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Las migraciones como estrategias para evitar el desclasamiento

La hipótesis de partida de esta investigación fue analizar los factores sociales que inciden en la emigración de las clases medias argentinas y que la configuran como una estrategia destinada a evitar el desclasamiento. La práctica migratoria, así entendida, brotaría de las tensiones inherentes a las relaciones de fuerza que operan en el campo de las clases sociales argentinas.

¿Por qué utilizar la teoría de la práctica para estudiar estas migraciones? La singularidad del objeto hacía difícil la focalización desde ángulos ya instalados y algo viciados para interpretar el fenómeno en su complejidad: ni el exilio ni la migración económica parecían ajustarse a la construcción del objeto que me propuse. El exilio, evidentemente, ya no se corresponde con la situación histórica de Argentina, que lleva casi cuarenta años de democracia. La representación del “migrante económico”, por otra parte, además de no atender a ciertas dimensiones de la práctica, como pueden ser los aspectos sociales y simbólicos involucrados en los procesos migratorios, sigue presa de cierto etnocentrismo (y miserabilismo) que ignora las particularidades de los inmigrantes en sus lugares de origen. Así, por ejemplo, las propuestas analíticas de mundialización por abajo son demasiado vagas y genéricas, puesto que en la migración hay clases sociales, y no todas tienen la misma cabida en los procesos de inserción y posicionamiento en los espacios sociales de destino.

La emigración/inmigración de argentinos a España escapa también a las rápidas clasificaciones en esquemas del tipo centro/periferia, dadas las particularidades del vínculo histórico entre ambos estados, que no sólo se refieren a la relación colonial entre ellos, sino a las anteriores migraciones en sentido inverso, al exilio, etc. La lectura del fenómeno migratorio en términos de la lógica centro/periferia comporta considerar una importante desigualdad entre estados emisores y receptores, que no es acabadamente correspondida en el caso empírico analizado[1].

Además, la oposición centro/periferia no permite comprender fenómenos como el retorno de los migrantes; dejaría sin explicar que los migrantes regresaran a un país periférico, salvo que se postulen otras motivaciones. Para el caso estudiado, en los años del periodo de observación (2000 – 2009) Argentina mejoró económicamente mientras que en España se profundizaba la crisis, matizándose las diferencias entre el país de origen y el de destino. Así todo, al momento de la investigación, el retorno no era algo que los migrantes entrevistados se plantearan con plazos concretos. Los logros en España –acceso a la ciudadanía o al régimen salarial– así como el hecho de que los sujetos puedan aspirar a insertarse en la zona de integración (Castel, 1997) hacen inteligible esta circunstancia. Sin embargo, investigaciones posteriores que tomaron la posta de la que se presenta en este libro, detectaron diversas estrategias de retorno y re-emigración que son muy sugerentes para comprender las movilidades entre España y Argentina durante las primeras décadas del siglo XXI (Laiz, 2014; Cassain, 2018; Rivero; 2019; Herrera, 2022).

Ahora bien, recurrir a una teoría de carácter general –no diseñada para trabajar este objeto particular– ha representado un desafío y, en cierto modo, una puesta a prueba de las virtudes analíticas que ofrece. Este capítulo final pretende resaltar los principales aportes y conclusiones de la investigación desde el prisma teórico bourdieusiano, así como los desafíos que resta abordar en investigaciones futuras.

Es un tópico, ciertamente cuestionable, que la teoría de la práctica da cuenta de los mecanismos fundamentales de la reproducción social, pero que sería limitada para analizar procesos de cambios profundos, como los experimentados por la sociedad argentina de la segunda mitad del siglo XX. El desafío del estudio fue aplicar esta teoría a un contexto de transformación e inestabilidad tanto estructural –la estructura social argentina–, como a nivel de la agencia, individual –la decisión de emigrar–. La declinación social de las clases medias argentinas, sumada a la desvalorización social que abre como posibilidad un proceso migratorio, ha contado con resistencias por parte de los agentes. Si bien estas resistencias no se elaboran en el vacío, y cuentan con el peso del pasado (de los capitales disponibles y los habitus interiorizados), también es cierto que los agentes inauguran formas de respuesta que nada tienen de automáticas.

