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6 “La gente no quería un estratega”

El líder frente a la ciudadanía

Basta verlo en un plano de televisión […], basta verle su cara de piedra y escuchar su voz y su sintaxis vacilante, para afirmar hoy que, después de haber sido gobernador, siguen siendo tan insondables las razones de su popularidad que no pueden atribuirse sin error simplemente al efecto celebrity con que Menem lo introdujo en la política. Por motivos que los santafesinos nunca terminan de aclararme, Reutemann, que gobernó y parece que no fue una luminaria, conserva su popularidad de entonces. Juzgado por lo que se ve, no es el hombre de las revistas deportivas y del corazón que convertían en noticia sus entredichos con Mimicha, sino un viejo campesino reposado, que corta el pasto de su residencia, le da consejos sobre autos de segunda mano a los vecinos con sólo escuchar el encendido del motor; se calla la boca y sigue flotando en la atmósfera política desde hace casi treinta años. Es un producto de la industria de celebrities, pero afeitado al ras (Beatriz Sarlo, Perfil, 28/6/15).

La representación democrática moderna supone desde sus inicios en los siglos XVII y XVIII la realización de un doble principio: por un lado, consiste en un procedimiento central (las elecciones a intervalos regulares) que busca distinguir a determinados hombres para que actúen en nombre de otros. Son hombres que se espera tengan cualidades y competencias específicas tanto para ejercer el gobierno como para disputar la candidatura a un cargo público frente a otros competidores (principio de la “distinción”). Por otro lado, el representante debe buscar parecerse en alguna medida a sus electores o representados, debe identificarse con ellos en algo que tengan en común (principio de la “identidad”). Es “uno más” entre todos, a diferencia de la representación monárquica o de notables, donde los representantes poseían virtudes “naturales” o atributos “de clase” y, por lo tanto, no cualquier individuo podía aspirar a ser representante (Rosanvallon, 2002; Manin, 2006).

A partir de la crisis de la “democracia de partidos”, en la cual estos principios estaban superpuestos (se elegía a un individuo distinguido por su carisma, militancia o atributo social, pero se esperaba que representara a algún segmento social o identidad colectiva), la demanda social por la “identificación” o la “semejanza” se intensificó sin precedentes (Rosanvallon, 2009). Ahora la identidad entre gobernantes y gobernados ya no remite –o no solamente– a una categoría sociológica, sino a la capacidad del representante de demostrar sensibilidad y atención a las vivencias y adversidades de los grupos sociales en tanto “comunidades” de experiencias. La demanda es la de “estar presente” más que la de “hacer presente” (re-presentar) [ibíd.].

Este nuevo tipo de lazo político ha sido denominado como de “legitimidad de proximidad”, según el cual los líderes políticos construyen una imagen de sí mismos “anti-carismática”, es decir, una imagen que busca “disimular toda diferencia o distancia representativa” (Annunziata, 2012: 24) para con los ciudadanos comunes. La idea de la proximidad (analizada empíricamente en el contexto actual de la sociedad francesa por Pierre Rosanvallon) supone que el político o dirigente busca lograr una empatía o compasión con la situación material y simbólica de aquellos a los que busca representar, estar accesible o receptivo y escuchar directamente por medio de los propios ciudadanos cuáles son sus demandas y atender la particularidad de cada situación (Rosanvallon, 2009).

La “legitimidad de proximidad” se define por la auto-presentación de los políticos como “hombres comunes”, por oposición a su condición de “políticos profesionales”. Esta imagen resalta la “cercanía” del político con la “gente”, un “vínculo directo” con ella, la “escucha” de sus experiencias, el “compartir”, el estar “presentes” y “conocer” su cotidianidad lo más posible; se destacan la “compasión”, la “empatía”, la “sinceridad”, la “autenticidad”, la “simplicidad”, la “honestidad”, la “sensibilidad”, la “humildad”, como valores positivos que el candidato o gobernante deben transmitir o representar. La contracara de estos valores positivos es un conjunto de dis-valores que representan a los “políticos tradicionales”. En efecto, el clivaje que se conforma es el de “políticos/hombres comunes” (Annunziata, 2012a y 2013b). Los políticos que se enmarcan en esta nueva forma de representar no se muestran ni como hombres de partido con carrera o prácticas político-partidarias, ni como líderes excepcionales, no realizan grandes promesas ni promulgan grandes programas de gobierno, no son representantes del conjunto del pueblo sino de cada uno de los ciudadanos, no se comprometen con una visión ideológica de una sociedad justa, no son grandes expertos en saberes específicos (ibíd.).

En este capítulo, entonces, indagamos en los componentes (el “qué”) y la forma (el “cómo”) que adoptó el vínculo representativo bajo el liderazgo de Reutemann, a través del análisis de las declaraciones públicas del gobernador, de propaganda electoral, de los editoriales de prensa referidos a su persona y de los actos públicos que aparecen relatados en la prensa y en las entrevistas realizadas a los actores. Sostenemos que la figura de Reutemann expresó una transformación en los formatos y en los elementos de la representación política en la provincia que constituyó un antecedente de cambios similares que se consolidarán en la escena pública en otros distritos del país luego de la crisis nacional de 2001.

En efecto, Reutemann inauguró modos de identificación con la ciudadanía novedosos para la política santafesina. Por un lado, desplegó un formato de proximidad (Annunizata, 2012a y 2013b) del político con respecto a los ciudadanos, edificado en torno a tres elementos: la presencia en el territorio, la escucha sin promesas ni discursos y la presentación como “comprovinciano” y “no-político”. Desde el punto de vista de la relación de representación, este formato configuró un vínculo que enfatizó el principio de la identidad del representante con respecto a los ciudadanos y electores (los representados), contrarrestando la imagen del político como un “estratega” o “estadista” para presentarse como un “comprovinciano” más entre los santafesinos.

Por otro lado, delineó una serie de imágenes o figuras representativas que le dieron un contenido específico a aquél formato en función de elementos presentes en la sociedad santafesina. Estas imágenes fueron la del “hombre de campo” y la del “ídolo deportivo”. Ambos tipos refieren a rasgos socio-económicos y socio-culturales cuyo sustrato se encuentra en las actividades agrícola-ganaderas de gran parte del interior de la provincia de Santa Fe, por un lado, y en el automovilismo como un deporte popular muy arraigado, también, entre la población rural.

Según el análisis, sostenemos que los cambios operados por el formato y el contenido representativo del liderazgo de Reutemann adoptaron un carácter “transicional” entre la figura del hombre próximo, común y cercano a sus representados (propia de un formato más extendido luego de 2001) y una estrategia de mantenimiento de la distancia representativa viabilizada por la imagen de líder carismático, por un lado, y por la del político profesional que guarda para sí un espacio de lejanía y autonomía decisoria, por otro.

El formato del vínculo representativo: la proximidad del líder

A partir de la emergencia en 1989 del liderazgo de Menem a nivel nacional se consolidaron algunos rasgos de la transformación del formato de la representación política que habían empezado a gestarse durante el periodo de la Transición Democrática (1983-1989). El liderazgo del presidente de la Nación combinaba aspectos “tradicionales” del peronismo con elementos novedosos. Menem conservaba un perfil de outsider, en el sentido de que actuaba por fuera de las estructuras partidarias y, en ocasiones, de las instituciones republicanas; un estilo pragmático de ejercicio del poder; una exacerbación del personalismo y aspectos discursivos similares a los del fundador del movimiento (Canelo, 2011b; Nun, 1995; Portantiero, 1995). Sin embargo, se ha señalado también la ruptura que significó la versión “menemista” del peronismo; es decir, su giro doctrinario, las diversas condiciones sociales y económicas en las que emergieron ambos liderazgos, su adaptación a los principios del neoliberalismo y su abandono del componente “popular” en la construcción del peronismo como identidad política (Aboy Carlés, 2001a; Borón, 1995; Mora y Araujo, 1995; Nun, 1995; Portantiero, 1995).

El liderazgo de Reutemann constituyó, en buena medida, una expresión provincial de estos cambios en la representación política. Al igual que el presidente de la Nación, el gobernador santafesino resaltaba su condición de outsider político al criticar a la “clase política tradicional” y explotaba un perfil de conductor eficiente y pragmático, con un vínculo “directo” con la gente. Sin embargo, el carácter de outsiders difería sensiblemente en uno y otro caso. En el caso de Menem, ese atributo remitía a su presentación como un político distante de los políticos de partido (tales como Cafiero o Alfonsín) [Barros, 2002], a su condición de caudillo del interior (Novaro, 1994), a un discurso de la anti-política (Aboy Carlés, 2001a) y a su apelación a nuevos sujetos (“hermanos y hermanas de mi patria”) despojados de las fórmulas peronistas clásicas (“trabajadores”, “compañeros”) [Canelo, 2011b; Palermo y Novaro, 1996].

Reutemann desplegó, en cambio, rasgos propios de su condición de outsider. La “nueva política” que esta figura se proponía instaurar estuvo caracterizada por un formato de “proximidad” que, como veremos, se desplegaba en torno a lo que Rocío Annunziata (2012b) denomina como “presencia de escucha” y “presencia empática”. Estos formatos de la presencia del político en el territorio mostraban una nítida diferencia con el modo como Menem se hacía presente en el terreno: a través de una “presencia taumatúrgica” o cuasi religiosa (Annunziata, 2012b) que lo presentaba como un “Mesías” o salvador frente al “caos” económico y social existente en la Argentina de 1989 (Barros, 2002; Mora y Araujo, 1995; Novaro, 1994; Palermo y Novaro, 1996). En efecto, los elementos místicos en el líder apuntan a una distancia entre el político y los ciudadanos y aparecen como la contracara de aquellos que refuerzan la cercanía y la proximidad en la relación de representación.

La temprana puesta en escena por parte de Reutemann de los elementos relativos a una legitimidad de proximidad constituyó una novedad en la política local, nacional y también en relación a otros casos provinciales. En efecto, además de diferenciarse del liderazgo de su mentor político, el estilo de este outsider se distinguió del de otras figuras de gobernadores peronistas también considerados outsiders durante la misma época. Por ejemplo, del caso de Jorge Escobar –empresario y gobernador de San Juan en 1991/1992 y 1994/1999– quien era visto como “casi el Mesías” (Rodrigo, 2013: 50), en el mismo sentido salvífico que significó el liderazgo de Menem. Asimismo, el gobernador de Santa Cruz –Néstor Kirchner, que gobernó entre 1991 y 2003– también es identificado como un tipo de outsider (Sosa, 2014) porque provenía de sectores marginales del peronismo local pero, claramente, no era ajeno –como lo era Reutemann– a la estructura político-partidaria del PJ. La imagen de Reutemann se asemeja más a la del gobernador de Tucumán, Ramón Ortega (1991/1995), también promovido a la esfera política por parte de Menem. Ortega, quien provenía del mundo artístico y empresarial, era visto como un “hombre común” entre los tucumanos, una persona “sincera, sin vueltas, transparente” (Novaro, 1994), no comprometido sino sólo con su pueblo, ya que también era ajeno a las estructuras partidarias de la provincia. En este sentido, Ortega decía a sus representados: “yo soy uno de ustedes” (Ramón Ortega, ibid.: 135 y 136).

