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3 Carlos Reutemann conductor

Cuando gana Reutemann fue un cimbronazo […] y se metió el peronismo en los bolsillos a los 6 meses […] El peronismo se alinea a la conducción, y él demostró que conducía. A su manera, con su forma totalmente atípica, porque es una persona poco comunicativa, no era de grandes discursos, pero hacía sentir que él tenía la autoridad […] Como él aparecía como la antítesis de lo anterior, él entra con un caudal de apoyo de la gente muy importante y él lo hizo sentir. Y ahí el peronismo se encolumnó (Julio Gutiérrez, diputado y senador provincial de Santa Fe, 1991-2001. Entrevista con la autora, 11/10/16).

En este capítulo abordamos el proceso a través del cual el PJSF encuentra en Carlos Reutemann un nuevo líder político-partidario que ordenó las relaciones internas del peronismo santafesino hasta, por lo menos, el año 2003.

El capítulo se divide en tres partes. En la primera, examinamos el proceso de definición de la candidatura de Reutemann a gobernador por un sub-lema dentro del PJ y la campaña electoral (enero-septiembre de 1991) según los nuevos formatos proselitistas y de representación política que allí se desplegaron. En un contexto de extrema fragmentación interna del partido (Rinaldi, 2016), este ex corredor de automovilismo de Fórmula Uno y empresario agropecuario, sin trayectoria de militancia partidaria, logró encabezar una de las fórmulas del peronismo aglutinando a distintos sectores disconformes con la conducción oficial del partido y ganar la elección. En la segunda parte, abordamos las instancias de definición de candidaturas para dos coyunturas electorales (la lista de diputados nacionales de octubre de 1991 y la elección del senador nacional en junio de 1993) a través de las cuales Reutemann desplegó sus primeras destrezas como nuevo líder partidario. En la tercera parte, indagamos las características de la consolidación de su liderazgo materializada en su elección como presidente del partido en 1993, como Convencional Constituyente en 1994 y como senador nacional en 1995.

El capítulo concluye que el proceso de construcción de Reutemann como líder del peronismo local fue el resultado de la combinación de dos factores. Uno organizacional, que tuvo que ver con su inserción en un partido de tipo carismático cuya coalición dominante logra cohesionarse en torno a la existencia de un líder (Panebianco, 1995). En efecto, el modo de ordenar las relaciones verticales y horizontales en el peronismo tiene lugar en base a la constitución de un liderazgo definido por una doble vía: o por medio del voto ciudadano, o por la elección de los afiliados del partido, o por ambas instancias (Ollier, 2010). Y otro institucional, expresado por el sistema electoral de Lemas (Borello y Mutti, 2003) que le permitió erigirse como candidato siendo un outsider político-partidario (King, 2002) y contar con la sumatoria de votos de las distintas líneas internas para poder ganar la elección.

Como trasfondo, se desplegaron las mutaciones por las que estaban atravesando los partidos y el vínculo de representación política desde hacía varios años en la Argentina. Por un lado, observamos rasgos del tipo profesional-electoral de las organizaciones partidarias, es decir, un partido orientado principalmente a la disputa electoral, dirigido al electorado de opinión más que a un electorado con orientaciones ideológicas definidas y de fuerte dirección personalizada (Panebianco, 1995). Por otro lado, durante este periodo la organización se vio atravesada por dos tipos de clivajes que ordenaron las disputas internas en distintos momentos. El clivaje “arribistas versus militantes” desplegado por quienes se oponían a la jefatura partidaria de Reutemann y la oposición “norte versus sur”, que expresó la disputa entre la dirigencia territorial del norte de la provincia (representada por el líder) y la de la zona sur, que conformó una oposición interna minoritaria, sobre todo en la departamental Rosario del PJSF.

En busca del candidato. La campaña electoral de Carlos Reutemann bajo el lema justicialista (enero-septiembre 1991)

La candidatura a gobernador de Reutemann surgió en el marco de la crisis de legitimidad del gobierno peronista y de la extrema fragmentación en la que se encontraba el PJSF (Rinaldi, 2016) producto de los sucesivos fracasos del partido en los terrenos electoral e institucional, esto es, la derrota en las elecciones de Rosario y Santa Fe de 1989 y la destitución del vicegobernador en 1990.

Debido a que el régimen electoral de Santa Fe habilitaba la postulación de candidatos sin ninguna filiación partidaria, el presidente Menem –como líder nacional del PJ– promovió la presentación de un candidato para las elecciones provinciales de 1991 ajeno al mundo político-partidario (preferentemente famoso y proveniente del mundo empresarial). La estrategia seguía la línea de lo que previamente se había ideado para otros distritos del país (como Tucumán y San Juan) donde, al igual que en Santa Fe, se preveía un desempeño electoral desfavorable para el PJ. Hubo, sin embargo, algunas voces del peronismo local críticas de esa decisión que serán las mismas que, dos años después, se opondrán a la afiliación y posterior candidatura de Reutemann a presidir el peronismo santafesino.

¿De qué modo aparece Reutemann –una celebrity del automovilismo internacional y empresario agropecuario de la provincia– en el escenario electoral? ¿Qué tipo de relación tenía con el presidente de la Nación y con sus colaboradores más cercanos? Este ex deportista –quien compitió en la Fórmula Uno entre 1972 y 1985– conocía personalmente a Menem por compartir ambos el gusto por el automovilismo. Según relata el periodista Horacio Vargas (1997), Reutemann y el presidente se habían encontrado en varias oportunidades a finales de los años ochenta cuando, siendo Menem gobernador de la provincia de La Rioja, su esposa organizaba carreras de autos desde su rol de primera dama a beneficio de organizaciones sociales. A su vez, Reutemann tenía vínculos de amistad con el entonces ministro de Defensa de la Nación, José Romero, quien había sido su sponsor como propietario de una reconocida fábrica de alimentos (la Fábrica Noel).

Como describimos en el capítulo anterior, para el mes de noviembre de 1990 fue anunciada públicamente la estrategia diseñada desde las más altas esferas del PJ nacional de que el peronismo iba a lanzar la candidatura de un empresario famoso y exitoso, dentro del lema justicialista. El encargado de difundir la novedad fue el vicepresidente Eduardo Duhalde, aunque en ese momento no había sido revelado el nombre del misterioso candidato. Según se relata en una publicación periodística, el origen de la idea estuvo en la cabeza del entonces ministro del Interior de la Nación, el salteño Julio Mera Figueroa. En el texto –que reproduce una entrevista entre Mera Figueroa y un periodista rosarino en el año 1997– se leen las palabras del ministro:

En el caso de Reutemann reconozco haber tenido una gran eficiencia, he sido uno de los responsables de que fuera gobernador. Mi preocupación […] era la existencia de aquella mecánica política que se llamaba ‘La Cooperativa’, donde cada uno aportaba un punto, dos puntos, y se hacía una gran masa, de ahí se trataba de sacar una conducción que carecía de todo poder. Yo lo conocía a Reutemann de antes y tenía un gran respeto y admiración por su persona, un hombre de bien. Lo encontré en un bar tomando un café al lado de Domingo Cutuli, un gran amigo de él, dije: ‘este es el hombre que puede ser gobernador de la provincia de Santa Fe’ […] Me acerqué a la mesa de Reutemann y le pregunté: ¿te animás a ser gobernador de Santa Fe? (Julio Mera Figueroa, en Seminara y Acosta, 1997: 62-63).

Una vez que Reutemann aceptó el desafío de ser candidato, inició un recorrido preliminar por la provincia para evaluar la aceptación de su figura como posible gobernador (EL, 28/3/91). Ese sondeo le permitió constatar la recepción positiva que su candidatura tenía entre la opinión de la ciudadanía, por lo cual avanzó hacia la convocatoria de dirigentes peronistas de relevancia que no estuvieran identificados con la Cooperativa. Acompañado en sus primeros pasos en la política electoral por Carlos “Chango” Funes (un reconocido dirigente peronista de Santa Fe que trabajaba por entonces con Mera Figueroa) y por los dirigentes que decidieron apoyarlo, conformó el sublema Creo en Santa Fe bajo el cual se presentó a la contienda electoral. Según nos relató un dirigente rosarino:

El Chango […] en seguida diseñó una especie de guillotina política, por la cual la única manera que tenía el Lole [Reutemann] de sobrevivir y hacer efectivo ese liderazgo, digamos, [era] que todos los otros dirigentes del peronismo no lo empezaran a rodear, a frenar o a restar poder, es decir, que toda la maquinaria política del peronismo no se lo fuera tragando con el tiempo […] Él lo convenció al Lole de que tenía que establecer una relación nueva con el peronismo, liquidando políticamente toda la primera línea de la dirigencia. Pasarlos a retiro y establecer un vínculo con los que venían por debajo, cosa de que no quedaran, como decía el Chango, en la jerga, ‘cabezones del peronismo’. Que quedaran de segunda y tercera línea. Entonces que el ‘cabezón’ fuera únicamente Reutemann (Esteban Borgonovo, concejal de la ciudad de Rosario por el PJ entre 1991 y 1995 y ministro de Gobierno en 2002. Entrevista con la autora, 14/9/16).

El armado electoral estuvo, por lo tanto, compuesto por figuras representativas del peronismo de la llamada zona “norte” de la provincia (como el concejal y futuro intendente de Santa Fe, Jorge Obeid) y otras de la zona “sur” (como el dirigente rosarino Gualberto Venesia y el intendente de Puerto General San Martín, Lorenzo Domínguez) quienes, en rigor, habían comenzado a construir una estructura electoral propia en oposición a la lista del gobernador Reviglio, previo a la aparición de la figura de Reutemann. Así, Creo en Santa Fe salió a recolectar los avales electorales que exigía la ley para la oficialización de la candidatura del ex deportista, en una estrategia que apuntaba a obtener el apoyo de dirigentes, militantes, afiliados e independientes (LC, 13/4/91). La estrategia consistió en comenzar el recorrido desde las zonas rurales (donde se esperaba que el candidato tuviera mayor adhesión) y terminar en los grandes centros urbanos –terreno que consideraban más representativos para sí los políticos peronistas que se encolumnaron detrás de su figura–.

