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La ciudad en tiempos de COVID-19: la reconfiguración de lo público y lo privado

Área Metropolitana de Buenos Aires, 2020

Martín Boy y Juliana Marcús

Introducción

El 19 de marzo de 2020 el gobierno nacional argentino anunció que al día siguiente comenzaría un aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) a partir del cual todas las personas que habitaran el país solo podrían salir de sus viviendas a abastecerse de alimentos y medicamentos en comercios de cercanía o a servicios de salud. Quienes se desempeñaran en la industria alimenticia, farmacológica, personal de salud y de seguridad comenzarían a denominarse “trabajadores/as esenciales”.

La medida del ASPO tuvo como horizonte prevenir el contagio del COVID-19 y ganar tiempo para poder dotar de mayor infraestructura sanitaria a cada una de las jurisdicciones. Esta situación inédita desde la cuarentena implementada ante las epidemias de fiebre amarilla allá por 1852, 1858, 1870 y, la más recordada, 1871, implicó una fuerte transformación de los usos y significaciones de las/os habitantes con respecto al espacio público (el barrio y la ciudad) y el privado (viviendas). Sobre esta temática reflexionaremos en este capítulo, con la incorporación de los aportes de la mirada de la Salud Colectiva, imprescindible para problematizar cómo las estructuras productoras de desigualdades inciden en los procesos de salud-enfermedad-atención y, especialmente, en cómo nos vinculamos con la ciudad a partir de las condiciones de vida de los diferentes grupos poblacionales.

En cuanto a la producción académica, luego del primer shock que implicó el ASPO, comenzaron a emerger investigaciones en torno a los impactos del COVID-19, y este trabajo parte de un estudio realizado desde el Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU) que tiene como lugar de trabajo el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Desde este grupo, dimos cuenta de que el resto de las investigaciones abordaba el impacto del coronavirus y el ASPO en el estado anímico de la población, en el consumo de drogas legales e ilegales y de alcohol, pero que poco se hablaba del espacio público y privado desde una mirada urbana. Con el transcurrir de los meses de ASPO (al momento de la escritura de este capítulo se contabilizan 180 días de aislamiento), el Ministerio de Ciencia y Tecnología e Innovación de la Nación (MinCyT) y el Consejo de Decanos y Decanas de Ciencias Sociales y Humanas (CODESOC) lanzaron una convocatoria denominada “Convocatoria PISAC-COVID-19” para financiar proyectos de investigación desde las perspectivas de las ciencias sociales por sumas abultadas de dinero, inéditas para los estándares argentinos y, nuevamente, la dimensión espacial era olvidada.

Estos olvidos nos conducen a explorar la forma de concebir la ciudad en relación con la salud. Paradójicamente, la planificación del Área Metropolitana de Buenos Aires[1] (el territorio que abordaremos) se encuentra atravesada por la perspectiva higienista que inauguró la sanidad pública y que tuvo como protagonista el cuidado del espacio público y, luego, de las condiciones de vivienda. Antes de comenzar a mostrar los resultados de nuestro estudio realizado durante las primeras semanas de la Fase 1 de ASPO (entre el 8 y el 21 de abril de 2020), es necesario que recuperemos antecedentes producidos desde la academia para dar cuenta del corte higienista y su impronta en la ciudad.

Espacio y salud: el movimiento higienista en Argentina

Tal como fue mencionado, diversos autores/as en Argentina han problematizado desde diferentes abordajes el modo en que la relación entre la salud y la ciudad fueron centrales para pensar la emergencia de la salud pública. En este sentido, Verónica Paiva (2000) identifica que los médicos higienistas en el siglo XIX fueron protagonistas a la hora de tomar decisiones sobre cómo debía equiparse la ciudad y, luego, cómo el cuidado de las condiciones de trabajo y de vivienda de las/os trabajadoras/es era central para controlar los procesos de salud y enfermedad de la población urbana. La autora señala tres etapas que reflejan en un período de tiempo breve tres movimientos en el abordaje de la salud de las/os habitantes en contextos donde primaban diferentes creencias pero que, en su conjunto, implicaron la profesionalización de la incorporación de los temas sanitarios en la agenda política de Buenos Aires. En un primer momento, hasta 1850, los médicos higienistas creían que “la enfermedad se origina en razón de cambios climáticos o estacionales, calidad del aire y del agua que consume una población, profesión o hábitos de los pobladores” (Paiva, 2000, p. 6). Por este motivo, cuando aún no se había descubierto la bacteria, se implementaron intervenciones de corte urbano para evitar la proliferación de los miasmas: traslado de mataderos, cementerios, industrias y hospitales hacia la periferia de la ciudad. En esta primera etapa, las intervenciones diseñadas e implementadas se reducían a abordar los procesos de salud en el espacio público, para preservar a la población de las epidemias. Paiva señala que en una segunda etapa higienista (1850-1890), otra corriente de médicos entiende que no solo se trata de evitar las epidemias sino que habría que desarrollar un conjunto de medidas que integren “la salud física, psicológica y social de la población” (Paiva, 2000, p. 7) desde el Estado, lo que dio así emergencia a lo que hoy conocemos como salud pública. Una de las novedades de esta segunda etapa es que se enfatiza también en el espacio privado, en la cuestión social, la pobreza urbana y las condiciones de vida dentro de los conventillos, que será una de las principales preocupaciones. Luego de 1890, con la formulación de la teoría bacteriana de Louis Pasteur,[2] el abordaje higienista deja de explicar la enfermedad por la presencia de los miasmas y da lugar al paradigma de la higiene social que tiene como principales preocupaciones las condiciones de la población obrera (salario, jornadas de trabajo y condiciones de vida). De esta manera, comenzó a debatirse “el alojamiento obrero, los talleres industriales y las condiciones de abastecimiento de agua (reformulada ahora de acuerdo con los conocimientos post-Pasteur)” (Paiva, 2000, p. 7). En resumen, el modelo higienista en sus tres etapas tuvo como preocupaciones centrales la administración del aire, el sol y el agua entendidos como fundamentales para el abordaje de la salud de la población urbana.

