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5 Legitimación tradicional y privatización del sentimiento

La identidad peronista en Santa Fe (1983-1995)

En el presente capítulo analizamos los componentes de la identidad peronista en Santa Fe y sus desplazamientos entre la vuelta de la democracia y la consolidación del liderazgo de Reutemann hacia mediados de los años noventa. Recurrimos al enfoque de las tradiciones e identidades políticas (Aboy Carlés, 2001a; Laclau, 1993 y 1994; Mouffe, 1999) que las concibe como un aspecto constitutivo de los procesos de generación del vínculo entre representantes y representados (Novaro, 2000). En efecto, ningún representante político se erige como tal en un vacío identitario sino que opera sobre un campo de representaciones y de prácticas parcialmente sedimentado (Laclau, 1993). Ese campo no se constituye tampoco como una “identidad cabal” (Laclau, 1994) sino que es delimitado y significado a partir de operaciones representativas (de un liderazgo, de una ideología política o de cualquier conjunto de símbolos) [Aboy Carlés, 2001a]. El principio de identidad es, por lo tanto, una condición a priori de la representación; es, a la vez, antecedente y producto de la misma, excede a la representación aunque, sin ésta, sólo puede ser políticamente activo en términos reactivos o dispersarse como particularidades sociales sin cohesión (Novaro, 2000).

Siguiendo esta perspectiva de análisis, en la primera parte del capítulo indagamos en la identidad peronista configurada desde el discurso de los gobernadores peronistas del periodo pre-reutemannista (José María Vernet y Víctor Reviglio). Encontramos allí que la identidad es repuesta en términos “tradicionales”; es decir que recupera de manera central elementos del pasado y de la historia del movimiento peronista constituidos desde sus mismos orígenes. En línea con lo abordado en el capítulo 1, advertimos que la identidad peronista entre 1983 y 1991 en Santa Fe se cimenta sobre referencias a la experiencia colectiva pretérita del movimiento (la historia de militancia política y sindical, el “pueblo” como principal sujeto de identificación, la democracia como “justicia social” y la centralidad de las figuras de Perón y Eva) inscribiéndose, de ese modo, en una tradición o, en los términos de Chantal Mouffe (1999), en una historicidad ya existente.

En la segunda parte, examinamos cómo esa legitimación de tipo tradicional (Aboy Carlés, 2001a) muta en el discurso de Reutemann hacia lo que denominamos una legitimación individualizante o “privatizadora” del sentimiento peronista. Se abandonan los elementos de la tradición peronista relativos a la historia de lucha y de militancia colectiva (en el mismo sentido que lo hizo el presidente Menem [Canelo, 2011b]) y se moldea una identidad más atada a las experiencias del pasado reciente (v.gr. el “peronismo corrupto” que gobernó la provincia hasta 1991) y a los componentes que imprimen los atributos del nuevo liderazgo. Así, el peronismo se inscribe, por un lado, en el marco del clivaje moral según el cual empezó a valorarse la actividad política: un “peronismo transparente”, una “dirigencia honesta”, un “justicialismo con vocación de servicio”, etc. Por otro lado, la identidad se resignifica en base a una experiencia eminentemente subjetiva, singular y particular de los actores que no da ya sentido a una dimensión colectiva de la acción sino que se centra en las relaciones inter-personales de los individuos (de Reutemann con Perón y con Menem y de éste con el “nuevo compañero”). Por su parte, el componente afectivo, pasional, “esotérico” de esta tradición (Martuccelli y Svampa, 1997) se desancla de referencias a la experiencia de lucha y de militancia común y se torna –además de individualizante– abstracto, siendo significado como una vivencia genérica de “pasión”, “sentimiento” o “emoción” peronista[1].

El capítulo concluye con una reflexión sobre las identidades políticas en tiempos de crisis y el modo como el peronismo santafesino transitó entre finales de los años ochenta y principios de los noventa desde una neutralización de sus elementos identitarios tradicionales hacia su persistencia (resignificada) en el imaginario de la comunidad peronista de la época.

La legitimación tradicional de la identidad peronista en los ochenta

Entre 1983 y 1989 se produjeron importantes cambios en la forma en la cual los políticos y los partidos establecieron su relación con la ciudadanía, específicamente en lo que respecta a la configuración de las identidades políticas mayoritarias en nuestro país, el peronismo y el radicalismo. Este periodo puede, incluso, dividirse en dos partes de acuerdo a las transformaciones que experimentaron dichas identidades. En la primera mitad de la década (1983-1987) éstas buscaron diferenciarse notablemente entre sí. Por un lado, el radicalismo apuntó a promover de manera más eficaz un vínculo con la ciudadanía buscando establecer una fuerte ruptura con el pasado militar (Aboy Carlés, 2001a; Landi, 1988), apelando a la “democracia” como valor fundamental (Barros, 2002) e interpelando a un electorado amplio, principalmente compuesto por los denominados “nuevos sectores medios” (Catterberg, 1989). Por su parte, el peronismo se mantuvo en su discurso más atado a la historia del movimiento y a su condición de mayoría “natural” (De Ipola, 1987; Vommaro, 2008), interpeló esencialmente al electorado partidario (Arfuch, 1987) y fue más ambiguo en su condena al periodo dictatorial anterior. Ya hacia el final de la década (entre 1987 y 1989), habiendo el peronismo experimentado por primera vez en la historia una derrota electoral en elecciones libres, los representantes del justicialismo críticos de esa derrota rescataron la democracia como valor fundamental pero le agregaron el componente de “justicia social” que, desde su perspectiva, el radicalismo estaba desatendiendo (Altamirano, 2004; Garategaray, 2005). Asimismo, subordinaron al sindicalismo y al componente obrerista del movimiento peronista dándole mayor espacio a la interpelación de sectores medios y profesionales (Levitsky, 2005) y empezaron a privilegiar estrategias proselitistas no tan vinculadas a las modalidades del pasado (como los actos masivos) sino más enfocadas en captar a un electorado no definido partidariamente (“indeciso”, “independiente”) a través de una estrategia innovadora: las caravanas por el territorio (Fabris, 2006; Vommaro, 2008; Waisbord, 1995).

¿Qué forma adoptaron estos cambios experimentados en la órbita nacional y/o porteño-bonaerense en la provincia de Santa fe? Como veremos, el contenido identitario del peronismo en este distrito se constituyó a lo largo de toda la década del ochenta en torno de una concepción tradicional y relativa al pasado de militancia política y sindical del movimiento en continuidad con el que se configuró en el nivel nacional durante el primer quinquenio de la década, sin experimentar demasiadas rupturas. Esto es decir que los contornos de la identidad siguieron más o menos a aquellos que enarboló un peronismo que a nivel nacional (y en los distritos provinciales más importantes electoralmente) no supo interpelar a la ciudadanía en los términos que reclamaban los nuevos aires democráticos (Arfuch, 1987; Landi, 1988). Sin embargo, en el peronismo que gobernó Santa Fe ininterrumpidamente durante el periodo que aquí analizamos, el relato identitario más cercano al tipo tradicional no experimentó el rechazo que tuvo en esos otros ámbitos, aunque supo adaptarse a los cambios que se impondrían a partir de los años noventa. A continuación, entonces, analizamos los elementos más importantes de la identidad peronista en el ámbito santafesino a partir del discurso de los gobernadores José María Vernet y Víctor Reviglio y de algunos dirigentes de primera línea del partido.

El discurso de las principales figuras del peronismo gobernante en Santa Fe entre 1983 y 1991 remitió, en sintonía con un tipo de legitimación de tipo tradicional (Aboy Carlés, 2001a), a las figuras de Perón y de Evita como uno de los ejes centrales de construcción del vínculo con los ciudadanos/electores. El candidato peronista a gobernador en 1983, José María Vernet, exclamaba en su último acto de campaña previo a las elecciones:

Los que estamos aquí estamos unidos por el amor a Perón y Evita, somos el pueblo que está de pie y el próximo domingo le vamos a demostrar a la oligarquía y a la antipatria cómo se la destruye democráticamente con el voto del pueblo en las urnas (José María Vernet, LC, 28/10/83).

El vínculo con la historia de los primeros años del peronismo se tejía casi sin solución de continuidad: los “compañeros” venían a cumplir el “mandato de Perón”. Así, continuaba Vernet:

Los que estamos aquí, compañeros, somos aquellos que en algún momento fuimos los niños privilegiados de Eva y somos los que hoy venimos a cumplir el mandato de Perón, que es la reconstrucción de la Nación y la felicidad del pueblo argentino (José María Vernet, LC, 28/10/83).

La gravitación de la figura del líder en la construcción del vínculo político era tal que se le otorgaba un lugar no sólo en el pasado sino en el presente de la historia, aún en un contexto en el cual el peronismo iba a elecciones, por primera vez, “sin su presencia física”. En este sentido, se expresaban los candidatos Carlos Martínez (a la vicegobernación) y Liliana Gurdulich (a la Senaduría nacional), respectivamente: “Perón ganó las elecciones que lo llevaron a la primera presidencia desde la cárcel, las del ‘73 desde el exilio y las del ‘83 las ganará desde el cielo” (Carlos Martínez, LC, 7/10/83); y “La patria está en peligro […] Lo que no comprenden nuestros enemigos es que hemos sido preparados para que sin su presencia [por Perón] afrontemos estos momentos” (Liliana Gurdulich, LC, 7/10/83).

