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Mundos íntimos

La mujer y lo femenino en las campañas de solidaridad a favor del franquismo en Buenos Aires durante la Guerra Civil española (1936-1939)

Alejandra Noemí Ferreyra

El amplio fenómeno de movilización femenina que se activó con el inicio de la Guerra Civil en España (1936-1939) involucró a ambos bandos contendientes y se extendió tanto por dentro como por fuera del territorio español. La participación creciente de las mujeres en las tareas asistenciales y propagandísticas en aras de contribuir al esfuerzo bélico se acompañó de la difusión de una variada gama de discursos normativos sobre el rol que debía asumir el universo femenino en el marco de la guerra[1].

Este mismo efecto se trasladó hacia la Argentina, en donde la intervención femenina fue fundamental en las agrupaciones de solidaridad que se organizaron en todo el territorio a favor de ambos ejércitos. Si bien las expresiones de apoyo a la Segunda República española fueron mayoritarias en el país, el bando rebelde también obtuvo importantes muestras de respaldo. En este contexto, muchas inmigrantes españolas se comprometieron activamente con la tragedia que asolaba a su tierra de origen y fundaron y sostuvieron con su trabajo colectivo instituciones que intentaron socorrer las necesidades más perentorias en los frentes de batalla y las retaguardias.

Esta intensa movilización política y solidaria resignificó la labor femenina fuera del hogar y, en muchos casos, legitimó su accionar en actividades que le habían estado vedadas hasta entonces. Aunque desde principios del siglo xx existía un nutrido contingente inmigratorio femenino de origen peninsular residiendo en la ciudad de Buenos Aires, este había tenido una escasa participación en el amplio fenómeno asociativo español que florecía en la capital argentina[2]. Las mujeres españolas se asociaban a las instituciones de su comunidad para acceder a las prestaciones médicas y sociales, pero difícilmente podían participar de los espacios de liderazgo y conducción de las entidades. En líneas generales, acompañaban la gestión de sus maridos o padres como miembros de las “comisiones de damas” limitando su actuación a funciones prácticamente “decorativas” en eventos benéficos o culturales (Cagiao Vila, 2001, pp. 109-110).

El inicio de la contienda civil en España modificaría notablemente este panorama y contribuiría a lograr una mayor politización y participación de las mujeres en el espacio público a partir del despliegue de diversas tareas de propaganda y solidaridad. Aunque este fenómeno afectó a los simpatizantes de ambos bandos por igual, en el caso de los adherentes al ejército sublevado en la península el llamado a la movilización femenina exigió la readaptación de un discurso tradicional de raíz católica y conservadora que, aunque había incentivado a las mujeres a mantenerse recluidas en el ámbito doméstico, ahora necesitaba de su actuación por fuera del núcleo familiar. Teniendo en cuenta esta aparente contradicción, en este trabajo se analizarán los lineamientos discursivos que acompañaron la construcción de un ideal de feminidad afín al bando sublevado en el activo movimiento de solidaridad que se generó entre las inmigrantes españolas que residían en la ciudad de Buenos Aires durante la Guerra Civil en España[3].

En este estudio se reconoce al género como una construcción social cambiante signada por un conjunto de normas y comportamientos sociales y psicológicos que se estipulan para cada sexo y a partir de los cuales se reproducen relaciones significantes de poder (Scott, 1999, p. 65). En este marco, la feminidad será entendida como

… una construcción sociocultural que prescribe cómo deben ser, sentir, pensar y comportarse las mujeres. Es un concepto definido de manera relacional, en oposición al de masculinidad, y varía de acuerdo con la época, el lugar, el estrato social, la etnia, la generación y la etapa del ciclo de vida en que se encuentren las personas (Bracamonte, 2014, p. 92).

Para llevar a cabo este trabajo se utilizarán como fuentes principales, por un lado, la prensa periódica de origen español que se editaba en la ciudad de Buenos Aires y que adhería a la sublevación militar, tales como El Diario Español, Correo de Galicia, Acción Española y Fe Gallega, entre otros; por otro lado, la producción escrita de algunas de las exponentes más destacadas de esta movilización profranquista, muchas de ellas comprometidas activamente con las acciones de solidaridad durante la contienda.

1. La Guerra Civil y la movilización femenina: prácticas de solidaridad

El inicio de la Guerra Civil en España impactó profundamente en amplios sectores de la población argentina e impulsó un extenso movimiento de apoyo hacia ambos bandos beligerantes[4]. Sin dudas, la numerosa colonia española que residía en el país se vio atravesada por esta tragedia y lideró muchas de las iniciativas de propaganda y solidaridad con destino a la península que comenzaron a proliferar por todo el territorio[5]. Aunque es sabido que el apoyo mayoritario de la población tanto argentina como española se inclinó a favor del sostenimiento de la Segunda República, también existieron activos grupos de simpatizantes de la sublevación militar que lograron congregar a numerosas personalidades del arco católico y político argentino y a destacados miembros de la élite española residente (Camaño Semprini, 2015; Ferreyra, 2018; Quijada, 1991, pp. 97-121; Velasco Martínez, 2011).