La teoría de la práctica ha resultado adecuada para precisar las condiciones de producción de la estrategia migratoria. Ha permitido entender el proceso de construcción de los proyectos migratorios iniciales, teniendo en cuenta la illusio sobre la que se cimientan. Para la redefinición de esos proyectos migratorios al cabo de unos años de asentamiento en España, sin embargo, tuve que recurrir a elementos heurísticos que consideran esquemas más plurales de acción. Desde la lectura que Lahire hace de Bourdieu, se puede interpretar cómo el contexto migratorio habilita nuevos cauces para el despliegue de las prácticas, proporcionando la incorporación de nuevas disposiciones.

El carácter exploratorio de la investigación –dado tanto por la aplicación de una teoría foránea al campo de estudios de las migraciones, como por la vinculación de dos fenómenos que no suelen fijarse a priori: migraciones y clases sociales–, ha tratado de encauzarse mediante un diseño cualitativo riguroso, siendo prudente de establecer inferencias generalizables al universo de migrantes argentinos hacia España, a partir de una muestra de tipo teórico.

Trayectorias y proyectos migratorios

Reconstruir este objeto de estudio ha exigido tomar como herramienta de análisis las trayectorias tanto migratorias como sociales de los agentes, instrumento imprescindible para proporcionar una ilación entre dos espacios sociales, distintos y distantes que, sin embargo, los sujetos con sus prácticas se empeñan en entramar. La indagación de los orígenes sociales, geográficos, familiares, etc., de los migrantes argentinos en España ha permitido reponer la emergencia de la práctica migratoria en el conjunto de las prácticas disponibles, a mano, pensables para los agentes. Saber de dónde provienen los sujetos, con relación a una extracción social y a unas trayectorias familiares visibiliza los contextos de origen de los migrantes y posibilita levantar el velo con el que se cubre este objeto sobredeterminado, cuyo estudio suele comenzar desde las zonas fronterizas de los estados receptores, tan bien representado en el prefijo in-migrantes.

Las trayectorias de los agentes, producto de infinitesimales y difusas ecuaciones entre expectativas y oportunidades, entre disposiciones y posibilidades, proporcionan un modo de ubicar a los sujetos en el mundo –al modo de un currículum vital–, según han sido las inclinaciones de sus habitus, que, a su vez, están vinculados con los capitales a reproducir. Analizar así las trayectorias de los sujetos, poniéndolas en relación con las de padres y hermanos, es un modo de inferir cómo se ha orientado, encaminado, habilitado a los sujetos hacia unos cauces de acción.

El papel asignado a las familias, como lugar donde se gestiona la reproducción social, como esfera donde los sujetos son producidos, no se ha reñido, sin embargo, con la consideración de otras instancias socializadoras (sistema educativo, mercado de trabajo, redes sociales). Asimismo, las familias –como agentes primordiales de la socialización y la reproducción de los capitales y las disposiciones– no sólo proporcionan esquemas de clasificación/percepción/acción a seguir, ni los sujetos son pasivamente moldeados por estos patrones. Las familias también son un espacio de luchas y de oposición, y los agentes implementan estrategias de ruptura con los modelos que las rigen. Como ejemplo de esto, uno de los hallazgos de la investigación fue la relación entre la migración y el proceso de tránsito hacia la vida adulta (Mauger, 1995) de las mujeres jóvenes, originarias de medios sociales tradicionales, que han logrado redefinir sus papeles de género de un modo más laxo al estar a distancia de las familias de origen.

Incorporar a las familias en el análisis me ha permitido, asimismo, ponderar las movilidades de los migrantes en relación con los miembros del grupo familiar que no emigran, que permanecen en el país de origen. Las movilidades se entrelazan con las estrategias de sedentarismo, siendo que en una misma familia no todos los miembros emigran, y la permanencia en origen garantiza el mantenimiento de los capitales (inversiones inmobiliarias, emprendimientos desplegados por hijos, etc.) y de las posiciones.

