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Capítulo 4: la categorización y la recategorización

La nominalización
como un tipo de cambio categorial

4.1. Introducción

Este capítulo conforma el resultado de una construcción teórica sobre la recategorización léxica, en general, y sobre la nominalización, en particular. Para comprender el proceso de cambio categorial que entraña la nominalización, es necesario definir en primer lugar la base conceptual de los procesos cognitivos y lingüísticos de la categorización y recategorización de las palabras. Por ello, en este capítulo se partirá de la explicación que de estas operaciones conceptuales proporciona la Lingüística Cognitiva.

En cuanto a la categorización, se expondrán los enfoques que han surgido sobre el fenómeno, se proporcionará su definición desde un enfoque de prototipos y se caracterizará su modo de funcionamiento. En lo que respecta a la recategorización, se justificará primero la elección de este término (entre las variadas denominaciones existentes) para referirse a dicho mecanismo, luego se la definirá y se detallarán los procedimientos gramaticales por los cuales se produce. Por último, se llevará el foco de atención a la nominalización.

En el apartado correspondiente a la nominalización, se presentará brevemente el estado de los estudios sobre el tema, se la delimitará conceptualmente, se señalarán sus procesos morfológicos y sintácticos de formación, su variedad de fuentes léxicas y su efecto reificador. Además, se dedicarán algunas secciones a revisar brevemente dos distinciones teóricas relevantes para este trabajo como las siguientes: la diferenciación entre nominalización funcional y nominalización léxica, por un lado, y entre nominalización resultativa y eventiva, por otro.

Este panorama se completará con el estudio de los componentes del sintagma nominal, la realización sintáctico-semántica de los argumentos en los sintagmas nominales, las particularidades de la nominalización deadjetival y las funciones discursivas de la nominalización. Para cerrar este capítulo, se hace un relevo de los diversos aportes teóricos que prestan apoyo a la idea central de la tesis que se está desarollando en este libro (Gonzalez, 2018), que consiste en que la nominalización constituye un punto de convergencia de los fenómenos de la categorización y la metáfora. Luego, se pasa al capítulo siguiente, que se constituirá en análisis de corpus con el que se soportará la teoría revisada.

4.2. La categorización

Una comprensión de cómo categorizamos es central en cualquier comprensión de cómo pensamos y funcionamos, y, por lo tanto, es central en cualquier comprensión de lo que nos hace humanos (Lakoff, 1987: 6)[1]

La categorización es una de las capacidades más básicas del ser humano y consiste en el proceso de diferenciación de clases de entidades (Lakoff, 1987: 5-6). El abordaje que la Lingüística Cognitiva hace del fenómeno de la categorización parte de un axioma:

Toda clasificación tiene una base cognitiva. A través del estudio de la motivación semántica-conceptual [sic] de las estructuras internas de las palabras y las clases de palabras se procura describir el fundamento cognitivo que soporta las formas, categorías y funciones lingüísticas así como las relaciones entre ellas (Delbecque, 2008: 19).

Desde la perspectiva cognitivista, la categorización es una operación conceptual básica. Podría identificársela con la categorización lingüística (Benveniste, 1997: 63-74) o considerársela como una operación de nivel más genérico. Lo cierto es que tanto la categorización en sentido genérico como la categorización lingüística en particular poseen una estrecha relación, lo cual lleva a Croft y Cruse (2008: 82), a afirmar que conceptualizar es “asignar una palabra, morfema o construcción a una experiencia”. Dicha asignación implica la comparación de esa experiencia con otras previas, a las cuales se les ha aplicado antes la expresión lingüística en cuestión.

Existen dos enfoques sobre la categorización. El primero y más tradicional es denominado “teoría de las condiciones necesarias y suficientes” (Lakoff, 1987; Rosch y Mervis, 1975: 573-574). Postula la existencia de categorías discretas, cuantitativa y cualitativamente bien definidas. Delimita las categorías mediante un conjunto de atributos esenciales que se aplican a todos y cada uno de sus miembros.

El segundo enfoque concibe las categorías como clases abiertas (categorías borrosas) en las que se da una transición gradual desde el centro, donde se sitúan los ejemplares más prototípicos (o casos más claros), a la periferia, donde figuran los elementos no prototípicos o más periféricos (Gonzalez Calvo, 1982: 64-65; Lakoff, 1987)[2]. Este enfoque comienza con el artículo de Rosch (1973) titulado Natural Categories, en el que la investigadora plantea que los dominios de los colores y las formas geométricas se estructuran en categorías semánticas no arbitrarias alrededor de “prototipos naturales perceptualmente salientes” (Rosch, 1973: 328) y define estos prototipos como los ejemplos más típicos de las categorías (Rosch, 1973: 328) y como tendencias centrales (Rosch, 1973: 329).

Según esta última postura –a la que adhiere la autora de este libro–, la adscripción a una categoría puede responder a una semejanza de comportamiento funcional, pero también en los casos de adscripción categorial dudosa, a una mera similitud perceptiva con los representantes típicos. En este sentido, Langacker (2008: 17) indica lo siguiente:

La categorización se puede describir de modo amplio como la interpretación de la experiencia con respecto a estructuras previas. Una categoría e sun conjunto de elementos considerados como equivalents para algún propósito; por ejemplo, Los sentidos alternativos de un elemento léxico constituyen una categoría, equivalente en tener la misma realización fonológica. Si la estructura A pertenece a una categoría, puede usarse para categorizar otra estructura, B, que luego puede convertirse en un miembro de la categoría. La categorización es más sencilla cuando A es esquemática para B, de modo que B elabora o crea instancias de A[3].

En otras palabras, las inferencias para categorizar van siempre de miembros centrales a miembros periféricos (Company Company, 2003: 19). Debido a este comportamiento analógico de las categorías, se habla de “categorías naturales analógicas” (Rosch y Mervis, 1975: 574)[4]. Por otro lado, “Las categorías no se definen per se […]. La categorialidad se asigna inserta en discurso y no en abstracto” (Company Company, 2003: 18), como sucede, por ejemplo, con la palabra piedra, que aislada puede ser tomada como un ejemplo prototípico de sustantivo inanimado, pero utilizada en una expresión como Pedro es una piedra, ha sufrido un deslizamiento categorial.

En los nombres puede observarse cómo las categorías no son discretas ni continuas en la lengua, sino en el uso. Suele distinguirse entre nombres discretos y continuos; pero –apunta García Meseguer (2008: 29-31)– existen nombres discretos, nombres discreto-continuos y nombres continuos. O, mejor dicho, hay nombres que utilizamos casi siempre como continuos, otros como discretos y muchos nombres que usamos como ambas categorías. Afirma el autor:

A seis metros de distancia veo mi coche como un ente discreto, pero si me acerco mucho a él y miro su costado, a seis centímetros de distancia lo que veo es un continuo […]. Lo discreto y lo continuo no son dos características intrínsecas de la realidad física sino más bien dos aspectos de la misma, dos maneras diferentes de captar un mismo objeto, que dependen fundamentalmente de la distancia del observador al objeto (García Meseguer, 2008: 34-35)[5].

Ahora bien, es necesario matizar estas ideas. Como señala Geeraerts (1996: 9-10), “El prototipo es él mismo un concepto estructurado prototípicamente, i. e., no hay una definición única que capture todas y solo las diversas formas de la ‘prototipicalidad’ de las que los lingüistas han estado hablando”[6]. En efecto, las mismas Rosch y Mervis (1975: 575) enumeran las diversas formas en que puede interpretarse el término prototipo: (a) como la representación abstracta de una categoría; (b) como el miembro de una categoría con el cual los sujetos comparan otros ítems para juzgar su grado de pertenencia a ella y (c) como la idea-imagen de la categoría que surge de los juicios de los sujetos sobre sus diversos miembros.

Rosch y su equipo atienden a estos inconvenientes y van realizando ajustes en la teoría. Rosch y Mervis (1975) comentan experimentos realizados con el fin de proveer evidencia al razonamiento que se explica a continuación: según la idea de parecido de familia (Wittgenstein, 1953), los atributos más distribuidos entre los miembros de una categoría y menos distribuidos entre los miembros de categorías contrastantes son las señales más válidas de la pertenencia a una categoría en cuestión; entonces, los miembros más prototípicos de las categorías debieran ser los que tuvieran mayor número de rasgos de parecido de familia con los otros ítems de la misma categoría, a la vez que la menor cantidad de rasgos en común con otras categorías (Rosch y Mervis, 1975: 575-577).

La conclusión a la que arriban las autoras es que la relación entre el grado de parecido de familia y prototipicalidad es fuerte (Rosch y Mervis, 1975: 582). Otra conclusión importante de este trabajo es que la división del mundo en categorías no es arbitraria y tampoco lo es la formación de los prototipos en las categorías (Rosch y Mervis, 1975: 602)[7]. En otras palabras, los cortes que se llevan a cabo en la realidad para categorizarla no son arbitrarios, sino que respetan –en gran medida– la estructura del mundo. Hay atributos que permiten agrupar determinados elementos en determinadas categorías.

Un año más tarde, Rosch y su equipo (Rosch et al., 1976) proponen una nueva versión de su teoría de los prototipos, la llamada “teoría del nivel básico”. Esta propone que existen tres niveles de categorización: el nivel superordinado, el básico y el subordinado. Ejemplos de cada uno de estos niveles son animal, perro y perro salchicha, respectivamente[8]. El nivel básico –como puede observarse en el ejemplo dado– es aquel en el que se llevan a cabo la mayoría de los “cortes básicos de la categoría” (Rosch et al., 1976: 8)[9].

Rosch et al. (1976: 385) afirman que el nivel básico es el más inclusivo de la categoría: “La categorización básica es el nivel más general e inclusivo en el que las categorías pueden delinear estructuras correlacionadas con el mundo real”[10]. Esto se debe a varias razones, que se detallan a continuación: sus miembros poseen un número significativo de atributos en común, pueden activar programas motores que son similares unos a otros[11], tienen formas parecidas y constituyen los ítems de cada categoría que con mayor facilidad podemos distinguir.

Debido a lo que se podría llamar su “saliencia cognitiva”[12], este nivel es el más importante desde el punto de vista cognitivo. Algunos de los argumentos que soportan esta afirmación son los siguientes. En primer lugar, este nivel básico se caracteriza por ser el que con mayor claridad permite formar una imagen de una categoría concreta (para niños que aprenden a hablar una lengua y para adultos que se instruyen en una segunda lengua)[13]. En segundo lugar, en este nivel se establece un uso referencial neutro (denotativo) del término. En tercer lugar, es morfológicamente simple. Por último, constituye el nivel más homogéneo e informativo, en el que la mayoría de los conceptos se organizan en la mente y el más necesario en el lenguaje[14].

En síntesis, Rosch et al. (1976) comprenden la categorización como un proceso cognitivo que se produce primariamente en el nivel básico y, especialmente, “en términos de prototipos de los miembros más característicos de las categorías”. Para los autores, algunas categorías naturales se construyen cognitivamente por elementos que varían en su grado de prototipicalidad, i. e., el grado en el que los elementos se ajustan a clases claras o son buenos ejemplos de la categoría (Rosch et al., 1976: 433).

Como puede observarse en estas citas, los autores hablan de “prototipos de los miembros más característicos”[15] y de “grados de prototipicalidad”. Parecería que la noción del prototipo como ejemplar con mayor saliencia cognitiva ha sido dejada de lado, pero la siguiente aseveración de los autores deja en claro que siguen manejando un concepto polisémico de prototipo: “Los prototipos de las categorías parecen seguir los mismos principios de las categorías básicas. Los prototipos parecen ser simplemente los miembros de una categoría que reflejan mejor la estructura de redundancia de la categoría como un todo”[16].

Rosch (1978) resalta la importancia de la economía cognitiva en la categorización. Señala que, por este principio, si bien la mente humana intenta realizar las discriminaciones más claras posibles entre categorías, también reduce las distinciones que no son útiles a nivel cognitivo, i. e., no distingue aquellos estímulos que no poseen diferencias para los propósitos de su categorización. Vuelve a destacar que el mundo percibido no es un conjunto informe de estímulos, sino que tiene una estructura, hay atributos que coocurren –o es probable que coocurran– entre los miembros de las categorías.

Estos dos principios (economía cognitiva y estructura del mundo percibido) tienen dos implicaciones. En una dimensión vertical, que atañe a la organización de los diversos niveles de las categorías, implican que no todos los niveles son igualmente buenos o útiles. El nivel más útil (y utilizado) de categorización es el básico, que refleja mejor los cortes realizados según la estructura del mundo percibido o “continuidad de la experiencia”[17] (Rosch, 1978: 19)[18]. En una dimensión horizontal, dentro de un mismo nivel de categorización, estos principios implican que las categorías tienden a ser definidas en términos de “prototipos o instancias prototípicas”[19], que contienen los atributos más representativos de los ítems de una categoría y menos representativos de otras categorías.

Otros autores (Lakoff, 1987: 43; Kleiber, 1990; Cruse, 2000: 132-136) también se apartan de la versión estándar de la teoría de los prototipos (Rosch, 1973; Rosch y Mervis, 1975)[20]. No hablan de prototipos sino de grados de prototipicalidad, que se corresponden estrechamente con determinados aspectos del comportamiento cognitivo del ser humano. El prototipo no constituye la entidad organizadora ni el mejor representante en términos absolutos de la categoría, sino que su propia estructura interna explica estos efectos prototípicos, por los que los miembros de una categoría se relacionan entre sí por medio de asociaciones[21].

Las relaciones entre ambas teorías, la de los prototipos y la del nivel básico, resultan evidentes, dado que las categorías prototípicas adquieren su máxima representación en el nivel básico y a su vez, las categorías de nivel básico resultan imprescindibles para la categorización, pues se estructuran como categorías prototípicas[22].