La memoria de la figura del líder y de Evita venía unida a la memoria del mito peronista por excelencia: la jornada del 17 de octubre de 1945. En efecto, así como el pueblo se había manifestado en las calles en aquél año, así también lo haría en 1983 “anticipando” el triunfo justicialista. Eduardo Cevallo, candidato a intendente de Rosario, decía:

El peronismo ganó las calles para festejar la jornada histórica del 17 de octubre de 1945. El pueblo en las calles ha demostrado la vigencia del justicialismo y anticipa el triunfo del 30 de octubre. Lo hicimos bajo el signo de la paz y la convocatoria a la unidad nacional (Eduardo Cevallo, LC, 18/10/83).

La imagen del “pueblo en las calles” tuvo su expresión durante la campaña de la apertura democrática bajo la figura de la cantidad de participantes en los actos proselitistas. En efecto, según Gabriel Vommaro (2008), éste se constituyó en uno de los “indicadores prácticos” dominantes que utilizaron los políticos y los periodistas de ese momento como forma de otorgar sentido simbólico y práctico a la acción de la lucha político-electoral. La cantidad de manifestantes en las calles conformó una verdadera “lucha por los números” entre las fuerzas mayoritarias (PJ y UCR) como forma de lectura de la competencia en los últimos meses de la campaña (ibid..: 30).

El vínculo entre representantes y ciudadanos en estos discursos se construía, entonces, en torno a una dimensión marcadamente tradicional y anclada en el pasado glorioso del peronismo. La condición misma del ser “peronista” se adquiría desde el entorno familiar y se proyectaba hacia colectivos mayores (la “provincia”, la “Nación”, el “pueblo”). Afirmaba Vernet:

Tenemos la certeza de que nada mejor nos podría haber pasado en la vida que haber nacido peronistas […] Enterrar definitivamente los sueños de la oligarquía […] Cada peronista de Santa Fe será una trinchera que defenderá la provincia, la Nación y la felicidad del pueblo argentino (Vernet, en LC, 28/10/83).

Efectivamente, según Martuccelli y Svampa, en las narraciones de todo militante peronista “existe una voluntad de insertar el compromiso dentro de un desarrollo histórico ‘natural’” (1997: 155), esto es, de enlazar su historia personal (la cual, en muchos casos, comienza con el nacimiento en una “familia peronista”) con una dimensión colectiva.

Para el año 1987, si bien el peso de las figuras históricas del peronismo había mermado en el discurso de los candidatos, igualmente se mantenía presente. Así hablaba, por ejemplo, Gualberto Venesia, candidato a diputado nacional, ante el nuevo triunfo del PJ al frente de la provincia:

Este es el pueblo que es fiel a la mente de Perón y al corazón de Evita […] El peronismo ha vuelto a ser la alternativa de poder en todo el país. El peronismo vuelve a ser el eje de toda transformación futura (Gualberto Venesia, LC, 7/9/87).

El segundo elemento que encontramos como propio de una representación de tipo tradicional es aquel que recupera el pasado de militancia y lucha política y social a lo largo de la historia del movimiento. Es, especialmente, sobre este elemento que se marcará una ruptura fundamental con el tipo de identificación que construirá Reutemann con el peronismo.

Los referentes del peronismo santafesino de los años ochenta aludían a su pasado de lucha y militancia como un atributo a representar. El gobernador Vernet, pese a poseer una trayectoria orientada principalmente por el trabajo en áreas técnicas del Estado y de diversos organismos internacionales, y sin haber transitado un camino de militancia partidaria formal ni adscribir, al momento de su selección como candidato, a ninguna línea interna específica en el peronismo santafesino (como vimos en el capítulo 1), reivindicaba un pasado militante y “político” más que “técnico-profesional”, particularmente, encarnado en el ideario peronista heredero de los años de la Resistencia Peronista (1955-1973). Decía Vernet:

Mi éxito profesional no fue por profesional, sino por político. Cuando uno lee mis trabajos […] se nota que el ingrediente político es superior al técnico. Yo nunca fui un tecnócrata. Siempre fui un político que usó la técnica como herramienta (Vernet, cit. en Acosta, 1987: 207).

En otra entrevista donde rememoraba los orígenes peronistas de su familia, también recuperaba la historia de militancia durante el periodo de la Resistencia, no solamente suya sino de su “hogar”:

Yo nací en un hogar político, en un hogar peronista […] Yo empecé a militar conscientemente el día que salí a pintar una pared; tenía 14 años, en época de Resistencia Peronista […] El peronismo ortodoxo, nací ahí. Los sapos no nos vamos del pozo […] y el trabajo en el área sindical para mantener el peronismo en los movimientos sindicales para que no se vayan para otro lado. Ese era el trabajo básico [que hacía él en el peronismo] (José María Vernet, entrevista del Archivo de Historia Oral. Programa Historia y Memoria, UNL, 29/10/2010).

También Reviglio –desde otra trayectoria militante, vinculada al ámbito universitario y a las estructuras partidarias formales– reivindicaba su pasado de detenciones por defender un “estilo de vida”. Afirmaba en plena campaña electoral:

En épocas en que hablar de democracia era un delito y nuestras ideas no podían expresarse en las urnas, fui detenido como tantos otros argentinos por defender el estilo de vida […] Esto, lejos de resentirme, ha fortalecido mi convicción democrática (Víctor Reviglio, LC, 2/9/87).

Así lo entendían también las organizaciones sindicales que apoyaban a los candidatos del PJ:

Dichos compañeros, que reúnen militancia, capacidad y honestidad, prestigian nuestro partido (Dirigentes de las 62 Organizaciones Peronistas, LC, 3/9/87).

En la etapa reutemannista, como veremos, la construcción de los límites de la identidad peronista excluirá el elemento de la “militancia” y quedarán, solamente, los atributos relativos a la moral y al criterio tecnocrático (“honestidad” y “capacidad”).

En el mismo sentido, Reviglio resignificaba –pasados varios años de su gestión como gobernador– su lugar en el peronismo santafesino. Entendía que éste se debía a un merecimiento en función de su trayectoria como hombre de la política:

Yo [fui] candidato a presidente del partido y [tenía] todo el derecho: por toda la historia, porque si yo gané [la gobernación] y gané tan bien como gobernador, fue por mis antecedentes políticos, fue por haber sido un hombre presto, fue porque hice un buen ministerio cuando fui subsecretario […] fue por un montón de cosas que todo el mundo me reconocía a mí, y sabían que no era un hueso fácil (Víctor Reviglio, entrevista del Archivo de Historia Oral. Programa Historia y Memoria, UNL, 27/07/2012).

La reivindicación de la actividad militante del pasado –que cobraba sentido en función de la adhesión a unas “ideas” y un “estilo de vida” asociado a una tradición política–, y donde la actividad sindical constituía una práctica militante más, también estará completamente ausente en la construcción identitaria del reutemannismo. Para estos actores, en cambio, el “ser peronista” significaba recuperar una dimensión de lucha y de militancia inscripta en la tradición peronista.

Un tercer elemento propio de las identidades políticas tradicionales presente durante este periodo es la figura del “pueblo”. El pueblo constituyó un sujeto ambiguo y, a la vez, central en el universo discursivo y simbólico del peronismo en tanto que identidad popular. Por un lado, refería a una parte de la sociedad –los “trabajadores”– y, por el otro, se erigía como una categoría global que incluía a toda la sociedad en la figura de la “nación” (Aboy Carlés, 2001a; Sigal y Verón, 2010; Martuccelli y Svampa, 1997). Esta figura se constituyó, así, en un juego pendular y ambiguo como plebs (parte) y como populus (todo) a la vez (Aboy Carlés, 2010).

El carácter dual del sujeto popular configurado por la tradición populista argentina aparece con claridad en la discursividad del peronismo santafesino de esta época. En el discurso de asunción de Vernet como gobernador aparecen imbricados (sin distinción) los dos aspectos del pueblo como plebs y como populus:

Nosotros llegamos aquí porque salimos del pueblo, porque el pueblo nos ha formado, nos ha educado y nos ha entregado y nosotros no renegamos del pueblo. Estamos aquí para cumplir con un mandato y para servir al pueblo y no servirnos del pueblo (José María Vernet, LC, 12/12/83).

El fragmento indica que el gobernador se erigía, como tal, en un “servidor” (representante) del conjunto del pueblo pero, a la vez, había “salido” de allí –como trabajador, como peronista–. En el mismo sentido, continuaba exclamando desde el balcón de la Casa de Gobierno:

Estoy aquí para gobernar con todos los habitantes de esta provincia, para gobernar con el espíritu justicialista, con la ideología justicialista y con los objetivos de grandeza que nos legaron el General Perón y Eva Perón (José María Vernet, LC, 12/12/83).

Nuevamente, aparece la identificación de una parte de la comunidad (“el espíritu justicialista”, la “ideología justicialista”) con la voz del gobernador que representa a “todos los habitantes”.