Como reverso de las trayectorias, la investigación indagó acerca de las representaciones movilizadas por los sujetos para decidir emigrar (illusio migratoria). Es decir, el entramado en que la estrategia migratoria cobra un relieve significativo por sobre las demás estrategias de reproducción social –mudarse, estudiar, independizarse de los padres, casarse, trabajar– disponibles, composibles en la coyuntura en que se toma la decisión de emigrar. Estos elementos evaluativos de la práctica migratoria los condensé en el concepto de proyecto migratorio, que supone incorporar en el análisis de las migraciones la evaluación que los migrantes hacen de los recursos que disponen, a partir de su representación de la posición que ocupan en el espacio social (de origen y destino/s). Esta dimensión subjetiva habilita reconstruir el sentido en que el migrante se piensa en el marco de los sistemas clasificatorios de ambos lugares, y orienta el despliegue de ciertas prácticas al momento de decidir la emigración (proyectos premigratorios). También permite analizar la resignificación de esos proyectos después de cierta trayectoria en el espacio social de destino, especialmente respecto a los plazos temporales que los sujetos se plantean para permanecer, retornar o volver a emigrar (proyectos postmigratorios). La distinción analítica propuesta por Schutz (2004) entre motivos para y motivos porque me permitió iluminar aristas particulares de las argumentaciones que sostenían los proyectos migratorios de los entrevistados, referidas a los diferentes momentos de la trayectoria migratoria. Las temporalidades, etapas y plazos en que se juega la dimensión evaluativa y representacional de los entrevistados acerca de sus procesos migratorios pudieron hacerse visibles movilizando estas categorías de análisis.

Habitus en contexto migratorio

La migración abre un abanico de posibles que, por diferentes circunstancias, en la sociedad de origen estaban bloqueados para los agentes. Esto sucede al nivel de las disposiciones que se activan y de los propios haces de posibles que los sujetos comienzan a visibilizar, antes impensables –quizás, y esto ameritaría una investigación específica, por la cercanía a la necesidad que el contexto migratorio les supone a estos grupos sociales, en relación con las condiciones que gozaban en origen–. La migración funciona como acontecimiento desencadenante: la situación migratoria activa esquemas de percepción y de acción incorporados en el pasado (Lahire, 2004), aunque el acontecimiento “sólo puede ejercer una incitación pertinente sobre el habitus si éste lo arranca de la contingencia del accidente y lo constituye como problema, aplicándole los principios mismos de su solución” (Bourdieu, 1991: 97).

Aquí considero pertinente plantear dos preguntas. En primer término: ¿de qué manera la práctica migratoria emerge de unos habitus que, producidos a partir de una regularidad de condiciones objetivas, contempla la movilidad geográfica entre sus posibilidades? Esta investigación ha pretendido dar respuesta a este problema desde fuera de las migraciones, buscando explicaciones en el marco más amplio de las estrategias de reproducción social de las diferentes fracciones de las clases medias. Solo es posible explicar las prácticas, según Bourdieu (1991), cuando se relacionan dos estados de lo social: las condiciones sociales que han constituido al habitus que engendra las prácticas, y las condiciones sociales en las que éste se actualiza y manifiesta. Desde este presupuesto, la práctica migratoria no puede explicarse en sí misma, sino atendiendo al contexto más amplio, histórico y social, del que es producto. El conjunto de condicionamientos que analicé en las páginas anteriores, tanto de modo inter como intrageneracional, en las trayectorias de los migrantes actuales, ha intentado cubrir esa interpretación.

Como corolario de la pregunta anterior, la segunda tiene respuesta más difícil, y se halla en el centro de la teoría bourdieusiana: ¿qué sucede cuando la regularidad de las condiciones objetivas que engendra al habitus está penetrada por procesos de transformación y cambio estructural?

El analista desprevenido que realiza una investigación con la fantasía de contrastar una teoría comienza por pretender adecuar la realidad a cierta representación apriorística que imprime la visión teórica –escolástica, le llama Bourdieu (1999a)– del mundo social. Esto sucedió, por ejemplo, a propósito del concepto de histéresis, que pensaba hallar rápidamente en los sujetos desclasados de las clases medias, pero que el análisis del material empírico pronto desanimó como vía de indagación. El concepto de histéresis supone una crisis del habitus, que se produce cuando no coinciden las condiciones de producción con los contextos de funcionamiento o actualización de este, algo que ha sido problematizado por algunos autores (Weininger, 2005; Martín Criado, 2006; Atkinson, 2010). De acuerdo con Lahire, Bourdieu cierra prematuramente el problema del encuentro entre un pasado incorporado (el peso de las primeras experiencias) y un presente disonante, al postular la complicidad ontológica entre estructuras mentales y estructuras objetivas (Lahire, 2004). Sin poder atender aquí a los ríos de tinta que suponen infinidad de matices acerca de esta discusión[2], pareciera que la teoría de la práctica se viera relativamente limitada para dar cuenta de los procesos emergentes que pude constatar en el contexto migratorio: reconversiones, diversificación de prácticas, redefinición de roles, etc.; y que suponen unos sujetos flexibles y adaptables a situaciones novedosas. Desde estas consideraciones, pude aproximarme a una concepción del habitus como algo no tan unitario, puesto que existen múltiples instancias de socialización superpuestas, que producen prácticas relativamente heterogéneas y, particularmente en el caso estudiado, por tratarse de habitus que emergen y se reproducen en condiciones en las que se pide a los sujetos una constante adaptación a situaciones cambiantes (Kessler y Di Virgilio, 2008).

