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El papel de las emociones en la migración de mujeres españolas a la Argentina

María José Fernández Vicente

En su carta del 2 de julio de 1556 a la princesa Juana, la española Isabel de Guevara daba cuentas a la por entonces “gobernadora de España” del importante papel de las mujeres españolas durante lo que sería la primera fundación de Buenos Aires[1]. En un contexto en el que se tendía a invisibilizar la acción de las mujeres y a silenciar su voz, Isabel de Guevara se rebeló contra los cánones de la época para hacer llegar a la máxima autoridad el coraje y la bravura de las mujeres de la expedición comandada por Pedro de Mendoza, las cuales no dudaron en asumir todo tipo de tareas para ayudar a los hombres de la expedición, los cuales se hallaban diezmados y debilitados por el hambre y los enfrentamientos con los indígenas, hasta tal punto que “sino [sic] fuera por ellas, todos fueran acabados”(Cruz, 1970, p. 27).

Considerado como el primer texto que relata la conquista y colonización de los territorios del Río de la Plata en clave femenina (Marrero-Fente, 1996, p. 1), esta carta es sobre todo un ejemplo de la manera en que las mujeres españolas presentes en el Río de la Plata defendieron sus derechos y reivindicaron la importancia de su papel en la exploración y conquista del Nuevo Mundo. Es interesante destacar que, para enfatizar la capacidad de entrega y de sacrificio de estas mujeres y reivindicar su activo y heroico papel en las tareas colonizadoras, Isabel de Guevara se sirvió de una retórica cargada de alusiones a las emociones consideradas como propias de la “condición femenina”, como por ejemplo el amor maternal (Marrero-Fente, 1996, p. 4).

Tratar de entender el papel de las emociones de mujeres españolas que marcharon a la Argentina cuatro siglos después de que Isabel de Guevara redactara esta carta se enfrenta a los mismos desafíos a los que tuvo que hacer frente esta pionera de las voces de la presencia española en estos territorios: silenciamiento e invisibilidad.

Desde el ámbito de la historiografía migratoria, la variable de género ha tenido un parco papel en los estudios que han tratado de analizar este fenómeno de movilidad femenina entre España y la Argentina. A este primer vacío historiográfico se añade un segundo, derivado de la escasa relevancia que los estudios migratorios han concedido al análisis de la dimensión experiencial del hecho migratorio. Cruzar las variables de género y de experiencia supone, pues, atacar dos ángulos muertos de los estudios migratorios.

Partiendo de la relación entre las dinámicas emocionales y las dinámicas migratorias, el objetivo de este trabajo es identificar y analizar las emociones que atraviesan la condición de la mujer migrante, haciendo hincapié en el modo en que las emociones contribuyen a crear, dinamizar y consolidar los vínculos entre estas y sus sociedades de origen. A partir de un corpus documental compuesto de testimonios orales y correspondencia epistolar, intentaremos analizar cómo las mujeres que marcharon a la Argentina durante los años de la llamada ola migratoria de la posguerra mundial expresaron lo que supuso para ellas esta experiencia migratoria, las emociones que la poblaron y en qué medida estas emociones y sentimientos fueron claves en la toma de decisiones, así como en los procesos de reconfiguración de los vínculos familiares en un contexto transnacional.

Tres partes estructurarán nuestro análisis. La primera parte tratará de entender las razones de este doble vacío historiográfico y establecerá algunos elementos teóricos desde los que abordar la relación entre las emociones y la historia. La segunda parte se centrará en el papel de las emociones en las dinámicas de las familias transnacionales, haciendo hincapié en el impacto que esta variable emocional tuvo en los procesos de concepción y puesta en marcha de proyectos migratorios de mujeres españolas con destino a la Argentina. Por fin, la tercera y última parte se adentrará en el universo emocional de estas migrantes españolas ya instaladas en la Argentina, analizando la manera en la que su universo emocional constituyó un marco experiencial que participó en los procesos de (re)construcción identitaria y en la (re)creación de los vínculos de estas mujeres con España.

1. Si yo tuviera el corazón. Pensar el papel de las emociones en la historia de las migraciones

Ausentes durante mucho tiempo del análisis histórico, las emociones han pasado a convertirse en estos últimos años en algo más que un tema de investigación: se han transformado en una verdadera categoría de investigación transversal (como el género o la clase social) destinada a “captar lo social” (Deluermoz et al., 2013). Pero para que las emociones se conviertan en una categoría de análisis histórico, ha sido necesario recorrer un muy largo camino.

Para entender la ausencia de las emociones –definidas de manera amplia como el conjunto de afectos, sentimientos y culturas sensibles (Corbin, Courtine y Vigarello, 2017, p. 7)– en el estudio de las migraciones del pasado, es necesario tener en cuenta que la inclusión de la dimensión emocional en el ámbito de las ciencias humanas en general y de la historia en particular es un fenómeno relativamente reciente. Hubo que esperar al giro afectivo de principios del siglo xx para que las emociones empezasen a ser aprehendidas no solo como una realidad ineludible del tejido social, sino como un sustrato omnipresente en el devenir de los hombres (Labarca Pinto, 2015). El camino que hubo que recorrer fue largo y lleno de obstáculos, y el principal de todos ellos fue desmontar y superar la oposición entre razón y emoción en que se sustentaba gran parte del pensamiento occidental (Fernández Vicente, 2021) para aunar ambas dimensiones en conceptos conciliadores tales como el de “racionalidades afectivas” (Deluermoz et al., 2013).

La oposición entre naturaleza y cultura y sus múltiples derivados (cuerpo vs. espíritu, pulsión vs. razón, sensible vs. intangible, objetivo vs. subjetivo, individuo vs. sociedad) encerró a las emociones en el polo inferior de estos binomios estructurantes del pensamiento occidental. Ancladas en las profundidades de la naturaleza humana y vinculadas a la dimensión irracional e intangible del individuo, las emociones fueron durante mucho tiempo excluidas de las dinámicas y relaciones sociales que constituyen la esencia del devenir histórico (Deluermoz et al., 2013). Dicho de otro modo, las emociones fueron desechadas por los historiadores en virtud de su carácter ahistórico, al ser consideradas como elementos puramente biológicos y, por lo tanto, ni sociales ni –aún menos– culturales.

Fue necesario esperar al arranque del siglo xx para que las ciencias sociales empezaran a conceder a los sentimientos facultades explicativas que ampliaran la comprensión sobre la forma en que el individuo y la sociedad se relacionan y sobre el hecho de que en las emociones se hacen comprensibles las motivaciones y acciones que subyacen a procesos sociales y culturales particulares (Bolaños Florido, 2016, p. 179). Se argumentó así que los sentimientos no eran necesariamente una manifestación espontánea y natural, sino que se encontraban condicionados socialmente y variaban de acuerdo con el tiempo, las condiciones y los agentes de expresión (Bolaños Florido, 2016, p. 182). Estas preocupaciones por las emociones se unían con la preocupación de una historia cultural preocupada por dotar a la historia de una dimensión experiencial (Barrera y Sierra 2020, pp. 113‑114).

