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Migraciones y clases medias

Discusiones teóricas para el análisis

Vincular dos problemáticas que suelen estudiarse por separado, como son el empobrecimiento de las clases medias en el marco de las transformaciones de la estructura social argentina y las migraciones internacionales requiere de algunas articulaciones conceptuales entre terrenos analíticos diversos. En este capítulo elaboro un recorrido por los principales paradigmas del estudio de las migraciones internacionales con el objetivo de entramarlos con la propuesta teórica de Pierre Bourdieu para estudiar las clases sociales.

Las migraciones internacionales se han tornado un tema de vital importancia en las sociedades contemporáneas. Dada su trascendencia para el funcionamiento del sistema-mundo y de la economía global capitalista (Sassen, 2007), este fenómeno impregna múltiples ámbitos de la realidad social. Desde los medios de comunicación a las políticas de Estado (policiales, sociales, de control de poblaciones, etc.), las migraciones internacionales ocupan diferentes esferas en la construcción de la realidad social. No obstante ser las migraciones consustanciales a la historia humana, y a pesar de que las ciencias sociales se ocupan de ellas desde hace más de cien años, es en los albores del siglo XXI cuando se encuentra una densa proliferación de textos sobre la manera de estudiarlas. El abordaje de la inmigración como problema social, que requiere de expertos o especialistas para resolverlo, ha sido remarcado por diversos autores. Se trata de una temática que tiende a representarse así desde el pensamiento de Estado (Sayad, 1999) de las sociedades receptoras de inmigración, puesto que el conocimiento de esta parte de la realidad social suele estar encomendada por instituciones que tienen por principal interés la gestión de estas poblaciones. Santamaría (2008) se refiere a las migraciones como la nueva cuestión social, lo que las situaría en un nudo problemático donde confluirían diferentes intereses, no todos ellos favorables a su conocimiento. Y Gil Araujo (2010) resalta el papel de los policy makers al problematizar la inmigración extra-comunitaria de la Unión Europea, como categoría que es objeto de intervención de las políticas públicas.

De otra parte, la creciente complejización de las estructuras de las clases sociales de las sociedades contemporáneas desde las últimas décadas del siglo XX genera dinámicas novedosas con relación a la estratificación y la movilidad social, que se conectan estrechamente con los desplazamientos geográficos (Portes y Hoffman, 2003; Sémbler, 2006; Mora Salas, 2008).

Este capítulo revisa algunas articulaciones realizadas al recorrer la literatura especializada sobre migraciones internacionales, que entraman la problemática de la movilidad geográfica y la movilidad social de las clases medias. Si bien la base del estudio fue la perspectiva epistemológica de Pierre Bourdieu, busqué componer un poliedro capaz de captar un objeto complejo y sobredeterminado. Dos propósitos emergen del presente capítulo: a) buscar un anclaje conceptual desde el campo de los estudios migratorios que se articulan con la propuesta teórica de Bourdieu; y b) ofrecer un modelo de análisis que integre los soportes analíticos de diferentes marcos explicativos. Al final del capítulo se presentan en el gráfico 1 las dimensiones de análisis de los diferentes enfoques, a modo de comparación y ensamble con la teoría de la práctica.

Caja de herramientas: revisión de enfoques y teorías

La reflexión acerca de los supuestos epistemológicos que guían la investigación sobre migraciones, así como sobre las metodologías empleadas y las estrategias de producción de la información, se plantea como tarea necesaria en la construcción de este poliedro analítico. Siguiendo la tradición de Durkheim en el combate de las prenociones, Remi Lenoir advierte sobre la institucionalización de los objetos de estudio como problemas sociales. Para este autor, las definiciones instituidas de la realidad social tienen el efecto de orientar tanto las condiciones de observación, cuanto las explicaciones de los fenómenos estudiados por los sociólogos (Lenoir, 1993).

En el terreno de los estudios migratorios hay una potente caja de herramientas a la que acudir para la comprensión de este fenómeno. En el cuadro 1 se esquematizan los principales enfoques utilizados en varias disciplinas para estudiar las migraciones internacionales, considerando sus principales dimensiones de análisis: la principal variable explicativa de las migraciones, la unidad de análisis considerada, las motivaciones de las migraciones y el posicionamiento del migrante en las sociedades emisora y receptora. Las teorías del propio terreno de las migraciones permiten fundamentar un modelo de análisis que se apoya en la teoría de Pierre Bourdieu. Esto significa que la selección de teorías no es exhaustiva, sino que fue realizada en función de aquellos aspectos de los principales enfoques que arrojan luz para la definición de las migraciones de las clases medias, que fue mi objeto de estudio.

Cuadro 1: Enfoques para el estudio de las migraciones

Enfoques

Dimensiones de análisis

Variable explicativa de las migraciones

Unidad
de análisis

Motivaciones de las migraciones

Posicionamiento del migrante en origen y destino

Equilibrio (neoclásico)

Push / pull factors

Individuos

Racionalidad instrumental

Mejora de su situación en destino (posibilidades laborales, de crecimiento personal, de integración)

Histórico- Estructural

Centro/periferia (división internacional del trabajo)

Corriente migratoria

Fenómeno de clase (explotación)

Inserción en mercados segmentados en destino

      
Pérdida de recursos humanos en origen

Articulacionista o de Redes

Macroestructurales: relaciones históricas asimétricas entre países

    
Microestructurales: redes que sostienen la migración en el tiempo

Red migratoria

Cultura migratoria

    

Relaciones previas que encadenan las migraciones

Diversidad de posicionamientos en función de múltiples variables (étnicas, regionales, comunales, individuales, etc.)

Trans-nacionalista

Relaciones multiestratificadas (niveles local, nacional, transnacional y global)

Campos sociales trans nacionales

Estrategias de adaptación al capitalismo flexible

Sistema autónomo de posicionamientos (de origen y destino)
     

Simultáneamente situados en ambos sistemas de desigualdad

Teoría de la práctica

Luchas sociales por el posicionamiento social (distinción)

Agentes inmersos en estrategias familiares y de clase (trayectoria individual y de grupo)

Estrategias de reproducción social (disposición estratégica)

Paradoja de dejar de ocupar la posición de origen que se pretende reproducir en destino.
     
Trayectoria social y homologías de espacios sociales

Fuente: elaboración propia, en base a Portes y Böröcz (1992); Wood (1992); Pries (1998); Escrivá (1999); Criado (2001); Ribas Mateos (2004); Levitt y Glick Schiller (2004), Sørensen (2007), Suárez (2008), Bourdieu (1991; 1998; 2011), Sayad (1989; 2004).

Los factores de expulsión

En la literatura sobre migraciones internacionales es conocida la explicación acerca de este fenómeno como respuesta a situaciones expulsivas en los países de origen. Suelen explicarse así oleadas migratorias originadas por problemas económicos (desempleo, crisis, etc.), ecológicos (catástrofes, terremotos, etc.), políticos (dictaduras, guerras, etc.). Ciertos factores, especialmente económicos, explicarían la expulsión de parte de la población (push factors) desde los países con fuertes corrientes de emigración.

El paradigma dentro de las interpretaciones economicistas lo constituye el enfoque de la economía clásica. Desde esta perspectiva, en auge durante el siglo XIX, las migraciones se enfocaban en términos exclusivamente económicos, haciendo equivalentes la movilidad del trabajo a la movilidad de las mercancías. La economía clásica se apoyaba, así, en dos supuestos para entender las migraciones internacionales: 1) la migración se entendía como fenómeno individual, acorde al paradigma de homo oeconomicus; y 2) estas movilidades eran espontáneas y voluntarias. De acuerdo con Green (2002) este paradigma era propio de una época en que los controles en las fronteras estaban menos institucionalizados, antes de la Primera Guerra Mundial.

Con algunos elementos de continuidad, los enfoques neoclásicos también sustentaron interpretaciones economicistas al analizar las migraciones en estos términos, y asumiendo evaluaciones del tipo coste-beneficio por parte de los migrantes (Borjas, 1989). La decisión de emigrar es analizada aquí en función de una racionalidad de tipo instrumental, siendo los actores capaces de elegir libremente entre las oportunidades que ofrece el mercado de trabajo dentro y fuera del país. Se considera al fenómeno migratorio, en su conjunto, como un factor que mantiene el equilibrio del sistema entre los distintos países, principalmente en términos de diferencias demográficas y económicas. De este modo, las migraciones serían funcionales para los países emisores de emigrantes, al constituir un factor de homeostasis frente a los problemas económicos y sociales. Además, al proporcionar el ingreso de remesas, contribuyen a engrosar los datos macroeconómicos de los países de origen. Y, finalmente, para los propios migrantes, las migraciones significan enormes posibilidades en la sociedad receptora: laborales, de integración, de crecimiento personal, etc. (Ribas Mateos, 2004; Portes y Böröcz, 1992).

