que nutre el presente análisis lo singular reside en la ubicación espacial en la que fue hallado, lo que define, claro está, a quién iba dirigida esta correspondencia. Se trata de un conjunto de cartas, cuyos destinatarios eran los funcionarios de la Legación de España en Buenos Aires[3]. Las cartas eran escritas en momentos de dificultades de los y las emigrantes o de sus familias, cuando los proyectos migratorios fallaban y también parecían faltar las redes solidarias de la comunidad de referencia, de manera que las personas no veían otro modo de solventar los problemas que enfrentaban sino pidiendo ayuda a las autoridades diplomáticas.

Se trata, por tanto, de una correspondencia híbrida, a medio camino entre el mundo privado de los emigrantes y el público u oficial de sus destinatarios y, dada su función, era asimétrica y jerárquica en cuanto a la naturaleza de las relaciones que entretejía. La formulación de los problemas, los sentimientos que emergen a través de las palabras escritas, los giros y expresiones comunes en ellas, todo estaba dirigido a lograr un objetivo esencial, que les fuera concedida la ayuda solicitada, para lo cual quienes las redactaban echaban mano de una serie de recursos y estrategias discursivas bien conocidas entre ellos y en su comunidad. El historiador Gur Alroey realizó abordajes similares en su estudio de la correspondencia llegada a las oficinas internacionales de información establecidas por los judíos por toda Centroeuropa (2006; 2016), y en el caso español Carmen Martínez hizo lo propio con las cartas privadas utilizadas en pleitos civiles entre los siglos xvi y xvii (2014).

Nuestra hipótesis de trabajo es que esta correspondencia forma parte de los diversos componentes que configuraban una cultura propia de la emigración, esto es, del caudal de conocimientos que las mujeres emigrantes compartían y que eran transmitidos de viva voz en su grupo: “Un comerciante de ésta, también español, me recomendó que acudiera a usted solo en caso de extrema necesidad […]”, expresaba la inmigrante María Cabrera en su misiva[4]; el uso habitual de este recurso sitúa a las redactoras, además, como sujetos proactivos en su búsqueda de solución a las dificultades. Su papel de agentes capaces de actuar y modificar su entorno se articula sobre la base de una iniciativa autónoma y se halla íntimamente relacionado con la expresión de emociones. Sabedoras de que el desenlace podía depender en buena medida del dramatismo con el que lograsen transmitir sus problemas, las cartas se pueblan de matices discursivos a través de los cuales emergen sus sentimientos, su agencia y su cultura migratoria.

4. La correspondencia de las mujeres a la legación española. Rasgos esenciales

Para empezar, ¿quiénes eran las redactoras de las cartas? Una amplia variedad de situaciones personales caracteriza este corpus documental. Las cartas podían estar firmadas por mujeres solteras, casadas o viudas; jóvenes, adultas o ancianas; residentes en España, la Argentina u otros lugares; con o sin hijos; insertas en el mercado de trabajo o trabajadoras en sus espacios domésticos; españolas de origen o por nacionalidad; sanas o enfermas; en libertad o presas; iletradas o con cierto dominio de la escritura; en su mayoría pobres, pero en varias ocasiones bien situadas, y autónomas o dependientes, entre otros rasgos. En el momento de escribir tan solo tenían en común el hecho de ser españolas; de formar parte, directa o indirectamente, de un proyecto migratorio en marcha y de verse envueltas en situaciones adversas derivadas de este, lo que las impulsaba a dirigirse a las autoridades españolas emplazadas en Buenos Aires.

Por otro lado, la documentación revela enseguida que las inmigrantes acudían a menudo a las oficinas consulares a realizar simples trámites que requerían de la intermediación de los representantes diplomáticos con los distintos ministerios en España. Ya desde fines de siglo xix las instancias solían estar muy burocratizadas y se dirigían, entre otros, al Ministerio de Instrucción Pública –mujeres que solicitaban la expedición de su título profesional, como por ejemplo las maestras o las matronas–[5], al Ministerio de Gobernación –al que pedían una fe de vida o un permiso de residencia–[6] o al de Hacienda o Guerra, con los que solían solventar la tramitación de pensiones de viudedad u orfandad, en el segundo caso de miembros del ejército[7]. Los cónsules gestionaban las partidas de defunción de los esposos, con lo que posibilitaban a las mujeres volver a casarse o recibir una herencia; las autorizaciones para cambiar de residencia; legalizaciones de firmas para contratos matrimoniales; certificados de estado civil o de pobreza y otros[8]. Constituían, por tanto, ámbitos bien conocidos por los inmigrantes. Los cónsules llevaban, además, un registro de nacionalidad donde debían inscribirse los emigrantes, aunque las quejas de los funcionarios delataban la baja propensión de estos a materializar su registro: “La lamentable deficiencia de los registros de nacionalidad, que debieran ser la fuente de esta clase de trabajos, debida a la incuria de nuestros connacionales, es notoria y en vano traté de suplirla acudiendo a todos los medios de publicidad […] y convocando a una reunión de las numerosas sociedades españolas aquí establecidas […]”, relataba el Cónsul de España en un informe al Ministerio de Estado en 1885[9].

El correo procedente de los inmigrantes saturaba los escritorios del funcionariado exterior en momentos de crisis económicas o políticas que amenazaban gravemente la estabilidad de las experiencias migratorias, pero en realidad las peticiones de ayuda constituyeron una constante en los fondos de la legación española en Buenos Aires a lo largo del período. Si bien una buena parte fueron escritas por hombres, las cartas firmadas por mujeres fueron también numerosas[10].