Hacia 1987 la identidad peronista en Santa Fe seguía entronizando al pueblo como sujeto político, a pesar de que desde ese año la interpelación al electorado en las campañas y en la comunicación política comenzó a innovar en algunos aspectos, como veremos luego. En efecto, Reviglio se dirigía al pueblo en el acto de cierre de su campaña identificando al peronismo con “la mayoría del pueblo argentino” y apelando a una memoria cara al peronismo: la de los años de proscripción política. Decía Reviglio:

Yo quiero agradecerles este magnífico acto. Es el pueblo que manifiesta su fervor y lealtad a una causa que es la mayoría del pueblo argentino. Dentro de pocos días […] el pueblo argentino vuelve a las urnas para manifestar su voluntad. Eso tantas veces negado no solo a los argentinos sino particularmente al peronismo (Víctor Reviglio, LC, 4/9/87).

Un cuarto y último elemento que identificamos como constitutivo de una legitimación tradicional en el peronismo de estos años fue la idea de democracia asociada a la justicia social. Esta idea se enmarcaba en el debate que oponía una concepción formal o procedimental de la democracia (representada por el discurso de Alfonsín) al de una democracia que –respetando las reglas formales del régimen democrático– incorporara el elemento sustancial de la “justicia social”, propio de la tradición peronista.

Bajo el liderazgo del General Perón la vía electoral había funcionado como un reconocimiento procedimental y subsidiario de una legitimidad anterior que refería a la “legitimidad de la conducción” que le era reconocida al líder como una condición “natural” de su persona política (Halperín Donghi, 2005). La legitimidad electoral confirmaba la legitimidad del conductor. Será recién con la ruptura que supuso la emergencia de la Renovación Peronista (y con la previa derrota electoral del PJ en 1983) que el componente procedimental del régimen democrático será reconocido como un valor en sí mismo en el universo de ideas del peronismo pero retendrá el componente de justicia social o, en términos de Gerardo Aboy Carlés (2001a), “nacional-popular” propio de esta identidad. Este componente, en efecto, remite a una dimensión reformista de conquistas sociales, de movilización de los trabajadores y de ruptura del orden nacional-estatal. Será con el advenimiento del menemismo que el peronismo como identidad abandonará la dimensión nacional-popular o de persecución de los objetivos de justicia social (ibíd.).

La concepción de una democracia con justicia social estuvo presente tanto en el discurso de Vernet como en el de Reviglio, constituyendo un valor en sí mismo a lo largo de todo el periodo transicional. Ambos mandatarios afirmaban tanto en 1983 como en 1987:

Hoy empezamos una nueva etapa en el país. Juntos tenemos que crear un lugar digno para vivir. La democracia se construye en cada momento y la justicia social es el fundamento de la democracia (José María Vernet, LC, 12/12/83).

[El PJ] ha recuperado no solamente la imagen sino también el poder de convocatoria […] Pretendemos una democracia fuerte, que significa vivir en un Estado de Derecho pero también en un Estado con justicia social, donde exista la solidaridad y por sobre todas las cosas la participación (Víctor Reviglio, LC, 8/9/87).

La campaña de 1987 y los primeros desplazamientos de la identidad peronista

A partir de la campaña de 1987 se empezaron a producir algunas innovaciones en las estrategias proselitistas de los candidatos y en el ámbito de la comunicación política. Por un lado, la categoría del “indeciso” comenzaría a ganar terreno en la interpretación de la competencia electoral, aunque los partidos todavía se centraban en movilizar al electorado partidario. Por otro lado, se innovó en la práctica a partir de las “caravanas” por el territorio y de la realización del primer debate televisivo entre candidatos (Antonio Cafiero y Juan Manuel Casella por la gobernación de la provincia de Buenos Aires) [Vommaro, 2008]. En efecto, los formatos de campaña y de comunicación con el electorado/ciudadanía que habían estructurado la relación entre estos polos de la representación en el pasado experimentarían fuertes transformaciones. El “idilio” vivido con los partidos políticos entre 1983 y 1987 (Cheresky y Pousadela, 2004), esto es, la actualización de las antiguas grandes movilizaciones, los actos atravesados por discursos arraigados en sólidas y homogéneas subculturas partidarias y las preferencias electorales guiadas por ellas, daría paso a nuevas modalidades y contenidos del vínculo político.

Desplazando al “ciudadano”, más identificado con vínculos partidarios definidos, aparecía en escena un nuevo sujeto político: la “gente”. Éste constituyó una manera de interpelar al sujeto de la representación política desanclado de referencias sociales y partidarias previas (Vommaro, 2008) que tuvo su expresión en las encuestas de opinión y en el discurso político bajo las figuras del “indeciso” y del “independiente”. Ambas etiquetas (una más asociada a la coyuntura electoral y la otra a una visión general del ciudadano) registraban una fracción de la población votante que se suponía no “atada” a las identidades partidarias tradicionales sino que poseía la capacidad de ejercer sus derechos políticos como “un individuo libre” (ibid..: 62).

Las prácticas y el discurso de los políticos santafesinos no escaparon a esta tendencia más general. Los slogans de campaña de las dos elecciones a gobernador desde la recuperación democrática expresan estos desplazamientos. Un slogan de la campaña de Vernet decía en 1983:

Para servir a la causa del pueblo, José María Vernet: gobernador peronista de Santa Fe. El peronismo siempre cumple (LC, 2/10/83).

En efecto, hacia 1983 la nominación del movimiento “peronista” adquiría centralidad en el discurso electoral y adjetivaba las distintas entidades (por ejemplo, “gobernador peronista”). Incluso ya para ese año el radicalismo (referenciado en Alfonsín) había establecido un matiz fundamental con este formato de interpelación electoral, adelantándose a los cambios que se avecinaban. Como sostienen Cheresky y Pousadela, en 1983

hubo dos campañas claramente diferenciadas […]: la campaña justicialista fue de naturaleza ‘introspectiva’ –una reafirmación de la identidad compartida, una puesta en escena de los ritos partidarios dirigida a los militantes […]– y centrada en el partido como etiqueta más que en el candidato de ocasión [mientras que] la campaña de Alfonsín puso un énfasis notable en la presencia del candidato y se basó en la apelación a la sociedad en su conjunto, y en esfuerzos (exitosos) por imponer temas novedosos en la agenda político-electoral (2004: 17-18).

Para 1987 el peronismo santafesino se ajironaría necesariamente a los nuevos formatos, abandonando los apelativos referenciados en la propia identidad política y apelando a otros colectivos sin extracción partidaria o ideológica (la “familia”, “los amigos”). Un slogan de la campaña de Reviglio expresaba:

No vote solamente por usted. Vote por su familia, por sus amigos, por toda esa comunidad que desea progresar en paz, alcanzando la felicidad a través de sus logros y realizándose en una comunidad. Nosotros ya estamos trabajando para eso […] para que usted se sienta integrado a sus semejantes (LC, 1/9/87).[2]

En la campaña de Reviglio –en cuyo diseño y estrategia intervino un grupo de expertos en marketing político[3]– fueron apareciendo algunas marcas de elementos que serán propios de la mutación de la representación política operada con más claridad a partir de la campaña y el gobierno de Menem desde 1989. En este sentido, se advierten en primer lugar, algunos signos de la personalización (Manin, 2006; Novaro, 1994) del vínculo político que están completamente ausentes en la campaña de 1983. En otra propaganda electoral en la prensa se lee:

Mujeres y hombres de todas las edades expresamos nuestro sentir democrático privilegiando la confiabilidad en el hombre como garantía de sus propuestas. Nuestra confianza en el Dr. Víctor Félix Reviglio y en sus convicciones, sostienen este apoyo (LC, 3/9/87).

En este aviso aparece explícitamente la idea de que los ciudadanos privilegiaban en su decisión electoral el vínculo de confianza para con una persona, en este caso, Reviglio, como garantía de la expresión de sus intereses. Sin desaparecer por completo las referencias a la identidad peronista[4] -pero con una importancia marcadamente menor en relación a los componentes personalistas del vínculo representativo–, éste ya no se centraba en la referencia a una tradición política común o en la adhesión a un partido político (como en el caso de Vernet, “gobernador peronista”), sino en la confianza en la persona del candidato y en las convicciones que él expresaba. En este otro aviso de campaña aparece también la intención de prescindir de las marcas partidarias como constitutivas de la relación con el candidato:

Empresarios de la industria, del comercio y servicios, de la producción agropecuaria, trabajadores y pasivos del sector privado y del Estado, profesionales, intelectuales y estudiantes, sin limitaciones de carácter partidario, convocamos al rescate de los valores de la producción y el trabajo, de la eficacia en las prestaciones del Estado y de proyectos concretos para que el futuro de Santa Fe nos encuentre unidos, en paz, con progreso y con justicia (LC, 3/9/87).

