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1 La lógica Cooperativa y el sector sindical como Gran Elector

El Partido Justicialista de Santa Fe (1983-1987)

En este primer capítulo abordamos las características organizacionales del PJSF entre la restauración del régimen democrático en 1983 hasta las segundas elecciones de gobernador en la provincia de Santa Fe en 1987. Este periodo se caracteriza, en primer lugar, por una influencia determinante del sindicalismo peronista en las decisiones partidarias (selección de candidaturas, presencia de cuadros sindicales en altos cargos del gobierno, movilización y organización de recursos –financieros, políticos y electorales–, etc.). La victoria en las elecciones provinciales ejecutivas de 1983 y 1987 (en un contexto de retroceso electoral del justicialismo a nivel nacional), tuvo a Santa Fe como un caso excepcional entre el concierto de provincias con similares características socio-económicas y poblacionales, que fueron ganadas por el radicalismo (v.gr., Buenos Aires, Córdoba, Mendoza). La vigencia en sus cargos dirigenciales de los cuadros sindicales más importantes durante la dictadura militar (1976-1983) y la potencia de los gremios del sindicalismo industrial de la zona del Gran Rosario (Águila, 2008; Fernández, 1993; Kohan, 1993), le permitieron a este sector conservar su poder en la estructura partidaria hasta avanzada la década del ochenta y constituirse como el Gran Elector (Maina, 2012) del partido. Esto dio como resultado un proceso que llamamos de “desindicalización tardía” del PJSF, según la clásica noción acuñada por Steven Levitsky (2005).

En segundo lugar, la organización partidaria estuvo conducida por una coalición dominante (Panebianco, 1995) conformada por dirigentes de las distintas fracciones del partido. La ausencia de un único liderazgo que aglutinara a las diversas corrientes partidarias hizo que el proceso de toma de decisiones y el control de los recursos partidarios estuviese repartido de hecho entre los distintos liderazgos que integraban la coalición dominante. Esta estructura de conducción –que adquirió un término nativo: la “Cooperativa Santafesina”– definía las principales decisiones sobre la organización partidaria y sobre la conformación del gobierno. En efecto, en tanto que partido de gobierno (ibíd.) el PJSF proveyó de los principales cuadros de gestión a las gobernaciones peronistas entre 1983 y 1991. Esta manera de distribuir cargos tuvo como principal función mantener la unidad del partido (y, por ende, la performance electoral del PJ y la estabilidad del gobierno), reproduciendo un patrón tradicional de organización partidaria (Scherlis, 2010) que se interrumpirá con la llegada de Reutemann a la gobernación.

El capítulo demuestra que el PJSF contrarrestó algunas tendencias identificadas por la literatura para otros distritos provinciales y para el nivel nacional de la estructura peronista sobre la composición y el funcionamiento de este partido a lo largo de la década del ochenta. Fundamentalmente, mantuvo la potencia de su sector sindical al interior de la organización y desplegó una serie de prácticas fuertemente rutinizadas (elecciones regulares, congresos partidarios, estrecha relación entre cuadros del partido y del gobierno) producto del “empate” (Maina, 2016) de fuerzas entre los distintos líderes, que llevó a dirimir los conflictos internos mediante prácticas eleccionarias y lógicas de distribución de cargos que se mantuvieron de forma regular desde los inicios de la recuperación democrática. Estos hallazgos matizan, entonces, el consenso académico existente sobre la “des-institucionalización”, “des-rutinización” y “desorganización” que caracterizaría al PJ como organización partidaria (Gutiérrez, 2001 y 2003; Levistsky, 2005) y argumenta cuál fue la funcionalidad de aquéllas prácticas en el caso particular del PJSF.

Peronismo y sindicalismo: una asociación exitosa en el regreso de la democracia

Las elecciones que reabrieron el ciclo democrático en Argentina el 30 de octubre de 1983 luego de siete años de dictadura militar, expresaron en Santa Fe una particularidad: el PJ ganó las elecciones ejecutivas provinciales, en un contexto en el cual la Nación y las provincias más prósperas económicamente y con mayor cantidad de población fueron ganadas por la Unión Cívica Radical (UCR), la otra fuerza mayoritaria del sistema partidario argentino[1]. Si bien el peronismo obtuvo 12 gobernaciones[2], el hecho de haber ganado en un distrito urbano y moderno como Santa Fe constituyó una rareza, si se tiene en cuenta que la UCR cosechó sus principales adhesiones entre la “nueva clase media” urbana (sectores de venta minorista, de servicios, profesionales y crecientemente “independientes”, tradicionalmente identificados con el radicalismo) pero también entre los trabajadores industriales calificados, antaño votantes del peronismo (Catterberg y Braun, 1989)[3].

En efecto, una de las razones que se asigna para explicar la derrota nacional del justicialismo en 1983 fue la dificultad para atraer a estos nuevos sectores sociales por parte de un partido que había quedado fuertemente asociado a los sindicatos de base industrial. En un marco de agotamiento del modelo industrializador de sustitución de importaciones derivado de la experiencia de la última dictadura militar, se había producido un disciplinamiento social y económico no solamente por vía de la represión ilegal (Canitrot, 1980), sino también por medio de una profunda reestructuración de las relaciones sociales (Villarreal, 1985). Esa reestructuración se orientó a provocar una “fragmentación” y “heterogeneización” de los sectores populares (ibíd.), por medio de un proceso complejo que incluyó dimensiones diversas: desindustrialización de la producción nacional –con el consecuente quiebre de empresas–; crecimiento de los sectores minorista, comercial, financiero y de servicios; disminución y fragmentación de la clase obrera industrial y su dispersión geográfica; y el aumento de la cantidad de pobres en las zonas urbanas y del trabajo informal (Palomino, 1987; Villarreal, 1985).

En ese contexto, la coalición del PJ vio fuertemente resentida la capacidad de movilización de sus antiguas bases electorales (Levitsky, 2005). Por un lado, se erosionaron los vínculos sindicales del partido con su base de apoyo urbana al reducirse de la cantidad de afiliados en los sindicatos industriales (Abós, 1986) y aumentar, como contrapartida, la cantidad de miembros de los sindicatos de servicios, menos influyentes que aquéllos al interior de la organización partidaria. Por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, se puso en peligro la base electoral tradicional del PJ. La dispersión y heterogeneidad de los “nuevos pobres urbanos” (Villarreal, 1985) debilitaba la construcción de una identidad colectiva que se pudiera movilizar, y la “nueva clase media” conformó un “nuevo centro” (Catterberg, 1989) más independiente, con una experiencia social y cultural distinta a la de los trabajadores manuales, el cual en 1983 votó, fundamentalmente, por el radicalismo.

Sin embargo, el peronismo santafesino contrarrestó esa tendencia general al ganar las elecciones provinciales de gobernador no sólo en 1983 sino también en 1987. En efecto, el PJ es un partido nacional de distrito, es decir que posee estructuras nacionales, provinciales y municipales, cada una de las cuales cuenta con su propia organización, carta orgánica, autoridades y elección de candidatos. Así, en 1983 el PJSF obtuvo una ajustada victoria del 41,41% contra el 40, 32% de la UCR, mientras que el tercer partido provincial, el PDP, alcanzó el 10,46% de los votos (Tow, 2014). En cambio, en 1987 la victoria del peronismo santafesino fue contundente. Los guarismos fueron 44,11% para el PJ, 28,01% para la UCR y 13,80% para el PDP. El PJ había concurrido en alianza con el PDC (LC, 7/9/87).

En ambos triunfos del peronismo el sindicalismo industrial de Santa Fe –en su mayoría peronista, y con fuerte presencia en el cordón industrial de la zona del Gran Rosario, al sur de la provincia (Kohan, 1993)– tuvo un rol central. En efecto, el secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) de Rosario, Miguel Gómez, fue una pieza clave en ese proceso apoyado, a su vez, por el histórico dirigente de la entidad a nivel nacional, Lorenzo Miguel (Fernández, 1993). Esa situación evidenció, en consecuencia, un proceso más tardío de lo que se dio en llamar “desindicalización” partidaria del peronismo (Levitsky, 2005; Gutiérrez, 2001), esto es, de debilitamiento de la influencia del sector gremial en el PJ luego de la recuperación democrática del país. Como afirma Steven Levitsky, hacia 1987 “sólo en la provincia de Santa Fe los sindicatos tuvieron un papel importante en el proceso de designaciones” (2005: 169), al posicionarse como el Gran Elector en la estructura del PJ de la provincia (Maina, 2012)[4].

En efecto, si atendemos por ejemplo a la composición de las fórmulas peronistas gubernamentales de las provincias de Buenos Aires y Córdoba en 1987 (emblemas del influjo de la llamada Renovación Peronista), los candidatos a gobernador (Antonio Cafiero y Juan Manuel de la Sota, respectivamente) provenían de la rama “política” del partido, y sus vicegobernadores eran un sociólogo y un empresario agropecuario (Ferrari y Mellado, 2016; Reynares, 2012). Esto evidencia una ausencia completa de referentes sindicales en los principales cargos electivos ejecutivos de esos distritos que, al igual que Santa Fe, eran provincias industriales con grandes aglomerados urbanos.