En el transcurso de la investigación he patentizado que los agentes portaban una disposición al cambio, motivada por la inestabilidad y continuas transformaciones en Argentina. Estas nuevas o activadas disposiciones, propias de sujetos versátiles producidos en contextos cambiantes que los han impelido a constantes adaptaciones, posibilitaron reconversiones entre fracciones de clase. Reconversiones que, en el contexto de origen, eran impensables para los propios sujetos. Pero esta disposición al cambio es, sin embargo, paradójica: los sujetos cambian –de actividades, de rubros, de lugares de inserción, de capitales, de país– para mantener la posición, para no declinar socialmente. Este tipo de disposición ya operaba en Argentina, incluso en la reproducción intergeneracional, como analizo a propósito de las trayectorias intergeneracionales de las familias de los migrantes, y es un rasgo que se mantiene en el contexto migratorio.

Independientemente de la fracción de la clase media a la que pertenecieran, los agentes buscan, en definitiva, emigrar para escapar el desclasamiento y tener más opciones para progresar. Este progresar puede entenderse como el principio generador de las prácticas de estos agentes; un principio general que asume diferentes modulaciones según las fracciones. Para la pequeña burguesía patrimonial el progreso consiste en poder producir sus propios medios de vida encaminados a una creciente acumulación de capital económico, sin supeditarse a un jefe o patrón. Para la clase media de servicios el progreso está relacionado con una inserción laboral que reconozca su pericia, su conocimiento, su capital cultural incorporado e institucionalizado. A las dos fracciones, sin embargo, se les cercenó en Argentina la capacidad de ahorro y acumulación en las últimas décadas previas a la migración, aspecto clave a partir del cual los sujetos pueden relacionarse con el tiempo y proyectarse en el futuro, incluso en la trayectoria de los hijos (Del Cueto y Luzzi, 2008). El progreso consistió, en las épocas anteriores a la migración, más en intentos desesperados por no descender socialmente, que en estrategias de promoción social. Las trayectorias –de migración y sociales– delineadas por los migrantes están motivadas por los habitus incorporados de no adaptación a una posición rebajada, teniendo como parámetro las trayectorias de los antecesores familiares. La inmigración es, en este sentido, un riesgo que asumen los sujetos que quieren “progresar”: los “inconformistas” y “valientes” que buscan el “bienestar familiar” y pretenden “vivir bien” (según las representaciones de los entrevistados).

Los capitales en la estrategia migratoria de reproducción social

La teoría de la práctica ha sido muy fructífera al otorgar un papel importante a los contextos de producción de las migraciones, al permitir sopesar certeramente las distribuciones de capitales con las que cuentan los sujetos, y cómo esas estructuras patrimoniales orientan las trayectorias de los agentes de manera diferenciada. Los capitales con los que cuentan los migrantes funcionan como piedra fundacional desde la que se posicionan en el nuevo espacio social. Aunque los sujetos reconviertan sus capitales, las acumulaciones primitivas marcan como una especie de background sobre el que se asientan las nuevas adquisiciones o propiedades en el país de destino de la migración.

El capital económico es el más fácil de traducir en el contexto migratorio, aunque las disposiciones necesarias para activarlo requieren de un tiempo de adecuación al nuevo escenario. Los sujetos que pretendían realizar negocios en España han tenido que pasar por un tiempo de reconocimiento de los rubros convenientes para ello y del modo de realizar las inversiones. Resulta interesante, en este sentido, que los miembros de la fracción económica tuvieron que pasar por fases de asalarización para capitalizarse, siguiendo esta secuencia: el trabajo asalariado antecedió la concesión de papeles (regularización), y ésta –más la solvencia del salario– ha posibilitado a los sujetos solicitar créditos para abrir negocios.