Al igual que en España, la guerra amplió significativamente el radio de acción femenino por fuera del hogar, pero su labor prioritaria continuó asociada a funciones tradicionales que priorizaban el cuidado de los huérfanos y los heridos. Las mujeres que se solidarizaron con alguno de los dos bandos en pugna desde la Argentina no tuvieron que sufrir los padecimientos propios de la guerra, pero de igual manera que sus congéneres españolas comenzaron a dedicar su tiempo y esfuerzo a colaborar con las tareas de contención y socorro. En la “retaguardia americana” las mujeres contribuyeron al soporte de la causa en cuestión por medio de su participación en las entidades que recolectaban recursos para ser enviados a la península. Múltiples investigaciones han señalado que la intervención femenina fue fundamental para llevar a cabo estas tareas de solidaridad (Montenegro, 2002; Quijada, 1991, pp. 129-178; Allende, Boido y Galiñanez, 2011, pp. 109-122). No obstante, han sido pocos los estudios que se concentraron en analizar los pormenores de esa participación, tanto de mujeres argentinas como españolas, en el marco de esta guerra.

En este sentido, constituyen valiosos aportes los trabajos de Eleonora Ardanaz (2013; 2017) sobre las agrupaciones femeninas antifascistas que funcionaron en la localidad de Bahía Blanca; el de Saúl Luis Casas (2016) sobre la contribución femenina en las entidades socialistas, comunistas y en algunos centros de origen catalán, y el de Jerónimo Boragina (2012) sobre la participación de mujeres argentinas tanto en el frente de batalla como en la retaguardia española. A partir de estos trabajos es posible advertir que, a pesar de las profundas diferencias políticas e ideológicas que separaban a los dos bandos, en ambos movimientos de solidaridad las mujeres desempeñaron roles semejantes, asociados a la extensión pública de las tareas realizadas en el ámbito doméstico, tales como el cuidado y la maternidad, las manualidades y el asistencialismo[6].

En el marco del extenso movimiento solidario prorrepublicano que se organizó en la Argentina se constituyeron iniciativas de socorro femenino como la “Comisión Argentina de Mujeres Pro Huérfanos Españoles” y la “Agrupación Femenina Pro Infancia Española” (Ardanaz, 2017), las cuales contaron con numerosas integrantes y filiales diseminadas por todo el país. Las “secciones femeninas” de las instituciones españolas de reconocida militancia republicana en la ciudad de Buenos Aires, como el Centro Republicano Español y la Federación de Sociedades Gallegas, también formaron parte activa de este vasto y dinámico movimiento de solidaridad (Díaz, 2007, pp. 86-87; Fasano, 2014; Montenegro, 2002, pp. 31-32).

En el seno del núcleo profranquista de Buenos Aires, la movilización femenina se articuló, casi exclusivamente, en torno al cuidado de la infancia española. Estas campañas surgieron en abril de 1937 como una reacción a las expediciones de evacuación de niños y niñas que organizó el Ministerio de Instrucción de la Segunda República con el objetivo de alejar a los más pequeños de los padecimientos de la contienda[7]. El Centro Acción Española fue una de las primeras instituciones en crear una colecta específicamente destinada al socorro de la niñez: la “Cruzada rojigualda para la infancia española necesitada” (CRIEN)[8]. Por su parte, la Sección Femenina de la delegación local de la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) también contribuyó con estas acciones de ayuda por medio de la organización de los denominados “platos únicos”[9] y de la adhesión a la colecta del “Auxilio de invierno” y posteriormente el “Auxilio social”[10]. Una de las instituciones paradigmáticas en lo que se refiere a la solidaridad que desde la Argentina se articuló en favor de la infancia española fue, sin dudas, Legionarios Civiles de Franco. Este organismo, fundado por Soledad Alonso de Drysdale[11] en abril de 1937, tenía por objetivo construir una serie de orfelinatos en distintos puntos de la península. Con este fin organizó una exitosa campaña de recolección de recursos económicos y se convirtió en uno de los más importantes centros de socorro y propaganda a favor del movimiento rebelde español en el país[12].

A pesar de las reticencias que aún predominaban en cuanto a la presencia de la mujer en la esfera pública, la actuación femenina en estos espacios de solidaridad fue abriendo el camino para el surgimiento de nuevas formas de participación política y de un renovado ejercicio de la ciudadanía. Además de integrar, gestionar e incluso liderar muchas de estas iniciativas solidarias, algunas mujeres españolas comenzaron a desempeñar un rol mucho más activo en el marco de estas campañas de colaboración. La aparición de figuras femeninas emblemáticas, que se convirtieron en defensoras públicas de una u otra causa en la prensa y la radiodifusión, contribuyó a generalizar la difusión de discursos normativos que se orientaron a encuadrar la actividad femenina durante la guerra. En lo que sigue, se intentará, por un lado, identificar algunos de los significados atribuidos a la feminidad que circularon en los medios de prensa de la comunidad española afines a la sublevación militar durante la contienda; por el otro, reconstruir en esos medios la labor proselitista de una de las figuras más representativas de ese universo femenino de confesionalidad católica que colaboró activamente con la campaña de ayuda al ejército sublevado en España desde Buenos Aires.