Además de retardar la consideración de las emociones como elementos constitutivos de la sociedad y del devenir histórico, el lugar que estas ocupaban en el pensamiento occidental tuvo un papel fundamental en la manera en que este alimentó los estereotipos de género. De manera general, las emociones han tenido un papel destacado en la constitución de estereotipos de género debido al protagonismo que estas han tenido a la hora de delimitar cultural y socialmente lo masculino y lo femenino. De hecho, la construcción de las fronteras de género y de los estereotipos acordados de ambos lados de esta frontera estuvo fuertemente marcada por la dimensión emocional. Así, en el pensamiento occidental, las emociones eran propias de la condición femenina, como la razón lo era de la masculina. Las mujeres eran así consideradas como más cercanas a la naturaleza, más inclinadas a expresar sus sentimientos, así como más sensibles e irracionales; los hombres, al contrario, eran seres de cultura y de razón, más propicios a la autocontención y al control de sus emociones (Boquet y Lett, 2018)‬. El contexto de afirmación científica propio del siglo xix fue el que acabó normalizando esta oposición binaria entre un hombre definido por la razón, la acción y la esfera pública y una mujer prisionera de sus emociones, “enferma de su propio cuerpo” y recluida en el espacio privado (Deluermoz et al., 2013).‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬

Estas oposiciones antagónicas entre los modelos masculino y femenino y entre razón y emoción fueron consolidadas desde la historiografía, la cual hizo de estas divisiones marcos estructurantes de su percepción y análisis de la historia (Boquet y Lett, 2018).‬ De hecho, los primeros estudios de género estuvieron marcados por el cuestionamiento de la importante carga de construcción emocional que se escondía detrás de los procesos de creación de las identidades de género. Al tratar la cuestión de la atribución de una naturaleza diferenciada a ambos sexos en la que reposaría la construcción histórica de las desigualdades entre hombres y mujeres, la historia de las mujeres contribuyó a hacer visible la importancia de la dimensión emocional en los procesos de creación de identidades de género (Barrera y Sierra, 2020, pp. 114‑115).‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬

Si la historia de las emociones y la historia de las mujeres nacieron profundamente conectadas, la conexión de ambas historiografías con la historiografía de las migraciones ha sido mucho menos exitosa. En su panorama de la historiografía de las migraciones ultramarinas españolas, Núñez Seixas (2010) explica cómo la introducción de la dimensión experiencial durante los años 90 del siglo xx fue la consecuencia de la adopción de una perspectiva microsocial con la que se buscaba resaltar la importancia de las cadena y las redes sociales en las dinámicas migratorias. Tras décadas marcadas por el predominio del positivismo y por una visión macroeconómica de las migraciones de españoles a América, los historiadores optaron por una reducción de escala que empezó a dar nombres y apellidos a aquellos emigrantes otrora englobados en las frías estadísticas oficiales con que los Estados español y argentino trataron de contabilizar las entradas y salidas de migrantes desde y hacia sus territorios.

De este modo, la adopción de la perspectiva microsocial sacó a la luz la importancia de las cadenas y redes sociales en las dinámicas migratorias. Esta perspectiva hizo necesaria la búsqueda de fuentes personales (testimonios de todo tipo, cartas, diarios y autobiografías, memorias, archivos personales, etc.) que permitieran dar cuenta, no solo de cómo funcionaban estas redes microsociales y de cómo circulaba por ellas la información, sino de hacer visible igualmente la manera en que los emigrantes percibían su propia experiencia migratoria (Seixas, 2010, p. 30). De esta manera, las cartas, las memorias o los objetos encontrados en los numerosos archivos personales de los migrantes pasaron a formar parte del arsenal de los historiadores de las migraciones; se trataba de documentos del fenómeno migratorio que también ofrecían testimonios acerca de las diferentes experiencias migratorias: no solo contaban la emigración sino que eran fruto de esta (Croci y Bonfligio, 2002, p. 35, citado en Martínez Martín, 2008, p. 137) .

Ahora bien, como lo han venido señalando diferentes autores (Da Orden, 2011; Gerber, 2007), el uso de estas fuentes personales buscaba acentuar a menudo el carácter social y familiar de las migraciones escenificado en las mecánicas de las redes y cadenas migratorias, siendo escasas las ocasiones en que estas eran utilizadas para explorar la dimensión propiamente experiencial del sujeto en tanto que individuo. Los estudios tendían a insistir en las identidades colectivas, en los grupos étnicos y en las redes, pero pocas veces privilegiaban la dimensión individual del fenómeno migratorio. Esta idea viene avalada por el hecho de que, si se exceptúan los recientes trabajos de Da Orden (2004, 2011), Farías y Núñez-Seixas (2010), Núñez Seixas (2011), Núñez Seixas y Vázquez (2005), pocos han sido los trabajos que desde la historiografía española o argentina han tratado de ahondar en esta dimensión subjetiva, íntima y personal de la emigración de españoles a la Argentina. De manera general, la subjetividad de las fuentes personales ha sido objeto de una gran desconfianza por parte de los estudiosos de estas migraciones, que la consideraban una trampa que les impedía acceder a las motivaciones y racionalidades que marcaban las decisiones de los emigrantes.

Si bien es verdad que la dimensión subjetiva quedó relegada a un segundo plano, privilegiar los mecanismos de “racionalidad” (aunque esta fuese “limitada”) del emigrante permitió a la historiografía española combatir los estereotipos e ideas preconcebidas fuertemente arraigados en una opinión pública española que consideraba a los emigrantes como seres irracionales, movidos por un espíritu aventurero o por la influencia de ciertas “fiebres migratorias” que empujaban a regiones enteras de España a emigrar (Gil Lázaro y Fernández Vicente, 2015). Porque, paradójicamente, las emociones han venido estando tan ausentes en los estudios migratorios como omnipresentes en los discursos y representaciones vehiculizados por la opinión pública. En palabras de un diputado española de principios del siglo pasado:

Desgraciadamente, la opinión pública no se ha formado una opinión muy serena, recta e imparcial sobre el problema migratorio, porque en lugar de inspirarse en estudios estadísticos, sociológicos [] se ha inspirado en los telegramas de los periodistas, que con demasiada frecuencia se inspiran en las impresiones y emociones del momento[2].

De hecho, la prensa y los debates políticos españoles del siglo pasado están llenos de tópicos e ideas preconcebidas sobre la migración que han contribuido a la construcción de una concepción trágica, pesimista y profundamente crítica de esta. La opinión pública tiende a percibir la emigración como una tragedia humana y social, con una relación muy estrecha entre la construcción de la emigración como tragedia y un formato emocional caracterizado por un recurso muy fuerte al pathos (Fernández Vicente, 2014; Gil Lázaro y Fernández Vicente 2015; Sánchez Alonso, 1989, 2001).

