Otras publicaciones:

12-4388t

9789877230178-frontcover

Otras publicaciones:

9789877230017_frontcover

9789877230031_frontcover

Capítulo 2: la metáfora y la metonimia

2.1. Introducción

Nada hay en la naturaleza que no podamos nombrar ni mentar en conexión con otras cosas (Cicerón. De oratore, III, XL, 161).

Habiendo abordado el tema del cambio lingüístico, se procederá a explicar una de sus motivaciones: la metáfora conceptual y la metonimia. Se trata de nociones tan estrechamente vinculadas (e, incluso, para algunos autores identificadas) que resulta necesario describirlas en conjunto. Este capítulo responde al objetivo teórico de caracterizar estos procesos conceptuales en orden a relacionarlos con el de la recategorización de las palabras.

La noción de metáfora es una de las más importantes para los estudios sobre el cambio semántico[1]. Ha sido tema de reflexión desde la Antigüedad. El primer tratamiento sistemático de la metáfora fue llevado a cabo por Aristóteles (Kirby, 1997: 518; Vaquera Márquez, 1984). Luego se desarrollaron distintos aspectos retóricos y literarios comprendidos en los planteos del estagirita (Schuhmacher, 1987-1988; Martínez de la Rosa, 2002: 53). Sin embargo, es en las últimas décadas cuando se ha dado una explosión de estudios sobre este asunto, con una tendencia marcada a relacionar lenguaje y pensamiento, que forma parte del llamado “giro lingüístico”[2].

En la actualidad existe una gran cantidad de teorías sobre la metáfora. En este tema se entrecruzan los ámbitos de diversas disciplinas científicas. Gibbs (1992) afirma que es posible reunir los aportes de gran parte de estos abordajes teóricos. Además, realiza un recorrido por las principales teorías existentes –que se desarrollarán a continuación– y sugiere que se distinguen entre sí principalmente por centrarse en diferentes estadios temporales de la comprensión (reconocimiento, interpretación o apreciación) o por centrarse ya sea en el proceso mismo, ya sea en la expresión metafórica resultante de ese proceso (Gibbs, 1992: 577).

En este capítulo, se detallarán las diversas concepciones sobre la metáfora que se han sucedido históricamente, sintetizadas con metáforas, pues, como señala Derrida (1997: 2), “No puedo tratar de ella sin tratar con ella, sin negociar con ella el préstamo que le pido para hablar de ella”[3]. La teorización que se desarrollará más extensamente es la de la metáfora conceptual, que se ajusta al objetivo de esta investigación. Luego, se contrastarán y relacionarán los conceptos de metáfora y metonimia. Finalmente, se hará una síntesis de lo desarrollado.

2.2. La metáfora en la Antigüedad: epiphora del nombre (movimiento traslaticio)

Como se dijo, la metáfora y la metonimia han sido comprendidas de diversas maneras a lo largo de la historia. Con este apartado, se inicia un recorrido histórico por las metáforas sobre la metáfora. Las visiones de la metáfora que se distinguirán son las siguientes: como ephiphora (movimiento traslaticio), como figura retórica o adorno que sustituye al nombre propio, como anomalía, como acto de habla, como principio omnipresente del lenguaje y la interacción, como tensión, como pensamiento y como mezcla.

Kirby (1997: 517) señala que los estudios sobre la metáfora hunden sus raíces profundamente en el pasado, “tan atrás como Heráclito”[4]. El tema ha sido estudiado desde diversas disciplinas. Aquí, se desarrollarán los planteos que conciernen más propiamente a la lingüística[5].

Una revisión del tratamiento de este asunto por parte de Aristóteles está más que justificada, pues fue el estagirita quien legó los términos que fueron utilizados por tantos años en los estudios sobre el tema (Kirby, 1997: 518); fue el primero en hacer un tratamiento sistemático y definir la metáfora (Di Stefano, 2006: 23). Antes de pasar directamente a lo desarrollado por el filósofo, se examinarán las concepciones acerca de la metáfora de otros tres autores clásicos, a saber, Homero, Isócrates y Platón, en orden a explicar mejor la visión aristotélica del fenómeno.

2.2.1. La metáfora en Grecia antes de Aristóteles

Kirby (1997: 521) señala que Homero fue famoso por sus símiles, los cuales fueron enmarcados por Aristóteles como una subespecie del género metáfora. Homero solía presentar primero la expresión metafórica que los resumía, v. gr., vino una nube de soldados a pie, y, a continuación, desarrollaba esta expresión en varias líneas[6].

Isócrates fue quien acuñó el término metáfora. Este filósofo encuadró su discurso en términos de la distinción griego cotidiano-dicción ornamental (disponible para los poetas). La metáfora pertenecía, para él, al ámbito del discurso ornamental, que incluía, además de la metáfora, las palabras extranjeras y las nuevas. El discurso cotidiano, en cambio, solo contenía para Isócrates las palabras e ideas ordinarias, claras y relevantes (Kirby, 1997: 524).

Esta lista muestra semejanzas y diferencias con la Retórica y Poética de Aristóteles. En la Poética, Aristóteles lista ocho recursos: la palabra ordinaria, la extranjera, la metáfora, la palabra ornamental, la palabra nueva, la palabra alargada, la acortada y la forma alterada.

En la Retórica[7], Aristóteles afirma que los términos ordinarios, los nativos y la metáfora se usan solo en la prosa, lo cual se opone a lo propuesto por Isócrates. Kirby asevera que Aristóteles se distingue de Isócrates en este punto de manera consciente, teniendo en cuenta las ideas de Isócrates. Es más, cree que las concepciones diversas de ambos filósofos respecto de la metáfora justifican que la coloquen en ámbitos estilísticos opuestos[8].

En cuanto a Platón, muchas de sus ideas fueron retomadas por Aristóteles y subvertidas por él, en ocasiones. Según comenta el estagirita, Platón utiliza el verbo metapherein con el sentido de ‘transferir’. Con este verbo, hace referencia a la traslación de nombres de una lengua a la otra[9] o de la ficción a la realidad[10]. Al igual que él, Aristóteles otorga a la metáfora un sentido de ubicuidad, como se verá más adelante.

Platón hace uso de la metáfora sobre todo en su formato de analogía (v. gr., su imagen del alma en un carro tirado por dos caballos). Sin embargo, no teoriza directamente sobre ella. Por otra parte, Platón no usa el término metaphora para referirse a estos casos, sino eikón (esp.: ícono), palabra usada en el sentido general de “imagen, imaginación, ilustración” (Kirby, 1997: 530). Eikón significa la representación de algo (concreto o abstracto) a través de otra cosa. Platón no profundiza en la relación entre mímesis y metáfora. Sobre este asunto se pronunciará con mayor detalle Aristóteles.

2.2.2. La metáfora en Aristóteles

La metáfora es tratada por Aristóteles fundamentalmente en dos obras, la Poética y la Retórica, pues el filósofo le atribuye dos funciones, una poética y una retórica. La función poética es la de lograr el estilo adecuado para purificar las pasiones en la tragedia y la función retórica es la de contribuir al buen decir y a la persuasión en otros tipos de discursos (políticos, jurídicos, etc.).

Dentro de la función poética de la metáfora se ubican las disquisiciones sobre la relación de la metáfora con la mesis. En cuanto a la función retórica de la metáfora, es interesante destacar que es por su condición de cotidiana (a la vez que noble) y por poder elevar o derribar (i. e., ser eufemística o disfemística)[11] que resulta muy apropiada para argumentar.

Aristóteles define la metáfora como la “traslación de un nombre ajeno, o desde la especie al género, o desde el género hasta la especie, o desde una especie a otra especie, o según la analogía” (Poética, 1457b 7-9). Aunque en esta definición hable de un traslado del nombre, el filósofo no reduce el fenómeno de la metáfora ni a la palabra ni al sustantivo, como puede observarse aquí: “decir que el hombre honrado es un cuadrado es una metáfora porque ambos son perfectos, pero no indica una acción en marcha. Mas decir que posee un vigor floreciente es una acción […]. Lanzándose con sus pies, lanzándose es acción y metáfora” (Aristóteles, Retórica, 1411b 26-31).

Es fácil imaginar ejemplos de metáforas de especie a especie. Ejemplos del género a la especie y viceversa se pueden encontrar si se piensa en metonimias y sinécdoques[12]. El estagirita (Poética, 1457b 17-21) define la analogía de la siguiente manera:

Entiendo por analogía el hecho de que el segundo término sea al primero como el cuarto al tercero; entonces podrá usarse el cuarto en vez del segundo o el segundo en vez del cuarto; y a veces se añade aquello a lo que se refiere el término sustituido. Así, por ejemplo, la copa es a Dionisio como el escudo a Ares; [el poeta] llamará, pues, a la copa escudo de Dionisio y al escudo, copa de Ares[13].

Etimológicamente, metáfora significa ‘llevar a través de’ (meta + phor/pher). Metapherein es ‘transportar de un lugar a otro’ (Derrida, 1997: 1), sin olvidar que también cabe en el prefijo meta el ‘ir a través de’ (Rodríguez, 2013: 20). Se trata de trasladar el nombre que designa de ordinario a un ítem a otra realidad, a la que alude figurativamente y le transfiere significado. Aristóteles utiliza también el término epiphora[14], que agrega un matiz de significado. El prefijo epi significa ‘ir más allá de los límites’. El significado de epiphora es, entonces, ‘acumulación de una cosa sobre otra’, acumular la nueva designación inusual de un nombre sobre su nombre usual.

El inventario de especies incluidas por el filósofo en el género metáfora es el siguiente: (a) del género a la especie, (b) de la especie al género, (c) de la especie a la especie y (d) la analogía (A = B = C = D). Aristóteles muestra su preferencia por la última clase de metáforas: “de las metáforas, que son de cuatro clases, son especialmente estimadas las que se fundan en la analogía” (Retórica, 1411a 1-2). Sobre la analogía, agrega que “lo de decir a través pone la cosa ante los ojos” (Retórica, 1411b 3-4). Continuando con la idea traslaticia que está en el mismo nombre de la metáfora, el filósofo afirma que esta “pone el objeto ante los ojos” (Retórica, 1411b 6, 9, 22-23).

El filósofo griego también incluye las imágenes comparativas en la metáfora:

La imagen es también metáfora, ya que la diferencia es pequeña; porque si se dice que Aquiles saltó como un león es una imagen, mas cuando se dice que saltó el león es una metáfora, pues, por ser ambos valientes, llamó león en sentido traslaticio a Aquiles […]. Hay que aplicarlas como las metáforas, porque son metáforas que difieren en lo que hemos dicho” (Retórica, 1406b 20-26)[15].

El estagirita deja espacio en la metáfora también a ciertos usos de otros recursos retóricos como los proverbios y la hipérbole (Retórica, 1413a 15-22). Otro aspecto que destaca es que la metáfora, al igual que el uso de los términos extranjeros y las formas inusuales de la lengua, busca causar impresión y alejarse del modo común de hablar[16]. No obstante, el filósofo griego afirma también que la metáfora está presente en la vida cotidiana: “Todos hablan con metáforas, con los nombres corrientes y con los específicos”[17].

Aristóteles señala, además, que la metáfora es propia del lenguaje de quien tiene el don de encontrar la semejanza entre las cosas: “dominar la metáfora […] es, en efecto, lo único que no se puede tomar de otro, y es indicio de talento; pues hacer buenas metáforas es percibir la semejanza” (Poética, 1459a 6-8)[18].

Otro punto importante de la teorización del filósofo es que ubica la metáfora en el ámbito del pensamiento, no solo en el del arte (si es que ambos pueden separarse). La percepción poética de la semejanza guarda en Aristóteles una analogía con la contemplación teórica (Trueba, 2004: 30). Las metáforas “parten de la analogía” y “perciben (theōreîn; no aísthēsis) una cierta semejanza” (Trueba (2004: 29-30). “El don de percibir la semejanza es esencial para el conocimiento, pues es lo que permite al hombre encontrar el universal en los particulares. Y este don se manifiesta en el arte en la mesis, en el autor, y en el reconocimiento placentero de esta por parte del receptor” (Gonzalez, 2013: 114)[19].

Este reconocimiento es conocimiento; la metáfora provee conocimiento, lo cual resulta placentero al hombre. Sobre la metáfora como método de enseñanza, Aristóteles afirma lo siguiente:

Las palabras inusitadas o glosas las desconocemos, las palabras propias las sabemos ya, y es la metáfora la que nos enseña especialmente, porque cuando se llama a la vejez paja se da una enseñanza y una noción por el género[20], pues una y otra cosa han perdido la flor. Producen también las imágenes de los poetas el mismo efecto, por lo que si se aplican bien, resulta un estilo elegante. Pues es la imagen, como hemos dicho antes, una metáfora que se diferencia en que lleva adelante un añadido; por eso es menos agradable, ya que es una expresión más larga (Retórica, 1410b 13-20)[21].

Otros aspectos interesantes sobre la metáfora distinguidos en la Retórica son los siguientes. En primer lugar, la necesidad de que la metáfora sea apropiada, i. e., que el lenguaje no familiar suene natural, que la metáfora no llame la atención como un uso no natural en el discurso[22]. En segundo lugar, la afirmación de que la metáfora se usa a veces para nombrar cosas que no tienen un nombre propio[23].

Esta última aseveración es un punto en común de la teorización aristotélica con la teoría cognitiva de la metáfora, en particular, con el modelo de inclusión de clases[24]. Di Stefano (2006: 25) resalta este punto:

Aristóteles se refiere a un caso particular de metáfora en la que hay “un traslado a una cosa de un nombre que designa a otra”, pero en la que no hay sustitución ya que “la cosa carece de nombre establecido”. Las consecuencias teóricas de esta reflexión –la principal es que la metáfora cumpliría la función de llenar un vacío léxico– fueron prácticamente ignoradas por la tradición posterior, pero están en el origen de algunas teorías actuales sobre la metáfora que rechazan la definición por sustitución.

Algunos otros puntos en común entre la teorización de Aristóteles y la que actualmente ostenta la Lingüística Cognitiva son los siguientes: (a) la metáfora no solo se ubica en el ámbito del lenguaje, sino también en el del pensamiento; (b) la metáfora incluye otros procedimientos como la analogía y el símil (Gonzalez de Requena Farré, 2016: 290).

Para Lakoff y Johnson (1980)[25], autores que revitalizaron el concepto de metáfora e inauguraron la corriente cognitivista de estudios sobre el tema, la metáfora es un mecanismo del pensar. Estos autores entienden este concepto de modo genérico, pues incluyen en él otras nociones que algunos separan: consideran que la metáfora incluye el símil e incluso –con ciertos matices semánticos y pragmáticos que luego se discutirán– la metonimia[26].

2.3. La metáfora en la Retórica: ornatus y sustituto del nombre propio

Ricoeur (1980 [1975]) en su libro La metáfora viva llama la atención sobre el hecho de que la metáfora es para el estagirita algo que afecta al nombre (y no al discurso)[27]. Además, hace notar que Aristóteles define la metáfora en términos de movimiento, pues, para el filósofo griego, consiste en transponer un nombre extraño. Estas ideas fueron tomadas por los teóricos posteriores, que hablaron de desviación y de sentido figurado/no figurado (o propio) y circunscribieron la metáfora al ámbito de la palabra[28].

Las poéticas y retóricas posteriores a Aristóteles (v. gr., Quintiliano, Cicerón) consideraron que en la metáfora el nombre extraño “sustituye” al ordinario, como puede apreciarse en la explicación de Lausberg (1967 [1960]: 57-58):

El tropus en cuanto inmutatio pone una palabra no emparentada semánticamente en lugar de un verbum proprium. Por tanto, el tropus es, propiamente hablando, una improprietas […]. La voluntas semántica del hablante con esa palabra introducida en el contexto mienta la significación de la palabra desplazada: el tropus comunica, pues, a la palabra empleada trópicamente una nueva significación que el hablante expresa mediante su voluntas semántica y que el oyente reconoce por el contexto de la frase y de la situación.

Por esta concepción sustitutiva de la metáfora, la retórica del ornato dio un valor informativo nulo a la metáfora, excepto en los casos de catacresis (Di Stefano, 2006: 21). La catacresis es definida por Black (1954-1955: 280) como “el uso de una palabra en algún sentido nuevo en orden a remediar un vacío en el vocabulario. La catacresis es poner nuevos sentidos en viejas palabras. Pero si una catacresis sirve para una necesidad genuina, el nuevo sentido introducido se va a convertir pronto en parte del sentido literal”[29]. El ejemplo que proporciona este autor es el de la aplicación del nombre de la fruta denominada naranja al color naranja.

La visión retórica de la metáfora desarrolló un aspecto de la teoría aristotélica sobre la metáfora: su uso como figura retórica; en particular, como un tropo o verborum inmutatio (Lausberg, 1967 [1960]: 57)[30]. El fin de los tropos es el ornatus, esto es, el uso de recursos retóricos con el fin de engendrar una delectatio en el público para predisponerlo a escuchar y asentir a lo que dice el poeta u orador (Lausberg, 1967 [1960]: 50)[31].

Es necesario aclarar que cuando se habla de la visión retórica de la metáfora como una figura de ornato no se hace referencia a la retórica de Aristóteles ni a las retóricas medievales. Di Stefano (2006) diferencia tres visiones retóricas de la metáfora: la de Aristóteles (que no solo es retórica), la de las retóricas medievales y la de las retóricas modernas. Las últimas son calificadas por Di Stefano (2006: 21) como “retóricas restringidas, devenidas catálogo clasificatorio de figuras y de tropos, y alejadas del enfoque discursivo general y filosófico en que se enmarca la reflexión aristotélica”. Estas últimas son, principalmente, las retóricas de la metáfora ornamental. Fontanier (siglo XVIII) es uno de los autores que se ubican dentro de esta corriente, que se extiende hasta el siglo XIX[32].

Según Ricoeur, la retórica como arte de la persuasión, abarcaba tres campos: la argumentación, la composición y la elocución. “Su reducción a esta última, y de esta a una simple taxonomía de figuras, explica sin duda que la retórica haya perdido su vinculación con la lógica y con la misma filosofía, y se haya convertido en una disciplina errática y vacía que se extinguió el siglo pasado” (Ricoeur, 1980 [1975]: 46). Esta reducción del campo de estudio retórico a las figuras se centró principalmente en los tropos, y –dentro de estos– en el binomio metáfora-metonimia, “a costa de reducir la metonimia a la contigüidad y la metáfora a la semejanza” (Ricoeur, 1980 [1975]: 72).

En síntesis, los presupuestos que subyacen a un enfoque retórico restringido de la metáfora son los siguientes:

  1. Hay palabras con sentidos propios y otras con sentidos impropios o figurados.
  2. Cuando no se encuentra o no se quiere usar la palabra propia, se busca una impropia (préstamo).
  3. Entre el sentido figurado del préstamo y el sentido propio de la palabra ausente existe una relación de semejanza[33].
  4. Explicar o comprender la metáfora consiste en encontrar la palabra apropiada ausente.
  5. La metáfora no añade información nueva. Si la restitución del término propio anula la sustitución, entonces, el elegir una metáfora es solo algo ornamental[34].

2.3.1. Los conceptos retóricos de símil, metáfora, metonimia y sinécdoque

En esta sección, se repasan y comparan las características de las principales figuras retóricas, según el enfoque desarrollado en el apartado previo. La primera de estas figuras es el símil. Un símil o comparación es aquella figura que destaca el parecido o comunidad de elementos entre dos realidades, mediante la partícula comocual o tal, o bien utilizando el verbo parecer o bien el adverbio así.

Se pueden encontrar símiles con frecuencia en las epopeyas clásicas de Homero y Virgilio, en la Biblia y en poemas didácticos como la Divina comedia de Dante Alighieri. Los símiles pueden ser reversibles (v. gr., espadas como labios = labios como espadas) o graduados (la gramática admite tres grados de comparación: de inferioridad, igualdad y superioridad) y pueden hallarse asociados a otros recursos retóricos como el exemplum[35].

Como ya se expresó, Aristóteles ubica el símil dentro del género metáfora[36]. La retórica posterior invirtió la relación entre estos términos, pues consideró que las metáforas eran símiles implícitos o abreviados[37]. La particularidad del símil o comparación estaba en el hecho de que siempre necesitaba que los dos elementos comparados se hallaran explicitados y se encontraran unidos por la partícula como.

Sobre este particular, Ricoeur aclara que “la ausencia del término de comparación en la metáfora no implica que la metáfora sea una comparación abreviada, como se dirá a partir de Quintiliano, sino lo contrario, es decir, que la comparación es una metáfora desarrollada” (Ricoeur, 1980 [1975]: 43). Desde esta plataforma interpretativa, la comparación es una metáfora que varía el modo de presentación: es menos elegante, pues es siempre más larga que la metáfora; además, es demasiado explícita. La metáfora, en cambio, es enigmática, pues une términos inconciliables diciendo cosas reales[38]. Como dice Aristóteles, “los enigmas bien formulados agradan porque nos enseñan algo, y tienen forma de metáfora” (Retórica, 1412a, 23-25).

Avanzando cronológicamente, Croft y Cruse (2008), exponentes de la Lingüística Cognitiva, establecen diferencias cualitativas entre estos dos procedimientos basadas en el criterio del modo en que se relacionan los dominios cognitivos en cada procedimiento. En el símil, los dominios permanecen separados, mientras que en la metáfora se fusionan.

Para visualizar esta diferencia se pueden comparar los siguientes ejemplos de Croft y Cruse (2008: 279):

(2) a. Metáfora: Un dolor de cabeza comenzó a boxear con mi cerebro.
(2) b. Símil: Mi dolor de cabeza era una sensación como la de un boxeador golpeando mi cerebro.

Sin embargo, es necesario aclarar –como lo hacen los mismos Croft y Cruse– que existen metáforas y símiles menos prototípicos, metáforas muy restrictivas y símiles con una relación entre dominios muy abierta. Además, existen combinaciones de metáforas y símiles (v. gr., pensamientos agresivos cruzaban en mi mente como un millar de estorninos). Incluso, el símil puede ser ubicado dentro de la metáfora si se la entiende en un sentido amplio y más cognitivo, pues, mentalmente, es inevitable hacer la proyección de dominios al leer/escuchar un símil.

¿A qué hace referencia esta noción de dominio que ha entrado en escena? Los “dominios cognitivos” o “dominios conceptuales” han sido definidos de diversas maneras en la Lingüística Cognitiva. Martínez, García Cumbreras, Díaz Galiano y Montejo Ráez (2014: 35) los definen como “cualquier organización coherente de experiencia”, i. e., representaciones mentales de cómo se organiza el mundo (Cuenca y Hilferty, 1999: 70).

Para Lakoff (1987, 1991), un dominio cognitivo es un modelo cognitivo idealizado: un conjunto coherente de conocimientos de naturaleza enciclopédica, a veces muy simplificados e incluso equivocados. Un concepto relacionado con el de dominio es el de espacios mentales (Fauconnier y Turner, 1998, 2002; Traugott y Dasher, 2002: 75; Geeraerts, 2006: 14), que se explicará más adelante.

El concepto de dominio cognitivo también se puede relacionar con la noción de ámbitos de atención (Croft y Cruse, 2008: 77)[39]. Si bien se pueden distinguir una de otra, las dos nociones son afines. La base/dominio/marco (Croft y Cruse las mencionan de esta manera, en conjunto, como categorías equivalentes) es la entidad semántica experiencial sobre la cual se perfilan los conceptos, i. e., adquieren un significado particular. En el caso de sobrina, por ejemplo, si bien su definición presupone un sistema de relaciones de parentesco, es solo una porción de dicho sistema la que resulta relevante para la definición del concepto (Croft y Cruse, 2008: 44-45).

