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El trabajo que nunca se termina: mujeres, trabajo doméstico y teletrabajo en la pandemia de COVID-19

Camila Pereira Abagaro, Roselia Arminda Rosales Flores y Mirella D´arc de Melo Cahú Arcoverde de Souza

Introducción

Previamente a la pandemia provocada por COVID-19, el trabajo femenino, en sus diversas configuraciones: de cuidado, doméstico, fuera del hogar, realizado en distintos espacios laborales –remunerado y no remunerado– revelaba las importantes desigualdades de género y dificultades enfrentadas por las mujeres en el mundo del trabajo en América Latina. Desde nuestra perspectiva, pensar el trabajo femenino necesariamente requiere contextualizar de manera histórico-crítica las condiciones materiales de vida de las mujeres y la forma en que el trabajo en el ámbito de la reproducción profundiza las disparidades.

Las desigualdades de género y sus consecuencias, respecto a las condiciones materiales de vida y al proceso salud-enfermedad-atención, además de la feminización del mundo del trabajo, han sido señaladas por distintos organismos internacionales e investigadoras/es de la temática en las últimas décadas (Abramo y Valenzuela, 2016; Ávila y Ferreira, 2014; Biroli, 2018; Chávez, 2010; Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2011; Cruz, Noriega y Garduño, 2003; Federici, 2019; López, Findling y Abramzón, 2006; Mazzei, 2004; Oliveira, 1991; Organización Internacional del Trabajo, 1996; Organización Mundial de la Salud, 2018; Organización Panamericana de la Salud, 2008; Rodríguez y Cooper, 2005; Saffioti, 2017 y Sorj, 2009). En el año en curso, OXFAM publicó el documento “Tiempo para el cuidado. El trabajo de cuidados y la crisis global de desigualdad”, en el cual se señalan las profundas desigualdades económicas y de género persistentes, experimentadas por mujeres y niñas en escala global:

En 2019, los 2153 milmillonarios que hay en el mundo poseían más riqueza que 4600 millones de personas. Esta enorme brecha es consecuencia de un sistema económico fallido y sexista que valora más la riqueza de una élite privilegiada, en su mayoría hombres, que los miles de millones de horas del esencial trabajo de cuidados no remunerado o mal remunerado que llevan a cabo fundamentalmente mujeres y niñas en todo el mundo. Cuidar de los demás, cocinar, limpiar y recoger agua y leña son tareas diarias esenciales para el bienestar de la sociedad, las comunidades y la economía. La pesada y desigual responsabilidad del trabajo de cuidados que recae sobre las mujeres perpetúa tanto las desigualdades económicas como la desigualdad de género (Lawson et al. 2020).

Históricamente, a las mujeres se les ha otorgado un rol en el ámbito de la reproducción social (Chávez, 2010). Empero, el trabajo doméstico, de cuidado y crianza es invisibilizado y, consecuentemente, no remunerado y tampoco reconocido socialmente. Biroli indica:

La distinción entre trabajo remunerado y no remunerado es, así, un punto central. El trabajo que las mujeres proveen sin remuneración, como aquel que está implicado en la crianza de los hijos en el cotidiano de las actividades domésticas, deja a los hombres libres para comprometerse en el trabajo remunerado. Son ellas apenas que proveen ese tipo de trabajo gratuitamente (…) (2018, p. 28).

Es necesario recordar que ese trabajo de reproducción es esencial para el desarrollo de la sociedad en la cual vivimos, una sociedad históricamente determinada como es la capitalista. Nuestra comprensión del trabajo no se circunscribe a la actividad que se desarrolla fuera del hogar, sino que estamos de acuerdo con Bhattacharya:

Pero la clase trabajadora no solo trabaja en su lugar de trabajo. Una mujer trabajadora también duerme en su casa, sus hijos juegan en el parque público y van a la escuela local, y algunas veces le pide ayuda a su madre retirada para cocinar. En otras palabras, las principales funciones que reproducen a la clase trabajadora ocurren fuera del lugar de trabajo. ¿Quién entiende mejor este proceso? El capitalismo. Esta es la razón por la cual el capitalismo ataca brutalmente la reproducción social para ganar la batalla en la producción. Es por eso que ataca los servicios públicos, empuja la carga del cuidado hacia familias individuales, reduce el cuidado social para hacer que toda la clase trabajadora sea vulnerable y menos capaz de resistir sus ataques en el lugar de trabajo (2013, p. 7).

