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Estrategias simbólicas
en contextos migratorios

Cambiar de contexto significa cambiar las fuerzas que actúan sobre nosotros (Lahire, 2004). Las personas que emigran pueden, con este movimiento, desplazarse del influjo de las fuerzas materiales y simbólicas que pesaban sobre ellas en origen. En este capítulo exploro cómo ha afectado la migración a los enclasamientos subjetivos de los inmigrantes argentinos entrevistados, y las estrategias simbólicas que han elaborado durante el proceso migratorio. Se analizan estas estrategias en torno a dos ejes clasificatorios: a) la condición de inmigración, y b) la adscripción de clase. Asimismo, se indaga cómo inciden estas percepciones en la redefinición de los proyectos migratorios de los sujetos en el espacio social de destino.

Las estrategias simbólicas elaboradas por los agentes migrantes explotan la discordancia entre lo nominal y lo real, acrecentada esta discordancia por el contexto migratorio. En el mismo, no sólo se trata de la diferencia de todo sistema de palabras enclasadas y enclasantes, respecto a las distribuciones materiales que les corresponden. En el contexto migratorio se suma, además, la discordancia entre dos sistemas clasificatorios con diferentes configuraciones sociohistóricas: el que se trae incorporado desde el espacio social de origen, y el que funciona en el espacio social de destino.

En los procesos migratorios, la elaboración de estrategias simbólicas es especialmente interesante. Las disonancias cognitivas entre los sistemas clasificatorios de origen y de destino –que no suelen ser idénticos–, propician que los agentes lean el espacio social de destino con las categorías de percepción del de origen, afianzando ocasiones idóneas para las confusiones y para el desconocimiento. En esta brecha, se abona un terreno fértil para que los migrantes puedan elaborar diferentes estrategias simbólicas.

Autores como Abdelmalek Sayad se refiere a estas estrategias simbólicas como ilusiones, como formas de manejar la tensión generada por las contradicciones propias de la inmigración: al ser un estado provisional que dura en el tiempo y estar permanentemente tensionados los migrantes por la idea del retorno (Sayad, 2010). Algunas ilusiones consisten en el fingimiento respecto a las condiciones de vida en el país de destino, que lleva a que los inmigrantes formulen discursos del tipo: “hay que aguantar sentirse once meses (aquí) fuera de ti –como un esclavo– para poder sentirte (allí) como tú mismo –como un príncipe–, para poder volver a aguantar otros once meses aquí como un esclavo, etc.” (García López y García Borrego, 2002: 105). Las estrategias simbólicas también permiten exhibir el estatus logrado en destino, de cara a los grupos de referencia en origen, como señalan Pedone (2004) y Goldring (1998). Estas autoras destacan que el lugar de origen de los inmigrantes representa un contexto fundamental en la valorización del estatus adquirido a partir de la migración. Pedone analiza la construcción del prestigio social en el país de origen, especialmente por parte de los varones migrantes ecuatorianos. Así, éstos emprenden inversiones o conceden créditos, fortaleciendo su posición de honor en su entorno social a partir de acumular cierto capital simbólico (Pedone, 2004). En tanto, Goldring sostiene que el lugar de origen provee un contexto especial para que la gente mejore su posición en términos de poder y estatus (Goldring, 1998).

La transposición de espacios

La migración supone cierta transposición[1] entre dos espacios sociales: el de origen y el de destino. En un mismo acto, la migración habilita un cambio de posición respecto a la que se ocupaba en el espacio social de origen, y, asimismo, conlleva un ocultamiento de la posición adquirida en el espacio social de destino, pudiendo ésta ser encubierta por otra, mediante estrategias simbólicas.

Las estrategias simbólicas explotan la discordancia entre lo nominal y lo real, dado que, como señala Bourdieu –parafraseando a Foucault– (1998: 491): “el orden de las palabras nunca reproduce estrictamente el orden de las cosas”. Existe, más bien, una independencia relativa de la estructura de las palabras enclasadas y enclasantes respecto a la estructura de la distribución de los capitales. Puesto que los sistemas de enclasamiento funcionan al modo de instituciones jurídicas que sancionan un estado de la relación de fuerzas, lo nominal anticipa lo real por una especie de inercia propia de las palabras, generando espacio para los desajustes y las maniobras simbólicas.

Las estructuras cognitivas conforman, desde estas coordenadas teóricas, la estructura social incorporada, definiendo un sentido de los grupos sociales. Los sistemas de enclasamiento que nutren estas estructuras cognitivas, son “sistemas de clasificación, múltiples y contradictorios, [que] sólo están muy parcialmente objetivados e institucionalizados bajo la forma de códigos” (Bourdieu, 2011: 185, cursiva en el original). Estos enclasamientos contribuyen a la existencia de los grupos sociales, puesto que los grupos dependen para su existencia de las palabras que los designan (Bourdieu, 1998). Estas conformaciones cognitivas se gestan en gran medida en el ámbito de los espacios sociales nacionales, y el Estado tiene un papel importante en la nominación (legítima) de los distintos grupos sociales[2].

Dentro de un espacio social nacional los agentes pueden, generalmente, estar al tanto de los distintos grupos sociales, de los significados de las prácticas y de los bienes que les corresponden, al funcionar como signos asociados a determinadas condiciones de existencia y posiciones sociales. Este sentido de los grupos sociales (que forma parte del sentido común) tiene un fondo de evidencia nacional, al ser reforzados sus principios de división por las instituciones que tienen la misión de construir la nación (Wagner, 2007), como pueden ser los organismos burocráticos, el sistema educativo, los institutos de estadísticas o los medios de comunicación. El sentido del espacio social, a su vez, supone un dominio práctico de los enclasamientos, siempre vinculado a situaciones particulares en las que juegan los agentes (Bourdieu, 1998).

Asimismo, como los objetos del mundo social se pueden percibir de diferentes maneras, opera en ellos también cierta indeterminación o evanescencia, que se torna espacio privilegiado de las luchas simbólicas que se juegan en relación con el status y los estilos de vida (Bourdieu, 1998), dando lugar a manipulaciones sobre la representación de la propia posición social. Esta indeterminación genera un margen propicio para intentar manipular el valor social de las posiciones y trayectorias, y en el caso de los migrantes supone además la explotación de la discordancia entre los dos sistemas clasificatorios mencionados –el que se trae incorporado desde el espacio social de origen, y el que funciona en el espacio social de destino–.

Migraciones y desconocimiento: un juego con límites temporales

Como señala Anne-Catherine Wagner al estudiar las clases sociales en la mundialización, en un contexto migratorio o extranjero los agentes pueden jugar con el desconocimiento de los signos de los indicadores sociales que sitúan a los agentes socialmente.

[El contexto] internacional permite [al extranjero] generar ilusiones, jugar con los signos de su rango social. En un país, hay todo un conjunto de criterios y de códigos que sitúan socialmente a una persona: su dirección, su vestimenta, sus modales, su modo de hablar, el sitio de sus estudios, etc. En el extranjero podemos jugar con el desconocimiento de los signos y de la imprecisión que resulta de la diversidad nacional de esos indicadores sociales (Wagner, 2007: 97-98, traducción propia).

Los inmigrantes pueden así, durante cierto tiempo, jugar al desconocimiento, elaborando estrategias de doble juego, de mala fe, de no (re)conocimiento. Estrategias con las que los agentes confunden para sí y para los otros la representación de su propio valor social (Bourdieu, 2011). No obstante, estas jugadas tienen un límite en la temporalidad: a medida que los migrantes van insertándose en diversos ámbitos de actividad o campos, no pueden sostener el desconocimiento respecto a los sistemas de clasificación vigentes en destino, ni tampoco sobre los significados de los objetos (bienes y prácticas) del espacio social de llegada.

De manera complementaria, al principio de la experiencia migratoria los agentes pueden aprovechar cierto desconocimiento que sobre ellos mismos tiene la población de la sociedad de inmigración, y beneficiarse de algunas interpretaciones asentadas sobre el país de origen o el colectivo nacional. Como mencioné, los migrantes argentinos en España gozan de representaciones que los sitúan rápidamente como inmigrantes de las clases medias con capital cultural, debido a la presencia antigua de exiliados, profesionales muchos de ellos, pertenecientes a la edad o ciclo del exilio (Actis, 2011). De este modo, los migrantes pueden presentarse a sí mismos aprovechando este valor instalado –suerte de capital simbólico– sobre los argentinos. Algunos ejemplos para clarificar. Una entrevistada se refirió a las ventajas que tiene un migrante argentino para insertarse entre los españoles, asentadas en una cuestión mítica: “yo creo que por esa cuestión un poco mítica de lo que se cree del argentino, hay una integración más fácil, más asequible” (Sandra). Otros entrevistados aluden a la existencia de una suerte de discriminación positiva[3] hacia los argentinos respecto a otros inmigrantes, que llega incluso a excluirlos del tan denostado colectivo de sudamericanos (denominados peyorativamente sudacas)[4]. Incluso apuntan a cierta flexibilidad de los argentinos para insertarse en la sociedad de recepción, y que los sujetos esgrimen como una especie de recurso con que cuentan: “los argentinos nos integramos muy bien […] nos aceptan bien dentro de todo, les caemos muy bien…” (Hernán). Así, perciben una receptividad relativamente positiva hacia el colectivo nacional. Estas nociones parecen estar apoyadas en la construcción realizada respecto a la inmigración argentina en España, que ha llegado a configurarse como una minoría modelo (Viladrich y Cook-Martin, 2008). Se trataría pues de una migración modélica, sustentada en una supuesta similitud étnica y cultural con la población española, que explicaría la buena recepción de este colectivo en España.

Otro modo en que los migrantes utilizan a su favor el desconocimiento consiste en que, durante un tiempo, estos pueden transitar por el espacio social de destino bajo el “síndrome de turista” (como le llama un entrevistado, Antonio) según el cual el desconocimiento –hacia sí mismos y sobre los códigos del espacio social de destino– darían cierta permisividad para hacer ciertas cosas o no hacer otras.

Antonio –Uno se siente libre, está de turista entonces puede patear un tacho de, un cesto, el tacho de la basura, puede gritar, puede insultar… ´si no me conoce nadie´, viste, uno se desinhibe. Los frenos inhibitorios los pierde, porque total… ¿Quién me va a decir algo? ¿Quién me va a…?

Cecilia –¿No hay consecuencias…?

Antonio –No hay consecuencias y si hay una consecuencia, voy preso, y si voy preso, ¿qué? Si no me conoce nadie. Nosotros aquí sentimos mucho eso, y entonces es lógico que el natural, [el] que vivió siempre aquí tenga ciertos recelos con el extranjero, con el extraño.

Con estas trazas simmelianas se expresaba este entrevistado respecto a la ausencia de penalización social, que equivale a cierta libertad para la agencia. Como señala Simmel, el extranjero “considera las cosas con menos prejuicios, con criterios más generales e ideales más objetivos, y no se siente atado en su acción por hábitos, afectos ni precedentes” (Simmel, 2002: 62). Aunque, como el propio entrevistado reconoció a continuación, el tiempo modifica esta relación de los extranjeros con el espacio social de destino, cuando pasan a ser miembros del grupo (Schutz, 2002). “Hoy perdí esa sensación de libertad”, dice Antonio, porque ya tiene muchos conocidos en Madrid, y se encuentra sometido a mayor observancia social.

El manejo del desconocimiento también permite a los inmigrantes poder manipular la propia posición social en origen: las filiaciones, los orígenes de clase, los lugares de procedencia, de manera similar a como “[…] los grupos, familias, clanes o tribus, y los nombres que los designan, son los instrumentos y las apuestas de innumerables estrategias y que los agentes están sin cesar ocupados en negociar a propósito de su identidad”; manipulan la genealogía (Bourdieu, 1993: 137). Mostré en el capítulo anterior cómo una entrevistada, Juana, podía omitir una serie de pertenencias que la estigmatizarían relativamente allí –especialmente en la centralizada CABA: ser “paleta”, de una pequeña ciudad del interior–, y sacar ventaja de su capital cultural y de su origen de clase –abuelos que fundan el primer periódico del pueblo, madre directora de escuela secundaria, etc.– en el contexto migratorio. Pero este manejo de la indeterminación (Bourdieu, 1990: 407) funciona mejor cuando estas cartas de presentación se juegan ante españoles, que están menos informados respecto de los marcajes que funcionan en el espacio social argentino.

Por último, el desconocimiento también puede llevar a situaciones de bluff, al errar los indicadores de status autóctonos. Así, por ejemplo, aunque los sujetos experimentan mejoras en las condiciones de vida y en el nivel adquisitivo en España respecto al que tenían en Argentina; transcurrido el tiempo perciben que estos logros no son suficientes para pertenecer a las clases medias españolas. Los sujetos son asignados a múltiples sistemas de enclasamientos sociales, cuyos términos no terminan de comprender, mas que a condición de exponerse a diversas y variadas situaciones sociales, a partir de las que poder contrastar los propios sistemas clasificatorios (los que se traen desde el espacio social de origen) con los sistemas clasificatorios españoles. Una entrevistada, Patricia, comentaba, a raíz de las dificultades que experimenta para relacionarse fuera del ámbito laboral con la población autóctona, esta disonancia respecto a los sistemas clasificatorios de origen y destino. Así, a pesar de haber conseguido buenos empleos en España ella y su marido, y de haber podido asumir medianamente la pauta de consumo del lugar (gran coche nuevo, TV plasma, vacaciones en grandes complejos hoteleros de la costa española), Patricia concluye duramente: “a la hora de relaciones, interpersonales y eso… estamos más solos que un hongo. El español es muy cerrado”. Estos logros materiales no le han permitido a Patricia y su familia incorporarse plenamente en lo que ella interpreta que son las clases medias españolas.