El ingreso a la vida doméstica en la segunda etapa del modelo higienista despertó el interés de Estela Grassi y de Alfredo Carballeda, quienes analizan cómo los antepasados de lo que hoy conocemos como trabajo social tienen un origen sanitario que colaboró con la regulación de la vida privada y, sobre todo, de las condiciones habitacionales de la población. La regulación de la altura de los techos, la prohibición de los pisos de tierra en las viviendas, la colocación de los baños por fuera de la vivienda y de duchas para las/os trabajadoras/es en los talleres son parte de las medidas tomadas en un contexto en el que el abordaje de lo sanitario experimentaba un proceso de creciente institucionalización, de estatización. En este mismo contexto, Grassi (1989) recupera la presencia de “las visitadoras”, mujeres que acompañaban a los médicos a las viviendas de las/os habitantes para realizar informes que describían las condiciones de vida y los atributos de las viviendas que debían corregirse y, sobre todo, protagonizar prácticas pedagógicas para con la población a partir de su supuesta sensibilidad, emotividad y tendencia al cuidado y comprensión. Mediante estas intervenciones pedagógicas, se enseñaba a las/os habitantes cómo vivir correctamente para evitar la enfermedad. Grassi sostiene que estas visitadoras pueden ser consideradas como el primer antecedente de las asistentes sociales, quienes gestionaban la vida cotidiana de los pobres y, a su vez, operaban como vehículos de normas, valores y significados (Grassi, 1989). De esta forma, según la autora, estas mujeres visitadoras recibían salarios para, desde lo público, saber qué sucedía en lo privado. Y así, mediante esta política sanitaria se controlaba e intervenía en la vida cotidiana de los sectores populares. En esta misma perspectiva podemos ubicar a Carballeda.

Alfredo Carballeda coincide con Grassi en que la emergencia del trabajo social se vincula estrechamente con el discurso médico higienista en el contexto en el que el Estado Nación argentino se estaba constituyendo como tal. Carballeda sostiene que desde prácticas profesionales o técnicas se construyó un sujeto de conocimiento, una otredad constituida y ratificada en un territorio determinado (Carballeda, 2005), que será el punto de partida para diseñar e implementar estrategias de intervención interesadas en el individuo, la familia, la prole, la raza y el futuro de la identidad nacional argentina. Estas intervenciones, según el autor, se nutrían de los conocimientos científicos de la época, de la política que las impulsaba y de la construcción de un Otro que debía tomar los guiones de la vida social sana y educada. Como Grassi, Carballeda también describe el modo en que, a través de distintas técnicas, el Estado logra intervenir en el espacio doméstico: la observación (vigilancia), la confección de registros (documentos públicos) y las visitas domiciliarias (inspección) reforzaron los mecanismos de control sobre la vida cotidiana de la población urbana en un contexto en el que se temía la anomia y el conflicto social, y en el que se quería implantar una disciplina social que no pusiera en riesgo la conformación del Estado moderno argentino (Carballeda, 2005). De esta manera, las condiciones sanitarias de los espacios públicos y privados de la ciudad y la política pública conformaron una alianza que nos permite mirar con perspectiva pública de qué forma la relación de la salud y la ciudad son dos dimensiones que pueden pensarse en conjunto y que el COVID-19 reactualizó.