Son conocidas las críticas que se atribuyen a este modo de explicar las migraciones: centralidad del individuo en la toma de decisiones, reducción del fenómeno migratorio a la dimensión económica, tipo de racionalidad involucrada, etc. La concepción de acción social que subyace a este enfoque, afín a la teoría de la acción racional, supone la plena capacidad de los individuos de poseer información sobre variables económicas, demandas de mano de obra, niveles de ingresos, etc., para comparar y elegir en qué sitio del mercado han de insertarse para obtener un mayor beneficio. Portes y Böröcz dirigen su crítica a este enfoque porque recurre a cierta obviedad para explicar el fenómeno migratorio ­–por ejemplo, al revelar que los trabajadores emigran de México a Estados Unidos y no a la inversa (Portes y Böröcz, 1992)­– siendo incapaz de explicar por qué países igualmente pobres no generan flujos migratorios; o por qué dentro de los países emisores la emigración se concentra en determinadas regiones y no en otras (Criado, 2001).

A estas objeciones pueden sumarse las críticas realizadas desde el marxismo, que minan las bases mismas de la economía clásica: frente al postulado del equilibrio entre partes se esgrime la noción de desigualdad de los participantes. La idea de equilibrio viene a ser desmontada con la concepción de la división internacional del trabajo, puesto que el trabajador inmigrante se inserta en una historia de la división internacional del trabajo. Los hombres no circulan como mercancías, entre otras razones porque no hay libertad de movimiento a través de las fronteras de los Estados-nación (Green, 2002).

Las condiciones de producción de las migraciones en origen

En la historia de la sociología de las migraciones hubo otras maneras de abordar los factores de expulsión que produce el país de origen de los migrantes, que dimensionaron el fenómeno migratorio como propiamente social y sobredeterminado.

Encontré dos fuentes de inspiración sociológica para estudiar las condiciones de producción de las migraciones que, pese a que no se puede establecer una línea de continuidad entre ambas, proporcionan interesantes pistas para construir un objeto compuesto por emigración e inmigración. Me refiero a las aportaciones de Thomas y Znaniecki, por un lado, y de Sayad, por otro. Dos aportaciones que, quizá por una suerte de homología estructural, han resaltado las condiciones de producción de las migraciones en la sociedad de origen para estudiar las migraciones. Siendo Znaniecki, coautor de El campesino polaco en Europa y en América, un sociólogo polaco en Estados Unidos; y Sayad un sociólogo argelino en Francia, comparten la doble condición de analista-analizado, de inmigrantes en sociedades de fuerte inmigración, que observan el fenómeno migratorio del que son parte. Esta circunstancia no parece haber sido un obstáculo para producir trabajos de gran rigor y complejidad.

En primer término, destaca el trabajo pionero de Florian Znaniecki (1882-1958), sociólogo polaco residente en Estados Unidos, que fue realizado en coautoría con William Thomas[1] (Thomas y Znanieki, 2006). En esta obra los autores abren la curiosidad por el país de origen de los migrantes en los estudios urbanos y migratorios. El abordaje de la emigracióninmigración de los polacos asentados en Estados Unidos constituye una contribución novedosa de la época. En la misma, que no tiene equivalente en la literatura sobre migraciones francesa de la época (Noiriel, 1988), los autores analizaban los conflictos de normas que regían los modos de vida de los migrantes, antes y después de la emigración. Interesa rescatar, de cara a la indagación de las migraciones desde las sociedades de origen, un paralelismo entre lo que se analizó en El campesino polaco… y la obra de Sayad –en la que me detendré más adelante–. En sendos análisis se parte de los procesos de cambio social que van parejos a las migraciones internacionales. Thomas y Znaniecki se enfocaron en la transformación de las prácticas en el país de destino, en función de las normas e instituciones de origen y destino, cuyas dimensiones fundamentales analizaron mediante las etapas de organización, desorganización y reorganización (Thomas y Znaniecki, 2006). Estas etapas van emparejadas a un proceso de individualización, siendo que la desorganización es previa a la emigración y que la reorganización en la nueva sociedad es una fase en el proceso de asimilación, aunque no esté garantizada (pueden darse conductas desviadas, por ejemplo, la desmoralización o el asesinato). La reorganización, en tanto, se efectúa a partir de los valores y prácticas del país de origen: valores, lengua, religión, relaciones comunitarias, etc.

Conocidas son las críticas que se hicieron, posteriormente, al modo en que fue generada esta investigación. El pragmatismo de los autores, quienes consiguieron su informante (Wladek Wiszniewski) y parte de las cartas analizadas a través de un anuncio de periódico, ha sido cuestionado como medio de descubrimiento para la sociología (Tripier, 1998). Así como la utilización de cartas entre campesinos polacos y sus familias, que habían sido encontradas en la basura y utilizadas sin la autorización de sus dueños para la investigación, forma una especie de leyenda negra atribuida a algunas obras de la sociología (Plummer, 2006; Zarco, 2006). Además de estas críticas metodológicas, otras son realizadas a la Escuela de Chicago en general, de la que formaban parte Thomas y Znaniecki, por no haber puesto de relieve suficientemente las relaciones de dominación existentes respecto a la población inmigrante, y, en mayor medida, con relación a la población negra. Asimismo, al comparar los desiguales resultados de integración entre los inmigrantes europeos y los afronorteamericanos, se volvía a introducir la variable racial que había tratado de desplazarse mediante el culturalismo (Rea y Tripier, 2003). Por último, está el conjunto de críticas dirigidas a revelar el propio carácter asimilacionista de la Escuela de Chicago. Sus investigaciones, publicadas en la Americanization Series tenían como propósito examinar la manera de hacer mas eficaz la inserción (integración, asimilación, etc.) de estas poblaciones (Green, 2002)[2].

En segundo término, rescato las aportaciones de Abdelmalek Sayad (1933-1998), sociólogo argelino emigrado en Francia y con fuertes filiaciones epistemológicas con Pierre Bourdieu. Sayad fue de los primeros autores en resaltar la importancia de considerar explícitamente la migración como un hecho social compuesto[3], incorporando junto al análisis de la in-migración, el de la e-migración y sus particulares condiciones de producción.

Sayad considera, como los sociólogos de la Escuela de Chicago, los procesos de transformación de las sociedades de origen como un factor que incide de manera decisiva en los procesos migratorios. En esta dirección cabe entenderse su análisis sobre el modo en que la introducción del cálculo económico capitalista por el colonialismo francés induce el cambio en todo el conjunto de relaciones sociales en Argelia, y también el cambio en la concepción misma del proceso migratorio. Sayad (1977) interpretó la historia de las migraciones argelinas hacia Francia como un proceso desarrollado en tres edades (âges). Si la primera edad de la inmigración se justificaba como intrínsecamente temporal, para mantener la casa –en tanto unidad productiva y doméstica rural– en la sociedad de origen; la segunda, y posteriormente la tercera, se justifican en sí mismas como migraciones de poblamiento, como forma de ingresar en cuanto trabajadores asalariados en la sociedad de destino.

Si Thomas y Znaniecki tuvieron el atino de –contexto de la sociología de los años 1920 mediante– interpretar en clave cultural (o culturalista) lo que se venía interpretando desde la biología y la diferencia racial (Ribas Mateos, 2004); Abdelmalek Sayad, cincuenta años después, realiza otra conquista: trasladar al plano de las relaciones sociales, lo que venía interpretándose en clave culturalista. Relaciones sociales que, en sus investigaciones, se insertan en la trama de relaciones de dominación (neo)colonial entre Argelia y Francia.

El trabajo sociológico de Sayad se considera pionero en los estudios de migraciones en Francia (Rea y Tripier, 2003) y, crecientemente, en el ámbito hispanohablante[4]. Ha sido uno de los primeros estudiosos de las migraciones internacionales que señaló el carácter etnocéntrico de las investigaciones que contemplan al inmigrante desde que pisa suelo del país anfitrión. Su planteamiento consiste en interpretar la emigración/inmigración como hecho social total (Sayad, 1989). La sociología de la inmigración no se puede circunscribir, desde su perspectiva, a los problemas que comporta la presencia del extranjero en el país y la sociedad de destino (asimilación, integración, adaptación, diversidad cultural, etc.). Éstas, como otras categorías que designan al objeto migratorio, están marcadas por la relación de dominación que contiene este objeto de estudio, en tanto núcleo de apuestas y de luchas simbólicas para su definición (Pinto, 2004).

Esto sucede con categorías que se suelen tomar como evidentes, tales como la nacionalidad de origen de los migrantes. Como señala García Borrego (2008a: 32), la “[…] nacionalidad cumple el sueño clasificatorio que comparten el empirismo y la burocracia: es un criterio objetivo, formalmente impecable, ideológicamente neutral, a la vez universal (todo el mundo tiene una, menos los apátridas) y monómico (casi nadie tiene más de una)”. Por sí sola, la nacionalidad de origen de los inmigrantes no constituye un criterio sociológico suficiente para construir objetos de investigación. Desde los planteamientos de Sayad se pueden identificar, para un mismo grupo nacional, diferentes motivaciones y significados, en función de los distintos procesos históricos a los que los migrantes de un mismo país han estado expuestos. Sayad identificó, desde el paradigmático caso de los migrantes argelinos a Francia, diferentes condiciones de producción de las migraciones, considerando las especificidades de los contextos de salida, en tanto que generadores de población emigrante, con sus propias características en distintos momentos históricos (Sayad, 1977).