Tras esta introducción, examino en el siguiente apartado las estrategias simbólicas que elaboran los migrantes entrevistados respecto a dos de los sistemas de enclasamientos en los que participan: la condición de inmigración y la adscripción de clase. Se explora el modo en que se representan su estatus migratorio en España, así como las percepciones acerca de su reposicionamiento de clase, respecto al que tenían en Argentina. Posteriormente, analizo los proyectos post-migratorios: proyectos resignificados después de la trayectoria en el espacio social de destino, especialmente respecto a los plazos temporales que los sujetos se plantean para retornar o permanecer. Finalmente, como parte de estos proyectos reelaborados en la trayectoria migratoria, considero la presión que ejerce el lugar de origen respecto al retorno, especialmente desde el plano de las demandas familiares.

Condición de inmigración y adscripción de clase en el espacio social español

Las estrategias simbólicas elaboradas por los inmigrantes argentinos se orientan al autoposicionamiento de sus migraciones en torno a dos esquemas clasificatorios: la condición de inmigración y la adscripción de clase. No son los únicos modos en que los inmigrantes están asignados a esquemas clasificatorios; también el género, la etnicidad, las clases de edad, etc. configurarían otras tantas maneras de adscribir a los agentes inmigrantes en la sociedad de destino.

La condición de inmigración se refiere a la adscripción de los inmigrantes a diversas categorías, que se situarían en un continuum desde el polo de la legitimidad de la inmigración al de la ilegitimidad. En primer término, estaría la figura del retornado, que se apoya en el ius sanguinis (argumento biologicista o culturalista que se basa en el origen). La segunda categoría representaría a los inmigrantes como ciudadanos extranjeros (ciudadanos del mundo, cosmopolitas). Por último, en el polo de la ilegitimidad estaría propiamente la categoría de inmigrantes (Sayad, 1989).

Respecto a la adscripción de clase, se analizan las estrategias que elaboran los agentes para construir sus posicionamientos en el espacio social de destino. Para ello recurren a diversas estrategias simbólicas: estirar las fronteras de los enclasamientos que los propios sujetos se figuran respecto a la condición de clase, tomando como referencia la pertenencia a las clases medias; la metonimia de una fracción de clase sobre el conjunto de las clases medias y la superioridad cultural y moral como criterio de pertenencia.

La búsqueda de la legitimidad migrante

La condición de inmigración se refiere a la adscripción de los inmigrantes a diversas categorías, que se situarían en un continuum que va desde el polo de cierta legitimidad de la inmigración al de la ilegitimidad. En el análisis del material empírico, se han identificado tres figuras que ilustran diferentes condiciones de inmigración: el retornado, el cosmopolita y el inmigrante.

Retornados

En los últimos años emergió en la literatura especializada –e incluso como categoría jurídica– la representación del inmigrante retornado (Gil Araujo, 2010). Este discurso fue apropiado por los inmigrantes argentinos, y cobra sentido teniendo en cuenta los vínculos históricos que tienen Argentina y España como países de importantes flujos migratorios de doble dirección. En los migrantes actuales del siglo XXI, supone un retorno de los descendientes de los antiguos emigrados españoles (o de otros países europeos, a través la figura jurídica de la ciudadanía europea), que estaría vinculado a ciertos beneficios administrativos (especialmente, a partir de la promulgación de Ley de Memoria Histórica[5]). Algunos entrevistados que recurren a la figura del retorno, aluden asimismo a argumentos biologicistas (“porque toda mi sangre es española”, dice Sandra) o, incluso culturalistas, para justificar sus proyectos migratorios. A este respecto, Inés comenta: “Para mí España nunca fue el extranjero… porque para mí España era como, no sé, por ahí como la otra patria. Quiero decir, me criaron españoles, yo, con las costumbres españolas, las historias de España”.

Esta figura de la inmigración como retorno fue asumida por varios de los entrevistados, a modo de refugio para legitimar sus migraciones. Este tipo de estrategia simbólica se presenta como un estiramiento de los significados, que confunde generaciones, lugares y hasta los propios sujetos de las prácticas: el supuesto retorno, sería así, una actuación por interpósita persona. La persona interpósita es una fórmula jurídica que permite mantener varias posiciones a la vez. Similar al testaferro, es un agente que se arroga determinados poderes a título del ocupante de la posición, que sobrepasan la potestad contenida en la definición legal de esa posición (Boltanski, 1973).

En efecto, hay un tipo de relato utilizado por los migrantes que confunde las generaciones y los lugares de origen y destino, y constituye una manera de representar(se) sus migraciones. En esta confusión de los sujetos de las prácticas, un caso representativo es el de Antonio, quien comenta: “para mí vivir aquí [España] fue vivir un poco con los ojos y los sueños de mi padre”. Este entrevistado cuenta la experiencia de visitar el pueblo de Galicia donde nació su padre, y en su ensoñación –que él relata con la fórmula del como si, que le permite de algún modo distanciarse de esta confusión–, conocía el lugar y el modo de llegar a la que fuera la casa paterna, a través de los relatos del padre:

Antonio –De una casa a la otra me fui con los ojos de mi padre, con lo que recordaba que me había contado mi papá […]. Es como si yo, hubiese salido, yo por mi padre, como si yo hubiese salido del pueblo y hubiese vuelto, como si estuviese retornando a ver gente amiga.

El punto de referencia de este tipo de elaboración discursiva es el origen español, por eso el supuesto retorno está representado por un volver a España, aun cuando se hubiera nacido en Argentina. Como sugiere en el siguiente extracto de entrevista Sandra,

Sandra –[…] porque me han enseñado a querer este país como mi segundo país, sin haber estado nunca en él, es como si hubiera sido un “volver a”, porque yo he nacido en un pueblo en Salta, que toda la colonia es española, actualmente en ese pueblo en mi familia es muy tradicionalista española.

En otros casos, el espacio de referencia es más ambiguo, e incluye los dos lugares mezclados (origen y destino) y los desplazamientos en ambas direcciones. Por ejemplo, Inés es nieta e hija de españoles (sus padres migraron a Argentina cuando eran jóvenes), y se refiere a sus propias hijas, que migraron con ella a España, como “cuarta generación de inmigrantes”, sin adscribir el movimiento a un lugar de origen, sino como si se tratara de una especie de población flotante entre uno y otro sitio fundidos.

Estos ejemplos dan idea de las imágenes que movilizan los agentes para dar sentido a sus proyectos migratorios, representándoselos en los casos analizados como retornos (Sarrible, 2000a). De esta manera, los migrantes se sitúan en la condición de inmigración en el polo de la legitimidad, apelando a un derecho de herencia (Malgesini, 2005). El retornado, como bien analizan Viladrich y Cook-Martin (2008) pretende plena inserción, lo que choca con la asignación que de su fuerza de trabajo hace España (empleos manuales y de servicios informales). Esto puede generar mayores frustraciones, puesto que se profundiza la sensación de devaluación social y de pérdida de estatus. Pero también la autopercepción de los migrantes como retornados puede ser fuente de reclamos o de una perseverancia mayor en el asentamiento como sujetos de pleno derecho.

Habitus cosmopolitas

Hay otro conjunto de representaciones que, a diferencia de las anteriores, no se apoyan en la pertenencia desde supuestos sanguíneos o culturales para justificar las migraciones, sino que se asientan desde justificaciones más cosmopolitas –y con relación a un habitus cosmopolita–. Según Wagner (1990: 102) los habitus cosmopolitas se conforman en poblaciones que han sido producidas para vivir a escala internacional, como las elites: aprendizaje precoz de dos lenguas, cosmopolitismo del medio familiar, estancias en el extranjero, etc. Los sujetos entrevistados que se adscriben en estos habitus cosmopolitas han realizado diferentes experiencias internacionales, previas a su asentamiento en España. Gerardo ha realizado estancias formativas en Estados Unidos y en España, antes de decidirse a migrar a este país. Andrea, en tanto, vivió durante casi cuatro años en Estados Unidos. Carlos estuvo en Nueva York (3 meses) y en Londres (otros 3 meses), y Lucrecia vivió en Bélgica durante cuatro meses antes de radicarse en España.

El universo discursivo de estos sujetos es afín con una representación de los inmigrantes argentinos en tanto que extranjeros. En la literatura española sobre migraciones, tanto académica como administrativa, se diferencia entre inmigrantes y extranjeros. Estos tienen tratamiento diferencial en términos de legislación, distinguiéndose quienes tienen un permiso de residencia en el Régimen General (que corresponde a la categoría de inmigrantes) y quienes tienen un permiso en el Régimen Comunitario (tratamiento especial hacia los europeos y sus familiares directos; Riesco, 2010)[6].

La representación de los inmigrantes como extranjeros –especie de ciudadanos del mundo– prefigura unos proyectos migratorios más abiertos, en los que no queda descartada la posibilidad de emigrar a un tercer país. Desde estas representaciones las migraciones se confunden con viajes, constituyendo modos de conocer, de viajar y de acumular experiencias. Varios de los entrevistados con capital cultural hicieron referencia a la importancia que tenía para ellos la posibilidad que ofrecía España –con una economía fuerte en el momento en que migraron– como lugar de residencia para poder realizar viajes por el mundo. También los viajes por Argentina se presentaron como posibilidades abiertas tras la migración, y han aprovechado para conocer destinos de turismo for export en el propio país (Iguazú, Perito Moreno, La Boca, etc.). Los viajes relatados por los entrevistados dan motivos para referirse a los lugares conocidos, constituyéndose así los viajes, como otras actividades de ocio, en ocasiones para mostrar la diferencia específica de estatus, en la medida en que suponen una forma de acumulación de capital cultural y de capital simbólico.

El cosmopolitismo de estos sectores de las clases medias cultivadas justifica las migraciones desde la legitimidad de la cultura (viajes y visitas a museos y monumentos de países europeos, sedes de la cultura legítima), alejándose simbólicamente de la figura del inmigrante económico. Pero este posicionamiento prefigura también otros desplazamientos potenciales a sitios más prometedores, a fin de buscar los espacios de inserción laboral y social más adecuados a sus expectativas. Así, cuando pregunté a Carlos sobre sus planes a futuro, se expresó de modo alegórico: “Aparte, me da igual dónde volver, es decir como si tengo que irme a vivir a México DF, o si tengo que irme a vivir a Nueva York, o a Londres… o a Berlín. Mientras que la ciudad me pueda aportar lo que yo necesito a nivel musical” (Carlos). Para él el retorno no sería regresar a Argentina, el lugar del que emigró cuando vino a España, sino más bien un irse de España, donde no ha podido insertarse plenamente en el terreno musical.

Bajo este tipo de discursos, los agentes pueden figurarse múltiples migraciones, hacia diferentes lugares del mundo, siempre y cuando estos lugares les ofrezcan ámbitos de inserción acordes a sus expectativas. Como lo expresa otra entrevistada: “Hoy estoy acá, y mañana puedo estar… no soy una persona de cerrarme a nada. Y si me dicen que tengo una posibilidad en otro lugar, y que para los chicos [sus hijos] también está bien todo, como que también me iría” (Andrea).

Inmigrantes (outsiders)

Por último, dentro de las elaboraciones respecto a la condición de inmigración, se encuentran las realizadas en torno a la propia figura del inmigrante como cuerpo extraño a la nación, que se corresponden con el papel que suele asignarles la sociedad de destino. La connotación de externalidad –extra o no comunitario– que se les asigna desde las configuraciones jurídicas y sociales de la Europa Fortaleza, constituyen, a los calificados bajo este signo, en un problema objeto de intervención pública (Gil Araujo, 2010). El inmigrante, desde esta representación, estaría subordinado al trabajo, situado bajo el signo de lo provisorio, marcado por la exclusión nacional (o de la Comunidad Europea, dada la categoría de inmigración extra-comunitaria) y su retorno hipotético se encontraría contenido en la propia noción de inmigrante (Sayad, 2010). La asunción de las migraciones desde estas constelaciones discursivas suele generar en los sujetos entrevistados un desdoblamiento mayor de la experiencia migratoria. Como dice un entrevistado: “mi mente está allí [en Argentina]” (Mario).

Bajo este tipo de discursos se pueden sostener estrategias migratorias que no tengan, respecto a la sociedad de destino, más pretensiones que la posibilidad de trabajar, acumular capitales, y poder volver en el futuro al país de origen: cuando se jubilen, cuando hayan reunido los ahorros para comprar la casa o montar un negocio por su cuenta. Sin embargo, también esta categorización genera mayores tensiones y sufrimientos (“sufro”, “no encuentro el rumbo”, dice Mario), dado que el sostenimiento en el tiempo de los proyectos migratorios ha de campearse en soledad, y con cierto aislamiento (respecto a la población autóctona y a los propios argentinos, como se aprecia en el siguiente verbatim). En el relato de Mario –a quien el sueño de la casa propia (en Argentina) le hace vivir su estancia en España como una especie de letargo, del que despertará algún día, en el que se reunirá finalmente con su familia (“quiero ver a mis hijos ahí… a los hijos de ella y ella, comer en paz… aunque sea un plato de sopa, pero tranquilo”)– se observa esta escisión con claridad.

