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Memorias de la infancia
en la pampa gringa

Cuando el tiempo era otro, de Gladys Onega

Fernanda Elisa Bravo Herrera

Mientras escribo estas páginas se diluyen los límites entre lo que recuerdo, lo que imagino, lo que me cuento. ¿Cuál es la verdad? Imágenes que se superponen y se contradicen. Mis padres, lo que sé y lo que ignoro sobre ellos, lo que dijeron, lo que callaron, lo que intentaron esconder. Lo que, a pesar de ellos, vi. Esa visión de radiografía que proyectan los niños sobre los adultos. Sombras y luces. Nos contamos historias y los ligeros cambios de perspectiva las modifican por completo. Todos los días reformulo el pasado.

                      

Clara Obligado, Una casa lejos de casa. La escritura extranjera

Este trabajo se propone abordar el espacio de la subjetividad y de las representaciones identitarias en Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa (1999) de Gladys Onega (Acebal, Santa Fe, 1930-Rosario, 2010), con el propósito de delinear la configuración del sujeto, declinada desde la infancia y la inmigración, en las inscripciones y marcas de la alteridad y de las múltiples identificaciones. Asimismo, se busca reconstruir los nudos de la memoria, los hechos que se recuperan con la narración, especialmente aquellos vinculados con la inmigración, con la tensión entre la extranjeridad y el reconocimiento, con la vida cotidiana en un pueblo caracterizado por sus variadas fronteras y su condición periférica. Se atenderá, además, la modelización que el discurso propone de la infancia como instancia decisiva de la memoria y perspectiva del cronotopo, es decir, la “conexión esencial de relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente” (Bajtín, 1989, p. 237) con la cual se estructura la narración.

Gladys Onega ha estilizado en este libro de memorias el espacio y el tiempo de la infancia en Acebal, un pueblo chacarero en el sur de la pampa gringa santafesina, zona cuyas características fueron definidas cultural y económicamente por el fenómeno de la inmigración y por la exportación de cereales especialmente a principios del siglo xx y que consolidaron el mito de la Argentina como “granero del mundo”. Con la inmigración, según Juan José Saer (2012), se inauguró en la Argentina la “opacidad”, es decir, la compleja red de representaciones fantasmagóricas y contradictorias frente al “aluvión” demográfico, visibles en la forma en que se desarrolló la distribución de las tierras y se organizó la estructura de producción económica. Onega recogió en su narración estas coordenadas históricas articulándolas con historias familiares y personales durante su infancia y en contrapunto con su mirada de adulta. El tiempo elegido para la narración es clave porque remite, por una parte, a la niñez, y, por otra, a un período de crisis y tensiones políticas tanto a nivel nacional como internacional que signaron en la Argentina la primera ruptura del sistema democrático constitucional con el golpe militar de 1930 y la consolidación de ideologías autoritarias en Europa. Estos hechos descriptos, esbozados, presentados en elipsis, fragmentados desde la mirada de la infancia, las censuras de los adultos y la distancia temporal, señalan claramente, pero como si funcionara una sordina, la violencia político-ideológica que estaba cambiando las estructuras sociales tanto en los espacios pequeños como en los nacionales e internacionales. No se trata, entonces, de una narración que se limita a reconstruir la infancia en un pueblo del interior de la Argentina, pues la palabra también se dirige al contexto de una vida social y comunitaria y a las transformaciones histórico-culturales que la determinaron.

En su libro de memorias, Gladys Onega confirmó, con otro registro discursivo y desde una perspectiva anclada en la subjetividad, su interés por la problemática de la inmigración que ya había abordado en 1969 en La inmigración en la literatura argentina (1880-1910). En este ensayo estudia el proyecto inmigratorio y su inscripción en la literatura argentina en el período de entre siglos, en relación con el contexto histórico-social del país, la organización del Estado moderno y los programas políticos, analizando textos de Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Lucio V. Mansilla, Santiago Calzadilla, Miguel Cané, Eugenio Cambaceres, Julián Martel, Francisco Sicardi, José María Ramos Mejía, Mario Bunge, José Ingenieros, Fray Mocho, Roberto Payró, Francisco Grandmontagne, Carlos María Ocantos, Florencio Sánchez, José de Maturana, Francisco Fernández, Joaquín V. González, Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones.

El contexto inmigratorio en Cuando el tiempo era otro funciona como contrapunto necesario y determinante en la reconstrucción de la memoria y en la caracterización de un territorio, pues la identidad del sujeto está marcada por el hecho de ser hija de un español exiliado en la Argentina y que en su familia se unieran criollos y gallegos “en una fraternidad” (Onega, 1999, p. 16). Esto señala que el cronotopo del libro de memorias de Onega está anclado en un espacio signado por la inmigración y que la infancia constituye el genotexto, el núcleo central y significativo que estructura y concentra la palabra en este texto. La niñez es, entonces, generadora de una subjetividad y se constituye como clave interpretativa no solamente del pasado sino también del presente con un movimiento en elipsis.

Es importante señalar, en relación con esto último, que Gladys Onega trabajó en la Universidad Nacional del Litoral como profesora de Literatura Argentina hasta 1976, año en el que se exilió en México y en Washington, en donde fue editora en la Organización Panamericana de la Salud hasta 1989, cuando regresó a la Argentina, en donde permaneció hasta su fallecimiento en Rosario en 2010. Cuando el tiempo era otro fue escrito a su regreso del exilio y, tal vez, esta experiencia traumática fue determinante en la escritura de un texto en el que la autora recoge los primeros nueve años de su vida en el pueblo de Acebal, antes de que sus padres decidieran mudarse a Rosario para que ella y sus hermanos pudieran continuar sus estudios en colegios de la ciudad, más prestigiosos. El exilio político es detonante de un trabajo arqueológico y de recuperación de un tiempo y de un espacio perdidos y vinculados con el origen, con una edad de oro irrecuperable, con la primera casa, con un lugar primigenio de pertenencia. Ese destierro apela a otro, signado por la clausura de la infancia que provoca la separación del pueblo y el olvido por parte de su abuelo. Cuando el tiempo era otro reconstruye el árbol genealógico, el espacio de la casa en la cual la autora ha nacido, diferentes anécdotas familiares, personales y de otros miembros del pueblo, hasta llegar a la instancia del primer “exilio”, no el de 1976, sino el del traslado a una ciudad y el de la expulsión de la memoria de su abuelo, ya anciano y enfermo, que no la reconoce cuando regresa a su pueblo. La narración de ese “tiempo otro” finaliza allí, porque a partir de esa instancia hay una continuidad que se traduce en readaptaciones. El traslado a Rosario implica una nueva reformulación identitaria articulada con ese nuevo espacio y con los nuevos roles que recibe, con los vínculos diferentes que tiene que establecer y que la interpelan. Por ello es posible hipotetizar que hablar de un tiempo anterior al exilio sea una forma de conjurar ese desplazamiento forzado y que narrar los orígenes, con la evocación y con un discurso fronterizo, sea una manera de negar el corte forzado de las raíces y rearmar una identidad previa a los dos exilios. Rememorar la primera infancia implica, desde esta perspectiva, una revisión de un trayecto vital individual y colectivo y su consolidación, la voluntad de sostener la memoria después del despojo por el exilio, la reafirmación de una identidad y de una pertenencia; en última instancia, una compensación hecha de palabras e historia que reconstruye, a partir de la lógica de la ausencia y de la falta, el imaginario de la infancia (Link, 2014). La evocación del pueblo y del tiempo de la niñez puede, por ello, concebirse como una rebelión a los múltiples despojos, un gesto que caracteriza, por otra parte, a la escritura femenina, especialmente a partir de 1930, como “desafiante autoexpresión poemática a partir de un sujeto herido, […] la puesta en escena crítica y analítica de las luchas de género en el relato, dentro del mapa complejo de las luchas sociales” (Lojo, Crespo y Jostic, 2000, p. 19)[1].

