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Transformaciones de las clases medias argentinas (1945-2001)

Pensar en términos de espacio social el conjunto de las clases sociales argentinas es el punto de partida para la comprensión de las posiciones de los diferentes tipos de agentes, y a partir de éstas, de sus disposiciones y sus tomas de posición. Entre todas las tomas de posición, me interesa especialmente circunscribir la estrategia migratoria de reproducción social. Sin embargo, entramar esta estrategia particular dentro de las estrategias posibles, en un momento histórico dado, exige reconstruir el estado de los mecanismos de reproducción social, tal y como han marcado su impacto en la estructura social argentina.

La composición actual de las clases, así como sus mutaciones (especialmente profundas en la segunda mitad del siglo XX), posibilita establecer un cuadro de situación del contexto de producción de las migraciones, entendidas como estrategias susceptibles de ser elaboradas a partir de posiciones relacionales. La reconstrucción histórica de estos procesos se sostiene en los modelos de acumulación: agroexportador, industrializador por sustitución de importaciones y aperturista (Torrado, 2002 y 2003) vigentes en el país durante el pasado siglo, que establecen condiciones de posibilidad generales para las clases medias –migrantes y no migrantes–. La periodización comienza con la asunción del primer peronismo (1945) y se detiene en el año 2001, que es el momento bisagra en las trayectorias de las personas entrevistadas. En algunos momentos de la narración, sin embargo, me remonto a momentos previos, para comprender la génesis de algunos de los procesos analizados.

A continuación, se presenta una caracterización de los efectos que los modelos de acumulación tuvieron sobre las clases medias a nivel estructural desde principios del siglo XX hasta inicios del XXI. Cada uno de estos modelos ha incidido de manera particular en la configuración de la estructura de clases sociales: al orientar la inversión hacia determinados sectores productivos, induciendo la creación o destrucción de puestos de trabajo; o al apoyarse de manera diferente en los mecanismos escolares de reproducción social. Asimismo, cada modelo ha podido implementarse con la participación del Estado –mediante su papel en la regulación de las relaciones sociales– y de diferentes alianzas entre las fracciones de las clases dominantes con las clases medias y con las clases populares, expresando las pugnas por la imposición de un modo de dominación legítimo en Argentina (Torrado, 2003).

Los modelos de acumulación y los mecanismos de reproducción social

Las propiedades pertinentes que configuran las posiciones de los agentes, en la dinámica argentina de las clases sociales, pueden definirse en términos de capitales: económico; cultural –de tipo escolar– y social. Tal definición está sustentada en los datos disponibles y los análisis existentes acerca de las condiciones de vida de la población y los procesos de movilidad social, con sus respectivas morfologías de la estructura social durante el siglo XX. Esto significa poner en relación la existencia (o ausencia) de los capitales con los procesos concretos de movilidad social, suponiendo cierta eficiencia de estos –evidentemente, no de manera causal, sino por la combinación de porciones variables de los capitales y su activación mediante las disposiciones–, vinculada a los diferentes momentos de generación de estos movimientos. A través del análisis de las estructuras productivas, de la evolución de los mercados de trabajo y escolares –por ejemplo, la distribución del ingreso, la generación de empleo en diferentes sectores de actividad o las transformaciones de matrículas educativas – y sus impactos en el cambio en las condiciones de vida de la población, se presenta una reconstrucción de la evolución de las clases medias en Argentina.

Para contextualizar, es preciso señalar que el desarrollo de Argentina ha estado pautado, como el de tantos países periféricos, por una economía de adaptación (Nochteff, 1995). Esto significa que su comportamiento es el de ajuste a las oportunidades creadas por otras economías (más desarrolladas, desde el punto de vista tecnológico). Y este modelo de comportamiento económico adaptativo no es una excepción en el desarrollo del siglo XX, más bien constituye la norma. Así, en base a este comportamiento adaptativo, no hay un desarrollo por etapas o ciclos, sino una serie de burbujas u opciones blandas, que no son capaces de generar un ciclo de crecimiento sostenido en el largo plazo[1].

Este carácter subsidiario del desarrollo económico a las oportunidades coyunturales de acumulación ha definido lo que Susana Torrado clasifica como modelos de acumulación, y que define como como:

[…] estrategias de acción (objetivos, proyectos y prácticas políticas) relativas a los factores fundamentales que aseguran la acumulación capitalista (cómo se genera, cuáles son los elementos que condicionan su dinamismo, cómo se distribuye el excedente) y que son dominantes en una sociedad concreta en un momento histórico determinado. La vigencia de un modelo de acumulación es la resultante de diversos factores: la existencia en la sociedad de estrategias alternativas correspondientes a las diferentes clases sociales o segmentos de clase en presencia; las relaciones de alianza o de conflicto que se establecen entre las fuerzas sociales que representan a dichas clases; la correlativa estructura de poder; la capacidad de dichas fuerzas sociales –aisladas o coaligadas (formando en este último caso un bloque dominante– de imponer sus propias estrategias de acción al conjunto de la sociedad a través del ejercicio del poder (instrumentación del Estado) y de diversos mecanismos de legitimación. (Torrado, 2002: 29).

Los diferentes modelos de acumulación, cada uno con su andamiaje institucional, propician el desarrollo y funcionamiento de mecanismos de reproducción social. Entre los mecanismos de reproducción social que señala Bourdieu (2011), el mercado de trabajo y el mercado escolar –además del derecho– son los más eficaces en las sociedades diferenciadas, puesto que aseguran el volumen y la estructura de los capitales. Mecanismos que, a su vez, funcionan como administradores de los principales capitales que perfilan la definición de las clases medias: económico y cultural. En el esquema bourdieusiano, estos mecanismos de reproducción social se ponen en relación con el sistema de estrategias de reproducción social, configurando modos de reproducción social (Bourdieu, 2011).

Esta lectura intenta esbozar un proceso de transformación de las clases medias para poder sostener algunas interpretaciones que se realizan en el análisis cualitativo. Transformación que, evidentemente, se encuentra vinculada a procesos macrosociales: oportunidades ocupacionales y educativas, el papel del Estado, las migraciones internacionales e internas, el prestigio diferente atribuido a las ascendencias étnicas (Dalle, 2010) que, en conjunto, significaron una época de expansión y otra de estancamiento de las clases medias argentinas.

Como corolario de cada uno de estos momentos se caracterizan dos estados (cada uno supone un conjunto de condiciones de posibilidad u oportunidades) de la reproducción social de las clases medias. Aun sabiendo que, en la dinámica de la historia social, difícil es que suceda un perfecto acompasamiento entre la generación de disposiciones y las posibilidades de actualizarlas (Martín Criado, 2006), sino que sucede una continua rectificación de pretensiones y condiciones, que ajustan expectativas y viabilidades. En este reajuste, las clases en mejores condiciones de anticiparse a los requerimientos de los mercados (laboral y escolar), son las que dominan los mecanismos de reproducción social, teniendo incluso la capacidad de anticiparse a cualquier devaluación. Son, en términos de Bourdieu (2011), quienes monopolizan los posibles. En el primer momento, propio de la etapa de industrialización, los mecanismos de reproducción se encontraban vinculados al Estado. En tanto que, en el segundo momento que analizo aquí, los mecanismos de reproducción se ligan especialmente al mercado.