Un último punto a destacar de la aproximación a la categorización desde una visión de prototipos es el siguiente. Company Company (2003: 18) afirma:

La conexión entre los distintos miembros de la categoría se realiza vía una asociación o extensión metafórica entre dos puntos cualesquiera, adyacentes o no, del continuum; la extensión de una nueva forma a nuevos contextos se hace también vía extensiones o asociaciones metafóricas[23].

En este sentido, la metáfora se posiciona como el factor primordial del cambio categorial. Esta afirmación reafirma la idea de que “la metáfora motiva todos los demás cambios”, presente ya en Bréal (Štrbáková, 2007: 73), como se indicó en el capítulo uno.

Otra característica importante de la categorización es que se lleva a cabo en diferentes niveles o jerarquías conceptuales, con una relación de implicación de un nivel a otro. Por ejemplo, el nivel superordinado o genérico ‘animal’ incluye el nivel básico ‘perro’, que a su vez incluye el nivel subordinado o específico ‘perro salchicha’.

¿Cómo se puede ejemplificar el funcionamiento prototípico de la categorización en la lengua? Como quedó de manifiesto al tratar las clases de palabras, la diferencia principal entre nombres, verbos y adjetivos se encuentra en que cumplen tres funciones discursivas básicas: las de referencia, modificación y predicación, respectivamente. De acuerdo con esto, algunos pronombres podrían considerarse como una subclase dentro de la categoría nominal.

Un último punto destacable sobre este asunto es el rol central del embodiment (interacción física del cuerpo humano con el entorno, que tiene su correlato en la mente) en la determinación de la centralidad o periferia, pues informa algunas de las propiedades más significativas de las categorías humanas (Lakoff, 1987: 14).

Lakoff (1987: 55) ejemplifica la intervención de la corporalidad en la categorización a través de la causación prototípica. En ella, hay un agente que realiza una acción, la cual recae sobre un paciente y produce un cambio perceptible en él. Se produce una transferencia de energía desde uno a otro mediante un contacto (con un instrumento o con el cuerpo). El agente es humano, volitivo y controla la acción que lleva a cabo. No obstante, es sabido que existen otras clases de causación no prototípicas como la indirecta, la involuntaria y la causación a distancia[24].

Existen otros autores que han realizado aportes significativos a los desarrollos teóricos sobre el tema de la categorización. Sus trabajos son citados por Lakoff (1987: 14-15). Se trata de Austin (1971), Zadeh (1965), Lounsbury (1964), Brown (1958, 1965)[25], Berlin, Kay y Mc Daniel (1978)[26], Ekman (1972) y Ekman et al. (1972, 1983)[27]. Aquí solo se los nombra, pues sus posturas pueden resumirse en las dos visiones de la categorización que se han distinguido arriba (teoría de las condiciones necesarias y suficientes, por un lado, y teoría de los prototipos y del nivel básico, por otro)[28].

4.3. La recategorización

En la bibliografía especializada acerca del intercambio categorial que se manifiesta en las sustantivaciones, adverbializaciones, adjetivaciones, etc. se ha hecho referencia a este proceso con diversos términos. Los principales son traslación, transposición, transferencia, metábasis, transcategorización y recategorización. Estas expresiones manifiestan algunos matices diferenciadores en la forma de concebir el fenómeno en cuestión.

Tesnière (1959) fue el primero en sistematizar el estudio de la traslación o transposición sintáctica (Álvarez Martínez, 1997: 115; Alba Reina y Campos Carrasco, 2003a: 23; Gómez Montiel, 1993)[29]. Observó que la preposición de cambiaba, en ocasiones, la categoría de las palabras que la acompañaban, como sucede en el libro de Pedro (que equivale sintácticamente a el libro rojo).

Este autor entiende la traslación como un mecanismo de cambio de una clase de palabra a otra, el cual tiene como correlato un cambio de función sintáctica de la palabra que cambia. Las unidades lingüísticas que permiten que una categoría desempeñe funciones que no le son propias[30] son los transpositores (Alba Reina y Campos Carrasco, 2003a; Álvarez Martínez, 1997: 114-117)[31]. Desde esta teoría, “debe de [sic] existir siempre un mecanismo transpositor formalmente identificable, fónico o no fónico, pero identificable” (Gómez Montiel, 1993: 59).

Por otra parte, López García (1998: 61) establece dos subtipos dentro de la traslación: la transcategorización y el contagio categorial. La primera, a diferencia de la segunda, necesita un formante explícito para producirse (v. gr., la canción era triste). En la transcategorización, la unidad que cambia asume los rasgos formales de la categoría meta mientras que en el contagio esto se da funcionalmente, pero no de manera completa (en la lengua) (v. gr., los inocentes siempre pagan)[32].

El término transposición fue acuñado por Bally (1925) (Alba Reina y Campos Carrasco, 2003a: 26). Se refiere al cambio de categorías léxicas, que es abordado desde una doble perspectiva: gramatical y estilística. Su planteo es interesante porque tiene relación con la noción de metáfora gramatical, que se discutió en el capítulo tres.

El autor considera que la traslación se produce en dos planos: hay un cambio de categorías a nivel lógico (mecanismo denominado figura)[33] y a ese cambio le corresponde una modificación de las categorías léxicas[34]. Sobre el concepto de transposición también se han pronunciado autores como Alarcos Llorach (1962: 182) (Alba Reina y Campos Carrasco, 2003a: 28-29) y Gutiérrez Ordoñez (1985, 1997)[35], entre otros.

Detrás de los nombres traslación y trasposición se encuentra la metáfora del traslado, que también está presente en el término metáfora. En efecto, es interesante el hecho de que esta palabra significa en griego moderno ‘transporte, traslado, transferencia’ (Muñoz Ferriz, 1992). El concepto de traslación en las categorías tiene detrás la misma metáfora. La relación entre los dos procesos es clara. Álvarez Martínez (1997: 117) lo nota:

De igual forma que una metáfora, por ejemplo, enriquece las posibilidades prácticamente infinitas del sistema de la lengua, pues la agrupación insólita de elementos permite nuevas ideas, asimismo estos cambios de categorías enriquecen las posibilidades léxicas que ese sistema puede poseer.

Otros términos utilizados más esporádicamente para nombrar el fenómeno son los de metábasis (Marín, 1980), transformación (Rodríguez Adrados, 1969), transferencia (Pottier, 1975 [1971]) y reclasificación (Heyvaert, 2003). En este trabajo se hablará de cambio categorial, en un sentido genérico, y de recategorización, según la propuesta de Rodríguez Espiñeira (2008).

La autora española señala que se da un proceso de “descategorización” cuando una palabra de una clase se emplea con otras funciones, distintas de la primaria (en el caso del verbo, por ejemplo, predicar), lo cual conlleva como consecuencia que se pierdan algunas o muchas de sus propiedades categoriales. A su vez, la palabra descategorizada adquiere propiedades de la categoría que realiza típicamente esas otras funciones. Este proceso es lo que se denomina “recategorización” (Rodríguez Espiñeira, 2008: 131-132).

En el ámbito de las recategorizaciones se ubican las llamadas “categorías híbridas”, “categorías mixtas” o “palabras de doble categoría” (Rodríguez Espiñeira, 2008: 11). Se trata de elementos léxicos con grados de pertenencia a más de una categoría, ubicados en una especie de espacios intermedios entre las categorías léxicas mayores. Además, se suele identificar a los elementos híbridos con aquellos que han derivado de otros, a través de un proceso de conversión (cambio de clase léxica con repercusión semántica, v. gr., la compra)[36] o de transposición (cambio de clase léxica con repercusión funcional, v. gr., vinieron dos clientes: el quisquilloso y Pedro), sin verse acompañados de un cambio formal (Varela Ortega, 2008: 89).

En cuanto a qué palabras actúan como base de los cambios categoriales, Pena Seijas (2008: 182) sostiene lo siguiente:

Ciñéndonos a las tres clases léxicas de palabras (sustantivo, adjetivo y verbo), toda raíz puede ser categorizada bajo tales clases. Así, si una raíz es originariamente adjetiva, se categoriza primariamente como adjetivo y secundariamente como verbo y sustantivo: blanco blanquear y blancura, claroaclarar y claridad, duroendurecer y dureza; si originariamente es nominal, se categoriza primariamente como sustantivo y secundariamente como adjetivo y verbo: línea lineal y alinear, espacio espacial y espaciar, grupo grupal y agrupar; si originariamente es verbal, se categoriza primariamente como verbo y secundariamente como sustantivo y adjetivo, cf. crearcreación y creable, creador o creativo, cambiarcambio y cambiante, crecercrecimiento y creciente.

En lo que concierne al modo de desarrollarse el proceso mismo de recategorización, las palabras pueden sufrir supresión de alguna de sus formas, sustitución, adición o un proceso de “descategorización directa” o “conversión” o “afijación cero”, que –como se ha explicado– es el cambio categorial sin marca formal (Gallegos Shibya, 2003: 11; Pena Seijas, 2000: 245).

4.4. La nominalización

La tesis que se presenta en este libro (Gonzalez, 2018) se focaliza en un cambio categorial en particular: la nominalización. Como señalan Jaque Hidalgo y Martín García (2017), las investigaciones sobre la nominalización se han focalizado tradicionalmente en las nominalizaciones deverbales eventivas (v. gr., esperanza) (Chomsky, 1970; Grimshaw, 1990; Heyvaert, 2003) y se han dirigido recientemente hacia las nominalizaciones deadjetivales (v. gr., fealdad) (Roy, 2010). Por otra parte, los estudios actuales han buscado un detalle cada vez más fino en el listado de los significados aspectuales de las nominalizaciones (Fradin, 2011; Fábregas, 2016).

Este trabajo aborda las nominalizaciones producidas a partir de cualquier clase de palabras. Se centra en las nominalizaciones que se producen por un proceso de conversión o derivación cero (v. gr., toma(r) > (la) toma) o por una modificación de la vocal temática (v. gr., pasa(r) > paso/pase). Además de la variedad de fuentes de las nominalizaciones que se analizan, lo que brinda novedad al estudio es el hecho de que se indagan las bases metafóricas y metonímicas del proceso gramatical de recategorización que se halla en su base.

El aporte de la investigación consiste en que enriquece el ámbito de la interfaz semántico-gramatical entre dos tópicos que no se han tratado en comunicación intrínseca, como lo son la metáfora (tratada principalmente desde la filosofía del lenguaje, la retórica y la semántica cognitiva) y la nominalización (tratada principalmente desde la gramática y la semántica de rasgos).

4.4.1. Nominalización y nominalización funcional

Según Cuñarro (2011: 121), “Las nominalizaciones son elementos léxicos resultantes de un proceso morfológico de derivación, del cual resultan nombres a partir de verbos” (Cuñarro, 2011: 121). Su estructura morfológica es de base verbal más sufijo nominalizador, en la mayoría de los casos (v. gr., recoger > recogimiento).

Siguiendo esta propuesta, no constituirían casos prototípicos de nominalizaciones aquellas que se establecen textualmente sin el agregado de sufijos derivativos a la base verbal (v. gr., andar V > [el/su] andar N); además, quedarían fuera de esta categoría las nominalizaciones de lexemas que no pertenezcan a la categoría de verbos (v. gr., las deadjetivales). Por otro lado, el término nominalización haría referencia solamente al resultado y no al proceso mismo de sustantivación.

Por su parte, Picallo (1999: 365), si bien restringe el fenómeno a las palabras derivadas, entiende por “nominalización” al “término que designa a los nombres derivados así como al proceso de su formación”. Una definición más abarcadora del fenómeno de la nominalización tiene también en cuenta que esta es un recurso muy utilizado en ciertas comunidades discursivas; se la emplea frecuentemente en el discurso periodístico y en los textos académicos, como apunta Cinto (2009: 173), y en el registro técnico (v. gr., ámbito jurídico[37]).

Gallegos Shibya (2003: 152), por su parte, hace una caracterización lógico-semántica muy completa del fenómeno:

El hecho de que una propiedad, una relación o una proposición sean objetos lingüísticos depende de que la lengua aplique a esos ‘contenidos’ (en realidad, estructuras de primer orden) la operación de nominalización que culmina con la técnica ‘abstracción’. Iturrioz (1985a; 1985b) ha mostrado que por medio de la nominalización se introducen en el universo del discurso un nuevo tipo de referentes, de entidades que constituyen las figuras en un lenguaje de segundo orden (abstracto), y pone de manifiesto cómo esta nueva forma de hablar es especialmente apta para la expresión de contenidos técnicos, científicos y formales.

Por esto, Gallegos Shibya (2003: 16) define la nominalización como

Una operación lingüística que tiene como finalidad la transición de la proposición al concepto (Porzig, 1930; Seiler, 1982; Lehmann, 1982a) o, dicho de otra manera, la ‘abstracción sustantiva’ (es decir, la ‘reificación de contenidos proposicionales’; vid. Iturrioz Leza, 1985a; 1985b) que permite transiciones del tipo Los romanos destruyeron la ciudadLa destrucción de la ciudad por los romanos[38].

El autor la describe como una operación cognitiva universal con graduación de menor a mayor reificación de contenidos proposicionales o abstracción sustantiva[39], como puede observarse en el siguiente ejemplo:

(12) a. El niño vio cómo el gato saltaba desde el tejado.
(12) b. El niño vio que el gato saltaba desde el tejado.
(12) c. El niño vio al gato saltar desde el tejado.
(12) d. El niño vio el salto del gato desde el tejado.
(Iturrioz Leza, 2000-2001: 71).

La nominalización implica una transición del dominio verbal al nominal: “en el recorrido de izquierda a derecha en la escala de nominalización se pierden las propiedades oracionales, y lo nominalizado se asemeja cada vez más a un sustantivo[40]. Se dice que se incrementa su nominalidad” (Lehmann, 1982: 76)[41].

