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Estrategias contra el desclasamiento

Para comprender cómo una estrategia como la emigración se dibuja entre un haz de posibles determinado, en este capítulo analizo diferentes prácticas que han instrumentado los agentes ante situaciones de desclasamiento real o potencial en Argentina en las últimas décadas. Las transformaciones exploradas en el capítulo anterior han activado en los agentes nuevas estrategias de reproducción social, algunas veces guiados por la lógica de cambiar para conservar (Bourdieu, 2011); y otras, en cambio, por la acomodación a las nuevas posiciones.

Pero antes, y en aras de clarificar el concepto de desclasamiento (que considero más acertado que empobrecimiento), realizo en primer lugar un rastreo conceptual del término, con relación a cómo ha sido abordado desde algunos ángulos dentro de las teorías de la movilidad social y de la estratificación.

Luego, perfilo la transformación de algunas estrategias de reproducción social, especialmente las que han llamado la atención a los estudios sobre empobrecimiento de las clases medias argentinas, para reconstruir el horizonte de posibilidades en el que los agentes han tomado la decisión de emigrar de Argentina. Por último, repaso cómo la estrategia migratoria ha estado presente como un recurso disponible en diferentes momentos durante el último tercio del siglo XX en Argentina, en parte, por el impacto que tuvieron en el país las migraciones transoceánicas desde su consolidación como Estado-nación.

Desclasamiento y empobrecimiento

Durante las últimas décadas del siglo XX, en el contexto latinoamericano las ciencias sociales focalizaron el estudio de los impactos de la desindustrialización y de los efectos de los programas de ajuste estructural en el empeoramiento de las condiciones de vida de la población, generando abundante literatura sobre exclusión y pobreza. Sin embargo, este tipo de estudios desplazó los planteamientos basados en estratificación, clases y movilidad social (Sémbler, 2006: 8; Portes y Hoffman, 2003: 356). Por ello prefiero utilizar el término desclasamiento[1], en lugar de empobrecimiento, por una serie de dimensiones que este concepto abre y que comento a continuación. En primer lugar, permite tener en cuenta la diferencia entre las condiciones de clase y las posiciones de clase. Esta diferenciación analítica resulta interesante para examinar las dinámicas de transformación social en las que se producen tanto movimientos verticales como horizontales en el espacio social. En los primeros, los agentes padecen variaciones en el volumen global de capital, mientras que los segundos son producto de estrategias de reconversión de los capitales para mantener posiciones sociales, afectando a la propia condición de clase.

Bourdieu entiende la condición de clase como similar a la situación de clase[2] de Weber (1992), y se refiere a las “propiedades intrínsecas tales como cierto tipo de práctica profesional o de condiciones materiales de existencia” (Bourdieu, 2002: 121). La posición, en cambio, se refiere a las características que asume una clase por el hecho de estar ubicada en relación con las otras posiciones; es decir, en tanto que posiciones estructuralmente diferentes[3] (Baranger, 2004).

Las estrategias de los agentes y grupos de agentes se generan con relación a unas condiciones de existencia, simultáneamente materiales y simbólicas. Estas condiciones delimitan las potencialidades objetivas –cosas por hacer o no hacer, por ejemplo (Bourdieu, 1991: 93)–. Así, los agentes aprehenden cierto sentido de los límites, puesto que

[…] las categorías de la percepción del mundo social son, en lo esencial, el producto de la incorporación de las estructuras objetivas del espacio social […], inclinan a los agentes a tomar el mundo social tal cual es, a aceptarlo como natural (Bourdieu, 1990: 289).

Sin embargo, como los objetos del mundo social se pueden percibir de diferentes maneras, opera en ellos también cierta indeterminación o evanescencia (Bourdieu, 1990: 288), que se torna espacio privilegiado de las luchas simbólicas.

A su vez, cada condición –con sus propiedades intrínsecas o especie de capital predominante– está definida por las propiedades relacionales que debe a su posición en el sistema de condiciones, como sistema de posiciones diferenciales (Bourdieu, 1998: 170). El desclasamiento es, entonces, algo más –y algo menos– que empobrecimiento. Es una pérdida respecto a la posición, aunque muchas condiciones permanezcan intactas (por ejemplo, tener titulación universitaria o ser propietario de un pequeño negocio). Si, además, se consideran las trayectorias de los agentes desde la perspectiva de las trayectorias familiares (y sociales), se comprende mejor la perspectiva procesual del desclasamiento, puesto que éste puede suceder respecto a la posición ocupada por los padres –es lo que los estudios de movilidad denominan movilidad intergeneracional–. Dentro de ciertos márgenes, se puede empobrecer, luego enriquecer, es decir, padecer variaciones en la acumulación de los capitales (afectando el volumen de capital global), sin que cambie sustancialmente la condición de clase. Incluso, aún no habiendo llegado al estado de pobreza[4] puede registrarse en determinados grupos sociales una tendencia al desclasamiento[5], como imposibilidad de una reproducción de las posiciones de clase[6]. Posiciones que, en Argentina durante las últimas décadas estuvieron cada vez más definidas por mecanismos mercantiles de reproducción, orientados hacia la definición de un modo o estilo de vida en el que el consumo ha sido la variable decisiva: para pertenecer a las clases medias, como sugieren Kessler y Di Virgilio, “si bien el nivel educativo era importante, el consumo era definitorio” (2008: 43).

El estudio de la movilidad social (ascendente)

El desclasamiento no fue atendido por los estudios de estratificación y de movilidad social, poco dedicados al fenómeno de la movilidad social descendente (Parkin, 1978; Cachón, 1989; Giddens, 2009). Más bien tendieron a centrarse en procesos de movilidad ascendente, ligados –directa o indirectamente– a explicaciones de corte meritocrático (Richardson, 1977) o de logro (Kerbo, 2003), sin considerar otras explicaciones para la movilidad descendente que aquellas sustentadas en la casualidad o el azar (por ejemplo: enfermedades, adicciones, desorganización familiar, etc.). Quizá parte de esta omisión responda al contexto en que las principales teorías sobre la estratificación social fueron gestadas, durante la edad de oro del capitalismo en el siglo veinte, entre mediados de los años cuarenta y de los setenta (Hobsbawn, 2008). Durante las décadas de importante crecimiento económico y transformación social de los treinta gloriosos, esta línea de argumentos sustentó una visión de la sociedad como un todo orgánico y ordenado, exento de conflictos, en el que la permeabilidad o movilidad social sería la expresión del logro por sobre las características adscriptivas[7].

En este apartado repaso como se aborda el desclasamiento en algunos estudios de movilidad social y estratificación, específicamente desde el trabajo de dos autores de referencia que se utilizan en la actualidad: Goldthorpe y Wright. Ambos autores desarrollaron sus teorías en oposición al tratamiento funcionalista de la estratificación social, apoyándose, respectivamente, en las teorías de Weber y Marx[8]. A su vez, uno y otro toman como relevante para el estudio de las clases sociales la dimensión económica, prolongando así la diferenciación weberiana entre clase y status (Crompton, 1997: 163).

Entre todas las aportaciones de Goldthorpe para el estudio de las clases sociales, resalta la importancia que éste otorga a la clase de servicios, buscando un lugar específico donde ubicar a las clases medias. Así, tomando los conceptos weberianos situación de mercado y situación de trabajo, clasifica las diferentes categorías ocupacionales, de acuerdo con sus oportunidades de vida y que dan lugar a distintas situaciones de clase[9] (Giddens, 1983; Crompton, 1997; Jorrat, 2008). Para el caso de la clase de servicios, la situación de trabajo se caracteriza por el establecimiento de relaciones de confianza, relativa seguridad en el puesto, cierta autoridad sobre los procesos de trabajo, y en fin, en un posicionamiento ventajoso en la situación de mercado: perspectivas de carrera y de recompensas (Goldthorpe, 1994: 237- 242).