La redacción se hacía casi siempre en primera persona e incluía descripciones detalladas de situaciones personales, a menudo íntimas, y también de los sentimientos que estas situaciones agitaban. A un molde de letra rústico, como solía ser habitual entre los grupos populares, acompañaba una caligrafía irregular y numerosas faltas de ortografía. El discurso era espontáneo, muy apegado a la oralidad, con abundantes giros coloquiales, muestras de agradecimiento y cortesía y sobre todo un denodado respeto a la autoridad:

Excelentísimo Señor: debo ante todo pedir a VS me disculpe la libertad que me tomo al dirigirme a VE sin otro título que me autorice hacerlo que la reconocida caridad e indulgencia de VE. Bien sé señor que esto no puede justificar tanta molestia, pero la desesperada situación de una pobre madre creo que decidirá a VE perdonar mi atrevimiento y a procurarme el amparo que de VE solicito[11].

Las cartas escritas por terceras personas en nombre de las mujeres se alejaban de este modelo. Escribanos, sacerdotes, parientes y personas más o menos cercanas de cierta cultura (el maestro, el boticario, el comerciante) accedían a intermediar gracias a su destreza con la escritura. Solían presentar, por tanto, un mejor molde externo (caligrafía, ortografía, papel) y, sin embargo, una exposición de motivos mucho más escueta.

Fuera cual fuera la envergadura de los problemas narrados en estas misivas, no parece descabellado que sus redactoras ponderaran sus asertos para conmover a sus lectores y lograr su objetivo, esto es, que estos actuaran a su favor e intervinieran en el problema para ayudarlas.

¡Perdón Señor! Por estas líneas. Cinco meses de duro batallar con la miseria y la desesperación; y la esperanza se disipa bajo el ofuscamiento de los sentidos y por los crueles padecimientos físicos y corporales. Quisiera que un brazo auxiliador me arranque de las tinieblas y del hondo precipicio […] y volver a la dicha y al trabajo en mi hogar ¡Cuán amarga es mi vida![12]

Desde esta perspectiva, los rasgos formales de la escritura prefiguran ya un bagaje de acciones conocidas y habituales a las que las emigrantes acudían con el fin de hacerse escuchar. Sabedoras de la importancia crucial de la comunicación en los procesos migratorios, estos elementos eran característicos de su cultura migratoria. La historiografía ha enfatizado la importancia de conocer las oportunidades que existían más allá del lugar de origen con el fin de asegurar el éxito de la empresa migratoria. El acceso a la información se convertía en un elemento fundamental que dependía, en primera instancia, de los vínculos sociales con la emigración, a través de familiares y vecinos emigrados, piezas fundamentales en la formación de las cadenas migratorias. Esta información se transmitía de varias formas esenciales en los viajes de retorno de los emigrantes, la correspondencia o en las remesas. Por ello hay que insistir en que la decisión de escribir una carta personal dirigida a un representante diplomático no se materializaba sino cuando otras opciones se habían descartado o se demostraban inoperantes. Solo cuando fallaban los mecanismos habituales del tejido social migratorio se tomaba la vía de acudir a las autoridades. Se trataba, por tanto, de una opción considerada entre ellas como un último recurso. Este hecho condicionaba enormemente el tono con el que las mujeres se dirigían a cónsules y ministros plenipotenciarios, por lo que predominaban las constantes disculpas, intentos de justificación, lamentos por tener que acudir a tal extremo, la vergüenza y la sensación de humillación. La emoción preponderante era la desesperación, pues transmitirla convenientemente podía elevar las posibilidades de que les proporcionasen una solución. Eva Balcarce expresaba al embajador español Ramiro de Maeztu en 1928:

Le ruego encarecidamente que no se olvide de mi porque me encuentro en un estado tan desesperante que ya no sé que hacer […] estaba esperando algún recurso de Europa y no llega ni me escriben no sé que hacer allá me dicen que no se puede vivir qué haré yo tan enferma sin poder hacer nada, al cargo de dos menores […] esto toca a su fin, no puedo más[13].

Las cartas, asimismo, contienen un buen número de experiencias construidas, es decir, de marcos de significado colectivo que operaban no solo en el ámbito de las fórmulas establecidas de expresión escrita, sino también en el de la atribución de significados y uso de imágenes y metáforas a la hora de tratar la propia vida. Bárbara Rosenwein se refiere a estos marcos colectivos construidos como “comunidades emocionales” (2006). Cónsules, ministros de la legación, embajadores y demás funcionarios de las agencias exteriores se convertían a través de esta correspondencia en mediadores ineludibles entre la teórica y escueta tutela estatal y la práctica migratoria real, por lo general alejada de los canales oficiales. Así eran aceptados por los emigrantes y en las cartas estos hacían gala frecuentemente de su patriotismo y españolidad: “Soy española y en el nombre de mi patria creo no desoirá mi pedido”, decía Amelia de González[14]. Al mismo tiempo, intercalaban alusiones religiosas, a la familia e incluso a la caballerosidad de los funcionarios: “Hacedlo, Excmo. Señor, por lo que más amáis en este mundo y rogarán a Dios por V. E. y por vuestra familia dos padres que os deberán la vida”[15]. “Ruego a Ud. y a Dios Nuestro Señor me acompañe para ver si termino con este martirio, que desde más de dos años reina en mi hogar”[16]. Otro recurso igualmente utilizado en las cartas fue la apelación a la maternidad, a la existencia de hijos pequeños que sufrían carencias o enfermedades y la desprotección ante la ausencia del cabeza de familia:

En mi desespero de madre vengo pues a vd. don Ramiro a implorá y suplicá en el nombre de Dios y de mi Rey de mi Patria, y en la creencia de ser atendida por ser vd., padre también, para evitarme de ver una madre española ¡en la vía pública! Es tal la miseria que vivo […] ¡es vd. mi ultima esperanza! Dios guarde a vd. y los suyos[17].