El triunfo electoral del candidato del PJ en el distrito santafesino en 1983 tuvo dos efectos clave para el futuro escenario justicialista. Por un lado, posicionó dentro del partido a algunos importantes dirigentes gremiales que habían estado al frente de los sindicatos durante la dictadura militar (como Miguel Gómez) [Kohan, 1993]. Por otro lado, debió llevarse a cabo una de “alianza” entre los sectores políticos y sindicales del PJ, tanto para lograr cierta gobernabilidad como para dirimir los conflictos internos dentro de un partido sin un liderazgo único. Precisamente, durante los años ochenta el peronismo santafesino careció de un liderazgo que controlara el partido y aglutinara las múltiples fracciones internas. En cambio, se conformó una estructura con diversos líderes, cada uno de los cuales contaba con cuotas similares de poder al interior de la coalición gobernante partidaria. Esa especie de “empate” en la relación de fuerzas entre las distintas fracciones (Maina, 2016) adoptó un nombre en el lenguaje de los propios actores: la “Cooperativa santafesina”. La estructura de la Cooperativa será la que entre en crisis al final de la década, proceso que dará lugar a la emergencia de Carlos Reutemann como nuevo líder del peronismo local.

El sindicalismo industrial rosarino como Gran Elector del PJSF

Los vínculos entre sindicalismo y peronismo se remontan a los orígenes mismos del movimiento político y de sus expresiones político-partidarias: el Partido Laborista, primero, y el Partido Peronista, después (Germani, 1973; Torre, 1991; Murmis y Portantiero, 1974). En el ámbito de la provincia de Santa Fe esa vinculación de origen estuvo expresada, especialmente, por los dirigentes del sector ferroviario, quienes contaban con estructuras organizativas preexistentes que favorecieron la formación del partido gracias a su extensión territorial y a su capacidad de movilizar a los votantes (Prol, 2005 y 2012). Desde sus orígenes, también, la región “sur” de la provincia (el Departamento Rosario y sus alrededores) fue protagonista en el aporte del caudal electoral del peronismo, debido a que poseía más de la mitad del electorado de la provincia, lo cual incidió en la configuración del futuro partido (ibíd.). Es por ello por lo que se conoce a esta región, históricamente, como la “capital del peronismo”[5].

El predominio electoral del peronismo en Santa Fe y, dentro de él, la influencia del sindicalismo del “sur”, persistió luego de la vuelta del régimen democrático en 1983, después de décadas de proscripción electoral para esta fuerza política[6]. Como mencionamos antes, fue la gravitación política y electoral de este actor la que le permitió al peronismo ganar en esta provincia, en un contexto nacional adverso para el PJ. Esta correlación de fuerzas beneficiosa a nivel provincial no logró, sin embargo, que el peronismo ganara en la ciudad de Rosario. Desde 1983, el municipio más importante de la provincia ha estado gobernado por fuerzas no peronistas: la UCR (1983-1989) y el PSP (desde 1989 hasta la actualidad). Al contrario, la ciudad capital –Santa Fe– estuvo gobernada por el PJ entre 1983 y 2007 (con un pequeño interregno del PDP entre 1990 y 1991), momento desde el cual gobierna la UCR (ver Anexo tabla 4).

Repasemos, entonces, las características del sindicalismo rosarino como actor fundamental en el concierto organizativo del PJSF para luego recorrer la dinámica partidaria interna y el rol que desempeñó en ella como “el poder detrás del trono” (Levitsky, 2005; Lacher, 2015).

El primer rasgo que sobresale es –a excepción de algunos breves periodos– su histórica división interna (Fernández, 1993). Básicamente, existieron dos grandes agrupamientos cuya delimitación puede rastrearse desde los años setenta: un sindicalismo “ongarista” –más radicalizado–, por un lado, y uno “vandorista” –de corte burocrático– por otro, el cual lideró la conducción de la CGT local y nacional durante el periodo 1973-1976 bajo la dirigencia de José Rucci (Kohan, 1993). Los sectores del sindicalismo combativo y de base se ubicaron preeminentemente en el cordón industrial Norte de Rosario, que llega hasta las localidades de San Lorenzo y Villa Constitución. Este cordón conformó una zona de industrialización más reciente en torno a las industrias química, petroquímica, y derivados del petróleo (y más tarde, aceitera) de capitales nacionales y multinacionales, que tomó impulso hacia los años sesenta con una mano de obra calificada y de baja densidad cuantitativa. Aquí, por lo tanto, las organizaciones sindicales (SOEPU, Ceramistas, Papeleros, Químicos y Aceiteros) eran también más jóvenes, por lo que los liderazgos reposaban más en las bases obreras que en estructuras burocráticas.

Por su parte, el núcleo urbano de la ciudad de Rosario y las localidades del sur (Villa Gobernador Gálvez y Pérez) asumía las características contrarias. De temprana industrialización, predominaba el sector metalúrgico de origen nacional, siendo el más dinámico del área luego del químico. Contó y cuenta con una larga experiencia sindical con fuerte presencia de organizaciones muy burocratizadas (UOM, UOCRA, UPCN, Carne, Comercio, Bancarios, Docentes), expresadas principalmente en las 62 Organizaciones Peronistas. Sin embargo, esta región –y la industria metalúrgica, dentro de ella– fue la más afectada por las transformaciones estructurales llevadas adelante por la dictadura militar (desindustrialización, pérdida de empleos, etc.) [Kohan, 1993].

Hacia 1980-1981, durante la dictadura militar, la CGT local se volvió a reorganizar siguiendo los lineamientos de la conducción nacional, al dividirse entre la CGT Calle Italia (en torno a la figura de Hugo Ortolán, del gremio de Panaderos) y el Movimiento Obrero de Rosario (MOR), bajo la conducción de Gerardo Cabrera (Sindicato de la Carne), luego devenido en CGT Regional Rosario o de la Calle Córdoba. Cada uno de estos nucleamientos seguían a sus homólogos a nivel nacional: la Comisión de los 25 (ubalidinista, crítica del gobierno militar), y la CNT-20 (liderada por Jorge Triacca), respectivamente (Águila, 2008; Kohan, 1993)[7]. Si bien ambas centrales se reconocían peronistas, la CGT Calle Italia adhería a los posicionamientos del sector “confrontacionista” representado a nivel nacional por la CGT Brasil que reclamaba la inmediata institucionalización de las organizaciones. Por su parte, la CGT Calle Córdoba estaba alineada con el sector “dialoguista” de la CGT Azopardo y al interior del partido con la línea de Matera y Robledo, identificados todos ellos como la “derecha antiverticalista” (Águila, 2008; Maronese y otros, 1985) que, a nivel local del PJ, estaban representados por Luis Rubeo y Eduardo Cevallo, respectivamente.

Esta división redundó en una participación diferencial de cada uno de estos dos agrupamientos en la coyuntura de las elecciones partidarias y generales de 1983. El proceso de apertura democrática favoreció al sector de la CGT Calle Córdoba –compuesto por los gremios más grandes (UOM, Carne, SMATA, SUPE, etc.)–, otorgándole mayor peso y centralidad política, en especial, al sector de la UOM liderado por Miguel Gómez (Kohan, 1993; Águila, 2008)[8].

En efecto, ésta constituyó una segunda característica del sindicalismo peronista de Rosario previo a 1983. Según Judith Kohan, la influencia de la CGT Calle Córdoba en el interior de la estructura del PJSF se fue configurando ya en el periodo 1973-1976 en torno a los sectores “vandoristas”, pero fue la dictadura militar de 1976 la que, a través de las intervenciones a los sindicatos y el desmembramiento de las experiencias basistas más combativas[9], “introdu[jo] una ‘cuña’ en el interior del movimiento obrero organizado [logrando que] ‘interventores’ y miembros de comisiones normalizadoras [fueran] confirmados por las nuevas elecciones [de autoridades gremiales] en 1984” (ibíd.: 20). Así, el proceso de normalización sindical promovido por el gobierno constitucional electo en 1983 redundó en la continuidad de sus cargos de dirigentes sindicales vinculados a la vieja estructura de las 62 Organizaciones. Ya sea por medio de la prórroga de los mandatos de quienes ocupaban las comisiones al momento de las elecciones (caso de Miguel Gómez, UOM), ya sea por la continuidad en sus cargos de delegados habiendo sido interventores (caso de Oscar Barrionuevo de Obras Sanitarias y de Enrique Estévez de la UTA Rosario), o porque el sindicato directamente no había sido intervenido por la dictadura (caso del Sindicato de Trabajadores de la Carne, que lideraba el dirigente peronista Luis Rubeo), las principales figuras del gremialismo local con influencia en la estructura del PJSF se consolidaron y fortalecieron en sus puestos dirigenciales durante la dictadura (ibíd.).

En efecto, como lo analiza Steven Levitsky, durante el periodo inmediatamente posterior a la apertura democrática (1983-1985) el peronismo constituyó un “partido de base sindical de facto”. Explica el autor:

Los sindicatos actuaron como el vínculo principal con la base de apoyo urbana y los jefes sindicales cumplieron un papel hegemónico en la conducción partidaria; […] dominaron la toma de decisiones y los procesos de selección de dirigentes y candidatos. Sin embargo, la influencia sindical no se canalizaba mediante mecanismos institucionales, sino que fue el producto efectivo del poder de los sindicatos y de las debilidades del ala política del partido (Levitsky, 2005: 124).

Yendo, entonces, a la descripción de la dinámica interna peronista de 1983, identificamos dos instancias claras. La primera fue la realización de elecciones internas indirectas el 24 de julio de 1983 para la definición de cargos partidarios y de electores de candidatos a la presidencia de la Nación (Kohan, 1993; Lacher, 2015; Maina, 2012). En esta instancia se disputaron el máximo cargo partidario cuatro listas[10], siendo la más poderosa y triunfante la “Junta Interdepartamental Peronista” (n° 6). Esta lista estaba compuesta por una multiplicidad de grupos internos que incluía a representantes de los sectores sindicales (62 Organizaciones Peronistas de Santa Fe y Rosario y el apoyo de Miguel Gómez) y a dirigentes políticos como Raúl Carignano –candidato y, finalmente, electo presidente partidario–, Víctor Reviglio (ambos de la zona “norte”), Eduardo Cevallo, Celestino Marini y Juan Carlos Taparelli (de la zona “sur”), entre otros (Maina, 2012).