2. El ideal de feminidad en el marco de una guerra

Una de las primeras novedades que trajo la guerra civil sobre la reconfiguración del género fue que la feminidad se definió tanto por oposición a la masculinidad como frente a otras mujeres (Cenarro, 2017, p. 97). El antagonismo con aquellas que defendían la causa republicana se evidenció en la prensa afín a la sublevación española que se publicaba en la ciudad de Buenos Aires por medio de los continuos ataques a la figura de la “mujer miliciana” (“Las mujeres en la guerra…”, 19 de agosto de 1936; Casanova, 5 de septiembre de 1936). Considerada un emblema de la “desnaturalización” femenina, las mujeres que portaban armas y mostraban orgullosas su determinación a morir por la causa de la República eran continuamente denigradas y señaladas por un comportamiento que las acercaba a lo peor del universo masculino:

Pone espanto considerar hasta qué punto han transformado el alma de muchas mujeres españolas esas ideas rojas que así han destrozado todas las cualidades femeninas, haciendo en cambio brotar en aquellas todas esas pasiones de odio y destrucción en que hoy rivaliza con el hombre y le aventaja la mujer de España (“Las ideas rojas…”, 28 de septiembre de 1936).

La presencia de mujeres rusas como combatientes del bando republicano también contribuyó a reforzar estos estereotipos negativos y a concretar el “extrañamiento” del adversario ocurrido en la zona dominada por la sublevación. Allí, el enemigo era ante todo un extranjero, un ser ajeno a la identidad nacional al que se le asignaba una serie de atributos nocivos (Sevillano Calero, 2013, pp. 31-32). En este marco, las mujeres que actuaban en las milicias republicanas fueron despojadas de sus rasgos femeninos y vinculadas a una invasión extranjera:

[la] mujer fue siempre símbolo y emblema de dulzura, de consuelo, de bondad de algo delicadamente maternal en todo momento para los hijos de España […] si ahora resuenan en España gritos de muerte de labios de mujeres y de mujeres no españolas, es porque quienes los alientan, los consienten y los fomentan no son de España, ni el nombre de españoles merecen (“Las mujeres extranjeras…”, 29 de abril de 1937).

Así como este era el reverso negativo de la actuación femenina, también existían ejemplos representativos de cuál debía ser la “verdadera” misión de la mujer durante la contienda. Es sabido que el inicio de la guerra en España dio lugar a la aparición de nuevos modelos de feminidad que coincidieron en torno al ideal de “madre patriótica” (Cenarro, 2017, p. 94). A pesar de sus profundas diferencias, tanto republicanos como franquistas evitaron cuestionar el modelo de género tradicional y confinaron a las mujeres a la retaguardia, en donde el cuidado de otros(as) y el ejercicio de la maternidad condensaron las funciones primordiales que se le asignaron al universo femenino (Blasco Herranz, 2013, p. 191; Cenarro, 2006, p. 165).

En los núcleos afines a la sublevación española se recuperaron elementos doctrinarios de raíz católica para tratar de teorizar y encuadrar la labor femenina durante la guerra. Desde principios del siglo xx, algunos de los sectores más dinámicos del catolicismo habían intentado asignarle un rol mucho más activo a la mujer con el propósito de hacer frente a los nuevos desafíos que proponía la era moderna (Blasco Herranz, 2007; Mauro, 2014; Zanca, 2015). En este marco, se permitió cierta atenuación del encierro doméstico femenino y se habilitó la práctica de una suerte de “maternidad social” en el espacio público (Arce Pinedo, 2005, pp. 258-260). Según ella, las mujeres debían extender sus funciones maternales desde el fueron íntimo del hogar hacia el conjunto de la sociedad por medio de la realización de tareas benéfico-asistenciales. Esta acción solidaria no solo podía ayudar a contener las crecientes problemáticas sociales que acarreaba el avance del capitalismo y la modernidad, sino que también podía aportar a la “recristianización” de la sociedad a partir de la difusión de una serie de “virtudes femeninas” asociadas al ideario católico (abnegación, espíritu de sacrificio, obediencia, piedad religiosa, pudor, sumisión, docilidad, etc.).

La investigadora Inmaculada Blasco Herranz (2007) señaló que al despuntar el siglo xx una parte del catolicismo asimiló que el reformismo social era la vía idónea para la participación de las mujeres en la esfera pública. Esta aceptación ayudó a difundir dos ideas nodales entre la población femenina de confesionalidad católica: por un lado, que la mujer era efectivamente un “sujeto de derecho político”; por el otro, que ese activismo católico representaba una genuina propuesta de ciudadanía política femenina (p. 227).

En Buenos Aires, la movilización solidaria de las españolas retomó algunas de estas ideas sobre la responsabilidad que le correspondía al mundo femenino en el ejercicio de la maternidad y el rol activo que debía asumir a través de ella. Los grupos conservadores y católicos de la emigración peninsular nucleados alrededor de las agrupaciones monárquicas y del Centro Acción Española incorporaron algunas de estas concepciones sobre el rol que debía sumir la mujer española residente en América; una finalidad que se plasmaba de manera clara en instituciones como la CRIEN del Centro Acción Española o Legionarios Civiles de Franco, en donde la actividad femenina estaba especialmente abocada a la contención infantil. En esta última entidad, además, la figura de la fundadora, Soledad Alonso de Drysdale, se convirtió en el emblema femenino del sacrificio y la generosidad maternal que se le requería a la mujer española en esos momentos de crisis:

Estará esa madrecita candorosa y sensible, saturada del espíritu de la señora Alonso de Drysdale, y transmitirá la sonrisa y la caricia de la madre ausente, alejada, que vive en la Argentina, a los niños asilados y protegidos por la bondad infinita de todas las madres que han respondido al llamado de la señora Soledad Alonso de Drysdale, admirada y bendecida desde las galerías llenas de luz y de alegría por los miles de rostros infantiles (Del Castillo, 5 de septiembre de 1937).