La abstracción sustantiva consiste en una paulatina pérdida de las categorías que vinculan el enunciado con situaciones específicas, así como de otras propiedades inherentemente verbales como la fuerza ilocutiva, el tiempo, el modo y el aspecto, la rección verbal, etc. El objetivo de este proceso es el de “manipular estados de cosas como objetos” en el discurso (Iturrioz Leza, 2000-2001: 76-77).

Si bien se ha resaltado en estos estudios el potencial abstractivo reificador de proposiciones que posee la nominalización, no se debe pasar por alto que no solo se pueden reificar contenidos proposicionales, como bien señaló Gallegos Shibya (2003: 152). El autor indica que la nominalización opera sobre tres tipos de realidades: propiedades, relaciones y proposiciones. Sobre las otras clases de reificación no desarrolladas aquí se harán más consideraciones luego.

En todos los casos, la técnica de abstracción “surge a partir de una reflexión metalingüística y es parte de otra operación compleja cuya función es el ascenso semántico hacia un discurso de segundo orden y la constitución de un nuevo plano de objetividad” (Iturrioz Leza, 2000-2001: 80). Esto le permite funcionar como anáfora. Es más,

La nominalización es más que una simple anáfora, es una macrooperación en la que tanto la estructura retomada como la que retoma van cambiando a lo largo del texto: estructuras cada vez más nominalizadas y compactas van sustituyendo gradualmente a otras estructuras más explícitas […]. Dentro de las estructuras nominalizadas existen diversos grados de nominalización y reificación, que se prolongan en la escala de técnicas de individuación (Iturrioz Leza, 2000-2001: 127).

Este tema se desarrolla en el apartado correspondiente a las funciones discursivas de las nominalizaciones. En cuanto a los procesos de formación de las nominalizaciones, estos son, principalmente, la derivación (v. gr., blanco > blancura), la composición (v. gr., sabelotodo) y el cambio categorial (v. gr., amanecer V > [el] amanecer N). Como puede observarse, en este trabajo se incluyen bajo el término “nominalización” tanto la derivación de sustantivos deverbales como, en un sentido más amplio, la formación de sustantivos a partir de palabras pertenecientes a las otras categorías léxicas e incluso la sustantivación de construcciones completas.

Cuando palabras que originalmente pertenecen a otra categoría, pero empezaron a utilizarse como sustantivos, llegan a tener todo el valor de un nombre, se habla de “sustantivos lexicalizados o de lengua” (Hallebeek, 1987-1988: 29), en oposición a los “sustantivos de habla o discurso”. Cuando se emplea ocasionalmente una palabra de otra categoría como sustantivo (i. e., en las funciones de sujeto, objeto, complemento de preposición) se está ante una “nominalización funcional o de habla” (Hallebeek, 1987-1988: 30)[42] o “recategorización sintáctica” o “nominalización ad hoc” (Heyvaert, 2003: 120).

En lo que respecta al estado de los estudios sobre las nominalizaciones, es interesante el aporte de Rodríguez Espiñeira (2008: 132). La autora afirma que en la lingüística occidental se ha otorgado especial preponderancia al análisis de los procesos nominalizadores, frente a la escasa atención que han recibido los procesos de verbalización, debido a tres razones. Por un lado, el proceso de nominalización es muy amplio: implica no solo el empleo de verbos como nombres (v. gr., [el] despertar), sino también el de cláusulas enteras como frases nominales (v. gr., el despertar del oso de su letargo invernal). Sobre el SN se hablará en el apartado que sigue.

En segundo lugar, la lingüística occidental ha estudiado principalmente lenguas indoeuropeas, en las cuales la conjugación es más completa que la declinación. Por último, la autora cita la siguiente aseveración de Hopper y Thompson (2008 [1984]: 745-746):

Una nominalización nombra un evento determinado como si fuese una entidad; una verbalización, en cambio, no nombra una entidad como si fuese un evento, sino que expresa un evento asociado con una entidad. En otras palabras, una nominalización continúa nombrando un evento, si bien se trata de un evento que está siendo más referido que reportado en el discurso; es, de acuerdo con esto, todavía un verbo, en parte, y no un sustantivo bona fide. En cambio, un verbo denominal ya no nombra una entidad en absoluto, y, por lo tanto, no hay tinturas nominales que le impidan ser un verbo bona fide[43].

El proceso de la nominalización deverbal ha resultado más atractivo a los gramáticos que el de la verbalización denominal porque implica un proceso metafórico que consiste en conceptualizar los eventos como objetos, i. e., una reificación. Este tema se amplía más adelante.

4.4.2. Los componentes del sintagma nominal

Las nominalizaciones se caracterizan por mostrar aspecto y modo, y por tomar argumentos, como los verbos; además, pueden llevar modificadores indirectos (encabezados por preposición) o determinantes, como los nombres. En este apartado se tratará un tema relacionado con este último aspecto: los componentes formales de un SN. Estos son determinante, premodificador, núcleo y postmodificador. Estos elementos tienen relaciones jerárquicas entre sí, como puede observarse en el siguiente diagrama:

Figura 5. Estructura del SN según Hallebeek (1987-1988: 31)

fig 5 cap 4

Estas relaciones jerárquicas se pueden ilustrar con el SN los buenos vinos de Mendoza. El artículo los modifica al resto del sintagma. Buenos modifica a vinos de Mendoza. Por último, de Mendoza modifica a vinos. Hallebeek (1987-1988: 32) expone las clases de palabras que suelen cumplir las funciones mencionadas:

Figura 6. Clases de palabras y sus funciones en el SN según Hallebeek (1987-1988: 32). Adaptación

1. Núcleo
Nombre común
Nombre propio
Pronombre

 

2. Determinante

Predeterminante (v. gr., todos los días)

Centrodeterminante

Artículo (v. gr., todos los días)

Posesivo (v. gr., todos sus días)

Demostrativo (v. gr., todos esos días)

Postdeterminante

Numeral ordinal (v. gr., los primeros perros)

Numeral cardinal (v. gr. los dos perros)

Cuantificador (v. gr., los muchos nervios que pasé)

Numeral multiplicador (v. gr., el séptimo día)

Partitivo (v. gr., mi media naranja)

Reflexivo (v. gr. el mismo médico colocó la inyección)

0 determinante (indefinido) (v. gr., algunos días)

 

3. Premodificador

Adjetivo/Sintagma adjetivo (v. gr., mi buen amigo)

 

4. Postmodificador

Adjetivo/Sintagma adjetivo (v. gr., los primeros momentos felices)

Nombre/Sintagma nominal (v. gr., Pedro, mi buen amigo)

Sintagma preposicional (v. gr., aquellos días negros de marzo)

Proposición relativa (v. gr., los días que pasé)

Sobre la función de los adjetivos en los SSNN, Collado (2012) señala que manifiestan papeles argumentales, generalmente. Cumplen un rol temático dentro de la estruc­tura argumental de los verbos sustantivados. Algunos ejemplos de adjetivos con función argumental proporcionados por la autora son los siguientes: quehaceres domésticos, asombro unánime, imprecisión habitual. Como puede observarse, en estos casos, los adjetivos señalan argumentos asignados por la “reminiscencia verbal” que entraña la nominalización. Unánime, sería un experimentante del proceso asombrarse, pues el sintagma que conforma podría reformularse como todos se asombran/asombraron.

En cuanto a los determinantes, Gallegos Shibya (2003: 156-163), aludiendo a Seiler (1978), señala que todas las estructuras que sirven a la determinación (artículos, demostrativos, posesivos, cuantificadores y sus combinaciones) forman una escala continua entre extensionalidad e intensionalidad. El orden en que aparecen los modificadores del nombre en el SN no es libre, sino que los elementos más marcadamente intensionales aparecen inmediatamente junto al nombre mientras que aquellos donde predomina el principio extensional (i. e., la delimitación de la referencia sin que el concepto como tal se vea afectado), que son los artículos, demostrativos, posesivos y cuantificadores, se alejan del nombre.

En el caso de la nominalización funcional, el nombre o pronombre que constituiría el núcleo en un SN prototípico no se encuentra explicitado. En tus libros y los míos, el segundo coordinado es un SN en el que se ha omitido el núcleo libros. La estructura presente es de determinante y postmodificador, pero puede reponerse el núcleo, que en este caso ha sido expresado en el coordinado anterior.

Por otra parte, hay casos en los que no puede buscarse el nombre faltante en un contexto lingüístico anterior. Esto sucede en dos tipos de construcciones: (a) artículo definido + adjetivo/sintagma adjetivo (v. gr., los enfermos) y (b) artículo definido + sintagma preposicional o proposición relativa sin antecedente expreso (v. gr., los de la verdulería/los que venden verduras).

Considerando que en estos casos es una palabra perteneciente a otra categoría la que cumple la función de núcleo del SN, algunos autores (Alarcos Llorach, 1978; Gili Gaya, 1972; Seco, 1969, Gómez Torrego, 2005)[44] afirman que el artículo determinante cumple en el SN la función de sustantivador. Gómez Torrego (2005: 33) lo dice de la siguiente manera: “los adjetivos no aparecen acompañados de determinativos. Ejemplos: *mi alegre, *su gratuito […]. Cuando aparecen con determinativos es porque están sustantivados. Ejemplos: *el malo, *la guapa.

Otros autores (Hallebeek, 1987-1988), consideran que en estos casos el artículo no sustantiva, sino que es sustantivado. Según la interpretación de Hallebeek (1987-1988: 40), en un SN como los de María, donde se ha omitido el núcleo zapatos, el artículo los es el que se sustantiva y el sintagma de María cumple la función de modificador del artículo; en ocasiones, es un posesivo el que se sustantiva (v. gr., mis viejos, tus pobres).

La explicación que da es la siguiente: una construcción endocéntrica como los zapatos de María, al suprimir el núcleo zapatos, se convierte en una construcción exocéntrica: los de María. En el SN, el género y el número son determinados por el núcleo, el nombre. A pesar de todo, los de María como cualquier SN presenta los rasgos gramaticales de género y número (se podría expandir a los de María son rojos). Por ello es de suponer que en las construcciones del tipo los de María el artículo ocupa funcionalmente el puesto del núcleo y se convierte en un pronombre. El sintagma contiene estos rasgos en la forma los: porque el sintagma preposicional de María como conjunto no tiene género ni número.

Por otro lado, el artículo definido es un elemento anafórico que refiere a un concepto ya actualizado, que forma parte del universo establecido entre los interlocutores. Según Hallebeek (1987-1988: 40), en sintagmas como los de María el adjetivo sigue actuando como modificador de un núcleo fuera de sí, no pasa a ser sustantivo, sino que esa función es asumida por el artículo, por ser el que actualiza al núcleo.

Bosque (2007: 186, 2015: 181) explica estos casos postulando la existencia de una categoría nominal nula o tácita, pues el principio de endocentricidad exige que el elemento nuclear sea el que da nombre a la categoría, la cual se considera como una expansión suya. De lo contrario, en lugar de hablar de SN se estaría ante un sintagma pronominal o ante un sintagma determinante. Otro argumento que esgrime Bosque (2015: 181) es el de Lapesa (1970: 86): “Como la sustantivación pudo y todavía puede darse sin artículo, este no es sustantivador ni contiene en sí la representación de noción sustantiva alguna”.

Por último, el autor advierte que en el caso de algunas formas adjetivas apocopadas no es posible la estructura artículo + nominal elidido (un Ø / cualquier Ø) como en *recibió un (por recibió uno = recibió un regalo) lo cual representa un problema fonológico para aceptar la idea de los núcleos nominales nulos. Sin embargo, desde otro punto de vista, el problema podría ser resuelto: “estas secuencias no son posibles porque estamos usando la variante apocopada en un entorno distribucional en el que no es apropiada” (Bosque, 2015: 49).

La postura de Bosque se opone a lo que denomina “duplicación de las categorías” y que explica de la siguiente manera:

Si consideramos unidades léxicas como muchos, otros, más o veinticinco recordaremos que el análisis tradicional habitual consiste en asignarlas a la clase de los adjetivos a la vez que a la de los pronombres. Las unidades léxicas se duplican por tanto, y se remiten a clases diferentes (Bosque, 2015: 48).

Aquí se considera que una postura funcionalista acepta que las categorías pueden hallarse duplicadas, i. e., que pueden contener una naturaleza diferente en diversos contextos enunciativos. Por consiguiente, en el caso de los buenos se está ante un sustantivo funcional: buenos (y no ante un sintagma nominal con un núcleo nominal nulo y un adjetivo que conserve su naturaleza adjetiva).

Sobre el modo de acción del artículo en la sustantivación, Alcina y Blecua (1975) señalan que, si bien tradicionalmente se ha destacado como esencial el valor marcativo de sustantivación del artículo (como en el viejo o el de las gafas negras), al hablar de la función sustantivadora del artículo se deben tomar en cuenta los siguientes hechos: (a) la existencia de diferentes tipos de sustantivación (funcional y/o formal, lexicalizada u ocasional)[45]; (b) si las sustantivaciones se producen con o sin la presencia de artículos; (c) en las sustantivaciones de adjetivos, las dificultades de una caracterización formal y objetiva sin acudir al significado. De hecho, un mismo nombre puede aparecer en función adjetiva y en función sustantiva en contextos diferentes (Alcina y Blecua, 1975: 551-552).