Los epistolarios privados ofrecen por lo general una perspectiva de la emigración fuertemente sesgada por el género, ya que solían ser los hombres los que, por regla general, escribían a sus familiares en España, en nombre de las mujeres o del grupo familiar (Soutelo, 2001 y 2009). Por tanto, el hallazgo de numerosas cartas escritas por mujeres entre la correspondencia llegada al consulado y a la legación española otorga una voz a las silenciosas y casi siempre ocultas presencias femeninas en las escrituras propias de la emigración.

4.1. Las búsquedas de paraderos

Probablemente el sufrimiento más cercano a la emigración sea el que procede de la separación física y temporal –aunque a menudo fuera definitiva– dentro de la familia. Como afirma Luis Calvo Salgado, tanto el olvido como la memoria forman parte ineludible de la experiencia de los emigrantes. La consciencia o sospecha del olvido inducía emociones como la angustia “hondamente ligada a la nostalgia”, aunque un olvido parcial podía ayudar, eventualmente, a superar el dolor por la ausencia y la lejanía de los seres humanos (Calvo y Rábade, 2012).

La desaparición de las personas en los contextos migratorios y su búsqueda son ejemplos claros de los límites de los procesos migratorios. Las cartas que llegaban a las oficinas diplomáticas procedían no solo de distintos lugares de la Argentina sino también desde las más lejanas aldeas peninsulares. Las mujeres que se quedaban en su tierra natal normalmente se enfrentaban a una vida cotidiana dura, debido al trabajo que asumían normalmente ellas solas y que incluía no solo el cuidado de los hijos y otros familiares, sino también el de la explotación agraria y el mantenimiento del hogar. La espera de las noticias o de las remesas del que había emigrado (esposos, hijos, hermanos) marcaba el tiempo de las mujeres del otro lado de la emigración.

La conexión entre esos dos mundos migratorios, el de origen y destino, dependía del delgado hilo de la comunicación escrita y las visitas esporádicas de los emigrantes, y a menudo tanto una como la otra no llegaban y las esperas se hacían largas y crecían los temores. Los conflictos familiares y los problemas económicos se ampliaban con la distancia y el silencio. Las decisiones de la emigración se solían tomar en circunstancias carentes de información completa, segura y actualizada sobre las distintas alternativas y de falta de un conocimiento íntegro sobre las consecuencias que seguirían a cada decisión. El sentimiento que usualmente dominaba era la incertidumbre: “[…] horrendas noticias que no sé si serán falsas me han revelado que su muerte es cierta”, afirmaba Enriqueta Rosety de González[18].

Era, pues, en este contexto que las mujeres escribían las cartas de búsqueda de paraderos en las que solicitaban la mediación de las autoridades españolas destacadas en el país de emigración para encontrar a sus familiares desaparecidos. A una descripción inicial de la situación, nutrida con ciertos datos y señas particulares que permitieran identificar a la persona que buscaban, seguía la expresión del descontento, la ansiedad y el desamparo de las mujeres:

Pero hace ya un año que todo se ha convertido en profundo silencio y nada me prueba que existe en este mundo aquel que me dio el título de esposa y el dulce nombre de madre por los tres hijos que sufren en compañía mía de su ausencia y abandono[19].

La búsqueda se ponía en marcha después de que otros recursos, como la consulta a los allegados del desaparecido en el país receptor, se hubieran demostrado inefectivos. El inicio del trámite o la carta evidenciaba una ruptura, una desconexión entre esos dos mundos, y era prueba de que los lazos basados esencialmente en la confianza podían fallar. Pero la carta no es otra cosa sino la muestra de que las mujeres que escribían no se daban por vencidas ante el silencio:

La que suscribe pide el gran fabor a VE. de hacer los posibles de saber el paradero del súbito español Santiago Alcon Oragueta, que seridía en esa capital en la calle Paraguai núm. 413 pues hace dos años que no e tenido noticias de él y vivo angustiada, i como madre pido a V.E. este especial fabor que espero lo conseguirá[20].

Las desapariciones generaban reacciones variadas entre las mujeres, y una de las más comunes era la sospecha de que el emigrante hubiera muerto:

Confiamos en el noble corazón de tan elebado señor que ara lo posible por descubrir su paradero y sacar de una duda orible a una desbenturada hija que llora noche y día la perdida de su padre no sabe si a muerto o bibe si esta … o muere de necesidá esta es una duda horrible Dios libre a SE de ella y a toda la umanida [sic][21].

El miedo y la suspicacia ante la posibilidad de que estas sospechas fueran ciertas se convertían en un potente activador de las acciones que emprendían las mujeres. La distancia, además, favorecía la propagación de los rumores –información inestable, no confirmada, que no contaba con la entera credibilidad de quienes rastreaban a una persona–, y la necesidad de contrastarlos hacía reaccionar activamente a las que esperaban.

… Umilde mente expone que en el año 1900 marchó mi esposo a esa república emigrado y haviendo tenido con migo constante correspondencia los 2 primeros años y luego dejó de escribir y hasta la fecha no sé más noticias por rumores que los que Don Pedro Abrés calle de Alsina 645 en Buenos Aires sabe donde está según a (sic) dicho el aludido señor […][22].

En el caso de que el rumor guardara relación con la hipótesis de que el emigrante hubiera formado otra familia, o de que hubiese olvidado a su madre, las mujeres, entonces, no solo solicitaban la búsqueda de su paradero, sino que apelaban a la autoridad diplomática para que amonestase al individuo desde un punto de vista moral y religioso, le recordara sus deberes como esposo o hijo y su compromiso con la familia, es decir, los pactos que hicieron posible que en su día pudiera emprender el camino de la emigración:

... le ruego encarecidamente que en caso que VE le encuentre le hobligue (sic) a escribirme, pues hace 23 años que se marchó de esta y nunca supe de él” afirmaba Quiteria Rey sobre su hijo; […] si fuera posible le llaméis en vuestra oficina y le hagáis la reflexión que su familia sufre por falta de recursos[23].