Asimismo, en el capitalismo con sus etapas de crisis cada vez más frecuentes, la reconfiguración del sistema político y económico –que se ha expresado en políticas neoliberales, ajuste estructural, reestructuración productiva y flexibilización laboral (Cuéllar y Noriega, 1996; Harvey, 2009)– aunada al movimiento feminista generó cambios en la división social del trabajo, lo que permitió la incorporación de las mujeres a espacios laborales que antes habían sido exclusivos de los varones, y marcó una diferencia histórica en la que se fortaleció una nueva división técnica y social del trabajo.

Si por un lado estos cambios son producto de la lucha de las mujeres por ejercer sus derechos fundamentales y ocupar espacios laborales –incluso muchas de ellas son jefas de hogar–, por el otro, perduran las desigualdades en las condiciones del trabajo femenino. La división sexual del trabajo es el telón de fondo de esas desigualdades, que repercutirán en distintos ámbitos de las vidas de las mujeres y abren paso para lo que se denomina como la doble jornada y sus efectos en la construcción de sus trayectorias:

El círculo vicioso de la desigualdad generada por la obligatoriedad social del trabajo doméstico, particularmente de cuidado, por parte de las mujeres, explica en gran medida la ausencia de las mujeres en la política y en la toma de decisiones en general (CEPAL, 2011).

La pandemia de COVID-19, aún en curso, ha puesto de manifiesto de manera vehemente esas desigualdades en las condiciones de trabajo y vida de las mujeres, tanto en el ámbito de la producción como en el de la reproducción social. Las demandas impuestas a las mujeres por la pandemia necesitan ser investigadas en profundidad, tomando en cuenta la conjunción de distintas situaciones experimentadas por ellas en ese contexto:

La pandemia del COVID-19 no es solo una cuestión sanitaria; sino que provoca una profunda conmoción en nuestras sociedades y economías. Además, las mujeres cargan con las labores de cuidados y respuesta frente a la crisis en curso. Todos los días, las mujeres –ya sea en la primera línea de respuesta o como profesionales de la salud, voluntarias comunitarias, gerentas de transporte y logística, científicas y muchas ocupaciones más– hacen aportes fundamentales para contener el brote. Asimismo, la mayoría de quienes prestan cuidados en los hogares y en nuestras comunidades son mujeres. Aún más, ellas corren un mayor riesgo de infección y de pérdida de sus medios de vida. Por último, la tendencia existente indica que, durante la crisis, hay un menor acceso a la salud sexual y reproductiva y un aumento de la violencia doméstica (Organización de las Naciones Unidas Mujeres, 2020).

En el presente ensayo se buscó elaborar una reflexión crítica acerca del trabajo realizado por mujeres que, en razón del aislamiento social/confinamiento suscitado por la pandemia de COVID-19, se vieron en la necesidad de ejecutar su actividad laboral en configuración de teletrabajo, específicamente de home office,[1] al cual se sumaron las demandas del trabajo doméstico y crianza/cuidado de niñas/os, enfermas/os y adultas/os mayores en sus hogares.

Consideramos necesario precisar que, con tal finalidad, se retomaron como puntos de partida: el método marxiano (Marx, 2006 [1968]), la teoría de la reproducción social (Bhattacharia, 2013) y la Salud Colectiva latinoamericana (Abagaro et al., 2019). Se realizó revisión bibliográfica y documental, además de contenidos publicados en medios de comunicación electrónicos acerca del tema. Aunque esa situación ha sido mencionada por algunos medios, se requiere generar investigaciones y profundizar la discusión una vez que las repercusiones de las desigualdades de género en el contexto de la crisis sanitaria –tanto en el ámbito de la producción como en el de la reproducción social– posiblemente se constituirá en fuente de sufrimiento físico y psíquico para las mujeres de nuestra región e impactará en su proceso salud-enfermedad-atención.