Estos autores enumeran los diversos casos de sustantivaciones que pueden darse. Señalan los siguientes:

  1. Palabras que no son nombres, que toman el valor denotativo del sustantivo (v. gr., los pros).
  2. Nombres de cualidad que han pasado a significar denotación (v. gr., el fuerte) con algunos casos sin presencia de artículo porque hay algún grado de lexicalización (v. gr., los jóvenes ya no tienen ideales).
  3. Nombres como amigo, vecino y viejo, que se emplean indistintamente como términos adjuntos o primarios, que tienen la particularidad de referirse a personas. En este grupo ubican los adjetivos en -al, ‐ar, ‐ano, ‐nte, ‐ico, ‐ista, ‐ita y ‐ta y los gentilicios. Aquí tampoco se necesita siempre el artículo para sustantivar.
  4. Casos en los que hay un denotado muy claro omitido, al que hace referencia el adjetivo sustantivado (v. gr., el listo no estudiaba), el cual mantiene su función predicativa. Por otro lado, “el artículo mantiene el valor anafórico pronominal como signo que alude al antecedente sustantivo” (Alcina y Blecua, 1975: 553).
  5. Proposiciones incluidas precedidas por un artículo o demostrativo (v. gr., él es el que te comenté).

Luego de estas disquisiciones, Alcina y Blecua presentan su postura respecto de la discusión que se ha presentado acerca de la naturaleza del artículo en un sintagma nominal con sustantivación:

En la medida en que un nombre es denotativo, el artículo toma un marcado carácter adjetivo y funciona como soporte de género y número simplemente. En la medida que el nombre mantiene su función predicativa [este es el caso del nombre adjetivo], el artículo subraya su función pronominal de aludir a una realidad del contexto o fuera del contexto, lexicalizada, por medio de los artículos concordados, o no lexicalizada en el caso del neutro lo (Alcina y Blecua, 1975: 553-554)[46].

Los autores concluyen su mesurado juicio señalando que hay diversos tipos de sustantivaciones: (a) la sustantivación léxica (v. gr., el pagaré), (b) la sustantivación funcional (v. gr., el viejo) y (c) los casos intermedios, a los que llaman “sustantivación semántico-funcional” (v. gr., los avaros/los hombres avaros) (Alcina y Blecua, 1975: 555-558)[47].

4.4.3. Los argumentos y su realización sintáctico-semántica en los sintagmas nominales

Los sintagmas nominales, además de ir generalmente acompañados por uno o varios sintagmas preposicionales (v. gr., el aterrizaje del avión en el aeropuerto), son construcciones similares a oraciones –aun no conteniendo rasgos temporales–, pues establecen entre el núcleo nominal y los argumentos que lo acompañan una relación predicativa (Picallo, 1999: 366). De hecho, podrían parafrasearse por oraciones simples. Por ejemplo, el caso anterior se puede parafrasear por el avión aterriza en el aeropuerto.

Por su parte, los sintagmas nominales que se corresponden con lo tradicionalmente denominado “nominalización de sujeto” y “nominalización de objeto”[48] (v. gr., el invento del profesor y un comprador de zapatos, respectivamente), pueden parafrasearse por construcciones de relativo como el que compra zapatos y lo que ha sido inventado por el profesor.

En cuanto a la expresión sintáctica de los argumentos, se observan en los nombres posibilidades que no son tan frecuentes en los verbos. Por ejemplo, el verbo romper exige un paciente afectado, por lo cual *que rompiera provocó un accidente resulta agramatical. Esto no sucede con el nombre rotura (la rotura provocó el accidente). En cuanto a “la supresión del argumento seleccionado por un nombre derivado”, según Picallo (1999: 367), “no siempre es opcional sino que es un fenómeno estrechamente relacionado con el tipo de entidad que denota el SN”.

Existen diversos procedimientos gramaticales para expresar los argumentos de un nombre. Uno de ellos es introducirlos mediante las preposiciones de, por y por parte de (v. gr., la redacción del comunicado por [parte de] un comité), o el posesivo su (v. gr., su aceptación de la idea me tranquilizó). Otra manera de colocar los argumentos de un nombre es agregando adjetivos (v. gr., cualquier propuesta francesa será rechazada).

En cuanto a los argumentos de los nombres, es interesante considerar que –como señala Cinto (2009: 177)– hay nominalizaciones activas (v. gr. penetración de la luz en el agua) y pasivas (v. gr., penetración del agua por la luz). “La forma de un sintagma nominal, activa o pasiva, condiciona una serie de fenómenos gramaticales e interpretativos” (Picallo, 1999: 368). Entre estos fenómenos se encuentra la opcionalidad u obligatoriedad de la expresión sintáctica de los argumentos seleccionados por el nombre.

En lo que respecta al modo de expresión del agente, en la forma activa este lleva de (v. gr., la falsificación de Juan de un cuadro de Tintoretto) y en la pasiva, por/por parte de (v. gr., la falsificación de un cuadro de Tintoretto por parte de Juan). En los nominales pasivos la expresión explícita del agente es optativa, pues la presencia del paciente afectado/efectuado implica la lectura de que existe un agente. Se puede decir la extinción del fuego o la extinción del fuego por [parte de] los bomberos.

Por su parte, la expresión del tema/paciente es necesaria, pues de la sola presencia del agente no se deduce implícitamente el paciente, como puede observarse en *la solicitud por numerosas personas, donde no puede saberse qué fue solicitado. Es más, la presencia del tema/objeto es la que permite la explicitación de otros argumentos, como sucede en la colocación de los cuadros en las paredes por parte de los habitantes de la casa, donde la aparición de de los cuadros habilita la manifestación del locativo.

Existen algunos problemas relacionados con las modificaciones sintácticas necesarias para adjuntar los argumentos al núcleo del SN, pues este no puede tomarlos directamente. Uno de ellos es que la misma preposición puede introducir papeles temáticos diversos (v. gr., el retrato [de la cantante] [de aquel pintor francés])[49]. Otro problema es el del orden de los elementos en el sintagma: algunas nominalizaciones admiten la inversión entre los argumentos mientras que otras, no. Por ejemplo, es gramatical tanto el odio de Juan a/por los extranjeros como el odio a/por los extranjeros de Juan, mientras que no sucede lo mismo con *la creación por Belgrano de la bandera. En muchos casos, el cambio de orden de los elementos del SN puede cambiar su interpretación, además de afectar su gramaticalidad.

4.4.4. La nominalización eventiva y la resultativa

Picallo (1999: 368) indica dos valores semánticos básicos de las nominalizaciones: ‘acción de’ y ‘efecto de una acción’. En paralelo a estos valores, se habla de sustantivos de acción o nominales eventivos, por un lado, y de sustantivos de efecto o nominales resultativos, por otro[50]. Un ejemplo de nominalización eventiva es el baile duró dos horas y uno de resultativa es su afirmación fue tajante. Además, la autora señala un tercer grupo de verbos base, el de los estativos, que incluye: (a) verbos que denotan estados psicológicos o de afección (v. gr., amar, temer, asustar), (b) verbos de conocimiento y percepción física o intelectual (v. gr., ver, recordar, conocer) y (c) verbos de medida (v. gr., pesar, medir).

En cuanto a las nominalizaciones de verbos de conocimiento y percepción, se caracterizan por poseer un sujeto cuya interpretación semántica varía en función de si el tema se especifica o no sintácticamente. Por ejemplo, en (13a) Ana puede ser entendida cono experimentante porque aparece el tema Código Penal; en cambio, si no aparece este otro argumento (13b), puede interpretarse que Ana es la que conoce o que es la conocida o que se habla simplemente de una parte de su enciclopedia mental.

(13) a. El conocimiento de Ana del Código Penal.
(13) b. El conocimiento de Ana.

Otros autores como Zubizarreta (1987), Balvet et al. (2010) y Eberle et al. (2011) (en Peris Morant, 2012) postulan que los predicados estativos dan lugar a un tipo concreto de nominalización. Ciertamente, pueden hacerse clasificaciones más exhaustivas de las nominalizaciones. De hecho, Balvet et al. (2011) distinguieron hasta 11 tipos de nominalizaciones deverbales. Gallegos Shibya (2003), por su parte, habla de nominalizaciones de agente (v. gr., organización), cualidad (v. gr., [el] enfermo), estado (v. gr., [el] estar ahí), objeto o instrumento (v. gr., armadura), lugar (v. gr., habitación) y época (v. gr., cosecha) [51]. Aquí se parte de la clasificación en dos clases, evento y resultado, por ser la que se encuentra más extendida entre los distintos autores (Peris Morant, 2012: 32). De todos modos, se la discutirá más adelante, cuando del análisis del corpus emerja otra clasificación.

Peris Morant (2012: 8) define los dos tipos de nominalizaciones que se vienen desarrollando (eventivas y resultativas) por contraste, de la siguiente manera:

Entendemos por nominalización de evento a aquella nominalización que denota una acción o un proceso de la misma forma que un verbo los denota. En otras palabras, las nominalizaciones eventivas, de la misma manera que los verbos correspondientes, tienen la propiedad aspectual de la dinamicidad. En cambio las nominalizaciones resultativas se caracterizan por denotar estados o el objeto, concreto o abstracto, resultante de una acción. Ambos tipos de nominalizaciones resultativas (estados y objetos) carecen de la propiedad aspectual de la dinamicidad.

Por lo tanto, se podría hablar de dos grandes clases de sintagmas nominales: dinámicos y no dinámicos. No obstante, en adelante, se diferenciará solo entre nominales eventivos y resultativos para mantener la terminología existente, haciendo la salvedad de que muchos de los nominales considerados dentro del grupo de los resultativos podrían corresponder a la clase de los estativos.

La distinción entre sintagmas nominales eventivos y resultativos puede resultar difícil de establecer en la comprensión de textos complejos; así lo muestra Cuñarro (2011: 135-137). En muchas ocasiones se comprenden las nominalizaciones como acciones (los hablantes las definen mediante verbos; v. gr., debate: ‘discutir’); en otras, como sustantivos (los hablantes las definen mediante sustantivos, v. gr., exportación: ‘venta de productos a otros países’).

Según Picallo (1999), la interpretación de un SN es eventiva si el sintagma aparece como sujeto de un predicado de los tipos tener lugar, durar u ocurrir (v. gr., la evaluación de los datos de la encuesta tuvo lugar ayer). También puede incluir adjuntos de tipo adverbial referidos al tiempo: el lunes, el 4 de julio, ahora, ayer, etc.

La interpretación resultativa se produce si se pueden agregar al sintagma predicados como ser considerado, ser inconsistente o ser publicado (v. gr., la evaluación se consideró incorrecta), pues estos predicados solo pueden decirse de productos resultantes de los eventos. Además, en algunos casos se deriva una lectura resultativa del SN si detrás de él aparece un argumento temporal encabezado por de (v. gr., la demostración del teorema de Pitágoras del 14 de marzo nos sorprendió)[52]. Al contrario, si un SN va seguido de una referencia temporal no encabezada por preposición alguna, se deriva una interpretación eventiva (v. gr., la discusión de la ley de Murphy el 14 de marzo causó sensación)[53].

Algunos autores (Pustejovsky, 1995: 31; Badia, 2002; Alonso, 2004) consideran que las lecturas eventiva y resultativa constituyen, simplemente, sentidos distintos de una misma unidad léxica, puesto que algunas nominalizaciones pueden actualizar la lectura eventiva y la resultativa en la misma frase sin afectar a la comprensión de los enunciados.

Por ejemplo, en el caso de la declaración que el juez tomó al testigo y que comenzó a las once ocupa cinco folios, el nombre declaración se interpreta como evento y como resultado a la vez. Se puede especificar el momento de inicio del evento, y se puede decir que el resultado ocupa cinco páginas. Siempre que el nombre acepte una paráfrasis con verbo soporte (v. gr., hacer) aceptará una lectura resultativa (v. gr., hacer declaraciones). Sea que existan dos grandes clases de nominalizaciones, sea que estas sean solo las dos lecturas principales de ellas, se ve la necesidad de diferenciar estas dos interpretaciones o facetas del fenómeno de la nominalización.

La causa de la diversidad de interpretaciones de las nominalizaciones es graficada así por Cuñarro (2011: 139): “El desconocimiento de la estructura morfológica y de la información sintáctica y semántica contenida en formas léxicas como las nominalizaciones hace que el lector no pueda decodificar adecuadamente la información de una predicación condensada en estas estructuras complejas”. Es posible afirmar que el desconocimiento de la información intraléxica de las nominalizaciones se deriva de su lexicalización, i. e., de la automatización del uso de la palabra de manera tal que “se olvida” su origen verbal[54].

Palazón (2008: 183) hace referencia a esta pérdida de información intraléxica que se deriva de la nominalización:

El efecto de ambigüedad en la nominalización de acciones se debe a la habitual pérdida de argumentos y circunstancias, a la vez que de tiempo, aspecto, modo y modalidad verbales. El uso de esta metáfora gramatical apunta a un texto que, además de ambiguo, es estático.

Gallegos Shibya (2003: 25) señala la necesidad de explicar desde los usos discursivos tanto la gramática como la semántica de las nominalizaciones. El autor realiza un estudio de los diversos significados que manifiestan las nominalizaciones en los textos a través de diferentes sufijos. Desde un acercamiento textual explica la alternancia, competencia o concurrencia entre estos para individualizar una misma acción. Según su propuesta, ciertos sufijos están parcialmente asignados a determinados registros discursivos y/o lenguajes especializados, en el marco de un estándar regional. El autor lo expresa con las siguientes palabras:

La ampliación de la dimensión de la iconicidad a partir de una vinculación de la morfología derivativa con la pragmática textual permite una mayor exhaustividad en el análisis de ciertos fenómenos morfológicos que hasta ahora no han quedado completamente resueltos en las descripciones del español. Desde esta perspectiva, las alternancias sufijales deverbonominales aparecen no tanto como variantes libres sino discursivas, que pueden servir como un recurso de marcación del registro en el cual se inscribe el texto (Gallegos Shibya, 1993: 79)[55].