Acusaciones y reproches solapaban la sensación de abandono, impotencia y frustración. Si la sospecha se centraba en la posibilidad de que el emigrante hubiera cometido un delito –como la bigamia– se pedía a la autoridad su mediación, se reclamaba que protegiese a la familia en España y que se aplicara al individuo la ley española.

Claramente, con estas acciones las mujeres establecían vínculos entre el plano privado de la familia, el hogar y la aldea con el público de los ámbitos comunitarios de la emigración, así como con los oficiales, políticos y administrativos de la representación diplomática. Entre ambos subyace una interpretación de lo que se consideraba moral, un sentido de lo justo y lo injusto, un reclamo para una restauración de los derechos quebrantados frente a la responsabilidad incumplida del varón emigrado con su familia dependiente en el lugar de origen.

Pero había un componente más en estas búsquedas, especialmente en los casos en los que la ausencia y el silencio del emigrante era prolongada y las mujeres que escribían buscaban a sus maridos ante la sospecha de que hubieran muerto. El tono de las cartas se alejaba de la desesperación que solía embargar estas búsquedas. No denunciaban el abandono ni solicitaban reparación moral, sino que hacían valer su condición de esposas legítimas para reclamar una posible herencia para ellas o para los hijos. Petronila Martínez escribió lo siguiente:

… he sabido que el súbdito español Manuel Gómez acababa de fallecer en esa República sin familia en ella y dejando 7000 pesos en pagarés o letras de fácil cobro y coincidiendo todo esto con la noticia que particularmente he tenido de la muerte de mi esposo del mismo nombre y en la condición de no tener familia allí y saber que había dejado algo, me atrevo a molestar a V para rogarle tenga la amabilidad de contestarme cuanto se refiera a este asunto, y decirme las diligencias que deben hacerse para que, en el caso de que sea el mismo sujeto, podamos cobrar, pero a fin de facilitar algo su acción creo conveniente dar a V algunos detalles de mi difunto esposo (q.e.p.d).
Hace once años que marchó a esa República abandonándome a mi y a nuestras hijas sugestionado por una de esas infames mujeres que llevan la desgracia al seno de tantas familias; y desde entonces, solo alguna vez hemos sabido de él a causa de necesitar documentos oficiales como el de dar permiso para casarse a una de mis hijas y en aquel tiempo hace de eso unos seis años se hallaba empleado en aduanas en Rosario de Santa Fe, según constaba en dicho documento. Como las herederas legítimas son sus hijas, es inútil decir con qué deseo natural esperamos que V nos conteste lo que haya sobre el particular y lo que sea necesario hacer para los efectos consiguientes[24].

Una aparente frialdad y sentido práctico de la redactora contrastan con la angustia presente en los ejemplos anteriores. En este caso la aceptación del abandono es plena y lo que predomina es la defensa de los intereses de la familia en el reclamo de la herencia. La protección de los hijos en estas búsquedas era el móvil principal que impulsaba a escribir. Así, por ejemplo, la esposa de Emilio Sánchez Valle quería saber si realmente este había fallecido, pues, tras diez años sin saber de él, lo que realmente le interesaba era poder librar a su hijo de doce años del servicio militar por ser hijo de viuda[25]. La vida de estas mujeres ha seguido sin sus maridos y la afirmación de su autonomía es otro de los componentes discursivos que emana de sus cartas.

Mi esposo Miguel Antúnez Torreblanca de 53 años natural de Almogia, provincia de Málaga, tuvo hace veinte años la caballerosidad de abandonarme sin otra causa para ello que la que le dictaba su mala conducta y espíritu aventurero; llegando en sus correrías a designar esa gran Metrópoli como pozo insondable en donde sepultó sus familiares deberes. Así han transcurrido veinte años sin que hasta la fecha haya dado señales de vida. Inciertos datos han llegado hasta mi en los cuales dicen haber fallecido, pero en realidad sigo en la ignorancia de su existencia. Ahora debido a asuntos trascendentales me veo obligada a saber de una manera cierta lo que haya de verdad en esto[26].

4.2. Las peticiones de intercesión

Si las búsquedas de paraderos se iniciaban esencialmente desde la Península, las peticiones de intercesión enviadas a las oficinas consulares fueron remitidas desde diferentes lugares de la geografía argentina, sobre todo desde la propia capital, aunque también las había provenientes de España. Estas cartas tenían diversos objetivos, el más importante de los cuales era lograr el indulto y la liberación de un familiar preso, normalmente el esposo, hijo o hermano de las redactoras. Otras veces se solicitaba un recurso de revisión y la rebaja de la pena, aceptando que el delito había sido cometido en defensa propia: “[…] que mi infortunado hermano defendió su propia vida en lucha abierta contra el caído Pedro Fabrín”, expresaba Serafina de Armeñanzas en su carta[27]. El encarcelamiento de un familiar podía deteriorar gravemente las condiciones de existencia de las mujeres dependientes de ellos, por lo que en sus misivas presentaban su situación en un punto límite de manera que la única solución para ellas pasaba por reintegrar a la sociedad a estas personas.