Elementos del trabajo de las mujeres en la pandemia de COVID-19

La pandemia provocada por COVID-19 y la emergencia sanitaria en distintos países, específicamente en nuestra región, América Latina (Lima et al., 2020), impacta de manera devastadora en la clase trabajadora que ya padecía las consecuencias de la crisis del sistema capitalista desde mediados de los setenta (Abagaro y Cuéllar, 2019; Antunes, 2020) y profundizada en 2008 (Dardot y Laval, 2016). Sumado a ello, en razón de la pandemia se desvanece la separación entre el ámbito público y privado de la vida cotidiana y parecen profundizarse las desigualdades de género en medio de la crisis sanitaria.

En ese escenario, llama la atención la situación de las mujeres que, además de laborar a través de plataformas digitales –en la configuración del home office/teletrabajo–, experimentan un sustancial incremento de tareas en la esfera de la reproducción, lo que ha potenciado las desigualdades en la ejecución del trabajo doméstico en la pandemia (Centro de Investigaciones y Estudios de Género UNAM, 2020). Precisamente, es en ese contexto que recae mayormente sobre las mujeres toda la clase de tareas domésticas, la crianza de niñas/os y cuidados de enfermas/os y/o adultas/os mayores a causa de la necesidad de aislamiento social/confinamiento (Unidiversidad, 2020).

La investigación “Mujer y trabajo remoto durante la COVID-19”, realizada por la Universidad de Navarra, arroja informaciones que posibilitan acercarnos a la situación de las mujeres y la ejecución de las tareas domésticas durante a la pandemia:

El mencionado estudio refleja que las mujeres encuestadas fueron interrumpidas en su trabajo por cuestiones familiares –principalmente atender a hijas/os y dependientes– en un 20% más que los hombres. Asimismo tuvieron un 9% más de interrupciones en los asuntos familiares a causa del trabajo. También muestra que las mujeres han tenido un 20% más de fatiga que los hombres, entendiendo esta como “la disminución temporal de la eficiencia mental y física, debida a la presión externa a la que la persona se encuentra sometida”; y han sufrido estrés en un 16% más, definiendo estrés como “un estado de cansancio mental provocado por exigencias de rendimiento que suele provocar diversos trastornos físicos y mentales”. Cuando se habla del teletrabajo o home office, se hace referencia a las ventajas de este, por ejemplo el ahorro en tiempo de traslado y menos estrés por el tráfico. En el caso de las mujeres, sin embargo, al incremento en el gasto de servicios en casa, se suma el tener que malabarear entre el trabajo y las tareas domésticas, las cuales han sido históricamente relegadas a las mujeres de manera no remunerada (Vega, 2020, p. 1).

En dirección similar, el estudio “El trabajo remoto/home office en el contexto de la COVID-19” realizado por la Universidade Federal de Paraná señala que “(…) las mujeres, debido al acúmulo de tareas domésticas y de cuidado de los hijos, son más interrumpidas durante sus jornadas de trabajo y necesitan de más días para realizar las mismas actividades que sus colegas hombres” (Bridi et al., 2020, p. 3).

Como se observa, el trabajo doméstico, la crianza y/o cuidados y el home office/teletrabajo experimentados por las mujeres en la pandemia conforman lo que se ha denominado “triple jornada” (Bustos, 2020). Además, la cuarentena las obliga a realizarla simultáneamente y en el mismo espacio físico. Es posible señalar algunas de esas tareas: la higiene y preparación de los alimentos; la limpieza del hogar (anteriormente pudo ser realizada por otras mujeres, de manera remunerada, que durante el confinamiento obligatorio no pudieron acudir a sus lugares de trabajo); crianza y educación de hijas/os; cuidado de enfermas/os y de adultas/os mayores; además de la labor que provee sus ingresos, antes desarrollada en sus espacios laborales.