Desde las páginas de El Diario Español y Acción Española también se consolidó un discurso orientado al público femenino con un claro sesgo maternalista. Según estas publicaciones, las mujeres debían defender la sublevación en España no por consideraciones de índole política o ideológica, sino por cuestiones de índole emocional y moral. Se instaba a las mujeres a desarrollar las tareas de protección y cuidado de la infancia española con el objeto de responder a las demandas de socorro que requería la “salvación de la patria” en esa hora de peligro (Casanova, 4 de junio de 1937). Esta labor era considerada un ejercicio de reparación, casi una “penitencia”, luego de los efectos que el ideal femenino de los años republicanos había ocasionado al empujar a las mujeres a la actividad política:

Vastas zonas especialmente después de la concesión del voto femenino, se han lanzado perdidamente hacia una política activa que es, tal vez, la que ha acarreado mayores daños a España. […]. Ignorando toda experiencia política fascinadas por un deseo de nueva vida y un poco también por reacción a toda su vida pasada las mujeres han aportado a los partidos rojos y al Frente Popular una abundante masa de votos (“La misión de la mujer…”, 2 de mayo de 1937).

Por su parte, el escaso arraigo de la ideología falangista y la intermitente actividad de la seccional local del partido FET-JONS en la Argentina determinaron también una tenue participación femenina en estos espacios[13]. Aunque en el semanario Falange Española se hablaba constantemente sobre el rol que debía asumir la mujer durante la guerra y no faltaron artículos aleccionadores sobre su misión en la retaguardia, la Sección Femenina no tuvo un espacio de difusión propio en las páginas de esa publicación. La prensa falangista en Buenos Aires reproducía las directrices del partido sin atender a las especificidades de la realidad americana (“Lo femenino…”, 22 de octubre de 1936; “La mujer y la falange…”, 21 de noviembre de 1936; “Normas de la vida…”, 20 de marzo de 1937). Fue recién en la última y breve publicación de FET-JONS editada en la Argentina, el semanario ¡Arriba! (1938), en la que se incluyó una figura femenina en la redacción a cargo de la sección denominada “Misión de mujer” (Nevares, 11 de abril de 1938). No obstante, al igual de lo que ocurría en las publicaciones de la península, los discursos giraron en torno a la valoración de la “abnegación” como una virtud eminentemente femenina que ahora era compartida con los miembros varones del partido (Cenarro, 2017).

Las fotografías sobre la labor femenina que circularon en estos medios de prensa también apuntalaron la imagen de una mujer activa y comprometida en el marco de la guerra, pero cumpliendo con sus tareas de socorro y cuidado desde la retaguardia. El despliegue de las cualidades maternales se orientaba a brindar contención a los huérfanos, alimentos y prendas de abrigo a los necesitados y a aliviar el dolor de los heridos. Las imágenes procedentes de España señalaban con seriedad el propósito asistencial del trabajo femenino como paliativo para afrontar los graves padecimientos que generaba la guerra (Imágenes 1 y 2). En cambio, muchas de las fotografías que se producían en Buenos Aires transmitían una impronta más relajada, incluso cercana a lo festivo, producto de la distancia que se mantenía con la realidad bélica. Las reuniones de las inmigrantes españolas en los eventos benéficos mostraban a las participantes bien vestidas y sonrientes, disfrutando del momento, a pesar de la tragedia que las convocaba (Imágenes 3 y 4).

En sí, esas reuniones sociales podían convertirse en espacios concretos de intercambio y acción femenina con evidentes fines solidarios y políticos, pero también eran momentos de encuentro y distensión, de apertura de la reclusión doméstica y de subterfugio de las tareas del hogar. En este sentido, la sociabilidad femenina que se articulaba en torno a las prácticas de solidaridad frente a la guerra no solo habilitaba la identificación y el compromiso de las mujeres con los ideales por los que se luchaba en España, sino también el ejercicio social de una feminidad activa que nucleaba voluntades con otras mujeres y propiciaba su intervención activa en el espacio público.

Es posible aseverar que, en el marco del conflicto bélico en su tierra de origen, las mujeres españolas que residían en la Argentina pudieron ver legitimada su salida del hogar y su actuación en el espacio público por medio del desempeño de una acción creadora y solidaria sin precedentes en el asociacionismo inmigratorio español[14]. Asimismo, también pudieron reconocerse a sí mismas como “sujetos políticos” (Blasco Herranz, 2007, p. 227), en tanto muchas de ellas se integraron, tal vez por primera vez, en conglomerados políticos definidos que luchaban por una causa que traspasaba las fronteras. Sin embargo, es importante señalar que estos discursos fueron ambivalentes desde sus orígenes: al mismo tiempo que convocaban activamente a la participación femenina en la esfera pública se reforzaban los atributos convencionales y decimonónicos asignados a su género (Cenarro, 2017). Al finalizar la contienda bélica, el proyecto nacionalizador del franquismo trataría de fortalecer el rol maternal de la mujer como figura clave para la reproducción de los lineamientos políticos y religiosos del régimen, pero confinándolas nuevamente al ámbito doméstico (Blasco Herranz, 2014).