De nuevo las expresiones más comunes en la redacción perseguían mostrar la desesperación en la que se hallaban sumidas las redactoras de las cartas, al tiempo que defendían con firmeza la inocencia de su familiar y la necesidad perentoria de que los diplomáticos intercedieran ante las autoridades argentinas. Es decir, en la presentación de una situación al límite ellas se aferraban a la esperanza de encontrar una solución y la carta era el recurso que tenían para ello. Otro rasgo usual en estos planteamientos es que en muchos casos el encarcelamiento se había prolongado durante meses o años, de manera que era evidente que no era la primera vez que escribían y además solían conocer bien la situación, tenían una información precisa de las causas abiertas contra ellos, de los jueces que los habían juzgado, de los lugares donde estaban presos o de quiénes podían intervenir en su defensa (abogados, personajes prominentes de la comunidad española y otros). Apelaban a la búsqueda de recomendaciones superiores que ejercieran una influencia directa y efectiva para lograr su liberación.

Muy señor mío: pongo en su conocimiento que mi esposo sigue preso en La Plata y la Cámara 3º de apelaciones aún no ha fallado el proceso a pesar de estar en estudio el expediente desde hace dos años. Todas mis esperanzas de madre que precisa la compañía de su esposo para alimentar y educar a mis hijitos se han perdido. Es por esto, Sr. Embajador, que ruego a Ud. que en el día de la Raza y dado entre las personas respetuosas en que Ud. ha de encontrarse se acuerde de mi esposo, solicitando a las personas que Ud. desee hablen con los Sres. Rocht y Alsina para que estudien y fallen con justicia en el proceso de mi esposo […]. Al mismo tiempo y con el fin de presentarme yo misma a los jueces Alsina y Rocht es para esto que le ruego consiga de sus buenas amistades una carta de recomendación para mi persona. Tenga compasión Sr. Embajador pues es a Ud. a la única persona que puedo dirigir mis súplicas lo que hasí hago pidiéndole también perdón[28].

El pesimismo y la angustia de las mujeres, como emociones predominantes en esta modalidad de cartas, cumplía el propósito esencial de sensibilizar al que las leía y mostrar las consecuencias que un hecho así podía tener para la familia del encausado. María de Villar no dudaba en hablar del hambre de sus hijos o de su propia muerte, después de dos meses sin saber nada sobre la causa que se seguía a su marido:

… encontrándome en la más completa indigencia con dos hijos uno de tres años y otros de veinte meses, viviendo de las personas caritativas, puesto que mi esposo era el único sostén de la familia y habiendo agotado todos los recursos no teniendo nada absolutamente por haberme desecho de todo lo poco que poseía hasta de lo más necesario para la vida y próxima al inmediato desalojo por carecer de todo a VE suplico que se trate de remediar tantas necesidades y de poner remedio a tantas calamidades ya para mi pobre esposo inocente ya para mis tiernos hijos inocentes acosados por el hambre y la miseria y siendo que mi esposo tuvieran [sic] necesidad de mandarlo a España que me manden al seno de mi familia donde las penas serán menos duras pues si no fuera por mi infeliz esposo y mis queridos hijos más prefería la muerte que no sufrir tantas calamidades[29].

Algunas de estas cartas solicitaban el indulto, coincidiendo con ciertos rituales políticos en los que estas prácticas solían llevarse a cabo, como elevar la solicitud al presidente de la República con motivo de la “cesación del período presidencial” o en algunas festividades locales:

… nos hemos tomado la libertad de molestar a VE suplicándole y rogándole que se digne interponer su valimiento ante ese Ilmo. Sr. Presidente, para alcanzar el indulto de nuestro amado como desventurado hijo con ocasión de las fiestas cívicas de mayo y julio[30].

Los desencuentros con la justicia y la petición de intersección de las mujeres ante los diplomáticos adquirieron otras modalidades aparte de esta. Las propias mujeres podían ser víctimas de atropellos en su periplo migratorio y acudieron a los cónsules y ministros españoles con el fin de obtener una reparación ante un agravio. El caso de Remedios Villegas, viuda y con una hija pequeña, es muy significativo porque en su empeño de ser resarcida escribió numerosas cartas a lo largo de 1910 y 1911. Su viaje emigratorio lo hizo a bordo de un vapor en el que fue contratada como camarera y lo proyectó como un viaje definitivo, pues cargó con un amplio equipaje en el que transportaba todas sus pertenencias y ahorros. En la travesía uno de los capataces quiso abusar de ella, lo que determinó que Remedios, enferma y angustiada, se bajara en Montevideo con su hija dejando todo su equipaje en el vapor y sin el permiso de las autoridades del barco, que una y otra vez rechazaron su petición de ser desembarcada. En dicha capital buscó por primera vez la ayuda de la representación consular española, iniciando a partir de ese momento un largo proceso contra la Compañía naviera para que le devolvieran sus cosas y que la llevó a distintas ciudades argentinas hasta recalar en Buenos Aires. Remedios escribía en cualquier papel, lo llenaba con sus alegaciones, con una letra pequeña y a ratos ininteligible, aprovechando hasta el último resquicio de la planilla, reiterando sus argumentos y rebatiendo los que de un lado y otro le imponían cónsules, navieros y autoridades argentinas[31].

4.3. Las solicitudes de repatriación

Los ejemplos citados hasta ahora nos recuerdan que, en sociedades eminentemente iletradas, la escritura constituía un esfuerzo a menudo abrumador. Hay que insistir en que esta opción se adoptaba solo cuando no había más remedio, cuando ya otros canales no habían funcionado y la gravedad y urgencia con que se percibían los problemas llevaba a considerar este contacto con las autoridades consulares como la única salida que quedaba. Este era un argumento que aparecía frecuentemente en las cartas, fuera cual fuera la naturaleza de la solicitud, pero especialmente en las de repatriación, ya que esta salida suponía la ruptura temporal del proyecto migratorio. En las cartas de petición de pasajes las inmigrantes expresaban su intención de volver a España, y como no tenían recursos suficientes para ello acudían a la ayuda oficial porque solas no podían emprender este paso. De nuevo se trataba de un gesto, el de escribir esta solicitud, con el cual las mujeres mostraban claramente su papel proactivo, una decisión tomada que intentaban llevar a la práctica con el fin de solventar los problemas que agobiaban su experiencia migratoria cotidiana. La repatriación se contemplaba como un objetivo que debían alcanzar tan pronto como fuese posible.