En cuanto a su formato, la campaña reprodujo en varios aspectos el estilo proselitista que ya se había desplegado en los comicios nacionales y provinciales de 1987: recorridas por barrios y pueblos y –en menor medida– propaganda y programas televisivos sobre la persona de Reutemann. A diferencia de los demás candidatos[1], este outsider desterró todo vestigio de los formatos tradicionales: sin realizar actos masivos ni grandes discursos, su estrategia se basó fuertemente en recorrer (“caminar”) uno a uno los pueblos y ciudades de la provincia, “charlando” con la gente y concretando encuentros con los diversos dirigentes locales (partidarios, barriales, de organizaciones civiles, empresariales, etc.) [EL, 6/8/91]. Al respecto, el dirigente Jorge Giorgetti, describe:

Íbamos a algunos lugares cuando se elegía una reina, pasábamos, saludábamos, cuando había un partido de fútbol interesante, o carrera, obviamente. Y veíamos que la cosa venía bien […] Y entonces el hecho de poder tenerlo cerca y tocarlo, eso generaba una química especial. Y él se dejaba tocar. Mucho no hablaba, pero él se dejaba tocar. Y por ahí le agarraba la mano a alguien, sobre todo si era un hombre grande con las manos marcadas del trabajo, no prometía nada, y cuando se iba decía ‘bueno, que Dios los ayude’. Entonces eso provocó toda una situación en la gente, que veíamos las adhesiones y el crecimiento rápidamente (Jorge Giorgetti, senador provincial del PJ entre 1991 y 1995. Entrevista de la autora, 12 y 13/10/16).

En efecto, Reutemann privilegió la estrategia del contacto directo, incluso, al uso de la propaganda televisiva y a los recursos mediáticos. Como nos relata otro entrevistado:

Sus campañas no fueron campañas de despliegue comunicacional, para nada. Sus campañas eran una foto de él con la provincia de Santa Fe al lado, nada más. Y la publicidad de la televisión era igual. No era toda trabajada, no, no. Era la foto de él y la [provincia al lado]. Austerísimo. Pero él ya estaba instalado. ¡Él era Reuteman! (Fernando Rosúa, Director provincial en distintas áreas entre 2003 y 2007. Entrevista con la autora, 14/09/16).

Precisamente, como veremos en el capítulo 6, su imagen representativa fomentó el estilo de “proximidad” con la ciudadanía y desdeñaba, por el contrario, la exposición mediática y la construcción del vínculo político a través de los mass media. Sin embargo, se pueden identificar algunas declaraciones (breves y que evocaban un tono coloquial, alejado de la jerga tradicional de los políticos) en la prensa y en los medios locales, donde Reutemann definía su posicionamiento con respecto al resto de los candidatos. A partir de una retórica “anti-política” (Mocca, 2002), dividía el campo de las disputas entre los “políticos tradicionales” (portadores de conductas corporativas, frívolas y corruptas) y el “no-político”, cuya legitimidad emanaba, justamente, de su rechazo a la “clase política”. Este elemento encontró en su figura uno de los primeros exponentes de lo que luego se dará en llamar “representación de proximidad” (Annunziata, 2012a). En efecto, este tipo de vínculo político supone

una política personalizada, partidos políticos débiles y un rol importante de los medios de comunicación; implica también, y sin embargo, la tendencia de los líderes a presentarse, no bajo el prisma de salvadores en contextos inciertos o de crisis, sino bajo el de ‘hombres comunes’, con preocupaciones idénticas a las de todos los ciudadanos, y disponibles para escucharlos […] Agregaría, también, la desconfianza frente a la ‘clase política’ (ibíd.: 28-29).

Desde su lugar de outsider, entonces, Reutemann estableció una frontera política (Aboy Carlés, 2001a) con respecto a la figura del “político tradicional”. Durante la campaña decía:

Los políticos cuando se hacen funcionarios pierden el contacto real con la gente […] Hay un gran resentimiento contra el funcionario, el burócrata, que siempre pide cartas, papeles y más papeles y no es capaz de arreglar una cuenta en dos minutos. Me parece que se anquilosan, se encuentran demasiado cómodos en los escritorios (Carlos Reutemann, EL, 26/8/91).

Y también:

Yo no soy político, tengo la ventaja de no tener que pintar paredes (Carlos Reutemann, EL, 20/8/91).

El candidato buscaba así distinguirse de la imagen de los políticos vistos como personas distantes de sus representados, enfatizando un perfil sensible para con las demandas de la “gente”. En este sentido, afirmaba:

A pesar de las carencias, de la pobreza, he notado una gran esperanza en toda la gente. Sus miradas, las manos que estreché, los abrazos y las palabras de aliento hablan de esa esperanza y deseo de comenzar a cambiar (EL, Carlos Reutemann, 28/8/91).

En un contexto de desprestigio de la dirigencia política establecida, Reutemann postulaba una idea nueva de “política” y, en paralelo, una crítica a lo que llamaba la “alta política”:

No veo por qué no puedo entrar a la ‘alta política’ y gobernar. Si la alta política es ir por años a los comités a tomar café, fumar y pegar carteles y hacer empanadas, no creo que sea éste un certificado de autorización para hacer política. La política sea alta o baja es el conocimiento de la realidad, de las necesidades de la gente (Carlos Reutemann, EL, 23/8/91).

Según esta visión la actividad política “tradicional” se reducía a la perpetuación de hábitos propios de una elite o clase cerrada sobre sí misma (“tomar café”, “fumar”, “pegar carteles”). Era una clase desanclada de la “realidad” y de las “necesidades de la gente”. La “nueva política”, en cambio, venía a derrumbar las jerarquías entre la “alta” y la “baja” política y a atender, desde el llano, las demandas de los representados. Se perfilaba, así, una imagen del político como “hombre común” (Annunziata, 2013b), como alguien auténtico y sincero que se encontraba a la par de aquellos a quienes quería representar. En este sentido, Reutemann buscaba legitimar su figura desde el lugar de un “ciudadano”, un “vecino” cualquiera (contrarrestando, así, la distancia que podía implicar haber vivido varios años en Europa mientras era corredor de autos), y no desde el lugar de un representante político. Decía:

Aquí tengo mi hogar, mis empresas, mis amigos de toda la vida, donde me encuentro a diario con los problemas y los sueños de mis vecinos […] Aquí pretendo ejercer el derecho de todo ciudadano a elegir, y también, de ser elegido (Carlos Reutemann, LC, 8/4/91).

Además, y en oposición a la imagen del “político tradicional”, Reutemann se presentaba a sí mismo como una persona que venía a restituir la dimensión moral de la política. La “honestidad”, por ejemplo, fue un tópico central de su campaña (que lo será, también, de su gobierno):

Es increíble, la gente me para en todas partes, se pinta la esperanza en sus caras, buscan una sola cosa: un hombre honesto (Carlos Reutemann, Agencia oficial Télam, citado en Vargas 1997: 107).

Sin embargo, su discurso –fuertemente crítico de las personas de los políticos– no confrontaba con los partidos políticos como tales. Reutemann no era, en este sentido, un outsider “anti-party” (Kenney 1998). En particular, sus declaraciones tuvieron un doble destinatario. Por un lado, apeló a independientes e indecisos –al “para-destinatario”, en el sentido de Eliseo Verón (1987)–, esto es, aquellos que aún no han adherido a la propuesta ofrecida por el candidato y a quienes se busca persuadir o convencer. En efecto, según la prensa, “el número de indecisos permanec[ía] alto y estable en un 37,8%” (EL, 20/8/91) a menos de un mes de la elección, mientras que en las vísperas de los comicios esta categoría alcanzaba un 21% de los electores (Sánchez y otros, 1995: 38). En otro lugar (Lascurain, 2014a), hemos analizado el discurso de campaña reutemannista identificando a los “indecisos” como el destinatario privilegiado de su discurso. Efectivamente, si bien esta categoría es prototípica de los discursos electorales (Verón, 1987), la gran cantidad de personas no identificadas con una opción electoral específica y la presentación de sí de Reutemann como un “independiente”, reforzaba la propuesta de hablarle a un destinatario lo más amplio e indiferenciado posible, convocando a “todos los sectores”. Expresaba el candidato:

Si bien es cierto que estoy en un sublema del Partido Justicialista, vuelvo a recordarles que soy independiente, por eso en mi gobierno habrá una apertura a todos los sectores con vocación de servicio que quieran colaborar por el bien de toda la sociedad y de la provincia de Santa Fe (EL, 1/9/91).

La apelación a la figura del indeciso era explícita. Un slogan de campaña -que recuperaba declaraciones de Reutemann- decía:

A los indecisos les digo: nunca emprendí aventuras en mi vida. Todas las cosas las pensé antes muy bien. Me metí en política porque llegó la hora de participar en serio en esta democracia que debemos construir todos (EL, 17/8/91).

Por otro lado, al presentarse bajo el lema justicialista Frente Justicialista Popular (FREJUPO), les habló también a los peronistas desencantados con la conducción establecida. Así, buscó reforzar la comunidad de creencias con el destinatario interno (ibid..). En este sentido, interpeló no sólo a dirigentes y militantes políticos del justicialismo sino también a importantes sectores del sindicalismo peronista local. A través de la influencia de Carlos ‘Chango’ Funes –quien en el pasado había sido secretario de Lorenzo Miguel y seguía teniendo cierto ascendiente entre los sectores del sindicalismo metalúrgico local (Rinaldi, 2016)–, Reutemann tuvo también el apoyo de varios sindicatos importantes (SMATA, Frigoríficos, un sector de las 62 Organizaciones Peronistas, entre otros), quienes constituyeron para la campaña la “Mesa Provincial Reutemann Gobernador” (EL, 5/9/91 y 11/12/91). Un afiche publicado en la prensa expresaba: “La Carne con Reutemann. ¡Vamos Lole todavía!” (EL, 5/9/91). Hacia 1993 se sumarán también al espacio reutemannista las dos CGT de Rosario (EL, 2/2/93).

La apelación a los peronistas fue fundamental puesto que, según el sistema de Lemas, Reutemann necesitaba también de los votos obtenidos por todos los sublemas que componían el FREJUPO, ya que contaban en la sumatoria total. En este sentido, luego de conocerse el resultado de los comicios del 8 de septiembre, el ex deportista reconoció el primordial apoyo de los peronistas:

Cuando yo me largué a hacer la campaña las posibilidades de ganarle a la UCR eran remotas. Nadie lo creía. Y salí y luché y gané de milagro. El milagro se lo debo a la base justicialista (Carlos Reutemann, cit. en Vargas 1997: 123).

En suma, el despliegue de un perfil de candidato con rasgos de proximidad (en el cual fue crucial la metodología de contacto directo), el discurso contra los “políticos tradicionales” y el armado electoral con sectores del peronismo no identificados con la conducción partidaria, resultó una estrategia exitosa aunque, también, inesperada hasta pocos días antes de la elección. En efecto, el gran mérito de la campaña fue revertir a lo largo de dos meses una tendencia que todos los encuestadores aseguraban: la derrota del justicialismo a manos del candidato de la UCR, Horacio Usandizaga, y la gran cantidad de indecisos[2]. El candidato radical era, precisamente, quien mejor se perfilaba para la gobernación: tenía una altísima intención de voto y buena imagen. A menos de un mes de las elecciones, las tendencias por partido indicaban una intención de voto de un 26,9% para la UCR (donde Usandizaga se destacaba como principal figura o sublema) contra un 8,4% para el PJ (EL, 26/8/90). Uno de los dirigentes entrevistados que articuló el armado electoral con Reutemann desde el peronismo rosarino nos expresaba este carácter vertiginoso en el éxito de la campaña:

Fue un boom. Esa campaña fue espectacular. Donde íbamos era una adoración. Reutemann casi no hablaba, él escuchaba, decía ‘yo quiero escuchar, quiero ver qué dice la gente’, y caminaba, visitaba, hablaba con la gente, charlaba, [fue] caminar, caminar, caminar (Ángel Baltuzzi, diputado provincial entre 1991 y 1995. Entrevista de la autora, 13/9/16).