Las nociones que se acaban de mencionar a la par, base/dominio/marco, surgieron de teorizaciones diversas y ponen de manifiesto diferentes matices. La teoría que les dio lugar al concepto de marco es la de los marcos semánticos (Fillmore, 2006 [1982]). El concepto de dominios, que se ha definido arriba, toma forma en los estudios de Langacker (1987) y se vincula a los modelos cognitivos idealizados de Lakoff (1987), como ya se explicó[40].

La noción de base se relaciona con los ámbitos de la predicación/atención. Las significaciones lingüísticas constan de un perfil y una base (Langacker, 1987: 118-119). La base es el conjunto de dominios cognitivos pertinentes y necesarios para caracterizar el significado de una expresión. Tiene una dimensión conceptual y una cultural. En su vertiente conceptual, el significado de madre, por ejemplo, se define por hechos biológicos; en su vertiente cultural, en cambio, conlleva asociaciones como el brindar cariño y alimentar. Las bases son, entonces, estructuras coherentes de conceptos relacionados porque coocurren en situaciones de la vida real (Geeraerts, 2006: 16). Por ello, podrían resumirse en la noción de base los conceptos de conocimiento enciclopédico, marco y guion (Schank y Abelson, 1979).

El perfil es aquella subestructura dentro de la base que la expresión asociada designa conceptualmente. Los conceptos perfil y base guardan un cierto paralelismo con los de figura y fondo, tomados de la psicología de la Gestalt (Rubin, 1914; Köhler, 1929; Ash, 1985). Por ejemplo, el significado básico del vocablo parte solo puede entenderse en relación con un todo. Cuando se piensa en una parte, se piensa en un todo que la contiene (de lo contrario, se estaría pensando la parte en sí misma como un todo)[41].

Entre los bloques de conocimiento basado en la experiencia, que aquí se denominan dominios, se establecen redes conceptuales. Hay dominios básicos, que no presuponen a otros, v. gr., el espacio, el tiempo, la temperatura, la presión y las emociones, y dominios que presuponen los dominios básicos (Barcelona Sánchez, 1997: 27).

Retornando al tema del tratamiento de la metáfora en los estudios retóricos, cuando aparecen los dos términos (presente y evocado) se trata de una metáfora in praesentia o metáfora impura. Cuando no aparece el término presente, sino solo el metafórico, se está ante una metáfora pura.

Existe, además, otro criterio de clasificación de las metáforas: el modo en que estas se realizan lingüísticamente. Siguiéndolo, pueden establecerse las siguientes clases de metáforas: (a) metáfora simple o imagen: tus dientes son perlas, (b) metáfora aposición: tus dientes, perlas de tu boca, (c) metáfora de complemento preposicional del nombre: dientes de perla, perlas de dientes y (d) metáfora pura: las perlas de tu boca[42].

Por su parte, el término metonimia (meta: ‘a través de’ + ónoma: ‘nombre’) es un tropo que consiste en “poner en lugar del verbum proprium otra palabra cuya significación propia está en relación real con el contenido significativo ocasionalmente mentado” (Lausberg, 1967 [1960]: 70). Esta “relación real” puede ser de contigüidad espacial, temporal o causal, a diferencia de la sinécdoque, en la que la relación es de inclusión (pars pro toto, o totus pro parte), como en el ejemplo quedó sola con cuatro bocas que alimentar, construcción en la que las bocas se dicen por las personas que las poseen. Mientras que en la metáfora la relación entre los dos términos es paradigmática, en la metonimia la sustitución es sintagmática[43].

Existen varias clases de metonimias. Se enumeran aquí las principales:

  1. El efecto por la causa: mi dulce tormento (Arniches), por ‘mi mujer’.
  2. La causa por el efecto: cuando se clavan tus ojos en un invisible objeto (Bécquer).
  3. Lo físico por lo moral: hay en mis venas gotas de sangre jacobina (Antonio Machado).
  4. La materia por la obra: fio […] su vida a un leño [= barco] (Góngora).
  5. El continente por el contenido: tomar una copa.
  6. Lo abstracto por lo concreto: hacéis de la esperanza anatomía (Lope de Vega)[44].
  7. Lo concreto por lo abstracto: respetar sus canas (su vejez).
  8. El instrumento por su utilizador: el segundo violín.
  9. El autor por la obra: leyó a Virgilio.
  10. El lugar de procedencia por el objeto: el Burdeos me gusta más que el Montilla[45].

Tanto la metáfora como la metonimia y la sinécdoque poseen “grados de habitualización”, como indica Lausberg (1967 [1960]: 66, 78). Por otro lado, “el paso de la metonimia a la metáfora es fluido” (Lausberg, 1967 [1960]: 75). Este autor afirma, además, que la sinécdoque es un tipo de metonimia (Lausberg, 1967 [1960]: 76-77)[46].

Se pueden hacer más disquisiciones referentes a la inclusión de la sinécdoque en la metonimia y de esta en la metáfora, del mismo modo en que se realizaron arriba otras sobre la inclusión del símil en la metáfora. Sin embargo, este tema se retomará más adelante, ya enfocado plenamente desde la perspectiva de la metáfora conceptual.

2.3.2. Fontanier (1830) y la primacía de la palabra

Según Ricoeur (1980 [1975]: 76), “El tratado de Pierre Fontanier, Les Figures du discours (1830), constituye el trabajo que más se acerca al modelo retórico que hemos construido sistemáticamente”. ¿Qué son las figuras del discurso para Fontanier? “Son las formas, los rasgos o los giros más o menos notables y de un efecto más o menos feliz, por los que el discurso, en la expresión de las ideas, de los pensamientos o de los sentimientos, se aleja más o menos de la posible expresión sencilla y común” (Fontanier, 1830: 64, 179)[47].

¿Sobre la base de qué criterios define la figura Fontanier? En primer lugar, sobre la base del postulado de la desviación. En segundo lugar, el autor indica que el uso de la figura debe ser libre, aun cuando se haga de forma habitual. Esto dejaría de lado las catacresis. Este uso libre implica la sustitución, que una expresión haya sido sustituida por otra en virtud de una elección.

Dentro de las figuras, la metáfora queda clasificada dentro de los “tropos de una sola palabra o tropos propiamente dichos” (Ricoeur, 1980 [1975]: 83). El tropo es una clase de figura retórica o, más exactamente, “el término marcado entre todas las clases de figuras” (Ricoeur, 1980 [1975]: 84).

Fontanier lista las especies de tropos con base en “la relación por la que estos acontecen” (Ricoeur, 1980 [1975]: 85). El acontecer hace referencia al aparecer en virtud de una nueva significación de una palabra. La relación que causa el acontecer del tropo es la relación entre dos ideas: la primitiva de una palabra (significación propia) y la nueva que se le atribuye (sentido tropológico). Fontanier establece tres grupos de relaciones: (a) las de correlación o correspondencia, (b) las de conexión y (c) las de semejanza.

Las relaciones de correspondencia dan lugar a las metonimias (causa-efecto, instrumento-fin, continente-contenido, cosa-lugar, signo-significación, físico-moral, modelo-cosa); las de conexión, a las sinécdoques (parte-todo, materia-cosa, singularidad-pluralidad, especie-género, abstracto-concreto, especie-individuo); las de semejanza, a la metáfora. La metáfora para Fontanier consiste en “presentar una idea bajo el signo de otra más incisiva o más conocida” (Ricoeur, 1980 [1975]: 90).

Fontanier aclara que tradicionalmente la metáfora no ha sido dividida en clases como la metonimia y la sinécdoque. Sin embargo, el autor intenta hacer una clasificación utilizando como criterio el eje animado-inanimado. Las clases resultantes son cinco: (a) transposición a una cosa animada de lo que es propio de otra cosa animada; (b) transposición de una cosa inanimada, pero física, a otra inanimada, con frecuencia meramente moral o abstracta; (c) transposición de una cosa inanimada a una animada, (d) metáfora física de una cosa animada a otra inanimada y (e) metáfora moral de una cosa animada a otra inanimada (Ricoeur, 1980 [1975]: 89).

2.3.3. Le Guern y el grupo µ: la metáfora enfocada desde la semántica estructuralista

Dentro de la retórica moderna, Ricoeur sitúa los aportes de Le Guern (1973) y dos corrientes que dieron lugar a la llamada nueva retórica: el grupo µ (Dubois, Edeline, Klinkenberg, Minguet, Pire, y Trinon, 1970) y los trabajos de los filósofos Perelman y Olbrechts-Tyteca (1958), y de Toulmin (1993 [1958]).

Di Stefano (2006: 22) ubica a estos autores en el panorama de los estudios retóricos de la metáfora:

Si la retórica aristotélica había integrado una teoría de la argumentación, una teoría de la elocución y una teoría de la composición del discurso, veinticinco siglos más tarde el interés de la retórica reaparece fragmentado: el grupo µ retomó la tradición de la retórica restringida –reducida a una teoría de la elocución o del estilo– y trató de explicar las figuras, entre ellas la metáfora, a partir del modelo de análisis lingüístico vigente en la época: el análisis semántico-estructural. Las obras filosóficas […] retoman el interés por un tema que había sido dejado de lado por las retóricas modernas: la argumentación.

Con respecto a la primera línea de análisis nombrada –Le Guern y el grupo µ (segunda mitad del siglo XX)–, se trató de estudios lingüísticos desde el punto de vista del análisis semántico-componencial. Se revisaban los rasgos semánticos compartidos entre los términos de la metáfora y los que no compartían. Le Guern (1973) sostiene que en la metáfora ocurre una alteración sémica del lexema y que se explica por la supresión o suspensión momentánea de una parte de los semas constitutivos del lexema empleado.

Unos años más tarde, en 1981, Le Guern intentó explicar el valor argumentativo de las metáforas, pero siempre desde el análisis de rasgos semánticos. Partió de la idea de que la fuerza argumentativa de las metáforas era mayor que la de las palabras corrientes. Por ejemplo, burro no es peyorativo cuando designa al animal y sí lo es cuando se lo usa para hacer referencia a una persona. Los semas que se conservan en el uso metafórico eran, para el autor, semas evaluativos y por ello producían el efecto argumentativo. En el ejemplo presentado no se han seleccionado semas referidos a características “objetivas” de la especie, sino aquellos que son culturalmente marcados como negativos.

El autor francés sostiene que es más difícil refutar una metáfora que un término literal porque implica un trabajo de interpretación. El problema de este razonamiento es que se basa sobre el principio de que la comprensión de una expresión metafórica exige un mayor esfuerzo de interpretación que una expresión no metafórica, lo cual posee evidencia experimental en contra, como se explicará en el apartado 2.7.

Para cerrar el tema de la teorización de Le Guern sobre la metáfora, se señala que este autor propone una diferenciación de la metáfora en dos clases: la metáfora poética y la argumentativa. El criterio diferenciador de ambas es que las primeras son más exitosas cuanto menos convencionalizadas estén y con las segundas sucede a la inversa. Otra diferencia entre estos dos tipos de metáforas es el hecho de que la selección de semas debe ser muy clara en la metáfora argumentativa, lo cual no se le exige a la metáfora poética. Esta diferenciación entre metáfora poética y metáfora argumentativa puede resultar de utilidad para estudios que busquen matices entre estos dos tipos de usos metafóricos. Aquí interesa la metáfora en sentido genérico, como recurso cognitivo cotidiano que se utiliza en todos los géneros y registros.

2.3.4. El enfoque de la metáfora como recurso argumentativo

En los años 80, la obra de Angenot (1982)[48] retoma la tradición aristotélica integrando la retórica al análisis del discurso. Estudia la “función polémica” de la metáfora (Di Stefano, 2006: 22). Este autor analiza las figuras desde el marco teórico de lo que llama ideologemas, máximas ideológicas que subyacen a un enunciado.

A diferencia de los topica de Aristóteles[49], que son universales, los ideologemas son propios de cada cultura. Angenot (1982) sostiene que las figuras influyen en la intensidad persuasiva del discurso, así como otros rasgos de este. La metáfora cumple, entre otras funciones, la de instaurar una polémica. Angenot parte del supuesto ya enunciado para otras visiones de que la interpretación de la metáfora requiere que el lector establezca una serie de analogías.

Angenot identifica dos usos característicos de la metáfora en el discurso panfletario, en los que esta se despliega y conforma un campo metafórico: (a) argumentar y (b) remotivar las metáforas del discurso adverso para desvalorizarlo (v. gr., tomar la metáfora del pueblo judío como rebaño de Dios y hablar de sus balidos en común)[50].

Por su parte, la Nueva Retórica (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1958), en su intento de rescatar una teoría de la argumentación persuasiva, también ha considerado la metáfora como un tipo de enlace argumentativo que ofrece un fundamento a la estructura de lo real, en lugar de basarse en algún nexo de sucesión o coexistencia entre elementos preexistentes del mundo.

La visión de la metáfora de la Nueva Retórica puede sintetizarse con las siguientes palabras de Gonzalez de Requena Farré (2016: 291-292):

La Nueva Retórica de Perelman y Olbrechts-Tyteca recoge la idea de Richards de que la metáfora emerge de cierta interacción del tenor y del vehículo […][51]. En su concepción de la metáfora, estos autores entienden el enlace metafórico como una analogía condensada que propicia la fusión de algunos elementos del tema y del vehículo, que induce la asimilación de sus campos respectivos, con fines argumentativos y no meramente estilísticos. Por último, es útil señalar que no restringen la metáfora a los nombres, sino que señalan que puede estar en adjetivos, verbos, posesivos, etcétera.

2.4. La metáfora como anomalía

Quedan algunas teorizaciones más sobre la metáfora que podrían ser incluidas en la visión de la metáfora como sustitución, que se ha estado revisando hasta el momento. Gibbs (1992: 578) señala un punto de vista de la “metáfora como anomalía”, en el que ubica a los siguientes autores: Beardsley (1962, 1976), Bickerton (1969), Binkley (1974), Goodman (1968), Levin (1977), Loewenberg (1975), Mathews (1971), Stern (1983).

Esta visión propone que la comprensión de la metáfora procede del reconocimiento de que ciertas reglas o normas lingüísticas han sido violadas. En otras palabras, la comprensión de la metáfora, de acuerdo con el punto de vista de la anomalía, supone implícitamente un punto temporal en el que las expresiones son categorizadas como lingüísticamente desviadas.

Gibbs (1992: 578-579) identifica una serie de dificultades de aplicación de la visión anómala de la metáfora: muchas oraciones gramaticalmente desviadas no son consideradas usualmente como metafóricas. Por otro lado, no todas las expresiones metafóricas se hallan gramaticalmente desviadas (v. gr., la roca se está volviendo frágil con los años).

Algunos teóricos del punto de vista de la metáfora como anomalía proponen que las metáforas son identificables por su falsedad literal. Según esta perspectiva, cuando se comprenden emisiones como sos un ángel, el oyente inicialmente supone que el enunciado debe ser interpretado literalmente. Cuando advierte que la interpretación literal es falsa, pasa a identificar el enunciado como portador de una interpretación metafórica.

Como señala Gibbs (1992: 579-580), “El punto de vista de la anomalía solo puede explicar, en el mejor de los casos, algo acerca del reconocimiento de la metáfora (i. e., que una determinada cadena de palabras es metafórica). Sin embargo, no especifica nada acerca de la interpretación de la metáfora”[52].

El reconocimiento de la metáfora no tiene lugar fuera de la comprensión lingüística inmediata de todo el enunciado en el que opera. Como argumenta Gibbs (1992: 580), la investigación psicológica muestra que las personas encuentran rápidamente que muchas afirmaciones anómalas son metafóricamente significativas en un punto muy anterior a aquel en que estas declaraciones son vistas como anómalas en sentido estricto. En conclusión, la visión de la metáfora como anomalía intenta demostrar algo acerca de los productos del reconocimiento de la metáfora, pero no explica qué sucede durante el proceso de comprensión de la metáfora.

2.5. Richards (1936) y Black (1954-1955, 1962): la metáfora-interacción

2.5.1. Richards (1936). La metáfora como principio omnipresente en el lenguaje

Ricoeur (1980 [1975]) registra a Richards como iniciador de una nueva visión de la retórica, con su libro The Philosophy of Rethoric (1936). Con él, la retórica pasó a ser comprendida nuevamente (como lo era en la Grecia antigua) como una disciplina filosófica, cuyo objeto de estudio es el uso del lenguaje, i. e., el discurso. Agrega Ricoeur (1980: 111): el “pensamiento como discurso”, la comprensión y la incomprensión[53]. En esta clase de retórica, las taxonomías no son demasiado importantes.

La propuesta de Richards (1936) se basa en la idea de que todos percibimos semejanzas y hablamos a través de metáforas[54]. Sostiene que la metáfora no consiste en una desviación del modo normal de trabajar del lenguaje, sino que es el “principio omnipresente de toda acción libre de la lengua”[55] (Richards, 1936: 90), incluso en el lenguaje científico[56].

Preguntarse acerca del funcionamiento del lenguaje es preguntarse sobre el modo de operar del pensamiento, de los sentimientos y preguntarse por el modo de vivir del hombre. Por esa razón, el autor caracteriza a la metáfora como “comando de la vida” (a command of life) (Richards, 1936: 95).

La posición de Richards (1936) es crítica con respecto a la oposición entre sentido propio y figurado. Las palabras cambian de significado al variar de contexto; por lo tanto, no hay un significado más propio o más estable que otro. El significado de un enunciado no es la suma de los significados individuales. Hay un crecimiento e interacción de significados en la frase en contexto (Richards, 1936: 19)[57].

Así como el modo de significar del lenguaje es una combinación de significaciones de las palabras en conjunto, el principio de la metáfora es interactivo: “Cuando usamos una metáfora, tenemos dos pensamientos de cosas diferentes activos juntos y sostenidos por una sola palabra o frase, cuyo significado resulta de su interacción”. En este sentido, una metáfora son dos “pensamientos copresentes” (Richards, 1936: 93)[58]. Se trata de percibir, pensar o sentir una cosa en términos de otra (Richards, 1936: 116)[59].

Las dos ideas o términos que intervienen en la metáfora son lo que Richards (1936: 96) denomina “tenor” y “vehículo”. Por ejemplo, si se afirma que el tiempo vuela se proyecta el vehículo volar sobre el tenor tiempo. El autor acuña estos términos porque considera confusas las otras denominaciones existentes: (a) la idea original y la prestada; (b) lo que está siendo dicho/pensado realmente y aquello con lo que está siendo comparado; (c) la idea subyacente y la naturaleza imaginada; (d) el tema principal y aquello a lo que se asemeja; (e) la idea y la metáfora; (f) la idea y su imagen[60].

Ahora bien, existen diversos modos de interacción entre las dos partes de la metáfora, diversos grados de implicaciones entre ellas. En un extremo, el vehículo puede resultar una mera decoración, pero en el otro, puede tratarse del elemento más importante; el tenor puede ser una mera excusa para introducir el vehículo.

Por otra parte, la relación entre vehículo y tenor no solo es de semejanza, sino más amplia. Dentro de las relaciones que establecen se encuentra la disparidad (que –podría decirse– es cierto modo de semejanza), y también una actitud común al tenor y al vehículo que podemos tomar (v. gr., llamar a alguien osito de peluche para significar que genera ternura).

La metáfora mantiene unidas en una significación simple las significaciones de los dos elementos que la componen. Ambas significaciones se hallan presentes al mismo tiempo en el todo (la metáfora), pero desniveladas, pues es una de ellas la que describe a la otra. Richards (1936: 50) denomina a la relación entre tenor y vehículo “interanimación [interinanimation] de las palabras”[61].

Este concepto de interanimación hace referencia a que existe una dependencia mutua entre los significados de las palabras que conforman un enunciado, pues, “más de lo que suponemos comúnmente, las palabras de apertura tienen que esperar por las que las siguen para establecer lo que podrían significar –si, en efecto, eso queda alguna vez establecido” (Richards 1936: 50)[62].

La dependencia tenor-vehículo tiene grados. Richards (1936: 49) habla de una “escala de variabilidades dependientes”[63]. El autor sostiene que la dependencia de significados es mayor entre las palabras que conforman un discurso literario que entre las que posee uno técnico. En otros términos, resulta más fácilmente aislable el significado de una palabra, o explicable sin recurrir al resto del enunciado, cuando se está ante un discurso más técnico.

Como se dijo, la metáfora consiste en poner juntos dos elementos que pertenecen a distintos órdenes de la experiencia. Por ello, el autor afirma: “las palabras son el punto de encuentro en el cual las regiones de la experiencia que no pueden nunca combinarse se reúnen en la sensación o intuición” (Richards, 1936: 131)[64]. Entre estos dos órdenes se crea una tensión[65], que será mayor mientras más remotas sean las conexiones entre ellos.

Por último, se destaca una última idea de Richards (1936: 118-119). Una palabra puede ser a la vez literal y metafórica, puede soportar simultáneamente dos metáforas, puede tener dos significados al mismo tiempo. Esto sucede cuando una palabra presenta un tenor y un vehículo cooperando en un significado inclusivo: “Si no podemos distinguir tenor de vehículo, entonces podemos provisionalmente tomar una palabra como literal; si podemos distinguir al menos dos usos cooperantes, entonces tenemos una metáfora” (Richards, 1936: 119)[66].

2.5.2. Max Black (1954-1955, 1962) y su continuación de la teoría de la interacción

Max Black completó el enfoque interactivo de la metáfora (Ricoeur, 1980 [1975]: 120). Ya en 1955, el autor critica la reticencia de los filósofos y científicos a usar metáforas –lo cual restringe su poder de indagación– y el silencio que envolvió a este fenómeno del lenguaje durante tanto tiempo.

Black (1954-1955) realiza una distinción entre tres perspectivas: (a) la de la metáfora como sustitución, (b) la de la metáfora como comparación y (c) la visión interactiva de la metáfora, dentro de la cual se sitúa el propio Black. La perspectiva de la sustitución considera que la metáfora es un sustituto de la expresión literal, i. e., que puede traducirse a ella (v. gr., Ricardo es un león = Ricardo es bravo)[67].

En la segunda perspectiva, que constituye un caso de la anterior, la metáfora es considerada como una forma de lenguaje figurado cuya función es la de establecer una comparación implícita (v. gr., Ricardo es un león = Ricardo es como un león). Black, por su parte, sostiene que la metáfora pone en interacción dos elementos, de lo cual resulta una semejanza. Es decir, la semejanza más que preexistente a la metáfora, es posterior a la misma[68].

Max Black (1954-1955, 1962), al igual que Richards (1936), plantea que en la metáfora interactúan de manera simultánea dos pensamientos de cosas distintas, de modo tal que el significado resultante es nuevo[69]. También afirma que la metáfora une un asunto principal y uno subsidiario, con determinadas posibilidades de interacción. Por ejemplo, si alguien habla de una batalla en términos ajedrecísticos podrá realizar ciertas conexiones distintas de las que surgirían si hablara de ella en términos futbolísticos. Cada conexión enfatiza ciertos detalles y deja de lado otros, cada conexión organiza una visión determinada del asunto principal (Black, 1954-1955: 288).