Relaciones económicas y sociohistóricas entre los estados de migración

Enfocar las migraciones como hecho social total, tomando en consideración tanto a los emigrantes como a los inmigrantes, requiere la visualización de las relaciones económicas, históricas, normativas, etc. de los Estados involucrados.

En esta línea, el marxismo interpreta el despliegue del capitalismo vinculado desde sus inicios a la existencia de una población excedente o ejército de reserva de fuerza de trabajo, fácilmente disponible para insertarse en los procesos de producción mediante la plusvalía absoluta, que hace uso intensivo de mano de obra. Inglaterra primero, y posteriormente Francia, ambas potencias industriales en el siglo XIX, han recurrido a la mano de obra inmigrada para tramitar su desarrollo. Primero, migrantes procedentes de zonas rurales; y posteriormente, de las colonias o de territorios más lejanos. En ambos casos, se trató de migrantes trabajadores disponibles para la maquinaria de la producción industrial y agrícola (Rea y Tripier, 2003).

En esta dirección, autores como Wallerstein (1979) interpretan la inmigración como un momento de la internacionalización del capital. Las relaciones económicas capitalistas irrumpen en las zonas periféricas creando una población dispuesta a emigrar. Primero, a través de las agencias coloniales, y actualmente mediante gobiernos (neo)coloniales que ofrecen a las firmas multinacionales los recursos (materias primas y trabajadores) de los que tienen necesidad. Se combina, de este modo, la búsqueda de mano de obra barata, la explotación de recursos naturales y la generación de potenciales consumidores (Criado, 2001).

Como sostiene el enfoque histórico-estructural que emerge del marxismo, la división internacional del trabajo configura la partición del mundo en regiones centrales y periféricas, con funciones bien diferenciadas y desiguales. Precisamente en los países en fase de modernización e industrialización surgió la teoría de la dependencia, una versión del enfoque histórico-estructural gestada desde la periferia del sistema mundial. Hacia los años sesenta y setenta, los científicos sociales latinoamericanos (Furtado, Cardozo, Faletto, etc.):

[…] mostraban cómo las naciones en desarrollo se veían forzadas a la dependencia por las condiciones estructurales dictadas por los poderosos países capitalistas. Así, el capitalismo global actuaba potenciando el subdesarrollo en el tercer mundo e imposibilitando que esos países se desvincularan del mercado económico mundial (Ribas Mateos, 2004: 89).

Las migraciones internacionales son, desde este prisma, una fuente inagotable de mano de obra barata, y constituyen una forma más de explotación de los países ricos (centrales) hacia los países pobres (periféricos) en el marco del capitalismo avanzado. A su vez, las migraciones laborales son entendidas por este enfoque como fenómenos de clase, generando pérdidas de recursos humanos (por ejemplo, la fuga de cerebros) en las regiones de origen de las poblaciones migrantes (Criado, 2001).

Algunas de las críticas de que es objeto esta aproximación se centran en la excesiva simplificación contenida en el esquema centro/periferia, pues éste no considera nuevas modalidades de diferenciación. Por ejemplo, “la emergencia de enclaves étnicos y de empresas propiedad de migrantes en el centro y de empresas transnacionales trascendiendo las fronteras nacionales” (Escrivá, 1999: 10). El resultado es que considera, tácitamente, a los habitantes de la periferia como víctimas pasivas. Asimismo, no considera la complejización de los actuales procesos de implosión de la pobreza y de la periferización del centro (Suárez, 2008). De modo que se sigue estando preso, bajo estos supuestos, de la identificación del inmigrante con un extranjero pobre, proveniente de un país pobre (García Borrego, 2008b), dificultando la construcción del objeto de estudio sobre los inmigrantes como agentes que, además de coerciones estructurales, cuentan con recursos o capitales y disposiciones que permitan explicar sus migraciones como estrategias.

Un enfoque afín a esta problematización de las migraciones en el sistema capitalista que realiza la perspectiva histórico-estructural es el conocido como articulacionista (ver Cuadro 1), que analiza las macroestructuras de las migraciones como marco de los intercambios asimétricos de poder entre los estados emisores y receptores. Estos intercambios se han sucedido básicamente en tres etapas históricas. En un primer momento, a través de la colonización, que supuso la movilización forzada de mano de obra (a través de la coerción física, la esclavitud, etc.). En un segundo momento, se opera la inserción de inmigrantes a través de un reclutamiento deliberado (al modo en que se llevó a cabo en América del Sur y del Norte, durante los siglos XIX y XX). Por último, en la actualidad, los flujos surgen de forma relativamente autónoma, por la demanda de mano de obra en los países más industrializados (Portes y Böröcz, 1992; Wood, 1992). En todas las etapas se da una intromisión externa sobre el país más débil; pero en esta última la injerencia se despliega particularmente a través de la difusión de las pautas de consumo de los países desarrollados y las inversiones extranjeras (Sassen, 1993). La dificultad para cumplir con las expectativas de consumo generadas en origen, sumada a los incesantes destellos que realizan los países desarrollados como lugares de abundancia, redundan en la búsqueda de soluciones a través de la emigración. Las migraciones se comprenden entonces como reflujos de intervenciones anteriores, a raíz de la actuación en esos países en el pasado (Criado, 2001). Las relaciones previas entre Estados ayudan a comprender la dirección de los flujos migratorios, es decir, por qué las personas originarias de un país se dirigen a un conjunto reducido de países, que merecen ser tenidas en cuenta en el análisis empírico.

Otro elemento que ha colaborado en precisar la selectividad de los lugares de origen y de destino de los flujos migratorios, es el análisis de las redes migratorias, que el enfoque articulacionista denomina microestructuras de la migración. Con este concepto se trata de superar el individualismo metodológico de los enfoques neoclásicos, y el determinismo economicista del enfoque estructuralista (Suárez, 2008), al tomar en cuenta la naturaleza social de los movimientos migratorios, y atribuir a este mayor peso para explicar la persistencia de los flujos. Las redes son consideradas como las “microestructuras que sostienen la migración en el tiempo” (Portes y Böröcz, 1992: 24). Desde esta perspectiva, las redes facilitan información, recursos, contactos y apoyo emocional. Asisten a los migrantes mediante seguridad financiera y constituyen fuentes de información cultural y política. Para Massey, además, las redes reducen costos migratorios, generando mecanismos circulares que pueden inducir la producción de migrantes potenciales (Gurak y Caces, 1992).

Las familias de emigrantes transmiten la experiencia sobre la migración a las generaciones más jóvenes, tanto conocimientos específicos sobre el proceso como sus expectativas de recompensa (Portes y Böröcz, 1992). Esta transmisión de conocimientos va conformando una cultura de la migración: valores y creencias sobre la emigración que forman parte del imaginario colectivo y normalizan las pautas de movilidad en contextos donde son frecuentes (Criado, 2001).

Algunas críticas realizadas a la perspectiva de redes aplicadas al estudio de las migraciones consisten en que identifican las categorías de los individuos (familiares o paisanos) con las de los miembros de la red. Asimismo, se señala que reducen la complejidad de redes existentes a una modalidad, con intercambios recíprocos y geográficamente limitados (comunidades, familias, relaciones de compadrazgo) (Gurak y Caces, 1992). Más adelante se retoman los conceptos de red migratoria y cultura migratoria, para contrastarlos con la teoría de la práctica.

Migración y clases sociales

El nexo migración-clases sociales refiere a la fuerte selectividad social en la definición de quiénes emigran desde los lugares de origen. Los migrantes suelen así ser elegidos, según puedan financiar el desplazamiento, estén conectados a ciertas redes sociales o posean ciertas credenciales educativas (Marshall, 1988; Grasmuck y Pessar, 1991; Portes y Hoffman, 2003; Martínez Buján, 2003). Asimismo, los migrantes acceden a la sociedad de destino en determinadas condiciones, en función del contexto de recepción que encuentren, quedando también asignados a estos sistemas de desigualdad y estratificación (Pries, 1998; Herranz, 1998).

Aunque la expansión de los medios de transporte ha democratizado las posibilidades de emigrar, interesa ubicar relacionalmente, respecto a los países de origen, las posiciones ocupadas por quienes emigran. Ciertamente, puede interpretarse, como Portes (1999) o Tarrius (2007), que existe una mundialización por abajo, en contraste con la mundialización por arriba del capital y de los migrantes de elite. Sin embargo, esta noción, por abajo, es demasiado amplia y puede estar repleta de matices, algunos de los cuales pretendo dar cuenta en este libro.