Expansión de las clases medias (1945-1975)

Muchos y variados han sido los procesos históricos que han marcado su impronta en la configuración de la estructura de clases argentina durante el siglo XIX y XX. El modo en que Argentina se insertó en la economía-mundo capitalista a partir de la división internacional del trabajo supuso una gran transformación en la composición social y étnica del país. El modelo agroexportador implementado a finales del siglo XIX dejó como principal huella la importante afluencia migratoria desde Europa, configurando una estructura social urbana, con un componente mayoritario de población blanca. La ciudadanía argentina ideal de principios de siglo XX suponía ser políticamente razonable, blanca y de origen europeo y pampeano (Adamovsky, 2009). Es preciso resaltar que uno de los objetivos de promover la inmigración transatlántica era, precisamente, modificar la composición étnica de la población criolla resultante de la época colonial (Dalle, 2010). Pero los grupos de inmigrantes provenientes de diferentes países eran difícilmente asimilables a los patrones de homogeneidad que se pretendían instalar entonces. Así, dado que el “proceso de argentinización de Argentina” (Germani, 1977: 294) convivió con más de una cuarta parte de la población extranjera, la educación jugó un papel fundamental para la construcción de la nación argentina[2] (Halperin Donghi, 1992; Grimson, 2006). Transformación étnica, junto con la temprana expansión de la educación obligatoria, se sumaron a un importante desarrollo económico, que se dio bajo la forma de un crecimiento espectacular del volumen y valor de las exportaciones –el Producto Interno Bruto (en adelante, PIB) per cápita creció en esos años, a pesar del exponencial incremento demográfico (Torrado, 2003)–.

El relativo proceso de ascenso social de muchos de los inmigrantes transatlánticos y de sus descendientes produjo el rechazo de las elites patricias que buscaban distinguirse en base a un derecho de antigüedad en el territorio argentino (Devoto, 2001). Se estableció entonces en la sociedad argentina de entreguerras una especie de jerarquía de prejuicios: de las elites criollas hacia las clases medias de origen inmigratorio, y de éstas hacia las clases bajas nativas (Devoto, 2003). A su vez, el posicionamiento social de los inmigrantes dependía en gran medida de la antigüedad de asentamiento en el país y de los orígenes sociales de los migrantes. No obstante, la expansión de las clases medias en el periodo de entreguerras fue muy notable, especialmente entre la población de origen extranjero: hacia el año 1935 el 54% de los propietarios industriales –mayormente pequeños emprendimientos– era extranjero para el total del país. En algunas ciudades y provincias se encontraban aún más concentrados: 61% en Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA, en adelante) o 72% en Misiones. Asimismo, muchos inmigrantes y sus hijos pudieron afianzar sus posiciones en las clases medias por la expansión del empleo y de los salarios estatales durante el yrigoyenismo, y por “el cambio de grupo de referencia, del país de origen al país de recepción, de los descendientes de inmigrantes” (Devoto, 2003: 371)[3].

A raíz de la crisis mundial de 1929 este modelo se tambaleó, y se comenzó a definir otro de carácter industrializador que pretendía reemplazar la importación de manufacturas (modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones, ISI en adelante). En ese contexto, la disminución de las exportaciones y el freno al ingreso de capital extranjero del periodo de entreguerras modificaron la dirección del modelo de acumulación, orientándose a partir de entonces hacia la producción industrial.

El desarrollo de la industria en Argentina se dirigió principalmente hacia el mercado interno, debido al incremento de la demanda de bienes de consumo masivo generada por el aumento del salario real. Desde los estudios de economía y sociología histórica han sido conceptualizadas diferentes maneras de aplicación de la industrialización al desarrollo económico: se define una ISI distribucionista (1945-1957) y una ISI desarrollista (1958-1975). Como característica común a los dos momentos se dio una expansión de la mano de obra urbana, que se insertó en diferentes sectores, alimentada por las migraciones internas (rural-urbanas). A nivel del mercado escolar, la expansión del nivel educativo formal al conjunto de la población fue uno de los rasgos más importantes (Torrado, 2003).

En conjunto, en el periodo de las dos ISIs, entre 1947-1970 el sector industrial aumentó su participación en el PIB (Tabla 1) y en la ocupación (Tabla 2). Mientras, en el sector agropecuario disminuyó el empleo, siendo la industria una de las principales fuentes de creación de empleo urbano. Este proceso generó la absorción de gran parte de la población que migraba desde las provincias hacia los conglomerados urbanos, expulsada de las actividades rurales vinculadas al anterior modelo agroexportador.

Tabla 1: Producto Interno Bruto. Total y por grandes sectores. 1947 – 1990

Variación anual promedio (%)

47-60

60-70

70-80

80-90

47-90

1. Industria

4,7

5,7

2,3

-1,4

2,9

2. Servicios modernos*

5,9

4,4

3,9

0,2

3,7

3. Construcción

8,1

6,4

4,6

-6,7

3,3

4. Comercio

-0,3

3,7

3,3

-3,3

0,7

5. Serv. Sociales y Personales

5,5

3,1

3,1

1,0

3,3

Subtotal

3,9

4,6

3,0

-1,2

2,6

6. Primario

1,1

3,0

1,0

1,4

1,6

Total

3,4

4,4

2,7

-0,9

2,5

Fuente: BCRA, Sistema de cuentas del producto e ingreso. *Comprende las grandes divisiones: electricidad, gas y agua; transporte, almacenamiento y comunicaciones; y establecimientos financieros, seguros y bienes inmuebles (Monza, 1993: 78).

La rápida expansión del sector terciario y de la construcción también generó empleo urbano, traduciéndose en modificaciones en la ocupación y la composición sectorial del PIB. A pesar de estas tendencias en el sector terciario, los puestos de trabajo en esta etapa aumentaron notoriamente en la industria[4] (de 15% en 1947 al 28% en 1960; Tabla 2).

Tabla 2: Ocupados. Composición por sector. 1947-1980 (%)

Sector

1947

1960

1970

1980

Total

100

100

100

100

1. Agropecuario

26,6

20,1

16,2

13,2

2. Construcción

4,8

6,2

8,6

10,9

3. Industria, minería y electricidad, gas y agua

14,9

27,9

23,2

21,7

4. Terciario

43,7

45,8

52,0

54,2

Fuente: Proyecto ARG/87/003 “El terciario argentino y el ajuste del mercado de trabajo urbano”, documento de trabajo, abril de 1986 (Monza, 1993: 86).

La huella de este modelo en la estructura social implicó una relativa expansión de las clases medias, tanto autónoma como asalariada[5] (entre 1947 y 1960 el volumen total pasó del 40,6% al 42,7% de la población total; ver Tabla 3), mientras que disminuyó levemente la clase obrera (del 49,6% al 48,5%, para los mismos años). Al crecimiento de los pequeños propietarios de la industria y el comercio se sumó un importante sector de las clases medias que ingresó en la administración estatal, siendo ésta uno de los principales mecanismos de reproducción social de las clases medias, que desde entonces mantuvieron una relación especial con el Estado (Minujin y Anguita, 2004).