El candidato a vicegobernador, Miguel Robles, relataba en la prensa la “emoción” que lo envolvía al presenciar el tipo de adhesión que Reutemann despertaba en Rosario y entendía que en él había algo más que un “ídolo del deporte”; había un “dirigente”, un “representante”:

Esto que está pasando me emociona y a veces me hace acordar a las viejas campañas de los años ‘50 […] Ver a la gente de trabajo salir a la calle a saludar, a palmear o a darle la mano a Reutemann […] En un primer momento pensé que la gente salía a saludar a un ídolo del deporte. Pero es indudable que la gente ha encontrado en él más que eso, porque no creo que puedan existir tantos fanáticos del automovilismo o tantos jóvenes que se acerquen a un Reutemann que hace ya casi 10 años que dejó de correr. El peronismo [ha] encontrado el dirigente que le estaba haciendo falta, el gobernador que necesita la provincia […] Los peronistas que estaban defraudados vuelven a tener en Reutemann y en dirigentes justicialistas a alguien que les represente garantías (Miguel Robles, EL, 29/8/91).

Con la sumatoria de los votos de todos los sublemas, el FREJUPO triunfó con el 46,83% sobre el 40,54% de la UCR. El sublema Creo en Santa Fe obtuvo el 32,91% de los votos (ganando en departamentos de las distintas regiones de la provincia: norte, centro y sur), seguido por Nuevo Rumbo (5,08%) y Primero Santa Fe (3,41%), con cuyo aporte el FREJUPO pudo superar a la UCR. El lema se completó con otros cinco sublemas (entre los que se encontraba el de los desarrollistas) que sumaron 5,31% de los votos (ver Anexo, parte 5, tablas 1 y 2). Además, obtuvo 28 de las 50 bancas en la cámara de diputados provincial y 15 de los 19 senadores provinciales (Fuente: Tribunal Electoral de la Provincia de Santa Fe). Estos resultados le permitieron al peronismo continuar gobernando la provincia, en un contexto adverso en términos de legitimidad gubernamental. Así, el PJ seguía siendo el partido predominante del sistema partidario provincial (con sus respectivas alianzas electorales) y fue el único que tuvo entre 1983 y 1999 una performance electoral ascendente en las sucesivas elecciones a gobernador.

Gráfico N° 1. Evolución del voto en elecciones de Gobernador (1983-1999)

Gráfico N° 1. Evolución del voto en elecciones de Gobernador (1983-1999)

Fuente: elaboración propia en base al Instituto de Desarrollo Regional (Rosario, abril 1997) y Atlas de Andy Tow, sobre datos del Tribunal Electoral Provincial. A partir de 1995 los partidos más importantes de la oposición se unieron en la Alianza Santafesina (UCR, PSP y PDP). El gráfico muestra el porcentaje de votos obtenidos por la Alianza en 1995 y 1999. La tendencia se revertirá en 2007 con la victoria del Frente Progresista Cívico y Social (UCR, PSP, CC y PDP) sobre el Frente para la Victoria (PJ).

El Partido Justicialista de Santa Fe ante el nuevo jefe político (octubre 1991-mayo 1995)

Una vez ganadas las elecciones, el sector reutemannista agrupado bajo la etiqueta Creo en Santa Fe avanzó en una nueva etapa para respaldar a su referente desde el interior del partido. El PJSF estaba intervenido por las autoridades del CNJ desde el 21 de junio y fue normalizado mediante la convocatoria a elecciones internas de autoridades partidarias y cargos generales casi dos años después, el 30 de mayo de 1993. Durante el transcurso de ese tiempo a Reutemann le tocó desplegar sus primeras armas en orden a liderar la fuerza que –de modo mayoritario– lo había votado como gobernador. En efecto, a diferencia de lo que sostienen algunos estudiosos de la ley de Lemas en Santa Fe, ésta no condujo necesariamente al abandono de una estrategia partidaria territorial de construcción política por parte del peronismo (un “modelo de partido de masas”) y a su reemplazo por una más mediática y basada en una “democracia de audiencias” (Robin, 2007). Si bien la figura de Reutemann constituyó un fenómeno que implicó una necesaria dimensión mediática de la política y el partido adquirió un rasgo profesional-electoral (Panebianco, 1995) acorde a los cambios que se venían gestando en todas las grandes organizaciones partidarias occidentales, la estrategia del nuevo gobernador y del sector partidario que lo acompañó no descansó exclusivamente en las bondades que le pudiera haber ofrecido la esfera mass-mediática y un puro anclaje de “audiencia”, como sucedió prototípicamente con otras fuerzas políticas surgidas en la década del noventa en la Ciudad de Buenos Aires (Cheresky, 2006 y 2008).

Precisamente, varios entrevistados enfatizaron en la prescindencia de Reutemann con respecto a los medios para sostener o reforzar su legitimidad e, incluso, en el carácter “tirante”, “confrontativo” o de “guerra” de su relación con el diario La Capital de Rosario[3]. Según relataron, el hecho de que Reutemann no accediera a nombrar en el gobierno a personas allegadas al diario significó un posicionamiento crítico de éste para con el gobernador, que se sostuvo a lo largo de todo el mandato. Ángel Baltuzzi, dirigente y legislador rosarino en ese momento, nos relataba:

El diario La Capital, concretamente el llamado ‘Bocha’ Lagos, uno de la familia Lagos, descendiente de los fundadores del diario, en los últimos días de la campaña de Reutemann, se volcó a darle apoyo a través del diario. Y luego, apenas empieza la gestión de Reutemann, le hacen un fuerte lobby para poner algún ministro de la Corte y ministro de Gobierno pedido por el dueño del diario. Y Reutemann, que no le gustaban las presiones, no cedió a eso, y esto generó un enfrentamiento […], al principio, empezó a dar vuelta el diario, empezó a ser crítico, muy crítico, pero sin demasiado fundamento, era una vendetta porque Reutemann no había accedido al lugar que pedía el accionista del diario […] A los que estábamos apoyando a Reutemann Monti [importante periodista rosarino, propietario de LT3 quien, como vimos en el capítulo anterior, buscó disputar en la interna peronista en 1991] nos decía ‘enemigos de Rosario’ (Ángel Baltuzzi, diputado provincial entre 1991 y 1995. Entrevista con la autora, 13/9/16).

Esta disputa con los medios rosarinos alimentó, según los entrevistados, el histórico clivaje entre el “norte” y el “sur” que atraviesa todas las esferas de la sociedad santafesina (y que, como veremos, se expresó al interior del propio partido). En este sentido, la pelea con los medios rosarinos se hizo extensiva, según otro entrevistado, a otros factores de poder de esa ciudad. Su primo y jefe del bloque de diputados provinciales en ese momento, Julio Gutiérrez, nos decía:

Fue una campaña feroz de La Capital, que querían hacer dos provincias, ‘Barrancas al norte’, ‘Barrancas al sur’ […] Le empezó a dar poca publicidad […] Reutemann tuvo mucha fortaleza, porque hay que pelearse con La Capital. No sólo con La Capital, sino con los factores de poder de Rosario. Yo me acuerdo una vez, Paladini [importante empresario frigorífico de la provincia], que era un hombre fuerte, […] un tipo totalmente agresivo, desagradable, y yo le digo, ‘mire Paladini, si usted quiere acercar posiciones con el gobierno, y sentarse a hablar con Reutemann, de ese modo Reutemann nunca lo va a recibir, haga propuestas concretas, qué es lo que usted plantea y hágalo en buenos términos, si usted va a confrontar, no tiene sentido, él es el gobernador de la provincia, por más que usted sea un empresario importante’ […] A Reutemann le importaba tres carajos, iba a Rosario cuando tenía que ir. En eso tenía una fortaleza! […] A mí me decían que era un patricio santafesino […] Viste que ellos tienen ese cuento del patricio, tienen todo un estereotipo […] Y te dicen ‘no, vos tenés que venir a Rosario, tenes que estar más’. Ellos quieren que vos te sentés en Córdoba y Corrientes a tomar un café en Augusto y que te vean los rosarinos caminando, ya con eso estaban chochos (Julio Gutiérrez, diputado provincial entre 1991 y 1995. Entrevista con la autora, 11/10/16).

Esta decisión estratégica de Reutemann de no utilizar los medios de comunicación como principales plataformas de construcción de su legitimidad se explica, en primer lugar, por su condición previa de personalidad famosa y popular que no requería de ellos para hacerse conocer como figura y, en segundo lugar, porque optó, como desarrollaremos en extenso en el capítulo 6, por capitalizar la estrategia de contacto directo en su vínculo con la ciudadanía santafesina, en función del formato de representatividad que buscó desplegar y de su estilo de liderazgo. En este sentido, un diputado provincial proveniente del obeidismo, nos decía:

[Reutemann tuvo] una relación con la prensa entre normal y tirante, distante, explotaba más el contacto, le daba mucho más resultado agarrar una moto y dar una vuelta por Alto Verde [una villa en los alrededores de la ciudad de Santa Fe] que hablar por la radio sobre las necesidades básicas insatisfechas, que no sabía ni lo que era, capaz. En ese sentido, Reutemann era un político de contacto personal (Mario Lacava, subsecretario de Gobierno en la Secretaria de Promoción Comunitaria de la municipalidad de Santa Fe entre 1991 y 1995. Entrevista con la autora, 11/10/16).

Desde esta perspectiva de construcción política, el nuevo líder decidió afianzar su poder dentro de la estructura del PJ y consolidar su propia base partidaria, disputando en elecciones internas e interviniendo progresivamente en la definición de las candidaturas a cargos generales.