A pesar del optimismo que generó el estudio de las nuevas clases medias –como expresión del progreso social, pero también por las implicaciones políticas que pudieran atribuírseles[10]–, Goldthorpe considera que el acceso a estas posiciones está profundamente enraizado en la desigualdad de oportunidades de las estructuras de clases (Crompton, 1997: 92). Tras indagar las posibilidades de movilidad relativa en las sociedades (post)industriales, mediante varias investigaciones comparadas llevadas a cabo por el grupo de Nuffield[11]; Goldthorpe concluye que el aumento de la clase de servicios y de posiciones intermedias es un proceso que corre parejo a la disminución de la clase trabajadora (Sémbler, 2006: 39). Es decir, correspondería con el proceso de cruce de la frontera de actividades manuales a no-manuales, producto de los cambios en la estructura ocupacional (y de la morfología de las estructuras de clases), antes que a un avance o ascenso de las posiciones de clase. Este tema ha sido objeto de extensos debates (Richardson, 1977; Giddens, 1983; Cachón, 1989; Crompton, 1997), y es el quid de la cuestión de la estratificación social y la movilidad: el cambio de posiciones tiene que considerarse de manera relacional, sopesando el valor específico de cada posición respecto a las otras posiciones, en base a las distribuciones de capitales –singularmente, de los capitales económico y cultural–.

Para Goldthorpe los procesos de organización del trabajo en las sociedades industriales han conllevado una expansión de la clase de servicios. Si bien, en un primer momento –especialmente, después de la Segunda Guerra Mundial– su expansión se llevó a cabo mediante un reclutamiento intergeneracional amplio (Goldthorpe, 1994: 244); más tarde se instaló una tendencia de esta clase a reproducirse a sí misma:

[…] los miembros de las clases de servicio actuales parecerían tener ventajas, en comparación con la mayoría de los sectores restantes de la población, en términos de los recursos, económicos y de otro tipo, de los que pueden disponer tanto para mantener sus propias posiciones como para aumentar las oportunidades de sus hijos (Goldthorpe, 1994: 250).

Lejos de mostrar mayor fluidez social de la estructura de clases, las posibilidades de movilidad de las clases seguirían estando supeditadas a la capacidad de reproducir los recursos de los diferentes grupos sociales, a través de la herencia intergeneracional[12].

Otra línea de análisis crítica con los planteamientos liberales para las sociedades industriales, y preocupada por esclarecer la posición de los sectores medios, es la elaborada por Erik Olin Wright. Este autor desarrolla su esquema teórico de clases en base a la teoría marxista, rechazando la identificación de la movilidad social con la movilidad ocupacional[13] (identificación a la que no ha escapado el propio Goldthorpe, como ha señalado Crompton, 1997). De modo que, para Wright, mientras las “ocupaciones se entienden como posiciones definidas dentro de las relaciones técnicas de producción, las clases […] se definen por las relaciones sociales de producción.” (Wright, citado en Cachón, 1989: 491). El lugar de las clases sociales, si bien desborda el aspecto meramente técnico de la producción, sigue perteneciendo al ámbito productivo, aún bajo la forma de relaciones sociales.

En suma, estos autores de referencia en los estudios de movilidad social y estratificación no han tematizado el desclasamiento. Además del contexto de producción de bonanza en que se desplegaron estas teorías, el desclasamiento como problema sociológico supone un planteamiento de las clases sociales que excede el marco de las relaciones económicas y productivas. Como señala Crompton, los análisis de clase basados en agregados de empleos han de complementarse con análisis de status, como un modo de interrelacionar los aspectos económicos y los aspectos sociales (Crompton, 1997: 165).

El desclasamiento como problema sociológico: del estatus a las luchas simbólicas

¿Cómo encuadrar, entonces, el problema del desclasamiento? Los enfoques de Goldthorpe y Wright han prescindido del status en la definición de las clases, puesto que se erigieron, en parte, para distanciarse del funcionalismo de posguerra –que operaba como teoría del orden frente a las teorías del conflicto (Ritzer, 1993)–. Así, fueron sistemáticamente rechazadas las referencias al status, al modo como fueron propuestas por los funcionalistas[14]. Sin embargo, este concepto es la llave que puede darnos pistas para comprender los procesos de desclasamiento.

Uno de los autores clásicos que dirigió la mirada sobre los grupos de status fue Max Weber, aunque éste los diferenciaba de la situación de clase, propiamente económica. Este autor identificaba tres fuentes de generación de grupos de status o estamentales: a) por un modo de vida propio –que puede originarse en la naturaleza de la profesión; b) por carisma hereditario, a través de pretensiones efectivas de prestigio; y c) por apropiación estamental, como monopolio de poderes de mando políticos (Weber, 1992: 246). Lo central de los grupos estamentales es, para Weber, el reclamo de exclusividad. Exclusividad que ya analizara también Globot en su obra La barrera y el nivel, donde puso de relieve la función a la vez niveladora y separadora de las distinciones simbólicas, al no contar las clases burguesas –a diferencia de las castas– con sistemas de cierre jurídicos que impidan el acceso a los advenedizos (Alonso, 2006: 163 y 2009: 51). Para Globot las características distintivas que separaban lo burgués de lo no-burgués en las provincias francesas, también tenía una función de identificación al interior del grupo. Tal exclusividad estamental también es puesta en la arena desde el planteamiento de los estilos de vida en la sociología de las clases de Pierre Bourdieu, que funcionan como conjunto de Stände[15]; siendo la exclusividad una característica propia de la lógica de distinción (Bourdieu, 1998). Bourdieu considera el status weberiano como una dimensión de las clases sociales, en lugar de verlos a ambos como entidades diferentes. Así, “las diferencias propiamente económicas aparecen reduplicadas por distinciones simbólicas […], en el consumo simbólico, que transmuta los bienes en signos, las diferencias de hecho en distinciones significantes” (Bourdieu, 2002: 132, cursiva en el original). Las luchas por las clasificaciones (classements) se constituyen en una parte fundamental de una ciencia de las clases sociales, porque los propios legos “[…] producen los classements por los cuales intentan modificar su posición en las clasificaciones objetivas –en la estructura de clases– y los principios mismos en que se basan estas clasificaciones” (Baranger, 2004: 123, cursiva en el original).

Sin embargo, antes de Bourdieu, otros autores reivindicaron el papel del status en la configuración de las clases sociales, incluso en el ámbito de la sociología del trabajo. Lockwood es reconocido dentro del terreno de revisión de las clases sociales como uno de los primeros que rompe con el dualismo estructura/cultura, al entender que los valores y normas de las clases sociales (que se estudiaban como conciencia de clase) son poderosos por sí mismos, y no como reflejo de la estructura (Devine y Savage, 2005: 11). En su clásico estudio sobre los oficinistas, Lockwood identifica tres factores que inciden en la posición de clase: la situación de mercado, la situación de trabajo[16] y la situación de status[17] (Lockwood, 1962: 6). Lo interesante es que este autor se refiere a la situación de status en relación a la situación de clase –definida a través de las situaciones de mercado y laboral– alejándose de las explicaciones del paradigma funcionalista, para las que los status serían medidos en una escala jerárquica, puesta en el centro de la escena (Cachón, 1989: 132). En esta dirección, ocurrió con los puestos de oficinistas lo que con tantos otros en las sociedades diferenciadas: se fueron devaluando (económicamente) y perdiendo status por las dinámicas propias de la estructura de las clases –pérdida de la exclusividad de quienes accedían a las mismas; feminización[18] de la actividad; pérdida de valor distintivo–.