Debe tenerse en cuenta que la interacción de la que se habla no es una reacción química de laboratorio en la que el mero contacto de los elementos involucrados da como resultado un compuesto particular. “El reconocimiento y la interpretación de una metáfora puede requerir atención a las circunstancias particulares de su enunciación” (Black, 1954-1955: 277)[70].

Una distinción importante que realiza el autor es la de “focusframe”. La metáfora es una frase en la que ciertas palabras se emplean metafóricamente y otras, no. La palabra metafórica es el focus de la frase y el resto de ella es el frame. El marco actúa sobre el foco suscitando en él una significación nueva[71]. Por ejemplo, en el presidente se abrió paso en la discusión[72], el foco sería se abrió paso y el resto, sería el marco (Black, 1954-1955: 275-276). La interacción de los elementos variaría (y, por lo tanto, el significado metafórico) si se cambiara el marco (v. gr., me gusta abrir paso a mis recuerdos regularmente)[73].

¿Cómo sucede la interacción? Mediante una “redescripción” basada en lugares comunes o modelos arquetípicos (Ricoeur, 1980 [1975]: 122)[74]. Tanto la persona que expresa la metáfora el hombre es un lobo como la que la escucha necesitan conocer no tanto la definición de diccionario de lobo como un sistema de lugares comunes asociados a la palabra (fiero, carnívoro, traicionero, etc.), que puede definirse como “lo que el hombre en la calle piensa acerca del asunto” (Black, 1954-1955: 287)[75]. Como es lógico, este sistema de lugares comunes puede contener errores o medias verdades. Además, en algunos casos particulares (por ejemplo, en poesías) puede consistir en implicaciones establecidas ad hoc por el escritor.

Otro aporte de Black es la consideración de que no es posible una traducción de la metáfora sin pérdida cognoscitiva. No es posible traspasar el contenido cognitivo de una metáfora al lenguaje “llano” (plain):

Hasta cierto punto, podemos tener éxito estableciendo un número de relaciones relevantes entre dos asuntos […]. No obstante, el conjunto de enunciados literales obtenidos de este modo no tendrá el mismo poder de informar e iluminar que el original. Por una parte, las implicaciones, previamente libradas a la elucidación de un lector apropiado, con un buen sentido de sus prioridades relativas y grados de importancia, son ahora, sin embargo, presentadas explícitamente como teniendo igual peso. La paráfrasis literal inevitablemente dice demasiado y con un énfasis erróneo. Uno de los puntos que más me interesa destacar es que la pérdida en tales casos es una pérdida de contenido cognitivo; la debilidad relevante de la paráfrasis literal no es que pueda ser desgastantemente prolija o aburridamente explícita o deficiente en cualidades de estilo; falla en ser una traducción porque falla en dar la intuición (insight) que sí provee la metáfora (Black, 1954-1955: 293)[76].

Otra idea destacable de Max Black es la que presenta en su escrito Models and Archetypes (rescatada por Ricoeur, 1980 [1975]: 323-332). Black asevera en este estudio que la metáfora es al lenguaje poético lo que el modelo al lenguaje científico en su relación con lo real. Es un instrumento de redescripción y descubrimiento. En el modelo existen algunos rasgos del original, pero hay también diferencias con este. A su vez, el modelo y el original se asemejan por su estructura y no por su apariencia. El modelo permite ver nuevos aspectos de una realidad: describe a la vez que construye conocimiento (redescripción). Por último, los modelos, al igual que las metáforas, también funcionan en redes.

2.6. La metáfora como tensión en Ricoeur
(1980 [1975])

En 1975, Ricoeur publicó La métaphore vive, obra en la que realizó un abordaje fenomenológico de la metáfora con una metodología hermenéutica. El desarrollo teórico de este autor se inscribe en el área de la Filosofía del lenguaje. De sus ideas se tomarán los aspectos más importantes para un tratamiento lingüístico de la metáfora.

En La metáfora viva, Ricoeur recorre el itinerario histórico de los estudios sobre la metáfora. “Comienza en la retórica clásica, atraviesa la semiótica y la semántica y termina en la hermenéutica. El paso de una disciplina a otra sigue el de las unidades lingüísticas correspondientes: la palabra, la frase y el discurso” (Ricoeur, 1980 [1975]: 11).

Como se anticipó, el autor considera que desde Aristóteles se ha tomado a la palabra o nombre como unidad de base de la metáfora (Ricoeur, 1980 [1975]: 24)[77]. La tradición retórica posterior consideró la metáfora como una figura consistente en un desplazamiento del sentido de la palabra y culminó en una clasificación que tomó como criterio el tipo de desviación –o tropos– que se daba en la significación de las palabras (Ricoeur, 1980 [1975]: 11-12)[78].

Cuando la metáfora se sitúa en la frase, ya no se la concibe como una “denominación desviante”, sino como una “predicación no pertinente” (Ricoeur, 1980 [1975]: 12), “una atribución insólita a nivel discurso-frase” (Ricoeur, 1980 [1975]: 71). En este nivel de consideración del asunto, ubica Ricoeur los estudios semánticos y semióticos de la metáfora.

En el nivel hermenéutico, que corresponde al discurso, surgió la problemática del sentido y la referencia del recurso metafórico. Luego, se centró en la condición de ficcionales de los discursos literarios, característica que deja abolida la posibilidad de una referencia externa a la literatura misma. Por esa razón, entra en juego la noción de “referencia poética” (Ricoeur, 1980 [1975]: 15), que no sería sino una referencia de segundo grado.

Para el filósofo francés, la teoría de la metáfora no debe ceñirse a la palabra, sino que atañe al enunciado y al discurso (Ricoeur, 1980 [1975]: 13). El autor explica la metáfora a partir de una teoría de la tensión: “la metáfora reclama más bien una teoría de la tensión que una teoría de la sustitución” (Ricoeur, 1980 [1975]: 75).

Ricoeur rescata de Aristóteles el concepto de transposición o epifora. Afirma que la epifora constituye la unidad de sentido del género metafórico y le proporciona su estructura. También el filósofo francés asevera que la metáfora eleva el sentido a nivel de mythos, como puede observarse en la siguiente cita: “La metáfora es el proceso retórico por el que el discurso libera el poder que tienen ciertas ficciones de redescribir la realidad. Al unir así ficción y redescripción, restituimos su plenitud de sentido al descubrimiento de Aristóteles en la Poética: la poiêsis del lenguaje procede de la conexión entre mythos y mimêsis” (Ricoeur, 1980 [1975]: 15).

Un punto desarrollado por Ricoeur y valorado por Kirby (1997: 519-520) es su exploración de la noción de verdad metafórica, i. e., la posibilidad de que el lenguaje metafórico se encuentre separado del significado referencial. Al analizar la noción de verdad metafórica, Ricoeur procede dialécticamente. Plantea una vehemencia ontológica original en la afirmación de que X es Y, que produce una asimilación de ambos elementos a nivel imagen. El segundo momento de la metáfora es literal: la tensión que se establece al reconocer la diferencia entre los dos términos[79]. Este es el momento de identificación del error categorial. Finalmente, hay un tercer momento, que da paso al sentido figurado, de síntesis de ambos[80].

Por otra parte, “La objetividad fenomenológica de lo que vulgarmente se llama emoción o sentimiento es inseparable de la estructura tensional de la verdad de los enunciados metafóricos que expresan la construcción del mundo por y con el sentimiento” (Ricoeur, 1980 [1975]: 342).

Se hará hincapié ahora en un punto importante para este estudio: la idea de error categorial (Ryle), comentada por Ricoeur (1980 [1975]: 269). La metáfora es una estrategia del lenguaje que consiste en abolir las fronteras categoriales lógicas a fin de establecer nuevas semejanzas que no podían percibirse en la clasificación anterior[81]. Así, las cuatro clases de la metáfora de Aristóteles son “errores categoriales calculados” (Ricoeur, 1980 [1975]: 269).

Por último, Ricoeur afirma que la metáfora es el mecanismo de generación del orden categorial: “la metafórica que vulnera el orden categorial es también la que lo engendra” (Ricoeur, 1980 [1975]: 39). La transgresión categorial “deshace un orden para crear otro” (Ricoeur, 1980 [1975]: 37). La metáfora re-describe la realidad. “La transgresión categorial sería entonces un intermedio de destrucción entre descripción y re-descripción” (Ricoeur, 1980 [1975]: 37). Esto es lo que el autor denomina “función heurística de la metáfora”. Esta última afirmación es esencial para este trabajo, puesto que se busca indagar la incidencia de la metáfora en los cambios de categorías léxicas.

2.7. La psicolingüística y el punto de vista de la interacción

En este apartado, se efectuará un salto en el tiempo para presentar algunos trabajos enmarcados en la psicolingüística que retomaron el punto de vista de la interacción como mecanismo por el cual una metáfora crea nuevos significados. Los modelos que se explicarán –desde Gibbs (1992: 588)– son: (a) el modelo del desequilibrio de saliencia, (b) el modelo de la proyección de estructura, y (c) el modelo de inclusión de clases.

2.7.1. El modelo del desequilibrio de saliencia (salience imbalance)

La teoría del desequilibrio de saliencia (Ortony, 1979; Ortony, Vondruska, Foss y Jones, 1985[82]) fue desarrollada para explicar las diferencias entre distintos tipos de afirmaciones de similitud: comparaciones literales, por un lado, y enunciados de similitud no literales (i. e., símiles) y metáforas, por el otro[83]. Parte del supuesto de que el número de atributos compartidos entre dos términos cualesquiera de un enunciado de similitud metafórico no depende por igual de su saliencia en los dos términos implicados, sino que solo depende de su saliencia en el segundo término[84].

Las declaraciones literales de similitud contienen dos términos que denotan conceptos que son propensos a compartir muchos atributos, algunos de los cuales son altamente salientes para ambos términos. Por ejemplo, los sermones son como las clases deberá ser juzgado como un enunciado literal, porque los dos, sermones y clases, son manifestaciones orales ofrecidas a grupos de personas, atributos que son altamente salientes para los dos términos.

Las comparaciones metafóricas son declaraciones de similitud con términos que comparten atributos, pero estos atributos son muy salientes para el término B y poco salientes para el término A. Por ejemplo, en el enunciado los sermones son como las pastillas para dormir, el atributo de ‘inducir somnolencia’ es más saliente con respecto a las pastillas para dormir que para los sermones. En resumen, la saliencia de los atributos en enunciados de similaridad metafórica será mucho mayor para los vehículos que para los temas (fig. 2), mientras que para otras clases de declaraciones de similitud este desequilibrio entre los términos A y B será mucho menos pronunciado.

Figura 2. Modelo del desequilibrio de saliencia (Ortony, 1979)

Como indica Gibbs (1992: 589-590), hay alguna evidencia empírica que apoya estas ideas acerca de la naturaleza de la similitud en la comparación metafórica (Katz, 1982; Ortony et al., 1985)[85]. El orden en que los términos se presentan (por ejemplo, A es como B vs. B es igual que A) es más importante para los sujetos experimentales en las comparaciones metafóricas (v. gr., los cigarrillos son como bombas de tiempo) que en las comparaciones literales cualesquiera que sean (v. gr., los cigarrillos son como los puros) y en las comparaciones anómalas (v. gr., los cigarrillos son como los muebles). Además, las personas encuestadas afirman que la diferencia en la saliencia de atributos aportada por los términos A y B es mayor en las comparaciones metafóricas que en las literales.

Sin embargo, hay, a su vez, investigaciones que critican el punto de vista del desequilibrio de saliencia (Glucksberg y Keysar, 1990)[86], arguyendo que la distinción simetría vs. asimetría en enunciados de comparación no distingue específicamente las comparaciones literales de las metafóricas porque ambas exhiben relaciones simétricas y asimétricas. Algunas comparaciones literales son tan asimétricas como algunas metafóricas, y algunas metafóricas son tan simétricas como muchas comparaciones literales. Por ejemplo, la nieve es como la harina es un enunciado metafórico, pero simétrico, ya que ambos órdenes (la nieve es como la harina y la harina es como la nieve) son razonables (i.e., la similitud entre la nieve y la harina es igual a la similitud entre la harina y la nieve).

2.7.2 El modelo de la proyección estructural (structure-mapping)

La teoría de la proyección de la estructura (Gentner, 1983; Gentner y Markman, 1997) distingue entre diferentes tipos de enunciados de similitud: analogías, emparejamientos de mera apariencia, enunciados de similitud literal y metáfora. Estos tipos, si bien constituyen un continuum (Gentner, 1983: 161) y comparten un mismo principio operativo (proyecciones o mapeos), se pueden distinguir en función de si la correspondencia entre los dominios base y meta de la proyección se basa en la estructura relacional de los dominios implicados, en las descripciones de objetos, o bien en ambos factores.

La analogía consiste en la aplicación de una proyección desde un dominio base a un dominio meta, por la cual se transmite un sistema de relaciones de objetos similar entre dominios[87]. Las relaciones comunes entre los términos son más importantes que las descripciones comunes de objetos. De hecho, los objetos correspondientes en los dominios de base y meta no tienen que parecerse entre sí.

Un ejemplo de esta clase de proyección es la analogía de Ernest Rutherford entre el sistema solar y el átomo de hidrógeno, que consiste en un conjunto de relaciones comunes en lugar de un conjunto común de descripciones de los objetos propios de cada dominio implicado. La elección de qué estructuras relacionales comunes asignar está determinada por el hecho de que la fuerza central de ambos sistemas, tanto del átomo como del sistema solar, es la máxima estructura del sistema que se puede encontrar en los dos dominios.

En resumen, las analogías descartan las descripciones de objetos y preservan la estructura relacional. ¿Cómo actúan los otros tipos de enunciados de similitud? Los emparejamientos de mera apariencia preservan atributos de los objetos y descartan la estructura relacional; los enunciados literales de similitud preservan tanto la estructura relacional como las descripciones de objetos, y la metáfora se puede dividir en tres categorías, que se superponen parcialmente.

La primera clase es la de las metáforas atribucionales. Constituyen emparejamientos de mera apariencia porque son portadoras de atributos comunes de objetos (v. gr., ella es una jirafa). El atributo ‘de gran altura’ puede ser asignado desde el dominio base de las jirafas hacia el dominio meta de una persona.

La segunda clase de metáforas es la de las relacionales. Este tipo de metáforas puede ser analizado como el caso de las analogías, pues se trata de metáforas portadoras de una estructura relacional común a la base y a la meta. En la metáfora de Shakespeare mira, él está liquidando el reloj de su ingenio, pronto habrá huelga los elementos comunes no tienen nada que ver con los atributos de los objetos de un reloj (una esfera de cristal, dientes de metal, etc.). En cambio, la metáfora transmite la estructura común de relación de una persona agotando un mecanismo, lo cual más tarde va a producir efectos externos aparentemente espontáneos.

Por último, la tercera clase de metáforas es la de las dobles. Constituyen una mezcla de las relacionales y las atribucionales. Por ejemplo, la expresión metafórica los tallos son sorbetes para las plantas sedientas transmite los atributos comunes ‘larga, delgada, y tubular’, y la estructura relacional común ‘aspira los líquidos con el fin de alimentar a alguna forma de vida’.

El gráfico que sigue presenta las semejanzas y diferencias entre los diversos tipos de enunciados de similitud:

Figura 3. Modus operandi de los enunciados de similitud (Gentner y Markman, 1997)

La investigación experimental realizada para obtener evidencias de estas afirmaciones consistió en preguntar a sujetos adultos si preferían las metáforas relacionales o las atribucionales, a lo que respondieron que preferían las relacionales. Además, los sujetos experimentales sostuvieron que las metáforas eran más aptas cuando podían discernir interpretaciones relacionales. Por último, incluso las metáforas diseñadas para sugerir una relación atribucional y una interpretación relacional (las metáforas dobles) se interpretaron de modo relacional. Estos hallazgos diversos ponen de relieve el hecho de que las personas prefieren un enfoque relacional, tanto en la interpretación de las metáforas como a la hora de juzgar su valor estético (Gentner y Markman, 1997).

2.7.3. El modelo de inclusión de clases

El modelo de inclusión de clases (Glucksberg y Keysar, 1990; Glucksberg McGlone y Keysar, 1992; Thomas y Mareschal, 2001) es un modelo psicológico de la metáfora que reacciona contra el modelo de comprensión de la metáfora como símil. Entender la metáfora como un símil implícito (mi trabajo es una prisión = mi trabajo es como una prisión) presupone tres etapas en la comprensión de las expresiones metafóricas: (a) interpretar literalmente un enunciado, (b) evaluar la veracidad de dicha interpretación de acuerdo con el contexto de esa expresión y (c) si el significado literal no puede ser interpretado, entonces –y solo entonces– interpretar de un modo no literal.

Como se ha observado, la concepción de la metáfora como símil implicaría que las personas que comprendieran locuciones idiomáticas y expresiones metafóricas tuvieran una carga extra de procesamiento. Esto no ha sido avalado por los experimentos llevados a cabo en este campo, los cuales –como se dijo– establecieron que la comprensión de los enunciados metafóricos no difiere de la comprensión de las expresiones literales.

Otro punto objetable es que en este modelo se da prioridad a la interpretación literal de los enunciados, de modo que, si esta interpretación cabe en el contexto, no se derivaría una interpretación metafórica, algo que la experiencia cotidiana no demuestra. No siempre se elige la interpretación literal de los enunciados, aunque esta pudiera aceptarse (Glucksberg y Keysar, 1990: 3-4).

La propuesta de Glucksberg y Keysar (1990) es que todas las metáforas son declaraciones de inclusión de clases. La metáfora no posee un símil implícito, sino una inclusión de una categoría en otra. En la metáfora A es B, se efectuaría una inclusión del tema (topic) en una categoría creada ad hoc y designada por un elemento prototípico, el vehículo (vehicle).

Por ejemplo, en la expresión metafórica mi trabajo es una cárcel, el tema mi trabajo es asignado a una categoría, las ‘entidades que obligan a ir en contra de la propia voluntad y de las cuales es difícil escapar’, que no tiene aún un nombre convencional, por lo cual se utiliza el nombre de un miembro prototípico de la categoría (i. e., cárcel) para designar a la categoría misma.

Las categorías de reciente creación a las que se refieren las comparaciones metafóricas son estructuralmente similares a las categorías taxonómicas ordinarias que tienen nombres convencionales en el nivel superordinado, tales como ‘alimentos’ o ‘muebles’, así como a categorías ad hoc, tales como ‘alimentos para ser consumidos en una dieta para bajar de peso’[88]. Por otra parte, como es lógico, un mismo tema puede ser incluido en diversas categorías.

Como sugiere la expresión ad hoc, los autores no pasan por alto la consideración del contexto de emisión de los enunciados. La aptitud de los ejemplares usados para nombrar las categorías y la pertinencia de la expresión metafórica como enunciado de inclusión de clases responden a constricciones contextuales, según el principio de cooperación comunicativa (Glucksberg y Keysar, 1990: 15-16).

Una implicación de este modelo es que las metáforas no son reversibles (los sermones son pastillas para dormir ≠ las pastillas para dormir son sermones). Otra implicación es que existen grados de metaforicidad, así como existen grados de pertenencia a las categorías (prototipos y miembros periféricos), lo cual es manifestado por los hablantes, por ejemplo, a través del uso de modalizadores como el que se aprecia en la siguiente emisión: los cigarrillos son, literalmente, bombas de tiempo, por ejemplo (Glucksberg y Keysar, 1990: 13-14)[89].

Como señalan Glucksberg y Keysar (1990: 4), el modelo de inclusión de clases es más apropiado que el comparativo porque explica mejor por qué las personas usan la metáfora como una estrategia comunicativa en lugar de usar directamente símiles. A favor de su tesis, presentan numerosos ejemplos de categorías con nombres de prototipos pertenecientes a diversas lenguas (Glucksberg y Keysar, 1990: 8).

También argumentan que la inclusión de clases es una manera de identificar la metaforicidad de un enunciado, lo cual no sucede en la consideración de la metáfora como símil. Dicho de otro modo, la categorización es la fuente de la metaforicidad en los símiles metafóricos. No es posible parafrasear las comparaciones literales como inclusiones de clase (los clavicordios son como pianos no puede ser parafraseado como los clavicordios son pianos), pero sí las metafóricas (los cigarrillos son como bombas de tiempo puede ser parafraseado como los cigarrillos son bombas de tiempo).

En cuanto a la cuestión de la semejanza, el punto de vista de la inclusión de clases sugiere que las agrupaciones que son creadas por las metáforas inducen relaciones de similitud, de modo que los grupos se forman antes del reconocimiento de la similitud.

Gibbs (1992: 594) hace una crítica a este modelo. Afirma que este punto de vista, al igual que los otros modelos psicológicos, supone que la comprensión de cada expresión metafórica depende de un acto único y nuevo de proyección de información desde un dominio fuente a uno de destino. Es decir, arguye que el enfoque de la inclusión de clases sugiere que el proceso de comprensión de la metáfora comienza inmediatamente con la creación de una relación de inclusión de clase que contiene tanto el tema como el vehículo. Varias implicaciones metafóricas emergen de esta novedosa agrupación. Sin embargo, podría muy bien ser el caso que tales agrupaciones metafóricas ya existieran como parte de nuestro conocimiento cotidiano en la memoria a largo plazo.

Glucksberg, McGlone y Keysar (1992) hacen una réplica a Gibbs (1992). Identifican lo que Lakoff y Johnson (1980) llaman proyecciones metafóricas con el concepto de analogía (Glucksberg, McGlone y Keysar, 1992: 579). Afirman que el rol de las proyecciones metafóricas es el de motivar las metáforas y el de permitir su comprensión, que se produce accediendo a dichas proyecciones metafóricas en la memoria a largo plazo. Sin embargo, plantean que la cuestión principal a resolver sería la de establecer bajo qué circunstancias tales proyecciones entran en juego (Glucksberg, McGlone y Keysar, 1992: 578). De todos modos, la comprensión de la metáfora es –como indican los autores– espontánea, sin establecer una conexión consciente entre las propiedades de los conceptos relacionados.

La hipótesis que defiende el modelo de inclusión de clases resulta interesante para este trabajo, pues vincula explícitamente los procesos de categorización con la metáfora. De todos modos, a diferencia de la presente investigación, los autores explican la metáfora a través de la categorización. En cambio, aquí se intenta explicar la recategorización por medio de la metáfora.

2.7.4. Aportes e insuficiencias de los modelos psicolingüísticos

Uno de los grandes aportes de las teorías psicolingüísticas es el hecho de que ponen el énfasis en la proyección de un dominio sobre otro como modus operandi de la metáfora. Otro aporte importante es el señalamiento de puntos en común y diferencias entre los enunciados de similitud (metáfora, analogía y comparación).

Particularmente, para este estudio resulta relevante la aclaración de Gentner (1983) y Gentner y Markman (1997) de que existe un continuum entre este tipo de enunciados; por otra parte, las metáforas contienen las características de proyección de los otros dos tipos de enunciados (descripciones de objetos y proyección de relaciones sistemáticas).

De todos modos, hay preguntas significativas que permanecen sin ser respondidas en estas teorías. Gibbs (1992: 593) presenta las siguientes: ¿cómo pueden ser distinguidos los atributos y la información relacional de forma fiable?, ¿cómo pueden ser igualados los atributos siendo que son similares, pero no idénticos? Incluso, cabe preguntarse si la proyección de los atributos sobresalientes de B sobre la baja saliencia de los atributos de A es parte del proceso en curso (on line) de la metáfora.