La lista de diputados nacionales. Últimos atajos del “peronismo derrotado” (octubre 1991)

La primera coyuntura clave donde Reutemann debió probar su capacidad de liderazgo interno fue la definición de la lista de candidatos a diputados nacionales de Santa Fe para las elecciones del 27 de octubre de 1991, apenas unas semanas después de su triunfo electoral[4]. En efecto, en un país federal como la Argentina los gobernadores ocupan un lugar fundamental no solamente como jefes del Ejecutivo provincial sino también como jefes del partido en el gobierno. Su influencia trasciende, además, el ámbito específico de ejercicio de su autoridad (los estados provinciales) e impacta también en la vida política nacional debido a los recursos institucionales, políticos y presupuestarios que controlan (Almaraz 2010). Según este marco político-institucional, los candidatos a diputados nacionales son elegidos mediante el sistema electoral de representación proporcional de lista cerrada, en cuya confección interviene directamente el jefe partidario local que, en muchos casos, es también el jefe del gobierno. El sistema otorga “poderes discrecionales a los líderes provinciales [quienes] utilizan las nominaciones a posiciones públicas subnacionales como un instrumento [de poder]” (Lodola, 2009: 5). Esta característica distingue a nuestro país, por ejemplo, de otro federalismo “robusto” como lo es Brasil. Allí, las reglas electorales y partidarias –en concreto, el sistema electoral de representación proporcional de lista abierta– desalientan el control que los líderes y las estructuras partidarias provinciales o nacionales pueden tener sobre las candidaturas y centran la elección en las cualidades personales de los candidatos y en su performance electoral, luego de la cual se confecciona la lista (De Luca, 2008; Lodola, 2009).

La definición de la lista de candidatos se tradujo, en el caso que analizamos, en una disputa entre el gobernador electo (que no había asumido, todavía, su cargo al frente del Poder Ejecutivo provincial) y su sector de partido, por un lado, y las autoridades nacionales del PJ y los dirigentes santafesinos vinculados a la Cooperativa, por otro, que gozaban todavía de cierta influencia[5]. Como mencionamos previamente, el núcleo duro partidario que apoyó a Reutemann en su candidatura estaba integrado por dirigentes críticos de las primeras líneas provinciales del partido. Por su parte, los miembros de la Conducción Nacional del PJ argumentaron su derecho a decidir sobre el armado de la lista en el hecho de que el distrito santafesino del partido estaba intervenido. Efectivamente, como lo apunta Steven Levitsky, “la capacidad de la conducción menemista para establecer dirigentes o estrategias en [las filiales provinciales del partido] era limitada” (2005: 247). La intervención de esas filiales constituyó una de las maneras a través de las cuales la cúpula nacional del PJ pudo imponer dirigentes y estrategias en un partido cuyos aparatos locales –controlados, generalmente, por los líderes de cada jurisdicción– lo dotan de una fuerte autonomía con respecto a las autoridades centrales.

Luego de varias semanas de cabildeos, la lista definitiva se cerró colocando en los primeros lugares a dirigentes identificados con la Cooperativa y con la conducción partidaria nacional. Por su parte, el sector reutemannista debió conformarse con colocar un único representante (sobre 10), número que –según esgrimían desde Creo en Santa Fe– guardaba una total desproporción con el 70% de los votos que esa fracción había aportado al PJ en la elección de gobernador. El hombre que pudo colocar Reutemann fue Marcelo Muniagurria, un ingeniero agrónomo que, hasta ese momento, se desempeñaba como presidente de la Sociedad Rural de Rosario y presidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), cuya única credencial para el ingreso a la lista eran sus vínculos de confianza personal con el gobernador electo forjados en los ámbitos de socialización de la elite agropecuaria de la provincia (Lascurain, 2018). Como una manera de contrapesar esa baja representatividad numérica en la lista, Muniagurria logró ser ubicado en el primer lugar[6].

Creo en Santa Fe expresó su disconformidad en una solicitada publicada en la prensa local donde se volvía a reponer la división entre un peronismo “sospechado en su accionar” y un “sufragio cargado de expectativas y esperanzas”. Además, señalaba el carácter elitista y cerrado del accionar de la dirigencia establecida que definía la lista de candidatos en “acuerdos celebrados entre cuatro paredes”:

Los hombres y mujeres del peronismo que acompañamos a Carlos Reutemann en los últimos comicios nos sentimos estafados por esta lista de candidatos a diputados nacionales, fruto de acuerdos celebrados entre cuatro paredes, que representa al peronismo derrotado que la comunidad repudió el 8 de septiembre con un sufragio cargado de expectativas y esperanzas […] La gente no avaló a aquellos dirigentes que estaban sospechados en sus conductas y su accionar. Resulta que éstos son los mismos que hoy reciben como premio un lugar expectante en la lista de candidatos a diputados nacionales (EL, 1/10/91).

En efecto, los dirigentes identificados con el “peronismo derrotado” eran ex funcionarios de primera línea del gobierno de Reviglio (entre ellos, Fernando Caimmi, ex ministro de Obras Públicas) que ocuparon el tercer y quinto lugar de la nómina. El segundo y cuarto lugar lo integraron diputados y funcionarios nacionales que respondían a algunos dirigentes de la cúpula peronista nacional. Se trató del diputado nacional Saturnino Danti Aranda –quien respondía al secretario general de la presidencia, Eduardo Bauzá– y de Hugo Rodríguez Sañudo –quien se referenciaba con José Luis Manzano, ministro del Interior de la Nación–.

La elección del Senador nacional. Reutemann se enfrenta a Menem (mayo 1992-junio 1993)

Si en esa primera pulseada Reutemann no pudo torcer la voluntad de los políticos más experimentados del peronismo, fue en una segunda oportunidad que logró inclinar hacia su persona y su sector la nueva relación de fuerzas interna. La diferencia cualitativa fundamental con la coyuntura anterior fue que Reutemann libró esta disputa siendo ya gobernador en ejercicio. En efecto, existe un gran consenso entre la literatura sobre el poder que otorga a quien ocupa el cargo de gobernador en un régimen federal (aunque, también, en regímenes unitarios) el hecho de controlar los resortes del Estado, tanto en lo que respecta a la gestión directa de los recursos y asuntos públicos (Gervasoni, 2011; Gibson, 2005; Gibson y Calvo 2008; González 2014) como en relación a la tramitación de las disputas y juegos de poder hacia adentro de la organización partidaria (De Luca 2008; Jones, Saiegh, Spiller, y Tommasi, 2002; Lodola, 2009 y 2015; Ollier, 2010). En cuanto a este segundo aspecto, los gobernadores, sean políticos con trayectoria o outsiders sin ella, deben tener una buena relación con el partido para mantenerse en su carrera política, observando sus reglas y sus prácticas, y disputando desde allí espacios de poder (De Luca, 2008).

A los pocos meses de gobernar la provincia, entonces, Reutemann se enfrentó con otra disputa significativa: la renovación de uno de los dos cargos que la provincia tenía en el Senado de la Nación. En efecto, hasta la reforma constitucional de 1994 la elección del senador nacional se realizaba de forma indirecta mediante la convocatoria a sesión legislativa conjunta de ambas cámaras provinciales (diputados y senadores), con necesidad de quórum por separado de cada cámara y a simple pluralidad de sufragios.

El gobernador intentó, en una primera instancia, reunir la cantidad de votos peronistas necesarios para imponer su candidato en la Asamblea Legislativa, estrategia cuyo éxito se suponía garantizado porque el PJ constituía la fuerza mayoritaria en ambas cámaras. El elegido por Reutemann para ocupar el cargo fue Jorge Massat, un intendente peronista de una pequeña localidad del norte provincial (Villa Ocampo) y hombre de confianza suyo. Sin embargo, la dificultad para alinear las voluntades que todavía se resistían a su liderazgo en lo atinente a los asuntos partidarios, llevó a un nuevo fracaso que dejó en un punto muerto la realización de la sesión legislativa (EL, 23/10/92).

Las aguas del peronismo estaban divididas (al igual que en la disputa anterior) entre quienes apoyaban al candidato reutemannista y quienes sostenían la reelección de la senadora en ejercicio, Liliana Gurdulich, promovida por el CNJ y –a través de éste– por el propio presidente Menem[7]. Este segundo grupo estaba integrado por los legisladores peronistas no reutemannistas (cinco diputados y dos senadores), quienes conformaron el bloque denominado “Solidaridad Peronista”, separado del bloque oficial (EL, 27/11/92). En efecto, según nos contaba otro entrevistado, en el peronismo siempre que hay un liderazgo local fuerte, desde el gobierno nacional se busca disputar con él a partir de candidatos propuestos desde el distrito nacional del partido:

En el peronismo santafesino, siempre hubo un candidato que responde al gobierno nacional y otro candidato que responde al gobierno local, fundamentalmente desde la irrupción de Reutemann […] Esta dinámica siempre pasa cuando hay más de un candidato en el peronismo, sobre todo cuando hay un liderazgo provincial. Es el gobierno nacional que te quiere imponer los gobernadores propios, y después está el poder provincial que disputa y tensiona para poner el candidato propio. Y en esa lógica se dio la discusión del senador: ‘no, los senadores por Santa Fe los pone Santa Fe, no los pone el gobierno nacional’ (Marcelo Gastaldi, diputado provincial entre 2003 y 2011. Entrevista con la autora, 24/8/16).

Las diferencias y pujas entre unos y otros llevaron a que, por un lapso de seis meses (desde el 10 de diciembre de 1992 hasta el 4 de junio de 1993), la provincia de Santa Fe quedara con un senador menos en el Congreso Nacional al cesar el mandato de la senadora Gurdulich[8].

¿Cuáles fueron los argumentos que legitimaron una y otra postura? La senadora Gurdulich fundamentaba la renovación de su cargo en la historia de militancia justicialista que tenía en común con sus compañeros legisladores. Decía:

Estoy muy tranquila. La mayoría militamos juntos desde hace más de 20 años. Por lo tanto, tenemos un conocimiento y una relación de amistad y una profunda relación política […] La decisión partidaria está tomada (Liliana Gurdulich, EL, 5/9/92).

Por su parte, desde Creo en Santa Fe se afirmaba:

No queremos ser presionados ni digitados […] Lo correcto es que se convoque a internas para que el afiliado elija. Si este trámite no se puede cumplir […] que el candidato a senador surja del grupo Creo en Santa Fe avalado por la autoridad y el prestigio del gobernador Carlos Reutemann (Diputado provincial Omar Massat, EL, 13/5/92).

Como se advierte en este último fragmento, el sector del gobernador pugnaba, en una primera instancia, por la normalización del partido y la consecuente realización de elecciones internas para elegir a Massat. Sin embargo, la legitimidad del voto de los afiliados reenviaba a otra legitimidad fundamental: la de la autoridad política de Reutemann. En efecto, como lo señala la extensa literatura sobre el peronismo, la figura y la voluntad del líder (que suele ser, a la vez, líder del gobierno y del partido) estructura el sistema de relaciones internas desde los orígenes de este movimiento político (Halperín Donghi, 2006; McKinnon, 2002; Sigal y Verón, 2003; Torre, 1990). El peronismo es, en efecto, un partido carismático, según la clásica categoría de Ángelo Panebianco (1995).