Mario –Pero bueh… y tuve más gente amiga de afuera, que entre… la propia gente. Eso es lo malo que tenemos [los argentinos], que no… no nos apoyamos entre nosotros.

Cecilia –¿Es todo un aprendizaje, este no? ¿Cuándo salís del país?

Mario –¡Fua! Esto está… no se si te pasará a vos… ¿te pasó acá cuando llegaste?, acá por ahí no encuentro el rumbo… no me encuentro… no se si te pasó alguna vez… no me adapto. Camino porque tengo que caminar, voy porque sé que tengo que ir, pero no sé por qué, a veces no… no puedo… Recordar los pensamientos, por ahí… no sé, muchas veces me ha pasado, será que extraño. O sea que he soñado… me he despertado pensando que estoy en casa, en Argentina y cuando abro la puerta veo que no, y es que me… no sé qué me… me… no sé, hay una confusión adentro mío. No me… no me hallo todavía…

Cecilia –Ya…

Mario –Yo no sé, perdemos algo aquí.

Adscripciones de clase: las argucias del autoengaño

Otro modo en que los migrantes son clasificados y auto-clasificados es respecto a la adscripción de clase. Los migrantes elaboran estrategias para construir y redefinir sus posicionamientos en el espacio social de destino tras la experiencia migratoria. Para ello, recurren a diversas estrategias simbólicas: estirar las fronteras de los enclasamientos que los propios sujetos se figuran respecto a la condición de clase, tomando como referencia la pertenencia a las clases medias; la metonimia de una fracción de clase sobre el conjunto de las clases medias; la superioridad cultural y moral como criterio de pertenencia.

Para evitar el desclasamiento subjetivo en la sociedad de destino –que muchos entrevistados ya habían padecido en el espacio social de origen– los migrantes tratan de situarse también en una región intermedia del espacio social, aunque sea mediante la transfiguración de los extremos y la dilatación de las fronteras entre las clases. En una investigación de Ruth Sautu sobre las clases medias argentinas, se halló que la imagen que tenían de las otras clases, en términos de proximidad o de lejanía era la siguiente: el 56% de su muestra se sentía más cerca de la clase baja que de la clase alta; un tercio se veía a sí mismo lejos de ambas; y un 12% se percibía más cerca de la clase alta. Los que se sentían cerca de la clase alta era debido a factores culturales, siendo el aspecto económico lo único que los diferenciaría: “el único mérito de la clase alta para la clase media es su consumo (que suele ser ostentoso) y sus posesiones” (Sautu, 2001: 52).

Teniendo en cuenta estos hallazgos, es posible pensar que los entrevistados traten de figurarse el espacio social español como menos discontinuo, apoyados en gran medida en el desconocimiento de los sistemas de enclasamientos españoles. Así, recurren a diferentes constataciones para afirmar que, a pesar de todo, se está en el medio. Por ejemplo, el hecho de que en España los empleos menos calificados (camareros, obreros de fábrica, barrenderos, etc.) no estén, comparativamente, tan desvalorizados –percepción que es compartida por las interpretaciones de otras investigaciones sobre migrantes argentinos en España (González y Merino (2007)–. O la apreciación acerca de la existencia de unas condiciones de vida mínimas garantizadas (por el menor coste de la vida y el acceso al consumo). O los beneficios percibidos de los salarios indirectos (especialmente, la cobertura de la seguridad social, antes de la crisis de 2008). Esas imágenes se convierten en evidencias que apoyan estas percepciones. Como lo expresa un entrevistado: “si acá tenés un trabajo en una fábrica, qué sé yo, en el polígono […] y con eso te conformás como muchos españoles, estás bien… O sea… más o menos podés vivir” (Daniel). El trabajo en fábricas, al ser ocupado también por obreros españoles, legitimaría esas posiciones, liberándolas del estigma que tendrían si fueran solamente ocupadas por inmigrantes. Habría en España, de acuerdo con este tipo de discursos, una gran clase media que incluiría hasta barrenderos, camareros y obreros.

Volviendo al caso de Patricia mencionado más arriba, se constata cierta tensión entre las adscripciones a las clases medias en el espacio social de origen y las que se refieren –siempre desde las representaciones de la entrevistada–, al espacio social de destino.

Patricia –Para el tipo de costumbres que nosotros tenemos, para lo que nosotros traemos, de nuestra clase de vida, de nuestro… de lo que hemos estado acostumbrados siempre, nosotros [en España] vivimos bien. Nosotros los argentinos. Para lo que es la cultura española y para lo que están acostumbrados los españoles, subsistimos. O sea no, no te puedo decir de que nosotros seamos, para los españoles, una clase media. Yo creo que somos una clase baja. Para lo que nosotros estamos acostumbrados, somos una clase media […]. Para nuestros parámetros, estamos bien, estamos cómodos económicamente. Pero ¿por qué? Porque estamos acostumbrados a vivir con menos [en Argentina], entonces acá somos ricos, prácticamente. Pero para el español no. Yo creo que para el español, la clase media lleva mucho más dinero de lo que nosotros tenemos. Totalmente […]. Pero ya te digo yo creo que… para lo que nosotros estamos acostumbrados, yo creo que acá estamos tocando el cielo con las manos.
Cecilia Claro.
Patricia –Pero para el español no. Para el español somos unos… empleaduchos.

Las disonancias clasificatorias de esta entrevistada expresan el choque entre las adscripciones a las clases medias en el espacio social de origen y las de destino, siendo una fuente de tensiones a medida que pasa el tiempo y los agentes intentan ampliar sus redes de capital social con españoles. La interpretación del material empírico arroja luz sobre diferentes estrategias simbólicas elaboradas por los sujetos entrevistados para resolver estas tensiones respecto a las adscripciones de clase, que se exponen a continuación.

Desdibujamiento de fronteras de clase

La percepción de algunos entrevistados sobre el espacio social español como menos discontinuo que el argentino –que sería más clasista– configura un ajuste a las posiciones logradas tras la experiencia migratoria. El cambio, mediante la emigración, del sistema de clasificaciones al que se queda adscrito, es una manera de reaccionar ante el desajuste que se padecía en Argentina. Mediante una operación de estiramiento de la región intermedia del espacio social, hasta hacerla coincidir prácticamente con la amplia zona de integración social (Castel, 1997), algunos sujetos encuentran en España un alivio al estrés de ser enclasados constantemente por debajo de sus expectativas.

En el siguiente fragmento de la entrevista con Facundo, se aprecian algunas dimensiones de su desajuste previo a la migración y que justifican sostener el proyecto migratorio. Por un lado, expresa las presiones a las que se encontraba sometido en Argentina, por sentirse constantemente cuestionado: por no tener estudios universitarios, por ser estigmatizado étnicamente al ser “morocho”[7], por insertarse en lugares a los que no pertenecía: migrante provinciano en CABA y vendedor de coches en Puerto Madero[8]. Además, refiere a los severos enclasamientos a los que estaba sometido allí (donde “sos lo que tenés, sos como te vestís”), algo que no quiere para sus hijos. Estas circunstancias, que en Argentina “lo enfermaban”, son razones que lo retienen en España, donde hay más espacio intermedio –entre los extremos– donde poder situarse con más comodidad.

Facundo –Otra cosa que me llamó también poderosamente la atención [en España], era una cuestión, el hecho de decir ´bueno soy camarero, o soy barrendero público, y si quiero lo soy durante cincuenta años´. Y más allá de la expectativa personal que puedas tener, el medio te da la posibilidad de, de, de vivir igual. O sea, si vos querés avanzar podés, pero si no querés avanzar, donde estás podes vivir […]. Pero esta cuestión que, también, me parece que allá [Argentina] se da mucho más. Esta cuestión, primero el hecho de decir ´si no tenés carrera, de algo, olvidate de prosperar, porque te lo van a hacer notar todos´ […]. Que acá también existe, acá también hay guetos, acá también te vas a [calle] Serrano[9] y es… pero el margen que hay entre un extremo y el otro es mucho más amplio y además que los que están en un extremo y los que están en el otro tienen un pensamiento distinto […] pero acá hay un algo me parece que los cruza a todos que es esta cuestión de ´bueno, disfrutemos un poco más de la vida que no hace falta ser tan metafísico´.

Asimismo, mediante el acceso a un empleo asalariado que proporcione estabilidad, los agentes lograrían el acceso a ciertos niveles de bienestar y consumo, que en Argentina suelen estar asociados a la capacidad de compra, ligados a los mecanismos de reproducción social de mercado. Este tipo de representación, que prescinde de las luchas simbólicas singulares del espacio social español, puede sostenerse siempre y cuando se tome como referencia del lugar conseguido (en España) el contraste con el que se tendría de permanecer en origen; como si el tiempo se detuviera selectivamente para poder trazar ese tipo de recorrido imposible. Esta maniobra requiere, además, un apoyo en el desconocimiento o no-reconocimiento de los mecanismos de diferenciación social vigentes en el espacio social español.

No obstante, es difícil mantener el desconocimiento a medida que transcurre el tiempo, y poco a poco los agentes van sintiendo el efecto de ser asignados a ciertas locaciones sociales, que les permiten contrastar los posicionamientos de España con los que tuvieron en Argentina, como se aprecia en los siguientes apartados.

Estrategia metonímica (resistencia cultural I)

Las estrategias metonímicas detectadas consisten, como señala esta figura retórica, en tomar la parte por el todo, y considerar como pertenecientes a las clases medias sólo a quienes tienen capital cultural. Con esta jugada, los agentes se pueden permitir manipular los criterios de diferenciación más favorables a sus productos –o capitales–, para así quedar incluidos en las clases medias, a pesar de haber padecido un fuerte descenso social, al insertarse en los estratos inferiores de la estructura social española. Asimismo, a partir de esta estrategia pueden consentirse excluir a otros –españoles, por ejemplo– de la pertenencia a las clases medias, como un modo de reaccionar ante la desvalorización social.

Tener cierto capital escolar y cultural en Argentina podía, a pesar de la desvalorización salarial y social de las últimas décadas, resguardar a los agentes en sus posiciones medias por contar con títulos superiores, al modo de los títulos de nobleza (Bourdieu, 2011). Sin embargo, esta circunstancia cambia en el espacio social español, donde ni siquiera se tiene, en muchos casos, reconocida la titulación, quedando los sujetos signados por procesos de fuerte descalificación en su empleo.

El testimonio de Inés, una de las entrevistadas, representa bien el desfase que experimentan los sujetos de clases medias –especialmente los de más edad, con una trayectoria prolongada en el espacio social de origen y cierto capital cultural–, al emplazarse en el espacio social de destino en posiciones de menor jerarquía ocupacional, salarial, y, en definitiva, social. Como se observa en el siguiente fragmento, la entrevistada expresa esta disonancia con un fuerte clasismo, que posiblemente evidencie su frustración al quedar relegada a un trabajo poco cualificado en una gran empresa de marketing.

Inés –A medida que pasa el tiempo, yo le digo a mi hija, ´yo quiero vivir acá [España], yo vivo mejor acá, pero me quiero traer a gente de allá [Argentina]´. Cada vez me banco menos cosas de la gente. No sé, a lo mejor, en el fondo me dicen ´también, en donde vos trabajás…´, son una cagada. Gente muy mediocre, pero en general. Porque yo pensando con el tiempo es que, lo que a mí me pasa, es que yo vivía y trabajaba con gente de clase media. La gente de clase media nuestra tiene un nivel social, educativo, de clase media. Acá, yo me encuentro con la clase media, clase media desde lo económico, pero no es clase media, es clase baja, pero desde lo económico, por todo lo que tienen es clase media, pero en realidad… Y yo me encuentro gente muy mediocre, y me da rabia, porque digo ´con todo lo que tienen, con el dinero que tienen, ¿por qué son tan bestias, la puta que los parió?´. Me da mucha rabia, ¿por qué si nosotros somos unos pobres gatos, tenemos un mejor nivel? Y todavía tenemos un mejor nivel […]. Y acá yo me siento… gente que ha hecho el secundario, que ha hecho… ¡algunos hasta han terminado una carrera universitaria, y son unos bestias peludas! ¡Son bestias! No tienen hasta, no sé, no tienen hasta como normas sociales, no sé… y tienen, son limitados, son limitados, como que no accedió al pensamiento formal. Vos argumentás, yo no sé si a vos te pasa, no comprenden las argumentaciones, no pescan razonamientos.

Al no lograr insertarse en posiciones de las clases medias en España, las injusticias que perciben los miembros de la clase media de servicios –consistentes en que, a pesar del mérito y de los años de inversión en credenciales escolares, no se obtendrían las retribuciones o el reconocimiento esperado–, se magnifican con la migración. Retomando a Sautu (2001), los miembros de las clases medias argentinas sostienen cierta representación de que lo único que los diferenciaría de las clases altas es el capital económico y el consumo ostentoso, siendo que estarían ambas homologadas en capital cultural. Es más, para las clases medias, de acuerdo con Wortman: “lo cultural aparece como un símbolo de identidad a la vez que como una estrategia de diferencia. De esta manera, se descalifica la posesión de objetos como atributo de identidad” (2003: 39). La situación migratoria no hace más que agudizar estas tensiones ya existentes en el espacio social de origen respecto a las clases superiores. Es posible que los sujetos entrevistados realicen cierto deslizamiento de esta diferencia respecto a las clases medias españolas, máxime cuando no se valorizan sus saberes siquiera como capital cultural incorporado en el ámbito laboral, y experimentan una gran devaluación social.