Años más tarde, en 1974, surgió la tesis de Braverman sobre la descualificación del trabajo por rutinización (Crompton, 1997: 57). Este proceso, que afectaría a todos los trabajadores, generaría una extensiva proletarización, especialmente de los trabajadores de cuello blanco. En este eje, también Giddens (1983) avizoró la creciente proletarización de las clases medias, debido a los cambios en las condiciones de su estructuración. Para este autor, las posiciones de un sector de los empleados administrativos han padecido un traslapamiento[19] con los niveles más altos de la clase obrera. Giddens remarca la influencia de factores de larga duración, que han acortado las diferencias económicas entre ambas fracciones de clase: alfabetización universal; expansión cuantitativa del sector de cuello blanco, que redujo el factor escasez del que era beneficiario; introducción de sistemas mecánicos al trabajo administrativo; y, también, la feminización del sector terciario (Giddens, 1983: 224-225).

De la movilidad social a las trayectorias sociales

De lo dicho hasta aquí, se reafirma lo que tantos autores han reseñado ya sobre la movilidad social y sus efectos ideológicos para el mantenimiento del orden social (Cachón, 1989; Crompton, 1997). Además de las críticas al funcionalismo y sus argumentos meritocráticos, autores como Parkin también han señalado el carácter de “válvula de seguridad” de la movilidad social, para evitar el conflicto en las sociedades industriales avanzadas (Crompton, 1997: 86).

Es posible, sin embargo, visualizar estos movimientos desde la metáfora sugerida por Bertaux de la escalera que se hunde, y que ha sido retomada por Lorenzo Cachón:

[…] esta escalera por la que todos ascendemos según nuestros méritos, es como una escalera mecánica que desciende; que la movilidad no tiene lugar en un espacio social fijo, sino en un campo fluido, en que se puede cambiar de condición sin haber variado de posición y, viceversa, se puede variar la posición social sin cambiar de condición (nominal)” (Cachón, 1989: 514).

Campo fluido, caracterizado por: a) movimientos ascendentes o descendentes que, en su mayoría, son de corta distancia (Parkin, 1978); b) el cruce de la línea no-manual/manual, responde en muchos casos a una restitución del status de los padres (que habían protagonizado, previamente, movilidad ascendente; Richardson, 1977) o a procesos de contramovilidad[20] (Cachón, 1989); c) una estructura de ocupaciones que cambia con el tiempo (Crompton, 1997); d) procesos de movilidad social que no se reducen a movilidad ocupacional (Cachón, 1989).

Otra forma de nombrar la escalera que se hunde de Bertaux, corresponde a la expresión acuñada por Bourdieu de translación de la estructura (1998: 128). Con esta expresión se refiere este autor al fenómeno según el cual, a pesar de las reconversiones de capitales –que suponen un cambio de la condición de clase–, si ésta sucede a la par que un mantenimiento de las diferencias iniciales –es decir, de las posiciones–, queda descartada la suposición funcionalista de una movilidad social ascendente.

Retomando la disociación analítica entre condición y posición de clase planteada más arriba (Bourdieu, 1998 y 2002), ésta se torna de vital importancia para comprender las trayectorias sociales (más que la movilidad social) y las luchas para evitar el desclasamiento. Mediante esta diferenciación podemos entender el desclasamiento atendiendo a dos situaciones extremas: a) como una permanencia en la condición de clase (las características intrínsecas se mantienen; por ejemplo, las titulaciones que dan acceso al ejercicio de una profesión), pero cambiando la posición de clase (en relación con otras posiciones, por efecto de devaluaciones de dichos títulos o por depreciación salarial); o b) como quiebre de la condición de clase, asociada fundamentalmente a la pérdida abrupta de capital económico. Si bien, mediante procesos de reconversión se puede también cambiar de condición de clase, de cara a mantener una posición social.

Este proceso de reconversiones se lleva a cabo, fundamentalmente, en la transmisión intergeneracional del patrimonio, y suele estar detrás de los llamados conflictos generacionales (Bourdieu: 1998). Para este autor,

[…] las diferencias entre las generaciones (y la potencialidad de los conflictos generacionales) son tanto mayores cuanto más importantes son los cambios acaecidos en la definición de los puestos o en las maneras institucionalizadas de acceder a los mismos, es decir, en los modos de generación de los individuos encargados de ocuparlos (Bourdieu, 1998: 296).

El modo de acceder a los puestos de trabajo en las sociedades con economías de servicios está cada vez más ligado a la posesión de capital escolar. Asimismo, el aumento de las titulaciones que dan derecho a un puesto (y que produce devaluación de estas) transforma la relación entre las titulaciones y el sistema de producción de puestos, y la forma de competencia por el puesto entre los que poseen títulos y los que no. En el capítulo cinco se desarrolla esta cuestión a la luz de los casos empíricos.

Estrategias de reproducción social de los desclasados en Argentina

Las profundas transformaciones a partir de la instauración del modelo de valorización financiera a las que aludí en el segundo capítulo se plasmaron en la estructura social argentina de manera ambigua. Muchos estudios sobre estratificación social (Mora y Araujo, 2002; Kessler y Espinoza, 2003; Jorrat, 2008) destacan que aumentaron los puestos más calificados, así como las ocupaciones en el sector terciario. A su vez, debido a la expansión de la matrícula educativa, la población ha accedido a mayores niveles de escolarización. Sin embargo, como bien señalan los estudios realizados por Kessler y Espinoza (2003) estos procesos han sido acompañados por movimientos contradictorios, que denominan movilidad espuria. A continuación, analizo cómo ha evolucionado este tipo de movilidad, respecto a las recompensas salariales en la etapa de entrada de la sociedad argentina a una economía de servicios. Asimismo, interpreto brevemente los cambios que esta transformación supusieron para las clases medias desclasadas a nivel de sus prácticas cotidianas, configurando nuevas estrategias de reproducción social.

Movilidad espuria: translación de la estructura con depreciación salarial

La evolución de la estructura social argentina en las últimas décadas es imprecisa, puesto que combina diferentes procesos. Por un lado, hubo un aumento de puestos de trabajo más calificados (movilidad estructural ascendente). Entre 1980-2001 la proporción de puestos profesionales aumentó de un 6% a un 10%; los trabajadores calificados pasaron de 40% a 60%; mientras que los no-calificados disminuyeron de 54% a 30% (Kessler y Espinoza, 2003: 32). Sin embargo, esta tendencia ascendente coincidió con otra de carácter descendente, debido a la destrucción de puestos obreros y de la administración, siendo sus ocupantes desplazados mayormente hacia servicios informales (Kessler y Espinoza, 2003: 5). Por otra parte, también en cuanto a las retribuciones salariales se caracteriza este movimiento como descendente. En el capítulo anterior describí las depreciaciones salariales de las diferentes categorías ocupacionales durante las décadas de 1980-1990 (Tabla 5).

Algunos estudios que trabajan con el enfoque de Goldthorpe insisten en que, a pesar de la crisis de 1990 y 2001, la pauta predominante de movilidad social en Argentina continúa siendo ascendente. Jorrat (2008) calcula que la movilidad descendente pasó de un 38,7%, a un 25,5% en el periodo, en una matriz de movilidad intergeneracional. Este autor, si bien reconoce que la estructura ocupacional del empleo ha cambiado, aumentando la proporción de trabajadores en servicios –no manuales rutinarios–, no tiene en cuenta los efectos de translación estructural que imprime la sobreoferta educativa en relación a los puestos y salarios existentes. Kessler y Espinoza (2003), en cambio, se refieren a esta pauta de movilidad como movilidad espuria en Argentina; mientras que Sémbler habla de una terciarización espuria en América Latina, para referirse a la formación de una clase de servicios no asociada a las oportunidades económicas que atribuía Goldthorpe a esta fracción, sino más bien como trabajo no-manual segmentado (Sémbler, 2006: 64).