La presencia en el territorio

En el formato de representación de Reutemann advertimos, en primer lugar, el despliegue de una “política de la presencia” (Annunziata, 2012b) de su persona en el territorio, por oposición al estilo distante de los políticos “tradicionales”. Esto significa “una demostración de la subversión del protocolo de distancia representativa” (ibíd.: 4)[1], que va más allá de las modalidades institucionalizadas y convencionales de la presencia de los políticos en el terreno, como los actos protocolares (inauguraciones, eventos institucionales de todo tipo) o las visitas formales del gobernante a distintos espacios. Durante la campaña electoral a gobernador, como desarrollamos en el capítulo 3, su estrategia central fue el desarrollo de “recorridas” por los pueblos y ciudades de la provincia. Cierto es que esta modalidad no era nueva –ni en la provincia, ni a nivel nacional[2]– pero adquirió una relevancia sin precedentes al considerarse la clave de la victoria del 8 de septiembre de 1991. Según el periodista Horacio Vargas, Reutemann recorrió “50 mil kilómetros en auto, durante enero, febrero y marzo del ’91” (1997: 104). A propósito, Menem lo felicitó al electo gobernador diciéndole: “Ganaste porque hiciste lo que te pedí: recorriste la provincia, la caminaste” (Carlos Menem, en Vargas, 1997: 122).

La capacidad de estar presente en el territorio era significada por el candidato como una garantía frente a posibles estrategias diseñadas por parte de los demás candidatos peronistas para minar su legitimidad. Decía Reutemann:

Si a la gente le preocupa que algún dirigente peronista me arme alguna interna, voy a explicar que he dado la cara en lugares en los que ningún dirigente se anima a entrar. Si no, invito a ir a las villas de emergencia de Rosario a cualquier dirigente para que entre como lo hice yo y para ver cómo le va (LC, 12/9/91).

Esta modalidad de la presencia en el territorio hacía reaparecer una “gestualidad del poder” (Rosanvallon, 2009: 273) que consistía en la presentación de una figura sensible que se hacía cuerpo. En efecto, el “cuerpo” del líder ha tenido históricamente una función central en la escenificación de la política argentina. Ésta tuvo una expresión prototípica en la figura de Perón (Sigal y Verón, 1988) y, en el periodo reciente, en la figura de Carlos Menem (Canelo, 2001; Martuccelli y Svampa, 1997). Ambos representaban una corporeidad que apelaba al “todo”, al “pueblo” en su conjunto (los “trabajadores”, en el caso de Perón, y los “hermanos y hermanas” en el de Menem), desde un lugar de superioridad del líder con respecto a la masa de sus seguidores. Si bien la apertura democrática primero, y la crisis social y económica después, hizo aparecer en escena una nueva figura del liderazgo sin el aura carismática que antes imprimía en el líder (Perón) una distancia insalvable y permanente con sus seguidores (Martuccelli y Svampa, 1997), dando lugar a una identificación próxima, circunstancial y evanescente con su persona (esto es, con sus límites humanos y no con su rol como tal), en la figura de Menem persistía, sin embargo, cierto aura que lo posicionaba por encima de sus seguidores como salvador ante una circunstancia puntual y transitoria –un liderazgo “de situación”, según Panebianco (1995)–.

Nada de esto aparece en la figura de Reutemann. Ésta era la de una nueva corporalidad de un poder cercano, desacralizado, sensible, presente y particular: “el poder empático [que] impone su verdad sensible” (Rosanvallon, 2009: 274), sin auras carismáticas que presentaran una distancia con sus representados o que lo posicionaran como un “salvador”. Ya no representaba al pueblo, al todo, sino a sus partes individuales, particulares y aisladas: los individuos privados u “hombres comunes”. En efecto, como candidato Reutemann desplegó una gestualidad empática como modo de vincularse con cada uno de los ciudadanos. La presencia empática vehiculiza una compasión anti-carismática donde el vínculo personal, cara a cara, se pone más de relieve (Annunziata, 2012b). Este tipo se despliega, por ejemplo, cuando el político visita a las víctimas de una tragedia o cuando, durante su campaña, llega hasta el lugar donde habitan las personas y muestra compasión con los relatos que éstas le cuentan acerca de sus vivencias, necesidades y deseos. La relación entre el político/candidato y el ciudadano no es solamente de contacto directo y físico (muy presente en la modalidad reutemannista) sino también afectivo (ibid.). La compasión se imprime sobre la base de los gestos y, en ocasiones, del silencio del representante. El relato de uno de los hombres del peronismo que lo acompañaba en las recorridas describe estas características en la figura de Reutemann con claridad:

Él se dejaba tocar. Mucho no hablaba, pero él se dejaba tocar. Y por ahí le agarraba la mano a alguien, sobre todo si era un hombre grande con las manos marcadas del trabajo, no prometía nada, y cuando se iba decía ‘bueno, que Dios los ayude’. Entonces eso provocó toda una situación en la gente, que veíamos las adhesiones y el crecimiento rápidamente (Jorge Giorgetti, senador provincial del PJ entre 1991 y 1995. Entrevista de la autora, 12 y 13/10/16).

El pacto que Reutemann decía haber realizado con la ciudadanía no remitía a ningún universo de ideas o promesas a futuro, sino que se basaba justamente en su identificación con las “caras” de la gente, que eran quienes lo iban a “proteger”[3]. Expresaba el candidato, por entonces un extrapartidario del peronismo:

Tengo mucha protección, tengo casi 500 mil votos que me van a defender en cualquier situación. Puede venir una persona individualmente a exigirme cualquier cosa, pero hay que tener en cuenta que atrás mío hay medio millón de personas que me respaldan y eso pesa mucho. El pacto que tengo es con las caras de esa gente de las cuales he visto no menos de cien mil que me dijeron: ‘yo soy peronista, pero voto por usted’ (LC, 12/9/91).

Y, una vez electo, Reutemann recurría retrospectivamente a la mención del contacto físico como un indicador de la certeza de su triunfo:

Menem me dijo una vez que sabría dónde estaba parado el día que sintiera a la gente en la punta de mis dedos. Y así ocurrió en una de las tantas caminatas y recorridas. Sentí en la yema de mis dedos que la gente estaba conmigo y a partir de esa sensación supe que iba a ganar (LC, 12/9/91).

La “empatía” uno-a-uno con el cuerpo de sus seguidores (la “yema de los dedos” de la gente) fue una de las marcas del liderazgo de Reutemann que estuvo presente también en la forma en la cual este outsider resignificó su vínculo con la identidad peronista en términos de un puro vínculo inter-personal (“sentí una fuerte emoción con el abrazo de Perón”), según vimos en el capítulo 5.

Las campañas electorales cambiaron profundamente el sentido de la presencia del candidato en el terreno (ibíd.). La energía está ahora más puesta del lado de los políticos que de los militantes, adherentes o simpatizantes. Son aquéllos los que van a buscar a su contraparte del vínculo representativo y no a la inversa. En tiempos de electorados volátiles y de incertidumbre sobre los resultados de los comicios, los candidatos se concentran más en la energía que ponen en sus recorridos que en programar consignas o medidas específicas (ibíd.). En este sentido, así como en los umbrales de la democracia en los ochenta la cantidad de personas movilizadas en los actos de campaña era un “indicador práctico” (Vommaro, 2008) de la performance de los candidatos –lo que se expresaba, según el autor, en una verdadera “lucha por los números” (ibíd.: 30)–, con el advenimiento de estos nuevos formatos representativos (cuyos inicios podemos advertir ya en los años noventa) la cantidad de kilómetros recorridos, de pueblos visitados, de horas y de jornadas usadas en la campaña constituían también un indicador de la competencia electoral y de la cantidad de energía del candidato puesta en su trabajo de ganar adherentes y votos. La crónica de un diario local sobre la campaña legislativa de 1993 en Rosario alude a este fenómeno:

Luego de iniciar ayer a la mañana en Rosario, de campaña y muy temprano junto al ministro de Economía, Dr. Domingo Cavallo, el gobernador Carlos Reutemann comenzó una maratónica ‘caravana de la unidad’ como eje central y de cierre proselitista en el sur de la provincia. Reutemann comenzó la jornada a las 8 de la mañana, con una rueda de prensa en un céntrico hotel, a la derecha de Cavallo, para desplazarse luego durante todo el día a bordo de una camioneta desde el extremo norte de Rosario hasta el límite del municipio con Villa Gobernador Gálvez, donde se cumplió el acto de clausura de la agitada jornada, bien entrada la noche. El gobernador se mostró eufórico por el éxito de la convocatoria que reunió una columna con alrededor de 150 automóviles, con ‘picos’ de adhesión fundamentalmente en las barriadas del norte del municipio, saltando de la parte trasera del vehículo que lo transportaba y haciendo gala de una agilidad envidiable que le permitió trocar en reiteradas oportunidades el paseo en auto con prolongadas caminatas. Algunos colaboradores agregaron otras razones a la alegría del mandatario, al argumentar que ‘la otra caravana ya suspendió su recorrida’, refiriéndose a la convocada por el periodista-candidato Evaristo Monti, referente de la marcha ‘paralela’ del peronismo rosarino (EL, 26/9/93).

El cronograma de las caravanas y sus recorridos aparecía en la prensa formando parte de la propaganda misma de campaña. En un folleto publicado en la prensa local se lee la leyenda “Caravana de la victoria de los candidatos del Partido Justicialista. ¡Vamos con el Lole en la caravana del triunfo!” (EL, 24/9/93), con los datos del día y la hora de salida de la caravana y acompañada por la imagen del “diagrama del recorrido”.

En relación con este aspecto, un entrevistado nos contaba cómo Reutemann se involucraba completamente en las campañas a través de los recorridos por la ciudad en una elección de concejales de 1997:

Fue una campaña fuerte porque se jugaba su liderazgo. Yo me acuerdo una vez, él estaba en Roma con Menem, era senador, volvió, viajó toda la noche, llegó a Buenos Aires a la mañana, se vino en auto y al mediodía estábamos haciendo la campaña por el barrio San Lorenzo, Centenario, Chalet. El tipo estaba fundido y sin embargo se metió en la campaña (Julio Gutiérrez, diputado provincial entre 1991 y 1995. Entrevista con la autora, 11/10/16).

La presencia en el territorio no se desplegaba solamente en el momento de campaña sino que constituía un modo de ejercer el gobierno, formaba parte del estilo de gobernar. Reutemann solía ir a visitar escuelas, comedores escolares, hospitales, etc., de modo sorpresivo y “fuera de protocolos”. Como relata otra crónica de la prensa titulada “Visita sorpresiva de Reutemann”:

El gobernador y su comitiva se instalaron en el comedor escolar, donde almorzaron milanesas y zapallitos rellenos, junto a los 140 niños que diariamente reciben alimentación en el lugar. El mandatario se sentó junto a los pequeños preguntándoles sobre los menúes que les suministran diariamente. Dijo que continuará realizando este tipo de visitas pero fuera de protocolo (EL, 28/1/92).