El trabajo asalariado (informal, en negro) ha precedido en todos los casos a la formalización de un contrato, que coincidió mayormente con la regularización masiva del año 2005. Asimismo, una vez establecido el contrato –y al año de cumplir con la continuidad exigida por la normativa vigente– los sujetos han podido ejercer su derecho de fuga (Mezzadra, 2005; Pedreño, 2006) y probar suerte en otros empleos.

La continuidad en la condición de clase de la pequeña burguesía patrimonial (trabajo por cuenta propia, autónomos) no siempre ha estado asociada con la permanencia en la posición. Muchas actividades que desempeñan los pequeños empresarios se han devaluado (por ejemplo, el pequeño comercio, dejado en España por los españoles; Riesco, 2003; Cachón, 2009). Asimismo, el trabajo autónomo supone una participación menguada en el régimen salarial, por la ausencia de vacaciones y de derechos a bajas o desempleo (Castel, 2010). Para las personas que son mano de obra familiar, el trabajo en este tipo de emprendimiento vulnerabiliza sus inserciones, al no tener contrato ni salarios indirectos, como las cotizaciones al sistema de seguridad social. Esto relativizaría las supuestas bondades de las economías llamadas “étnicas”, como un mecanismo de ascenso social, estando estas posiciones más próximas a lo que Mills (1973) denominaba la masa burguesa, sustentada en el autoempleo y en el trabajo de los miembros de la familia.

La otra cara de la moneda, sin embargo, es que la colocación de pequeños negocios familiares también proporciona un reaseguro y una disminución de incertidumbres propias de la economía informal –como despidos sin causa o demoras en cobrar el salario–, garantiza la entrada diaria de dinero, permite sortear algunas contingencias inmediatas aplazando los pagos en la cadena (proveedores, etc.). A nivel familiar, la estrategia suele combinar la actividad autónoma con la entrada de uno o más salarios.

La migración también ha colaborado con el mantenimiento de algunos emprendimientos en el espacio social de origen, constituyendo una forma de ampliación del capital económico, a través del envío de remesas para su financiamiento. Para las trayectorias que arribaron a la fracción desde la clase media baja, y que no contaban con otros capitales (escolares, por ejemplo), la instalación de emprendimientos ha supuesto una incipiente fuente de promoción social.

Los miembros de la pequeña burguesía patrimonial sostienen, en general, más habitualmente jugadas colectivas: envío de remesas para sostener empresas de los vástagos, implementación de pequeños emprendimientos para emplear a la prole. La pequeña empresa, para sostenerse, necesita de un trabajo de creación de obligaciones permanente, puesto que su posibilidad de subsistencia proviene de la incondicionalidad de los miembros de la familia como mano de obra.

En cambio, los miembros de la clase media de servicios son cautivos de los modelos biográficos (Beck, 2002), que exigen a los profesionales maniobras constantes para definir ellos mismos sus itinerarios laborales (formación continua, negociación individual de salarios y condiciones laborales con superiores, búsqueda constante de mejores oportunidades de inserción, etc.), sosteniendo unas disposiciones más individualizadas respecto de quienes pertenecen a la fracción económica. Si estas disposiciones funcionan como una exhortación a ser un individuo (Castel, 2010) en las modalidades más avanzadas del trabajo inmaterial (Hardt y Negri, 2002), en los sujetos entrevistados de la fracción este requisito se ha visto vigorizado por el contexto argentino de competencia e inestabilidad, que ha obstaculizado desarrollar carreras profesionales lineales, continuas y ascendentes.

En el espacio social de origen, los profesionales y técnicos estaban sometidos a la presión de tener que ejercer las profesiones para las que se formaron –en un entorno de títulos devaluados–. La migración para algunos de estos sujetos supuso una huida provisional, ante los desajustes padecidos en origen (presiones familiares, fracaso por no encontrar colocaciones acordes a su formación). Una vez en destino, algunos sujetos se insertaron en trabajos de escasa categorización durante un tiempo, y esto les permitió acumular capital económico, que pudieron utilizar en alguna inversión (departamentos o casas, en Argentina mayormente).