La designación de este tipo de movilidad como espuria (Kessler y Espinoza, 2003)[21], tiene aire de familia con lo que Bourdieu analizó como translación de la estructura (Bourdieu, 1998). La movilidad espuria supone una movilidad intergeneracional ascendente (los hijos tienen mayores titulaciones que los padres), pero con un fuerte descenso respecto a los niveles salariales. Lo que equivale a decir que los mismos puestos valen menos, o que se requieren más titulaciones para un mismo puesto de trabajo (Kessler y Espinoza, 2003). En tanto, la translación de la estructura significa una especie de deformación de esta, por efecto de las inversiones de los agentes, que conduce a la inflación (y devaluación) de las titulaciones escolares (Passeron, 1983), dando lugar al mantenimiento de las diferencias iniciales (Bourdieu, 1998).

En definitiva, y para dialogar con los antecedentes locales disponibles, puede hablarse de la existencia de un fenómeno de movilidad descendente en Argentina (Mora y Araujo, 2002), que ha afectado a distintas fracciones de las clases en diferente medida, siendo la principal característica de este proceso la gran heterogeneidad generada. De acuerdo con la acertada metáfora de Minujin:

La imagen no es exactamente la de un edificio que se hunde, sino que simultáneamente cambia su configuración. Los que eran pobres ciertamente, en su gran mayoría, siguen en la parte baja pero todavía con más carencias, los sectores medios se dispersan, si bien su mayor parte desciende desordenadamente, algunos se mantuvieron y otros, los menos, ascienden. (Minujin, 1997: 22).

Cambio de posiciones, cambio de estrategias… ¿cambio de condiciones?

El deterioro de las condiciones de vida de gran parte de la población durante los años ochenta y noventa, precipitó el cambio de las habituales estrategias de reproducción social[22] de los agentes, que habían garantizado unas posiciones dentro de las clases medias en décadas anteriores. Al no poder acceder al modo de vida que se había configurado como legítimo para las clases medias en ascenso –y que las definen como tales–, amplias capas sociales tuvieron que implementar profundos replanteos y redefiniciones en sus modos de reproducción social.

Atendiendo a los síntomas de empobrecimiento ocasionados por las pérdidas salariales, es interesante remarcar la segmentación entre dos de las capas medias, identificadas en el índice de Nivel Económico Social[23] como medio-alta y medio-baja (Mora y Araujo, 2002). La emergencia de una creciente brecha en esos dos estratos y la existencia de fuertes discontinuidades en la distribución de bienes señalaría una pronunciada frontera. El acceso a bienes corrientes de las sociedades modernas (teléfono, automóvil, videograbadora, tarjeta de crédito, ordenador, etc.) presenta fuertes intermitencias entre todos los estratos, pero de manera más acuciante entre los dos segmentos intermedios[24].

El surgimiento de una creciente fractura dentro de las clases medias también es objeto de atención de varias autoras (González Bombal y Svampa, 2001; Del Cueto, 2004; Svampa; 2005) que identifican a los sectores de las clases medias en decadencia como los perdedores del neoliberalismo. Y caracterizan como pertenecientes a este grupo

[…] a vastos grupos sociales entre los cuales se incluyen empleados y profesionales del sector público, sobre todo, provincial; anteriormente “protegidos”, ahora empobrecidos, en gran parte como consecuencia de las nuevas reformas encaradas por el estado neoliberal en el ámbito de la salud, de la educación y las empresas públicas. Acompañan a éstos, trabajadores autónomos y comerciantes desconectados de las nuevas estructuras comunicativas e informativas que privilegia el orden global (González Bombal y Svampa, 2001: 2).

Puesto que los mecanismos de reproducción social ligados al Estado ya no funcionaban (como señalé en el capítulo anterior) y los mecanismos de mercado como garantes del acceso a bienes y servicios se volvieron inaccesibles por la pérdida del poder adquisitivo, las clases medias tuvieron que ajustarse a la nueva situación cambiando sus hábitos y, en definitiva, sus estilos de vida. Kessler y Di Virgilio (2008: 40) han caracterizado esta situación como una constante coacción al cambio, para referirse a los esfuerzos de los desclasados por estabilizar la vida cotidiana.

El cambio de estrategias vinculadas con los consumos domésticos constituye una dimensión analítica fundamental. Como ya analizara Minujin, tales transformaciones abarcan “consumos que se eliminan, modifican o limitan, restricciones en la vida cotidiana, ropa y bienes del hogar que no se reemplazan, compra y venta de cosas usadas, etc., van conformando un panorama de carencias que se acumulan día a día.” (Minujin, 1997: 30). También Feijóo examina cómo una fracción de las clases medias que ha visto disminuidos sus ingresos, ha adoptado diferentes argucias domésticas, apoyándose en la elasticidad de los consumos de la canasta básica familiar. Así, menciona algunas prácticas emergentes de las experiencias de empobrecimiento durante los noventa, que tratan de mantener los niveles de consumo reduciendo el gasto al máximo[25]: compra a mayoristas para abaratar precios, abandonar el consumo de productos alimenticios semi-elaborados para producirlos en casa, restricción de salidas, sustitución de invitaciones a comer por la realización de reuniones donde cada uno lleva una parte, entre otras (Feijóo, 1997). Algunos otros consumos que se resintieron fueron los de telefonía. La tenencia y consumo de teléfono móvil descendió en abril de 2002 un 9,5%, respecto al año anterior; así como también disminuyeron las llamadas urbanas e interurbanas (algo menos de un 15% en el mismo periodo; según datos del INDEC; en Minujin y Anguita, 2004: 44)[26].

En los intersticios que dejó el mercado de trabajo, algunas mujeres que no habían trabajado fuera del hogar se fueron incorporando, aunque fuera en actividades muy informales (venta de cosméticos o ropa a domicilio, por ejemplo); así como jóvenes en edad escolar que han llegado, en ocasiones, a abandonar los estudios secundarios (Torrado, 2003); ambas inserciones bajo la lógica de “trabajador complementario”. La hipótesis del trabajador complementario supone que, ante el deterioro de los ingresos familiares, los hogares se ven obligados a enviar más miembros al mercado de trabajo (generalmente, mano de obra “secundaria”: mujeres y jóvenes; Monza, 1993: 77). Incluso, algunos varones adultos han tenido que optar por más de un empleo, para engrosar los ingresos familiares (Feijóo, 1997). Como se mencionó en el capítulo anterior, en el año 1999 el 40% de los trabajadores se encontraba sobreocupado (es decir, trabajando más de 45 horas semanales; Filmus et al., 2001: 80).

Otras estrategias han involucrado la acción colectiva, como los clubes de trueque que estuvieron funcionando en los años noventa, pero alcanzaron su máxima extensión en 2002, con nodos de 5.000 participantes por día (Svampa, 2005). Sin embargo, la mayoría de las respuestas a la movilidad descendente de las clases medias se generaron puertas adentro, al interior de cada familia, ocultándose a las miradas de los otros (Del Cueto y Luzzi, 2008: 68).

Algunos estudios han señalado el cambio de las estrategias en relación con los capitales disponibles, especialmente el social y el cultural. Asimismo, el peso relativo de cada capital se ha modificado en las pautas de movilidad social (Kessler y Espinoza, 2003: 9). Al cambiar la estructura de oportunidades en la generación de empleo, el capital social se torna más importante que el llamado “capital humano, privatizando los soportes estructurales de la movilidad social” (Espinoza, 2006: 6).

El capital económico que se recibió por indemnizaciones ­­­­de retiros anticipados de los empleados estatales en los procesos de ajuste, fue utilizado en varios casos en aventuras cuentapropistas[27] (Feijóo, 2003: 21) que, afectados por el síndrome de irracionalidad económica retrospectiva (Kessler, 1998) muchos agentes juzgaron a posteriori como malas apuestas y jugadas.