Otro ejemplo como éste se observa en las recurrentes situaciones de inundaciones que padecían distintas zonas de la provincia. A pocos días de iniciar su gobierno, el ex corredor debió afrontar una fuerte inundación en los departamentos de la zona norte de Santa Fe. En esa ocasión, la prensa cubrió ampliamente las actividades del gobernador durante el mes que duró la catástrofe climática producto de las intensas lluvias, mostrando su recorrido por las diversas localidades afectadas (EL, todo enero/92). Así, por ejemplo, se relataba que el gobernador había realizado una “visita a los lugares inundados, donde compartió con pobladores y funcionarios la cruel realidad que viven estos comprovincianos” (EL, 6/1/92 –cursivas nuestras)[4]. El propio presidente Menem había recorrido con Reutemann algunas zonas. En ese marco, el gobernador afirmaba que antes que el pedido de ayuda económica a la Nación “lo importante es que los funcionarios nacionales conozcan cuál es la situación de la provincia. El Dr. Menem y el ministro de Salud conocen ahora lo que nos está ocurriendo” (EL, 8/1/92 –cursivas nuestras–). En efecto, como veremos a continuación, la estrategia de la presencia (el “estar-ahí”) comporta no solamente una dimensión afectiva (compartir el dolor, compadecerse con el sufrimiento ajeno) sino también cognoscitiva (Annunziata, 2013b), un saber, un modo de conocer las demandas de los representados que sólo se produce con la presencia en el lugar y no desde los distantes despachos de los funcionarios.

La escucha sin promesas ni discursos

Junto a esta estrategia que desplegaba un tipo de presencia empática para con los representados aparecía, también, otra modalidad del estar-presente: la “presencia de escucha” (Annunziata, 2012b). Ésta se cimentaba en la capacidad del gobernante de escuchar y estar accesible a las necesidades de sus gobernados (Rosanvallon, 2009). La imagen de la escucha era la contracara de la antigua modalidad del prometer más que escuchar, de dar grandes discursos más que acompañar a la ciudadanía desde sus vivencias y de diseñar políticas desde un lugar distante (la oficina del experto) más que desde el conocimiento que brinda la cotidianidad de la vida.

La forma de la “presencia de escucha” (Annunziata, 2012b) fue central en el estilo de representación reutemannista de cara a la ciudadanía. Este tipo de presencia se inscribe –a diferencia de la empática– más en la función del puesto institucional del representante que en su liderazgo personalizado pero son, ambas, modalidades de la presencia donde el hombre político se desplaza sobre el terreno como parte de un gesto de humildad del poder y no de un refuerzo o ritual del carisma. En este formato la escucha se impone a los discursos y la palabra está más del lado de los ciudadanos que del político.

En efecto, a diferencia tanto de los liderazgos “tradicionales” como de aquéllos denominados de “audiencia” o de “popularidad” (Cheresky, 2008; Manin, 2008), Reutemann portaba un estilo que reducía al mínimo posible las ocasiones donde debía elaborar discursos, ya sea en actos públicos o en plataformas televisivas. Su fama construida en el pasado a partir de su condición de piloto de carreras internacional no requería, como argumentamos en el capítulo 3, de los medios de comunicación masivos para darse a conocer. Como nos relató un dirigente cercano a Reutemann desde la primera hora:

La apoyatura de Menem fue una apoyatura importante pero no excesiva. Los recursos que fueron pocos porque con Lole no se necesitaban recursos, porque la prensa venía sola a hacerle notas. Al venir de la actividad privada y de haber sido piloto de Fórmula Uno a una actividad política, le hacían dos preguntas de política y después le preguntaban de otras cosas (Jorge Giorgetti, senador provincial del PJ entre 1991 y 1995. Entrevista de la autora, 12 y 13/10/16).

En este sentido, Nicolás Cherny describe su figura como una de

gestos parcos y serios, orden administrativo y una intervención muy cuidadosa y mesurada en el espacio público […] Esquivo ante los medios de comunicación, esas cualidades […] tampoco [lo] hacía especialmente [propenso] a presentarse en actos multitudinarios ni a producir grandes discursos (2003: 167)

[5].

En efecto, como contracara de la cualidad de hablar, la de la escucha constituyó un tópico muy presente en el formato representativo de Reutemann. Decía el gobernador:

La voz de la gente y oídos bien abiertos fueron fondo y forma de lo que debíamos hacer […] No nos ilustramos en despachos cerrados […] De allí que impusimos un estilo de gobernar de cara hacia la gente. Este estilo, que no es formal ni demagógico, tiene el contenido pleno de una vocación de servir (Carlos Reutemann, Discurso ante la Asamblea Legislativa, 1/5/95).

La capacidad de escuchar no refiere sólo a una actitud del gobernante con respecto a sus gobernados sino que se vuelve un criterio cognoscitivo, la forma privilegiada de conocer las “necesidades de la gente”. Se trata de un conocimiento no experto, de un saber profano (Annunziata, 2013b) que surge de la presencia y de la escucha. En este sentido, antes de tomar la decisión de presentarse como candidato, Reutemann admitía que una “pequeña pasada” por la provincia le había resultado reveladora de cuáles eran las demandas de la gente:

[Realicé] una pequeña pasada por la provincia, para ver otras cosas, para conocer sus necesidades; no es porque no estuviera al tanto de la provincia, mis padres estaban aquí: aunque yo estuviera en Europa, siempre la conocí, pero quería verla más de cerca. En esa pequeña recorrida la gente me fue alentando, me fue diciendo sus necesidades. Lo que me llevó a pensar que valía la pena el intento […] Pude conocer otra óptica, gente que hace las cosas bien a pesar de las carencias. Todo eso me valió mucho para tomar la decisión (LC, 1/9/91).

El saber otorgado por el “sentido común” (entendido, también, como “intuición”) fue uno de los atributos centrales de la construcción de la imagen de sí de Reutemann. La valoración del sentido común como medio de acceso al conocimiento y de evaluación no sólo de las demandas ciudadanas sino también de las sugerencias de sus ministros y asesores sobre temas de gobierno está directamente relacionado con la dimensión de la escucha. En este sentido, uno de sus ministros del gabinete nos afirmaba:

[Reutemann] no es un estadista; es un tipo hecho en el campo, con mucho sentido común, tiene mucho sentido común, escucha más de lo que habla, está muy informado –desde adentro y desde afuera–, nunca toma una decisión sin tener conocimiento por gente que sepa más que él de la cuestión, después, podrá hacer lo que le dicen o no, pero él escucha siempre (…) Es buen conocedor de las personas. Vos hablás por primera vez con él y te mira las manos, se fija si transpirás o no transpirás, te mira a los ojos, te escucha, como un hombre de campo, como el típico hombre de campo, que vos decís, ‘el tipo está en babia [desorientado]’; no, está bien informado (José Weber, ministro de la Producción entre 1991 y 1994. Entrevista con la autora, 26/11/14).

Otra derivación de presencia de escucha (Annunziata, 2012b) era la ausencia de un programa político (Rosanvallon, 2009), esto es, de un corpus de ideas y propuestas de gobierno a aplicar y su reemplazo por la voluntad del candidato/gobernante de mantenerse cercano a los electores/ciudadanos y “escucharlos”. La ausencia de programa político se expresó en la ausencia de promesas, lo cual constituyó una transformación radical con respecto al modelo de campaña y de ejercicio del gobierno tradicional. La promesa es la escucha. Esta característica cobra sentido dentro de un formato de la representación que busca la semejanza del político con los hombres ordinarios, que quita de todo carisma (esto es, de magnificencia, de capacidad de trascender la condición particular del ciudadano e, incluso, de anticipar resoluciones a sus problemas) la presencia del representante frente al representado. Aquél es capaz de com-partir el sufrimiento, la situación particular, pero no es capaz de prometer o garantizar soluciones o curaciones de los males padecidos. Un entrevistado nos contaba con sorpresa cómo Reutemann podía, a la vez, “no prometer nada” y estar en campaña:

Cuando salió a la calle era un tsunami. Yo hice esa campaña en el ’91 como candidato a concejal. Una cosa rarísima, la verdad, porque el Lole, obviamente, era un líder deportivo, pero en ese momento en particular yo creo que significó cubrir una demanda social que había de honestidad, por un lado, y de administración seria de la cosa pública. No mucho más que eso. Porque, primero, que no hablaba, no se definía, toda la campaña, entrábamos a las villas de Rosario, él saludaba, hacía gestos con las manos. En ese momento todavía era conocido ese programa de televisión infantil que se llamaba Grande Pa, entonces el Lole saludaba a la gente, ponía los pulgares así [hacia arriba] y les decía ‘Grande Pa’. Y los tipos se caían como moscas, las mujeres… Por eso te digo, una cosa rara, viste. Es más, cuando le preguntaban qué iba a hacer, por ejemplo, con la educación, el Lole decía: ‘no, no, yo no puedo prometer nada’. ¡En campaña! ‘Bueno, pero nosotros queremos saber’, ‘vamos a ver, es un tema muy difícil’, decía el tipo, y se guardaba. Fue un perro verde (Esteban Borgonovo, concejal de la ciudad de Rosario por el PJ entre 1991 y 1995 y ministro de Gobierno en 2002. Entrevista con la autora, 14/9/16).

Ese modo de presentarse como una persona que no podía prometer también estuvo presente en su gestión como gobernador. Un ex funcionario del ministerio de Salud nos describió la siguiente anécdota que ilustra este aspecto:

Lo que le gustó a la gente fue la poca demagogia de Reutemann. O sea, acostumbrado al político tradicional que trata de prometer alguna solución del problema, Reutemann es absolutamente crudo cuando da la respuesta y te dice ‘no, eso no lo voy a hacer’, así se lo dice a la gente. Yo fui testigo; una vez, cuando él es gobernador, en Rosario, en el Hospital Provincial se había descompuesto una incubadora y un chiquito estaba muy grave, estuvo a punto de morir, hubo que llevarlo a un establecimiento privado. Yo estaba en ese momento con quien era ministro de Salud y Reutemann, cuando los periodistas le dicen ‘¡cómo puede ser que en el Hospital Provincial haya una sola incubadora?!’, cualquier político hubiera dado la respuesta ‘mañana mismo estamos licitando’ y Reutemann no tuvo ningún problema en decir: ‘bueno, yo tengo que manejar un presupuesto, tengo que comprar incubadoras, pero también tengo que comprar chalecos antibala para los policías y también tengo que comprar pizarrones para las escuelas’. Esa fue la respuesta que dio Reutemann (Raúl Borello, secretario Legal y Técnico del Ministerio de Salud entre 1991 y 1994. Entrevista con la autora, 19/5/17).

Otro ejemplo se observa cuando, en medio de su recorrida por la catástrofe de las inundaciones, Reutemann afirmaba a productores rurales afectados y a los presidentes comunales de las distintas localidades:

No podemos prometerles nada porque ni siquiera sé si podremos prorrogarles los vencimientos impositivos debido a que la situación financiera de la provincia es difícil […] En épocas buenas es fácil asistir a quienes tienen problemas, pero en este momento y ante la situación que tenemos habrá que recurrir al ingenio (EL, 6/1/92).