El home office/teletrabajo realizado durante la pandemia genera exigencias que requieren mayor atención, como resolver problemas en solitario y el constante esfuerzo por coordinar los tiempos, lo que aumenta la intensidad y el esfuerzo físico y mental para mantener los ritmos de trabajo. Sumado a ello, se incrementa la carga/demanda laboral del trabajo doméstico, la crianza de niñas/os y cuidados de enfermas/os y adultas/os mayores. Y es así que se mezclan los espacios: donde antes se recuperaba la fuerza de trabajo, de descanso, de relajación –el espacio privado– hoy es el lugar en el cual las/os niñas/os deben llevar a cabo las tareas escolares y el juego, donde se cuida, se limpia y se realiza el trabajo remunerado, a través de tecnologías casi siempre desconocidas y sin el entrenamiento necesario para utilizarlas.

Asimismo, hay otros escenarios posibles experimentados por las mujeres en la crisis sanitaria, como la situación de las que quedaron desempleadas y sin ingresos, las que trabajan en el sector salud y en otros servicios esenciales (Bhattacharya, 2020).

Consideraciones acerca del home office/teletrabajo realizado por las mujeres en la pandemia

El enfrentamiento a la crisis sanitaria impuesto por el COVID-19 y la necesidad de aislamiento social terminó por impulsar una tendencia del uso de la fuerza de trabajo en home office para mantener el funcionamiento de las actividades empresariales e institucionales, con la realización de la actividad laboral en los hogares, lo que tiene impacto no solo en la organización del trabajo, sino también en el ámbito familiar. Tal situación produjo un fuerte aumento en el uso de medios de comunicación previamente disponibles, pero no siempre utilizados en diversos sectores económicos, como las reuniones por videoconferencia, comunicación por mensajería, aplicaciones de video e, incluso, compartir trabajos en las nubes virtuales.

La expresión teletrabajo ha sido utilizada como sinónimo de home office, no obstante, como forma de organización del trabajo, se puede decir que el home office es una modalidad de teletrabajo, así como los telecentros, telecottages, trabajo nómada o móvil, si se le suma el uso de herramientas de telecomunicaciones para su realización. En ese sentido, en el presente ensayo, nuestra reflexión está dirigida al caso específico de las trabajadoras que han sido desplazadas para realizar sus actividades laborales en sus hogares, dividiendo el espacio y el tiempo entre aspectos familiares y laborales.

A primera vista, pareciera que el teletrabajo o trabajo remoto se constituye en una posibilidad ventajosa de reorganización en el mundo del trabajo. No obstante, un examen detenido a esa forma de organización laboral evidencia, por ejemplo, el incremento de horas trabajadas en el hogar, puesto que su suma el trabajo de reproducción realizado por las mujeres en América Latina (CIEG UNAM, 2020; Romero, 2020). Ricardo Antunes advierte:

(…) el teletrabajo y/o home office, que utiliza otros espacios fuera de la empresa, como el ambiente doméstico, para realizar sus actividades laborales. Eso puede traer ventajas, como economía del tiempo en traslados, permitiendo una mejor división entre trabajo productivo y reproductivo, entre otros puntos positivos. Pero con frecuencia es, también, una puerta de entrada para la eliminación de derechos laborales y del aporte a la seguridad social que pagan las empresas, además de permitir la intensificación de la doble jornada de trabajo, tanto el productivo como el reproductivo (sobre todo en el caso de las mujeres). Otra consecuencia negativa es la de incentivar el trabajo aislado, sin sociabilidad, desprovisto del convivio social y colectivo y sin representación sindical (2018, p. 37).

Asimismo, respecto al home office/teletrabajo en el contexto de la pandemia, el desplazamiento del lugar de trabajo al domicilio de la trabajadora, por un lado, posibilita la continuación de algunas actividades económicas y, por el otro, una menor exposición al SARS-CoV-2, ya que disminuye la posibilidad de contagio que el trasladarse al trabajo podría generar.

Sin embargo, Fonseca (2018) sintetiza que la realidad ha demostrado que el home office puede producir graves riesgos y malestares al impactar en los límites de la vida privada, generar una situación de aislamiento del/de la trabajador/a y, con ello, miedo al fracaso, a la pérdida de estatus y posibilidad de ascenso, desmovilización sindical, estrés y las consecuencias de la pérdida de control sobre la intensidad y el ritmo del trabajo. Se ha asociado a mecanismos de precarización, disminución salarial, explotación de minorías, dumping social con la incorporación de trabajadoras/es mal remuneradas/os de países con menor protección a los derechos laborales.