… pues soy sinceramente pobre y me allo sin recursos, para el sostenimiento de mis hijos, biendome en la necesidad de recurrir a usted rogándole encarecidamente pues deseo bolberme a España y no puedo conseguir los pasajes, para mis dos hijas menores de siete años bengo a pedirle su ayuda[32].

Sin duda, las solicitantes conocían de antemano la existencia de este recurso, de manera que acudir al consulado o la embajada y solicitar la repatriación se convirtió desde fines del siglo xix en una vía frecuentemente utilizada, un recurso más dentro del conjunto de nociones de actuación que acumulaban los emigrantes, de su bagaje cultural migratorio. Normalmente sabían de otros casos de compatriotas que volvieron con un pasaje subvencionado o fueron aconsejados por otros españoles. De este modo, la red social que auspiciaba las migraciones –familia, amigos, vecinos– mostraba sus límites al no poder impedir que uno de los suyos se fuera de esta manera, pero también seguía mostrando su potencialidad al suministrar al menos la información adecuada para que pudieran hacerlo con la ayuda oficial (Gil Lázaro, 2015).

La función mediadora de las autoridades diplomáticas constituyó un importante punto de referencia ya que en ocasiones era el mismo ministro o embajador el que aconsejaba a una mujer que tomara la vía del regreso con la ayuda oficial. El encargado de negocios de España en Buenos Aires respondía así a una solicitud de ayuda de una mujer desde Santiago del Estero:

en respuesta a su carta de ayer, se apresura a manifestarle que el señor Embajador se halla en el Paraguay al propio tiempo que le hace presente que, si lo desea, estaba embajada podría, como recurso a su alcance, recomendarla al Consulado General, si es que desea regresar a España, para que, dentro de las disposiciones vigentes, facilitara su repatriación[33].

Las inmigrantes en estas circunstancias se presentaban a sí mismas como pobres, desgraciadas, desafortunadas, fracasadas, necesitadas de ayuda y protección, víctimas –en definitiva– de unas circunstancias que las sobrepasaban. Se hallaban en la miseria, o abandonadas por sus parientes o amistades, dependientes del auxilio ajeno e incapaces de encontrar un trabajo y empezar de nuevo. Se enfrentaban a la imposibilidad de continuar con su proyecto migratorio. Entre los pesares que manifestaban se hallaba presente la soledad y la sensación de desprotección.

María Sanjurjo López, natural de Málaga, de treinta y cinco año, de estado casada y mi hijo José Delgado, de la misma naturaleza y de doce año, habitante en la Plata […] que habiéndome abandonado mi marido hace siete meses, donde me encuentro en la mayor miseria por no tener recursos para sobrevivir a tantas calamidades como me agovian, encontrándome sin familia que pueda ampararme, me dirijo a ud. para que bajo su prerrogativa se compadezca de mi situación, que espero de su benigno corazón se apiade y me conceda V.M el pasaje para mi y el de mi hijo para Málaga poniéndome al abrigo de mi familia […][34].

Por el contrario, también la necesidad perentoria de sacar adelante a sus hijos o incluso a su familia al completo en un contexto de falta de empleo o de parientes cercanos que las ayudasen movilizaba la acción de las mujeres solicitantes de repatriación. Una práctica habitual fue acudir ante las esposas de los funcionarios consulares y solicitar su intersección con los maridos, apelando a la compasión y la solidaridad femenina.

La que tiene el honor de dirigirse a V., dueña de una humilde profesión vino a este país esperando encontrar más amplio horizonte para desarrollar sus aptitudes, pero pronto vio frustradas sus esperanzas por falta de alguna persona que se interesara y la nostalgia se apoderó de este pobre ser a quien las decepciones sufridas enseñaron a amar la perdida patria. Si la petición de una persona necesitada logra inclinar su corazón bondadoso a una acción caritativa, ruego a V., distinguida señora, influya en el ánimo del Sr. Embajador para que alivie la triste situación de mi familia que con anhelo desea regresar a la patria[35].

A la pérdida del empleo, el abandono y la miseria se unían, finalmente, otros argumentos a la hora de solicitar los pasajes, de los cuales el más frecuente fue la enfermedad. Las sociedades benéficas, de socorros mutuos y los hospitales de la colectividad recomendaban especialmente a sus enfermos crónicos ante las autoridades diplomáticas, proporcionaban certificados médicos en los que mostraban la necesidad de volver a la patria para lograr la mejoría de la salud. Micaela Ortiz expresaba:

Excmo. Señor: Por el adjunto certificado médico del Dr. Ybáñez Campos, que remito a V.E., verá la necesidad que tengo del regreso a nuestro País, para mejorar de mi salud, y careciendo de medios suplico a V.E., me conceda Pasaje de Caridad[36].