Imagen 1. Atención a los huérfanos de Auxilio Social FET-JONS

Fuente: Falange Española (18 de diciembre de 1937).

Imagen 2. La mujer en su función de enfermera

Foto en blanco y negro de un grupo de personas de pie  Descripción generada automáticamente con confianza media

Fuente: El Diario Español (15 de enero de 1937).

Imagen 3. Festival prohuérfanos españoles de Legionarios Civiles de Franco

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Fuente: El Diario Español (13 de diciembre de 1937).

Imagen 4. Mujeres de la CRIEN en un festival en su honor

Foto en blanco y negro de un grupo de niños posando para una foto  Descripción generada automáticamente

Fuente: Acción Española (27 de octubre de 1939).

3. Voces femeninas a favor de Franco

En esta sección se abordará la labor de una de las figuras más representativas del universo femenino en las campañas de ayuda al ejército sublevado en España desde Buenos Aires. Se analizarán los discursos orientados al público femenino articulados por María Teresa Casanova (Imagen 5), quien mantuvo una prolífica carrera en el periodismo escrito, pero también ante los micrófonos de Radio Excélsior, Radio Mayo, Radio Prieto y Radio Cultura, en donde se desempeñó como directora y locutora de diversas audiciones radiales de temática política y cultural. Esta joven publicó sus contribuciones escritas en Acción Española y ejerció como secretaria de redacción y articulista en El Diario Español y Juan Español. Sus colaboraciones no solo se publicaron en la prensa inmigratoria: a medida que fue ganando reconocimiento también participó del equipo de redacción de La Razón, Estampa, Aquí está y Maribel, y en 1944 editó un libro centrado en la biografía de la reina Isabel la Católica (Casanova, 1944).

Imagen 5. María Teresa Casanova en la audición radial Habla España

Imagen en blanco y negro de una persona  Descripción generada automáticamente con confianza media

Fuente: Antena. Revista de radio para el hogar (22 de mayo de 1937).

La prolífica producción escrita que dejó Casanova en su faceta periodística nos permite analizar los rasgos fundamentales que fue adquiriendo su discurso sobre la femineidad a lo largo de su carrera. Esta concepción, que fue clave en toda su línea argumental, se vinculaba estrechamente con los lineamientos políticos, sociales y morales que dictaminaban la religión católica y el régimen franquista para España y su retaguardia en América Latina. Esta construcción de la femineidad cristiana confrontaba directamente con el “feminismo laico” que en el periodo de la Segunda República había logrado notables avances en cuestiones de emancipación y acceso a derechos políticos y sociales (Arce Pinedo, 2005, p. 264).

El discurso de Casanova se orientaba especialmente a las mujeres americanas y españolas que comulgaban con el alzamiento rebelde en la península por cuestiones de índole moral y emocional. La escritora les hablaba genéricamente a las mujeres en tanto “madres” y las instaba a desarrollar con abnegación una ferviente tarea de protección sobre la “patria” y la “nación” en peligro. Por ello, les solicitaba un compromiso “patriótico” activo que las ausentaba momentáneamente del hogar para responder a las demandas de socorro y contención que requería la contienda (Casanova, 4 de junio de 1937).

De todos los flagelos posibles, la crisis que se vivía en el orden espiritual era el más grave de afrontar para la escritora española; por ello, consideraba necesaria la propaganda activa con el fin de revertir ese estado de “degeneración moral” en el que habían caído las integrantes del mundo femenino, desviadas de su “senda natural” y atraídas por “espejismos y torpes sugestiones”, que acabaron desequilibrando a la sociedad (Casanova, 4 de septiembre de 1937). En este sentido, el pensamiento de Casanova reproducía el principio básico de la tradición católica sobre el género: existía desigualdad y complementariedad entre los sexos a la vez que subordinación de la mujer al marido dentro del matrimonio, todo ello derivado de una concepción organicista de la sociedad (Ortega López, 2010, pp. 215-216).

No obstante, su visión sobre las transformaciones del mundo moderno no llegó a ser completamente negativa, ya que reconocía con entusiasmo el derecho que asistía a las mujeres para desenvolverse en el ámbito educativo e intelectual (Casanova, 7 de febrero de 1937). Según la periodista, el principal problema radicaba en el acercamiento a la política y en el abandono de las labores y el cuidado del hogar, allí en donde debían ser las “reinas”:

… porque mal que nos pese, nuestro triunfo radica en nuestra feminidad: el hogar es por excelencia nuestro reino y el único sitio donde el hombre llega a ser nuestro vasallo.
El arte y las ciencias abren sus puertas a la mujer moderna, que entre en sus recintos sin temores, su sensibilidad es casi una garantía de éxito y el arte y las ciencias tendrán en ella una gentil colaboradora, pero que huya instintivamente del terreno, harto árido de la política (Casanova, 7 de febrero de 1937).