La forma personalizada del vínculo político viene acompañada de una serie de atributos relativos a las cualidades personales del candidato. Estas cualidades son de orden moral; remiten al comportamiento de la persona en relación a su función como gobernante o como aspirante a serlo. Aparece, entonces, la moral como un atributo en la construcción de la imagen del representante. Así se expresa en el siguiente fragmento de propaganda electoral, que iba acompañado de una foto del candidato:

El equilibrio y la moderación son expresiones de la conducta política que privilegia la razonabilidad, la seriedad y el respeto por los protagonistas de la vida social, económica y cultural. El respeto une. La soberbia, el lenguaje altisonante, el mal ejemplo, auguran soledad política (LC, 3/9/87).

“Equilibrio”, “moderación”, “seriedad”, “respeto” y sus opuestos, “soberbia”, “lenguaje altisonante”, “mal ejemplo” remiten a virtudes o defectos morales de la persona del político que iban dando significado a las relaciones entre los ciudadanos y sus representantes.

También apareció la referencia a los “indecisos” en los análisis periodísticos locales. Desde allí se interpretaba que la función de esta nueva categoría tenía que ver con la operación de apertura por parte del PJ para captar un electorado no partidario. Un editorial del diario rosarino La Capital afirmaba:

La ‘marchita’ había estado ausente en gran parte de la campaña propagandística del PJ con la intención de atraer a los miles de indecisos sin afiliación política alguna (LC, 7/9/87).

La mutación que supuso el progresivo abandono de la legitimidad de la tradición en la construcción del vínculo con la ciudadanía santafesina se expresó, asimismo, en un cambio de concepción sobre la definición del Estado. El otrora modelo de Estado interventor, asociado a una sociedad industrial de masas típica del primer peronismo, iría perdiendo lugar en la configuración de la nuevas relaciones políticas. En efecto, en esta campaña empezó a ponerse en escena el tópico de la “eficiencia” del Estado, en un contexto en el cual el modelo económico que postulaba un Estado interventor en las relaciones del mercado empezaba a entrar en crisis (Morresi, 2008)[5]. Por lo tanto, las políticas de “reestructuración del Estado” y de “austeridad” estuvieron presentes como promesas de campaña. Decía Reviglio:

Se van a propiciar cambios estructurales en el Estado para hacerlo más eficiente y más austero (LC, 8/9/87).

En efecto, antes de que terminara el gobierno de Vernet en 1986, la dirigencia justicialista santafesina reflexionaba en torno a los tópicos discursivos que se debían poner en escena para la siguiente campaña electoral. El senador nacional Luis Rubeo consideraba que el peronismo no podía mantenerse anclado en los elementos de la tradición del movimiento (“hablar de Perón”) sino que debía incorporar temas más “específicos” que interesaran a la sociedad:

Perón es un hecho ecuménico, asumido por todos, no tiene una importancia electoral específica porque está en las arcas de todas las fuerzas políticas que lo han incorporado como suyo. Esto, que para el peronismo es un acto de reconocimiento histórico, en la práctica significa una gran dificultad. Porque ya no basta hablar de Perón para ganar. Hay que hablar de las cosas específicas, haciendo que la comunidad se sienta expresada […] O sea, Perón no gana desde la tumba (Luis Rubeo, cit. en Acosta, 1987: 249).

El gobernador saliente, Vernet, también consideraba que se debía “transformar” el Estado, “profesionalizarlo”, aunque enlazaba en su discurso estas dimensiones modernizadoras de la estatalidad con su inscripción en la historia y la tradición peronista. Los “profesionales” de ahora eran los “hijos de los trabajadores del ’45”:

El profesional ya no [es] el gorila que se acerca al pueblo en forma demagógica, sino que [son] los hijos de los trabajadores que por la revolución justicialista del ’45 habían alcanzado los niveles de educación, de formación y de preparación para conducir la nación […] La transformación del Estado, la organización de los cuadros, la formación de una conducta política de conocimiento del Estado […] para la liberación del pueblo, [son] los objetivos fundamentales. No la mística, el discurso y la repetición de la palabra de Perón, Evita, Isabelita; sino también una reactualización doctrinaria que [es] lo que había pedido Perón en el ’73 y que [tiene] que hacerse dentro del Estado […] No implica un discurso politiquero tradicional y la repartija de zapatillas en forma demagógica. La Argentina ya no está para eso (Vernet, cit. en Acosta, 1987: 205).

Vemos, entonces, que el peronismo santafesino de los años ochenta había desplegado un formato de representación política cuyos elementos medulares se correspondían con una legitimidad anclada en los elementos constitutivos de la tradición peronista (la reivindicación de las figuras históricas, de la condición de mayoría “natural”, de la capacidad para representar al “pueblo”, de la militancia política y sindical, del componente de justicia social). Sin embargo, sobre esa base tradicional, se empezaron a generar algunos desplazamientos que se advierten con claridad a partir de la campaña a la gobernación de Víctor Reviglio; comenzaban a emerger elementos identitarios novedosos como la transformación del Estado, los atributos morales de los representantes políticos y la pérdida de la capacidad identificadora de los elementos partidarios tradicionales. Estas innovaciones en la forma de presentación de sí de la dirigencia peronista y en su concepción del peronismo experimentarán una mutación mucho más profunda a partir de la crisis de representatividad ciudadana de finales de 1989 y de las dificultades en la gestión del gobierno, en sintonía con los procesos atravesados por la política nacional.

La “llegada” al peronismo: la identidad peronista en el discurso de Carlos Reutemann

¿Qué significó “ser peronista” bajo el liderazgo de Carlos Reutemann? ¿Qué mutaciones experimentó esta identidad política a partir de la emergencia de un líder que era, en función de su trayectoria anterior, ajeno por completo a esta tradición? ¿Cuáles fueron las operaciones discursivas del propio Reutemann y de los dirigentes alineados detrás de su figura para significar su nueva condición de peronista?

Antes de abordar las dimensiones que adoptó en Santa Fe la identidad peronista a partir del periodo reutemannista abordaremos el modo como su figura –proveniente del exterior del campo identitario peronista– se inscribió en la nueva comunidad política. En efecto, se observa en el discurso de Reutemann una operación discursiva típica de lo que Sigal y Verón (2010) han denominado como el “modelo de la llegada”.

En ocasión de la campaña interna del año 1993 para que Reutemann presidiera formalmente el PJSF, su grupo de sector interno (Creo en Santa Fe) publicó una solicitada en el diario El Litoral de la ciudad de Santa Fe donde le “solicitaba” públicamente esa candidatura al gobernador de la provincia. Allí se lee:

‘Mi único heredero es el pueblo’. Esto es el legado claro y terminante que nos dejó el General Perón. Por ello, con el oído puesto en las inquietudes y anhelos de nuestro pueblo, es que venimos hoy a solicitarle que acepte la candidatura a presidente del Partido Justicialista de Santa Fe […] Nuestro movimiento nunca fue sectario ni excluyente. Su doctrina es simple y está basada en una concepción humanista y cristiana de la vida, la misma que usted aplica a diario en sus actos de gobierno (EL, 25/3/93).

Aquí los peronistas santafesinos que habían adherido a la figura de Reutemann desde el comienzo de su ingreso a la arena política, venían –dos años después– a “solicitarle que acepte la candidatura” a presidir el partido. Esta estructura discursiva se corresponde con la que los autores mencionados analizan en el discurso del propio Perón, donde el enunciador se posiciona como “alguien que viene de afuera” (Sigal y Verón, 2010: 32 –cursivas en el original–), alguien que llega desde un exterior. No creemos, sin embargo, que esta sea una característica exclusiva de la estructura enunciativa del peronismo sino que es propia de cualquier enunciador que construya una presentación de sí como “externo” al mundo de las instituciones de la política (conocido como el prototipo del outsider), independientemente de la tradición política o la referencia partidaria en la que abreve. En efecto, en procesos políticos más recientes se ha observado que la presentación de un candidato como proveniente de un campo no-político es propio de las nuevas formas de construcción del vínculo entre representantes y representados, la cual atraviesa todos los partidos políticos y los niveles de gobierno (Annunziata, 2013).

Volviendo, entonces, al modelo de la llegada, ese “venir” desde afuera supone, además, la portación de motivaciones construidas como sentimientos extra-políticos. En el caso de Perón, ese exterior lo constituían el cuartel o el exilio (Sigal y Verón, 2010), o en el de Menem, por ejemplo, la cárcel (Canelo, 2011b) o su condición de “caudillo riojano” (Novaro, 1994). En el caso de Reutemann, ese “afuera” lo constituía el mundo del deporte (un ámbito no-político) y los años durante los cuales, a raíz de su actividad como deportista, vivió en el extranjero. En efecto, así como los peronistas que lo seguían lo recibían y pedían por su candidatura, él mismo interpretaba su afiliación al PJ como una “llegada” a un ámbito, a un mundo de socialización, que le era extraño. Decía Reutemann:

He sabido interpretar la importancia que significó para un argentino que por estas tierras pasara alguna vez un hombre como el General Perón y una mujer como Evita. Porque después de haber vivido muchos años lejos de estas tierras, tomé la decisión de trabajar por ella, sintiendo un gran amor por mi patria […] Aprendí a convivir de cerca con cada uno de ustedes. Comprendí al justicialismo como un verdadero sentimiento. Por eso decidí también formar parte de este movimiento, afiliándome al PJ (Carlos Reutemann, EL, 8/4/93).