Sin embargo, si este giro historiográfico puso al emigrante –o a los colectivos de emigrantes y/o redes migratorias– en el epicentro del análisis del fenómeno migratorio, este solo pareció afectar al componente masculino del flujo migratorio. Tal y como se enunció más arriba, las conexiones entre los estudios migratorios y de género han sido tardías y siguen siendo relativamente escasas, como resultado de un fenómeno que afectó a los estudios migratorios en su conjunto y que consistió en que del inmigrante se pensó en un primer momento en masculino, al identificárselo por lo general con un hombre, joven y soltero (Chamberlain, 1997). Y así, la movilidad laboral durante el siglo xx fue considerada como cosa de hombres por una historiografía migratoria que no hacía sino reafirmar la tradicional dicotomía de movilidad masculina versus el sedentarismo femenino (Green, 2002, p. 106). Invisibles en tanto que fuerza laboral, las mujeres migrantes fueron durante mucho tiempo consideradas como elementos “dependientes” y subordinados a una estrategia migratoria familiar. Tal y como afirman Rosas, Barral y Magliano (2021),“los determinantes y/o motivaciones que ocasionaban la migración femenina se ocasionaban como heterónomos, dependientes, secundarios, meros afectos determinaciones sufridas o movilizadas por ‘otros’ masculinos” (Rosas, Barral y Magliano 2021, p. 137).

La integración de las mujeres en los estudios migratorios hizo necesaria una rescritura de la historia de las mujeres y de la historia de las migraciones. En efecto, al visibilizar la presencia de las mujeres en los movimientos migratorios apareció una nueva cronología de las migraciones. Se descubrió que las mujeres migraban desde el siglo xix, pero que fue durante el siglo xx cuando se asistió a un verdadero dinamismo de las migraciones femeninas, en gran parte debido a unas políticas económicas y estatales que, al verse cubiertas las necesidades de mano de obra de la primera y segunda industrialización, tendieron a parar la inmigración de trabajadores inmigrantes (entendida esta como masculina y obrera). Este parón abrió la puerta a la feminización del flujo migratorio por la vía de la reagrupación familiar, lo cual dio lugar a un cambio muy importante en la naturaleza de estos nuevos flujos migratorios (Green, 2002, p. 110).

Siguiendo con el razonamiento de Green (2002), la cuestión de la mujer migrante generó numerosos cuestionamientos: ¿cuáles eran las especificidades de estas mujeres con respecto a sus homólogos masculinos? ¿En qué medida y de qué manera el fenómeno migratorio cambió las relaciones entre los sexos? ¿Qué elemento prima en la condición de las mujeres migrantes, el sexo o la etnicidad? Considera la autora que la historiografía migratoria ha evolucionado en la respuesta a estas y otras preguntas, pasando de un pesimismo que tendía a considerar las mujeres migrantes como seres dependientes y doblemente víctimas del fenómeno migratorio (de la alienación económica y cultural propia a categoría del inmigrante y de la derivada de la condición femenina) a una visión optimista que acentúa el papel emancipador del fenómeno migratorio para muchas de estas mujeres migrantes. Los trabajos recientes sobre las migraciones femeninas insisten así en la importancia de considerar a estas como sujetos de su propia historia más que como simples víctimas, sobre todo si se tiene en cuenta que la migración fue para muchas de ellas un acto voluntario e independiente que les permitió alejarse de un medio social, familiar, cultural, etc., que las asfixiaba. Esto último es un elemento igualmente destacado por autores como Peraldi (2017, p. 272), para el que la experiencia migratoria fue para muchas mujeres una vía para escapar a su condición femenina, una fuente de emancipación que las liberaba de una parte de las lógicas patriarcales y de los despotismos familiares que marcaban su condición de mujeres. Así, junto con el modelo de la mujer migrante doblemente replegada (físicamente en su espacio familiar y culturalmente por la dependencia con respecto a las tradiciones de su país), aparece en el panorama migratorio femenino la figura de la mujer para la cual la experiencia migratoria fue sinónimo de independencia e incluso de emancipación (Green, 2002, pp. 114-115).

Si el cruce entre la historia de las mujeres y la historia de los movimientos migratorios ha permitido analizar a las mujeres migrantes desde diferentes ángulos, la dimensión subjetiva de su experiencia migratoria, la manera en que estas “vivieron” su proceso migratorio y se “sintieron” inmigrantes, sigue constituyendo un terreno relativamente inexplorado. A las razones expuestas más arriba, hay que añadir la ausencia de instrumentos metodológicos desde los que afrontar el desafío de historizar la subjetividad en general y la experiencia emocional en particular (Bjerg, 2019, p. 16; Medina Doménech, 2012, p. 170).

Desde la historia de las emociones, dos autores han proporcionado marcos teóricos desde los que abordar el estudio de esta dimensión emocional de la experiencia: Bárbara Rosenwein con sus trabajos centrados en el medievo y William Reddy a partir de sus análisis sobre la Francia de los siglos xviii y xix.

La principal contribución de Bárbara Rosenwein a la historia de las emociones consistió en destacar la importancia del papel social de las emociones en el proceso de construcción de las comunidades sociales. Su principal aporte sigue siendo la noción de “comunidad emocional”, que le permitió definir grupos sociales en los que los individuos se mueven por intereses, valores y estilos emocionales comunes o similares. Para Rosenwein, las comunidades emocionales son el resultado de contemplar las comunidades sociales tradicionales (familia, gremios, barrios, etc.) desde la perspectiva de las relaciones afectivas. Para ello, la autora parte de la idea de que las emociones son el resultado de los valores y juicios de una comunidad y, por tanto, pueden cambiar de una comunidad a otra en función de sus características sociales y culturales. Un mismo individuo, dice Rosenwein, puede navegar entre varias comunidades (una taberna, una parroquia, un determinado oficio) y adaptarse a los códigos emocionales de cada una de ellas. En sus trabajos sobre la Edad Media, la autora no solo trata de hacer visibles los sistemas de sentimientos que subyacen en las comunidades emocionales (esto es, los sentimientos que cada comunidad emocional considera válidos o peligrosos para ella), sino que también intenta mostrar los vínculos emocionales entre los miembros de una misma comunidad y entender cómo se expresan (Boquet, 2013).