Tal como sostiene George Rosen (2005) y en línea con lo expuesto anteriormente, las ciencias de la salud no ignoraron el peso de las condiciones estructurales de vida en los procesos de salud- enfermedad. Sin embargo, la relación entre la práctica de la medicina y “las condiciones sociales y económicas de grupos específicos de personas (…) rara vez eran objeto de discusión teórica” (Rosen, 2005, p. 77). En ese punto radica la dimensión social de la medicina. En diálogo con lo planteado por Rosen, la perspectiva de la Salud Colectiva entendida como una corriente latinoamericana de pensamiento, práctica y teórica, y como movimiento social, incorporó perspectivas críticas (Castro, 2016) que permitieron dar cuenta del peso que tenían las determinaciones sociales (desigualdad social, condiciones de trabajo, temáticas medioambientales, género, entre otras) en los procesos de salud y enfermedad. Esta perspectiva teórica y política permite reflexionar sobre la salud desde una mirada que no reduce las explicaciones al binomio “normal/patológico” promovido por el campo biomédico, sino que entiende que la construcción de la enfermedad obedece a las relaciones de poder existentes en contextos socio-históricos, políticos y económicos específicos (Castro, 2016). Según Castro, las creencias culturales en una época determinada, los intereses económicos de la industria farmacéutica y las clasificaciones médicas y psiquiátricas entendidas como construcciones políticas actúan como determinantes claves que derivan en la marcación de qué es enfermedad y qué no.

En línea con los aportes reflexivos de la Salud Colectiva, en este capítulo nos preguntamos sobre la importancia analítica que tienen las estructuras de poder construidas históricamente vinculadas al género y la clase social, y que intervienen en las formas en que se experimenta la pandemia del COVID-19 en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Para este abordaje, se recuperarán los datos arrojados por la encuesta que realizamos desde el Grupo de Estudios Culturales y Urbanos en la tercera y cuarta semana de ASPO, que fue contestada por 2878 personas residentes del AMBA de 18 años y más. Esta encuesta tuvo como finalidad dar cuenta de la dimensión espacial del COVID-19, es decir, de cómo los usos y valoraciones de los espacios públicos y privados de la ciudad se veían profundamente transformados en forma abrupta y cómo las personas comenzaron a reapropiarse y recrear un nuevo barrio y una inédita ciudad. Nadie había vivido una pandemia y en el contexto de la necesidad de la preservación de la salud comunitaria y la individual, las personas desarrollaron estrategias de adaptación. Sobre esto se debatirá en los próximos apartados.

Reconfiguración y usos del espacio público y privado en tiempos de pandemia, ¿hacia un neohigienismo?

Desde el presente, es posible identificar una perspectiva neohigienista en la búsqueda de garantizar la salud colectiva e individual a partir de medidas sanitarias, higiénicas y de control que se fueron adoptando por parte de las administraciones públicas desde el inicio de la pandemia por el nuevo coronavirus. De acuerdo con Gonzalo Basile (2020), el COVID-19 supuso una actualización del higienismo sanitario donde la “intervención del Estado en la sociedad tendió a operacionalizar una salida [que conjuga] los nuevos aparatos de control como las tecnologías con los viejos aparatos de control reactualizados al presente: higienización, policía médica y reestructuración territorial y social” (Basile, 2020, p. 12). Las políticas públicas sanitarias llevadas a cabo en el AMBA para controlar la propagación del COVID-19 y evitar los contagios confirman los planteos de Basile, y agregamos que desde que comenzó la pandemia en Argentina no se consideró el diseño e implementación de reformas estructurales de mejoras sanitarias tales como extensión de cloacas y acceso al agua potable sino que las políticas apuntaron a la higiene. En esta dirección, la principal medida sanitaria implementada el 19 de marzo de 2020 fue el aislamiento social preventivo y obligatorio (ASPO) cuando, en paralelo, barrios habitados por sectores populares convivieron con cortes de agua corriente por más de una semana que imposibilitaban la higienización promovida por las campañas sanitarias públicas.

El ASPO implicó que todas/os las/os habitantes tuvieran que recluirse en sus espacios domésticos, salvo que estuvieran dentro del grupo de “trabajadores esenciales”, y que comenzaran a vincularse con el espacio público de una manera excepcional y restringida para satisfacer las necesidades vitales siempre en comercios cercanos a las viviendas denominados “comercios de cercanía”. Tal como se advierte en los resultados de nuestra investigación, el 92,4% de las/os residentes del AMBA encuestadas/os que salieron al menos una vez de su vivienda desde el inicio del ASPO lo hicieron para realizar alguna de las actividades permitidas (compra de alimentos y/o medicamentos, cuidado de adultas/os mayores y/o personas con discapacidad, paseo de mascotas y trabajar). En cuanto a las actividades prohibidas por los decretos presidenciales (reunirse con otras personas, realizar deportes fuera de la vivienda, pasear con niñas/os y asistir a eventos sociales), un piso de 94% de las personas encuestadas afirma no haberlas realizado en ninguna oportunidad en el primer mes del aislamiento.