Respecto a los capitales cultural y social[28], Kessler (1998; 2003a) señala las redefiniciones que asumen en los procesos de empobrecimiento, puesto que se valorizarían de manera diferente. La organización aparentemente aleatoria y desordenada de los presupuestos familiares sería un síntoma de esta situación: continuar enviando a los hijos al colegio privado mientras que se manifiestan deficiencias en salud o vestimenta; o sufrir degradación de las condiciones de hábitat mientras se disfruta de una cobertura de salud de buena calidad (Kessler y Di Virgilio, 2008: 41). Estos aparentes desórdenes, según estos autores, provienen de los capitales disponibles con los que los sectores empobrecidos cuentan en cada caso. Capitales que, a diferencia del dinero, no admiten fraccionamiento ni tampoco pueden ser usados para otras aplicaciones que las que habían permitido su acumulación (típicamente, es el caso del capital social).

Las redefiniciones de algunos de los capitales, así como la transición de los mecanismos de reproducción social de las clases medias –de estatales a mercantiles–, han reconfigurado su condición de clase, articulada ahora en torno al consumo como atributo principal. La inaccesibilidad de consumos definitorios de las clases medias, de sus estilos de vida como nivel –hacia el interior–, y como barrera –ante otras clases “inferiores”–; ha trastocado también las posiciones de clase.

Si, además, las clases se definen por lo que los agentes se representan de las posiciones; y si esta representación es construida en base a unos marcadores de clase (vía consumo) a los que ya no se podría acceder, se habría sufrido un cambio de condición –aunque muchas de las características, otrora “intrínsecas” de la clase permanezcan intactas (titulaciones, propiedades económicas, etc.)–. Marcadores de clase que llegan a constituir auténticas necesidades básicas representacionales, de acuerdo con la acertada expresión de Lambiase (2004). Éstas conforman un “conjunto de prioridades indispensables para los actores de la clase media […] desde las actividades recreativas y deportivas, el cuidado de la estética personal, la vivienda confortable hasta elementos de consumo identitario incorporados en la última década” (Lambiase, 2004: 204).

El acceso al consumo como marcador de clase, se convierte en una característica intrínseca que afecta a la condición, y que puede incluso desplazar a otras especies de capital, dependiendo del peso específico que guarde cada una de las propiedades pertinentes, así como de las posibilidades de su rentabilización diferencial en el espacio de las clases sociales.

La emigración de argentinos como estrategia de reproducción social

Las migraciones se han planteado como estrategias de reproducción social para los argentinos en diferentes momentos históricos desde mediados del siglo XX, respondiendo a distintos contextos de producción en la sociedad de origen. Retomando las aportaciones de Abdelmalek Sayad es posible analizar estos flujos como diferentes edades[29] de la emigración-inmigración argentina, cada una con sus características particulares y en las que sería posible vincular las disposiciones de los agentes con los factores estructurales de los contextos de origen, en tanto que generadores de población emigrante. Asimismo, es posible identificar los mecanismos por los cuales, en determinados momentos históricos, un estado como España se convierte en atractor de flujos migrantes, como detallo en el siguiente capítulo. En este apartado realizo un breve repaso por la historia reciente de las emigraciones argentinas, problematizando algunas de las nociones con las que se ha estudiado.

Emigraciones de argentinos: una constante estructural

La disposición a emigrar es parte del sistema de estrategias de reproducción social posibles para algunas personas. Hay autores que se refieren a la existencia de una cultura migratoria como un factor importante en el desencadenamiento y mantenimiento de los procesos migratorios (Criado, 2001; González y Merino, 2007). En el caso argentino, la investigación realizada por González y Merino aduce la existencia de una cultura migratoria previa, al contar sus entrevistados con un componente europeo (que denominan migración transgeneracional); fortalecida también por experiencias de emigrados próximos –amigos, compañeros–. Así, es factible que las migraciones de inicios de siglo XXI se apoyaran sobre un sustrato común, dada la historia del país como receptor de inmigración, que atañe de manera privilegiada a las clases medias. Por un lado, debido a que las clases medias se fraguaron en Argentina en parte por el ascenso social de los inmigrantes europeos, tanto a través de la reproducción intrageneracional como de la intergeneracional. Esto no sólo constituyó un acervo de conocimiento disponible (Schutz, 2004) –por las experiencias familiares y la construcción familiar, en ocasiones mítica, de lo que significa ser inmigrante, como se aprecia en los relatos de los entrevistados–; sino que proporciona a los potenciales migrantes una serie de herramientas útiles para emprender sus proyectos migratorios: documentación y redes, incluso el conocimiento de la lengua del país de retorno.

Por otro lado, la disposición para emigrar, relacionalmente considerada, tiene más probabilidades de realización entre las clases medias: las clases altas perderían las posiciones que disfrutan en el país de origen al emigrar. Como sostiene Weiss (2006), los capitales de los agentes bien pueden valorizarse o devaluarse en los procesos migratorios, y esta cuestión delimita por arriba a quienes opten por emigrar[30]. Mientras que, por abajo, aun atendiendo a que los recursos para emigrar se han tornado más accesibles y económicos, conformando lo que algunos autores denominan mundialización por abajo (Portes: 1999; Tarrius, 2007); también es cierto que los recursos que requiere tal desplazamiento no están disponibles para todos los agentes en el espacio social de origen.

En América Latina, Portes y Hoffman (2003) señalan que los profesionales, empleados de oficina y algunos obreros calificados que no han podido reconvertirse en actividades autónomas tras la aplicación del neoliberalismo en la región, entrando en la economía informal de los autoempleados, han tenido que buscar suerte en el extranjero. Asimismo, aclaran:

[…] la opción de emigrar no está abierta a todo el mundo, por las restricciones que imponen las naciones receptoras y el costo que implica el viaje y el proceso inicial de radicación. […] esta alternativa no está abierta al proletariado informal, sino más bien a […] trabajadores no manuales, artesanos calificados y miembros de la pequeña burguesía (Portes y Hoffman, 2003: 377).

En el caso de Argentina, ante la estrechez creciente de oportunidades de las últimas décadas, muchos sectores de las clases medias a un paso de la proletarización o la marginalidad decidieron hacer las valijas en busca de nuevos horizontes (Mira y Esteban, 2003). En el momento en que el fenómeno alcanzó un pico de salidas, Lelio Mármora –entonces director del INDEC–, con alarmismo y preocupación expresaba que la última emigración de argentinos fue “el exilio masivo más grande de nuestra historia, con más de 250.000 personas yéndose del país”. Asimismo, fue definido por él y por Adriana Alfonso –encargada por entonces de Asuntos Internacionales de la Dirección Nacional de Migraciones– como “un típico fenómeno de clase, y en este caso de clase media: no toca a los sectores populares, es una migración caótica con apoyo económico desde la Argentina”[31]. Asimismo, algunas investigadoras siguieron la pista de esta vinculación de clase de la emigración argentina. Anahí Viladrich (2007: 262) identificó a los sectores de nuevos pobres como a los principales candidatos para dejar la Argentina a partir de mediados de la década del noventa. En tanto, Sandra Lambiase (2004) relaciona la emigración de argentinos a partir del año 2000 como una manifestación de las clases medias empobrecidas.

Ahora bien, esta tendencia emigratoria de sectores de las clases medias argentinas dista de ser nueva. A pesar de conocerse bastante la historia de Argentina como país de inmigración, es relativamente ignorada su dimensión respecto a la emigración, bastante anterior a la última dictadura militar. De hecho, la emigración argentina ha constituido más bien una constante estructural (Graciarena, 1986) y por goteo (Mira, 2005) desde los años 1950, revirtiendo la imagen histórica de Argentina como lugar de recepción de inmigrantes (Lattes y Oteiza, 1986; Novick, 2005).

En el segundo capítulo me referí al mito fundacional de la Argentina como tierra acogedora y de promisión para los inmigrantes transatlánticos. Sin embargo, más de la mitad de las personas que llegaron al país durante las primeras oleadas de inmigración ultramarina (principalmente europea), retornaron a sus países de origen, o bien se fueron a otros destinos. “De los 7 millones de inmigrantes que llegaron al país entre 1870 y 1914, más de 4 millones (casi un 60 por ciento) se fueron, sea para retornar o para seguir hacia otro destino” (Graciarena, 1986: 17). Datos que sugieren una de las tasas de retorno más altas entre los países de alta inmigración.