En su libro The Navigation of Feeling. A Framework for the History of Emotions, el historiador William Reddy también propone un marco teórico y metodológico para analizar las emociones. El edificio teórico de Reddy se construye en torno a la noción del emotive, piedra angular de su pensamiento, del mismo modo que la “comunidad emocional” lo es del de Rosenwein. El punto de partida de Reddy es la idea de que no podemos analizar la emoción como una experiencia “vivida sino solo su traducción en un “acto de habla”. Dicho de otro modo, Reddy considera que no nos es posible analizar lo que una persona siente, sino las expresiones lingüísticas que utiliza para expresar lo que siente. Estos “actos de habla” que denomina emotives serían una traducción de una emoción física en forma lingüística (Reddy, 2019, p. 141) Para el autor, estos emotives tendrían un doble papel: expresarían una emoción (dimensión constativa) pero al mismo tiempo contribuirían a su construcción (dimensión performativa). De esta manera, los emotives vendrían a constituir una traducción verbalizada de una emoción, pero, al mismo tiempo, tendrían la capacidad de transformar el estado emocional del hablante en un proceso de autoexploración y automodificación. Esta se explicaría por el hecho de que, según Reddy (2019), “las emociones están directamente influenciadas por, y modifican, aquello a lo que se ‘refieren’ […]. Los emotives son herramientas que, de manera más o menos eficaz, permiten cambiar, construir, ocultar o intensificar las emociones” (p. 141). Esta capacidad de los emotives de actuar sobre las emociones –de “gestionarlas” haciendo constantes ajustes para mantenerse en una trayectoria elegida que permita al individuo alcanzar un estado deseado– es lo que Reddy (2019) denomina “navegación emocional” (p. 163).

El lado emocional de la condición migratoria parece todavía relativamente poco estudiado a pesar de su potencial como enfoque a partir del conectar lo macro y lo micro, lo individual y lo social, y de observarlos como realidades no separadas sino entrelazadas (Ramos Tovar, 2009, p. 11). Explorar la manera en la que las emociones han podido influir en las dinámicas de las familias transnacionales –entendidas estas como “comunidades emocionales” a la manera de Rosenwein– constituirá el objetivo principal del siguiente epígrafe.

2. Dicen que la distancia es el olvido. El papel de las emociones en las dinámicas de las familias transnacionales

Centrémonos ahora ya en las migraciones de españolas a la Argentina del siglo pasado. En concordancia con lo dicho anteriormente, las investigaciones sobre los flujos migratorios de españoles a la Argentina han ignorado el papel de las mujeres reduciéndolo, en el mejor de los casos, “a frías estadísticas que ponían de relieve el franco desequilibrio numérico en el que se encontraban frente a la preponderancia masculina en las cifras de emigrantes ultramarinos” (Cagiao, 2007, p. 155) .

Partiendo de la premisa de que si bien es verdad que la presencia de españolas en los flujos argentinos fue menor en número y más tardía en el tiempo, no por ello fue menos importante; historiadores de ambos lados del Atlántico vienen reivindicando la importancia y el interés historiográfico de estudiar esta categoría de emigrantes (Cagiao, 2007; De Cristóforis, 2016; Farías, 2020). Si bien este vacío ha empezado a paliarse en estos últimos años, aún queda mucho camino por recorrer para que la historiografía migratoria conceda a las españolas migrantes la atención que su destacado papel en el ámbito migratorio merece.

Para ello, los historiadores han de sortear un primer obstáculo relacionado con el hecho de que, a pesar de una presencia cada vez mayor en el flujo migratorio argentino de mediados del siglo xx en virtud de la importancia adquirida en estos años por las dinámicas de reagrupación familiar (De Cristóforis, 2016), los rastros que estas mujeres dejaron en las fuentes han sido escasos. De este modo, al escaso interés historiográfico sobre la cuestión hay que añadir el problema de la escasez de información proporcionada por las informaciones oficiales (estadísticas, encuestas, censos de población, etc.) de ambos países. Como afirma Farías (2020), la escasa visibilidad de las mujeres en el ámbito laboral, vinculada en gran parte a la importancia del trabajo femenino dentro del hogar o bien en el servicio doméstico, ha tenido su correlato en la igualmente escasa visibilidad de las mujeres en los ámbitos de sociabilidad de los españoles en la Argentina, a tenor de la escasa huella que estas han dejado en la voluminosa documentación generada por el ingente movimiento asociativo español en un país en el que “la presencia femenina fue durante mucho tiempo marginal y casi siempre pasiva, generalmente relacionada con los momentos lúdicos y/o la recepción de prestaciones sanitarias” (p. 109).

En este contexto de penuria de fuentes, ¿cómo rastrear la dimensión emotiva de la experiencia migratoria de las mujeres? ¿Cómo entender el papel que las emociones tuvieron en el “sentir”, así como en el “decidir” de estas mujeres migrantes?

Como ya se mencionó más arriba, si la consideración de las emociones como una variable histórica es un hecho relativamente reciente, aún lo es más el estudio del papel que estas han tenido en las dinámicas migratorias. Incorporadas en primer lugar a los análisis sociológicos y antropológicos del hecho migratorio, el ámbito histórico ha permanecido por lo general a la zaga de esta dinámica científica consistente en incorporar el “sentir” de los individuos al análisis de sus comportamientos, estrategias y decisiones.

Y sin embargo, las historias de la migración están saturadas de nostalgia, melancolía y culpa, así como de esperanzas y expresiones de alegría. Debido a las rupturas a las que da lugar, la migración implica pruebas emocionales intensas, contrastadas y a veces contradictorias. De hecho, la ambivalencia emocional –la existencia simultánea de dos afectos contradictorios que se sienten en relación con un mismo objeto (Pugmire 2005, p. 175)– es algo frecuente en el sentir del migrante, y estaría relacionada con los mundos, las personas y las realidades socioculturales tan diferentes a las que este se ve confrontado en su experiencia migratoria (Bjerg, 2020). Del mismo modo, es importante tener en cuenta que la experiencia migratoria tiene procesos emocionales que le son propios, en la medida en que esta disocia a las personas de sus redes y referentes sociales y que todos ellos son fuentes potenciales de una gran variedad de emociones (Gallo González, Leuzinger y Dolle, 2021, p. 2; Skrbiš, 2008, pp. 234‑36).

Tal y como se analizará a continuación, estas emociones tuvieron un papel destacado en el seno de las familias de migrantes, tanto en el ámbito relacional como en el proceso de toma de decisiones relacionadas con el proyecto migratorio. Para ello, es importante no perder de vista la idea de que la mayoría de los proyectos migratorios de los españoles –tanto hombres como mujeres– que marcharon a la Argentina a mediados del siglo pasado fueron concebidos en el ámbito familiar. Todos los miembros de la familia, tanto los que se fueron como los que se quedaron (temporal o permanentemente), se vieron de este modo profundamente afectados por un proyecto de vida concebido como colectivo.

La concepción del proyecto migratorio era uno de esos momentos en que solía producirse la ambivalencia emocional. Por un lado, en todo el grupo familiar había sentimientos de ilusión y de esperanza de que la emigración traería consigo mejoras en las condiciones de vida. Estos sentimientos solían ser provocados por toda una serie de estereotipos e imágenes sociales sobre el país de llegada, transmitidos en gran medida por las palabras de familiares o amigos ya instalados al otro lado del Atlántico. Para países como la Argentina, la imagen de un Eldorado alimentó estos sentimientos de ilusión y esperanza. Pero, por otro lado, la partida era también percibida como una tragedia que separó a personas que se sentían cercanas, que dio lugar a sentimientos de tristeza y angustia.