A su vez, durante las primeras semanas de ASPO se tomaron otro tipo de medidas vinculadas con la decisión de apertura de ciertas actividades comerciales e industriales, la formulación de protocolos de bioseguridad, la definición de qué actividades deportivas y recreativas iban a poder realizar al aire libre los diferentes grupos poblacionales, los tipos de consultas sanitarias que se habilitarían, la determinación de medidas de control del espacio público a cargo de las distintas fuerzas de seguridad, el desarrollo de tecnologías de la información para detectar los casos a través de la realización de un autodiagnóstico por medio de una aplicación en el teléfono celular, la creación de diferentes plataformas web para otorgar “permisos de circulación” para las/os habitantes del Área Metropolitana de Buenos Aires, las reconfiguraciones materiales del espacio público mediante intervenciones urbanas de las administraciones de gobierno, la apertura de bares y restaurantes con modalidad delivery y take away, entre otras. Tanto el ASPO como las medidas y estrategias de prevención aquí mencionadas restringieron el desplazamiento por la ciudad e implicaron un mayor control en el acceso al espacio público para evitar la aglomeración de personas, lo cual nos permite resaltar el impacto de las políticas sanitarias y de higiene en la planificación y el uso de la ciudad. Asimismo, algunas de estas medidas incidieron en una mayor vigilancia sobre los cuerpos por parte de las fuerzas de seguridad mediante el control del distanciamiento físico, el uso correcto de tapabocas y los permisos para circular en los transportes públicos.

Según el antropólogo urbano Horacio Espinosa (2016), el higienismo en la actualidad, o neohigienismo, conserva una de las características esenciales del higienismo decimonónico en tanto “las administraciones siguen llevando a cabo intervenciones urbanas en nombre del ‘bien común’ y dirigidas a generar culturas de control del espacio urbano” (2016, p. 3). En este sentido, podemos encontrar un ejemplo de estos mecanismos de control a partir de la apelación al riesgo sanitario que supone la concentración de personas en las calles de la ciudad para justificar ciertas intervenciones que impactan en la reconfiguración del espacio público en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) en tiempos de COVID-19. El 11 de mayo de 2020, la CABA amaneció con una variedad de señales de colores blanco, naranja y amarillo pintadas en sus calles y veredas: flechas, círculos, huellas de pisadas y siluetas de personas que marcan cómo mantener la distancia entre peatones (véanse Figuras 1, 2, 3 y 4).[3] Todas ellas indican de modo explícito por dónde está permitido caminar, a qué distancia de los otros podemos hacerlo, dónde debemos esperar para cruzar la calle y qué distancia debemos tomar en la fila que formamos en la puerta de los comercios a la espera de ser atendidas/os. Además, distintas calles de la ciudad fueron peatonalizadas de modo provisorio y algunas veredas se ensancharon tomando parte del espacio de las calles para dar prioridad al peatón por sobre el tránsito vehicular con leyendas como “área peatonal transitoria” o “mantener distancia es cuidarnos”. Según Adrián Gorelik,[4] este tipo de intervenciones urbanas en las que se prioriza la circulación por sobre la permanencia en el espacio público ya estaban presentes previo a la pandemia. En este sentido, la pandemia puede llegar a dinamizar algunas de estas políticas, pero no está generando intervenciones específicas que impliquen grandes transformaciones estructurales y de infraestructura como sucedió durante las epidemias del siglo XIX en la ciudad. Gorelik compara estos tiempos de pandemia con las medidas higienistas decimonónicas, y menciona que la fiebre amarilla y el cólera tuvieron una razón directa vinculada con las infraestructuras relacionadas con el servicio del agua corriente, de modo que la solución implicó modificaciones profundas en la estructura de la ciudad. Siguiendo a Honey-Rosés et al. (2020) nos preguntamos si el COVID-19 puede presentar una oportunidad para integrar la perspectiva de la salud de manera novedosa en la planificación y el diseño de la ciudad que impacte en cambios profundos de la infraestructura urbana.

Figuras 1 y 2. Intervenciones del GCBA en calles de San Telmo y Balvanera, CABA

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Fuente: Fotos tomadas en mayo de 2020 por Guillermo Suares Villarroel (figura 1) y Juliana Marcús (figura 2).

Figuras 3 y 4. Intervenciones del GCBA en calles de Recoleta y Boedo, CABA

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Fuente: Fotos tomadas en mayo y junio de 2020 por Magdalena Dodds (figura 3) y Martín Boy (figura 4).