Por último, el autor critica que los estudios experimentales hayan solicitado a sus participantes evaluar la saliencia de atributos de los términos A y B en enunciados de semejanza después de leerlos e interpretarlos. Las intuiciones de las personas acerca de la saliencia de los atributos para los términos A y B en las metáforas podrían no reflejar la relevancia real de estos términos en el primer momento en el que las metáforas son comprendidas.

2.8. Las metáforas como actos de habla. Abordaje pragmático de la metáfora

La pragmática es la disciplina que “se ocupa de la forma en que adscribimos significado a nuestras acciones, cuando las realizamos, o a las acciones de otros, cuando las comprendemos […]. Engloba a la pragmática lingüística” (Bustos Guadaño, 1994: 59). La teoría pragmática de la metáfora (Searle, 1979; Austin, 1975; Grice, 1975, 1989; Cooper, 1986; Davidson, 1979 [1978], 1984; Rorty, 1987; Martinich, 1991)[90] traslada la metáfora desde el ámbito de la semántica al de la pragmática (Palma, 2005: 47-51; 2008: 18).

Las explicaciones de la metáfora que se proponen desde la perspectiva pragmática tienen en común el hecho de señalar cómo los elementos no propiamente lingüísticos (i. e., el contexto) influyen en la producción o comprensión de las acciones lingüísticas[91]. En otras palabras, a diferencia de un modelo semiótico basado en la noción de código (i e., la comunicación es codificación y decodificación a través de la asignación de referencia a cada una de las palabras que componen el mensaje), la pragmática lingüística constituye un modelo inferencial (Bustos Guadaño, 1994: 59), que supone que la comunicación consiste en un conjunto de inferencias a partir del contexto[92].

Las inferencias pragmáticas o “implicaturas conversacionales”[93] se basan en el “principio de cooperación” (Grice, 1975, 1989), que establece que se debe hacer cada contribución a la comunicación tal como se requiera, en la fase en que se produzca, por la finalidad aceptada o dirección del intercambio conversacional en el que se está participando (Grice, 1989: 26). Para mantener la cooperatividad, los hablantes cumplen con cuatro máximas: (a) cantidad ( informativo), (b) calidad (sé sincero), (c) relación (sé relevante/pertinente), y (d) manera (sé breve).

Cuando los hablantes no respetan estas máximas, se infiere que desean producir implicaturas particulares. Con una expresión metafórica como mis labios están sellados, por ejemplo, se viola la máxima de calidad en orden a rechazar cordialmente un requerimiento de revelar alguna información. Desde el modelo pragmático, la comprensión de esta metáfora implicaría en el interlocutor un proceso interpretativo que pasaría por una fase de reconocimiento de que la frase no debe ser interpretada literalmente, continuaría por una fase de reconocimiento de que el hablante respeta las normas gramaticales y el principio de cooperación, y terminaría con la búsqueda del significado metafórico[94].

Dentro de este enfoque se ubica Searle, que considera que el destinatario de un mensaje busca primero un significado literal de la expresión y, si este no se ajusta a la situación comunicativa, busca el metafórico. La primera pregunta que surge es, entonces, “¿por qué cualquier comunicador con buena fe desearía hacer algo tan extraño como producir intencionalmente enunciados desviados gramaticalmente, solo para que su compañero pueda movilizar toda clase de principios interpretativos en orden a arribar al significado deseado?, ¿por qué las personas no dicen directamente lo que quieren decir?” (Taylor, 1995: 132).

En otras palabras, esta manera de ver la comprensión de la metáfora sigue considerando este fenómeno como una desviación del lenguaje y como subsidiaria con respecto al lenguaje literal. Además –como ya se dijo– tiene evidencia psicolingüística que la desmiente: la comprensión de una metáfora no difiere de la comprensión del lenguaje literal (Lakoff, 2008). Otro autor dentro de este enfoque es Davidson, que “afirma que no hay nada que explicar desde el punto de vista semántico o pragmático, puesto que el mecanismo metafórico es de naturaleza ajena a la lingüística” (Bustos Guadaño, 1994: 65).

Otro estudio de la metáfora desde la pragmática que interesa mencionar es el de Bustos Guadaño (1994: 67). El autor propone retomar algunas nociones de la teoría interactiva de Black. La noción principal es la de tema, que –según señala– proviene del ámbito de la música. Existen colecciones de temas metafóricos (o topoi). Los diferentes actos lingüísticos concretos constituyen variaciones de una colección limitada de topoi. Esto es lo que debe estudiar la pragmática, buscando en estos temas sus efectos comunicativos en el seno de una comunidad lingüística. Además, se deben revisar otros puntos como la relación entre la imagen metafórica y la metáfora, y entre la metáfora convencional y la metáfora poética.

La afirmación de que los actos lingüísticos constituyen variaciones de una colección limitada de topoi implica que todo enunciado es, en última instancia, argumentativo. Los topoi son los principios generales por los cuales se produce el pasaje desde un enunciado-argumento hacia un enunciado-conclusión (implícito o explícito)[95]. Como señala García Negroni (2005: 1), esta idea es defendida por la Teoría de la Argumentación en la Lengua, de Anscombre y Ducrot (1976, 1983, 1986):

Surgida de la constatación inicial de que en el valor semántico profundo de al menos ciertas palabras, expresiones y enunciados hay indicaciones que no son de naturaleza informativa, sino argumentativa, la Teoría de la Argumentación en la Lengua, elaborada originalmente por Oswald Ducrot y Jean-Claude Anscombre, postula que nuestras palabras tienen esencialmente un valor argumentativo. La teoría cuestiona así la hipótesis de una informatividad primera y soberana según la cual nuestras palabras tienen en un nivel fundamental un valor descriptivo, informativo y como función primera, la de representar y describir la realidad.

Como puede observarse en lo explicado hasta aquí, la teoría pragmática de la metáfora sigue en desarrollo. Tiene algunos puntos fuertes, como la consideración del contexto, y otros más débiles, como el mantenimiento de la distinción literal/metafórico. A continuación, se revisarán individualmente las explicaciones de la metáfora de dos autores importantes para el enfoque pragmático, en vistas a completar el panorama de la visión pragmática de la metáfora.

2.8.1. Searle (1979)

Para Searle, el problema que plantean las metáforas se enmarca en la pregunta sobre cómo el significado del hablante y el significado léxico u oracional se separan o, en otras palabras, cómo es posible decir una cosa y querer decir otra (Bustos Guadaño, 1994: 61). El autor afirma que la solución a este problema no es la diferenciación entre una interpretación literal y otra metafórica, pues los términos son siempre unívocos (siempre que no se trate de casos aislados de polisemia o ambigüedad), sino en la distinción decir/querer decir, que impregna todos los actos de habla y, en particular, los indirectos como la ironía y la metáfora.

Lo que hay que distinguir es entre lo que un hablante significa al hablar y lo que las palabras y oraciones significan estrictamente (representación semántica). El primero es llamado significado preferencial del hablante o significado de la enunciación; el segundo, es denominado significado de la palabra o de la frase. El significado metafórico será siempre preferencial (Alba Reina y Campos Carrasco, 2003b: 11). Como comenta Bustos Guadaño (1994: 61), en esta concepción subyace una primacía metodológica y epistemológica del significado del hablante por sobre el significado estricto, pues en la mayoría de los casos es imposible disponer de un contexto cero para interpretar una frase.

Desde esta concepción intencionalista de la acción lingüística, Searle (1979) consideró que el problema de la metáfora consistía en develar qué principios actúan en las preferencias discursivas que, como las metafóricas, no coinciden con el significado estricto de los términos. La respuesta no está en el contenido semántico del enunciado (si bien este es un trampolín para llegar al significado preferencial), sino en algo exterior al sistema lingüístico.

Es así que el autor propone que los oyentes deben recurrir a algún conjunto de principios o hechos que les permitan obtener ‘S es R’ de S es P (recuperar el significado intencional metafórico de un hablante). Estos principios son ocho. A continuación, se detallan algunos de ellos, desde Gibbs (1992: 582-583):

  1. Las cosas que son P son, por definición, R. Así, R será una de las características definitorias sobresalientes de P. Por lo tanto, Sam es un gigante se tomará en el sentido de que ‘Sam es grande’, porque los gigantes son, por definición, grandes.
  2. Las cosas que son P son contingentemente R. Por lo tanto, la propiedad de R debe ser una bien conocida de las cosas del tipo P, y así es que Sam es un cerdo se tomará en el sentido de que ‘Sam es sucio, descuidado’, etc.
  3. Las cosas que son P no son R, ni tampoco son como las cosas R, ni tampoco se cree que sean R. Sin embargo, la gente suele percibir una conexión entre P y R tal que referirse a P es llamar a la mente las propiedades de R. Por lo tanto, Sally es un bloque de hielo puede ser enunciado en el sentido metafórico de ‘Sally es carente de emociones’[96].
  4. Las cosas que son P no son R, ni tampoco son como las cosas R, ni tampoco se cree que sean R, sin embargo, es un hecho de nuestra sensibilidad, ya sea culturalmente, ya sea naturalmente determinado, que simplemente se percibe una conexión entre ellas. Un ejemplo de esta situación puede ser el enunciado Augusto es un osito de peluche con el significado de ‘Augusto una persona que genera ternura’.
  5. Hay casos en que P y R son iguales o similares en el significado, pero uno de ellos, por lo general P, se restringe en su aplicación y no se aplica literalmente a S. Por lo tanto, podrido se suele decir de los huevos, pero uno puede afirmar metafóricamente que esta sopa está podrida o el Congreso está podrido o incluso aseverar su cerebro está podrido.

2.8.2. Davidson (1978)

Davidson critica a Searle su tesis de la dualidad significativa, que distingue entre el significado literal de una expresión y el metafórico. Él, en cambio, sostiene que solo existe el significado literal y que la idea de figuración es una noción agregada al intentar explicar una metáfora o cualquier otra “figura” (Davidson, 1979 [1978]: 40).

Es más, Davidson afirma que las metáforas no tienen valor informativo alguno, una posición “tan radical como difícil de mantener”, al decir de Bustos Guadaño (1994: 63). En efecto, los discursos científicos utilizan la metáfora constantemente, sin intención de adornarse, sino como un recurso informativo eficaz[97], como el mismo Davidson (1979 [1978]: 32-33) reconoce.

Ahora bien, es interesante la explicación de esta tesis-bomba de Davidson, que lleva a cabo Bustos Guadaño (1994: 63-64):

Si se analiza más de cerca, la tesis de Davidson no es tan espectacular como parece. D. Davidson parte de la conocida distinción entre lo que las palabras significan y su utilización. De acuerdo con su tesis, las metáforas pertenecen a este último ámbito, el del uso: las expresiones metafóricas no son expresiones con una naturaleza semántica especial, sino utilizaciones especiales de expresiones literales […]. Las expresiones metafóricas tienen ciertas propiedades (semántico-pragmáticas) porque funcionan (son usadas) de formas especiales, con propósitos específicos[98].

Según Davidson, el fin básico de la metáfora es el de promover una similitud. Por lo tanto, hay puntos en común entre la metáfora y el símil. La diferencia entre ellos radica en que los símiles son verdaderos y la mayoría de las metáforas son falsas (excepto aquellas trivialmente verdaderas como los negocios son los negocios o ningún hombre es una isla). No existe para el autor una verdad metafórica (Davidson, 1979 [1978]: 41).

Por este motivo, Davidson plantea que una teoría de la metáfora no puede depender de una teoría de la verdad o del significado. En cambio –como sucede con la mentira[99]– lo que importa en la metáfora no es el significado de las palabras, sino su uso. Por ello la metáfora debe ser estudiada desde una teoría pragmática, que establezca qué usos se les da a las metáforas o, en otras palabras, qué acciones se realizan con las metáforas (aseverar, dar pistas, mentir, prometer, criticar). Según este planteo, las metáforas no merecen ningún tratamiento especial o diverso del que cualquier expresión no metafórica debe tener, sino exactamente el mismo abordaje pragmático.

2.9. Halliday (1994) y la metáfora gramatical

La expresión “metáfora gramatical” proviene de Halliday (1994) (Cinto, 2009: 178; Palazón, 2008: 179). Si bien este autor se inscribe en la lingüística sistémico-funcional y no propiamente en la Lingüística Cognitiva, ambos enfoques poseen puntos de contacto y uno de ellos es el de la metáfora gramatical, que es perfectamente compatible con la metáfora conceptual, como advierte Montarcé (2012: 131):

Entendemos por ‘metáfora’ una instancia de representación que implica una transferencia (Halliday y Hasan, 1985) y permite expandir el potencial semántico del sistema de la lengua (Halliday y Matthiessen, 1999) ya que la realización del estrato semántico en el léxico-gramatical ofrece, además de las congruentes, otras opciones. Asumimos los siguientes postulados de la LSF: 1. la metáfora léxica y gramatical son aspectos de la misma estrategia metafórica aunque difieren en su escala de especificidad (Halliday y Matthiessen, 1999); 2. en el plano léxico-gramatical, se evidencia la existencia de un continuum en la cadena de interpretaciones metafóricas (Halliday, 1985).

La autora resalta el hecho de que “Halliday introduce el concepto de metáfora gramatical como un equivalente de la metáfora léxica pero en el límite opuesto del continuum léxico-gramatical” (Montarcé, 2012: 133).

En este sentido, argumenta Gonzalez de Requena Farré (2016: 297):

Así como la lingüística cognitiva ha privilegiado la proyección metafórica que tiene lugar en el pensamiento y la acción cotidianos –por sobre la realización lingüística de la metáfora–, la lingüística sistémico-funcional de Halliday ha extendido la tradicional noción de metáfora (vinculada a las relaciones semánticas entre expresiones lexicales o contenidos léxicos), para dar cuenta de las proyecciones, realineamientos y reconstrucciones semióticas que se desarrollan en la construcción léxico-gramatical del lenguaje ordinario.

Halliday (1994: 588-591) distingue tres niveles de significado discursivo: el textual, el interpersonal y el ideacional. Son tres hebras que conforman una trama. El nivel textual contiene unidades de flujo informativo, las emisiones. El nivel interpersonal contiene unidades de interacción (un ejemplo claro de esto es el diálogo). El nivel ideacional hace referencia al flujo de eventos del que se habla, a la construcción de episodios y sus unidades son las figuras[100].

La metáfora gramatical con función ideacional implica un remapeo/una reproyección entre elementos, secuencias y figuras en la gramática. Halliday (1994) parte de la idea de que los participantes son expresados congruentemente (prototípicamente, se podría precisar)[101] por sustantivos o grupos nominales; los procesos, por grupos verbales y las circunstancias, por grupos adverbiales. Las secuencias suelen ser realizadas por complejos de cláusulas. Cuando, bajo ciertas condiciones, son realizadas por cláusulas individuales, se trata de realizaciones metafóricas. Otro modo no congruente de realización de las secuencias son las nominalizaciones, que resumen secuencias enteras.

La metáfora gramatical hace referencia a estos realineamientos que se realizan sobre ciertas correspondencias realizacionales de los patrones semántico-sintácticos[102]. Downing (1991: 111) proporciona algunos ejemplos que ilustran estas realizaciones metafóricas. La autora presenta como ejemplo de cláusula típica (no marcada) la siguiente: caminamos ayer por la orilla del mar. Una cláusula no típica (marcada) sería nuestra caminata de ayer por la orilla del mar. Evidentemente, las dos cláusulas poseen diferencias de énfasis, aunque su contenido básico sea el mismo.

En palabras simples, se está ante una metáfora gramatical cuando se produce “una traslación en la categoría gramatical, es decir que la metáfora léxica se superpone, en muchos casos, con una metáfora gramatical” (Gallardo, 2012: 128). Esto es lo que sucede con las nominalizaciones, que conforman el tema de esta investigación.

Halliday (1994: 636-639) afirma que tanto las nominalizaciones deverbales como las deadjetivales constituyen metáforas ideacionales, pues a través de ellas “los procesos y las cualidades se construyen como si fueran entidades” (Halliday, 1994: 636)[103], lo cual permite integrarlos mejor en la trama discursiva, pues sustantivándolos se hace posible asignarles propiedades (lo cual es difícil de llevar a cabo con los procesos y las cualidades presentados con verbos y adjetivos, respectivamente)[104]. Además, la entidad metafórica constituida como sustantivo puede escapar a la atribución de verdad o falsedad, la cual se aplica prototípicamente a los enunciados.

En otras palabras, la nominalización convierte proposiciones en sujetos y objetos de otras proposiciones. Este procedimiento aumenta la cohesión textual, a la vez que genera textos léxicamente densos, pero gramaticalmente simples (Iturrioz Leza, 2000-2001: 78).

Es importante insistir en otra característica de la metáfora gramatical: “El modo metafórico también niega acceso a aspectos significativos del potencial que está asociado con el modo congruente: hay una pérdida de significado ideacional” (Halliday, 1994: 642)[105]. En otras palabras, la nominalización no solo amplía ciertas posibilidades de significación, sino que también las restringe. Esto puede observarse en el hecho de que algunos participantes del proceso o la acción a la que se refiere queden implícitos o librados a la interpretación del interlocutor. Este punto es destacable porque es la base de una de las funciones discursivas de la nominalización: la de ocultar información.

También es útil indicar que “El modo metafórico se ha asociado con discursos prestigiosos de poder y autoridad” (Halliday, 1994: 640)[106]. Otro punto interesante de la metáfora es el hecho de que existe una fuerte relación de la nominalización con ciertos registros y tipos textuales; en particular, con el registro científico y con el registro técnico periodístico. Este punto se retoma más adelante.

Por último, cabe señalar que la significación de la metáfora gramatical se extiende desde el dominio ideacional al textual y al interpersonal (Halliday, 1994: 643-646). En el dominio textual, los efectos de la metáfora ideacional son los cambios en la organización tema-rema de la proposición. La nominalización suele mostrar que se retoma información conocida, reagrupándola (Gonzalez, 2015). Este punto se desarrollará cuando se revise la función fórica de la nominalización.

Los efectos interpersonales de la metáfora ideacional ya fueron esbozados. Cuando una secuencia es realizada por una cláusula, se le da el estatus de una proposición o propuesta, lo cual la hace discutible. Una secuencia “proposicionalizada” puede ser modalizada, discutida y negociada interpersonalmente de numerosas maneras. Con la nominalización, las secuencias se presentan como cosas establecidas, son indiscutibles y pierden el estatus de proposiciones modalizables.

Para Halliday (1994), no solo existen nominalizaciones deverbales. También pueden nominalizarse adjetivos. Por otra parte, existen otras formas de metáforas gramaticales, pues la metáfora gramatical es –para el autor– el hecho de que un mismo papel semántico pueda ser expresado por diversas funciones sintácticas. Sobre la nominalización como metáfora gramatical y sus valores, tema crucial para esta investigación, se insistirá en el capítulo cuatro. La visión de este autor, si bien se aplica propiamente al campo de la gramática, es compatible con la teorización de la metáfora como operación conceptual, que se desarrolla en el apartado siguiente.

2.10. La metáfora como mecanismo del pensamiento (Lakoff y Johnson, 1980)

Lakoff y Johnson son autores ineludibles en el estudio de la metáfora como operación conceptual. En su libro Metaphors we live by (1980), afirman que la metáfora es un fenómeno del pensamiento que se refleja en el lenguaje, que está omnipresente en la vida cotidiana y que permite la estructuración de la experiencia. En sus palabras: “Nuestro sistema conceptual ordinario, en términos tanto de lo que pensamos como de lo que actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica” (Lakoff y Johnson, 2001 [1980]: 3)[107].

Los autores resaltan el hecho de que rara vez quien comprende una metáfora cotidiana experimenta que se ha producido algún abuso en el lenguaje. Dentro de las metáforas, establecen una escala según su nivel de “cristalización”, en uno de cuyos extremos están las “metáforas creativas”, mientras que en el otro se encuentran las “metáforas fósiles”, que son las que estructuran principalmente la forma de pensar cotidiana de los individuos[108]. Las metáforas cotidianas, aquellas que ni siquiera son percibidas como tales, son las que nos hacen comprender las cosas de una determinada manera[109].

Este punto resulta importante, pues se relaciona con la teoría de la gramaticalización desarrollada en el capítulo uno. El itinerario vital de una metáfora es el siguiente: cuando una metáfora se acuña por primera vez, está sujeta a restricciones contextuales y comunicativas, es decir, quien la interpreta debe hacer uso de estrategias inferenciales para comprenderla. A medida que la metáfora se va haciendo lugar en una comunidad de habla y se la repite frecuentemente, su carácter se modifica: su significado se fija y comienza a formar parte del lexicón mental junto con las expresiones “literales”. Por último, se da un proceso de derivación semántica que puede concluir en la pérdida de la conciencia del origen metafórico de la expresión en cuestión. Incluso, puede darse que se utilice esa expresión como base “literal” para extensiones metafóricas ulteriores.

A estas consideraciones corresponde la diferenciación metáfora viva/metáfora muerta, que se encuentra en Ricoeur (1980 [1975]: 118, 139), y que tiene un paralelo en la distinción entre metáforas fósiles y nuevas de Lakoff y Johnson. Sobre este particular se extiende Chamizo Domínguez (2005b), que distingue tres estadios en la vida de las metáforas: metáforas novedosas, metáforas semilexicalizadas y metáforas lexicalizadas[110].

Continuando con las ideas desarrolladas por Lakoff y Johnson (1980) en su célebre libro Metaphors we live by, los autores señalaron que la esencia de la metáfora es entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra. Esos dos tipos de cosas son, más específicamente, “dominios” de la experiencia o “dominios cognitivos” (noción definida en el apartado 2.3.1.). En otros términos, las metáforas poseen como mecanismo de acción el “isomorfismo” o “reconocimiento de relaciones comunes en el seno de entidades diferentes” (Lakoff y Johnson, 2001 [1980]: 17). Esta idea es un punto en común entre la teoría aristotélica de la metáfora y la cognitivista.

El isomorfismo metafórico puede ejemplificarse con la metáfora el tiempo es dinero, desarrollada in extenso por los autores. Esta metáfora se encuentra en la base de enunciados como me estás haciendo perder el tiempo y no quiero gastar mi tiempo en eso[111]. En estos enunciados metafóricos se procesan cognitivamente el tiempo y los eventos a él asociados, del mismo modo en que se conceptualizan el dinero y las experiencias que se tienen con él.

En esta metáfora puede observarse algo más: que se comprende lo abstracto a partir de lo concreto[112]. Esta proyección suele tener relación con la experiencia corporal de cada persona, que se reconoce como un cuerpo que se desplaza en el espacio y está contenido dentro de ciertos límites.

Este tipo de conceptualización basada en la experiencia sensible de un cuerpo que interactúa con su entorno físico y social es lo que se denomina experiencialismo o embodied mind o embodiment (Lakoff, 1987: 12; Kövecses, 2010: 107-120; Ziemke, 2003). Esta teoría sostiene que la mente no está separada del cuerpo ni actúa por su cuenta, sino que refleja una experiencia del mundo influida por nuestra naturaleza orgánica. Por otra parte, no debe olvidarse que el cuerpo no se encuentra aislado, sino que también hay una experiencia social que el individuo absorbe; el cuerpo está también integrado o “incrustado” en la sociedad (socially embedded) (Geeraerts, 2006: 5; Langacker, 2008: 4)[113].