Atendiendo a los datos de la tabla 6, la evolución de la columna nativos señala un sostenido drenaje de argentinos al extranjero, aunque éste se ha visto atenuado por las entradas de inmigrantes, dando en casi todos los periodos saldos positivos. Desde 1955 hasta 1984 emigraron de Argentina unos 650.000 argentinos (Lattes y Oteiza, 1986); cifra que se ha visto solapada al compararla con el ingreso de inmigrantes de los países limítrofes (Paraguay, Bolivia, Chile y Uruguay). Luego se repite un incremento considerable entre 1995-2003, generando el mayor éxodo de población conocido en la historia argentina.

Tabla 6: Argentina, 1950-2003. Saldos migratorios internacionales según país de nacimiento

SALDOS MIGRATORIOS

AÑOS

NATIVOS

NO NATIVOS

1950-1954

-30.221

388.901

1955-1959

-45.322

208.659

1960-1964

-48.287

172.938

1965-1969

-53.874

164.557

1970-1974

-29.598

271.938

1975-1979

-168.710

82.788

1980-1984

-165.416

145.105

1985-1989

-6.693

168.847

1990-1994

-75.777

195.834

1995-1999

-127.539

214.030

2000-2003

-193.030

67.384

Fuente: Elaborado por Actis y Esteban (2007: 252).

Problematizando las categorías: ¿Exilio? ¿Fuga de cerebros? ¿Migraciones económicas?

Las migraciones argentinas han sido estudiadas desde tres categorías que han intentado clasificarlas por causas y tipos de emigración: el exilio político, la fuga de cerebros y la emigración por razones económicas (Mira, 2005: 178). Sin embargo, investigaciones que han relacionado otras variables han visualizado la incidencia de múltiples factores en cada una de estas tipificaciones. Algunos estudios que compararon los ciclos políticos –especialmente, los marcados por períodos de golpes de estado y gobiernos autoritarios– con la emigración de profesionales y técnicos a Estados Unidos, concluyen que resulta más esclarecedor para entender el fenómeno a nivel agregado cuando se vinculan esos procesos con la evolución de variables económicas. El estudio de Oteiza compara la emigración de profesionales y técnicos hacia Estados Unidos entre 1950 y 1970, mostrando que los flujos de salida parecen estar más relacionados con la evolución del Producto Bruto Interior que con los diferentes regímenes políticos, siendo paradigmático el caso del periodo de Onganía (1966-1970), que supuso una fuerte represión en las universidades, momento en el que las curvas emigratorias decaen. Es decir, parece haber una incidencia de los factores económicos que ha acompañado a los políticos (Oteiza, citado por Bertoncello, 1986). Otro tanto ocurre con un estudio de Adriana Marshall sobre la emigración de argentinos a Estados Unidos. Esta autora argumenta que durante los años setenta (especialmente a partir de 1976) las salidas del país estuvieron esencialmente relacionadas con factores políticos. Sin embargo, no dejaban de influir también en el manojo de variables la pérdida de oportunidades laborales y la declinación del poder adquisitivo del salario real[32] (Marshall, 1988).

Otro tanto ocurre con los estudios sobre fuga de cerebros: las investigaciones sobre migraciones de personas altamente cualificadas se comprenden mejor cuando se contextualizan las condiciones en origen y la dinámica de desajuste estructural de los mercados de trabajo en los que se insertan académicos y científicos (Pellegrino, 2008; Martínez Pizarro, 2010; Pedone y Alfaro, 2015).

Tensionando las categorías, Esteban refiere a la última corriente emigratoria de argentinos a España como exilio económico. El autor establece una tipología de las migraciones de acuerdo con las causas que las motivan, y entre ellas diferencia entre económicas selectivas y económicas en sentido estricto; a éstas se correspondería el exilio económico. Se trataría de un exilio, puesto que se cuestiona la voluntad de una emigración que se efectúa en el marco de profunda pobreza o indigencia, producto éstas de “[…] un ejercicio de violencia económica institucionalmente aplicada por el poder político” (Esteban, 2003: 20).

El proceso de clasificación sobre las migraciones como exilios, fuga de cerebros o migraciones económicas responde a operaciones complejas, que no siempre colaboran con la definición adecuada de categorías sociológicas (Lenoir, 1993). Por ello es menester, como sostuve en el capítulo uno, complejizar la mirada desde la consideración de la selectividad que define quiénes tienen la posibilidad de emigrar en diferentes contextos históricos. La selectividad de los flujos migratorios da pistas sobre las posibilidades diferenciadas de emigrar para los nacionales de un mismo país. Los estudios que atienden a la selección “natural” (Grasmuck y Pessar, 1991) o la alta selectividad de los flujos (Martínez Buján, 2003), remiten a la evidencia de que la estrategia migratoria no es posible para cualquier agente, y se encuentra estratificada de acuerdo con los capitales de partida. Estratificación que ha de contrastarse con la pertenencia de clase de los emigrantes, al incidir ésta en la posibilidad de emigrar y en los destinos escogidos. Así, una encuesta realizada a emigrantes argentinos en el año 2002 indicaba que las personas de estatus medio optaban preferentemente por España; las de status alto y medio-alto por Estados Unidos; y las de status bajo por Italia (Actis, 2010a: 154).

Teniendo en cuenta el entramado complejo en el que se inserta la emigración argentina, en el que intervienen múltiples factores a la hora de configurarla, se concluye que no se caracteriza por hechos esporádicos o aislados, que pudieran estar marcados únicamente por la inestabilidad política del país. Se trata más bien de “un fenómeno estructural, o sea inherente a ciertas condiciones generales de funcionamiento y formación de la sociedad argentina” (Graciarena, 1986: 18). En este sentido, Graciarena remarca tanto la existencia de un marco centrífugo que opera a nivel nacional, cuanto la existencia de polos de demanda internacional de recursos humanos, especialmente de alto nivel académico y profesional.

Recapitulando: al hilo de las transformaciones del espacio social argentino, las distintas fracciones de las clases medias han ido generando estrategias para afrontar el riesgo de empobrecimiento y de desclasamiento. Algunas estrategias han estado ligadas al aumento de las inversiones escolares, para tener más opciones de inserción en los puestos de trabajo de calidad –vinculados a las grandes empresas de la economía de servicios–. Algunos de quienes visualizaron las ventajas de los títulos como credenciales –especialmente, los otorgados por las emergentes instituciones privadas–, estuvieron en mejores condiciones para competir en el mercado de trabajo (se profundizará esto en los casos empíricos). A su vez, esta orientación hacia la inversión en capital escolar colaboró en la deformación de la estructura social, ocasionando los procesos de movilidad espuria analizados rápidamente en este capítulo –translación de la estructura con depreciación salarial–.

Otras estrategias, orientadas más a evitar la caída que al ascenso, implicaron una reestructuración de los estilos de vida, reduciendo los consumos y cambiando la estructura de prioridades en el ámbito de las economías familiares. Estas nuevas estrategias supusieron un proceso de constante reclasificación de prácticas y de creencias, respecto a lo necesario y lo superfluo (Kessler, 2003a).

La estrategia migratoria, en tanto, ha sido un recurso al que los sectores medios de Argentina han apelado a lo largo de la historia reciente, en el formato de fuga de cerebros o de exilio (los temas más estudiados en la literatura argentina sobre migraciones). En el cambio de milenio, sin embargo, convergen dos circunstancias, que merecen especial atención. Por un lado, la intensidad de las transformaciones sociales, la más destacable en referencia al empobrecimiento de las clases medias. Por otro, el incremento importante de salidas del país: el saldo de emigrantes argentinos durante el periodo 2000-2003 (cuadro 6) constituye “el mayor saldo migratorio de nativos de la historia en Argentina” (Actis y Esteban, 2008: 81).