A partir de esa “llegada” desde lugares lejanos luego de mucho tiempo, Reutemann expresaba que “aprendió” de sus compañeros, “comprendió” al movimiento y “decidió” formar parte de él, motivado por las mismas pasiones que movían a los peronistas: “interpretar los deseos del pueblo”, “trabajar por la patria” e identificarse con las figuras de Perón y Eva.

El discurso de Menem también inscribía la figura del nuevo “compañero-gobernador” en el modelo de la llegada. Decía el presidente:

Este hombre, deportista, empresario […] de golpe, conociendo de su capacidad, de su talento y de su honestidad, decidió además incursionar en la política. Pero la política asumida como lo que es, no la politiquería barata. La política como ciencia y como arte, al servicio del pueblo. Así la asumimos en 1989 (EL, 21/6/93).

Una segunda operación discursiva que le permitió al peronismo santafesino incorporar a Reutemann como su líder y conductor fue la de inscribir su llegada según la idea de que el peronismo no es “sectario ni excluyente” sino que es un movimiento “abierto a todos los argentinos”. Esta idea abrevaba también en el imaginario discursivo de Perón. Como hemos señalado para el caso de los discursos de los gobernadores que precedieron a Reutemann, un elemento constitutivo de la identidad peronista es la alternancia o, incluso la identificación (mediante una operación sinecdóquica) entre la parte y el todo, la plebs y el populus, los trabajadores y el pueblo/nación/patria/comunidad, los peronistas y los argentinos.

Según Sigal y Verón (2010), entre las entidades “peronistas” y “argentinos” hay una relación compleja y ambigua: si durante sus dos primeros gobiernos Perón establecía como condición del ser “argentino” el ser, primero, “peronista” (de ahí, la oposición peronistas/antiperonistas que estructuró la división del campo político hasta 1973), luego de su exilio en España redefinió el status de esas entidades bajo la siguiente fórmula:

Habíamos establecido que para un justicialista no hay nada mejor que otro justicialista. Pero ahora cambiamos y decimos que para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino. Y lo demás son pamplinas… (Juan Perón, 15/12/73, citado en Sigal y Verón, 2010: 93).

Esa operación de apertura del campo político hacia los no-peronistas llevó a Perón a definir al peronismo como un movimiento que no era “sectario ni excluyente”, sino que estaba abierto a recibir a los hombres “buenos” y que puedan “tener razón”:

El movimiento peronista jamás ha sido ni excluyente ni sectario. Nuestro movimiento, por ser de una tercera posición es un movimiento de gran amplitud. Ahora, dentro de la acción política que se desarrolla todos los días vemos mucha gente que proviene de otros sectores políticos, que puede ser del comunismo, del conservadurismo, porque hay de todo en el huerto del Señor. Por aquí han pasado las más diversas tendencias […] Y todos esos hombres han demostrado a lo largo de estos años que han sido buenos peronistas, por qué vamos a presuponer que un hombre que se incorpora hoy debió haberlo hecho hace 25 años y va a ser peor que esos que se incorporaron entonces. En ese sentido, para ser realmente justicialista, debe admitir que todos los hombres pueden ser buenos y que todos pueden tener razón, e incorporarlo para servir al movimiento (Juan Perón, entrevista de Fernando Solanas, 1971, [disponible en] <www.elhistoriador.com.ar>).

En este pasaje aparece, entonces, la noción de que los peronistas son aquellos que, en primer lugar, son argentinos (“El movimiento peronista es de gran amplitud”), y todos los hombres son valiosos sin importar el momento en el cual se incorporan al movimiento.

Ahora bien, de esta definición se desprende otra: la cualidad que importa para “ser realmente justicialista” no es una cualidad política, partidaria o ideológica (el peronismo puede admitir dentro de sí diversas ideologías: comunistas, conservadoras, etc., “porque hay de todo en el huerto del Señor”) sino una de tipo moral o humana: “ser bueno”, “tener razón”. Este criterio moral es contrapuesto por Perón a otro de tipo temporal vinculado a una trayectoria de militancia o de pertenencia al justicialismo: incorporarse “hace 25 años” no es más legítimo que hacerlo “hoy”. Lo que importa, entonces, no es la trayectoria sino la condición moral de la persona que “se hace” peronista.

Este fragmento señala, también, otro aspecto de la forma del discurso de Perón: el lugar subalterno que ocupan los partidos políticos o las ideologías políticas (“otros sectores políticos”, “las más diversas tendencias”) en la definición del colectivo de identificación peronista, lo que Sigal y Verón (2010) llaman el “vaciamiento del campo político”. Frente a ello se encuentra la posición del “enunciador primero” (Perón) en un nivel que está por encima de aquéllos quienes son, alternativamente, considerados también “buenos peronistas”.

Estas operaciones del discurso peronista (la apertura a todos los argentinos y a los hombres buenos independientemente de su trayectoria previa, como así también el lugar subalterno de los partidos políticos) fueron retomadas por Carlos Menem. En efecto, la resignificación del peronismo para legitimar las políticas de gobierno fue recurrente en la práctica discursiva menemista (Aboy Carlés, 2001a; Canelo, 2011b; Novaro, 2009; Novaro y Palermo, 1996).

En 1991 el presidente presentó el programa de Actualización Doctrinaria del peronismo. Esa estrategia se proponía lograr una homogeneización interna del peronismo a nivel doctrinario y de las ideas, en el marco del programa reformista que el primer mandatario nacional estaba llevando adelante, especialmente, en torno al plan de Reformas Estructurales del Estado. Según Palermo y Novaro, las ideas-fuerza[6] expuestas en el Congreso de Actualización Doctrinaria del 16 de marzo de 1991 en el Teatro Cervantes, buscaban expresar “un tono político más homogéneo y consistente que en el pasado (…) con la expectativa de que se iniciaba un proceso de consolidación del proyecto menemista” (1996: 341). En ese congreso Menem convocó a

todos los argentinos de buena voluntad, provinieran de donde provinieran, a integrarse a un nuevo frente social y político de reconstrucción nacional […] Permitamos que los argentinos de buena voluntad se sumen a nuestro gobierno sin preguntarles qué hicieron en el pasado porque el problema argentino lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie (Carlos Menem, citado en Palermo y Novaro, 1996: 340).

El presidente reprodujo esta consigna en Santa Fe en su discurso de campaña para las elecciones legislativas ante las autoridades del gobierno y del partido el 17 de octubre, día emblemático en la tradición peronista. A diez días de los comicios llamaba

a quienes militan en nuestra causa y también a los que no, pero que acompañan este proceso de cambio que estamos llevando adelante en el país […] He venido aquí a pedirle al pueblo santafesino que me siga acompañando en esta tarea y necesito, reitero que necesito, mayoría en el parlamento argentino para que avancemos más rápidamente en el proceso de transformación de nuestro país. Si esto no ocurre, podemos volver a vivir épocas que ya nadie quiere volver a vivir […] Esta es la verdad de esta visita. No tan sólo estar con el compañero gobernador […] sino pedirle al pueblo santafesino que me siga acompañando (Carlos Menem, EL, 17/10/91).

Desde esta visión, entonces, el criterio que definía la integración al movimiento justicialista no era “militar en nuestra causa” sino “acompañar el proceso de cambio”.

En continuidad con estas operaciones discusivas efectuadas por Perón y por Menem, se resignificó la identidad peronista en Santa Fe bajo el liderazgo reutemannista. Durante la campaña a gobernador, cuando Reutemann explotaba centralmente su condición de extra-partidario y hombre ajeno a la vida política, algunos dirigentes peronistas que apoyaban su candidatura y buscaban captar votos peronistas afirmaban:

Por allí algunos no se explican esto [la candidatura a gobernador de un extrapartidario como Reutemann], pero yo les digo que esto no es más que la concreción de una afirmación que nos legara Perón, cuando dijo que ‘para un argentino no hay nada mejor que otro argentino’ (Mario Papaleo, senador provincial, EL, 27/7/91).

Dos años más tarde, en el contexto de la afiliación de Reutemann al PJ, un comunicado de los senadores de Creo en Santa Fe recuperaba la consigna de incluir “a todos los hombres de buena voluntad” en el peronismo, respondiendo al “espíritu amplio y generoso” de Perón y del movimiento:

El preámbulo de la Constitución Nacional abre las puertas a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino. Este mismo espíritu amplio y generoso inspiró al creador de nuestro movimiento, el General Perón, al señalar que el justicialismo ‘no es sectario ni excluyente’, más aún si quienes ingresan a sus filas son dignos del afecto y el reconocimiento de las mayorías populares […] Las bases […] supieron ver en Reutemann al conductor natural capaz de llevarlos a la victoria y de recuperar la confianza en la sociedad. Por eso, su reciente afiliación viene a consolidar ese liderazgo (“Con los brazos y el corazón abierto”, EL, 28/2/93).