En razón de la distancia física y el monitoreo de las tareas, se generan nuevas formas de control de la fuerza de trabajo, como el que se realiza por medio de algoritmos, con la prescripción de rutas de trabajo y resultados que terminan por disminuir la autonomía al/a la trabajador/a en la realización de sus labores, lo que se podría caracterizar por “capitalismo de vigilancia” (Zuboff, 2018).

Aunado a lo anterior, Silva (2018) también nos advierte sobre la modificación de los aspectos relativos a la psicodinámica del reconocimiento. Esto se debe a que, ante la imposibilidad de gestionar físicamente el trabajo, se impone también la modificación de las formas de evaluación del desempeño, privilegiando su evaluación con criterios cuantitativos, lo que desencadena cambios respecto al fenómeno de reconocimiento por parte de la/del otra/o, tan necesario para adquirir satisfacción en la construcción de sentido del trabajo.

Un punto importante es que la percepción de este reconocimiento se concreta por la acción de los pares, no solo por la acción de los superiores jerárquicos; se construye por la valoración que emiten todas/os las/os que integran el lugar de trabajo. Una vez que este lugar fue trasladado al domicilio del/de la trabajador/a, resulta difícil la percepción de esta valoración, puesto que ya no contamos con la presencia de pares en ese proceso. Un rasgo central de la psicodinámica del reconocimiento “es su relación intrínseca con el colectivo de trabajo, es decir: dado que el reconocimiento implica el juicio del otro, de los pares, esto solo es posible cuando hay un colectivo de trabajo” (Lima, 2013, p. 352, citado por Silva, 2018).

Por otro lado, el home office implica acceso a la vida íntima del/de la trabajador/a que encuentra dificultades para tener espacio físico y tiempos propios, lo cual requiere una rigurosa disciplina para preservar el tiempo de no trabajo, ya que no existe una delimitación clara entre la jornada laboral y el tiempo libre. El/la trabajador/a termina por asumir la responsabilidad de organizar su trabajo, la administración de la demanda laboral y la relación entre esta demanda y las exigencias domésticas, de crianza y cuidado, además de la preocupación con su propia productividad y desempeño laboral.

No pretendemos afirmar que el/la trabajador/a no tenga, antes de realizar los servicios en home office, preocupación por esas cuestiones de demanda, empero la situación ocasionada por la pandemia y el cambio intempestivo pueden provocar que esta experiencia, sin que haya participado del proceso de elaboración de esta transformación de realidad del trabajo, sea aún más complicada. Asimismo, esa reorganización del trabajo genera preocupación en las/os trabajadoras/es para lograr adecuarse a las expectativas de resultado de la actividad laboral, solicitadas por el/la empleador/a; a ello se suman fenómenos como la recesión económica y el riesgo de desempleo.

Otro punto de fundamental importancia es que la necesidad de distanciamiento físico entre el individuo y la organización no se limita a modificar la ubicación de la prestación de los servicios, sino que separa al/la trabajador/a de un entorno destinado a las actividades profesionales, lo que reduce o casi anula el intercambio de experiencias con compañeras/os de trabajo, necesarias para la agregación y el sentido de pertenencia a una colectividad.

Respecto a la modificación de experiencias con compañeras/os de trabajo impuesta por el teletrabajo, Silva afirma que

El teletrabajo se inserta en la tendencia creciente (…) para sustituir las relaciones humanas personales y directas (que los sociólogos llaman “face to face“) por telerrelaciones, esto es, relaciones a la distancia, mediatizadas por las tecnologías de información y comunicación (la persona reemplazada por su “imagen” textual, sonora o visual en la máquina). Esta tendencia conlleva el peligro (…) de minar la propia noción de sociedad (de grupo, de comunidad, de empresa, etc.), como un conjunto de interacciones directas y reales entre seres humanos. Por otro lado, el teletrabajo puede tender a atenuar las tradicionales distinciones entre lo público (lo social) y lo privado (el hogar), el trabajo y el ocio, llevando al individuo a convertirse en una especie de “siervo” de los imperativos colectivos de la productividad “informacional” (2018, pp. 51-52).