Por otra parte, los migrantes internos engrosaron las posiciones de obreros asalariados. Aunque muchos migrantes también se incorporaron al servicio doméstico y a puestos manuales no calificados, las diferencias regionales –especialmente rural/urbanas–, podrían indicar una mejora en las condiciones de vida, por el acceso a bienes y servicios en el contexto de desarrollo extendido en las ciudades. Asimismo, el aumento de los salarios directos e indirectos significó mejoras en las condiciones de vida de la población, especialmente en educación, salud y vivienda, por la participación de los sindicatos en la definición de políticas sociales (Novick, 2001). Cabe destacar que el modelo de Estado de Bienestar que se desarrolló en Argentina se corresponde al denominado por Esping-Andersen como conservador-corporativo. En este modelo la protección social está mediada por la pertenencia a un grupo de trabajo (sindicato) que gestiona la seguridad social de sus trabajadores. Además de estar apoyado en el supuesto de pleno empleo, en este modelo el Estado cumple un rol subsidiario de otras instituciones –como la iglesia, los sindicatos, las asociaciones privadas, etc.– en cuanto a la protección social, estando destinado principalmente a los pobres, que gozarían de diferentes beneficios que los asalariados (Kessler, 1998).

Tabla 3: Fuerza de trabajo urbana (a): según clases y estratos sociales.
Total del país, 1947-1991

Clases y estratos sociales

1947

1960

1970

1980

1991*

PA** URBANA (a) TOTAL

100

100

100

100

100

(en miles)

(4.621)

(6.022)

(7.440)

(8.684)

(10.850)

CLASE ALTA

0,5

0,6

0,8

0,9

1,2

CLASE MEDIA TOTAL

40,6

42,7

44,9

47,4

38,0

CLASE MEDIA AUTONOMA

14,0

14,3

11,8

12,5

11,6

-Industriales

2,5

2,8

1,2

1,3

1,9

-Comerciales

7,6

7,4

7,7

8,4

6,0

-Resto

3,9

4,1

2,9

2,8

3,7

CLASE MEDIA ASALARIADA

26,6

28,4

33,1

34,9

26,4

-Profesionales

1,9

1,8

2,3

3,4

3,6

-Técnicos

6,1

5,8

7,5

9,1

11,5

-Empleados administrativos

10,9

14,9

16,6

14,7

8,3

-Vendedores de comercio

7,7

5,9

6,7

7,7

3,0

CLASE OBRERA TOTAL

49,6

48,5

45,2

40,2

42,9

CLASE OBRERA AUTONOMA

4,6

5,1

6,5

6,6

8,3

-Artesanos de la manufactura

3,6

3,3

2,7

2,8

3,2

-Trabajadores calificados de serv.

1,0

1,8

3,8

3,8

5,1

CLASE OBRERA ASALARIADA

45,0

43,4

38,7

33,6

34,6

-Obreros de la industria

22,6

21,1

16,515,0

10,9

-Obreros de la construcción

5,1

5,4

7,0

6,4

6,1

-Resto

17,3

16,9

15,2

12,2

17,6

ESTRATO MARGINAL

9,3

8,2

9,1

11,5

17,9

-Peones de la construcción y servicios

0,5

1,1

1,9

4,5

7,6

-Empleados domésticos

8,8

7,1

7,2

7,0

10,3

Fuente: Torrado (2003: 53) – (a) No agropecuaria – *En el censo 1991 se cambió la definición de Población Activa. El efecto fue la captación mayor de empleo femenino (especialmente de carácter esporádico, de tiempo parcial e informal, como el servicio doméstico); sobreestimando el estrato marginal, y subestimando los restantes estratos en 1991. Aunque según Torrado, no se alteran las tendencias generales (2003: 67). **PA: Población Activa.

Respecto al mercado escolar, en este periodo se expande la alfabetización, aunque con diferencias entre ámbitos rurales/urbanos, y entre hombres/mujeres. También se pone de manifiesto la capacidad del sistema escolar para posibilitar el acceso de la población infantil, pero con importantes déficits de retención (Torrado, 2003). Si bien los requisitos del mercado laboral no superaban las credenciales expedidas por la escuela primaria –especialmente para el ingreso a los puestos inferiores de la administración estatal–; pronto comenzó una veloz expansión de la matrícula de escuela secundaria. Hacia 1955 la matrícula femenina superaba a la masculina en el nivel medio, y los títulos que se podían obtener eran: magisterio, bachillerato y comercial[6]. Simultáneamente, en este periodo comienza a crecer la matrícula universitaria, con tímidas pero crecientes participaciones femeninas (hacia 1940 el 13% del estudiantado eran mujeres; Torrado, 2003: 202), principalmente procedentes de clases medias urbanas. Sin embargo, poco a poco se fueron incorporando también desde sectores populares y clases medias bajas y obreras, gracias a la gratuidad de la enseñanza (a mediados de 1960, el 30% de los egresados eran mujeres; Barrancos, 2012). También se extendió otro tipo de formación para acompañar el proceso de industrialización en ciernes: las escuelas industriales y técnicas (Silva, 2006).

De acuerdo con este análisis (Tabla 3), hubo entre los años 1947-1970 un desplazamiento desde la (pequeña) industria –de 2,5% a 1,2%– hacia posiciones sociales análogas en el sector terciario (pequeños propietarios de comercios y servicios, que se mantuvieron en un 7,7%). Esto supuso un cambio de la actividad, aunque en la estructura del capital seguía siendo prioritario el económico. La otra fracción de la clase media, la asalariada, aumentó notablemente, alcanzando durante esta etapa su ritmo más rápido de expansión (de 27% a 33% en conjunto), a partir, posiblemente, de una inversión previa en credenciales educativas[7], lo que habilitó inserciones laborales en categorías ocupacionales de mayor requerimiento educacional (y engrosando, de este modo, las categorías de profesionales y técnicos).

La época dorada: las clases medias como horizonte de posibilidad (1945-1975)

Luego de revisar apretadamente cómo se han configurado las diferentes clases y fracciones de clases en las tres décadas de la etapa de Industrialización por Sustitución de Importaciones en Argentina, se pueden identificar las diferentes oportunidades de configuración de las posiciones medias de la estructura social. Posiciones que se han visto viabilizadas por evoluciones, no siempre sincronizadas, de los diferentes mecanismos de reproducción social.

Durante ese periodo dorado, coincidente con la edad de oro del capitalismo posterior a la Segunda Guerra Mundial (Hobsbawn, 2008) y pese a la alternancia política en Argentina entre gobiernos militares y civiles, funcionaban ciertas condiciones de posibilidad que sustentaron –a nivel ideológico– la pretensión de una movilidad ascendente. A partir de la organización del Estado-nación, y en base a uno de sus principales ejes de articulación, la inmigración transatlántica, se fue consolidando en el plano de las representaciones, pero también en el plano objetivo (en torno al 40% de la población activa, de acuerdo con las estimaciones de Torrado, 2002), una abigarrada clase media. No significa esto que la sociedad argentina haya sido una sociedad de clases medias. Pero sí que, dada la combinación de factores históricos y estructurales analizados, se experimentó una movilidad social de tipo ascendente que, grosso modo, se puede identificar con la mejora de las condiciones de vida en el marco de un proceso de modernización. Ya mencioné que parte de este ascenso se debió a las humildes posiciones de partida –contextos rurales, tanto de migrantes interiores como para muchos inmigrantes de origen europeo– y, también que esto ocurrió en un momento de desarrollo y expansión de posiciones, debido a las transformaciones de las estructuras económica, social y política.