Superioridad cultural y moral (resistencia cultural II)

La ostentación de cierta superioridad cultural y moral como modo de resistencia a la devaluación social, ha sido otra de las estrategias elaboradas por parte de los sujetos entrevistados. La persistencia de ciertos estereotipos negativos hacia los españoles, ligada a las historias migratorias de los dos países, se patentizaron en el material empírico. Algunos de estos estereotipos son: “el español típico es… sota, caballo y rey” (Alicia); “¡cómo hablan inglés! Gente que ha estudiado inglés, y bueno, tienen una pronunciación medieval… directamente…”; “es el primer mundo porque hay guita [dinero]… nada más… Acá se mueve mucha guita, pero cultura cero” (Hernán); “¿viste cómo son los españoles con la comida? Sagrada, la comida sagrada” (Gerardo); etc.

Este rasgo, que se presenta como un modo de estigmatización revitalizada que muchos entrevistados manifestaron respecto a los españoles, puede encuadrarse en los análisis realizados por Norbert Elias (2003) respecto a la relación entre los grupos establecidos y los forasteros.

El movimiento de grupos en ascenso y descenso y la dialéctica de opresión y contra-opresión de las ideas de gloria de un grupo establecido, devaluadas por aquellas de un grupo antes forastero, eleva y transfiere a sus representantes a la posición de un grupo establecido de nuevo cuño (Elias, 2003: 238).

Es posible que estas muestras de superioridad cultural y moral respondan a una especie de reactivación de antiguos prejuicios que funcionarían en el contexto migratorio como mecanismo de defensa, por quedar los migrantes argentinos subordinados tras la experiencia migratoria. Así, como si se tratara de una inversión, los ahora forasteros revitalizan antiguos estigmas y prejuicios del pasado de inmigración de españoles a Argentina, que son alimentados por fantasías colectivas muy fuertes en la sociedad de origen, y reavivados en el contexto migratorio.

Esta estrategia se ha presentado como un rasgo reincidente en el material empírico en las distintas fracciones, pero es nítidamente expresado por una de las entrevistadas perteneciente a la clase media baja. Susana se formó como maestra en una escuela normal en Argentina, aunque casi no ejerció la docencia, pues se dedicó a ser secretaria en una escribanía la mayor parte de su vida laboral. A pesar de ello, sostiene un discurso que apela a la buena voluntad cultural y al ascetismo, a la cultura como salvación, como se aprecia en el siguiente fragmento de la entrevista.

Susana –Es lo que nos salva a nosotros, ¿no? La vida interior… Acá la gente se suicida si le pasa lo mismo que a nosotros [los argentinos]. Hay mucha gente española acá que no tiene, no sabe más que comer el jamón, el jamón y el jamón… Es de lo único que te hablan… Yo estaba en uno de los [trabajos]… y me relacionaba con todo tipo de gente, y yo en las conversaciones, llegaba un momento que comía la comida, y aparte me salía comida de los oídos, todos hablando de comida […]. Esa gente, le pasa lo mismo que a nosotros [crisis de 2001], y se suicida. Y nosotros siempre como vamos más a lo cultural, vamos a ver esto, vamos a visitar aquello, y alguna actividad, algo para hacer, nos salvamos por ahí. A nosotros nos salva mucho eso…. Un poco la preparación que tenemos… […]. [Ellos] es como si tuvieran aquí un estómago, aquí en la cabeza… No podíamos, no había nada para pensar… sólo comida.

La imagen del nosotros ideal que sostienen los miembros de naciones antaño poderosas (Elias, 2003), cuya superioridad relativa ha disminuido –como Argentina, respecto a España, en la época en que eran los españoles los que emigraban–, tiene una fuerte impronta en las representaciones de los inmigrantes argentinos entrevistados. En casos como el de esta entrevistada, la imagen de nosotros aparece en clave de superioridad cultural y moral, y podría ser sintomática de los desajustes de clase que se padecen. Al no poder equipararse a las coordenadas –estilo de vida, nivel de consumo, etc.– de las clases medias españolas, los sujetos se refugian en las viejas glorias argentinas: la cultura y la educación, auténticos salvavidas de las empobrecidas clases medias argentinas de finales del siglo XX y principios del XXI.

Identidades deterioradas

Los dos modos de resistencia cultural (I y II) desarrollados en los párrafos precedentes se presentan como una defensa de los aspectos más encarnados de la definición de las clases medias, como una especie de resguardo de su condición de clase en cuanto conjunto de propiedades intrínsecas. El capital cultural incorporado, “es un tener devenido ser, una propiedad hecha cuerpo, devenida parte integrante de la `persona´, un habitus” (Bourdieu, 2011: 215).

En las fracciones de las clases medias argentinas que han depositado históricamente en las inversiones escolares las expectativas de una movilidad social ascendente, los aspectos culturales se convierten en un estandarte de la pertenencia a la clase media, cuya definición es, evidentemente, un objeto de disputa. Esto lleva a que se descalifique el capital económico como atributo de identidad.

Emergen en los discursos de estas entrevistadas (Inés y Susana) un conjunto de atributos (que tienen que ver con disposiciones) que deberían tener quienes se representan como pertenecientes a las clases medias: “normas sociales”, cierto “nivel social y educativo”, “saber argumentar”, tener “preparación” y “vida interior”, etc. Estos atributos y disposiciones se identifican como parte del nosotros (ideal) que, aun siendo unos “pobres gatos” tienen un “mejor nivel”, como dice Inés. En oposición, se construye la imagen del ellos (también ideal, aunque de signo opuesto), como “bestias”, “con dinero”, que sólo piensan en “comida”, y son “limitados, no tienen pensamiento formal”. Curiosamente, esta imagen ideal construida respecto a los españoles como nuevos ricos, toma elementos de los valores pantagruélicos que se atribuyen a las clases populares argentinas, mencionados más arriba[10].

La combinación de los dos esquemas clasificatorios analizados –condición de inmigración y adscripción de clase–, se hace patente en estos mecanismos de resistencia cultural. Porque el nosotros ideal es producto de dos procesos de devaluación social: cierta pertenencia nacional en un contexto migratorio (procedencia de un país semi-periférico, subordinación respecto a la condición de inmigrantes), con una pertenencia de clase (clases medias empobrecidas, desclasadas) frente a los nuevos ricos españoles del momento analizado. Ambas clasificaciones confluyen en la definición de identidades deterioradas (Goffman, 2006), que buscan el modo de resguardarse a través de la elaboración de estrategias simbólicas.

Proyectos post-migratorios

Las representaciones que los agentes tienen sobre sus posibilidades están íntimamente relacionadas con la percepción de sus posiciones sociales y con los enclasamientos que realizan respecto a la condición de inmigración y a la adscripción de clase. Estos factores, que podrían denominarse subjetivos, tienen incidencia sobre las trayectorias que trazan los agentes. Las elaboraciones discursivas analizadas en el punto anterior señalan la manera como los sujetos se establecen respecto a sus proyectos migratorios. Así, alguien que se siente con derecho de herencia tendrá, posiblemente, otras apuestas sobre las estrategias de asentamiento en el país de llegada, respecto de alguien que se autopercibe como inmigrante –como un invitado que tiene que volver a su país. Del mismo modo, si se perciben los enclasamientos respecto a la adscripción de clase como constreñidores –por haber padecido movilidad descendente– no se tendrán las mismas disposiciones que quien, en lugar de ello, cambia los sistemas de enclasamiento a su favor, viendo, por ejemplo, más margen entre los extremos.

Paralelamente, los enclasamientos en estos dos sistemas, condición de inmigración y adscripción de clase, son tensionados de manera constante por los contrastes que se establecen entre el lugar de origen y el de destino. Esta tensión se deriva del hecho de estar entre dos mundos, adscritos a dos sistemas de diferenciación social que les adjudican a los sujetos diferentes valores sociales y distintos posicionamientos. Como señala Pries (1998), los migrantes transnacionales se mueven entre dos mundos, posicionándose simultáneamente en los sistemas de desigualdad de origen y destino.

Una vez que los inmigrantes han realizado diversos recorridos en el espacio social de destino (laborales, relacionales, geográficos, etc.), interesa analizar el modo en que (re)elaboran sus posibles trayectorias en el nuevo espacio social. Se trata de proyectos migratorios reformulados y resignificados tras la experiencia de movilidad, proyectos post-migratorios que se presentan después de unos años de estancia en España. Estas representaciones se tensionan por la presión que ejerce el lugar de origen respecto al retorno, especialmente desde el plano de las demandas de los familiares que no migraron.

Los proyectos migratorios iniciales se sopesan con las potencialidades habilitadas por la situación de migración, así como con los elementos limitantes que marca la experiencia migratoria (por ejemplo, la lejanía respecto de los recursos con los que se estaba familiarizado en origen). Por ello interesa analizar la dimensión temporal de los proyectos, los plazos que se marcan los sujetos para lograr metas que se ajusten a sus expectativas. Se verá que los proyectos se elaboran de manera diferenciada y apelando a legitimaciones diversas según las distintas fracciones de las clases medias, los diferentes grupos de edad y el género.

En el transcurso de sus trayectorias en el país de destino, los migrantes constantemente buscan pistas para sostener sus proyectos migratorios. A través de viajes periódicos (de vacaciones, cuando van a visitar a las familias que quedaron en origen), mediante diferentes medios de comunicación que les permiten configurarse una noción de la situación en Argentina o, incluso, recurriendo a las experiencias de amigos que han viajado. Estas indagaciones permiten sopesar la continuidad de permanencia en la migración, como señala una entrevistada: “siempre que un amigo viaja, es: ´¿cómo viste Argentina?´, con una esperanza atroz de que nos digan, un mínimo indicio, de que podríamos volver. Y todos vienen desilusionados porque todos pusieron la esperanza” (Juana).

Evidentemente, la propia percepción de la situación de Argentina se ve influida por las oportunidades que los migrantes tengan en España. Así, los tanteos respecto a un retorno se tiñen con las posibilidades y opciones en la sociedad de destino. Como Alicia cuenta, después de los viajes a Argentina, realiza esta especie de balance:

Alicia –Y después vuelvo… y depende de lo que tenga acá también… es que hay tantas variables… Depende de cómo esté acá vuelvo mejor, o vuelvo peor. Pero… la última vez volví bien. Que acá tenía mis amigas nuevas, españolas, que acá estaban.

También los sujetos sostienen discursos sobre la mala situación de Argentina para mantener la legitimidad de permanecer en la migración. Así, Argentina aparece como un lugar donde reina la “inseguridad”, la “incertidumbre”, o como dice Gerardo: “Y mi opinión es que, me da un poco de pena, no le veo a la Argentina, en lugar de mejorar, va a ir siempre empeorando. O sea que mi visión es un poco dura, es un poco pesimista, ¿no?”. En estos discursos los sujetos mezclan diferentes ámbitos de la realidad –de la que se informan por determinados medios de comunicación argentinos–, que reafirman sus proyectos migratorios. Por ejemplo, Andrea incide en aspectos relacionados con la inseguridad (antes de migrar vivió en Buenos Aires un asalto con armas), pero también en el precio de la canasta de alimentos, o en las inundaciones de la ciudad, como se aprecia en el siguiente verbatim.

Andrea –Qué se yo, ayer miraba el informativo, y todo inundado, Palermo, toda la zona de la Capital… Eh, un kilo de papas, cinco pesos, miraba el kilo de judías, bueno, las chauchas, diecisiete pesos, entonces, viste, digo… no se si podríamos vivir allí… No se qué haría. No sé si lo que yo hago allá hoy sería redituable… Entonces, veo como que no cambia, ¿entendés? Y me gustaría solamente volver por lo que te dije antes, lo sentimental, pero después en lo otro, no… Es que, viste, acá estás tan tranquilo… A pesar de que todo aumentó, de que la hipoteca de esta casa se fue… terrible, para arriba, que sé que vamos a tener que vivir con menos… Pero bueno, para comer nunca te falta, para los pañales nunca tuve que pedir, ¿entendés? Entonces como que esas cosas, viste, decís… No sé si volvería.

Los proyectos migratorios sufren una reestructuración por parte de los propios agentes, tras unos años de residencia en España. De acuerdo con unos umbrales temporales, que están marcados por determinados acontecimientos: casarse o formar pareja en el país de destino, tener hijos, la muerte de algún familiar, comprarse una casa en destino o en origen, incluso hasta nacimientos de sobrinos. Algunos de estos acontecimientos se interpretan como señales para volver o redefinir la permanencia[11].

Acotando plazos (pequeña burguesía patrimonial)

Los proyectos migratorios de esta fracción se orientan en gran medida a la acumulación de capital económico, aún a costa de hacer, como dice Daniel, “laburos cualquiera, que en mi puta vida pensé que los iba a hacer, que los detesto, para ganar guita”. Esta capacidad de acumulación (tendente a una reproducción ampliada de capital económico) tiene estrecha relación con las edades de los sujetos. Así, dependiendo de las edades y situaciones familiares serán los plazos y la intensidad con la que plantean esta reproducción ampliada: Daniel, el más joven de los adultos, y sin hijos a cargo, prefiere realizar estos trabajos (artesano, comerciante, repartir publicidad –buzoneo–), antes de cumplir los cincuenta años. A partir de entonces espera poder disponer de otro modo del tiempo y del capital que ha ido acumulando en Argentina, donde logró comprar un departamento que tiene en alquiler.