La tristeza podía mezclarse con alguna forma de ira reprimida cuando la partida se percibía como injusta. Este es el caso de los niños o adolescentes que acompañaron a sus padres en la emigración o que se quedaron en el país, a menudo al cuidado de los abuelos, y que frecuentemente quedaron fuera de los procesos de decisión que desencadenaron la salida. Tal fue el caso de Luz, la cual emigró con su madre a la Argentina cuando tenía seis años, reclamadas ambas por el padre y esposo. Luz no quería marcharse y consideraba que lo lógico era que su padre regresase; sin embargo, tanto ella como María Rosa, que marchó igualmente a la Argentina siendo una niña en el marco de una emigración familiar, coinciden en afirmar “la rabia contra nuestros padres por traernos, lógicamente, sin permitirnos elegir, y por la pérdida de nuestros abuelos” (Iglesias López, 2007, pp. 180-181).

Sentimientos parecidos son expresados por Flora, que se vio obligada a marcharse a la Argentina para reunirse con su hermana mayor cuando solo tenía 15 años:

… mi hermana [que había ido a la Argentina unos años antes], cuando tenía mi billete, me dijo que no vendría a buscarme, que tenía que ir sola. Y yo no quería ir. Lloré durante tres meses seguidos, no quería ir… Era demasiado joven… Tenía 16 o 17 años[3].

En el caso de las madres españolas que marcharon a la Argentina en las décadas centrales del siglo xx, esta ambivalencia estuvo alimentada por la consideración de la emigración como la única vía de proporcionar a sus hijos un futuro mejor que el suyo. Matilde Alonso recuerda cómo la decisión de emigrar que tomaron sus padres se debió en gran parte al convencimiento de su madre de que el porvenir de ella y de su hermana estaba en la Argentina: “[y tuvimos que emigrar] Porque ella nos decía: ‘Allá van a tener un porvenir’”[4].

Pero el fenómeno migratorio no solamente afectaba a la dimensión experiencial de los que marchaban, sino también a la de los que se quedaban, lo que generaba importantes metamorfosis en las relaciones sociales, laborales y de género en las regiones de emigración, profundamente impactadas por el trasiego de remesas, correspondencia y por las idas y venidas de migrantes; un trasiego de cartas, objetos, dinero y personas que generaba todo un abanico de emociones que iban desde la alegría y la ilusión a la desilusión, el desesperación, el enfado, etc. (Bjerg 2020).

Durante el tiempo en que las familias estaban separadas, las emociones permitían alimentar un vínculo transnacional con los familiares ausentes. En el caso de las esposas cuyos maridos habían emigrado a la Argentina, la expresión de los sentimientos en los intercambios epistolares servía para dar cuenta de la manera en que se “sentía” la ausencia y el vacío que esta dejaba. En una carta a su esposo emigrado, Engracia expresaba de esta manera la frustración que le causaba el retraso en la correspondencia enviada por el marido ausente:

Mi muy querido esposo. Me alegrare que al recibo de esta te encuentres en perfecto estado de salud como la nuestra que es buena menos el papá. Iremos por etapas en primer lugar estoy enfadada pues esta semana no he tenido carta tuya no solamente eso que ni siquiera me felicitaste para el cumpleaños y yo te escribo como si tuviera tenido carta a lo mejor la tengo un día de estos pero habrá pasado la semana sin noticias cuando reciba la tuya yo te contestare con lo que me digas[5].

El fenómeno de las llamadas “viudas de vivos” es un ejemplo de las profundas huellas que la larga espera, la incertidumbre causada por la falta de noticias y la difícil gestión de la distancia provocaba en los familiares que se quedaron esperando. Las “viudas de vivos” –término con que se designó a las jóvenes esposas que esperaban el retorno de sus esposos emigrados– vivían sumidas en un profundo sentimiento de tristeza y desazón que a menudo impactaba en el resto del grupo familiar:

Mi madre fue viuda de vivo durante casi cinco años. Tenía veintinueve cuando su marido, Manuel Iglesias Raíces, emigró a la Argentina llamado por unos primos instalados desde tiempo atrás en Buenos Aires, donde eran dueños de la panadería “Gamás”, en el barrio de Constitución. […] Mamá debió arreglárselas para sacarnos adelante con su trabajo en las tierras de su padre y en una leira que le habían prestado sus suegros, criando gallinas y vendiendo en el mercado de Santiago (al que llegaba a pie tras caminar cinco kilómetros con la cesta en la cabeza) verduras, huevos y gallinas. De aquella etapa de mi vida, ningún recuerdo tengo más intenso de mi madre que el de su profunda tristeza, su silencio, la mirada baja o perdida y un aire como de ausente. Pocas veces la evoco atenta a su entorno (Iglesias López 2007, p. 168).

Ese angustioso y penoso “trabajo de esperar” conceptualizado por Kwon (2015) marcaba los días y las horas de las esposas a las que la emigración había separado de sus maridos. El hastío era otra de las emociones que la separación podía provocar en muchas de ellas. Así lo expresaba Engracia en una carta escrita a su marido:

El viernes fuimos a la Verdagera a pasar el día con los de casa de mi hermana y la Emilia y Andrea las nenas disfrutaban mucho pero yo me aburro y hoy Domingo fuimos a la playa Badalona con mi prima la Tresina y el José no puedes figurarte lo que disfrutaron las nenas hacia una mar muy llano yo no quería ir pero la Engracia ya sabes lo que le gusta me dijo que haciendo las vacaciones podíamos ir yo me senté a la sombra y no me moví en todo el día lindo para no aburrirme como una ostra yo todo lo que no sea estar a tu lado para mi no hay nada pero por los hijos nos tenemos que sacrificar los padres[6].

A medida que se iba acercando el momento de la partida, la ambivalencia emocional evocada anteriormente tendía a acentuarse: por un lado, se acrecentaba la ilusión y la esperanza que generaba un proyecto migratorio alimentado por la esperanza en un futuro mejor; pero, por otro, se acentuaban los sentimientos de tristeza y angustia generados por la inminente separación de personas que se sentían cercanas.

Pero antes de emprender este largo viaje, las emigrantes tenían que pasar por una serie de trámites burocráticos a los que ni ellas ni sus familiares estaban acostumbrados, lo cual generaba dosis importantes de ansiedad y estrés. En otra carta a su esposo, la misma Engracia expresaba de la siguiente manera la preocupación y el desasosiego que le provocaba el no contar con los documentos necesarios para emigrar (el subrayado es nuestro).