Como en otros países de fuerte inmigración a principios del siglo XX, en Argentina operaba el mito de hacer la América, en parte, debido al rápido éxito que lograron muchos emprendedores de la época. Hacia 1914, las tres cuartas partes de la burguesía urbana –comercial e industrial– estaba conformada por extranjeros. Asimismo, éstos constituían dos tercios de los trabajadores de cuello blanco del sector privado. Para Germani, quien fue testigo de esta rápida movilidad ascendente, los principales protagonistas fueron los inmigrantes y sus hijos. “Muy pocos de los inmigrantes tenían antecedentes de clase media. Como resultado, la nueva clase media argentina, reclutada en gran medida entre los inmigrantes, tuvo en su mayoría su origen en la clase baja” (Germani, 1977: 266).

En síntesis, las dos etapas de Industrialización por Sustitución de Importaciones pueden caracterizarse con procesos de movilidad social ascendente, con una serie de matizaciones. En primer término, se trató fundamentalmente de una movilidad que acompañó un proceso de desarrollo y modernización. Esto significa que puede calificarse esta movilidad como estructural, es decir, como la modificación en el número relativo de posiciones a cubrir para cada estrato. En segundo lugar, el alto porcentaje de población asalariada (72% del total de ocupados de clase media y obrera) sugiere poca incidencia de empresarios y de trabajadores autónomos. La relación salarial además supuso, para este periodo, inclusión social, en la modalidad de Estado de Bienestar argentino, que pasa por ser trabajador en etapas de pleno empleo. La mayor expansión se registró entre la clase media asalariada, mayormente entre profesionales, técnicos y empleados administrativos y de comercio; vinculando de manera duradera la educación secundaria y universitaria como mecanismo de reproducción social para aumentar o conservar el volumen global de capital. Por último, la mayoría de los desplazamientos sucedieron de manera intergeneracional, es decir, de padres a hijos. Esto sugiere una acumulación en dos tiempos: primero, mediante la acumulación de capital económico que posibilitó un segundo momento, más apoyado en inversiones educativas (capital cultural de tipo escolar).

Respecto a las posiciones de clase media autónoma, el desarrollo de la primera industrialización favoreció la expansión de estas posiciones, siendo éstas mayormente de carácter empresarial (en industria y en comercio). En este sentido, puede hipotetizarse la existencia de cierto habitus capitalista disperso, dada la cantidad de empresarios pequeños y medianos en los años cincuenta. Se trata de pequeños emprendedores capitalistas que aprovecharon los mecanismos de reproducción que regulaban las estructuras estatales (por ejemplo, el acceso al crédito), aunque quizá no adaptados a las condiciones cambiantes e inestables de la economía en Argentina. Amén a esto, la inexistencia de un tejido sólido de pequeños agricultores o ganaderos (al estilo farmer de otras latitudes), que sirviera de base a la conformación de unas disposiciones de tipo económico-empresarial, puede haber menguado las posibilidades de conformación de un empresariado estable. Las condiciones requeridas para la emergencia de disposiciones capitalistas, esto es: la existencia en la estructura patrimonial de un capital económico a reproducir, pero también de un capital cultural (como conjunto de disposiciones incorporadas de ahorro y cálculo) que supiera reconocer las ocasiones potenciales; y finalmente de una trayectoria que oriente las inversiones hacia los nichos adecuados en los momentos oportunos), muy probablemente no estaban presentes en el momento de la gran pequeña burguesía en la Argentina de los años 1940 y 1950. Además, la emergencia de una burguesía (grande o pequeña) en Argentina ha tenido que contar con la existencia de una fuerte oligarquía, bien posicionada desde la época postcolonial, que ha monopolizado la actividad económica a través de la exportación de materias primas y el manejo de divisas internacionales.

Declive de las clases medias (1976-2001)

A partir de la última dictadura militar (1976) comenzó a virar el rumbo de la economía hacia un modelo aperturista. Este consistió en la adaptación de las élites locales a las oportunidades creadas por la alta liquidez y las bajas tasas de interés a nivel internacional (Nochteff, 1995).

La mutación de lo que podría denominarse el modo de dominación[8] (Weber, 1992; Bourdieu, 2011) y el cambio en el modelo de acumulación (Torrado, 2002), generó un fuerte impacto transformador en la estructura y relaciones de las clases sociales argentinas. El modo de dominación que rige las relaciones entre las clases desde entonces se sustenta en lo que Lozano denominó una trilogía de la violencia (2001: 126): violencia sobre los cuerpos (represión, desaparición y asesinato), violencia de la moneda (hiperinflación) y violencia del desempleo; manteniendo un sistema de permanente coacción sobre el conjunto de la sociedad.

La alianza que lideró este modelo estuvo conformada por el estamento militar, el segmento más concentrado de la burguesía nacional y las empresas transnacionales. A través del golpe de Estado de 1976 se apuntó a lograr un disciplinamiento social generalizado, mediante un cambio drástico de la antigua estructura de las relaciones económicas, sociales y políticas. Se dio una interrupción del modelo de industrialización que venía funcionando desde los años 1930, como objetivo central del proceso de desarrollo (Torrado, 2003; Nochteff, 1995).

La dictadura militar instauró un nuevo patrón de acumulación, basado en la valorización financiera (Basualdo, 2001). La Reforma Financiera de 1977, consistente en una apertura del mercado de bienes y capitales (que destruyó la incipiente industria nacional), y el recurrente mecanismo del endeudamiento externo, se consolidan como dos pilares fundamentales de este modelo. Deuda que, tomada principalmente por empresas privadas, no se adquirió para realizar inversiones productivas, sino para obtener renta mediante colocaciones financieras, dando lugar a la fuga de capitales al extranjero (Basualdo, 2001; Nochteff, 1995).

La implementación de este modelo generó cambios regresivos en el sistema de estratificación social. En efecto, la expansión en las décadas anteriores de la estructura productiva industrial y del Estado de Bienestar había consolidado un sistema de estratificación relativamente abierto e integrado (Dalle, 2010), que comenzó a desarticularse entre 1970-1980. Durante 1980, Argentina –al igual que otros países latinoamericanos– transita la compleja dialéctica de sumisión a los organismos internacionales de crédito (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial) por la deuda externa, estatizada durante la dictadura[9]. La concesión de préstamos se supeditó desde entonces a la realización de reformas estructurales, orientadas a la desregulación económica y a la preponderancia del sector exportador para lograr la inserción en el mercado mundial[10].