De aquí se desprende, además, otro criterio que habilita a todo argentino a pertenecer al justicialismo. Además del atributo moral (“ser buenos”, “tener buena voluntad”) aparece la condición de ser portador del “afecto y el reconocimiento de las mayorías”. En efecto, la legitimidad popular consagrada por el voto de la ciudadanía constituía el requisito por excelencia para formar parte del colectivo peronista. Como analizamos en el capítulo 3, por su tradición y por su lógica organizacional el peronismo –como movimiento carismático– se estructura en torno de la figura de un líder que es quien ordena las relaciones internas de la organización y quien le da también una orientación en las ideas. En este sentido, Reutemann era reclamado como miembro de la comunidad justicialista sobre todo en virtud de su condición de “conductor natural”, legitimidad que se halla en el corazón de la tradición peronista (Halperín Donghi, 2006). Ello le habilitaba, a su vez, su justificada pretensión de gobernar el partido del cual él había sido la prenda de oro para su continuidad en el poder. Decía, por ejemplo, Jorge Obeid (entonces intendente de Santa Fe): “Reutemann no forma parte del equilibrio [de poder] sino que es nuestra conducción” (EL, 5/12/95).

La identidad como vínculo inter-personal

Una vez definida la “llegada” de Reutemann al peronismo y el lugar que ocupaba en la comunidad de los “compañeros”, pasaremos a revisar qué significó para el propio líder la nueva identidad adquirida y que le fue reconocida por quienes lo recibieron.

En primer lugar, Reutemann remitía sus vinculaciones previas con el universo peronista a sus experiencias de exclusiva índole personal. Dada su condición ajena a la militancia partidaria y al mundo político en general, su memoria sobre el peronismo estaba cargada de relaciones inter-personales con referencias al “abrazo” de Perón o al “llamado” de Menem. Así, por ejemplo, expresó el significado de su afiliación al PJ:

Al compromiso grande lo tengo con Carlos Menem, que es quien me llamó a la política en enero de 1991. Era él a quien yo debía llevarle la ficha de afiliación. Quién sino él debía presentarme ante el PJ (EL, 22/2/93).

En el acto de su asunción como presidente del PJSF, estando Menem presente, el gobernador expresó:

Sentí una fuerte emoción aquel día de 1974, cuando le presté un fuerte abrazo al General Perón. Fue un día también muy importante para mi vida cuando un día de 1991, usted me invitó a trabajar para la provincia de Santa Fe (EL, 21/6/93).

El vínculo con la identidad peronista, absolutamente mediado por relaciones uno-a-uno de tipo personal, se expresaba en distintos aspectos relacionados con ese tipo de vínculo. Al sentimiento de “emoción” por el abrazo o la invitación de los líderes del movimiento lo acompañaba el intercambio de objetos materiales, que adquirían significado en el marco de su interacción con esas grandes personalidades del peronismo. Así, según una crónica de la prensa local, Reutemann firmó su ficha de afiliación al PJ “utilizando la lapicera que le regaló el ex presidente Juan Domingo Perón en 1974 cuando asistió al circuito capitalino a una carrera de Fórmula Uno que el ex piloto santafesino lideró hasta abandonar poco antes del final” (EL, 19/2/93). También, el mismo Reutemann aseguró que poseía un “libro del General Perón” que leía “de vez en cuando”:

Tengo un libro del General Perón en el auto que lo leo de vez en cuando y dice ‘los hombres son todos buenos, pero controlados son mejores’, y eso me parece muy bueno. En mi relación con el peronismo lo mejor que voy a hacer será exhibir el libro de Perón porque es buenísimo (Carlos Reutemann, LC, 12/9/91).

Según Gerardo Aboy Carlés, “toda identidad política se constituye en referencia a un sistema temporal en el que la interpretación del pasado y la construcción del futuro deseado se conjugan para dotar de sentido a la acción presente” (2001a: 68). Toda identidad tensiona, por lo tanto, con la propia tradición del colectivo que busca conformar y no puede constituirse en un puro presente porque siempre se inscribe y transforma en la doble dimensión de una interacción presente entre los actores y su reconstrucción, desde el presente y en función de un porvenir, de un pasado que siempre está abierto (ibid..).

Ahora bien, ¿de qué manera se constituye una identidad cuando alguno de los actores que interviene en ella –y que tiene, además, un rol central como representante de las ideas y los símbolos que mueven a los miembros de la misma en un entorno determinado– no formó parte de ningún pasado, de ninguna instancia pretérita en el devenir de dicha identidad? Efectivamente, según buscamos argumentar, la emergencia de Reutemann en el peronismo santafesino borró prácticamente con la dimensión tradicional de la identidad peronista. Sin un pasado en el peronismo, poco podía fundar su acción presente en función de una ajenidad completa con respecto a esa tradición. Sin embargo, hasta en los casos como el que estamos analizando, donde no parece haber vestigio alguno de un recorrido anterior, de un suelo de mínima historicidad, la acción colectiva debe fundarse aunque más no sea en “puntos mínimos” de alguna instancia pretérita. Como vemos en las pocas declaraciones públicas en las cuales esta ex celebrity del deporte delineó algún tipo de vínculo con el pasado del peronismo que le diera sentido a su acción presente (v. gr., su afiliación al partido y su decisión de conducirlo formalmente), ésta sólo pudo situarse en acontecimientos puntuales de interacción personal, cara a cara, con los máximos representantes del peronismo. Lo cual conduce a una segunda dimensión que caracterizó la configuración de la identidad peronista desde el discurso de su nuevo líder: la pérdida de su dimensión colectiva.

La identidad individualizada: la pérdida de la dimensión colectiva y la reducción del peronismo a una pasión abstracta

Esta segunda dimensión de la identidad peronista re-interpretada bajo el liderazgo de Reutemann se puede comprender a partir de lo que Martuccelli y Svampa llaman el “carácter esotérico” del peronismo. Según los autores

[La] experiencia subjetiva de la identidad da lugar a la concepción esotérica del peronismo […] El peronismo escapa a las categorías ‘racionales’ […], hay en él una dimensión ‘afectiva’, una connivencia secreta entre los miembros, que lo define de manera ‘esencial’ y que excede toda determinación racional […] Entre los peronistas [el compromiso político] es fundamentalmente construido en términos ‘emotivos’ e ‘identitarios’ […] Lo que cambia y singulariza al peronismo es el deseo de presentar el vínculo político como una forma de vínculo pre-político (1997: 161 y 163).

Antes de retomar el punto que nos interesa de esta definición, quisiéramos hacer una aclaración sobre un aspecto previo del argumento de los autores con el que disentimos. Martuccelli y Svampa definen al peronismo solamente a partir de una instancia “irracional” (que también llaman “identitaria” aunque, ¿cuál sería el término “no identitario” de una identidad?) que abarcaría todo el campo su constitución. Por contraste, se puede pensar que habría otras identidades que sí contendrían –a diferencia del peronismo– categorías racionales, “políticas”, no emotivas. Ahora bien, desde la perspectiva de la sociología de las identidades políticas que estamos siguiendo se asume que toda identidad supone ambas dimensiones: la persecución de objetivos definidos como deseables (lo que conduce a enfocar la mirada en el costado racional de la acción), por un lado, y la significación de la misma bajo parámetros relativos a una lectura del pasado y a una interacción entre los actores que escapa a todo control racional, lo cual lleva a abordar la acción desde su lado no racional, atento a una legitimación de tipo tradicional (Aboy Carlés, 2001a). En términos weberianos se correspondería con el costado racional de la acción con arreglo a fines, por un lado, y con la acción tradicional, por otro (Weber, 1992).

Hecha esta aclaración, sí nos resulta pertinente analizar el discurso de Reutemann sobre el peronismo bajo la faz llamada “esotérica”, sentimental o afectiva que trae consigo la construcción de esta identidad.

En efecto, la idea de que el peronismo se percibe más como un sentimiento que como un corpus de ideas fijas[7] o doctrinas estables que remitan a situaciones sociales objetivas, forma parte misma de su historia y de su tradición. Ya en tiempos de la Resistencia Peronista fue interpretado en su capacidad de constituir la “experiencia” de los militantes y obreros de mediados de siglo y de dotarlos de una identidad cultural (James, 2010) trascendiendo sus condiciones materiales objetivas.

Pero a partir del fenómeno menemista el peronismo dejó de constituir una “estructura del sentir” (según la célebre expresión que Martuccelli y Svampa retoman de Raymond Williams), esto es, de organizar simbólicamente la vida colectiva e individual estableciendo una continuidad entre ambas esferas, para devenir en un conjunto de recuerdos aislados que se expresan en la forma de la nostalgia o que sólo remiten a experiencias personales desancladas de una memoria colectiva. Se produjo, según los autores “un vaciamiento de la experiencia social y la ‘privatización’ del sentimiento peronista […] Los acontecimientos permanecen, entonces, desorganizados y aparecen como profundamente subjetivos. Cada uno puede hablar con mayor libertad en términos irremediablemente personales” (Martucelli y Svampa, 1997: 351).