Ahora bien, como indica María Matilde Ollier (2010), cabe una distinción conceptual entre el liderazgo histórico del fundador del movimiento (Juan Domingo Perón) y los liderazgos que se sucedieron luego de su muerte. Si el de Perón constituía un liderazgo “eterno” (en el sentido de que era una figura indiscutida e imposible de reemplazar mientras viviera), los liderazgos peronistas posteriores constituyen, según la autora, un primus inter pares, factibles de ser desplazados por otros liderazgos igualmente “temporales”. Ambos tipos se corresponderían con los del liderazgo de “carisma puro” y los de “carisma de situación”, respectivamente, según Panebianco (1995). En este sentido, mientras que con Perón la legitimidad electoral no hacía sino confirmar en el imaginario peronista su “conducción natural” (Halperín Donghi, 2006), desde el restablecimiento de la democracia en 1983 –y con el líder ya fallecido– la función del voto en el peronismo consiste en definir quién es el conductor “temporal” entre los varios conductores posibles.

En este caso, Reutemann debía imponer su candidato para el Senado nacional en orden a fortalecer su liderazgo tanto frente a los sectores díscolos del peronismo local como frente a la propia autoridad del presidente Menem[9]. Sin embargo, su condición de “conductor” (una de cuyas facultades es poder designar los candidatos del partido para los diversos cargos) no se legitimó sino hasta después de una nueva instancia electoral interna. Es decir que luego del voto ciudadano que lo había ungido gobernador debió someterse al sufragio de los afiliados para que se sellara su reconocimiento como conductor del partido. En este sentido se pueden comprender las palabras de Alberto Kohan (ex secretario general de la presidencia y ex ministro de Salud de la Nación, oriundo de la ciudad santafesina de San Lorenzo), quien participó como pre-candidato santafesino a senador nacional: “Las polémicas se acaban cuando se cuentan los votos” (EL, 28/5/92).

Reutemann presidente del Partido Justicialista de Santa Fe. La consolidación del liderazgo político-partidario (junio 1993)

¿Por qué necesitó Reutemann esta segunda instancia electoral para consolidar su liderazgo en el peronismo? En primer lugar, su candidatura no había sido refrendada a través de una elección interna. El sistema electoral de Lemas tenía el propósito, justamente, de sortear esa instancia, por lo que los candidatos no necesitaban ni ser afiliados ni atravesar un proceso de selección interna que respaldara su candidatura, aunque sí debía reunir un número mínimo de avales (Borello y Mutti, 2003). En segundo lugar, su extranjería con respecto al peronismo, en particular, y a la política partidaria, en general, volvía más necesario un efecto de legitimación interna a través del voto.

En ese marco, Creo en Santa Fe lanzó una campaña electoral interna de la candidatura de Reutemann a la presidencia del PJSF (EL, 25/3/93). El intento de presidir el partido suscitó fuertes críticas entre los sectores más reacios a la incorporación del ex corredor de carreras al justicialismo. Su presentación como candidato requirió, además, de la modificación de la Carta Orgánica del partido mediante la cual se eliminó el requisito de dos años de antigüedad en la afiliación para poder ser candidato a cargos partidarios, lo cual llevó a diversos sectores a impugnar todo el proceso electoral (EL, 4/2/93 y LC, 20/4/93)[10]. En efecto, Reutemann se había afiliado al PJ el 21 de febrero de 1993, en el marco de la estrategia del presidente Menem de ampliar consensos entre los peronistas para reformar la Constitución nacional (Novaro 2009; Portantiero 1995). Simultáneamente, se afiliaron otros gobernadores y dirigentes que también apoyaban al menemismo (EL, 25/2/93).

La fracción partidaria más crítica se agrupó en la lista número 5 denominada Movimiento de Unidad Peronista (MUP), integrada por los diputados y senadores provinciales de los bloques peronistas no oficialistas, por ex funcionarios y dirigentes afines a los gobiernos anteriores y por algunos sectores del sindicalismo de la ciudad de Santa Fe[11]. Rufino Bertrán, candidato a presidente del PJ por el MUP y ex ministro de Gobierno del gobernador Reviglio, afirmaba:

Muchos afiliados […] pretenden que la conducción esté en manos de alguien con trayectoria y conocimiento de los problemas del [peronismo]. Mucha gente no vería con agrado que Carlos Reutemann, recientemente ingresado al partido y sin experiencia, maneje nuestro partido, que ha sufrido persecuciones, proscripciones y que tiene muchos peronistas con hondas cicatrices en el cuerpo por su lucha en favor de este movimiento (LC, 29/5/93).

Según esta visión, la legitimidad para presidir el PJ y representar a los justicialistas radicaba en el cursus honorum que habían edificado por largos años los dirigentes peronistas más experimentados (de ahí, también, la justificación de la senadora Gurdulich para ser reelecta: “militamos juntos desde hace más de 20 años”). Esa trayectoria como peronistas estaba asociada no solamente a la experiencia política dentro del partido, sino a una historia de militancia y de luchas en común e, incluso, a lazos personales y afectivos[12]. Frente al discurso “moralizador” de un advenedizo, el MUP formulaba un discurso anclado en una concepción del peronismo que había entrado en crisis: la del peronismo como tradición política articuladora de un sujeto colectivo que recuperaba, desde el presente, la memoria de la experiencia pasada. En este sentido, la estrategia representativa de este sector evocaba la de la campaña nacional “introspectiva” (Cheresky y Pousadela 2004) del peronismo en 1983 y la de la campaña de 1989 en Rosario, basada en la historia de “persecuciones” y “proscripciones”, en el valor de la “trayectoria” militante y en la reivindicación de las “luchas en favor del movimiento”.

Pese a la existencia de estas voces que pugnaban por mantener a Reutemann como un outsider circunstancial cuya única función debía consistir en haber salvado al peronismo de la derrota electoral, el 30 de mayo de 1993 el ex deportista (encabezando la lista n° 1) ganó la elección interna en todas las categorías[13]. Obtuvo un aplastante 87,47% de los votos para su cargo como presidente del PJSF, el 84,64% de los votos para la candidatura de Massat a senador nacional (a quien votaron en una nueva Asamblea Legislativa 41 de los 42 legisladores peronistas) y la mayoría y minoría en la lista de candidatos a diputados nacionales para las elecciones de medio término del 3 de octubre de 1993. Fue elegido, también, primer convencional constituyente por Santa Fe para la Reforma de la Constitución Nacional del año siguiente. Menem felicitó al nuevo conductor local y le reconoció el triunfo aludiendo a la vara de medición del éxito de los liderazgos según las reglas de la organización peronista; le dijo: “la urna es inapelable” (EL, 31/5/93).

La nueva mesa del consejo ejecutivo del partido quedó compuesta por Reutemann (presidente), Miguel Ángel Robles, vicegobernador (vicepresidente), Jorge Obeid, intendente de Santa Fe (vicepresidente 1°), Jorge Giorgetti, senador provincial (vicepresidente 2°) y Jorge Albertengo, diputado provincial (secretario general), entre los cargos principales (LC, 31/5/93). La nueva coalición dominante del PJ estaba integrada, por lo tanto, por dirigentes peronistas que en los años ochenta habían ocupado las segundas líneas del partido o del gobierno provincial (y, por lo tanto, no eran identificados con la conducción de la Cooperativa) y que eran, además, de la rama “política” del partido. Todos habían integrado algún cargo gubernamental, en el Poder Ejecutivo, en el Legislativo o en distintas intendencias. Robles fue senador provincial (1987-1991), Obeid fue concejal de Santa Fe (1987-1989) e intendente interino de la ciudad (1989), Giorgetti fue subsecretario de Comercio Exterior de la provincia (1983-1991) y Albertengo fue intendente de la localidad de Cañada de Gómez (1983-1987). Por su parte, los sindicalistas habían sido desplazados de los cargos partidarios más altos[14].

La velocidad con la cual logró erigirse como el jefe legal y legítimo del peronismo en Santa Fe distinguió a Reutemann de otras figuras outsiders de la época que habían logrado la máxima magistratura provincial insertándose en el peronismo sin alcanzar, empero, controlar el partido. Son los casos de los gobernadores Ramón Ortega (ex cantante y empresario) en Tucumán, Jorge Escobar (empresario) en San Juan y Mario Moine (empresario) en Entre Ríos. Los tres accedieron al gobierno respaldados por el PJ, sin desarrollar una base de apoyo propia. Ortega perdió el control del partido, Moine –pese a que disputó algunas elecciones internas luego de su paso por la gobernación y habiéndolas perdido– volvió a su actividad como empresario y abandonó la política, y Escobar fue destituido mediante juicio político[15]. La ambición política del gobernador santafesino se manifestó, además, en el intento (fallido) de reformar la Constitución provincial para introducir la reelección del gobernador, en continuidad con el proyecto promovido por Menem a nivel nacional[16].

Ahora bien, esta contundente victoria mediante los votos para la conducción del partido empezó a experimentar sus incipientes grietas al llegar la instancia electoral general. El 3 de octubre de 1993 –a pocos meses de la interna– se realizaron elecciones en dos niveles jurisdiccionales: para diputados nacionales y para intendentes, presidentes comunales y concejales municipales. El PJ ganó la elección con un 32,55% y obtuvo 4 bancas en el Congreso nacional de las 5 que ponía en juego (EL, 4/10/93). Sin embargo, los resultados no tuvieron la contundencia esperada. El electo diputado nacional Oscar Lamberto analizaba la pérdida de esa banca en los siguientes términos:

Hubo compañeros que si se hubieran preocupado un poco y pensado que son parte del peronismo […] habría menos votos en blanco y quizás un diputado más […] Cuando se estaba discutiendo el poder en Argentina, había algunos que estaban preocupados en un concejal (Oscar Lamberto, EL, 4/10/93).

En efecto, según el gobernador la importante cantidad de votos en blanco que hubo para la categoría de diputados nacionales (12,41%) se debió a la “confusión” que generaron las dos elecciones en simultáneo, haciendo que “se trabaj[e] mucho en candidatos locales, y al candidato local no le interesa mucho lo que vaya en la boleta blanca [de diputados nacionales”]” (EL, 4/10/93). A nivel departamental, el PJ ganó en 14 de los 19 departamentos provinciales. En Rosario, a pesar del gran esfuerzo de campaña que se hizo (descuidando, según algunos, algunas comunas del norte “muy fuertes justicialistas” y que se perdieron), el PJ perdió el Concejo municipal a manos de HTyE (que obtuvo 8 bancas) que llevaba a Hermes Binner a la cabeza. Pero, el dato más trascendente en relación a la interna peronista fue que el sector de Reutemann obtuvo sólo 1 banca de las 7 que logró el PJ. El ganador fue el sublema que encabezaba el periodista Evaristo Monti, denominado “Rosario o Nada”. Se abría allí un frente opositor interno que, a aunque minoritario, le disputaría poder al presidente del partido esgrimiendo, principalmente, el clivaje territorial, tal como lo expresó la nominación de la etiqueta electoral de este sector. Esto traería como consecuencia un fuerte debate al interior mismo de Creo en Santa Fe, uno de cuyos principales críticos será el vicegobernador Robles.