Las directrices del comportamiento femenino que Casanova preconizaba en el contexto bélico español fueron cambiando progresivamente a medida que en España también se modificaba la situación política y el nuevo régimen dictatorial requería otro tipo de esfuerzos por parte de las mujeres españolas. En la inmediata posguerra civil, al deber maternal se le añadió una responsabilidad de mayor envergadura: la perpetuación de las “virtudes de la raza” (Casanova, 2 de mayo de 1940; 2 de mayo de 1941). Retomando una elaboración teórica ya presente en el arco discursivo de las derechas españolas de entreguerras, las “verdaderas mujeres de España” (es decir, las católicas y antirrepublicanas) comenzaron a ver exaltadas toda una serie de virtudes femeninas “propias de su sexo”, tales como obediencia, discreción, delicadeza, decencia, devoción y orden (Ortega López, 2010, pp. 217-218). Según Casanova, estas cualidades formaban parte de un arquetipo femenino presente en la historia española desde hacía siglos. Las mujeres peninsulares, abnegadas pero valientes y siempre dispuestas al sacrificio, salían del hogar cada vez que se las necesitaba para desarrollar su tarea crucial en la “regeneración” de la patria española (Casanova, 2 de mayo de 1942). Los exponentes más notorios de estas cualidades femeninas fueron la reina Isabel, Santa Teresa de Jesús y Agustina de Aragón, entre otras:

La mujer española que mira desde las puertas del hogar deslizarse la existencia, aparece en la historia, cuando siente el imperioso llamamiento de una voz que viene del más allá misterioso, donde se elabora la savia de la raza. Entonces, la mujer se transfigura, y sin perder su personalidad se agiganta, nada le arredra, ni el temor a lo desconocido, ni el miedo al fracaso, ni la magnitud del esfuerzo, y es que pesa las acciones con la balanza del corazón (Casanova, 2 de mayo de 1941).

Sin embargo, una vez concluida esta trascendental labor, las mujeres debían retornar a su lugar de origen y “colaborar en este renacer de España, apuntalando con base firme el santuario del hogar, para que el Estado pueda desarrollar con éxito su obra constructiva” (Casanova, 2 de mayo de 1942). Este cambio de tono fue fomentado desde la península por las agrupaciones católicas y la Sección Femenina de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS bajo la dirección de Pilar Primo de Rivera, las cuales instaron a las mujeres a alejarse del espacio público y a retornar a sus labores en el seno familiar, pero siempre tuteladas bajo un rígido encuadramiento ideológico y formativo (Arce Pinedo, 2005, pp. 270-272).

Siguiendo estas directrices, Casanova adhirió a esta progresiva despolitización del género femenino luego de años de movilización y participación activa en el espacio público con motivo de la guerra. Su discurso comenzó a despojarse de los componentes combativos y las referencias explícitas a la contienda civil y a sus efectos en España. Los periódicos en los que publicaba con asiduidad iniciaron bajo su pluma una serie de secciones femeninas de tono trivial y hogareño. En El Diario Español, desde septiembre de 1939, se encargó de la página “Para mujeres solamente”, que en enero de 1940 se convirtió en “La moda, la mujer y el hogar”. En Juan Español, escribió en las secciones “Temas femeninos” (1941), “Cuentas de mi rosario” (1942), “Páginas femeninas” (1943) y “Páginas del hogar” (1944). En todas ellas, llevó adelante una escritura liviana y carente de contenido político, y sus temas discurrían en cuestiones relativas a la moda, el maquillaje, la crianza de los hijos, la “psicología femenina” y el cuidado del hogar.

Además de este tipo de artículos, la producción escrita de la periodista española también incorporó nuevas líneas de desarrollo. Al compás de la difusión de la noción de la “hispanidad” que tanto promovía el régimen dictatorial español como mecanismo de acercamiento hacia América (González Calleja y Limón Nevado, 1988), la escritora se sumó a ese esfuerzo teórico por darle cierta coherencia y continuidad al legado histórico y cultural de España en el Nuevo Continente: “La hispanidad de América es obra del esfuerzo de los españoles emigrados, en quienes se aúnan el espíritu de amor a la patria lejana, con el del trabajo y el afecto a la tierra adoptiva” (Casanova, 28 de junio de 1941). En esta línea, y aprovechando su designación como corresponsal para cubrir la celebración del I Congreso de Cultura Hispanoamericana reunido en la ciudad de Salta en 1942 (Imagen 6), comenzó a recorrer distintas provincias del país y a publicar una serie de contribuciones de temática cultural en las que intentaba rescatar la herencia colonial hispana presente en el norte argentino (Casanova, 12 de octubre de 1942).

Imagen 6. La comitiva que asistió al I Congreso de Cultura Hispanoamericana

Foto en blanco y negro de un grupo de personas de pie  Descripción generada automáticamente

Casanova junto al exembajador argentino en España, Daniel García Mansilla[15]. Fuente: Juan Español (12 de octubre de 1942).

De este modo, Casanova procuró reconfigurar su rol de mujer española en la retaguardia americana, en primer lugar, contribuyendo a difundir un arquetipo de femineidad que, por un lado, se ajustaba a los lineamientos doctrinarios y tradicionales del catolicismo, y por el otro, desarticulaba la mayoría de los logros obtenidos en materia de avances por la emancipación femenina durante la Segunda República. En segundo lugar, colocaba al servicio del nuevo régimen dictatorial español una retórica reivindicatoria del rol de la mujer que aplacaba la movilización y la creciente politización femenina conseguida durante los años de la contienda, intentando recluirlas nuevamente en el ámbito doméstico. En tercer lugar, se abocaba a apuntalar la construcción española del discurso de la “hispanidad” por medio de la búsqueda de la herencia colonial dejada en la Argentina, una estrategia discursiva que se orientaba a reunir a España, en tanto “madre”, con sus “hijas legítimas”, las naciones hispanoamericanas.