En ese sentido, el/la trabajador/a también se ve impactado/a por la necesidad de ejecutar servicios en el espacio privado de la relación familiar, lo que impone la mitigación de las fronteras entre la intimidad y la vida profesional y los ajustes en forma de interacción no solo con el/la empleador/a, sino con otros miembros de la familia.

El home office/teletrabajo realizado de manera abrupta requiere que las/os trabajadoras/es, especialmente las mujeres, enfrenten, además de la ansiedad experimentada por todas/os debido a la pandemia, el impacto de la necesidad de adecuar el arreglo familiar, el trabajo doméstico, de crianza y cuidado, la imposición de horarios y límites para la interacción con los miembros de la familia, la necesidad de autogestión del trabajo y adecuación de la jornada laboral.

La pandemia de COVID-19 y sus posibles impactos en la salud de las mujeres

El estudio del proceso de salud-enfermedad-atención tomando como presupuestos los elementos que se han delineado anteriormente permite identificar su determinación social. Las diferencias en las condiciones de vida materiales y no materiales se potencian por las desigualdades de género y se expresan en los perfiles patológicos de las mujeres, relacionados al estrés físico y mental generados por la doble/triple jornada laboral, además de su rol de cuidadoras establecido por la división sexual del trabajo (Llobet et al., 2008).

Por un lado, se ubican los daños a la salud que están presentes como causa de enfermedades laborales a las que se denominan enfermedades crónico-degenerativas o las enfermedades que se relacionan con el síndrome cardiometabólico (Laurell, 1982). Estas enfermedades (hipertensión arterial, la diabetes mellitus, las cardiopatías) son algunas de las principales causas de muerte en América Latina.

Tales padecimientos también están relacionados con el estrés, trastornos del sueño y fatiga, síndrome de burnout y las alteraciones que se dan a partir de su presencia permanente. Durante la pandemia, las exigencias laborales se han visto intensificadas (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, 2020) como consecuencia de la actividad que las/os trabajadoras/es desarrollan y de las formas de organización del trabajo: la jornada, la rotación de turnos, el trabajo estático o dinámico, el trabajo nocturno, el ritmo intenso, la supervisión (Noriega y Villegas, 1989).

En esa dimensión, se hace hincapié en las diferencias por género, específicamente considerando la situación experimentada por las mujeres en la pandemia, con el incremento del trabajo doméstico, de crianza y cuidados, aunado al tiempo de trabajo en la modalidad de home office/teletrabajo. Tal situación, de acuerdo con lo revisado en el presente ensayo, se tradujo en una intensificación de las demandas hacia las mujeres, triplicando la jornada diaria. La mayor exposición a tales exigencias puede producir, en razón de la imposición de ritmos intensos de trabajo, padecimientos relacionados con la salud del/de la trabajador/a. Se ha demostrado (Haro et al., 2007) que, al alcanzar o rebasar las 60 horas a la semana, se observa disminución en el desempeño y eficiencia en el trabajo, errores y accidentes en las actividades laborales, aumento en síntomas de fatiga, disminución de horas dedicadas a dormir (menos de cuatro horas), lo que se asocia a enfermedades cardiometabólicas.

La cantidad e intensidad de trabajo se vincula con estos procesos y se potencia con la pandemia, pero también con otros fenómenos, especialmente en mujeres: el desempleo, la mayor probabilidad de insertarse en el trabajo informal, la precarización laboral, la alta participación femenina en el sector salud y en otros servicios esenciales, el menor acceso al home office/teletrabajo, la sobrecarga de tareas de crianza y cuidado (Bhattacharya, 2020; Rodríguez, 2020). En un estudio realizado en una unidad educativa (Torres, 2020) se encontró que las mujeres sufren de fatiga casi cuatro veces más que los varones. Entre los factores que evidenciaron es que el cansancio es mayor por la combinación del aumento de la carga laboral académica en línea y el trabajo doméstico, es decir, las mujeres al invertir más del doble del tiempo que los varones en el trabajo doméstico: preparación de alimentos, cuidado de niñas/os y/o familiares dependientes (Rodríguez, 2020), producen enfermedades relacionadas con la fatiga, el estrés y el síndrome de burnout (Rivera, 1997).