Reutemann candidato a Senador nacional. La disputa “Norte-Sur” en la coalición dominante del partido (marzo-mayo 1995)

El clivaje “Norte-Sur” atraviesa la historia política, social y cultural de la provincia de Santa Fe y refiere a una división material y simbólica del territorio en dos partes. Por un lado, el “norte” es identificado con el predominio de la actividad económica ligada a la producción rural cuyo centro urbano lo constituye la ciudad de Santa Fe, capital administrativa de la provincia. En este esquema, Santa Fe es concebida como una ciudad meramente “burocrática”, con componentes socio-culturales “tradicionalistas”, orientada a la recaudación impositiva provincial. Como arquetipo de actor social aparece el terrateniente (asociado a una aristocracia tradicional), el pequeño propietario de campo y el peón rural. Por su parte, en el “sur” se radican los polos industriales más importantes de la provincia y la mayor densidad poblacional, siendo su epicentro urbano la ciudad de Rosario. En función de su generación de riqueza material y desarrollo tecnológico, el “sur” es concebido como la zona de la provincia que contribuye con el “progreso” económico, social y cultural a través de su infraestructura portuaria e industrial y de su desarrollo artístico. En términos sociales, está representada por la burguesía industrial y agro-industrial, los grandes propietarios rurales y el sector trabajador organizado.

Desde el punto de vista político, los partidos mayoritarios (PJ y UCR) tienen una distribución homogénea a lo largo de todo el territorio, mientras que el PSP y el PDP tienen su base territorial fuertemente asentada en la zona de Rosario y sus alrededores (Guberman, 2004; Robin, 2007). Sin embargo, por su densidad poblacional, la región sur es la principal aportante de la mayoría de los votos en todas las fuerzas políticas. En efecto, el PJ a pesar de enfrentar en el sur de la provincia a la mayor concentración electoral de los partidos de la oposición (entre 1983 y 2007), sobre todo con epicentro en la ciudad de Rosario, tiene en dicha zona, en promedio, una participación de más de la mitad de sus votos (informe Instituto de Desarrollo Regional –IDR–, 1997).

En línea con esta división de la provincia en dos, existe un componente de la cultura política provincial que indica que los cargos (gubernamentales y partidarios) deben estar distribuidos siguiendo un criterio de equilibrio entre las zonas. Así, por ejemplo, se respeta la costumbre de constituir la fórmula gubernamental con un representante político del “norte” y otro del “sur” (Puig, 1997). Asimismo, los gabinetes de gobierno se distribuyen tratando de aplicar un criterio regional –además de varios otros aspectos, que analizaremos en el siguiente capítulo–. Por ejemplo, las cabezas de los ministerios del gobierno de Reutemann representaron dicha distribución regional. Tanto el gabinete inicial como el intermedio estuvieron compuestos por 4 ministros de la región norte y 3 de la región sur (cfr. Capítulo 4).

Ahora bien, si esta regla informal era respetada en la distribución de los cargos más encumbrados de la jerarquía institucional y partidaria, había quienes percibían que ese reparto equitativo no se trasladaba al nivel de las decisiones gubernamentales y de la distribución de los recursos públicos. Así, el de Reutemann era identificado por algunos dirigentes (peronistas y de la oposición) de la zona sur como un “gobierno del norte”, no sólo por la procedencia territorial del propio gobernador[17] sino por la tendencia que se le atribuía a privilegiar más a esta zona que a la del “sur”, por ejemplo, en la realización de obras públicas. En este sentido, del dirigente rosarino Eduardo Cevallo (PJ) afirmaba hacia el final del mandato del gobernador:

Su gobierno es, desde el punto de vista de las realizaciones, un gobierno del norte, es decir, el grueso de la obra pública ha ido a parar al centro-norte de la provincia y él se ha apoyado más que ningún otro gobierno anterior […] en lo que es la burocracia tradicional, y esa burocracia tradicional también sirvió a los gobierno militares. Desde ese punto de vista, es un gobierno parecido a los militares (Eduardo Cevallo, Interventor de Obras Sanitarias de la Nación entre 1991 y 1992, citado en Sánchez, 1995: 70).

En el mismo sentido, Luis Rubeo (senador nacional del PJ) consideraba que la contribución impositiva de Rosario era excesiva y que sólo servía para “mantener planteles burocráticos” radicados en la ciudad de Santa Fe. A su vez, criticaba la poca presencia del gobernador en la ciudad:

La ausencia de respuestas equilibradas de los recursos de la provincia, esencialmente, tiene que ver con la forma de operar que tiene la estructura burocrática que funciona desde la ciudad de Santa Fe [la cual] se niega a achicar los ingresos impositivos en razón de que los mismos están afectados al mantenimiento de planteles burocráticos que, esencialmente, viven en la ciudad de Santa Fe […] Es tal la hostilidad que Reutemann tiene para con nosotros que antes venía una vez por semana, atendía en la Jefatura de Policía. Ahora, viene con el avión y atiende en el salón VIP del aeropuerto y se va. Es decir, estamos auditados y monitoreados desde el fax […] siendo que somos contribuyentes onerosos al mantenimiento del poder […] Rosario sólo es el 40% del electorado (senador nacional Luis Rubeo, citado en Sánchez y otros, 1995: 71-72).

Esta percepción formaba parte de una cosmovisión extendida no solamente entre la dirigencia política sino también en el sentido común de la población. A modo de ejemplo, en un sondeo de opinión pública en la región sur de la provincia publicado por el IDR en 1997, se observa que un porcentaje abrumadoramente mayoritario de los encuestados (600 casos) consideraba negativos distintos indicadores de integración regional, a saber: que la región sur estaba poco o nada integrada a la provincia, que los gobiernos provinciales desde 1976 impidieron la integración norte-sur, que la relación impuestos-servicios era negativa y que el poder político estaba mal distribuido en la provincia[18]. Sin embargo, había una perspectiva positiva del futuro de Rosario a partir de la concreción de obras de infraestructura provincial tales como el puerto, el puente Rosario-Victoria, la autopista Rosario-Córdoba, la hidrovía del Paraná o la represa retardadora de crecidas del Arroyo Ludueña.

El clivaje norte-sur (que ya se había empezado a manifestar en 1993 a partir de los resultados en la concejalía rosarina) terminó potenciándose al interior del partido en el contexto de las elecciones internas del 5 de marzo de 1995. Si las internas de 1993 estuvieron marcadas por la oposición “arribistas” versus “militantes”, el debate de las que se libraron en esta oportunidad ya no podían capitalizar ese criterio: Reutemann, justicialista en lo formal y presidente del partido, ya no podía ser más considerado un outsider. Las principales disputas se organizaron, entonces, en torno de una minoría opositora que, entre otros elementos, se identificaba con la “dirigencia del sur”.

En estas elecciones Reutemann se postuló como candidato a senador nacional, obteniendo el 70% de los votos de los afiliados. Su sector, Creo en Santa Fe, también obtuvo los tres primeros lugares en la lista de candidatos a diputados nacionales pero, a diferencia de las elecciones internas de 1993, no logró la minoría (el cuarto lugar de la lista), que quedó en manos del sector opositor liderado por el rosarino Carlos Bermúdez (presidente de la cámara de diputados provincial)[19]. A diferencia de la elección anterior, también, se constituyeron sólo dos listas: la oficial (Creo en Santa Fe, n°4) y la opositora (Avancemos con fe al 2000, n° 2), la cual aglutinó a toda la oposición. Volvieron a votar –como en la elección anterior– un 22% de los afiliados.

La disputa en clave territorial tuvo en la postulación de Reutemann al Senado nacional su principal elemento. El hecho de que ya hubiese un senador del norte (Jorge Massat) despertó las críticas desde la dirigencia del sur. El primer candidato a diputado de la lista de Creo en Santa Fe, Jorge Obeid, también era del centro-norte. En este sentido, un candidato del sur por la lista opositora afirmaba que la conducción de Reutemann no expresaba una “empresa común de destino”:

Yo no se si se advierte claramente desde el poder político que en el sur de Santa Fe y, básicamente, en la ciudad de Rosario, por esta situación que ha llegado a un punto límite [no poder consensuar las listas] hay, o existe la posibilidad, de que haya un estado de rebelión fiscal o, directamente, segregacionista. Luego, esta conducción política no expresa unitariamente a la empresa común de destino que apetece la provincia de Santa Fe (Héctor García Solá, candidato a diputado por la lista 2, EL, 20/1/95).

Las disputas por la confección de la lista de candidatos a diputados condujeron –incluso– a disidencias dentro del propio espacio de Creo en Santa Fe, llevando a la renuncia del secretario general del partido (Jorge Albertengo, de Cañada de Gómez) y al pedido de licencia del vicepresidente 1° (el vicegobernador Miguel Ángel Robles, oriundo de Villa Constitución, quien había quedado “desplazado” al quinto lugar de la lista), ambos dirigentes de la llamada “Liga del Sur”. En este marco, Albertengo afirmaba en la prensa:

Hoy nos encontramos sin la posibilidad de llevar un candidato afianzado en la gente, habiendo atravesado una interna desgastante entre los mismos compañeros de Creo en Santa Fe y con un aparato partidario que no contiene las realidades regionales […] Nunca se reunió el congreso provincial (Jorge Albertengo, EL, 5/4/95).

La lista opositora n° 2 decía erigirse como la auténtica representante del peronismo, reeditando la disputa contra los “arribistas”:

El 5 de marzo votemos lista 2 […] Para sacar al PJ del inmovilismo y transformarlo en herramienta política de un peronismo victorioso, unido y solidario. Para dejar atrás el arribismo y el espíritu sectario de entornos carentes de escrúpulos e ideología […] Compañero peronista: por la doctrina de Perón y con la mística militante de Evita, el 5 de marzo vote lista 2 (EL, 2/3/95).

En el proceso de la confección de las boletas esta línea opositora criticó a las autoridades del partido por no permitir colocar en las mismas las imágenes de Perón y Evita: “La junta electoral ha proscripto a Perón y Evita. Esa es la gente que tenemos en el partido” (EL, 2/3/95), sentenció Susana Rueda, secretaria general del sindicato de trabajadores de la salud.

El cuestionamiento al gobernador y candidato a Senador nacional por “privilegiar al norte” se inscribía en un contexto socio-económico general de crecimiento de la desocupación y de la conflictividad social, especialmente, en la zona industrial del Gran Rosario[20]. En este sentido argumentaba su candidatura a Senador Carlos Bermúdez por la lista opositora:

La situación que se da en el sur, no sólo entre los justicialistas, con la ciudadanía cansada de la burocracia instalada en Santa Fe que no ha pensado en resolver alguno de nuestros fundamentales problemas, el mayor de los cuales es la desocupación y al que se agregan la desinversión, las fábricas que cierran, las que se mudan… (Carlos Bermúdez, LC, 4/3/95).