4.4. Las peticiones de socorro pecuniario

A la cancillería española en Buenos Aires llegaban también numerosas cartas de mujeres que solicitaban sencillamente una ayuda económica. Estas solían concederse si suponían óbolos de pequeña cuantía, porque la mayoría de las veces el propio funcionario anotaba en la carta, con otro color, “Concédasele”, “Darle 10 pesos” y expresiones similares. Las madres de familia a las que no acompañaba un esposo eran habituales en este tipo de peticiones: “La que suscribe es española y de Madrid y siendo madre de cinco hijitos menores de 12 años; y teniendo a mi esposo internado en San María de Córdoba y habiendo agotado todos los recursos financieros […]”[37]. La apelación a la enfermedad también era frecuente: “Señor mío […], mi situación es tan crítica pues estoy sin hogar, enferma, con mi hija algo débil y en estas circunstancias he pensado dirigirme a Ud., rogándole me tienda su mano protectora”. Sin embargo, el modelo de mujer más recurrente que se acercaba al consulado o la embajada para pedir un socorro pecuniario era el de las viudas sin recursos, a veces con hijos pequeños. Explicaban que necesitaban la ayuda para el pago del alquiler de sus viviendas, pues debían ya diversas cantidades y corrían el riesgo de que las echaran de sus habitaciones. Las mujeres dibujaban una imagen de sí mismas destinada a conmover y provocar la compasión de quien la escuchaba, acentuando los rasgos de miseria, desarraigo y abandono de su situación: “Agobiada bajo el peso de una horrible desgracia he pensado a quien podría dirigirme que pudiera auxiliarme, sin que hallara a quien fundar mis esperanzas, sin hogar y sin modo de obtenerlo”, explicaba una mujer en marzo de 1902[38].

Conclusión

La correspondencia de los emigrantes y otra documentación de carácter personal como los diarios manuscritos o las imágenes han constituido tradicionalmente una vía de entrada para las aproximaciones microsociales de las migraciones, cuyo fin no es otro que rescatar del olvido la memoria subjetiva y las experiencias de las capas sociales subalternas. Estos documentos constituyen una forma de acceso al conocimiento de las culturas migratorias en tanto muestran las dificultades cotidianas, las tácticas de supervivencia, las posibilidades de ascenso o descenso social, las relaciones afectivas o los desencuentros.

Las mujeres redactoras de las cartas analizadas en este trabajo buscaban el apoyo de las autoridades diplomáticas españolas para encontrar a sus maridos, hijos o padres; pedían un socorro puntual para pagar la habitación que alquilaban, trasladarse a otra localidad o alimentar a sus hijos mientras les llegaba algún recurso o empleo; buscaban el amparo de los representantes de su país para defenderse de abusos y delitos de los que eran víctimas, o la mediación oficial en sus problemas familiares; recomendación para algún empleo o repatriación para ellas y sus hijos, entre una tipología variada de objetivos. Normalmente, un móvil económico y una situación personal límite impulsaban la acción, lo que convertía a estas cartas y esta vía en una de las alternativas que encontraban las mujeres para solventar sus dificultades. La percepción que ellas tenían de las instancias y los agentes a los que podían acudir con el fin de salir de las dificultades ratificaba ciertas prácticas de su cultura migratoria tradicional.

Con el gesto de escribir las mujeres mostraban claramente un papel proactivo, se convertían en agentes de su propia historia, con capacidad de decisión y acción, y hacían uso de los instrumentos y las estrategias a su alcance para salir de los problemas. El objetivo crucial era convencer a sus lectores de la urgencia y gravedad de lo que les pasaba. Por tanto, junto a una solicitud concreta saltaba con mayor o menor intensidad el sentimiento que impulsaba a actuar a las mujeres.

Como todas las fuentes personales, las cartas presentan los problemas usuales derivados de su naturaleza subjetiva y cualitativa, pero cumplen sin duda su misión de desvelar las acciones, percepciones, sentimientos, imágenes construidas y experiencias vividas por las mujeres en la emigración. Presentan sin duda una realidad fragmentada y, aunque se enfoca en las experiencias individuales, ilumina como pocas fuentes lo social y lo cultural.