Gloria Videla de Rivero (2006) incluye el libro de memorias de Gladys Onega, junto a Descubrimiento del mundo (1987) de Alicia Jurado y El país de la ilusión (2005) de María Duprat, en el corpus de memorias de infancia y adolescencia en la literatura argentina descripto por Raúl Castagnino (1982), conformado por textos publicados entre 1932 y 1981, entre los cuales resaltan Cuadernos de infancia (1937) de Norah Lange, El río distante (1945) de Vicente Barbieri, Niñez en Catamarca (1946) de Gustavo G. Levene, Cuando el ayer era mañana (1954) de Eduardo González Lanuza, El tiempo más hermoso (1959) de Jorge Vocos Lescano, La oscuridad es otro sol (1967) de Olga Orozco, País de infancia (1969) de Mario Binetti, Confín de viento y sal (1967) de Josefina Marazzi de Rouillón, Memorias de un provinciano (1967) de Carlos Mastronardi, Adolescer (1977) de Nidia Daract de Reina y Retablo tucumano (1981) de Teresa Piossek Prebisch. Estos ensayos permiten reconocer una significativa línea en el sistema literario argentino en la que se entrecruzan la escritura, la memoria y la infancia, a punto de determinar no solamente la conformación de un corpus sino también de hipotetizar la modelización de un género discursivo con características y regularidades propias, en el espacio geo-cultural argentino, que crea un horizonte poético constante, variable, estratificado. Este corpus podría colocarse en contrapunto con la propuesta de literatura argentina autobiográfica realizada por Adolfo Prieto (2003), si bien su análisis se detiene en la producción de autores nacidos antes de 1900. Se podría plantear, además de la presencia de este corpus literario, la posibilidad de la constitución de una cartografía discursiva que, más allá de la literaturidad, permita reconstruir una memorialística que atienda las varias regiones culturales para trazar un mapa federal de escrituras de la memoria de la infancia que comprenda una producción amplia y, aunque marginal y olvidada, potencialmente rica en sus significaciones y perspectivas.

En el título del texto, la alteridad con la que se caracteriza al tiempo (y con este la identidad, el mundo, las relaciones, los espacios, los valores) indica la emergencia de una falta, de una ausencia, una distancia cuya legibilidad solo es posible a través del orden que le confiere la narración. Aquello que no ha sido resuelto, especialmente en las relaciones familiares y en las transformaciones identitarias, deviene central en las producciones que, a través de un movimiento “hacia atrás”, se proponen “interpelar una herencia, hacerse cargo de su deuda, interpretar la genealogía desde sus nudos más conflictivos e indescifrables” (Saraceni, 2008, p. 30). Es significativo que el tiempo y la subjetividad de la infancia permitan dicho proceso hermenéutico y de resolución de conflictos y que muchas autobiografías vinculadas con el fenómeno migratorio se apoyen en la niñez como inicio de la narración y de la historia. La autobiografía, en cuanto escritura de frontera, es más permeable por su configuración a recoger los nexos y las reconstrucciones subjetivas que pertenecen al mundo de la “e(in)migración” (Bravo Herrera, 2015, pp. 33-34), fenómeno de instauración de fronteras múltiples en las cuales se debe reelaborar la identidad fragmentada y tensionada entre el pasado y el presente, entre la comunidad de pertenencia de origen (cuyos rasgos se cristalizan en la distancia) y la de llegada, con las marcas de extrañamiento que emergen (Floriani, 2004, p. 138). Como afirma Emilio Franzina, la escritura autobiográfica inscripta en los procesos migratorios

consente di avvicinarsi maggiormente alla mentalità in atto e alle aspettative reali degli emigranti illuminandole con un fascio di luce che non proviene, una volta tanto, solo dall’esterno per merito di pur acutí osservatori o di fedeli cronisti personalmente estranei all’esperienza, ma infine anche dall’interno e, se non è populistico rilevarlo, dal basso (1991, p. 236).

1. Memorias y subjetividades

Cuando el tiempo era otro, en cuanto libro de memorias que evoca la infancia, puede leerse en la articulación entre lo autobiográfico y lo ficcional, y comprenderse el sujeto discursivo “como un ser disgregado y múltiple” (Casas, 2012, p. 13) que se emplaza en una “línea de ficción” o un correlato literario, es decir, en un “proceso a través del cual […] trata de comprenderse a sí mismo, selecciona determinadas facetas de su experiencia haciendo que estas desemboquen en el tiempo presente y contribuyan a dar una imagen coherente de la historia de su vida” (Casas, 2012, p. 13). Desde la perspectiva de Ernst Cassirer (1951), la reconstrucción y la repetición de la memoria simbólica determinan que en el acto de recordar opere también la imaginación. Se trata de una forma de habitar poética y existencialmente un tiempo y un espacio que son definidos desde la infancia, tal como se han seleccionado y procesado hermenéuticamente algunas imágenes, en una gramática que implica, en cuanto discurso y reconstrucción, una ficcionalización del yo, un “percorso intersoggettivo situato” (Floriani, 2004, p. 27). Lo ficcional, por una parte, se proyecta sobre lo autobiográfico y, por otra, lo fantasmagórico de lo evocado funciona como una herencia que la palabra convoca y trata de ordenar, controlar, explicar. La narración opera, entonces, dialécticamente desde el presente, con los fragmentos que la memoria recoge de un pasado que se presenta como una serie de espectros, definidos como otros, entre continuidades y discontinuidades, que trazan pertenencias y distanciamientos, identidades y diferencias, reconocimientos y extrañamientos.