Estratificación en mercados de trabajo segmentados

Una línea de indagación que ayuda a comprender el modo en que los inmigrantes se insertan en los lugares de destino, y que puede derivar en diferentes posiciones de clase, es el conjunto de investigaciones realizadas en torno a la segmentación de los mercados laborales. Para autores clásicos de esta línea como Michael Piore, la clase obrera se encuentra dividida por la existencia de un mercado de trabajo dual, que tiene dos segmentos. En el primero, los empleos son estables, y están destinados principalmente a la mano de obra nacional. En el segundo las cualificaciones exigidas a los obreros son menores y más vulnerables a los ciclos económicos. Desde esta teoría se comprende bien por qué las economías europeas recurren a la contratación de población inmigrante, aún teniendo tasas de desempleo entre los nacionales, puesto que se insertan en sectores diferentes del mercado de trabajo (Rea y Tripier, 2003). Incluso hay autores que sugieren la existencia de una escasez relativa de mano de obra autóctona, al no estar dispuestos los trabajadores locales a asumir los niveles de explotación de los nichos de inserción de los migrantes (Riesco, 2003).

Otro cuerpo de trabajos que indagan los efectos de las migraciones sobre la estructura de clases es el elaborado por Castles y Kosack. Para estos autores, las migraciones internacionales constituyen un factor estratificador que se ha incorporado a las relaciones de clases de las sociedades de Europa Occidental, situándose los trabajadores migrantes en el estrato más bajo de la clase trabajadora (Ribas Mateos, 2004). Los trabajadores migrantes entrarían en conflicto con los autóctonos por recursos escasos: puestos de trabajo en mercados laborales flexibilizados y precarizados[5].

Empresariado étnico y clases medias

Más allá de saber si los inmigrantes compiten por los mismos empleos que la fuerza de trabajo autóctona o si se insertan en nichos dejados vacantes por ésta, me interesa indagar la línea de exploraciones que analizan el papel de las clases medias en el contexto migratorio. Algunas investigaciones plantean la emergencia de un tercer nicho, que escaparía a la dualización del mercado de trabajo: el del empresariado étnico (Portes, 1999 y 2005). A través de las redes de connacionales y de los vínculos con los países de origen, los inmigrantes escaparían a las condiciones hostiles de los mercados laborales del país receptor, generando ellos mismos su propio mercado de trabajo.

Sin embargo, hay diversas opiniones respecto a las bondades de este nuevo nicho: mientras que Portes y sus colaboradores lo consideran en términos relativamente positivos, como un nuevo modo en que los inmigrantes pueden insertarse, incluso protagonizar algún tipo de movilidad ascendente; otras autoras, como Edna Bonacich, critican este optimismo, resaltando que la empresa étnica está repleta de contradicciones (Green, 2002)[6]. Es decir, si estos emprendimientos están sustentados sobre la supuesta solidaridad familiar o comunitaria, puede que se apoyen también en relaciones asimétricas al interior de las redes, incluso las de parentesco. Para autoras como Suárez (2008) o Pedone (2010) no hay que naturalizar la existencia de las redes como lugares donde prime la solidaridad, dado que no están configuradas por vínculos entre iguales: hay factores estratificadores históricos, políticos, económicos, geográficos y familiares que sitúan a los actores en diferentes posiciones sociales, con desiguales oportunidades[7].

También resultan sugerentes para comprender la intersección entre migraciones y clases sociales, las aportaciones de Laacher (2002), quien considera la diversificación de los flujos migratorios, constatando la emergencia de nuevos perfiles entre los inmigrantes. Así, comienzan a tener visibilidad las mujeres y las clases medias que provienen de ciudades, poseen diplomas y títulos, y aprovechan la ganancia financiera que supone la inmigración (Rea y Tripier, 2003). Algunas investigaciones recientes exploran la conformación de una clase media transnacionalizada, desde las aportaciones teóricas de Pierre Bourdieu. Por ejemplo, Hartmann (2000) y Sklair (2002), quienes apuntalan la hipótesis de una transnacionalización de las estructuras de clases, a raíz de la globalización. Weiss (2006), también desde la teoría bourdieusiana, analiza la propia versatilidad de las clases medias transnacionales con altas cualificaciones, como un recurso importante para su propia posición social. Sin embargo, la transnacionalidad de las clases medias, aisladamente, no constituye necesariamente un factor positivo para sus posicionamientos sociales. Las personas de clases medias pueden ganar o perder posiciones al traspasar las barreras del Estado-nación, dependiendo de cómo se revaloricen sus recursos. Éstos pueden devaluarse, o, por el contrario, validarse en el nivel transnacional.

El transnacionalismo y la configuración de clases globales

Como última parada en este recorrido por enfoques y teorías sobre migraciones, me detengo en las aportaciones del transnacionalismo para interpretar la conformación de las clases sociales en la mundialización. Desde el transnacionalismo se revela la existencia de instancias transfronterizas como espacios novedosos donde se desarrollan los procesos políticos, económicos y sociales (Solé y Cachón, 2006). Los flujos migratorios exceden el marco analítico del Estado como contenedor natural de los procesos sociales en la era del capitalismo global, puesto que los límites jurídicos y territoriales de los estados no determinan, en última instancia, la actividad de los agentes. Sin embargo, es en torno al papel del Estado como configurador de los procesos de globalización donde se encuentran las aportaciones más sugerentes (Szanton Blanc et al., 1995).

Una línea de indagación, erigida en contra del nacionalismo metodológico[8] sostiene que los migrantes o transmigrantes se encuentran imbuidos en procesos por medio de los cuales forjan y mantienen relaciones sociales multiestratificadas (Levitt y Glick Schiller, 2004). Los migrantes constituyen campos o espacios sociales transnacionales al modo de una red de redes, puesto que viven sus vidas a través de las fronteras, generando consecuencias tanto en los países emisores como en los receptores.

A pesar de que no todos los migrantes son transnacionales[9], el transnacionalismo plantea que este enfoque es importante para el estudio de fenómenos emergentes (familias transmigrantes, comunidades religiosas o empresariados transnacionales). Asimismo, con esta propuesta se podrían sortear adecuadamente los desafíos analíticos planteados a raíz de los procesos de globalización, por ejemplo: la reorganización de las relaciones entre lo global-local a través de la lógica del capitalismo tardío, la redistribución de actividades corporativas a través del globo, la relocalización de la producción industrial a las periferias o la emergencia de políticas postnacionales (Levitt y Watters, 2002).

Esta perspectiva incorpora el análisis de redes, rebasando los límites analíticos de los estados nacionales, ya que los campos sociales trascienden los límites estatales (Levitt y Glick Schiller, 2004). Ello no obsta que, en la investigación empírica, se tomen en cuenta las diferentes conexiones que existen entre los niveles local, nacional, regional y global. Muchas leyes e instituciones que inciden en la vida cotidiana de las personas, no siempre se encuentran limitadas al ámbito del estado-nación. Por ello, según esta perspectiva, es preciso redefinir los conceptos de género, clase y raza y asumir nuevas dimensiones de análisis: las familias transnacionales, las políticas de ciudadanía que diferentes tipos de Estado mantienen con sus miembros una vez que han emigrado, o el ámbito de las religiones, como un modelo de sentido de pertenencia que trasciende las fronteras jurídico-políticas (Pries, 1998; Fouron y Glick Schiller, 2002; Levitt y Watters, 2002).

Otras líneas de indagación que también contemplan los niveles supraestatales de los fenómenos sociales insisten en la importancia de los Estados para definir la configuración del sistema económico global, de las propias posibilidades migratorias, y de las clases sociales en un espacio crecientemente global[10]. A tenor de esto, muchos trabajos sociológicos exploran la nueva configuración de las clases sociales en el contexto de la globalización o mundialización (Tezanos, 2001; Boltanski y Chiapello, 2002; Wagner, 2006 y 2007; Sassen, 2007).

La globalización conlleva nuevas formas de desigualdad y polarización social a escala mundial, configurando un espacio de clases transnacionales. En el mismo, los grupos tratan de aprovechar las oportunidades estratégicas creadas por un sistema global, y al mismo tiempo, se encuentran limitados por los sistemas nacionales (Sassen, 2007). Algunos estudios señalan que estas clases, parcialmente desnacionalizadas, constituyen un puente entre ámbitos nacionales densos (donde sigue funcionando la mayor parte de la vida política, económica y civil) y las dinámicas globales de desnacionalización. Cada clase “transforma lo global en un elemento parcialmente endógeno de ciertos ámbitos nacionales específicos […]. Esto acarrea consecuencias, tanto para el análisis de clase como para las políticas del gobierno nacional” (Sassen, 2007: 231). La conformación de mercados laborales transnacionales se combina con la occidentalización y expansión de los sistemas educativos superiores de los países periféricos, generando mano de obra altamente cualificada, sin opciones de inserción en estas sociedades. A su vez, éstas se caracterizan por cierto desajuste estructural entre la generación de titulaciones y la creación de puestos, dando lugar a procesos de fuga de cerebros y emigración de trabajadores cualificados (Sassen, 2007).