Mi queridísimo esposo. Tuve tu esperada carta fecha 5 en lo que tuve un disgusto al leer que no había pasaje para esos barcos que eso retrasa el podernos juntar mas pronto estoy esperando mañana tu carta haber lo que me dices en ella que me des una buena noticia en ella cuanto mas tarden los pasajes mas tardaremos en abrazarnos y se pasaran algunos papeles.
Tu lo que habías de haber hecho cuando yo te dije que tenia la carta de llamada era ir por los pasajes y entonces hubieras encontrado claro que tu dirías que no tenias los dineros pero ahora también los has tenido que pedir yo no te lo digo por ir en esto barco o en aquel que a mí tanto se me da uno como otro la cuestión es venir pronto para estar a tu lado […].
Termino la carta el lunes por la mañana esperando la tarde por si recibo carta tuya con mejores noticias y pronto los pasajes para ir al consulado que no se me quita del pensamiento que me digan que el papel de libre desembarco no me sirve entonces sí que sería la caraba ellos me dijeron que sí pero como no miraron nada y yo se los dije pero esta gente no quiere saber nada hasta que no lo tiene todo con que hasta entonces estoy intranquila[7].

Los lazos afectivos de las familias transnacionales se veían igualmente afectados por el cumplimiento de las expectativas que el grupo familiar depositaba en el individuo emigrado. Estas expectativas no solamente afectaban al comportamiento de los que habían marchado (Sierra Blas, 2004, p. 137), a los que se obligaba a cumplir con un determinado tipo de obligaciones como era el envío de dinero o de todo tipo de bienes materiales (billetes de barco, en este caso): también tenían un impacto en los que, desde España, quedaban a la espera de que el emigrante cumpliese con esas expectativas. Tal y como ilustra la carta precedente, el vínculo mismo entre ambas partes se veía afectado por esas expectativas. Las relaciones afectivas pasaban a menudo a “negociarse” con base en el cumplimiento de esas obligaciones por parte del emigrante. Así, Engracia considera la rapidez en el envío de los billetes por parte de su marido como una prueba afectiva del amor que este siente por su familia, lo cual la conduce a reprocharle su tardanza en el susodicho envío, cuya consecuencia principal es impedir a su mujer ir pronto para estar a su lado.

Los epistolarios de las familias transnacionales están llenos de ejemplos de la manera en la que se combinan y negocian capital afectivo y capital económico. Por la importancia que la dimensión económica tiene en la mayor parte de los proyectos migratorios, las relaciones afectivas entre las familias migrantes están profundamente marcadas por lo que la socióloga Eva Illouz ha denominado el “capitalismo emocional”, esto es, una cultura en la que las prácticas y los discursos emocionales y económicos se configuran mutuamente –siendo el afecto un aspecto esencial del comportamiento económico– y en el que la vida emocional sigue la lógica del intercambio económico, lo cual da lugar a que las emociones se conviertan en mercancías y las mercancías estén marcadas por un claro componente emocional (Illouz, 2007, pp. 19‑20). Ejemplo de esto lo tenemos en el fragmento de una carta que Félix, el marido de Engracia, le envía a esta aún residente en España. En ella, después de quejarse de la falta de tiempo material para poder escribir a todos los amigos y familiares que quedaron en España, expresa lo siguiente:

Ya quisiera escribir a todos, pero tengo tan poco tiempo disponible. Hoy para hacer ésta carta tan larga, he perdido de trabajo lo menos 30 pesos. ¡Pero para mi amorcito no me duelen prendas! ¿Verdad que no, tesoro? ¿Aún que me quieres igual o un poquitín más[8]?

Esta capitalización de los afectos se observa igualmente en la manera en la que los envíos de dinero (remesas) o de regalos a la familia en España son algunas de las formas que tienen los emigrantes de (de)mostrar su afecto y, con ello, afianzar al mismo tiempo su identidad transnacional al consolidar sus vínculos familiares a ambos lados del océano. Las remesas, informaciones y afectos que circulan por los espacios transnacionales en los que viven e interactúan los migrantes y sus familiares están pues profundamente relacionados, y a menudo son las primeras y las segundas formas en que se expresan las terceras. Dicho de otro modo, el envío de remesas, de cartas o postales o de regalos de diversa índole permiten hacer llegar, no solamente el objeto en sí, sino que transmiten afectos y emociones con los que los emigrantes tratan de mantener vivos los lazos familiares y cuidar de sus familiares desde la distancia y la separación (Wise y Velayutham, 2017, p. 116).

Un testimonio interesante sobre la carga emocional y de la manera en que permitían estrechar lazos en el seno de las familias de inmigrantes es el emotivo testimonio de una madre española ante los continuos envíos materiales de su hijo emigrado a la Argentina a mediados de la centuria pasada recogido por Da Orden (2010, p. 68): “[…] me tienes siempre en Tensión que Cartas, que Dinero, que Ropa y cosas que Periódicos y Revistas que Felicitaciones se me llenan los ojos de Lágrimas pensarlo […]. Tu aunque no puedas mandarme nada no dejes de escribirme siempre”.

Pero si, tal y como sostiene González-Fernández (2016, p. 100), rastrear los mapas afectivos que se mantienen a pesar de la distancia geográfica durante el proyecto migratorio permite analizar y sopesar la carga emocional que impregna las relaciones familiares transnacionales en lo que podríamos denominar los “usos sociales” de las emociones, el estudio de la dimensión afectiva nos permite igualmente explorar una dimensión más individual y personal de esta experiencia. Esto será lo que trataremos de explorar en la tercera y última sección.

3. Sueño con el pasado que añoro. El universo emocional de las emigrantes españolas en la Argentina

La llegada al puerto de Buenos Aires es sin duda uno de los momentos que las españolas emigradas a la Argentina recuerdan con mayor emotividad. La sorpresa era a menudo la primera reacción emocional: el tamaño de la ciudad, sus calles, la multitud y el bullicio, el tamaño de los edificios, etc., no podían sino asombrar a estas jóvenes mujeres y niñas de pequeñas aldeas gallegas o castellanas.

Pero con la sorpresa solía venir unida la decepción, una decepción vinculada al desfase entre las expectativas que había despertado en ellas una Argentina a menudo idealizada y la percepción de la realidad. Sin embargo, la decepción solía mezclarse con sentimientos opuestos como la alegría vinculada al encuentro con los familiares que esperaban en el puerto, generando de nuevo la ambivalencia emocional propia a la experiencia migratoria.

Ah, [la llegada] fue terrible […]. Mirá, cuando llegué estaba un poco menos triste y uno llega, por supuesto, con ganas de estar por fin en Argentina, con ganas de llegar a su destino, y cuando llegamos acá, los tíos, los primos, estaban todos esperándonos; y el puerto en ese momento, el puerto de Buenos Aires estaba lleno de gente… obviamente. Habían venido a esperar a toda la gente que había viajado con nosotros… muchos familiares, amigos… y la llegada fue magnífica, magnífica porque había gente esperándonos[9].

Tras desembarcar en el puerto de Buenos Aires, la vida de estas españolas emigradas estaría igualmente marcada por las emociones que las acompañarían en su proceso de inserción en la sociedad argentina, marcando su día a día y articulando variables como el ciclo familiar, el proyecto de retorno, sus responsabilidades con relación a los familiares que se quedaron en España, etc.