En el inicio de la narración el sujeto se pregunta “quién certificaría la dudosa cronología de mi infancia” (Onega, 1999, p. 13), mientras que, en el penúltimo capítulo, “El paraíso”, que precede al último, cuyo título es “El exilio”, indica como año clave, definitorio, el de 1938, “tan corto en su transcurso como largo en la rememoración” (Onega, 1999, p. 221). La evocación modeliza la temporalidad, haciendo que sea “un año que nunca pasa porque la magia de mi memoria lo trae cuando yo quiero y al escribirlo […] se fija y engañosamente aparece allá más nítido que cuando transcurría” (Onega, 1999, p. 221). La singularidad de ese tiempo, vivenciado por la memoria y por la escritura como definitorio, se explica en cuanto concentra un movimiento hermenéutico, de desciframiento identitario que permite el origen de la narración, la comprensión del transcurrir. Así lo sugiere el sujeto, cuando afirma que “tal vez fuese ese preciso año cuando empecé a preguntarme por el misterio inicial de mi vida, cómo llegué aquí, a ese punto de partida desde donde empecé el largo viaje hasta hoy” (Onega, 1999, p. 221). Es importante leer estas líneas a partir de las observaciones de Paul Ricœur, quien sostiene, por una parte, que “el mundo desplegado por toda obra narrativa es siempre un mundo temporal” (2007, p. 39) y, por otra, que “el tiempo se hace tiempo humano en cuanto se articula de modo narrativo; […] la narración es significativa en la medida en que describe los rasgos de la experiencia temporal” (2007, p. 39). El último capítulo, cuya acción transcurre en 1939, está signado por hechos traumáticos y violentos: el suicidio de Lisandro de la Torre, la finalización de la guerra civil española con la victoria de la dictadura de Francisco Franco, el inicio de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Polonia por parte de las tropas nazistas. Estos sucesos históricos coinciden con la ruptura definitiva de la infancia en Acebal y el asentamiento en Rosario, la pérdida de la ilusión y de la inocencia de la primera niñez y el fingimiento de su pervivencia durante la fiesta de los Reyes Magos, el olvido del abuelo al regresar al pueblo durante las vacaciones de verano. Así, la narración del pasado individual se entrelaza con la inscripción de acontecimientos traumáticos y violentos (Pierini, 2003), las escrituras del yo y la modelización de la subjetividad se sitúan en contrapunto con la política, en el terreno de la memoria (Arfuch, 2018).

La topografía, en este proceso de reconstrucción temporal, se configura no solo desde los recuerdos personales sino también desde las narraciones que otros le han donado. Se trata de una memoria en herencia, reconstrucción a partir de relatos, fragmentos deshilachados que parecen inscribirse en lo ficcional y fantasmagórico. La primera casa de la familia, aquella en donde vivieron los padres y sus hermanos antes de su nacimiento en 1930, se vuelve lugar imaginario y se simboliza como un paraíso perdido que nunca ha conocido. Dicha casa, en cuanto símbolo de una memoria familiar y de una parte faltante de la subjetividad, denota el olvido y, como tal, deviene paradoja y enigma narrativo desde la perspectiva agustiniana, como señala Ricœur: “¿Cómo hablar del olvido si no es bajo el signo del recuerdo del olvido, tal como lo avalan y autorizan el retorno y el reconocimiento de la ‘cosa’ olvidada? Si no, no sabríamos que olvidamos”[2] (2013, p. 51). La evocación es, por lo tanto, búsqueda, reconstrucción de una memoria, trama de signos desconocidos cuya revelación se espera para descifrar una identidad. La memoria asume un rostro múltiple en el que participan varias voces narrativas frente a las cuales el sujeto pareciera aceptar su impotencia al no poder asumir esos relatos como propios. El paraíso, la primera casa de la familia, resulta siempre ajeno, sea en la vivencia, sea en la memoria no compartida, marcando una nueva forma de exilio, la de la memoria y la historia familiar:

La casita y el campito estaban en una calle del pueblo que nunca vi, lo cual es improbable, porque yo caminé todas las calles […]. Es improbable, porque cuando paseaba con mi padre, él siempre me señalaba el sitio y me repetía que ahí estaba la casita donde vivían los cuatro hasta que levantaron la casa donde yo iba a nacer. Es improbable, porque mi madre recordaba con nostalgia su primer reino de recién casada cuando ella era más feliz. Por siempre perdí la casita y el campito en un rincón ignorado que mis hermanos me mostraban tantas veces cuantas yo les preguntaba, pero que nunca supe señalar en el conocido plano cuadriculado del pueblo. […]. En la topografía de mi infancia dejé la casita y el campito en un lugar que no existía, el lugar del paraíso de mis hermanos mayores, el que perdieron cuando yo nací y mi padre hizo la casa para esperarme (Onega, 1999, pp. 219).

Es oportuna aquí, para poner en evidencia la configuración de la evocación y de la construcción de una topografía hecha de imágenes recortadas, trasmitidas en forma intergeneracional e intrafamiliar, la imagen que ofrece Andrea Battistini de “ruinas de la memoria”, signadas por “le intermittenze del ricordo, la discontinuità dei frammenti, le mediazioni del linguaggio” (1990, p. 141), los simulacros que nacen de la “diversità del ricordo affiorante rispetto alla passata realtà effettuale” (1990, p. 141). El relato familiar vinculado con la primera casa asume un carácter ritual porque contribuye a la representación simbólica del origen, ofreciendo una interpretación, una explicación de un recorrido en el tiempo. El relato puede conformarse en forma elíptica y, atendiendo a las observaciones de Paul Connerton (1999), como una modalidad celebrativa y conmemorativa, significativa, en cuanto permite la formación y la continuidad de la memoria de una comunidad.

La memoria en Cuando el tiempo era otro se apoya en los relatos familiares, en un contrapunto necesario que forma parte de la búsqueda de una verdad completa y objetiva, en el deseo de reconstrucción de una subjetividad fragmentada. El espacio biográfico, comprendido como “conformación del espacio de la interioridad” (Arfuch, 2010, p. 36) y la autobiografía, relato retrospectivo del “devenir de una vida en su temporalidad” (Arfuch, 2010, p. 45) que implica un pacto autobiográfico, devienen poliédricos y estratificados en cuanto en ellos intervienen otras voces y sujetos que colaboran en su conformación dialógica. Esto confirma que toda autobiografía es una búsqueda compartida que implica “la suma de un deseo de verdad” (Camarero, 2011, p. 9). Y además, explica que, en la narración de su nacimiento, el sujeto de Cuando el tiempo era otro señale la reconstrucción del relato atendiendo a las fuentes y las versiones según una modalidad coral de las cuales se apropia. Es como una suma de voces en búsqueda de una (im)posible verdad, que configura un horizonte y permite delinear una subjetividad en las interrelaciones y en la discursividad, en la evocación de otras voces, memorias e, incluso, olvidos y silencios:

Hay varias versiones del hecho, pero ninguna contada por mis hermanos, que no se acuerdan cuándo llegó su nueva hermanita. […]. Nunca me pude tragar que, teniendo ya cinco y seis años, no retuvieran ni siquiera una imagen que les recordara mi llegada, hasta que las negociaciones y desfiguraciones de mis propios celos me hicieron comprender el borramiento de la memoria de mi llegada. Con los relatos que contaban mi madre y mis tías fui anudando hechos y leyendas de mis primeras señales de vida y de la infancia que sobreviví (Onega, 1999, p. 53).