Esa ausencia de promesas lleva a una lógica de “inversión de la representación hobbesiana” (Annunziata, 2012a) bajo el formato de proximidad: no es el representante el que actúa por otros sino que son los mismos ciudadanos los que expresan qué es lo que el gobierno debe hacer, en continuidad con la inversión según la cual es el político el que actúa como un ciudadano común y no como un político. Decía Reutemann en campaña:

No vine a prometer nada. Solamente vengo para que, en lugar de hablarles de mis planes de gobierno, sean ustedes los que me digan qué es lo que necesitan que yo haga si soy gobernador […] Los planes tienen que hacerlos ustedes, y realizarlos ustedes con la ayuda del gobernador (EL, 4/8/91).

Este fue, en efecto, otro aspecto del liderazgo de Reutemann que lo distinguió del de otros outsiders de la época. Por ejemplo, Cintia Rodrigo (2013) afirma que la campaña del justicialismo en San Juan en 1991 (cuyo candidato era el empresario Jorge Escobar) tuvo una profunda “apuesta programática” y una visible “mística partidaria” encabezada por este outsider (ibíd.: 87) que se complementó con un discurso anti-corrupción hacia el final de la campaña. Los programas y las promesas se relacionaban, entonces, con la fisonomía del “casi Mesías” que, según la autora, portaba Escobar.

La presentación como “comprovinciano” y “no-político”

Como analizamos en el capítulo 2, la década del noventa fue un periodo de la historia política de nuestro país durante el cual se consolidó una modalidad de juzgar la actividad de los políticos (por parte de la ciudadanía pero también por los políticos mismos) a partir de criterios de orden moral (Frederic, 2004; Pereyra, 2012). La crítica de la práctica política desde una ética individual ocupó un lugar central en el debate político de esos años (Mocca, 2002). Y, dentro de ella, el cuestionamiento de la corrupción de los funcionarios públicos devino en un tópico que marcará los principales posicionamientos políticos, especialmente, a partir de la conformación del FREPASO en 1994 como fuerza política opositora al gobierno de Menem (Novaro y Palermo, 1998; Pereyra, 2012).

El proceso analizado de crisis de representatividad del peronismo santafesino hacia fines de los años ochenta –especialmente vinculado a la imagen de corrupción e ineficiencia de los principales referentes del gobierno y del partido– marcó el surgimiento del liderazgo de Reutemann definido por atributos como la honestidad y la eficiencia que se oponían a aquellos que portaban los políticos del peronismo que lo precedieron en el gobierno. Ahora bien, lo que define el caso santafesino en torno a estos tópicos es que así como resolvieron la crisis de legitimidad de la dirigencia justicialista local, serán detentados por la figura de Reutemann (y por el peronismo bajo su conducción) más allá de esa coyuntura de crisis, definiendo un formato de representación y de ejercicio del gobierno que se extenderá a lo largo de toda la década.

En efecto, el tipo de legitimidad de proximidad no consistió únicamente en el desarrollo de una estrategia que resaltara la cercanía física para con los ciudadanos (empatía y escucha), sino que se completó con otros dos componentes propios de este tipo de vínculo político: la auto-presentación del gobernante como un “hombre común” (Annunziata, 2013b) –en nuestro caso, como un “comprovinciano” más– y la construcción del vínculo político bajo parámetros morales o éticos individuales, es decir, no políticos.

Cuando Reutemann se presentó por primera vez a la prensa como posible candidato su estrategia consistió en exponer la legitimidad de su voluntad de ser gobernador de los santafesinos desde su lugar de “hombre de la provincia” y, desde allí, justificar que poseía un conocimiento válido para gobernar siendo aún un extranjero de la política:

Como hombre de la provincia conozco todos sus problemas –sé que cada dos por tres no hay clases, quiero que los hospitales funcionen– y lo que aquí ocurre […] Es decir, todos los problemas que preocupan a los santafesinos y que quieren que cambien […] No estoy viendo las cosas desde afuera (Primera entrevista del diario EL a Reutemann, 21/1/91).

Desde este lugar de enunciación, Reutemann interpelaba a los sujetos determinados por sus relaciones de tipo filial (la comunidad familiar) y no partidaria, política o ideológica, reforzando la imagen de “hombre común” y de semejanza con los demás: “Creo que todos debemos unirnos y superar las diferencias; volvernos por Santa Fe, por nuestros hijos, por nuestros padres, por nuestros abuelos, por nuestra provincia” (EL, 21/1/91).

Se configuró así una identificación con los ciudadanos despojada de referencias de clase o de pertenencia partidaria y construida, por el contrario, en torno a la condición de personas que habitaban una comunidad mayor –la provincia– y que se vinculaban entre sí por sus lazos de parentesco. Su “simple interés” en la provincia lo facultaba para aspirar a gobernarla. Afirmaba Reutemann:

No soy una planta que vive solamente, he pasado muchos años en distintos países del mundo […] y ahora estoy en la Argentina y no puedo estar al margen; es simple, estoy en Santa Fe y me interesa lo que pasa en mi provincia (LC, 8/4/91).

En este sentido, Reutemann se presentaba como una persona simple, austera y sin ambiciones. El día de la elección a gobernador afirmaba no tener

ningún afán ni locura desmesurada. Estoy en un local chiquito, frente a la plaza San Martín, sin computadoras ni urnas. Manejo datos provenientes del ministerio del Interior y del comando electoral de la provincia. Todo lo que realizamos es a pulmón (LC, 9/9/91).

Como se ve, identificaba su figura con atributos como la simplicidad, la mesura, la austeridad, el esfuerzo y la humildad de cualquier ciudadano. Y aún estando en ejercicio del gobierno, seguiría mostrándose como una persona sin cualidades extraordinarias para el mando. Buscaba presentarse no como un “estratega” político sino como alguien que venía a cumplir las simples demandas que la gente le había presentado durante la campaña. Decía Reutemann en una entrevista televisiva:

Yo se cuando yo me metí en política qué es lo que pidió la gente en su momento, qué es lo que me dijeron a mí que yo haga en la provincia y yo hice lo que la gente me pidió: si la gente me hubiera pedido a mí […] que querían un estratega para la provincia de Santa Fe […] yo no hubiera ido, no hubiera sido candidato. Pero como la gente me dice, ‘pelee contra la corrupción, arréglenos algunos caminos, háganos algunas escuelas, cómprenos algunos móviles para la policía’, eso es lo que me pidió la gente, eso es lo que yo hice. Si querían que sea como Helmut Kohl [Canciller alemán entre 1982 y 1998, conocido como “el padre de la reunificación de Alemania”], no hubiera ido (Entrevista en un programa televisivo de la ciudad de Santa Fe. Archivo TVDOC, [disponible en] < http://tvdoc.com.ar>).

Según su presentación de sí, entonces, Reutemann no perseguía ninguna gran ambición como político porque la “gente” tampoco le había pedido demasiado; solamente le había demandado que arreglara “algunos” caminos, que construyera “algunas” escuelas, que adquiriera “algunos” móviles. Su imagen era la de una persona sacrificada pero con escrúpulos en la búsqueda de poder, disciplinada, que había obtenido todos sus logros a partir del esfuerzo y el mérito personal. En este sentido, decía:

No tengo las condiciones de Bill Clinton ni de Helmut Kohl ni de Gianni Agnelli […] Mi ambición era correr en la Fórmula Uno, y llegué a hacerlo. Me metí en los mejores equipos; gané muchas carreras –pese a que los argentinos dicen que siempre llegué segundo–, y salí con vida del negocio. Estoy contento. No traje el campeonato del mundo, pero la sensación que tuve en ese momento fue, porque soy muy creyente, que Dios me decía: ‘Hasta acá llegaste. Esto no te lo dejo porque sería demasiado’. Y así fue (Carlos Reutemann, citado en Pandolfo, 2010: 13).

El hecho de haber nacido y vivido en un entorno rural le daba sentido a esa imagen de frugalidad y sacrificio con la que se mostraba. Junto con ello, su educación secundaria en un colegio jesuita (al cual se le atribuía brindar una formación rígida y estricta), contribuía a fortalecer esa imagen. Nicolás Cherny describe la figura de Reutemann en este mismo sentido:

Existe en Santa Fe cierta idealización de Reutemann basada en la creencia de un comportamiento casi ascético que lo distingue de la baja valoración de los referentes del peronismo santafesino de fines de los ochenta. La decisión de residir en su chacra santafesina e involucrarse en la vida política de la provincia –‘pese a ser un hombre famoso, adinerado y exitoso que, tal como lo hace su familia, podría estar viviendo en Europa’– pareciera haber constituido un mito que le otorga una cualidad a la vez sacrificada y mesurada a su imagen pública (2003: 168).

Esta misma imagen declinaba hacia la figura del “santafesino”. En una entrevista en el diario a un año de su asunción Reutemann expresaba:

Esta es una provincia maravillosa, una provincia de gringos. Y ellos son de lucha, de sacrificios. Su gente tiene una mentalidad muy especial, es gente dura. El santafesino, en todos los lugares del territorio, presta mucha atención a los manejos del Estado. Es muy observador de todo, hasta de los detalles más insignificantes y, entonces, hay que tener cuidado (EL, 11/12/92).

En ocasión del Día Nacional de la Agricultura, en un acto en la localidad de Esperanza (zona de agricultores y ganaderos), el gobernador expresaba:

Estoy orgulloso por ser hijo de los que poblaron esta zona, ejemplo de solidaridad […] Aquí se registra el menor índice de evasión fiscal, lo que significa que aquí se trabaja con honestidad (EL, 6/9/92).

En efecto, en el próximo capítulo veremos cómo este discurso del “hombre común”, sacrificado y honesto se articuló coherentemente con el discurso oficial sobre las políticas públicas, específicamente, sobre las medidas neoliberales de reforma de la economía y del Estado aplicadas en la provincia.

Además, Reutemann se presentaba, diferenciándose de los políticos “tradicionales”, como una persona transparente y “sin dobles mensajes”:

Yo no soy político […] Mi comportamiento es al revés de quienes manejan el diálogo político. Entonces se genera otro tipo de relación. Conmigo no hay operadores políticos, no hay dobles mensajes, no hay operativos de prensa. Es diferente, yo no tengo las mañas de los viejos lobos (EL, 11/12/92).

Su proveniencia de un campo muy alejado con respecto al de la política partidaria como lo era el mundo del automovilismo internacional y su figura de hombre solitario “que vivía solo en el campo”, buscaba generar la creencia de que su persona se mantendría a salvo de las impurezas que atravesaban al mundo político. En este sentido, un funcionario entrevistado nos decía:

Era un tipo parco, que era muy difícil sacarle una sonrisa, una palabra, pero la gente decía ‘este tipo no nos viene a robar’. El emergente de Reutemann demuestra la profunda crisis de confianza que vivió la Argentina cíclicamente. Que una persona que viene por fuera de la política, ¡hasta por fuera de todo! Porque era un corredor de Fórmula Uno. Porque si vos me dijeras el periodista, el periodista no viene por fuera de la política; un profesor universitario no viene por fuera de la política; él viene de correr carreras de Fórmula Uno que es un mundo, una burbuja donde son 4 ó 5 personas que hablan por teléfono y los demás salen a la pista, y cuando se viene acá se va a un campo que está solo también (Raúl Borello, secretario Legal y Técnico del Ministerio de Salud entre 1991 y 1994. Entrevista con la autora, 19/5/17).