La demanda por la subrepresentación del sur en las listas fue capitalizada en gran medida por los dirigentes sindicales de la zona quienes agregaban al reclamo social y regional la demanda por el desplazamiento que el sindicalismo había padecido (tanto en cargos del partido como del gobierno) desde la asunción de Reutemann a la gobernación. En efecto, la lista de candidatos a diputados nacionales por Avancemos con fe al 2000 estaba compuesta por dos dirigentes gremiales de la zona en el 3° y 4° lugar (Susana Rueda, sanidad y Vicente Mastrocola, plástico), mientras que la lista oficialista no tenía sindicalistas en esos puestos[21]. En una solicitada en la prensa, un conjunto de gremios llamaba a votar por la lista 2, para “recuperar el partido y el corazón militante”[22]:

Haberle dado la presidencia de nuestro partido a Carlos Reutemann significó no sólo la faja de clausura para nuestras Unidades Básicas, sino algo aún más grave: la clausura del corazón militante de nuestras compañeras y compañeros. Porque Reutemann y los cuatro burócratas que lo rodean no creyeron en el capital de nuestros nuevos dirigentes. Por eso cesantearon a nuestra militancia. Por eso no invirtieron en nuestra juventud. Por eso bajaron las persianas de nuestro partido (LC, 2/3/95).

La “militancia” volvía a surgir, desde la oposición, como un valor central, perdido a partir de la transformación que había operado Reutemann de la tradición peronista. Expresaba al respecto Bermúdez:

En el justicialismo había un vacío. Y no lo decíamos porque había una pelea a senador o a diputados, que son pocos cargos […] Sí decíamos que ese vacío que existía en el justicialismo no se podía llenar de otra manera que con una batalla. Aquí vamos a dar una batalla con propuestas y movilizando a la militancia […] No le tenemos miedo a nada. Basta de repartir miseria y aumentar la desocupación […] A ese juego que se puede hacer desde el poder le vamos a responder con algo que ellos no pueden hacer: vamos a convocar a la militancia (Carlos Bermúdez, EL, 4/2/95).

Se fue perfilando, por lo tanto, una crítica que asociaba a Reutemann con el “aparato” partidario y con la vieja dirigencia del partido. Así como en 1991 (cuando se reclamó la intervención del partido porque las autoridades locales no representaban al “pueblo peronista”), también en esta coyuntura los términos de la disputa eran los del enfrentamiento entre “las estructuras y los punteros” y el “peronismo de la calle”:

El partido, el gobierno, las principales líneas políticas internas, los intendentes, presidentes de comuna están en una pieza, y la gente está en otra […] La dirigencia del peronismo está bastante separada de la gente y nosotros ganamos un espacio en la calle mientras que la otra lista lo hizo sobre la base de punteros y estructuras de adherentes seguros. Nosotros tuvimos que pararnos en las esquinas y tocar timbres […] Siempre me decía [Reutemann] que venía a superar la vieja Cooperativa que estaba con Reviglio, y sin embargo ahora está cerca de ellos, con quienes se alió en una estrategia electoral (Carlos Bermúdez, LC, 7/3/95).

En efecto, circuló la idea de que la presidencia de Reutemann en el partido volvía a formar una nueva Cooperativa, como la de aquellos dirigentes de los años ochenta. “Si alguien en la provincia está soñando con una nueva Cooperativa, nosotros no vamos a estar”, afirmaban dirigentes del Departamento Iriondo (LC, 1/4/95). Durante la campaña interna circularon folletos con un slogan que decía: “Reutemann, Rubeo y Barrionuevo, ¡la Cooperativa de nuevo!” (LC, 3/4/95), acusando a Reutemann de haber realizado un acuerdo con Luis Rubeo en busca de votos en la zona de Rosario, donde el gobernador tenía menor representatividad electoral (LC, 3/4/95).

Advertimos entonces cómo Reutemann –un outsider devenido en político profesional– se incorporó a la dinámica de la lucha partidaria interna, adoptando las reglas del juego político-partidario. En este sentido, su conducción no estuvo exenta tampoco de que se la acusara de prácticas consideradas ilegítimas como que “alienta el fraude”, de “volcada de padrones”, de manipulación del calendario electoral, de demora en la presentación de las distintas listas de candidatos, etc. (LC, 3/3/95). Así, hacia el final de su mandato el gobernador empezaba a ser cuestionado por estar “cerca de la Cooperativa”, por implementar acuerdos de cúpula en la definición de las candidaturas y por desmovilizar a la militancia, todas críticas que se le habían esgrimido, en otra coyuntura, a la coalición dominante del periodo anterior[23].

Pese a estas críticas desde la oposición interna, los resultados de las elecciones generales del 14 de mayo fueron auspiciosos para el justicialismo. La fórmula presidencial Menem-Ruckauf ganó en la provincia (46,82%) y el PJ renovó las 4 bancas que ponía en juego con el 34,43% de los votos. Ingresaron al Congreso nacional Jorge Obeid, Luis Rubeo y María del Carmen Benzo, de Creo en Santa Fe, y Alfredo Speratti por la minoría de Avancemos con fe al 2000. El único de la zona sur era Rubeo (EL, 15/5/95). Por su parte, Reutemann accedió a su banca como senador nacional una vez que finalizó el gobierno.

En adelante, las autoridades partidarias y los candidatos a cargos electivos se definirían por “por aclamación y unanimidad” (Ramos, 2011), acordando listas únicas con Reutemann. Y si bien el gobernador peronista que lo sucedió intentó disputarle el liderazgo[24], con su rotunda victoria para gobernar la provincia por segunda vez en 1999, su conducción adoptó un carácter indiscutido[25]. Según Hugo Ramos, “en el Partido Justicialista ninguna decisión política estratégica se tomó sin el acuerdo de Carlos Reutemann” (2012: 175).

Conclusiones. De outsider a líder partidario: la constitución del liderazgo reutemannista en el PJSF

Se metió el peronismo en los bolsillos. En este capítulo analizamos el modo en que el PJSF resolvió su crisis de liderazgo interna a partir de la emergencia de la figura de Carlos Reutemann. En efecto, este outsider político-partidario reconvirtió esa condición al erigirse en poco tiempo como líder de la fuerza política a través de la cual había hecho su ingreso al mundo de la política partidaria e institucional. Este recorrido vertiginoso y particular de consolidación de un liderazgo partidario distinguió el caso de Reutemann del de otras figuras contemporáneas que como él, en su origen ajenas al mundo político, desplegaron una práctica más circunscripta a los márgenes que le dictaba la situación de crisis o inestabilidad política en la cual habían emergido, sin lograr consolidarse como jefes de la fuerza partidaria que los había llevado al poder ni trascender por demasiado tiempo en cargos públicos de manera ininterrumpida (como los casos mencionados de Ortega, Escobar o Moine). El caso de Reutemann sí puede asemejarse, en cambio, a los del ex motonauta Daniel Scioli y al del empresario Mauricio Macri, ambos outsiders que lograron desarrollar largas carreras políticas y convertirse también en jefes partidarios. No fueron, sin embargo, figuras contemporáneas a la de Reutemann sino que emergieron en la vida política argentina varios años más tarde, y cuyas carreras políticas y jefaturas partidarias se construyeron de manera más escalonada y a lo largo de un periodo de tiempo más prolongado que la de la figura que analizamos aquí[26].

Típicamente, los líderes outsiders son vistos como meros emergentes pasajeros y circunstanciales de una situación de crisis de las dirigencias y organizaciones políticas tradicionales, del despliegue de escenarios de corrupción en el comportamiento de esas dirigencias y de la resultante desconfianza ciudadana en las instituciones políticas (Cotler, 1994; García Montero, 2001; Kenney, 1998; Mayorga, 2006). Este razonamiento lleva a algunos estudiosos a asumir una perspectiva normativa sobre el comportamiento de los outsiders que supone que –en tanto emergentes “excepcionales”– llevan finalmente a distorsionar el “normal” funcionamiento de las instituciones e, incluso, pueden atentar contra la calidad del régimen democrático. Más aún, en contextos de restablecimiento del juego democrático y de crisis de representación política, se ha identificado la consolidación de “popularidades evanescentes y transitorias”, a diferencia de la existencia de los grandes y perdurables liderazgos carismáticos de otras épocas (Martuccelli y Svampa, 1997: 97).

Distanciándonos tanto de los enfoques institucionalistas sobre los outsiders como de ciertas conceptualizaciones del liderazgo político en tiempos de crisis de representación, buscamos –a partir del análisis de este caso– dar cuenta de otro tipo de resolución de crisis políticas y de constitución liderazgos resultantes de ellas. El análisis de la figura de Reutemann permite advertir la existencia de un líder outsider que reconvirtió su condición hacia la de un típico político “profesional”, en el sentido weberiano de aquél que “ha[ce] de la actividad política […] el contenido de su existencia” (Weber, 2008: 200).

El modo en que Reutemann atravesó dicho pasaje estuvo determinado, en primer lugar, por su inscripción en el peronismo argentino. En efecto, su propia ambición política coincidió con la dinámica organizacional de este partido que se caracteriza por articular sus relaciones internas (tanto verticales como horizontales) en torno a la conducción de un líder. El peronismo desarrolló desde sus orígenes una legitimidad particular: la del “conductor” (Halperín Donghi, 2006). Ahora bien, mientras que con Perón la conducción estaba dada de forma “natural” (y el procedimiento electoral sólo venía a confirmar una conducción ya establecida), luego de su muerte las distintas conducciones posibles dentro del peronismo (en todos los niveles de la organización: nacional, provincial y municipal) se definen mediante el voto en elecciones internas y/o generales (Ollier, 2010). El acto electoral da inicio a un nuevo ciclo de liderazgo partidario hasta que una nueva conducción reemplaza a la anterior cuando la orientación del sufragio se orienta en torno de una nueva figura. Bajo esta premisa mostramos cómo, a partir de distintas coyunturas electorales y en un periodo de tiempo relativamente breve, Reutemann se erigió en el conductor del peronismo santafesino.

Siguiendo ese recorrido analizamos las características de la campaña y su posterior victoria electoral en septiembre de 1991. Basado en una estrategia de contacto directo, de confrontación con los “políticos tradicionales” y en un armado con dirigentes del peronismo local enfrentados a la conducción reviglista, Reutemann desplegó una serie de atributos como candidato que interpretamos bajo el formato de la “representación de proximidad” (Annunizata, 2012a). La crítica a la “clase política”, la presentación como un “ciudadano” y “vecino” igual que sus representados, el discurso fuertemente centrado en la condena moral a los políticos (y su presentación como hombre “honesto” enfrentado a los políticos “corruptos”), fueron tópicos que ubicaron a Reutemann entre los primeros exponentes de este nuevo formato de representación, que se consolidará años más tarde en Argentina.