Desde este prisma, la migración que se genera es de carácter bimodal: trabajadores migrantes no calificados y mal remunerados, y trabajadores migrantes altamente calificados. Sin embargo, Sassen no considera que muchos trabajadores migrantes calificados se insertan en mercados laborales de economías sumergidas, desvalorizándose su capital de partida[11]. Tampoco toma en cuenta Sassen la existencia de empresarios étnicos o transnacionales, que complejizan esta visión dicotómica (Portes, 1999 y 2005).

Otra línea de trabajo sobre las clases sociales en la mundialización es la que lleva a cabo Anne-Catherine Wagner. Esta autora bourdieusiana postula que los efectos en las desigualdades generados por la globalización no se expresan sólo respecto a los salarios, las cualificaciones o las relaciones con los medios de producción (mediante procesos de deslocalización de la producción, de desindustrialización y de fusiones empresariales). Las inequidades más profundas remiten a la capacidad desigual de las clases sociales de tener asidero en el proceso de mundialización (Wagner, 2007).

El cosmopolitismo de las clases altas les hace percibir como próximo aquello que sucede lejos de ellas. El dominio de lenguas, el conocimiento de muchos países, el hábito de viajar, la naturalidad al relacionarse con los extranjeros, definen formas específicas, internacionales, de capitales culturales y sociales (Wagner, 2007: 43, traducción propia).

A las competencias lingüísticas y la familiaridad con una cultura internacional, Wagner añade el acceso a las escuelas internacionales (por ejemplo, al programa de bachillerato internacional) o la existencia de un capital social internacional. Estos elementos configuran diferentes estrategias de distinción de las elites nacionales respecto a lo internacional (Wagner, 2007). Asimismo, esta autora analiza diferentes posibilidades de movilidad. Por un lado, la familiarización con el cosmopolitismo de las elites y de los cuadros o managers. Pero por otro, las dificultades de internacionalización de los representantes sindicales o la relativa ventaja de las clases medias, que poseen los recursos culturales para sacar rédito a la expatriación como mecanismo de movilidad social (Wagner, 2007).

Las migraciones como estrategias de reproducción social: los aportes de Pierre Bourdieu

A partir de los elementos analíticos planteados, propongo comprender las migraciones como estrategias de reproducción social, para lo que se hace necesario poner de relieve los contextos de producción de la migración. Contextos de producción que no se limitan a los elementos que desde el enfoque articulacionista se denominan macroestructuras de la migración, sino que incorporan también los mecanismos generadores de las disposiciones que inducen a la estrategia migratoria, cuya lógica ha de buscarse, por tanto, en la conformación de unos habitus, gestados socio-históricamente en el contexto de origen.

Contexto de origen, contexto generativo de las migraciones

En primer término, y retomando las valiosas aportaciones de Sayad, interesa destacar el papel de los contextos de origen como productores de población emigrante. Las transformaciones de las estructuras de producción que afectan los modos de vida de las personas son generadoras de emigración, como ya lo analizaron hace un siglo Thomas y Znaniecki. Esta propuesta permite analizar conjuntamente las motivaciones de los emigrantes con las transformaciones estructurales. Asimismo, el conjunto de factores socio-estructurales incide relacionalmente en las posibilidades de inserción de estos agentes en las sociedades de destino, ya como inmigrantes, expresadas en los posicionamientos diferencialmente acordes con sus capitales.

La relación entre el sistema de disposiciones de los emigrados y el conjunto de los mecanismos a los que han estado sometidos en origen puede ser dilucidada mediante el análisis de sus trayectorias, reconstruidas en la integridad de las determinaciones que hayan desembocado en la emigración (Sayad, 1989). A la vez, el análisis del inmigrante –ya en la/s sociedad/es de destino/s– en relación con sus condiciones de vida, de trabajo, residencia, etc., completa esa trayectoria. Cada trayectoria, así definida, toma en cuenta dos sistemas solidarios de variables: las de origen (características sociales, disposiciones y aptitudes socialmente determinadas) que los migrantes siguen portando una vez entrados en el país de destino. Y las de destino, considerando las diferencias entre los inmigrantes (Sayad, 1989), o de los inmigrantes con la población autóctona.

Estos elementos ayudan a comprender el proceso migratorio como un fenómeno compuesto, en el que el contexto de origen tiene gran relevancia para orientar las posibilidades de inserción en destino. Para ello se requiere situar al migrante (y la migración como fenómeno social) en las relaciones sociales en que se inserta y participa, tanto en el universo social de origen como en el de destino (gráfico 1).

Gráfico 1: Modelo de análisis

Fuente: elaboración propia

Desde la teoría de la práctica bourdieusiana, situar al migrante exige la delimitación del campo en el que éste se ve inmerso, por el cual es producido y al que coproduce con su praxis (Bourdieu y Wacquant, 1995). Si bien son muchos los campos en los que los agentes participan, el campo de las clases sociales –o espacio social– da cobertura para ubicar a los emigrantes y sus estrategias para evitar el desclasamiento. Las luchas sociales llevadas a cabo en el espacio social comportan las características y propiedades aplicables al estudio en términos de campo (Bourdieu, 1998; Baranger, 2004). El campo de clases sociales es un espacio compuesto por una yuxtaposición de campos. Como señala Baranger: “ya no se trata de la mera posición de individuos o grupos en un único espacio homogéneo, sino que este espacio mismo aparece ahora concebido como una estructura de estructuras, una estructura compuesta” (2004: 120).

Desde las posiciones sociales que componen el campo de las clases –con un determinado volumen y estructura de capital– los agentes despliegan sus prácticas hacia la realización de lo probable, planteándose metas razonables. El agente, en la perspectiva bourdieusiana, se dirige por tanteos, alejándose de cuestionamientos o crisis, buscando el refuerzo de su ser social y de su habitus, mediante sus prácticas (Bourdieu, 1991).

Puesto que las posiciones de los agentes en el campo de las clases sociales configuran unas disposiciones y unas tomas de posición (o prácticas), se han de tener en cuenta las distribuciones de capitales que posibilitan esas posiciones de los agentes (Bourdieu, 1998), en el espacio social de origen. A la vez, desde una dimensión diacrónica, se pueden analizar las trayectorias individuales y del grupo social (o clase). Las prácticas, y entre ellas la migración, incorporan esta dimensión temporal de la reproducción social, colaborando con la realización de lo posible:

[…] las disposiciones tienden a reproducir, no la posición de la cual son producto, tomada en un momento dado del tiempo, sino la pendiente –para el punto tomado en consideración– de la trayectoria individual y colectiva. Más precisamente, las disposiciones con respecto al porvenir, y por consiguiente las estrategias de reproducción, dependen no sólo de la posición sincrónicamente definida de la clase y del individuo en esa clase, sino de la pendiente de la trayectoria colectiva del grupo del cual forma parte el individuo o el grupo (e.g.: fracción de clase, linaje) y, en forma secundaria, de la pendiente de la trayectoria específica de un individuo o de un grupo englobado con relación a la trayectoria del grupo englobante (Bourdieu, 2011: 100, cursivas en el original).

¿Qué significa, entonces, que las migraciones se interpretan como estrategias de reproducción social? Básicamente, que las migraciones se entienden como parte del conjunto de las estrategias posibles, formando un sistema junto con las otras estrategias de reproducción de los agentes (laborales, educativas, matrimoniales, residenciales, etc.).

De ello resulta de especial relevancia situar relacionalmente a los migrantes en sendos espacios sociales: el de origen y el de destino. En relación con las posiciones en origen –y del estado del campo de las clases sociales– se generan las disposiciones que inducen a la estrategia migratoria, cuya lógica ha de buscarse, por tanto, en la conformación de unos habitus determinados. Con el concepto de habitus se puede sortear el culturalismo ínsito a la noción de cultura de la migración –que sostienen algunos enfoques sobre las migraciones–, que tiende a reificar una variedad de disposiciones y prácticas de los agentes[12]. En lugar de hablar de cultura migratoria, se trata de comprender el conjunto de disposiciones que habilitan las estrategias de reproducción –entre las que se encuentra la emigración–, a partir de las posiciones sociales en el campo de clases de partida (trayectorias objetivas y esperadas por el migrante). Posiciones en la que los agentes cuentan con ciertos capitales, más o menos reconvertibles en el espacio social de destino.

Una lectura de las migraciones desde la teoría de la práctica

Repasaré brevemente algunos conceptos que permiten articular una comprensión del fenómeno migratorio desde este enfoque teórico: campo, habitus, capital, estrategia. Realizo aquí una lectura recursiva de la teoría de la práctica, que no pretende zanjar ni resolver los debates y controversias que ha generado en diferentes escenarios de la sociología. Más bien propongo aproximar un conjunto de herramientas de trabajo para construir el objeto de estudio migratorio que utilicé para estudiar las migraciones de argentinos de clases medias a España en mi tesis doctoral. En los siguientes capítulos muchos de estos conceptos se profundizan y discuten, a través de la interpretación de los datos empíricos.