Al cabo de un tiempo, algunos profesionales lograron insertarse haciendo valer sus credenciales en España. La validación de este capital se realizó por dos vías: como capital cultural institucionalizado, ligado a un valor de cambio (título) que, como analicé, resulta costoso temporal y moralmente para la mayoría de los miembros de la clase media de servicio. Sin embargo, en los mercados de trabajo funciona otra manera de hacer valer los títulos, como capital cultural incorporado, con relación a su valor de uso. Esto es más frecuente en el ámbito de las empresas privadas que, aunque no realicen un reconocimiento formal (a nivel de reconocimiento salarial, por ejemplo) sí aprovechan de facto ese capital “humano”.

Otra manera en que el capital cultural ha sido reconocido como valioso es a través de la reconversión a las actividades empresariales. En nichos de intermediación cultural, por ejemplo, el capital principal de los miembros de la clase media de servicios cumple con las expectativas que se sostienen respecto a los migrantes argentinos en España (como pertenecientes a las clases medias, con cultura, etc.).

Las reconversiones de los capitales dejan algunos vestigios en las trayectorias de los agentes. Las fracciones que provenían de una trayectoria relativamente más rica en capital cultural (con uno o ambos padres profesionales), se decepcionan de la valía de este –especialmente en su forma institucionalizada– y orientan sus actividades hacia actividades empresariales. Pero los que vienen de trayectorias familiares empresariales, evalúan persistentemente sus inserciones como profesionales de jerarquía en términos económicos, por una especie de tasa de retorno que debería devolverles tanta inversión (de tiempo, de esfuerzos, de pago de matrículas, para obtener las credenciales) en unos niveles salariales óptimos.

El capital social marcó las trayectorias previas a la emigración. Quienes tenían buenas inserciones profesionales en origen, con credenciales educativas de grado y posgrado, pudieron activarlas gracias a contar con las conexiones adecuadas. Una vez en España, también las inserciones laborales y el acceso a ciertos recursos han estado marcadas por diferentes tipos de capital social (endógeno, exógeno, alóctono), siendo el capital social exógeno el más eficiente para lograr mejores puestos (en términos salariales, de estabilidad, de perspectivas de promoción o carrera).

Una fuente incipiente de valorización de los migrantes ha sido cierto capital simbólico con que cuentan los argentinos, respecto a inmigrantes de otros orígenes nacionales. El surgimiento de este capital simbólico tiene varias fuentes: la antigüedad del contingente en España –y sus procesos de movilidad social ascendente–; la etnicidad construida en torno a los argentinos –que los identifica como descendientes de europeos–; las antiguas migraciones desde España hacia Argentina –que los representa como primos o parientes–, etc. El papel de los medios de comunicación también colabora en construir esta imagen de los argentinos como visitantes modelo, como han señalado algunos autores (Viladrich y Cook-Martin, 2008); puesto que no tienen reivindicaciones acerca de diferencias específicas y, como algunos de los entrevistados, esgrimen una buena voluntad de integración.

La clase media-baja ha sostenido unas trayectorias más dispersas. Una parte de la fracción comenzaba a mostrar una tendencia ascendente (capitalización o acumulación de alguno de los capitales principales, cultural o económico). El resto, con trayectorias estancadas en su mayoría, aspiraba a una zona de integración social de la que carecían en Argentina, debido a la desestructuración del Estado de Bienestar.

Los procesos de desclasamiento, de haberse quedado en Argentina en el cambio de siglo, hubieran tenido más probabilidades de derivar en una fuerte desprotección, quedando los sujetos en condiciones de vulnerabilidad, dado el deficitario funcionamiento de los servicios públicos y el descrédito de los instrumentos estatales de reproducción social en el periodo previo a la migración. La dependencia creciente de un régimen de informalización social –siempre supeditada al capital social– tampoco ofrecía garantías, puesto que también estaba depauperado debido a la caída de todos los miembros del grupo social, desde el relato de varios entrevistados. En España, en cambio, los inmigrantes argentinos podían proletarizarse, insertándose en una clase inferior a la que tenían en Argentina (actividades de baja cualificación, con contratos temporales, etc.); pero quedaban integrados en los sistemas de bienestar (salud, educación, nivel de consumo equivalente al de las clases medias argentinas). Todo ello sumado al efecto de invisibilidad social lograda en España, respecto a los grupos de referencia (o próximos sociales) de Argentina, consistente en cierta ocultación del desclasamiento, mediante las estrategias simbólicas que pude identificar: fingimiento del estatus logrado, adscripciones a clases que no les corresponden, estiramiento de las fronteras entre clases, desconocimiento activo de los mecanismos de diferenciación social vigentes en el espacio social español, representación de la migración como retorno, resistencias culturales, superioridad moral y cultural.