Luego de esta instancia se realizó el Congreso Provincial para la elección de las candidaturas a gobernador y vicegobernador el 1° de septiembre de 1983. En este Congreso se disputaron dos precandidaturas, ambas pertenecientes a la lista n° 6, la cual constituyó una especie de “interna” en sí misma: Juan Carlos Taparelli y Carlos Bravo, por un lado, y José María Vernet y Carlos Martínez, por otro. La ganadora fue la segunda fórmula propuesta por la UOM y apoyada por las 62 Organizaciones que obtuvo 245 votos sobre 131 (EL, 2/9/83). Como dijimos, la figura de Miguel Gómez fue central en este proceso, no exento de fuertes controversias, como era usual en los sistemas de elección indirecta donde las negociaciones se tornaban sumamente complejas[11]. Así nos lo describe un dirigente y ex funcionario peronista:

Lo que a nivel nacional era la figura de Lorenzo Miguel, en Santa Fe, en particular en Rosario, era el secretario general de la UOM de Rosario, que era Miguel Gómez. Él fue el que en un congreso del partido, donde participaban todas las ramas del partido y los dirigentes históricos y políticos del peronismo, promovió la candidatura de Vernet (José Weber, ministro de la Producción entre 1991 y 1994. Entrevista con la autora, 26/11/15).

El 30 de octubre la fórmula peronista ganó la elección general en un ajustado escrutinio, imponiéndose a la fórmula radical (Aníbal Reynaldo-Porfirio Carreras) sólo por un 1% y favorecida por el hecho de que el voto de la clase media estuvo dividido entre la UCR y el tradicional PDP (Levitsky, 2005; Maina, 2012). Así como en las elecciones internas, en la campaña general el aporte organizativo, económico y humano por parte del sindicalismo fue fundamental (Fernández, 1993; Lacher, 2015), en un contexto en el cual la dirigencia política peronista se encontraba desarticulada y desfinanciada frente a las organizaciones, las bases y los recursos de los sindicatos (Novaro y Palermo, 2003). La fragmentación del sector político del PJ se expresó en la cantidad inicial de precandidatos a la gobernación. Según Juan Carlos Taparelli, “tres o cuatro meses antes de las elecciones había publicitados en la provincia, fácilmente, cuarenta candidatos a gobernador entre el norte y el sur de la provincia” (cit. en Acosta, 1987: 167)[12]. Además, existía un factor de largo alcance que explicaba la debilidad histórica del sector político del peronismo con respecto al sindical: aquél estuvo siempre subordinado a la estrategia intra y extrapartidaria del liderazgo de Perón para contrarrestar el poder partidario de los dirigentes sindicales (Gutiérrez, 2003). La muerte del líder habría supuesto una emancipación con respecto a la tutela de éste en lo que concernía a las propias estrategias partidarias de los dirigentes políticos.

En este punto, es relevante detenerse en la figura de José María Vernet, primer gobernador santafesino de la democracia y emergente de la estrecha asociación entre el peronismo de este distrito y los sectores gremiales metalúrgicos. Nacido en la ciudad de Rosario y graduado como Contador en la Universidad de la misma ciudad, no representaba ninguna línea interna propia en el PJ sino que era considerado un outsider[13]. Sin embargo, su vínculo con el peronismo se había gestado a través de su padre, quien había sido militante y asesor contable de diversos sindicatos (UOM, Calzado, Panaderos) durante los años cincuenta y sesenta. Al igual que su padre, Vernet se había especializado en la profesión de contador y en el asesoramiento en economía, había trabajado en organismos internacionales como la Organización de los Estados Americanos (OEA) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y al momento de la apertura democrática se desempeñaba como asesor en la UOM-Rosario. Según Marcelino Maina, la postulación de Vernet a la gobernación representó una “reducción a la unidad” (2012: 7) en el proceso de definición de las candidaturas entre las múltiples líneas internas del peronismo, pero era una unidad que expresaba –al igual que a nivel nacional– la hegemonía del sindicalismo metalúrgico[14]. Así Vernet apareció como un “árbitro” dentro de una estructura de relaciones de fuerza muy parejas entre sí y, a la vez, fragmentada.

La llegada al cargo de gobernador constituyó una bisagra en la trayectoria de Vernet. Este asesor contable inició una verdadera carrera político-partidaria, ocupando lugares clave (por lo menos, hasta 1987) en las distintas instancias electorales del PJ, tanto a nivel provincial como nacional. La primera de ellas fue la elección interna posterior a la derrota nacional de 1983 realizada en el Congreso del Teatro Odeón el 15 de diciembre de 1984[15]. Esa elección dejó una marca en la historia reciente del peronismo, precisamente, por el conflicto que se generó cuando Vernet fue designado vicepresidente 1° de la conducción nacional, junto con Lorenzo Miguel como vicepresidente 2° y el controversial Herminio Iglesias como secretario general, ambos representantes del sindicalismo más “ortodoxo” (Isabel Perón era la presidenta “formal” del partido). En esa oportunidad, un grupo de dirigentes –a posteriori, los “Renovadores”– le quitaron su apoyo por considerar que representaba a la dirigencia responsable de la derrota nacional del peronismo: los denominados “mariscales de la derrota”[16]. En ese marco, la nueva conducción intervino los distritos justicialistas de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Jujuy y Río Negro (Gutiérrez, 2001).

La disputa catalizó la conformación de un congreso paralelo en la ciudad de Río Hondo (Santiago del Estero), el cual erigió nuevas autoridades en torno de una mayoría todavía precaria y difusa, pero que estaba en abierto desacuerdo con la designación de Vernet y los demás integrantes de la conducción del partido y, por ende, con la imposición de la voluntad del sindicalismo “ortodoxo” (Ivancich, 2004). A nivel local, sin embargo, Vernet mantuvo el apoyo de las figuras más importantes del partido: el presidente del PJSF (Raúl Carignano) y su sector “Lealtad Peronista”, Víctor Reviglio y su Frente de Unidad Peronista, las 62 de Miguel Gómez y la Mesa Unificadora Ortodoxa de Antonio Vanrell (Baeza Belda, 2010; Maina, 2012).

El 23 de junio de 1985 se volvieron a realizar elecciones internas para cargos partidarios, esta vez mediante el voto directo de los afiliados. En ellas se enfrentaron dos listas que expresaban, a nivel local, la disputa entre “ortodoxos” y “renovadores” configurada a partir de la fractura del Congreso del Odeón. De un lado, se presentó el “Frente Peronista Río Hondo” (en alusión al mencionado congreso), el cual nucleó a quienes se habían opuesto a la conducción oficialista del partido a nivel nacional. En este grupo se encontraba el vicegobernador, Carlos Aurelio Martínez, Luis Rubeo (del sindicato de la Carne, enemistado con los metalúrgicos en ese momento) y Rubén Cardozo (dirigente sindical del SMATA Santa Fe, aliado de Rubeo). Del otro lado, se conformó la lista “Solidaridad Peronista”, con Carignano a la cabeza, Reviglio, Vanrell y los sectores de las 62 Organizaciones liderados por Gómez, la cual resultó ganadora (Baeza Belda, 2010; Maina, 2012).

Sin embargo, el alineamiento entre la presidencia partidaria local (Carignano) y el gobierno provincial (Vernet) tuvo corta duración[17]. Tras las elecciones legislativas nacionales de noviembre de 1985 –en las cuales el peronismo en su conjunto volvió a perder frente al radicalismo–, los sectores “ortodoxos” del partido fueron derrotados internamente por la naciente corriente “renovadora”, que concurrió de forma separada a los comicios[18]. La consecuencia de esos resultados fue que el presidente del PJSF, Raúl Carignano, se pasó a las filas renovadoras, provocando una crisis al interior del gobierno que se manifestó en el pedido de renuncia de todos los ministros del gabinete por parte de Vernet y en la división del bloque de Diputados justicialistas de la legislatura provincial (Baeza Belda, 2010; Maina, 2012).

En el marco de este nuevo posicionamiento –un poco más fiel a la disputa entre “renovadores” y “ortodoxos” que se libraba a nivel nacional o en otros distritos provinciales con más nitidez que en Santa Fe[19]– se llegó a las elecciones internas del 19 de octubre de 1986 para elegir candidatos a gobernador y vice e intendentes para las generales de 1987. En ellas se enfrentaron, luego de su definición mediante arduas negociaciones, dos listas: “Restauración Peronista”, autoidentificada como la lista “renovadora”, que llevaba como precandidato a gobernador a Carignano (apoyado por Grosso y Cafiero), quien se postulaba también para la reelección en la conducción del PJSF; y el “Frente para la Victoria” que impulsaba la fórmula Reviglio-Vanrell para la gobernación y a Vernet como presidente del partido. Fue esta segunda lista, apoyada nuevamente por las 62 Organizaciones de Miguel Gómez, la que resultó ganadora para la candidatura a gobernador por el voto directo de los afiliados, no sin impugnaciones de los resultados por parte de la fórmula derrotada. Carignano, sin embargo, retuvo la presidencia del partido. Nuevamente, el peso de la rama sindical hegemonizada por las “62” continuaba inclinando los resultados electorales a favor de las figuras por ella bendecidas.