Por último, es necesario señalar que las nominalizaciones constituyen un recurso textual que aparece más frecuentemente en el registro técnico (Gallegos Shibya, 2003: 37; Cinto, 2009) y en el lenguaje periodístico (Casado Velarde, 1978; Palazón, 2008: 175; López Samaniego, 2013: 175)[56]. La nominalización en su función anafórica es útil en este tipo de discursos por su “poder argumentativo y explicativo”, como indica Peña Martínez (2006: 4). El autor explica esta doble vertiente del uso anafórico de la siguiente manera:

Por una parte, el modelo secuencial argumentativo pone en funcionamiento una cadena de reglas inferenciales que nos permitirá, a medida que avanza el discurso, establecer un tipo de relación particular entre unos datos concretos y unas conclusiones deducidas a partir de los mismos […]. Se trata pues de un movimiento progresivo. En el modelo secuencial explicativo, expositivo e informativo sin embargo, se proyecta una aportación al saber compartido a partir de una conclusión, de un planteamiento inicial hacia unos datos concretos. En esta ocasión por el contrario, nos enfrentamos a un movimiento regresivo. Estos dos tipos de tendencias, la progresión por una parte y la regresión por otra, revelan que los encadenamientos discursivos garantizan la cohesión dentro de cualquier tipo textual, y la anáfora sabemos que participa ampliamente de esta continuidad discursiva (Peña Martínez, 2006: 35).

En lo que concierne a la argumentación, la nominalización sirve como herramienta para cumplir una función encubridora y legitimadora propia de la ideología (Gutiérrez, 2003: 46), pues –como se ha observado– permite presentar los eventos de modo estático, fijo, inmodificable, además de posibilitar el encubrimiento del agente y de otros argumentos.

Si bien la argumentación forma parte de nuestra vida cotidiana, la retórica publicitaria de los medios masivos de comunicación presenta un empleo más profuso, elaborado y recurrente de argumentatividad, pues busca en cada momento imponer productos de consumo, visiones de mundo y modelos de comportamiento (Gutiérrez, 2003: 46). Por este comportamiento predominantemente argumentativo de la prensa, se ha seleccionado una muestra de textos periodísticos de opinión para este trabajo.

En cuanto al problema de la referencialidad en los textos, Peña Martínez (2006: 38-43) sostiene, con Apothéloz, que los “objetos discursivos”[57] se van construyendo progresivamente de forma intersubjetiva en el acto comunicativo, y que no tiene por qué existir necesariamente una entidad correlativa en el mundo real y fuera del discurso que sea previa a este e independiente de él (Peña Martínez, 2006: 40)[58]. En el apartado siguiente se trabajará con mayor profundidad la noción de objeto discursivo en la teorización de López Samaniego sobre las funciones textuales de la nominalización.

4.4.5. Las nominalizaciones deadjetivales

La clase de las nominalizaciones deverbales es la que se ha estudiado más profusamente, quizá porque es más claro para ellas el hecho de que permiten llevar a cabo investigaciones de gran riqueza filosófica y lingüística. En cambio, las deadjetivales han sido olvidadas o relegadas, a pesar de que son abundantes y se lexicalizan, como advierten Albano y Giammateo (2006: 32-33):

Muchos adjetivos se utilizan como sustantivos con facilidad y sin necesidad de cambiar su forma. Constituye un proceso bastante frecuente en la lengua que los adjetivos, por ejemplo, amigo, que pueden designar a una clase o grupo, pasen a usarse como sustantivos. Incluso el adjetivo puede desplazar al sustantivo, como ha sucedido con la (estación) terminal o más recientemente con el (teléfono) celular.

En este apartado, la reflexión se concentrará en esta otra clase de nominalizaciones, pues también será analizada en el corpus y será considerada producto de operaciones conceptuales metafóricas/metonímicas, al igual que las nominalizaciones deverbales.

Un ejemplo de nominalización deadjetival, i. e., de un sustantivo derivado de un adjetivo, es el de negro en la emisión los negros luchan por sus derechos. En este enunciado no parece haber una elisión, sino que negro ha asumido una función sustantiva plena. Como comenta Gonzalez Calvo (1982: 67), “solo puede referirse a la ‘persona’: el cambio de clase no se produce por azar, es sistemático”[59]. Debido a que esta sistematicidad ha sido verificada en el análisis del corpus –como se apreciará en el capítulo cinco–, en este libro se enfatiza el hecho de que no todos los casos de nominalizaciones constituyen reificaciones de contenidos proposicionales, sino que también se reifican propiedades y relaciones.

Recategorizaciones como la que posee el adjetivo culpables en la construcción los culpables son los otros se derivan de un proceso de identificación de los sujetos con la característica o el papel que encarnan en un contexto situacional concreto. Al hablante no le interesa cuáles sean los nombres o creencias religiosas de las personas que participaron del hecho, sino solo que lo hicieron en calidad de culpables. A este respecto, Flores y Melis (2010: 49) afirman:

Como ha sido señalado por Wierzbicka (1988: 468-481), en efecto, la sustantivación supone un deslizamiento del terreno meramente descriptivo de los adjetivos al de categorización, expresado por los sustantivos. Así, mientras que la descripción incorporada por un adjetivo implica la presencia de un número de características, todas ellas en el mismo nivel de importancia, un adjetivo sustantivado pone de relieve, en cambio, una característica que en ese momento es vista como la única y funciona como una especie de etiqueta, es decir, como la base para una categorización. De este modo, un adjetivo se usa como un sustantivo si, por razones culturales, la propiedad descrita por ese adjetivo se concibe como constitutiva de un “tipo”. La “intensión” del adjetivo se incrementa y su “extensión” decrece con la sustantivación, en una tendencia que es aparentemente universal y tiende a acompañarse de componentes expresivos, útiles en actos de habla tales como acusaciones o frases elogiosas en forma de vocativos.

Dicho de otro modo, por un principio de economía del lenguaje se decide utilizar solo una palabra si esta puede asumir la significación de la otra. Por ello se establece entre ellas una relación metonímica del tipo la parte por el todo (v. gr. culpable por persona culpable). Estos procesos se hallan en muchos casos gramaticalizados (v. gr. [el] intelectual).

Ejemplos de este uso nominal son los siguientes términos, en los que se tipifica de alguna manera a los sujetos de los que se habla: (los) españoles, (el) lector, (los) infantes, (los) estudiosos, (el) interlocutor, (el) hablante, (los) políticos, (los) hablantes, (los) investigadores, (el) entrevistador, (el) informante, (los) clientes, (los) opositores, (los) extranjeros, (los) enemigos, (el) adversario, etc.[60]

Como se adelantó, las propiedades más comúnmente recategorizadas son las características físicas (v. gr., ciego), las características morales (v. gr., pecador), la pertenencia a una profesión o grupo (v. gr., industrial, científico) y rasgos sociales (v. gr., católico, liberal) (vid. apartado 3.2.1.). En resumen, las causas de esta clase de recategorizaciones son valorativas o de señalamiento de grupos. En muchos casos, se trata de formas lexicalizadas.

4.4.6. Las funciones textuales de la nominalización

Rodríguez Espiñeira (2008: 139) define los procesos de nominalización como el uso de unidades que designan eventos o situaciones (podría especificarse: propiedades y relaciones) en funciones semánticas y discursivas típicas de los nombres. Ahora bien, ya se observó cuáles son las funciones sintácticas y los valores semánticos de los nombres. Es momento de hacer confluir estos elementos en el establecimiento de las funciones discursivas de las nominalizaciones.

Palazón (2008: 175) enumera las siguientes funciones de las nominalizaciones en los textos: (a) economía lingüística o condensación, (b) marcar el desconocimiento de datos argumentales (quién hizo la acción, con qué instrumento, etc.) y (c) omitir cierta información con la intención ideológica de llevar al lector a una interpretación desviada de la información.

El ejemplo del primer uso de la nominalización (como recurso de condensación) que da el autor (Palazón, 2008: 182) es el titular Preocupa en León ola de asesinatos. El autor de este titular ignora quién es el agente de la acción ‘asesinar’ y considera irrelevante (a los fines discursivos) la identidad de las víctimas[61].

En cuanto a la nominalización como recurso utilizado cuando se desconocen datos argumentales, Palazón (2008: 183) señala que “al convertir un proceso verbal en sustantivo, es decir, al mostrar una acción como si fuera un objeto, la relación entre procesos y participantes se muestra inmóvil. Sin duda, estas propiedades son aprovechadas –consciente o inconscientemente– por los redactores de titulares para restar importancia a los agentes”.

El uso ideológico de la nominalización puede observarse en el discurso periodístico, particularmente en los titulares de los diarios, que son los que orientan la interpretación de los lectores y, en ocasiones, son lo único que estos leen del diario (Quintero Ramírez, 2013: 178). Palazón (2008: 183) ejemplifica este uso de la nominalización con el titular En mayo, clausura definitiva de dos tiraderos en Nezahualcóyotl, en el cual –según el autor– no parece que la omisión del agente responda exclusivamente al deseo del periodista de estimular en el lector la lectura del cuerpo de la noticia[62].

En relación con esta función ideológica de la nominalización, puede señalarse otra función de este recurso en los textos, particularmente en el discurso académico: “Los textos teóricos, destinados a expertos, se caracterizan por el uso de oraciones impersonales y de la nominalización para lograr un efecto de objetividad que se refuerza en la desaparición de las marcas de enunciación, léxico para iniciados” (Cinto, 2009: 183).

Por último, dentro de la función ideológica de la nominalización puede incluirse una de las que plantean Hopper y Thompson (2008 [1984]: 737-738), la de mostrar el estado de cosas como algo que no se puede cambiar. Las otras dos funciones que enumeran los autores son: (a) (por la propiedad anterior) mostrar el evento como telón de fondo o como background de otro evento y (b) incorporar material en un sintagma nominal.

Estas últimas funciones se relacionan con la función fórica de la nominalización[63], que puede ser anafórica o catafórica[64], aunque prima el uso anafórico. Otra manera de referirse a los procedimientos cohesivos anafóricos y catafóricos en la bibliografía científica es a través de los términos “encapsulación” y “proyección” (Álvarez-de-Mon y Rego, 2001)[65].

La “nominalización anafórica” (Casado Velarde, 1978: 104; Francis, 1986; Gallegos Shibya, 2003: 69) consiste en enunciar primero una acción o proceso con un verbo (u otra clase de palabra o una construcción, podríamos agregar) y luego hacer referencia a ella con un nombre o SN. Por ejemplo, enunciar primeramente se lava el durazno y luego condensar el contenido del evento en la palabra [el] lavado[66].

Dependiendo del tipo de antecedente (o gatillo de antecedente, según Cornish, 1986: 8)[67] que posean las nominalizaciones anafóricas, López Samaniego (2013: 190-191) distingue diversas funciones de estas. Hay algunas de ellas que interesan para este trabajo, pues completan lo que se ha venido desarrollando arriba. Cuando las anáforas nominalizantes encapsulan el contenido de una cláusula finita o con un verbo con valor referencial (que perfila un evento unitario y anclado en el tiempo), la función de la anáfora es la de reactivar o mantener activo un referente a la vez que recategorizarlo o reconstruirlo como entidad unitaria del discurso, i. e., reificarlo (Langacker, 2008: 105). Es lo que ocurre en este ejemplo: la Audiencia Nacional viene investigando los vuelos secretos con destino a Guantánamo desde que se supo que algunos de ellos transitaron por España. El proceso

Cuando el gatillo de antecedente de la anáfora es una oración no finita, una oración compleja que perfila más de un evento o un conjunto de oraciones o el contenido de varios segmentos del texto, además de producirse una reificación del antecedente, la etiqueta discursiva (ED) construye un nuevo referente discursivo al perfilar una instancia concreta del tipo de proceso.

En otros casos, las EEDD funcionan propiamente como lo que algunos autores han denominado anáforas recapitulativas o resumitivas (Peña Martínez, 2006: 52). Este tipo de anáforas delimita el contenido de una serie de cláusulas, lo reifica y lo resume en un concepto unitario complejo. La función recapitulativa o resumitiva de la anáfora puede ubicarse en la primera función enumerada en este apartado: la de economía lingüística o condensación. El siguiente es un ejemplo de este tipo de anáfora en el que el SN estos estímulos reactiva una serie de referentes (los que se han subrayado).

(14) Quizá no fue informado de la existencia de esta autorización, como afirma, pero sí se le requirió información por parte de la comisión del Parlamento Europeo encargada de esta investigación y de la Audiencia Nacional. También tuvo noticia de la posible participación española por boca de la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice. Al parecer, estos estímulos… (“Vuelos compartidos”, El País, 14 de diciembre de 2008)[68].

Esta función textual de la nominalización tiene un paralelo en la señalada por Cuñarro (2011: 121): realizar reformulaciones sintéticas de lo desarrollado en una unidad informativa previa. Las nominalizaciones se caracterizan por expresar de manera sintética la información de una frase concreta, de todo un evento (agente, paciente, etc.).

Otra función de la nominalización es la de contribuir a la progresión temática de los discursos resumiendo gran cantidad de información ya dicha o retomándola. Dentro de esta función, Downing (1991: 118), coloca la de ubicar información condensada al final de la oración, especialmente ubicando allí el foco, como sucede en de igual importancia era la utilización de cañones. La autora, además, enumera otras funciones de la nominalización como metáfora gramatical (Downing, 1991: 115-122). Una de ellas –ya comentada– es la de silenciar parte de la situación que se representa lingüísticamente o impersonalizarla.

Una tercera función de la nominalización señalada por Downing (1991) es la de facilitar la introducción de un verbo más cargado de significado léxico que el que figuraría en la expresión no metafórica. En este sentido, pueden compararse los siguientes enunciados, que constituyen adaptaciones de los ejemplos que brinda Downing (1991: 122). El primero constituiría la expresión congruente y el segundo, la más metafórica:

(15) a. El privilegio electoral ha perdido su valor.
(15) b. La valorización de los privilegios electorales se ha evaporado.