El concepto de campo remite tanto a un espacio de fuerzas como a un espacio de luchas (Bourdieu y Wacquant, 1995), una red o configuración de relaciones objetivas entre posiciones. El concepto de campo, aunque en ocasiones es comparado con el de red, se diferencia del mismo por tener en cuenta las relaciones estructurales y no sólo las de interacción, dadas en los contextos particulares. Para Bourdieu y Wacquant:

[…] la estructura de un campo, como espacio de relaciones objetivas entre posiciones definidas por su rango en la distribución de los poderes o de las especies de capital, difiere de las redes más o menos duraderas donde puede manifestarse por un tiempo más o menos prolongado (1995: 76).

La estructura del campo determina la probabilidad de que ocurran, se mantengan o se interrumpan los intercambios que acontecen en las redes sociales. Como expresan Bourdieu y Wacquant en la obra citada, el network analysis se ha centrado en los nexos (entre agentes o instituciones) y en los flujos (de información, recursos, servicios), sacrificando el análisis de las estructuras de distribución de los recursos.

En tanto espacio de fuerzas, el campo refiere a la distribución de capitales estructurada por relaciones jerárquicas, de poder, entre individuos, grupos u organizaciones en competencia. La metáfora espacial campo sugiere rango y jerarquía, así como relaciones de intercambio entre compradores y vendedores. Las interacciones entre los actores dentro de los campos son configuradas por su situación relativa en la jerarquía de posiciones (Swartz, 1997). Simultáneamente, el campo, en tanto espacio de luchas, remite a un campo historizado, dinámico y cambiante, en el que los agentes se movilizan en pos de mejorar o mantener sus posiciones. Los agentes se involucran en luchas simbólicas que se juegan con especial ferocidad en la vecindad social, para resguardar o mejorar sus posiciones. Las fronteras entre las clases se tornan objeto de lucha, en tanto y en cuanto amenazan la identidad social (Bourdieu, 1991). El análisis del espacio o campo de clases sociales de la sociedad de origen de los inmigrantes permite que contemplemos esta práctica particular, emigrar, en el entramado de prácticas posibles para los agentes, inscritos en determinadas clases de condiciones o clases sociales[13].

En el campo o espacio social se distribuyen los agentes de acuerdo con: a) el volumen global de capitales (económico, cultural y social); b) la estructura de capital (mayor peso de uno de los capitales, económico o cultural), y c) las trayectorias de clase. Se combinan así en el análisis una perspectiva sincrónica con otra diacrónica o histórica. El lugar ocupado en el espacio social –lugar que se encuentra condicionado por una distribución particular de capitales– define las disposiciones incorporadas por los agentes. Disposiciones que se hacen inteligibles a través de la noción de habitus.

Los habitus son principios generadores de prácticas a la vez que producto de la interiorización de las estructuras. El habitus, como sistema de disposiciones estructuradas y estructurantes, es a la vez producto de la historia (y por ello, es condicionado) y productor de la historia, al ser una matriz generadora de prácticas. El habitus es definido por Bourdieu como un

[…] sistema de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas para funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones que pueden estar objetivamente adaptadas a su fin sin suponer la búsqueda consciente de fines y el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente “reguladas” y “regulares” sin ser el producto de la obediencia a reglas, y, a la vez que todo esto, colectivamente orquestadas sin ser producto de la acción organizadora de un director de orquesta (Bourdieu, 1991: 92, comillas en el original).

Para Bourdieu (1991) existe una dualidad constitutiva del habitus –estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes–, que permite entender la articulación de las prácticas de los agentes con la estructura social en los diferentes contextos históricos. En tanto estructura estructurada, el habitus se define por el lugar ocupado por los agentes en el espacio social (histórica y relacionalmente considerado). Pero en tanto estructura estructurante, el concepto de habitus despeja el camino a la comprensión de cómo los agentes (re)producen con sus prácticas la posición que ocupan en el espacio social, implementando estrategias de diversa índole.

Los habitus son aprehendidos por los agentes a partir de unas condiciones de existencia determinadas. Sin embargo, las condiciones de funcionamiento de los habitus no siempre se corresponden con las de su producción, generando en ocasiones desajustes. Los agentes buscan las condiciones en las que esos habitus –engendrados en un estado anterior del sistema de condiciones– puedan funcionar, implementando para ello diferentes estrategias de reproducción social. Entre estas estrategias, se encuentra la estrategia migratoria.

Las estrategias migratorias pretenden, desde estos supuestos teóricos, la evitación del desclasamiento en el espacio social de origen, como analizo en los próximos capítulos. Los procesos de empobrecimiento en las últimas décadas en Argentina sugieren que quienes más posibilidades tienen de emigrar son los que poseen algún capital que puedan reconvertir en destino, o quienes cuentan con los recursos para el desplazamiento[14].

El espacio social está estructurado por los capitales antes mentados. El concepto de capital es entendido como conjunto de bienes acumulados que se producen, se consumen, se invierten, se pierden; bienes apreciados, buscados, que al ser escasos producen interés por su acumulación. Bourdieu (1998) diferencia entre distintas especies de capital: a) capital económico, es el conjunto de ingresos, propiedades rurales y urbanas, acciones, beneficios industriales y salariales, salarios, etc.; b) capital cultural, es el conjunto de propiedades ligadas a conocimientos, ciencias, arte. Puede encontrarse en tres estados: incorporado en disposiciones; institucionalizado en certificados o títulos escolares; u objetivado bajo la forma de bienes culturales. Y c) capital social, conjunto de recursos actuales o potenciales, ligados a la posesión de una red de relaciones de interconocimiento e interreconocimiento: pertenencia a un grupo, cuyos agentes están unidos por lazos permanentes y útiles (Gutiérrez, 1995). Por último, el capital simbólico es definido como la forma que revisten las distintas especies de capital cuando son reconocidas como legítimas. El capital simbólico, sin embargo, es negado en tanto capital, no reconocido como capital (Bourdieu, 1991). Supone un acto de des-conocimiento (y re-conocimiento) de la arbitrariedad de su valor. Los capitales están desigualmente distribuidos, estableciéndose así relaciones jerárquicas en los distintos campos, entre los detentadores y los aspirantes.

Tomando en cuenta cómo está configurada esa estructura de relaciones en la sociedad de origen y en la de destino, se pueden establecer las analogías y traducciones de los respectivos sistemas de distribuciones. A su vez, es posible discernir el posicionamiento de los migrantes, tanto respecto a la sociedad de origen, cuanto a la de destino, permitiendo reconstruir las trayectorias de los agentes entre sendos espacios sociales.

La posición que ocupaban los migrantes en el espacio social de origen –así como la que ocupan en el de destino– proporciona herramientas para reconstruir qué disposiciones y qué mecanismos sociales se han activado al configurarse las diferentes trayectorias y proyectos migratorios (García Borrego, 2011). Ambos elementos, trayectorias y proyectos, permiten dar cuenta de cuestiones tales como que, en una familia no emigren todos los miembros, al insertarse la estrategia migratoria en el sistema de estrategias de reproducción social de las familias.

Las familias, de acuerdo con Bourdieu, constituyen “uno de los lugares por antonomasia de la acumulación de capital bajo sus diferentes especies y de su transmisión entre las generaciones: salvaguarda su unidad para la transmisión y por la transmisión” (Bourdieu, 1997: 133); colaborando así en la reproducción de la estructura del espacio social y de las relaciones de clase, mediante las estrategias de reproducción social.

El concepto de estrategia, finalmente, permite tomar en cuenta tanto el conjunto de condicionamientos impuestos por las estructuras objetivas, como la posibilidad de los agentes de responder creativamente a esas constricciones. Las estrategias pueden definirse como “conjuntos de acciones ordenadas en procura de objetivos a más o menos largo plazo, y no necesariamente planteadas como tales, que los miembros de un colectivo tal como la familia producen” (Bourdieu, 2011: 34, nota 3), diferenciándose de las intenciones conscientes y a largo plazo de un agente individual.

A través de las estrategias de reproducción social los individuos o familias tienden a aumentar o a conservar su patrimonio, manteniendo o mejorando su posición en la estructura de las posiciones de clase (Bourdieu, 1998). Las estrategias se elaboran en función de aspiraciones efectivas, capaces de orientar realmente las prácticas, porque están dotadas de una probabilidad razonable de surtir efecto. Las disposiciones tienden a reproducir, no la posición de las cuales son el producto, aprehendido en un momento dado del tiempo; sino la pendiente en el punto considerado de la trayectoria individual y colectiva del grupo (Bourdieu, 2011). De acuerdo con esto, las estrategias de reproducción social no dependen sólo de la posición sincrónicamente definida de la clase, sino de la pendiente de la trayectoria colectiva del grupo del cual forma parte el individuo y, secundariamente, de la pendiente de la trayectoria particular de un individuo.