Su imagen de “hombre común” se expresaba, además, en el uso de un lenguaje coloquial en las escasas ocasiones en las que hacía un uso público de su palabra, ajeno por completo a la jerga convencional de los políticos. Ejemplos de esto son las siguientes frases de Reutemann:

Que haya clases para que los chicos no sean burros (LC, 12/9/91).

Que tengamos polenta donde haya alguien que quiera comer (LC, 7/9/91).

Le pido a la gente que no se dé manija en este asunto [de la corrupción]. Cuando se hable de cosas raras habrá que pedir seriedad y pruebas (LC, 15/9/91).

Hasta diciembre, poner todo en una congeladora [sobre la necesidad de que el gobierno saliente no tome medidas nuevas hasta que él asuma como nuevo gobernador] (LC, 12/9/91).

Todo de frente y por derecha. Nada por zurda (EL, 11/12/92).

Asimismo, hacía gala de un modo de actuar según el cual suspendía por momentos su función institucional como gobernante (que consiste, por ejemplo, en la obligación de velar por el cumplimiento de la ley), para posicionarse desde el lugar de un ciudadano cualquiera. La siguiente anécdota sobre la manera de hacer frente a una situación de inseguridad en la calle a través de la infracción a la ley de tránsito, describe este aspecto de su figura como una que buscaba identificarse plenamente con la del hombre común. Declaró una vez a la prensa:

Nadie está exento de este tipo de problemas [de inseguridad]. A mí también me pasa cuando ando por la calle y tengo cuidado especial de noche, cuando llego a un semáforo. [Habrá que colocar los semáforos intermitentes a partir de las 22 hs.], de lo contrario, los pasaremos en rojo, aunque cometamos una infracción (Carlos Reutemann, La Nueva Provincia, 6/3/03).

Su discurso dejaba traslucir, además, una concepción simplificada (“esto es muy fácil”; “después se verá”) de lo que se entendía por la acción del gobernante. La política era sinónimo de “administración”, lo cual suponía operaciones básicas de cálculo de “ingresos” y “egresos”:

Tenemos dos brazos. Una cabeza, sentido común y cerebro (LC, 8/12/91).

Con Domingo Cavallo podemos hablar pero de cualquier manera no necesitamos un premio Nobel en Economía. Con un buen administrador que empiece a ver el tema ingresos, egresos, qué se aporta, cómo, cuándo. Cuando tengamos todos esos datos y también cómo se gasta y cuándo la plata, encontraremos un punto de equilibrio y se verá (LC, 12/9/91).

A la provincia hay que realizarle una tomografía para conocer en qué estado se encuentra, tener un equipo de gente que ya empiece a trabajar sobre esta realidad y que sepa en qué estado va a llegar a diciembre. Después de esto es muy fácil, aquí ingresa tanto y sale tanto, como en una familia, si ganamos un millón no podemos gastar cuatro (LC, 8/4/91).

La idea de que la actividad política o el ejercicio del gobierno era una práctica simple, sin mayores complejidades y de que se podía aprehender desde el “sentido común” es propia de la retórica antipolítica (Mocca, 2002). Los conflictos, la pluralidad, la diversidad de intereses presentes en toda sociedad son ocultados bajo una concepción simplista del funcionamiento social y de la práctica política. Por eso, también, en el discurso reutemannista se reducía el accionar del político a los imperativos de una ética individual y/o de una llana administración de los recursos existentes, como describiremos en el próximo capítulo. En efecto, la reducción de la política a imperativos morales fue un recurso central en la construcción y legitimación del liderazgo de Reutemann, según la naturaleza de la crisis que previamente había atravesado al gobierno del PJ.

Un atributo moral clave de su figura pública fue la honestidad. Ésta era presentada como una virtud excepcional entre el conjunto de la clase política santafesina, contraria al ventajismo y al éxito rápido. Además, era la medida del cumplimiento de las promesas –no desde un programa político sino desde la identidad de “hombre común”–, que el gobernante había hecho a la ciudadanía. Así, Reutemann afirmaba que el deber del político era “cumplir con lo prometido”, lo que suponía, a su vez, “ser honesto”:

Cumplir con aquello para lo cual se ha comprometido. Esto, en todas las escalas: desde un concejal hasta el tope. Cumplir con lo que dijo, con su gente, no defraudarla. Pero la Argentina es un país donde, evidentemente, tiene éxito el que es más vivo, más rápido; el que llega a una posición económica y social alta lo más rápido posible. Si a los veinticinco tenés tu jet, tu auto, tu casa en Punta del Este, y nadie sabe cómo, sos un fenómeno. Si tenés alguna de las características de un tipo más honesto, sos un estúpido (Carlos Reutemann, citado en Pandolfo, 2010: 13).

Así concebían también los políticos del peronismo a Reutemann. Afirmaba, por ejemplo, Jorge Obeid: “[Reutemann es] un hombre decente, un hombre limpio, un hombre de una trayectoria limpia como deportista, como empresario” (Jorge Obeid, Archivo TVDOC, [disponible en] < http://tvdoc.com.ar>).

Otra virtud propia del ámbito de la moral que aparecía como atributo de su liderazgo era la austeridad. Dicha virtud fue especialmente capitalizada por Reutemann para legitimar las políticas de “ajuste”[6]. Durante la campaña sentenciaba: “No son tiempos ni para dádivas ni para compras de juguetes y pan dulces. Quiero que quede bien claro que la austeridad será una de las características de mi gestión si llego a ser elegido” (EL, 3/9/91). Y también: “Las líneas ya están bajadas para todos: no al despilfarro, al malgasto; sí al orden, la eficiencia, la transparencia, el sentido común y la ejecutividad (EL, 30/8/91).

Esa imagen de austeridad lo contraponía al estilo menemista, percibido como farandulero y ostentador. En efecto, la idea de la “farandulización” de la política durante los años noventa se volvió una categoría analítica que refería, por un lado, al despliegue de estilos de comunicación política similares a los que caracterizaban a las estrellas del espectáculo y, por otro lado, a la incorporación al mundo de la política de figuras provenientes del exterior de dicho mundo, como el deporte o el espectáculo (Qués, 2014). Esta visión se enmarcaba en los diagnósticos críticos sobre la “crisis de representación política” y el declive de la calidad del régimen democrático, donde el comportamiento “corporativo” de la clase política con conductas frívolas y cerrada sobre sí misma era un aspecto más de aquélla crisis y de aquél declive (Pucciarelli, 2002). Sin embargo, Reutemann supo sustraerse de ese marco interpretativo y reconvertir su condición de celebrity quitándole el aspecto de frivolidad, mediatización y espectacularidad propio de un ámbito como el del automovilismo internacional, de donde provenía. Como nos decía un entrevistado:

Esta idea de la banalidad de la política, esa versión del menemismo en el sentido de que Menem no tenía ningún prurito en tener una vida- que le regalaran una Ferrari, era un poco la farandulización de la política. Bueno, el Lole era todo lo contrario, a su manera, con sus códigos, porque siempre fue así. Por ejemplo, todo el mundo sabía que él tenía una situación económica muy fuerte, que tenía campos en la provincia, […] pero la verdad era que era todo lo contrario a Menem, no vivía eso mostrándoselo, al contrario, era famoso por lo amarrete, por decirte algo, entonces todo eso penetró en la sociedad, en lo popular, de una manera notable. La gente sintió que él no venía a llevarse nada, de la política ni del Estado, y eso le dio, creo, un espaldarazo muy importante” (Esteban Borgonovo, concejal de la ciudad de Rosario por el PJ entre 1991 y 1995 y ministro de Gobierno en 2002. Entrevista con la autora, 14/9/16).

La cualidad de la honestidad declinaba, asimismo, hacia los ciudadanos que también debían ser honestos. Expresaba Reutemann:

Nos toca vivir en forma conjunta, pueblo y gobierno, una instancia democrática que ambos hemos sabido alcanzar y es también en forma conjunta nuestra responsabilidad ejercerla […] y ello sólo lo lograremos con un ciudadano honesto y participativo” (Carlos Reutemann, Discurso ante la Asamblea Legislativa, 1/5/94).

Reutemann supo, por lo tanto, moverse con habilidad desplazándose a través de diversas figuras, atributos y modelos, dándoles contornos y límites propios. De cada uno de ellos (del deportista, del empresario, del hombre de campo, del santafesino) seleccionaba atributos y cualidades diversos que formaban, en conjunto, una imagen sui generis de su persona representativa. Siendo un ex corredor de Fórmula Uno, no era visto ni como un farandulero ni como una persona mediática. Siendo un empresario agropecuario adinerado, se valoraba su austeridad y su vida sencilla y reservada. En esta línea, observamos algunas similitudes y diferencias con respecto a la figura de otro líder de proximidad emergido posteriormente a la escena política argentina: la de Mauricio Macri. En efecto, este empresario y ex presidente del club de fútbol Boca Juniors (y actual presidente de la Nación) es identificado por la literatura como el prototipo actual de político cuya estrategia de representación se cimenta fuertemente en la construcción de un complejo vínculo de proximidad con la ciudadanía, aunque este formato no sea prioritario de ninguna figura ni partido político en particular (Annunizata y otros, 2017; Mattina, 2015 y 2016). Así, ambas figuras comparten, en primer lugar, la estrategia de poner en valor su condición de empresarios y personas con una alta posición socio-económica como garantía de su honestidad e interés sincero en la actividad política a la cual decidieron volcarse en un momento determinado de sus trayectorias. En segundo lugar, ambos son emergentes de la estrategia menemista de traer como representantes de la Nueva Argentina a figuras que eran identificadas con el modelo del empresario joven y exitoso (cfr. Mattina, 2015)[7].

Ahora bien, entre estas dos figuras que iniciaron sus carreras políticas desde un lugar de outsiders se presentan algunas diferencias notorias que le otorgan a cada una su especificidad. Mauricio Macri fue un emergente de la crisis social, política y económica del año 2001 que privilegió, entre otros aspectos, la conformación de un nuevo espacio político –especialmente, en la Ciudad de Buenos Aires– integrado por fragmentos de partidos tradicionales en disponibilidad luego del estallido del sistema partidario tradicional. En ese marco, Macri emergió como líder político bajo la formación de una nueva fuerza (que terminará conformando el partido PRO –Propuesta Republicana–) [Mattina, 2015 y 2016], mientras que Reutemann surgió en un estadio anterior de la política argentina en el cual las nuevas figuras políticas se inscribían, generalmente, dentro de un sistema partidario que todavía mantenía su estabilidad (al igual que sus outsiders contemporáneos Ortega, Escobar o Moine).

En segundo lugar observamos una diferencia entre ambos liderazgos que hace a su especificidad en la construcción de sus respectivas estrategias de proximidad. El lazo de proximidad diseñado por Macri pone en escena una dimensión que es fundamental en su estilo de vinculación con la ciudadanía: la intimidad (Annunziata y otros, 2017). En efecto, la identificación “anti-carismática” en esta figura “se nutre de una puesta en visibilidad de lo íntimo” (ibíd.: 2) en una doble dimensión: la de las historias de vida privada, personal y familiar de los políticos, y la de las historias de vida de los “ciudadanos comunes”, cuyas vivencias y preocupaciones los políticos buscan escuchar, comprender y compartir. En ello tiene que ver, primordialmente, un contexto hipermediatizado de la política y de la sociedad (y el rol fundamental de las redes sociales), inexistente en los inicios de los años noventa. Macri es, en este sentido, el ejemplo más destacado de construcción de un lazo que acerca al líder y al ciudadano común a partir de la puesta en escena de su intimidad privada y familiar.