Estas estrategias simbólicas se generan en las brechas abiertas por lo que desde la psicología social se ha conceptualizado como disonancias cognitivas –respecto a dos sistemas de enclasamientos: la condición de inmigración y la adscripción de clase–, que permiten a los agentes resolver parte de las tensiones generadas a partir de la migración y del desclasamiento.

¿Hacia un campo de clases global? Las trayectorias transnacionales

En la actualidad, el estudio de las migraciones internacionales se presenta como un gran reto para pensar la desigualdad a escala mundial. Este terreno de indagación se viene pensando desde hace décadas en las ciencias sociales con creciente autonomía y desafíos de interdisciplinariedad (Castles, 2005). Desde la economía histórica se señala que en este momento las brechas espaciales de ingresos entre regiones son equivalentes a las que se pueden detectar comparando diferentes sociedades de Occidente en el lapso de un siglo (Piketty, 2015). Asimismo, se detecta la multidimensionalidad de las desigualdades en un escenario de fuertes interdependencias a escala mundial. Más allá de la dimensión económica, la incidencia de factores como el género, la etnicidad o la raza, los impactos del extractivismo y las crisis ecológicas sedimentan un escenario de fuertes asimetrías (Braig et al., 2015).

En un plano sincrónico de la desigualdad a escala global, los estudios de Korzeniewicz y Morán (2009) combinan datos sobre distribución de la renta entre países y en el interior de los Estados nación. Y concluyen que las desigualdades entre estados siguen siendo más profundas que las que se aprecian al interior de cada país en sus estructuras de clases (explicarían el 80% de la desigualdad global). Desde esta interpretación, la pertenencia nacional sería una variable fundamental para definir la posición de los individuos en una estratificación global. Por tanto, a través de saltos de categorías entre Estados, es decir, emigrando, las personas pueden mejorar sus posibilidades de posicionamiento en la distribución de la renta global.

Sin embargo, en el terreno de los estudios sobre movilidad social y estratificación, se retoman las discusiones sobre el impacto de la globalización en el aumento de la desigualdad, matizando el efecto que tiene este fenómeno sobre la estructura de clases de los países (Goldthorpe, 2010). Los estudios comparativos sobre estratificación en diferentes sociedades nacionales muestran gran correspondencia entre origen y destino de clase. La flexibilidad, la precariedad, la temporalidad de contratos característicos de la fase neoliberal del capitalismo no afecta por igual a las diferentes posiciones de la estructura social, siendo la estructura de clases el factor más importante para analizar la desigualdad de oportunidades (y la movilidad social).

La línea de trabajo en migraciones que habilita el transnacionalismo permite desbloquear algunas limitaciones inherentes a la concepción naciocéntrica de los estudios sobre la desigualdad, estimulando la visualización de conexiones entre las localidades, regiones y otras esferas supraestatales (global y transnacional). Así, Glick Schiller, basándose en el término de Sassen de las ciudades globales, toma de la geografía el concepto de saltos de escala para referirse a las modificaciones que puede acusar una localidad por el nivel de flujos que concentra (en términos de recursos y agentes). El modelo de acumulación flexible neoliberal moviliza flujos que reconfiguran la jerarquía desde lo global a lo local; siendo, no obstante, fundamental la agencia en la creación de escalas. A ello contribuyen los propios migrantes mediante sus prácticas: movilización de su fuerza de trabajo, instalación de comercios, envíos de remesas, etc.

Los aportes de esta investigación pretenden insertarse en este nudo de discusiones sobre la estratificación a escala mundial (o campo de clases globales, como horizonte interpretativo) y las migraciones como estrategias de movilidad social. La ambiciosa construcción de un objeto de este calibre tiene, por supuesto, limitaciones. La principal es la construcción de los espacios sociales, especialmente en lo que respecta al espacio social de destino, puesto que se consideraron sólo los mercados de trabajo y los marcos normativos. Sería preciso realizar una elaboración de ambos espacios (el de origen y el de destino) más equilibrada, a fin de poder trazar las homologías entre las posiciones logradas por los agentes. Tampoco se ha abordado en profundidad el espacio de los estilos de vida, especialmente en un momento histórico signado por una unificación del mercado de bienes económicos y simbólicos (Bourdieu, 1989: 31) a escala global.