De todas estas emociones, la nostalgia suele ser la que más se asocia a la realidad vital de los emigrantes. La nostalgia (etimológicamente ‘dolor de retorno’) es por lo general un sentimiento fuerte y complejo que expresa tanto el dolor que siente el emigrante por estar lejos de “su casa” como el dolor del regreso. Se trata de un sentimiento agridulce en el que se mezclan el deseo, el recuerdo, la pérdida, la añoranza, etc., porque, más que un lugar concreto, la nostalgia es la añoranza de un tiempo que nunca podrá volver. Independientemente del lugar en sí, la nostalgia otorga una significación especial a un determinado lugar del pasado del cual el emigrante se siente cercano y lejano a la vez; un pasado que se convierte en un “antes”, un origen que fundamenta la interpretación del presente a la vez que la devalúa (Origgi, 2019, pp. 416-17). Eso explica el sentimiento de decepción de muchos emigrantes cuando volvían, temporal o definitivamente, a lo que ellos seguían considerando como “su casa”: allí encontraban los lugares físicos, pero no los de su infancia o juventud, de su vida antes de la partida, porque estos se habían perdido para siempre. Así lo expresa Otilia Garrido, emigrada a Buenos Aires en 1952, para la cual la nostalgia de lo que dejó atrás con la emigración fue un sentimiento profundamente doloroso que se prolongó durante varios años: “Lloré durante dos años… No podía acostumbrarme… Las costumbres… el pueblo… la vida allí… Lo echaba todo de menos”[10].

Las emigrantes españolas entrevistadas por la también emigrante María Rosa López Izquierdo confiesan igualmente “haber sufrido mucho”. En el testimonio colectivo recogido por López Izquierdo (2007), las mujeres españolas entrevistadas reconocen que

… extrañaban a la familia y a las amigas, los bailes, el paisaje. Es evidente que los nuevos afectos contribuyen a desdibujar los viejos, en parte porque las personas queridas ya fallecieron, y en parte también porque la posibilidad práctica de regresar es difícil desde lo emocional y lo económico. La sociedad que dejaron atrás cambió y ellas también. Adoptaron costumbres urbanas y sus descendientes se mezclaron con los de otros grupos étnicos. Han enriquecido su mundo y para aceptar la bondad de lo nuevo elaboraron trabajosamente la pérdida de lo viejo. Es indudable que de alguna forma siempre andan partidas al medio, porque cada tanto, mientras cuentan su historia, la emoción les arranca lágrimas (p. 181).

Pero la nostalgia era un sentimiento complejo, que iba a menudo acompañado de otros sentimientos dolorosos como la frustración de no sentirse “ni de aquí ni de allá” y el sentimiento de culpabilidad. Si bien este sentimiento de culpa variaba en función de la distribución de roles en la familia, de sus construcciones normativas, del lugar que ocupaban en la estructura familiar, etc., en las mujeres migrantes esta culpabilidad estaba profundamente imbricada con su condición femenina. Así, lo que más les hacía sentirse culpables era no poder estar al cuidado de los familiares “mayores” o enfermos que habían quedado en España. En palabras de Josefina Abril, emigrada a Buenos Aires a finales de los años 1940: “Incluso me arrepentí después, a veces, de haber venido y dejado a mi madre [sola]…”[11].

Sin embargo, es interesante destacar que, si bien la emigración no les impidió seguir interiorizando estas responsabilidades en gran parte vinculadas a roles de género, también es verdad que poner un océano de por medio las liberó de esas tareas a las que estaban predestinadas por su condición de hijas o suegras.

Pero, más allá de las emociones contrastadas con que se expresaba, la nostalgia cumplía dos funciones fundamentales. En primer lugar, la nostalgia permitía al emigrante conciliar el “aquí” y el “allá”, al permitirle recordar de donde venía, cuáles eran sus “raíces” en un proceso de (re)adaptación y de (re)configuración identitaria. En sus trabajos sobre la correspondencia de británicos emigrados a los Estados Unidos, David Gerber analiza cómo la nostalgia que expresaban los emigrantes en sus cartas forma parte de una estrategia de adaptación personal que les permitía unir los antiguos yacimientos con los nuevos yacimientos en ciernes, actuando así como un “mecanismo de reconciliación” de sus nuevas vidas. Sin embargo, si bien este cavilar sobre su vida de antes podía actuar como puente que facilitase el cambio y la adaptación a esa nueva vida, en algunas ocasiones también podía convertirse en una barrera que generaba sentimientos de inadecuación (Borges y Cancian, 2016, p. 285; Gerber, 1997).

Del mismo modo, en su trabajo sobre la correspondencia de una inmigrante irlandesa en Estados Unidos, Emma Moreton analiza ese mismo “lenguaje del recuerdo” (language of recollection) en las cartas de esta emigrante, identificando las estrategias verbales que utiliza para enfatizar las experiencias pasadas con la familia que se quedó en Irlanda. Estas estrategias le sirven, según Moreton, para reforzar los vínculos emocionales y las conexiones con los lugares significativos compartidos. Dicho de otro modo, el “lenguaje del recuerdo” permite a la inmigrante conectar con los miembros de la familia que quedaron atrás y a la vez posicionarse a sí misma en su nuevo entorno y en su nueva identidad sin perder con ello el sentido de su vínculo con su lugar de origen, tanto para (re)construir su identidad como para mantener sus vínculos con la familia de la que se separó (Borges y Cancian, 2016, p. 285; Moreton, 2016). Así lo expresa María Rosa López Iglesias (2007), voz colectiva de las españolas emigradas a Buenos Aires, cuando afirma que todas ellas “[…] han enriquecido su mundo y para aceptar la bondad de lo nuevo elaboraron trabajosamente la pérdida de lo viejo” (p. 180).

Pero la nostalgia cumplía también una segunda misión. Aunque estaba teñida de tristeza y melancolía por un pasado y unos lugares que ya no existían, era también para las emigrantes españolas un “refugio emocional”, según el término acuñado por Reddy (2019, p. 172), quien lo define como la relación, ritual u organización formal o informal que proporciona cierta libertad a los individuos al suponer la relajación de las exigencias emocionales de un régimen/sistema emocional. Y así, el rememorar momentos, lugares o personas lejanas en el tiempo y/o en el espacio proporcionaba a muchos emigrantes un refugio en el que encontrar algo de alivio al sufrimiento emocional causado por la separación. La nostalgia recreaba un lugar imaginario que las españolas en la Argentina exploraban con sus recuerdos y compartían de manera introspectiva o bien en conversaciones con otros familiares y amigos. Era un remanso de paz tranquilizador que les permitía salir momentáneamente de una realidad que no les convenía, de un entorno que aún les era ajeno. Algo parecido es lo que sostiene Bjerg (2020) cuando afirma que la nostalgia adquiere entre los que migraban por elección sentidos diferentes y cambiantes, constituyendo una emoción que, lejos de agudizar el sufrimiento emocional, les ayudaba a enfrentar los desafíos de la inestabilidad del presente.