El 6 de septiembre de 1987 el peronismo volvió a ganar las elecciones en la provincia de Santa Fe. En esta ocasión, el triunfo se definió por un margen histórico de 16 puntos (150.000 votos) por sobre la fórmula radical que componían Luis Cáceres y Juan Sylvestre Begnis (h)[20]. Sin embargo, el resultado sorprendió a ganadores y perdedores. Las razones de la sorpresa estaban fundadas en el visible resentimiento que había experimentado la administración de Vernet por diversos motivos: la resonancia de algunos casos de corrupción[21], las fuertes críticas por parte del radicalismo al desdoblamiento de las elecciones (nacionales y provinciales, por un lado, y municipales y comunales, por otro) y el hecho de que el partido había quedado en manos de la lista opositora a la del gobernador. Pese a ello, una vez más, el brazo “político” del sindicalismo hizo valer su poder, apoyando la candidatura de Reviglio en línea con lo actuado en los comicios internos (pese a que el candidato no provenía, esta vez, del riñón sindical)[22]. Como en 1983, Santa Fe se diferenciaba de otros distritos provinciales al obtener la victoria un candidato peronista “no-renovador” (Fernández, 1993: 42). En efecto, en Buenos Aires, Mendoza y Entre Ríos el peronismo volvía al poder de la mano de los sectores renovadores (Antonio Cafiero, José Octavio Bordón y Jorge Busti, respectivamente).

Un dirigente del peronismo santafesino nos relataba la importancia del sindicalismo en esta elección:

Si uno compara esa época con la actual, el peso específico de la rama sindical organizada dentro de la estructura partidaria en la definición de candidaturas era muy importante […] En la elección del ’87, si bien el gobierno de Vernet había tenido sus más y sus menos, había una sensación de corruptela que no era muy favorable para esas elecciones. Es más, muchos militantes creímos en ese momento que era muy posible que se pierda la provincia […] Y Reviglio tuvo una muy buena elección, contra todas las predicciones […] Ahí también funcionó mucho la estructura de apoyo sindical. No era como en el principio del gobierno de Vernet pero igual la organización de ese apoyo partidario en el proceso electoral dependió mucho otra vez de los sindicatos (José Weber, ministro de la Producción entre 1991 y 1994. Entrevista con la autora, 26/11/15).

Es cierto, sin embargo, que para esta ocasión las “62” actuaron de manera conjunta sólo por la circunstancia electoral y por la perspectiva de obtener futuros cargos en el gobierno de Reviglio. En efecto, las divisiones en el sindicalismo rosarino fueron persistentes y los intentos de unificación, escasos (Fernández, 1993). Para algunos autores, dichas divisiones se debieron a factores que iban desde diferencias político-ideológicas (por ejemplo, la disputa entre “renovadores” y “ortodoxos”), de tipo estratégicas (confrontar con el gobierno de turno, colaborar o mantenerse prescindente) y hasta personales entre los distintos dirigentes. Incluso, en un contexto adverso para el sindicalismo como lo fue la llegada de Reutemann al gobierno en 1991 (quien, como veremos, marginó a los sindicatos de los centros de toma de decisiones), las diversas cúpulas sindicales tampoco lograron trascender sus divisiones internas (ibíd.).

En efecto, así como se habían conformado dos CGT paralelas, también existieron desde la apertura democrática varias “62” que se disputaban la representatividad del sindicalismo peronista (Águila, 2008). En junio de 1987 “las 62” de Rosario habían institucionalizado su división entre las “62 Organizaciones Gremiales Peronistas” de Eugenio Blanco y “las 62” dirigidas por Miguel Gómez (Fernández, 1993)[23]. La división había reflejado, en parte, la postura “renovadora” y “ortodoxa” aunque el sindicalismo del sur de la provincia siempre se destacó por llevar adelante un comportamiento “equilibrado” que lo llevó a constituir “una línea equidistante entre el ‘confrontacionismo’” de Ubaldini o ‘los 25’ y la actitud negociadora de la UOM” (ibíd.: 54).

Otra lectura sobre la fragmentación del sindicalismo rosarino es que estas divisiones no expresaban más que diversas “corrientes de opinión” (Kohan, 1993: 43) hacia dentro de las organizaciones. Es decir que más que constituir clivajes ideológicos estables, lo que manifestaban eran las permanentes disputas de poder entre las distintas conducciones al interior de los gremios peronistas. En parte, por ello, estas agrupaciones solían unirse para las coyunturas electorales y dividirse luego de que éstas terminaran. Lo cierto es que, en el espacio local, la puja al interior del sindicalismo peronista estuvo más centrada en disputarse la representación de las “62” que en definirse como “renovadores” u “ortodoxos” (y lo mismo ocurrirá entre la dirigencia política del partido).

El gobierno de Reviglio trató de distribuir con bastante equidad cargos y posiciones entre los diversos sectores políticos y sindicales del justicialismo y entre las distintas líneas internas de estos últimos, lo cual le valió el enfrentamiento con Vanrell, fiel aliado de Gómez y de los metalúrgicos. Los dirigentes sindicales lograron colocar representantes suyos a la cabeza de la Secretaría de Trabajo –cartera específica del sector gremial que ocupó un dirigente del sindicato de la Carne–, tres subsecretarías de esta misma agencia estatal (repartida entre las distintas CGT) y un profesional ligado a su sector como secretario de Salud (Fernández, 1993). En este sentido, la de 1987 fue la coyuntura más favorable para realizar la unidad sindical. Sin embargo, “los compromisos políticos de los gremialistas y las propias características de la estructura sindical hicieron imposible acercar posiciones” (ibíd.: 44). A partir de allí, comenzaría la progresiva pérdida de poder del que había gozado el sindicalismo peronista hacia el interior de la estructura partidaria, en un distrito cuyas circunstancias y condiciones le habían otorgado una influencia más prolongada en el tiempo en relación a sus pares de otras regiones del país.

1.1.1 La “Desindicalización tardía” de la coalición dominante del PJSF

Pese a este panorama de división y de incipiente retroceso en el poder sindical (especialmente, del rosarino) dentro del peronismo santafesino, ¿podemos decir que la sindicalización del PJ en Santa Fe experimentó el mismo ritmo que a nivel nacional o que en otros distritos de similar tamaño como Buenos Aires, Córdoba o Mendoza?

Como venimos sosteniendo, la influencia de los gremios peronistas –sobre todo, de la UOM Rosario– en las designaciones para puestos clave de gobierno o de representación partidaria perduró en Santa Fe un tiempo más mientras que en otras jurisdicciones su merma se había empezado a sentir previamente. Esto se expresó en distintos niveles y cargos institucionales. Como lo describimos anteriormente, el peronismo santafesino logró ganar con holgura las elecciones a gobernador en 1987 postulando una fórmula en la cual una de sus partes (el vicegobernador Antonio Vanrell) provenía directamente del riñón metalúrgico de Rosario, siendo un dirigente de directa confianza del dirigente Miguel Gómez. Por el contrario, las fórmulas peronistas ganadoras en otras provincias (como Buenos Aires, Mendoza y Córdoba, todas cuna de importantes referentes de la Renovación Peronista) desterraron cualquier tipo de raigambre sindical.

Otro indicador de esta “tardía desindicalización” del PJSF se observa si se compara la evolución (en términos porcentuales) de la composición de los diputados nacionales de origen sindical de la provincia de Santa Fe en la Cámara de diputados de la Nación con respecto al total de los del bloque peronista de la Cámara, por un lado, y con respecto a los de Buenos Aires y Capital Federal (tomados en conjunto), por otro.

Cuadro n° 1. Diputados nacionales de origen sindical: total nacional, distrito Santa Fe y distritos Buenos Aires y CABA, en porcentajes (1983-1989)

Periodo legislativo

Santa Fe

Buenos Aires y CABA

Total Bloque Peronista

1983-1985

33,33% (3/9)

44,73% (17/38)

28,83% (32/111)

1985-1987

0 (0/4)

83,33% (15/18)

29,70% (30/101)

1987-1989

40% (2/5)

61,9% (13/21)

24,27% (25/103)

Fuente: elaboración propia en base a Gutiérrez (2001), Lacher (2015) y datos electorales disponibles en <http://www.andytow.com/atlas>. Para los diputados de Buenos Aires se contabilizaron el total de los diputados peronistas si iban en listas separadas, como sucedió en 1985. Tanto Gutiérrez (2001) como Lacher (2015) consideran que un diputado es “de origen sindical” en tanto y en cuanto haya ejercido un cargo dirigencial a nivel gremial con anterioridad o posterioridad al asumir el cargo parlamentario.

Como muestra el cuadro n° 1, observamos que la evolución de la composición sindical de los diputados nacionales santafesinos es diferente a la de Buenos Aires/CABA y al total del Bloque Peronista. ¿En qué sentido? Mientras la que corresponde al conjunto del bloque peronista de la Cámara y a los distritos Buenos Aires y CABA experimentan un aumento en 1985 y un decrecimiento en 1987, los que corresponden a Santa Fe se comportan de manera contraria. Llamativamente, la provincia no aporta diputados de origen sindical en 1985 (lo cual podría interpretarse como una derrota en la influencia del sector gremial para integrar las listas) mientras que hacia 1987 el sector aumenta su participación (40%) en una proporción mayor, incluso, que en 1983 (33,3%), cuando se encontraba en su momento de mayor poder al interior de la coalición dominante del partido.