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  1. Se han consultado los fondos de la Legación de España en la Argentina –que se convierte en Embajada en 1917 en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, y los fondos del Consulado de España en Buenos Aires ubicados en el Archivo Histórico Nacional de Madrid.
  2. Este texto asume el punto de partida de los estudios de género, esto es, comprender el lugar subordinado que ocupan las mujeres en las sociedades contemporáneas, la significación “subjetiva y colectiva que una sociedad da a lo masculino y lo femenino y cómo al hacerlo confiere a las mujeres y a los hombres sus respectivas identidades”. La categoría de género en este sentido se entiende como un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias entre los sexos y una forma primaria de relaciones significantes de poder (Scott, 1990).
  3. Desde finales de los años 70 del siglo xix se instaló una legación española ante el gobierno de la Argentina en Buenos Aires, con un ministro plenipotenciario al frente. La representación se completó con dos delegaciones consulares, una en Buenos Aires y otra en Rosario. En 1910, el ministro pasó a tener la categoría de enviado extraordinario. La legación en la Argentina fue la primera y única con dos secretarios en toda la representación diplomática acreditada en América. En 1917, la representación española en Buenos Aires se elevó a la categoría de embajada, la primera en América Latina, considerando “los vínculos de raza que a ella nos unen y que tienen su principal apoyo en el crecido número de españoles que hallan en aquel país ancho y hospitalario campo a su actividad […]” (Sepúlveda, 2005, p. 303). En 1920 se crearon los consulados de Mendoza y Bahía Blanca; en 1927, el de La Plata, y en 1929, el de Tucumán. Los agentes consulares de carrera se complementaron con una red de cónsules honorarios, cargos normalmente ocupados por emigrantes bien establecidos o hijos de estos, aunque también se incluyó a ciudadanos americanos.
  4. Archivo General de la Administración Española (AGA), Fondo de la Embajada de España en Argentina (EEA), caja 9145, María Cabrera al Embajador de España, 12/02/1917. En las cartas citadas se mantiene la grafía original.
  5. Archivo Histórico Nacional (AHN), Consulado de España en Argentina (CEA), legajo H 1843, 05/11/1912. El Cónsul de España verifica ante el Ministerio de Estado la entrega del título de maestra a Josefa Arana.
  6. AHN, CEA, legajo H 1843, 30/03/1905. El Cónsul de España al ministro de Gobernación; acusa recibo de Real Orden para conceder licencia ilimitada para residir en esta capital a doña Rosario Vaca Nieto y doña Rosario Grau.
  7. AHN, CEA, legajo H 1844, 02/04/1913. Instancia presentada por “Doña Consuelo Bermúdez Naveiras, para su envío por intermedio del Ministerio de la Guerra, a quien corresponde”, con el fin de tramitar una pensión.
  8. AHN, CEA, legajo H 1844, Consulado de España en Buenos Aires, 03/12/1913. Se entrega el certificado de existencia y estado civil a doña Consuelo Bermúdez, viuda del segundo contramaestre don Demetrio López.
  9. AHN, CEA, legajo H 1843, 28/08/1898. El Cónsul de España remite al Ministerio de Estado un resumen de la población española en la demarcación del Consulado en Buenos Aires. La queja se refería, en esencia, al requisito exigible a los emigrantes de estar registrados en el Consulado y al día en el pago de sus cuotas a la hora de ser escuchados si pedían ayuda, si buscaban a algún familiar o requerían cualquier otro servicio de dicha instancia.
  10. No es posible por el momento saber el número exacto de misivas que contienen los fondos citados ni tampoco conocer el balance entre las escritas por hombres o mujeres. Para este trabajo se han consultado casi un centenar de cartas de españolas, halladas en aproximadamente un 15% del total de las cajas de la legación.
  11. AGA, EEA, caja 9093, s/firma, al ministro de España Don Julio Arellano y Arróspide, 05/04/1903.
  12. AGA, EEA, caja 9198, Juana Peralta García al Embajador de España en la República Argentina, Ramiro de Maeztu, 18/08/1928.
  13. AGA, EEA, caja 9198. Eva María Balcarcel al Embajador de España, 17/08/1928.
  14. AGA, EEA, caja 9198. Amelia de González al Embajador de España, 09/10/1928.
  15. AGA, EEA, caja 9081. Nalech, Lérida, Josefa Lafont al Ministro de España en Buenos Aires, 23/03/1892.
  16. AGA, EEA, caja 9198. Apolonia C. de Rojo al Embajador de España, Ramiro de Maeztu, 9/10/1928.
  17. AGA, EEA, caja 9198, Micaela Gómez de Cámara al Embajador de España, Ramiro de Maeztu, 13/11/1928.
  18. AGA, EEA, caja 9067, Enriqueta Rosety de González, Orán, 17/01/1892.
  19. Ibidem.
  20. AGA, EEA, caja 9093, Josefa A. Ragueta al Sr. Ministro de España en la Argentina, 23/06 /1903.
  21. AGA, EEA, caja 9093, Balbina Ponze e Inocencio Moreno, Coronada, 16/11/1903.
  22. AGA, EEA, caja 9116, Lorenza Chisbert Piqué, al ministro plenipotenciario de España en Argentina, s/f.
  23. AGA, EEA, caja 9136, Quiteria Rey al ministro plenipotenciario de España en la Argentina, 01/06/1916; Enriqueta Rosety de González, Orán, 17/01/1892.
  24. AGA, EEA, caja 9082, Petronila Martínez de Alegría viuda de Gómez al Sr. Ministro Plenipotenciario de España en Buenos Aires, Barcelona, 20/02/1900.
  25. AGA, EEA, caja 9136, Pura Pardo al Ministro de España en Buenos Aires, Melilla, 14/11/1915.
  26. AGA, EEA, caja 9188, María Fuentes Sánchez al Embajador de España en la República Argentina, s/f.
  27. AGA, EEA, caja 9198, Serafina de Armeñanzas al Embajador de España en la Argentina, s/f.
  28. AGA, EEA, caja 9198, Apolonia C. de Rojo al Embajador español en Buenos Aires, 09/10/1928.
  29. AGA, EEA, caja 9093, María de Villar al ministro plenipotenciario de España en la Argentina, 01/04/1903.
  30. AGA, EEA, caja 9081, Nalech, Lérida, Josefa Lafont y Antonio Penedés Vilamayó al Sr. Ministro Plenipotenciario de España en Buenos Aires, 23/03/1892. Los padres de Manuel Panadés recibieron una comunicación posterior, según reza en la misma carta hallada, en la que se les notificaba el indulto a su hijo.
  31. AGA, EEA, caja 9133, Remedios Villegas al Encargado de Negocios de España en Buenos Aires, 20/06/1911.
  32. AGA, EEA, caja 9215, Teresa Orgando de Blanco al Embajador de España en la Argentina, 24/09/1928.
  33. AGA, EEA, caja 9198, Encargado de Negocios de España a Eva Balcarce, Buenos Aires, 18/08/1928.
  34. AGA, EEA, caja 9445, María Sanjurjo López al Embajador Sr. Pablo Soler y Guardiola, 21/02/1917.
  35. AGA, EEA, caja 9445, María Martín D. a la Exma. Sra. Daisy Gueranico de Soler y Guardiola, 12/02/1917.
  36. AGA, EEA, caja 9215, Micaela Ortiz al Embajador Sr. Pablo Soler y Guardiola, 31/10/1930.
  37. AGA, EEA, caja 9198, Micaela Gómez de Cámara al Embajador de España, 13/09/1928.
  38. AGA, EEA, caja 9093, sin firma, al ministro plenipotenciario de España en la Argentina, 07/03/1902.


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