Las marcas de intervención en el espacio público implementadas por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCBA) que se observan en las imágenes buscan regular el uso de la calle y la manera en la que deben desplazarse los cuerpos en el espacio público durante la pandemia para evitar la alta concentración de personas, uno de los principales focos de contagio. Estas marcas oficiales le recuerdan al “vecino”, tal como reconoce y nombra el GCBA al residente legítimo de la CABA, cómo debe circular de un lugar a otro para evitar el contagio y la propagación del virus. Se trata de marcas que refuerzan la idea del espacio público como espacio para transitar y no para permanecer, como lugar estático, estructurado y definido en el que debe primar la armonía y el orden. La calle, en tanto lugar practicado, inestable, conflictivo y vivencial supone una amenaza y queda reducida a lugar de paso, a mero conector entre diversos puntos de la ciudad. En este contexto de pandemia el peligro que recorre la ciudad es un virus, un “enemigo invisible” que se aloja en el cuerpo humano. Cualquier sujeto anónimo que se desplaza por la ciudad puede estar infectado por COVID-19 y contagiar a otra/o, de modo que se convierte en potencialmente peligroso, pasible de ser controlado y disciplinado a partir de la internalización de las nuevas intervenciones en las calles de la ciudad.

Como vimos, en tiempos de COVID-19 y durante las primeras semanas de ASPO se apela al riesgo sanitario y la propagación de contagios en espacios con aglomeración de personas para justificar la reconfiguración de la calle como “lugar de paso”, aunque más allá de la pretensión de reglamentar el uso “correcto” del espacio público, existe una distancia y contradicción permanentes entre el espacio público diseñado “en el papel”, el espacio construido y el espacio urbano real donde acontecen innumerables y heterogéneas acciones sociales. Desde la lógica del espacio concebido (Lefebvre, 2013) hay un intento permanente por controlar, normalizar y disciplinar el uso del espacio urbano, por regular lo imprevisible y lo azaroso, por ordenar “la calle”. En este sentido, es posible señalar dicha contradicción en el ejemplo que hemos desarrollado sobre las marcas oficiales impresas en las calles y veredas porteñas para garantizar el distanciamiento físico, puesto que en nuestras observaciones de campo advertimos que el uso de estas señales aún no ha sido internalizado por las/os usuarias/os de la ciudad. De hecho, los resultados de nuestra encuesta sobre la incorporación de nuevos hábitos a futuro nos muestran que el 70,2% de las personas encuestadas no estaría dispuesto a mantener el distanciamiento social de un metro y medio con respecto a un otro una vez finalizado el ASPO. A su vez, las/os encuestadas/os señalaron una baja predisposición a cambiar hábitos vinculados al uso de la ciudad luego del período de aislamiento obligatorio: el 90,8% refirió que no regularía su tiempo de permanencia en espacios públicos tales como la calle, las plazas y los parques, y el 77,2% manifestó que no evitaría el uso de ciertos transportes públicos (véase Figura 5).

En cuanto a la incorporación de medidas de prevención impulsadas desde el Estado para implementar en el espacio doméstico, Basile destaca que durante la pandemia por COVID-19 los “estilos de vida se volvieron hiperhigienizados” (2020, p. 10). En este sentido, al igual que durante el higienismo del siglo XIX, el Estado logra intervenir en el espacio privado mediante políticas sanitarias que la población urbana internaliza en su vida cotidiana. Medidas como la recomendación de lavar asiduamente las manos, usar alcohol en gel, desinfectar los productos y alimentos que compramos en los comercios del barrio, limpiar regularmente las superficies más utilizadas de la vivienda y ventilar diariamente los espacios de la casa comienzan a ser adoptadas por los habitantes de la ciudad, lo cual produce importantes cambios en las prácticas de cuidado personal y familiar. Además, los resultados de nuestra encuesta nos muestran que muchas de estas prácticas serían incorporadas a la vida cotidiana una vez finalizado el ASPO. De este modo, el 82,9% de las/os encuestadas/os señaló que incorporaría el lavado frecuente de manos, el 79% la práctica de estornudar o toser en el pliegue del codo, y el 52,7% el uso regular de alcohol en gel. Si bien las personas encuestadas se mostraron dispuestas a cambiar prácticas individuales para evitar contraer el coronavirus, manifestaron la tendencia contraria frente a la posibilidad de modificar prácticas culturales que implicarían riesgo de contagio. Así, el 72,5% señaló que no dejaría de saludar con un beso o con la mano a otra persona, el 70,4% sostuvo que no dejaría de compartir el mate y el 90,8% se mostró reacio a abandonar el espacio público (véase Figura 5). Estos datos demuestran que medidas que implican cambios abruptos no logran quitar del imaginario social las prácticas culturales rioplatenses profundamente arraigadas.

Figura 5. Predisposición a incorporar hábitos luego del período de aislamiento

Fuente: Encuesta sobre “Vida cotidiana durante el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio”, Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU).

A partir de nuestro estudio, advertimos que en el contexto de pandemia donde el acceso al espacio público queda restringido a partir de la política sanitaria del ASPO, el espacio doméstico se reconfigura y se modifican los hábitos, actividades y sentidos construidos en torno a él. La vivienda se ha vuelto un lugar multifuncional en el que se superponen tareas de cuidado y domésticas, actividades de esparcimiento, el trabajo remunerado y las relaciones interpersonales. El hecho de que la mayoría de las personas se vean obligadas a pasar casi la totalidad del día dentro de la propia vivienda, junto al resto de las/os convivientes en los casos de los hogares que no son unipersonales, ha producido importantes cambios en las prácticas que se realizan en estos espacios y en los usos del tiempo. En este sentido, se han establecido nuevos usos para ciertos espacios, se han aprovechado rincones que estaban abandonados y se han descubierto lugares para realizar ciertas actividades. Así, el reacondicionamiento del espacio doméstico permite descubrir nuevas posibilidades para el habitar.