Las trayectorias individuales se entrelazan con las trayectorias familiares de un modo complejo, encontrándose en permanente tensión entre el

[…] efecto de inculcación ejercido directamente por la familia o por las condiciones de existencia originales; por otra parte, el efecto de trayectoria social propiamente dicho, es decir, el efecto que ejerce sobre las disposiciones y sobre las opiniones la experiencia de la ascensión social o de la decadencia (Bourdieu, 1998: 110; cursivas en el original).

Esas trayectorias colectivas remiten a las condiciones de producción y de existencia de los agentes, a las clases sociales, que conjugan determinado volumen y estructura de capital –además del sentido de la trayectoria social–. La clase social, desde la teoría de la práctica, no se define sólo por la posición en las relaciones de producción (como para la tradición marxista), ni por una categoría socio-ocupacional (identificada por profesión, ingresos, nivel de instrucción); sino también por el conjunto de caracteres auxiliares o secundarios, que funcionan como exigencias tácitas de algunas profesiones (Bourdieu, 1998). La clase no es, entonces, ni suma de propiedades, ni ordenamiento a partir de una propiedad fundamental y otras secundarias[15], sino la “estructura de las relaciones entre todas las propiedades pertinentes, que confiere su propio valor a cada una de ellas y a los efectos que ejerce sobre las prácticas” (Bourdieu, 1998: 104). Algunas de estas propiedades son: condición económica y social, origen social y étnico, trayectoria, sexo-género, edad, estatus matrimonial, etc. Esta estructura relacional otorga su propio peso a cada una de las propiedades, y a los efectos que tienen sobre las prácticas. No se trata, entonces, de una sumatoria o acumulación de todas esas propiedades, ni de establecer una cadena de propiedades ordenadas a partir de una propiedad fundamental, sino de la reconstrucción de redes enmarañadas, estableciendo una causalidad estructural de una red de factores (Weininger, 2005). Esto quiere decir que, por medio de cada uno de los factores, se ejerce la eficacia de todos los demás, “ya que la multiplicidad de determinaciones no conduce a la indeterminación sino por el contrario a la sobredeterminación” (Bourdieu, 1998: 106; cursiva en el original).

Con el concepto de clase social aplicado al estudio de las migraciones se atiende a las objeciones de los enfoques transnacionalistas acerca de la no delimitación de los fenómenos sociales a los contornos estatales, pero, a su vez, teniendo en cuenta los procesos de conformación que ocurren dentro del espacio social nacional para producir unas condiciones de partida, unos grupos sociales y otros. La clase social es un término que permite trascender las fronteras analíticas nacionales, aunque incorporando las dinámicas propiamente estatales de constitución de las clases sociales mismas.

Apuntes metodológicos

He seguido para elaborar el trabajo de investigación, casi sin proponérmelo, la premisa que Mills (1999) postulaba en La imaginación sociológica, acerca de los tres componentes de la ciencia social: biografías, historia y su intersección con las estructuras sociales.

La emigración de los argentinos emerge en la historia reciente como alternativa (cíclica y periódica) frente a procesos que, grosso modo, se pueden encuadrar como de empobrecimiento en Argentina. La hipótesis principal del estudio fue que la migración de los argentinos a partir del año 2000 se orientó a evitar el desclasamiento en el espacio social de origen, dada la profunda transformación de las clases sociales en las últimas décadas, previas a la emigración. He considerado pertinente para contrastar esta hipótesis el recurso a metodología cualitativa, puesto que es la más apropiada para conocer trayectorias sociales y migratorias de un conjunto de sujetos desde sus orígenes familiares, así como los significados que sostienen sobre sus prácticas. La entrevista se presentó como la técnica más conveniente, al permitir el análisis de la conexión entre los discursos y las prácticas, y para ver la relación entre posiciones sociales y habitus. La entrevista produce, además, una expresión de una individualidad socializada, estructurada por habitus lingüísticos y sociales, así como por estilos de vida que operan como validaciones de la conducta dentro de los grupos de estatus (Alonso, 1994). Mediante esta técnica se trató de captar información sobre las trayectorias de los sujetos (laborales, residenciales, familiares, sociales), que fueran representativas de su grupo social de origen (Bertaux, 1999 y 2005) así como las representaciones de los agentes –como productos discursivos– en torno a sus propios itinerarios.

Sin embargo, en un primer momento y para realizar una selección muestral de los entrevistados de clase media, me apoyé en un análisis histórico-estructural del espacio social de origen, utilizando fuentes secundarias. Ello supuso considerar las estructuras y procesos que han marcado las trayectorias sociales y las dinámicas de movilidad social en Argentina, especialmente los que han configurado a las clases medias. El análisis de esta evolución histórica de las últimas décadas de la estructura social argentina se apoya en la categoría de los modelos de acumulación que propone Torrado (2002 y 2003) y se centra en la transformación de los mercados de trabajo y escolares, como también en los niveles salariales.

Para operativizar las herramientas conceptuales de Bourdieu (especialmente, las de sus obras La distinción y Las estrategias de la reproducción social) sobre las clases sociales tuve en cuenta los tres criterios que sugiere este autor para definir las clases sociales, y entre éstas, las posiciones de los sujetos de las clases medias: el volumen de capital global, la estructura de los capitales y la trayectoria. El volumen de capital global, difícil de contabilizar mediante el material cualitativo[16] se infirió a partir de indicios que se plantearon en la entrevista: lugares de residencia en Argentina, inserciones laborales de los sujetos y de los padres o abuelos, dependiendo de los grupos de edad, hábitos de consumo cultural[17], ingresos en los últimos trabajos que tuvieron antes de emigrar, etc.

Más valiosa para inferir las posiciones sociales de los entrevistados resultó la reconstrucción analítica de la estructura de los capitales de los agentes, operación realizada mediante la indagación de las profesiones u oficios, sobre niveles educativos, cursos formales e informales, etc. y de actividades y/o inserciones ocupacionales en diferentes momentos.

Esta visión de corte objetivista abarca las condiciones de producción de la migración en una dimensión más material, si cabe la expresión. Pero tan importante como ésta es la mediatización que el habitus ejerce en la elaboración de las estrategias. Tal intervención se indagó en un segundo momento, en el que se rastreó la existencia de los habitus de clase (Bourdieu, 1998) como principios generadores de las prácticas y representaciones. Se trató de interpretar cómo se perciben las condiciones de posibilidad, entre las que se encuentra la propia emigración. En este momento tomó especial relevancia el análisis de hábitos de consumo, difusión de estilos de vida, modelos de socialización, estrategias de reproducción social, trayectorias familiares, etc.; así como la indagación en las expectativas de los propios agentes migrantes respecto a sus trayectorias posibles.

De acuerdo con esto, la muestra construida fue de tipo estructural y orientada teóricamente, considerando tres fracciones de las clases medias, según fuera la composición de capital predominante en el país de origen: pequeña burguesía patrimonial (relativamente más rica en capital económico, empresarios pequeños y medianos); clase media de servicios (relativamente más rica en capital cultural/escolar: profesionales liberales y asalariados; profesores de secundario y terciario, técnicos); y clase media baja (volumen de capital global inferior: empleados administrativos y de comercio; obreros calificados)[18].

Investigar cómo la emigración emerge entre las diferentes estrategias de reproducción social disponibles para los agentes de las clases medias argentinas con tendencia al desclasamiento marcó la exigencia de una investigación que tomara en cuenta las diferentes situaciones (laborales, residenciales, familiares, etc.) de los migrantes antes de emigrar, en la sociedad de origen[19]. A su vez, la tendencia al desclasamiento no se refiere sólo a las trayectorias de los propios sujetos, sino que se inserta en diferentes tramas familiares, abarcando una dimensión temporal más amplia. Los diferentes orígenes familiares se rastrearon hasta en tres generaciones de acuerdo con los grupos de edad de los entrevistados (Bertaux, 1995). También se analizaron los itinerarios de los propios sujetos entrevistados antes de emigrar, tratando de situar el momento preciso –en el ciclo de la vida y en la trayectoria social– en que esta opción emerge. En la etapa de las trayectorias en España se analizaron los itinerarios laborales (con diferentes modos de traducción de los capitales de partida), durante los primeros años de asentamiento. Por último, se abordaron las representaciones que sostienen los propios sujetos acerca del proceso migratorio, y su disposición frente a un retorno o a la permanencia en la migración.

Sumariamente, en este capítulo introduje una discusión acerca de diferentes apoyos teóricos que han analizado las migraciones, y que sirvieron de orientación para dar precisión al encuadre del nudo problemático migraciones y clases medias. Recurrí a teorías del propio terreno de la sociología de las migraciones para fundamentar un modelo de análisis apoyado en la teoría de Pierre Bourdieu, seleccionando, por tanto, los aspectos de los enfoques que arrojan luz para la definición de los problemas que afectan a las migraciones de clases medias.