Este punto es todavía controversial para los teóricos. Goschler (2005: 35) señala que es posible hacer un camino inverso al que plantea el embodiment, es decir, que es posible ir desde lo abstracto hacia lo concreto. En efecto, se pueden utilizar otros dominios para describir partes/órganos del cuerpo humano (v. gr., el de las plantas, el de las máquinas). Un ejemplo de este tipo de metáforas es los ojos son cámaras (Goschler, 2005: 42). Incluso, hay casos en los que es difícil determinar cuál es el dominio fuente y cuál es el dominio meta de una metáfora, a saber, si lo proyectado son los estados del cuerpo humano o los sentimientos/emociones que suceden a la par de ellos (v. gr., me hirvió la sangre).

Volviendo al eje de este apartado, se enumeran a continuación algunas de las metáforas conceptuales más comunes, a modo de botón de muestra: el tiempo es espacio[114], feliz es arriba, triste es abajo; la mente es una máquina; las expresiones lingüísticas son recipientes y la comunicación consiste en un envío.

Existen metáforas conceptuales (v. gr., sos mi locura) y metáforas de imagen (del tipo Italia es una bota)[115]. Además, como puede vislumbrarse en los ejemplos precedentes, existen diversas clases de metáforas conceptuales. Lakoff y Johnson las clasifican en tres tipos: (a) orientacionales, (b) estructurales y (c) ontológicas (entidad[116]/sustancia/contenedor). Los siguientes son ejemplos de cada una de estas clases, respectivamente. En primer lugar, se ubica la metáfora conceptual o abstracción más general, y en segundo lugar se encuentra una expresión metafórica de ejemplo[117].

(3) a. bueno es arriba.

(3) b. Ni física ni mentalmente es alto.

(4) a. la comprensión es claridad.

(4) b. Lo tengo muy claro.

(5) a. certeza es seguridad.

(5) b. ¿Estás segura?

Las metáforas que organizan un sistema global de conceptos en relación con el espacio son las llamadas metáforas orientacionales: arriba/abajo, dentro/fuera, delante/detrás, profundo/superficial, central/periférico. Algunos ejemplos de este tipo de metáforas son los siguientes: feliz es arriba, triste es abajo (v. gr., eso me levantó el ánimo), salud y vida son arriba, muerte es abajo (v. gr., cayó enfermo)[118].

Las metáforas estructurales constituyen el subgrupo más abierto, pues incluyen todas las expresiones metafóricas que no son orientacionales u ontológicas. Se las llama estructurales porque consisten en la estructuración de un concepto en términos de otro. Dentro de este grupo se encuadran metáforas como una discusión es una guerra o el tiempo es dinero.

Las metáforas ontológicas, o de sustancia y entidad, son aquellas que se basan en una comprensión del mundo desde las experiencias con objetos físicos (en especial, nuestros propios cuerpos) y lo que Lakoff y Johnson llaman sustancia o entidad (fluidos, elementos materiales).

Las sustancias o entidades, luego de ser identificadas, son categorizadas y cuantificadas. Esto explicaría por qué el hombre tiende a categorizar como discretas o limitadas cosas que no lo son (v. gr., montañas, esquinas, etc.). Este modo de referirse a las cosas sirve al hombre para poder ubicarlas y actuar sobre ellas más fácilmente[119]. Una metáfora de este tipo es la inflación es un objeto material[120]; otra, la mente es una máquina (v. gr., voy a perder el control, hoy no me funciona el cerebro).

Una clase de metáforas ontológicas muy recurrente es la personificación, por la cual se consideran los objetos o fenómenos como personas. Cada personificación resalta ciertos rasgos que puede poseer una persona (o formas de mirar a una persona) y oculta otros. Un ejemplo de este grupo metafórico es la inflación es un adversario.

También es necesario aclarar que existen niveles metafóricos (Díaz, 2006: 57). Lakoff y Turner (1989: 80-82) hacen una distinción entre metáforas de nivel genérico (v. gr., los eventos son acciones) y otras de nivel específico (v. gr., la vida es un viaje). Las primeras son tan amplias que no tienen un referente específico en la realidad. Las metáforas de este nivel engloban a las demás y representan su modo de funcionamiento, pues hacen concreto lo abstracto, hacen físico lo psíquico, remiten a lo viejo para hablar de lo nuevo, etc. Carecen de especificidad, ya que no poseen dominios fuente y meta fijos y, por lo tanto, no plantean una lista detallada de entidades en su proyección.

Las metáforas de nivel específico tienen un referente más visible en la realidad externa, pues implican entidades subordinadas, como sucede con las palabras son armas en la expresión Sus palabras eran filosas. La metáfora genérica que engloba a esta última metáfora específica (y a otras) puede ser lo abstracto es concreto o lo psíquico es físico.

En resumen, las metáforas de nivel genérico tienen la ventaja de explicar un amplio rango de casos, pues poseen unas pocas propiedades, que funcionan al modo de un esqueleto de las metáforas específicas (Kövecses, 2010: 44-45). Las de nivel específico, por su parte, poseen la ventaja de brindar información más concreta. En efecto, “presentan un imaginario rico, fácilmente evocable, vinculado a experiencias cotidianas, con un amplio paquete de informaciones relativas a dichas experiencias” (Lakoff y Turner, 1989: 165)”.

La base experiencial cotidiana que subyace a las metáforas son los llamados “esquemas de imagen” o “imágenes esquemáticas” (image schemata) (Johnson, 1987). Son estructuras preconceptuales (no proposicionales, de la imaginación) de alto nivel de generalidad, que organizan nuestra experiencia y manifiestan un patrón de repetición. Esta repetición se refiere a los movimientos en el espacio, la experiencia en la manipulación de objetos, las interacciones perceptivas con el mundo.

Las características de los esquemas de imagen son las siguientes: (a) sirven para identificar modelos presentes en gran número de experiencias, (b) comprenden entidades y relaciones, (c) son conceptualizaciones del pasado a la vez que pueden estructurar y anticipar interacciones con objetos y personas, (d) son dinámicos, flexibles y (e) tienen carácter gestáltico.

Se trata de “modelos corporizados” (embodied) de la experiencia (Johnson, 1987: 19)[121]. Los principales esquemas de imagen son: camino, enlace, ciclo, escala, centro-periferia, contenedor, bloqueo, permiso, parte-todo, lleno-vacío, iteración, superficie, equilibrio, fuerza contraria, atracción, cerca-lejos, unión, fusión, coincidencia, contacto (Lakoff, 1987; Taylor, 1995: 134-136; Di Stefano, 2006: 56; Espinosa Elorza, 2009: 27)[122].

Es necesario insistir en la idea de que los conceptos metafóricos no operan de manera aislada en la mente. Lakoff y Johnson (2001 [1980]) argumentan que las acciones, eventos y objetos se entienden en términos de “gestalts experienciales” (i. e., totalidades estructuradas y significativas dentro de la experiencia corporal y cultural), que dan coherencia y estructura a nuestra experiencia.

Dicho de otro modo, la proyección como mecanismo operante en la metáfora, i. e., la comprensión de una clase de cosas/experiencias en términos de una clase diferente, tiene como base la percepción de una gestalt común entre ellas. Por ejemplo, el dominio de las discusiones tiene una organización general similar al de las guerras en muchas ocasiones; esto es lo que ha permitido que se haya forjado e instaurado la metáfora una discusión es una guerra.

Se aprovechará el ejemplo anterior para señalar otra característica de las metáforas conceptuales. En general, los conceptos están parcialmente estructurados por varios tipos diferentes de proyecciones metafóricas. Así, el concepto de discusión se refleja no solo en la metáfora convencional una discusión es una guerra, sino también en las metáforas convencionales las discusiones son edificios (v. gr., construyó un argumento sólido, sentó las bases de su argumentación, su argumento se derrumbó) y los discursos son contenedores (v. gr., tus palabras tienen mala onda).

En relación con este tema de la proyección parcial o total que las metáforas realizan entre dominios, los autores señalan, además, que el hecho de destacar un aspecto de un elemento en virtud de una proyección metafórica particular, produce el ocultamiento de otros aspectos de dicho elemento. Esto puede ejemplificarse con el siguiente sistema metafórico, subyacente en el metalenguaje, a la metáfora del canal (Lakoff y Johnson, 2001 [1980]: 47):

(6) a. las ideas (o significados) son objetos.

(6) b. las expresiones lingüísticas son recipientes.
(6) c. la comunicación consiste en un envío.

Esta metáfora se puede resumir como las expresiones lingüísticas son recipientes para los significados. Algunas expresiones metafóricas que se inscriben en este sistema son yo te di esa idea, tus razones no nos alcanzan, tratá de poner tus ideas en menos palabras, jugás con las ideas, las vestís de forma caprichosa[123]. ¿Qué aspectos del proceso de comunicación enmascaran estas metáforas? Suponen que los enunciados poseen un significado en sí mismos y restan atención a la interacción de sentidos contextualizada que se produce entre los hablantes (Lakoff y Johnson, 2001 [1980]: 47-48).

En cuanto a las redes que se establecen entre diversas proyecciones metafóricas, Lakoff y Johnson (2001 [1980]: 59) indican que “los valores más fundamentales en una cultura serán coherentes con la estructura metafórica de los conceptos fundamentales en la misma [sic]”. Por ejemplo, más es mejor y más grande es mejor son coherentes con más es arriba.

Esto no significa que se trate de una estructura perfecta; en ocasiones, las circunstancias sociales producen conflictos entre estos valores, que llevan a que un concepto metafórico se imponga sobre otro. Es lo que sucede con la expresión la inflación está en alza, en la cual la metáfora más es arriba se ha impuesto a mejor es arriba, quizá por poseer un fundamento físico más evidente.

Además de los valores culturales –según afirman Lakoff y Johnson– los hay subculturales, i. e., pertenecientes a grupos que mantienen valores diferentes de los que sostiene la cultura principal. Existen, además, subgrupos de solo un individuo, cuyos sistemas de valores individuales suelen ser coherentes con las metáforas orientacionales de la cultura en la que están inmersos (Lakoff y Johnson, 2001 [1980]: 61)[124].

Un punto interesante para destacar en esta caracterización de la metáfora conceptual es la hipótesis de la invariancia, formulada por Lakoff (1990: 54, 1993), que sostiene que se proyecta tanto conocimiento desde la fuente hacia la meta cuanto resulte coherente con las imágenes esquemáticas propias de la meta (Kövecses, 2010: 131). Para graficar: “Lo que hace el principio de invariancia es garantizar que, para los esquemas de contenedores, los interiores se proyectarán sobre interiores, los exteriores sobre exteriores y los bordes sobre bordes” (Díaz, 2006: 56).

Dicho de otro modo, las relaciones biunívocas de carácter metafórico conservan la topología cognitiva (i. e., el esquema de imagen) del dominio cognitivo fuente. Esto va acompañado por un efecto de anulación que produce el dominio meta o diana, que no permite que se viole cualquier elemento de su estructura (v. gr., dar una idea no implica que lo que se da deje de estar en el donante). Esto explicaría por qué, en ocasiones, se manifiesta una asimetría entre los dominios de las metáforas. Por ejemplo, en el caso de el amor es un viaje, el amor se expresa en los términos del dominio fuente viaje, pero no sucede al revés.

Como matizan Croft y Cruse (2008: 265), numerosos teóricos de la metáfora defienden la existencia de una relación más interactiva entre la estructura del dominio fuente y la del dominio diana, la cual implicaría una especie de fusión o superposición de estructuras entre ambos dominios. Agregan:

El modelo de Lakoff no es capaz de aprender de forma suficientemente satisfactoria lo que probablemente constituye el rasgo más característico de una metáfora, a saber, el hecho de que no solo implica la activación de dos dominios, es decir, el establecimiento de determinadas correspondencias, sino también una suerte de mezcla de ambos dominios. Esta mezcla se va debilitando, llegando incluso a desaparecer, conforme la metáfora se va consolidando, pero constituye un rasgo primordial de cualquier metáfora (Croft y Cruse, 2008: 271).

Sobre el tema de la mezcla de dominios se discurrirá en el apartado 2.12.2. A continuación se pasará a revisar cómo ha sido explicada la metonimia luego de la aparición en escena de la metáfora como fenómeno cognitivo. Se buscará responder a las preguntas que se detallan a continuación: ¿es la metonimia un tipo de metáfora? ¿es la metáfora la que se incluye dentro de la metonimia? Si se trata de especies distintas, ¿en qué se diferencian entre sí?, ¿cuáles son sus puntos de contacto?

2.11. Metáfora y metonimia

Desde el cognitivismo, algunos autores incluyen diversas figuras como la comparación, la analogía, la alegoría, la metonimia, la sinécdoque y la catacresis dentro de la categoría metáfora (Díaz, 2006: 42). Otros autores invierten un tanto los términos al afirmar que la metonimia “es más básica que la metáfora en el lenguaje y la cognición” (Barcelona Sánchez, 1997: 25), “uno de los procesos más fundamentales de extensión de significado, más básico, quizás, incluso que la metáfora” (Taylor, 1995: 124).

La metáfora y la metonimia tienen una característica cardinal en común. Como se ha señalado en el capítulo uno, ambos procesos cognitivos se basan en un mecanismo traslaticio, que produce como resultado cambios lingüísticos, los cuales no se restringen al terreno léxico-semántico, sino que se extienden al ámbito gramatical (Elvira, 2009: 168).

Ahora bien, como señala Elvira (2009: 166-167), si bien tanto la metáfora como la metonimia constituyen mecanismos básicos de desplazamiento de significado y actúan en la creación de piezas gramaticales, se pueden hallar algunas diferencias entre ellas. En efecto, ha habido variadas teorizaciones que han apuntado a diferenciar la metáfora de la metonimia.

Con el fin de diferenciar los procesos de la metáfora y la metonimia, Lakoff y Johnson (2001 [1980]: 74) afirman:

La metáfora es principalmente una manera de concebir una cosa en términos de otra, y su función primaria es la comprensión. La metonimia, por otra parte, tiene primariamente una función referencial[125], es decir, nos permite utilizar una entidad por otra. Pero la metonimia no es meramente un procedimiento referencial. También desempeña la función de proporcionarnos comprensión.

Como puede observarse en este extracto, los autores sostienen que hay diferencias entre metáfora y metonimia, pero no logran establecer un límite satisfactorio entre ellas. Es muy difícil definir qué tan diferenciada se encuentra la metonimia de la metáfora. Lakoff y Johnson (2001 [1980]: 77) presentan un ejemplo de los efectos expresivos propios de la metonimia: “Cuando pensamos en un Picasso no pensamos solamente en una obra de arte en sí misma. Pensamos en ella en términos de su relación con el artista […], la concepción del arte del pintor, su técnica, su papel en la historia del arte, etc.”. Nuevamente, la aseveración de los autores acerca los dos mecanismos de pensamiento, en lugar de alejarlos: ambos mecanismos consisten en entender una cosa en términos de otra, trátese de dos especies distintas, trátese de una especie y una parte de ella o elemento incluido dentro de ella como dominio.

Un criterio de distinción de la metáfora y la metonimia es el basado en el del tipo de relación que establece cada proceso entre las dos entidades involucradas (Kövecses, 2010: 174). Se basa en la idea de que la metáfora implica similitud, proyección de un dominio sobre otro, analogía, selección paradigmática e iconicidad. La metonimia, por su parte, implica contigüidad, relaciones sintagmáticas, indicialidad y traslados dentro del mismo dominio (Traugott y Dasher, 2002: 79; Geeraerts, 2006: 13)[126].

Como consecuencia de esta distinción, Gibbs (1994) propuso una prueba de reconocimiento de estos fenómenos, que consiste en hacer uso de la expresión es como. Si haciendo esta transformación en comparación el resultado tiene sentido, se está ante una metáfora. De lo contrario, se trata de una metonimia. Por ejemplo, la expresión metafórica mi mano derecha está por llegar puede ser transformada en él es como mi mano derecha. En cambio, en la expresión metonímica necesitamos un guante para la tercera base no es posible la transformación en comparación (*el tercer jugador es como un guante).

Esta prueba de reconocimiento tiene algunos puntos débiles. En primer lugar, supone que toda metáfora es transformable al formato comparativo, lo cual puede habilitar el retorno a la idea de que en el fondo las metáforas son meras comparaciones implícitas. En segundo lugar, la prueba debe ajustarse según las clases de palabras que participen del proceso metafórico o metonímico en cuestión. Por último, no debe olvidarse que la semejanza que opera en la metáfora tiene varias facetas (Kövecses, 2010: 174)[127].

Sin embargo, no se trata de una prueba desechable porque funciona en la mayoría de los casos y porque se basa en una distinción muy relacionada con otro criterio, aquel en el que parece haber más acuerdo entre los teóricos. Este criterio es la consideración de los dominios que se ven implicados en el proceso en cuestión. Siguiendo esta guía, la metonimia se diferencia de la metáfora en que no proyecta un dominio conceptual sobre otro, sino que opera dentro de un mismo dominio.

Esta idea está presente en la definición de metonimia que proporciona Rodríguez Espiñeira (2010: 33): “proceso cognitivo por el que una entidad conceptual, que funciona como vehículo, proporciona acceso mental a otra entidad conceptual, la meta, dentro de un mismo dominio o modelo cognitivo idealizado”, cuya formulación original pertenece a Kövecses y Radden (1998: 39) (Radden, 2002: 408; Ruiz de Mendoza Ibáñez y Galera-Masegosa, 2011: 5).

Lakoff (1987: 13) completa esta definición al afirmar que el razonamiento metonímico es aquel por el cual una parte de una categoría (subcategoría o miembro) se utiliza en lugar de la categoría en su totalidad. También lo llama razonamiento de punto de referencia. Delbecque (2008: 37) expresa esto con otras palabras: “Se habla de metonimia cuando conceptualmente tomamos una cosa por otra, que percibimos como contigua […]. A diferencia de lo que sucede con la metáfora (donde entendemos un dominio en términos de otro), la metonimia es más bien un fenómeno referencial”.

En relación con esto, se ha señalado que, en la metonimia, en contraste con la metáfora, hay una proyección simple desde el vehículo hacia la meta, mucho menos sistemática que la que lleva a cabo la metáfora (Kövecses, 2010: 176). Para graficar el modo de funcionamiento referencial de la metonimia resulta muy operativa la teoría de los marcos semánticos (Fillmore, 2006 [1982])[128]. Obsérvese el siguiente ejemplo, extraído de Traugott y Dasher (2002: 78):

En un restaurant, el marco clientes y comida son parte de un todo; por lo tanto, la bien conocida metonimia el sándwich de jamón quiere un segundo vaso de coca (Nunberg, 1978) implica no solo una metonimia desde la persona que ordenó el sándwich, sino también la escena completa del restaurant y nuestro modelo mental de esta” (Sweetser y Fauconnier, 1996)[129].

Como puede apreciarse, en el ejemplo anterior, el énfasis en un aspecto del perfil (el alimento ordenado) de un concepto (el comensal) ubicado dentro de un marco más amplio (la situación del restaurant) permite acceder mentalmente a ese concepto con facilidad.

Barcelona Sánchez (1997) problematiza el asunto de la distinción entre metáfora y metonimia. Menciona un caso que es considerado como metáfora por Croft (1993) y que podría incluirse en la clase de la metonimia. Se trata de tristeza es abajo. Puede entenderse que se realiza una proyección desde un subdominio espacial (abajo) al subdominio de la tristeza, dentro del dominio de las emociones. Sin embargo, también puede considerarse que el subdominio de la tristeza incluye en sí una postura física hacia abajo (la cara “se cae”, los hombros también, etc.).

Como se ha dicho, los dominios conforman conjuntos de conocimientos de naturaleza enciclopédica con diversos niveles de generalidad. En el caso de los conocimientos enciclopédicos acerca de la tristeza, es esperable que entren en juego los comportamientos físicos que esta produce, aunque sea de modo inconsciente.

Teniendo en cuenta esto, el autor propone un criterio de diferenciación entre la metáfora y la metonimia, que consiste en la identificación del carácter consciente o inconsciente de la inclusión de un elemento dentro de un dominio. Afirma que, en las proyecciones metafóricas, un modelo cognitivo idealizado de las taxonomías de dominios tiene que diferenciar claramente los dominios implicados en la metáfora en cuestión. En el ejemplo que se viene revisando, el dominio espacial está incluido en el de la tristeza por un conocimiento enciclopédico inconsciente que las personas poseen. No se halla incluido en la categorización popular consciente de la tristeza.

Según Barcelona Sánchez (1997: 28), la categorización taxonómica es llevada a cabo mediante modelos proposicionales conscientes; uno de ellos es el de los marcos, de Fillmore, comentado arriba. En efecto, en la taxonomía popular relativamente consciente de los dominios experienciales, las emociones no incluyen conceptos espaciales. En otros términos, estos dominios no se activan automáticamente cuando nos referimos a la tristeza sin usar metáforas. Con base en lo desarrollado hasta aquí, la conceptualización tristeza es abajo se debe etiquetar como una metáfora.

En cuanto a la metonimia, un elemento experiencial puede activar automáticamente al otro, por lo cual se deduce que se encuentran dentro de un mismo dominio. Lo interesante del aporte de Barcelona Sánchez (1997) consiste en que hace uso de las nociones de consciente e inconsciente para distinguir qué dominios pueden considerarse separados y cuáles no. Este criterio se debe sumar a la contextualización de las emisiones (ver su funcionamiento e implicaciones en esa ocurrencia particular) y buscar otras expresiones lingüísticas convencionales para decir una misma metáfora/metonimia.

Es importante aclarar que, si bien la metáfora y la metonimia son dos tipos de desplazamientos conceptuales que pueden diferenciarse siguiendo los criterios expuestos, no son incompatibles, en especial en su resultado final. Muchas expresiones de carácter metonímico/inferencial (i. e., que van adquiriendo nuevos valores contextuales progresivamente) pueden dar como resultado el desplazamiento de la expresión de origen hacia un dominio paralelo más abstracto. Esto ha sido denominado metáfora emergente (Elvira, 2009: 177)[130].

¿Cómo se produce este proceso? La metonimia –tomando en consideración la teoría de la relevancia de Sperber y Wilson (1995 [1986])[131]– constituye un caso típico de desplazamiento asociativo desde lo dicho a lo implicado o deducido de lo dicho (Elvira, 2009: 173-177). Según su sucesión en el tiempo, en el proceso de gramaticalización, hay metáforas inmediatas (v. gr., he trabajado un montón) y metáforas resultado de una adquisición de sucesivos valores de la metonimia-inferencia-contextual, sumados a una convencionalización de estos, que lleva a no percibirlos como significados inferenciales (v. gr., estoy hecho un hércules)[132].

Esta concepción de la interacción metáfora-metonimia se inserta en lo que Traugott y Dasher (2002: 35) han denominado “teoría de las inferencias suscitadas por el discurso”[133], según la cual la metáfora surge en primer lugar en un escritor o hablante de manera espontánea como estrategia retórico-comunicativa. Luego, puede extenderse a otros usos del mismo emisor e incluso a otros miembros de la comunidad lingüística.

Si, luego de este proceso, la metáfora adquiere valor social y aumenta su saliencia, puede extender su uso a variados contextos y convertirse en lo que los autores denominan “inferencias generalizadas” (Traugott y Dasher, 2002: 35), caracterizadas por ser usadas de modo convencional por los hablantes, que no piensan en su significado original o lo hacen como un rastro que quedó en la palabra[134]. En ese caso, se habla de que un nuevo significado de la palabra ha surgido; por lo tanto, ha aumentado su polisemia.