Entonces, cabe preguntarse por la relación entre estos dos fenómenos, máxime cuando las clases medias argentinas emergieron, en gran medida, de la inmigración transatlántica, como expuse en el capítulo dos. Todo ello sustenta la exploración de las estrategias migratorias como estrategias de reproducción social, orientadas a enfrentar el desclasamiento en el país de origen, entramándose con otras estrategias de reproducción social. Temas que serán desplegados a partir del capítulo cinco. Pero antes merece la pena detenerse para analizar qué estaba pasando en España para que se constituyera en semejante polo de atracción de la migración de argentinos.


  1. “Desclasamiento: acción y efecto de desclasar. Desclasar: hacer que alguien deje de pertenecer a la clase social, generalmente alta, de la que proviene, o que pierda conciencia de ella.” (Diccionario RAE, 22º Edición).
  2. Entendida la situación de clase como: “el conjunto de las probabilidades típicas: 1. de provisión de bienes, 2. de posición externa, 3. de destino personal, que derivan, dentro de un determinado orden económico, de la magnitud y naturaleza del poder de disposición (o de la carencia de él) sobre bienes y servicios y de las maneras de su aplicabilidad para la obtención de rentas o ingresos” (Weber, 1992: 242).
  3. La diferencia entre condición/posición de clase, según la interpretación de Baranger (2004), fue sepultada por Bourdieu al introducir la técnica de Análisis de Correspondencias Múltiples (ACM) en sus investigaciones sobre el espacio social. Al rastrear el proceso de construcción llevado a cabo por Bourdieu del concepto de campo/espacio social, Denis Baranger realiza una revisión de la génesis de esta formulación. En este proceso, una de las etapas está marcada por la introducción de una técnica de tratamiento de los datos, el ACM, que supondría que, al obtener conocimiento sobre las posiciones sociales se proporcionaba tanto información sobre las propiedades intrínsecas como relacionales (Baranger, 2004: 122). No pretendo resolver este debate en el presente capítulo, sino intento recuperar la distinción analítica, sin perder de vista que cualquier atributo de propiedades intrínsecas (condición) se valoriza en el sistema de relaciones (posiciones) siendo, por tanto, relacional.
  4. La medición de la pobreza a través del método de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), consiste en cinco indicadores referidos a los hogares: condiciones de la vivienda (precaria, pieza de inquilinato), hacinamiento (más de tres personas por cuarto), condiciones sanitarias (hogares que no tuvieran retrete), asistencia escolar de niños en edad escolar, capacidad de subsistencia (hogares que tuvieran 4 o más personas por miembro ocupado y cuyo jefe tuviera baja educación); INDEC Censos de Población de 1980, 1990, 2001. Este índice se dirige a contabilizar el nivel de pobreza estructural, asociado a las villas miseria o de emergencia. A partir de la combinación de este índice con el de la Línea de Pobreza (LP), surge en los estudios de pobreza el concepto de “nuevos pobres”: hogares que cumplen con las NBI, pero no llegan al nivel de la LP (por el deterioro sostenido del salario).
  5. Dentro de la literatura sobre estratificación social es difícil encontrar referencias directas sobre el desclasamiento. Planteamientos afines pueden encontrarse en los análisis realizados por Mills, respecto a la decadencia de las clases medias norteamericanas. Las clases medias, especialmente los pequeños propietarios agrícolas y pequeños comerciantes, sucumbieron a la preponderancia del gran capital industrial y comercial, teniendo que reconvertirse en trabajadores asalariados. Resulta interesante destacar cómo la circunstancia de dejar de ser propietario se interpreta, desde la perspectiva de Mills (y probablemente, desde las representaciones predominantes en la sociedad estadounidense de la época) como una pérdida de libertad, como un despojo de una seguridad que era inherente a la condición de pequeño empresario (Mills, 1973: 88-89).
  6. En la investigación detecté que las dificultades de reproducción de las posiciones de las clases medias indujeron a los sujetos a optar por la estrategia migratoria, aspectos que analizo en los próximos capítulos.
  7. La concepción funcionalista o liberal de la estratificación social sostiene que: 1) la sociedad industrial supone un decisivo aumento de las tasas de movilidad social, respecto a las sociedades preindustriales; 2) predomina la movilidad ascendente sobre la descendente; 3) las oportunidades de movilidad tienden a igualarse para todos; y 4) las tasas de movilidad y el grado de igualdad de oportunidades tienden a aumentar con el tiempo (Kerbo, 2003: 157).
  8. Para Rosemary Crompton (1997) la principal aportación de los trabajos de Goldthorpe y Wright reside en que trataron de utilizar las escalas de categorías ocupacionales, pero problematizándolas desde supuestos de construcción teóricos. Así, en lugar de obtener una escala de ocupaciones –o de prestigio, como se estilaba en el funcionalismo– han podido concretar esquemas de clase teóricos, “que intentan dividir a la población en unas ´clases sociales´ que se corresponden con los tipos de agrupaciones descritos por Marx y Weber” (Crompton, 1997: 83).
  9. Como señala Domínguez Sánchez, en los análisis de las clases sociales de Goldthorpe la estructura ocupacional es la “pared maestra de la jerarquía de las clases y por supuesto de todo el sistema de remuneraciones de la sociedad occidental moderna” (Domínguez Sánchez, 2001: 287), puesto que a partir de la misma se pueden definir las capacidades de mercado en las sociedades industriales.
  10. Para un análisis sobre las posibilidades de “acción radical de clase” de las “nuevas” clases medias, ver Goldthorpe (1994: 233 y ss.). Wright no fue ajeno a esta preocupación, para lo que elaboró el concepto de “posiciones contradictorias dentro de las relaciones de clase”, contradictorias en cuanto a su posición e interés –para Wright el interés material objetivo es lo que define y justifica la denominación de las clases como tales (Wright, 1994: 19). Para Bourdieu, en cambio: “la clase objetiva no debe confundirse con la clase movilizada, conjunto de agentes reunidos sobre la base de la homogeneidad de propiedades objetivadas o incorporadas que definen la clase objetiva, con vistas a la lucha destinada a salvaguardar o a modificar la estructura de la distribución de las propiedades objetivadas” (Bourdieu, 1998: 100 –nota 6).
  11. Una de las investigaciones más conocidas en este terreno es The constant flux. A study of class mobility in industrial societies, de Erikson y Goldthorpe (1993). En la misma, los autores tratan de rastrear los mecanismos y procesos de movilidad social en las sociedades industriales avanzadas, a partir de lo que establecen un complejo esquema de clases sociales, susceptible de ser aplicado a diferentes sociedades (ver Crompton, 1997: 84 y ss.; Sémbler, 2006: 38 y ss.).
  12. El análisis de Sémbler sobre Goldthorpe también va en esta dirección: “[…] pese a existir movimientos intergeneracionales ascendentes entre clases sociales, se percibe también una tendencia notable de éstas a reproducirse mediante la transmisión de recursos (económicos, sociales y culturales) a las generaciones siguientes, lo cual les permite disponer de medios y estrategias que influyen fuertemente en la posición de clase que se posee y enfrentar los obstáculos presentes en las rutas ocupacionales” (Sémbler, 2006: 40).
  13. Como ha sugerido Cachón (1989: 488), la ocupación como “indicador” de clase viene a significar una “reproducción ampliada” del mérito en las sociedades industrializadas, teniendo una clara función ideológica dentro del orden meritocrático.
  14. Por ejemplo, para Blau y Duncan la estructura ocupacional funciona como una jerarquía graduada, de mayor a menor status –medidas por escalas de prestigio–, en la que se ordenan los individuos según sus atributos (Crompton, 1997: 88).