El sujeto de la narración se posiciona frente a las versiones del pasado como un historiador que realiza una operación crítica de los testimonios. Como observó Marc Bloch (1997), no todos los relatos de los testigos pueden ser sinceros, así como tampoco la memoria puede serlo, por lo que la reconstrucción de la historia implica, en consecuencia, un trabajo de discernimiento de lo verdadero, lo falso y lo verosímil en los relatos, en los cuales “gli uomini esprimono inconsciamente i loro pregiudizi, gli odi, i timori, tutte le loro forti emozioni” (Bloch, 2014, p. 106). La historia político-social ingresa en este texto, articulándose con los recuerdos personales, por ejemplo, en las referencias a sucesos políticos de la Década Infame, al auge del fascismo y a la guerra civil española. Es un trabajo con versiones y testimonios: “Hago memoria y voy recogiendo vestigios, reuniendo pistas […] y después los contrapongo, los verifico con los datos y conocimientos ratificados por los libros y la historia. Y los confirmo, así fue, eso pasó” (Onega, 1999, p. 186). Esta observación de Onega se corresponde con las reflexiones de Adolfo Prieto:

Si el valor testimonial de la literatura autobiográfica pretende apoyarse solo en la verdad de los datos y de los hechos consignados, debemos reconocer que tal valor es relativo y susceptible de frecuentes ajustes. Los intrincados mecanismos del olvido, la perspectiva del tiempo, la trama de intereses personales o de grupo, son eficaces auxiliares en la tarea de trastocar fechas, deformar anécdotas, invertir o suprimir el orden real de los sucesos (2003, p. 15).

El relato se conforma como un texto de frontera que recoge e indaga lo autobiográfico y lo testimonial, en un intento de superar el distanciamiento entre lo narrado y lo vivido, en pos de una comprensión que inevitablemente resulta limitada. En la autobiografía el sujeto se plantea como objeto de búsqueda y de cuestionamiento (Miraux, 2005), pero al apelar a acontecimientos que le son ajenos al propio recorrido vital y con los cuales se relaciona como testigo, el proyecto de escritura deviene testimonial, se conforma como memoria. La escritura se desplaza hacia otro registro y se vuelve crónica de un tiempo y de un espacio en el que se sitúa el sujeto, en diálogo con otro. Esto se produce con el ingreso, por una parte, de los relatos de los familiares que reconstruyen la vida del sujeto narrador, y, por otra, con el relato de hechos protagonizados por diferentes personajes del pueblo o de familia y de los cuales el sujeto de la narración ha sido testigo. Esa memoria, como lo señala Onega, se transmite intergeneracionalmente, y configurada como voz autobiográfica con acentos colectivos puede “dar razón de un mito de origen, una genealogía, un devenir, y defender por lo tanto unas condiciones de existencia” (Arfuch, 2010, p. 80). Lo histórico-social y lo político se entrecruzan con lo subjetivo y familiar, señalando espacios y territorios que en elipsis marcan el desplazamiento migratorio de origen, la herencia y los mandatos que eso significa:

A los dos meses de mi nacimiento lo derrocaron a Yrigoyen, pero para nosotros siguieron vivas sus glorias y desdichas, porque se hablaba de ellas y nuestros padres quisieron que nosotros las conociéramos. En otras casas se contaban otras y similares historias, de la nieve, de los ciclones, del paese y de la aldea, del barco, de sus familias, de las cosechas, de la sequía, de los despojos, de las guerras y se contaban y se contaban y por eso duraron y mis coetáneos las recuerdan y se las pueden contar a sus hijos y a sus nietos (Onega, 1999, p. 21).

Esta persistencia de la memoria en el soporte de los relatos conforma “una poderosa maquinaria que […] protege de la inquietud provocada por la indeterminación esencial de nuestro presente y nuestra presencia, por el presentimiento de que tal vez el yo […] sea […] un imperceptible y demoledor olvido” (Giordano, 2006, p. 181). Huellas y fragmentos de espacios y territorios habitados e imaginados, olvidados y recordados.

2. Espacios y territorios

En Cuando el tiempo era otro la casa familiar se configura como generadora del relato y deviene central en la cartografía discursiva y narrativa al asumir múltiples valores, en cuanto, como observa Bachelard, es “la síntesis de lo inmemorial y del recuerdo” (2012, p. 35). Es el espacio familiar, privado, doméstico, controlado por la madre y diferenciado del almacén, con el cual se interconecta y en donde la autoridad absoluta recae sobre el padre, pero cuya ley impera incluso también en el ámbito doméstico según principios de orden patriarcal. Ambos espacios, el privado y el público, el cerrado y el abierto, el interno y el externo, representados por la casa y por el almacén –aun estando unidos en forma dialéctica y formando parte del “territorio” de la misma familia– debían mantenerse separados, por lo que el almacén, definido desde el trabajo del padre, no podía ser invadido por los niños, bajo pena de castigo por tal “atrevimiento” (Onega, 1999, p. 108). Pese a esta frontera y a las normas impuestas por el padre, en el tránsito entre esos espacios transcurren el aprendizaje, la socialización, la diversión y el cuidado de los niños. En ese territorio fronterizo y de desplazamientos, entre la cocina y el almacén, se produce el encuentro de la narradora con la escritura, evidenciando en esa localización la particularidad de dicha práctica. El espacio fronterizo de la casa-almacén y la escritura comparten caracterizaciones que se sobreponen: el “estar entre”, la movilidad y el vaivén entre lo público y lo privado. En la descripción de dichos espacios se señala la conexión con los afectos y las emociones, concebidas estas como “prácticas sociales y culturales” (Ahmed, 2004):

En Acebal los chicos nos movíamos en los reinos paterno y materno con holgura y libertad; ora en los depósitos y pasillos rectilíneos dejados por las estanterías colmadas del almacén que nos brindaban cuevas y desfiladeros, ora en la cocina, centro del sistema casero y tan nuestra como de mi madre. Mi madre me enseñó a escribir entre esa cocina y ese almacén (Onega, 1999, p. 73).