En el año 1991 se implementa el Plan de Convertibilidad. Éste homologaba el valor nominal de la moneda local (que comenzó a denominarse peso convertible) con el dólar, a fin de resolver el problema crónico de inflación e hiperinflación. En los diez años que estuvo vigente esta medida, de hecho, la inflación fue muy baja. El bajo precio del dólar, junto con las medidas de apertura de mercados, facilitaron la importación de bienes y servicios de otros países, lo que fomentó el debilitamiento de la industria local.

En este periodo sucede en Argentina lo que en muchos países del entorno latinoamericano que aplicaron políticas económicas neoliberales: se registra crecimiento económico con aumento de las desigualdades sociales y de las brechas salariales. El PIB creció en promedio un 5,3% anual, y la productividad, un 4,8% anual; ambos datos superiores respecto al contexto latinoamericano (Filmus et al., 2001: 81). Sin embargo, el deterioro del mercado de trabajo también es superior a la media de la región, afectando los niveles salariales, la distribución de los ingresos, la informalidad, la sub y sobre ocupación horaria, etc.[11].

Algunos indicadores evidencian la profunda transformación en la estructura productiva y su impacto en las clases sociales entre 1976 y 2001. En términos económicos, los resultados del periodo 1970-1980 revelan un crecimiento del PIB menor que el de las dos etapas ISIs. Lo mismo ocurrió en la década siguiente (1980-1990), llegando incluso a mostrar valores negativos (Tabla 1). En el sector industrial se produjo un quiebre respecto a las tendencias del modelo anterior: tanto el crecimiento de su producto como de la ocupación industrial crecieron muy lentamente, respecto a los demás sectores urbanos (Tabla 2). Mientras que el sector terciario y de la construcción experimentan un aumento en la generación de empleos, siendo que su crecimiento en productividad es menor que en la etapa anterior (Tablas 1 y 2).

La distribución del ingreso evolucionó de manera regresiva desde la década de 1970 (Tabla 4), concentrándose el ingreso en el decil superior (Beccaria, 1997). El estrato superior pasó de percibir el 28% del ingreso en 1974 al 37% en 1988. Lo llamativo es que esta concentración ocurrió para todas las categorías de ocupación: asalariados, no asalariados y jubilados. Mientras, los otros dos estratos –que combinan los nueve deciles restantes– descendieron la participación en la distribución del ingreso en todas las categorías. Durante la dictadura se eliminaron los convenios colectivos por rama de actividad y se debilitó el poder de negociación de los sindicatos. También se liberalizaron los criterios con los que las empresas fijaban premios y pagas de los convenios colectivos, a la par que se desvinculó el aumento de remuneraciones del incremento de la inflación (Beccaria, 1997: 99).

Tabla 4: Distribución del ingreso del conjunto de perceptores – Gran Buenos Aires

 

Estratos de ingreso*

Inferior

Medio

Superior

1974

Asalariados

10,5

63,9

25,6

Restoocupados

8,7

68,6

23,7

Jubilados

20,4

36,0

43,6

Total

11,4

60,6

28,1

1988

Asalariados

8,3

59,1

32,6

Resto ocupados

6,9

36,4

29,5

Jubilados

18,3

29,0

52,7

Total

9,2

53,3

36,8

Fuente: elaborado por Beccaria, en base a datos de la Encuesta Permanente de Hogares del Gran Buenos Aires (Beccaria, 1997: 102). *Los estratos de ingreso agrupan los deciles de ingreso. El “inferior” incluye a los hogares de los tres deciles de menores ingresos, el “medio” abarca entre los deciles 4 y 9 (el 60% de la población) mientras que el “superior” abarca sólo al 10% más rico.

Algunas interpretaciones apuntan a la coexistencia de un tejido productivo muy heterogéneo, donde las grandes firmas compiten con pequeñas y medianas, para explicar estos desarrollos tan dispares de los ingresos. Las diferencias en la productividad y en la cantidad de empleados, así como en las estrategias de ajuste aplicados por cada tipo de empresa, también marcaron su huella en la distribución de ingresos, dando por resultado la creciente diferenciación salarial por empresa (Murmis y Feldman, 1997).

La evolución del mercado de trabajo deja como principal característica una amplia creación del empleo en posiciones autónomas, que difícilmente es interpretable como de movilidad ascendente[12]. Del lado de la mano de obra, el nivel de crecimiento disminuyó en esta etapa, por un freno en el aumento de la Población Activa. Es interesante señalar que, entre todos los factores que contribuyen a este proceso de detracción de la población activa, ya comienzan a visibilizarse las emigraciones de argentinos al extranjero como uno de ellos[13] (Torrado, 2003).

Las consecuencias de este modelo en la estructura social apuntalan una movilidad social descendente, tanto respecto a los puestos ocupados como a los ingresos. Aunque también hubo, en menor medida, movimientos ascendentes. Es interesante observar la dinámica específica de las distintas clases y fracciones.

La clase media autónoma aumenta en la década de 1980 (sobre todo en el comercio, ver Tabla 3), alimentada posiblemente de asalariados de clase obrera y de clase media que perdieron sus antiguas posiciones, con una probable participación de trabajadores marginales en este estrato. La clase media asalariada crece dos puntos porcentuales –a un ritmo menor que en las etapas anteriores–, expandiéndose más el segmento técnico-profesional, que el de los empleados o vendedores. Según algunas interpretaciones, las titulaciones parecen ser la principal variable que explicaría, asimismo, las desigualdades en la distribución de las remuneraciones, especialmente los ingresos percibidos por profesionales y empleados calificados, respecto a los obreros y empleados de baja calificación (Beccaria, 1997). A lo largo de 1990 los trabajadores con estudios superiores lograron mantenerse con tasas de desempleo que no llegaron a la mitad del que alcanzaron las otras categorías, con menor nivel de escolaridad (Altimir y Beccaria, 2001).

Respecto a la clase obrera, casi todo el crecimiento corresponde al estrato autónomo, reclutado de trabajadores asalariados urbanos que perdieron sus antiguas posiciones durante el proceso de apertura económica. Posiblemente, el crecimiento de la construcción fuera el destino laboral de muchos obreros, sector que acumulaba el 11% de los ocupados en 1980 (ver Tabla 2). Comienza también una fase de desalarización acelerada de la clase obrera, generando importantes consecuencias en el empeoramiento de la calidad de vida de la población afectada. Así, en este periodo desciende el porcentaje de trabajadores asalariados sobre el total de la PEA: en 1970 eran casi el 72%, en 1980 representan el 68,5% y en 1991 el 61% (Tabla 3). En paralelo, la clase media se retrajo del 47% de 1980 a 38% en 1991, la clase obrera aumentó de 40 a 43%, así como el estrato marginal (de 11,5 a 18%, en el mismo periodo). La desalarización de los trabajadores se suma al fenómeno ya existente del cuentapropismo[14], que durante esta etapa se intensifica notablemente, junto con la precarización de las relaciones salariales. En suma, a partir del modelo aperturista, el cuentapropismo se vincula a la aparición de asalariados ocultos, especialmente en la construcción, y de trabajadores marginales.