A modo de cierre

La solidaridad que mostraron muchas mujeres en favor del bando sublevado durante la Guerra Civil en España pudo haber funcionado como un disparador de nuevas prácticas de sociabilidad y de participación política para muchas mujeres españolas en el marco de su experiencia inmigratoria. Los organismos de solidaridad que convocaron a la participación femenina durante la contienda, si bien contribuyeron a reforzar un rol tradicional fijado al género femenino, asociado al ejercicio de la maternidad y a las funciones de contención y cuidado, también lograron movilizar activamente a toda una porción de la población de origen español en Buenos Aires que durante mucho tiempo había permanecido distanciada, o al menos invisibilizada, dentro de las entidades que apelaban a la pertenencia territorial española.

La actividad que se le impuso al universo femenino por medio de los constantes llamados a la solidaridad, sobre todo en relación con las necesidades de la infancia española, contribuyó a otorgarles no solo visibilidad en el espacio público, sino también agencia real sobre lo que acontecía tanto en el país de origen como en su destino emigratorio. Desde allí pudieron desplegar un abanico amplio de actividades que iban desde las más tradicionales asignadas a su género, como coser y tejer prendas de abrigo, hasta administrar y gerenciar la recaudación y el envío de bienes materiales a la península. Las mujeres españolas comprometidas con el sostenimiento de la fracción sublevada del ejército peninsular desde Buenos Aires articularon una batería de iniciativas solidarias con el fin de socorrer a la infancia española. Con ese objeto, se crearon organismos específicos como la “Cruzada rojigualda para la infancia española necesitada” del Centro Acción Española, los “roperos” de las agrupaciones monárquicas y tradicionalistas, el “Auxilio social” de Falange Española y los Legionarios Civiles de Franco.

Del mismo modo que la presencia femenina en el ámbito público se hacía cada vez más notoria, también comenzaron a aparecer las voces propias, las de aquellas mujeres que no solo se comprometieron con lo que sucedía, sino que también contribuyeron a difundir discursos normativos sobre la actuación de la mujer en el marco de la guerra. Estos discursos, que circulaban en los medios de prensa afines a la rebelión militar en la península desde Buenos Aires, se emparentaron con los lineamientos del “feminismo católico” en ascenso desde principios del siglo xx. En este marco, y probablemente por primera vez, muchas mujeres se vieron convocadas a salir de su hogar y organizar el trabajo colectivo en el espacio público. Algunas de ellas ganaron popularidad y protagonismo dentro de estos segmentos que se solidarizaban con la sublevación desde Buenos Aires y se constituyeron en referentes insoslayables de todo ese esfuerzo solidario, como fue el caso de María Teresa Casanova.

Por medio de la voz y la pluma de esta periodista de origen español, las mujeres argentinas y españolas fueron objeto de un discurso propagandístico especialmente dirigido hacia ellas. Casanova participó de esta arenga a favor de la movilización femenina que caracterizó a los años de la guerra. No obstante, este llamado se producía desde un lugar circunstancial de reivindicación de la función maternal y moral de la mujer en ese momento de crisis. Al finalizar la guerra, su discurso también se transformó, en la medida que el régimen dictatorial ahora requería otro tipo de esfuerzos por parte del género femenino. Acompañando la desmovilización política y social de la posguerra, así como también la nueva reclusión de la mujer en el ámbito doméstico, Casanova comenzó a despojar su discurso de los contenidos combativos que lo caracterizaron para pasar a reproducir artículos de tono trivial y hogareño en los medios en los que publicaba.

De este modo, la periodista siguió las líneas directivas del nuevo adoctrinamiento femenino en la península, el cual pugnaba por el regreso de la mujer al hogar y su sometimiento a la voluntad del marido. La tónica y el contenido de su discurso se amoldaron a ello, de tal forma que contribuyó a la difusión de un nuevo sentido de la femineidad hispana, que se asoció al ejercicio de las virtudes cristianas (abnegación, obediencia, docilidad y sacrificio), identificadas en las vidas ejemplares de las grandes féminas que caracterizaron a la historia española, como la reina Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús, entre otras. En paralelo a este cambio de registro discursivo, vacío ya de cualquier contenido político, Casanova también se propuso contribuir a la construcción del discurso de la “hispanidad” a partir de la búsqueda de la herencia colonial española dejada en el territorio argentino en la arquitectura, el arte, las costumbres, la cocina regional, etcétera.