Una interpretación de estos números es que el sindicalismo peronista santafesino –cuya influencia y participación fue crucial en las coyunturas de elección a gobernador (1983 y 1987), tanto para las designaciones de las fórmulas como en la movilización electoral y en el aporte de recursos económicos–, haya desestimado las instancias de elecciones de medio término donde no se jugaba la distribución del poder local. Todo lo cual coincide con los análisis de la literatura en cuanto al potente clivaje local de las disputas del sindicalismo peronista de la provincia y a la relativa autonomía y/o prescindencia con respecto a la dinámica partidaria nacional o a los clivajes del ambiente sindical propios de otros distritos (como la de “renovadores” y “ortodoxos” en Buenos Aires).

Ahora bien, a partir del siguiente recambio parlamentario en 1989 la tendencia en la participación de los dirigentes sindicales sería decreciente tanto dentro de las listas legislativas nacionales como en los cargos gubernamentales y partidarios[24]. En las elecciones de aquél año sólo un sindicalista participó de los primeros lugares en la lista de candidatos a diputados nacionales y fue electo (Gerardo Cabrera, del Sindicato de la Carne) siendo el último sindicalista en ocupar este lugar, mientras que en 1983 y 1987 habían participado tres y dos sindicalistas, respectivamente (Lacher, 2015). La participación en carteras ministeriales provinciales también conoció un marcado descenso pasando de ocupar dos carteras (Educación y Trabajo) entre 1983 y 1987, una cartera (Trabajo) en 1987-1991 y ninguna desde 1991 (ibíd.).

El panorama de las relaciones entre sindicato y gobierno cambió rotundamente con la llegada de Menem al poder en 1989 y, en la provincia, de Carlos Reutemann en 1991. Como dijimos, Reviglio intentó equilibrar las relaciones de fuerza entre gobierno y sindicatos al distribuir posiciones de poder entre los diversos sectores gremiales y políticos del PJ. Sin embargo, la declinación del poder partidario del sindicalismo santafesino no se debió solamente a la fragmentación de su estructura organizacional interna sino también a la falta de adaptación a los cambios programáticos (o de “línea política”, en términos de Panebianco, 1995) que supuso la llegada de Carlos Menem a la presidencia del país y, por ende, a la conducción del partido (Gutiérrez, 2001 y 2003; Levitsky, 2005). El nuevo programa neoliberal de gobierno (de reformas económicas y de la estructura del Estado) implicó la inviabilidad política de los proyectos sociales del movimiento obrero organizado, propios de un modelo de Estado interventor que había entrado en crisis.

En efecto, cada sector de la otrora poderosa CGT rosarina vio imposibilitado su propio proyecto político y social. El sector “confrontacionista” (expresado, típicamente, por la CGT calle Córdoba) vio cómo su discurso “intervencionista” del Estado como regulador de las relaciones laborales fue perdiendo aplicabilidad a medida que avanzaban las medidas de reforma estatal y de flexibilización progresiva de los sectores del trabajo. Por su parte, desde los sectores “participacionistas” (CGT calle San Martín), la conducta de un sindicalismo socio del Estado se fue resintiendo a medida que ese Estado se empezó a retirar de su rol de promotor de las relaciones laborales, quedando sometido a la protección gubernamental con el fin de conservar las ventajas que esta posición le proporcionaba (Fernández, 1993).

La “Cooperativa Santafesina” como coalición dominante del PJSF

Sin embargo, persistía un dilema clave irresuelto en el PJSF: el del liderazgo. Este no era, por cierto, un problema sólo del peronismo santafesino sino que constituía un factor central a resolver del funcionamiento organizacional de un partido carismático (Panebianco, 1995) y, por lo tanto, sumamente dependiente de la figura y las decisiones del líder. Algunos autores señalan, justamente, que el dilema principal del peronismo a nivel interno a la vuelta de la democracia había consistido en organizarse como partido en una situación de orfandad luego de la muerte de Perón (Arias, 2004; Maronese y otros, 1985; Mustapic, 2002; Palermo y Novaro, 2003; Yannuzzi, 1996).

Hay que recordar, además, que esta fuerza política había padecido una dispersión, fragmentación y represión de sus cuadros políticos de izquierda y sindicales de base durante la dictadura, de dimensiones mayores que la sufrida por otros partidos (Maina, 2014; Palermo y Novaro, 2003; Yannuzzi, 1996) como, por ejemplo, la UCR y el PDP. En Santa Fe el radicalismo tenía entre sus cuadros a figuras importantes como Luis Cáceres, Aníbal Reynaldo y Adolfo Stubrin, conductores de la Junta Coordinadora Nacional y del sector alfonsinista de Renovación y Cambio, quienes lograron una importante renovación de sus autoridades durante el periodo militar y mantuvieron una gran movilidad interna (Aboy Carlés, 2001a; Palermo y Novaro, 2003; Yannuzzi, 1996). Por su parte, el PDP (tercer partido provincial en importancia) había ejercido el gobierno de algunas ciudades (por ejemplo, Rosario) y colaborado con el gobierno de facto en la gestión provincial posibilitándole a su principal líder, Alberto Natale, posicionarse rápidamente como candidato a gobernador en 1983 luego de renunciar a su cargo como intendente rosarino (Águila, 2008; Maina, 2014; Yannuzzi, 1996).

La dispersión interna que experimentaron los cuadros políticos del PJ los encontró en 1983 en una situación en la cual no tenían demasiada certeza sobre cuál era la fuerza relativa de cada sector y sobre cuál de los liderazgos podría imponerse, finalmente, entre los demás. El proceso de definición de candidaturas fue complejo, en parte, por la multiplicidad de jefes políticos que reclamaban para sí ser representantes de una línea interna del partido (Maina, 2012). Según Marcelino Maina, se podían contabilizar un mínimo de 20 corrientes internas en el peronismo para las elecciones de aquél año (2012: 5).

De este cuadro de situación se desprenden dos consecuencias. Por un lado, como describimos más arriba, debió buscarse una figura que se posicionara por encima de los diversos sectores en pugna, siendo José María Vernet el elegido para cumplir ese rol. Por otro lado, bajo una lógica de integración tradicional de las agencias del Estado (esto es, armar el gobierno teniendo como motivación principal sostener las redes de base del partido de gobierno y, en especial, mantener la cohesión partidaria) [Scherlis, 2010], el futuro gobernador debió permitir la representación de esos múltiples sectores en su estructura de gobierno, incluidos los dirigentes sindicales, tanto los de la lista ganadora en la interna (n°6) como los de su competidora (n°2), que poseía una estructura sólida y muy extendida en todo el territorio provincial encabezada por el dirigente Luis Rubeo. Al respecto, expresaba Rubeo:

[Vernet] no había conducido ninguna línea en la provincia. Él era una expresión nueva aún cuando sus antecedentes militantes tuviesen antigüedad; él no había sido una expresión acrisolada, un conductor de sectores que poseyera hombres alineados detrás de él. Así que imagino que lo que él hizo fue expresar lo que había sido el comicio. Hombres de la lista 2 y de la lista 6 [en la composición del gabinete] (Luis Rubeo, cit. en Acosta, 1987: 245).

Pese al intento de integrar a todos los sectores del partido en el gobierno, la ausencia de un liderazgo que condujera a la coalición dominante hizo que las disputas entre las distintas líneas fueran una constante a lo largo de todo el mandato de Vernet, agravadas por el hecho de que el presidente del PJSF –Raúl Carignano– se movía con autonomía respecto de la línea del gobernador, como describimos en el apartado anterior. A ello había que sumarle los vaivenes por los atravesó el partido como fuerza opositora a nivel nacional durante los primeros años de la vuelta del régimen democrático (Baeza Belda, 2010; Maina, 2012).

A diferencia de figuras como las de Cafiero en Buenos Aires, Menem en La Rioja, Saadi en Catamarca, Bordón en Mendoza o De la Sota en Córdoba, el peronismo santafesino careció durante estos años de un único líder que controlara el partido y se impusiera por sobre los diversos sectores. En palabras de Vernet, en Santa Fe se había configurado “algo muy raro”:

Acá se dio algo muy raro. El justicialismo no estaba para ser verticalizado, no delegaba la conducción estratégica, no aceptaba el asesoramiento. Cada uno estaba en su propia verdad […] Ellos [querían] imponer un modelo en que yo era el administrador y todos los demás eran los políticos (José María Vernet, cit. en Acosta, 1987: 213).

Esta configuración de múltiples líneas internas participando con cuotas similares de poder en el gobierno del partido y del Estado, por un lado, y la ausencia de un liderazgo partidario fuerte, por otro, fue nominada por los propios actores como la de una “Cooperativa”. Así lo define un entrevistado:

No había un liderazgo fuerte: Reviglio era uno de los líderes, Rubeo era otro de los líderes, Carignano era otro de los líderes, Cardozo era otro de los líderes […] que se juntaron y armaron lo que se llamó la Cooperativa (José Weber, ministro de la Producción entre 1991 y 1994. Entrevista con la autora, 26/11/15).

La etiqueta de la Cooperativa se convirtió, incluso, en un término que amerita ser interpretado en sí mismo. En efecto, su significado fue variando a lo largo del tiempo en función de los vaivenes organizativos y de representación por los que fue atravesando la coalición partidaria y según el posicionamiento de los distintos actores en cada coyuntura. Desde el punto de vista del gobernador Vernet, la idea de la Cooperativa tuvo en su origen un sentido positivo, entendido como un “método de construcción política” en una organización partidaria compuesta por una variedad de liderazgos e, incluso, como un concepto que remitía a un universo relacionado con la pluralidad y la participación de “todos” los sectores:

[En 1983] estábamos todos dispersos […] era una anarquía total […] Ahí nace lo que, después, trataron de desvalorizar –el propio peronismo, entre ellos, Carignano, con la Interdepartamental–, que era el concepto de la Cooperativa como método de construcción política. Surge como un criterio de un formado en economía, como yo […] ‘Acá cada uno tiene su quintita, se pelea con el vecino […] Acá hay que juntar todo y poner una conducción peronista’ […] donde se le de lugar a todos y soportar a todos […] También tenía que servir para evitar el continuismo [de una misma persona en el poder] (José María Vernet, entrevista del Archivo de Historia Oral. Programa Historia y Memoria, UNL, 29/10/2010).