En cambio Esteban, con gran carga familiar –tres hijos, tres nietos, esposa y yerno– pretende generar más negocios en España, para poder emplear a toda la familia que ha ido agrupando. Así, en cinco años espera poder instalar –además del pequeño almacén que regentan su esposa e hijo– un restaurante, donde empleará a las dos hijas (una de las cuales había terminado sus estudios de gastronomía, durante la primera etapa de la migración de Esteban). Como Esteban lo formula: “de 1 a 10 estoy más que 5, estoy como en 7. De 1 a 10, pero bueno, todavía me falta llegar a 10…”.

Para los proyectos que se presentan como una escalera que se sube peldaño a peldaño, crecer rápido constituye una verdadera ventaja, y el esfuerzo da mejores resultados en España que en Argentina. De modo que se puede comenzar por abrir un pequeño negocio de frutos secos –almacén– y luego plantearse una ampliación (“ya salto a otra cosa”, dice Esteban).

De acuerdo con los planes que se trazó Esteban cuando llegó a España, él tenía que ser empresario en cinco años, en caso contrario, volvería a Argentina –en ese caso, le decía su esposa, nadie le recriminaría nada, tomarían el asunto como un viaje–. Sin embargo, ese plazo se modificó, poniéndose el contador temporal a cero al momento en que consigue los papeles –dos años después de llegar Esteban a España–. Al momento de la entrevista, el plazo temporal era tres años más, lapso en que él cumplirá cincuenta años, terminaría de pagar el crédito que pidió para abrir el negocio, y momento en que se cumplirían esos cinco años de residencia legal. Esto constituye un ejemplo de las renegociaciones que hacen los propios sujetos respecto a sus proyectos migratorios, que se van dando treguas y prórrogas en la rendición de cuentas personal y familiar.

Otra situación es la de Antonio, quien ya se encuentra en una fase más avanzada de su trayectoria vital, y no sólo asume sin demasiados conflictos su desclasamiento (ser un “obrero que tiene la suerte de tener una moneda distinta”); sino que se plantea la permanencia en España como una etapa de exploración: “A veces hay que demorarse o mirar al lado para poder encontrar otras cosas, otras alternativas. Que eso es otro de los motivos por los cuales, todavía sigo aquí, entre otras cosas”. Fuera de la grabación, el entrevistado comentó que se encontraba tramitando una prejubilación por accidente de trabajo, que haría más inteligible la opacidad con la que se expresa respecto a su demora en España. En ese caso, el demorarse se relaciona con un tiempo de espera en el que explorará obtener los beneficios del Estado de Bienestar español, combinando sus cotizaciones en Argentina con las de España.

Los sujetos que han adquirido su vivienda en España tienen más compromiso para permanecer en el país de inmigración, aunque en sus discursos no se descarten nuevas migraciones hacia terceros países (distintos del de origen y del de destino, como es el caso de Andrea).

Reproducción social intergeneracional (clase media de servicios)

La temporalidad de los proyectos de los migrantes profesionales argentinos está marcada por las acumulaciones o rentabilizaciones del capital escolar: para los propios sujetos entrevistados, o en las estrategias educativas hacia los hijos. Por ejemplo, en el caso de Juana, la escolarización de los hijos es el marcador temporal a partir del cual se establece el plazo para tomar la decisión de volver a Argentina o permanecer en España (4 años).

Juana –Van pasando los años, empiezan [sus amigos] a tener hijos, y con el Flaco [esposo], dijimos: ´bueno, todas las estupideces mentales nuestras tienen tiempo hasta los seis años de Felipe [hijo mayor, de dos años], que empiece el primer grado´. O sea, hasta ahí, tenemos tiempo de pelotudear. Una vez que Felipe empiece el colegio primario, hay que tener muy claro si o nos quedamos, o nos vamos. Porque te empieza a pasar que decís ´bueno, si nuestras taras empiezan a interferir en la educación de Felipe, ya la cagaste´.

También Hernán ve demarcado su proyecto migratorio por la reagrupación y escolarización de su hijo mayor. Después de pasar sus primeros siete años en España sin saber muy bien para qué había emigrado (si a juntar dinero y volver, si a quedarse, o si a explorar) ha redefinido su proyecto migratorio, a partir de que su hijo mayor –que reside en Argentina con su exmujer– le pide que lo reagrupe en España para estudiar.

Hernán –Fue a partir de un mail, el día 3 de diciembre del año pasado, me envía un mail mi hijo y me dice ´acabo de cumplir 14 años, y quiero ir a estudiar a España, avisame cuándo puedo ir´. No es ´¿qué te parece?´ No, no, no. ´Loco, ponete las pilas, ponete las pilas que voy para allá´. O sea, no hay vuelta atrás. Un viaje de ida. Y yo creo que eso, interiormente, a mí me puede. Y me aparece este laburo, que me permite en poco tiempo juntar la guita para enviarles. Y… o sea, además, todo un cambio, una revolución muy grande. El hecho de definir ´loco, ya está, me quedo´. Porque yo siempre me autocritiqué el hecho de que no sabía, no tenía claro a qué había venido… No sabía si vine a juntar unos mangos y volver, si vine a quedarme, si vine a ver qué tal, no lo sé… Ahora sí lo sé…

Cecilia –Ahora ya, se te definió…

Hernán –De alguna manera, se me definió. Así que, nada… es una cadena de cosas.

Se produce un entrelazamiento de los proyectos migratorios de padres e hijos, a medida que éstos van creciendo y afianzándose en la sociedad de destino –acceso a estudios superiores, formación de uniones, nacimiento de nietos, etc.–. La migración va deviniendo cada vez más permanente, como trasplantación definitiva; y los itinerarios de la familia extensa llegan a definir los de los propios entrevistados. En el caso de Mónica, su segunda migración –dentro de España, de Mallorca a Madrid– se le planteó en gran medida (además de los problemas para encontrar trabajo como psicóloga) porque su hijo se había trasladado previamente, con su mujer y tres hijos.

Mónica –Y yo empecé a extrañar a mis nietos… Entre que no conseguía [trabajo]…

Cecilia –¿Cuántos tienes?

Mónica –Tres, tengo dos mellicitos de seis años, y una nena de nueve… nueve y medio. Y, este… yo empecé a extrañar a mis nietos, a mis nietos, pasado un tiempo, le digo [al marido] ´Tito, vamos para allá, por ahí quien te dice…´. Mi hijo me decía: ´mamá, en Madrid, va a ser más suerte… acá vas a encontrar, mamá, venite, arriesgate, mirá, mamá… si no pasa nada, no perdés nada´.

La migración se vuelve cada vez más irreversible, a medida que pasa el tiempo, convirtiéndose para muchos sujetos en un estado provisional que dura. Como Sayad ha resaltado, “[…] “todo sucede como si la inmigración tuviera necesidad, para poderse perpetuar y reproducirse, de ignorarse (o de pretender ignorarse) y de ser ignorada como provisoria y, al mismo tiempo, de no confesarse como trasplante definitivo” (Sayad, 1989: 77, traducción propia). En la entrevista de Hernán esto se expresa claramente: “no hay vuelta atrás. Un viaje de ida”. Aunque los sujetos puedan regresar al país de origen, los efectos objetivos que deja la migración sobre sus trayectorias se convierten en marcas indelebles[12].

Estrategias arriesgadas

Los miembros de la clase media de servicios que han emigrado buscando hacer valer sus títulos, continúan tras años de migración luchando por conseguir mejores inserciones y retribuciones. Un caso representativo es el de Gerardo, quien se define como “ambicioso”, y de difícil conformidad (aún no gana 3.000 euros, como se había propuesto). Asumiendo que ya afrontó el mayor riesgo –haber salido de Argentina, dejando un buen puesto de trabajo–, este sujeto se mostró envalentonado en la entrevista (“veo alternativas, o las busco, no es que las tenga ahora disponibles. Y si las busco, las encuentro”, dice Gerardo). Ya bien entrada la crisis económica española al momento de la entrevista –febrero de 2009– y esperando el nacimiento de su primera hija, había planteado en la empresa de transportes donde trabaja un aumento de sueldo. Como en un juego de suma cero entre él y su empleador, si no lograba el aumento, se proponía dejar la empresa, tal como expresó: “si me pagás, pagame a precios de mercado (…). Si no me lo dan, yo tengo claro que me tengo que ir”. La referencia a los tres mil euros de salario puede tener varias fuentes, que para el sujeto suponen umbrales de sentido a partir de los cuales evaluar su situación y poder tomar decisiones radicales. Puede ser una analogía de lo que ganaba en su puesto en Argentina, durante la convertibilidad (entre 3000 y 3500 peso/dólar); puede ser lo que gana su pareja española, en una empresa internacional. Lo cierto es que parece dirimirse en esta negociación una clara cuestión de honor: si no consigue sus pretensiones, no puede permitirse quedarse rebajado en la empresa. Las otras opciones que presenta durante la entrevista son la búsqueda de un empleo en una empresa internacional –como en la que trabaja, con mejores condiciones, su pareja–; o colocar algún emprendimiento.

Estas muestras de plena confianza, que se manifiesta en el despliegue de estrategias arriesgadas en contextos adversos, se sustentan en ciertas redes de protección (Bourdieu, 2011). Las estrategias arriesgadas son propias de los portadores de capital cultural, caracterizadas por Bourdieu como estrategias del especulador,

[…] que aspira a maximizar el beneficio: los cursos y carreras más arriesgados –por lo tanto, a menudo los más prestigiosos– siempre tienen una suerte de doblete menos glorioso, que se reserva para aquellos que no tienen suficiente capital (económico, cultural y social) como para hacerse cargo de los riesgos de perderlo todo cuando quieren ganarlo todo, riesgos que nunca se corren si no se garantiza que no se perderá todo en ese trance (Bourdieu, 2011: 93).

También Alicia se corresponde con este perfil arriesgado, de profesional de éxito con sentido de carrera ascendente y gran confianza (“inconsciencia –le llama ella– de que las cosas van a salir”). Alicia comenta: “como estaba todo ese tema del crecimiento profesional, y todo eso… me había tragado la zanahoria”. Su carrera ascendente en Argentina, en una empresa donde sólo le quedaba llegar al puesto de gerente, fue abandonada al momento de emigrar. Pese a todo, su discurso se reviste de cierta indeterminación (“soy muy libre… me ato, ahora me ofrecen un contrato indefinido, y yo me voy ¡Me voy y renuncio de nuevo!”), y todo su relato acerca de su emigración se presentaba como una gran ruptura con la vida de empresa que estaba llevando en Argentina. Ella cuenta esta gran ruptura como una victoria: no ha “transado” con los valores que primaban en su medio laboral y se le querían imponer (competencia desleal, medio de trabajo salvaje, jornadas interminables). El migrar a España, para ella, ha significado romper con las expectativas (familiares, laborales, sociales) que se tenían para sí, y para las que, supuestamente, había estado formada. Sin embargo, esta estrategia tan libre puede hacer sospechar que la capacidad de maniobra –con aparente riesgo– es viable cuando, en última instancia, hay una red que sujetará firmemente, ante cualquier caída. En España se plantea realizar más posgrados e impartir cursos de coaching, dando a su inserción profesional un giro hacia la enseñanza aplicada al ámbito empresarial.

A primera vista, las estrategias de estos entrevistados parecerían opuestas. Gerardo trata de controlar todas las variables que inciden en su vida, llegando a formular su emigración apelando a una serie de etapas vitales, siendo que a cada una le corresponderían unos objetivos, como se observa a continuación.

Gerardo –[…] entonces, y la cuenta que yo hacía era… ´Tengo treinta, treinta y un años, treinta y dos años, justo voy a entrar en el periodo más importante de mi vida, esto [Argentina] va a ser un caos, y en el mejor de los casos, si hacen las cosas bien, en diez años se empieza a sentir. En diez años se me acabaron la mitad del tiempo de los veinte que yo tengo´, a mí esa no me convence. Entonces es ahí cuando empiezo a buscar [opciones para emigrar] […]. Y yo no lo voy a ver, porque yo tengo una vida, no más. Y una vida que, siendo muy generoso, tenés hasta los veinticinco años, treinta años que has estado ahí, descapullando, aprendiendo, siendo muy generoso, estás de los treinta a los cincuenta y cinco, sesenta para luchar. Ya, a los sesenta no tenés que estar luchando batallas ni peleando por cosas, que no tenés estado. Ni físico, ni anímico, ni nada. Después de los sesenta, vivirás lo que te quede de vida, de la manera más digna.

En cambio, Alicia parece acometer auténticas locuras (“yo soy de quemar las naves”, dijo).

Alicia –Te juro…Una compañera me decía: ´Tú no te enteras de la crisis, estás como Zapatero´… [risas] ¡De verdad! ´¡En qué mundo vives! ¡Te están ofreciendo un contrato indefinido en una muy buena empresa!´. Y yo ya estaba decidida a renunciar… Imaginate si me ofrecen un contrato indefinido, peor, me voy antes. Ahora: yo voy a coger el paro, y hacer cursos de formación y me voy a dedicar formalmente a eso, o sea, no es tampoco un disparate, pero… te quiero decir que… que la excusa oficial fue esa: venir a hacer cursos de coaching.

A pesar de estas aparentes diferencias, en los dos entrevistados subyace la seguridad ontológica de poseer títulos de grado y posgrado –que alguien finalmente valorará–, propiedades familiares en origen, sumadas a un soporte familiar ante apremios. En suma, la certeza de pertenecer a cierta clase social para delinear estas apuestas tan arriesgadas.