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  1. El reclutamiento de mujeres para formar parte del frente de batalla en las milicias republicanas fue una experiencia breve que se suspendió en septiembre de 1936. A partir de octubre de ese mismo año la vida de las mujeres de ambos bandos continuó en la retaguardia (Cenarro, 2006, p. 165).
  2. Según el Cuarto Censo General de la Ciudad de Buenos Aires, realizado el 22 de octubre de 1936, el 13% de la población (324.650 personas sobre un total de 2.420.142) que vivía en la ciudad de Buenos Aires había nacido en España, y de ese total el 49 % eran mujeres (Cuarto Censo General de la Ciudad de Buenos Aires, 1939).
  3. Una primera aproximación a este tema y a la acción solidaria de las mujeres españolas a favor del franquismo durante la Guerra Civil se ha analizado en Ferreyra (2019).
  4. Múltiples investigaciones han dado cuenta de este fenómeno. Véase Delgado, González Calleja, González (1990, pp. 275-295); Figallo (2007, 2016); Goldar (1986); Montenegro (2002); Rein, (1997, pp. 31-52); Trifone y Svarzman (1993); Quijada (1991) y Velasco Martínez (2014, pp. 523-533).
  5. Se estima que en 1936 en la Argentina vivían aproximadamente entre un millón y medio y dos millones de españoles sobre un total de doce millones de habitantes (Rein, 1997, p. 339). Para ampliar sobre la inmigración española en el país, ver Fernández y Moya (1999); Moya (2004).
  6. También se ha verificado algo semejante en el caso de la movilización femenina ocurrida en Cuba durante la Guerra Civil. Ver Binns (2011).
  7. Entre 1937 y 1938, aproximadamente 34.000 infantes de entre cinco y quince años salieron de España rumbo a distintos países de acogida, entre ellos Bélgica, Inglaterra, Dinamarca y Suiza. Si bien fue Francia el país que más niños españoles recibió durante la guerra (cerca de 9000), los adherentes a la sublevación militar reaccionaron rápidamente al conocer sobre el envío de algunos contingentes hacia la Unión Soviética. La URSS recibió a 2895 niños, mientras que Bélgica acogió a 3500 y Gran Bretaña, a 4000. Para ampliar, véase Zafra, Crego y Heredia (1989, pp. 36-37).
  8. Esta agrupación se encargó de recaudar elementos en especie para enviar a las zonas ocupadas por el ejército sublevado en la península (víveres, juguetes, medicamentos y ropa) y organizó el trabajo femenino en un taller de reparación y confección de prendas de abrigo y calzado.
  9. En este evento, que había surgido de la Alemania nacionalsocialista, se consumía un solo plato pero se pagaba por el menú completo, entregándose la recaudación de la diferencia del coste para fines benéficos. Se estableció en España por primera vez el 30 de octubre de 1936.
  10. Esta campaña estaba orientada a paliar las urgencias en cuanto a alimento y abrigo de la población civil siguiendo el modelo de los Winterhilfe alemanes. El “Auxilio de Invierno” español nació a finales de octubre de 1936 en Valladolid. Luego del Decreto de Unificación de las fuerzas políticas que participaban en el bando sublevado (1937), este organismo pasó a denominarse “Auxilio Social”. A partir de ese momento, articuló de manera permanente el funcionamiento de una extensa red de hogares en los que se alojaban por igual a los huérfanos y a los niños carenciados e impuso un régimen de trabajo femenino gratuito que no cesó sino hasta el final de la dictadura en 1975. Sobre la labor del “Auxilio Social”, véase Cenarro (2010); sobre el trabajo femenino gratuito, Ministerio de Cultura de España (2009).
  11. Soledad Alonso nació en Gádor, en la provincia española de Almería, en 1899, en Francia conoció a quien sería su marido, Eric J. Drysdale, industrial de origen inglés vinculado a la producción ganadera en la Argentina y con quien se trasladó a vivir a Buenos Aires en 1928. Luego de la muerte de su esposo en 1934 quedó amparada por una solvente posición económica y se dedicó a realizar tareas benéficas en distintas instituciones católicas porteñas. Falleció en la ciudad de Buenos Aires en 1977. Para una breve semblanza biográfica, ver Amate Aguilar (s/f).
  12. Según sus propios registros, esta institución llegó a contar más de diez mil socios activos y envió a España más de tres millones de pesos (moneda nacional) en concepto de donativos (Archivo General de la Administración-España. Consulado de España en Buenos Aires, legajo N.º 8. Informe de auditores Guidi y Cía. 10/11/1943, Buenos Aires).
  13. La Sección Femenina se formó en enero de 1937 a partir de la llegada a Buenos Aires de María A. de Echeverría, quien a los pocos meses debió abandonar su puesto acusando problemas graves de salud. Continuaron con su labor Marina D. de García Helguera y posteriormente Carmen Ponce de León Lafita. (“Bienvenida…”, 23 de enero de 1937; “Jefatura…”, 15 de mayo de 1937).
  14. La movilización solidaria que se desarrolló en la comunidad española de la Argentina en el marco de la guerra por la independencia de Cuba (1895-1898) tuvo un cariz muy distinto, ya que no activó una convocatoria a la acción femenina de manera tan clara como ocurrió durante la Guerra Civil española. Para ampliar, véase García (2000).
  15. García Mansilla provenía de una familia de diplomáticos y había pasado gran parte de su vida en el extranjero. Ocupó el cargo de embajador en Madrid desde 1927 hasta 1937 y fue el encargado de aplicar el Derecho de Asilo en beneficio de muchos españoles que solicitaron refugio a la embajada argentina durante la Guerra Civil. Su simpatía por la causa de los sublevados lo llevó a radicarse en Madrid una vez finalizada la contienda y ya retirado de la labor diplomática. Allí se entrevistó con el general Franco y lideró la creación de la Asociación Cultural Hispanoamericana, una entidad orientada a promover el intercambio cultural con América Latina y que se convertiría en el antecedente del Consejo de la Hispanidad. Para ampliar, ver Barbeito Diez (1989, pp. 115-116).


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