Para muchos autores los criterios de distinción entre metáfora y metonimia resultan insuficientes. Desde esta postura, Barnden (2010: 2) afirma (en referencia al criterio de semejanza/contigüidad y al de dominios implicados): “estas posibles diversas bases para la diferenciación no proporcionan, como se concibe en cualquier caso actualmente, una distinción firme entre metáfora y metonimia. Esta falla se mantiene incluso si los supuestos criterios se combinan en lugar de considerarse de forma aislada”[135].

Geeraerts (2002: 15) afirma que existe un continuum entre metáfora y metonimia, que va desde expresiones completamente metafóricas a expresiones completamente metonímicas. Los casos intermedios pueden ser, según el autor, de tres clases: (a) casos en los que la metáfora y la metonimia ocurren consecutivamente, (b) casos en los que ocurren en paralelo y (c) casos en los que son intercambiables.

En el caso de la interacción consecutiva entre metáfora y metonimia, hay una secuencia de dos extensiones de significado; primero, una extensión metafórica y, luego, una metonímica, o viceversa. Incluso, puede haber dos extensiones del mismo tipo (por ejemplo, dos metonimias). Geeraerts (2002: 17) proporciona el siguiente ejemplo de este tipo de interacción:

En un ejemplo como labio sobresaliente [en inglés, hanglip; equivalente al español hacer pucheros], por ejemplo, pueden ser identificados dos pasos metonímicos consecutivos. La lectura literal está compuesta por el nombre labio y la base verbal sobresal- (de sobresalir); la lectura literal puede ser parafraseada, por lo tanto, como ‘labio sobresaliente’. Una primera extensión metonímica (que involucra la relación metonímica entre una característica específica y su portador) conduce a ‘una persona con un labio inferior saliente’. Una segunda extensión metonímica (que implica la relación metonímica entre un efecto típico y la causa usual de ese efecto) conduce a ‘una persona infeliz, malhumorada, haciendo pucheros’[136].

El segundo tipo de interacción metáfora-metonimia es la presencia paralela de los dos procesos, i. e., el trabajo conjunto de ambos en la construcción del significado o, al menos, la posibilidad de reconstruir ambos caminos, tanto el metafórico como el metonímico, para arribar al significado de la expresión en cuestión, como sucede en es un cabeza de chorlito.

En este trabajo, se considera que Geeraerts no logra distinguir claramente de los anteriores el último tipo de interacción metáfora-metonimia. Además, la distinción de este tipo de interacción implica un criterio más bien interpretativo que explicativo de su naturaleza.

Con estos planteos, Geeraerts retoma nociones planteadas por Goossens (1990). Particularmente, las de “metáfora desde la metonimia” (metaphor from metonymy) y “metonimia dentro de la metáfora/metáfora dentro de la metonimia” (metonymy within metaphor/metaphor within metonymy) (Geeraerts, 2002: 20-21; Galera-Masegosa y Ruiz de Mendoza Ibáñez, 2011: 8-9).

Lo más importante del desarrollo teórico de Goosens (1990) es el hecho de que acuñó el término metaftonimia. Esta aparece cuando para una determinada interpretación se emplean procesos metafóricos y metonímicos, como sucede en mis labios están sellados, donde los labios se dicen por la persona (metonimia) y de ella se dice que no hablará (metáfora)[137].

En esta línea, resulta particularmente interesante el trabajo de Radden (2002) sobre la “metáfora basada en la metonimia”. El autor parte de la idea de que la literalidad, la metáfora y la metonimia conforman un continuum[138] con casos difusos entre estas categorías y centra su análisis en las metáforas basadas en metonimias. Si se deconstruye este tipo de metáforas se puede apreciar cómo se pasó de la literalidad de una expresión (v. gr., up con el significado básico de ‘arriba’) a una metonimia parcial (v. gr., up con el significado de ‘arriba’ y ‘más’, como en alta temperatura), luego a una metonimia completa (v. gr., arriba por más, como en precios altos) y posteriormente a una metáfora (v. gr., más es arriba, como en calidad alta).

Radden (2002) afirma que las metáforas basadas en metonimias se establecen a partir de cuatro fuentes: (a) una base experiencial común entre la fuente y la meta debida a relaciones de correspondencia y complementariedad; (b) implicaturas conversacionales; (c) la estructura taxonómica de las categorías; (d) modelos culturales (con bases experienciales, por supuesto).

Un ejemplo del primer tipo de metáfora basada en metonimia desde la clasificación de Radden (2002) es el caso de más es arriba presentado recién, que se encuentra en expresiones como precios altos y precios en ascenso, por ejemplo. En este caso hay una correlación entre el ascenso y la altura con una fuerte base experiencial. Estas categorías suelen estar relacionadas de modo tal que si una se modifica la otra se modifica en la misma dirección dentro de una escala de valores. En lo que respecta a la complementariedad, es un tipo especial de relación parte-parte entre las cuales se establece una unidad. Se puede apreciar en expresiones irónicas y coloquiales. Un ejemplo de este tipo de relación podría ser la que se aprecia en ese vestido es precioso mal. En este enunciado mal significa su contrario.

El segundo tipo de metáfora basada en metonimia presentado por Radden (2002), que son las que se generan a partir de implicaturas conversacionales, se puede comprender con facilidad si se revisan los contenidos del capítulo 1 de este libro. Se puede ejemplificar con el paso de lo deóntico a lo epistémico. Por su parte, el tercer tipo de metáfora basada en metonimia según Radden (2002) pone en juego las relaciones que existen entre los miembros de las categorías y las categorías como conjuntos. En otras palabras, en esta clase de metáfora basada en metonimia se incluyen las que derivan de la sinécdoque. Los ejemplos que provee Radden (2002) para esta categoría implican la referencia a lo concreto por lo abstracto, como se observa en El fuego dejó 200 personas sin hogar (The fire left 200 people homeless).

La cuarta y última fuente de metáforas basadas en metonimais son los modelos culturales. Radden (2002) desarrolla tres modelos: (a) las fuerzas físicas (v. gr., la fuerza es una sustancia dirigida a una parte, expresada por sus golpes tienen mucha fuerza [his punches carry a lot of force]), (b) la comunicación y el lenguaje (v. gr., la metáfora del contenedor ya explicada, que implica que las expresiones lingüísticas contienen las ideas y la comunicación es una transferencia) y (c) las emociones y sus reacciones psicológicas (v. gr., la ira es calor, presente en me hierve la sangre). Escapa al objetivo de este libro adentrarse en este particular, por lo cual solo se enuncian estas nociones y se provee de ejemplos a modo ilustrativo.

En orden a completar la caracterización de la metonimia que se viene realizando, es útil apuntar que existe una gran cantidad de clasificaciones de la metonimia. En el cuadro que sigue se presenta un listado de diversas clases de metonimias, que reúne las descriptas por Bréal (1900 [1897])[139], Lakoff y Johnson (1980), Gibbs (1994), Barcelona Sánchez (1997) y Kövecses (2010).

Tabla 2. Clasificación de la metonimia
Clase de metonimia Ejemplos

la parte por el todo

No he visto tu cara hace días

la causa por el efecto  (y viceversa)
Incluye el productor por el producto y el autor por su obra

Mi dulce tormento (por ‘mi mujer’)
(Arniches)
Compró un Ford
Me gusta leer a Balzac

el controlador por el controlado
(y viceversa)

Incluye el objeto usado por el usuario

La segunda guitarra no podrá venir hoy

una institución por la gente responsable/ una institución por sus integrantes

No conseguirán que la universidad esté de acuerdo con eso

el lugar por la institución/ el lugar por los habitantes

La Casa Rosada no dijo nada
Perú elige su nuevo presidente

el lugar por el acontecimiento

No permitamos que Tailandia se convierta en otro Vietnam

el lugar de procedencia por el objeto

El Burdeos me gusta más que el Montilla

el material por el objeto hecho de ese material

Fio su vida a un leño [= ‘barco’]

el contenedor por el contenido
(
y viceversa)

Me sirvió una copa

lo concreto por lo abstracto
Incluye lo físico por lo moral

Tenés que respetar sus canas (su vejez).

lo abstracto por lo concreto

Hacéis de la esperanza anatomía 
(Lope de Vega)

el poseedor por el objeto poseído
Incluye un artículo de vestir por la persona que lo viste

Mi goma se reventó [por la goma de mi auto se reventó]

la persona por el nombre

Yo no aparezco en la guía en lugar de mi nombre no aparece en la guía

el camino por la meta

Él vive cruzando la calle (Por: su casa está al otro lado de la calle)[140]

Para cerrar este panorama sobre la relación entre la metáfora y la metonimia, y sobre las particularidades de la metonimia, no está de más reparar en el hecho de que sobre la metonimia no se cuenta con una bibliografía tan abundante como la acumulada sobre el tema de la metáfora. La metonimia ha recibido menor atención y desarrollo que la metáfora. Más exactamente, se podría afirmar que se han hecho numerosas consideraciones sobre la metáfora como término genérico que podían atribuirse tanto a metáfora como a metonimia. Por ejemplo, “La mayor parte de nuestro sistema conceptual cotidiano está basada en categorías de nivel básico y prototipos, que son graduados, radiales y metafóricos (Lakoff, 1987; negrita propia)”.

Drożdż (2015) indica que la Teoría de la Metonimia Conceptual (TMyC)(Dirven and Ruiz de Mendoza 2010: 39) se deriva de la TMC de Lakoff Johnson (1980)[141]. En sus palabras, “gran parte de los temas discutidos en la teoría de la metonimia tienen que ver con algunas facetas de la teoría de la metáfora”[142]. Es recientemente, con los estudios de Drożdż (2014), que disponemos de una historia de la Teoría de la Metonimia Conceptual. Por las razones expuestas, en este libro las descripciones generales sirven grosso modo tanto para la metáfora como para la metonimia y se dedicó una sección a revisar similitudes y diferencias entre los dos procesos y vislumbrar el continuum entre ellos[143].

2.12. La metáfora como blending

2.12.1. La teoría de los espacios mentales y el Blending (Fauconnier y Turner, 1998, 2002)

La teoría del blending (en adelante, TB) constituye un refinamiento de la teoría de los espacios mentales, formulada por Fauconnier (1984), la cual planteaba que debía sustituirse la metáfora del contenedor en referencia al signo lingüístico, i. e., la idea de que las palabras son continentes de las ideas, que son continentes de la realidad externa al sujeto hablante.

En lugar de eso, el autor apuesta por la idea de “una construcción mental permanente, relativamente abstracta, de espacios, elementos, roles y relaciones en el interior de estos espacios, correspondencias entre espacios y estrategias de construcción a partir de indicios gramaticales o pragmáticos” (Fauconnier, 1984: 9)[144]. Por lo tanto, “una misma expresión puede usarse tanto para introducir un elemento concreto en un espacio dado, como para hacer referencia a su homólogo en un espacio distinto” (Pascual, 2012: 6).

Fauconnier y Turner (1998, 2002) afirman del blending[145] lo que Lakoff y Johnson (1980) afirman de la metáfora conceptual: que está omnipresente en el pensamiento y en el actuar cotidiano. El hecho de que afirmen lo mismo de ambos conceptos se debe a que sustituyen el concepto de metáfora por el de blending, noción que conciben como la capacidad cognitiva más genérica y que, por ende, incluye la metáfora conceptual (la cual es interpretada en un sentido retringido).

Los autores arguyen que esta capacidad cognitiva es la que hizo que los seres humanos fueran lo que son en la actualidad, pues les permitió crear objetos, cargarlos, arreglarlos, adornarse con ellos, construir, fantasear, simular, proponer hipótesis científicas y transformar categorías. Este último punto está etiquetado por Fauconnier y Turner (2002: 15) como category metamorphosis y resulta relevante para este trabajo, que trata sobre los cambios de categorías léxicas. Este punto se retomará al final de este capítulo.

Fauconnier y Turner (2002) afirman que el blending está en el origen del arte, en la religión, en las producciones culturales, en el lenguaje, el pensamiento, el aprendizaje y la acción. Esta capacidad cognitiva incluye en sí las tres operaciones conceptuales básicas para la producción de significado: la identidad, la integración y la imaginación, caracterizadas como las tres íes que actúan en el blending (identidad, integración e imaginación).

La identidad es el reconocimiento de la mismidad o equivalencia A = A. Pero esto no es algo dado a la comprensión humana –si bien está presente desde el principio–, sino que es algo a lo que se llega por un trabajo elaborado de la mente. Por su parte, la integración consiste en encontrar identidades, a la vez que oposiciones. Por último, la imaginación es la capacidad de montar una simulación ficcional (historias, escenarios mentales, sueños, fantasías eróticas, etc.) con un estímulo externo pobre.

Aunque el blending funciona, en muchas ocasiones, de forma automática, tiene una enorme complejidad interna[146]. ¿Cómo funciona el blending? Como explican los autores, para llevar a cabo el blending no solo hay que mirar “lo que está ahí”, sino también “lo que no está ahí”. Hay dos espacios que se mezclan, pero también hay algo que no está ni en uno ni en otro. Además, hay algo nuevo que resulta de la mezcla.

Fauconnier y Turner (1998, 2002) distinguen entre cuatro espacios en la mente: un espacio input que corresponde al dominio fuente, otro espacio input que corresponde al dominio meta, un espacio blend entre ambos (estructura emergente del blending)[147] y un espacio genérico, que contiene la estructura común a los espacios inputs, producto de la proyección de ciertos elementos y relaciones. Estos espacios interactúan entre sí a partir de marcos o modelos cognitivos idealizados y responden siempre a motivaciones pragmáticas. En la figura 4 se presenta una esquematización de estos espacios:

Figura 4. Espacios mentales (Fauconnier y Turner, 1998, 2002)

Los autores definen el término espacios mentales de la siguiente manera:

Pequeños paquetes construidos a medida que pensamos y hablamos, con el propósito de la comprensión local y de la acción. Los espacios mentales son ensamblajes muy parciales que contienen elementos y están estructurados por marcos y modelos cognitivos. Están interconectados y se pueden modificar al paso que el pensamiento y el discurso se despliegan (Fauconnier y Turner, 1998: 307)[148].

Fauconnier y Turner contrastan las nociones de espacio mental y dominio conceptual de la siguiente manera: “Un espacio mental se construye, en parte, mediante el reclutamiento desde (posiblemente muchos) dominios conceptuales y desde el contexto local. Podemos construir espacios diferentes e incompatibles mediante el reclutamiento desde un mismo dominio conceptual” (Fauconnier y Turner, 1998: 331)[149].

En otras palabras, pareciera que los autores trabajan con una noción más compleja que la de dominio cognitivo porque toman en consideración los espacios mentales que participan en los blendings, que son siempre el resultado de otros blendings. De todos modos, los dominios, al igual que los marcos y los espacios, pueden proliferar y ser modificados, como señalan los mismos Fauconnier y Turner (1998: 331).

Fauconnier y Turner (1998, 2002) dan abundantes ejemplos concretos del funcionamiento del blending. Aquí se citará solo uno a modo ilustrativo:

Un moderno catamarán navega de San Francisco a Boston en 1993, intentando ir más de prisa que un velero que hizo el mismo trayecto en 1853. Una revista especializada en regatas informa al día siguiente del evento: “cuando informábamos, Rich Wilson y Bill Biewenga mantenían una ventaja de 4,5 días sobre el fantasma del velero Northern Light […]. En 1853, el velero hizo el trayecto en 76 días y 8 horas” […]. Informalmente existen dos sucesos diferentes en este relato, la navegación del velero en 1853 y la del catamarán en 1993, que además cubren (aproximadamente) el mismo trayecto. En la cita de la revista, las dos carreras se funden en un solo suceso, una carrera entre el catamarán y el “fantasma” del velero. En la terminología de la teoría de la fusión conceptual, los dos sucesos diferentes corresponden a los dos espacios mentales de entrada, que reflejan aspectos esquemáticos salientes de los sucesos: el viaje, la partida y los puntos de llegada, el periodo y el tiempo del viaje, el barco, sus posiciones en distintos momentos. Es claramente obvia la proyección que se puede hacer de un espacio sobre el otro […]. Esta proyección misma es posible en virtud de un marco más esquemático (compartido por ambos sucesos) de un barco que navega de San Francisco a Boston. Este marco aparece en un tercer espacio que llamamos espacio genérico. Si sabemos por dónde va el barco el día 50 del viaje, por ejemplo, vamos a deducir que el catamarán está yendo más deprisa en general en 1993 que el velero en 1853, y aún con más precisión, tenemos una idea (“cuatro días y medio”) de los resultados relativos de cada uno (Fauconnier, 2001: 153-154)[150].

El proceso del blending puede manifestarse de dos formas. Puede ser (a) novel u on line o (b) convencionalizado (entrenched). El primero es aquel que tiene lugar en una situación discursiva específica a través de inferencias a partir de las condiciones pragmáticas. Por ejemplo, comprender qué se quiere significar con que un chico es sano y con que un alimento es sano. El mismo input puede ser objeto de dos blendings diferentes, no obstante, ambos pueden hacerse en línea, teniendo en cuenta el contexto de la enunciación. El segundo tipo de blending es aquel que resulta de un laborioso trabajo. Este último es a menudo el caso del descubrimiento científico.

Como ya se señaló en relación con el ejemplo del adjetivo sano, una característica de los blendings es que es posible conformar diversos blends a partir de un mismo input. Otra característica de este proceso cognitivo es que no es de naturaleza arbitraria. No se puede proyectar cualquier combinación discordante. No sería apropiado, por ejemplo, colocar a las carpetas virtuales el ícono que se usa actualmente para la papelera de reciclaje de las computadoras.

Otro rasgo del blending es que fusiona algunos elementos y otros no. En el ejemplo clásico del monje budista y la montaña (Fauconnier y Turner, 1998, 2002)[151], se funden los dos días en uno solo, pero no se unifican los dos monjes. Una última propiedad del blending es que una vez logrado un blend a partir de otros, está en condiciones de ser utilizado para nuevos blendings.

2.12.2. Relación entre el blending y la metáfora conceptual

Si bien existen diferencias entre los modelos de la metáfora conceptual y el blending, ambos modelos tienen muchos puntos en común y son complementarios (Olave, 2012). En primer lugar, se establecerán las diferencias entre estos modelos y, en segundo lugar, se señalarán sus puntos en común.

En cuanto a las características que diferencian a estos modelos, la teoría de la metáfora conceptual (TMC)[152] se focaliza en la relación que se establece entre dos dominios, mientras que la teoría del blending (TB) toma en consideración cuatro espacios mentales. Por otro lado, la TMC prefiere considerar la metáfora como un fenómeno unidireccional, mientras que la TB, no. Por último, la TMC centra su interés en el análisis de las relaciones conceptuales convencionalizadas y la TB, por el contrario, pone el foco en las conceptualizaciones nuevas y on line (Grady, Oakley y Coulson, 1999).

Grady, Oakley y Coulson (1999) sostienen que los modelos de la metáfora conceptual y del blending son complementarios. Algunos puntos en común de ambas teorías son: (a) tratan a la metáfora como un fenómeno más conceptual que lingüístico; (b) involucran proyección sistemática del lenguaje, la imaginería y la estructura inferencial entre dominios conceptuales; (c) proponen que existen restricciones en esta proyección y (d) utilizan modelos cognitivos idealizados[153].

Para Fauconnier y Turner (1998, 2002) existen blendings que son propiamente metafóricos y otros que no lo son. Fauconnier (2001) reconoce que la proyección parcial desde una fuente a una diana y la transferencia de inferencias y estructura que con ello se crea son fundamentales en cualquier blending. Afirma que la transferencia analógica se produce en todos los blendings[154]. Pero este proceder analógico-metafórico del pensamiento[155], que tiene un poder enorme de sugerencia, no predomina en la totalidad de los blendings, que incluyen, además de la metáfora conceptual, la referencia, el tiempo, el humor, los imposibles y el movimiento ficticio.

En este trabajo, se considera (junto con Grady, Oakley y Coulson, 1999) que, si bien se suele ver la TB como contrincante de la TMC, debe recordarse que en todos los blendings hay transferencias analógicas y que las dos teorías en cuestión son complementarias. Aclarados estos puntos, se destaca el hecho de que la teoría del blending ha proporcionado a los estudiosos del tema de la metáfora conceptual indudables aportes.

El principal aporte es el reconocimiento de que la interacción de los dominios en juego produce una estructura más rica que la de cada uno de ellos por separado, aspecto que ya había avizorado Ricoeur (1980 [1975]), cuando planteó su teoría de la interacción.

Otro aporte de la teoría del blending es que toma en consideración el contexto de manera más clara que la TMC, i. e., el hecho de que la metáfora se establece en un acto comunicativo en virtud de ciertas restricciones contextuales y de que no se produce espontáneamente por la mera mezcla de elementos preexistentes, al modo de una reacción química.

En efecto, la teoría del blending no se centra en la proyección que se produce entre dominios (y las inferencias consecuentes), sino que tiene igual consideración de factores como las redes de integración, y las metas y marcos que guían el blending (Fauconnier y Turner, 2008: 27).

2.12.3. Blending y categorización

La analogía y el blending conducen la categorización (Fauconnier y Turner, 1998: 327).

Como se indicó, el blending conceptual cumple un amplio abanico de funciones. Fauconnier y Turner (1998: 363) enumeran las siguientes:

  1. Razonar (v. gr., el ejemplo del monje budista).
  2. Agregar significado y emoción a los inputs (v. gr., el entusiasmo en la carrera de catamaranes).
  3. Crear presencia retórica para algún aspecto de los inputs (v. gr., Si los gnatcatchers [un tipo de ave] fueran delfines, no permitiríamos que se extinguieran).
  4. Bromear (cfr. Coulson, 2000).
  5. Cambio conceptual (v. gr., vida artificial).
  6. Cambio cultural (v. gr., matrimonio entre personas del mismo sexo).
  7. Extensión de categorías (v. gr., él es un verdadero pescado).
  8. Mejorar uno de los inputs (v. gr., el debate con Kant mejora la autoridad, el estatus, etc. del profesor de filosofía moderna).
  9. Producir nuevas acciones (v. gr., escritorio [de una computadora]).
  10. Proveer una estructura conceptual integrada a una matriz de elementos no integrados (v. gr., jon aceleró el coche de juguete alrededor del árbol de navidad).
  11. Integrar una performance de acciones (v. gr., aprendiendo a esquiar).

Si se buscan expresiones metafóricas/metonímicas que cumplan todas estas funciones, es posible hallarlas en todos los casos, como se puede apreciar a continuación:

  1. Razonar (v. gr., Murió una planta de tanta agua que le puse. Entendí que dar de más no siempre es lo correcto).
  2. Agregar significado y emoción a los inputs (v. gr., el payaso de la clase).
  3. Crear presencia retórica para algún aspecto de los inputs (v. gr., mi esposa, mi fortaleza).
  4. Bromear (v. gr., su boca es una fábrica de hierro –en referencia a una ortodoncia).
  5. Cambio conceptual (v. gr., inteligencia artificial).
  6. Cambio cultural (v. gr., matrimonio entre personas del mismo sexo).
  7. Extensión de categorías (v. gr., cantar > canción).
  8. Mejorar uno de los inputs (v. gr., interrupción del embarazo por ‘aborto’).
  9. Producir nuevas acciones (v. gr., juguemos –dicho ante una propuesta de acción seria).
  10. Proveer una estructura conceptual integrada a una matriz de elementos no integrados (v. gr., cuando el río suena, agua lleva).
  11. Integrar una performance de acciones (v. gr., mantené el equilibrio en los esquíes como si fueras un mozo que lleva una bandeja).