Emergencia de nuevas disposiciones de género

Algunas mujeres jóvenes de la clase media de servicios han logrado cierta apertura de posibles lejos de las familias de origen. Son los casos de Alicia, Carolina, Lucrecia y Sandra. A partir de la emigración estas entrevistadas han elaborado representaciones más individualizadas de sus proyectos vitales, con menos “ataduras emocionales”, como dice una de ellas, que las fijaran en roles rígidos de género (todas ellas se refieren al “chantaje emocional” que aplican sus familias de origen con ellas). Despegar de familias “simbióticas” (Alicia) o “tradicionalistas” (Sandra) se ha presentado como una tarea menos pesada en el contexto migratorio.

Un tema recurrente durante las entrevistas fue que estas mujeres jóvenes manifestaron no querer tener hijos, cosa que probablemente sería apremiante de encontrarse en Argentina, debido a la presión de su entorno social –sus amigas o hermanas son madres ya–. En el siguiente fragmento de la entrevista con Lucrecia, se aprecian sus dudas respecto a los trámites de ciudadanía en el hipotético caso que tuviera un hijo, al tener ella ciudadanía italiana y su pareja, española:

Cecilia ¿Y planes de tener hijos tienen?

Lucrecia –No (risas)

Cecilia –No, como estás… [planteándote la ciudadanía que tendría el hijo]

Lucrecia –No, la verdad es que no tengo muchas ganas. No, no. La verdad no

Cecilia –¿Y tu pareja?

Lucrecia –Pero bueno, por suerte acá… viste que la maternidad es como que se estira mucho más…

Cecilia –Sí. A los cuarenta…

Lucrecia –¡Pero todavía soy joven! Pero si viviera en Argentina, ya me estaría agarrando de los pelos. No, pero la verdad es que por el momento… no lo descarto, por supuesto, pero por el momento, no es algo que quiera…De hecho… dentro de lo que yo creo que la maternidad para mí es, y no creo que por ser mujer tenga que tener hijos. Y la verdad es que yo quisiera tener un hijo, si realmente tuviera una estabilidad laboral, económica y mental. Si no, no. Si yo veo que tengo desequilibrios en cuanto a cuestión de ánimo, porque por ahí… no sé, lo que es el embarazo, y todo… ¡Me saca de quicio el gato porque me llena todo de pelos…!

Estas disposiciones femeninas podrían encuadrarse en lo que desde la literatura sobre migraciones se etiqueta como empoderamiento. Sin embargo, diferentes autoras nos alertan sobre el abuso de esta categoría. Así, Pedone (2005) cuestiona las visiones eurocéntricas y feministas sobre el empoderamiento de las mujeres al emigrar, puesto que las mujeres que emigran arrastran –y en ocasiones refuerzan– la sumisión de género, a la que se añade la de clase, la étnica y la que puede imprimir la propia condición migratoria. Asimismo, Oso Casas (2010) advierte sobre la confusión del estudio de las migraciones de mujeres solas, con proyectos autónomos por parte de éstas, remarcando la capacidad de la agencia.

En los casos analizados se visualizan dos orientaciones respecto al género como motor migratorio: en un capítulo anterior, analicé el modo en que la migración estaba motivada para perpetuar los papeles de género convencionales, masculinos y femeninos. En estos casos, en cambio, las migraciones parecen encuadrarse en una especie de ruptura que es habilitada para algunas mujeres por la distancia. Ruptura con los elementos simbólicos (Pedone, 2005) expectativas de rol o mandatos de género que las familias y medios sociales de origen depositaban sobre ellas.

Así, a los padres de Alicia y a los de Carolina les gustaría que ellas estuvieran casadas, son “gente tradicional”, como dicen las entrevistadas. Los padres de Sandra pretendían que ella saliera de casa casada, siendo conflictiva otro tipo de emancipación del hogar. En tanto, Lucrecia ha transformado sus disposiciones respecto al modo de realizar este tránsito (Mauger, 1995) desde la familia de origen a la de destino, tras la emigración. Desde un proyecto de pareja planteado bajo coordenadas muy tradicionales (la elección de la carrera, en función de la conciliación de la vida laboral y familiar; la casa grande en el terreno enorme, el noviazgo de diez años previo al matrimonio, etc.) a un modelo más desinstitucionalizado de familia (Meil Landwerlin, 1999): la convivencia con su novio español, proyecto en el que no se formulaba, al momento de la entrevista, la exigencia de su maternidad.

El contexto migratorio también habilita nuevas significaciones para redefinir los roles de género, no tanto por el contexto más o menos igualitario que cuente la sociedad de destino –cuestión ésta que en todo caso habría que explorar–, sino por la distancia y ruptura que supone el propio acto de emigrar respecto a los orígenes sociales y familiares. La clave para comprender por qué la emigración habilita estos cauces, puede encontrarse detrás de la relativa ocultación de las prácticas –quedando, por tanto, eximidas de justificaciones y explicitaciones hacia la familia de origen– aprehendida tras la emigración. Como comentó Sandra: “…en mi casa, hoy por hoy ya casi la mitad de las cosas que me pasan ni las saben, ¿no?”.

En el caso de Carolina, esta disposición de género se inscribe en toda una serie de prácticas que tendían a alejarla de su familia de origen (ambos padres eran obreros, ella es la única de los hermanos con carrera universitaria) y de cualquier proceso de contramovilidad o vuelta al redil (Cachón, 1989). A diferencia de sus hermanos, ella siempre tuvo amistades fuera del barrio –una barriada periférica del Gran Buenos Aires–; fue a un colegio situado en una zona definida por ella como “más de clase media”; realizó estudios universitarios; y, en fin, emprendió una emigración con el objetivo de poder viajar a otros destinos (al momento de realizar la entrevista estaba preparando un viaje de un mes por la India). Tal como ella comenta:

Carolina –[…] Pero así, bueno, ahora, como van asimilando que no estoy volviendo, que tampoco no sé yo si me voy a quedar acá indefinidamente, pero bueno, como tampoco tengo una perspectiva clara de volver, como que viste, lo llevan un poco mal ¿no? Y bueno, iba y ahí algún chantaje así, sentimental […]. No entienden por qué sigo estando acá. Por qué no vuelvo, digamos, ¿no? Como supuestamente, por el amor que les tengo debería volver, digamos, no… como que no entienden mucho otro tipo de razones que pueda tener yo para estar acá, lejos… […]. Como que no entienden mucho eso de cómo puedo estar sola. Claro, además que eso, porque si yo claro, digamos, vine sola y sigo sola, digamos. No es que tenga una familia ni novio ahora, entonces, es como que eso tampoco lo entienden. Porque claro, pero eso es parte desde siempre… cómo fue nuestra lógica… nuestro mecanismo, como que yo siempre fui, digamos, me salí un poco de la regla.

Los orígenes sociales (un grupo social o un medio en el que imperan determinados valores y expectativas de clase y de género) predisponen la generación de unas disposiciones asociadas a unas condiciones de existencia a las que tienden a ajustarse. Pero esto no significa que se ocluya la posibilidad de engendrar nuevas disposiciones, a cargo de otras instancias socializadoras. La universidad, la militancia[13] o incluso la propia emigración abren brechas entre la socialización primaria y las posteriores, que ponen en tela de juicio la primacía de las primeras experiencias (Lahire, 2004). De acuerdo con Lahire, “las disposiciones de un actor no se han constituido en una sola situación social, un solo universo social, una sola `posición´ social.” (Lahire, 2004: 76). Este autor menciona el caso de los tránsfugas de clase (desclasados por arriba, desarraigados, autodidactas, becarios o milagrados), pertinente para analizar casos como el de esta entrevistada (Carolina), quien ha estado sometida a matrices de socialización contradictorias (familia / escuela, universidad, militancia). Habiéndose superado las condiciones de origen por la vía escolar, se constituye este universo en el punto de referencia para los actores, en caso de que hubiera resultado exitoso.

Buscando zonas de integración (clase media-baja)

Uno de los entrevistados de esta fracción de la clase media utilizó una metáfora muy sugestiva, que involucra las diferentes temporalidades que se juegan en las migraciones según el medio de transporte utilizado. Diego me comentó que, si bien “uno viene en avión, pero las presiones de uno vienen en barco”[14]. Con esta metáfora temporal se refería este entrevistado a las dificultades encontradas tras la experiencia migratoria. Así, si bien el viaje en avión es rápido y permite desplazamientos en el espacio en solo unas horas, el traslado en barco supone un tiempo mayor, en el que se pondrían a prueba el arsenal de las trayectorias anteriores y los capitales de los sujetos.

Como “la práctica hace el tiempo” (Bourdieu, 1999a: 275), la relación de los migrantes de las diferentes fracciones de las clases medias con el presente evidencia contrastes destacables. Así, los sujetos entrevistados elaboran diferentes estrategias acerca de qué hacer con el tiempo –y de cómo hacer el tiempo–: permanecer en algunos juegos o retirarse de ellos; esperar a que advengan fuerzas que los orienten, o incluso señales que serían interpretadas de acuerdo con la situación del presente, etc.

Tiempo de sentar cabeza

Inmersos en unas trayectorias laborales signadas por la precariedad, los jóvenes de la clase media baja no tienen dominio del tiempo al modo que los miembros de las otras fracciones. Anteriormente señalé cómo algunos miembros de la pequeña burguesía patrimonial (Esteban y Daniel, por ejemplo) realizaban cierta formalización en términos temporales de los plazos para conseguir los objetivos propuestos. También, analicé el modo en que los sujetos de la clase media de servicios hacen valer su tiempo: invertido en credenciales educativas; el tiempo que depositan al trabajar en una empresa; el tiempo para plantearse estrategias de reorientación de las trayectorias, en los momentos de desempleo, negociando, inclusive a extremos arriesgados, las condiciones para hacer valer sus títulos, hasta hacerlas aceptables respecto a sus expectativas (Gerardo, Alicia). En tanto, el juego estratégico con el tiempo es una de las mayores dificultades de los jóvenes de esta fracción, y esto se plasma en la indefinición de sus proyectos migratorios con el correr de los años. Como dice Diego: “otro de mis problemas, nunca planeo nada a más de… a muy corto plazo”. Esta indefinición lleva a que los sujetos se vayan quedando en España, casi sin proponérselo, intervalo en el que el tiempo sería un tiempo de espera (frente al tiempo de acumulación o estratégico). En este tiempo de espera, los sujetos aguardarían cierto influjo de las fuerzas estructurales sobre sus trayectorias, que las definirían (“a lo mejor puede cambiar, si me gano, no sé, doscientos mil, cien mil euros, yo me vuelvo”, dijo Diego) y orientarían hacia otra dirección.

En el caso de Nicolás la permanencia en España adquiere otro relieve, por estar conviviendo con su pareja española, siendo que él quiere retornar –algo a lo que no estaría dispuesta su novia–. Después de haber asumido la compra de la que fuera casa paterna a las hermanas tras el fallecimiento del padre, su principal objetivo para permanecer en España es lograr el pago de esa casa en Argentina.

Nicolás –Ahora mismo lo mío, mi leit motiv sería pelear para [tener] mi casa…

Cecilia –¿Estás endeudado, pediste un crédito?

Nicolás –No, no, no… me la ceden, es una cesión…

Cecilia –Ah, estás… es con tu familia…
Nicolás Pago una guita yo, y después tengo que terminar de pagarla, pero es sólo con mi familia… Que no pasa nada, por ahora. Eso también es un punto, un leit motiv interesante para quedarme acá… Bueno, aparte estoy con Amparo [novia], que es española, y que está todo bien con ella. Hemos hablado también de esto, es muy difícil hablar de esto con ella. Es muy difícil, porque si bien ella no está en absoluto de acuerdo con el tipo de políticas que hay acá ni nada, mi idea de esto de allá no es la idea de ella. ´¿Qué se hace, qué hago yo allá?´ […]. ´A mí me dejás, viste, en pelotas´ [le dice],… ´bueno, pará, primero: ¿qué hago yo allá?´, ´¿y vos por qué te querés volver?´ ´Porque…´ –procedo a explicar todo… una cantidad de cosas que para ella […]. Viste, la melancolía, la melancolía típica de… de estar tomándote un vino con un amigo argentino, y decir ´¿te acordás del viejo tal?´, ¿no? Esas cosas del recuerdo, de la gauchada, ese tipo de melancolía… bastante tanguera. ´¿Te acordás el organito del organillero de la esquina?´. Esas cosas, bueno, vale, sí. Pero sacando toda esa melancolía, como forma de vida me parece más interesante tener una casa allá y empezar a pivotar de laburo en laburo, en cualquier caso ¿no? Que no tener nada acá.

Sin embargo, hay otro modo en que el tiempo es valioso para estos entrevistados. En España, pese a todo, intentan tratar de recuperar el tiempolibre perdido, buscando inserciones laborales que no los subsumieran por completo en el trabajo (Diego), o aprovechando las etapas de desempleo (Nicolás). Esta estrategia osciló con épocas de pluriempleo; esta vez, para tratar de recuperar el relativo excedente monetario perdido –que en origen podían disfrutar al estar viviendo en casa de los padres–, destinado al consumo de productos sucedáneos (equipamientos de marcas alternativas), para sus aficiones musicales (Nicolás, Diego).