Por su parte, uno de quienes habían perdido aquella interna de 1983 como precandidato a gobernador, Luis Rubeo, utilizaba la categoría con un tono irónico para referirse al oportunismo que habría caracterizado el armado de la lista opositora a la suya (la Interdepartamental n° 6, ganadora):

Los votos de la otra lista [la lista 6] eran votos de sectores que se habían unido nada más que para la contienda electoral y que luego se dividieron apenas terminada ella. Por eso es que apareció la candidatura de Taparelli por un lado, la de Cevallo por el otro, y la de Vernet por el otro. Se unieron para disputar el poder conmigo. Terminado el comicio se dividieron. Como siempre aconteció. Por eso yo digo que fue una ‘cooperativa’ (Luis Rubeo, cit. en Acosta, 1987: 242).

En otra ocasión (para el armado de la nueva conducción nacional que encabezó Cafiero en 1988), el gobernador de entonces, Víctor Reviglio, se refiere en una entrevista televisiva a una conversación con quien era uno de los integrantes de la mesa negociadora del peronismo a nivel nacional, José Luis Manzano, quien, al ver que por lo menos cinco dirigentes santafesinos querían integrar la lista (Vernet, Reviglio, Cardozo, Rubeo, Cevallo), habría expresado: “Pero, ustedes [por los santafesinos], ¡son una cooperativa!” (“Palabra”, programa televisivo de la ciudad de Santa Fe, 24/6/10, [disponible en] <https://www.youtube.com >).

Como vemos, la idea de Cooperativa podía utilizarse tanto en un sentido positivo como negativo pero expresaba, por debajo de esas acepciones, la existencia de una pluralidad de liderazgos. No remitía a una situación objetiva, como se ha interpretado, vinculada a la existencia de “un núcleo de poder muy poderoso dentro del peronismo santafesino” (Baeza Belda, 2010: 1347) sino que, por el contrario, indicaba la falta de una única conducción que concentrara el poder. Era una manera de designar –en este caso particular– el lugar vacío dejado por el “líder”.

La etiqueta de la Cooperativa constituyó, entonces, en el distrito santafesino el modo de nominar a la coalición dominante del PJ entre 1983 y 1991. El término suplantó, así, otras denominaciones que expresaron otro tipo de clivaje sobre el modo de relacionamiento al interior del peronismo en otros distritos, como las de “Ortodoxia” o “Renovación”[25]. En efecto, se delineará como una frontera política (Aboy Carlés, 2001a) contra la cual Carlos Reutemann definirá los límites de su discurso y de su armado electoral durante la campaña de 1991 y, luego, en el marco de la disputa por liderar el partido hacia 1993 (cfr. Capítulo 3).

Ya hacia finales de la década del ochenta la denominación de “Cooperativa” desplazará su significado, adquiriendo una connotación negativa por parte de los sectores internos que se oponían a la coalición dominante del partido representada desde 1988 por su presidente, el gobernador Víctor Reviglio. Como veremos en el próximo capítulo, esa nueva percepción entenderá que la toma de decisiones partidarias se realizaba por medio de mecanismos oscuros, no democráticos y cerrados hacia el interior de la coalición dominante, sobre todo en lo concerniente a la selección de candidatos para los distintos cargos. La pérdida de las elecciones municipales en 1989 movilizará opiniones críticas sobre esta dirigencia, refiriéndose a ella como “la cooperativa de seis o siete dirigentes que ordenan cuotas de poder” (Enrique Vallejos, diputado nacional entre 1987 y 1993, EL, 12/12/89), o “las viejas cooperativas políticas ac[uerd]an candidatos a espalas de la gente” (Jorge Obeid, intendente de la ciudad de Santa Fe entre 1991 y 1995, EL, 16/6/91).

En efecto, aunque el peronismo santafesino recurrió a poco de iniciarse el periodo democrático a elecciones directas para elegir candidatos a cargos partidarios y a cargos públicos, y lo hizo en reiteradas ocasiones (1985, 1986 y 1988), dicho procedimiento estuvo siempre atravesado por acusaciones cruzadas de fraude e ilegalidad y por pedidos de impugnaciones de los resultados (Maina, 2007; Baeza Belda, 2010)[26]. El estado de conflictividad entre los distintos sectores se suspendía en el momento de las elecciones generales (a las cuales el peronismo concurría unido), pero luego recomenzaban las disputas en vistas a las elecciones siguientes. Algunos autores hablan, por ello, de una dinámica de “eterna interna” en el PJSF durante los años ochenta (Maina, 2007; Baeza Belda, 2010) ya que combinaba procedimientos democráticos con prácticas reñidas con esa lógica, en una organización cuya ausencia de liderazgo le impedía estabilizar esos sucesivos conflictos internos.

Ahora bien, más allá de la etiqueta, ¿fue también la Cooperativa una lógica de distribución de poder y de cargos en la práctica partidaria y gubernamental del peronismo santafesino? ¿De qué manera se institucionalizó dicha distribución durante los gobiernos de Vernet y Reviglio? El reparto de los cargos gubernamentales se realizó, efectivamente, distribuyendo las distintas áreas ministeriales y agencias estatales entre los líderes que componían la coalición “cooperativa”. El cuadro n° 2 muestra el reparto de los gabinetes iniciales de cada uno de los gobiernos de la Cooperativa entre los distintos sectores del partido:

Cuadro N° 2. Gabinete inicial (1983 y 1987) y sector del PJSF a cargo

Cartera

ministerial

1983

Vernet

Sector partidario (línea interna o referente)

1987

Reviglio

Sector partidario (línea interna o referente)

Hacienda y Finanzas

Oscar Ensinck

Sin dato

Rodolfo Martínez

Sin dato

Gobierno, Justicia y Culto

Eduardo Cevalo

Cevallo

Alberto Didier

Sin dato

Salud, Medio Ambiente y Acción Social

Víctor Reviglio

Reviglio

Guillermo Weisburg

Cevallo

Educación y Cultura

Domingo Colasurdo

Luis Rubeo (sindical-Carne)

Jorge Fernández

Carignano

Obras Públicas

José Montes

Sin dato

Alberto Joaquín

Reviglio

Agricultura, Ganadería, Industria y Comercio

Horacio Bonazza

Guillermo Berli (Peronismo Histórico)

Rodolfo Vacchiano

Ex P.D.C.[27]

Secretaría de Estado de Trabajo y Previsión Social

Oscar Barrionuevo

Sindical (Obras Sanitarias)

Rodolfo Escobar

Sindical (Gastronómicos)

Fuente: elaboración propia en base a Baeza Belda (2010), Lacher (2015), Maina (2012) y Seminara y Acosta (1997).

El primer dato evidente que se observa es que todas las primeras líneas ministeriales pertenecían al PJ, a excepción de Rodolfo Vacchiano (ministro de Agricultura) que provenía de la democracia cristiana. En segundo lugar, se observa el reparto de las distintas carteras entre los principales referentes de las líneas internas del partido (Cevallo, Reviglio, Rubeo, Carignano). Por último, se advierte la asignación de la cartera laboral a los sectores del sindicalismo peronista en los gabinetes de ambos gobiernos, expresión del lugar reservado al “tercio sindical” en los distintos cargos y, especialmente, en el ministerio específico que se ocupaba de administrar desde el Estado provincial las relaciones laborales y el mundo de lo social. Sin embargo, se observa una merma en la participación de este sector entre uno y otro gobierno ya que durante la gestión de Vernet también el sindicalismo estuvo al frente de la cartera de Educación y Cultura (Lacher, 2015). Además, es relevante destacar que ambos secretarios de Trabajo alternaron sus cargos en el gabinete ejecutivo con otro en el ámbito legislativo: Escobar fue diputado provincial entre 1983 y 1987 y Barrionuevo lo fue entre 1987 y 1991.

Este es sólo un indicador del modo como la coalición peronista de los años ochenta distribuía cargos públicos en base a un criterio estrictamente organizacional, en la búsqueda de mantener lo más ordenadas posible las relaciones internas del partido, mientras no había una única conducción definida que gobernara dichas relaciones. Otro ejemplo se observa en el ámbito de las empresas estatales de entonces. En 1983 la distribución fue la siguiente: la DIPOS (Aguas) y la EPE (Energía) fueron asignadas al sector de Eduardo Cevallo (ministro de Gobierno), bajo la dirección de Juan Carlos Triglia y Alberto Joaquín (a posteriori, candidato a intendente de Rosario), respectivamente; el BPSF fue para Jorge Domínguez (un economista del peronismo que será intendente de Buenos Aires entre 1994 y 1996); y la Lotería de la provincia quedó para Mario Scallerandi, representante de la UOM.