Asimismo, en las circunstancias de la pandemia, la velocidad en la reorganización e implementación de las actividades laborales no permitió que las/os trabajadoras/es hicieran las modificaciones necesarias respecto al espacio físico, privado y ergonómico para disminuir la exposición de riesgos. Considerar ello es importante porque la mayor parte del trabajo se realiza frente al computador, lo que implica movimientos pequeños y repetitivos de manos, lo cual puede estar asociado a padecimientos en el sistema osteo-muscular, y un mayor número de horas frente a pantalla, con consecuencias en la visión.

Por otro lado, están las particularidades de la forma en que se construye la vida no material. En esta dimensión se mira la subjetividad de los sujetos, tanto colectivos como individuales, que se expresa en el cuerpo biológico y psíquico. Es importante subrayarlo porque la ausencia de su revisión, especialmente en el momento actual con la profunda crisis del modo de producción capitalista, a la cual se suma la pandemia de COVID-19, impide comprender que los cuerpos están habitados por sujetos que toman decisiones y que tienen experiencias de vida a las que dan cierto significado, y ellas, a su vez, transforman su psique, su cuerpo y los espacios (Cerda, 2010).

Entendemos que la relación ser humano/trabajo no se limita al ingreso derivado del trabajo realizado, sino que éste además actúa como un agente transformador del modo de vivir y define su posición personal en el grupo en que vive en la sociedad. El trabajo se ubica en el objetivo de su vida y en él se construye parte de su identidad (Guimarães et al., 2015). Esa reconocida centralidad del trabajo en la vida de las personas nos demuestra que los cambios en la condición en la que se realiza el trabajo pueden causar impactos en la salud mental. Según Bendassolli (2009), se reconoce una centralidad psicológica del trabajo, de manera que éste puede ser causa de intenso sufrimiento psíquico.

La necesidad de distanciamiento social y la cantidad de trabajadoras/es que repentinamente comenzaron a desarrollar sus actividades en el hogar por sí mismo demuestra la posibilidad de haber generado un factor estresor ante la necesidad de adecuar este entorno al desempeño de las actividades, rompiendo los límites históricos que separaban los ámbitos privado y público de la vida. La mayoría de los trastornos mentales están influenciados por combinaciones de factores biológicos, psicológicos y sociales; situaciones difíciles en la vida, como restricciones al acceso a la educación, dificultades financieras o condiciones innovadoras que posibilitan la generación de incertidumbres pueden ser ejemplos de factores psicosociales involucrados en la ocurrencia de trastornos mentales.

Según Dejours (2015), en el análisis del ambiente laboral y su contribución a la enfermedad, se deben tener en cuenta tres componentes de la relación ser humano-trabajo: la fatiga, que hace que el aparato mental pierda su versatilidad; el sistema frustración-agresividad reactiva, que deja sin salida una parte importante de la energía pulsional; la organización del trabajo, como correa de transmisión de una voluntad externa, que se opone a las inversiones de las pulsiones y a las sublimaciones.

Para comprender la frontera entre el sufrimiento mental y el ambiente laboral, es necesario centrarse en la comprensión del ambiente psicosocial del trabajo y éste fue trasladado, en el teletrabajo, al ambiente privado de los hogares de las/os trabajadoras/es. El ambiente psicosocial sigue existiendo y necesita ser analizado; incluye la cultura organizacional, así como las actitudes, valores, creencias y prácticas de la empresa/institución que afectan el bienestar físico y mental. Estos factores se denominan comúnmente estresores del lugar de trabajo (Guimarães et al., 2015) y se vieron imbricados en la pandemia de COVID-19.

Hacer compatible la garantía de control de este riesgo psicosocial cuando el lugar de trabajo se traslada a la intimidad del entorno familiar, dada la urgencia con la que a miles de trabajadoras/es, sobre todo a las mujeres –con múltiples demandas de trabajo doméstico, crianza y cuidado–, esto les fue impuesto, de manera que comenzaron a realizar abruptamente este tipo de actividad en modalidad de home office/teletrabajo, insta la adopción de investigaciones y medidas para rastrear cómo se está implementando esta nueva realidad de vida para las/os trabajadoras/es.