En el próximo apartado proponemos analizar los modos de habitar el espacio doméstico y público desde una perspectiva de género, es decir, una mirada atenta a cómo los mandatos y los roles de género intervienen en las maneras de experimentar los espacios teniendo en cuenta la incidencia de la medida sanitaria del ASPO en el contexto de pandemia.

Género, salud y modos de experimentar el espacio público y privado

Las políticas públicas tomadas frente al COVID-19 que intentaron detener su avance en la Argentina aparecían neutrales en términos de perspectiva de género. Sin embargo, la pandemia llegó a territorios donde las inequidades de género estaban a la orden del día. En este sentido, y al igual que en los tiempos del higienismo, las mujeres seguían siendo las principales responsables del trabajo que reproduce el orden social y que no es reconocido como tal. Las tareas de cuidado de niñas/os, ancianas/os y enfermas/os son asumidas principalmente por ellas; y las vinculadas a la vida doméstica cotidiana como limpiar y cocinar, también. Al incorporar la variable género en relación con el tiempo destinado al trabajo doméstico, se advierte que cuando los hogares son unipersonales, los varones encuestados responden que cocinan más que antes del ASPO (66%) al igual que las mujeres (68,7%), sin apreciarse una diferencia significativa entre géneros. Lo mismo ocurre con las tareas de limpieza: los varones las realizan más que antes (65,8%), del mismo modo que las mujeres (64,7%). En cambio, cuando la cantidad de integrantes del hogar aumenta, quienes le dedican más tiempo que antes al trabajo doméstico son principalmente las mujeres, esto es, ellas siguen siendo las principales responsables. Es decir, cuando los hogares cuentan con dos integrantes, el 64,8% de las mujeres manifestaron dedicarle más tiempo a cocinar (contra el 55,3% de los varones) y a las tareas de limpieza el 67,8% (contra el 58,1% de ellos). Y en hogares con tres integrantes o más, la brecha entre mujeres y varones se amplía. En tareas de cocina, el 61,7% de las mujeres le dedica más tiempo frente al 44,3% de los varones. En cuanto a la limpieza, el 64,8% de ellas le dedica más tiempo contra el 49,8% de los varones (véase Figura 6).

Figura 6. Realización de trabajos domésticos por género según tamaño del hogar durante el ASPO

Fuente: Encuesta sobre “Vida cotidiana durante el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio”, Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU).

Tal como este equipo indicó en otro trabajo (Marcús et al., 2020), estos datos evidencian que, en los hogares con dos o más integrantes, el aumento del tiempo dedicado al trabajo doméstico durante el ASPO ha sido asumido en mayor medida por las mujeres. Consideramos que esto expresa la persistencia de mandatos de género, originados en la división sexual del trabajo, que reproducen desigualdades históricas y que, en este contexto particular, generan brechas de género en los modos de experimentar el confinamiento. Las tareas domésticas, así como las de cuidado, han sido históricamente feminizadas y subsiste una normatividad social en cuanto a que son las mujeres quienes tienen la responsabilidad central de ocuparse del cuidado cotidiano de las/os niñas/os, personas mayores, enfermas/os (Esquivel, 2012; Gómez Rojas, 2013; López et al., 2011; Wainerman, 2005). En rigor, son ellas quienes dedican más tiempo a las tareas involucradas en la reproducción doméstica. En este sentido, los estudios advierten que el aumento de la participación laboral continúa produciendo “una sobrecarga de trabajo cotidiano de las mujeres que deben combinar el trabajo remunerado con el trabajo doméstico de cuidado sin remuneración” (Faur y Jelin, 2013, p. 113).

Sin embargo, el COVID-19 no solo refuerza las desigualdades de género preexistentes en el ámbito doméstico sino que también reproduce inequidades en el espacio público. Tal como indicaron diferentes autoras (Flores Pérez, 2014; Rodó de Zárate, 2018), las mujeres se vinculan de una manera distinta con la ciudad y, sobre todo, desventajosa en relación con los varones. Siguiendo a Flores Pérez, el espacio suele ser pensado como neutro, asexuado y homogéneo cuando en realidad el género de las personas es una variable nodal para problematizar

los usos y experiencias del espacio, diferenciales y jerárquicos entre hombres y mujeres, y en este sentido, develar los mecanismos sociales y culturales que sostienen la subordinación de las mujeres, visibilizando las formas en que las relaciones de dominación organizan los espacios urbanos (Flores Pérez, 2014, p. 59).