Los desplazamientos señalados fueron fundamentalmente de carácter intrageneracional (Torrado, 2003), y pueden interpretarse en términos de reconversión de capitales, pero también de acumulación del capital predominante desde el origen familiar. Como señalo en páginas precedentes, dos procesos son llamativos de este periodo: 1) el aumento de técnicos y de profesionales, y 2) la desalarización y depreciación salarial.

El aumento de técnicos y profesionales puede sugerir una intensificación de una estrategia de reproducción ya vigente: la inversión en credenciales educativas. Sin embargo, y probablemente por la profusión de estas, para que surtieran efectos de trampolín (Filmus et al., 2001) requerían, para competir en el mercado concurrencial, de cada vez más credenciales. Es difícil estimar con los datos disponibles si hubo tendencias de trasvases desde unas fracciones a otras, o si hubo más bien una tendencia a la reproducción de los capitales de origen[15]. Se puede especular que el capital cultural, en su formato escolar, constituía un mecanismo de reproducción social especialmente para las clases medias, y entre éstas, para las que ya contaban con este tipo de capital en sus antecesores (profesionales y técnicos). Ahondaré este análisis con el material empírico de las entrevistas.

Respecto a quienes quedaron desplazados de las relaciones salariales, es probable que una proporción no despreciable perteneciera a la administración pública. Un informe sobre la evolución del empleo público entre 1965 y 1980 muestra una fuerte reducción del empleo en las empresas del Estado y en bancos oficiales, junto a un virtual estancamiento de la ocupación en el ámbito de la administración pública nacional (Rozenwurcel, 1988). Conviene detenerse en el empleo de la administración pública, pues había sido una de las reclutadoras principales de gran parte de los puestos correspondientes con las posiciones de clases medias, especialmente por el tipo de certificaciones que exigían para su acceso. El empleo público acaparaba una alta proporción de categorías que suelen asociarse con estas posiciones: en 1980 pertenecían al sector público el 83% de los docentes; el 46% de los técnicos; el 57% de los profesionales en relación de dependencia, y el 49% de los empleados. Entre personal de dirección, el ámbito estatal absorbía al 39% y 31% de jefes y capataces (Rozenwurcel, 1988: 2).

A partir de los recortes en el Estado y las políticas de reducción del sector público –impulsados en gran medida por los Planes de Ajuste Estructural–, se perdieron muchas de las posiciones y puestos que absorbían a las clases medias. A las pérdidas de puestos de trabajo se añaden las disminuciones salariales, habida cuenta de la retirada del Estado como árbitro de las relaciones laborales y la relativa cooptación de muchos gremios[16]. Entre las clases medias se observaron fuertes depreciaciones salariales en diferentes categorías ocupacionales, como se observa en la Tabla 5. Los profesionales asalariados y no asalariados en 1980 ganaban en promedio 2000 pesos, mientras que hacia el año 2001 su salario descendió a 1500. Lo mismo ocurrió con la categoría de los técnicos de todas las ramas, quienes vieron mermados sus ingresos a casi la mitad entre un extremo y otro del periodo considerado. Los trabajadores no-calificados, por su parte (en comercio, industria y servicios) perdieron más de la mitad de su masa salarial entre 1980 y 2001 (Kessler y Espinoza, 2003).

Tabla 5: Ingreso medio de las ocupaciones* (a precios de octubre de 2001)

Categoría

Octubre 1980

Octubre 1991

Octubre 2001

Asalar.

No Asalar.

Total

Asalar.

No Asalar.

Total

Asalar.

No Asalar.

Total

Profesio­nales

1886,9

2166,1

2005,7

1108,4

1051,8

1090,7

1541,4

1616,3

1570,4

Técnico calificado (adminis­trativo)

1290,4

1491,2

1321,1

679,1

1207,2

731,1

759,0

564,8

752,7

Técnico calificado (comercio)

1101,0

1304,9

1184,3

648,1

559,3

607,0

626,2

624,0

625,5

Técnico calificado (Ind. Rep. y Tr.)**

769,9

885,3

804,5

444,0

429,9

439,2

509,3

403,6

472,6

Técnico calificado (Servicios)

831,4

980,4

866,0

425,9

706,9

490,5

529,2

429,3

507,3

No calificado (adminis­­trativo)

677,1

975,0

695,2

386,7

932,7

409,3

385,5

81,5

370,3

No calificado (comercio)

615,5

778,8

710,2

337,6

323,4

329,5

303,6

275,1

288,4

No calificado (Ind. Rep. y Transp.)**

506,6

517,9

507,7

291,5

283,0

291,1

278,3

126,7

261,0

No calificado (Servicios)

480,9

410,9

465,6

322,4

305,3

318,2

273,4

321,9

280,3

No sabe/No responde

783,5

989,5

875,1

183,3

3,3

114,3

476,3

649,9

540,0

Total

800,9

1001,6

858,1

489,0

502,8

493,0

593,5

585,5

591,3

Fuente: Elaborado por Kessler y Espinoza, en “Movilidad social y trayectorias ocupacionales en Argentina: rupturas y algunas paradojas del caso de Buenos Aires”, CEPAL Chile (2003: 33) en base a datos de la EPH, octubre. *Para Gran Buenos Aires, **Industria, Reparaciones y Transporte.

Como bien señala Kessler, a diferencia de la situación de desempleo –que supone un rito de destitución (materializado en el despido)–, la depreciación salarial es un proceso que permanece en un plano de invisibilidad, debido a que el individuo guarda el puesto de trabajo, pero éste no vale lo mismo. La desvalorización salarial supone una alteración de la relación estatus-rol (Kessler, 1998: 125), y constituye una pérdida del valor social de los puestos de trabajo. Así, existe continuidad en el ejercicio de la tarea y del puesto ocupado, pero las respuestas que se obtienen por el mismo son diferentes (en términos de ingresos, beneficios sociales, prestigio y reconocimiento).

Paralelamente, los estudios sobre estratificación social (Mora y Araujo, 2002; Kessler y Espinoza, 2003; Jorrat, 2008) destacan que en las últimas décadas en Argentina aumentaron los puestos más calificados, así como las ocupaciones en el sector terciario. A su vez, debido a la expansión de la matrícula educativa, la población accedió a mayores niveles de educación. Sin embargo, como bien señalan los estudios realizados por Kessler y Espinoza, estos procesos han sido acompañados por movimientos contradictorios, que denominan movilidad ascendente espuria. La movilidad espuria supone una movilidad intergeneracional ascendente (los hijos tienen mayores titulaciones que los padres), pero con un fuerte descenso respecto a los salarios (Kessler y Espinoza, 2003), como detallo en el próximo capítulo sobre desclasamiento.

De los mecanismos estatales a los mercantiles (1976-2001)

La implementación del neoliberalismo en Argentina modificó profundamente la estructura de clases, al trastocar los mecanismos disponibles para la reproducción social de las clases sociales. A partir de los recortes en el Estado y las políticas de reducción de empleo en el sector público se pierden muchas de las posiciones y puestos que absorbían a las clases medias. En efecto, el modelo de movilidad ascendente[17] estaba sustentado fuertemente en la existencia de un Estado de tipo keynesiano, que propiciaba el desarrollo de una economía de mercado interno –dando lugar a posiciones de pequeña burguesía–, y garantizaba todo el proceso de incorporación de (y a) una clase media con capital cultural institucionalizado (desde la educación gratuita para todos los niveles, hasta la absorción de trabajadores calificados y profesionales en el sector público). Las clases medias se incorporaron en ese periodo al sector estatal en todas las jurisdicciones territoriales: nacional, provincial y municipal, a la par que accedieron al bienestar de modo diferencial[18].