Otras metas relativamente invisibilizadas emergen tras la estancia en España para estos sujetos: conseguir un capital jurídico (Jedlicki y González, 2010), como puede ser la nacionalidad española –que da acceso a un pasaporte para circular por el espacio europeo–, también se constituye en una meta aceptable de haber conseguido algo, tras los años de estancia en España, de cara a no tener que volver a Argentina con las manos vacías (Nicolás). O conseguir una jubilación española y volver a Argentina, para restregársela a los amigos: “Lo único que quiero es llegar allá y jubilarme, y decirles a todos `ah, ahora vivo con mi jubilación, tomá, hijo de puta´ [se ríe]. No, es broma…”, dice Diego.

Los proyectos migratorios de estos entrevistados, tensionados entre el retorno –en el país de origen tendrían los recursos y los modos de usarlos más accesibles– y una permanencia no demasiado planificada, aspiran a conseguir, cuanto menos, asentarse en cierta zona de integración, mediante el acceso al salariado o a la ciudadanía. Estrategias, al fin y al cabo, para afrontar con más herramientas el riesgo de desafiliación social (Castel, 1997) al que podrían estar expuestos, al combinarse en sus trayectorias la precariedad laboral con débiles lazos sociales, en una época signada por la informalización social (Pedreño, 2005). En un contexto marcado por la condición precaria (y del precariado como estatuto casi normal), el acceso al salariado con protección social se convierte en una especie de quimera (Castel, 2010).

Volviendo al principio de este epígrafe: el peso del pasado, esas “miserias” que llegan en barco (de acuerdo con la expresión de Diego), las decisiones tomadas, las trayectorias emprendidas, las cosas no realizadas o abandonadas a medio camino, toman la forma de contra fácticos. Al modo de evaluaciones que se realizan sobre las trayectorias, estos contra-fácticos cobran fuerza en los agentes que, no pudiendo aprovechar del presente mucho más que cierta espera, no encuentran modo de actualizar sus disposiciones y capitales tras la emigración.

La preservación de las posiciones

Los adultos de la clase media baja que protagonizaron trayectorias ascendentes tienden a la defensa de las posiciones conseguidas. La gestión de las temporalidades en estos proyectos migratorios se orienta a asegurar estas acumulaciones para poder ser transferidas a los hijos (compra de casa en España y/o en Argentina, instalación de pequeño comercio, incipiente valorización de un capital escolar y apuntalamiento de estas inversiones en los descendientes). El señuelo de un posible retorno aparece prorrogado, desplazado hacia delante en el tiempo. En casos como el de María, se define un proyecto migratorio que consiste en que el matrimonio trabaje duro en el presente (“dentro de todo somos jóvenes”), y postergar el mito del retorno para la jubilación (Pedone, 2004).

Para quienes se han reposicionado en el espacio social español a partir de revalorizar cierto capital escolar, como es el caso de Patricia y su esposo, los aspectos más valorados para plantearse permanecer en España se relacionan con brindar a los hijos la posibilidad de realizar estudios, sin que tengan que trabajar siendo niños (como le sucedió a Patricia). También refieren a una calidad de vida en España como un anzuelo para permanecer en el país de destino. Ésta no sólo se reduce a la dimensión material, sino también a aspectos de la vida cotidiana, como disponer de más tiempo con los hijos (para monitorizar su crianza y educación), la tranquilidad (estabilidad de los trabajos, de la economía, poder pagar las deudas). Sin embargo, la permanencia en España está supeditada a tener trabajo (Sayad, 1989) asumiendo cierta ideología trabajista (García López y García Borrego, 2002): si se quedan ella y su marido sin trabajo en España tienen que irse.

Estas dos trayectorias ascendentes han sido valoradas por las respectivas familias de origen (padres y suegros, que los visitaron en diversas ocasiones), quienes confirmaron positivamente el proyecto de permanencia en España: “Cuando vinieron la primera vez, que nosotros pudimos mandarles el pasaje y vinieron, los cuatro, ¿no? Los padres de él y los míos, y vieron cómo vivíamos, pues ellos mismos nos dijeron ‘no vuelvan’, porque nos vieron que estábamos bien” (María).

Una compleja reproducción simple

Dentro de las trayectorias hacia la vulnerabilidad[15], uno de los casos es el de Mario, quien considera que ha tenido que migrar a España para poder tener su casa en Argentina. Cuando consiga este objetivo se plantea regresar a Argentina, donde residen su esposa e hijos. En páginas anteriores analicé la representación de este entrevistado como inmigrante –en el sentido de outsider al cuerpo nacional–, lo que genera una intensa fractura de su experiencia migratoria. Su propia condición de sostén de una familia transnacional lo sitúa en una fuerte tensión por su doble vida, a la que ya hice mención. Sin embargo, el soporte para sostener semejante sacrificio se encuentra en una deuda material con la esposa, que se convirtió en deuda moral: él tiene que resistir en el proyecto migratorio para acrecentar las posibilidades de reproducción de su familia, por la confianza que ella depositó en Mario, al dejarle sus ahorros.

Por otra parte, este entrevistado es reticente a una reagrupación de la familia, que atenuaría su sufrimiento. Respecto a su esposa, sostiene que no quiere “que venga a fregarle el piso a nadie” (Mario). Y en cuanto a los hijos, mantiene un discurso de España como un lugar inadecuado para educarlos, como se aprecia en el siguiente extracto de entrevista.

Mario –Y los chicos tampoco me gustaría traerlos acá, no los veo… Yo no sé, cada uno tiene su manera de pensar, igual que vos… pero acá los pibes de acá van más acelerados que allá. Ya con 10 años te mandan a tu país y vos tenés que callarte la boca. Re liberales… fumar porro… fumar esto.

Tomando en consideración las dos objeciones para reagrupar, puede deducirse cierta resistencia a padecer una integración en los estratos ocupacionales inferiores de la estructura social española, a la que se vería degradada toda la familia, boicoteando los intentos de promoción social sobre los que se asienta su proyecto migratorio (tener la casa propia y apartarse de zonas de degradación social).

Por último, otra manera de hacer el tiempo, de relacionarse con el presente (Bourdieu, 1999a) –que se ve reducido en las personas de más de sesenta años–, consiste en intentar conseguir, como los jóvenes de esta fracción, algún tipo de inclusión desde la ciudadanía. Como comenta Susana: “es muy poco lo que cobraría [con su jubilación argentina], y acá a la edad que tengo, tampoco tengo lo suficiente… Acá lo que puedo recibir alguna vez es una ayuda… Me quiero hacer la ciudadanía española”. Esta entrevistada recurre a diversos canales para buscar reaseguros contra la precariedad. Por un lado, intenta buscar cierta afiliación social mediante el recurso al Estado de Bienestar español. Por otro, acude al acercamiento al hijo que emigró antes, apuntalando una vía de reproducción simple a través de la informalización social, al no tener a nadie en quien apoyarse en Argentina.

La tensión del potencial retorno

La migración supone tensiones de orden temporal, en tanto que las trayectorias de los sujetos son irreversibles. Estas tensiones toman la forma en los relatos de los entrevistados, de contra-fácticos, como señalé, bajo fórmulas tales como: “y de haber sabido lo que me esperaba, tal vez no lo hubiera decidido” (Gerardo); o “si yo pudiese volver el tiempo atrás, con lo que sé, no me iba” (Diego). También conlleva la migración tensiones de orden espacial, puesto que no se puede estar presente en dos sitios a la vez (Sayad, 1989: 81).

No obstante, hay manejos de cierta ubicuidad social por parte de algunos agentes. El don de la ubicuidad social, que Boltanski analiza como propio de las clases dominantes, puede hacerse extensivo a algunos miembros de las clases medias analizadas en condiciones migratorias. Como las posiciones –similares a los puestos– no se corresponden con las personas que las ocupan, un individuo puede ocupar más de una.

El don de la ubicuidad social que poseen los miembros de la clase dominante les autoriza a existir socialmente en lugares diferentes, e incluso antagónicos, solo en la medida en que estén presentes allí por razones diferentes y con la condición expresa de especificar bajo que título actúan y hablan en cada lugar y momento (Boltanski, 1973: 15; traducción propia).

La ubicuidad social de los agentes, en esta investigación, remite a los derechos ligados a la ciudadanía en el espacio social de origen y en el de destino. Los inmigrantes con nacionalidad española pueden reclamar desde el acceso a derechos políticos hasta el concepto de ciudadanía social (derecho a educación, salud, incluso a un ingreso de ciudadanía; Marshall, 1997; Crompton, 1997).

En páginas anteriores analicé el caso de una entrevistada que pudo beneficiarse de los sistemas de protección social de los dos países, simultáneamente, durante un tiempo. Inés pudo acogerse al subsidio por desempleo español durante los dos primeros años de su estancia en España, habiendo solicitado una licencia sin goce de sueldo en su empleo de Argentina. Cuando consiguió su primer empleo en España, con contrato por obra y servicio, fue a Argentina a terminar de trabajar los meses que le restaban en su empleo, para gestionar la jubilación –que la cobra su hermana, como un arreglo que sustituye el envío de remesas–. Luego volvió a España, donde sigue trabajando, ya con contrato indefinido, y próxima a tener que jubilarse.

Sin embargo, estas jugadas se presentan como excepcionales, y no están presentes en el resto de los casos analizados. Las tensiones con el espacio social de origen manifiestan las de orden temporal, que se evidencian por el propio tiempo de ausencia. Como dice Antonio “aquí no conseguí nada y allí lo estoy perdiendo todo”. O Diego: “aquí estoy empezando siempre de cero, y allá también”.

Quienes han logrado posicionarse en el espacio social de destino en ocupaciones bien remuneradas, con reconocimiento de sus titulaciones y de la trayectoria anterior, y han conseguido cierta estabilidad –casi todos los entrevistados de la clase media de servicios– no se planteaban, al momento de la investigación, un retorno al país de origen. Son los casos de Gerardo, Mónica, Hernán, Carolina y Lucrecia. Otro grupo de la fracción (Sandra, Carlos y Alicia) se encontraba en un tramo de la trayectoria en la que aún seguían invirtiendo –y mantenían la creencia en que esto era posible– para lograr una inserción acorde a sus expectativas en España, aunque con gran incertidumbre.

Otros entrevistados han podido representarse sus proyectos migratorios desde el ideario de los empresarios. Algunos, reconvertidos desde la fracción cultural (como el caso de Juana[16]); otros, con mayor antigüedad en la fracción de pequeños empresarios (Daniel, Andrea, Esteban). Incluso hay quienes se avinieron a esta categoría tras la migración (María). En conjunto, para estos entrevistados es difícil plantearse un retorno, puesto que han logrado un trabajo autónomo, un emprendimiento propio en el nuevo espacio social, asumiendo deudas en algunos casos, y con una incipiente capacidad de acumulación.

El grupo más proletarizado de la muestra, que no cuenta con inserciones estables ni cualificadas, a pesar de todo encuentra incentivos para permanecer en España. Los beneficios sociales y de protección a los que podrán acceder en el espacio social de destino son estimulantes, cuando logren una progresiva inserción en una zona de integración (Castel, 1997) que vendrá aparejada, sino a la condición de salariado, cuanto menos a la de ciudadanía.

Así, los sujetos entrevistados que no han podido medrar socialmente tras la experiencia migratoria, a pesar de todo, preferían, al momento de la entrevista –cuando todavía la crisis de las hipotecas no había llegado a su cima– permanecer trabajando en España como dependientes o empleados, que retornar a hacer ese tipo de trabajo en Argentina. Esto dificulta las justificaciones de cara a las familias, que no comprenden por qué aún no han regresado los hijos. La familia de Carolina no comprende las razones por las que ella permanece en España: no pueden justificar la ausencia de su hija desde el punto de vista profesional –no está ejerciendo de socióloga–, ni tampoco desde el punto de vista afectivo –no está en pareja, no formó familia de reproducción–. El caso de Lucrecia también es representativo de estas tensiones con la familia y las amistades en la sociedad de origen: “yo creo que los dos primeros años que estuve yendo a Argentina, la pregunta del millón era `¿Cuándo vas a volver?´ (…). Me entendés, y no se dan cuenta de que yo ya vivo acá” (Lucrecia). En tanto la familia de Nicolás, aunque lo apoyó para que emigrara, en el momento de la entrevista estaba extrañada de que no volviera: “lo que les jode es que no vuelva todavía…”.

El retorno[17], así, apareció casi como una problemática impuesta por mis inquietudes de investigación durante las entrevistas, como algo remoto para la mayoría de los entrevistados, que no se presentaba de manera inminente ni con urgencias (con excepción de Mario, sostén de una familia nuclear transnacional). Plantearse volver a Argentina tiene sentido para los entrevistados desde los idearios familiaristas que son característicos de las clases medias argentinas (Tevik, 2006). Hablar de retorno estaría fundamentado para ellos, principalmente, en cuestiones afectivas (no tanto con el lugar o la patria de origen[18]): el dolor de permanecer lejos de la familia y los amigos. Este aspecto fue señalado en otras investigaciones sobre los argentinos en España, que interpretan que el concepto familiero no implica solamente tener afecto y contacto con la familia: es estar geográficamente unidos (Castellanos, 2006). Estos requisitos de proximidad física, sin embargo, chocan con los tiempos requeridos para hacer prosperar los proyectos migratorios.