En efecto, durante los años noventa la identidad peronista se vio profundamente transformada, al calor de los cambios estructurales operados en la sociedad y en la economía argentinas. Tanto entre la militancia partidaria y sindical del movimiento como entre los sectores populares urbanos donde la subcultura peronista había arraigado fuertemente a lo largo de la historia, el imaginario peronista dejó de dar sentido a la acción colectiva y éste sólo persistió en la forma de recuerdos aislados del pasado y de exigencias abstractas de dignidad personal cuyas imágenes aparecían, cada vez más, multiplicadas y fragmentadas (ibid..). De ahí la imagen de “la plaza vacía” que evocan los autores[8].

Ahora bien, ese fenómeno de individuación y privatización del sentimiento peronista (que supone, por lo tanto, el refuerzo de su dimensión emotiva, de carácter pasional o sentimental) y –por contraste– la licuación de su capacidad para dar sentido a la acción colectiva, no se expresó solamente entre los sectores populares. Del mismo también participaban los líderes de la fuerza política, cuya figura se volvió central como punto de apoyo de una identidad en crisis y transformación. Por ejemplo, durante una campaña presidencial fuertemente emotiva y que integró una potente simbología expresada en rasgos mesiánicos y cuasi-religiosos en la persona del candidato (Mora y Araujo, 1995; Novaro, 1994), Carlos Menem hablaba del peronismo en términos “una mística, un sentimiento, un movimiento, una emoción” (Menem, campaña de 1989: citado en Cerruti y Ciancaglini, 1991:12). En esta línea, también Reutemann rememoraba –a pocos días de consagrarse como presidente del PJSF– su propia campaña electoral interpretando al peronismo en términos de una “gran pasión” y un “verdadero sentimiento”: “Aquellos días que yo competí con el justicialismo, fueron para mí conocer la pasión de un gran movimiento, y la de haber trabajado para nuestra provincia de Santa Fe” (EL, 8/4/93).

Al final de su mandato, el gobernador agradecía a los “compañeros” por el trabajo realizado juntos y volvía sobre el componente pasional que envolvía a los justicialistas:

Me viene a la memoria aquel 4 de enero de 1991, cuando yo ingresé en la quinta presidencial de Olivos a hablar con el compañero Menem. En aquél momento me preguntó si quería trabajar en un sublema en la provincia de Santa Fe […] Trabajamos muy duro, fui conociendo muchísima gente, dirigentes del justicialismo, nuevos dirigentes […] Pasó el tiempo, hicimos unas brillantes elecciones […] y en eso tuve una gran transmisión del movimiento nacional justicialista, de esa gran pasión que los envuelve (EL, 25/1/95).

La identidad peronista quedaba, entonces, reducida a constituir una dimensión privada en la experiencia reutemannista, a una “emoción” o “recuerdo personal” que se escindía completamente de cualquier experiencia histórica o de una memoria colectiva. El discurso de Reutemann sobre el peronismo era la expresión exacta de este fenómeno de “privatización” de una subjetividad política que supo, en el pasado, dar sentido a la vida individual en el marco de una cosmovisión colectiva.

Desde la prensa local se interpretaba también que la figura de Reutemann había venido a ocupar ese lugar del sentimiento peronista que había quedado “vacante” luego de la crisis de liderazgo y de representatividad de la dirigencia gobernante anterior, operación que se basaba en una pura identificación con la persona del candidato (“su sola presencia”, “su carisma de ídolo deportivo”). Allí se lee:

El voto peronista reconoce dos nutrientes fundamentales: el sentimiento, que en su caso es primordial, y la razón, que generalmente es inficionada por el primero. En esta confrontación cívica el sentimiento estaba vacante. Sin decir discursos, sin apelaciones a la razón –jamás trató de explicar cómo sería su gobierno–, con su sola presencia e intachable prestigio personal, además de su carisma de ídolo deportivo, Reutemann se adueñó de ese sentimiento, en el fondo, toda una manifestación de la necesidad de esperanza (LC, 15/9/91).

En efecto, en tiempos de exclusión y desintegración social el rol del líder se centró sobre todo en lograr una identificación con su persona (y con los atributos que lo asemejaban a los ciudadanos como un igual, como veremos en el próximo capítulo) para suturar simbólicamente la distancia que éstos sentían con respecto al sistema político y social. Según Martucelli y Svampa, la relación con el líder en tiempos de desintegración social era menos política e institucional que “una identificación entre los electores y la persona del líder” (ibíd.:98); una identificación simbólica y personal, carente de todo aura carismática. De ahí que Reutemann reforzara en su relación con la identidad peronista la dimensión más personal e íntima que aquella más pública y colectiva, propia de un pasado de mayor cohesión social y de sólidas identidades colectivas.

El cimiento del ser peronista: la condición moral de las personas

Por último, en la identidad peronista de estos años adquirió un lugar central la consideración de los valores morales de las personas. Como describimos más arriba, este no fue un componente ajeno en la construcción identitaria histórica del peronismo, ya que estuvo presente en la palabra del mismo Perón durante los años setenta cuando buscaba ampliar los límites del campo identitario. Igualmente, a partir de las elecciones de 1987 habían empezado a enunciarse las cualidades morales como atributos a representar por parte de los candidatos. En dichas elecciones el peronismo santafesino comenzó a establecer un quiebre con respecto a la legitimación de tipo tradicional sobre la que había sustentado el vínculo político durante el primer gobierno del ciclo democrático.

Sin embargo, con la emergencia de la figura de Reutemann la condición moral de las personas se volvió el eje principal del “ser peronista”. En sintonía con las características de su imagen representativa frente a la ciudadanía (que analizaremos en el capítulo 6) y con el criterio de juzgamiento de la práctica política instalado desde fines de los años ochenta (Frederic, 2004), imprimió asimismo los límites de la identidad peronista. En efecto, las categorías morales ocuparon el lugar de las motivaciones construidas como sentimientos extra-políticos de las que hablan Sigal y Verón en su “modelo de la llegada”. Como vimos, ese “venir desde afuera” en Reutemann (desde el deporte y desde la práctica empresarial) estaba asociado a valores que correspondían al ámbito de la vida privada; estos eran, por ejemplo, la honestidad, el esfuerzo, el sacrificio, la vocación de servicio, la simpleza, la moderación, la prudencia, la paciencia, etc. Estos valores, alejados de la “politiquería barata” como expresó Menem cuando “recibió” a Reutemann como compañero, re-definieron la identidad peronista vaciándola de referencias a atributos propiamente políticos (la militancia, la adhesión a una doctrina o ideales comunitarios, la valoración de la política como una profesión, la simbología de todo tipo que constituye una tradición política, la persecución y la lucha, etc.).

En este sentido, en su discurso de lanzamiento de la candidatura a presidente del PJSF, Reutemann convocaba a sus compañeros a formar una “nueva dirigencia” y un “justicialismo transparente”:

Yo los convoco, compañeros, a compartir esta nueva propuesta, esta nueva manera de comprender la política, que tiene que ver con un justicialismo transparente […] donde los compañeros y compañeras no sirvan sólo para juntar votos, sino para contribuir al crecimiento de una nueva dirigencia” (EL, 8/4/93).

En ese contexto, el sector reutemannista del partido publicaba un documento en la prensa titulado “La honestidad es la garantía; la política es el servicio”, donde se definía como tal desde un paradigma moral, por oposición a la dirigencia peronista que había gobernado la provincia en los periodos previos, “cuestionada por la sociedad”:

[Los] responsables de lo ocurrido en nuestra provincia en los últimos años, forman parte de la dirigencia del peronismo que en víspera de la elecciones de 1991 se hallaba severamente cuestionada por la sociedad y que había puesto al justicialismo al borde de la desintegración […] No necesitamos lecciones ni clases de alta política de aquéllos que, habiendo tenido la oportunidad de hacer lo que hoy proclaman, terminaron avalando por acción u omisión todo lo contrario (EL, 8/3/93).

La descripción de un cronista sobre el festejo de la victoria en las elecciones internas que consagraron a Reutemann presidente del partido ilustra muy bien la valoración de los elementos morales (“mesura”, “celebraciones medidas”, “buen tono”) que neutralizaron los tradicionales rituales e imágenes identitarias, desplegados en un acontecimiento que marcó un quiebre en la vida del peronismo santafesino:

El festejo de los militantes de Creo en Santa Fe fue mesurado, de buen tono. La antigua iconografía peronista sólo amagó a aparecer con la llegada al viejo local de Santa Fe y Roca de la diputada Gastaldi. Entonces los ánimos se caldearon lo suficiente como para largar con la marchita. Muchos sólo acompañaron con palmas porque, evidentemente, desconocían casi por completo la letra […] Hacia las 21 comenzaron los festejos en el local del oficialismo: celebraciones muy medidas, a media voz, sin nada del viejo folklore justicialista (LC, 31/5/93 –cursivas en el original–).

En suma, el ámbito moral ya no sería expresión de la tensión igualitaria, de la fuerza del anhelo de dignidad entre los argentinos, de la potencia de la radicalidad democrática del peronismo histórico (de allí la expresión de la dominación social en términos de “bronca”, de “dignidad”, de “soberbia”), que se combinaba con una relación cognitiva con lo político, lo público y con un sentido de la historia nacional (Martucelli y Svampa, 1997). El peronismo se adentraba, al menos en el ámbito santafesino, en una fase moralizadora, pero de una moral que suponía abandonar el imaginario nacional-popular y el reclamo de justicia social y que se avenía a las exigencias moderadoras, aquietantes e individualizantes del nuevo poder vigente.