En cuanto la casa no es un inmueble heredado y, por lo tanto, no pertenece a la familia desde generaciones, esta condición remite, por una parte, al desplazamiento original del núcleo familiar, es decir, la “no-pertenencia” a Acebal, ya que el padre es un inmigrante español y la madre, una criolla que proviene de otro pueblo, y, por otra parte, en oposición con lo anterior, la voluntad de arraigarse, de integrarse, de pertenecer a ese territorio y a su historia. Es, entonces, estructura visible de un proyecto familiar entrelazado, sea con el nacimiento del sujeto que narra y recupera dicha memoria, sea con la historia del pueblo y de la zona, declinada desde el fenómeno de la inmigración interna y transoceánica. La casa se instaura en una cartografía en la que se inscriben una organización socio-económica y una serie de transformaciones culturales derivadas de la apropiación del territorio a través de la fundación de colonias y pueblos y de la instauración de líneas ferroviarias, todos factores que impusieron una modernidad provincial y periférica. El pueblo, en el imaginario de los inmigrantes, representa la concretización de América, lugar mítico, de fronteras desdibujadas y sin Estados modernos nacionales, que se configura desde la abundancia, esto es, como horizonte utópico de reivindicaciones y rescates sociales e individuales. América, desde esta perspectiva, se identifica con una nueva Arcadia, con la tierra prometida de quienes han tenido que abandonar una patria y buscan una nueva, reactualizando símbolos e imágenes provenientes de diferentes tradiciones y culturas: el Éxodo 3, 7-8, el poema Trabajos y días (Ἔργα καὶ Ἡμέραι) de Hesíodo, Thule, el País de la Cucaña y Eldorado, entre otros lugares imaginarios (Eco, 2013; Ferrari, 2007). En la descripción de este territorio imaginado en el cual la casa se asienta se caracteriza, además, a la inmigración en cadena y se señala la voluntad de integración, conectándose el horizonte ideológico con las realizaciones históricas. Estos hechos marcan el inicio del relato, tanto de la historia individual como familiar y comunitaria, en un desplazamiento elíptico que reconstruye un recorrido nacional con un movimiento expansivo. Así, refiriéndose al tiempo incierto de fundación familiar en Acebal, remite a

… una época anterior a aquella, cuando pasó el ferrocarril, hasta que no pasaron sino que llegaron y se quedaron los inmigrantes y llamaron a sus hermanos y primos para que vinieran a América. Muchos no sabían que Acebal también era América, ni que Santa Fe estaba en la Argentina, que era esta de aquí, la nuestra, y no la de Nuevo México de América la otra; pero la cuestión es que vinieron y construyeron o alquilaron casas para que nacieran sus hijos (Onega, 1999, p. 13).

El pueblo se configura y estructura en varios espacios que van marcando las diferentes prácticas socio-culturales de la comunidad. En la narración de anécdotas vinculadas con la propia infancia, ingresan lugares heterogéneos e interconectados: el rancho de una vieja gringa de una colonia, que trabajaba como curandera y explicaba los remedios intercalando palabras en italiano y español, en una interlengua formada en la oralidad; las casas de los tíos y primos, con sus cocinas acogedoras y los patios propicios para los juegos, como lo eran también las calles de tierra, las zanjas y las veredas; la biblioteca pública como espacio institucional que ingresa, a través de los numerosos libros tomados en préstamo, a la casa familiar. La libertad del juego y el aprendizaje que de este deriva expanden el espacio del pueblo, rompiendo sus límites físicos y señalando la quietud de la comunidad, que presenta un rostro conocido, protector, cerrado. Ese espacio, a través de los cuentos de hadas que contaba la Chonchona Corvalán, prima de la madre, a los primos y sobrinos pequeños en las reuniones familiares, adquiría una dimensión mágica, extendiendo aún más sus límites, ampliándolos a otra “realidad” sin la marca de la extrañeidad. Desde la perspectiva de la infancia, estos cuentos se articulaban desde lo maravilloso, con su mirada “próxima y entrañable” (Onega, 1999, p. 132), mientras que el juicio de los adultos los estigmatizaban desde la locura:

… los torreones, los castillos y princesas se sucedían unos a otros como si estuviéramos en alguna aldea exótica y brumosa y no en un pueblo cuadriculado a lo largo de las vías y enfrente de la estación y del elevador de granos (Onega, 1999, p. 132).

En el capítulo “Jubilación a la suiza”, en el que son descriptos los espacios “visibles” de socialización cotidiana de Acebal, la atención se centra principalmente en “el Suizo”, un forastero que llegó al pueblo, cuyo nombre se desconocía y del cual, “a pesar de que el pueblo era tan chico, yo no sabía dónde vivía ni dónde trabajaba. No parecía tener ningún comercio, almacén o tienda, ni chacra, ni herrería, ni talabartería como los otros hombres del pueblo” (Onega, 1999, p. 137). Al final de este capítulo se aclara este misterio, poniendo en evidencia otro lugar social del pueblo, “no visible” o “invisibilizado”, que se une a los paseos visibles, mostrando en esa diferenciación la escala moral y la reputación de las apariencias. El sujeto de la narración, desde la mirada de la infancia filtrada por la perspectiva adulta, indica que los principales paseos o lugares de socialización, como en todos los pueblos de la pampa gringa, eran la plaza, la estación y el boulevard, “lugares repetidos y seguros de reunión adonde se encontraban grandes y chicos. Solo cambiaba la hora de los encuentros” (Onega, 1999, p. 135). Mientras la plaza estaba reservada a los juegos de los niños y a los paseos de los jóvenes enamorados y la estación anunciaba la novedad del tren con sus horarios fijos, el boulevard, en cambio, representaba, para la mirada de la niña, el espacio más cosmopolita y prometedor, en ese pueblo de la llanura gringa, con sus varios negocios en sus cinco cuadras, “dos cafés, el club, un par de heladerías, una tienda, muchos almacenes y dos surtidores de la Shell y de YPF” (Onega, 1999, p. 135). Para la niña, el boulevard era la manifestación del ingreso de la modernidad, evidente en la actividad comercial. Es interesante observar que el carácter cosmopolita y prometedor es dado al boulevard y no a la red de colonias con las que se vinculaba el pueblo, conformadas por chacareros italianos, arrendatarios y subarrendatarios.

Los colonos se integran a la actividad social del pueblo no solamente por la economía, sino también por la presencia de sus hijos en la escuela, por la participación de las familias en la misa dominical y por las compras realizadas en los negocios, especialmente en el almacén del padre de la narradora. El mundo rural es visualizado como signo del destino argentino de los colonos y el paisaje de dicho mundo, que forma parte del “granero del mundo”, es descripto atendiendo a la diversidad de su flora y fauna. Se trata de un paisaje articulado entre lo salvaje y lo aculturado, es decir, entre lo autóctono y lo que deriva del trabajo del hombre. Su multiplicidad complejiza la imagen superficial devenida estereotipo de la llanura como desierto vacío y que proviene de sujetos que no pertenecen al territorio y que limitan la complejidad y la extrañeidad con esa caracterización. En la descripción de la “variedad en el vacío” (Onega, 1999, p. 147) se manifiesta la emotividad de quien vive ese espacio como propio y lo reconoce en sus detalles, en su “diferencia”, en su multiplicidad y riqueza. Esa emotividad está vinculada con la memoria, pues remite a los viajes realizados con el padre, a los que llamaba “largos recorridos instructivos” (Onega, 1999, p. 147). El desplazamiento del pueblo a las colonias era vivido como un viaje, no tanto por la movilidad sino sobre todo en cuanto experiencia hermenéutica, de encuentro con una alteridad cercana y con un espacio del cual era posible aprender y necesario conocer en su completa realidad:

Eran esos mis viajes de aprendizaje en los que el ojo se va acostumbrando a apreciar las mínimas variaciones que un habitante de paisajes más amenos no ve; el ojo se hace diestro en distinguir las mínimas variaciones y todas las posibilidades que encierra ese vacío de la llanura que está lleno de pastos, hierbas, trigos, lino, de alfalfa, de maíz y de girasoles alertas. […]. Y el vacío sigue llenándose y ocupándose por otras criaturas que divisamos correr o arrastrarse por el camino (Onega, 1999, p. 147).