La implementación de políticas sanitarias como el ASPO en la Argentina implicaron visibilizar que el COVID-19 podía ser contraído en el espacio público y, por eso, se dispuso la obligatoriedad de transitarlo con tapabocas y manteniendo distancias sociales de al menos un metro y medio con respecto a otras personas. Esta visibilización dio emergencia a nuevos sentimientos o emociones en las personas que, por diferentes motivos, debían salir de sus viviendas.

El procesamiento de la encuesta realizada por el GECU da cuenta de que cuando los miedos e inseguridades son analizados de acuerdo con el género de las personas encuestadas, las mujeres y los varones en ciertas circunstancias no presentaban las mismas emociones o, al menos, no con las mismas intensidades. En este sentido, las mujeres sentían un miedo mayor al salir a la calle que los varones (28,9% contra el 16,1%) y también experimentaban más situaciones que les provocaban nervios (40,2% en ellas frente al 30,7% en ellos). A su vez, las mujeres se sentían más inseguras en el supermercado que los varones (40% ellas y 33,3% ellos) (véase Figura 7). Por lo tanto, se puede inferir que, también en tiempos de pandemia y aislamiento obligatorio, el espacio público y semipúblico resulta más amigable para ellos que para ellas.

Figura 7. Miedos e inseguridades en los espacios según género durante el ASPO

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Fuente: Encuesta sobre “Vida cotidiana durante el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio”, Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU).

Tal como se indicó en otro trabajo (Marcús et al., 2020) y siguiendo a Flores Pérez (2014), el miedo organiza las relaciones entre los géneros, y las respuestas de las personas encuestadas implican experiencias que contienen tramas emocionales que, a su vez, envuelven consciencia de sí mismas, del otro y de las circunstancias de la escena. A partir de esta autora, podríamos inferir que estas narraciones exudan resonancias que trascienden las escenas experimentadas en el espacio público en tiempos del COVID-19. Estas resonancias se traducen en marcas de peligro que delimitan espacios y temporalidades y no solo organizan itinerarios o formas de trasladarse sino que acompañan la emergencia de emociones en el momento de la experiencia del habitar. Los cuerpos tienen memoria y la trama emocional es parte de esta. La pregunta que surge es por qué en un contexto extraordinario como el ASPO los patrones culturales deberían de modificarse.

Otro interrogante que surge es hasta qué punto el género es una variable que debemos analizar para pensar la relación que tienen las personas con el espacio público exclusivamente. Siguiendo a María Rodó de Zárate (2018), desde los estudios urbanos existe una fascinación por disociar el estudio del espacio público del espacio privado o doméstico. Esta autora demuestra que la experiencia y la socialización que se produce en gran medida al interior de las viviendas o instituciones se cristaliza en las formas en las que nos vinculamos con el espacio público. Según esta autora, “el uso y el significado que se le da al espacio público está condicionado por la experiencia en el espacio privado” (Rodó de Zárate, 2018, p. 50) y no necesariamente por los obstáculos del espacio público, sino más bien “por las restricciones que emanan de las relaciones de poder en el ámbito privado. Así, uno no se entiende sin el otro” (Rodó de Zárate, 2018, p. 50). De esta manera, la socialización y las tramas emocionales habilitadas cultural e históricamente para varones y mujeres podrían explicar por qué ellas temen más en el espacio público cuando las estadísticas muestran que la mayoría de los delitos les ocurren en el espacio privado (Zaragocin Carvajal et al., 2018). En este sentido, y de acuerdo con Gabriela Navas Perrone (2018), la violencia de género no se territorializa en escenarios concretos sino que afecta de un modo generalizado todos los espacios en los que se desarrolla la vida urbana: el espacio doméstico, la calle, el barrio, la escuela, entre otros.

Conclusiones

La llegada de la pandemia por COVID-19 modificó nuestras agendas de investigación y, quizás como forma de acompañar lo que empezábamos a transitar y nuestras preocupaciones ante lo inédito, decidimos comenzar a investigar sobre sus impactos en cómo nos vinculábamos con la ciudad. Tal como inició este trabajo, una de las preocupaciones que motorizó este capítulo fue la invisibilización del espacio urbano como eje central tanto en la producción académica como en las convocatorias de financiamiento para investigaciones desde el Ministerio de Ciencia y Técnica argentino impulsadas durante la pandemia por COVID-19. Sin embargo, la relación entre ciudad y salud fue una temática trabajada desde la investigación y de vital importancia para la gestión pública en tiempos donde Buenos Aires comenzaba a profesionalizar su planificación urbana. En este sentido, es llamativo cómo una temática central en la historia de la ciudad fue dejada de lado. Sin embargo, el análisis de las políticas públicas implementadas en el Área Metropolitana de Buenos Aires en el contexto del coronavirus da cuenta de cómo se recuperan muchas de las medidas tomadas durante el higienismo. Así, en este escrito se identifican olvidos pero también recuperaciones históricas.