Sobre este último punto se hará un breve examen, con vistas a introducir la segunda parte de este trabajo, que versa justamente sobre el cambio categorial. El blending es una forma efectiva de explicar el cambio categorial. Este proceso consiste en que, a partir de correspondencias entre los inputs (cuya coherencia aparece en un espacio genérico), se realizan proyecciones selectivas desde los inputs hacia un espacio integrador, emergente: el blend. El blend es la mezcla que surge a través de procesos de composición, completamiento y elaboración de los elementos proyectados por los inputs. Si bien el blend hereda parte de la estructura de los espacios input, los mezcla de una manera determinada[156].

El proceso del blending ocurre principalmente gracias a una proyección: “La proyección es la columna vertebral de la analogía, la categorización y la gramática” (Fauconnier y Turner, 1998: 304)[157]. Como ya se ha explicado, la proyección opera tanto en las metáforas conceptuales como en los blendings. Debido a que, a los fines de esta exploración, no es significativa la diferenciación entre metáfora conceptual y blending metafórico, se prefiere utilizar la primera denominación, que precede históricamente a la segunda.

2.13. Síntesis

Como ha podido observarse, se han sucedido históricamente numerosos estudios del tema de la metáfora. En la Antigüedad, la metáfora fue concebida por Aristóteles como epiphora del nombre, como el traslado de un nombre de una acción, cosa, etc. (no solo un sustantivo) a otra con otro nombre usual o sin nombre alguno. Pero no se trataba de un traslado cualquiera, sino de una especie de acumulación de una cosa sobre otra. Se trataba de una mirada de la metáfora como un fenómeno del pensamiento y no solo de la creación estética, que podía observarse en el habla cotidiana y que incluía entre sus especies la analogía y la transferencia desde la especie al género (en términos modernos, la metonimia).

Esta concepción fue reducida a una visión de la metáfora como mera sustitución, que es la que prevalece en la retórica posterior, la cual olvida las sugerencias del estagirita sobre la naturaleza cognitiva de la metáfora y su amplio alcance. Los retóricos del ornato señalaron que el nombre que se traslada por la metáfora sustituye a otro nombre. A partir de esta concepción, surge la idea de que una palabra puede tener un sentido literal y uno figurado. Además, se considera la metáfora como un desvío del lenguaje “propio” con una función ornamental.

Hubo también otra visión de la metáfora como sustitución de un término “propio”, que es la que Gibbs (1992) ha denominado “visión de la metáfora como anomalía”. Esta teoría propone que la comprensión de la metáfora procede del reconocimiento de que ciertas reglas lingüísticas han sido violadas. Supone un punto temporal en el que las expresiones se categorizan como lingüísticamente desviadas. Intenta demostrar algo acerca de los productos del reconocimiento de la metáfora, pero no explica qué sucede durante el proceso de comprensión de la metáfora.

En 1936, Richards afirma que la metáfora es un principio omnipresente en el lenguaje. La concibe como interacción, idea que es continuada por Max Black (1954-1955). Hay un tenor y un vehículo que interactúan en el enunciado metafórico. Estos dos elementos pueden ser concebidos al modo de un marco y un foco. En virtud de la interacción de marco y foco es que emerge el significado metafórico. Esta idea es reforzada por la metáfora-tensión de Ricoeur (1980 [1975]).

Desde una mirada pragmática, las metáforas son comprendidas como actos de habla. Searle, al igual que Grice, sitúa el origen de los enunciados metafóricos en una especie de defecto o desvío de significados con respecto a una regla de literalidad. Afirman que el interlocutor busca siempre el significado intencional o preferencial del hablante por sobre el significado estricto de las palabras mismas (que, por otra parte, es difícil de establecer porque implicaría un contexto cero de uso).

Davidson, por su parte, critica a Searle su distinción entre el significado literal de una expresión y el metafórico. Él, en cambio, sostiene que solo existe el significado literal, que es el que se deriva del uso. Lo que importa en la metáfora no es el significado de las palabras, sino su uso. Por ello, una teoría de la metáfora no puede depender de una teoría de la verdad o del significado, sino de una teoría pragmática.

La visión pragmática de la metáfora acierta en insistir en el hecho de que la metáfora no se manifiesta en un término aislado, sino en una enunciación particular. El punto negativo de esta visión es que muchos de sus teóricos siguen considerando la metáfora como generadora de un significado no literal. La comprensión de un significado de tal índole supondría una carga de procesamiento mayor que la comprensión de enunciados literales, lo cual ha sido desmentido por la evidencia psicolingüística.

Con Lakoff y Johnson (1980), se ingresa en lo que constituirá la visión cognitivista de la metáfora, que pasa a denominarse metáfora conceptual. Una metáfora conceptual consiste en la proyección de un dominio fuente sobre un dominio meta. El cognitivismo critica la teoría de la sustitución, que considera la metáfora como un desvío del sentido propio de las palabras. Además, tiene en cuenta que a veces no se puede hallar una palabra específica que sustituya a otra, sino que es en el discurso donde se establece la metáfora. Por otra parte, sostienen que no hay una decodificación específica de las metáforas, sino que se comprenden como el mismo significado literal.

Desde esta visión cognitivista, se ha incluido la metonimia dentro de la categoría metáfora (al menos en su tratamiento teórico); no obstante, en la actualidad la mayoría de los autores consideran la metáfora y la metonimia como procesos diferenciados. Entre ellos, se encuentran Panther y Radden (1999), Dirven y Pörings (2002), y Panther, Thornburg y Barcelona (2009). Hay autores que señalan que entre los dos fenómenos hay un continuum.

Para los fines de este trabajo, lo que interesa clarificar es que tanto la metáfora como la metonimia operan como mecanismos traslaticios de significado y tienen injerencia en el ámbito de la gramática. Si bien se diferencian por especificarse en ciertos matices de significado o énfasis, ambos mecanismos pueden ser comprendidos desde la teoría cognitiva como una especie de unidad o, al menos, como un continuum con la metáfora en un extremo, la metonimia en el otro y la llamada metaftonimia en el centro.

Halliday (1994) comprende la metáfora como un mecanismo que actúa en los diversos niveles de la lengua. Por ello se permite hablar de “metáfora gramatical”, la cual entiende como una manera incongruente (no esperable, menos prototípica) de realizarse las construcciones sintácticas. En otras palabras, la metáfora gramatical hace referencia a los realineamientos que se efectúan sobre ciertas correspondencias realizacionales de los patrones semánticos-sintácticos.

Este es el caso de la nominalización, que expresa procesos y secuencias con sustantivos, en lugar de utilizar verbos o construcciones y hace lo mismo con las propiedades, cuya expresión congruente es a través de adjetivos. Este punto reviste especial relevancia para la presente investigación, pues se sostiene la hipótesis de que en el ámbito de los cambios categoriales y, en particular, en el caso de la nominalización, la metáfora y la metonimia operan como factores decisivos.

En cuanto a la teoría del blending, si bien presenta algunas diferencias con la de la metáfora conceptual, ambos modelos tienen más puntos en común que divergentes y pueden complementarse. Ambas teorías comprenden la metáfora como un fenómeno conceptual e involucran proyecciones entre dominios conceptuales; ambas implican la puesta en juego de modelos cognitivos idealizados. Esta complementariedad se observa especialmente en el ámbito de la recategorización, pues la metáfora (que constituye un blending conceptual) tiene como una de sus funciones principales la de extender categorías, a través de proyecciones. Estas proyecciones generan blends o categorías híbridas, que no son ni el input 1 ni el input 2, sino algo diferente de naturaleza híbrida.

En el capítulo que sigue, se expondrán las distintas clases de palabras. Esta caracterización es necesaria en orden a reunir los aspectos teóricos sobre el cambio lingüístico, la metáfora y la metonimia desarrollados hasta aquí con la teoría de la recategorización léxica en el ámbito de la nominalización.