Sobre esta función de “constitución de tópicos discursivos” (Iturrioz Leza 2000-2001: 127), es necesario mencionar que la anáfora funciona como un “mecanismo de cohesión textual” que mantiene “un foco ya establecido deícticamente, tanto si el foco se ha establecido en la experiencia textual como si ha sido establecido en la extratextual, pero vinculada al cotexto” (Escavi Zamora, 1999: 114-115).

En efecto, existe una “anáfora asociativa”. Este tipo de anáfora es caracterizado por Escavi Zamora (1999: 116-117) de la siguiente manera:

Tiene lugar cuando aparece mencionado en el texto de manera explícita un elemento que no ha sido nombrado con anterioridad. Es una clase de referencia textual, podríamos decir indirecta, que introduce un nuevo referente ligado a uno precedente, según diferentes tipos de asociación, incluso la que se desprende de algún proceso inferencial.

Un ejemplo de este tipo de anáfora es el siguiente:

(16) Llegamos al pueblo. La iglesia estaba cerrada.

La anáfora se establece con el antecedente el pueblo, que no tiene el mismo referente que la iglesia. En la anáfora asociativa, el referente se presenta como conocido, aunque no haya sido mencionado, porque se estima que está presente la enciclopedia mental del interlocutor. Se supone que este tiene en su mente el prototipo de pueblos en los que hay iglesias.

Retomando, hay dos tipos de anáforas: la anáfora correferencial o directa, en la que la relación entre el antecedente y el elemento anafórico está basada en la sinonimia, y la anáfora asociativa, conceptual o indirecta, que tiene dos características: (a) depende interpretativamente de un elemento antecedente (que se denomina “gatillo de antecedente”) y (b) no es correferencial con dicho elemento.

Lo interesante de este desarrollo es que el tipo de relación cohesiva que establece la anáfora indirecta es de parte-todo o relaciones similares (material-cosa: la espada brillaba; el acero estaba bien templado, etc.), i. e., una relación metonímica. Escavi Zamora (1999: 121) aclara que “parece necesario restringir la relación ‘parte-todo’ a una relación ‘parte privilegiada de’, porque esta última exige que sea un ingrediente estereotípico de la entidad denotada por el antecedente de la anáfora asociativa”[69].

Para finalizar la exposición de las funciones de la nominalización en los discursos, se enfatizará que en numerosas ocasiones una misma nominalización cumple diversas funciones. Obsérvese el siguiente ejemplo, que fue tomado del resumen de un artículo científico:

(17) Las lenguas española y portuguesa poseen un elevado número de voces comunes que se usan en la lengua cotidiana de modo diferente. Dicha afirmación se verifica en portugués en una especificación semántica en el uso de las voces habituales que no presenta el castellano (Vázquez Diéguez, 2013: 301).

En este fragmento, el sintagma dicha afirmación reenvía al lector a la oración anterior, retoma metadiscursivamente el referente presentado allí[70]. Además, la presentación de la acción que lleva a cabo el autor del artículo en la oración anterior (afirmar) mediante una nominalización le permite a este impersonalizar el discurso, ocultar el dato argumental del agente de la acción. Esto, a su vez, da al texto un efecto de objetividad, que ha sido relacionado con la intención ideológica de los textos científicos (Gutiérrez, 2003: 46; Cinto, 2009: 183; Quintero Ramírez, 2013: 178).

Se puede señalar una función más de la nominalización en los discursos, que también cumple el término afirmación, analizado en el párrafo anterior. Se trata de un uso presente en gran cantidad de términos del registro científico, que se encuentran ya lexicalizados, como marcación, (los) derivados, nominalización, tradición discursiva, (los) contenidos, (la) competencia y (las) ocurrencias. Este último modo de emplear la nominalización puede ser diferenciado de los demás y denominado “uso metalingüístico de la nominalización” (Gonzalez, 2015: 33).

Se habla de un uso o función metalingüística porque los sustantivos de esta clase poseen una función metadiscursiva más o menos consciente. Actúan como rótulos metalingüísticos para referirse a fragmentos del discurso o a otro tipo de realidades lingüísticas, por ejemplo, acciones relacionadas con el “decir” (v. gr., redacción, corrección, comentario), formatos discursivos (v. gr., titular), operaciones conceptuales lingüísticas (v. gr., conclusión, definición).

Estas nominalizaciones se relacionan con un grupo de los sustantivos catalogados como de actividad verbal (Francis, 1986) o lingüísticos (Schmid, 2000). Francis (1986) propone distribuir los nombres anafóricos del inglés en: (a) ilocucionarios (de actos de habla, v. gr., declaración); (b) de actividad verbal (v. gr., crítica); (c) cognitivos o de proceso mental (v. gr., análisis, concepto, inferencia, perspectiva); (d) de texto (v. gr., capítulo, frase) y (e) “sin dueño” (ownerless) (v. gr., aspecto, contexto) (Álvarez-de-Mon y Rego, 2001: 85; Schmid, 2000: 10-11).

Algunos ejemplos más de este tipo de nombres son caso, conclusión, descripción, desarrollo, organización, fenómeno, predicción, principio, resultado, estudio y trabajo. Más adelante, Francis (1994) clasifica como metalingüísticos a este conjunto de nombres encapsuladores (shell nouns/signalling nouns).

Como puede apreciarse en los ejemplos proporcionados por el autor, se incluyen en este grupo tanto los sustantivos que derivan de otras clases de palabras (v. gr., conclusión, predicción, descripción) como los que no derivan de otras categorías léxicas (v. gr., caso). Otra particularidad que se advierte es que el autor se ubica en el ámbito de los nombres encapsuladores, pero los sustantivos metalingüísticos pueden hallarse lexicalizados y pueden no recuperar segmentos textuales precedentes.

Por último, resulta interesante el hecho de que en el grupo de los sustantivos metalingüísticos el autor no contemple solo a los estrictamente lingüísticos, sino también a los de actividad cognitiva. De todos modos, lo cierto es que estos desarrollos teóricos para los nombres encapsuladores pueden extenderse hacia algunos usos particulares de las nominalizaciones en los que se aprecia un valor metalingüístico, i. e., una referencia a la lengua misma, a su actividad o a los productos lingüísticos[71].

4.4.7. La nominalización: punto de encuentro entre recategorización, metáfora y metonimia

La mayor parte de nuestro sistema conceptual cotidiano está basada en categorías de nivel básico y prototipos, que son graduados, radiales y metafóricos (Lakoff, 1987)[72].

La metáfora es considerada desde la Lingüística Cognitiva como “uno de los instrumentos de categorización más importantes que existen”, como afirma Fernández Colomer (2003: 359). Este autor señala, además, que entre las funciones de la metáfora se encuentra la de crear léxico[73]. Esta creación incluye la catacresis por neologismos y préstamos, y la “relexificación”, concepto identificable con el de recategorización léxica.

La misma idea está presente en Cinto (2009: 172), que afirma que para la Gramática Cognitiva los procesos de gramaticalización y de subjetivación –y en general, todo fenómeno metafórico– se desarrollan a partir de la extrapolación mental entre los dominios concreto y abstracto. Así, se explican algunas relaciones abstractas en términos de procesos cinéticos y la causación en términos de tiempo. A su vez, también tiene lugar el fenómeno contrario, i. e., la expresión de experiencias concretas (eventos) mediante nominalizaciones, pasar de la proposición al concepto.

A pesar de existir afirmaciones como estas en la bibliografía, la falta de un reconocimiento de la reclasificación que invoca la nominalización ha sido uno de los principales vacíos en las descripciones de las nominalizaciones por mucho tiempo (Heyvaert, 2003: 5). Quien inició un desarrollo sistemático del tema fue Halliday (1978), con su ya comentada teorización acerca de la metáfora gramatical.

Como se indicó en el apartado 2.9., el autor advirtió este fenómeno y lo describió del siguiente modo: “Los procesos –congruentemente expresados como verbos– y las cualidades –congruentemente expresadas como adjetivos– son reformuladas metafóricamente como sustantivos –cosas– en el grupo nominal” (Ghio y Fernández, 2005: 139)[74]. Otro autor que hace referencia a esto es Palazón (2008: 179):

Para Halliday (1994: 352), la nominalización es el ‘más poderoso recurso para crear metáforas gramaticales’. En toda metáfora gramatical un componente semántico se construye en la gramática de manera no prototípica. Halliday propone dicho término para referirse al “mismo significado” que se evoca por medio de otra clase de palabra, donde se produce una conjunción de dos niveles de significado como resultado de una nueva elección gramatical.

Otros autores que desarrollan el tema de la metaforización que implica el proceso de la nominalización son Hopper y Thompson (2008 [1984]). Afirman que existen dos categorías básicas en las lenguas: los sustantivos y los verbos (aseveración también presente en Langacker, 2008: 96). Sostienen que estas categorías deben ser distinguidas no solo desde sus propiedades léxico-semánticas y gramaticales, sino como lexicalizaciones universales de las dos funciones discursivas prototípicas: (a) ‘participante manipulable por el discurso’ y (b) ‘evento reportado’.

Los autores rescatan la indicación de Du Bois (1980) y Givón (1981), que señalan como función prototípica de los sustantivos en los discursos la de presentar participantes o introducir proposiciones, i. e., la referencialidad, que implica “existencia en algún mundo”, “identidad continua a lo largo del tiempo” (Hopper y Thompson, 2008 [1984]: 711)[75]. Hopper y Thompson prefieren hablar de participantes manipulables (en una cadena de tema y rema, por ejemplo, serían temas) y no manipulables, pues la relación existencia en el mundo real/entidad otorgada por el discurso no suele ser siempre unívoca[76].

Se habla de participantes manipulables del discurso cuando estos juegan un rol en él y son “desarrollables”. Un participante del discurso es no manipulable cuando no refiere a una entidad concreta y no puede ser retomado directamente a través de una anáfora (Hopper y Thompson, 2008 [1984]: 715). Los autores identifican esta propiedad con la “saliencia” y aplican este concepto a un elemento nombrado por primera vez que se supone conocido por el interlocutor.

En cuanto a los verbos, su función discursiva es la de reportar eventos, i. e., dar respuestas a la pregunta ¿qué pasó? (en el contexto discursivo). Pero, ¿qué sucede con los verbos estativos? Según los autores, son “menos verbos” que los demás. Mientras más estativos sean sus significados, más fácilmente pueden abandonar su rol de predicado y convertirse en modificadores de un nombre (lo cual los acerca a los adjetivos). Dentro de este marco, también son menos verbos las formas que no reportan acciones, sino deseos, órdenes o proyecciones a futuro.

No se debe olvidar que gran parte de lo dicho para la metáfora puede extenderse a la metonimia. Por ejemplo, en el ámbito de la cohesión discursiva, la metonimia participa a menudo en la resolución de las marcas anafóricas, puesto que en aquellos casos en los que no existe un antecedente explícito, para su interpretación se establecen determinadas relaciones asociativas de contigüidad o de tipo causal, por ejemplo: la parte por el todo, el recipiente por el contenido, la situación en el espacio por los elementos en él localizados, el periodo de tiempo por los acontecimientos que en él se desarrollan, la materia por el producto, el origen por el resultado, la característica o propiedad por la entidad que la posee (Peña Martínez, 2006: 32).

La metonimia, como se observará más adelante en la discusión de los resultados del análisis de corpus de este trabajo, opera principalmente en la nominalización de los adjetivos (y en los participios, por su carácter adjetivo). Los adjetivos para Croft (2000) son categorías principales en las lenguas junto a los sustantivos y verbos. El autor afirma que, si bien no todas las lenguas poseen las tres categorías como clases léxicas, sí poseen “prototipos tipológicos” que pueden ser llamados nombre, verbo y adjetivo.

El autor caracteriza estos prototipos principalmente como patrones de variación comunes a todas las lenguas. Los define como “combinaciones no marcadas de funciones pragmáticas y clases semántico-léxicas” (Croft, 2000: 88)[77]. En cuanto a los valores semánticos que entran en juego, son la predicación de una acción, la referencia a objetos y la modificación a través de una propiedad.

Las propiedades son intermedias entre los objetos y las acciones. Dicho de otro modo, la modificación es intermedia entre la referencia y la predicación. El estatus intermedio de las propiedades se deriva del hecho de que manifiestan algún tipo de relación (como las acciones), pero son, a la vez, estativas y permanentes.

Otro autor que se refirió a la relación entre metáfora y categorización es Shen (1992). Califica dicha relación como “obvia”, pero “que ha recibido poca atención”. Establece un enlace entre estos procesos planteando que la comprensión de las metáforas es un proceso de formación de categorías ad hoc. Las categorías ad hoc son abordadas por el autor como aquellas que se distinguen de las categorías naturales (o comunes) y de las artificiales (o colecciones).

Un ejemplo de esta última clase de categorías sería la que puede contener los espaguetis y los cables como ejemplares de “cosas flexibles con forma tubular”. Estas categorías tienen menos estabilidad conceptual en la memoria que los otros, pues surgen en contextos específicos con fines específicos. Tienen, al igual que las otras clases de categorías, una estructura de prototipos.

La estructuración por prototipos implica una asimetría entre los miembros de la categoría, una prominencia de saliencia del prototipo, debido a que los miembros periféricos se parecen más al prototipo que el prototipo a ellos (Shen, 1992: 775). Sobre este particular, se habló en el apartado 2.7.3., por lo cual no se harán nuevas consideraciones.

Por su parte, Lakoff y Johnson (1980: 75) habilitan la atribución del fenómeno de la metáfora en ciertos usos nominales en su desarrollo de las “metáforas ontológicas”. Esta clase de metáforas permite (a) hacer referencia, (b) cuantificar, (c) identificar aspectos y causas, y (d) establecer metas y motivaciones. Con base en esto, Hopper y Thompson (2008 [1984]: 746) indican claramente que

Una nominalización califica como una metáfora en el sentido de Lakoff y Johnson (1980): ‘usamos las metáforas ontológicas para comprender eventos, acciones, actividades y estados. Los eventos y las acciones son conceptualizadas metafóricamente como objetos’. Los procesos metafóricos toman algo abstracto y lo tratan como si fuera concreto precisamente porque la cognición humana puede lidiar más fácilmente con entidades concretas que con abstracciones; este proceso es, entonces, unidireccional[78].