La desvinculación de las posibilidades de reproducción social de las clases medias del ámbito estatal, y el abandono por parte del Estado como garante de su diferencia específica, de su condición de clase (Wortman, 2003: 40), las sumió bajo el riesgo de caer en la indiferenciada masa popular. A la par, emergió el mercado como sustituto funcional de los enclasamientos, vinculados cada vez más con el consumo, incluso al margen de las titulaciones (Kessler, 2003a: 7).

Estando devaluados los principales capitales para posicionarse dentro de las clases medias, es decir, los títulos (capital cultural) y la moneda (capital económico); en la década de los noventa aparece el consumo como principal marcador de clase, privatizando y diferenciando en gran medida el acceso a estas posiciones sociales. La instalación creciente de una ideología privatista, afín al modelo neoliberal que se implementó durante el modelo de valorización financiera, fue aceptada por gran parte de la población. El discurso neoliberal potenció los rasgos más individualistas de la ideología del progreso (triunfo personal; inserción a través del consumo en el “Primer Mundo”, etc.) que hicieron mella en un terreno abonado por la desafección política generalizada (Svampa, 2001: 35).

Si bien el fenómeno del consumo no fue algo exclusivo de las clases medias, la estabilización de la economía durante el periodo menemista desató una fiebre del consumo, que había estado postergado durante la década del ochenta por la inflación (Svampa, 2001). Primero las clases altas y posteriormente las clases medias –mediante la flexibilización del acceso al crédito– se sumaron a un estilo de vida cosmopolitista y consumista. Los sectores medios comenzaron a tener acceso a bienes y prácticas otrora inviables para ellos, por ejemplo, el acceso a la tecnología y a los viajes al exterior. La posibilidad de realizar viajes al extranjero, especialmente gracias a la estabilidad monetaria de los años noventa, también se convirtió en un importante signo de estatus y distinción para las clases medias ascendentes. Este tipo de prácticas se convirtió en el horizonte de los consumos y prácticas de las clases medias, que adoptaron estilos de vida imitativos de las élites, de acuerdo con el análisis de Del Cueto y Luzzi:

Ya desde comienzos del siglo XX lo viajes al exterior constituyeron un elemento de distinción para las clases altas, en los cuales se afirmaba su cosmopolitismo, el contacto con la “alta cultura” y su participación en redes de sociabilidad con los miembros de las élites europeas (Del Cueto y Luzzi, 2008: 92).

Efectivamente, ciertas prácticas junto a la posesión de ciertos bienes se convirtieron en una marca “por lo que se determinaba y comunicaba la clase [media]” (Tevik, 2006: 55). Esta privatización del acceso a las posiciones de las clases medias dejó librado a las posibilidades de cada grupo –con resultados fuertemente polarizadores– el acceso a modalidades de reproducción social sustentadas en la capacidad de compra[19].

En síntesis, en un estado anterior del campo de las clases sociales, de expansión de las clases medias, los mecanismos de reproducción social más eficientes para lograr una promoción social se encontraban vinculados a la esfera estatal. Sea mediante la creación de empleo público, absorbiendo a personas pertenecientes a las clases medias mediante la oferta de los puestos que generaban esas posiciones; sea, en fin, a través de la expansión de la matrícula educativa en centros públicos para todos los niveles. Dicho simplificadamente, las fracciones de las clases medias con capital cultural predominante en su estructura patrimonial tenían que tomar la vía credencialista y estudiar para ocupar un lugar social acorde a sus expectativas, logrando posiciones de clases medias asalariadas. Las fracciones con relativo capital económico, en cambio, podían sostener trayectorias como pequeños empresarios, en el marco de una economía orientada hacia el mercado interno. De igual modo, las fracciones autónomas, así como amplios segmentos de las clases populares podían, por vía intergeneracional y mediante el aumento de la escolaridad, acceder a posiciones de las clases medias asalariadas (la fracción que más aumentó, tabla 3), reforzando así las posibilidades de una movilidad ascendente.

Después de los años ochenta, con el nuevo modelo de acumulación neoliberal profundizado desde la década de 1990, las posibilidades de reproducción social de las clases medias se desvinculan de la esfera estatal, asumiendo crecientemente criterios de mercado. Se asientan y aumentan los puestos ligados al capital escolar, como los generados por el modelo económico y las innovaciones tecnológicas. También se coartan los modos de acceso a estos instrumentos de reproducción, al privatizarse y segmentarse crecientemente la oferta educativa (Del Cueto y Luzzi, 2008)[20].

Los procesos de ajuste estructural y la desvalorización salarial hacen mella en todas las fracciones de las clases medias. Los asalariados, aunque mantienen sus puestos, se han desvalorizado con relación al pasado, como analizo en el próximo capítulo. Los autónomos disminuyen en cantidad, al volverse inviables sus actividades en el nuevo modelo económico concentrador y aperturista. Estas circunstancias de gran calado histórico fueron generando un terreno propicio que abonó la estrategia migratoria de reproducción social, tendente a evitar el desclasamiento.