En el momento en el que se aplicó la encuesta en las primeras semanas del ASPO circulaba en los medios de comunicación la idea de que el COVID-19 era un enemigo invisible y democrático porque afectaba a todas las personas y grupos de igual manera. Es decir, cualquiera podía contagiarse. Sin embargo, los datos procesados dan cuenta de que el tamaño de los hogares y el género son vitales para identificar y analizar desigualdades preexistentes a la pandemia que se profundizaron. En este trabajo, se mostró cómo las mujeres 130 años después de las primeras perspectivas higienistas continúan siendo las principales responsables de las tareas de cuidado y de reproducción del orden cotidiano, hoy conocidas como trabajo no remunerado. A su vez, el género es una dimensión que debe ser recuperada para analizar cómo las características que asume nuestro vínculo con el barrio y la ciudad cristaliza jerarquías sociales que se fundan en tramas emocionales que reconfirman la masculinización del espacio público.

En cuanto a lo urbano, la llegada del nuevo coronavirus y las medidas tomadas para controlar la crisis sanitaria provocan interrogantes: ¿estas suponen una oportunidad para los Estados de reforzar un modo vigente de pensar el espacio público en el que se privilegia el transitar por sobre el habitar en cuanto apropiación efímera del espacio? Tal como se advirtió en otro trabajo (Marcús, 2018), las políticas públicas de reconfiguración y peatonalización que viene desarrollando el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires desde 2012 en áreas centrales de la ciudad (Microcentro, Tribunales y avenida Corrientes) intentan limitar la calle a su función básica de pasaje para llegar a otro lado, disuadiendo su apropiación como espacio vivido por los usuarios de la ciudad y expulsando del espacio público a todo sujeto considerado “indeseable”, como las/os manteras/os,[5] cartoneras/os,[6] trabajadoras/es sexuales/prostitutas, vendedoras/es ambulantes, entre otros grupos. Detrás de las retóricas del espacio concebido por la gestión pública que definen el “deber ser” de la calle subyacen representaciones de higiene y moralismo aplicadas aparentemente al individuo, pero que en realidad tienen la función de legitimar o deslegitimar formas de vida urbana sistemáticamente consideradas inconcebibles.

Los modos de habitar el espacio público y doméstico se han visto trastocados a partir de las políticas públicas implementadas durante la pandemia y necesitan ser analizados para entender no solo los cambios en los usos y valoraciones de esos espacios sino también las formas de sociabilidad que permanecen, los sentidos construidos que se refuerzan y las condiciones urbanas y habitacionales desiguales que se profundizan.

La perspectiva de la Salud Colectiva y las herramientas que nos brinda para pensar los procesos de salud-enfermedad son vitales para recuperar cómo los condicionamientos socioculturales y estructurales tales como los determinantes económicos y políticos operan y se reactualizan en tiempos del COVID-19. En esta dirección, este capítulo promueve el análisis crítico de las políticas públicas sanitarias implementadas en el Área Metropolitana de Buenos Aires desde una perspectiva urbana y de género.

Referencias

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  1. Se entiende por AMBA el territorio conformado por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y los 40 partidos del Gran Buenos Aires circundantes.
  2. Louis Pasteur es considerado uno de los impulsores de la medicina científica al demostrar que el desarrollo de enfermedades obedecía a la presencia de gérmenes que podían eliminarse con tratamientos específicos (técnica de pasteurización) si se los identificaba correctamente. Este descubrimiento echó por tierra la creencia que explicaba la enfermedad a partir de la presencia de los miasmas. Pasteur nació en Francia en 1822 y su formación profesional se nutrió de la física, la química, la matemática y la bacteriología.
  3. Desde el inicio de la pandemia los/as integrantes del GECU comenzamos a observar las calles que rodean nuestra vivienda con el objeto de registrar las intervenciones en el espacio público y las prácticas de los usuarios urbanos en este contexto inédito de ASPO. Teniendo en cuenta que durante las primeras semanas de confinamiento solo estaba permitido desplazarse a pie hacia lugares de cercanía, hemos invitado a amigos, familiares y conocidos a formar parte de esta tarea colectiva y les hemos pedido que fotografíen las intervenciones urbanas que reconozcan en su barrio para ampliar el registro hacia otras zonas de la ciudad. Las imágenes que ilustran este capítulo son producto de ese trabajo colaborativo.
  4. Fuente: “Adrián Gorelik: ‘Las ciudades tienen una dinámica cultural que no es reemplazable’” (12/09/2020). La Nación. Recuperado de https://bit.ly/3n0AytN.
  5. La figura del mantero remite a la persona que coloca una manta en la vereda para vender objetos de bajo valor económico.
  6. La figura del cartonero remite a quien recolecta informalmente cartones, plásticos, papeles entre otros objetos para revenderlos y lograr un ingreso económico.


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