Todos estos desarrollos teóricos se ven apoyados por los datos históricos. En efecto:

Si comparamos el español antiguo con el español moderno, la mayoría de los cambios gramaticales y lexicales se debe a procesos de metonimización, de metaforización o de formación de palabras sobre unos principios básicos ya establecidos desde la Edad Media. Y la adopción de nuevas tradiciones discursivas ha servido, a lo largo de la historia de la lengua, como motor de estas innovaciones. Con cada nueva tradición, se da un proceso de búsqueda de los medios lingüísticos apropiados, el cual puede llevar tanto a la conservación de lo ya existente como a la creación de algo nuevo (Kabatek, 2005: 8).

4.5. Síntesis

La categorización y la recategorización consisten en operaciones conceptuales básicas. En cuanto a la categorización, es de destacar la existencia de categorías abiertas y difusas, organizadas en torno a un prototipo o conjunto de efectos prototípicos altamente salientes en la mente de los hablantes. Sobre la recategorización, se ha de insistir en su amplio alcance y su copiosa productividad.

En particular, la nominalización consiste en un proceso de transformación de palabras de otras categorías en sustantivos. Puede efectuarse a través de diversos procesos morfológicos y sintácticos. Los principales son la conversión, la derivación y la composición. El resultado de las nominalizaciones es un nombre que funciona como núcleo de un sintagma nominal, el cual contiene como constituyentes prototípicos un determinante y un modificador, pero, además, presenta en la mayoría de los casos aspecto, voz y modo, y toma argumentos.

En cuanto a los valores semánticos de las nominalizaciones, los básicos son los de evento y resultado. Desde una perpectiva lógica, las nominalizaciones producen una reificación o abstracción sustantiva de eventos, propiedades o relaciones (Porzig, 1930; Iturrioz Leza, 1985; Langacker, 1987, 2008). Puestas en discurso, cumplen un amplio abanico de funciones: (a) marcar el desconocimiento de datos argumentales, (b) omitir información, (c) lograr un efecto de objetividad y (d) operar como catáfora y anáfora. A estas funciones se suma la metalingüística (Gonzalez, 2015).

Por último, es importante tener en cuenta que la confluencia que se ha establecido en este trabajo entre los procesos cognitivos de la metáfora-metonimia y la recategorización en el fenómeno particular de la nominalización ha sido advertida por diversos autores (entre ellos, Cinto, 2009; Fernández Colomer, 2003; Lakoff, 1987; Lakoff y Johnson, 1980; Halliday, 1994; Hopper y Thompson, 2008), si bien no ha sido desarrollado en forma exhaustiva por ellos.

Hasta aquí se han reseñado críticamente variados aportes teóricos que dan soporte a la hipótesis de trabajo. El marco teórico revisado ha ofrecido herramientas para un análisis cuya originalidad reside en relacionar los fenómenos de la metáfora-metonimia y la recategorización. El próximo capítulo trata acerca del estudio empírico que se ha llevado a cabo con el fin de verificar el cumplimiento de la hipótesis de trabajo en un corpus. Allí, se describe el diseño metodológico de la investigación y se detalla el camino recorrido para confeccionar y analizar el corpus. Por último, se indican los resultados obtenidos, que clarifican la efectiva operatividad de los procesos conceptuales metafóricos y metonímicos en las nominalizaciones y las diversas conceptualizaciones específicas que estas manifiestan. Además, permiten identificar algunos aspectos novedosos que deberían indagarse en investigaciones posteriores sobre el asunto.