  1. Para Nochteff estas opciones blandas han sido tres en la economía argentina: la primera, impulsada por la exportación de materias primas (coincidente con el modelo agroexportador); la segunda, la industrialización sustitutiva de importaciones; y la tercera, como consecuencia de la adaptación de la elite a la alta liquidez y las bajas tasas de interés a nivel internacional, el endeudamiento externo (Nochteff, 1995). Para un análisis detallado de las particularidades del desarrollo económico argentino, véase Azpiazu y Nochteff (1995).
  2. La ley de educación 1420, del año 1884, establecía la obligatoriedad de la enseñanza primaria, así como su laicidad y gratuidad. Los resultados de la implementación de esta ley no demoraron en notarse: en 1914 había un 36% de analfabetos; y hacia 1947 el 86% de la población estaba alfabetizada, la mayoría de los cuales eran hijos de extranjeros residentes, en gran medida analfabetos (Torrado, 2003: 194).
  3. A pesar de que el reclutamiento de inmigrantes estaba orientado básicamente al eufemismo de poblar el desierto, este objetivo se cumplió de manera muy desigual, debido a la estructura patrimonial de la tierra. Ante la concentración de la tierra en pocas manos, y por la primacía de la práctica del arriendo por sobre la de compra –gracias a las fabulosas rentas agrarias–, un contingente importante de inmigrantes no pudo conseguir la titularidad de los terrenos, volviendo a emigrar, o concentrándose en las ciudades como mano de obra para las incipientes industrias y obras públicas (Germani, 1977; Graciarena, 1986).
  4. Entre los años 1947-1954 aumentaron considerablemente los establecimientos manufactureros sin personal asalariado. Se trata de pequeños emprendimientos familiares o unipersonales, con escasa tecnología: el 91,5% de los establecimientos industriales tenía en 1953 entre 1-10 personas ocupadas (Censos Nacionales Industriales, 1947 y 1954, en Torrado, 2002: 220 y ss.).
  5. En muchos estudios sobre estructura social de Argentina las clases sociales se clasifican desde el criterio de su condición como asalariados o autónomos, que se combina con los niveles de instrucción y la categoría ocupacional (tabla 3). Así, Germani incluía entre los autónomos a artesanos, industriales, comerciantes, profesionales. Y entre los asalariados a empleados de todas las categorías, funcionarios, profesionales y técnicos. La primera se corresponde con el “hombre que se hace a sí mismo”, y la segunda con el meritocrático poseedor de títulos (Svampa, 2001: 27). En el análisis empírico de los casos me centré en el capital preponderante en las familias, pudiéndose combinar situaciones laborales de autonomía y asalarización.
  6. Hay que considerar que hasta 1960 el magisterio formaba parte del nivel medio, y las mujeres eran alentadas a hacerlo. Luego se fueron orientando hacia bachillerato y la opción comercial, que proporcionaban sendas vías: educación superior y ocupaciones en administración y comercio (Torrado, 2003).
  7. Durante tres décadas (del 1940 al 1970) se duplicaron los años de escolarización de la población –de 5 a 10–, igualándose el acceso de hombres y mujeres (Minujin y Anguita, 2004: 153).
  8. El concepto modo de dominación, de raigambre claramente weberiana, es utilizado por Bourdieu para referirse al grado de objetivación o institucionalización con que cuentan los capitales para garantizar la reproducción del orden establecido. Estos modos, basados en mecanismos más o menos objetivos, “contribuyen no sólo a instaurar relaciones duraderas de dominación sino también a disimular esas relaciones”, a través de la violencia simbólica (Bourdieu, 2011: 59).
  9. La deuda externa, que en el año 1976 era de 10.000 millones de dólares, aumentó progresivamente cada año hasta llegar a 30.000 millones en 1981. En el año 1980 esta deuda fue convertida en deuda pública, asumiendo el Estado los pagos de deuda pública y privada (Minujin y Anguita, 2004: 29-32).
  10. Las reformas estructurales se comienzan a impulsar por las presiones de los organismos internacionales de crédito, en el marco del Consenso de Washington. El Plan Baker (1985) exige a los países latinoamericanos el capital adeudado y los intereses –hasta ese momento, solo se trataba del pago de los intereses, puesto que las divisas de las economías de la región eran insuficientes–. Para ello, se planteó la conversión de bonos de deuda por activos físicos, y no por divisas. Este es el origen de la privatización de las empresas públicas de los países latinoamericanos. Al Plan Baker siguió el Plan Brady, que unificó las demandas del Fondo Monetario Internacional (normalización de los pagos) y del Banco Mundial (que insistía en las reformas estructurales); exigiéndose desde ese momento los dos requisitos (Basualdo, 2001: 52).
  11. En 2002, si se suma el desempleo (21,5%) al subempleo (19,9%) ascienden a casi un 40% las personas activas que tienen serias dificultades de inserción en el mercado laboral (Minujín y Anguita, 2004).
  12. A pesar de que la condición de autonomía en el trabajo ha estado asociada en Argentina a posiciones de clase media (especialmente a mediados de siglo XX, ligadas a pequeños empresarios), en este caso se vincula más a procesos de desalarización –y precarización– que a la autonomía como un logro, al modo en que lo analizó Wright Mills (1973) para las clases medias estadounidenses.
  13. Otros factores responden al cambio en los parámetros de natalidad, al envejecimiento de la población (transición demográfica) y al aumento moderado de las migraciones internas e internacionales de países limítrofes (Torrado, 2003).
  14. Para Torrado el cuentapropismo está vinculado a un tipo de producción mercantil simple, que pervive en las relaciones económicas de Argentina, junto con las modernas relaciones capitalistas. De acuerdo con esto, es posible diferenciar un tipo de cuentapropismo durante las dos ISIs –que convivía de manera subordinada con la producción capitalista (por ejemplo, los pequeños servicios de reparación mecánica, electrodomésticos, tintorerías, peluquerías, etc.)– pero garantizaba unas condiciones de vida similares a las de los obreros y clases medias asalariadas. A partir del modelo aperturista, el cuentapropismo se vincula a la aparición de asalariados ocultos, especialmente en la construcción, y de trabajadores marginales (Torrado, 2002: 238-239).
  15. Un estudio realizado por el CFI (Consejo Federal de Inversiones), señala diferencias en la probabilidad de finalizar estudios superiores en diferentes clases sociales. Para 1980, la clase alta apenas superaría el 20% de ese cálculo. En tanto, las fracciones de las clases medias presentan diferencias. En la autónoma, era del 3,4% para pequeños productores autónomos y del 6,9% para pequeños propietarios de empresas. En tanto, que para la clase media asalariada –entre la que se cuentan profesionales, técnicos, y empleados administrativos y vendedores– era entre los profesionales donde se encontraba la probabilidad más alta: 60% (para los técnicos del 8,8% y para los empleados del 3,9%). Ver Torrado (2002: 321).
  16. La disminución de los derechos laborales contó con la promulgación de varias leyes, entre las que destaca la Ley 23013/91, llamada “Ley Nacional de Empleo”, que legalizó el trabajo precario (sin estabilidad, con disminución o quita de indemnizaciones), e impuso la flexibilidad laboral dentro de los convenios colectivos de trabajo (contratos de aprendizaje y pasantías, ampliación de la jornada laboral, etc.).
  17. La terminología de movilidad social, muy cuestionada por Bourdieu (1998 y 2002) es útil para caracterizar las dinámicas de la estructura de las clases sociales argentina. Asimismo, es interesante –como sugiere el propio Kessler– que ese modelo intergeneracional funcionara en el plano de las representaciones sociales, orientando las disposiciones y prácticas de importantes grupos de agentes (Kessler, 2003).
  18. Podría pensarse que, al no estar el Estado de Bienestar sustentado en la idea de ciudadanía, sino en la figura del trabajador (Novick, 2001; Hintze, 2006) los gremios que gestionaban el welfare, marcaban una diferencia entre los que accedían mediante los sindicatos y los que accedían a través de la cobertura universal –especialmente, los carenciados. Es curioso que esta diferenciación en las prestaciones sociales está naturalizada de tal modo, que incluso hay quienes demandan políticas sociales focalizadas hacia las clases medias, así como existen políticas sociales focalizadas hacia los pobres.
  19. En el terreno habitacional y educativo fue notable la privatización del acceso a bienes y servicios, como han analizado, entre otros autores, Veleda (2003), Del Cueto (2004); Del Cueto y Luzzi (2008).
  20. El efecto segmentador de la oferta y de la demanda educativa generó una ruptura con la homogeneidad formal del sistema educativo (Tenti Fanfani, 1997), delineando la formación de circuitos escolares. Circuitos que, según algunas investigaciones han mostrado, determinan la inserción profesional diferenciada de los egresados de unas escuelas u otras (Filmus y Sendón, 2001).


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