  1. Para un estudio crítico de esta obra primigenia de la Escuela de Chicago y de sus autores, consultar el estudio introductorio realizado por Juan Zarco (2006) a la segunda edición española del libro (Thomas y Znanieki, 2006).
  2. Alba y Nee han realizado una interesante revisión crítica acerca de la temática de la asimilación, desde las primeras problematizaciones por parte de la Escuela de Chicago, pasando por la alianza con el funcionalismo, hasta las últimas tematizaciones en la actualidad. Es rescatable especialmente el papel que asignan estos autores a los efectos de la etnicidad en la estratificación social en las sociedades de inmigración. La asimilación consistiría, para estos autores, en la atenuación de las distinciones sociales basadas en el origen étnico, cosa que no ocurre como un resultado inevitable de la adaptación de las minorías étnicas y raciales (Alba y Nee, 2005: 38).
  3. La noción de hecho social total es desarrollada por Marcel Mauss para reponer el lugar de la sociología en la explicación y comprensión de los fenómenos sociales, y así poder entender lo social “por lo social, observando cómo las instituciones se generan las unas entre las otras” (Alhambra Delgado, 2018: 138).
  4. Consultar al respecto el libro coordinado por Gennaro Avallone y Enrique Santamaría (2018), en el que varios autores realizan una actualización de los aportes de la obra de Sayad.
  5. El dilema teórico acerca de si los trabajadores inmigrantes constituyen una clase social diferente o si se integran en la clase trabajadora, ha sido objeto de debates entre estas corrientes. Si la teoría de Piore sobre el mercado de trabajo segmentado se inclinaría hacia la constitución de una clase diferenciada, los estudios de Castles y Kosack concluyen que los trabajadores inmigrantes no pueden ser considerados una clase aparte, puesto que constituyen entre el 10 y el 30 por ciento de los trabajadores industriales (en la investigación que ellos realizan, concretamente, para Reino Unido, Alemania, Francia y Suiza; Rea y Tripier, 2003).
  6. Puede ampliarse la crítica al empresariado étnico en Herranz (2000) y Riesco (2010).
  7. Una actividad que figura como paradigmática de estos nichos étnicos es el comercio, respecto del cual algunos autores llaman la atención sobre el caso español, al tratarse el pequeño comercio de un sector en retroceso para la población autóctona, especialmente en las grandes ciudades. Esto se debe a la poca capacidad de automatización y al centrarse excesivamente este nicho en el factor trabajo (mano de obra familiar), lo que choca con el nivel de aceptabilidad de la mano de obra autóctona (Aramburu, 2002; Riesco, 2003; Cachón, 2009).
  8. El nacionalismo metodológico consiste en una serie de obstáculos epistemológicos consistentes en: 1) dar por hecho que la unidad de estudio y la unidad de análisis se definen por las fronteras nacionales; 2) identificar a la sociedad con el Estado-nación; y 3) combinar los intereses nacionales con la finalidad y las materias clave de la ciencia social (Glick Schiller, 2008).
  9. Un estudio realizado por Alejandro Portes (2005) compara las actividades de carácter transfronterizo de los migrantes colombianos, dominicanos y salvadoreños en Estados Unidos, concluyendo que la participación en actividades transnacionales –incluso la de carácter ocasional– no constituyen prácticas extendidas. Para el caso de las actividades económicas (empresarios transnacionales) la participación no excede el 6%; para el caso de actividades políticas no excede el 10%. Más allá del tipo de actividad transnacional, este estudio muestra que inciden de manera decisiva los contextos de salida y de recepción, el nivel educativo de los inmigrantes, el capital social y el posicionamiento en el país receptor.
  10. Puede consultarse una ampliación de estas discusiones en un artículo donde planteo los desafíos de conceptualizar un campo de clases global y el papel que tienen las migraciones como vector de movilidad social (Jiménez Zunino, 2010).
  11. Las economías sumergidas características de España e Italia generan una gran demanda de trabajo irregular que favorece el incremento de inmigrantes irregulares. Asimismo, se produce en estas economías un desfase entre la demanda del mercado laboral –orientada a empleos menos cualificados– y los elevados niveles de instrucción de los inmigrantes (Reyneri, 2006).
  12. Giraud sostiene que las formas culturales no son independientes de los contextos históricos y de las relaciones sociales que las condicionan, puesto que son tanto productos como soportes de los mecanismos y las estrategias de reproducción –o, en todo caso, de contestación– del orden social (Giraud, 1993). Lo que subyace en el culturalismo es, entonces, una dificultad para relacionar de manera adecuada los planos material y simbólico de la agencia (García Borrego, 2008a: 34); problema que, desde la teoría de la práctica se puede sortear, mediante las nociones de habitus, capitales, campo, estrategia.
  13. Lahire ha cuestionado la universalización de conceptos como el de campo en la obra de Bourdieu. Para Lahire (2005), si se compara el campo bourdieusiano con las esferas de actividad de Weber, queda en evidencia la mayor cobertura del segundo concepto respecto al primero. Así, por ejemplo, muchos ámbitos de actividad de las personas (vida doméstica, actividades erótico-sexuales, dimensión ética, etc.) no entrarían en las conceptualizaciones de campo. También contrasta el campo con el concepto de configuraciones de Norbert Elías. Sin pretender zanjar esta polémica, y considerando el carácter regional de la teoría, propongo aquí el tratamiento de las clases sociales como un campo, teniendo en cuenta las problemáticas que comporta. Esto daría cobertura, en alguna medida, a algunas de las críticas centrales presentadas por Lahire: el que no todos los agentes ni actividades se encuadren en “el centro de la escena”, con relación al poder, el arte, etc. (Lahire, 2005). Puesto que, en el campo de las clases sociales –donde se llevan a cabo luchas de clases y fracciones de clases, y las luchas por la distinción– están incluidos todos los agentes. El debate sobre los otros aspectos que Lahire encuentra problemáticos –el análisis de discursos, el carácter regional de la teoría de los campos, etc.– sería objeto de otro espacio de reflexión.
  14. Numerosos estudios pueden consultarse sobre esta materia. Por ejemplo: Sémbler, 2006; Kessler y Espinoza, 2003; Portes y Hoffman, 2003. Tanto Sémbler como Portes y Hoffman vinculan la evolución de la estructura social durante las décadas de 1980 y 1990 –y el empobrecimiento de las clases medias– en América Latina con la opción emigratoria, como propia de las clases medias.
  15. Weininger analiza como las formulaciones de Bourdieu se modificaron desde sus primeras elaboraciones. Si en obras como La distinción, Bourdieu postulaba como secundarios los factores derivados de caracteres demográficos –como el género– respecto a las condiciones de existencia; en escritos posteriores, como La dominación masculina, atribuye una autonomía relativa al género, ante la evidencia de la dramática continuidad de las estructuras desiguales de género en la historia (Weininger, 2005).
  16. Según Baranger, quien ha analizado el modo en que se construye el objeto de investigación en La Distinción, Bourdieu se ve obligado a cuantificar y a sumar los capitales de distinta naturaleza para establecer el volumen de capital global, que sería equivalente a un índice de nivel socioeconómico (Baranger, 2004).
  17. Durante las entrevistas y bajo preguntas genéricas del tipo “¿cómo era tu vida diaria en Argentina?”, o “¿qué aspectos de tu vida diaria de allí extrañas aquí?”, se proporcionó abundante información sobre estas cuestiones. En este tipo de preguntas los sujetos detallaban, o bien una serie de prácticas –los jóvenes: salir con los amigos, tocar en un grupo de rock barrial; los adultos: ir a bailar tango, ir al teatro, etc.– o bien una historia de lo que fue su vida como una secuencia, del tipo “yo hice lo que cualquier niño o cualquier adolescente de ciudad”, englobando allí experiencias desde la niñez hasta la juventud, propias de su grupo social.
  18. El trabajo de campo se llevó a cabo en la Comunidad de Madrid entre marzo de 2008 y febrero de 2009, y consistió en la aplicación de entrevistas en profundidad a 22 migrantes argentinos, con el objetivo de reconstruir las trayectorias sociales desde el espacio social de origen (Argentina) hasta el espacio social de destino (España). La fecha del trabajo de campo ha de tenerse en cuenta, por ser previa a la crisis de la economía española, que se manifestó con crudeza a partir de 2009.
  19. A fin de detectar los signos de desclasamiento, centré la atención en los siguientes factores: 1) los trabajos y retribuciones salariales previos al momento de emigrar, así como de los anteriores empleos desde el comienzo de la vida laboral; 2) los estudios realizados, sea que estuvieran concluidos o no; las aspiraciones de progreso material –compra de bienes, expectativas salariales, etc. –; 3) la etapa en el ciclo de la vida –formación de familia de destino, tenencia de hijos, divorcios o separaciones, etc.-; 4) la posición en la familia de origen –en la fratría y respecto a padres– y el género.


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