El caso de Reutemann aparece como el opuesto en este punto. No hay en él una puesta en visibilidad de la intimidad del dirigente sino que, al contrario, su legitimidad está edificada y sostenida por una revalorización que el propio líder hace (y de la que la ciudadanía participa) de una imagen reservada, austera, no afecta a la exposición mediática. En efecto, poco se conoce de su vida privada, familiar o amorosa una vez que abandonó la exposición a la que lo había acostumbrado la vida de corredor de automovilismo. Podríamos decir que la proximidad del vínculo político en Reutemann se construyó como una proximidad “no intimista” (Lascurain, 2021); como contracara de la estrategia macrista, la intimidad de las personas (políticos y ciudadanos) no estaba puesta al servicio de la representación de proximidad en la Santa Fe de los primeros años noventa. Por este motivo, también, su condición de ex celebrity del deporte (condición que aleja a la persona famosa y reconocida del común de los ciudadanos) era reconvertida no con el recurso a lo íntimo (que termina, finalmente, mostrando la intimidad de una personalidad destacada, pero no de un hombre común) [ibíd.], sino con otro tipo de cualidades que lo igualaban con sus “comprovincianos”. Como buscamos fundamentar aquí, esas cualidades consistieron en atributos del orden de la moral personal, en especial, las virtudes de la honestidad, la mesura, el sacrificio individual y la vida sencilla y austera.

El contenido o las imágenes del vínculo representativo

Yo creo que Reutemann es también muy representativo de Santa Fe. Porque Santa Fe es una provincia que tiene esa nota: el tipo fue toda la vida productor agropecuario, es un costado no menor para esta provincia, ídolo deportivo de un deporte que si bien no es el futbol, en esta provincia tiene, como decíamos, muchos adeptos eh, pero muchos más de lo que uno piensa, sobre todo en el interior, con una visión tirando a conservadora de muchas cosas (Esteban Borgonovo, concejal de la ciudad de Rosario por el PJ entre 1991 y 1995 y ministro de Gobierno en 2002. Entrevista con la autora, 14/9/16).

El vínculo de representación política tiene una dimensión formal que delinea los contornos y los modos bajo los cuales se presenta en la escena pública la relación entre representantes y representados. Sin embargo, esa relación formal no opera en un vacío sino que se monta sobre elementos sociales, identitarios, culturales, disponibles en el espacio en el cual dicho vínculo se estructura. En efecto, no es cualquier contenido el que se muestra y pone en escena bajo el lazo representativo sino que tiene una inscripción social, simbólica, histórica determinada según el espacio territorial en el que se despliega. En términos de Ernesto Laclau (1993), toda operación de representación se da sobre un campo simbólico y práctico parcialmente sedimentado.

Efectivamente, en las entrevistas realizadas y en el relevamiento del material de archivo pudimos detectar la recurrencia de determinadas imágenes que le daban carnadura al estilo y las estrategias representativas de Reutemann, en función de su inscripción en la sociedad santafesina. Esas imágenes reenviaban, puntualmente, a dos figuras concretas: la del “ídolo deportivo” y la del “hombre de campo”. Cada una de ellas era capitalizada por el líder para extraer ciertos atributos y cualidades que cumplían una función específica en la construcción del vínculo frente a la ciudadanía, tanto en su faceta de candidato como en la de gobernante en ejercicio. Su background social (tanto el que remite a su trayectoria deportiva como a su ocupación como empresario agropecuario) le otorgaba sentido a su práctica como político en base a ciertos recursos que de allí se extraían y reconvertían en el campo de la política (Offerlé, 2011). Del empresario agropecuario capitalizó las ideas de la “buena administración” y de la “austeridad y el control del gasto público”, mientras que del corredor de Fórmula Uno se valorizaba la faceta popular de su liderazgo y los atributos del “cálculo” y el “riesgo” necesarios para la práctica del gobierno.

A su vez, como veremos, cada imagen reforzaba distintos aspectos del formato del vínculo de representación. Si bien ambas figuras promovían la identificación con los ciudadanos y lograban una relación próxima, cercana y conocida (la identificación con el famoso corredor de autos y con el hombre de campo) al mismo tiempo mantenían en torno de la persona de Reutemann una distancia que no era totalmente borrada por la estrategia de proximidad. Tanto su condición de celebrity como su aspecto de hombre reservado y parco (atribuido a cierto temperamento prototípico del hombre rural) abrían un espacio de separación entre el común de la gente y el gobernador. Su figura cabalgaba, entonces, entre la identificación narcisista o retiniana (Abadi y Losiggio, 2017) que quitaba cualquier mediación y hacía aparecer al líder como “uno más”, un igual (propia del vínculo de proximidad), y una identificación relativa a la figura carismática que envuelve en torno suyo un aura especial, mítica y simbólica (“erótica”) [ibid.], que hace distanciar, diferenciar o poner al líder “por encima” de sus seguidores.

El hombre de campo

Una primera imagen muy significativa en la construcción del vínculo representativo reutemannista es, sin dudas, la del “hombre de campo”. Como ya hemos descripto, por su lugar de nacimiento, su crianza, su procedencia familiar y su principal actividad económica como gran productor agropecuario de la provincia, Reutemann era visto y reconocido como un hombre representativo del campo y de la ruralidad santafesinos. El apodo con el que era identificado, Lole, es un vocativo que indica la contracción de “los lechones”. Los peones del campo que administraba su padre en la localidad de Nelson lo apodaron de esa manera al escuchar reiteradamente a su joven patrón rubio darles la orden de “buscar lolechones” (Vargas, 1997: 17). Para la elección que lo consagró gobernador, si bien su sublema obtuvo porcentajes de votos mayoritarios entre las opciones del peronismo en todos los departamentos de la provincia (del norte y del sur), tuvo picos de adhesión electoral tanto en el departamento La Capital (donde se encuentra su localidad de nacimiento, Manucho) como en zonas con importante población de origen rural (como Castellanos, Villa Constitución, Las Colonias, 9 de Julio o San Lorenzo)[8].

Uno de nuestros entrevistados nos describía la fuerte adhesión de su figura entre los pueblos y zonas rurales:

Iba en campaña pueblo por pueblo, con el auto, lo recibían gringos amigos de él, iba por el camino, no entraba, ni siquiera entraba, juntaba 15 tipos, y les decía, ‘che, dénle una mano a Alberto’ [el candidato local]. No, terrible en el tema electoral […] en el interior es muy fuerte (Mario Lacava, subsecretario de Gobierno en la Secretaría de Promoción Comunitaria de la municipalidad de Santa Fe entre 1991 y 1995. Entrevista con la autora, 11/10/16).

El propio Reutemann en el momento de presentar públicamente la conformación de su sector electoral dentro del peronismo (Creo en Santa Fe) aludía a la “herencia de honradez y trabajo” de sus antepasados “gringos y criollos”. Éstos eran, en efecto, los sujetos a interpelar en la estrategia de captación de votos, identificando a los santafesinos con este sector social en particular[9]. Decía:

Yo creo en Santa Fe, creo en sus valores humanos, en su extraordinario potencial económico, en la herencia de honradez y de trabajo que recibimos de nuestros abuelos gringos y de nuestros padres criollos (EL, 8/4/91).

Justamente, su imagen de persona esforzada, sacrificada y austera (que se trasladaba, también, a la población que habitaba en el campo) estaba asociada con el prototipo de hombre rural y con el trabajo arduo y penoso de la vida en ese entorno social y territorial. Esa imagen tuvo múltiples declinaciones en la forma de recursos personales que Reutemann decía implementar para el ejercicio del mando gubernamental. Como señalamos, tanto su capacidad de “escuchar” por su modo silencioso y parco, como una personalidad relacionada con la austeridad, el cálculo y el control de los gastos, eran todos atributos capitalizados en el trabajo político que cobraban sentido por su origen y ocupación como empresario rural[10].

Las recorridas por el interior de la provincia y la visita y participación en las múltiples festividades vinculadas a la vida de las comunidades rurales santafesinas eran parte del trabajo de gobierno en el marco de la estrategia de proximidad. Un ejemplo es la popular “Fiesta de la Cerveza” en la localidad de San Carlos Sud. En una ocasión, Reutemann –desde su lugar de gobernador– recordaba la “gesta de la colonización” de las principales tierras del centro-oeste santafesino por parte de los primeros inmigrantes, entre ellos, sus ascendientes de origen suizo (EL, 20/1/92).

En los primeros capítulos de este libro hemos analizado la estrecha asociación entre los políticos del peronismo santafesino que condujeron el partido y la provincia en los años ochenta y los sectores del sindicalismo industrial, especialmente, de la zona del Gran Rosario, cuna de la actividad manufacturera y centro urbano principal de la provincia. Ahora bien, ¿cómo se articuló simbólicamente en la década siguiente la fuerte raigambre rural del nuevo líder y gobernador con su inscripción en el peronismo? Según la literatura especializada en los orígenes del peronismo en esta provincia, el movimiento fundado por Perón se nutrió aquí (como así también en la vecina provincia de Córdoba) no solamente de las grandes masas de trabajadores movilizadas el 17 de octubre de 1945 sino también de las canteras de sectores “social y políticamente tradicionales” (Macor y Tcach, 2003: 23), como los provenientes del nacionalismo integrista que tomó el control del Estado en 1943, los de la militancia católica y los del radicalismo yrigoyenista. El Estado peronista en sus orígenes en Santa Fe estuvo conformado, así, por “elites con arraigadas tradiciones” (ibíd.).

En efecto, la vinculación entre el peronismo y los sectores políticos tradicionales de Santa Fe (cuya base social se hallaba en gran medida entre los pequeños y medianos productores de las zonas del interior provincial) persistió a lo largo del tiempo. En este sentido, otro entrevistado (oriundo de la ciudad de Santa Fe) nos describía cuál era la percepción que Reutemann tenía de esta fuerza política y la manera en la que se asoció en la década del noventa el fenómeno del liderazgo reutemannista con su inscripción en el peronismo y con cierta ideología conservadora presente entre los sectores rurales de la provincia:

[Reutemann] a Perón lo vía con una gran simpatía, como un viejo zorro, inteligente, con viveza criolla, eso era lo que le gustaba de Perón. Y al peronismo lo veía como un partido conservador, lo veía con una enorme simpatía, porque Reutemann es un tipo de campo, o sea, es un tipo que le gusta arriesgar, calcular el riesgo, y el peronismo en Santa Fe se parece mucho a esa idea. A lo mejor en otros lugares no, pero acá sí. Es más, él hizo que al peronismo lo votara la UCEDE masivamente, porque lo veía muy bien para lo que eran los tipos estos que viven en los pueblos, un partido respetable, un partido tranquilo (Ariel Dalla Fontana, diputado provincial por el PJ entre 1991 y 1995. Entrevista con la autora, 30/3/16).