En contraposición, la ciudad de Rosario significa el desprendimiento de la realidad del pueblo y el ingreso a un mundo en el cual las relaciones sociales y las dimensiones de los espacios se reducen. La inmigración interna señala el desplazamiento del pueblo a la ciudad, la movilidad desde una realidad rural a una urbana, las limitaciones del mundo del pueblo que, pese a algunos signos dispersos de modernidad, se encuentra aquejado por los males de las periferias. La madre no logra, al inicio, adaptarse al departamento, “casa ajena […] sin jardín, sin ventanas, donde no cabía nada” (Onega, 1999, p. 226), ni a la nueva cotidianeidad. La percepción del espacio signa, por una parte, los límites de un mundo simbólico, social y cultural que antes era abierto y seguro y, por otra, denota uno nuevo, con reglas diferentes en donde prima, en la multitud y tras los muros, el anonimato: “Se habían terminado las desmesuras. […] el cielo era un rectángulo, el horizonte había desaparecido porque se levantaron las paredes y lo taparon” (Onega, 1999, pp. 225-226). Este cambio familiar, si bien se debe a la necesidad de acompañar de cerca a los hijos en los estudios, evitando que vivan como internos en los colegios, con todas las privaciones que sufrían, se realiza siguiendo exclusivamente las decisiones tomadas en forma unilateral por el padre, sin intervención de la madre. El padre, según el recuerdo, por estas razones era definido como un déspota por la madre, quien se sentía ultrajada. Además de marcar los roles intrafamiliares de la madre y del padre, con autoridades desparejas, se denota la representación identitaria del padre, no solo como hombre sino también como inmigrante, incapaz de “admitir la debilidad y el llanto” (Onega, 1999, p. 227). Sobre las relaciones entre la madre y el padre, la narradora explica lo que entonces, siendo niña, no lograba descifrar: “Me llevó muchos años comprender que para José, Teresita era una menor sin estatuto de persona a quien se respeta y se consulta, porque seguramente no puede resolver nada, y Teresita, enceguecida por este tratamiento del que era consciente” (Onega, 1999, p. 226).

Desde la distancia y estando en la ciudad, la casa familiar en el pueblo asume con mayor fuerza valores marcados por la nostalgia y la ausencia. Es importante señalar que la casa, en cuanto símbolo y figura arquetípica, expresa “l’esperienza di un centro vitale, un nucleo di stabilità e libertà in cui si può essere pienamente sé stessi” (Ronnberg y Martin, 2011, p. 556), y su pérdida indica una ruptura identitaria, la instauración de un “senso di vuoto e di desiderio” (Ronnberg y Martin, 2011, p. 556). Por ello, el pueblo y la casa de la primera infancia se fijan en una dimensión inmemorial e inmóvil (Bachelard, 2012, p. 36) y el valor de lo irreversible por la nostalgia signa el deseo de un regreso que no puede cumplirse (Prete, 2018), pues la lejanía que se crea no es solo espacial sino sobre todo vivencial, marcada por el tiempo. Así, el tiempo deviene otro, inasible, distante, diferente, y las configuraciones identitarias necesariamente se reacomodan y resignifican a ese tiempo otro para articular el proceso de conformación de subjetividades.

3. El tiempo de la infancia

En Cuando el tiempo era otro, la infancia en un pueblo de la pampa gringa es el eje de la narración con la que se procura recuperar los recuerdos, la mirada de la niñez y la rêverie infantil en cuanto es con ella que se vive la libertad (Bachelard, 1972). Es, entonces, el relato de un mundo y de sus diversas facetas, que se descubre y que va revelando intereses constantes, como el de la escritura y el de la observación. La memoria individual se une a la melancolía histórica por el pasado colectivo, las circunstancias y los hechos cotidianos, y ambas, memoria individual y melancolía histórica, encuentran en los tiempos de la infancia una clave de lectura, interpretación y narración (Orlando, 1966).

La identidad del sujeto en la infancia se va construyendo a partir de referencias de familiares de la Argentina y Galicia, por contacto directo o diferido a través de los relatos, de tal forma que la narración, en la presentación de las estirpes, no solo muestra una genealogía sino que resulta también metagenealogía, palabra terapéutica en el proceso de clarificación del árbol genealógico (Jodorowsky y Costa, 2011).

El cuerpo asume en esta etapa una centralidad fundacional, incluso cuando indica situaciones cuyas referencias son indirectas, como el ahogo del parto, o enfermedades de las cuales se conserva el recuerdo no mediado por relatos, como las infecciones intestinales o las crisis por la tos convulsa, que “dejó huellas en mi cuerpo y en mi alma, porque todavía el ahogo aparece angustiante en las pesadillas” (Onega, 1999, p. 57). La relación con los alimentos es otro núcleo de los recuerdos infantiles, tensionada entre la inapetencia, los cuidados de los padres, la cercanía con sus cuerpos. De esta memoria paradójicamente conserva como adulta “el placer de la cocina materna cuyas recetas heredé en hojas escritas por mi madre y en un antiquísimo recetario de Royal y que sigo preparando con el mismo fervor” (Onega, 1999, pp. 64-65).

El encuentro con la escritura constituye un momento definitorio y de escisión, que permite desprenderse de la dependencia de la oralidad para disfrutar de la lectura silenciosa y de la escritura de los cuentos, es decir, un espacio diferente de la realidad, inscripto en la imaginación que confiere libertad en la creación, protagonismo e independencia. Sin embargo, desde la mirada adulta, el afán por la escritura y el deseo del aprendizaje se perciben como desencanto y pérdida, debido a la destrucción que comportaban “la idealización y la fantasía romántica sobre la creación” (Onega, 1999, p. 78). En el capítulo dedicado a los libros rememora las lecturas, la fascinación por los mundos imaginarios y el reconocimiento de una moral rígida basada en la oposición entre el bien y el mal, en la implementación de castigos, especialmente en la Divina comedia, que era su libro favorito aun cuando no se tratase de literatura infantil. Es interesante señalar que hay dos capítulos dedicados a los castigos de la madre y del padre, respectivamente, por lo que se remite, por una parte, a la des-idealización de la infancia y de los padres y, por otra, a la búsqueda de una sanación, de “cierto grado de indulgencia y […] rasgos de humor” (Onega, 1999, p. 107). En la dificultad de enfrentar la autoridad paterna, la narradora explica el distanciamiento de los hijos, cuyo germen se encuentra ya en la infancia. Más que los castigos físicos, que eran sobre todo impartidos por la madre, “frecuentes, leves, repentinos y conversados” (Onega, 1999, p. 102), del padre recuerda el temor que infundían las miradas, las palabras y los tonos que usaba. La narración trata de contribuir a la cura de este trauma que nace en la infancia, sobre todo por los castigos paternos, o, al menos, de verbalizarlo para desmontar la remoción y el olvido:

Había frases en las que yo sentía entonces y durante muchos años sentí que él ponía todo su desprecio. ¿Por qué tuvieron para mí ese valor terrible y lapidario? No lo sé, pero eran palabras que me hirieron por años, cuando era niña y cuando ya no era niña y que recién pude decir en voz alta y no solo sentirlas y pensarlas con dolor, cuando uno de mis sobrinos, hijo de mi hermano, las decía caricaturizando certeramente al abuelo, captando lo cómico del acento del abuelo gallego (Onega, 1999, p. 111).