En segundo lugar, el triunfo de Reutemann como gobernador (que le dio inicio a su carrera política) fue posible gracias al tipo de régimen electoral vigente en la provincia. Precisamente, la ley de Lemas le permitió no sólo presentarse como candidato sin poseer ninguna adscripción partidaria sino, también, sumar los votos de los demás candidatos peronistas y así superar la performance electoral de su principal competidor de la UCR, Horacio Usandizaga. La estrategia pensada por la coalición dominante del partido un año antes para evitar un seguro fracaso electoral se había mostrado exitosa.

En el marco de esas dos condiciones de posibilidad (la organizacional y la del sistema electoral) el ex piloto de carreras inició una de nuevo tipo: disputar el poder hacia el interior del peronismo, bajo la idea de que su éxito gubernamental estaba vinculado al control de la estructura partidaria. En efecto, en todo partido de gobierno los hombres y mujeres que integran la coalición dominante del partido también integran el Poder Ejecutivo del gobierno (Panebianco, 1995), de modo que ambos roles se influyen mutuamente. Esta dinámica quedó demostrada en las características de la crisis del PJSF que le dio marco a la emergencia de Reutemann y también se desplegará en lo relativo a la composición de su gabinete ministerial, como veremos en el próximo capítulo.

La progresiva consolidación de este liderazgo partidario entre 1991 y 1995 se observó en tres coyunturas clave: la definición de la lista de candidatos a diputados nacionales en 1991 (mientras el partido se encontraba intervenido), la elección del senador nacional y su definición a través de internas partidarias en 1993 con el PJ ya normalizado (en las cuales, al mismo tiempo, Reutemann gana la presidencia) y las internas de 1995. Estas disputas electorales dieron cuenta de la eficacia con la cual el nuevo líder neutralizó, por un lado, a los sectores de la Cooperativa que aún se resistían a perder su poder y, por otro lado, logró cierta autonomía con respecto al liderazgo del presidente Menem. Además, identificamos distintos clivajes bajo los cuales se definieron cada una de estas luchas internas: si en los comienzos de su desempeño como líder la disputa ordenó a los “arribistas” contra los “auténticos” peronistas, una vez consolidado el liderazgo los enfrentamientos atravesaron un clivaje territorial, la dirigencia del “norte” (que expresaba Reutemann) contra la del “sur” (que logró constituir una oposición al líder, aunque muy minoritaria).

En el próximo capítulo indagaremos en la composición del gabinete reutemannista y el modo como la misma muta a lo largo de su gestión como gobernador a partir de su consolidación como líder del peronismo santafesino. Allí advertimos la influencia de las disputas internas trabajadas en este capítulo en la dinámica gubernamental y analizamos el modo como Reutemann –en tanto que líder del gobierno– respondió a las demandas presentadas por sus compañeros justicialistas, efectuando modificaciones en los altos cargos ministeriales.


  1. Por ejemplo, los candidatos del oficialismo partidario (Fernando Caimmi y Héctor García Solá), del sublema Nuevo Rumbo, cerraron su campaña con un “multitudinario acto en Rosario” donde exclamaron que venían a “decirle presente al General Perón y a Eva Perón” (EL, 17 /8/91).
  2. Usandizaga –único candidato de peso del radicalismo– obtuvo el 35,39% de votos, superando el porcentaje de Creo en Santa Fe. Fuente: Tribunal Electoral de la Provincia de Santa Fe. Disponible en: https://www.santafe.gov.ar/tribunalelectoral/. Acceso en: 3.feb.2016.
  3. La Capital es el medio de prensa más importante de la provincia. Fue fundado el 15 de noviembre de 1867 y es el periódico más antiguo de Argentina todavía en circulación. Actualmente, tiene una tirada de 41.000 ejemplares. Desde la década de 1990 pertenece a la empresa Grupo AMERICA, creada y conducida por el empresario mendocino Daniel Vila y por el ex ministro del Interior de Menem (1991-1992) y empresario de la misma provincia, José Luis Manzano.
  4. En estas elecciones el PJ obtuvo 4 bancas en la Cámara de Diputados nacional, pero perdió 1. La UCR obtuvo 3, el Movimiento Honestidad, Trabajo y Eficiencia (HTyE) 2, y el PDP, 1 (EL, 28/10/91).
  5. En la elección de gobernador, la lista oficial del gobernador Reviglio estuvo representada por el sublema “Nuevo Rumbo”, que tuvo como candidato a su ministro de Obras Públicas. Este sublema contribuyó fuertemente al triunfo de Reutemann, especialmente en Rosario y en localidades afines al gobernador, donde obtuvo una considerable cantidad de votos por encima, incluso, de Creo en Santa Fe.
  6. Muniagurria será, luego, vicegobernador de Santa Fe en el segundo mandato de Reutemann (1999-2003).
  7. A pesar de esto, Menem nunca confrontó abiertamente con Reutemann por el tema del Senador. Sus voceros en esta cuestión eran los integrantes del CNJ y funcionarios nacionales de primera línea.
  8. Gurdulich era una dirigente rosarina con larga trayectoria en el PJSF –cercana a algunos miembros de la Cooperativa–, que acompañaba decididamente las políticas de reforma implementadas por el presidente de la nación como titular de la Comisión Bicameral de Seguimiento de las Privatizaciones del Senado de la Nación.
  9. El propio Menem debió disputar con otros liderazgos peronistas –típicamente, los gobernadores– que intentarán, a su tiempo, suplantar su conducción. La pulseada más importante, en este sentido, la dio con Eduardo Duhalde, primero vicepresidente suyo (1989-1991) y, luego, gobernador de la provincia de Buenos Aires (1991-1999). Al respecto, consultar Ferrari (2013) y Ollier (2007).
  10. Las impugnaciones, finalmente, no fueron aceptadas por la junta electoral partidaria.
  11. Las demás listas eran: “Todos por Santa Fe” (Lista 3, representada por el ex gobernador Vernet), “Fe en Perón” (Lista 4, de Celestino Marini, ex senador nacional) y la lista “Kohan senador” (Lista 2, que sólo se postuló a Alberto Kohan para la candidatura a senador nacional) [LC, 6/4/93].
  12. Esta manera de entender la identidad peronista la trabajamos en profundidad en el capítulo 5.
  13. La participación de afiliados fue de 70.000 menos que en la última elección interna realizada en 1988, reuniendo al 20% del padrón. Votaron 110. 282 afiliados (EL, 31/5/93).
  14. Durante la presidencia de Reviglio en el PJSF el Consejo Ejecutivo del partido integraba a 4 sindicalistas, de los cuales uno ocupaba el cargo de prosecretario general, 5° puesto en orden de importancia (Lacher, 2015).
  15. Al respecto, cfr. Levitsky (2005), Novaro (1994) y Rodrigo (2014).
  16. Reutemann no pudo lograr el consenso para la reforma que tenía, empero, media sanción en el Senado provincial. Todos los partidos de la oposición estaban fuertemente en contra, como así también algunos sectores del peronismo.
  17. Reutemann nació en la localidad de Manucho, a 50 km de la ciudad de Santa Fe. Obeid (vicepresidente 2° del partido y sucesor de Reutemann en 1995) vivía, también, en la capital de la provincia.
  18. Para 1996, la recaudación impositiva en el total provincial era del 66% por parte de los Departamentos del Sur y del 34% por parte de los Dptos. del Norte (IDR, 1997 en base a Estadísticas de Recaudación Tributaria de la Agencia Provincial de Impuestos –API–).
  19. Para la categoría de senador, la lista n° 4 obtuvo el 70,4% de los votos, mientras que la n° 2, el 28,48%. En diputados, los números fueron 70,37% contra 28,5%. En Rosario, Bermúdez obtuvo el 40% de los votos (CL y EL, 6/3/95).
  20. Cfr. Capítulo 7.
  21. La lista n° 4 postuló como pre-candidatos a diputados nacionales a Jorge Obeid (intendente de Santa Fe), Luis Rubeo (senador nacional), María del Carmen Benzo (intendenta de San Carlos Centro) y Miguel Ángel Robles (vicegobernador). La lista n° 2 postuló a Alfredo Speratti (intendente de Reconquista), Héctor García Solá, Susana Rueda y Vicente Mastrocola (LC, 5/3/95).
  22. Firmaban: SMATA, UOM, UPCN, UOCRA, LUZ Y FUERZA, Asoc. Obrera Textil, UNION FERROVIARIA, SUPE, entre otros.
  23. En rigor, en base a los números de la cantidad de afiliados y votantes en los comicios internos publicados en la prensa local –EL y LC– (la cual, según se afirma, publicaba los números que le otorgaba el partido), la cantidad absoluta de afiliados fue en aumento entre 1983 y 1995. Pasó de 330.000 en la apertura democrática a 497.600 en 1988 y a 550.237 en 1995. Sin embargo, el porcentaje de participación en las elecciones internas sí disminuyó: pasó de un 30% en 1983 al 40% en 1985, para disminuir a un 20%, aproximadamente, en el periodo 1988-1995. Es decir que la presidencia del PJSF con Reutemann no habría afectado al partido en este aspecto. El proceso de desmovilización tendría, por lo tanto, un efecto de más largo alcance.
  24. El sucesor de Reutemann (Jorge Obeid) decidió medir fuerzas contra su jefe político al constituir una lista propia para las elecciones de concejales de 1997 en la ciudad de Santa Fe, su principal bastión electoral. La constatación de la dificultad de disputarle la legitimidad electoral al líder de la fuerza, hizo que este tipo de maniobras no volviera a intentarse.
  25. En 1999 Reutemann obtuvo el 57,57% de los votos, la mejor elección del peronismo en la provincia desde 1983 (Ramos, 2011).
  26. Daniel Scioli fue diputado nacional por la CABA (1997-2001), secretario de Turismo y Deportes de la Nación (2001-2003), vicepresidente (2003-2007), gobernador de Buenos Aires (2007-2015) y actualmente diputado nacional. Fue presidente del PJ nacional en 2009 (12 años después de su primer cargo público) y en 2010-2014. Mauricio Macri creó y presidió su propio partido (Alianza PRO) en 2005, año en el que tuvo su primer cargo público como diputado nacional por la CABA. Sin embargo, su ingreso a la política se remonta al año 2001, cuando empieza a tejer alianzas con fracciones de distintos partidos políticos tradicionales de la CABA y en 2003 se presenta como candidato a Jefe de Gobierno porteño por el frente Compromiso para el Cambio, perdiendo la elección. Ese trabajo político le llevó varios años hasta que logró construir su propia fuerza política (cfr. Mattina, 2016). Otro aspecto diferente en cuanto los cargos político-institucionales y su construcción en el tiempo entre éstos y la figura de Reutemann es que los de Scioli y Macri se inician en el ámbito Legislativo y luego pasan al Ejecutivo, mientras que con el líder santafesino ocurre a la inversa. Esto supuso que, desde su función como máxima autoridad política provincial, tuviera que tomar decisiones de forma más rápida en lo relativo al control (o no) de la fuerza partidaria de gobierno.


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