Conclusiones. Las identidades políticas en tiempos de crisis: el peronismo santafesino entre el abandono de los elementos tradicionales y la persistencia imaginaria

Han sido numerosos los estudios que han analizado el devenir de las identidades políticas desde el regreso de la democracia en nuestro país pero, especialmente, durante la década del noventa. “Debilitamiento”, “fragmentación”, “neutralización”, “vaciamiento”, “fragilidad”, “crisis”, “desintegración”, “balcanización”, son algunas de las calificaciones que han nombrado los procesos atravesados por las grandes tradiciones político-partidarias argentinas en el umbral del cambio de siglo. Algunas, se ha señalado, han tenido mayor capacidad para resistir su licuación y descomposición, como el caso del peronismo, a diferencia de las identidades de centro izquierda y centro derecha (Torre, 2003).

También dentro del ámbito santafesino ha sido identificado un proceso de “debilitamiento de las identidades programáticas” en paralelo al fenómeno de la “estatización de los partidos de gobierno” (Alonso, 2005: 122-123) desde 1983 hasta bien entrado el siglo XX, lo cual explicaría la permanencia del PJ como partido de gobierno y la alternancia a lo largo de los distintos periodos constitucionales de sus diversas líneas internas.

Ahora bien, ¿se puede subsumir dentro de la laxa etiqueta de la “debilidad programática” el éxito electoral y –por qué no, la legitimidad gubernamental– del peronismo bajo procesos bien diversos como fueron los que atravesó esta fuerza política entre los años ochenta y noventa en Santa Fe? ¿Puede un liderazgo como el de Reutemann constituirse en una referencia política ineludible –tanto a nivel partidario, como electoral y gubernamental– sin generar o re-generar algún tipo de imaginario dentro de la fuerza en la que se inscribió y en la cual disputó su poder, aunque el alcance de su carácter representativo exceda los límites de dicha fuerza? ¿Puede ser interpretado como un liderazgo “evanescente y transitorio” (Martucelli y Svampa, 1997: 97) como fueron entendidos los liderazgos en los años noventa? Más aún, aunque la visión que se tenga sobre la figura de Reutemann sea la de “una de las debacles más importantes del peronismo” como nos lo relató un dirigente intermedio del peronismo rosarino, ¿no supone también esa visión negativa del líder una serie de significados sobre su liderazgo y sobre lo que ‘debe’ y ‘no debe ser’ el peronismo?

Siguiendo estos interrogantes, en este capítulo nos propusimos auscultar en las imágenes, los significados y los sentidos que adoptó el peronismo como identidad política entre 1983 y 1995, particularmente, desde la perspectiva de los líderes de los sucesivos gobiernos y de las voces cercanas a sus figuras. Este intento tuvo por objetivo trascender la mirada negativa o pesimista sobre lo sucedido con las identidades políticas en tiempos de grandes transformaciones en la política, la sociedad y la economía de nuestro país.

Para ello debimos, en primer lugar, analizar la configuración del campo identitario peronista en Santa Fe en el periodo anterior a la emergencia de la figura de Reutemann. Allí nos encontramos con una delimitación de la identidad peronista que se inscribía, principalmente, en un imaginario “tradicional”. Esto es, fundaba su legitimidad en elementos del pasado remoto del movimiento político: su historia larga de lucha y militancia política y sindical, los sentidos sobre las proscripciones y persecuciones políticas, el modelo de “justicia social” y la identificación con el “pueblo” como sujeto político. Sin embargo, hacia el final del periodo de la coalición gobernante de la Cooperativa, sus principales referentes habían comenzado a incorporar nuevos sentidos identitarios y representativos, como los valores morales de los políticos y la necesidad de lograr “eficiencia” y “austeridad” en el manejo de las estructuras estatales.

El inicio de un nuevo ciclo político en la provincia a partir de la emergencia del liderazgo de Reutemann supuso la circulación de nuevos imaginarios de la identidad peronista en la provincia. El peronismo bajo el discurso del líder abandonó las referencias a los tópicos tradicionales de su pasado mediato (como el valor de la militancia y la trayectoria en el partido, los tópicos de justicia social o la apelación al pueblo como figura central) y reificó, en su lugar, un sentido del “ser peronista” vinculado a una experiencia subjetiva y personal que si bien hundía sus raíces en orígenes de esta identidad, era expresada (a diferencia de los tiempos del primer peronismo) como una “pasión” sin correlato en acciones colectivas y que se entendía como fruto de meras relaciones inter-personales (uno a uno). De ahí que Reutemann recurriera a las figuras de Perón y Eva como símbolos abstractos de una identificación personal con los líderes pero no con una cosmovisión que tuviese efectos en una praxis política y social de conjunto.

El prisma moralizador bajo el cual fue interpretado el peronismo (un peronismo “transparente”, “honesto”, “al servicio de la gente”) respondió a los clivajes bajo los cuales estaba siendo valorada la práctica política general pero permitió, al mismo tiempo, hacer parte a esta identidad de los nuevos formatos y contenidos que el vínculo de representación política estaba poniendo en escena en la sociedad santafesina. De esto último, nos ocuparemos en el próximo capítulo.


  1. No desconocemos por ello que el componente subjetivo, afectivo, de contacto directo con los “centros de poder” (en el sentido de Clifford Geertz [1994]) haya formado parte de la identidad peronista desde sus orígenes. Sin embargo, lo que encontramos en la identidad peronista configurada por Reutemann es la sola permanencia de ese componente afectivo, del lazo inter-personal estructurando la identidad (sobre todo, con los grandes líderes como Perón, Eva o, contemporáneamente, con Menem) desvinculado o desanclado de la dimensión plebeya, revolucionaria, comunitaria, de justicia social (o “nacional-popular”, en los términos de Aboy Carlés [2001a]), proceso que advino ya con el menemismo y que se plasmó, también, en el peronismo santafesino en su versión reutemmista. Agradezco a la evaluadora del Plan de esta tesis, Dra. Mariana Garzón Rogé, por la observación de este punto.
  2. Este slogan dialogaba con uno de la UCR que decía “Vote por usted”.
  3. En una entrevista Reviglio relata que tuvo como asesor de campaña al equipo de Heriberto Muraro y expresa lo novedosa que había sido esa estrategia proselitista para los candidatos peronistas de Santa Fe en aquél momento (Archivo de Historia Oral. Programa Historia y Memoria, UNL).
  4. Por ejemplo, la CGT y las 62 Organizaciones Gremiales sacaban una solicitada de apoyo a Reviglio que se titulaba: “Por qué votamos por el Justicialismo”, con un marcado contenido identitario (LC, 4/9/87).
  5. La economía argentina venía experimentando problemas estructurales desde hacía algunos años. La incapacidad del Plan Austral implementado desde 1985 para controlar los niveles de inflación potenció las presiones por parte de los organismos internaciones de crédito (FMI, Banco Mundial) para que el gobierno realizara medidas “de fondo” (plan de privatizaciones, desregulación y apertura comercial). Ante esa situación, el ministro de economía Juan Sourrouille anunció un segundo intento de shock a principios de 1987. Esto demuestra que las ideas neoliberales ya circulaban fuertemente entre las medidas de política económica que debía encarar el alfonsinismo y, en paralelo, los gobiernos provinciales. Para una historización de la aplicación de las políticas neoliberales por parte de una “nueva derecha” en Argentina, cfr. Morresi (2008).
  6. Algunas de ellas eran: “economía popular de mercado”; “en el ‘45, también Perón sumó a liberales, radicales y conservadores”; “en el ’74 adoptó políticas en consonancia con los Estados Unidos y Europa”; “no somos populistas, ni conservadores ni liberales”; “ser capaces de construir nuevas alternativas, nuevos modelos que no sean sectarios ni excluyentes. Estamos jugando en serio a transformar la Argentina y a lograr la justicia social”; “convoqué a todos los argentinos de buena voluntad”; “encontrar soluciones para la Argentina de hoy, manteniendo los principios y adecuando los instrumentos”; “me considero una continuidad de Perón y no una ruptura”; etc. (EL, 15/3/91).
  7. Sin embargo, el peronismo no carece de un corpus de doctrina o de principios, los cuales están plasmados en las canónicas “Veinte verdades peronistas”, definidas por el fundador del movimiento. Esa doctrina escrita es, empero, actualizada a lo largo del tiempo, como lo expresa, por ejemplo, la “Actualización Doctrinaria” menemista. No queremos dejar de señalar este punto, aunque no es nuestro propósito realizar un análisis de la doctrina peronista sino sólo de los sentidos que el discurso de Reutemann otorgó a esta identidad (de aquello que recuperó de ella y de lo que decidió omitir o abandonar).
  8. Para un análisis en clave histórica de la Plaza de Mayo como símbolo y expresión de la capacidad movilizadora de los sectores populares y, en especial, del peronismo, cfr. De Piero y Rosemberg (2016).


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