A modo de conclusión

La pandemia provocada por COVID-19 pone de relieve la situación de mujeres que, además de laborar a través de plataformas digitales en home office –en la configuración del teletrabajo– han observado un sustancial incremento de las tareas domésticas, a las cuales se suman la crianza de niñas/os y el cuidado de adultas/os mayores.

Históricamente, tales tareas han sido asignadas a las mujeres en razón de la división sexual del trabajo, y la pandemia parece profundizar tal realidad, lo cual perpetúa desigualdades. La crisis sanitaria es un proceso en curso y sus repercusiones aún están por ser comprendidas e investigadas. En el presente ensayo, procuramos enfatizar la situación de las mujeres y de la labor que realizan: de distinta naturaleza, sea no remunerada y/o remunerada, de reproducción y producción –específicamente en la modalidad de teletrabajo– en el espacio de sus hogares, desde una perspectiva crítica, de totalidad y a partir de la Salud Colectiva.

El home office/teletrabajo, por lo tanto, ha impuesto una modificación en las relaciones humanas, utilizando los medios temáticos de interacción, reduciendo el sentimiento de pertenencia a una colectividad, el que permite el intercambio de experiencias, alegrías y frustraciones cotidianas. Este sentimiento acaba elevándose en la pandemia de COVID-19 por la necesidad del aislamiento social/confinamiento como política de salud, lo que puede causar daños al bienestar físico y la salud mental de las/os trabajadoras/es.

El incremento del trabajo doméstico y crianza de niñas/os, cuidado de enfermas/os y adultas/os mayores en sus hogares, aunado a las jornadas en home office/teletrabajo y al cierre de guarderías y escuelas potenció y agravó las desigualdades de género, con posibles repercusiones en el proceso salud-enfermedad-atención de las mujeres. De modo que el home office/teletrabajo y el trabajo de reproducción en el contexto de la pandemia de COVID-19 se experimentan de maneras distintas por mujeres y varones, afectando su subjetividad a partir del lugar que ocupan y los roles que se les ha otorgado históricamente, por la división sexual del trabajo.

Al trabajo doméstico, ubicado en el ámbito de la reproducción, se incorporan las actividades realizadas en la modalidad del home office/teletrabajo. En esta organización del trabajo impuesta por la pandemia, las mujeres tienen una demanda intensa y múltiple, derivada de las necesidades laborales y/o familiares en un mismo espacio físico y tiempos que se entrelazan y superponen en el transcurso de la crisis sanitaria.

En ese sentido, el concepto de demanda múltiple (producción y reproducción) es una característica esencial de esta realidad en el trabajo de las mujeres. Las largas jornadas laborales, aunadas a las otras demandas que se sumaron durante el período de contingencia, el trabajo doméstico que muchas veces se imbricó con el home office/teletrabajo, la crianza de niñas/os, el cuidado de enfermas/os y/o adultas/os mayores. Es decir, en el mismo espacio y en tiempos simultáneos se realiza el trabajo productivo y reproductivo, lo que impone la urgencia de reflexionar acerca del concepto de doble/triple/cuádruple jornada y la salud de las mujeres.

Con la pandemia de COVID-19 se develó que las desigualdades de género no solo persisten sino que, en momentos de crisis, se profundizan. Es imprescindible que se construyan otros modos de vida en los cuales las mujeres puedan desarrollarse de manera plena y, sobre todo, que no padezcan los niveles de explotación y violencia observados en la actual crisis sanitaria. Reiteramos la necesidad de formular e implementar políticas sociales y de salud que protejan a las mujeres, generen espacios más equitativos y de apoyo y, finalmente, que exista una regulación específica acerca del trabajo productivo y reproductivo, desvinculada de la división sexual del trabajo. Por lo tanto, cabe la siguiente indagación: ¿sería posible esta separación dado el papel histórico impuesto a las mujeres por la sociedad? El presente planteamiento queda como una puerta que se abre a futuros estudios e investigaciones críticas.

Referencias

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  1. En lo sucesivo, se utilizarán en conjunto los términos home office/teletrabajo con la finalidad de caracterizar el trabajo realizado por las mujeres desde sus hogares por medio de plataformas digitales durante la pandemia.


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