En el mundo de la infancia también ingresan el conocimiento del cuerpo y de la sexualidad a través de la masturbación (“Detrás de la vidriera mojada”) y de los juegos (“El silencio y la palabra”), aprendizaje favorecido por la “libertad de un pueblo sin peligros, las correrías por patios, campitos y montes y por las orillas y por las chacras donde también pasábamos temporadas” (Onega, 1999, p. 128). Es una libertad virtual, en la cual se manifiesta una “animalidad” y una corporalidad inquietantes que suprimen la distancia entre los cuerpos (Schérer y Hocquenghem, 1979). En ese período de formación también son importantes los primeros amores o novios, tutelados en ambientes familiares y no perturbadores como los vinculados con la sexualidad y el conocimiento del cuerpo.

Las fiestas ocupaban un lugar central en el tiempo y en los espacios de la infancia, se tratara de romerías españolas, celebraciones en la Sociedad Italiana, actos en la escuela, Día de Reyes, la celebración de la primera comunión o cumpleaños de muñecas, entre otras. El rito celebrativo, por ejemplo, para el día de los Reyes Magos es narrado y descripto en sus detalles según las creencias infantiles, pero también se presenta a partir de la revelación del misterio y la pérdida de la ilusión, sea con el descubrimiento de la verdadera identidad de quienes dejaban los regalos, sea por la decisión del padre de destinar el dinero regalado al ahorro, impidiendo que los niños dispusieran de este. Es esto el mayor quiebre de la ilusión vinculada con esta fiesta, que signa una sombra más en la infancia por la autoridad y el accionar de la figura patriarcal.

Las cuestiones políticas también son observadas desde la mirada de la infancia, con la agudeza del adulto y la inocencia del niño que desenmascara y denuncia, particularmente la violencia y las contradicciones de los adultos. Desde la atenta observación infantil, se describe humorísticamente el histrionismo de los fascistas, la repetición de los gestos tendientes a la conformación de tradiciones (en los capítulos “De cómo un sastre quiso ganar una guerra dejándose la barba” y “De cómo la hija de los Onega llegó a cantar la Giovinezza”), la exaltación y el fanatismo, pero también se descubre la agresividad y la prepotencia, el temor, la represión, la violencia sorda percibida incluso por los niños.

El espacio escolar es presentado en tres modalidades: la primera, en el pueblo, donde concurrían con muchas dificultades los hijos de los colonos, pese a ser “fiscal, laica, gradual, gratuita y obligatoria” (Onega, 1999, p. 143); la segunda, como pupilos los hermanos mayores en Rosario, en dos colegios religiosos; la tercera, en esas mismas instituciones como alumnos externos, esta vez los tres hermanos, al trasladarse definitivamente la familia a la ciudad. El pasaje es traumático y vivido como un destierro, marcado por desaires, el anonimato y la sensación de inadecuación.

Cuando la familia se traslada a la ciudad de Rosario, la infancia sufre un quiebre: el mundo estable pierde su definición y se reconoce la propia alteridad y subalternidad. Frente a este trauma, los relatos que imagina la niña y que cuenta a sus nuevas compañeras ofrecen estabilidad identitaria, le confieren un sentido de adecuación y pertenencia, ordenan el caos de ese mundo nuevo y, a través del imaginismo, le permiten crear realidades, desarrollar una moral, es decir, acompañan y sostienen este nuevo tiempo de la infancia, en su formación y desarrollo (Jesualdo, 1982); en última instancia, colaboran en su integración a ese nuevo mundo como una “igual”. Esto lo explica en el siguiente pasaje:

En el hormiguero del colegio en que yo estaba metida, urdí el recurso de la invención de historias para las hormigas, mecanismo por el cual las hormigas dejaban de serlo y nos convertíamos en personas y en personajes. Menos mal que se me ocurrió eso, porque así no me sentía tan huérfana y desamparada. Todo era estar parada en la fila de hormigas y empezar a contarme historias de episodios extravagantes y cotidianos. […]; esa necesidad secreta de las historias me salvó del anonimato y persistió a través del tiempo. Esa necesidad de la nena que quería ser nena para no sentirse hormiga, y quería estar entre nenas de nombres y vidas conocidas, que reconocieran su propio nombre y su propia cara me llevó a gestar y parir mi real, propia e inventada historia (Onega, 1999, p. 238).

El desarraigo por la pérdida de la casa marca el fin de la evocación de la primera niñez, pues es el trauma que cierra el ciclo de la infancia en el pueblo natal, en la pampa gringa. Un nuevo sentido de pertenencia, sin embargo, se construye al año de asentarse en la ciudad, marcando una nueva etapa vital y cultural. La inmigración asume, en consecuencia, una valencia no solamente contextualizadora sino determinante tanto en el proceso narrativo como en el de (re)construcción identitaria.

4. Desplazamientos e inmigrantes

Como ya ha sido señalado, en Cuando el tiempo era otro la inmigración es determinante y constitutiva, pues desde el inicio este fenómeno histórico-social define tanto al pueblo como a la familia de la narradora, ya que ambos derivan y son consecuencia de los desplazamientos demográficos. Es también un fenómeno central en el ámbito cultural-artístico de Santa Fe, como señala Castelli, porque permite inaugurar la literatura regional, cuya temática se dirige a representar la inmigración (1998, p. 7).

El pueblo se estructura desde del proceso inmigratorio como un punto poblacional que vincula, por medio del ferrocarril, los campos cultivados por los colonos italianos con las grandes ciudades, Rosario y Buenos Aires. Se trata de una condición periférica y fronteriza declinada según la conformación demográfica compuesta por gringos y criollos, por una parte, y la producción económica basada en la agricultura, por otra, que determinó, a su vez, la condición de “aislamiento” de los agricultores, que, en la provincia de Santa Fe –especialmente en los primeros tiempos de los asentamientos de las colonias–, “debe haber sido indudablemente mayor del que prevalecía en regiones donde predominaba una agricultura mucho más intensiva” (Gallo, 2004, p. 249).