  15. Las diferencias simbólicas trazadas por los estilos de vida diversos hacen que, desde la sociología de Pierre Bourdieu, toda práctica sea distintiva, o como diría Veblen, “conspicuous” (Bourdieu, 1990: 292). De acuerdo con Bourdieu, “para otorgar a los análisis weberianos toda su fuerza y su alcance, hay que ver allí más bien unidades nominales que pueden restituir más o menos completamente la realidad según el tipo de sociedad, pero que son siempre la elección de acentuar el aspecto económico o el aspecto simbólico” (Bourdieu, 2002: 131).
  16. El aire de familia, de raíz weberiana, del análisis de la situación de trabajo de Lockwood con lo que Bourdieu (1998: 102) califica como “efecto de la situación profesional” es innegable. La situación profesional imprime unas características sobre los agentes –y a su vez, las exige–, en primer término, por el tipo de titulaciones que requiere su ejercicio. Además, un conjunto de “efectos” se suman a este primer marcador: el tipo de trabajo “propiamente dicho” (efecto del trabajo); las posibilidades de promoción interna, que refuerza las disposiciones (efecto del medio profesional); y el importante efecto de la posición en la distribución de las propiedades secundarias atribuidas a una clase: “[…] los miembros de la clase que no poseen todas las propiedades modales […] están profundamente marcados en su identidad social por su pertenencia y por la imagen social que ella impone y con respecto a la cual deben inevitablemente situarse, tanto si la asumen como si la rechazan” (Bourdieu, 1998: 103).
  17. Lockwood analiza dentro de la situación de status, el valor diferencial que tiene el trabajo de oficinista en relación con el del trabajador manual calificado. Frente a éste, aquel aparece como poco específico, poco viril, y por lo tanto, “poco masculino” (Lockwood, 1962: 123). También pone en relación la evolución del status de estos puestos con la generalización del sistema escolar, con la feminización del sector y con la cantidad de plazas disponibles. Al fin y al cabo, el saber relacionado con esa actividad ya no era exclusivo de los descendientes de las clases medias (Lockwood, 1962: 114).
  18. Para un análisis detallado de los efectos de la feminización de la estructura ocupacional y del olvido del género como variable de diferenciación social, ver Crompton (1997: 124-128).
  19. Es sugerente el concepto de traslapamiento (Giddens, 1983: 210), puesto que alude a las fronteras entre clases, entre posiciones. En el caso analizado por Giddens, se trata de la línea entre las actividades manuales y no-manuales. El traspasar esta barrera se convirtió durante gran parte del siglo XX en el paradigma del ascenso social.
  20. Con este concepto se refiere Lorenzo Cachón a la movilidad intergeneracional, que supone una “vuelta al redil”: después de un alejamiento de las posiciones de origen de los padres, estos procesos “contribuyen a que el individuo recupere […] su posición de origen, temporalmente perdida” (Cachón, 1989: 528).
  21. La hipótesis de “movilidad espuria” se sustenta en un estudio de movilidad intergeneracional, realizado por Kessler y Espinoza (2003), que compara la composición de la fuerza de trabajo en el Gran Buenos Aires, entre 1980-2001. Así, mientras de un lado se constata un proceso de “movilidad ascendente” en cuanto a calificaciones; de otro, sin embargo, los salarios descienden para todas las categorías entre un año y otro, dando lugar a “movilidad descendente”.
  22. Las estrategias de reproducción difieren de las estrategias de supervivencia. Las primeras “[…] tienden objetivamente a preservar o aumentar el patrimonio y, correlativamente, resguardar o mejorar la posición del grupo en la estructura social” (Bourdieu, 2011: 115). Dependen de la estructura patrimonial de capitales, y son propias de las clases o fracciones de clase que, expuestas real o potencialmente al desclasamiento, tienen algo que perder en la transmisión intergeneracional de los capitales. En cambio, las estrategias de supervivencia, más apegadas al polo de la “necesidad”, están destinadas a la “mera reproducción de su existencia (proletariado y sub-proletariado)”, (Bourdieu, 2011: 118, nota 41). Por su parte, Torrado denomina a las estrategias de supervivencia, estrategias familiares de vida, y consisten en comportamientos que contribuyen al “[…] mantenimiento de unidades familiares, en el seno de las cuales pueden asegurar su reproducción biológica, preservar la vida y desarrollar todas aquellas prácticas, económicas y no económicas, indispensables para la optimización de las condiciones materiales y no materiales de existencia de la unidad y de cada uno de sus miembros” (Torrado, 1982: 3-4).
  23. Este índice, si bien toma de manera combinada variables muy diferentes (educación, ocupación y la distribución de posesiones materiales) resulta útil para tener una idea global –aunque superficial– de las distribuciones de recursos.
  24. Entre todos los bienes que contabiliza el estudio de Mora y Araujo (2002), el que más aumentó entre 1985 y 2000 es la televisión con mando a distancia –94%– y la telefonía convencional – 66%–. Los ítems que muestran mayor dispersión entre los estratos del estudio son: ordenador, lavarropas automático, videograbadora, automóviles y tarjeta de crédito. Es llamativo que los dos estratos más pobres registraron un aumento de televisión y de refrigerador con congelador –entre el 70 y el 80% en esos estratos–. Incluso la tasa de crecimiento de posesión de un receptor de TV es mayor en estos segmentos que en el resto de la población.
  25. Para ello apela el calificativo de “gasoleros” –propio del lenguaje cotidiano, según el cual se designa algo “de bajo costo”, “barato”, que ofrece casi las mismas prestaciones que algo más costoso–, que refiere a las estrategias virtuosas de una conducta austera dirigida a mantener un nivel de vida digno, evitando “la amenaza más temida: la movilidad social descendente como proceso que pone fin a la construcción ideal de futuro en la que fueron socializados” (Feijóo, 1997: 238).
  26. También descendió la cantidad de argentinos que podían irse de vacaciones. Según un estudio de Romer de 2001: el 76% de los argentinos disminuyó la frecuencia con la que realizaba actividades de esparcimiento; y un 71% dejó de irse de vacaciones o disminuyó los días (Minujin y Anguita, 2004: 45).
  27. Feijóo se refiere a improvisados locales que se habilitaron en alguna habitación de la casa, como comercios o talleres, y que fueron apareciendo por la arquitectura urbana de las ciudades argentinas.
  28. Estos capitales serían utilizados, entre otras cosas, para obtener tratos de privilegio en las instituciones públicas (hospitales, escuelas, obras sociales, etc.) desde la lógica de Hirschmann de “toma de palabra/salida” que, según Kessler, marcaba estos intercambios “negociados” (Kessler, 2003a).
  29. La traducción literal del vocablo âge al castellano es edad, pero en castellano se aproxima más a la noción de época, etapa, ciclo o fase. He tomado indistintamente estas palabras, aunque se conserva el sentido del término de Sayad referido a momentos históricos distintos que son producto de condicionamientos particulares. Sayad identificó tres fases de la emigración de argelinos a Francia, cada una de estas edades se corresponde con unas condiciones de producción particulares en las sociedades de origen y destino, y con unas motivaciones diferentes de los inmigrantes en la sociedad de destino (Sayad, 1977).
  30. Un ejemplo de ello lo constituyen las migraciones hacia Francia de personas de alto nivel social (funcionarios de organismos internacionales, cuadros de firmas privadas, etc.) que, si bien son frecuentes, son poco atractivas para quienes provienen de países no-europeos. El capital de honor que poseen no es fácilmente reconocido, siendo que llegan a ser confundidos con inmigrantes (Wagner, 1990).
  31. Las primeras declaraciones están citadas en Murias (2005), las segundas en Lambiase (2004).
  32. Pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores autónomos; reducción de puestos de empleo en las fábricas y posteriormente en la construcción, resultaron en una disminución de 300.000 puestos de trabajo entre 1976 y 1982 (Marshall, 1988: 131).


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