Este esquema de distribución de cargos de gobierno estallará en la década del noventa en razón de dos factores principales. Uno, la sanción de la ley de Lemas que, al eliminar el mecanismo de selección de candidatos por medio de elecciones internas, otorgará mayor autonomía al candidato ganador con respecto a la organización partidaria bajo la cual se presentó a la disputa electoral (los candidatos serán seleccionados directamente por la ciudadanía en un mismo acto electoral donde se define también el ganador de la elección general). Además, el partido estará intervenido por las autoridades nacionales entre 1991 y 1993. Dos, la emergencia del liderazgo de Reutemann que –por su estilo representativo– prescindirá de este tipo de compromiso para con los dirigentes de la coalición partidaria y distribuirá su gabinete en base a otros criterios (la confianza personal y/o la expertise técnica) entre los cuales la extracción partidaria o la experiencia como político profesional será uno entre otros elementos para la selección de sus funcionarios. Además, compondrá un gabinete en el cual la representación partidaria será múltiple y no exclusivamente justicialista, y el componente sindical será inexistente. La motivación del reclutamiento ya no será, entonces, de tipo organizacional sino que estará puesta al servicio de los objetivos gubernamentales del jefe de Estado (Scherlis, 2010), en el marco de un proceso más general de estatalización del los partidos políticos y de su constitución como redes para-estatales (ibíd.).

Conclusiones. Fragmentación, desindicalización tardía y ausencia de liderazgo partidario: las especificidades del Partido Justicialista de Santa Fe durante los años ochenta

El caso de la organización del PJSF como el de una estructura fuertemente fragmentada, con múltiples líneas internas y liderazgos, con riesgos recurrentes de rupturas e impugnaciones de los procedimientos que la misma organización se daba a sí misma, combinado con efectividad electoral y capacidad para procesar (de alguna manera) ese estado de fuerte conflictividad, no es específico ni una novedad de este caso provincial. Han sido numerosos los análisis sobre el modo en el que el peronismo de la historia reciente procuró permanecer como el partido predominante del sistema político argentino (en sus distintos niveles jurisdiccionales) en ausencia del vértice en torno al cual, en el pasado, convergía y se procesaba el alto grado de discusión, fragmentación y horizontalidad que caracterizó siempre a esta organización: el líder del movimiento.

En efecto, el pragmatismo con el que este partido ha operado desde la vuelta de la democracia para garantizarse su permanencia en el gobierno –sobre todo, a partir de la promoción del cambio de reglas electorales pero también de innovaciones en los liderazgos y en los modos de presentarse los candidatos a la ciudadanía–, ha sido advertido por una multiplicidad de estudiosos de casos donde el peronismo gobierna o ha gobernado, en los distintos niveles (nacional, provincial o municipal): Jujuy, Santa Cruz, Santiago del Estero, Buenos Aires y sus municipios, Salta, La Rioja, son algunos de los grandes bastiones del peronismo de los últimos treinta años cuyo éxito se explica, en parte, por la capacidad de adaptación del partido a los cambios que le presentaba el ambiente o entorno organizacional (Panebianco, 1995)[28].

Desde este punto de vista, el peronismo santafesino de los años ochenta se comportó como una organización partidaria que, a partir de su victoria electoral en el contexto de derrota histórica de la fuerza a nivel nacional, procuró su gobernabilidad (interna y externa) y su permanencia en el poder instrumentalizando distintos mecanismos que le permitieran procesar una situación de fuerte fragmentación interna y de ausencia de liderazgo. En efecto, disentimos con la lectura (negativa) de que el PJSF se vio imposibilitado de superar y resolver sus constantes desafíos mediante la “vía novedosa para la tradición partidaria: las elecciones internas” (Maina, 2016: 175), y que sólo fue capaz de contener las tendencias centrífugas de la organización sobre la base de su “identidad fuerte” (Macor e Iglesias, 1997 citado en Maina, ibíd.). En otras palabras, sostenemos que el mecanismo de elecciones internas promovió –más que obstaculizó– la institucionalización y el procesamiento de los conflictos en el PJSF.

Sin subestimar el componente identitario del peronismo (al que le dedicaremos el capítulo 5) el análisis en clave organizacional nos permitió advertir que el PJ de este distrito experimentó una fluida y rica vida institucional interna que se prolongará, incluso, durante los primeros años del gobierno de Reutemann al frente de la organización y de la provincia (y que analizaremos en profundidad en el capítulo 3). En efecto, la realización regular y continuada de ciertas prácticas (típicamente, las elecciones directas pero también los congresos partidarios para definir candidaturas y tratar diversas reglas atinentes a la organización interna, los permanentes debates publicitados en la prensa entre las numerosas líneas y agrupaciones internas, la rutina de proveer los altos cuadros de gobierno desde el partido, etc.) constituyeron mecanismos que encontraron y negociaron entre sí los integrantes de la coalición dominante para enfrentar la situación de empate de fuerzas entre los distintos liderazgos de la llamada “Cooperativa Santafesina”. Más aún, el peronismo santafesino fue pionero en la puesta en práctica del voto directo de los afiliados para la selección de candidatos y autoridades partidarias desde 1985, práctica que mantuvo hasta el año 1988, cuando en otros distritos este procedimiento se implementó con posterioridad y tuvo un alcance más limitado en el tiempo (como en la provincia de Buenos Aires, emblema del discurso sobre la “democratización del peronismo”, donde para ese año la composición de la conducción partidaria y de los candidatos a elecciones generales se definió mediante un acuerdo de cúpula).

En esta misma línea argumental, consideramos que la desindicalización del partido que, aunque tardía, tuvo finalmente su concreción hacia finales de la década, se debió menos a la “debilidad” que suponía la existencia de reglas informales (como el “tercio” sindical y el poder de las 62 Organizaciones para nominar candidatos) que le garantizaban al sector influir en la dinámica partidaria (Lacher, 2015) que a los desafíos programáticos y estructurales que les imprimió a las organizaciones sindicales un nuevo ambiente configurado en torno a reformas estructurales de la economía y del Estado. En el caso de Santa Fe, no fue tanto la pérdida del control de esas instituciones informales la que le quitó poder partidario al sindicalismo (que, según vimos, se adaptó al cambio de las mismas logrando influir en las candidaturas de los más altos cargos gubernamentales incluso hasta 1987), sino el progresivo deterioro de las relaciones laborales tal como estaban estructuradas en la etapa del modelo industrializador desplegado en el país desde la segunda mitad del siglo XX y al declive del modelo de Estado interventor que sufrirá, con el advenimiento del menemismo, transformaciones radicales.

En el próximo capítulo nos adentraremos en el proceso de crisis de la coalición dominante de la Cooperativa, expresado en la pérdida del control de los recursos partidarios por parte de sus principales autoridades y en la deslegitimación del mecanismo de las internas partidarias que había garantizado, hasta este momento, el funcionamiento de la estructura organizacional tal como se había constituido desde 1983.