Este imaginario de Perón como un dirigente “inteligente” y del peronismo como un partido conservador, “tranquilo”, se inscribe en lo que Sergio Morresi (2015) ha descripto como la gramática del “campo de la derecha” en Argentina. En efecto, según el autor, la derecha constituye un “espacio” o “campo” (más que un conjunto de valores ideológicamente homogéneos –como las ideas conservadoras– o un grupo social determinado, como las clases altas, aunque puede incluirlos) en el que diferentes formas de la misma “luchan entre sí por el dominio, pero que son capaces de actuar de forma solidaria: el rechazo por lo externo es superior a las disidencias internas y permite la conformación de un campo con cierta autonomía” (ibíd.: 172). Es más bien una gramática común, una operación discursiva, una red de conceptos que varían a lo largo del tiempo pero que se construyen de manera coherente alrededor de un eje o “mito fundante”. Así, la derecha argentina ha expulsado de su campo significativo tanto al populismo como al socialismo como su “exterior constitutivo” (Laclau, 1994) y ha erigido para sí el mito fundante de la “República perdida” asociada a la Argentina del primer centenario (Morresi, 2015).

Entre esos conceptos que integran la idea de la República perdida aparecen, según Morresi, los valores morales del esfuerzo y la templanza, los religiosos del cristianismo, los filosófico-económicos de la responsabilidad individual y la solidaridad de los más aventajados frente al conflicto de clases, y los político-económicos como la propiedad privada que garantiza la libertad y valoriza el esfuerzo versus la falta de respeto por lo ajeno (ibíd.: 174). Como vemos, cada uno de estos elementos aparece, efectivamente, en los contenidos del vínculo representativo que Reutemann construyó con la ciudadanía santafesina, construcción que reificó fuertemente una ciudadanía en función de su condición de habitante y trabajadora de la ruralidad.

El siguiente fragmento de una entrevista a Américo Grossi (presidente de la Asociación de Concesionarios Fiat con la cual Reutemann empezó a desarrollar su carrera automovilística), publicada al momento de su asunción como gobernador, expresa el modo como se asociaban en su figura los atributos vinculados al esfuerzo y la templanza (o la “tenacidad” y la “perseverancia”) con los ámbitos del deporte, del trabajo en el campo y, finalmente, de la política. Allí expresa Grossi:

Empezamos a charlar y me di cuenta que se trataba de un hombre muy serio, muy educado, perseverante y estudioso, y me gustó mucho […] Él siempre fue muy parco. No dice más de lo necesario. Es un chico inteligente, con reflejos muy rápidos. Su forma de ser no refleja su velocidad mental ni sus reflejos. Son dos cosas completamente distintas […] Yo le voy a dar un ejemplo que habla de su tenacidad e inteligencia, pero además de su sencillez. No se olvide que él vino de Europa un día por ciertos problemas de la Fórmula Uno, siendo subcampeón mundial. Él era estrella y se vino aquí y a los 15 días estaba en su tractor trabajando. Creo que nunca dejó de atender su gente, su campo. A mí me asustó cuando el periodismo empezó a decir que él había aceptado la candidatura. Después, cuando empecé a observar, a recordar las cualidades, empecé a tener fe. No hay dudas que es inteligente y que tiene tenacidad. Esas condiciones son muy importantes en todos los aspectos de la vida. Lo que importa de los hombres es su tenacidad, su fuerza de voluntad para trabajar y la velocidad de sus reflejos para resolver los problemas que tiene. No se va a meter a ser esclavo de sus opiniones. Antes las va a pensar, pero cuando las emite no las cambia (Américo Grossi, EL, 10/12/91).

Ahora bien, como un campo identitario no es algo cerrado y fijado de una vez y para siempre sino que contiene un “plus articulador” o una suplementariedad que puede ser asimilada según el juego de interacciones de sus integrantes, durante los años noventa la derecha –que en el pasado había optado por apoyar o protagonizar estrategias antidemocráticas como el golpismo, el fraude o la proscripción de algunas fuerzas políticas– se inclinó hacia la estrategia del “entrismo”, en particular, en el peronismo (ibíd.: 177). Es decir, el apoyo y la participación de miembros de partidos de derecha en el esquema gubernamental del PJ, sea de modo informal –votando íntegramente al PJ– como formalmente –constituyendo alianzas electorales o afiliándose al peronismo–. Dicha estrategia fue vehiculizada gracias a las transformaciones identitarias y organizacionales que el PJ empezó a experimentar con la llegada de Carlos Menem a la presidencia del país y la consolidación del paradigma neoliberal. En ese marco es que el partido orgánico de la derecha argentina durante la era democrática (la UCEDE) se inclinó, en Santa Fe, por la adhesión electoral –aunque no formal– a la figura de Reutemann, como también lo hizo el PDP (el otro partido con fuertes bases electorales entre la población rural) y cuya expresión fue la integración del primer gabinete del gobernador con dirigentes de este partido[11].

Sin embargo, para los sectores del peronismo santafesino críticos de la figura de Reutemann, ésta constituía una anomalía (“no tenía nada que ver”) dentro de un movimiento que, desde el punto de vista de estos grupos –muy vinculados a la militancia de base– se definía por su cariz plebeyo y revolucionario. En este sentido, el peronismo asociado a aspectos liberal-conservadores (como se expresó en los años noventa) significó el vaciamiento del sentido mismo de esta identidad y de la militancia política y social. Así, Reutemann era ubicado dentro de un esquema de significados donde “peronismo menemista”, “liberalismo” y “conservadurismo” formaban parte de una misma familia de conceptos. Estas críticas provenían, fundamentalmente, desde los sectores urbanos e industriales del peronismo rosarino (como analizamos también en el capítulo 3), cuyos modos de vida y “estructuras del sentir” (Williams, 1980) peronista aparecían como los opuestos a los de los habitantes rurales del centro y norte de la provincia. Un entrevistado expresaba este modo de pensar crítico del reutemannismo:

Reutemann tenía que ver con el peronismo lo mismo que yo con la aristocracia. Nada. Muy ligado todo a lo más conservador de la provincia de Santa Fe. Al partido lo cerró, no existía la militancia. Las unidades básicas se empezaron a cerrar, hasta las oficiales; nosotros pasamos a depender de una figura. Ligado a lo conservador, a lo liberal… menemista. Era un tipo serio, austero, andaba sin custodia, un tipo que se recluye en el campo, común, nada de extravagancia; a la gente la capta eso […] El menemismo calzó perfectamente con Reutemann […] Era tan fuerte su liderazgo que era muy difícil militar en ese momento, para el militante tradicional. Yo me fui a mi casa (Roberto Bursich, militante de base del PJ Rosario durante los ochenta y noventa. Funcionario del Ministerio de Desarrollo Social entre 2003 y 2007. Entrevista con la autora, 13/9/16).

El ídolo deportivo

La otra figura de importancia con la que se complementó la del “hombre de campo” fue la del “ídolo deportivo”. La función principal de esta imagen representativa fue la de capitalizar una potente tracción popular entre la ciudadanía santafesina. La figura de Reutemann como ex corredor internacional y subcampeón mundial de automovilismo de Fórmula Uno no constituyó un sustrato fundamental para su construcción del vínculo representativo sólo al inicio de su carrera política, sino que se extendió ya avanzada su trayectoria como gobernador y como líder del peronismo local. Una crónica de las elecciones legislativas del año 1993 titulada “El ídolo popular junto al funcionario” relata el modo como “el Lole” seguía siendo, a la vez, una estrella del deporte mundial y el gobernador de la provincia. El pedido de autógrafos convivía con la demanda de políticas para la mejora de la vida de los ciudadanos:

Carlos Reutemann volvió a vivir ayer las escenas infinitamente repetidas durante las caravanas de la victoria realizadas dos años atrás, cuando encabezaba las columnas de automóviles, capitalizando los votos que lo llevaron a la máxima conducción provincial. A cada paso, los adherentes confundían en la figura del ‘Lole’ al dirigente político y el ídolo deportista de los ’70 recordándole anécdotas, reviviendo triunfos y derrotas y exigiéndole al tiempo realizaciones concretas de su obra de gobierno. No en pocas oportunidades el gobernador debió detenerse a autografiar imágenes de afiches de Juan y Eva Perón o del propio presidente Carlos Menem, trocando aquellas figuras con otras que lo mostraban a él mismo luciendo el ‘antiflama’ en las pistas de Fórmula Uno (EL, 26/9/93).

Reconvirtiendo atributos que traía por su trayectoria de automovilista, Reutemann se presentaba a sí mismo como portando una mentalidad diferente a la del político “tradicional” que le serviría para tomar decisiones de gobierno “rápidas” frente a la ineficiencia y lentitud con la que actuaba aquél[12]: “En mi profesión [de automovilista] la vida, que es lo más preciado que tenemos, dependía de decisiones o reacciones, de instintos, de milésimas de segundos. Mi conformación mental es diferente a la de un político tradicional” (EL, 26/8/91).

Un editorial del diario Rosario/12 transmitía también esta visión que asociaba en la persona de Reutemann la capacidad de tomar decisiones políticas importantes con gran autonomía con la práctica del “estar solo” dentro de un auto de carrera otorgada por su profesión como deportista:

Reutemann proviene de un ámbito completamente diferente, y a pesar de los años que lleva en la política, en los momentos clave emerge el corredor de Fórmula Uno. Tiene un equipo, un director general, mecánicos en los que confía, respaldo económico y gente que lo alienta. Pero a la hora del cambio de luz, cuando se cambia el semáforo y se larga la carrera ‘uno está solo en el auto y tiene que doblar a 200 por hora’ —confesó Reutemann a este cronista (Pablo Feldman, R12, 1998).

Hacia el final de su mandato en 1995 se volvió a exponer esta doble faceta que vivía superpuesta en su persona, y que reenviaba a su condición de gobernante y de deportista famoso al mismo tiempo. Fue en ocasión de la inauguración de un nuevo circuito en el Autódromo de Buenos Aires al cual Reutemann fue invitado a dar algunas vueltas como homenaje a su trayectoria. Los relatores de la demostración caracterizaban esa doble condición, alternando en su discurso los atributos asociados a una y otra cualidad. Decían:

De los problemas mecánicos, el Lole pasa a los presupuestarios, sociales […] Cuántas alegrías y cuántas tristezas también, porque así es la vida, nos ha dado ese hombre debajo del casco […] Ahí está el Lole, pensativo, concentrado, todos lo recordamos, aún después de ganar carreras, cómo bajaba serio, revisaba el auto, serio, antes de cualquier mínimo festejo. Hoy está mucho más suelto, bueno, mucho más político […] Está repleto el Autódromo de Buenos Aires […] En este momento es un silencio de catedral, todo el mundo de pie, expectante, creo que este silencio después será un trueno como el aullido de su Ferrari […] Metódico, minucioso, como siempre. Parece mentira decir ‘el gobernador de Santa Fe’ […] Es Carlos Reutemann, el Lole, sobre la Ferrari […] Sigue con esa misma responsabilidad y metodismo […] Yo diría que le entregó a la Argentina algo que le falta al país, largo plazo, continuidad, si algo nos critican en Europa es la falta de continuidad, Carlos fue y es respetado producto de una larga década, de una profesionalización absoluta […] (video disponible en www.youtube.com.ar).