Más que un lugar geográfico concreto, la nostalgia otorga significado a un lugar del pasado, un pasado que se convierte en un “antes” tranquilizador, una especie de origen que marca y determina la interpretación del presente; un antes que siempre es mejor que el ahora. El aquí y el allá, el pasado y el presente se entrelazan así en esta nostalgia migratoria que provoca esa sensación distintiva de “no estar en ninguna parte” que caracteriza a los seres transnacionales.

Conclusiones

Desde Isabel de Guevara a las españolas que marcharon a la Argentina cuatro siglos después, la voz de las mujeres ha venido siendo silenciada por una historiografía que consideraba las expediciones primero y las migraciones después como un asunto puramente masculino.

Analizar la realidad de estas mujeres desde su propio testimonio y desde la manera en que estas expresaron sus propias vivencias nos ha permitido, en primer lugar, observar que no solamente la razón y la emoción no eran entes contrapuestos, sino que, al contrario, estaban profundamente imbricadas: el “sentir” impactaba claramente en el “decidir” del mismo modo que las decisiones tomadas generaban a su vez todo un abanico de emociones y sentimientos. Para todas estas españolas que cruzaron el Atlántico rumbo al Río de la Plata, las emociones han sido no solamente mecanismos de expresión de sus experiencias vitales sino también mecanismos de acción. Si para Isabel de Guevara el sentimiento de injusticia fue un motor que la llevó a desafiar los códigos de la época y solicitar a las autoridades una compensación económica por las penalidades sufridas durante la fundación de Buenos Aires, para las que marcharon a estos mismos territorios cuatro centurias después la emigración correspondió a menudo a una estrategia destinada a dar a los hijos un mejor porvenir o a ayudar al resto del grupo familiar; en otras ocasiones, la expresión de determinados sentimientos buscaba acelerar una reagrupación familiar o, al contrario, se utilizaban los sentimientos para oponer resistencia a una emigración que se vivía –como fue el caso de muchos niños y jóvenes– como una injusta imposición familiar.

En segundo lugar, explorar la dimensión emocional de estas mujeres emigrantes nos permite igualmente cuestionar el “racionalismo económico” de las teorías migratorias imperantes que tienden a tratar a los migrantes a partir del patrón de un homo oeconomicus guiado únicamente por el interés y la razón. No se trata con ello de enfrentar las dimensiones racional-económica y subjetivo-emotiva de las migraciones, sino de entender cómo ambas se imbrican e impactan, cada una a su manera, en los procesos migratorios. Conceptos como el de “capitalismo emocional” son especialmente útiles para tratar de entender la manera en que se combinan las dinámicas económicas y afectivas y cómo estas afectaron y fueron expresadas por las mujeres españolas emigradas o por emigrar a la Argentina.

En tercer lugar, el estudio de la dimensión experiencial de estas españolas nos permite dar cuenta de los múltiples papeles desempeñados por los afectos en su experiencia migratoria. Emociones como la nostalgia no solo les permitían (re)conciliar y (re)construir sus identidades diaspóricas: además, estas permitían la (re)afirmación y la consolidación de sus vínculos con los familiares que quedaron en España, actuando como el pegamento que permitía mantener unidas estas “comunidades emocionales” que constituían las familias transnacionales. Del mismo modo, esta misma nostalgia permitía crear refugios emocionales en los que aliviar el sufrimiento igualmente emocional provocado por sentimientos como el desarraigo, la soledad o la tristeza que les provocaba la separación de sus seres queridos.

Para terminar, este estudio nos ha permitido igualmente constatar hasta qué punto la emigración supuso para las mujeres un espacio en el que repensar su propia condición femenina. Si la invisibilidad y la falta de reconocimiento del papel de las mujeres en las tareas de colonización había llevado a Isabel de Guevara a desafiar los códigos de la época y alzar la voz en nombre de las mujeres para exigir ese reconocimiento, cuatro siglos después sus compatriotas instaladas en el Río de la Plata se veían igualmente obligadas a repensar algunos aspectos de su condición femenina. Si bien es verdad que muchas de ellas expresaban su sentimiento de culpabilidad por no poder ocuparse de los familiares mayores y enfermos que se habían quedado en España, también es verdad que la emigración les permitió liberarse de algunas de estas obligaciones familiares a las que su condición de mujer las relegaba, pudiendo “compensar” esta ausencia mediante el envío de ayudas materiales que ya no se vinculaban específicamente a su condición femenina, en la medida en que podían ser asumidas por los miembros masculinos del núcleo familiar.

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  1. Se trata de la “Carta de doña Isabel de Guevara á la princesa gobernadora doña Juana, exponiendo los trabajos hechos en el descubrimiento y conquista del río de la plata por las mugeres para ayudar á los hombres, y pidiendo repartimiento para su marido [sic]”.
  2. La intervención del diputado puede consultarse en el Diario de sesiones del Congreso (DSC) n.º 108 del 2 de diciembre de 1907, p. 3141.
  3. Entrevistada por la autora en Buenos Aires el 21 de octubre de 2001.
  4. Entrevista a Matilde Alonso (Buenos Aires, 13 octubre 2001).
  5. Carta desde España de Engracia a su esposo Andrés, instalado en la Argentina, con fecha del 11 de marzo de 1951. La carta puede consultarse en el archivo digital del proyecto “Un océano de cartas. Memoria epistolar de la inmigración española en Argentina”. Disponible en https://bit.ly/3e00HJi
  6. Carta desde España de Engracia a su esposo Andrés, instalado en la Argentina, con fecha del 20 de agosto de 1951. La carta puede consultarse en el archivo digital del proyecto “Un océano de cartas. Memoria epistolar de la inmigración española en Argentina”. Disponible en https://bit.ly/3cyahTv
  7. Carta desde España de Engracia a su esposo Andrés, instalado en la Argentina, con fecha del 20 de agosto de 1951. La carta puede consultarse en el archivo digital del proyecto “Un océano de cartas. Memoria epistolar de la inmigración española en Argentina”. Disponible en https://bit.ly/3cyahTv
  8. Carta desde España de Engracia a su esposo Andrés, instalado en la Argentina, con fecha del 30 de junio de 1951. La carta puede consultarse en el archivo digital del proyecto “Un océano de cartas. Memoria epistolar de la inmigración española en Argentina”. Disponible en https://bit.ly/3CKOZfW
  9. Entrevista a Matilde Alonso, española emigrada a la Argentina en 1949 (Buenos Aires, 13 octubre 2001).
  10. Entrevista a Otilia Garrido (Buenos Aires, 22 de octubre 2001).
  11. Entrevista de la autora realizada en Buenos Aires el 20 de octubre de 2001.


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