  1. Para el cargo de presidente la UCR obtuvo el 51,75% de los votos contra el 40,16% del PJ, partido que pese a ello sólo perdió las elecciones a gobernador en 8 de las 23 provincias argentinas. A nivel provincial, la UCR obtuvo las gobernaciones de las otras cuatro provincias más importantes del país: Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos y Mendoza. En Santa Fe, la elección presidencial también fue favorable al radicalismo: 50, 21% (UCR) y 42,94% (PJ) [Tow, 2014].
  2. Santa Cruz, La Pampa, San Luis, Santa Fe, Chaco, Santiago del Estero, Formosa, Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja.
  3. La provincia de Santa Fe constituye el tercer distrito electoral del país (con 3.194.537 habitantes según el Censo Nacional de Población 2010, INDEC), luego de las provincias de Buenos Aires y Córdoba. Es una provincia con una importantísima producción manufacturera industrial (19,27% del PBG, 2013), algo por debajo de la de la provincia de Buenos Aires (24,72%, 2013). La población económicamente activa se encuentra mayormente ocupada en el sector privado (50,94%) y, dentro de éste, en la industria manufacturera (INDEC, 2010). Además, el complejo industrial de harina y aceite de soja del Gran Rosario (ubicado al sur de la provincia) es el más importante del mundo a nivel de concentración geográfica y el más importante en términos de exportación de soja y sus derivados del país (Bolsa de Comercio de Rosario, www.bcr.com.ar).
  4. El peronismo históricamente dividió su estructura organizacional en base a la regla informal de las tres “ramas” o “tercios”: política, sindical y femenina. Esta regla indicaba que los cargos partidarios y electivos se debían distribuir en tres tercios para cada una de las ramas. La institución de los “tercios” empezó a perder efectividad a nivel nacional a partir de 1985, con el cuestionamiento que generó en el partido el surgimiento de la Renovación Peronista, crítica de los sectores sindicales “ortodoxos”. Así, los sindicatos fueron perdiendo su status de “rama” para pasar a constituir sólo uno entre los múltiples sectores en los que estaba compuesto el PJ. Al respecto, cfr. Levitsky (2005).
  5. La ciudad de Rosario (cabecera del departamento homónimo) es la más populosa y desarrollada de la provincia. El departamento Rosario posee casi el 40% de la población de la provincia (Censo 2010). Cuenta con el cordón industrial-manufacturero más importante de Santa Fe y con una intensa actividad comercial y de servicios.
  6. Como en todo el país, el peronismo en Santa Fe estuvo proscripto desde 1955 hasta 1973. Sin embargo, en 1958 apoyó al primer gobierno de Carlos Sylvestre Begnis votando por la UCRI (1958-1962), y en el segundo mandato de Sylvestre Begnis (1973-1976), ya votó como FREJULI, una alianza entre el PJ y la antigua UCRI (Maina, 2014).
  7. Para una descripción detallada de la serie de huelgas contra la dictadura entre los gremios locales, en respuesta o en rechazo a las directivas de las conducciones nacionales, cfr. Águila (2008).
  8. Estrictamente, la UOM había abandonado la CGT calle Córdoba cuando ésta se convirtió en CGT Regional Rosario en 1982. Asimismo, Miguel Gómez –secretario general de la UOM Rosario– también se retiró de la CGT Azopardo –en torno de la cual estaba alineada la central local– cuando Lorenzo Miguel asumió como secretario general de la CGT nacional en 1983 y reunificó las centrales. Este respaldo le será retribuido por el dirigente nacional apoyando al candidato de la UOM Rosario, José María Vernet, y reconociendo a las 62 Organizaciones de Gómez como las legítimas –puesto que eran varias las agrupaciones que se disputaban dicho título–.
  9. La resistencia a la dictadura desde los sindicatos más organizados radicados en la zona urbana de Rosario recién empezó a agitarse hacia 1980, al calor de la crisis económica (deterioro del mercado interno, aumento de precios de productos de primera necesidad, despidos, cierre de establecimientos) que culminó con la renuncia de Martínez de Hoz al Ministerio de Economía (Águila, 2008). Los sindicatos más politizados y combativos conformaron la CGT de la Resistencia, pero tuvo corta duración. La explicación del retraso en la organización de manifestaciones obreras puede radicar en que, a diferencia de la Capital Federal, en las zonas “periféricas” la dictadura tuvo efectos más desestructurantes y devastadores sobre sus delegados y militantes (Kohan, 1993; Yanuzzi, 1996).
  10. La lista n° 2 “Unidad” integraba, entre otros, al Movimiento de Reafirmación Doctrinaria de Luis Rubeo, la Coordinadora de Acción Justicialista de Tomás Berdat y Gualberto Venesia, la Lista Azul y Blanca de Celestino Marini y Rubén Cardozo del sector sindical (SMATA). La lista n° 8, “Justa, Libre y Soberana”, se identificaba con el MUSO de Cafiero y Bittel y estaba encabezada por Edgardo Calafell y Amado Saleme. Y la lista n° 4, “Verticalidad”, un sector de la juventud encabezado por De Cándido.
  11. Para una descripción detallada del curso de los acontecimientos, cfr. Acosta (1987).
  12. Esta extrema fragmentación al interior del partido constituyó una constante y se reeditará también con el cambio del sistema electoral provincial hacia la Ley de Lemas en 1990 (cfr. capítulo 2).
  13. Los demás precandidatos a gobernador (todos de Rosario) sí tenían una militancia previa en el PJ. Juan Carlos Taparelli provenía de la rama “política” del PJ y era una histórico dirigente, Eduardo Cevallo (que luego bajó su precandidatura) tenía un pasado en el Partido Comunista y había ingresado al peronismo desde el Frente Estudiantil Nacional en los años setenta; y Luis Rubeo, representante del Sindicato de la Carne que desarrolló más una carrera política que sindical.
  14. El poderoso gremio de la UOM contaba en 1983 con 400.000 afiliados (Seminara y Acosta, 1997).
  15. El congreso estuvo atravesado por escenas de violencia física y verbal, entre las que se destacaron las efectuadas contra el entonces gobernador de La Rioja, Carlos Menem. La conducción allí formalizada no contó con el quórum reglamentario debido a que más de la mitad de los dirigentes abandonaron la asamblea a causa de las agresiones y en disconformidad con la conducción oficial (Brachetta, 2007; Ivancich, 2004).
  16. Se denominó “Mariscales de la derrota” a los dirigentes de la “vieja guardia” que monopolizaron el poder partidario a nivel nacional desde 1976, en cuya cabeza se encontraban Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias –candidato derrotado a gobernador de Buenos Aires y presidente del PJ bonaerense–, pero también estaban incluidos en esa denominación Ítalo Lúder y Felipe Bittel quienes, si bien no provenían del sector sindical, habían sido candidatos a presidente y vice, respectivamente, del peronismo derrotado en 1983. Cfr. Maronese y otros (1985). Para un análisis de la derrota de Iglesias en Buenos Aires, cfr. Ferrari (2009).
  17. Expresión de ese alineamiento momentáneo fue el hecho de que en Santa Fe el peronismo fue unido en las elecciones legislativas como “Frente Justicialista de Liberación” (FREJULI), obteniendo la misma cantidad de bancas que el radicalismo (4) aunque salió segundo en la elección (Tow, 2014). Por el contrario, en Buenos Aires el peronismo había ido dividido entre el FREJULI (ortodoxo) y el Frente Renovador de Cafiero. En Capital Federal, ya había ganado las internas el sector renovador representado por Grosso. A nivel nacional, el peronismo había ido fragmentado a las elecciones en tres sectores: FREJULI (conducción nacional restaurada en el Congreso de Santa Rosa, La Pampa), FREJUDEPA (Cafiero) y PJ (gobernadores no alineados con la conducción nacional ortodoxa) [Ivancich, 2004].
  18. Sobre la victoria del Frente Renovador Buenos Aires, cfr. Ferrari (2011); en Capital Federal, cfr. Luoni (2011); en Mendoza, cfr. Mellado (2010) y en Córdoba, cfr. Closa (2010) y Reynares (2012).
  19. El hecho de que el justicialismo ganara la provincia en 1983 licuó la discusión entre “renovadores” y “ortodoxos”, mezclándose dirigentes y prácticas relativas a cada uno de los grupos (Fernández, 1993). Esto hizo que fuera realmente difícil establecer quiénes se encontraban en un bando o en otro (Baeza Belda, 2010).
  20. Los números fueron: PJ, 44,11% (671.265), UCR, 28,01% (426.250) y PDP, 13,80% (210.062). El PJ concurrió en alianza con el PDC (LC, 7/9/87).
  21. El más resonante por esos días fue el escándalo que produjo la comprobación de irregularidades en la venta de partes del Puente Colgante (en la ciudad de Santa Fe), una de cuyas pilas se derrumbó durante el mandato de Vernet. El material rescatado se llevó al puerto de la ciudad, donde quedó en custodia del gobierno provincial, y meses después fue vendido como chatarra (LN, 30/12/01).
  22. Reviglio –médico de profesión– provenía de la militancia en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) durante el periodo de la Resistencia Peronista. Mientras estudió en la Universidad Nacional de Córdoba se incorporó a los sectores vinculados a Guardia de Hierro. Sin embargo, en el ámbito gremial se desempeñó como asesor de la Unión de Tranviarios del Automotor (UTA) de la seccional Santa Fe a mediados de los setenta (Lacher, 2015) y presidió la Sociedad Médica de Santa Fe antes de ocupar su primer cargo público en 1973 como subsecretario de Salud Pública de la provincia. Sobre su trayectoria completa, cfr. Lascurain (2018).
  23. Miguel Gómez era el secretario general de la CGT Unificada, y Eugenio Blanco de la UOM Rosario desde que Gómez le dejó ese cargo en 1985 (ibíd.).
  24. Cfr. Capítulos 3 y 4.
  25. Si bien dicho clivaje tuvo algunos efectos en los posicionamientos de las diversas líneas internas del partido (como cuando se ponían en juego cargos nacionales y en una sola elección interna local en el año 1985), éste no constituyó una frontera que dividiera con nitidez los agrupamientos al interior del PJSF. Menos aún cuando se ponían en juego candidaturas y cargos de nivel provincial. Los propios actores reconocían que “[n]i el congreso del Odeón ni el de Río Hondo expresan íntegramente estas necesidades de renovación profunda del justicialismo […] Quienes hoy lo enfrentan al gobernador han concurrido a Río Hondo como resultado de la disputa provincial y no como expresión de una voluntad renovadora que en esta provincia encarna el contador Vernet y las autoridades electas del Partido Justicialista” (Eduardo Cevallo, Ministro de Gobierno, EL, 9/2/85, citado en Maina, 2016). En el mismo sentido, ante la pregunta de “¿por qué armaron una línea distinta a la de la Renovación?” a un dirigente entrevistado, que era en esa época un militante de base alineado con Antonio Vanrell y el sector más “ortodoxo” del PJ, nos respondió: “¿Si te digo la verdad, no lo recuerdo bien, porque ahí hubo un movimiento muy raro, muy dinámico en ese momento y nosotros no estábamos pensando en eso. Nosotros estábamos más en lo local (…) para nosotros era muy importante lo que pasaba localmente y Vanrell era parte más de la ortodoxia que de la Renovación” (Roberto Bursich, militante de base del PJ Rosario durante los ochenta y noventa. Funcionario del Ministerio de Desarrollo Social entre 2003 y 2007. Entrevista con la autora, 13/9/16). El propio Vernet fue “el candidato de las (ortodoxas) 62” en 1983 y ministro de la Producción de Cafiero en 1987, llegando casi a ser su compañero de fórmula en las internas presidenciales de 1988. Sobre el recorrido sinuoso y ambiguo de las trayectorias de los dirigentes del PJSF en los bandos renovador y ortodoxo, cfr. Baeza Belda (2010).
  26. El PJSF eligió autoridades partidarias y candidatos a cargos legislativos nacionales mediante el voto directo de los afiliados en la interna del 23 de junio de 1985, mucho antes de que este mecanismo se aplicara en distritos como Buenos Aires, Mendoza, Córdoba o Capital Federal, de los cuales provenían los principales líderes de la Renovación (Cafiero, Bordón, De la Sota y Grosso). En provincia de Buenos Aires el voto directo se aplicó por primera vez en noviembre de 1986; en Capital Federal y Mendoza, en mayo y diciembre de ese año –respectivamente– y en Córdoba recién a partir de 1988.
  27. El PJ había ido en alianza con el PDC en las elecciones de 1987.
  28. Para un análisis de los casos mencionados, cfr. Vaca Ávila, 2017; Sosa, 2014; Farinetti, 2012; Ortiz de Rozas, 2014; Ferrari, 2009, 2010 y 2011; Levitsky, 2005; Maidana, 2013.


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