El influjo de su pasado como deportista estuvo presente desde la primera hora en su carrera política como capital de popularidad. Como lo expresa, en otro fragmento de la entrevista ya citada, Américo Grossi:

[Cuando era corredor] prácticamente su residencia era Rafaela [porque allí estaba la concesionaria Fiat que vendía no solamente autos sino también tractores], y fíjese que su campaña política la lanzó en Rafaela porque ahí es donde todo el mundo lo quiere (Américo Grossi, EL, 10/12/91).

En efecto, el automovilismo era (y es) un deporte muy popular en el interior de la provincia. Como nos lo dijo el ex senador Jorge Giorgetti, oriundo de esa localidad y muy cercano a Reutemann: “Los rafaelinos son muy fierreros”.

¿Qué significó, en términos del vínculo de representación política, la imagen del ídolo deportivo que portaba Reutemann? Al igual que otras celebridades venidas al mundo de la política (como desde el espectáculo o desde el mundo artístico) esa condición tenía la doble capacidad de acercar al líder a la ciudadanía (no ya en la forma de masa, pero sí de contactos uno a uno, cara a cara), pero, a la vez, de trazar una distancia, una lejanía entre ambos polos de la representación. Si bien Reutemann, como desarrollamos en la primera parte del capítulo, procuró formar un vínculo de cercanía con los electores y ciudadanos para distinguirse, así, de los políticos tradicionales, al mismo tiempo su papel de personalidad famosa y reconocida entre las personas comunes hacía perdurar una distancia propia de un líder carismático. El propio Reutemann, al no desplegar una estrategia de proximidad a través de la mostración de lo íntimo (sino que lo hizo mediante el uso de otros recursos, como la presencia en el territorio y la puesta en valor de elementos de la ética individual de las personas) definió una relación con sus seguidores que mantenía un halo de simbolismo, de mitificación, de seriedad y de reconocimiento superior, cercano a lo que Florencia Abadi y Daniela Losiggio (2017) definen como una estética de mitificación o estética “erótica”. Por cierto, no era esta una relación con un mito que hundiese sus raíces en un pasado lejano o remoto, o que tuviese una carga excesiva de simbolismo, pero según nuestra comprensión no era tampoco una construcción puramente retiniana, visual o “narcisita” (ibid.), sin mediaciones entre el líder y los seguidores.

Por eso mismo, el gobernador santafesino tampoco persiguió una estrategia de representación que le mostrara al público su intimidad, aspectos de su vida privada, estrategia que cobraba pleno sentido bajo el culto a la imagen del hombre reposado y solitario del campo (varios entrevistados hicieron mención a que “andaba solo”, “entraba solo a las villas”, “almorzaba solo”, etc.). En este sentido, la de Reutemann fue una manera de construir representación que se distinguió también de la llevada adelante por la figura prototípica de Mauricio Macri, a la que las autoras mencionadas ubican en el marco de un puro acercamiento narcisista con la ciudadanía (ibíd.). Ese acercamiento busca llevar la experiencia política a un mínimo de significado, a un puro presente-futuro, sin mediaciones, entre el común de la gente y el líder, quien se muestra como “uno más”, aunque sea casi imposible verlo como un igual por su condición de hombre millonario y por la popularidad obtenida a raíz de su paso como presidente del club Boca Juniors. De ahí, la cargada batería de estrategias, sobre todo, a través de las redes sociales, por parte de Macri y sus asesores de marketing político para limar toda posible distancia entre éste y los “hombres comunes” y sus vidas particulares (Annunziata y otros, 2017).

En este sentido, son elocuentes las palabras de un entrevistado:

[Reutemann] aparecía en la pantalla del televisor como un intocable, donde su actividad era en Europa y una vez por año en el Autódromo de Buenos Aires. Entonces la gente lo veía pero no lo tenía y sufría por la actividad, porque una carrera te pone un estrés cuando vos querés que gane uno y no gana. Y entonces el hecho de poder tenerlo cerca y tocarlo, eso generaba una química especial (Jorge Giorgetti, senador provincial del PJ entre 1991 y 1995. Entrevista de la autora, 12 y 13/10/16).

En síntesis, lo “gringo”, lo “tuerca” y lo “santafesino” se asociaban como haces de elementos que componían una misma figura representativa; figura que el peronismo supo (y pudo) capitalizar para sí como fuerza político-electoral. Así lo definía otro entrevistado:

[Reutemann fue] un perfecto candidato para Santa Fe. Todo lo que te dije define el tipo sociológicamente hablando característico del santafesino, hombre gringo, corredor de autos, tuerca, un tipo que ama las carreras el santafesino, ¡hay una Fórmula santafesina! Y Reutemann era un ídolo absoluto; en esa época sacarse una foto con el Lole era como hoy sacarse una foto con Nicky Rosper, era tocar el cielo con las manos. Hasta físicamente, es un tipo de persona hasta físicamente un santafesino, tipo rubio, ojos celestes, pintón, gringo, hay muchos de esos tipos así, por la característica de esta provincia. Es gringa esta provincia. Cuando hablo de la provincia hablo del interior […] El peronismo tenía mucho en el interior pero repartido. Lo que hace Reutemann es consolidar ese 35% del peronismo y trae 15%. Y eso es 48% de votos (Mario Lacava, subsecretario de Gobierno en la Secretaría de Promoción Comunitaria de la municipalidad de Santa Fe entre 1991 y 1995. Entrevista con la autora, 11/10/16).

Conclusiones. Entre el ídolo y el hombre común: acerca del vínculo de representación en tiempos de transición

En este capítulo analizamos el formato y el contenido del vínculo de representación política construido por Carlos Reutemann durante su mandato gubernamental. El examen de las características del lazo representativo nos permitió comprender cuáles fueron los elementos simbólicos sobre los cuales el líder edificó su relación con la ciudadanía santafesina, más allá de su legitimidad electoral.

Nos encontramos así con una figura representativa a la que le fueron reconocidos atributos novedosos para la política santafesina y que marcarán un antecedente de otras experiencias que emergieron a la luz pública a mediados de la década del noventa (como la del Frente Grande o el ARI, y su política de la anti-corrupción y la crítica a los políticos tradicionales) y que se expresaron con un despliegue mayor luego de la crisis de 2001 (en figuras como la de Macri y el partido PRO). Las marcas de una legitimidad de proximidad (que trastoca los sentidos del vínculo que el representante buscar establecer con sus representados, especialmente, a través de su mostración como “hombre común” distanciado de la clase política) [Annunziata 2012a y 2013b] aparecieron con nitidez en la figura de Reutemann al emerger (y permanecer) en el campo político como una persona distinta a los llamados “políticos tradicionales”. ¿En qué sentido? Tanto en los modos de su vinculación con la ciudadanía (privilegiando el contacto directo, las conversaciones cara a cara y la escucha de las demandas de la gente a través de una actitud de empatía y no de ofrecimientos de promesas y soluciones futuras) como en la valorización de ciertos atributos del representante, como fueron los valores morales individuales (y no principios políticos o ideológicos) o las características compartidas con los comprovincianos como uno igual a ellos.

Ahora bien, si todos estos aspectos aparecieron como una novedad en el escenario político local no significaron una pura política de la “identidad” y un borramiento del principio de “distinción” carismática del líder. En efecto, en una época de transición en la que los nuevos elementos representativos empezaban a surgir y la crisis de las identidades partidarias tradicionales comenzaba a cristalizarse en el momento electoral pero también en los discursos de los políticos y en las representaciones ciudadanas (Novaro, 1995; Rinesi y Vommaro, 2007; Torre, 2003), el caso de Reutemann en Santa Fe ofrece un ejemplo de un fenómeno que estaba recién iniciando. En efecto, este líder no sólo construyó su liderazgo en el marco de un partido y una identidad política existente (aunque en algunos aspectos lo transformó, como vimos en los capítulos 3 y 5) sino que mantuvo –bajo su formato propio– una distancia representativa que le impedía fundirse plenamente en la figura del ciudadano privado. Si bien se presentaba como un político “no estratega”, “no estadista”, con pretensiones minimalistas en cuanto a la satisfacción de las demandas ciudadanas, sin inscribir su figura en grandes relatos o mitos históricos, tampoco quitó por completo del centro de su estrategia representativa la búsqueda de una distancia, ya sea carismática (expresada, sobre todo, en el tipo del “ídolo deportivo”), ya sea la que reenviaba a un aspecto del político tradicional que consistía en crear en torno suyo un espacio de no-visibilidad, de intimidad o de autonomía que posicionaba, finalmente, al líder por encima de (y oculto a) los representados (el ámbito de la “trastienda” de la política, según afirma la antropóloga Sabina Frederic [2005]). Esta estrategia le permitió tomar la distancia necesaria como representante para mostrar una imagen de último decisor frente a las políticas de gobierno (como veremos en el próximo capítulo), especialmente cuando éstas percibían el rechazo y la crítica de distintos sectores de la ciudadanía.


  1. [“Une mise en évidence de la subversion du protocole de la distance représentative”].
  2. Las caravanas o recorridas por el territorio se desplegaron como una estrategia proselitista con gran intensidad en la campaña de 1987, por ejemplo, por parte de Cafiero en Buenos Aires (Fabris, 2006; Vommaro, 2008). Dos años más tarde, Menem las utilizó como un instrumento clave en su estrategia de contacto directo (Canelo, 2011; Novaro, 1994; Palermo y Novaro, 1996; Waisbord, 1995). En Santa Fe, los gobernadores anteriores también habían realizado recorridas por el territorio durante sus campañas, pero era una estrategia que se complementaba fuertemente con la realización de actos políticos masivos. Incluso, los demás candidatos del lema justicialista en esta campaña habían combinado caravanas con los típicos actos peronistas, entre ellos, Luis Rubeo y Fernando Caimmi (Sánchez y otros, 1995).
  3. También, cfr. Capítulo 3.
  4. Debemos aclarar que en estas etapas iniciales del gobierno de Reutemann el diario El Litoral mantuvo una línea editorial afín a las autoridades políticas que comenzaban la nueva gestión gubernamental.
  5. El autor identifica como semejantes estos rasgos de Reutemann con los del líder del Partido Socialista santafesino, Hermes Binner, ex intendente de Rosario y ex gobernador de la provincia (ibíd.).
  6. Cfr. Capítulo 7.
  7. Reutemann apoyó públicamente la candidatura de Macri a la presidencia de la Nación en 2015 (CL, 22/2/15).
  8. Ver tabla 6.1 en Anexo.
  9. En 1991 la población rural de la provincia era del 9,09% (254.289 habitantes) [INDEC, 1991].
  10. Estas declinaciones relacionadas a la gestión del Estado y la justificación de las medidas de ajuste neoliberal son analizadas en detalle en el próximo capítulo.
  11. Cfr. Capítulo 4 y la tabla 6.3 del Anexo que muestra el casi nulo caudal electoral de la UCEDE en la elección de 1991. Para 1995 este partido integrará directamente un frente con el PJ.
  12. Cfr. también capítulo 3.


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