En tensión con los enfoques transnacionalistas, y a partir de lo analizado, la contribución de este trabajo es que los itinerarios de los migrantes dibujan trayectorias transnacionales, aunque cuentan con capitales gestados nacionalmente. Capitales generados en un espacio de clases sociales nacional-estatal, y capitales que buscan su reconocimiento efectivo (homologaciones de títulos, acceso a la ciudadanía, participación del régimen salarial, etc.) mediante dispositivos estatales en los países de destino.

La investigación, en este sentido, ha supuesto dos momentos: uno de nacionalismo metodológico, en el que se puso en suspenso la configuración crecientemente transnacionalizada del espacio social; y otro momento transnacional. En el primer momento intenté captar el espacio de clases argentino en su configuración y en sus transformaciones, para situar a las fracciones de las clases medias. Luego, consideré un momento transnacional, a partir de la conformación de unas disposiciones y posibilidades que se plasman trascendiendo las fronteras estatales, a escala global. Los sujetos comienzan a contar con los recursos del mundo (globalización por abajo, Portes, 1999), y el efecto campo de otros campos de clases sociales comienzan a ejercer su fuerza sobre ellos. Las estrategias migratorias, originadas en un espacio social nacional gestan trayectorias transnacionales.

Trabajar desde la consideración de dos espacios sociales nacionales, si bien es un pequeño avance hacia una óptica transnacional, continúa bajo la lógica del nacionalismo metodológico. La confección doble de los espacios sociales (como espacios de posiciones y como espacios de estilos de vida) resulta una tarea que desborda los límites de una investigación individual, pues requeriría del trabajo en equipos de investigación y de recursos para elaborar los sistemas de relaciones adecuados, a fin de poder establecer comparaciones y buscar homologías entre ellos.

De otra parte, una configuración de clases a nivel global, un campo de clases a escala mundial no es algo que se pueda contrastar empíricamente de modo sencillo. La cantidad de datos requeridos para la construcción del espacio de las clases sociales en la paradigmática obra de Bourdieu, La distinción, para el caso de Francia, hace difícil su réplica a otras sociedades (Mendras, 1999). Sumado a ello, las comparaciones internacionales son difíciles de llevar a cabo, puesto que se puede comparar lo no comparable, omitiendo los procesos de producción históricos que dan lugar a una morfología determinada del espacio social.

Sin embargo, existen líneas de trabajo que están investigando en esta dirección, generando las condiciones de posibilidad de un trabajo colectivo comparativo, que requiere de una labor rigurosa de elaboración de los sistemas de relaciones que configuran los espacios. Es decir, afrontando, a propósito de objetos empíricos diferentes, un mismo objeto construido: el espacio social (Wagner, 2005: 350). Estas indagaciones supondrán profundizar una línea de análisis transnacional, permitiendo visualizar mejor los procesos sociales a través de las fronteras de los estados, aunque sin abandonar las demás escalas relevantes en la configuración de estos.


  1. Ni Argentina es tan periférica, ni España es tan central. Según los indicadores internacionales sobre desarrollo humano al momento del estudio (Índice de Desarrollo Humano, 2010) los índices eran del 0,863 para España, y del 0,775 para Argentina (frente al 0,695 de Ecuador o al 0,643 de Bolivia; países cuyos flujos migratorios crecieron notablemente en esa década; Colectivo Ioé y Fernández, 2010). En las posiciones, España está en el puesto 20, mientras que Argentina en el 46 (Ecuador en el 77 y Bolivia en el 95).
  2. En el marco de las discusiones sobre la individualización y la reflexividad en la modernidad tardía, Sweetman (2003) analiza los presupuestos que la teoría bourdieusiana ofrece para considerar la emergencia de prácticas reflexivas, y señala que éstas, “a pesar del habitus”, se producen cuando hay disyunciones entre este y un campo. De acuerdo con el argumento del autor, las crisis de los habitus obligan a una reflexividad mayor para orientar las prácticas, llegando incluso a plantear una especie de oxímoron: los habitus reflexivos producirían una forma irreflexiva de reflexividad.


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