La modelización identitaria del pueblo pasa por el reconocimiento de la extranjería, de la cual se excluían a los criollos y a “los negros, que no entraban en los inventarios históricos sino en las crónicas domésticas” (Onega, 1999, p. 136). Esto señala la borradura simbólica de un grupo social y la negación de la totalidad constitutiva de la sociedad por el predominio de dos grupos, los criollos y los gringos (italianos y españoles), en una relación dialéctica. La imposición de una identidad homogénea y nacional es evidente en la escuela del pueblo, institución de formación regida por el proyecto político-cultural de la generación del 80, que buscaba argentinizar a los extranjeros, sosteniendo discursivamente el principio de igualdad y argentinidad, aun cuando en las prácticas y en las interrelaciones sociales se crearan desigualdades, marginación, exclusiones y condiciones de subalternidad. Las diferencias entre los niños de las colonias (prevalentemente tímidos) y los del pueblo evidencian formas de prejuicio y mecanismos de integración deficientes hasta el punto, en algunos casos, de impedir la asimilación y de frenar la movilidad social. La lengua constituye uno de los factores determinantes de exclusión y de reconocimiento de extranjeridad, por lo que el aprendizaje del idioma nacional puede derivar en el abandono o rechazo de la identidad de origen. La lengua materna, el italiano, deviene una marca, un estigma del cual avergonzarse:

Nosotros éramos argentinos y ellos gringos, nosotros hablábamos en castellano y ellos en extranjero. Más de la mitad del grado tenía otra lengua materna, la que hablaban sus padres en la colonia, pero este hecho no importaba, había que hablar castellano y el que no lo hacía o se quedaba mudo hasta que lo aprendiera o recibía la censura de la maestra y las burlas de parte de los pequeños pueblerinos. […]. Para desvalimiento de los chicos más lentos de la colonia, apenas uno de ellos hablaba bien la castilla se olvidaba de sus antiguos sufrimientos y se pasaba al bando de los argentinos triunfadores, que ya desde cuarto y quinto éramos la mayoría, no solo por esa precoz asimilación, sino porque los chicos de la colonia abandonaban pronto la enseñanza obligatoria para trabajar en la cosecha (Onega, 1999, pp. 143-144).

El relato ofrece una visión desmitificadora del proyecto de inmigración y colonización de la pampa en el capítulo “Los expulsados de la tierra”, en el que se narra con firmeza –“Yo los vi” (Onega, 1999, p. 149)– el encuentro con una familia obligada a dejar la tierra que había cultivado porque se les había terminado el contrato y quedaban desposeídos de todo: “No tienen casa, no tienen nada, solo lo que está arriba de ese carro, lo que pudieron cargar” (Onega, 1999, p. 149). El relato inserta la reflexión de la narradora adulta, tras el diálogo que la niña mantiene con su padre, testigos ambos del despojo, indicando que los discursos a favor de la emigración y los manuales no consignaban la posibilidad de este destino, sino que se incentivaban algunos valores para el rescate social en América. Esta lectura coincide con la de Gastón Gori en sus numerosos ensayos y en la novela El desierto tiene dueño (1958) y con lo que Onega había expuesto ya en su ensayo La inmigración en la literatura argentina (1880-1910):

Cuando los inmigrantes llegaron, la tierra ya tenía dueños y, si bien se fundaron algunas importantes colonias de propietarios, la mayoría de los extranjeros eran arrendatarios y puesteros de los enormes latifundios que existían de antiguo o de los nuevos que se formaron en las nuevas tierras arrebatadas a los indios. Estas tierras no sirvieron para el establecimiento de población sino para el enriquecimiento de jefes militares y de hombres del gobierno y para que las acapararan sociedades anónimas (1969, p. 17).

La inmigración es asimismo una marca que modela la vida y la casa familiar y, como tal, puede asumir valores negativos por las restricciones y el extremo ahorro que imponía el padre inmigrante (Onega, 1999, pp. 25, 100). El padre fracasó en su intento de imponer a sus hijos el hábito del ahorro siguiendo los valores del buen inmigrante, en cuanto tuvo preeminencia la diferencia identitaria, el hecho de que los hijos se sintieran predominantemente argentinos, desvinculados de la trasmisión intergeneracional de estos principios legados con la inmigración. Esta diferenciación entre los argentinos y los inmigrantes a partir del manejo del dinero y la adhesión o no al ahorro resulta una constante en producciones vinculadas con la inmigración incluso desde el siglo xix, y señala un genotexto definitorio de identidades de los sujetos culturales.

No obstante el rechazo a ese mandato, el reconocimiento de la estirpe paterna se instaura de manera omnipresente, y pese a la distancia, en la configuración identitaria de la narradora, quien declara: “Yo nací sabiendo que había un país llamado España” (Onega, 1999, p. 32), y que, aunque nunca haya visto a sus familiares de Galicia,

… siempre los conocí, siempre estuvieron entre nosotros y todavía rondan sus fantasmas en los que sobrevivimos, los primos, y tal vez alguna resonancia llegue todavía a algún hijo que alcanzó a escuchar las historias de aquella gente de la “casa da pena”, la casa natal de los Onega que nacieron antes que yo. Porque esta familia fue hecha de historias oídas y de papel garabateado en las cartas llegadas a las cansadas y leídas (Onega, 1999, p. 33).

La reconstrucción de la memoria familiar, en un intento de completar los silencios, perdura en el tiempo a través de un trabajo de recuperación de documentación oficial y de relatos orales marcados por la nostalgia. Así se entrecruzan en esta operación arqueológica y archivística diferentes registros y discursos, con soportes materiales y lenguajes diversos (Onega, 1999, p. 34). La casa paterna en Galicia se instaura como lugar mítico que signa un origen marcado por la magia, historias sangrientas, pobreza, analfabetismo, violencia política, seres fantásticos como las meigas y el lobishome, penuria, niebla. Esta familia, de estructura matriarcal, con sus mandatos e imposiciones, se figura en la memoria narrada como presencia cercana, herencia real que se concretiza simbólicamente, de tal modo que el sujeto de la narración al definirse lo hace en la articulación con las representaciones del espacio familiar de Galicia: “Hija de tierras de sol y de inviernos cortos, cuando niña me hacía repetir y repetir hasta llegar a figurármelos, los inviernos de mi familia de Galicia” (Onega, 1999, p. 37).

Esta cercanía y el reconocimiento identificatorio se desplazarán hacia el extrañamiento y la pérdida, cuando, de adulta, Onega viaje a Galicia a conocer la tierra de la abuela, ese “país que nunca conocí, porque cuando fui ya había desaparecido y era otro” (Onega, 1999, p. 36). El mandato del regreso en nombre de su padre fracasa, demostrando la imposibilidad del retorno y la distancia que se impone; en otras palabras, la irreversibilidad de la inmigración, la configuración de la tierra de origen como una Ítaca a la cual nunca se retorna. El sujeto así se define desde un trauma, desde la ausencia, como emergencia y funcionamiento de una subjetividad, instancia discursiva ocupada por un Yo (Cros, 1997) signado por la memoria fragmentada, recuperada, narrada, imaginada.

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  1. Cursiva en el original.
  2. Cursiva en el original.


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