  1. Otras nociones relevantes en los estudios del cambio semántico son, por ejemplo, la generalización y la especificación del significado, la polisemia (noción estrechamente relacionada con la metáfora-metonimia), la homonimia, la ambigüedad y los préstamos léxicos (Penny, 2001; Traugott y Dasher, 2002; Company Company, 2003).
  2. La expresión “giro lingüístico” (linguistic turn) fue acuñada por Bergmann (1964) y popularizada por Rorty (1967). Se refiere a la preponderancia que toma el lenguaje en los estudios humanísticos hacia mediados del siglo XX. Para más detalles, cfr. López (2011) y Gonzalez de Requena Farré (2016: 299).
  3. Ricoeur (1980 [1975]: 30) hace una afirmación semejante: “No hay lugar no metafórico desde donde se pudiera considerar la metáfora”.
  4. Traducción propia. Versión original: “as far as Heraclitus”.
  5. Entre los abordajes más filosóficos del tema, se encuentran los de Vico (1744), Nietzsche (1989 [1873]) y Derrida (1971). Estos autores encontraron un nuevo vértice de discusión: la deconstrucción (Kirby, 1997).
  6. Homero, Ilíada, 4274-82. Citado por Kirby (1997: 522).
  7. Aristóteles, Retórica, 1404b, 34-36. Citado por Kirby (1997: 539).
  8. En este punto, Kirby (1997: 526) recuerda algunos datos históricos. Es posible que Aristóteles haya sido discípulo de Isócrates, del cual luego se habría separado. Además, la escuela de Isócrates fue rival de la Academia de Platón. Sostiene que Isócrates consideró la metáfora como analogías formales al estilo de los símiles homéricos.
  9. Platón, Critias, 113a. Citado por Kirby (1997: 528).
  10. Platón, Timeo, 26c. Citado por Kirby (1997: 528).
  11. Sobre la base metafórica de los eufemismos y disfemismos, cfr. Aristóteles, Retórica, 1405a 14-20. También, cfr. Chamizo Domínguez (2004), Crespo Fernández (2008), Gonzalez (2016), Pfaff et al. (1997). Chamizo Domínguez (2004: 45) afirma que las características que definen a las metáforas se pueden aplicar también a los eufemismos y disfemismos, por ello concluye que podrían ser considerados como metáforas, o al menos como casos especiales de metáfora.
  12. Para consultar los ejemplos que brinda Aristóteles, cfr. Poética, 1457b 19-25.
  13. Un tipo de analogía menos explícito es el siguiente: “hay casos de analogía que no tienen nombre, a pesar de lo cual se dirán de modo semejante; por ejemplo, emitir la semilla es sembrar, pero la emisión de luz desde el sol no tiene nombre; sin embargo, esto con relación a la luz del sol es como sembrar con relación a la semilla, por lo cual se ha dicho sembrando luz de origen divino” (Poética, 1457b 25).
  14. “Metáfora es la epiphora del nombre (ónoma) de algo [hacia algo más]” (Aristóteles, Poética, 1457b 6-7). Citado por Kirby (1997: 532).
  15. Aristóteles, Retórica, 1407a 11-17, 1412b 33-36 y 1413a 5-7, 13-14.
  16. Aristóteles, Poética, 1458a 21-23.
  17. Aristóteles, Retórica, 1404b 34-35.
  18. Cfr. Schuhmacher (1987-1988: 329) y Váquera Márquez (1984: 87).
  19. Cfr. Aristóteles, Poética, 1448b 8-19.
  20. Aquí, en la posibilidad de acceder al conocimiento por el género, se ve la relación de la metáfora con la categorización.
  21. Es interesante destacar que el estagirita considera el símil como un tipo inferior de metáfora, por ser menos dulce al oído debido a su extensión.
  22. Aristóteles, Retórica, 1404b 10-20 y 1405a 31.
  23. Cfr. Aristóteles, Retórica, 1405a 35 y Váquera Márquez (1984: 91-92).
  24. No se desarrollará aquí este modelo por ceñirse este apartado a los inicios de la concepción de metáfora conceptual. Se tratará en el apartado 2.7.3. Para más detalles de este modelo, cfr. Gibbs (1992: 588-594) y Glucksberg y Keysar (1990).
  25. Se coloca aquí la fecha de publicación de Metaphors we live by (1980) en su versión inglesa. En general, aquí se coloca la referencia (2001 [1980]) cuando se cite o aluda a la paginación de la traducción al español de esta obra.
  26. Kirby (1997: 520) afirma que los postulados de Lakoff y sus colaboradores son conciliables con la concepción aristotélica de la metáfora.
  27. La visión que tiene Ricoeur (1980 [1975]) de la metáfora se desarrollará más adelante.
  28. Lausberg (1967 [1960]: 53) presenta esta distinción: “Es posible rebasar los límites de la estricta proprietas sin caer por ello en el vitium de la improprietas […]. Si con una palabra, que no está empleada proprie en sentido estricto, conseguimos la finalidad semántica (voluntas) y sus matices estilísticos, del vitium hemos hecho una virtus”.
  29. Traducción propia. Versión original: “the use of a word in some new sense in order to remedy a gap in the vocabulary. Catachresis is the putting of new senses into old words. But if a catachresis serves a genuine need, the new sense introduced will quickly become part of the literal sense”.
    Para mayor información sobre la catacresis, cfr. Lausberg (1967 [1960]: 66-69). Esta clase de metáforas no es considerada por Fontanier entre las figuras, aunque en un principio tuvo un sentido figurado. “El tropo meramente extensivo, al crear un sentido propio de segundo grado, no presenta (o no intenta presentar) más que una sola idea, ‘totalmente desnuda y sin disfraz, al revés que los tropos-figuras que siempre presentan dos, y lo hacen a propósito, una bajo la imagen de la otra o yuxtapuestas” (Ricoeur, 1980 [1975]: 93).
  30. Los tropos, junto con el arcaísmo y el neologismo, no son propios, pero tampoco impropios del todo, sino que constituyen “el antepatio de la proprietas”, según la expresión de Lausberg (1967 [1960]: 54). De todos modos, se los concibe como un riesgo de oscurecimiento del sentido y se recomienda introducirlos mediante fórmulas de excusa y disculpa como, por ejemplo, la expresión si se me permite (Lausberg, 1967 [1960]: 56).
  31. Lausberg (1967 [1960]) distingue entre “ornatus espiritual” o “conceptual”, subordinado a la inventio, y el “ornatus del lenguaje” o “elocutivo”. El primero consiste en las figuras de pensamiento y el segundo, en las de dicción. Como es posible suponer, la metáfora está ubicada en el ámbito de los artificios poéticos y no en el del pensamiento.
  32. Estas categorías se pueden simplificar en dos clases de retórica: la retórica antigua y la “Nueva Retórica”, como se observa en la distinción que hace Gonzalez de Requena Farré (2016).
  33. En este caso, se interpreta la semejanza como un mero parecido. Luego, se han planteado diversas maneras de entender este concepto. Según una visión cognitivista, la similitud en la que está basada la metáfora no solo es este tipo de parecido, sino también una “similitud estructural” (percibida o inducida) o una correlación de experiencias o el hecho de que la fuente sea la raíz de la meta (Kövecses, 2010: 77-88).
  34. Esto va en contra de una de las afirmaciones de Aristóteles mencionadas arriba: que la metáfora enseña.
  35. Cfr. Manual de Retórica y recursos estilísticos, de Ángel Romera (en línea).
  36. Aristóteles incluía en la metáfora otras figuras como la hipérbole, la metonimia y la sinécdoque. Lausberg (1967 [1960]: 62, 64) incluye en la metáfora la ironía y la personificación. “El nombre de μεταφορά se especializó después de Aristóteles para designar una clase de tropo” (Lausberg, 1967 [1960]: 59).
  37. “La metáfora […] se considera como la forma breve (brevitas) de la comparación”, comenta Lausberg (1967 [1960]: 61), quien, por su parte, no comparte del todo esta idea: “la explicación de la metáfora a base de la comparación […] es solo una interpretación racional complementaria y posterior de la equiparación mágica primitiva entre la designación metafórica y lo así designado” (Lausberg, 1967 [1960]: 62).
  38. Aristóteles, Poética, 1458a, 21-27.
  39. Un foco de atención se encuentra rodeado por un ámbito de atención, es decir, por una periferia de conciencia en la que las entidades resultan accesibles a la atención(Chafe, 1994: 29; citado en Croft y Cruse, 2008: 75; el destacado con negrita pertenece al original). Por ejemplo, el enunciado dejé las llaves sobre la alacena, en el estante de arriba, en una panera es más efectivo que dejé las llaves en la panera que está en el estante de arriba de la alacena. La causa de definir el ámbito de la primera forma va reduciendo los dominios de búsqueda, de manera de seguir el recorrido que el interlocutor realizará para hallar las llaves.
  40. Para más detalles sobre la noción de modelo cognitivo idealizado, cfr. Dávila Molano (2012; 2013).
  41. Para ampliar esto, cfr. Delbecque (2008: 31-33).
  42. Para ampliar las clasificaciones de la metáfora, cfr. Manual de Retórica y recursos estilísticos, de Ángel Romera (en línea).
  43. Jakobson (1963) fue el primero en contrastar la metáfora y la metonimia desde los mecanismos que permiten hacer la distinción saussureana entre relaciones sintagmáticas y paradigmáticas. Estos mecanismos son la sustitución, que tiene lugar en las relaciones sintagmáticas y la selección, que opera en las relaciones paradigmáticas. Jakobson, en el área de la Poética, asoció la sustitución (relación sintagmática) y, por lo tanto, la metáfora, con la poesía; asoció la selección (relación paradigmática) y, por ende, la metonimia, con la novela. Asimismo, en el campo de los trastornos del lenguaje, Jakobson estableció una diferenciación entre las afasias que afectan la sustitución-metáfora y las que afectan la contigüidad-metonimia.
  44. Habla de los pleitos. Anatomía tenía también la acepción metafórica de ‘esqueleto’ entonces.
  45. Cfr. Lausberg (1967 [1960]: 71-74) y Manual de Retórica y recursos estilísticos, de Ángel Romera (en línea).
  46. Como ya se comentó al desarrollar el abordaje aristotélico de la metáfora, es posible incluir en ella diversas figuras como la hipérbole (Lausberg, 1967 [1960]: 80). Si se incluye en ella la metonimia, ha de incluirse la sinécdoque y otras figuras como el énfasis y la antonomasia, que Lausberg (1967 [1960]: 80) incluye en la sinécdoque.
  47. Citado por Ricoeur (1980 [1975]: 81).
  48. Citado en Di Stefano (2006: 22).
  49. Los topica son premisas de la argumentación dialéctica que gozan de algún tipo de reconocimiento en la comunidad, lugares comunes aceptados como argumentos probables y convincentes en las discusiones. Por ejemplo, “lo más útil es preferible a lo menos útil”. Para más información sobre los topica aristotélicos, cfr. Piña Mondragón (2012).
  50. Para un mayor desarrollo de las ideas de este autor, cfr. Di Stefano (2006: 34-40).
  51. Estos términos se desarrollarán más adelante, en la siguiente sección (2.5.1.).
  52. Traducción propia. Versión original: “the anomaly view can only explain, at best, something about metaphor recognition (i.e., that a particular word string is metaphorical). But it does not specify anything about metaphor interpretation”.
  53. Como señala Richards (1936), el motivo principal de su trabajo es ayudar a revivir un asunto olvidado de la retórica, que se había centrado demasiado en la cuestión de la persuasión: el de la comprensión de los mensajes, cómo y de qué manera difiere la buena de la mala comunicación. De hecho, el autor define la retórica como el “estudio de la comprensión e incomprensión verbal” (“study of verbal understanding and misunderstanding”; Richards, 1936: 23).
  54. Richards niega la afirmación aristotélica de que la capacidad de hallar semejanzas y hacer buenas metáforas sea un don de algunos pocos. Afirma que todos tenemos este modo de pensar metafórico, solo que existen grados entre las distintas personas, pero esta capacidad puede aprenderse e incrementarse (Richards, 1936: 89).
  55. Traducción propia. Versión original: “the omnipresent principle of all its free action”.
  56. Claramente, estas afirmaciones constituyen un antecedente esencial para la teoría de Lakoff y Johnson (1980). Otro punto en común entre Richards (1936: 91) y estos autores es que él también afirma que las metáforas suelen referirse a acontecimientos físicos.
  57. Richards (1936: 38) habla de una “teoría contextual del significado” (context theory of meaning). Existen diferentes tipos de contextos que dan los significados a las palabras, las cuales son ambiguas. Estos significados interactúan para dar un significado al enunciado.
  58. Traducción propia. Versión original: “co-present thoughts”.
  59. Cfr. Schuhmacher (1987-1988: 330).
  60. La palabra imagen, por ejemplo, puede llevar a pensar que la relación entre las dos ideas de la metáfora es de parecido en una impresión sensorial. La expresión tema principal no siempre es aplicable al tenor, sino que a veces lo es más al vehículo.
  61. Traducción propia.
  62. Traducción propia. Versión original: more than we ordinarily suppose, the opening words have to wait for those that follow to settle what they shall mean- if indeed that ever gets settled”.
  63. Traducción propia. Version original: “scale of dependent variabilities”.
  64. Traducción propia. Versión original: “Words are the meeting points at which regions of experience which can never combine in sensation or intuition, come together”.
  65. Por esto, Ricoeur (1980 [1975]: 119) se refiere a la teoría de Richards como “teoría de la tensión”. Aquí, se prefiere hablar de teoría de la interacción, pues se ha denominado teoría de la tensión a la postura del mismo Ricoeur.
  66. Traducción propia. Versión original: “If we cannot distinguish tenor from vehicle then we may provisionally take the word to be literal; if we can distinguish at least two co-operating uses, then we have metaphor”.
  67. Los motivos de la sustitución, desde esta perspectiva, pueden ser dos: llenar un vacío del lenguaje literal o entretener/divertir/dar placer. “So, if philosophers have something more important to do than give pleasure to their readers, metaphor can have no serious place in philosophical discussion” (Black, 1954-1955: 281-282).
  68. Cfr. Ricoeur (1980 [1975]: 124).
  69. En palabras del autor: “In the simplest formulation, when we use a metaphor we have two thoughts of different things active together and supported by a single word, or phrase, whose meaning is a resultant of their interaction” (Black, 1954-1955: 285).
  70. Traducción propia.
  71. Es digna de ser destacada la siguiente afirmación del autor, que asegura que, si bien es el marco el que actúa sobre el foco, suele suceder también el camino inverso. Con respecto a la metáfora el hombre es un lobo, Black (1954-1955: 291) comenta: “If to call a man a wolf is to put him in a special light, we must not forget that the metaphor makes the wolf seem more human than he otherwise would”. Esta aseveración se opone a la hipótesis de Lakoff (1993), que considera que existe una asimetría entre los dos dominios de la metáfora. Cfr. Díaz (2006: 62).
  72. El ejemplo en inglés es the chairman ploughed through the discussion. Se lo ha adaptado para que resultara ilustrativo en lengua española.
  73. En este caso, el ejemplo en inglés es I like to plough my memories regularly.
  74. Esta idea tiene una dificultad: las metáforas no solo se apoyan en lugares comunes, sino que en muchos casos se construyen con otros sistemas de implicaciones –incluso desviantes– establecidas por el autor. Como observa Ricoeur (1980 [1975]: 126), esta rectificación del autor puede llevar a destruir la explicación dada.
  75. Traducción propia.
  76. Traducción propia.
  77. Este “privilegio del nombre” (Ricoeur, 1980 [1975]: 27) o “dictadura de la palabra en la teoría de la significación” (Ricoeur, 1980 [1975]: 72) fue habilitado en la teoría de la metáfora –según el autor francés– por Aristóteles (1457 b 1-3), que señaló que “Todo nombre es nombre corriente o nombre insigne, nombre metafórico o de ornato o formado por el autor, nombre alargado, abreviado o alterado”.
  78. El hecho de que lo que se trasponga en la metáfora sea un “nombre extraño” (allotrios), i. e., “que designa a otra cosa” (Aristóteles, 1457 b 7) anuncia una teoría de las desviaciones que la metáfora establece sobre el uso ordinario de las palabras. Sobre la idea aristotélica de allotrios, Ricoeur precisa que tiende a relacionar tres ideas distintas: (a) la de desviación con respecto al uso ordinario, (b) la de préstamo de un campo de origen y (c) la de sustitución con respecto a una palabra ordinaria ausente, pero disponible. Es necesario aclarar que, si bien la idea de sustitución se relaciona con la noción de préstamo, no se deriva de ella, pues hay casos en los cuales no hay una palabra a la cual la expresión metafórica sustituya, sino que esta colma una laguna semántica.
  79. Di Stefano (2006: 11-12) interpreta del siguiente modo las tres tensiones que actúan en la metáfora para el autor francés: (a) la tensión entre los términos involucrados (no hay mera sustitución de significados, sino tensión entre estos), (b) la tensión entre la identidad y la diferencia (la semejanza no es anterior a la metáfora, sino que es esta la que conduce a percibir lo semejante dentro de lo desemejante) y (c) la tensión entre la expresión metafórica y el sentido global del enunciado en el que aparece.
  80. Por lo tanto, podría definirse la metáfora como un modelo dialéctico de la realidad. Recordar que se trata de un ver como y no de un ver meramente. Para mayor información sobre esta distinción, cfr. Begué (2013).
  81. Ricoeur (1980 [1975]: 263-281) realiza una defensa de la semejanza en contra de la teoría de la interacción, que –según él– no le dio lugar a este fenómeno o intentó explicarlo de otras maneras. Es necesario que, en virtud de una semejanza entre los términos, se establezca un sentido nuevo. En palabras de Ricoeur (1980 [1975]: 265), “la semejanza es un hecho de predicación que opera entre los términos mismos en los que la contradicción crea la dinámica de la tensión”.
  82. En adelante, se los refiere como “Ortony et al. (1985)”.
  83. Un enunciado de similitud no literal puede ser Juan es fuerte como un buey, que no implica que Juan sea tan fuerte como un buey, sino que comparte con él la característica de la fortaleza (Ortony, 1979: 171).
  84. La saliencia de atributos hace referencia a lo siguiente: “An attribute can be more important with respect to one object than it is with respect to another, just as some members of natural categories are more typical than others […]. For instance, […] being red is a more important attribute of a fire truck than it is of a brick (Ortony, 1979: 163).
  85. Citados en Gibbs (1992: 589).
  86. Como se verá, Glucksberg y Keysar (1990) critican este modelo y oponen a este uno en el que las comparaciones están incluidas en la metáfora, en lugar de ser las metáforas las que se incluyan en los símiles (como símiles implícitos).
  87. Como puede deducirse, existe un principio de sistematicidad (Gentner, 1983: 163), que rige la proyección estructural analógica. No todas las relaciones tienen la misma probabilidad de ser proyectadas; esta probabilidad es mayor en relaciones de nivel alto (higher-order relations). Dicho de otro modo, un predicado que pertenece a todo un sistema interconectado de relaciones es más susceptible de ser proyectado que uno aislado. Además, se prefiere hacer analogías con predicados que participan de una relación causa-consecuencia que con los que participan de otros tipos de relaciones lógicas.
  88. Las características en común entre las categorías naturales y las ad hoc son las siguientes: (a) poseen una estructura de jerarquía de niveles entre sus miembros (niveles superordinado, básico y subordinado), (b) presentan una organización prototípica en cada nivel, (c) son sensibles al contexto y las metas del categorizador y (d) poseen un “parecido de familia” (Glucksberg y Keysar, 1990: 8-10).
  89. Eso también explicaría por qué la emisión not even Einstein’s ideas were all gold (que utiliza un miembro prototípico para nombrar la categoría ad hoc) parece más apta que not even Einstein’s ideas were all platinum (Glucksberg y Keysar, 1990: 14).
  90. Citados en Gibbs (1992: 580-584), Mulberry (1997) y Palma (2005: 47).
  91. Sobre las emisiones lingüísticas como acciones o actos de habla, cfr. Searle (1965, 1969).
  92. Como indica Bustos Guadaño (1994: 60), “Las inferencias consisten en la producción o captación de una información a partir de un conjunto de informaciones precedentes”.
  93. Para más detalles sobre esta noción, cfr. Grice (1975, 1989) y Moeschler (2014).
  94. Para una explicación más detallada de estas fases, cfr. Chamizo Domínguez (2005a).
  95. Para una descripción más detallada de la relación de esta teoría con los topoi, cfr. Anscombre y Ducrot (1986), Ducrot (1993) y García Negroni (2005).
  96. Es discutible aquí la afirmación de que no existe una conexión entre el frío y la “frialdad emocional”, pero escapa al objetivo de este trabajo poner en discusión este punto en particular.
  97. Cfr. Richards (1936: 90), Lakoff y Johnson (1980: 56), Di Stefano (2006: 105), Miguelote (2009), Sánchez Upegui (2011: 42-44) y Gallardo (2012: 120). Es más, Palma (2004; 2005; 2008; 2014) introduce el término metáfora epistémica para referirse a cuandoen el uso epistémico de las metáforas una expresión (término, grupo de términos o sistemas de enunciados) y las prácticas con ella asociadas habituales y corrientes en un ámbito de discurso determinado sociohistóricamente, sustituye o viene a agregarse (modificándola) con aspiraciones cognoscitivo-epistémicas, a otra expresión (término, grupo de términos o sistemas de enunciados) y las prácticas con ella asociadas en otro ámbito de discurso determinado sociohistóricamente; este proceso se desarrolla en dos etapas, a saber: bisociación sincrónica/literalización diacrónica” (Palma, 2004: 32; Palma, 2008: 26-27).
  98. Para revisar la explicación del mismo autor, cfr. Davidson (1979 [1978]: 33).
  99. No se afirma que la metáfora sea equiparable a la mentira, sino que –como se señaló con el símil– tienen algo en común. En palabras de Davidson (1979 [1978]: 43): “La diferencia entre una mentira y una metáfora no está en las palabras usadas o lo que significan (en un sentido estricto de significado), sino en cómo son usadas las palabras. Usar una oración para decir una mentira y usarla para hacer una metáfora son, por supuesto, dos usos diferentes, tan diferentes que no interfieren entre sí” (traducción propia).
  100. Es interesante la noción de figura, pues ella misma es una metáfora: “Las figuras hacen que el discurso se pueda describir haciéndolo aparecer bajo formas discernibles […]. La figura es la que hace perceptible el discurso” (Ricoeur, 1980 [1975]: 206). El concepto de figura en Halliday es una unidad “experiencial” del ámbito ideacional (Halliday, 1994: 588).
  101. Ghio y Fernández (2005: 138) precisan el sentido del término congruente, que equivale a típico: “podemos reconocer las formas congruentes por lo que son, como el modo típico en que ha sido construida la experiencia […]. Lo típico puede ser el modo en que hemos aprendido a decir algo por primera vez en nuestra lengua materna, o el modo en que se dice más comúnmente, o el modo en que se dice algo fuera de alguna circunstancia especial, y todos esos modos no siempre coinciden. Pero son lo que los hablantes reconocen como expresiones típicas y esas son las que llamamos ‘formas congruentes’”.
  102. Existen diversos modos de realizar metáforas gramaticales (Halliday, 1994: 593). Uno de ellos es mediante nominalizaciones. Otra manera es la realización de la modalidad epistémica no con probablemente sino con no creo que (se traslada la característica del dictum al ámbito más subjetivo de las creencias del hablante). No obstante, solo importa aquí el caso de la nominalización. Para profundizar los criterios de distinción de mayor o menor congruencia de las formas, cfr. Montarcé (2012: 134).
  103. Traducción propia.
  104. Nuevamente, Downing (1991: 112) proporciona un ejemplo claro de esto. La realización no metafórica he dances slyly, slipperily, bonelessly with his body, puede expresarse metafóricamente así: his body does a sly, slipper and boneless dance. Como señala esta autora, en ocasiones, es la expresión metafórica la que llega a ser expresión normal de un contenido. Esto sucede con do a dance y have a bath, en inglés (Downing, 1991: 110).
  105. Traducción propia.
  106. Traducción propia.
  107. La obra de Lakoff y Johnson (2001 [1980]) reúne aportes muy diversos (Wittgenstein, Fillmore, Sapir y Whorf, y Ricoeur, entre otros autores), pero desde una perspectiva unitaria basada en dos ejes: (a) la red de las metáforas compone gran parte del lenguaje cotidiano y (b) la existencia de esta red afecta a las representaciones internas del mundo que tiene el hablante, a la vez que la experiencia modifica los campos metafóricos. En esta consideración caben tanto las metáforas conceptuales como las de imagen, y caben tanto las metáforas fósiles como las novedosas. En lo que respecta a las metáforas creativas poéticas, aunque suelen hallarse fuera de nuestro sistema conceptual ordinario, en muchos casos influyen sobre él.
  108. Cfr. Lakoff y Johnson (2001 [1980]: 11-12, 16) y Gibbs (1992: 594-595).
  109. Por esta razón los autores proponen como más apropiado el término concepto metafórico; no obstante, se impuso la denominación metáfora conceptual.
  110. Resulta interesante destacar con Chamizo Domínguez (2005b) que, si bien algunos autores sostienen que el estudio de las metáforas muertas carece de sentido, estos cadáveres o, mejor dicho, esos fósiles del lenguaje pueden arrojar datos relevantes: “El estudio de una metáfora lo suficientemente lexicalizada como para que los hablantes hubiesen olvidado completamente el significado literal original de la palabra en cuestión, puede proporcionar informaciones valiosísimas sobre sus condiciones de vida y sobre las causas de su muerte, informaciones que pueden servir para iluminar el estudio de los seres aún vivos”.
  111. Siguiendo la propuesta de los autores, se colocan en versalitas los conceptos metafóricos y en cursiva las expresiones metafóricas, es decir, los enunciados que tienen base metafórica. Como se explicará luego, una misma metáfora suele incluir un amplio abanico de expresiones metafóricas.
  112. También las posturas y posiciones corporales son muy utilizadas en español para hablar de estados cualitativos más abstractos. De hecho, los verbos ser, estar, yacer y existir provienen de otros con estas connotaciones: sedere (lat., ‘estar sentado’), stare (lat., ‘estar de pie’), iacere (lat., ‘estar acostado’, ‘yacer’) y exsistere (‘salir, emerger’) (Elvira, 2009a: 171-173).
  113. El tema del embodiment o embodied mind o embodied cognition se puede ampliar consultando Glenberg (2010), Goschler (2005) y Soylu, Brady, Holbert y Wilensky (2014).
  114. A este respecto, Elvira (2009a: 171) señala: “La idea de que las expresiones referidas al espacio y al movimiento constituyen la base de muchas otras de diferente valor está en la base de la teoría denominada localismo” […]. Uno de los dominios conceptuales en los que de forma reiterada se proyecta la metáfora del espacio es el tiempo”. Sobre este particular, Glucksberg, McGlone y Keysar (1992: 579) hacen la siguiente afirmación: “A universal of language, and presumably a universal of thought, is the systhematic use of spacial terms to describe temporal concepts”.
  115. La distinción entre metáforas conceptuales (la mayoría de las que utilizamos regularmente) y metáforas de imagen no resulta operativa para este trabajo, por ello solo se la enuncia. Las metáforas conceptuales se desarrollarán ampliamente. En cuanto a las “metáforas de imagen”, hay que destacar que la relación que establecen entre los dominios implicados “se debe a un parecido físico entre ellos (Caballero, 2006, en prensa). Por ejemplo, la imagen redonda de la luna y su localización en alto pueden asociarse a la imagen de un globo” (Soriano, 2012: 100).
  116. La entidad es comprendida por Lakoff y Johnson (2001 [1980]) como una cosa que se encuentra enmarcada en los límites propios de la materialidad.
  117. Los ejemplos fueron tomados de Fernández Colomer (2003: 362-364).
  118. Como ya se explicó, estas metáforas no son arbitrarias. Tienen una base experiencial física y cultural. Una postura inclinada suele acompañar a un estado de tristeza y una postura erguida a uno de plenitud. La mayoría de los sucesos de nuestra vida se dan mientras estamos despiertos, momento en el cual nos mantenemos erguidos, a diferencia de cuando dormimos o estamos enfermos.
  119. En palabras de los autores: “Los proyectos humanos característicamente requieren que impongamos límites artificiales que conviertan en discretos a los fenómenos físicos, igual que lo somos nosotros: entidades limitadas por una superficie” (Lakoff y Johnson, 2001 [1980]: 63-64)”.
  120. La metáfora planteada por Lakoff y Jonhson (2001 [1980]) es la inflación es una entidad. Nótese, además, que la inflación es una entidad es una metáfora doble, pues se está eligiendo para denominar este fenómeno un término que lo análoga a un objeto físico y, además, al predicar de él que está de alza se está utilizando una metáfora orientacional. La concepción de la inflación como entidad que destruye o con poder corrosivo puede verse en expresiones metafóricas como la inflación va carcomiendo la economía.
  121. Sobre el embodiment ya se departió arriba.
  122. El tema del embodiment también se relaciona con la base neurológica de los procesos mentales, entre ellos el lenguaje. Para mayores precisiones sobre el asunto, cfr. Lakoff (2008), que presenta la llamada “teoría neural de la metáfora”. Aquí no se desarrolla esta teoría por exceder los límites de este trabajo.
  123. Esta última metáfora es un ejemplo de metáfora perteneciente propiamente al orden figurativo poético.
  124. Este asunto se relaciona con un tema que atañe propiamente al ámbito de la filosofía y que la Lingüística Cognitiva no se plantea como problemático: el de la verdad metafórica (¿la metáfora dice una mentira o una verdad?). Lakoff y Johnson (2001 [1980]: 204-235), que se ubican entre el objetivismo y el subjetivismo, proponen lo que llaman una “tercera alternativa”, una “síntesis experiencialista”. Supeditan la verdad a la comprensión: la verdad de las proposiciones que se derivan de las metáforas depende de nuestra comprensión de la realidad. Esta comprensión siempre implica categorización y la manera de categorizar es mediante el énfasis en ciertas propiedades de las cosas en detrimento de otras, e implica una consideración de los objetos integrantes de la categoría como miembros más o menos prototípicos de un continuum.
  125. Quien advirtió esta función referencial en primer lugar fue Nunberg (1996).
  126. La diferenciación semántica entre similitud y contigüidad parece ser aún una idea bastante intuitiva. Esto le deja espacio a Langacker (2008: 104) para realizar el siguiente planteo: “Similarity might be regarded as an abstract sort of contiguity (adjacency in quality space)”.
  127. Sobre la noción de “semejanza” se habló en el apartado 2.3.
  128. La “teoría de los marcos semánticos” tiene puntos de relación con los planteos de Black (1954-1955) y, por su énfasis en el contexto, con la pragmática. Para más información sobre la semántica de marcos, cfr. Fillmore (2006 [1982]), Bretones Callejas (2003), Evans (2009: 42-50) y Rojo López (2000).
  129. Traducción propia.
  130. El ejemplo que presenta Elvira (2009a: 178-182) es el del paso del deber con valor deóntico radical, que significaba obligación impuesta desde el exterior, al deber epistémico, que indica probabilidad: “En un principio, los verbos deber y poder se sitúan en un dominio regido por leyes físicas o circunstancias sociales que se ejercen sobre seres humanos, pero terminan situándose en un nuevo dominio de naturaleza mental y metalingüística. Se han producido, pues, sendas transferencias desde un dominio conceptual a otro, bastante parecidas a la traslación metafórica. Pero las transferencias de dominios son solo el efecto final y no la causa del cambio, cuya génesis, como hemos visto, tiene un fundamento totalmente diferente”. Dicho fundamento es la progresiva desfocalización de la fuente de obligación o compulsión, de manera tal que las inferencias se van dirigiendo hacia un valor de posibilidad epistémica.
  131. La teoría de la relevancia de Sperber y Wilson propone que “There is a single property –relevance– which makes information worth processing for a human being” (Sperber y Wilson, 1995 [1986]: 46) y que la relevancia “can be characterized in terms of contextual effects” (Sperber y Wilson, 1995 [1986]: 109). Esto se explica de la siguiente manera: toda emisión debe tener un efecto contextual (de acuerdo con ciertas metas comunicativas); tener algún efecto sobre el contexto o mejorarlo no significa hacer cualquier modificación sobre este (v. gr., duplicar información ya proporcionada o agregar datos no conectados con ella), sino agregar información nueva, que interactúe con la ya dada. En otras palabras, una emisión debe tener un valor contextual i. e., debe ser relevante o aportar información nueva en conexión con lo ya dicho o supuesto como base de la comunicación.
  132. A este respecto, cfr. Traugott y Dasher (2002: 29).
  133. Traducción propia.
  134. Recuérdese la idea de que existe la estratificación de significados (Traugott y Dasher, 2002: 35), i. e., su coexistencia con diversos niveles de saliencia en el habla de la comunidad lingüística.
  135. Traducción propia. Versión original: “these various possible grounds for differentiation do not, as currently conceived at any rate, provide a firm distinction between metaphor and metonymy. This failure holds even if the putative grounds are combined rather than considered in isolation”.
  136. Traducción propia.
  137. Hay otros autores que analizan las interacciones de metáforas y metonimias, junto a los complejos metafóricos y metonímicos, pero sus aportes no resultan particularmente aplicables a este trabajo. Entre ellos, se encuentran Galera-Masegosa y Ruiz de Mendoza (2011), que distinguen: (a) interacción metáfora-metonimia, (b) complejos metonímicos y (c) complejos metafóricos, que se clasifican en amalgamas y cadenas. Las amalgamas implican una integración de la estructura conceptual de las metáforas combinadas. Las cadenas, por su parte, constituyen una secuencia de proyecciones en la que el dominio meta de una primera proyección metafórica constituye la fuente de una metáfora subsecuente. Para ejemplos y mayores detalles, cfr. Ruiz de Mendoza y Galera-Masegosa (2011).
  138. La postura que se toma en este libro es, justamente, la que Radden toma en su trabajo, la cual resume con claridad en el siguiente fragmento: “In view of these findings, the traditional distinction between metonimy and metaphor can no longer be upheld. The classical notions of metonymy and metaphor are to be seen as prototypical categories along a metonymy-metaphor continuum with a wide range of intermediate categories such as metonymy-based metaphor in between. This view also helps to explain the underlying conceptual motivation of many metaphors” (Radden, 2002: 431).
  139. Cfr. Traugott y Dasher (2002: 57).
  140. Traducción de la expresión en inglés he lives across the street.
  141. Antes de acuñarse ese término, Barcelona Sánchez (2002) habló de una Teoría de la Metáfora y la Metonimia Conceptual.
  142. Traducción propia. Versión original: “a number of issues discussed within the theory of metonymy have to do with some facets of the theory of metaphor”.
  143. Para un desarrollo detallado de la historia y las particularidades de la teoría de la metonimia conceptual, se recomienda la lectura de los siguientes autores: Panther y Radden (1999); Dirven y Pörings (2002); Panther, Thornburg y Barcelona (2009); Dirven y Ruiz de Mendoza (2010); Drożdż (2014).
  144. Traducción propia.
  145. Se prefiere utilizar el término original blending sin traducirlo, pues su traducción corriente es integración conceptual y, si bien los autores utilizan como sinónimo de blending el término integración, también hacen una diferenciación por la que incluyen dentro del blending no solo la integración, sino también las operaciones conceptuales de la identidad y la imaginación. Si se deseara traducir este término se podría recurrir a la traducción que Aladro (2004) realiza de este concepto de Fauconnier (2001): “fusión conceptual” o se podría hablar, más literalmente, de “teoría de la mezcla” (Croft y Cruse, 2008: 271) o “amalgama (Pascual, 2012).
  146. Para las infinitas acciones cotidianas e ínfimas, se necesita recurrir al blending. Por ejemplo, para salir de un cuarto al que se ha ingresado, se necesita mentar otros cuartos a los que se ha ingresado antes y establecer con ellos una analogía (cfr. Fauconnier y Turner, 2002: 12).
  147. El blend surge de la proyección de dominios, su elaboración, completamiento y composición (Fauconnier y Turner, 1998: 314-315). Requiere, además, una compresión a escala humana, i. e., una reducción o ampliación que convierte aquello de lo que se trata en dimensiones computables (mediante una proyección selectiva en el espacio genérico) (Pascual, 2012: 9).
  148. Traducción propia.
  149. Traducción propia.
  150. Para más ejemplos de blendings, cfr. Fauconnier (2001), Fauconnier y Turner (1998, 2002) y Olave (2012).
  151. “Un monje budista empieza a subir una montaña al alba de un día, llega a la cumbre a la puesta de sol, medita allí arriba durante varios días hasta que un amanecer decide bajar a la base de la montaña, adonde llega en el crepúsculo. No haga suposiciones sobre sus inicios o detenimientos o sobre su paso de marcha durante las caminatas. Resuelva: ¿Hay un lugar del camino donde esté el monje a la misma hora del día en las dos diferentes jornadas?” (Fauconnier y Turner, 1998: 39; traducción propia).
  152. Como ya se explicó al desarrollar la TMC desde Lakoff y Johnson (1980), los autores incluyen en este concepto el de metonimia. Aunque puedan establecerse algunas diferencias entre los fenómenos de la metáfora y la metonimia, las consideraciones generales sobre la metáfora conceptual de este trabajo, como las que se harán a continuación, son pertinentes también para el caso de la metonimia.
  153. No se discutirá si se trata específicamente de marcos o modelos cognitivos idealizados porque se considera que no hay una diferencia relevante con miras a su papel en esta indagación. Por el contrario, tienen muchas características comunes (cfr. Langaker, 2008: 46-47).
  154. Sobre el ejemplo de la carrera de barcos, afirma que la analogía entre los dos dominios de entrada en ese caso es obvia y se da por sentada (los dos barcos navegan de San Francisco a Boston). Lo mismo sucede en el caso del instructor de esquí que pide al aprendiz tomar la postura de un mesero. Hay también una analogía, pero su función no es el razonamiento analógico, i. e., crear un espacio de inferencias continuas sobre la proyección de dominios. “Una vez que el movimiento correcto emerge al ser integrado, y una vez que es dominado por el principiante, el vínculo con los croissants y el champagne puede abandonarse. El esquiador no necesitará seguir pensando siempre en llevar la bandeja para esquiar adecuadamente” (Fauconnier, 2001: 158).
  155. Recuérdese que para Aristóteles la analogía es un tipo de metáfora.
  156. Por ejemplo –como se podrá apreciar en el análisis del corpus– en el cambio de categoría de combustible de adjetivo a sustantivo en una construcción como subió el precio de los combustibles, la proyección de elementos que conforman las categorías ‘sustantivo’ (dominio de las sustancias) y ‘adjetivo’ (dominio de las cualidades) mediante operaciones de composición, completamiento y elaboración hace emerger un blend: un adjetivo sustantivado o un sustantivo deadjetival.
  157. Traducción propia.


Deja un comentario