  1. Traducción propia.
  2. En este aspecto pueden señalarse matices. Lakoff (1987: 21) sostiene que algunas categorías tienen graduación, mientras que otras no la tienen. El ejemplo que da de esta última clase es el de senador de los EE.UU. Una persona es o no es miembro de esa categoría. En cambio, clases como gente rica son más graduadas y abiertas. Otro autor que ha señalado esto es Gonzalez Calvo (1982: 66), que afirma que, si bien hay zonas más difusas en la lengua, esta “no es algo tan deslizante que sistemáticamente se nos escurra como un continuo chorreante y siempre difuso”. Este lingüista afirma que existen clases y subclases diferenciadas, si bien tienen afinidades entre sí.
  3. Traducción propia. Versión original: “Categorization is most broadly describable as the interpretation of experience with respect to previously existing structures. A category is a set of elements judged equivalent for some purpose; for example, the alternate senses of a lexical item constitute a category, equivalent in having the same phonological realization. If structure A belongs to a category, it can be used to categorize another structure, B, which may then become a category member. Categorization is most straightforward when A is schematic for B, so that B elaborates or instantiates A”.
  4. Traducción propia. La etiqueta categorías naturales designa aquellas clases que han surgido en la evolución de la lengua misma. Por el contrario, las categorías artificiales son las que se construyen artificialmente. Ejemplos de las primeras son perro, vehículo y arma. Un ejemplo de las segundas es un grupo de cadenas de letras y/o números como el que conforman, por ejemplo, 4KCTG y 4KC6D. Para mayor información al respecto, cfr. Rosch y Mervis (1975: 591-593).
  5. Para ejemplificar el continuum categorial se utilizó el caso de la clasificación nombres discretos-nombres continuos, pero podrían haberse buscado otros ejemplos. Las categorías discreto-continuo en el espacio tienen su paralelismo en el tiempo: evento delimitado-no delimitado (perfectivo-imperfectivo). La duración de una forma verbal como comía es continua, se extiende sin llegar a un final. La de comió, en cambio, está delimitada, se trata de una acción terminada.
  6. Traducción propia.
  7. Esta idea se repite luego en Rosch et al. (1976: 8).
  8. De más está decir que estos niveles tienen su paralelo en las nociones lógico-filosóficas del género, la especie y el individuo.
  9. Traducción propia.
  10. Traducción propia. Por supuesto, no se trata de un calco de la “estructura” de la realidad –por llamarla de algún modo–, sino de un reflejo de esta, modificado por la atención, la percepción y los conocimientos enciclopédicos.
  11. Por ejemplo, es más fácil para una persona hacerse una idea de qué movimientos puede realizar con un martillo o con un serrucho que imaginar su interacción con un instrumento, entendido en sentido genérico. Asimismo, es más fácil imaginarme su interacción con un perro (darle de comer, colgarle un collar con una correa y sacarlo a pasear, tirarle una pelota para que la vaya a buscar), que con un animal sin especificación alguna.
  12. Esta expresión tiene relación con el concepto de “economía cognitiva”. La saliencia cognitiva de una categoría aumenta a medida que se requiere menor esfuerzo cognitivo para acceder a ella. Rosch (1978: 2) señala esto: “the task of category systems is to provide maximum information with the least cognitive effort”.
  13. Dos argumentos que utilizan los autores para apoyar esta afirmación son los siguientes: (a) “If basic categories are the level of abstraction at which it is generally most useful to refer to objects, one would expect, in the evolution of languages, that names would evolve first for basic level objects, spreading both towards and downwards as taxonomies increased in depth” (Rosch et al., 1976: 407); (b) “Basic object names were shown to be the most used in language by adults, the first used by children developing language, and the least dispensable in a language possessing fewer lexical items than standard English” (Rosch et al., 1976: 429).
  14. Para mayores detalles sobre esta teoría, cfr. Cruse (2000: 136-137), Lakoff (1987: 46-54) y Rosch et al. (1976).
  15. El destacado con negrita es propio.
  16. Traducción propia.
  17. Traducción propia.
  18. Por los motivos ya explicados: “attributes in common, motor movements in common, objective similarity in shape, and identifiability of averaged shapes” (Rosch, 1978: 6). No se debe olvidar que, si bien se habla de cortes categorizadores, se considera que no hay límites tajantes entre las categorías, pues estas son continuas ad intra y ad extra.
  19. Traducción propia.
  20. Algunas de las reservas que hacen son las siguientes: (a) no se puede hablar de categorías a la vez que de límites difusos (y –se podría agregar– extensibles), las categorías deben estar delimitadas; (b) los ratings GOE (Goodness-Of-Exemplar) son asignados a palabras descontextualizadas (Cruse, 2000: 138-139) y (c) de los planteos de Rosch se desprende una hipótesis universalista con fundamentos biológicos (cfr. Cifuentes Honrubia, 1992: 136-137). En cuanto al primer punto, resulta difícil pensar que la tesis de Rosch de los límites difusos implique que no hay límites en absoluto. De hecho, como comenta Cifuentes Honrubia (1992: 135), uno de los puntos señalados por Rosch en sus primeros estudios es que “las categorías se determinan por relaciones de discriminación intercategorial, y no de una manera independiente unas con otras”.
  21. Los “efectos prototípicos” son: orden de mención, frecuencia de aparición, orden de adquisición, aprendizaje de vocabulario, velocidad de verificación y priming. Estos ítems son desarrollados por Cruse (2000: 133).
  22. De hecho, Lakoff (1987: 46) habla del nivel básico como “efectos de nivel-básico”.
  23. Negrita propia. Respecto de esto, es interesante lo que señala Geeraerts (2006: 10): “The dynamism of meaning may also involve a shift along a taxonomical dimension […]. Moving from a more specific to a more general level is called ‘schematization’, and the resulting model of readings for an expression is called a schematic network. The idea of schematic networks is implicit in prototype theory […]. In one situation we may use an expression rather more vaguely, in another we use it at a more specific, polysemous level”.
  24. Lakoff (1987: 51-52) resalta la importancia del embodiment en relación con la ubicación de diversos elementos en los diferentes niveles categoriales (supraordinado, básico y específico): “We have mental images of chairs –abstract images that don’t fit any particular chair– and we have general motor actions for sitting in chairs. But if we go from the basic-level category ‘chair’ to the superordinate category furniture, a difference emerges. We have no abstract mental images of furniture that are not images of basic level objects […]. Moreover, we don’t have motors actions for interacting with furniture that doesn’t look like chairs, tables, beds, etc.”.
  25. Brown (1958, 1965) distingue un nivel de categorización básico (v. gr., perro), que se podría asimilar al prototipo. Es un nivel de palabras breves, que se aprenden primero y que distinguen toda una categoría. Este nivel resulta ser el más saliente o relevante a nivel psicológico (cfr. Lakoff, 1987: 31-32). Sus estudios fueron continuados por Berlin (cfr. Lakoff, 1987: 32-38).
  26. Estos autores estudiaron los términos de colores básicos, que se caracterizaban por ser palabras simples (v. gr., amarillo frente a amarillo patito), no estar contenidos en otros (v. gr., rojo frente a escarlata), no referirse a un conjunto limitado de objetos (v. gr., rubio) y ser comunes y generalmente conocidos (v. gr., amarillo frente a azafrán). Las categorías nombradas por estos términos son clases básicas de colores y sus miembros centrales son los mismos universalmente. Para mayores detalles, cfr. Lakoff (1987: 24-26).
  27. Ekman (1971) y Ekman et al. (1972, 1983) estudiaron las emociones básicas que se representan universalmente con gestos similares en diversas culturas (cfr. Lakoff, 1987: 38-39).
  28. Además, constituyen el punto de partida del libro de Lakoff (1987), que sí se ha tratado in extenso.
  29. Si bien fue el primero en sistematizar el tratamiento de este fenómeno lingüístico, no fue el primero en notarlo. Sobre los antecedentes de Tesnière, cfr. Álvarez Martínez (1997). Esta autora resalta en su trabajo las contribuciones de Andrés Bello al estudio de la traslación: consideración de las clases de palabras como categorías funcionales y la afirmación de que las palabras pasan de una clase a otra por cambiar de “oficio”.
  30. No le son propias porque no las frecuenta (Gómez Montiel, 1993: 58). Se trata de la aparición de una categoría en un contexto sintáctico no prototípico.
  31. Otros autores que hablan de traslación son Lemaréchal (1989) y Briz Gómez (1989). El primero la entiende meramente como un cambio de comportamiento sintáctico, relegando a un segundo plano el valor categorial de las unidades. El segundo la comprende como un proceso sintáctico-semántico-histórico. Para mayor información sobre el particular, cfr. Alba Reina y Campos Carrasco (2003a: 25).
  32. Para más detalles, cfr. Alba Reina y Campos Carrasco (2003a: 24). Sobre el cambio léxico y el funcional se hablará más adelante, ya dentro del marco de un cambio categorial particular, la nominalización.
  33. Más adelante, en 1932, Bally explicará que el cambio se da en el plano sintáctico y no en el del significado. Cfr. Alba Reina y Campos Carrasco (2003a: 27).
  34. De nuevo aparece la distinción subyacente entre cambios categoriales léxicos y funcionales o, en otras palabras, de lengua y de habla.
  35. Gutiérrez Ordoñez (1985: 98-99) agrega a la idea del transpositor la inclusión de los signos por ausencia de forma fónica: el orden de los elementos en el sintagma, las pausas, etc. Además, habla de transposiciones metalingüísticas, en las cuales el elemento resultante es siempre un nombre (v. gr., de es una preposición). Para mayor información sobre la postura de este autor, cfr. Alba Reina y Campos Carrasco (2003a: 30-32) y Gutiérrez Ordóñez (1985).
  36. Esto es lo que Tesniére denominó traslaciones sin marca (cfr. Alba Reina y Campos Carrasco, 2003a: 23). Almela Pérez (1999: 196-197) lista otras denominaciones para este proceso: “cambio funcional, derivación cero, sufijación nula, sufijación cero” y lo define –siguiendo a Pena Seijas (1994: 50) como “un procedimiento por el cual un lexema de una determinada categoría adquiere las características de otra categoría sin que intervenga sufijo alguno; es decir, que se puede definir como un proceso morfológico que relaciona temas formalmente idénticos, cuyo significado solo difiere en cuanto a la clase o subclase de palabras a las que se adscriben’” (Almela Pérez, 1999: 197).
  37. En efecto, en una de las últimas publicaciones de la RAE, El libro de estilo de la justicia, se dedica todo un apartado a las nominalizaciones, en el que se revisan su sintaxis, sus tipos, el uso y “abuso” que se hace de ellas y las construcciones alternativas posibles.
  38. La reificación es definida por López Samaniego (2013: 191) como el proceso por el cual la predicación de un evento “pasa a construirse como un objeto unitario delimitado, concebido de forma sintética o estática como unidad anclada en el espacio”.
  39. El término abstracción sustantiva fue introducido por Iturrioz Leza (1985) a partir de investigaciones sobre tipos de abstractividad, en donde también distingue la “abstracción formal” y la “abstracción clasificativa” (cfr. Iturrioz Leza, 1985, 2000-2001). La expresión reificación de contenidos proposicionales es de Porzig (1930: 72) y fue desarrollada por Langacker (1987, 2008).
  40. Al decir que se asemeja a un sustantivo se significa que la palabra adquiere las siguientes características prototípicamente sustantivas, que ya se han mencionado: flexión de número y género, función de núcleo del SN y designación de un concepto independiente. García Meseguer (2008: 57-58) agrega a las categorías morfológicas de género y número una tercera categoría del nombre, sintáctica (i. e., que requiere de la sintaxis para manifestarse): el aspecto. Dentro de la categoría de aspecto se encuentran las distinciones discreto-continuo (aspecto exterior) e individual-colectivo (aspecto interior).
  41. Citado por Gallegos Shibya (2003: 152).
  42. Traducción propia.
  43. El El ejemplo que proporcionan los autores es el siguiente: con el SN la preparación del manuscrito en la preparación del manuscrito tomó tiempo [se separó la nominalización de la oración que la incluía] se obtiene una idea dinámica. Lo contrario no sucede en la verbalización ratonearon 50 pesos, en la que no se genera la imagen de un ratón.
  44. Cfr. Hallebeek (1987-1988: 37).
  45. Estas distinciones pueden apreciarse en el siguiente fragmento: “Hay sustantivación (a) cuando una unidad de una clase bien determinada y definida de palabras toma las características formales del sustantivo y su función semántica denotativa. Así, se podrá decir que hay sustantivación de un adverbio (el sí), de un infinitivo (los andares) o de una preposición (el contra). Hay igualmente sustantivación (b) cuando una palabra o secuencia de palabras toma la función sintáctica propia del sustantivo –función primaria– aunque no asimile sus características formales ni su función semántica denotativa. El primer tipo de sustantivación (a) se llama formal y el segundo (b) funcional o sintáctica. Por otra parte, la sustantivación puede incorporarse al léxico de la lengua y entonces se llama lexicalizada (la capital de España; el impermeable), en otros casos, la sustantivación es ocasional” (Alcina y Blecua, 1875: 551).
  46. Sobre el caso del artículo lo, cfr. Alcina y Blecua (1975: 568-571).
  47. Con respecto a este último caso, es útil recordar que otro procedimiento sustantivador, además de la anteposición de un determinante, es el uso del plural. “Los plurales constituyen una de las formas en que los SN adquieren referencia genérica, y los sustantivos de persona formados a partir de adjetivos reciben con mucha frecuencia ese significado” (Bosque, 2015: 110).
  48. Cfr. Picallo (1999: 366).
  49. En el caso de los sintagmas nominales pasivos –que son siempre transitivos y suelen presentar al agente de la acción– suele utilizarse por [parte de] para evitar la repetición de la preposición de, que puede generar confusión (*el descubrimiento de la vacuna de Juan/el descubrimiento de la vacuna por [parte de] Juan).
  50. Se trata de la distinción nomen actionis y nomen acti, rescatada por Gallegos Shibya (2003).
  51. Para un detalle de esta y otras clasificaciones de las nominalizaciones, cfr. Peris Morant (2012: 22-32) y Gallegos Shibya (2003).
  52. Obsérvese que esta prueba de reconocimiento de la interpretación resultativa no puede ser la única, pues en algunos casos, se adecua a una interpretación eventiva, como sucede en la discusión de la ley de Murphy del 14 de marzo. Picallo (1999: 370) advierte esto: “La introducción de adjuntos temporales complemento de la preposición de no excluye la posibilidad de que el SN así modificado pueda ser sujeto de predicados del tipo tener lugar, durar, prologarse u ocurrir […]. Estos predicados no legitiman únicamente sintagmas nominales que denotan eventos, acontecimientos o procesos”.
  53. Para más detalles sobre el asunto de las pruebas sintácticas para comprobar si se está ante nombres temporales eventivos, durativos o resultativos, cfr. García Meseguer (2008: 84).
  54. Acerca de la pérdida de información que se produce en la nominalización, cfr. Peris Morant (2012: 41-228), que aborda el tema desde la perspectiva de la lingüística computacional. Estudia cómo procesar este fenómeno del lenguaje natural para incorporarlo al computacional.
  55. Aquí entra en juego el concepto de “tradiciones discursivas”. Gallegos Shibya toma esta noción de Coseriu (1973). Las tradiciones discursivas hacen referencia a tipos textuales, géneros textuales, estilos, formas conversacionales, actos de habla, etc. Incluso se incluyen en este término los “universos discursivos”, constituidos por los diversos dominios presentes en los textos (literatura, religión, ciencia, vida cotidiana, etc.). En este nivel superior se ubican los registros discursivos. Otros autores que abordan la temática de las tradiciones discursivas son Kabatek (2005) y Frank-Job (2010).
  56. En el diasistema, las diferencias entre sufijos responden, según Gallegos Shibya (2003) a la siguiente proporción: a mayor especificidad del lenguaje del que se trate (de los jóvenes, de los científicos, etc.) hay más sufijos con mayor forma fonológica y, por lo tanto, con mayor intensión en su significado.
  57. La noción de objeto discursivo se inserta en la teoría de Grize (1982, 1993) sobre la argumentación. Grize sostiene que hablar de un tópico cualquiera implica una “esquematización”, i. e., la conformación (lógico-cognitivo-discursiva) de un microuniverso verosímil (no necesariamente verdadero) que el enunciador presenta al enunciatario con el fin de lograr un efecto en él. Este universo incluye representaciones sobre los interlocutores implicados, el tema tratado y las relaciones entre estos elementos. Además, el enunciador necesita seleccionar los objetos de acuerdo o “preconstruidos” sobre los que se basa la esquematización. El enunciatario debe reconstruir el objeto discursivo. Para profundizar en la teoría de Grize, cfr. Gutiérrez (2003: 53-63) y Grize (1993).
  58. Sobre el particular pueden consultarse los escritos de Andújar Moreno (2002), Zamponi (2011) y López Samaniego (2013). La noción de objeto discursivo –según la teorización de López Samaniego (2013)– será especialmente útil para el análisis de las funciones textuales de la nominalización.
  59. Como el mismo autor indica, también es sistemático el cambio categorial en sentido contrario (i. e., de sustantivo a adjetivo): “Niño y burro son sustantivos, pero en es muy niño/burro son adjetivos: el contexto de gradación comparativa en construcción comparativa convierte en adjetivos a determinados sustantivos (con el rasgo ‘ser animado’) que pasan a expresar cualidades (generales o particulares) de los seres vivos en cuestión. Hombre, niño y burro no significan exactamente lo mismo como sustantivos que como adjetivos. No es de extrañar que esto mismo suceda en construcciones exclamativas introducidas por lo, que expresan grado máximo sin marcador de grado (muy): ¡Lo burro/hombre que es Pedro!” (Gonzalez Calvo, 1982: 67).
  60. Ejemplos extraídos de Gonzalez (2015: 33).
  61. Es destacable el hecho de que existen casos de nominalizaciones utilizadas por los autores como verdadero recurso de condensación de información (v. gr., especificación semántica versus neutralización entre español y portugués) y otros casos en los que las nominalizaciones ya se hallan fosilizadas como etiquetas para denominar fenómenos particulares (v. gr., el discurso político cotidiano: análisis de entrevistas del corpus del habla de Mérida). Los ejemplos presentados aquí fueron extraídos de Vázquez Diéguez (2013: 301) y Álvarez (2013: 1), respectivamente. No es cometido de este trabajo ahondar en el grado de fosilización de las condensaciones, lo cual puede constituir un estudio separado.
  62. Para profundizar sobre el uso ideológico de la nominalización en el discurso periodístico, se pueden consultar algunos trabajos que se enmarcan en el denominado Análisis Crítico del Discurso (Critical Discourse Analysis). Entre ellos, se encuentran los de Wodak (1989, 2015), Van Dijk (1995, 1998, 2005), Fairclough (1991, 2013) y, especialmente, Hart (2008, 2014). El análisis de este último autor resulta particularmente interesante porque integra aspectos de la gramática sistémica funcional y de la semántica cognitiva al análisis crítico del discurso.
  63. El término fórico contiene la raíz griega pher-, phor-, que significa ‘traer, llevar’ (raíz también presente en la palabra metáfora, por cierto). Indica que se está ante un elemento cuya función es conducir al lector a una referencia que se ha hecho previamente en el texto (este es el caso de la anáfora) o a algo que se va a nombrar luego (este es el caso de la catáfora).
  64. Casado Velarde (1978: 104) señala que es común el uso de la nominalización catafórica en los antetítulos de las noticias. Por ejemplo, el antetítulo La firma de acuerdos comerciales implica ese reconocimiento se supone que se lee luego de leer el título Para Rabat, España ha reconocido su soberanía en el Sahara.
  65. Langacker habla de “grouping”, i. e., perfilar a través de un sustantivo un conjunto de elementos como si fueran una sola cosa (2008: 106-108). De hecho, hay un amplio abanico de sustantivos especializados en esta significación, de uso fuertemente automatizado, al punto que muchas veces no es fácil distinguir cada una de las entidades que componen el grupo en cuestión. Por ejemplo, los casos de grupo, set, par, colección, equipo, orquesta, archipiélago, asociación, repertorio, entre otros.
  66. Para más información sobre la función fórica de los nombres, cfr. Halliday y Hasan (1976) y Muñoz (2012). Esta última autora señala el potencial metadiscursivo de los sintagmas nominales, que se utilizan como rótulos metalingüísticos para referirse a un determinado fragmento del discurso, con el objetivo de señalar diferentes etapas del texto (Muñoz, 2012: 57-58).
  67. En muchas ocasiones, la resolución de los procedimientos referenciales anafóricos requiere algo más que la recuperación de un elemento lingüístico de un segmento anterior. En estos casos, se pone en juego el conocimiento de mundo. Por esta razón, Cornish (1986: 8) realiza una distinción entre los conceptos “gatillo de antecedente” (antecedent-trigger), referido al aspecto material y formal de la ocurrencia lingüística, y “antecedente”, vinculado al posible valor semántico y referencial que dicha ocurrencia lingüística puede poseer. En el gato escapó, pero su dueño lo atrapó, por ejemplo, lo se refiere al gato [antecedente]. En el siguiente enunciado, en cambio, eso no halla saturación referencial en la materialidad discursiva precedente: la memoria es el corredor directo a nuestra identidad. Es frágil, claro que lo es: depende de las manos que se dispongan a sostenerla. Pero cuenta con hechos que se certifican solos, tanto que se constatan incluso en el arte, incluso en el cine y la literatura, entonces ya nadie puede decirnos: eso no pasó [gatillo de antecedente].
  68. Disponible en: https://cutt.ly/7fDMNWr [Consulta: 16/02/2018].
  69. Para mayores detalles de este particular, cfr. Escavi Zamora (1999: 124-125). Para más información sobre el problema de la referencia en el estudio de la anáfora, cfr. Alcina Caudet (1999), Escavi Zamora (1999), Cuenca (2000), Andújar Moreno (2002), Garcia e Idiazabal (2003), Borzone (2005), Peña Martínez (2006) y López Samaniego (2013).
  70. Es de destacar la contribución de los determinantes en el establecimiento de las anáforas conceptuales, como puede apreciarse en el sintagma dicha afirmación.
  71. Otros trabajos que pueden consultarse sobre las funciones discursivas de los nombres encapsuladores y su tipología son los siguientes: Aktas (2005), Bordet (2015), Borreguero Zuloaga (2006), Flowerdew y Forest (2015), Kolhatkar, Zinsmeister y Hirst (2013).
  72. Traducción propia.
  73. Las otras funciones de la metáfora que distingue Fernández Colomer (2003: 360-361) son: (a) reforzar la argumentación o negociar el acuerdo, (b) ayudar a comprender conceptos abstractos, (c) crear eufemismos y disfemismos y (d) intensificar la expresividad.
  74. En efecto, según Langacker, “a noun profiles a thing” (2008: 106). En cambio, el verbo perfila un evento, “schematically defined as a relationship scanned sequentially in its evolution through time” (Langacker, 2008: 157). Las otras categorías (incluidos el adjetivo, el adverbio, la preposición y el participio) perfilan “nonprocessual relationships” (Langacker, 2008: 100). Por su parte, “a finite clause profiles a process” (Langacker, 2008: 124).
  75. Traducción propia.
  76. En palabras de los autores, “Quite often an entity which has ostensive existence, in a strict sense, is treated grammatically as if it did not” (Hopper y Thompson, 2008 [1984]: 718).
  77. Traducción propia.
  78. Traducción propia. Sobre el tema de la unidireccionalidad, no se abre nuevamente la discusión porque ya ha sido tratado arriba.


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