Los migrantes entrevistados han emigrado del país muy decepcionados –o al menos así lo expresan al momento de realizar las entrevistas–, con gran resentimiento por no haber encontrado inserciones laborales acordes a las titulaciones (tras años de inversiones en credenciales); o por haber desgastado su posibilidad de proyectar, teniendo que cambiar una y otra vez para adaptarse a un entorno siempre fluctuante. Otros hasta se fueron de Argentina con rencor hacia el conjunto de la sociedad: “yo me fui con un odio, Cecilia, con un odio, con un odio a todo. Un odio a los dirigentes, un odio a nosotros mismos que permitimos eso”, me reveló Inés, a propósito de la corrupción reinante durante los años noventa. O como dice Hernán, “[…] la inseguridad del futuro, la inestabilidad, la incertidumbre… creo que nos cansamos de eso. Recién hablábamos de los cambios de moneda. Los cambios de moneda implican una crisis económica, y nosotros tuvimos demasiadas crisis económicas”. Estas expresiones dan idea de la inestabilidad y la inseguridad como condiciones permanentes en las que han tenido que campear sus estrategias de reproducción social.

La experiencia en España, asimismo, cambia la percepción sobre Argentina, haciendo la situación del país de origen más insoportable por efecto del contraste, lo que a su vez dificulta la idea de retorno. Cuando muchos de los entrevistados visitan Argentina, relatan que contabilizan los días para regresar a España, haciendo analogías de lo que significaría un retorno definitivo. Entrevistadas como Carolina, Sandra, Juana, Lucrecia o Alicia manifiestan esta tensión, contrastando las duras condiciones a las que tendrían que someterse, a través de las experiencias de los hermanos o amigos que permanecen en origen. Jornadas de trabajo extenuantes, prestaciones sociales y médicas limitadas[19], dificultades para trasladarse dentro de la ciudad, “latinoamericanización” (como le llamó Carolina) de CABA. Los viajes periódicos, especies de tanteos o experimentación, dificultan siquiera pensar en un retorno, no siendo deseable para estas entrevistadas, a quienes les sería muy difícil volver a adaptarse. Y el paso del tiempo agudiza la brecha entre un lugar y otro. Como comenta Sandra, cada vez le costará más adaptarse a vivir nuevamente allí: “[…] no podría volver… Pero no puedo volver ahora, y no sé si dentro de diez años podría volver, porque serían diez años más vividos aquí. Claro, entonces me digo, `bueno, joder, tal vez cuando sea vieja´” (Sandra).

Otra manera en que el retorno aparece en los discursos de los entrevistados es condicionándose a poder establecer un negocio allí. Esta vía supone una capacidad de acumulación en capital económico que les permitiría poder realizar emprendimientos por cuenta propia en la sociedad de origen. Sin embargo, esta hipotética alternativa se va desplazando en el tiempo para la mayoría de los entrevistados. Los inmigrantes asentados en España no tienen gran capacidad de ahorro, y se van entrampando en sucesivas deudas (para viajar a ver a la familia en origen, que supone un gran coste económico; por ingresar en las pautas de consumo de España: haber asumido hipotecas, compra de coches, etc.). Así, si la diferencia de monedas entre un país y otro pudo generar expectativas de acumulación al principio de los proyectos migratorios –con el cuatro a uno este que hay ahora [año 2008], se puede hacer una diferencia”–; acto seguido se reconoce la dificultad para acometer este objetivo en la sociedad de destino – “lo que siempre sé, es que la diferencia no la puedo hacer acá [España]. Yo a la diferencia la puedo hacer allá [Argentina]”, concluye Nicolás–. Aunque se ganen euros, los migrantes tienen que mantenerse a los costes de reproducción de su fuerza laboral de la sociedad de destino, motivo por el cual el mito de hacer diferencia se va difuminando con el tiempo. En el siguiente fragmento, Antonio lo enuncia de manera muy gráfica, que representa claramente la poca capacidad de acumulación de los inmigrantes.

Antonio –Los sueldos aquí no sirven, mucha gente… ¿puedo decir un taco? No, porque representa muy bien lo que nosotros tenemos… ganamos euros, pero comemos y cagamos euros. Para poder trabajar necesitamos comer, para poder ir a trabajar necesitamos el transporte, necesitamos el vestido, necesitamos la medicina […]. Claro, se necesita muchas cosas y a lo último, cuando ya lo cagaste, necesitas hasta el papel higiénico, pero antes de eso hubo un montón de procesos donde los pagamos todos en euros. Entonces vemos que una persona, mantiene a una persona.

A medida que van permaneciendo en España los inmigrantes abandonan el referente monetario del país de origen (pesos). El euro deja de ser entonces una divisa para acumular –un capital– y pasa a ser la moneda en la que se calculan los costes monetarios de la reproducción social de la fuerza de trabajo. Si, como dice Antonio: “una persona mantiene a una persona”, a no ser que los sujetos incurran en un gran ascetismo en el control de gastos –lo que supone, a su vez, una transformación radical de las disposiciones de las clases medias: cohabitación, residir en zonas degradadas donde la vivienda sea más económica, etc.–, hasta el envío de remesas es caro a los migrantes argentinos asentados en España.


  1. Las acepciones 1 y 3 que el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española da a la entrada “transposición” se avienen bien con el sentido en que utilizo esta expresión: “Poner a alguien o algo más allá, en lugar diferente del que ocupaba” y “dicho de una persona o de una cosa: Ocultarse a la vista de otra, doblando una esquina, un cerro o algo similar”.
  2. Como analizan Boltanski y Chiapello (2002: 400 y ss.), el Estado ha jugado, y aún juega, un papel fundamental en la conformación de la unificación y representación de las clases sociales, a través de su papel de “nomenclador” o nominador legítimo –mediante las categorías socio-profesionales de los institutos de estadística nacionales–. Esta operación histórica de clasificación legítima se complementa con otras medidas de apuntalamiento sobre los distintos grupos sociales (refrendo de los convenios colectivos de trabajo, aprobación de leyes de flexibilización laboral, legislaciones educativas que fomenten o inhiban procesos de movilidad social, políticas de seguridad y welfare, etc.).
  3. Algunos estudios señalan que hay un trato favorable o “discriminación positiva” por parte de la administración española, y que el mismo respondería a que los argentinos tienen “origen europeo”, y son identificados con una clase social y una etnia no distintas de la de los autóctonos (Sarrible, 2003: 156). Sin embargo, esta misma discriminación positiva se convierte en un obstáculo a la hora de visibilizar situaciones de precariedad que pueden padecer los inmigrantes argentinos. Nicolás se refiere a este problema, relatando su experiencia de estar sin papeles en España: “… o sea, de última, podés tener todo el apoyo que podés tener, no sé, de ONGs., digamos, pero no tenés un apoyo claro, no te apoyan tanto. Y un argentino está en esa media agua ¿no? Vos sos argentino y estás bien recibido, y por ser argentino tampoco la pasás tan mal como, no sé, un nigeriano. Entonces estás en una media agua… Aparte vos mismo decís ‘no, pobres nigerianos que también la pasan mal´… Pero así, no tenía problemas de que por la cara me echen del país… ni nada de eso”.
  4. En el caso de Lucrecia esto es expresado con mucha indignación. Se presenta como sudamericana y argentina para defender(se) del ataque que se hace contra los inmigrantes provenientes de esta región (y que peyorativamente se denominan “sudacas”): “Y de hecho a veces me molesta, porque… me han dicho muchas veces… eh… esto que me he quedado a cuadros… Eh… por ejemplo, decir `porque los sudacas´, adelante mío… Esto le sucedía a una compañera mía, hablando, que no sé qué problema había, `porque los sudacas, no sé qué, por qué no se van a su país´. Y la miro y le digo `¿perdón? Estás hablando delante de una sudaca´, le digo. `No, no, pero… tu… tu eres argentina…´. Y le digo… `y soy sudamericana´.
  5. La ley 52/2007, promulgada durante el gobierno socialista de Zapatero (2004-2012), disponía una ampliación de derechos y el establecimiento de medidas a favor de quienes padecieron persecución política durante el régimen franquista. Significó para muchos argentinos una puerta de acceso a la nacionalidad española, por la disposición de otorgar este derecho a hijos y nietos de represaliados políticos, independientemente de la edad.
  6. Los argentinos entrevistados, por las migraciones anteriores que recibió el país, pueden jurídicamente pertenecer a cualquiera de las dos categorías. Lo que aquí se analiza es el manejo simbólico que realizan para justificar sus migraciones, que no necesariamente se corresponde con su status legal en España.
  7. Referencia al color de piel oscura, posiblemente por contar con antepasados indígenas, aunque al entrevistado no le constaba tal ascendencia. Este entrevistado cuenta que, cuando entraba en una tienda de ropa de marca, las dependientas lo seguían, porque desconfiaban de su aspecto: “¡¡yo acá volví a ser persona normal!, o sea un N.N. [no name, en inglés] absolutamente, ¿no? Pero persona al fin. Yo en Argentina era una persona a la que se le cruzaban de calle, entraba a un lugar y me seguían […]. Iba a, suponete, tenía plata, iba a una tienda de ropa de marca y entraba, y te miraban como diciendo `¡¿qué haces acá?!´” (Facundo).
  8. Zona de fuerte especulación urbanística desde los años noventa, símbolo de la polarización social que produjo el neoliberalismo en Argentina.
  9. Calle de Madrid con comercios de productos de lujo.
  10. Estos valores pantagruélicos, según Margulis el al. (2007: 32) consisten en “los valores festivos del gasto y del consumo, de la gran comilona destructiva, sea ésta en la escasez o en la abundancia”.
  11. Algunos entrevistados apelan a cierta religiosidad para sostener subjetivamente los proyectos migratorios. Esta religiosidad aparece en algunos casos de modo explícito, por ejemplo, Esteban dijo: “mientras tanto yo sabía que Dios me tenía preparado otra cosa”, para referirse al cambio de su primera inserción como puestero de un quiosco de helados, a instalador de gas para una empresa. También Patricia y Mario se apoyaron en argumentos de índole religiosa para reforzar sus prácticas. En otros casos, en la fracción de clase media de servicios, la religiosidad aparece desplazada hacia lo esotérico (Alicia y Lucrecia, ambas tarotistas). Alicia se ha profesionalizado como astróloga y redacta el horóscopo de una conocida revista. Así, para interpretar el retorno de una amiga que no quería volver, ante el nacimiento de un sobrino en Argentina, comenta: “Entonces le digo [a la amiga que volvió]: “Hay una frase del I Ching”, que a mi me encanta, yo no… el I Ching, que dice: `Hay muchas cosas en la vida que sólo se comprenden en el futuro´… y yo le decía eso, porque ella estaba allá y se veía mal” (Alicia).
  12. Algunos entrevistados implementaron ciertas estrategias para reasegurarse, con considerables dosis de estoicismo, no ceder a la tentación de regresar durante un tiempo. Por ejemplo, Gerardo y Lucrecia, ambos con ciudadanía italiana, compraron al migrar sólo pasaje de ida, para no tener disponible el regreso a Argentina ante las primeras dificultades.
  13. Por ejemplo, Carolina dedicaba en Argentina sus fines de semana a trabajos solidarios con un grupo de compañeros de la universidad en barrios carenciados. Su familia no comprendía por qué ella prefería realizar esas tareas, en lugar de pasar el tiempo libre con padres y hermanos.
  14. “A veces uno viene en avión, pero las presiones de uno vienen en barco, llegan con el tiempo. Miserias, las cosas que te hacen, que te mueven, los problemas, las cosas que uno tiene dentro que te van… a veces jodiendo un poco ¿no? Y bueno ¡llegaron en barco!” (Diego).
  15. Para Castel (1997) las zonas de vulnerabilidad se sitúan a medio camino entre las zonas de integración y las de desafiliación, con gran inestabilidad. La vulnerabilidad estaría caracterizada por la precariedad laboral y por cierta fragilidad de los soportes de proximidad.
  16. Sintomáticamente, esta entrevistada comenta que, una vez que pudo desplegar otras habilidades en España, que las que le proporcionaba la educación de la universidad, no podría retornar: “volver a aquello, que te imposibilitó un montón de cosas, que te educó en una dirección que no te gusta, que te educó en una dirección que te acota, que te resume…” (Juana). Esta entrevistada ha reconvertido su capital cultural hacia la actividad económica: ha creado una empresa de postproducción cinematográfica, algo impensable para ella en Argentina.
  17. En el año 2009 retornaron a Argentina entre 6000 y 7500 personas, siendo el primer año en que se registró un saldo negativo desde 1996, debido a la disminución de las llegadas a España (declaraciones de Walter Actis a Diario Clarín: 04/05/2010).
  18. Para Sayad “el país, el suelo natal, la casa de los antepasados y, en resumidas palabras, la casa natal, cada uno de los lugares privilegiados de la nostalgia (y por la nostalgia), y cada uno de estos lugares, cada uno de estos puntos particulares que son objeto de una intensa implicación de la memoria nostálgica, se convierten en lugares sacralizados, benditos, tierras santas a las que se acude en peregrinación” (Sayad, 2010: 267).
  19. Una de las entrevistadas se refirió a las deficiencias del sistema sanitario privado para realizar tratamientos de fecundación asistida para su hermana, sosteniendo un discurso de ciudadanía patrimonialista (Svampa, 2005: 80): “[Argentina] es un país que, aun pagando, te prohíbe intentar tener hijos. O sea, yo te hago un resumen, ¿no? Pero estaba pagando 600 pesos por mes [la hermana], y no podía… es una locura ¡ni con plata comprás algo! Ni pagando un fangote de guita estás comprando nada… Comprás el “derecho a”, el día del… ¡tu puta madre! ¡es un delirio! […]. Y lo peor de todo es que se dan cuenta a medias. O sea, están viviendo ahí, mis hermanos y todos, están viviendo ahí, y les parece normal…” (Juana).


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